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    De la soberbia.

    Los antiguos la llamaban Hybris, diosa de una desmesurada insolencia y carente de toda moderación, quien acostumbraba pasar la mayor parte del tiempo entre los mortales, a quienes solía contagiar sus caracteres presuntuosos, injustificadamente engreídos, pretenciosos y, a todas luces, ignorantes, si es verdad que, como solían afirmar sus grandes poetas y filósofos, mientras mayor sea la vanidad menor será la virtud. Porque la divinidad, como observa Herótodo, fulmina a quienes presumen demasiado y suele abatir a todo lo que descuella en demasía. Hybris es, pues, la representación griega de los presupuestos y de las acciones de los hombres que pretenden, sin merecerlo, ser iguales o incluso superiores a los dioses. Es el orgullo insolente, el celo ardiente de las pasiones, de los intereses o de las ambiciones desbordadas, cuyos lados, a la vez particulares y generales, suelen constituir los móviles del quehacer humano, especialmente en tiempos de crisis. Pronto, tarde o temprano, el destino termina dando cuenta de la soberbia devenida insensatez. La Teogonía de Hesíodo relata cómo, una tras otra, las distintas épocas por las que ha discurrido la humanidad fueron condenadas por su propia soberbia. Es de Hegel el adagio según el cual cada quien se labra su propio destino: “Ora et labora: ruega y maldice”.

    A propósito de Hegel, en un pasaje de la Estética señala que “los hombres pueden llegar a sentir terror ante el poder de lo infinito y absoluto”, pero, agrega: “A lo que realmente deberían temer es al poder moral, que es el destino de su razón libre y, al mismo tiempo, el eterno e inviolable poder que levanta en contra suya cuando se vuelve contra ella”. La gran enseñanza que dejará la ya inminente intervención de la autonomía universitaria será la confirmación de estas palabras de Hegel, sobre todo para aquellos necios y pusilánimes, dispuestos a participar sumisamente en cualquier elección que paute y ordene el narcorrégimen de usurpación, y no en las que por ley y constitucionalmente corresponde. Los mismos que, además, consideran que los autores clásicos poco o nada tienen que decirle al presente, cuando, precisamente, no hay ni autores ni pasado que no sean, en realidad, lo más presente que hay, porque, como dice Benedetto Croce -y vale la pena repetirlo hasta la saciedad, de ser necesario- toda historia no puede no ser sino historia contemporánea. Es el problema esencial de la soberbia, por más que trate de ocultarse tras una falsa humildad: el de no saber escuchar, porque presupone que no necesita saber quien todo lo sabe. Y es aquí donde se pone en evidencia su ignorancia, porque quien cree saberlo todo o es un dios -y es evidente que este no es el caso- o es un ignorante, como en efecto. Y es que la ignorancia produce este pésimo efecto: no acepta las cosas de las que se cree provisto. La ignorancia carece de modestia.

    La soberbia -como dice Spinoza- “es una alegría que brota de que el hombre se estima en más de lo justo, opinión que el soberbio se esforzará cuando pueda en mantener; y de esta suerte, los soberbios amarán la presencia de los parásitos o aduladores, y huirán de la presencia de los generosos, que los estiman en lo justo”. Y dice más: “Los soberbios están sujetos a todos los afectos (y, por cierto, a los del amor y la misericordia menos que a ninguno). Pero no debemos silenciar que también se llama soberbio a quien estima a los demás en menos de lo justo, y, en este sentido, la soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se juzga superior a los demás. Y la abyección contraria a este género de soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se cree inferior a los demás. Concebimos fácilmente que el soberbio sea necesariamente envidioso y que experimente un odio mayor hacia quienes más son alabados a causa de sus virtudes. Su odio hacia ellos no puede ser fácilmente vencido con el amor, ni haciéndole un beneficio, y solo se deleita con la presencia de los que siguen la corriente a su impotente ánimo, y de tonto lo convierten en loco”.


    Mal de muchos, consuelo de tontos. La prepotencia suele acompañar a los menos preparados, a quienes no quieren comprender. Sospechan que detrás de todo posible intento de comprensión siempre existirán segundas intenciones, con lo cual ponen de manifiesto no una docta ignorancia, sino, más bien, la crasa ignorancia de una lastimosa sociedad que se ha colmado de dientes rotos. Los escenarios de la soberbia parecen multiplicarse. La figura de Chávez -réplica, a su vez, de la mediocridad caudillesca, incivilizada y corrupta que se hizo del poder al culminar la guerra de independencia- ha terminado por convertirse en un modelo platónico, hiperuránico, “digno” de ser imitado. Todo funcionario público pareciera llevar un pequeño Chávez por dentro. Muchos se le enfrentan, algunos logran conjurarlo, pero la mayoría cae rendida ante sus tentaciones. Se es más o menos Chávez en la misma proporción del tamaño de cada soberbia, es decir, de cada ignorancia. La procesión va por dentro. Asediada por un tribunal ilegítimo que, como parte del malandraje, funge de monumento a la sumisión ante el malandraje, por una Asamblea Nacional más preocupada por lavarse el rostro que por cumplir cabalmente con su compromiso de legislar en materia académica, por un gremio profesoral ya sin ideas, trasnochado de populismo y carente de poder de convocatoria, y por una comunidad académica exhausta, que piensa más en cómo resolver el día a día que en las intangibles bondades de las glorias del ideal autonómico, la mesa parece estar servida para que el banquete de la barbarie lance el zarpazo final. El resto de la comunidad solo aguarda el momento indicado para prender sus velas en el entierro de los restos de la Academia. El régimen sonríe, y en nombre de una ficticia y deformada representación de la democracia universitaria, aprovecha el momento de las inoportunas, pero sobre todo, incomprensibles fracturas. La soberbia no permite ver más allá de la punta de la nariz, y se traduce en el monólogo del miedo. Se dice y no se sabe, se sabe y no se dice. Una inmensa torre de Babel rompe la dignidad sobre la cual se erigió la más antigua institución del país. Hybris, como todos los dioses clásicos, tiene en sí misma el germen de su ocaso.

