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Rawls, lector de Hegel



“La eticidad es el concepto de la libertad que ha devenido

mundo existente y naturaleza de la conciencia.”

                                                                        G.W.F. Hegel


John Rawls



 John Rawls es un nombre que, para muchos teóricos valiosos de las llamadas ciencias humanas o para importantes sectores del quehacer político contemporáneo, dice mucho. De hecho, representa una institución en sí mismo. Se le considera como uno de los más importantes -si no el más importante- de los continuadores de la filosofía ético-política de Kant y, en esa misma dirección, como el constructor de una concepción del liberalismo sustantada sobre los fundamentos conceptuales de la razón y de la justicia diseñadas por la modernidad, pero que, al mismo tiempo, fue capaz de trascender las meras representaciones formalistas trazadas por sus antecesores, los más conspicuos filósofos contractualistas o del Derecho Natural.


 Hasta Rawls, la filosofía norteamericana parecía girar en torno a los clásicos del pragmatismo, la filosofía de la ciencia, del lenguaje o, más recientemente, de la mente. Todas ellas, variaciones hechas sobre un mismo tema: Locke, Hume y el empirismo lógico-analítico en su más amplio espectro, siempre bajo la dirección de la batuta hegemónica del entendimiento abstracto. Incluso, más allá de las huellas -mucho más profundas de lo que suele pensarse- dejadas tras su estancia en los Estados Unidos por la Escuela de Frankfurt -especialmente por parte de Fromm y Marcuse- y de las consecuentes aportaciones y ampliaciones para el desarrollo de la teoría crítica de la sociedad, es sólo con Rawls que se produce un salto cualitativo que bien vale ser tomado en cuenta, a la hora de examinar las visiones parciales, distorcionadas o simplistas -todas ellas, tendencialmente cargadas de fanatismo- que, en nombre del liberalismo, dicen representar su “doctrina filosófica”. Como si, además, semejante contradictio in terminis fuese posible. Porque, desde el momento en el cual una filosofía es trastocada en doctrina, en ese preciso instante deja de ser una filosofía.


 Rawls es un pensador neo-kantiano que ha sabido superar y conservar, simultáneamente, la pesada carga de la tradición cultural empirista y contractualista. Su fascinación por la navegación de veleros caracteriza su disposición por querer conducir los vientos y las astucias del mar, ese “elemento líquido” que parece someterse pacíficamente a todo, que se acomoda a todas las formas y que, sin embargo, puede ser causa de mortal destrucción. Después de todo, Hegel concebía la vida en el mar como una fiel representación de lo ilimitado e infinito, en la que los hombres se animan a trascender lo limitado y a fomentar la valentía, la inteligencia, y, por ello mismo, la conciencia de la libertad. Rawls, de hecho, no inclinó sus estudios hacia la dura facticidad de lo fenoménico sino, más bien, en dirección a la liquidez de lo nouménico, a través de las amplias ondulaciones -the ripples- de su blandura. Y quizá sea esta la razón que permita comprender su obra como una muestra de valor y astucia a la vez, ya que, no pocas veces, debió enfrentarse con “el elemento más astuto, más inseguro y mendaz” de todos. Hay sociedades “líquidas”, que han sido construidas a imagen y semejanza del mar.


 Y, como buen neo-kantiano -a fin de cuentas, como buen navegante-, Rawls debió necesariamente ir más allá de los límites trazados por el gigante, esta vez, no de Rodas sino de Köninsgberg. Y será conveniente advertir que todo neo-kantismo, tarde o temprano, tiene que vérselas con Hegel. Por esa razón, su liberalismo no le cuadra del todo ni a los liberales tout court ni, mucho menos, a los neo-liberales del presente, hijos legítimos -o ilegítimos- del desgarramiento. Es verdad que su ensayo más divulgado y mejor conocido es la Teoría de la Justicia, de 1971, texto en el cual su autor rechaza algunos de los planteamientos formulados por Hegel en la Filosofía del Derecho. No obstante, a partir de Kantian Constructivism in Moral Theory, de 1980 y, más tarde, tanto en su Political Liberalism, de 1993, como en sus Lectures on the History of Moral Philosophy, publicadas póstumamente, Rawls va comprendiendo sus afinidades con el pensamiento hegeliano. Por ejemplo, en sus Lectures sostiene: “Interpreto a Hegel como un liberal de mente reformista y moderadamente progresista, y considero su liberalismo como un importante ejemplar en la historia de la filosofía moral y política del liberalismo de la libertad. Otros ejemplares son Kant y, en menor grado, J.S. Mill. (Mi Teoría de la Justicia también se inscribe en el liberalismo de la libertad y es mucho lo que toma de ellos)”. Claro que por el hecho de que Hegel vaya ocupando progresivamente en su pensamiento una consideración de mayor importancia no implica que, en él, Kant desaparezca. La “buena voluntad” kantiana es el fundamento de su concepción de la “bondad como racionalidad”, lo mismo que su formulación de la idea de contrato.


 Dice Rawls que no se debe caer en el viejo error de interpretar la Filosofía del Derecho de Hegel como un intento de justificar el Estado prusiano, sino como la propiciadora de un Estado moderno constitucional. Que Hegel rechace la formulación del contrato, por considerar que no es posible concebir las relaciones ciudadanas como transacciones comerciales, se debe al hecho de que el llamado “contrato original” nunca sucedió históricamente y al hecho de que el Estado no es una institución que tenga por finalidad atender las necesidades de los individuos existentes con antelación al Estado. Por el contrario, los individuos son el resultado histórico de la conformación del Estado. “Un Estado -observa Rawls- no es más que un pueblo que vive dentro de un marco establecido de instituciones políticas y sociales y que toma sus decisiones políticas mediante los órganos de su libre gobierno constitucional. Hegel quiere que comprendamos al Estado como una totalidad concreta, una totalidad articulada en sus grupos particulares. El miembro de un Estado es miembro de dichos grupos; y cuando hablamos de Estado, los miembros del mismo se consideran bajo esta definición”. Nada parecido con la actual realidad venezolana, por cierto.


 La mitología de la propaganda del extremismo liberal, según la cual Rawls es uno de sus “profetas” predilectos, se desvanece después de leer los argumentos dados por el propio autor. Tanto como los mitos de un izquierdismo fanático y trasnochado -socialismos de fritangas- que, amanecido en las riberas de su extremo opusto, todavía cree ver en Hegel al “promotor del totalitarismo”, según la tosca disposición maniqueísta del “enemigo de clase”.


José Rafael Herrera

@jrherreraucv


La Constitución sirve para todo

 


 

Constitución del amor

 


“La época exige vida, exige Espíritu. Pero cuando

el Espíritu retorna a la conciencia de sí, volviendo a ella como

un Yo vacío, la fase siguiente es la de proclamar la fe, el amor,

la esperanza, la religión, sin ningún interés filosófico, o sea, sin contenido,

sólo para el público en general”.

                                                                                  G.W.F. Hegel

 

 

            La frase se le atribuye a José Tadeo Monagas, cabeza pensante y actuante del llamado “monagato”, ese sombrío, lúgubre y beligerante período de la historia venezolana que va desde el ascenso al poder del caudillo, en 1847, hasta su muerte, en 1868. Sólo por el hecho de haber intervenido y estrangulado financieramente a la universidad -cabe decir, a la autoconciencia y el sistema del saber del país- ya merece la condena de la historia. No obstante, y a pesar de todo, cabe reconocer que su régimen militarista y nepótico -encubierto bajo las banderas ideológicas de un “liberalismo” sui generis- fue el de un auténtico niño de pecho, si se equipara con lo que a la pobre Venezuela de hoy le ha tocado padecer durante los últimos veinte años. Por lo menos, nadie podrá poner en duda sus capacidades militares, políticas y administrativas.

