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Sobre el dialogo y la persuasión.

 





Sobre el dialogo y la persuasión.

Miguel Ángel Latouche         

 

Me parece, Sócrates, que vosotros dos tenéis prisa por regresar a Atenas”, dijo Polemarco.

"Esa no es una mala suposición", dije.


“Bueno”, dijo, “¿ves cuántos de nosotros somos?”

"Por supuesto."

"Bueno, entonces", dijo, "o demuestras ser más fuerte que estos hombres o te quedas aquí".

"¿No hay otra posibilidad?" Yo dije. “¿Que te persuadiremos para que nos dejes ir?”

 “¿Realmente podrían persuadir”, dijo, “si no escuchamos?”

"No hay manera", dijo Glaucón.

"Bueno, entonces piénsalo bien, teniendo en cuenta que no escucharemos".

Platón, La República

 

En el juicio que se le sigue a Sócrates, se le acusa, entre otras cosas, de no hacer sacrificios a los Dioses. Sin embargo, se conoce que, en el 429 ac, el sabio griego visitó el Pireo para participar en la primera celebración de las Bendidias, fiestas con las cuales los Atenienses honraban a Diana, la Diosa de la caza, la luna y la fertilidad. Sócrates tenía curiosidad por saber cómo aquellos ritos se llevarían a cabo, después de todo Diana era originalmente una Diosa Tracia y aun cuando es mencionada su presencia en la guerra de Troya y su posición a favor de la ciudad, su rito fue institucionalizado de manera relativamente tardía por los habitantes de Atenas.   Nos dice Platón, que, en efecto, Sócrates participó en los ritos, hizo los sacrificios correspondientes y rezó a la Diosa, tal y como le correspondía hacer a cualquier ciudadano respetuoso de la religión de Estado y dispuesto a cumplir con sus deberes cívicos según los códigos de la época. Esto nos lleva a pensar que efectivamente al menos aquella parte de aquella acusación que contribuyó a su condena era, en principio, falsa.

Luego de los ritos, ya entrada la tarde, Sócrates decidió junto a Glaucón, un joven filosofo que lo acompañaba y con quien mantenía cierta amistad, regresar a Atenas. Debian caminar unos diez kilómetros y debían hacerlo con cierto apuro, si querían llegar a la ciudad antes de que cayese la noche. En algún punto del camino, al parecer apenas lo iniciaban, se encontraron con que algunos hombres los seguían. Estos los llamaron a voces conminándoles a detenerse. Se trataba de los sirvientes de Polemarco, quienes le indicaron que debían esperar por la llegada de su patrón.  Acá se produce un momento muy interesante dentro del diálogo y que hemos citado más arriba. Esa conversación inicial entre Sócrates y Polemarco define el tono inicial de aquella aventura intelectual que Platón se ha planteado, nada menos que determina como se constituye el Estado Ideal en un marco de justicia. Así, en esa conversación inicial vemos como se establece una dicotomía entre la posibilidad de construir consensos y la utilización de la fuerza para doblegar la voluntad del otro. Enfrentados a un número superior de hombres que podían fácilmente utilizar la fuerza en su contra, Sócrates y Glaucón fueron conducidos hasta la casa de Polemarco. La promesa era la de que esto les permitiría observar las majestuosas celebraciones nocturnas que se habia preparado y participar en ellas. Tucídides en su Guerra del Peloponeso lo plantea de una manera muy clara y descarnada: “el débil resiste lo que puede y el fuerte domina lo que puede”. Ciertamente no se puede persuadir a quien no quiere escucharnos, los diálogos implican el ejercicio respetuoso de escuchar a los demás y la voluntad de hacerlo. Platón pareciera decirnos que allí donde el dialogo no logra materializarse la violencia potencial o real, se presenta como la única alternativa posible. Esto se narra en apenas las dos primeras páginas de cualquier traducción estándar de la República, -quizás la más conocida de las muchas obras que nos legó Platón.

En el libro primero de la República está referido en general al problema de la justicia. Pero para ser más específicos quiero señalar, solamente y sin necesidad de ir más allá, algunas de las implicaciones del pasaje señalado anteriormente. No se refiere Platón, en este caso, al problema de las mayorías como factor de legitimación de las actuaciones públicas, aquella que se logra a través del voto, bien sabido es que el filósofo no era afecto a la democracia, sino, más bien, a la dicotomía entre el uso de la fuerza y el de la razón como mecanismos de justificación. Ciertamente, cuando se usa una fuerza superior a la cual no podemos resistir, es natural que nos veamos forzados a actuar de cierta manera contraria a nuestra propia voluntad. A Sócrates se le exige cambiar de ruta y regresar al Pireo ante lo cual el sabio no tiene más remedio que acatar el mandato que sobre él se ha sido impuesto, a través de la amenaza del uso de la fuerza, para así evitar que, en efecto, la violencia sea usada en su contra. Esto no significa, sin embargo, que el filósofo haya sido convencido por este medio sobre la virtud de acatar el mandato. La violencia nunca presenta razones, no intenta convencernos de su validez, su uso se fundamenta en la pura capacidad de materializarse. La violencia se juega en el ámbito de las pasiones. No hay en la escena un proceso deliberativo o persuasivo que los lleve a cambiar sus planes, se trata de manera pura y simple del uso real o potencial de la fuerza bruta.

Cualquiera podría argumentar que este es mucho más eficiente que la construcción de consensos. Tendríamos que considerar que las soluciones basadas en la fuerza suelen generar resistencia y tienden a ser frágiles en el largo plazo, quizás eso explica que las democracias tiendan a tener una mayor que las dictaduras. Si lo vemos en esta óptica, Sócrates y Glaucón no se oponen al requerimiento de aquellos que son más y parecen dispuestos a obligarlos, es así como continúan por el camino que se les indica. Pero la victoria de Polemarco es pírrica. Como se ve más adelante en el dialogo se producen una serie de conversaciones en las que los participantes presentan sus argumentos y puntos de vista con la intención de convencer a los demás de su validez, lo que implica un giro con relación al inicio del texto.  

 La palabra tiene, a fin de cuentas, un poder transformador, que nos permite instalar en los demás nuestros puntos de vista, esto es persuadirlos: cuando nuestros argumentos se fundamentan en un razonamiento adecuado acerca de las cosas. No quiero decir con esto que baste con decir lo que creemos, sino que se dé un proceso creativo, casi alquímico, por medio del cual la palabra fundamentada en una aproximación ajustada a las dimensiones de un problema nos permite construir, junto a los demás, una comprensión acerca del contenido de la realidad que vivimos. Esto es apartarnos de las sombras que habitan la caverna para ver a través de la luz la forma verdadera de los objetos que observamos.

Desde la antigüedad el arte de la Retórica formó parte de los procesos de educación de las nuevas generaciones. Es interesante que en los procesos formativos modernos haya sido dejada a un lado para privilegiar ciertos saberes técnicos. El foro diplomático, el parlamento o la plaza pública, que constituyen el espacio natural para la discusión pública de las ideas, siempre tendrán un valor constitutivo mayor que el del campo de batalla. La validez de los argumentos se establece en función de su coherencia, en la capacidad que tienen unos para persuadir a los demás y hacerlos cambiar sus puntos de vista, en su pertinencia. A mí siempre me asombro aquella escena en la cual Cicerón, actuando como Cónsul de Roma, logró desmontar las conspiraciones de Catilina a través de los discursos que dirigió públicamente a los senadores y al Pueblo de la República Romana. Cesar que era mucho más fuerte y habilidoso no tuvo la suerte de acabar con sus enemigos antes de que los Idus de Marzo lo alcanzasen.

Con la palabra construimos en el otro una visión acerca del mundo, pero además con la palabra establecemos el tipo de relación que construimos con los demás y con lo que nos rodea. Así, el ejercicio de la convivencia colectiva tiene que ver con la voluntad de escuchar al otro, de validarlo como un sujeto con el que vale la pena dialogar. No hay peor forma de discriminación que la de despreciar las ideas de los demás. Nuestra humanidad se basa, a fin de cuentas, en nuestra capacidad para hacer discursos, para generar empatía y respeto, para entender a los demás y tratar de comprender sus motivos y sus razones y actuar en consecuencia. Esto es ser justo en nuestras reacciones con los demás y comprender que la fuerza es solo el último recurso.

Ser socialista hoy

Socialismo y Maquiavelo



 A mis distinguidos compañeros del Instituto de Filosofía y

Teoría Política “Heinz Sonntag” del CEDES


Las cosas, como dice Aristóteles. se conocen por sus orígenes. Y los orígenes, es decir, los fundamentos históricos y conceptuales del ideario socialista son de hechura occidental. De hecho, forman parte inmanente de su ser y de su conciencia, de su hacer, de su pensar, de su decir. Es el hijo rebelde de la Ilustración francesa, de la economía política inglesa y del Idealismo alemán. De ahí que el socialismo represente la continuación y el resultado de las ideas y valores de las grandes conquistas sociales y políticas alcanzadas por Occidente, después de los ensayos republicanos hechos por la antigüedad clásica (Grecia y Roma), el Renacimiento italiano, el proceso revolucionario francés y las luchas por la Independencia en América, esa Artemisa de Occidente. Pero ese Frühsozialismus, heredero de la inteligencia liberal europea, el de Saint-Simon, Owen, Fourier, Cabet o Marx, nada tiene que ver con su versión y consecuente deformación despótica.


