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    La clase de Aristóteles

    Por Jonatan Alzuru Aponte.

    Aristóteles director de cine.


    Estaba en su oficina, ubicada en el segundo piso, justo al finalizar las escaleras, de aquel pequeño edificio que transformaron hace treinta años. Antes era una residencia para las señoritas chilenas que estudiaban en la UACh. Su escritorio estaba a un lado de un ventanal. Desde allí observaba la entrada al jardín botánico de la Universidad.

    Eran las diez de la mañana y el invierno volvía como un eterno retorno de lo mismo. No quería trabajar ese día. Movía con el cursor de la computadora uno y otro archivo. Cerraba uno, abría el otro, sin leer nada. Las páginas de las redes sociales las visitaba y sin leer, las cerraba. A nadie le comentaba lo que le sucedía. Días antes recibió un golpe emocional, uno más… su esposa tardaría unos días, quizás unas semanas en llegar a Valdivia, pero todo amor es desesperado, aunque la conociese desde su niñez, la deseaba. Habían pasado cuatro días y no había podido recuperar ni las lecturas de aquella frígida maestría en guion de cine, ni la apasionante aventura de internarse en los textos que era una novedad para él ni siquiera la alegría de las películas lo atraían. La rutina del trabajo le parecía una cárcel y él vestido de negro parecía que fuese a un funeral.  De pronto, se le ocurrió, para levantar su ánimo, imaginarse que dictaría una clase sobre guiones. 
    Entonces, decidió ir a la biblioteca. Se levantó de aquella silla negra, ajustada perfectamente a su espalda y casi sin pensar, empezó a caminar rápido. Bajó las escaleras, aún más de prisa. Recorrió los dos largos pasillos alfombrados con un desgastado color vino tinto y cuyas paredes siempre le recordaban al Aula Magna de su Alma Mater, porque son de una madera preciosa; pero ese día no posaba su mirada en ninguna parte, iba acelerado, al trote, pero como un autómata, como un drogadicto en busca de su droga o como quien corre a buscar una medicina que posiblemente salvaría a su madre de una muerte inminente.

    Llegó al bello edificio de cristal donde reposan centenares de libros. Sin saludar, corrió al estante de Filosofía, buscó la poética de Aristóteles. Olió sus hojas y un torbellino de imágenes le cruzaron en segundos; la biblioteca de su casa, la sala de lectura del Centro de Investigaciones donde pasó horas, meses, años, leyendo, conversando, disfrutando la pasión por esos conocimientos antiguos y modernos; la Universidad, sus amigos.
    La bella edición de Gredos estaba un poco maltratada, quizás por el uso de tantos lectores. Abrió y cerró el libro. Decidió solicitarlo. Se dirigió de forma pausada, como si el motor de su cuerpo hubiese adquirido otra revolución. Fue al despacho del bibliotecario que se encontraba ubicado como el home, la base donde los beisbolistas batean, porque la estructura de la sala abarrotada de saberes, parecía un campo de béisbol. Entregó su carnet de funcionario, así le llaman a quienes no son académicos, a los que tienen una profesión, pero están incapacitados para dictar clase. En aquella lámina verde que tenía su foto y le daba la identidad de sus funciones, le recordaba que la vida le había cambiado; él era un apasionado del aula. Años atrás, cuando todavía ejercía como docente, escribía sus clases. Eso lo aprendió leyendo la biografía de Teodoro Adorno, porque decidió emularlo y la imitación, según los antiguos, era la primera experiencia para aprender; pero la nostalgia aquel día no se apoderó de él. Empezó a leer aquella joya magistral del conocimiento, de la estética, mientras hacía el camino de vuelta.  Al llegar a su oficina, lo leyó con frenesí. Él sabía que allí debía estar la esencia del guion contemporáneo, tenía esa intuición, aunque los pocos autores que había leído lo colocaban como una referencia lejana.
    Tomaba apuntes de forma rigurosa, colocando alguna anotación para darle coherencia a las citas:
    Lo más importante de estas partes es el entramado de los hechos; pues la tragedia no imita a los hombres, sino una acción, la vida, la felicidad o la desgracia; ahora bien, la felicidad o la desgracia están en la acción y la finalidad de una vida es un obrar; no una manera de ser. Y en función de su carácter son los hombres de tal o cual manera, pero es en función de sus acciones como son felices o infortunados. Por consiguiente, los personajes no obran imitando sus caracteres, sino que sus caracteres quedan involucrados por sus acciones. De manera que los hechos y la fábula son el fin de la tragedia y el fin es en todas las cosas lo primario (Aristóteles, 6; 1450ª)

    Aristóteles define de la siguiente manera (…) llamo fábula al entramado de cosas sucedidas; llamo carácter a aquello que nos hace decir de los personajes que posee tal y cuales cualidades; llamo manera de pensar a todo lo que los personajes dicen para demostrar alguna cosa o para explicar lo que deciden.” (Aristóteles, 6; 1449b)
    Continúa afirmando Aristóteles: Añadamos que la principal fuente de placer para el alma del espectador está en las partes de la fábula, es decir, en las perspicacias y los reconocimientos. (Aristóteles, 6; 1450ª)

    Define Aristóteles qué es perspicacia y reconocimiento, de la siguiente forma:
    Perspicacia es un giro de la acción en un sentido contrario al que venía siguiendo… y esto, una vez más, según la verosimilitud o la necesidad (Arist, 11; 1452ª)

    El reconocimiento, como ya el mismo nombre lo indica, es una transición de la ignorancia al conocimiento, llevando consigo un paso de odio a la amistad o de la amistad al odio, en los personajes destinados a la felicidad o al infortunio. El más bello reconocimiento es el que va acompañado de perspicacia. (Arist. 11; 1452ª-1452b)

    Además, de la perspicacia y el reconocimiento, Aristóteles considera otra característica para hacer la fábula bella, el hecho patético:
    (…) es una acción que hace sufrir, por ejemplo, las agonías representadas en una escena, los dolores agudos, las heridas y otros hechos del mismo tipo. (Arist. 11; 1452b)

    Pasó la mañana, absorto en el trabajo autoimpuesto. Al terminar la lectura con todos sus apuntes. Estaba como transportado. Sonreía, se sobaba la cabeza con ambas manos, respiraba hondo, quería gritárselo al primero que entrase: “¡Eureka! Los teóricos del guion lo que han hecho es ampliar y utilizar el lenguaje contemporáneo para expresar lo que estaba en Aristóteles. ¡Carajo! ¡Cómo es posible que le llamen estructura hollywoodense, a los tres actos con final cerrado! ¡Esa vaina es Aristóteles! ¡Cómo es posible que cuando describen que el personaje es acción, no citen al maestro Aristóteles! ¿Por qué carajo, no empiezan un curso de guion con la Poética de Aristóteles, si allí está condensado todo, estrictamente todo?

    Se levantó. Bajó a fumarse un cigarro. Caminaba sin dirección por aquellos jardines. ¿Por qué repiten errores? ¿Acaso será porque Syd Field y Robert Mackee, estadounidense, escribieron los libros más vendidos sobre guiones y son considerados los gurú del guion y le atribuyen entonces, la definición a ellos y no a  Aristóteles? ¿Cómo es posible que le llamen paradigma de Syd Field  o la Arquitrama de Mckee, a la estructura de los tres actos?
    Como solía hacer desde muy joven se aprendió la cita de memoria, como si fuese a debatir con sus compañeros en el Centro de Investigaciones o fuese a dar la clase; era una táctica que siempre le daba resultado y performativamente, disminuía a su interlocutor, citar de memoria, incluyendo capítulo, página y editorial. Se repetía, capítulo siete de la poética, 1450b-1451ª, titulado “Extensión de la acción”, editorial Gredos, página 85;  lo inicia Aristóteles diciendo: “Hemos sentado que la tragedia es la imitación de una acción completa y entera, dotada de cierta extensión, ya que una cosa puede ser entera pero no tener una cierta extensión. Es completo lo que tiene comienzo, medio y fin”  y al final del capítulo establece qué es extensión: “(…) y para sentar una regla general, decimos que la extensión que permite a una secuencia de acontecimientos, que suceden según la verosimilitud o la necesidad, hacer pasar al héroe de la desgracia a la felicidad o de la dicha al infortunio, constituye un límite suficiente”