    @jrherreraucv

    EL PLACER RACIONAL: LA FELICIDAD HEDONISTA




    epicuro
    Hoy vengo con una de mis doctrinas éticas preferidas, el epicureísmo. Epicuro (Samos, aproximadamente 341 a. C.-Atenas, 270 a. C.) defendía el placer como principio y fin de la vida feliz, un hedonista racional de pura cepa, para el que todo placer vale pero no todo placer vale lo mismo. La intención de este artículo es mostrar, que el placer como criterio moral no es algo propio de monstruos depravados y viciosos, más bien de personas sosegadas y con capacidad de cálculo.
    Primero aterrizaremos en el epicureísmo y en el placer en general, para luego ver sus fuentes principales y su división y más tarde obtendremos recursos para paliar diferentes miedos que nos alejan del placer.
    Dicha ética surge en el período helenístico (época histórica a la que viajaría con mi máquina del tiempo imaginaria sin pensármelo dos veces) y su finalidad es la ataraxia. ¿Qué es esto de la ataraxia que suena a nombre de Pokemon? Es la tranquilidad del alma, y para alcanzarla es necesario satisfacer correctamente los deseos a través del correcto cómputo del placer. En Epicuro encontramos un ideal de moderación, conforme a la máxima griega “nada en exceso”. Así que las personas que se querían subir al tren hedonista del goce desenfrenado y la lujuria ya pueden ir buscándose otro plan, de echo la vida epicúrea es muy austera, para que un excesivo placer no se convierta en dolor.
    Para Epicuro la naturaleza humana es principalmente deseo, todo lo que hacemos es para satisfacer una carencia (deseo) y una vez lo obtenemos alcanzamos el placer. El deseo es la antesala del placer y en este sentido el placer es suicida ya que cuando lo gozamos se apaga. Además el epicureísmo es una ética empirista (la experimentamos a través de los sentidos) y relativista (relativa a la persona). El placer es una sensación privada, y algo que te puede resultar placentero a mí me puede dar puto asco o al revés. Por ejemplo a mí me flipa el té negro con leche y para algunas personas lo de añadir leche al té es una especie de sacrilegio imperdonable.
    Como vemos todo gira en torno al placer, pero ¿Cuáles son las fuentes de este placer? Y ¿Qué tipos de placeres nos podemos encontrar?
    Hay dos focos de placer que debemos conocer:
    1) La autonomía: El placer de uno mismo de escoger sus propios placeres. Obviamente lo que te genera placer no se escoge ni se impone, sería absurdo que te obligaran a sentir placer por aquel plato que detestas.
    2) La amistad: El placer compartido se maximiza. Por ello los epicúreos siempre viven en comunidades y nosotr@s nos reunimos en bares.
    Vamos la interesante división que hace Epicuro del placerLa primera división la encuentras entre los placeres dinámicos y cateastemáticos.
    Los placeres dinámicos: Tienen principio y fin. Son buenos pero no siempre son convenientes, solo si al realizarlos nos transportan luego a un estado de paz. Por ejemplo si me como una pizza viendo una buena peli de tanto en tanto todo bien, en cambio si necesito una dosis diaria de heroína todo mal. Los placeres han de ser controlados porque sino generan dependencia, y por este motivo los y las propias epicúreas llevaban una vida austera.
    Los placeres catastemáticos: Son placeres serenos, nada que ver los con subidones de azúcar, y que alcanzamos tras un buen tiempo y esfuerzo invertido y que se pueden dividir en varios placeres dinámicos. Un ejemplo de ello sería el acabar de pagar la hipoteca o el licenciarte en Filosofía; Tardas años en alcanzar dichas metas de forma progresiva a través de pagar letras o aprobar exámenes.
    La segunda división de los placeres es la que se da entre placeres naturales y necesarios como mear o dormir, los naturales y no necesarios como follar (aunque parezca mentira se ve que se puede sobrevivir sin sexo) y los no naturales y no necesarios como hacer punto de cruz.
    Para alcanzar la vida feliz hemos de tener en cuenta dos cosas: Las fuentes de placer y los tipos de placeres así como los miedos que nos alejan de la ataraxia. Por ello Epicuro busca fórmulas para combatir los 4 miedos más arraigados en su sociedad, el autor nos propone el cuádruple remedio, el “tetrafarmakon”:
    1) Un miedo atemporal ante el cual se para Epicuro es el miedo a la muerte. El gran miedo, al que el filósofo da portazo con los siguientes recursos:
    * El dolor espiritual que genera la idea de la muerte se calma tomando conciencia de la muerte como un proceso natural y aprovechando la vida. Para mi gusto este es el dolor más poderoso y el que me es más difícil de sosegar, soy hija de la tradición judeocristiana y eso pasa factura.
    * Podemos tener miedo no a nuestra propia muerte sino a la de nuestros seres más queridos. Ante esta situación debemos aceptarla y sufrirla, pero para prevenir este dolor Epicuro nos aconseja que pensemos que hoy no solo puede ser nuestro último día sino que también puede ser el último día de las personas amadas.
    *Epicuro no hace apología del suicidio ya que solo mediante la vida podemos obtener placer, pero si que lo comprende. Considera que es un error de cálculos ya que como dice el refrán “No hay mal que por bien no venga, ni mal que dure 100 años”. A pesar de ello es ciertamente interesante que se pueda abrir la reflexión ante un tema tan estigmatizado como es el suicidio.
    *Hay una frase de Epicuro que me calma ante la desazón de la muerte y es. “La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.” Recuerdo que en la peli de Nymphomaniac la utiliza un moribundo y genera cierta sensación de alivio y liberación.
    2) Otro miedo del que nos habla es el del miedo a los dioses, y aunque nos pueda parecer un miedo un poco banal, no es así ya que muchas personas en el mundo actúan en pro a una recompensa futura. Para paliar este miedo Epicuro defiende que los dioses ni se ocupan ni se preocupan del ser humano. Al no ser creyente me libro de un temor ¡Bien!
    3) Un miedo con el que nos podemos identificar es con el miedo al futuro, pero Epicuro se lo quita de encima argumentando que solo existe el pasado (memoria) y el presente (sensaciones actuales), y que no hay más futuro que el plan de seguir viviendo sin dolor. La teoría no está mal pero no sé yo si este remedio funciona muy bien cuando la sombra de algún mal acecha tu futuro próximo.
    4) El miedo al dolor corporal es de fácil solución ya que la farmacología nos seda y anestesia.
    Calculando bien los placeres y superando los miedos podremos ser felices según Epicupo. Está claro que racionalizar el placer no es tarea fácil y menos para caracteres adictivos como el mío pero con esfuerzo todo mejora, las adicciones y dependencias se reducen y los temores se van desvaneciendo. La ética epicúrea, es claramente deudora de su tiempo, ya que en el periodo helenístico, entre tantos cambios la gente lo que quería eran filosofías prácticas en las que poder apoyarse. Un perro lazarillo en el que confiar. Es una doctrina que defiende el placer como centro neurológico, pero como hemos visto no un placer vicioso, sino todo lo contrario, un placer comedido y responsable. Donde el exceso y el miedo son enemigos a combatir y la filosofía una arma de batalla.

    El tiempo de Dios

    El tiempo de Dios es perfecto.

    Hay quienes aún lo esperan con ansiedad, y se aferran con todas las fuerzas de su fe al tácito deseo de su inminente advenimiento, al estruendo de su llegada, al anuncio de su juicio final, de su “tarde o temprano”. Ello a pesar de que, desde el punto de vista estrictamente existencial, no figure, o por lo menos no se tenga constancia de su figuración, en el portaflio de la cotidianidad de tantos fieles atribulados, sometidos a la dureza de un tiempo que ha consumado hasta lo inimaginable la menesterosidad, vuelta desnudo instinto. No se ha presentado -por lo menos, hasta ahora- para hacer justicia divina. Tampoco para la humana, nisiquiera para ayudar a rendir los ya bastante depauperados salarios. Ni ha desplegado sus atributos inmaculados cuando se va la electricidad o cuando no sale agua del grifo, ni cuando la medicina requerida con urgencia ya no se consigue por ningún lado. Ni cuando la vida pierde todo valor, aunque se invoquen e intenten hacer valer, una y otra vez, derechos humanos inalienables, que son pisoteados de continuo por quienes usurpan el poder de un locus que en algún momento llegó a ser una Nación y un Estado. Tampoco da santas señales frente al tiempo real de un régimen de usurpación que ya parece infinito, ni ante los atropellos del tiempo de la administración del lumpen, de la ética y la estética perdidas, de la educación en bancarrota y de las ruinas del legado del cojo de Lepanto. Ser y existir ya no coinciden. Y sin embargo, aún con todo, se sigue invocando con predilección entre quienes, se supone, sean sus brazos ejecutores. Y los corifeos lo repiten una y otra vez, sin detenerse a pensar, porque -suponen- no hay ni qué pensarlo: “¡El tiempo de Dios es perfecto!”.

    Es verdad que el tiempo sigue siendo un problema para la entera humanidad, un tremulante y exigente problema, tal vez el más vital de la ontología del ser social contemporáneo, y que la divina eternidad ha sido asumida como el juego de una fatigada esperanza. Decía Platón, que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad. Y justo ahí comienzan las dificultades. ¿Cómo puede tener temporalidad la eternidad? Y si todo lo divino es, por su propia condición, perfecto, ¿qué sentido y qué significado -qué alcance- puede llegar a tener una tautología en la que se afirma que lo perfecto es perfecto? De ser así, valdría entonces la pena preguntarse, por ejemplo, ¿es redondo lo redondo? En el denso entramado de las construcciones de un Heidegger quizá pudiese encontrarse alguna pista para descifrar el misterio oculto en medio del extravío de sus Holzwege. Pero tales incursiones por El Ávila resultan impensables en los ¡Ay, de mi! de los políticos de oficio, esos que, algunas veces, confunden las tarimas con los púlpitos y las protestas callejeras con terapias de grupo. Y sin embargo, conviene advertir a los fanáticos de la tautólogía -los “si me matan y me muero” o los que se proponen “ganar-ganar” ganando- que el ser en cuanto ser, es decir, como puro ser, como nada más que ser indeterminado, se revela, por su propia condición, como la nada.

    En todo caso, la frase encierra una esencial aporía. Una aporía que sirve de sustrato intelectual para interpretar el alcance de sus reales propósitos. Si es verdad que -como supone buena parte de la tradición filosófica- historia sólo se tiene de lo que acaece, esto es, de lo que es para sí, en cuanto que lo que acaece se refleja para recontar lo acaecido, o, simplemente, memorea sobre lo que ya no es, entones, ¿cómo podría tener temporalidad la divina eternidad de Dios? Y es que, en efecto, para el entendimiento reflexivo, resulta natural pensar en la imposibilidad de historiar respecto de aquello que no tiene ni principio ni fin; materia que confirmaría un esfuerzo -en última instancia, inútil- por revelar los sagrados misterios de la posible temporalidad de lo divino. A menos que se pretenda suspender el juicio y entregarse al muy sublime sentimiento religioso, cuya traducción a la Realpolitik no pocas veces termina fundamentando dogmas bizantinos, más cercanos al fanatismo totalitario que a las ideas y valores republicanas, y cuya condición pasiva, dado que la libre voluntad se haya hipotecada,  siempre se encuentra a la espera de que sea alguien o algo superior lo que termine resolviendo un entuerto que fue creado y recreado no por Dios sino por diminutos entes que fueran hechos “a su imagen y semejanza”.