A diferencia de la civilización oriental, cuya característica esencial presupone una representación milenariamente autocrática del poder, la cultura occidental fue capaz de construir una sólida base civil de sustentación de sus instituciones, con base en la cual el consenso -y no la coerción- terminó por imponerse como la conditio sine qua non de la organización del Estado, su base real, el fundamento de las sobrestructuras jurídicas y políticas.


Maquiavelo, en Il Principe, da cuenta de esta diferencia sustancial entre Oriente y Occidente: “Los ejemplos de estas dos diversidades de gobierno son, en nuestro tiempo, el Turco y el Rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor. El rey de Francia está puesto en medio de una antigua multitud de señores reconocidos por sus súbditos y amados por ellos”. Esta diferencia fue advertida por Gramsci, al dar cuenta de las razones por las cuales el socialismo en Occidente no podía ser, en ningún caso, autoritario ni estar gobernado por un “Turco”, es decir, por un déspota. “En Oriente el Estado lo es todo, la sociedad civil es primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre el Estado y la sociedad civil existe una justa relación y en el trepidar del Estado pronto se percibe la robusta estructura de la sociedad civil”.

El “socialismo” oriental es un morbo, una suerte de Frankenstein que, en los últimos tiempos, ha mostrado su más genuino rostro: el de ser una organización criminal, un gansterato. Es, en el mejor de los casos, la praxis de una contradicción en sus propios términos. Es verdad que Lenin, Mao Tse Tung o Kim Il Sung, durante sus respectivas instancias en Occidente, llevaron a Oriente las ideas socialistas. Pero, al implementarlas, era inevitable que se impusiera el peso de sus milenarias tradiciones históricas y culturales. Marx fue revestido con la casaca de un Zar, o con la toga de seda de los emperadores chinos. El socialismo se hizo “Turco”, diría Maquiavelo, autocrático, ajeno a las libertades civiles. En una expresión, dejó de ser socialismo, por lo menos tal como lo habían concebido sus fundadores europeos.


Hay algo patológico en quienes persisten en la ignorancia. En Alemania e Italia se intentó consolidar un modelo político autocrático, totalitario, de clara ascendencia orientalista. Se le denominó “nacional-socialismo”. Occidente tembló, y vino la guerra. Hubo sangre, sudor y lágrimas. Al final, el desquicio llegó a su fin, pero la amenaza de una renovada batalla de las Termópilas se hizo inminente.


En nuestros días, América Latina ha sido infestada por ese totalitarismo orientalista. Detrás de las baratijas chinas se ocultan estrategias y propósitos bien definidos. Por fortuna, en los últimos años, la sensatez se ha venido imponiendo. Y a pesar de la siembra populista, que solapa al despotismo, poco a poco se percibe el rechazo a las pretensiones de transmutar el quehacer político en un negocio de sindicatos criminales. En la historia, camino de la libertad es un pesado calvario.


Definir “lo que es” es la tarea principal de la filosofía. Parmenides, el penetrante filósofo de la antigua Grecia y primer exégeta del Ser, lo definió mediante lo que él no es. El Ser no nace ni muere; dice el eleata. No fue ni será; no tiene ni antes ni después; nada se puede pensar ni decir de él que ya no sea; no es divisible, ni heterogéneo, ni indefinido. Así, el ser se define en su identidad con el pensar por medio de su negación, dado que el Ser es en cuanto que el no-Ser no es. Siguiendo el ejemplo parmenídico, tal vez convenga intentar, por una vez, una redefinición del significado del Ser del socialismo por medio de lo que él no es.


Un ejemplo, quizá, permita comprender este entramado ontológico. Es natural pensar que no-Ser de izquierda es Ser, lógicamente, de derecha. Cuestiones de mera tautología, se dirá, o de exquisiteces lingüísticas. Pero, en realidad, no-Ser de izquierda es Ser intolerante, no concebir respeto ni por la diversidad ni por el disentimiento. No-Ser de izquierda es ser inflexible, rígido como las piedras, disecador profesional de ideas o, más bien, la negación misma de toda idea. De ahí su constante deseo de querer que nada cambie, su reaccionaria añoranza de la permanencia, su irrefrenable inclinación por el conservatismo y por los cuadernos cuadriculados, como reflejo fidedigno de sus disecadas bóvedas craneanas.


No-Ser de izquierda es creer que la justicia y el derecho los dicta -lo impone- el sagrado interés del jefe-único, indiscutible y absoluto, ya que Él y sólo Él es la expresión del poder en cuanto tal, la sustancia-atributo devenida persona, el sujeto-objeto resurrecto, el ungido en carne y sangre. Ni el consenso, ni la democracia, ni la pluralidad, ni la participación cuentan, a menos que semejantes derechos sean decretados -¡oh!- como un acto caritativo, una gracia de su suprema majestad, lo que  para toda tiranía resulta insostenible.


Decía Octavio Paz que “las cosas estarían mejor si Marx hubiera leído a Hölderlin”. Sin duda, el gran poeta alemán fue un hombre de progreso. En su Hyperión, Hölderlin hace afirmar a uno de sus personajes: “¡que cambie todo a fondo!”. El cambio, no la forzada quietud –y aquí cabe pensar más en


Heráclito que en Parménides- es sinónimo del “Ser de izquierda”. Muchos creen serlo, a pie juntillas. Pero, como dicen las Escrituras, “por sus hechos los conoceréis”.

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Para la conquista de la libertad

 


“La libertad de juicio es, ciertamente, una virtud que 

conviene permitir y que no puede ser suprimida”

                                                                   B. Spinoza 

La filosofía consiste en la captación del presente y de

lo real, no en la posición de un más allá que radica en

el error de un razonamiento vacío y unilateral”.

                                                               G.W.F. Hegel     





libertad

Una expresión resalta con harta frecuencia por estos tiempos de crisis orgánica, tan lejanos a los rigores del pensamiento como cercanos a la vulgar mediocridad: “ese es el deber ser”, se dice, sin el menor previo aviso, como si se tratara del regurgitar de la certeza sensible. Su chocante sonido de moneda de utilería comporta un mecanismo de expulsión que se ha vuelto tan instantáneo, tan corriente y común entre los más diversos sectores de lo que va quedando de sociedad, que en sí mismo confirma el carácter institucional de la condición esquizofrénica de este menesteroso presente. Das ist die sollen sein, decía el viejo Kant en la Kritik der praktischen Vernunft. No obstante, hoy se sentiría, sin duda, más asombrado que de costumbre al ver como el fundamento de una metafísica de la moralidad ha devenido sentencia de la justificación de la desvergüenza y, al mismo tiempo, de la confirmación del tácito reconocimiento de la separación de lo que se hace, lo que se piensa y lo que se dice. La evocación de frágil figura del gran pensador de Königsberg siempre resulta pertinente, a los fines de recuperar la sobriedad del entendimiento y, como consecuencia de ello, la propia condición humana. 

Un breve ensayo kantiano, publicado en 1793, lleva por título: “Puede ser justo en la teoría, pero no sirve de nada en la práctica”. En dicho ensayo, hay una frase que bien vale la pena tener presente, sobre todo en esos momentos, en los cuales la barbarie gansteril y despótica parecieran haber triunfado -una vez más- sobre la razón y la libertad: “Un gobierno basado en el principio de la benevolencia hacia el pueblo, como el gobierno de un padre sobre los hijos, es decir, un gobierno paternalista, en el que los súbditos, como hijos menores de edad, que no logran distinguir lo que les es útil de lo dañino, son obligados a comportarse sólo pasivamente, para esperar a que el jefe del Estado juzgue la manera en que ellos deben ser felices y a esperar que por su bondad él lo quiera. Ese es el peor despotismo que pueda imaginarse”.

De la cita en cuestión, derivan dos posiciones, dos ideologías que pugnan recíprocamente entre sí, con el firme objetivo de consolidar su hegemonía a nivel mundial: el liberalismo y el totalitarismo. Esta última es a la que la certeza sensible suele dar el nombre de socialismo, pero que desde 1917 y bajo los efectos de su trastocamiento teológico-político por parte de los regímenes orientales, metamorfeó en totalitarismo. Así, pues, dos ideologías, como se ha indicado. No dos filosofías, por cierto. Ambas tienen su punto de partida en prejuicios -a los que se suele denominar “principios” o “fundamentos”- que dan por sentado -precisamente, por juicios previos- su condición de suprema autenticidad y veracidad racional o científica. Se trata de presuposiciones que, en ambos casos, ponen de relieve la sustitución de premisas traídas más de la religión positiva y de la instrumentalización (la ratio technica) que de la razón histórica, con lo cual el discurso acerca de la historia de la organización de la sociedad queda exento, nada menos, que de su más genuina determinación, a saber: de su historicidad. Todavía hoy, Vico, Hegel, Dilthey, Croce y Ortega tienen mucho que decir respecto de estos “modelos” de interpretación preconcebida que, en no poca medida, acostumbran diseñar mundos tal y como deberían ser, dejando la “realidad efectual de las cosas” -como la llama Maquiavelo- fuera de su contexto, transmutando así en sollen sein nada menos que lo que es en verdad, o sea, nada menos que su wirklichkeit.