            Militarmente, José Tadeo Monagas estaba al pari del promedio de sus aguerridos compañeros de armas -con la excepción del genial Mariscal Sucre-, por lo cual se hallaba muy por encima de los que hoy mantienen secuestrado a lo que va quedando de país. Es decir, frente a un militar de su trayectoria y valor, tipos como Chávez, Cabello o Padrino representan una auténtica vergüenza. Políticamente, el caudillo mostró siempre tal habilidad y argucia que hasta el propio General Páez -llanero zamarro- recibió una inesperada y muy dolorosa lección de vida. Administrativamente, no sólo logró ordenar el Estado y abolir el modelo pro-colonial propiciado por los conservadores, sino, además, aumentar la productividad agro-industrial y el comercio. Defendió, con relativo éxito, el territorio nacional -excepción hecha de la Guayana Esequiba- y supo negociar las deudas contraídas con las potencias extranjeras que habían financiado las campañas militares venezolanas. Y es por eso que, muy a pesar de sus desmesuras, ambiciones y tropelías, por su mente nunca llegó a pasar la idea de entregarle el territorio venezolano a ningura otra nación, ni a los chinos, ni a los rusos, ni a los iraníes, ni a los cubanos, ni, mucho menos, a la narco-milicia colombiana. Una prueba más de que una cosa es ser político y otra, muy distinta, ser un ganster.

            Una carta constitucional es un texto jurídico-político que define los principios o fundamentos -legítimos y legales, reales y racionales- en virtud de los cuales se rigen las determinaciones (das bestimmungen) del Estado. Formalmente, se define como la ley de las leyes, por medio de la cual se gobierna sobre todos los órganos y procedimientos que conforman el Estado. Materialmente, contiene el conjunto de reglas que se adecúan al ejercicio del poder. Su letra sintetiza el Espíritu de un pueblo, su modo de ser, de pensar, de hacer y de decir. Es el compendio del Ethos y, por esa misma razón, de la Bildung de un determinado ser social.

            Cuando una sociedad va perdiendo progresivamente el sentido y significado de sí misma, cuando las razones por los cuales, en un momento de su devenir histórico -razones a partir de las cuales decidió emprender una lucha por la hegemonía, que terminó en la construcción de un nuevo Estado bajo un nuevo orden jurídico, político y cultural- comienza a enmohecerse, a hacerse pastosa, lerda y pesada, hasta perder el recuerdo de sí misma; en fin, cuando la conciencia social dialécticamente transmuta en instinto de levedad, entonces, la vulgaridad, la simpleza, el desliz, lo grotesco e insustancial, se imponen como modos de vida hasta apoderarse de todo y de todos. La existencia se transforma en un inmenso, infinito, “Sábado sensacional”, es decir, se transforma en las superficies de una nada indeterminada. La educación deriva en “docencia”. La salud en “emergencias”. La seguridad en “sucesos”. Y los significados se vuelven incompatibles con sus significantes. Es el momento del “bochinche”, o en otros términos, de la crisis orgánica del ser social. En ese preciso instante, la Constitución comienza a servir para todo, porque -via negationis- una Constitución que sirve para todo no sirve para nada. Y era eso a lo que, en el fondo, se refería Monagas.

            La “Cátedra Libre de la Mujer”, dirigida por Nora Castañeda durante el rectorado de Trino Alcides Díaz, fue la primera manifestación explícita de la neo-lengua que, pocos años después, terminaría por imponerse como forma y fondo oficial del texto constitucional. Que Trino Alcides Díaz se convirtiera -por obra y gracia de la irresponsabilidad compartida- en el rector de la UCV ya dice mucho. Más que cualquiera de sus insufribles discursos acerca de la “universidag”, una “conferencia magistral” de Nora Castañeda en el Hall de la Biblioteca Central, daba la pauta definitiva: “Aquí, en esta espacia y este espacio, nosotras y nosotros, detrás del vitral de Calder,”. Se trataba, apenas, del inicio de la insustancialidad, que, poco después, propiciarían los hermanos Escarrá, Adina Bastidas, Danilo Anderson, Elías Eljuri, Jorge Rodriguez, Elías Jaua, Tarek William Saab, Tibisay Lucena y el resto de “dirigentes y dirigentas” de la FCU, quienes en las tardes de los jueves se trastocaban en “encapuchados y encapuchadas”. El escenario estaba listo. La labor del viejo Miquilena -taimado ganster de gansters- sólo consistió en poner los puntos sobre la “ies”. El “Sábado Sensacional” constitucional estaba servido y “listo para comer”.

            Que la llamada “oposición democrática” -la misma que gustosamente aceptara ser autodefinida por un farsante como “escuálida”, a pesar de conformar la abrumadora mayoría- insista en hacer suyo y romper lanzas por un adefesio, dice mucho acerca de sus constantes fracasos. El lenguaje de la rimbombante y estrambótica Constitución “bolivariana” -en realidad, irresponsable, demagógico, populista y pedigüeño- es la más transparente confirmación de la pobreza de Espíritu a la que, a cuenta gotas, fue llevado el ser social venezolano. De su lerdo  y rebuscado lenguaje a la inminente menesterosidad material que hoy sufre Venezuela sólo hay un paso. Su Letra devino Espíritu de la pobreza. Y, sin advertirlo, la lumpen-mediocridad se hizo paupérrima realidad concreta, efectiva. Ninguna circunstancia es imperecdera. Casi siempre, el socrático “conócete a tí mismo” impone la necesidad de revisarse a fondo para poder enmendarse. Por cierto, el vitral que ilumina majestuosamente el salón principal de la Biblioteca Central de la UCV, es obra del gran artista plástico francés Fernand Léger, no del excepcional escultor norteamericano Alexander Calder.      

           

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

De la Virtud

 


Una persona virtuosa

 

“El entendimiento sin la razón es ciego. La razón sin el entendimiento es vacío”

                                                                                                                  I. Kant.

 

 

             Según Benedetto Croce, es un error, de origen positivista, la pretensión de creer que los fenómenos naturales presentan un movimiento constante y, por ende, previsible. En realidad, señala el filósofo italiano, se trata de ficciones “pseudoconceptuales”, inventadas, con las cuales se intenta dar respuesta a las necesidades generadas por situaciones específicas y, por ello, circunscritas a un determinado tiempo histórico. Además, agrega, la pretensión de prever los fenómenos naturales tiene su origen en el primitivo deseo de profetizar el futuro. Pero tal deseo oculta, tras las pompas de su ropaje científico, la presuposición de creer que la naturaleza presenta un comportamiento "regular", cuando lo único que es efectivamente regular son las "leyes" creadas por la mente humana, en su esfuerzo por entender, controlar y someter la naturaleza.