    ¡Carajo! Es exacto a la definición de Syd Fiel o de Mckee, a lo que llaman cine hollywoodense, Casablanca, El Padrino, Rocky, La Bella y la Bestia o la versión realizada por Guillermo del Toro, La Forma del Agua, tienen esa estructura… Gesticulaba, movía sus manos como si estuviese discutiendo con alguien; se veía, exactamente, como esos dementes que deambulan por la calle que discuten con fantasmas; así paseaba sin rumbo en los jardines universitarios, en ese trance, para él el clima le era indiferente, aunque lloviznaba y la neblina se apoderaba del lugar. La multitud de jóvenes empezaban a salir de sus clases en grupos con algarabía rumbo a los comedores, pero él no los veía; estaba en aquella polémica imaginaria. De pronto se detuvo. Se quedó paralizado con la mirada fija, pero sin observar nada, su respiración se hizo, delicadamente, pausada. Cabizbajo movió la cabeza como un péndulo. No puedo escribir la clase, alguien, algún teórico tiene que haber realizado un trabajo mostrando que cada capítulo de la poética, puede leerse en clave cinematográfica.  Abstraído en aquel pensamiento, decidió internarse en la selva de libros, hasta conseguir, aunque fuese un autor que hiciera la relación, su perspicacia como investigador, lo conducía esa conclusión.


    Pasó horas, haciendo el ritual, tomar un libro del estante, revisar índice y devolverlo a su lugar, en orden, fila por fila. Había en aquellos estantes de caoba, como unos doscientos libros sobre cine. Estaba seguro que alguien tenía que haber reparado en aquella falla que se repite y repite de un libro a otro. Abrió un libro que lo hubiese descartado por el título sino fuese por el ritual que emprendió, Taller de escritura para cine, compilado por Lorenzo Vilches. El Capítulo tercero estaba escrito por un académico de la Universidad de Barcelona, Pere Luís Cano, nombre extraño pensó Pere, parece que le faltase la zeta, se dijo así mismo. El título era “Las fuentes clásicas del guion”, abrió el libro en la página 73, tal como lo señalaba el índice. Allí leyó: “En las próximas líneas se intenta resumir aquellas partes del texto aristotélico que los guionistas siguen usando hoy día, conscientemente o sin saberlo.”  Reclinó su cabeza en la columna, disfrutando su hallazgo y pensó, otro día escribo la clase, debo ir a la oficina a trabajar. 

    Por Jonatan Alzuru, contáctame por email: [email protected]

    Formar un concepto claro y distinto partiendo de cualquier afección.

    Proposición 4 de la parte 5ª de Ética demostrada por orden geométrico.
    No hay afección alguna del cuerpo de la que no podamos formar un concepto claro y distinto.


    Demostración: Lo que es común a todas las cosas sólo puede concebirse adecuadamente (por la Proposición 38 de la Parte II), y, por ello (por la Proposición 12, y el Lema 2 que está después del Escolio de la Proposición 13 de la Parte II), no hay afección alguna del cuerpo de la que no podamos formar un concepto claro y distinto. Q.E.D.

    Corolario: De aquí se sigue que no hay ningún afecto del que no podamos formar un concepto claro y distinto. Pues un afecto es la idea de una afección del cuerpo (porla Definición general de los afectos), y, por ello debe implicar un concepto claro y distinto.

    Escolio: Supuesto que nada hay de lo que no se siga algún afecto, y dado que todo lo que se sigue de una idea que es en nosotros adecuada lo entendemos clara y distintamente, se infiere de ello que cada cual tiene el poder —si no absoluto, al menos parcial— de conocerse a sí mismo y cono­cer sus afectos clara y distintamente, y, por consiguiente, de conseguir padecer menos por causa de ellos. Así, pues, debemos laborar sobre todo por conseguir conocer cada afecto, en la medida de lo posible, clara y distintamente, a fin de que, de ese modo, el alma sea determinada por cada afecto a pensar lo que percibe clara y distintamente, y en lo que halla pleno contento; y a fin de que, por tanto, el afecto mismo sea separado del pensamiento de una causa exterior y se una a pensamientos verdaderos. De ello resultará que no sólo serán destruidos el amor, el odio, etc. (porla Proposición 2 de esta Parte), sino que los apetitos o deseos que suelen brotar del afecto en cuestión tampoco puedan tener exceso (por la Proposición 61 de la Parte IV). Pues ha de notarse, ante todo, que el apetito por el que se dice que el hombre obra y el apetito por el que se dice que padece son uno y lo mismo. Por ejemplo, al mostrar que la naturaleza humana está dispuesta de manera que cada cual apetece que los demás vivan según la propia índole de él (ver Corolario de la Proposición 31 de la Parte III), vimos que ese apetito, en el hombre no guiado por la razón, es una pasión que se llama ambición, y que no se diferencia mucho de la soberbia, y, en cambio, en el hombre que vive conforme al dictamen de la razón, es una acción o virtud, que se llama moralidad (ver Escolio 1 de la Proposi­ción 37 de la Parte IV, y la Demostración segunda de esa Proposición). Y de esta manera, todos los apetitos o deseos son pasiones en la medida en que brotan de ideas inadecuadas, y son atribuibles a la virtud cuando son suscitados o engen­drados por ideas adecuadas. Pues todos los deseos que nos determinan a hacer algo pueden brotar tanto de ideas adecua­das como de ideas inadecuadas; y (para volver a donde estábamos antes de esta digresión) no hay un remedio para los afectos, dependiente de nuestro poder, mejor que éste, a saber: el que consiste en el verdadero conocimiento de ellos, supuesto que el alma no tiene otra potencia que la de pensar y formar ideas adecuadas, como hemos mostrado anteriormente.




    Notas..... 


    1- No hay aclaraciones más precisas para comprender esta obra que las expuestas por Spinoza en esta proposición, solo a modo de síntesis: Un cuerpo (nosotros o cualquier otro) puede afectarse por las imágenes de las cosas en cuanto estas son ideas inadecuadas, o puede vivir conforme al dictamen de la razón, en virtud de las ideas adecuadas que este forma clara y distintamente.

    La lección de Unamuno.

    Lección de Unamuno.



    Don Miguel de Unamuno solía decir que la obra de Hegel es “el álgebra del universo” y que, junto con Platón, había tejido “los más grandes poemas, los más verdaderos, del más puro mundo del espítitu”. No obstante, en su obra no hay un estudio sobre el pensamiento de Hegel. No está expuesto de modo explícito sino que, más bien, se le encuentra implícitamente. Claro que, de vez en cuando, al referirse al gran pensador alemán, utiliza expresiones que delatan sus inclinaciones: “mi maestro Hegel”, “el Quijote de la filosofía” o “aprendí alemán en Hegel, en el estupendo Hegel, que ha sido uno de los pensadores que más honda huella han dejado en mí”. Y sin embargo, el implacable Unamuno no podía perder la ocasión para compararlo, alguna vez, con el barón de Münchhausen, “quien quería sacarse del pozo tirándose de las orejas”. Lo cierto es que, como todo buen discípulo, Unamuno supo nutrirse del pensamiento hegeliano para, conservándolo, seguir el compás de su propio pensamiento. Hay quienes desde su ignaro patetismo sociológico, marcadamente arrastrado por un positivismo y un pragmatismo ramplones, consideran que las citas o referencias textuales de los grandes pensadores de otros tiempos son un vano intento escolástico que, a lo sumo, invoca la autoridad de “el reino de las sombras”, sin detenerse a pensar que subestiman las potencias del pasado. Nada saben de Aristóteles ni de Maquiavelo. ¡Si supieran que fue sobre los empedrados de dicho reino que se escribió nada menos que la Crítica de la economía política!