Los opuestos, al devenir extremos, se atraen e identifican. El mayor pecado del totalitarismo del tiempo presente consiste en invocar un discurso sobre la historia que carece de toda sustentación histórica, hecha sobre la base de postulados extirpados de los restos moribundos de un supuesto “materialismo dialéctico” que, desde el punto de vista de la filosofía de Marx, quizá pueda resultar materialista, en el sentido más procaz, más crudo del término, pero que -conviene advertirlo- no es ni dialéctico ni, mucho menos, histórico: “El defecto capital de todo materialismo pasado, consiste en que el término del pensamiento (Gegenstand), la realidad (Wirklichkeit), lo sensible (sinnlichkeit), ha sido concebido sólo bajo la forma de objeto (Objekt), y no como actividad sensitiva humana, como praxis, subjetivamente”. Término del pensamiento, dice el discípulo de Hegel: porque justo donde termina la labor del pensamiento inicia la realidad y, viceversa, donde comienza ésta termina aquél. Verum et factum convertuntur seu reciprocatur. Son los términos de la inescindible relación del sujeto y del objeto, de la teoría y de la praxis. Por cierto, advierte Vico en Scienza Nuova que la expresión “término” quiere decir “ideas, formas o modelos” con los cuales los pueblos gentiles construyeron el mundo de los hombres, o sea, y justamente, la realidad efectiva, la Wirklichkeit. De nuevo, Ordo et conectio.

Se le puede imputar, con razón, a la doctrina liberal el hecho de haber comenzado por el prejuicio de una sociedad de individuos originariamente libres, dueños y señores de su propiedad, con base en la premisa de un no menos prejuicioso -supuesto- Derecho natural. Porque, como lo es la libertad que está contenida en él, el derecho es, por cierto, un término: no es en modo alguno ni una dádiva divina ni un regalo de la naturaleza, sino un resultado, una conquista de la humana civilidad, un hecho (verum-factum) de la historia. Pero por eso mismo, concebir que los hombres son vástagos de un Estado originario, del cual dependen, no deja de comportar el mismo grado de abstracción ahistórica. 'Ni lo uno ni lo otro', como diría el gran filósofo de Rubio.

El mero formalismo es incapaz de dar cuenta de su propia con-formación histórica, dado que ha sumido al presente en los avatares de unanueva religión positiva, sustentada en los dogmas propios de las viejas ideologías. Representaciones fijas, sin movimiento, que devienen cascarones vaciados de todo contenido. La palabra sin realidad, sin contexto, sin determinaciones históricas, nada dice, nada es. A la demagogia de los populistas le han quedado las puertas abiertas del templo, de par en par, y la gansteril corrupción puede, ahora, manipular el sentido común a sus anchas. Liberales y totalitaristas asumen la naturalidad del “principio” del derecho de ser libres. Derecho dado o entregado, pero siempre “dado”, supuesto, previo a todo juicio. Lo que fue una conquista de la humanidad, de su hacer, ha perdido el recuerdo de su calvario, de su sagrada lucha, de su libre voluntad. Nadie debe ni puede esperar que le sea obsequiado lo que sólo puede adquirir por su propio esfuerzo, precisamente, por su libre voluntad. En esto consiste el “ser mejor” que los populistas pretenden secuestrar. Confirmar el derecho de ser libre no es obra de seres supremos ni de caudillos militaristas: sólo es fruto de la constancia, del insistir, del perseverar, una y mil veces, en la conquista por la Libertad. Mientras no se asuma la humanidad y la civilidad como continuo trabajo humano, histórico, la escisión de esencia y existencia seguirá estando presente, especialmente en estos tiempos de barbarie ritornata.  

    

    

    

               



Ichtus, histórico cultural.

Ichtus



 La expresión que justifica el encabezado de las presentes líneas contó, durante mucho tiempo, con gran resonancia en la Venezuela que precedió al ricorso gansteril. Fue gracias a la riqueza material y espiritual, con la que entonces contaba, que su ciudadanía supo configurar un considerable background cultural, sustentado sobre la base de las ideas y valores propios de la formación histórico-social occidental, de la cual, en un determinado momento, se supo con plena consciencia legítima heredera. Y de hecho lo fue, hasta hace, apenas, un cuarto de siglo. Por fortuna, los tiempos cronológicos no coinciden necesariamente con los tiempos históricos. Y cabe advertir que lo que desde las esferas del poder se pretende decretar no por ello termina por cumplirse: “se acata, pero no se cumple”, como reza el adagio colonial. La astucia del venezolano sigue siendo una de sus mayores virtudes. Las grandes rebeliones contra los déspotas comienzan con un parpadeo, un guiño, sotto voce y debajo de la tierra, muy adentro, muy profundo, allá, en las catacumbas desde donde el in crescente movimiento de los cada vez más numerosos latidos de los corazones termina haciendo estremecer la tierra, tal como si se levantaran los muertos. Por cierto, del mismo modo como suele hacerlo el viejo topo de la historia, que va labrando el presente mientras construye el porvenir. Dice Vico que Patria quiere decir “la tierra donde reposan los sagrados restos, las cenizas de nuestros padres”. Y así como “la sangre llama” conviene saber que la tierra no es, por cierto, una excepción, sino su necesario complemento.


En todo caso, y a los efectos del recuerdo de lo que va quedando del esplendor material y espiritual del país, la palabra Ichtus –o pez en griego- es, además, la abreviatura de una antigua expresión: Iesous Khristos Theou Yios Soter -Jesús Cristo, hijo de Dios Salvador. Una expresión que albergaba la fe en el triunfo de la verdad y de lo que Hegel ha llamado “la religión de la libertad”. Y, en este sentido, comporta el símbolo de la rebelión contra la mentira y la opresión. Ichtus nació, pues, como un anhelo, y más concretamente, como el deseo de un puñado de los aborrecidos seguidores del hijo de un carpintero crucificado que, para poder triunfar sobre el despotismo imperial, necesitaban crecer, multiplicarse y expandirse. Solo así, creando una inmensa red de convencidos seguidores -justamente, de pescadores de almas-, podrían enfrentarse contra aquel poderoso imperio, una auténtica máquina de represión y violencia que, por aquellos tiempos, gobernaba por completo al mundo. Por esa misma razón, Ichtus -el pez- fue utilizado por aquellos primeros cristianos, clandestinos y perseguidos por el Imperio romano, para identificarse entre sí. Era la forma de reconocerse e identificarse en una cultura que les resultaba hostil y amenazante. Y sin embargo, con el tiempo, aquella figura del pez se transformaría en el poderoso símbolo del poder cristiano sobre la tierra entera.


Al principio, el poder imperial consideró a los cristianos como una secta minoritaria de fanáticos sin la menor importancia. Pero poco después, cuando los cristianos se rebelaron y tomaron las calles de Roma, el emperador Claudio los obligó a migrar en masa y sus dirigentes quedaron inhabilitados por el Imperio. No fueron pocos los mártires en aquella difícil lucha desigual y cruel por parte del poderoso régimen de aquellos despiadados césares. Pedro y Pablo, discípulos directos de Jesús de Nazareth, se encuentran entre las primeras víctimas de quienes, en nombre del pueblo romano, cometieron los peores crímenes, transformando las glorias de Occidente en un infierno de felonías.  Más tarde, Nerón hizo que Roma ardiera durante nueve días consecutivos para inculpar a los cristianos del incendio. De inmediato desató la furia contra ellos, mandando quemarlos vivos con brea derretida o arrojarlos a las fieras. Muerto el cruel Nerón, Domiciano decretó la expropiación de los bienes de los cristianos y los condenó al exilio. Fueron acusados de todas las calamidades públicas. Tertuliano resume magistralmente el caso: “Si el Tíber se sale del cauce, si el Nilo no riega los campos, si las nubes dejan de llover, si hay temblores, si hay hambre o tempestades, el Imperio grita siempre: Echad los cristianos a los leones”. Y con todo, el movimiento cristiano crecía cada vez con mayor fuerza y su red se iba haciendo más extensa, al punto de que el imperio comenzó a sentirse asediado por todas partes. Las complicaciones políticas aumentaban en el propio seno del régimen y comenzaron a hacerse frecuentes las sucesiones imperiales, tratando de encontrar salidas viables a la crisis, hasta que, finalmente, el emperador Constantino hizo publicar un edicto de tolerancia a favor de una fe que había devenido en la fe. El movimiento cristiano había vencido al poderoso imperio romano, y no solo en el  ámbito religioso propiamente dicho, sino, además, en el núcleo mismo de la vida política.