            Geometrica demostramus quia facimus, afirmaba Hobbes en De corpore. Sólo se conoce lo que se es capaz de hacer. Se trata de un postulado que se puede rastrear a lo largo de la historia de la modernidad, por lo menos desde Hobbes y Bacon, pasando por Descartes y Leibniz, hasta Kant y Fichte. Y, en efecto, el dominio absoluto que las ciencias naturales matematizadas han ejercido sobre la historia moderna y contemporánea ha terminado por producir la ficción según la cual no solo la naturaleza depende de leyes constantes y previsibles sino que, además y por simple extensión, dichas leyes rigen el quehacer político y social con una casi total precisión. Todo pareciera estar escrito en “caracteres matemáticos”, incluyendo los atributos éticos que configuran el entramado de la Virtud humana. El entendimiento sin la razón es algo, dice Hegel. Por fortuna, Vico supo comprender que sobre los mismos fundamentos de tal principio -más tarde, devenido ideología hegemónica del presente- es posible afirmar que, via negationis, lo que los hombres han creado y lo que constituye el más alto objeto del saber, no radica en la ficción de la construcción matemática -en el sentido de lo calculable o cuantificable- sino, más bien, en la realidad de la construcción histórica. La flexión contenida en la frase, terminó radicalizando profundamente su propio significado. De pronto, y más allá de Descartes, el conocimiento se fundía en uno, la verdad y lo hecho se identificaban recíprocamente, ya que: Si geometria et physica demonstrare possemus, faceremus, porque: Verum et factum convertuntur.   


            En efecto, Vico señala que “esta ciencia -la filosofía de la historia- procede lo mismo que la geometría, que crea el mundo de las dimensiones al tiempo que construye y considera los fundamentos correspondientes; pero con tanta más realidad por cuanto que los asuntos humanos poseen mayor objetividad que los puntos, las líneas, las superficies y las figuras”. Se ha dicho que ya son suficientes los diagnósticos que se han hecho sobre el gansterato narco-terrorista que coerciona a Venezuela. La cuestión es que no se trata de cuántos diagnósticos se hayan hecho, sino de la adecuación del Verum y del factum.


            Ser virtuoso no significa poder tocar magistralmente el piano o el violín. Hace falta algo más: ser una persona de bien, una, cada vez más, mejor persona. Para lo cual se requiere de mucha valentía. Ser virtuoso quiere decir, pues, ser para la libertad, traspasar los límites del en sí y del para sí en la transparencia del para nosotros: vivir en y para la eticidad, saberse individuo y, por eso mismo, ciudadano. Porque es en esto que consiste la realización de una vida plena y auténticamente feliz. Ser genuinamente liberal no quiere decir asumir su propia privacidad como único interés, sino poseer una profunda inclinación por la valoración del bienestar social. Alcanzar esta condición autoconsciente es enfrentar la ambigüedad, el temor, la dificultad y la oscuridad que acechan de continuo el día a día. Porque la virtud no es ni una premisa ni, mucho menos, una dádiva. Es un resultado, una conquista. Tal vez sea esa la razón por la cual tanto Maquiavelo como Spinoza -en épocas de consagración progresiva de la pusilanimidad- le recuerdan a sus lectores que la palabra Virtud proviene de virilidad, sin la cual no sería posible ejercer la libre voluntad ni llegar a ser feliz. Y será necesario advertir que, por cierto, no han sido pocas las mujeres virtuosas, capaces de dejar perplejo al peor de los Corleone.


            Pero ya en Aristóteles, ser virtuoso quería decir ser virilmente civilizado, por lo cual -según el gran pensador de la antigüedad clásica- se debe tender a ser valiente, moderado, liberal y magnánimo, amable, auténtico y jovial. Cualidades que se configuran en el llamado “término medio”, es decir, entre los excesos y los defectos. No obstante, la expresión “término medio” ha sido sistemáticamente entendida por la modernidad -y por lo que va de postmodernidad- en sentido metódico-matemático, llevado de la mano por Descartes. Preguntarse por el “punto medio” entre 0 y 10 tiene como respuesta 5, que es el punto equidistante respecto de sus extremos. Pero en estricto sentido ético, “cinco” no representa la mediación entre temeridad y cobardía. En términos aristotélicos, ninguna Virtud se sitúa en exacta equidistancia de los extremos, porque, a diferencia de las abstracciones cuantitativas, requiere de valores contextuales, cabe decir, onto-históricos. Ser valiente, en consecuencia, es el término opuesto correlativo -la Aufgehoben- de temeridad y cobardía. No hay grises, ni gradaciones, ni tonalidades entre lo uno y lo otro, porque su lógica no es ni la de la contradicción ni la de la contrariedad, ni la de la -Croce dixit- distinción, sino la de la oposición. Lo dice el propio Aristóteles, unos cuantos siglos antes de Vico o de Hegel.


            Una consideración que parta sólo del individuo -lo que, por su propia definición, condena la existencia real de su autonomía- es vana y limitada. Pero, sobre todo, es mezquinamente falsa. Los griegos le decían Idiotas. Los hombres sólo se conocen a sí mismos con base en el estudio de sus relaciones sociales e históricas, del cual son autores y actores. Economía, Política, Derecho, Ética, Religión, Salud, Educación, Lenguaje, Artes, Ciencias, etc., son, como afirma Vico, productos de fattura umana. Se producen en la historia y, por eso mismo, no pueden ser reducidos al tutelaje de las cifras y los porcentajes, como tampoco pueden ser abstractamente interpretados -siguiendo la lógica de la cuantificación- de modo aislado, a partir de relaciones atomizadas, interindividuales -o contractuales-, escindiéndolos de sus determinaciones histórico-culturales concretas. Es momento de un nuevo giro copernicano. Giro, tal vez, indispensable para comprender los reales motivos que impulsan a la barbarie ritornata y poder superarla.   

           

                  

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

    

Apure: una expresión de la lógica de los términos opuestos

  

Apure de Homer, inactividad práctica
Apure de Homer: inactividad práctica

 

            Es verdad, como afirma Benedetto Croce, que “un todo es todo sólo porque y en cuanto tiene partes” y que “un organismo es tal porque tiene, y es, órganos y funciones: una unidad es pensable solamente en cuanto tiene en sí distinciones y es la unidad de las distinciones. La unidad sin las distinciones causa repugnancia al pensamiento, tanto como las distinciones sin la unidad” (Log,1,VI). Pero, advierte Croce, los términos que conforman la distinción no son términos opuestos, ni se reducen a ellos. Distinta es la actividad práctica de la teórica. En la teoría, la estética es distinta a la lógica; en la práctica, la ética a la utilidad. En cambio, lo opuesto de la actividad práctica es la inactividad práctica; lo opuesto de la utilidad es la inutilidad; lo opuesto de la moralidad la inmoralidad, etc. Entre los términos opuestos no es posible agregar o insertar conceptos como la fealdad, la falsedad, la inutilidad o la maldad. No caben. Lo opuesto a la derecha es la izquierda. Pero la gansterilidad es un término que no tiene cabida entre ellos. La gansterilidad, distinta como es de la derecha o de la izquierda, es la otredad de la otredad de la propia gansterilidad, es decir, de su término idéntico correlativo, aunque éste se presente como la “anti-gansterilidad”, bajo la forma de Estado.

            En este sentido, conviene insistir, una vez más, en el hecho -lógico e histótico- de que el fenómeno contra el cual se enfrenta la sociedad civil venezolana -de la cual, por cierto, y para el asombro de unos cuantos inadvertidos, también forman parte los partidos políticos- no consiste en una relación de oposición, de antagonismo frente a “su otro”, sino en otra cosa, que no puede ser definida bajo los criterios formales, ni tradicionales o genéricos, de esa suerte de cajón de sastre que recibe el nombre de “anti-política”. Se trata de una experiencia inédita -de ahí la dificultad de su comprensión- marcada no por la oposición política sino por la distinción contra el criminal. Un político se enfrenta -se opone-, bajo los términos de la lógica política, contra otro político de otra tendencia. Y podrán luchar a muerte, pero tarde o temprano se producirá, entre ellos, el recíproco reconocimiento.   No sucede lo propio respecto de un ganster, porque el ganter no sólo no es político sino que es virtualmente un enemigo y un secuestrador de las relaciones políticas.