    No pocas veces, los apologetas de la modernidad muestran ser bastante poco modernos. Y no pocas veces los llamados post-modernos suelen ser excesivamente pre-modernos. “Quien no ha aplicado en su vida más que un sólo procedimiento -observa Unamuno-, no tiene experiencia ni aún de él”. Y es que para la filosofía, como para la vida misma, las construcciones, los grandes aportes o contribuciones, no son posibles sino sobre la base del diálogo con las enseñanzas heredadas de los maestros del pensamiento. Porque, en materia filosófica, pensar el für sich -el para sí mismo- siempre será un encuentro con el für uns -el para nosotros. La obra de un día no es sino el resultado de la paciente labor de los siglos. La filosofía es, en efecto, historia y nada más que historia. Pero la historia no es ni un museo de cera ni un tanatorio, como tampoco una mera referencia anecdótica del pasado, según la creencia de algunos -incluso- respetables académicos: es, siempre, historia contemporánea, la cabal enseñanza del aquí y ahora. Es, pues, lo contrario de “la ciencia oficial o enjaulada”, de la “ciencia hecha” que le resultara tan deleznable a Unamuno: “con sus dogmas, sus resultados, sus conclusiones, sean verdaderas o falsas, es todo menos lo vivo, porque lo vivo es la ciencia in fieri, en perpetuo y fecundo hacerse, en formación vivificante. Las conclusiones frente a los procedimientos, el dogma frente al pensamiento. Es el gato en el plato en vez de la liebre en el campo”.

    Una universidad obligada a repoducir conocimientos sin producirlos, sin innovarse de continuo, condena el desarrollo de toda la sociedad. Pero una universidad que se autoimpone la reproducción del conocimiento como única meta no es una universidad sino una vergüenza. El objetivo principal de las universidades no consiste tan sólo en egresar profesionales “competentes”, sino esencialmente en resolver, con base en el resultado de sus investigaciones, los grandes problemas que aquejan a la sociedad en sus más diversos ámbitos. Por eso mismo, los profesores universitarios no pueden ser calificados ni como “docentes” ni, mucho menos, como “trabajadores y trabajadoras universitarios”. Sin investigación y extensión, las universidades se convierten en liceos o, en el mejor de los casos, en institutos universitarios. Pero con ello desaparece el sacerdocio que las sustenta. No sólo se trata de egresar profesionales y “especialistas” de calidad, sino de mantener el cultivo diario, in fieri, del saber. Porque, ¿cómo podrían formarse profesionales de calidad sin que a lo interno progrese la enseñanza como fruto de la investigación y la extensión? Una universidad burocratizada, de mera “nómina”, no es tan solo una infamia: es una abominación. Esta, en sustancia, la lección de Unamuno para un presente en bucle, para un aquí y ahora que parece repetir los errores que, una vez objetivados, alentaron el terror de la barbarie que terminó por conducir a su España natal a la guerra civil y, con ella, a su autodestrucción.



    El tres veces Rector de la Universidad de Salamanca, el hegeliano cuya idea filosófica se explaya a lo largo y ancho de su obra literaria, no solo fue testigo presencial de la crisis orgánica de su tiempo sino, además, una de sus más representativas víctimas: “En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel, debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto sustrato patológico-corporal, las inauditas salvajadas de las ordas rojas excedían toda descripción. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología alguna, que van a satisfacer feroces pasiones atávicas. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera, puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Triste cosa sería que el bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo”.





    Así estaba su pobre España, tal como hoy está la pobre Venezuela: desangrada, arruinada, envenenada y entontecida. Como nunca antes, la lección de Unamuno está abierta. Estudiarla y comprenderla es estudiarse y comprenderse. El reclamo de Unamino por el hundimiento de la inteligencia universitaria es la premisa para el hundimiento en la más cruenta de las barbaries de la sociedad. La pretendida horizontalización de las universidades no sólo anuncia su definitiva ruina en manos de la quincalla populista, sino que, como su consecuencia directa, el país entero quedará sumergido en la peor mediocridad borreguil, tan grata a los gansters que administran el narco-terrorismo en Venezuela y que ponen en riesgo la propia civilización occidental. Junto a Unamuno, los universitarios venezolanos libran la que tal vez sea su batalla más importante: la de resistir, bajo las peores condiciones de vida, la brutal arremetida de la barbarie. La fuerza bruta vence, pero no convence, decía el filósofo. Porque convencer significa persuadir y para persuadir es necesario tener razón y derecho. Las tiranías no lo tienen. El búho de Minerva inicia su vuelo al caer las primeras luces del día. Por eso mismo, y al final, la universidad resurgirá de sus cenizas y, una vez más, vencerá la sombra que va dejando a su paso la estupidez.

    Adorno hoy

    Adorno y barbarie.


    Hace pocomás de un mes se cumplieron cincuenta años de la muerte de Theodor Wiesengrund Adorno, uno de los más importantes pensadores del siglo XX y, junto con Walter Benjamin, Max Horkheimer y Herbert Marcuse, una de las figuras emblemáticas de la llamada Escuela de Frankfurt, cuya teoría crítica de la sociedad –ese gran proyecto para la comprensión dialéctica e histórica de la cultura contemporánea– aún se sigue desarrollando. Y es que después de aquella primera generación de pensadores que desde 1931 conformaron el Institut für Sozialforschung –o Instituto para las Investigaciones Sociales–, han surgido dos generaciones más, herederas de su valiosa tradición, conducidas de la mano, primero, de Jürgen Habermas y, más recientemente, de Axel Honneth.

    En todo caso, será necesario afirmar que entre todos sus distinguidos miembros Adorno ha sido, y sigue siendo, el más lúcido y profundo, y no pocas veces hasta la densidad abismal, pues si en algo coincide su modo de pensar con el de Heráclito y el de Hegel es, precisamente, en aquello que los identifica: el espesor de su densidad.

    Más allá de “la mezquindad y el rencor” que caracterizan las abstracciones de un Schopenhauer –dice Adorno–, “en el terreno de la gran filosofía, Heráclito y Hegel son los únicos con quienes, de vez en cuando, no se sabe, ni se puede averiguar de forma concluyente, de qué se está hablando, y con los cuales no está garantizada la posibilidad de semejante averiguación”. Lo propio aplica para el autor de la Dialéctica Negativa.

    En uno de sus ensayos, Adorno sostiene que la tarea más urgente de toda educación consiste en superar la barbarie. No obstante, se pregunta si en ella pueda ser cambiado algo decisivo mediante la educación actual, inmersa como está en la ratio instrumental. Como podrá observarse, se trata de la puesta en escena de la contraposición de dos tendencias fundamentales, alrededor de las cuales gira el problema central de la sociedad contemporánea. Dos tendencias que son, en realidad, dos presupuestos sobre los que aún hoy se debate el presente.

    Paradójicamente, en el horizonte problemático de la civilización técnica, altamente desarrollada, los individuos parecen encontrarse ubicados por detrás de su condición civil, y no solo se trata de aquellos que aún no se hayan en sintonía con el avance técnico-científico alcanzado hasta ahora, y que pareciera ser natural para la llamada "millennials generation", sino de quienes, según Adorno, se encuentran “poseídos por una voluntad de agresión primitiva, por un odio primitivo o, como suele decirse, por un impulso destructivo que contribuye a aumentar todavía más el peligro de que toda esta civilización salte por los aires, algo a lo que, por lo demás, ya tiende por sí misma. Impedir esto me parece algo tan urgente que subordinaría a ello los restantes ideales específicos de la educación.

    La cuestión de fondo que aquí pareciera plantearse consiste en si, en efecto, las personas que se consideran equilibradas y normales, moderadas y relativamente ilustradas en todos los sentidos que caben en las pautas de la vida cotidiana, es decir, las personas promedio, ajenas a la agresión e incapaces de cometer actos de barbarie, representan efectivamente un producto deseable para la sociedad actual. O, en otros términos, ¿hasta qué punto puede la voluntad consciente introducir acciones dentro del ámbito educativo capaces de producir o reproducir expresiones propias o constitutivas de la barbarie?

    El humus propicio para el cultivo de la barbarie es la represión, la ausencia de promoción de las motivaciones autonómicas. Por eso, los regímenes que han hecho de la barbarie su “legado” le temen tanto a la autonomía y, antes bien, imponen un modelo de educación “controlada”, sometida a criterios regulatorios, ajenos al desarrollo de las más diversas manifestaciones de la iniciativa individual, en nombre de la autoridad y del poder establecidos. Los programas son cerrados, la inventiva está demás. Ajenos a toda creación espontánea, no existe ni orden ni conexión entre las ideas y las cosas. La memoria y el “caletre” se imponen como los padres putativos, los “tutores”, de las más diversas formas de conocimiento. Y así, lejos de contribuir a transmutar los instintos de agresión en inclinaciones productivas, las tiranías, al imponer sus criterios escolásticos cerrados, formales y represivos, concentran y potencian la agresión barbárica.