Valga la lectio brevis de factura histórico-crítica como ejemplo del significado de la infinita potencia de la voluntad humana, cuando las ideas son reconocidas en su realidad de verdad. Gramsci supo comprender, con admirable e inusual autoconsciencia crítica e histórica, que en Occidente, a diferencia de Oriente donde el despotismo es tan antiguo como su propia cultura -o, más bien, es el fulcro medular alrededor del cual tuvo que desarrollar su cultura-, la construcción de una nueva sociedad, de un nuevo bloque histórico hegemónico, solo puede producirse como el resultado de la paciente conformación de un gran consenso que es, además, la garantía del nacimiento de una  floreciente nueva cultura. Tal vez, una metáfora permita explicitar la diferencia: mientras que en Oriente los tiranos fabrican una red para atrapar a los peces, en Occidente -hasta nuevo aviso- son los peces los que, con serena calma, tejen la red para entrampar a los tiranos. El problema no es, en consecuencia, un ejercicio de las formas sino una cuestión de los contenidos. Y ciertamente, a través de la coerción política, es decir, del uso y abuso del corpus institucional, político, jurídico y militar, es posible -”por las buenas o por las malas”- imponer la voluntad del cartel, recurriendo al chantaje, a la sentencia tribunalicia o la fuerza bruta. Pero la verticalidad inherente a los deseos de los déspotas y de sus sátrapas, a objeto de preservar el poder a toda costa, termina por revertirse. Y mientras más insistan en hacerlo, regocijados en su poder de fuego sobre los oprimidos, más perderán de vista al paciente Ichtus que va tejiendo las redes dentro de las cuales, tarde o temprano, caerán. Las tiranías siempre terminan apresadas en las redes ciudadanas.

@jrherreraucv

El sentido del sujeto en un sonriente

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Se sabe muy poco de la vida de Demócrito, pero se puede llegar a ella por medio de quienes lo mencionaron; los que, en mayor parte, fueron fragmentos o menciones breves de obras más extensas, llegan a nuestros días  pocas evidencias de su pensamiento; dado que la mayoría de los escritos originales de Demócrito se perdieron, solamente se puede confiar en la fiabilidad de esas pocas fuentes, tales como: Diógenes Laercio, Plutarco, Aristóteles, Epicuro y Teofastro.

 

Se cree que nació en Abdera, una ciudad griega en Tracia alrededor del año 460 ac. Su familia era acomodada y tenía relaciones comerciales, lo que le permitió recibir una educación completa. Viajó mucho por el mundo antiguo, visitando Egipto, Persia, India y Babilonia. Se cuenta que aprendió de los sabios y filósofos de las diferentes culturas que visitó, también que tuvo una importante amistad con el matemático y filósofo Pitágoras, aunque existan historiadores que crean que nunca se hayan conocido directamente. 


Demócrito es conocido por desarrollar una teoría sobre los átomos, los cuales, afirmaba, componían absolutamente todo en el universo. Según esto, los átomos serían eternos e indestructibles, moviéndose constantemente por el espacio vacío. Éstos, serían los bloques fundamentales de la materia, los que, al chocar entre sí formaban los diferentes elementos y objetos. Pero, ¿hasta qué punto podían dos objetos interactuar y dejar de ser una relación netamente determinista? En otras palabras, ¿qué complejidad objetiva crea el azar y qué complejidad objetiva crea la determinación? Estas preguntas surgen de las creencias de Demócrito en ambas realidades; probabilidad y determinación, en una misma filosofía.


Demócrito creía que el azar es un factor importante para la fundación del mundo y los eventos que ocurren en él, pero igualmente, que los sujetos podían responder a este azar a través de su libertad y su autodeterminación, aunque sin ignorar que las acciones humanas son influenciadas por factores más allá de su control. En este sentido, el pensamiento de Aristóteles (disculpando la torpeza con la que entro en él), era un poco más primitivo, dado que él pensaba que la materia se componía primariamente por cuatro elementos (tierra, aire, agua, fuego), argumentando que la materia no podía ser dividida indefinidamente en partículas más pequeñas. Aristóteles también rechazó la teoría de Demócrito sobre el azar y el determinismo, alegando que el mundo no podía estar plenamente regido por la probabilidad y la causalidad, sino que seguía un orden y propósitos divinos. Con estas argumentaciones, Aristóteles tildó a Demócrito como un filósofo que se limitaba solamente a la observación empírica. Es digno de resaltar que Aristóteles se refería a la observación como un ejercicio especular, y no como se le puede ver hoy más generalmente, en cualquier debate rápido.  


Se decía que Demócrito veía la vida como una comedia, por ello en las obras de arte donde se le ha caracterizado se le suele representar sonriendo. Se dice que solía reírse al observar el comportamiento de las personas y del mundo en general. Por ello, en el arte se le muestra con una visión optimista y despreocupada del mundo. Comedia, tragedia, dependían de la perspectiva y de cómo ellas se inmiscuían en todo; como la propia filosofía democritoína, que se dedicaba a ejercer la filosofía desde su ambivalencia y de la hipotética “tercera apertura”, la que será quizás la única solución de este dualismo en este pensador griego.   


Supongo que muchos se preguntarán cómo se fusiona el azar con el determinismo, ya que a simple vista son ideas que pueden presentarse como contradictorias, pero algunos filósofos sostienen que ambos conceptos pueden coexistir en la misma realidad. Por ejemplo, hay muchos eventos que son imprevisibles, pero hay otros que se rigen por leyes y patrones deterministas, esto es, y llevado a nuestros tiempos, las mismas leyes económicas, y el eterno debate de si son una disciplina científica o más bien filosófica; lo que depende, en tanto y en cuando lo azaroso no sea dominado por el determinismo de los estados, de las empresas, de los conflictos y/o de las fechas, las que intervienen muy convenientemente sobre el disminuido azar de estos parámetros. Con este pequeño ejemplo se puede argumentar que la vida es una combinación de sucesos aleatorios y determinados por elementos en cualquiera de las dos partes, cuyos poderes escapan de nuestro control. Pero si esto es así: El dios azar y El dios determinista, ¿Qué le daría verdadero significado a la palabra libertad en nuestras vidas? Si somos gobernados por estos dos casos de "caos” que interactúan y se fusionan, ¿cuál es el espacio que nos queda? ¿Dónde se desarrolla la libertad? Quizás la respuesta a estas preguntas sea la justificación de su misma existencia. 

 

El nacimiento del sujeto sería aquel suceso que vendría a quebrar esta imposibilidad, es decir, el sujeto vendría a ser la prueba empírica de que coexisten estos dos paradigmas: el azar y el determinismo, pero también la tragedia y la comedia, y, dentro de todo, lo contrastable; ya que el ser humano, como fin último, sería indivisible para poder atrapar y reflectar estos dos sentidos. Así como el átomo, sería el sujeto en el mundo de las ideas indivisible y, como el átomo, una misma idea a ojos de Demócrito. Esto resuena mucho con la propuesta estoica de que no podemos elegir nuestras circunstancias, pero sí la manera y la actitud con la que las enfrentamos. El objeto puede ser entonces lo divisible hasta el átomo, mas el sujeto es lo indivisible por antonomasia; es más, aquello que une lo divisible hasta la más ínfima medula de la realidad.


 Conocer, sería aceptar esta capacidad tan humana como divina y entender esta contradicción; mientras la libertad sería ese hilo conductor que es capaz de cambiar de una pasada y por completo nuestra historia.

Como dijo Nietzsche: "En esta noche de excesos, esta noche dionisiaca, sé tú, sé una fuerza mágica en la encrucijada de los sentidos, y sé el sentido mismo de este encuentro extraño".




Odiando nuestra historia.

 

“Sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza”, dijo Herbert Marcuse en su libro "Eros y civilización" de 1955. Filósofo y sociólogo alemán conocido por su trabajo en la teoría critica y por su critica al capitalismo. Nació el 19 de julio de 1898 en Berlín y murió el 29 de julio de 1979 en Starnberg.

Marcuse



Comenzó a estudiar filosofía en la universidad de Friburgo con importantes intelectuales como Martin Heidegger y Edmund Husserl. En 1922 obtuvo su doctorado en la universidad de Berlín, hogar de numerosos académicos y científicos destacados a lo largo de los años. En la década de los treinta se incorporó al instituto de investigación social en Frankfurt, conocido como la escuela de Frankfurt, donde conoció a Max Horkheimer y a Theodor Adorno, destacados filósofos y sociólogos alemanes autores de la obra conjunta "Dialéctica del Iluminismo".

En 1933 Marcuse que era de ascendencia judía debió huir de Alemania hacia Estados Unidos, en donde enseñó en diversas universidades como Columbia, Harvard y la Universidad de California. Lugares donde se convirtió en una figura influyente del movimiento estudiantil de la década del 60, especialmente con su libro “El hombre unidimensional”, donde critica la sociedad industrial avanzada y propone una liberación radical de su sistema.

La explotación en la sociedad industrial avanzada es una máxima tan apabullante que 50 años después un filosofo surcoreano iba a apuntar "la necesidad" de ser feliz y su explotación en la era del ciberespacio. Explotación, alienación y opresión son las características de la sociedad industrial avanzada, explotación de la pereza, de la alegría, del tiempo y del espacio; alienación de las personas en la fabrica, en las oficinas, en sus hogares, pero también en los “no lugares”, esos espacios urbanos que son parte intermedia de la obligación del trabajador y su verdadera vida, sus medios de transporte y aquellos espacios que forman parte de su rutina, donde también son analizados, explotados y exigidos; opresión porque se les prohíbe llevar una vida verdaderamente intelectual, en donde sean portavoces de los acontecimientos de sus época y las criticas propuestas a esta. Esto es, la era industrial crea una sociedad unidimensional para que la vida, en cualquiera de sus aspectos empíricos y metafísicos, sea asediada por el consumismo y la conformidad. Seguridad, razón de estado, aspectos legales, educación, calidad de vida.