            Más allá de la filmografía hollywoodense, en pleno llano venezolano, una de las puertas de entrada y salida estratégicas del gran negocio del narco-tráfico, cerca de cinco mil personas han sido recientemente desplazadas, centenares han sido heridas y, por lo menos, se cuenta con más de una decena de personas asesinadas. Hasta ahora, porque la condición actual amenaza con empeorar. No obstante, y a decir verdad, la situación no es nueva. Y es que desde hace ya mucho tiempo, la población de La Victoria, en el Estado Apure -al igual que la del resto de las poblaciones fronterizas de lo que va quedando de país- viene siendo controlada y sometida sistemáticamente por los poderosos carteles de “los Soles” y de “Sinaloa”. De modo que, lo que en algún momento de su historia regional diera lugar al nombre de “La Victoria”, hoy no es más que la confirmación efectiva de su completa derrota frente al terror de los narcos. No se trata de resaltar la incompetencia de los efectivos militares venezolanos en su “lucha por la defensa de la soberanía nacional”. Palabras, por cierto, absolutamente vaciadas de todo contenido. Se trata, más bien, de comprender los alcances de la confrontación, abierta y directa, entre dos mafias, entre dos estructuras criminales, que “luchan a muerte” por el control de la zona, a los efectos de defender el imperio de sus intereses o, más bien, los intereses de sus respectivos imperios.

            Esta es la más estricta expresión del significado objetivo de la lógica de la oposición. La verdadera oposición al consorcio gansteril que mantiene secuestrada a Venezuela no es otra que el consorcio gansteril que, en este momento, lucha a sangre y fuego en su contra por el territorio de “La Victoria”, y que, llegado un determinado momento de las hostilidades recíprocas, es decir, tarde o temprano, tendrán la necesidad de establecer un acuerdo de convivencia, a los efectos de reconocerse recíprocamente. En otros términos, la llamada “oposición” al régimen gansteril venezolano no es -y no puede ser- una oposición, o, por lo menos, no lo es en términos reales, porque no es su término opuesto correlativo. A menos que renuncie a las formas políticas propias del juego democrático y decida  incorporarse a los grandes negocios de lo que va de siglo: el narco-tráfico y el terrorismo. Pero con ello dejaría de lado sus banderas de lucha y renunciaría a su propia condición. En efecto, quienes luchan por la democracia y las libertades políticas y sociales en Venezuela no pueden ser considerados como la oposición -o los opuestos- al régimen sino como los distintos al gansterato y, como tales, deben comenzar a asumirse, a auto-reconocerse. Nosce te ipsum. Lo que implica demostrar en la práctica el poseer la condición civil necesaria para poder serlo.

            La restitución del sistema de vida democrático en Venezuela pasa, necesariamente, por la existencia de una generación de dirigentes políticos que, como lo hiciera la llamada generación de 1928, sean lo suficientemente capaces de comprender que cuando se asume la democracia se está asumiendo un nuevo modo de vida, un innovador modo de ser y hacer, de pensar y hablar, adecuado a las ideas y valores que le son inmanentes. No bastan los tecnócratas de la política. No son suficientes los especialistas en publicidad y mercadeo. No se trata de un jingle, ni del último ritmo del rating -el de mayores ventas- en el hit parade del quehacer político. Se trata de una nueva cultura, por cierto, de una Weltanschauung, muy distinta a la que, hasta el presente, el régimen gansteril ha terminado por imponer y la mal llamada “oposición” por asumir. Ha llegado el momento de la autoconsciencia.   


        José Rafael Herrera

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¿Cómo salir de “esto”?

  

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.

Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

                                                           Antonio Gramsci

 

 

La falsa idea
La ilusión de avanzar sin ideas.

            Nadie, ni siquiera los dueños de las más poderosas encuestadoras ni los “expertos” en publicidad y medios masivos o los “asesores” y “científicos” del marketing político, poseen una varita mágica capaz de modificar la realidad de un momento para otro. Tampoco tan entusiastas emprendedores cuentan -que se sepa- con el impelable poder de los oráculos, ni tienen, entre su staff, astrólogos dedicados al divinari de lo que le deparará el futuro al gansterato. Claro que uno nunca sabe. Pero, en todo caso, conviene advertir que los cubanos llevan años esperando que Walter Mercado resuelva finalmente el misterio, no sólo del cómo, sino sobre todo del cuándo. Y no valdrá la pena mencionar a los numerosos especialistas en la interpretación de la astrología criolla, quienes, hasta el presente, han dejado a sus seguidores a la expectativa de lo que en algún momento recibió el pomposo nombre de “la salida”, porque era cosa, si no de horas, de escasos días.

            Han pasado ventitrés largos años y, por lo que puede observarse, desde la perspectiva de un “estricto diagnóstico clínico” -al decir de Groucho Marx-, el régimen narco-terrorista que mantiene secuestrada a Venezuela es “un enfermo que goza de muy buena salud”. En un territorio -dado que ya no resulta adecuado hablar de un país- en el cual “el Coqui” o “Wilexis” son considerados como unos auténticos supehéroes dignos de ser imitados, como la nueva generación de los Avergers, protectores de los marginados y desposeídos, las soluciones “rápidas”, los llamados a “María” -o a Sorte, da lo mismo- no parecen tener mucho sentido. Ni Maître Luis Vicente, ni Don Chicho, fieles seguidores de las profundidades de Coelho, ni la mismísima Madame Aziz -en el fondo, da lo mismo- parecieran estar en condiciones, ni materiales ni espirituales, de revelar los ocultos misterios que guardan en sus entrañas las estrellas, las revelaciones o, en todo caso -y, de nuevo, da lo mismo-, los resultados de la “metodología”.


            Y es que si algún aprendizaje se ha de sacar después de toda esta dolorosa experiencia venezolana, es la confirmación del rotundo fracaso de las llamadas “metodologías científicas” y, en consecuencia, de sus constelaciones ilusorias -cuyo mayor interés consiste en la pretensión de “facilitar” el trabajo de tener que pensar, como si el pensamiento necesitara de “facilitadores” y no, más bien, de la dedicación al estudio de las complejidades de aquello que crece y concrece. No hay tal cosa como un “instrumento de aprehensión de la realidad”. Creen que lo real es como un pajarito que, tarde o temprano, quedará atrapado en una vara preparada con pegamento, a la que han decidido dar el pomposo nombre de “metodología”. Pero el saber no es una astucia. En efecto, como dice Hegel, “si el instrumento se limitara a acercar a nosotros lo absoluto -léase, la verdad- como la vara con pegamento nos acerca el pájaro apresado, sin hacerlo cambiar en lo más mínimo, lo absoluto se burlaría de esta astucia, si es que ya en sí y para sí no estuviera y quisiera estar en nosotros”. En fin, si algo conviene realmente capturar -cacciare, se dice en italiano, de donde proviene el cachar criollo- no es al pobre pajarito que confunden con la realidad de verdad. Después de todos los intentos hechos para salir de “esto”, no parecen haber dudas sobre la confirmación de la bancarrota de la figura del coaching -y de sus coachs- en lo que respecta a la interpretación del devenir político. Aunque, de todas maneras, los asesores cubanos, al servicio del gansterato, ya se han encargado, objetivamente, de hacérselos saber y de demostrárselos con creces, in der Praktischen.