    A la lucha contra la barbarie y su consecuente superación se corresponde un momento de indignación suprema, no sobre la base de la memoria sino del recuerdo reconstructivo del decurso histórico de la humanidad, o por lo menos de sus momentos estelares. Se trata de poder conducir los rasgos persistentes de barbarie contra el propio principio de la barbarie, contra la barbarie misma, en lugar de contenerla, evitando que sus potencialidades produzcan una nueva irrupción contra el desarrollo de la civilidad.

    Existe barbarie ahí donde se constata una recaída en la fuerza física, bruta, primitiva, exaltada como símbolo mítico de grandeza revolucionaria, “al servicio de la humanidad”. Aquiles aparece aquí como un niño ingenuo frente al guardia nacional que compite por ser el más destacado torturador, el que mayor cantidad de ciudadanos lleva asesinados o el que más cantidad de civiles ha golpeado y humillado. En su opinión, el instinto de competencia comporta los signos de la barbarie, tanto para el vencedor como para el vencido.

    El vencedor entra en la gloria del Walhalla de la patria, en el sagrado panteón de los “héroes”: se ha hecho merecedor de un bono salarial y una caja extra de alimentos. El vencido concentra sus resentimientos, que se traducen en la duplicación de sus potencialidades barbáricas. La competencia es un instinto y, por eso mismo, es contrario a la educación estética, por lo cual termina ahondando en las representaciones primitivas y en los más diversos modos de infantilismo barbárico. Competir –agrega Adorno– no es el mejor incentivo para el desarrollo de la vida civilizada. Hay que perder la costumbre de utilizar los codos. Los codazos son, sin duda, expresión de barbarie. “Lejos de ser una hermosa máxima, el fair play, hipostasiado y convertido en motivación sin concepto, encierra algo inhumano”, tan inhumano y barbárico como la actitud corderil que contempla lo abominable para inclinar la cabeza y cerrar los ojos.

    Mucho tiene aún que decir Adorno hoy. Más allá de quienes consideran que la época de la ratio instrumental que enjuició es ahora un juego de niños, las premisas que sustentan el desarrollo tecnológico actual siguen siendo las mismas. El darwinismo social sigue intacto. La persistencia de la barbarie dentro y fuera del sistema educativo se sustenta en el autoritarismo, cuya última justificación para su predominio no apela a la razón sino la fuerza bruta. La tarea está pendiente. Por eso mismo, el pensamiento de Adorno sigue teniendo vigencia. No son pocos los muertos que, como él, gozan de excelente salud.

    «Gabriel García Márquez ‘El Cataclismo de Democles’»





    «Gabriel García Márquez  El Cataclismo de Democles’»
    Comentarios

            
    Esta pequeña, pero importantísima reflexión se podría ubicar en la categoría de la ética ecológica. Gabriel García Márquez describe una escena apocalíptica sobre el colapso ecológico que se avecina. El ‘progreso de la civilización humana’ -si se podría hablar de progreso- ha traído como consecuencia el desarrollo vertiginoso de nuevas tecnologías para la creación de armas nucleares que podrían desaparecer en su totalidad a la especie humana, inclusive desaparecer también una parte de nuestro sistema solar. La cantidad disponible de ojivas nucleares tiene la capacidad de protagonizar una devastación a gran escala. García Márquez le denomina la ‘peste nuclear’ cautiva en silos de la muerte construidos por los llamados países ‘desarrollados’.

                Lo paradójico, los humanos representan una amenaza no sólo para los mismos humanos, sino para todas especies que coexisten en la faz de la tierra. «La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende de nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, afirma el autor. Las inversiones en proyectos para la construcción de armas de destrucción masiva son escandalosamente grotescas. Mientras tanto, las cifras de personas que sufren de hambrunas a nivel mundial contabilizadas por la UNICEF y FAO  siguen creciendo de manera alarmante. Los programas financieros para la inversión mundial agrícola no se comparan ínfimamente con las inversiones armamentistas. García Márquez advierte que lo único que nos puede salvar de la barbarie sería la instauración de la cultura de paz, crear conciencia generacional. Esto sólo es posible a través de la educación, de lo contrario la tierra se transformará el infierno de otros planetas. Advierte que la carrera armamentista va contra toda inteligencia. ¿Somos seres inteligentes cuando somos nuestra propia amenaza? He aquí el gran desafío. El texto de Márquez es una invitación a todos los hombres y mujeres de ciencia, hombres y mujeres de inteligencia y paz a construir la gran arca de la memoria y, así sobrevivir al diluvio atómico. La memoria histórica recuerda los grandes saltos del género humano y de la naturaleza misma que fundidos resultan ser obra de arte más perfecta del universo.

    Hace 12.000 años. Cuento

    Prehistoria en América.


    Hace 12.000 años, América ya había sido habitada por humanos desde Alaska a Tierra del fuego. De esta civilización paleo-india solo se han encontrado puntas de flecha, cuchillos y algunas rudimentarias construcciones. Se los conoce como cazadores avanzados y recolectores nómadas que se movían en grupos de veinte a cuarenta personas. Dominaban el fuego y tenían un lenguaje rudimentario. A su paso se encontraron con una fauna, en su mayoría pacífica y de grandes dimensiones: gliptodentes, perezosos de tres metros del altura o carpinchos de cincuenta kilogramos entre otras especies. En un rincón de ese mundo se desarrolla la siguiente historia.

    Era todo vegetación de no mas de dos metros de altura pero tupida como bosque cerrado y seco donde el canto de pájaros se alternaba con el de todo tipo de insectos varios de los cuales se parecían a las chicharras que cantan al mediodía en verano. Algo se movía entre los arbustos, parecía una sombra y de repente se vió una especie de carpincho que cayó en seco al golpe de una lanza. Tras el llegó un hombre desnudo que con una piedra lo remato y lo cargo sobre sus hombros. Caminaba rápido y descalzo. A su encuentro vino otro, también lanza en mano. El cazador levanto lo cazado como mostrando su logro. Los dos siguieron caminando y en el camino imitaban el trinar de algunos pájaros y otros animales.

    Llegaron a lo que parecía un campamento, serian unos treinta entre hombres, mujeres y algunos niños muy pequeños de dos a cinco años. Había un grupo fabricando y puliendo armas, puntas de flecha y otros utensilios útiles para la caza . Otros pelaban varas que luego adosarían a las puntas. En el lugar habían piedras de fácil modelado y con una piedra más dura con forma de raspador iban desprendiendo pequeñas lascas hasta conseguir la forma final de flecha o cuchillo. Todos trabajaban en silencio y se comunicaban en voz baja. Algunos llevaban unos taparrabos hechos con cueros de animales que le cubrían solo el torso. Todos estaban desnudos. Alguna mujer estaba, claramente, a punto de parir y los demás eran totalmente indiferentes. Unos niños jugaban a tirarle piedras o varas de flechas a una roca que estaba a la distancia máxima que puede llegar una piedra del tamaño de la mano de un niño. Cada vez que alcanzaban esa piedra decían que habían conseguido la distancia de un tiro de piedra. Parecía que no habían estado ahí mucho tiempo ya que no se veían construcciones, ni toldos , ni desechos de comida. Había un lugar que indicaba que habían hecho una fogata y que la misma se había apagado dejando solamente unas brazas que un desnudo intentaba reavivar. Los que llegaron traían los animales abiertos y ya habían comido algo de ellos para luego dejarlos en el suelo cerca de los restos de fogata. Inmediatamente se acercaron los niños que los despedazaron y comenzaron a comerlos. Algunos otros comían lo poco que había, otros dormían y varios continuaban con su trabajo. Habían dos que estaba dedicados a encender el fuego frotando piedras. La caza fue claramente insuficiente y se dieron instrucciones para que saliera un grupo a cazar. Tras lo cual siete u ocho tomaron sus lanzas y cuchillos. Se introdujeron en el monte cerrado y sin abrir camino avanzaron sin miedo como si lo hubieran hecho por cientos de años. Comenzaron con un paso lento y luego por momentos corrían. Cada tanto, paraban, uno saltaba a los hombros de otro quedando parado en forma casi vertical y de esta manera asomaba su cabeza por encima de la vegetación buscando algún animal mediano o grande que pudiera dar más alimento que un carpincho. Así fue que un momento diviso desde lo alto un animal grande. Inmediatamente todos se dispersaron en varias direcciones sabiendo cada uno lo que tenia que hacer. Al llegar a un claro vieron a un Perezoso de unos tres metros de altura. Este los vio y si bien le tiraron flechas desde todos, se escapo entre la maleza. Juntaron las armas y continuaron la marcha recolectando algunos frutos, aunque no era estación ni lugar de mucha fruta. Lograron cazar algunos pájaros a los cuales acercaban imitando su trinar ante lo cual algunos de estos se se paraban muy cerca de ellos con total ingenuidad. Caminaron cinco kilómetros y llegaron a un nuevo claro donde vieron pastando a un gliptodonte que era como una mulita gigante de unos 1.000 kilogramos. Este estaba herido y fue más fácil de cazar ya que ante el ataque se incorporo sobre sus patas traseras dejando su vientre blando al alcance de las flechas. Cuando los tuvieron atrapado sonrieron y agradecieron al sol que ya pasaba con alegría del mediodía. Ante una seña dos partieron a buscar al resto que había quedado en el campamento. Y los cazadores comenzaron a despedazar el animal, comiendo todo lo que podían. Gran alegría hubo entre todos ya que por por primera vez en varias semanas hubo comida de sobra. Quitaron la caparazón y la pusieron a un costado. Los que vinieron trajeron brazas envueltas en cueros y tuvieron que comenzar nuevamente con el proceso de encender el fuego.