El consumo es entonces un medio por el cual no solamente se busca el lucro, el libre mercado y el flujo libre de materias e información, por parte de los pequeños pero por sobre todo de los mas poderosos, sino que también es una forma de manipulación social e ideológica, liderados por las leyes del deseo y las pulsiones que llevan al hombre-masa por caminos que no puedan ser gravemente afectados ni influenciados. Verdaderos adictos a imágenes e información que pronto se olvidarán, maquinas intelectualoides que necesitan constantemente un estímulo que les recuerde que siguen en carrera económica, de felicidad y de éxito.

“El principio de realidad” es un concepto que indica qué tan alejado está el ciudadano del orden establecido y que reprime sus verdaderos deseos, los deseos naturales que buscan orientarle sobre su verdadera sabiduría. Las personas entonces deben adaptarse y someterse al orden existente, orden que también varía, pero que sigue un mandato ya establecido por el poder, debiendo el individuo acomodarse a las normas culturales y sociales de felicidad y contentamiento; este orden se mimetiza con el verdadero deseo y se "parcha" encima por sí mismo, para que se restrinjan y se desorienten los ideales naturales de las mentes de los gobernados, provocándoles el efecto de que sirven para algo, que pertenecen a algo.

Lo relevantemente grave en este estado es la perdida de autenticidad por parte de las personas, la alienación por tanto ya no es solamente en la fabrica en donde se transforma el individuo en un engranaje del proceso, sino que también subsiste en la manera en cómo las cosas, adquiridas como bienes de consumo, terminan poseyendo al individuo. Esto implica en primera parte que las empresas que construyen "estas cosas" no solo poseen las horas laborales del trabajador, sino también sus expectativas, visiones, revelaciones e incluso esperanzas. Las potencialidades de la persona y de las personas se verían mermadas por un bien que escapa de las necesidades de los individuos; se limita el arte, y con esto la completa plenitud. La fama vendría a ser por ejemplo, y lo ha sido, una piedra de tope para la verdadera creatividad de las personas, que deben seguir a “riendas sueltas” sólo la limitada estructura para la que fueron famosos, artísticos y creativos. Este camuflaje puede ser notoriamente eficaz, desalentando y alentando fuerzas mecánicas que buscan la perpetuidad a anclajes híbridos, irregulares y mitológicos.

Es pues, la creación de la palabra lo que verdaderamente hace los milagros, y no la sociedad instrumental en donde constantemente se nos intenta hacer ver lo correcto, a través de medios manipulatorios tanto internos como externos. Cada coma, cada punto, cada interpretación de el conocimiento instrumental sirve a este poder. En esta esclavitud realmente hay mucho que hacer, pero los esfuerzos son infructuosos si no se tiene en cuenta el verdadero deseo, "el deseo positivo" que desvela el arte y la única esperanza.

“El principio de placer” es el concepto que busca identificar los verdaderos deseos humanos y de la sociedad, poniendo a la vista los correctos miramientos para ejercer una vida sana y plena. Esto, sin ningún animo hegemónico, y he aquí lo difícil de estos conceptos, los que vienen a instalarse como verdaderas soluciones a los males del mundo, sin tomar en cuenta que es un ejercicio y una actividad que debe vivirse constantemente, con ciertos toques de estoicismo, con colores de epicureísmo. Como todo derecho, o se toma o se arranca, aunque esto deba significar una verdadera confrontación con las fieras del sistema, incluso con sus más sutiles y bellos engaños.  

No se entiende con esto una sociedad del caos en donde reine el desorden y la inseguridad, se entiende con esto una sociedad que colabore entre sí y que sea capaz de asestar golpes solidos contra sus propios demonios, recordando que estos son los causantes de los verdaderos dramas y acontecimientos más tenebrosos de nuestra historia. El hilo es corto, pero es digno recordar que será más corto entre más poder le demos a lo que nos domina. Puede que el estructuralismo y el post estructuralismo no hayan sido más que profecías de las fuerzas en nuestra contra.

La realidad se forja a través de las palabras

 

Realidad y palabras

 

 A veces, en nuestra sociedad actual, tendemos a ignorar una experiencia o concepto cuando no tenemos las palabras adecuadas para describirlo, o cuando no estamos de acuerdo sobre el significado de ciertos términos. Cuando las palabras no son suficientes, el arte tiene la capacidad de capturar y transmitir emociones y experiencias humanas complejas. No obstante, la comprensión de ese arte por parte de otras personas también se ve influenciada por su conocimiento previo, el contexto en el que se expone y un lenguaje visual común. La comprensión del arte está estrechamente relacionada con la posibilidad de acceder a un entorno de arte y educación. Y es en las imágenes donde se puede ver fácilmente cuántos significados dependen completamente de cómo las interpretemos. La música tiene el poder de despertar emociones, sin embargo, esto depende de la perspectiva y del gusto individual. Lo que puede ser una expresión emocional profundamente personal para una persona, puede ser percibido simplemente como ruido por otra.

El lenguaje se presenta como una de las pocas herramientas que tenemos para transmitir nuestros pensamientos de manera precisa a los demás. Cuando nos encontramos sin palabras para describir algo, tendemos a negar su existencia. Si no hay una palabra que lo describa, significa que me falta habilidad para hablar al respecto, carezco de la capacidad para escribir sobre ello y no puedo compartirlo. Si no hay una palabra que lo describa, seguiremos experimentando la sensación de estar solos y estaremos destinados a vivir separados de los demás. Si no hay un idioma para expresar la experiencia, solo nos queda la abstracción sin una explicación adecuada o lo que no se dice. Cuando no hay palabras, prevalece el silencio.


Personas que se encuentran temporalmente en un lugar


Asignamos nombres a las cosas para poder comunicarnos acerca de ellas. En ocasiones me descubro aprendiendo una palabra nueva que no puede ser traducida de manera precisa, una palabra que no tiene equivalente en holandés o inglés, pero que describe una experiencia o percepción que reconozco instantáneamente. Estoy muy contento de saber que existe una palabra precisa para describir y poder compartir esa experiencia en particular. Ya que muchas personas más también han pasado por esa misma experiencia y han creado un término específico para describirla.

Todas las personas, incluso aquel desconocido que ahora transita por la calle, tienen una vida que se desarrolla por completo sin que nosotros podamos percibirlo. La complejidad de tu vida tiene un impacto en numerosas personas, incluso aquellas que no conoces. 

Cuando se logra comprender una experiencia, esta se vuelve más entendible. Cuando se introduce un término nuevo, es imprescindible proporcionar una definición que permita establecer sus características distintivas respecto a otras experiencias afines. Al dar un nombre a algo, implica que estamos acompañados. El objetivo es proporcionar apoyo para compartir el significado o la experiencia. Y cuando más personas además de nosotros utilizan, dividen y comprenden ese nombre, confirmamos la vivencia. Es gratificante saber que lo que quieres describir también existe más allá de ti. No estás solo, hay una palabra que lo describe. Estamos buscando palabras clave que puedan hacer que los conceptos se conviertan en parte de nuestra realidad compartida.

Por lo tanto, no es sorprendente que exista una falta de palabras para expresar ideas o temas que preferimos evitar o que solo hacemos referencia a ellos dentro de ciertos límites establecidos. El componente político está presente en el lenguaje. El lugar donde acordamos lo que es cierto, lo que se ha verificado y donde definimos nuestras emociones hacia las cosas a través del sentido y las consecuencias de nuestras palabras. Es imperativo invertir esfuerzo en reflexionar más allá de los significados ya establecidos y ponerlos en tela de juicio. Es posible que no te des cuenta de que son inadecuados, incluso hasta que los experimentes personalmente o alguien más te los mencione. Solo te percatas cuando lo visualizas.


Palabras ansiosas

Las conversaciones relacionadas con el uso del lenguaje y el género resultan muy fascinantes en este entorno. Resulta sorprendente cómo existe una resistencia al empleo del término "no binario", incluso entre individuos progresistas, especialmente aquellos que luego se lamentan de que su libertad de expresión se ve limitada. Frecuentemente se argumenta en contra del respeto hacia una identidad no binaria que en el idioma holandés se considera antinatural el uso de pronombres que no sean masculinos o femeninos. Si algo parece poco natural desde el punto de vista lingüístico, es probable que sea un fenómeno antinatural. Si el lenguaje es demasiado complejo para cumplir con las reglas existentes, entonces no se puede esperar que las personas lo adapten. Como si el idioma holandés estuviera arraigado en la propia naturaleza y reflejara perfectamente la realidad.

A pesar de que el concepto de identidad de género no binaria no es algo nuevo. Hay una amplia diversidad de culturas no occidentales en diferentes partes del mundo, las cuales tienen su propio vocabulario para hablar de identidades de género fluidas. Fue Occidente quien quería dividir el mundo en una estructura de género rígida. Mediante el uso de la fuerza, Occidente impuso su cultura, lengua y forma de ver el mundo sobre los demás.