    Por otro lado, ¿cómo puede ser perfecto aquello que se abstrae -se aparta- de las imperfecciones? Para que lo perfecto sea efectivamente perfecto tiene que contenerlo todo, porque justo en eso, en la completitud de su sustancia, consiste la perfección. Lo perfecto es la perfecta unidad de lo perfecto y lo imperfecto. Una perfección que deja por fuera de sí una de sus partes, ya no es una unidad perfecta en sí misma sino una parte. Con lo cual ya no es perfecta. En una expresión, lo que hace perfecta la temporalidad divina es, justamente, la autenticidad de cada imperfección temporal. Pero a la sombra de su representación axiomática, y encerrada sobre sí misma, se transforma en un bucle que gira indefinidamente sobre sí, con el fin de conservar la aparente pureza de su perfección. Y es de ahí de donde proviene la presuposición de su condición circular y repetitiva. De tal modo que aquello de “el tiempo de Dios es perfecto” bien podría traducirse como “la historia siempre se repite”, una y otra vez, de manera idéntica. Jorge Luis Borges lo ha explicado: “nacerás de un vientre, crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble. Un argumento -añade el escritor invidente- insípido, pero que sobre todo comporta un enorme desenlace amenazador”.

    Nietzsche en Zaratustra: “La lenta araña arrastrándose a la luz de la luna, y la misma luz de la luna, y tú y yo cuchucheando en el portón, cuchucheando de eternas cosas, ¿no hemos coincidido ya en el pasado? ¿y no recurriremos otra vez en el largo camino, en ese largo y tembloroso camino, no recurriremos eternamente? Así hablaba yo, siempre con voz menos alta, porque me daban miedo mis pensamientos y mis traspensamientos”. Las mismas cosas volverán puntualmente, todo volverá a estar  junto, incluyendo las palabras que exponen esta doctrina. Curioso: el propulsor de la concepción de un tiempo divinamente perfecto aseguraba que Dios había muerto.

    Nietzsche intenta fundamentar el secreto mecanismo del tiempo, concebido como una repetición continua de experiencias ya vividas y recordadas. Pero Borges afirma que si alguna vez nos deja pensativos la sensación de haber vivido este momento, no debe olvidarse que el recuerdo importaría una novedad que es la negación de dicha tesis y que el tiempo lo iría perfeccionando hasta el ciclo distante en el que el sujeto ya prevé su destino y prefiere obrar de otro modo. Una contradicción -dice- atraviesa esta visión de tiempo circular: “Nietzsche quería enamorarse minuciosamente de su destino. Y, con tal objetivo, desenterró la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición, y procuró deducir de esa pesadilla mental una ocasión de júbilo. Buscó la idea más horrible del universo y la propuso a la delectación de los hombres. El optimista flojo -concluye Borges- imagina ser nietzscheano”.

    Por José Rafael Herrera
    @jrherreraucv

    Nación y Estado

    La nación y su geografía, en un mapa.

    Como sucede con la mayor parte de los conceptos que se dan por sobrentendidos, el de la exaltación de los derechos individuales, tan en boga por estos días, se basa, exclusivamente, en la presuposición de requisitos de mera naturaleza individual, lo que termina propiciando tarde o temprano la apatía política. Si la exaltación del comunitarismo ha terminado por hacer de la vida ciudadana una ficción en la que se desdibujan los contornos de la condición individual, transformándola en una multitud incapáz de poder decidir por sí misma y reduciéndola a su impotencia, la exaltación de la individualidad abstracta llega, por el camino inverso, exactamente al mismo punto: a la bancarrota de la libre voluntad y de sus auténticos derechos.


    Una discusión acerca de cuál es el mejor modelo a seguir, el más adecuado para la sociedad, sin que ninguno de sus interlocutores sepa a ciencia cierta de qué está hablando, sólo sirve, de un lado, para encubrir la ambición de poder de ignorantes que poco o nada saben de nación y Estado y, del otro, para incrementar aún más la frustración de una muchedumbre con un pie en la incertidumbre y el otro en la resignación. Muchedumbre que, desde el principio, desconocía el real sentido y los alcances de las marchas militantes en las que algunas veces -sobre todo al principio- participó, cual émulo de los Trabajos de amor perdidos o de La comedia de las equivocaciones.

    Lo peor de toda presuposición es que termina dando rienda suelta a las más lúgubres expresiones del autoritarismo y el terror. Es el caso del régimen de Chávez, de sus indiscriminadas prédicas “revolucionarias”, “bolivarianas”, “humanistas” y “republicanas” que terminaron en el horror de un país en ruinas. Pero también es el caso de un puñado de políticos improvisados y sin la mayor formación, quienes, asesorados por una sarta de “teóricos” de bullpen -para no decir de toril-, cuyas nuevas cartas astrales son las estadísticas y las metodologías “de punta”, suponen o que “la realidad es lo que es” o, peor todavía, lo que sus planos astrales “deberían” obligarla a ser, a remate de porcentajes. Y como no lo consiguen, tal como era de esperarse, acuden a la liturgia de la esperanza del “tiempo de Dios” o de su equivalente mediático: la retórica hueca, vaciada de todo contenido, del “vamos bien” y del “sí se puede”. Pero, si desde hace veinte años las premisas son las mismas, ¿los resultados podrían llegar en algún momento a ser distintos? A fin de cuentas, lo tácito oculta, siempre, la ignorancia del bárbaro, se vista de casaca militar o de outlet stores.

    Cuando no se emprende la búsqueda histórico-filosófica del origen de los vínculos del espíritu de una nación, no se llega muy lejos. Y es que no es posible concretar un cambio radical en la vida de una determinada formación política y social sin efectuar el proceso de reconstrucción de su ser y de su conciencia sociales, de conocer a fondo los elementos externos e internos que conforman el pulso de su devenir, esa dinámica que transforma un conglomerado en una auténtica comunidad, una multiplicidad de intereses informes en una nación propiamente dicha. Todo lo cual se expresa a través del estudio del lenguaje, el arte, la religión, los tipos de gobierno, las instituciones políticas, las leyes, el desarrollo productivo, educativo, literario y científico, así como las formas de pensamiento en general que han logrado fraguar su Volkgeist. Se trata, pues, de comprender el ser y el tiempo de una determinada nación. Porque, como dice Hegel, cada nación tiene sus propias representaciones, “un rasgo nacional establecido, una manera de comer y beber, ciertas costumbres que le son propias”. En fin, “un modo particular de vida”. Sólo cuando los instrumentos de “medición” dejan de ser la fuente primaria del conocimiento y la conciencia se dedica a comprender, se produce el cambio, y se puede crear un auténtico proyecto de Nación y de Estado, en el que no sólo la comunidad se sepa inmersa en sus costumbres, sino en la que los individuos logren identificarse consigo mismos, pues al compartir los valores de su comunidad, los individuos, lejos de ser concebidos como masa informe, crecen y con-crecen, porque sus almas se enriquecen y pueden reconocerse libremente en la unidad orgánica de la totalidad social y política de la que forman parte constitutiva. Es eso a lo que se denomina eticidad o civilidad. Y mientras mayor sea el desarrollo de la educación estética mayores serán su armonía y fortaleza.


    Se equivocan quienes, a fuerza de un maniqueísmo ya casi instintivo, presuponen que la salida de las ficción totalitaria de un régimen que ha terminado por secuestrar a los individuos, hasta pretender transformarlos en rebaño, consiste en la promoción de la ficción individualista. De un lado, se exalta al Estado -en realidad, a la sociedad política- contra la iniciativa privada; del otro, se exalta al individuo -en realidad, a la sociedad civil- contra la opresión del Estado. Dos unidades en sí mismas opustas y recíprocamente contradictorias. El Estado es percibido como el aparato del gobierno que ejerce el poder, mientras que la nación está formada por el pueblo, sus súbditos, sometidos a su absoluta voluntad. Semejante presuposición de la doctrina rousseauniana no sólo es inexacta, sino que es, además, superficial. Hablar de la “soberanía nacional” o de la “soberanía popular” ya implica la exclusión de la idea de nación de una concepción amplia y orgánica del concepto de Estado, porque sólo es posible hablar de soberanía si se consideran las diferentes esferas de la sociedad como una totalidad concreta, cabe decir, como el recíproco reconocimiento de la sociedad política y de la sociedad civil, del Estado y de la Nación. En última instancia, la sociedad política, a la que por lo general se le denomina Estado, no es más que la sociedad civil -la nación en cuanto tal- hecha, es decir, objetivada. Rousseau invierte los términos: según él, los individuos enajenan sus derechos al Estado, el cual, a partir de ese momento, regula su libre voluntad. En realidad, es al revés: la voluntad de la nación se ha objetivado y ha creado un Estado, un garante de sus intereses, un organismo que representa y preserva su eticidad, el modo de ser propio de su tiempo. Que con el pasar de los años el objeto creado pase a ocupar el puesto de su creador depende del nivel de conciencia de los individuos que forman parte de dicha nación.