    Caía la tarde y algunos dormían, otros jugaban con las flechas. Una mujer dio a luz un bebé, lo dejo al lado y siguió puliendo puntas de flecha como si nada hubiera ocurrido. Comenzó a nublarse con signos de tormenta. En el horizonte salia una luna llena a la cual le dedicaron algunas palabras y gestos de agradecimiento. De las piedras salían chispas pero el fuego no se encendía. De repente se escucho un aullido lejano como de un tigre. Todos se estremecieron y varios que estaban a medio dormir se despertaron. Y casi todos miraron al que infructuosamente intentaba revivir las brazas. Se vuelve a escuchar el aullido, más cercano y desde dos direcciones. Varios se acercan a colaborar y frotar piedras. Casi todos están despiertos y no quedan muchas lanzas ni cuchillos en el piso. Es de noche y la luna llena ilumina muy bien pero ella avanza hacia una franja detrás de la cual es todo nubes. Varios se arrodillan y le piden, a la luna, que no se esconda. No les hace caso. Cuatro salen a explorar que es lo que se acerca. Otros juntan carne de la cacería y la ubican a un tiro de piedra en dirección al origen de los aullidos. Se escuchan más aullidos, aun mas cercanos. Se juntan en torno al caparazón de cliptodonte debajo del cual se esconden los niños y las mujeres más jóvenes. Comienzan los relámpagos. El que conversa con la luna se enoja recriminándole que se haya escondido. Por fin, comienzan a salir chispas de las brazas, alguien quita grasa que había quedado pegada al caparazón y la acerca a las chispas. Una mujer se corta un mechón de pelo de un tirón y lo acerca al fuego. Sale la primer llama y soplan. Se hizo el fuego. Uno de los exploradores regresa corriendo, toma un cuero al paso y se tira arriba del fuego, recién encendido, apagándolo. Gira sobre si quedando boca arriba y antes de que le peguen, por haber hecho semejante torpeza, dice “hombres armados”. El amigo de la luna junto a otros le piden perdón y le agradecen su sabiduría eterna. Hay instrucciones de silencio. Vuelven los otros tres exploradores. Indican que los intrusos están a una distancia de tres veces un tiro de piedra. Todos al piso boca abajo. Comienza a llover. Primero unas pocas gotas gruesas que repican sobre la caparazón gigante y que despierta a los niños. Luego un aguacero. Agradecen el agua caída del cielo. Hay relámpagos y truenos. Tres o cuatros se quedan parados como estatuas mirando en cada relámpago si divisan al intruso. Dentro de la caparazón no entra mas nadie. Los demás soportan el agua sin problemas, algunos se acuestan boca arriba, otros se pegan cuerpo a cuerpo. Se envía nuevamente a los exploradores y ante cada relámpago, estos avanzan. La lluvia no deja ver mas allá de un muy mal tiro de piedra cuando de pronto ven que vienen seis sombras con sus lanzas y cuchillos. Caminan cansados, débiles y claramente hambrientos. Hablan algo entre ellos. Les tiran una piedra que pase por encima y que haga algo de ruido para confundirlos y alejarlos del campamento. Y así continúan siguiéndolos y dirigiéndolos hacia un cerrito que se recortaba en el horizonte hasta que los pierden. Cuando regresan ya había amainado la lluvia y la luna tenía ganas de salir aunque mas no fuera para decir que se iba a esconder detrás del horizonte. En el campamento los exploradores comunican que el peligro se ha ido, por lo menos por el resto de la noche. Vuelve la calma y todos duermen salvo algunos que quedan en guardia.

    Amanece y algunos saludan al sol. Otros a los pájaros. Hay muchas flechas que reparar y mucho camino por recorrer para ver si los intrusos siguen ahí. Un grupo sale en su búsqueda y desde la cima del cerrito ven que han desaparecido. Vuelven y lo comunican al resto. El sol les dice que es momento de salir a cazar.

    Enviado por Javier Pereira de www.filosofia.lat

    Vergüenza y culpa

    El moralista disfruta, con una satisfacción algo morbosa, al descubrir la repentina banderilla de la vergüenza en el lomo ajeno. El moralista disimula a menudo, bajo un velo de justicia, el corazón cruel de los amargados y los resentidos; un corazón, como diría Camilo José Cela, "negro y pegajoso como la pez". 
    Al moralista ya se va viendo no queremos darle la razón, se nos hace correoso y antipático. Y menos en lo que toca a la vergüenza, que tanto estrago causa en nuestros inocentes remansos narcisistas. Pero admitamos que la vergüenza, bien mirada, no es tan mala compañera: le sube un poco el color a nuestra pálida jactancia. Sin acabar de amarla (nos hemos propuesto no amar ningún dolor), podemos al menos reconocerle algunos méritos. 
    La vergüenza hace correr el agua de esos remansos que empezaban a cubrirse de moho. Siempre que nos deje flotar, quizá su sacudida nos despierte de la modorra autocomplaciente y nos invite a ser mejores remeros. Al dejarnos súbitamente en cueros, tal vez ayude a que se nos vea con más nitidez, que se nos quiera y nos queramos con más autenticidad, con ese punto de compasión que merecen todas las verdades puestas al descubierto. La vergüenza, bien mirada, y como todos los sentimientos adversos, es una oportunidad: la oportunidad de completarnos con esas partes de nosotros mismos que hubiéramos preferido no tener, pero que están ahí, y que nos interpelan. 

    El movimiento del avergonzado es contrario al del envidioso. Así como la envidia procura espolearnos ser como otros para ser más, para exponernos más, la vergüenza tiende a contenernos y a contraernos, a relegarnos en un rincón del escenario. Detecta un desajuste, de momento, irremediable, y nos devuelve, para reunir fuerzas, a nuestros cuarteles de invierno. La vergüenza sabe que ha habido una derrota y que no es el momento de luchar, sino de recoger velas y dejar que la marejada nos arrastre.
    La envidia y el coraje son expansivos, la vergüenza es retraída: en realidad no están tan lejos la una de la otra, en realidad la una suele incluir a la otra; su predominio relativo es consecuencia del equilibrio de fuerzas entre el mundo y nosotros. La envidia es un impulso para igualarnos hacia arriba (o para tirar de los que sobresalen hacia abajo, que es otro modo de igualarnos a ellos); la vergüenza no solo no pretende igualarnos, sino que desiste de ello: se rinde a la diferencia, una diferencia que radica en una inferioridad irresoluble. La envidia nos enfrenta a la tribu, la vergüenza nos impulsa a recostarnos blandamente en su abrazo compasivo, con las alas rotas después de pretender volar, acaso, demasiado alto. ¿Sintió vergüenza Ícaro antes de estamparse contra el suelo?
    El gesto del vergonzoso es conciliador: se encoge para que se le vea menos, para que se le castigue menos por su carencia o por su torpeza. El vergonzoso está pidiendo perdón, admite que ha perdido un trozo de su dignidad (o al menos que merece, que se ha ganado a pulso que se le cuestione). Entiende que su capacidad no alcanza para reconquistarlo, y que solo la generosidad de la tribu podrá restituírselo, mediante la compasión y el perdón, quizá el olvido o el aburrimiento. La vergüenza es una rendición y una entrega; un ruego para la concesión de una segunda oportunidad. En eso se parece a la culpa, aunque esta quema donde aquella enfría, y tiene más que ver con la trasgresión del código social: la vergüenza alude a algo que nos falta, mientras que a la culpa le atañe, propiamente, un acto que estuvo de más.