A lo largo de miles de años, se han perdido innumerables lenguas y culturas. ¿Cuántos significados hemos dejado olvidados? ¿Conceptos que alguna vez estaban definidos y ahora son ignorados o pasados por alto. Imagino que están ahí a nuestro lado, siempre invisibles o inalcanzables, anhelando que alguien los recuerde y los vuelva a poner en palabras.


El idioma que nos brinda consuelo

Los filósofos se han esforzado mucho en estudiar el lenguaje. En relación a si el significado existe más allá del lenguaje, hay diferentes opiniones. Nuestra forma de hablar y comunicarnos influye en cómo pensamos y en cómo percibimos el mundo. La forma en que nos describimos a nosotros mismos influye en cómo percibimos el tiempo, la distancia y el color. La idea de que el lenguaje tiene influencia en nuestra manera de pensar y cómo percibimos el mundo, como por ejemplo, al considerar que el rojo y el rosa son diferentes debido a sus nombres, mientras que solo llamamos azul claro a la mezcla de azul con blanco, se denomina determinismo lingüístico. Según una visión más detallada del relativismo lingüístico, se sostiene que el lenguaje, la gramática y su uso influencian nuestras ideas, elecciones y forma de ver el mundo. Los factores no juegan un papel determinante, pero sí ejercen influencia.

Es muy gratificante poder establecer un nivel de comprensión mutua que nos permita compartir nuestras experiencias. Cuando el lenguaje falla, es notable la sensación de soledad y aislamiento que se experimenta. No obstante, el lenguaje también tiene un impacto educativo. No podemos comunicar nuestras vivencias a aquellos que no las han experimentado, ya que las palabras se quedan cortas para expresarlas plenamente. Si nunca llegamos a descubrir o crear la palabra "y" y, por lo tanto, el concepto nunca forma parte de nuestra cultura compartida, habrá multitudes de personas que permanecerán ignorantes de lo que ocurre a su alrededor. Cuando las palabras inadecuadas están presentes, ejercen presión sobre experiencias que no se expresan, llegando incluso a distorsionar cómo percibimos el mundo como sociedad. Cuando no hay lenguaje, el ruido sofoca el silencio.


La búsqueda de una vida feliz.

Buscando la felicidad


Durante mucho tiempo, se creía que la felicidad estaba ligada a la riqueza y al éxito material. Las personas pensaban que acumulando posesiones y logros, podrían encontrar la felicidad que anhelaban. Sin embargo, con el tiempo, se ha demostrado que esto no es necesariamente cierto. Muchas personas que tienen todo lo material que pueden desear siguen sintiéndose vacías y descontentas. En la antigua Grecia, filósofos como Sócrates y Aristóteles comenzaron a cuestionarse qué es realmente la felicidad y cómo se puede obtener. Sócrates creía que la felicidad radicaba en el conocimiento y en vivir de acuerdo con la virtud. Aristóteles, por su parte, argumentaba que la felicidad consistía en vivir una vida equilibrada y en la búsqueda de la excelencia. Con el tiempo, se desarrollaron diferentes enfoques sobre la felicidad. Algunas teorías se basaban en el hedonismo, que defendía que la felicidad se encuentra en buscar el placer y evitar el dolor. Otros pensadores, como el filósofo epicúreo Epicuro, también abogaban por la búsqueda del placer como camino hacia la felicidad. En tiempos más recientes, la psicología también ha investigado sobre la felicidad y cómo se puede fomentar, así como de forma práctica muchas personas acuden a terapia de acompañamiento con un psicólogo para "trabajar su felicidad". Se ha descubierto que factores como la gratitud, la conexión social, el cultivo de fortalezas personales y la práctica de la atención plena pueden contribuir a aumentar los niveles de felicidad. En definitiva, a lo largo de la historia, la humanidad ha buscado activamente la felicidad y ha desarrollado diferentes conceptos y teorías sobre cómo alcanzarla. Aunque no existe una única respuesta, la sabiduría antigua y los hallazgos científicos sugieren que la felicidad puede encontrarse en vivir de acuerdo con los valores personales, cultivar relaciones significativas y encontrar un propósito en la vida.

Desde el concepto de eudaimonia hasta el índice de felicidad nacional bruta.

La búsqueda de la felicidad ha sido siempre una de las principales motivaciones en la vida humana. En este artículo se narra la increíble historia del concepto de felicidad a lo largo de la historia, abarcando desde la filosofía de Aristóteles y su Eudaimonia hasta la medición de la Felicidad Nacional Bruta en Bután.

¿Acaso no es la felicidad el deseo común de todos los seres humanos que habitan la Tierra? Desde tiempos remotos, los seres humanos han luchado incansablemente por alcanzar la felicidad. No obstante, la 'felicidad' es una de las emociones más cambiantes que la humanidad conoce, dado que su significado y la manera de lograrla difieren de una persona a otra. Sin embargo, a lo largo de todas las épocas, los filósofos han tratado de definir qué es la felicidad y cómo se puede alcanzar. A lo largo del tiempo, la concepción filosófica de la "felicidad" ha experimentado cambios. En la antigüedad, Aristóteles sostenía que las virtudes eran el medio para lograr la felicidad. Durante el inicio de la Edad Media, pensadores como Al Ghazali y Tomás de Aquino reconocieron que el único camino hacia la felicidad era a través del amor a Dios. A finales del siglo XVIII, Jeremy Bentham presentó la perspectiva hedonista de la felicidad. En el mundo actual, la promoción de la felicidad como objetivo político ha dado lugar a una nueva perspectiva de este concepto.

La felicidad se alcanza a través de la práctica de las virtudes.

En su obra "Ética a Nicómaco", Aristóteles definió la felicidad como el bien humano supremo durante la antigüedad. La forma en que usted entiende la felicidad difiere del significado comúnmente asociado a esta palabra. Fue él quien introdujo la noción de felicidad, que se conoce como 'Eudaimonia'. Eudaimonia no se preocupa por el placer momentáneo causado por un evento en particular. En realidad, implica que la persona es digna de admiración y aprovecha al máximo su vida. Aristóteles defendía la idea de que virtudes como el coraje, la templanza, la justicia, entre otras, eran fundamentales. Las guías fueron fundamentales para lograr una vida bien vivida. El autor afirmó que un hombre feliz es aquel que utiliza plenamente sus habilidades, teniendo además todas sus necesidades materiales cubiertas, no solo durante un corto período de tiempo, sino a lo largo de su vida. Y que seguirá viviendo de esa manera y morirá de la misma forma. 

Eudaimonia no se centra en la felicidad efímera provocada por un evento específico. Significa que la persona es admirada y aprovecha al máximo su vida. ¡Ay, Dios mío!

Adicionalmente, Aristóteles expuso la idea de que todas las virtudes éticas se encuentran en un estado intermedio entre los dos extremos de esa virtud. Ambos extremos se caracterizan por un exceso o una falta de una virtud específica. Un ejemplo de virtud es el "coraje", el cual se encuentra equilibrado entre dos extremos: la "cobardía" y la "temeridad".


¿Cuál es la clave para vivir una vida al estilo de Aristóteles?


Al igual que Aristóteles, Platón también defendió una perspectiva eudemonista de la felicidad que se fundamentaba en la virtud. En su obra La República, Platón aborda dos interrogantes fundamentales: "¿qué es la esencia de la justicia?" y "¿qué vínculo existe entre la justicia y la felicidad?". En este diálogo, Sócrates establece la justicia como una de las cuatro virtudes principales. Platón también sostuvo que la justicia es una virtud y una forma de sabiduría, mientras que la injusticia es un vicio y una forma de ignorancia. En respuesta a la segunda pregunta, Sócrates defendió la idea de que aquellos que son justos están en una posición más favorable que aquellos que son injustos. De acuerdo con la República, existe una relación entre justicia y felicidad que se explica de la siguiente manera:

¡Claro que sí! Así, quien actúe con justicia encontrará la felicidad mientras que aquel que sea injusto llevará una vida miserable. 

En su obra "La República", Platón sostiene que es probable que una persona justa sea más feliz que una persona injusta.

De la religión a las virtudes En lugar de hablar sobre las virtudes que cada religión promueve, este enfoque se centra en cómo la religión puede influir en el desarrollo de las virtudes en las personas. La religión ha sido históricamente una fuente de valores morales y éticos, y ha jugado un papel importante en la promoción de las virtudes en las comunidades y sociedades. La religión proporciona un marco de creencias y prácticas que buscan guiar a las personas hacia el bien y fomentar el comportamiento virtuoso. En muchas religiones, se enfatiza la importancia de virtudes como la compasión, la honestidad, la generosidad y la humildad. El cultivo de las virtudes a través de prácticas religiosas puede ayudar a las personas a desarrollar un sentido de propósito y significado en la vida. La religión ofrece una orientación moral clara y establece normas y principios que ayudan a las personas a tomar decisiones éticas. Sin embargo, también es importante reconocer que la relación entre la religión y las virtudes no es absoluta. No todas las personas religiosas son necesariamente virtuosas, y muchas personas no religiosas pueden cultivar y vivir virtuosamente. Las virtudes no son exclusivas de la religión, pero la religión puede ser un vehículo poderoso para promover su desarrollo. En última instancia, la religión puede ofrecer un camino para la transformación personal y la adopción de virtudes. Al seguir los principios y enseñanzas religiosas, las personas pueden cultivar una mejor relación con ellas mismas y con los demás, y buscar una vida de virtud y bienestar. Es importante etiquetar que cada individuo es libre de adoptar sus propias creencias y valores y que la religión no es la única fuente de virtud.