            Lo cierto es que ni las gráficas Excel ni las cartas astrales están funcionando. Seis millones de exiliados -la mayoría de los cuales salieron, en su momento, a plenar las calles del ex-país en las impresionantes manifestaciones multitudinarias convocadas contra el régimen- lo confirman. Tal vez, hubiese sido más fácil, y menos doloroso, decir la verdad desde el principio, en vez de asumir como forma de hacer política el decir “mentiras blancas” con las manitos pintadas. Unos cuantos cultores del conservatismo de uña en el rabo, con su cara de mocasín estilado -y estirado-, le echan la culpa a Gramsci de lo que sucede en Venezuela, sin tan siquiera haberlo leído. Y es que en esto consiste el problema: suponen que leen, es decir, que saben leer. No saben lo que dicen y dicen lo que no saben. Vale la pena recordar que fue Gramsci -quien obviamente no fue un ganster y que más bien se enfrentó en su momento contra el gansterato fascista- el autor de esta frase: “Decir la verdad es siempre revolucionario”.


            Claro que -se dirá- es inútil ponerse a “llorar sobre la leche derramada”. Pero algo queda de la lección. Siempre se puede comenzar de nuevo a partir de las lecciones aprendidas por los errores cometidos. Aufhebung quiere decir “superar y conservar a un tiempo”. Lo que quiere decir que el “esto” es, ni más ni menos, que el resultado de la propia experiencia. Los chivos expiatorios sobran. Por eso mismo, más que un asunto de financiamiento, es cuestión de redimensionar las ideas -ya será bastante con tenerlas- y abandonar las abstracciones y representaciones ficticias. Sin ideas no se puede. Sin un lenguaje rico el espíritu se empobrece. Si no hay Concepto -actio mentis- no habrá modificación. Para comenzar, sería más que conveniente el socrático “conocerse a sí mismo” y, como consecuencia, saberse, en tanto político y demócrata, distinto -y en ningún caso opuesto- al gansterato. La criminalidad es competencia de la policía. De manera que conviene elaborar políticas que pongan fin al crimen organizado. De ahí la necesidad de que la llamada “oposición” tenga que redefinirse, reconceptualizarse, rediseñarse y reorganizarse. No es asunto de cambiar de siglas, ni de hacer “enroques” partidistas. La unidad es con el país, incluso con quienes, alguna vez, creyeron con entusiasmo en las bondades del populismo devenido narco-terrorismo. Es hora de abandonar una “pureza” que en nada expresa la condición del ser venezolano. Es tiempo de “desechar las ilusiones y prepararse para la lucha”, como sentenciaba la vieja consigna de los años setenta. Nadie va a venir a hacer el trabajo quiere decir que tampoco lo harán los astros o los sagrados habitantes del más allá. “Las cosas bellas son difíciles”, afirmaba Platón. Es el momento de cambiar la ceguera técnica y el vacío mensaje de “esperanza” por la pasión de un gentilicio que bien lo merece, porque, más allá de los apasionamientos desbordados, “nada grande en el mundo se ha hecho sin una gran pasión”.


 

José Rafael Herrera

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Nociones fundamentales sobre psicopatía

Una mirada psicopática



Un psicópata es una persona con unos rasgos muy marcados pero que son difíciles de descubrir porque el propio psicópata los oculta, es decir, los mantiene escondidos la mayor parte del tiempo. De una manera sucinta estos rasgos son los siguientes: soberbia; egolatría; narcisismo; insensibilidad hacia los demás; empatía nula; crueldad; cosificación; victimismo; vaciedad emocional; mucha capacidad de actuar, de mentir, de persuadir, de seducir y de manipular; mucha capacidad para disfrazarse de persona común; tendente al parasitismo y al maltrato; en búsqueda del poder por el poder; con necesidades especiales para nutrir su orgullo. Con estas características se comprende que un psicópata pueda resultar muy perjudicial y peligroso para la pareja, para la familia, en el lugar de trabajo o en la sociedad, siempre que manifieste tales inclinaciones en los lugares y con las personas indicadas. Para no verse perjudicado por su accionar nocivo interesa el distanciamiento, es decir, el contacto cero.


Conviene saber que un psicópata no es un enfermo. Se trata de una forma especial de ser. El psicópata es así de nacimiento. Los rasgos de esta personalidad diferente se manifiestan en la infancia, se acentúan en la adolescencia y se despliegan plenamente en la adultez. Un psicópata adulto es inmodificable, lo que no significa que sea incorregible, pues puede amoldar su comportamiento. Pero un psicópata adulto ha adquirido infinidad de sistemas y argumentos que prueban a sus ojos de manera fehaciente que es superior a todos; sistemas que lo afianzan en su firme convicción secreta de ser totalmente superior a los demás. Tiene infinidad de bucles mentales para llegar a esa conclusión, bucles férreos que le permiten autojustificar sus actos y desplegar estrategias eficaces para confundir, engañar, entorpecer, amedrentar, chantajear, esclavizar, depravar, entre otras muchas, sin ser descubierto (muchas veces ni siquiera por sus víctimas más evidentes). Cada psicópata lo hace a su manera, pues aunque todos los psicópatas presenten los mismos rasgos, desarrollan necesidades especiales diferentes, de manera que cada uno despliega estrategias distintas y solo las manifiesta cuando su accionar psicopático le satisface y cree que va a quedar impune.


Como posible causa del comportamiento anómalo del psicópata apuntamos la siguiente: el psicópata se siente superior a todos los demás, sensación que le va a acompañar durante toda su vida. No hay una razón objetiva, pero se siente desde el primer día absolutamente superior a todos y obra en consecuencia aunque con disimulo para no levantar sospechas. El psicópata padece de un orgullo y de una soberbia desmesurados lo que le conduce a endiosarse y a cosificar a los demás. Los demás son para el psicópata cosas, es decir, herramientas útiles a sus fines. Para alimentar esa sensación de superioridad se convierte en un embustero contumaz. Una prueba inequívoca de que es superior a todos la encuentra el psicópata en el hecho de poder tener a todos engañados. A su vez, pronto sabe o descubre que debe acomodarse a vivir entre inferiores y que debe mimetizarse con ellos para ser aceptado y pasar desapercibido. 

Esa capacidad de ocultación la va ensayando y mejorando con el paso de los años, pero necesita verificar, de cuando en cuando y sin ser descubierto, que es superior realizando actos psicopáticos en su territorio salvaje. Esa sensación de superioridad le conduce a la búsqueda del poder en sentido amplio (poder político, poder económico, poder social, poder legislativo, poder religioso o poder familiar). ¿Qué mejor prueba que ser o sentirse poderoso para verificar esa superioridad absoluta? Su accionar y sus razonamientos nos resultan del todo incomprensibles en su fase psicopática, pero al mismo tiempo su comportamiento resulta completamente normal y ajustado a las personas comunes la mayor parte de las veces. Incluso se muestra encantador cuando quiere y con las personas elegidas, lo cual nos deja perplejos, asombrados. Un psicópata no está loco. Si delinque lo hace con plena conciencia de sus actos por lo que es plenamente imputable. A un psicópata no le importa hacerse pasar por loco si con ello obtiene ventajas (p. ej.: una reducción de penas en el caso de los psicópatas delincuentes).

¿Qué hacer con el psicópata?