    Hay muchas vergüenzas, casi tantas como vergonzosos. El pudor se adelanta, es una especie de expectativa de vergüenza, un intento avergonzado de evitar la ocasión que podría azuzarla. La vergüenza propiamente dicha, en cambio, viene al final, después de actuar, cuando ya ha sucedido todo y no tiene remedio, cuando se daría cualquier cosa por poder volver atrás y, al menos, cubrirnos para que no se nos vea (porque la desvergonzada vergüenza tiene que ver con quedar más expuesto de la cuenta, con una ocultación fallida, con haberse convertido en público algo que debería permanecer privado). Hay una vergüenza que sufre por no llegar, y otra que lamenta haber traspasado el límite: esta se acerca a la culpa, que a menudo la sigue de cerca, y si no llega a ella es porque incluye aún, decíamos, algo de carencia, de impotencia, de defecto.
    La vergüenza, pues, viene a recordarnos nuestra pequeñez, el presagio de que tal vez nos caractericemos más por lo que nos falta que por lo que tenemos (o porque lo que tenemos no es del todo como debería, y ahí asoma el aviso de la norma, del deber incumplido). También nos insiste en nuestra dependencia, en lo angustioso que es perder el abrazo de la tribu (y de nuevo en esto se parece a la culpa). Es una llamada a la humildad que nos rescata de los excesos de la hybris, de la soberbia que no se atuvo a su núcleo de vulnerabilidad.


    Así que la vergüenza nos restituye a la tribu, a esa masa que pretendíamos haber sobrepasado; pero solo es el primer paso: para hacer efectivo ese regreso, habrá que exponerse del todo, habrá que situarse sin disimulo frente a los demás y desnudarse, y afrontar su desprecio porque hemos descubierto que es justo o necesario; en definitiva, habrá que humillarse y pedir perdón. De ese modo, y con suerte, uno será redimido, será readmitido en la tribu y podrá desembarazarse del peso de la vergüenza, y volver a ser uno más entre los otros. Ese proceso catártico de reconciliación con uno mismo y con los demás, si no nos hunde del todo, quizá nos regale la sabiduría de la sencillez, y nos ofrezca la oportunidad de reconstruir una nueva dignidad más amplia, una dignidad que incluya la carencia.
    Así se cura también la culpa, como nos muestra el capitán Rodrigo Mendoza en la película La misión. Atormentado por la culpa (¿también la vergüenza?) como consecuencia de haber asesinado en disputa de celos a su hermano, Mendoza encarnado por el gigantesco Robert de Niro gana el perdón del mundo, y sobre todo el suyo propio, cargando a rastras la armadura y las armas por los despeñaderos río arriba. En una de las escenas de redención más impresionantes que ha concebido el cine, Mendoza llega hasta el poblado de los indios guaraníes, que lo libran de la pesada red de viejas armaduras apréciese el simbolismo que alude a la arrogancia guerrera y a la defensa rígida del yo y lo acogen cálidamente entre risas. Imposible ver esa secuencia sin llorar con el capitán, sin sentir el consuelo de ese abrazo redentor de la bondad humana que libra de las culpas y perdona, y el alivio de ver cómo el río se lleva los restos herrumbrosos de un pasado en el que fuimos monstruos.
    Culpa, pues, en este caso, absuelta gracias a la catarsis de una abrumadora penitencia: restitución con dolor del dolor provocado, restauración del equilibrio cósmico y sobre todo del que mantiene ese microcosmos que es la tribu. El que sufre demuestra que ha aprendido, gana con su tribulación otra oportunidad, el regreso a una vida que ya no será igual, una vida que será nueva porque nuevo será todo después de atravesar el umbral iniciático del dolor. Ya sin culpa, tal vez nos quede la vergüenza como una evocación de aquel suceso que nos transformó, para que no lo olvidemos.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 21/06/2019

    El estado como abstracción


    La abstracción de un estado.


    El concepto de Estado ha sido objeto de estudio de la filosofía desde sus propios orígenes. Más aún, se puede afirmar que el propósito mismo de las primeras metafísicas elaboradas por los clásicos tuvo como objetivo central la tematización y problematización de la res pública, es decir, de los asuntos relativos a la vida en sociedad, sus principios y valores, sus diversos modos de organización, sus formas adecuadas e inadecuadas, virtuosas o corruptas. Los manuales de filosofía, aparte de separar la filosofía teorética de la práctica, suelen enfatizar la presencia de un grupo de pensadores a los que catalogan de “presocráticos” –cuando, en realidad, muchos de ellos fueron contemporáneos de Sócrates–, los cuales, fastidiados de ocio frente a las costas del Mediterráneo, echados sobre las blancas arenas, solían mirar el cielo para hacer disquisiciones acerca de los orígenes de la naturaleza. Llevan, en los manuales y diccionarios, el rótulo de “los físicos” o de los “filósofos de la naturaleza”. Ese es el “código de barra” con el que se les ha catalogado durante siglos. Pues bien, cuando esos filósofos se preguntaban por el “arjé”, por el principio de las cosas, o por su “hypokeimenon” su fundamento, nunca excluyeron de sus cavilaciones los asuntos relativos al Estado. El agua de Tales, por ejemplo, no es solo el elemento particular que origina la vida de todas las cosas, sino que es la idea, el punto de partida, de la existencia de las relaciones de intercambio entre los hombres, es decir, la premisa para la existencia de sus relaciones sociales de producción. La humedad de Tales –dice Hegel– es vida y, por eso mismo, Espíritu, actividad humana que de continuo se condensa y se diluye.

    En realidad, los llamados “presocráticos” fueron los primeros filósofos que concibieron la pólis, la ciudad, el centro político, cultural y ciudadano de la sociedad griega, no solo como una parte constitutiva del cosmos, sino más bien como su necesario resultado, su cumplimiento. Aristóteles advierte que una de las maneras de entender la causa primera de las cosas es su lado opuesto: “El fin o el bien, que es la meta de toda generación y de todo movimiento”. El cosmos, ese espejo de los espejos, termina en el Estado y el Estado está hecho a su imagen y semejanza, siendo el más fiel reflejo de su orden y conexión. Se trata nada menos que de la restitución de la armonía del espejo del cosmos. De modo que la pregunta ontológica por el principio, por la causa primera de todas las cosas, encuentra su respuesta de-ontológica en todas las cosas de la ciudad, de la polis. Lo físico se corresponde con lo metafísico y viceversa. Quien no voltea a mirar las estrellas para evitar tropezarse y caer en una zanja es porque no ha logrado comprender que se ha pasado la vida metido en una zanja. Y no son pocos los llamados teóricos del Estado  y de la política –hoy día revestidos de coaches youtubers– que viven en ella, a la que han terminado por convertir en su residencia mental. La Fenomenología de Hegel inicia con el estudio de los modos de conocer y termina, como resultado, con la eticidad. Va del yo al nosotros. Y la Reforma del entendimiento de Spinoza comienza con el tratamiento del bien y termina con la sustancia. Los compartimientos estancos funcionan muy bien entre los cartesianos, los empiristas y los vendedores de helados caseros –especialmente los de “colita”–, apoyados en estos días sobre los hombros de la matrix.