    La Venezuela de hoy no es ni una nación ni un Estado. La labor de los sectores progresistas de la sociedad no consiste ni el el regressus al “como éramos antes” -cosa del todo imposible, por cierto-, como tampoco en la intentio de participar en el “juego” del gato y el ratón, teniendo a una tiranía de narco-traficantes y terroristas como interlocutores de un proceso electoral, con el propósito de posicionarse de algunos cargos “estratégicos” que le permitan tener presencia en el “Estado” y tomar oxígeno para un segundo combate. Decía el Maestro Pagallo que si uno iba a ahogarse era preferible hacerlo en el océano profundo que en una tina de baño. Venezuela requiere reinventarse, rehacerse, ser refundada desde sus raíces. Y sus raíces pasan por la elaboración de la superación y conservación de sí misma. Los griegos llamaban Niké no sólo a la victoria sino a la batalla misma. Tarea nada fácil la de asumir el rol de la Israel de América Latina. El Éxodo da la pauta. Pero este será el esfuerzo más próspero y sublime de un país que bien lo merece. 

    Por José Rafael Herrera@ / @jrherreraucv

    Nombrar la vida (alegato a favor de la muerte)



    “Invirtiendo la pregunta kantiana, no se trataba ya de preguntar: ‘¿Cómo es posible la matemática pura?’ y responder: gracias al sujeto trascendental, sino más exactamente: siendo la matemática pura la ciencia del ser, ¿cómo es posible un sujeto?”
    (Alan Badiou, El ser y el acontecimiento, p. 14)

    1.
    El pensamiento griego clásico plantea una distinción fundamental entre la vida por un lado y el significante de la vida por el otro. Dicha  demarcación que nos habilita un lenguaje para poder pensar la vida, suspenderla y problematizarla, es ni más ni menos que la política.

    Entender la política de esta forma, implica alejarla de la mera defensa de la vida, acercándola en cambio a la objeción de esta. Cuando hablamos de política o de ley, estamos hablando de un corte en el automatismo mecánico de la vida y sus procesos, para de ese modo permitirnos una organización de carácter simbólico en una sociedad. La ley o la política aparecen como una suspensión en la supervivencia de los cuerpos, es decir, una suspensión en la lógica misma de la economía y de la vida.

    Lo dije, “economía”. Esa palabra ha cerrado el camino de la izquierda tradicional en su crítica conceptual al capitalismo. Allí donde antes se hablaba de capitalismo, ahora parece sólo hablarse de economía. Esto posee una profunda significación, porque la economía tiene que ver directamente con el cuerpo y su funcionamiento aproblemático, asignificante, amoral. Economía tiene que ver con el registro de lo imaginario, tiene que ver con lo no político. Es que la economía a diferencia de la política, domina lo privado de los individuos.

    Es por eso que la política no debería ser entendida como la mera administración de la vida en una sociedad determinada, como la gestión de indicadores económicos, de las cifras que incesantemente arroja el cuerpo de lo social. Vale decir, deberíamos comenzar por no confundir jamás a la política con la técnica. En el caso de la primera, lo que hay es una idea respecto a la cual la existencia de las cosas se vuelve problemática, objetando la economía. En la técnica en cambio, lo que hay es simplemente más economía, más vida, más cuerpo, más funcionamiento. 

    Precisamente por lo antedicho, es que no es tan importante la vida como lo es la forma política de significarla. En ese sentido, la política está relacionada íntimamente con un lenguaje que nos habilita a pensar al cuerpo en tanto que cuerpo, a la economía en tanto que economía, a la vida en tanto que vida. Olvidar la política implica ingresar en un olvido de la puesta en lenguaje y su negatividad, dejando de lado su potencia, para conformarnos con lo neutro de la técnica que empuja.

    De ahí que un trabajo político implique forzosamente dotar a la vida de significado, ya que cuando la vida tiene significado se hace imposible que sea intercambiada. Así, la nuda vida –al decir de Giorgio Agamben-, implica una vida asignificante y por tanto plenamente intercambiable. Solamente desde la política puedo decir la vida, cualificándola, alejándola del fetichismo de las cifras, las mediciones y las categorías.

    En esa labor que tenemos por delante, debemos combatir en primer lugar en contra del sentido común empirista, tan enquistado en nuestra cotidianeidad. Parece sensato comenzar por no entender al cuerpo en tanto positividad sino más bien como una lógica de carácter automático.

    Cualquier mecanismo de perfeccionamiento, de potenciación y/o aumento de la eficiencia del cuerpo, lejos de ser artificial como podría parecernos, es natural en tanto prolongación de esa lógica llamada cuerpo.

    2.

    En el pensamiento cartesiano, emerge algo heterogéneo respecto del cuerpo precisamente porque hay un exceso de cuerpo. A eso heterogéneo que aparece, Descartes lo denomina cogito (o alma, espíritu, etc.) y nosotros podemos llamarle también “sujeto”. Pero haríamos mal en interpretar cuerpo y alma como si se tratara de dos positividades enfrentadas entre sí.

    La res cogitans tiene su apoyo en la negatividad, que claro está no es rastreable empíricamente. La res cogitans es lo que nos permite decir la res extensa, y más aún, podríamos decir que si bien cronológicamente esta última es anterior respecto de la primera, lógicamente sin embargo es la res cogitans la que aparece primero, ya que crea retroactivamente a la res extensa como una proyección apres coup. ¿Qué había antes de la aparición de la res cogitans? ¿Acaso no había sólo res extensa? No. No había nada, no había un lenguaje que me permitía decir el mundo y la vida, y como poner en lenguaje es poner es existencia, recién cuando la res cogitans piensa la res extensa y la pone en lenguaje, que esta última pasa a existir.

    Cuando el cuerpo en tanto res extensa logra pensarse a sí mismo, se denomina alma. Alma es entonces también un lenguaje que me permite decir mi cuerpo, decir mi vida. A eso refiere Hegel en su Fenomenología del Espíritu cuando expresa que “el espíritu es un hueso”, es decir, el espíritu puede nada más pensar su corporeidad, constituyendo cierto tipo de límite interior que  obstaculiza el pensar plenamente. Ese límite encarnado por el cuerpo es la automaticidad de la lógica de la vida.

    En ese sentido, la posibilidad de reducir de manera radical al cuerpo a un conglomerado de ciertos procesos biológicos y químicos, no es más que la radical asignificancia de lo real. Tal vez debamos entonces forzar el cuerpo, arrastrarlo al terreno del lenguaje, del significado, de la política. Lo anteriormente mencionado adquiere particular relevancia de manera directamente proporcional a su dificultad en el mundo posmo-capitalista contemporáneo.  Se hace necesario el surgimiento de un régimen social, simbólico y político del cuerpo, que permita al sujeto alejarse de la mera mecánica, para producir entonces en su lugar un corte que la suspenda.

    Contemporáneamente podemos ver que en los ataques de pánico existe un tipo de explosión misma del sinsentido, así como una angustia producida por lo real de ese sinsentido. Allí la persona se enfrenta a la muerte como vivencia de un cuerpo que deja de funcionar. Esa desesperación del cuerpo solitario al carecer de significado, desencadena una pequeña locura en la que sujeto se da de bruces con lo real. Pues bien, allí está la posibilidad de la aparición de algo del orden del sentido, en virtud de que hay allí cierto deseo de que eso tenga lugar.

    Esta labor que tenemos, implica por cierto el tomar como protagonista al lenguaje, diferenciándolo de la definición que lo iguala a la expresión o la comunicación lisa y llana.  Lenguaje debe ser entendido aquí en sentido filosófico en tanto logos, es decir, en tanto implica una racionalidad social y una organización social. Los animales ciertamente se comunican y se expresan, pero desde Aristóteles sabemos que solamente el ser humano tiene lenguaje (logos).

    En ese sentido, como expresa Sandino Núñez en referencia a la postura hegeliana

    “…el hombre o el sujeto es un lugar negativo o formal, una negación de lo dado o una problematización de lo evidente, y por eso el ser o la naturaleza no es lo inmediato existente, simple e indiviso, a ser transformado o humanizado por el trabajo o la producción, sino que es siempre ya prácticas humanas, mediación, sujeto, saber y lenguaje.”
    (Nuñez, 2017, p. 285)

    La lógica del sujeto es altamente compleja, y por eso aterroriza tanto a positivistas como a empiristas, despertando su repudio o su descalificación. Esto ocurre porque el sujeto no es cuantificable, medible, categorizable, indexable, etc. Sin embargo, para una praxis emancipatoria es necesaria la postulación del sujeto, valiéndonos para ello del lenguaje.