Una pregunta importante a plantear y responder es la siguiente: ¿Cómo mitigar el sufrimiento y la influencia negativa que provoca un psicópata oculto (o integrado) en su entorno? La respuesta parece en principio sencilla: ofreciendo información veraz sobre el tema a ese entorno. Pero no siempre es así, pues el sufrimiento puede ser aún mayor estando informado. Por ejemplo, una complementaria que lleve veinte o treinta años engañada conviviendo con su psicópata tal vez sea mejor que no se percate de ello, pues su sufrimiento será aún mayor si lo descubre: tendrá que realizar un enorme esfuerzo para conseguir el contacto cero, soportar penurias de toda índole, afrontar largos litigios, vivir la incomprensión y puede que los reproches y el alejamiento de sus propios hijos, el riesgo de peligrosas represalias por parte del psicópata, superar el duelo por la muerte en vida del traidor (que la seguirá acosando), evitar el riesgo de peligrosas recaídas (retorno al redil del psicópata, que se comportará de una manera aún más cruel una vez esté de nuevo atrapada), etcétera. Así pues la respuesta correcta a la pregunta inicial es: mediante información temprana al entorno. 

Hay que tratar de prevenir en vez de curar. La cura es posible alejándose del psicópata oculto con el contacto cero, pero esa cura tiene efectos secundarios que hay que valorar y sopesar previamente. Desde luego, la mejor solución a un problema consiste siempre en evitarlo de raíz, es decir, en este caso consiste en no acercarse jamás a un psicópata oculto. Y para ello hay que estar bien informado (prevención) y ojo avizor (prudencia).
Sin embargo, el problema, a nivel general social, no queda así resuelto, pues todo psicópata vive camuflado en un entorno, dentro de una familia, en una empresa, en una sociedad. Así las cosas, se comprende la importancia que tiene la detección precoz de los niños psicópatas para conseguir con una educación especial que se conviertan en personas adultas de provecho; buenas personas en vez de malas personas. Pero eso será objeto de otro artículo, amigo lector.

El feminismo contractual de nuestro tiempo

  

El feminismo contractual

 


A mi pequeña “Coco”

 

            Del mismo modo como la mujer y el hombre son términos opuestos correlativos complementarios, el contractualismo es, desde la perspectiva de la estructura lógica de la oposición correlativa, una doctrina incompatible con el concepto de amor. Y su presencia activa en la historia moderna y contemporánea es la confirmación y realización efectiva de la negación abstracta del sentimiento de amar. Después de Descartes y de su elevación de la existencia como principio supremo del “yo pienso”, las cartas que se jugó la humanidad fueron arrojadas sobre la mesa de apuestas del más despiadado y frío interés. Y apenas era el comienzo. Sobre su in nuce, el concepto contractualista del ser social no sólo fue confeccionando su incompatibilidad con toda relación mediada por el amor intellectualis dei, sino que pronto mostró el hecho de que sólo puede existir sobre la base de dicha incompatibilidad. El universo de Shakespeare no es el reino del individuo de Hobbes ni de Locke. Ni la historia invertida de la inocencia salvaje de Rousseau puede dar cuenta de ello, más allá de sus tropiezos y confusiones en tropel.

            El contractualismo, en efecto, no sólo invirtió la historia de la humanidad sino que tuvo el atrevimiento de convertir una ficción -devenida precepto matemático- en el origen de la sociedad. Fue el Estado romano -SPQR- el gran promotor de los derechos civiles e individuales, y no los derechos civiles e individuales los promotores del Estado. La lógica del contractualismo es la del entendimiento abstracto, reflexivo, a la que Hegel tuvo el privilegio de sorprender y denunciar en su inevitable e insalvable condición de infelicidad, de “mala infinitud”. En todo caso, se trata de la teología devenida lógica de la momificación de todo y de todos, la misma que, hasta la fecha, ha insistido en “instruir” al mundo en nombre de la libertad y de la razón, vístase de barras rojas y azules, de rojo sanguinolento, de estrellas amarillas circulares, de despotismos ancestrales o de novísimos gansteratos perrunos. “¡Pero funciona!”, se dirá, haciendo con ello irresponsable abstracción de las ruinas -las muertes- que ha ido dejando a su paso por la historia de la cultura moderna y contemporanea. Bajo el concepto de contrato se establece el grueso de las relaciones sociales actuales, lo cual incluye a las relaciones familiares, matrimoniales y, por supuesto, las relaciones entre el hombre y la mujer. La vida misma resulta ser, en consecuencia, un gran contrato. De “depravado” acusa Hegel a Kant por esta “torpe ocurrencia”.

            Es “el reino animal del Espíritu”. El reino de lo puramente extrínseco, mediado por el interés y el cálculo entre las voluntades bajo la figura de la prestación. Eso es -y eso genera- el modelo contractual una vez que, por extensión mecánica, ha sido aplicado como modelo universal, más allá de las relaciones estrictamente comerciales, a la vida social y política, trasmutando -torciendo- con ello las relaciones humanas en relaciones mercantiles y a los Estados en corporciones utilitarias. Y fue justamente a este tipo de representación de la sociedad, devenida hegemonía cultural y leitmotiv de las relaciones sociales, a lo que Spinoza -el más digno entre todos los filósofos- designó como la doctrina del finalismo: “todas las causas finales son, sencillamente ficciones humanas. Esta doctrina acerca del fin transtorna por completo la naturaleza, pues considera como efecto lo que en realidad es causa y convierte en posterior lo que en realidad es anterior. Trueca en imperfectísimo lo que es supremo y perfectísimo”, además de que de dicha doctrina surgen “los prejuicios acerca del bien y el mal, el mérito y el pecado, la alabanza y el vituperio, el orden y la confusión, la belleza y la fealdad”, géneros a los que bien podrían agregarse las segregaciones raciales, la depredación de la naturaleza o la supremacía, según el punto de vista contractual, del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre, más allá de los extremismos que las hipócritas manipulaciones orquestadas por los regímenes totalitarios habitúan hacer de estos temas y problemas del presente.

            La verdadera unificación que supera y conserva a un tiempo las miserias de la hostil relación establecida como criterio de demarcación entre la mujer y el hombre está situada muy por encima del actual tejido contractual de las relaciones humanas. La recuperación de la Sittlichkeit  -o de la civilidad, como bien la supieron traducir en su momento García Bacca y José Gaos- es, tal vez, la tarea más importante -y, sin duda, la más ardua- del presente. El pleno reconocimiento del indiscutible valor femenino está muy por encima de sus incuestionables sacrificios históricos, de sus conquistas -no pocas veces a codazos- o de sus capacidades profesionales o técnicas. No se trata de competir ni de demostrar, a la manera de Darwin, quién es o no más apto. Todas estas son representaciones  marcadamente contractuales, calculadas e instrumentalizadas. Lo importante está en comprender que, ontológicamente hablando, resulta imposible pensar siquiera en la posibilidad de la existencia de hombres sin la necesaria existencia de las mujeres, o a la inversa. Que se trata de polos opuestos recíprocos en el que cada uno no sólo es correlato para el otro sino que, por esa misma razón, son interdependientes. Cada uno es, al decir de Platón, la otra mitad: el otro del otro, el “sí mismo”. Amor no es contrato ni se sustenta en el interés o en la finalidad. Sólo se puede cambiar amor por amor y confianza por confianza. El amor -y el Ethos es una determinación del amor- supera las oposiciones, porque no es entendimiento abstracto, cuyas relaciones fijan y establecen que la individualidad siga siendo mera individualidad -”lo mío” y “lo tuyo”- y cuyas unificaciones son de naturaleza contractual. “Cuanto más te doy más tengo”, afirmaba Shakespeare. Esta debería ser la consigna para el porvenir de una humanidad justa y efectivamente equitativa.


José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

GASSENDI Y LA CIENCIA DE SU TIEMPO


Hoy hablaremos sobre un flipante artículo que escribió Alesandre Koyré en 1977 tituladoGassendi y la ciencia de su tiempo”[1], en el cual Koyré reivindica el papel de Gassendi dentro de la historia de la ciencia. El artículo es un golpe sobre la mesa que pretende poner al científico en su sitio, señalando sus luces y sombras. Veremos los salseos de la época que llevaron a silenciar al filósofo así como sus teorías atomistas vinculadas con uno de mis filósofos de la antigüedad favoritos: Epicuro. Os lo juro que me estalla la cabeza de emoción, y es que mis dos periodos predilectos de la historia de la filosofía se dan la mano. El periodo helenístico queda vinculado a la revolución científica. ¡Yas!

 

La senda del artículo nos llevará por un sinuoso camino, y para que nadie se pierda os paso de antemano la hoja de ruta:

1) Los motivos por los que hemos de reivindicar a Gassendi destacando su ontología epicúrea.

2) El contexto en el que nace su ciencia.

3) Diferencias y afinidad entre Descartes y Gassendi.

4) El legado de Gassendi

 

¡Allá vamos!: Koyré, filósofo e historiador de la ciencia francés de origen ruso, nos quita la venda de los ojos ante el porqué la historia de la ciencia pasó por alto a GassendiLos dos motivos fundamentales fueron el complejo latín con el que escribía Gassendi y el eclipsamiento que sufrió este por parte de Descartes. Vamos, la pedantería de uno y el afán de protagonismo del otro. Por desgracia el ego y la filosofía en muchas ocasiones son íntimas amigas o íntimas enemigas.

 

Koyré no solo nos dice porque Gassendi fue olvidado sino que también porque hoy ha de ser recordado. Entre sus puntos fuertes destacan:

 

-Fue profesor de astronomía en el Collège Royal, una institución top en lo que a ciencia se refiere. 

 

-También fue un astrónomo y matemático reconocido, observó siempre el cielo realizando a su vez útiles anotaciones. Era una de esas hormiguitas que observaba al firmamento incesantemente y anotaba las posiciones y movimientos de los cuerpos celestes, siendo esta una ardua labor de brutal utilidad para la astronomía venidera. En pocas palabras, un gigante que sirve de punto de apoyo para futuras generaciones. 

 

-Otro de los motivos que reivindica la figura de Gassendi y que a mi juicio cae por su propio peso, es que para sus coetáneos (Pascal, Marsene…) era considerado como igual y rival de Descartes, e influyó a personajes tales como Boyle o incluso a sir Isaac Newton (poca broma). 

-Además gracias a la inteligente concepción del atomismo epicúreo (fascinante doctrina) Gassendi realizó una serie de experimentos útiles y de gran popularidad en su época. 


-Pero sin duda, a la luz de Koyré la gran aportación a los albores de la ciencia moderna por parte de Gassendi es su necesaria ontología epicúrea[2] Gassendi moldeo a su gusto la filosofía epicúrea para que los miembros de la comunidad científica se la tragaran como una cómoda píldora de azúcar. Básicamente lo que hizo fue cristianizar a Epicuro, lo mismito que en épocas anteriores pasó con el platonismo y más tarde con el aristotelismo. Es el  precio que las teorías filosóficas deben pagar para no ser silenciadas a lo largo de los siglos. Gassendi maquilla y elimina algunos aspectos de la cosmología epicúrea, como por ejemplo integrando el atomismo con el creacionismo (!Toma fantasía!). También niega la infinitud de los mundos y los átomos. Desmiente que los átomos sean increados y hayan formado el Universo de forma azarosa como defendía Epicuro, afirmando que Dios es quien ha dirigido a los átomos en pro del  orden  y creación del Universo, estos mismos argumentos son seguidos décadas después por Boyle.

 

Para entender el impacto de estas ideas es necesario contextualizar al protagonista. El siglo XVII, siglo en el que Gassendi desarrolló su ciencia, fue un siglo de grandes cambios, donde la revolución científica inaugurada por Galileo nos propone un cambio científico radical donde ciencia y religión se empiezan a separar. Aparecen nuevas ideas que transforman la visión antigua y medieval de la naturaleza. Toda esta fascinante movida empieza con la revolución copernicana. Allá cuando Copérnico dijo que la Tierra no era el centro y además que esta giraba alrededor del sol. Hoy en día ya lo tenemos muy asumido pero en su momento fue todo un escándalo ya que nos habían destronado y Dios lo permitía. La gente no daba crédito, se deprimía y se sentía menos importante. Además si a esto le sumamos la aparición de la moderna filosofía cartesiana donde la razón humana es el centro, donde nosotros somos el sujeto de conocimiento, nos podemos imaginar cuán sorprendidas y descolocadas deberían quedar las gentes de la época. El racionalismo y mecanicismo de Descartes deja el mundo reducido únicamente a una extensión en movimiento. Es en este contexto donde se hace valiosa la aportación ontológica epicúrea de Gassendi.

 

En el artículo se hace un fuerte hincapié en las diferencias entre Descartes y Gassendi con el fin de mostrarnos que Gassendi fue realmente un digno rival de Descartes y nos ofreció una alternativa válida. En el texto encontramos las siguientes diferencias destacadas:

 

-Para  Descartes la naturaleza era transparente a la razón. En cambio para Gassendi la naturaleza no era 100% transparente a la razón, para él si las esencias existieran, solo Dios las conocería ya que el pleno conocimiento de las cosas estaba fuera del hombre  finito siendo solo Dios el conocedor de las esencias últimas. Por este motivo Gassendi opina que la labor de la ciencia es la mera descripción de fenómenos. Es decir la ciencia solo nos puede explicar el qué, pero no el porqué subyacente de la realidad.

 

-Otra diferencia es su concepción del Universo y las consecuencias de éste. Para Descartes el Universo es un Plenun sin posibilidad de vacío (padecía un grave caso de horror vacui), en cambio para Gassendi el Universo está compuesto de átomos y vacío igual que para Epicuro.  

 

-Esto nos lleva inevitablemente a otra diferencia señalada por Koyré, a saber: Descartes defendía que la materia es infinitamente divisible mientras que Gassendi como atomista defendía la existencia de átomos como las partes de materia más pequeñas e indivisibles. Cabe recordar también que Gassendi negó el símil: Materia y movimiento, negando así también  el programa de la ciencia cartesiana. 

 

A pesar de las diferencias Koyré revela una similitud y es que ambos proponen una revolución,Gassendi volviendo a la tradición y Descartes empezando desde cero. 

 

En conclusión Pierre Gassendi, adoptó el atomismo y lo expuso como una filosofía mecanicista alternativa que proporcionó a la ciencia moderna la ontología necesaria para unir el atomismo y la matematización, dando paso a la venidera  síntesis newtoniana de la física matemática. Encontramos así en Gassendi un científico que no inventó nada ni tampoco descubrió nada, aún así por todo lo comentado por Koyré, merece ser rescatado del olvido y tenerlo en consideración tal y como lo tuvieron filósofos y científicos del siglo XVII y XVIII como Boyle, Hobbes, Locke, Leibniz, Newton y por supuesto Descartes, el rival que lo eclipsó.  

 



[1] Koyré, “Gassendi y la ciencia de su tiempo”, en Koyré, A., Estudios de historia del pensamiento científico. Madrid: Siglo XXI, 1977, pp. 306-320.

[2] Koyré, “Gassendi y la ciencia de su tiempo”, en Koyré, A., Estudios de historia del pensamiento científico. Madrid: Siglo XXI, 1977, pag. 307.


¿Abstencionismo o participacionismo?


Johann Gottlieb Fichte

 

 

            Las antinomias se forman, según Kant, de dos proposiciones argumentativas racionales recíprocamente contradictorias que carecen de toda posible resolución, por lo menos, dentro del estricto y riguroso esquema propio de la lógica de las formas simbólicas y proposicionales, y muy a pesar de la metafísica aristotélica, aunque sobre sus hombros, como consecuencia del uso y abuso -dado su indiscutible peso histórico-cultural- establecido por la autoridad de la tradición escolástica y moderna. El gran mérito de Kant fue reunirla, estructurarla y llevarla a la cima del pensamiento, hasta devenir código e instrumento de la cotidianidad. Dice el autor de la Crítica de la Razón Pura que cuando la razón rebasa toda experiencia posible, queda atrapada en la formulación de sus propias antinomias, esto es, en perspectivas o puntos de vista que por el hecho de ser racionales no dejan de ser contradictorios. Y son ellas las que hacen irresolubles los mismos objetos de la metafísica, a saber: Mundo, Alma y Dios. De la demostración racional de la afirmación o negación de su existencia, surgen las llamadas por Kant Tesis y Antítesis, de las cuales, poco después, Fichte -y en ningún caso Hegel- postulará la necesidad de la Síntesis, a partir de la unidad originaria del Yo, constitutiva de la razón práctica. 

            Paradojas, las llaman los filósofos de la ciencia. El caso de la “parajoja del mentiroso” es emblemática: la oración “Esta oración es falsa”, dado el principio del “tercero excluído”, es, por un lado, verdadera y, por el otro, falsa. Si es verdadera, lo que dice la oración es falso. Pero la oración afirma que ella misma es falsa, por lo cual no es verdadera. Ahora, si la oración es falsa, lo que afirma debe ser falso, pero esto implica que es falso que ella misma sea falsa, lo cual la hace verdadera, contradiciendo la afirmación anterior. En fin, no es posible asignarle a esta paradoja un “valor de verdad” absoluta.

            El caso es que de antinomias parece estar plagada la margarita del “me quiere o no me quiere” del amplio espectro del arcoiris de los sectores que se enfrentan (Gegen), de un modo o de otro, al gansterato que usurpa el poder en Venezuela. “Oposición”, se autodenominan. Como si las palabras carecieran de contenido. Como si se pudiese establecer una relación de oposición -de correlatividad- entre términos no solo distintos sino recíprocamente incompatibles. Opuestos son “derecha e izquierda”, “arriba y abajo”, “padre e hijo”. Y son llamados términos opuestos correlativos porque no existe posibilidad de la existencia del uno sin la del otro. Entre ellos no puede no haber complementariedad. Ahora, ¿es posible que “criminal” o “ganster” sea el término opuesto correlativo al de los sectores políticos que aspiran establecer un régimen político democrático? ¿Existirá correlatividad entre un narco-traficante y un dirigente político? ¿Se podrá llamar “Izquierda” a un cartel criminal y autoconcebirse como la “Derecha” política que se le opone? ¿Se puede afirmar que toda la autodenominada “oposición” política venezolana es de “Derecha”?

            Como podrá observarse, la confusión es grande. Y la presuposición de “conceptos” pareciera hallarse sobresaturada. La palabra “claro”, por cierto, se ha convertido en la muletilla predilecta de una dirigencia política que, cual selección vinotinta, sube y baja la cancha una y otra vez en busca del anhelado “gol de la dignidad”, frente a la apabullante goleada de un grupo de malechores que, mientras saquea lo que queda de país, finge jugar con ellos, los atracan, los golpean, les sacan toda clase de “tarjetas” y los expulsan de la cancha (los meten presos), los amenazan con sus pistolas y metralletas, los apuñalan y los asesinan. “Estamos muy claros”, afirma con el mayor convencimiento, y bajo la forma del estribillo, la cada vez más inasible dirigencia “opositora”, que no logra percatarse de que “el partido” que se imaginan estar “jugando” se convirtió, hace ya mucho tiempo, en un juego de policías y ladrones, pero invertido.

            En un reciente artículo de opinión, María Corina Machado advertía enfáticamente que “un gobierno de transición con parte de las mafias no es una fórmula para sacar a los criminales del poder, sino para redistribuir el poder entre los criminales”. Es esta una advertencia de cuidado, porque, a menos de que falle la consistencia lógica de la antinomia, la única forma de ser efectivamente el término opuesto del gansterato es formando parte -así sea en plano negativo- de la gansterilidad. O para decirlo en buen criollo, quien anda con lobos.. no maúlla precisamente: aprende a aullar. No han faltado en los últimos días los argumentos -y cabe advertir que el uso indiscriminado del término “narrativa” ya apesta- en defensa de la participación en los comicios para gobernaciones y alcaldías convocadas por el régimen: “no se pueden abandonar los espacios”, se afirma. “Hay que recuperar la institucionalidad”. “Los demócratas tienen que defender el voto votando”, etc. En el fondo, la premisa mayor encierra una acusación más o menos directa contra el llamado abstencionismo. Solo que, paradójicamente, se puede también afirmar lo contrario: “el voto no se defiende votando según las normas establecidas por el gansterato, sino exigiendo reglas efectivamente democráticas”. Como ha afirmado Andrés Velázquez, “después de 22 años de trampas, de horror, destrucción total, miseria y dictadura, no estamos para cuentos infantiles. Pelear por condiciones electorales libres, justas, transparentes y verificables, no es un capricho ni es abstencionismo, es lo que nos corresponde hacer a los demócratas”.

            La antinomia pareciera traspasar el discurso de quienes ejercen la política propiamente dicha en contra (Gegen) de la no-política, es decir, de esa representación de cualquier otra cosa posible menos que de la política. Y no pocas veces, en nombre de la inteligencia, pareciera haber llegado el momento de poner más atención a la actividad de pensar lo que se hace y de decir lo que se piensa que a la repetición de frases huecas y sin contexto, tan afanosamente recomendadas por los llamados “técnicos”, “expertos” y “especialistas” -fieles representantes de la paradoja del mentiroso-, quienes parecen haber perdido la brújula por el camino de las abstracciones o -habrá que sospecharlo- de sus propios intereses. Detrás del abstencionismo parece hallarse la respuesta a la participación. Detrás de la participación parece hallarse la respuesta al abstencionismo. Lo otro no es sólo lo otro. Es, en sustancia, lo sí mismo. No es la esperanza sino la desesperanza lo que logra concretar los ahhelos de la esperanza. Fichte -maestro de la negatividad- sigue siendo un valioso pensador para poder comprender la dureza del desgarramiento del presente.         

                             

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

Comprendiendo el capital de Carlos Marx

Hola a todos, bueno hoy quería hacer un vídeo sobre Marx; Y es que estuve leyendo el tomo uno del capital, que fue el único que escribió él solo.

En este vídeo puedes entender de política, de que es una sociedad, también de lo que es una persona libre, de qué es estar condicionado, o alienado por tu ambiente.

Este libro lo escribió en Inglaterra, y su intención era que las personas, cuando estuvieran desesperados o decepcionados, tristes, angustiados o adictos al trabajo; y necesiten comprender para superar esa afección, es decir, cuando no sabes cuántas cosas son las que hacen que tú estés siempre triste, decepcionado o angustioso y no seas capaz de pensar nada que no sea la misma adicción.

A continuación te dejo el vídeo completo

Vídeo para entender el capital de Carlos Marx.