    Que el Estado sea interpretado como una máquina de represión, una suerte de instrumento de dominación y coerción contra las iniciativas privadas, a las que oprime, no es una representación exclusiva de los llamados neoliberales. Lenin, antecesor de la creación de una de las más horrendas maquinarias de represión ciudadana de la historia, la describe exactamente de ese modo. Gracias, especialmente a los vendedores de helado de “colita”, se ha vuelto parte del sentido común el hecho de que los individuos se conciban a sí mismos como entes independientes y ajenos respecto de la “brutalidad” estatal. El Estado es una cosa, ellos son otra. A fin de cuentas, si el Estado consiste en una composición de tres poderes –cuatro, acotaría un chavista trasnochado–, a saber, ejecutivo, legislativo y judicial –el otro es un antro gaseoso e indefinido, en el que se forma una suerte de arcoíris entre las nubes de los costosos zapatos de la confusión y la pésima hermenéutica–, ellos, los individuos, nada tienen que ver con esos asuntos, a menos que sea para padecer las innumerables cuitas que le imponen los operadores de ese artificio de los tormentos. Ante lo cual no caben más alternativas que el temor y la esperanza. Y, repiten, no sin razón, “mientras más pequeño y limitado sea el poder del Estado, ¡mejor!”.

    Desde su creación, el llamado izquierdismo latinoamericano ha sido fiel al estatismo populista. Ha sido y es estatolátrico, como define Gramsci esa suerte de culto divino dentro del cual los individuos se autoconciben como incapaces de valerse por sí mismos, por lo que están convencidos de la necesidad que tienen de delegar en el Estado la resolución de todas sus falencias. A veces se esconde detrás de ciertas expresiones más o menos altisonantes, como la de comunitarismo, para poder ocultar sus vergüenzas. Son estalinistas y, en el fondo, idénticos a los nacional-socialistas y fascistas. Nada tienen que ver con la filosofía de Marx, por cierto, quien consideraba abyecto el predominio de la sociedad política sobre la sociedad civil, lo que tenía que ser superado para dar paso a una sociedad cultivada, productiva, rica, libre, justa y capaz de gobernarse a sí misma. Pero el nombre de Marx terminó en las manos de los bolcheviques para ser deformado y promovido como el ideólogo de la estatolatría soviética. Y sobre los hombros del bolchevismo, el izquierdismo latinoamericano planificó apoderarse del Estado para no soltarlo nunca más. Es el caso de las narco-izquierdas de Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, bajo su figura más siniestra, más retorcida, enferma y terrorífica. La política fusionada con el crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo. Es por eso que los narco-socialistas podrán sentarse a negociar algunas diputaciones, gobernaciones o alcaldías, pero bajo la premisa de que por ningún motivo abandonarán del control del poder del estatal –como alguna vez afirmó el inefable Maduro–: “Más nunca”.

    La representación que se habitúa hacer del Estado como un instrumento exclusivamente represivo y coercitivo, que conculca los derechos individuales es, en realidad, una abstracción. Presupone la pérdida de la idea de organismo viviente, inherente a la res-pública, la separación de la sociedad política y de la sociedad civil como términos ahistóricos, naturalmente antagónicos, extremos e irreconciliables. La verdad es que, históricamente, el individuo creció y se desarrolló dentro del cosmos del Estado, no fuera de él. Es la idea de Estado como república, la adecuación de la sociedad política con la civil lo que cabe restituir para poder superar el instrumentalismo que condena a los individuos a esa idea de máquina que carece de sentido y que conviene superar de una buena vez.

    Por José Rafaél Herrera - @jrherreraucv

    Untergang

    Destrucción por drogadicción.


    Decía Heidegger, en un bello ensayo sobre Hölderlin y la esencia de la poesía, que el alemán es el idioma propicio de la filosofía. El traductor de dicho ensayo al español fue Juan David García Bacca, cuyos méritos en materia filosófica no son precisamente pocos. La densa y extensa contribución de García Bacca al pensamiento contemporáneo abruma. Eso sin agregar que se trata del maestro indiscutible de la filosofía en Venezuela, siendo, además, uno de los primeros Decanos de la Facultad de Humanidades y Educación y el fundador del Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Sí, de esa Casa de Luz que en otros tiempos, más felices, fuese una referencia mundial, no sólo de los estudios filosóficos, por cierto, y que hoy ha sido objeto de la peor saña -premeditada y alevosa- por parte de la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela. El maestro García Bacca tradujo el texto de Heidegger, en efecto. No obstante, hizo la advertencia de que si bien la lengua de Lutero vindica efectivamente el discurrir filosófico, la lengua de Cervantes nada tiene que envidiarle y de nada puede sentirse avergonzada a la hora de dar expresión y plasticidad al pensamiento.

    En todo caso la palabra Untergang es, como casi todas las construcciones del idioma alemán, una intersección, un encuentro entre las múltiples calles por las que transita el decir del ser. La preposición Unter significa “por debajo”, mientras que el sustantivo Gang significa “curso”. Se trata de la inclinación del curso de las cosas, de su progresivo de-caimiento, de su hundimiento o caída. En una expresión, es la cadencia de lo que declina, la de-cadencia. Como se podrá observar, la lengua alemana invita a pensar. Y es probable que haya sido esto -la invitación a pensar- lo que tanta irritación causara a los cartesianos frente a cierto napolitano hispanizado de nombre Giambatista Vico, cuya extraordinaria inteligencia estética solía introducir, una y otra vez, las más diversas voces griegas y latinas en las semovientes aguas del río del Oscuro Heráclito, hasta hacerlas confesar la flexión inherente a sus más íntimas verdades. Vico fue en su tiempo -como Heidegger o García Bacca en el suyo- un deconstructor de la rigidización del verbo, en manos de los intereses de la vil canalla metodologicista.

    La decadencia de Occidente -Der Untergang des Abendlandes-, de Oswald Spengler, es uno de esos ensayos de filosofía de la historia que obligan a repensar con sentido enfático la cadencia-de este menesteroso presente. Es verdad que el filósofo alemán -lo mismo que su contemporáneo, Heidegger llegó a sentir sincero entusiasmo por el movimiento fascista. Pero no menos cierta fue su abierto rechazo del nacional-socialismo alemán y del bolchevismo ruso -según él, los más grandes fraudes políticos de todos los tiempos-, al punto de que su temprana muerte dejó abierta la sospecha de un asesinato político. (Curiosamente, en la vieja Escuela de Filosofía de la UCV, quien mayor empeño hacía en citarlo y recomendar con entusiasmo su lectura era el maestro J.R. Núñez Tenorio, a quien los pegadores profesionales de estampillas suelen juzgar sin haber conocido tan siquiera un poco).

    Spengler tuvo el honor de administrar por años el Archivo Nietzsche, y denunció la manipulación de los textos nietzscheanos acometida por el nazismo. Fue un apasionado seguidor de Goethe y Schopenhauer. De ellos recibió la idea de la existencia de formas universales inmanentes a los acontecimientos históricos específicos, suerte de macroestructura sobre la cual van fluyendo los llamados “hechos” de la historia, cuyo movimiento circular va en la misma dirección que las agujas del 'eterno retorno' nietzscheano. Las primeras tonalidades grises del amanecer de la humanidad, tarde o temprano, terminan entregándose a los brazos de las sombras del atardecer, del Dämmerung o crepúsculo, desde donde volverá a surgir el nuevo ciclo. Todo está isomórficamente conectado. Si el alba surge en el Oriente y, llegado un determinado momento, alcanza su climax fáustico, la cadencia del circunstancias lo conducirá hasta el inevitable ocaso del Occidente, a su Untergang. La traducción literal de Abendlandes, Occidente, es “la región nocturna”. Pues bien, llegado el anochecer, la humanidad se encuentra con su destino y alcanza su decadencia.

    Decía Hegel que América era la región (das land) del por-venir. “El futuro -observa Ortega y Gasset- se aloja en el absoluto pretérito que es la pre-historia natural”. En todo caso, conviene preguntarse si dentro de las actuales circunstancias, de los “hechos” que parecieran conducir directamente a la decadencia de la civilización occidental, cabría la posibilidad de incluir los horrores del proyecto trazado por el narco-tráfico, después de la creación del cartel paulista. En nombre de un socialismo deformado y pervertido -tumoroso desde sus cimientos-, se promueve la intoxicación e inminente estupidización de lo que va quedando del anunciado porvenir. Occidente está, en efecto, siendo intoxicado y se encuentra cada vez más enfermo. Y mientras eso ocurre, los narcos amasan ingentes sumas de dinero, con lo cual su poderío crece cada vez más. Muy probablemente, el narcotráfico sea la mayor fuente de riqueza en la actualidad. Y es evidente que la complicidad desde las altas esferas del poder global tiene que ser inmensa. La cadencia del narco-tráfico anuncia la decadencia de Occidente.