    En su seminario número tres, Jacques Lacan manifiesta que el lenguaje es ante todo hablarle a otro. Es decir, el lenguaje no es un instrumento denotativo que refleja objetivamente el mundo tal cual es. Lenguaje es en cambio algo mucho más hondo y sumamente más potente, lenguaje es la posibilidad de decir “cuerpo”, como algo que está afuera del lenguaje y que por tanto no es lenguaje.
    Ocurre que el lenguaje es también una alienación, y acaso la insatisfacción y la incomodidad sean los costos que pagaremos por tener un lenguaje que nos permite decir “cuerpo” o “vida”.

    3.

    Nuestro sentido común puede indicarnos que pensemos las cosas de cierta manera, pero deberíamos ir a contracorriente de eso, atrevernos a pensar rigurosamente al revés de cómo tenemos por hábito hacer.
    Cuando Hegel nos enseña que la esencia no es otra cosa que la apariencia en tanto que apariencia, nos hace pensar en que la esencia es en primer lugar conciencia de la apariencia. Ahora bien, no se trata de algo mágico que habita en las apariencias de los objetos del mundo.  Se trata ni más ni menos de que logremos entender que la realidad objetiva del mundo no es algo cerrado, obturado, acabado. Entonces decir que la esencia es la apariencia en tanto que apariencia, implica fundamentalmente hacer un corte, partir el mundo entre apariencia y esencia.

    En esa misma línea, si yo enuncio que tengo un cuerpo me constituyo en algo que es más que cuerpo. Soy además de mi cuerpo un lenguaje que dice mi cuerpo, quedando forzosamente ubicado en un lugar de negación del cuerpo. Al tener lugar una separación y determinación de mi cuerpo, lo que hago es recortar la realidad (existiendo allí un daño), apareciendo esa positividad llamada cuerpo que se contrapone negativamente con todas aquellas cosas del mundo que son no-cuerpo.

    Estas cuestiones parecen radicalmente extrañas hoy en día, ya que existimos en medio de una grosera pediatrización de lo social, de la mano de un ostensible plus-de-goce que no da respiro ni espacio para un pensamiento complejo que nos permita suspender el tiempo técnico del capital, para poder de alguna manera separarnos, arrancarnos de la secuencia técnica de la producción y de la vida.

    En este posmo-capitalismo somos empujados a favor de la corriente, porque se dificulta incluso pensar siquiera en la existencia de algo como “a favor” y “en contra” de la corriente. Pensar y plantear un antagonismo es una ardua tarea. He ahí algo fundamental del lugar del obrero respecto del capitalista: el obrero puede verse, puede vivirse como alienado, suspendiendo así la secuencia técnica de producción. El capitalista no se resiste, sino que va a favor de la corriente de forma aproblemática.

    En la medida en que podamos establecer una resistencia (en el sentido freudiano del término), podremos estar en condiciones de negar la máquina técnica en la que estamos incrustados y funcionando. Para ello es necesario entender que la vida está sobrevalorada, que no significa nada en sí misma. Tenemos que trabajar intelectualmente para jerarquizar la idea, no la vida.

    Esto podría sonar antipático e incluso algo deprimente, es cierto. Pero más cierto es que la vida no es más que un empuje ciego, estúpido y testarudo, en donde  si lo que hacemos es adaptarnos (ser “resilientes”, como las modas new age sugieren, difunden y alientan) seremos solamente cuerpos que sobreviven y gozan, engranajes de una máquina perfecta en la que cada vez hay menos lugar para la trabajosa construcción del deseo, y más lugar para el contagio del estímulo y la necesidad.

    La resiliencia
     es en el sentido antedicho, contraria a la política y cercana a la economía. No hay que perder de vista que la relación dada entre política y economía es de tipo dialéctico, ya que la política no es meramente una especie de límite que se le pone a la economía, sino que es además la propia diferenciación, el propio antagonismo entre política y economía. La política es la antítesis pero es también la síntesis de ese proceso. Es necesaria la política como lugar de apertura entre los enunciados de la economía y en tanto  espacio de enunciación que permita al sujeto negar esos enunciados.

    No deberíamos perder de vista en ningún momento, que resistir a la muerte y negarla son cosas diferentes. En la negación de la muerte, esta se acepta de manera más o menos subyacente, considerando por tanto también la finitud. Existe por tanto en la negación, una posibilidad para el surgimiento del sujeto en tanto saber de la falta.

    Resistir la muerte en cambio, debemos entenderlo mayormente relacionado con el miedo a la muerte vinculado directamente a la vida que empuja para no dejar de vivir, para ser siempre a cada momento más vida. El horror que la muerte despierta en el  obsesivo es entonces un rasgo constitutivo de la vida, más aún, es la vida misma.

    Poder entender la vida en tanto miedo a morir (a perder la vida), implica entenderla como directamente opuesta a la emancipación del sujeto, y como una fuerza pulsional que (a la radical usanza de la voluntad de poder nietzscheana) busca conservarse a través del crecimiento. Entonces la vida en tanto busca conservarse funciona, habiendo en ese funcionamiento un real impenetrable.

    Tanto la vida como el cuerpo y el placer, están claramente presentes en lo imaginario lacaniano. Son elementos conservadores en los que no hay un conocimiento sino un empuje, siendo por tanto carentes de lenguaje.

    Parece ser cada vez  más necesario por tanto restituir y alimentar el deseo. Eso implica ir fuertemente contra la obturación de la necesaria distancia entre el sujeto y su necesidad, vale decir,  el deseo es también el lenguaje que nos habilita la posibilidad de enunciar nuestra necesidad.

    Hoy parecería que todo es vida, no hay nada que quede por fuera de ella, nada que le sea ajeno. Se hace necesario interponer un recurso social simbólico para significar (políticamente, por supuesto) a la vida. Más que celebrar la vida, va siendo hora de politizarla y organizarla, pasando desde lo imaginario hacia lo simbólico. Más que celebrar la vida hay que nombrarla, hay que (en definitiva) permanecer en la muerte.


    BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
    :

    BADIOU, Alain. El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial, 1999.
    LACAN, Jacques: Seminario 3: La Psicosis. Buenos Aires: Paidós, 2008.

    NÚÑEZ, Sandino. Psicoanálisis para máquinas neutras. Montevideo: HUM, 2017.

    La realidad

    La realidad en un charco.

    La llamada tradición suele hipostasiar sus ficciones y presentarlas como el fundamento último de toda posible verdad. Spinoza acostumbraba designarla -precisamente, a la tradición- como la expresión característica de todo “conocimiento de oídas o por vaga experiencia”. No es que en ella no haya algo de contenido verdadero, ciertos elementos sin los cuales la verdad sería incompleta. Los criterios abstractos de demarcación, que catalogan mecánicamente lo verdadero de un lado y lo falso del otro, son más cercanos a la severidad y a la rigidez de los dogmas -por cierto, tradicionales- que al saber propiamente dicho. Pero una cosa es contener algo de la verdad y otra la pretensión de asumirse como la absoluta verdad. Gato por liebre. Para que la lengua hispana del presente precise el significado de la palabra realidad, está obligada a adjetivarla. De resto, y por hábito y tradición, se la confunde con la cruda e inmediata certeza empírica, con “eso” a lo que se suele llamar “los hechos”. De ahí la inclinación de García Bacca por el lenguaje castizo. A diferencia de la lengua alemana, en la que a la realidad sensorial se le llama realiter, mientras que a la realidad de verdad, la realidad efectiva, se le comprende por Wirklichtkeit. La filosofía es, en esencia, sustantiva. De ahí el fracaso anticipado de todo pensamiento débil, esa colcha compuesta de retazos adjetivos.

    Los seguidores de las representaciones que la tradición trastoca y vende como supuestos “conceptos fundamentales” o como “hechos”, que brotan como los hongos de la “tierra prometida” de la más “absoluta verdad” -y cuya formulación no pocas veces puede llegar a ser, más que patética, vergonzosa-, repiten sandeces que llegan a imaginar como si se tratara de grandes conceptos filosóficos, de la más rancia, profunda e innegable revelación divina. Se las saben todas. Son los creadores de “el tiempo de Dios es perfecto”, de “si me matan y me muero”, de “ese es el deber ser” y de “la única vía posible es electoral”, ésta última como la más depurada versión -especulativa, claro está- del “agarrando aunque sea fallo”. Eso sí: todo encaminado “metodológica, estadística y científicamente”. “¡Vamos bien!” o, cosa similar, “¡Vamos Vinotinto!”. Da lo mismo. Y es que Paulo Coelho, Jhon Magdaleno y Luis Vicente León son apenas unos ingenuos lactantes al lado de semejantes maestros de tan arcana sabiduría oracularia, muchos de ellos, mágicamente transfigurados en parte integrante del flanco apostólico de la dirigencia política opositora. Su última proclamación: “hay que ser realistas”. Venezuela parece padecer de una esquizofrenia colectiva, signada por el desgarramiento entre el objetivismo ciego y el subjetivismo vacío. Recientemente, la periodista Sebastiana Barráez entrevistó al coronel Luis Alfonso Dávila, ex-presidente de la Asamblea Nacional, quien afirmaba que Hugo Chávez, primero, frente a un nutrido auditorio londinense y, luego, frente a los medios de comunicación colombianos, contaba cómo el presidente Carlos Andrés Pérez se había salvado del proceso penal que le abriera el parlamento venezolano por un voto, el voto de un diputado vendido, de un traidor. El diputado en cuestión era nada menos que José Vicente Rangel, ministro de la defernsa y, poco después, vicepresidente del régimen de Chávez. Las palabras de un lado, las cosas del otro. La cultura del desquicio.

    Para el “realista” confeso, ese que no tiene ni idea de qué pueda ser el realismo, dado que su “realismo” es tan “realista” que no le permite más que creer saber que sabe lo que no sabe, “la realidad es lo que es”, o sea, el esto o aquello. Y “lo que es”, el esto o aquello, terminan siendo “los datos” o “las cifras” o, en última instancia, lo que le muestran sus extraordinariamente desarrollados y agudos sentidos, por aquello de que “ser es ser percibido”, ni más ni menos. La matemática infinitesimal o la física cuántica se les antojan como parte de la complicada trama de la ciencia ficción. Y, ebrios de percepción como están, difícilmente puedan llegar a comprender que la realidad no es lo que la apariencia les ha hecho ver, oir u oler. Los músculos que no se usan se atrofian. De modo que por el camino de los prejuicios y las presuposiciones que la tradición ha sembrado en sus atrofeadas bóvedas craneanas o por el vaivén de las cifras o de la mera percepción, resulta imposible comprender que la realidad sea, efectivamente, la unidad de la esencia y la existencia, la unidad de la unidad y de la no-unidad de lo interior y lo exterior, la relación de los términos opuestos devenida idéntica consigo misma. Pero todo esfuerzo en esta dirección será inútil, porque eso de ponerse a estas alturas de la existencia -pues la circunstancia de sus tristes estar aquí no puede llamarse vida- a pensar, a verse forzados a salir de la zona de confort que plácidamente le brindan el sentido común y el entendimiento abstracto, no es asunto de interés. Pensar cansa, fastidia y no da ganancias. Eso también forma parte del ser “realista”. El resto es ponerse a inventar, a buscarle las patas que no tiene el gato. De tal manera que el tal “realismo” no sólo se revela como el más aplastado y miope de los empirismos, sino que, precisamente por eso, queda sorprendido -aparte de sus gustos por el chinchorreo físico y mental- como el más craso de los irrealismos posibles. Un irrealismo que ha sido muy bien aprovechado durante los últimos veinte años por los muy realistas -y esos sí: materialistas, además- cabecillas del cartel narco-terrorista que mantiene a la satrapía de los títeres de Maduro y Cabello en el poder.

    Una generosa pista para los premurosos supuestos realistas. Una vez más, en lengua alemana, la confusión de objekt y Gegenstand hace la diferencia entre los feligreses del materialismo -todos ellos prekantianos, es decir, precríticos- y el término del pensamiento, porque, aunque no lo puedan creer, la realidad de verdad, la realidad efectiva en cuanto tal, es justo eso: el término del pensamiento, lo contra-puesto (Gegen-stand), la actividad sensitiva humana. Materia pensada. Porque justo donde termina la actividad, la producción, la creación del pensamiento, tiene sus inicios la realidad de verdad. Y es que, despues de que Kant lo comprobara, la realidad es el producto, el resultado, de la actividad productiva del sujeto-objeto idéntico, de la praxis humana, de nuevo, de la sinnlich menschliche tätigkeit, y fuera de ella nada es. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas, observa Spinoza. La realidad se construye haciéndola: verum et factum convertuntur reciprocatur, dice Vico. Lo concreto no es lo la dureza inmediata de lo sensible, sino lo que con-crece, la síntesis de múltiples determinaciones, la unidad de lo diverso. Y es por eso que en Hegel la realidad no puede no identificarse con la razón, póngasela de cabeza o de pié: da lo mismo, porque, a pesar de lo que puedan llegar a creer los pseudo-realistas -empiristas, solipsistas o nominalistas sin tan siquiera saberlo-, la circularidad termina formando un círculo. Los fieles seguidores de los resabios de la tradición dirán lo que quieran y seguirán bamboleándose en la comodidad de su chinchorro hecho de lugares comunes. Pero por ese camino, lo que se representan como la realidad nunca dejará de ser más que una ficción, mientras que lo que se imaginan que es una ficción es la más genuina realidad.       
                   
    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    El próximo pueblo

    A mi hermano de, la vida

    Henry Collet Camarillo

    Juan Nuño cruzado de manos, escéptico.

    Juan Nuño fue el más ilustre, conspicuo y polémico representante del escepticismo lógico en Venezuela. Agudo y punzante, inteligente y satírico, nadie puede poner en duda -nisiquiera el propio Nuño, quien habituaba ponerlo todo entre signos de interrogación- ni su densa y sólida formación filosófica ni la decisiva importancia que ha tenido su contribución para el quehacer filosófico contemporáneo, tanto en hispanoamérica como, especialmente, en el país que escogió para emigrar desde su España natal apenas con una veintena de años, para hacerse discípulo de Juan David García Bacca, de quien no sólo recibió el pléroma -esa unidad primordial- de la filosofía clásica antigua, sino el riguroso dominio de la lógica formal y de la filosofía de la ciencia. Después vinieron Cambridge y el positivismo lógico, la Sorbona y el existencialismo de Merleau-Ponty, Suiza y las enseñanzas de Bochenski. La época dorada de la filosofía en Venezuela pasa, de modo inevitable, por la tonalidad incandescente que le brindaran los tropos del escepticismo de Nuño, esa doctrina -ciertamente, mordaz- que considera que no existe ningún saber firme ni ninguna opinión definitiva. Pero además, y como afirmara Jesús Sanoja Hernández, “Nuño intentó bajar poco a poco desde las alturas de la filosofía a las tierras llanas de la polémica cotidiana”. Y es que es eso lo que, precisamente, transforma al catedrático de filosofía en auténtico filósofo, teniendo o no la razón siempre de su lado.

    En algún artículo de opinión, Juan Nuño dejó claro que Venezuela, a diferencia de otras regiones más transparentes, nunca había tenido la mayor importancia para el imperio español. No era un virreinato sino, apenas, una capitanía general y, en última instancia, un lugar de paso, un puerto de entrada ubicado al norte del sur del continente. Un puerto, con todas las implicaciones que el término sugiere. Una puerta, un portal, un toc-toc. La puerta de los gallos (portu-galia) del Caribe. El desprecio -y, más bien, el reconcomio político- de los españoles del Renacimiento frente a Portugal marcó el destino de Venezuela, cuyo nombre de pila, por aquello de los palafitos, ya llevaba inscritos los caracteres de la poca monta: una Veneci-ucha, una Vene-zuela: la zuela de Venecia. Según esta descripción, Venezuela, incluso antes de nacer, comporta los signos de la decadencia. Su bautismo revela un reflejo especular, la imagen invertida de su referente europeo. Es la extensa llanura, aguas abajo, del virreinato de la Nueva Granada. La casamata desde la cual se puede resguardar la vastedad de las playas caribeñas, ya desde entonces, plagadas de piratas ingleses, holandeses, franceses, entre otros, pero no el lugar estratégicamente indicado para la fundación de la capital imperial en los nuevos territorios que se iba anexando.

    Al liberarse definitivamente del dominio monárquico español, Bolívar, venezolano y caraqueño, no pensó en su terruño como la capital de la nueva república independiente sino, por cierto, en Santa Fe de Bogotá, la antigua capital del virreinato de la Nueva Granada. Allá estaba la ilustración, la cultura, la educación, la institucionalidad, en fin, como él decía, “la universidad”. Venezuela era el “cuartel” y Ecuador el “convento”. Por eso se convirtieron en los otros dos Departamentos de “Colombia la grande”, como el Libertador -inspirándose para ello en la Colombeia de Francisco de Miranda- solía denominar a la nueva nación. Al producirse la ruptura y tener lugar en Valencia la fundación de la República de Venezuela, la incipiente conciencia comienzó a construir y destruir -una y otra vez- su propio artificio. Si, por un lado, con el doble triunfo obtenido -el haberse independizado de la monarquía española y el haberse separado del antiguo centro político y cultural neo-granadino- el pueblo venezolano parecía haber llegado a su más alta cumbre, por el otro, iba dando rienda suelta a sus determinaciones interiores. Y al volverlas hacia afuera se iban poniendo en evidencia sus discordias. Ya no estaba en lucha contra sus anteriores opresores, pero al cumplir la misión y llegar al goce de sí mismo, comenzó a reproducir dentro de sí la oposición que acababa de anular. La progresiva descomposición interna fue la inmediata consecuencia de su victoria. Y, así, el final de la tiranía exterior puso en evidencia la presencia de la tiranía que se llevaba por dentro. Ya no había tensión hacia afuera, pero ahora se ponía de manifiesto la descomposición interna. Su más alta cumbre terminó por dar inicio a su decadencia. Como podrá observarse, la geografía no es tan sólo el “estudio de la tierra”, sino que precisamente por ello es historia viva.

    Adel paréntesis democrático, que durante cuatro décadas hizo florecer a un pueblo que parecía encaminarse finalmente hacia su civilidad, conducido de la mano por sus instituciones universitarias, las reiteradas convulsiones orgánicas y la inclinación mórbida por la autoflagelación parecen ser sus constantes. Son los reflejos de un reflejo, las ruinas circulares de un inmenso fractal de odios y venganzas contra sí mismo. Un espejo roto y enterrado en la arena sangrante. Una constante que, por estos días, pareciera no ser exclusiva de la multitud venezolana. Es tiempo de que esta ficción de la conciencia natural se termine. Para superarse a sí misma, Venezuela no puede “volver a ser lo que fue”, ni debe “salvarse” nada en ella. El “como éramos antes” es parte de la ficción. Sólo queda reinventarse y rehacerse o, más bien, re-crearse. No era difícil adversar el entendimiento de Nuño desde el historicismo filosófico, pero era fácil reconocer el correcto ejercicio de sus refutaciones. Quizá Nuño no llegara e tener plena conciencia de las implicaciones contenidas en su negación del mito venezolano. Pero, en todo caso, conviene advertir que es en virtud del escepticismo que el espíritu se pone en condiciones de examinar lo que es verdad, haciéndolo desesperar de sus propias representaciones. Quizá sea este, como dice Hegel, “el camino de la duda y la desesperación”. Pero es el único camino capaz de hacerle saber a los muertos que tienen la obligación de enterrar a sus muertos.

    Por José Rafael Herrera 
    @jrherreraucv

    Pizani, o la defensa de la Autonomía universitaria.




    Autonomía universidad.

                Hay quienes creen que las ideas y los valores poco tienen que ver con la realidad y que sólo el pragmatismo cuenta, a la hora de confrontarse con la dureza de “los hechos” materiales, con los asuntos propios de “la práctica”. Son los que se autodefinen como “realistas” sin tener la más mínima idea de lo que sea la filosofía del realismo, al que irremediablemente confunden con el más rasante de los empirismos. De hecho, se representan el realismo como una doctrina lo más cercana, lo más próxima, a “la realidad”, sin percatarse de que lo que se imaginan que sea la realidad no es más que su abstracto reflejo. En el fondo, coinciden con el cretinismo de los que creen que la crianza de gallinas en las escuelas es más importante que el estudio de la matemática, la literatura o la historia.
                A la hora de la verdad, lo que los diferencia, en el fondo, es una vanidosa aspiración: el deseo  irrefrenable de ostentar los cargos de poder que hoy ocupan sus adversarios, sus opuestos, como diría Hegel. Es un “realismo” animado por el propósito de alcanzar aunque sea un poco de los beneficios y privilegios que hoy ocupa la canalla vil, ubicada muy por encima de las necesidades del resto de la población. Vanitas vanitatis. Quizá sea por eso que más que realismo, se trate del gusto por los reales. De realista a realista traduce: de bárbaro a bárbaro. Es, pues, el “realismo” de los miserables, el de las audacias de los Carujo de siempre frente a los Vargas que siempre se les enfrentarán, por lo menos mientras exista la idea y el derecho de la universidad autónoma, justa y solidaria, la misma que enfrentó y venció, contra todo pronóstico “realista”, a las despiadadas ordas de Boves, la misma que levantó su voz contra los Monagas y contra Guzmán Blanco, la que padeció la rotunda y el exilio de Gómez, o el Obispo y la Guasina de Pérez Jimenez. La universidad que no se calla y que no descansará hasta que la irreverente luz de la verdad ponga fin a las ruindades de la ignoracia y a la opresión de los amantes de ese arrogante realismo que no lo es, porque en nada se funda más que en palabras vacías. Y como la ignorancia es audaz y persistente, siempre tendrá que haber universidad, porque no hay forma de detener la actividad sensitiva humana, la actio mentis, en su infinito esfuerzo de preservar la razón y la libertad.
                “No dejó cuenta en el banco ni vehículo propio”, observa el autor de la reseña de la vida del muy ilustre rector de la Universidad Central de Venezuela Rafael Pizani, cuya gestión, asumida apenas a los 34 años de edad, pronto se transformaría en referencia histórica. Muy probablemente, el rector no profesaba el realismo de los audaces, pero sí la chispeante fantasía de los constructores de las ideas sobre las cuales se sustenta toda auténtica realidad de verdad. No por casualidad fue un filósofo del derecho. Uno de sus fieles discípulos, Elio Gómez Grillo, describió su muerte del siguiente modo: “En la Roma antigua, cuando moría un gran hombre, no se decía “ha muerto”, sino “ha vivido”. Así puede decirse del maestro Rafael Pizani, cuando falleció el 16 de diciembre de 1999. La muerte sólo pudo arrebatarle nada más que su vida. Permaneció todo lo demás”. Pero, ¿qué es lo que aún permanece del Rector Magnifico?, ¿qué es eso a lo que Gómez Grillo denomina “todo lo demás”?
                Cuarenta años de sacerdocio universitario, con una sola interrupción: el exilio al que lo llevó la defensa de la autonomía universitaria frente al régimen dictatorial de Pérez Jimenez. Pizani había encabezado las firmas de la Carta Magna Universitaria, un documento leído y aprobado por los profesores y estudiantes de la UCV reunidos en asamblea en un Aula Magna desbordada. La Carta enfrentaba el decreto de la Junta militar que suspendía la autonomía universitaria y, con ella, la creación libre del saber. Su voz de protesta frente a la mordaza se transformó en el concepto - la actio mentis- en virtud de la cual surgió, primero, la resistencia y, más tarde, la sublevación contra la tiranía. Después de todo, la universidad triunfó, una vez más. Cuando las dictaduras enfrentan a las universidades tarde o temprano se inicia su caída. El saber, siempre, será el verdadero realismo, el más auténtico y más concreto.
                Después de las dictaduras, toca reconstruir el país. Y no hubo cargo de responsabilidad en el que el rector Pizani no ejerciera el ejemplo e impartiera su sacerdocio docente, bajo el convencimiento de que sin formación civil y ética profesional resulta imposible el progreso de un país. Para Pizani, “la universidad venezolana constituye -hoy como ayer- el reducto insobornable de la dignidad nacional”, y mantener su defensa “es nuestra tarea y nuestro compromiso con el pueblo venezolano”. A pesar de “todo apetito subalterno de dominio y de mando, sin doctrina y sin mañana, siempre resurge el horizonte iluminado de un pueblo que rescata, por su Universidad, el invalorable derecho de ser un pueblo libre”. El profesor Pizani es -y seguirá siendo- “un símbolo vivo de la universidad venezolana”.
                El próximo 23 de Enero de 2020 vence el plazo dado por el tribunal de la narco-usurpación para que la Universidad Central de Venezuela efectúe unos comicios inconstitucionales y violatorios de la Ley de universidades vigente para la renovación de sus autoridades. La UCV debe, efectivamente, renovar sus autoridades. Nadie puede poner en duda esta vital necesidad para la institución, sobre todo después de que se le prohibiera, durante años, efectuar comicios dentro de los lapsos legalmente establecidos, amenazando a los miembros de su Consejo Universitario con enviarlos a prisión en caso de proceder a su convocatoria. Hoy se le pretende obligar a efectuarlos, pero fuera del marco reglamentario y en abierta contradicción con su naturaleza estrictamente académica, con el objetivo de preparar el camino para la definitiva intervención de su autonomía.
                Los supuestos realistas, férvidos de pragmatismo, siempre dispuestos a la participación “como sea” para “agarrar lo que sea”, ya se preparan para presentarse en los comicios, en acato borreguil a lo establecido por el tribunal de la narco-usurpación. La idea de Academia no cuenta, lo que cuenta es la elección por la elección, a cualquier costo. Otros, en cambio, se niegan a todo tipo de participación electoral, apelando al argumento de que el régimen ya ha puesto en marcha la celada para la intervención, de tal modo que votar o no votar les resulta, en sustancia, lo mismo. Son estos los apocalípticos que con cierto aire de superioridad, de “almas bellas”, terminan por condenar a la institución proclamando su derrota por anticipado. Por fortuna, la mayoría académica ucevista está dispuesta a aceptar el reto electoral, pero no bajo las condiciones exigidas por el espurio tribunal, ese bufete a sueldo de los narcos, sino de acuerdo con el mandato de la Ley y de la Constitución, en clara  defensa de la autonomía universitaria, siguiendo para ello las enseñanzas de sus rectores magníficos, Vargas, DeVenanzi, Bianco y, por supuesto, Pizani. Será un acto de rebelión, la premisa para el fin de la narco-tiranía. Y que quede claro: en esto no es posible ceder. La universidad, como el país del cual es conciencia, no se negocia.          

    Plotino: Renovador, místico y neoplatónico.







    ¡Con el neoplatonismo hemos topado! Además en un contexto tan interesante como el periodo alejandrino, momentazo de mestizaje e intercambios culturales donde los haya. El conocimiento se mezcla, fusiona y renueva dando como fruto una amalgama de “nuevas-viejas” corrientes filosóficas, especialmente de origen griego. Aunque el imperio griego estaba en declive y el romano en auge, la cultura griega estaba de moda y con ella resurgen numerosas corrientes culturales.
    Hoy profundizaremos en una versión del platonismo, que a mi parecer, es muchísimo más divertida que la original. ¡Plotinismo allá vamos! Plotino representa la continuación de la tradición platónica con el plus de originalidad de su pensamiento especulativo. El filosofo captó a la perfección el espíritu ecléctico de su tiempo.


    Veremos los aspectos más singulares y relevantes de la vida del autor para sumergirnos de pleno en su pensamiento y así entender la herencia de su filosofía. Lo que sabemos de la biografía de Plotino nos llega en gran medida de Porfirio, un discípulo suyo que lo tenía medio endiosado, lo que aumenta la leyenda y la diversión.  Parece ser que nació en Licópolis sobre el 204 o 205 pero que acabó montando escuela en Roma, donde residió y dio clases. Tuvo algún@s alumn@s importantes como su futura esposa (afortunadamente su secta no hacia distinciones de sexo a la hora de admitir miembros) o el propio Emperador romano.
    Dicen que era muy buen profe y que no le importaba ampliar explicaciones o repetir un concepto hasta que se entendiera. También era un hombre respetado en su comunidad, al cual acudían en ocasiones para que mediara en conflictos vecinales.
    En su vida también encontramos algunas excentricidades que demuestran que era súper fan de Platón. Una vez pidió al gobernador el terreno de un desierto cercano llamado Campania para fundar Platonópolois una polis regida por La república de Platón (¡Qué chulada!). Imagino como fantasearía con ser el mismo el filosofo rey. Otro dato curioso y que prueba su fe en el maestro, era que nunca quería ser retratado ya que le parecía demasiado decadente promover copias de copias. Pero sus discípulos, poco respetuosos y con ansias de un retrato de su guía, urdieron el siguiente plan: Hacer pasar a un retratista como alumno y que luego de memoria trazara su retrato (Unos genios).
    A los 66 años se retiró a una casita de campo aquejado de dolencias estomacales, lamentablemente rehusó la medicación ya que la consideraba poco filosófica y murió poco después.

    Ahora que nos podemos hacer una idea del contexto y el personaje que era Plotino, sin más preámbulos, entramos de cabeza en el pensamiento plotiniano. El neoplatónico nos ofrece un sistema jerarquizado de la realidad y en el rango más alto vemos el Uno
    Importantísimo entender que es esto del UnoPlotino defiende la existencia de un primer principio absoluto que denomina Uno. Algo así como una especie de “arjé” presocrático. Este Uno es la fuente creadora de todo lo demás que para poder ser verdaderamente trascendente, debe ser concebido como absolutamente simplesin determinación formal alguna, carecer de todo predicado, y a la vez, para ser principio, deberá dar razón de toda la multiplicidad del universo

    Nos encontramos con una de las grandes dificultades de los@s grieg@s, explicar el paso de la unidad a la multiplicidad, explicación hercúlea que ya se intentó en el Pármenides de Platón. Ante tal hazaña cognoscitiva Plotino tampoco se calienta mucho la cabeza y defiende lo siguiente: 

    El Uno es un principio que da origen a la multiplicidad y dar origen a la multiplicidad es lo que lo constituye como principio.

    Está esta explicación, que no puede ser más circular, es la que nos ofrece el autor para justificar el paso de lo Uno a lo múltiple. El tío con un par, no le da más vueltas y continua con su doctrina sin mirar a tras. Que conste que lo entiendo perfectamente ya que es un problema filosófico de gran calibre al que podría haber dedicado su vida entera sin obtener salida alguna. De ser así y la humanidad hubiera perdido un gran pensador en a pro al nuevo platonismo. Nosotros igual que Plotino continuamos adelante sin amargarnos más por lo irresoluble y punto y pelota. Según el autor, de este Uno emanan sin perder un ápice de sí, los estadios más bajos de la realidad. Yo comparo este Uno como la luz solar dadora de vida, que nos alumbra y calienta sin perder por ello ni una gota de su brillo.

    Esta filosofía jerarquizada se muestra en 2 movimientos:

    a) Del Uno al uno (descenso)
    b) Del uno al Uno (ascenso)


    En el primer movimiento de descenso el Uno generador va al uno particular (cuerpo material) que reside en el mundo de las cosas. El Uno llega al uno desplegándose en 3 niveles:

    Primero en el Nous o Espíritu. Este Nous o espíritu hace referencia a las idees platónicas, a la razón divina.
     
          Luego en el Alma que es causada por el impulso de las idees que quieren ejecutarse o actualizarse.

       
          Más tarde en el último eslabón, la materia sensible. Tanto para Platón como para Plotino el mundo sensible carece de nobleza y autenticidad. Vamos que a nivel material somos una mierda seca.


    El segundo movimiento, el que describe la finalidad de la vida humana, es el movimiento de ascenso que va del uno determinado al Uno divino. Plotino desea el ascenso y unión con el primer principio. Este ascenso se da cuando el alma atraviesa los diferentes paisajes hasta poder contemplar al Uno. El ascenso es un viaje de 4 paradas:

        

          1) Mundo sensible: Nivel más bajo donde el alma se impregna de la pasividad de los placeres y del ejercicio de las virtudes sociales.

          2) Mundo de la reflexión/ racionalidad: Nivel medio donde el alma es dueña de sí.

    3) Mundo de las ideas: El alma capta las esencias finales y los datos intuitivos.

    4    4) Éxtasis: Contacto con el primer principio. Última parada y finalidad de la vida de las persones. Parece ser que Plotino llegó al estado de éxtasis místico 2 o 3 veces, ahí es nada.

    Plotino tiene una fantasía muy bonita y es que el se imagina a las almas dibujando un circulo perfecto cantando alrededor del Uno. El coro entona en harmonía, pero cuando alguna de les almas desenfoca su atención hacia el Uno, su canto empeora y necesita volver a centrarse en el Uno para afinar. Nuestra alma necesita tener presente al Uno para estar encarrilada.

    A pesar de que Plotino dijera Uno y no Dios, esta claro que este primer principio y su neoplatonismo en general se puede vestir, en cierto modo, con las ropas del cristianismo. A mi parecer este es uno de los grandes motivos del éxito de Plotino y de que se hable de este en las aula universitarias. Aunque Plotino solo pretenda retornar a Platón  y no reformarlo, lo renueva aportando soluciones llenas de aire fresco. Su flecha marcara la dirección del pensamiento venidero. Continuidad  y “olor a libro nuevo” se unen es este pensador. Durante el siglo III, en el paisaje helenístico, se instauró el neoplatonismo, cuyo representante más significativo y místico es, sin duda, Plotino.

    En el nacimiento del pensamiento neoplatónico intervienen diferentes agentes: hechos históricos como el descenso del imperio griego y el auge del romano, así como multitud de corrientes de pensamiento, ya que la filosofía helenística esta petada de sectas y cantidades ingentes de doctrinas y variantes. En este torbellino cultural no es fácil de concretar la huella exclusiva de Plotino. Pero de lo que no podemos dudar es de que la filosofía de Plotino constituye el paradigma del neoplatonismo pagano así como un punto de partida para l@s primer@s cristian@s, que marcará el camino del sucesivo pensamiento medieval.