Desde la época antigua hasta la Edad Media, se produjo un importante cambio en la comprensión filosófica de la felicidad. Durante la época medieval, el amor hacia Dios se convirtió en el concepto fundamental de la plenitud y satisfacción. Se pueden observar aspectos comunes en las descripciones de la felicidad, como la purificación del alma y el conocimiento de uno mismo y de Dios.

El monoteísmo del cristianismo era visto como una ofensa hacia el politeísmo del Imperio Romano. Durante el Imperio Romano, los cristianos fueron objeto de persecuciones recurrentes. A pesar de ello, la mayoría de los seguidores del cristianismo lograron eludir el castigo y el imperio no pudo detener el crecimiento de esta religión. En el año 324, el emperador Constantino, quien se había convertido al cristianismo, asumió el poder y el cristianismo se estableció como la religión oficial del estado. El Emperador romano era considerado como un Dios por el pueblo. El cristianismo, en cambio, creía en un Dios distinto al emperador. Como consecuencia, se produjo una disminución en el poder y la confianza depositada en el emperador. Cuando el Imperio Bizantino se levantó a partir de los restos del Imperio Romano, el cristianismo ortodoxo se convirtió en la religión principal a medida que pasaba el tiempo. El cambio religioso en la percepción de la felicidad en ese momento podría haber sido influenciado por la creciente popularidad del cristianismo. Adicionalmente, el cristianismo tiene como principal fundamento las Escrituras. Vale la pena mencionar que se pueden establecer comparaciones entre los conceptos de felicidad de San Agustín y Tomás de Aquino y los versículos de la Biblia de manera sencilla.

A pesar de haber nacido en el año 354 d.C., la obra de San Agustín mantuvo su importancia durante la Edad Media. Expresó su creencia de que la felicidad es el propósito supremo de la existencia humana y afirmó que Dios es la única fuente verdadera de dicha felicidad, en contraste con otras fuentes menos significativas. Sostuvo que si apartamos nuestra atención del amor de Dios y la enfocamos en el amor de los cuerpos, estamos destinados a ser desdichados y malvados. Pensaba que la felicidad ya reside en nuestro interior, y la fe en Dios nos ayuda a descubrirla. Agustín afirmó en su obra De beata vita que aquel que tiene a Dios es feliz. Se puede encontrar una idea similar en la Biblia, específicamente en Juan 14:20, donde se menciona: "En ese día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes". El versículo sugiere que en algún momento los creyentes se percatarán de la presencia constante del Hijo en el Padre, lo que les llevará a valorar aún más su conexión con Dios.

Había una vez una historia de amor tan breve como intensa. Dos almas se encontraron en el momento y lugar menos esperados. Fue un encuentro fugaz, pero lleno de emociones y sentimientos profundos. Era un día soleado de primavera cuando sus miradas se cruzaron por primera vez. En el instante en que se vieron, el tiempo pareció detenerse y el mundo se redujo a solo dos personas. Un inexplicable magnetismo los unió en un lazo invisible, atrayéndolos el uno al otro. Pasaron las horas conversando, riendo y compartiendo anhelos y sueños. Se reconocieron en cada palabra y gesto, como si hubieran estado destinados a encontrarse. El amor floreció rápidamente, abrasando sus corazones con una pasión ardiente. Pero el destino tenía otros planes para ellos. A pesar de su conexión profunda, las circunstancias les obligaron a separarse. La vida los llevó por caminos divergentes, alejándolos cada vez más el uno del otro. A pesar del dolor y la tristeza que la distancia les causaba, nunca dejaron de llevar en sus corazones aquel amor fugaz. Añoraban los encuentros y momentos compartidos, pero también aceptaban que su historia tenía un final diferente al que esperaban. El tiempo pasó y la vida siguió su curso. Ambos encontraron el amor en otros brazos y construyeron nuevas historias. Aunque sus vidas tomaron diferentes direcciones, siempre guardaron un lugar especial en su corazón para aquel amor que solo fue un suspiro en el tiempo. Y así, una breve historia de amor quedó grabada en sus memorias como un tesoro que nunca perderían. Aunque no estaban destinados a estar juntos, llevaron consigo la lección de que el amor no siempre es eterno, pero puede ser igual de significativo en su efímera existencia.


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La historia del amor es tan antigua como la humanidad misma. Desde el principio de los tiempos, el amor ha sido un sentimiento universalmente buscado y valorado. A través de los siglos, ha sido tema de innumerables obras de arte, literatura y música. El amor ha inspirado a personas de todas las culturas y ha trascendido barreras lingüísticas y geográficas. A lo largo de la historia, ha habido numerosas historias de amor épicas y trágicas, que han dejado una huella perdurable en la memoria colectiva. Desde Romeo y Julieta hasta Cleopatra y Marco Antonio, estas historias han capturado la imaginación de generaciones enteras. El amor es una fuerza poderosa que puede mover montañas y superar obstáculos insuperables. A veces, el amor puede llevar a la felicidad suprema, mientras que otras veces puede causar el más profundo sufrimiento. El amor es un viaje emocional que puede traer alegría y tristeza, éxtasis y desesperación. Sin embargo, a pesar de los altibajos, el amor sigue siendo uno de los aspectos más significativos y gratificantes de la experiencia humana. A medida que evoluciona la sociedad, también lo hace nuestra comprensión y apreciación del amor. En la actualidad, el amor puede expresarse y experimentarse de diferentes formas, y el concepto de amor romántico ha evolucionado para incluir una diversidad de relaciones y orientaciones. El amor sigue siendo un misterio que despierta pasiones en el corazón humano y que une a las personas en un nivel profundo. Independientemente de los cambios en la sociedad y la cultura, el amor perdurará como una fuerza eterna e inquebrantable.

En esta serie de publicaciones, exploramos la evolución del concepto de amor desde los filósofos Platón y Aristóteles hasta los Padres del Desierto en el mundo cristiano.

En la Edad Media, Tomás de Aquino, otro filósofo, rechazó la idea de que sea posible alcanzar una felicidad perfecta en este mundo. Aunque, afirmó que la felicidad imperfecta es posible, a la cual denominó Felicitas. De acuerdo con su percepción, cuando un espíritu purificado logra comprender verdaderamente a Dios, ese espíritu experimentará una felicidad absoluta y eterna que satisfará todos los anhelos humanos y eliminará cualquier tristeza o preocupación. En su obra Summa Theologiae, él afirmó que la verdadera felicidad radica en la visión mística y beatífica de Dios, la cual solo puede ser alcanzada en el más allá. Un posible paralelo a este concepto se encuentra en la Biblia, específicamente en el "Sermón del Monte".


Dichosos aquellos que son humildes en espíritu, ya que el reino de los cielos les pertenece.

Serán consolados aquellos que lloran, ellos son bendecidos.

Felices son los humildes, ya que ellos recibirán en herencia la tierra.

Dichosos son aquellos que anhelan justicia y buscan saciar su hambre y sed, ya que serán recompensados.

Felices son aquellos que son compasivos, ya que ellos recibirán compasión.

Felices aquellos que tienen un corazón puro, ya que podrán ver a Dios.

Felices son aquellos que promueven la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios.

Dichosos aquellos que son perseguidos por hacer lo justo, ya que el reino de los cielos les pertenece.


A las oraciones previas se les denomina 'bienaventuranzas', término que deriva de la palabra latina beatus, la cual representa ser bienaventurado o feliz. Están en búsqueda de garantizar que los que son mansos, misericordiosos, puros de corazón y pacificadores serán recompensados con misericordia y la oportunidad de ver a Dios en el reino celestial. Adicionalmente, en el reino celestial, aquellos que sufren serán consolados, los que tienen hambre recibirán alimento y serán reconocidos como hijos de Dios.

Al Ghazali sostenía en su obra "La Alquimia de la Felicidad" que el reconocimiento personal es esencial para comprender a Dios, y que a su vez, el entendimiento de Dios es fundamental para encontrar la felicidad. ¡Pío!

El ascenso del cristianismo no fue la única característica destacada de la Edad Media. Durante este periodo, también se dio lugar al florecimiento del misticismo islámico, ampliamente conocido como sufismo. Al Ghazali, un destacado filósofo islámico de la Edad Media, se identificó como seguidor y colaborador de la tradición sufí. Dedicó muchas palabras a abordar el tema de la felicidad. Según los místicos sufíes, el proceso hacia la iluminación se completa con el maʿrifah (conocimiento interior) y la maḥabbah (amor). Significaba la unión entre amante y amada. Los temas centrales de la filosofía de Al Ghazali son el conocimiento de uno mismo o interior y el amor.

En su libro "La Alquimia de la Felicidad", Al Ghazali afirmaba que conocerse a uno mismo era fundamental para poder conocer a Dios, y que el conocimiento de Dios era esencial para alcanzar la felicidad. De acuerdo con Al Ghazali, el conocimiento de uno mismo implica responder a las siguientes interrogantes: "¿Cuál es tu naturaleza propia y de dónde provienes? ¿Hacia dónde te diriges y con qué finalidad has venido a este mundo por un tiempo? ¿En qué consiste tu verdadera felicidad y miseria?" Al Ghazali consideraba que el amor era la semilla de la felicidad y, por lo tanto, creía que era necesario tener "amor a Dios" para alcanzar la felicidad. Defendió la idea de que el amor a Dios se promueve a través de la adoración y la constante remembranza de Dios.


Del paso de la religión al hedonismo


En la Edad Media, la noción de felicidad estaba arraigada en una orientación religiosa, sin embargo, en el siglo XVIII se produjo un cambio hacia el hedonismo. El origen del término hedonismo se deriva de la palabra griega hēdonē, que se traduce como placer. El hedonismo sostiene que el placer y el dolor son los aspectos fundamentales de la existencia humana y que la conducta humana debería orientarse de manera que se aumente el placer y se reduzca el dolor.

Durante el siglo XVIII, Europa experimentó la revolución industrial, la cual estuvo caracterizada por el surgimiento del materialismo. Este cambio de mentalidad se refleja en el concepto de hedonismo, el cual se puede observar en ese periodo histórico. Jeremy Bentham fue el precursor del hedonismo, una corriente filosófica que considera la búsqueda del placer como principal objetivo humano. En su enfoque, la riqueza se convierte en uno de los elementos utilizados para medir la felicidad. Según Bentham, la persona que posee más riqueza es la que experimenta una mayor felicidad en comparación con alguien que tiene una fortuna menor. 4 No obstante, tenía conocimiento de las restricciones de este método. La persona creyó que cada vez que se sumaran más riquezas a una persona rica, los placeres resultantes no serían añadidos en la misma cantidad. A medida que se añade más placer o felicidad, cada adición adicional disminuirá, lo que significa que una persona pobre se beneficiará más que una persona rica al recibir una cierta cantidad de dinero.

Bentham propuso el concepto del "cálculo hedónico" con el objetivo de evaluar la cantidad de placer que una acción particular podría generar. La determinación se fundamentaba en la intensidad, duración, certidumbre o incertidumbre, proximidad o lejanía, fecundidad, pureza y alcance de una acción.

Además de ser un reformador político, Bentham también destacó en esta área. Entonces, su concepción de felicidad estaba fundamentada en la existencia de un gobierno eficiente, leyes justas y beneficio para la sociedad. Bentham sugirió que el gobierno debería utilizar la calculación hedónica al tomar decisiones, con el objetivo de maximizar el bienestar (felicidad o placer) para la mayoría y minimizar el dolor para un pequeño número de personas. En sus escritos siguientes, estableció una conexión entre la felicidad y aspectos como la seguridad personal, mejor infraestructura sanitaria, disminución de la delincuencia, educación y el control de enfermedades derivadas de la contaminación de las aguas residuales.

La Revolución Francesa tuvo lugar en el año 1789 durante el siglo XVIII. El propósito de la revolución era derrocar el sistema monárquico y establecer un gobierno republicano con el fin de alcanzar la igualdad para todos los ciudadanos. Bentham coincidió con los objetivos de la Revolución Francesa y consideró que la noción de igualdad era fundamental en su idea de felicidad. El autor afirmó que cuando se busca maximizar el bien, se está considerando de manera imparcial el bien. El bien de los demás es más importante que mi propio bien. Además, tengo la misma razón que cualquier otra persona para promover el bien general. No es algo que sólo me suceda a mí. 

En otra perspectiva hedonista, John Stuart Mill afirmó que la felicidad consiste en experimentar placer y la ausencia de dolor, mientras que la infelicidad se define como el dolor y la falta de placer. Estuve de acuerdo con la mayoría de las ideas de Bentham sobre la felicidad. No obstante, agregó una diferenciación de calidad entre los distintos tipos de placeres, una faceta que el hedonismo de Bentham carecía. Creía que los placeres cerebrales como el "aprendizaje" tenían un estatus superior a los placeres físicos como comer y beber. Pensaba que era preferible ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho. 


Regresar a los valores


A medida que comenzó el siglo XX, comenzaron a surgir críticas hacia el hedonismo y se volvió a popularizar la filosofía aristotélica. En adición, actualmente se fomenta la promoción de la felicidad como una meta política.

Se considera que Gertrude Elizabeth Margaret Anscombe fue una figura clave en el resurgimiento de la ética de las virtudes aristotélicas en la era moderna. El ensayo Filosofía moral moderna, que se publicó en 1958, despertó de nuevo el interés en la ética de las virtudes dentro de la academia occidental, y después de eso la filosofía aristotélica se hizo más popular en los años posteriores. Se censuró la perspectiva hedonista de la felicidad de Jeremy Bentham y John Stuart Mill como una concepción demasiado simplista e irreparable de la felicidad.

Uno de los críticos más destacados del hedonismo del siglo XX fue, quizás, Robert Nozick. En su libro "Anarquía, Estado y Utopía" publicado en 1974, propuso el experimento mental llamado la "Máquina de experiencias". Nozick nos presenta la oportunidad de conectarnos a una máquina durante nuestra vida, la cual nos brindará una serie de experiencias inmensamente placenteras. Todas las experiencias que la persona que se adentre en las máquinas experimente se sentirán como si fueran reales. La mayoría de las personas se negaron a ser conectadas a la máquina ya que estuvieron de acuerdo con Nozick en que es mucho más valioso vivir en la realidad que tener una vida placentera e irreal.

En el experimento mental propuesto por Nozick, se nos plantea la posibilidad de conectarnos a una máquina de manera permanente, lo cual resultará en una serie de experiencias extremadamente placenteras. ¡Eso es sorprendente!

Władysław Tatarkiewicz presentó una nueva idea de felicidad que se fundamenta en la plena satisfacción con la vida. En su obra Análisis de la felicidad, argumentó que en tiempos antiguos, los filósofos vinculaban la felicidad con la adquisición de algún bien supremo específico, como la riqueza, atributos o virtudes. Sostenía que la felicidad de una persona radica en estar contento con su vida en general. El autor observó que cualquier tipo de felicidad lleva a la satisfacción, pero no todas las formas de satisfacción conducen a la felicidad. No se puede alcanzar la felicidad a través de la satisfacción parcial. Para ser feliz, es necesario encontrar una plena satisfacción en nuestra propia vida. Además, Tatarkiewicz hizo hincapié en la importancia de estar satisfecho tanto con las expectativas pasadas como con las futuras de nuestra propia vida, así como también con la forma en que vivimos en el presente.


La búsqueda de la felicidad como objetivo político


En los últimos años del siglo XX, comenzó a surgir la promoción de la felicidad como objetivo político. Se implementaron diferentes indicadores para evaluar el nivel de felicidad de los habitantes de una nación. Un ejemplo de esos índices es el Índice de Felicidad Nacional Bruta. En 1976, el rey de Bután en ese momento, Jigme Singye Wangchuck, introdujo el concepto de "felicidad nacional bruta". El FNB es una perspectiva de desarrollo que busca encontrar un equilibrio entre los valores materiales y no materiales, basándose en la creencia de que la felicidad es el objetivo final de las personas. Es uno de los enfoques más comúnmente utilizados para intentar definir la idea de felicidad.

En 1976, el rey de Bután creó el concepto de "felicidad nacional bruta". Argumentó que el bienestar nacional de un país es de mayor importancia que su producción económica interna. 

En el año 2011, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución llamada "Felicidad: hacia una concepción integral del desarrollo" y exhortó a todos los países miembros a evaluar el nivel de felicidad de su población y utilizar esta información para mejorar las políticas públicas.

Aunque el gobierno de una nación no vea la promoción de la felicidad como una obligación moral, sí busca obtener el respaldo de la población y maximizar la felicidad de sus ciudadanos. Asimismo, la influencia del gobierno en los aspectos institucionales y sociales, los cuales son fundamentales para asegurar el bienestar de la población, ha llevado a que el papel del gobierno sea crucial en la promoción de la felicidad.

A lo largo del tiempo, la comprensión filosófica de la felicidad ha experimentado modificaciones. En todos los períodos históricos, tanto los eventos que ocurren dentro del mundo filosófico como los que ocurren fuera de él han influido en la forma en que se define la felicidad. Si una persona vive de acuerdo con su moral, sería feliz siendo virtuosa. Por otro lado, una persona codiciosa encuentra su felicidad en acumular fortuna. Por último, aquellos que se dedican a la devoción a Dios, como los monjes o las monjas, encuentran su felicidad al estar completamente inmersos en esta práctica. La búsqueda de la felicidad puede variar tanto entre individuos que lo que hace feliz a alguien puede hacer miserable a otra persona. Por lo tanto, no se puede aplicar una única medida de felicidad para todos. No obstante, es innegable y ampliamente consensuado que la felicidad sigue siendo el objetivo último de todas las acciones humanas, y que todos la persiguen de manera unánime.