    Los grandes imperios de la historia han caido por causa de sus vicios. El Espíritu del mundo yace tirado sobre el polvo que, esta vez, no solo muerde sino inhala. Desde Cuba, Fidel Castro concibió y gestó el plan. Y aguardó el momento oportuno. La vuelta de Chávez al poder, después de aquél funesto golpe del 11 de Abril y del llamado “paro petrolero”, le permitió a Castro encontrar su brazo ejecutor. De ahí en adelante, no fue “la espada de Bolívar” la que comenzó a recorrer la América Latina , sino la gran industria de la cocaína y sus derivados, una auténtica amenaza, un monstruoso sistema industrial con todas las etapas o estaciones requeridas, desde la siembra de la “materia prima” hasta su distribución y comercialización a escala mundial, con conexiones y filiales en las más diversas regiones del planeta. Oriente, desde la lejanía, sonríe. La nueva versión del Caballo de Troya ha penetrado las murallas de Occidente, con su venia. El resto es cuestión de tiempo. Porque la diferencia es que, esta vez, Troya arderá por dentro, desde sus entrañas, hasta implotar. Un poderoso movimiento subversivo y terrorista se ha hecho de las herramientas organizacionales de la mafia. La praxis política ha devenido cartel internacional y su centro de operaciones está ubicado en Venezuela, estratégicamente entre la América del Norte y la América del Sur, justo en el corazón de América. Y desde ella, sometida, secuestrada y mancillada por el cartel, se trabaja día a día en función de conquistar su principal objetivo: la caída -Der Untergang- de Occidente.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    El efecto Burnout.


    A mi buen amigo, Dr. Hugo Navas Farfán,
    por la imperturbable luz en medio de la sombra


    Burnout.



    La esperanza, al igual que la prisa, es simple y ordinaria, para no decir “plebeya”, como alguna vez afirmara Napoleón Bonaparte. Ambas se siembran en la conciencia de las grandes mayorías para generar la ficción de un dominio supremo que genera impotencia, una virtual incapacidad frente a indescifrables fuerzas que rebasan los dominios de la propia voluntad.

    En ambos casos se trata de la manifestación de condiciones im-puestas contra las cuales solo queda adaptarse y resignarse. Mientras la primera de ellas apunta al pasivo deseo que hipoteca su conatus a la espera de lo que se desea obtener, la segunda, a la manera del raudo Aquiles, en desleal competencia contra la tortuga, acelera con fervor el paso hacia la inevitable victoria, sin percatarse de que mientras más cerca se cree del triunfo, más lejos se encuentra. Y es que los tiempos políticos no consisten ni en la pura espera ni en la pura premura, y son, más bien, el resultado de la compenetrada adecuación de lo uno y lo otro. Pero si la adequatio en cuestión no se produce –entre otras cosas, por negligencia o por premeditado des-interés–, entonces las consecuencias pueden llegar a un punto de sopor y agotamiento del que difícilmente se pueda salir.

    Muchas veces, quien comienza enfrentándose a la corriente termina siendo arrastrado por ella. Nietzsche afirma en alguna parte que “quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no terminar siendo un monstruo. Si miras en las profundidades del abismo, el abismo termina mirando en tus profundidades”. Todo parece indicar que la Venezuela dark vive los tiempos del efecto Burnout.

    Según indican los especialistas en el fenómeno, el llamado efecto o síndrome Burnout es un estado de trastorno emocional causado, en los términos de la clínica-terapéutica, por situaciones de un extremado estrés laboral que va llevando al individuo a la progresiva pérdida de su autonomía hasta conducirlo al punto del “ya no puedo más”; pero en los términos de las instancias sociales, hace referencia a las condiciones de vida premeditadamente generadas por un determinado régimen político, que se propone doblegar y someter a la población, conduciéndola a la pérdida absoluta de su autoestima y de su libertad, hasta llevarlo a la postración y la rendición definitivas.

    Recientemente, la psiquiatra y neurofarmacólogo Rebeca Jiménez, en una interesante entrevista, indicó que “al venezolano lo han desmontado emocionalmente como ya lo hicieran con el Estado”. En sentido estricto, la especialista señala que “en poco más de un año, el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado Burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés, y que implica cansancio y rendición no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos. Un cambio patológico que el gobierno ha causado”. Es evidente que cuando la distinguida psiquiatra se refiere al “gobierno” está pensando en la narcotiranía, es decir, en el cartel que mantiene secuestrados a los venezolanos.

    De un lado, la dirigencia opositora ha insistido –¡y hay que decirlo!– con inaudita e inexplicable superficialidad en centrar sus llamados a la esperanza –porque, según afirman, “el tiempo de Dios es perfecto”– o a la prisa –como en los casos de “la Salida”, el “vamos bien” o el memorable “sí o sí” de la ayuda humanitaria–, en una suerte de apelación ora a fuerzas sobrenaturales o en todo caso foráneas que bien vale la pena sentarse a esperar “para que resuelva”, ora a una premurosa solución instantánea que, de un plumazo, pondrá fin a todo un modo de ser y de pensar que ya lleva veinte años, y que ha logrado traspasar la piel y penetrar los huesos de la anatomía social y cultural del país. Del otro lado, la narcotiranía no escatima esfuerzos –siguiendo al pie de la letra las indicaciones dictadas por los experimentados regímenes ruso y cubano– para propiciar, y hacerle sentir fehacientemente a las grandes mayorías, un sentimiento de agotamiento, de fracaso y de impotencia. En suma, de derrota. Que todo esfuerzo es en vano, que no hay nada por hacer, que no hay escapatoria posible. Y al que no le guste, como ha dicho en repetidas ocasiones Cabello, pues “que se vaya”.


    Lo cierto es que una suerte de racionalidad “malandra” se ha terminado imponiendo muy por encima de los esfuerzos por interpretar, bajo criterios más o menos convencionales, el quehacer político. Los llamados del tipo “paren el mundo que quiero votar” son, dentro de el actual contexto Burnout, voces que claman en el desierto. El “si hubiésemos ido a votaciones les hubiésemos ganado” o “la única salida que nos queda es la negociación electoral” no son, por el momento, más que ejercicios tomados de una vasta bibliografía, sin duda, clásica, que carece por completo de tesitura histórica. Son las obras completas de una realidad que, hasta el presente, no ha sido concretamente escrita. Y conviene recordar que lo concreto no es lo real inmediato, el “esto”, como se suele creer, sino “la síntesis de múltiples determinaciones”, la unidad orgánicamente concebida de la diversidad. Y es que, a pesar de Gadamer, todavía hay quienes insisten en entender y representarse bajo criterios cartesianos o empiristas la difícil coyuntura, sin poder llegar a comprenderla. Los “manuales del usuario” son muy útiles, a la hora de instalar los electrodomésticos. La realidad ha terminado por imponer su cadencia frente a esquemas y metodologizaciones en las que el gran ausente es lo que es, el carácter específico y muy probablemente inédito del presente.

    La pregunta que quizá convenga formularse, a viva voz, es la que recientemente se hiciera el periodista francés Marc Saint-Upéry: “¿Hasta qué punto el umbral de destrucción del país y de masacre en cámara lenta de la población puede resistir un sistema tan perverso y cínico?”. El chantaje biopolítico implementado por el régimen, es decir, el “sobrevives porque yo te doy de comer”, junto al terror más despiadado y brutal, son el único sustento efectivo que ese grupo de criminales, narcotraficantes y terroristas, todavía conserva. Han sabido corromper, saquear y contaminar; han hecho que la anormalidad aparezca como un hecho normal; han transmutado la riqueza del lenguaje en pobreza del espíritu. En fin, han hecho de la miseria su mayor riqueza. Es hora de revertir el efecto Burnout. Pero no se logrará ni alimentando esperanzas, que terminan por aumentar el miedo, ni con ofertas premurosas que, similares a los fuegos artificiales, inundan de luz el instante para, poco después, convocar la densa sombra del desengaño.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv