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Utopía

Utopía de Tomas Moro


El entendimiento abstracto domina a sus anchas el presente histórico. Es el verdadero Imperium tras las disputas de los eventuales imperios. Lo ha hecho por siglos y no siempre sin saña. Lo hizo a partir de la edad cartesiana, quizá todavía con cierta candidez, tímidamente. Pero la Ilustración lo hizo su señor, y a partir de entonces se fue haciendo cada vez más necesario, cada vez más determinante. Hoy es omnipresente, todo lo rige y controla. Es la “barra de seguridad” del presente. De ahí que la flexión de las ideas haya perdido vitalidad y se entumeciera ante las disecciones que al entendimiento le son inevitables. Y es que el entendimiento, abstracto y reflexivo como es, todo lo entumece, todo lo fija, lo encasilla y lo proyecta, convirtiendo la parcialidad y univocidad de sus puntos de vista en tablas sagradas, contentivas de mandamientos irrefutables, leyes absolutas que han hecho de la analítica, la lógica y la Scientia prima aristotélicas un manual, un catecismo, en formato de tablet, para no decir de teléfono “inteligente” (y acá, por cierto, la expresión “inteligente” no hace referencia al intelligere, a la facultad de entretejer la delicada filigrana de la actividad de pensar, sino más bien al ente por mor de las abstracciones propias del entendimiento). Cenizas calcinadas por árboles. La inversión especular de la hoguera de las vanidades de Girolamo Savonarola. La obsesiva referencia implícita a la renuncia al cambio, al devenir y a la esteticidad -la plasticidad- de la libertad, que es la condición sine qua non de la capacidad de pensar.

No la naturaleza, sino las “leyes físico-matemáticas”; no el derecho de gentes, sino las “leyes del derecho natural”; no la mente o el quehacer social, sino “las leyes -o “los modelos”, da lo mismo de la psicología, la sociología o la teoría política, con sus “instrumentos metodológicos” y “estadísticos”, que “aseguran” mediante el cálculo, la “previsión” y la “prevención” de todo y de todos. En fin, no el sujeto-objeto en su devenir, sino el sujeto puesto y cosificado. Un mundo seguro porque quieto. Una fotografía. Es el “está más quieto que una foto”, salido de la jerga del rufián, en la que, sorprendentemente, hay mucho más vida. La “fiel imagen” de una realidad que carece de realidad. Lúgubre y triste, naturaleza muerta, cadaver insepulto, ático de todos los enseres rotos del mundo de desechos que va dejando a su paso, maqueta de una maqueta que asegura ser perfectible. Vitrina de lo que no puede llegar a ser y exhibe con arrogancia. Lejos de limitarse a su función específica, el entendimiento usurpa la tarea de la ontología. Por eso se ve en el apremio de invocar la fe y de proyectarla como su máximo grado de autorealización. Lo que no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el cláustro de María, aseguran las Escrituras. De ahí surge el reflejo, el espejismo de la esperanza, tanto como el de la utopía, ese mundo invertido, del no lugar, del no ser y del no estar, que Quevedo tradujo como “no hay tal lugar”.

Según el entendimiento, la utopía tiene dos modos de definirse: o -según el conocimiento de oídas o por experiencia vaga- es el proyecto de lo deseable, aunque de improbable realización, o -según el conocimiento causa-efectista- es la representación imaginaria de la sociedad, tal y como ésta debería ser. En ambos casos, o bien como proyecto o bien como representación, se trata de una aspiración indistintamente imposible de realizar, de alcanzar en la práctica, dado su caracter esencialmente fantástico, o como dice el entendimiento abstracto, “idealista”. Hay algo de religioso en la utopía. De hecho, no es improbable que sus aromas provengan directamente de la oferta de una vida, si no eterna, por lo menos sí paradisíaca. Vivir en la isla Utopía es como vivir en el Paraíso. Tomás Moro, sentado en uno de los bancos del gran parque de la isla. No tiene hambre y el clima es primaveral. Al fin puede respirar la paz infinita. Es un camposanto. El césped del parque es perfecto. Moro cuenta ovejas regordetas, vestidas de un blanco impecable. Cerca del arroyo cristalino, está un arbol de tupido follaje que oculta entre sus frondosas ramas una familia de petirrojos. Moro cuenta las ovejas, oye el correr de las aguas y la dulce melodía de las aves. La imagen se repite día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Moro sigue contando y oyendo. Ya van tres meses. Está al borde de un ataque de nervios. Esa noche, sufre una pesadilla. Las ovejas se le vienen encima y tratan de morderle el rostro. Los petirrojos le atormentan y ya no entonan una dulce melodía sino que, como en The birds de Hitchcock, lo asechan y tratan de asesinarle. Ha despertado en un charco de sudor y orine, al sentir como se hundía en las aguas del arroyo. The dream is over, como diría Lenon. La utopía termina en la peor distopía, y ambas son sorprendidas como los lados extremos, opuestos y complementarios, de una única e indivisible topía totalitaria. Hic Rhodus, hic saltus.

Dice Carlos Fuentes en su Valiente mundo nuevo que, en realidad, Moro no diseñó Utopía sólo como un mundo imaginario, fantástico, ese al que Maquiavelo llamara en Il Principe “un castillo sobre las nubes”. Más bien, se trata de la caracterización de la imagen invertida de la amarga Inglaterra que le tocó vivir, y, en tal sentido, vista a través del espejo, contiene su más radical denuncia. Por cierto, pintar los colores del mundo deseado, tal y como debería ser, es también la premisa de toda religión. Pero, al mismo tiempo, Utopía sirvió de motivo inspirador para la construcción del nuevo mundo. Había que construir una nueva sociedad, absolutamente opuesta a la europea, de estreno. El resultado de tal empresa está a la vista. El cielo y el infierno no son términos alternativos. Como dice Spinoza, “bien y mal se expresan en forma puramente correlativa, y una sola y misma cosa puede ser llamada buena y mala según como se la considere”. Pero como el entendimiento abstracto, fiel a sus presuposiciones, es incapaz de “abrazar este orden de pensamientos”, no puede más que trazar los límites entre los términos, sin detenerse a pensar que fue él mismo quien definió por bueno lo que hoy considera malo. Se impone la razón histórica. La fe se niega a voltear la mirada. Teme convertirse en esfigie de sal. Pero si, llegados a los efectos, no se es capaz de mirar retrospectivamente el propio recorrido, no habrá otro remedio que cometer, una y otra vez, los mismos errores de siempre.

Por @Jrherreraucv / José Rafael Herrera

Oscurana Venezuela

Oscuridad y muerte


Las primeras horas del atardecer de aquel aciago primer jueves de un marzo tórrido venezolano –otro marzo ígneo y desgarrado–, ya anunciaban penumbra, el acaso de las sombras que, al pasar las horas, se hizo exigencia del crispar de velas y emergentes lámparas –quizá improvisadas– que hicieran retroceder, o cuando menos morigerar en parte los ya inminentes e inevitables rigores de la oscurana. Esta vez, y a diferencia del habitual “ya llegará”, cayeron los últimos rayos de sol, pasaron las horas y se fueron los días en espera. Y la bendita esperanza, pan de cada día, se hizo maldito temor, hambre de cada día. Sin servicio eléctrico no solo no hay luz: no hay agua, y, tarde o temprano, no hay ni telefonía ni redes informáticas. Siguen pasando las horas y comienza a fallar el transporte –ya casi no hay gasolina en un país productor de petróleo–; los alimentos que requieren refrigeración comienzan a descomponerse; los locales comerciales se ven impedidos de funcionar con relativa normalidad, mínimamente, y se ven forzados a mantener cerradas sus puertas, al igual que las oficinas públicas; la banca no funciona, ni los cajeros automáticos, no hay dinero disponible, no funcionan los puntos de venta; las pocas fábricas que aún resisten los embates del cartel, de la narco-dictadura, se ven paralizadas; las clínicas y los hospitales colapsan; los cadáveres de la morgue comienzan a descomponerse; los centros educativos se ven desiertos, desolados; los aeropuertos dejan de funcionar, se paralizan los vuelos; las mercancías y encomiendas no salen de los puertos; no hay ni ascensores ni escaleras mecánicas. Los sistemas de seguridad fallan. El hampa se desborda, acecha en cada calle, en cada esquina, en cada rincón. El país se paraliza. Es el colapso en su totalidad. Finalmente se ha hecho explícito y evidente lo que hasta ahora se hallaba implícito y oculto. Ironía de ironías: tras la oscurana se llega a mirar con mayor claridad lo que a simple vista y a plena luz no se había –¡hasta ahora!– llegado a ver. Porque así como oír no es escuchar ver no es mirar. Este es “el final del túnel” del chavismo, pero también “el final del túnel” para el chavismo.


La infeliz y grotesca frase: “Esta es apenas una mínima parte de lo que somos capaces de hacer” se les ha invertido. Su recuerdo no será, a pesar de ser, tal vez, la frase más honda, más sentida, la que mejor define la oscura condición de la canalla, de ese grupo de gánsteres que raptó y saqueó al país, que lo sometió y humilló sin piedad hasta la miseria y la vergüenza. No será su recuerdo, porque carece de toda posible dignidad histórica, tanto como carece de humana condición el desdichado accidente, la verruga del ente, que la profirió. Sí quedará para el “nunca más” la infausta imagen, divulgada por todas las redes sociales, de la madre impotente que sostiene a su niña desvanecida, como si fuese una muñequita de finas telas, que se le durmió en los brazos para siempre. Se le quedó “dormida” por falta de servicio eléctrico. Imposible no recordar el rostro de esa madre, porque en ese rostro se hallaba compendiado todo el dolor del mundo, toda la oscurana del mundo.

De la oscurana no solo surge el horror en sí, sino su plena conciencia, la más enceguecedora de las claridades. El psiquiatra del diván ensangrentado –y padre putativo de esa figura cínica y retorcida, lesión cutánea de Mengele, que tanto daño le ha causado al país– los estigmatizó bajo el rubro de “la generación boba”. Pero sus bobadas, propias de su corto entendimiento, no son propias de la ingenuidad, sino más bien de la idiotez. Porque el idiota, aparte de ser considerado por los griegos clásicos como plebeyo, es decir, como “aquellos que no forman parte de la gente”, se caracteriza por preocuparse exclusivamente de sus propios asuntos y negocios. Un idiota es eso: es a quien nada le importa la suerte del otro y solo se preocupa de sus propias ruindades. Don Francisco de Quevedo les pinta bien: “Son rateros de la herramienta del parir, que han hurtado a las comadres sus trebejos y se han alzado con su oficio; que esta facultad en la Corte es hermafrodita, porque tiene ya macho y hembra. Ya con las licencias de un sexo y el desenfado del otro se entran por todas partes. Gente sucia e idiota, que no saben cuántas son cinco, ni tres, ni aun uno, porque no entienden de nones; que toda su aritmética es con las pares”. En la oscurana, el idiota se confunde con el criminal y el criminal con el idiota. Se hacen uno y lo mismo.

Entre iniquidades y tropelías, presa en las redes de un grupo de gánsteres que ayer ocultaban sus intenciones con capuchas y hoy las ocultan con trajes de seda, Venezuela ha llegado, finalmente, al llegadero. Los narco-usurpadores, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del jefe del cartel, quien gobierna desde La Habana, castiga a la población con la tortura de la oscuridad, por haber alzado su voz de protesta y haber acompañado, con decisión y coraje, a su Asamblea Nacional en el objetivo de recuperar el país. Evidente expresión de sus habituales prácticas de bárbaro primitivismo. Pero “la jugada”, por encima del dolor causado, de la desesperación, de la falta de agua, de alimentos, de transporte, de la pérdida de seres queridos, muy por encima del sufrimiento, la población se ha volcado a las calles. Las protestas en todo el territorio nacional no se detienen y, más bien, crecen con las horas. De la exigencia, del reclamo por la ya inaguantable falta de luz, de gas, de agua, de comida, se pasa de inmediato a la resuelta lucha contra la tiranía que usurpa el poder. El llamado al cese de la usurpación, al gobierno de transición y a las elecciones libres va tomando forma y contenido, en medio del más oscuro y triste panorama. No hay mercenario que pueda detener a una población decidida a cambiar. La oscurana se les ha devuelto y el fin de la tiranía marcha “a paso de vencedores”.

@jrherreraucv

Los espectadores.

Espectadores.
La palabra espectador proviene de la raíz latina specto, que significa viendo. En lengua castellana, el término spectator traduce sentarse a ver, en el sentido de limitarse, de manera receptiva o pasiva, a espectar, es decir, a esperar, a contemplar, que un determinado hilo o entretejido de acciones y acontecimientos lleguen a su desenlace final. El specto es, en todo caso, un specio, el espejo en el que se ve quien especta, el espectador. Pero, y como sucede con todo espejo, a consecuencia de la reflexión, las imágenes se desdoblan e invierten. Entonces, a partir de ese instante, el sujeto que se limita a ver –y no a mirar– se convierte en el objeto de la acción de lo que especta, mientras que el objeto que se especta se convierte en el sujeto de la inacción del espectador. Ahora habrá que sentarse a ver. ¡Todo está en las manos del objeto! Y así, como por arte de magia, de entidad activa, el sujeto deviene objeto. Se ha sentado a ver y a esperar. Él es el lado pasivo de la relación. Su función consiste en cruzar los dedos, elevar una oración y, pleno de temores, esperar. Porque quien specta necesariamente espera. Está cargado de esperanza pero, por eso mismo, de miedo.


Hay espectadores en un número probablemente indeterminado, y quizá por eso improbablemente finito, a pesar de ser la más fiel y cabal expresión de la temerosa y atribulada finitud. Existe todo un sentido común espectador, del espectador y para el espectador. Además, los espectadores se han hecho especialistas y han creado los más variados gremios, con las más variadas técnicas. Es, sin duda, la empresa más rentable del presente: ¡hope, hope! Los hay políticos y los hay economistas. Los hay médicos, juristas y periodistas. Los hay poetas y hasta los hay filósofos. Bastará con algunos escuetos ejemplos para confirmar semejante aseveración. Tres glorias de la locución deportiva venezolana fueron –pues muy desafortunadamente, para quienes tuvieron el privilegio de escucharles, ya han pasado a mejor vida– auténticos profesionales, maestros de la expectación.

“Nada que cause impotencia puede ser atribuido a la libertad”, decía Spinoza, autor de la mejor, la más completa y concreta, definición que se haya hecho del sentido y significado de la expectación: “La esperanza es una alegría inconstante, que brota de la idea de una cosa futura o pretérita, de cuya efectividad dudamos de algún modo”. Copartícipe de una cada vez más inevitable irreversibilidad destructiva, relativa al temor y a la esperanza sembrados por ella misma en el centro del propio tiempo, la humanidad, al parecer, se halla situada al borde de un abismo, profundo y negro, que no logra descifrar, porque ha decidido desechar nada menos que lo que la constituye como humanidad: el pensamiento. El apocalipsis, más que una ideología, se ha hecho doctrina firme y sistemática. No hay salidas. El temor se impone. Y, por supuesto, dada la amarga circunstancia, hay quienes, aprovechando la ocasión, gustan vender espejos y piedrecillas de colores. La autoayuda se ha transformado, en este sentido, en un provechoso y muy jugoso negocio de y para los afanados expectantes. Pero se impone la honestidad por encima de la decadencia de los business. Es necesario dejar de vender esperanzas para comenzar a sembrar confianza en la infinita capacidad humana de hacer y pensar.

Es una prioridad, un imperativo, como diría el viejo Kant, tomar conciencia plena de que no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza, porque quien vive rindiendo tributos a la esperanza y, dudoso de la confianza en sí mismo, se aferra a ella, especta, es decir, espera que sea el espejo de su propia imagen puesta y extrañada –¡esa positividad del mundo!– la que tome las decisiones oportunamente y resuelva por él. Y mientras está pendiente de la espera, de su expectación, no podrá evitar sentir el temor de que lo que espera que suceda no suceda. Porque quien tiene miedo, quien duda de la realización de sus objetivos, imaginará siempre algo que sea capaz de excluir la presencia de lo que teme, y se sentirá transitoriamente alegre y hasta emocionado: se sentirá esperanzado de que lo que teme no suceda. Como dice el adagio, “cuando el sabio señala la luna el tonto se fija en el dedo”.

Ha llegado el momento de la honestidad moral e intelectual, el momento histórico de la libre voluntad, de la necesidad de iniciar el proceso de la desmistificación. La fuerza no “acompaña” a nadie: o está o no está sembrado en el espíritu de las gentes. Desechar las ilusiones no es una opción. Pensar es actuar. Sin pensamiento, sin convicciones, sin confianza firme en las propias potencialidades y capacidades, el cambio no será. Las fuerzas del mal lo saben. Es menester remontar la cuesta y actuar. El pensamiento no puede ser sustituido ni por consignas ni por jingles. Ver no es mirar. La mirada transparente, profunda y aguda de Minerva levanta su vuelo al caer la noche.

@jrherreraucv

La ayuda humanitaria de Venezuela

La otra ayuda.

En pocos días se definirá el destino de Venezuela, y, con él, tanto el del modelo creado por el narco-castrismo para apropiarse de toda la América Latina como el de su propia reinvención como país, como sociedad libre y productiva, democrática y próspera. El fin de lo uno es el inicio de lo otro. Necesario que la serpiente se muerda la cola, porque, a pesar de los cultores de la esperanza, el destino nunca llega solo, como por arte de magia. El destino es el resultado del trabajo continuo, de la constancia, el empeño y la convicción. Se recoge lo que se cosecha. Se es lo que se hace. El destino se va labrando, se va tejiendo, movido por la libre voluntad, por aquello a lo que Maquiavelo designaba bajo el nombre de Virtù. Esos pocos días que le restan al fin de la narco-dictadura usurpadora tienen sobre sus espaldas la osamenta de la experiencia de años de sacrificio, de luchas continuas, de viejas derrotas y de nuevos intentos, de caidas y éxitos, de encarcelamientos y asesinatos, de diásporas y exilios, de ancianos enfermos y niños famélicos. En fin, de sacrificios y persistencias. El amor es más fuerte que el miedo. La llegada de alea iacta est no es, pues, un regalo. Es, más bien, el precio que ha de pagarse para conquistar la libertad, para que el sujeto deje de morder el polvo y pueda devenir sustancia.

Las crisis se caracterizan por el hecho de que el viejo orden no termina de morir y el nuevo no termina de nacer. Pero, como afirma un convencido seguidor de Spinoza, llamado Albert Einstein recientemente citado por el buen Antonio Sánchez García-, no conviene pretender que las cosas cambien si siempre se hace lo mismo: “las crisis son la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque las crisis traen progresos. La creatividad nace de la angustia como el día de la noche oscura”. Mientras que el mundo entero -y especialmente los Estados Unidos de América- ha tomado con firmeza la decisión de no seguir permitiendo más abusos, extorsiones y humillaciones en un país secuestrado y humillado, la narco-tiranía, ya herida de muerte, concentra sus últimos esfuerzos en el empeño de seguir sometiendo a la población venezolana con toda clase de pesares y sufrimientos.

Desdibujada, confundida en medio de la rigidez de sus esquematismos anacrónicos, cree poder mantener el mando echando mano del pánico y la zozobra. Pretende impedir el ingreso de la ayuda humanitaria internacional, cuyo propósito consiste en morigerar las terribles carencias existentes, que son consecuencia directa de la destrucción sistemática que llevó adelante -muy exitosamente, por cierto - el malandraje usurpador. Venezuela está exhausta. Sobrevive en medio de la más espantosa miseria material y espiritual, causada por el insaciable asalto de sus arcas, del premeditado quiebre de sus fuerzas productivas y de sus relaciones de producción, del aplastamiento de su otrora valiosa meritocracia. El desbordamiento del populismo, del rentismo, del facilismo, del fanatismo y, por supuesto, de la ignorancia y de su hermana gemela, la corrupción, ha terminado postrando a la que fuera la nación más rica y pujante de latinoamérica. Cual pulgas transmisoras de la llamada 'peste negra ', el cartel narco-dictatorial infectó la sangre del ser y de la conciencia del país. Su recuperación terapéutica no será fácil y, sin duda, durante algún tiempo requierá de cuidados intensivos.

Por eso mismo, dadas las actuales circunstancias, la ayuda humanitaria se ha hecho absolutamente indispensable, necesaria y determinante, aunque, por supuesto, no será suficiente para poder sacar adelante al país. La Venezuela mayoritaria, la que anhela un cambio profundo, la que aspira recuperar su dignidad, su calidad de vida, su civilidad, esa que no desmaya en la lucha por reencontrarse consigo misma, debe saber agradecer la solidaridad que el mundo libre ha mostrado al tenderle la mano para poder volver a levantarse, para ponerse, una vez más, de pie. Pero la auténtica ayuda humanitaria requerida, la otra, la que sigue a continuación de la que ya se encuentra en camino, sólo podrá resultar, precisamente, de la Virtù, es decir, de la inteligencia, la capacidad y el tesón de los propios venezolanos. Para ello también se necesitará del respaldo del concierto internacional, y especialmente de las grandes potencias. Finalizada esta etapa de emergencia humanitaria -Primun vivere deinde philosophari-, una vez atendidos los requerimientos básicos de los sectores más humildes , de los más necesitados, será menester iniciar la pronta reactivación de la economía en todos sus niveles, generando trabajo efectivamente productivo, es decir, riqueza sustentable.

La época de los resentimientos promovidos, de los prejuicios, de las valoraciones ruines y
mediocres, toca su fin. Veri, pulchri et boni: la verdad es verdadera porque se sustenta en la belleza y la bondad. Superar la pobreza material requiere de mucho más que una ayuda humanitaria. Requiere de la superación de la pobreza de espíritu y de la consecuente conquista de la autonomía del ethos, del todo y de las partes, del cuerpo social y de cada individuo particular, devenido ciudadano. El “dame tu cédula papá” tiene por fuerza que transformarse en “ciudadano, por favor, permítame su cédula”. Esparta debe darle paso a Atenas. Es necesario que fluya una nueva concepción de país, capaz de estimular la aventura de pensar, de ser efectivamente aptos para elaborar juicios -lo que quiere decir objetivar sustentados en la racionalidad y el respeto por las normas. Para ello será fundamental la definitiva incorporación al estudio y desarrollo pleno del conocimiento y la cultura. Es probable que aún se mantengan dudas al respecto, pero es una realidad el hecho de que el desarrollo concreto de las sociedades y la creación de riqueza están indisolublemente unidos con el saber. Son las sociedades cultas, formadas, bien educadas, las que logran superarse a sí mismas, las que remontan los límites de la dependencia material y espiritual. Son esas las sociedades auténticamente libres. Terminada la pesadilla de la narco-dictadura, la dedicación al estudio y al desarrollo de las capacidades físicas, morales e intelectuales tiene que ser la próxima parada. Será la más importante de las ayudas humanitarias. La más auténtica, la otra ayuda.

El Hipeirón de Hölderlin

“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. F. Hölderlin.


“¡Que cambie todo a fondo! ¡Que de las raíces de la humanidad surja el nuevo mundo! ¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos!”. Son palabras importantes, escritas por el gran poeta alemán Friedrich Hölderlin y puestas en boca del personaje central de la que, tal vez, sea su obra mayor, el Hyperión. Palabras, sin duda, dignas de evocación, en momentos cruciales, decisivos. Momentos en los cuales una sociedad entera, humillada en su dignidad y arrojada hasta el foso de la miseria, decide, finalmente, alzar su voz y, elevando sus brazos, voltea la mirada desde las profundidades de la caverna, desde la prisión en la se encuentra desde hace más de veinte años, para iniciar el viaje de regreso hacia el encuentro con la libertad. Palabras y momentos que son, a la vez, una denuncia de los gatopardismos y de las medianías, mientras que exhortan a reiniciar el difícil viaje, a objeto de “superar y conservar” el propio recorrido, si es que, en esta oportunidad, se quieren hacer las cosas bien, correcta y concretamente.

Ubicado entre la schilleriana educación estética y la experiencia de la conciencia hegeliana, el Hyperión representa la necesaria determinación del concepto hacia la comprensión de su historicidad. No por casualidad, en la mitología clásica Hyperión es el dios de la observación. Hijo del cielo y de la tierra, padre del sol, de la luna y de todo nuevo amanecer, es “el titán que camina en las alturas, el que todo lo ve y el que da orden al mundo”. La obra lleva como subtítulo El eremita en Grecia. No será necesario insistir en el hecho de que Grecia es el punto de origen de la civilización occidental y, en consecuencia, de la idea de libertad. Pero llama la atención la presencia del eremita –o ermitaño–, del humilde maestro que, no sin paciencia y constancia, consagra su vida al estudio profundo, con razonable reserva y sigilo. Es el que reconoce, el que sabe –porque ha observado y recorrido– el camino, la vía regia que conviene seguir, la aletheia, lo que se desoculta como resultado del “reencuentro con nosotros mismos”. Se trata de quien lleva adelante la difícil empresa de reconstruir, desde el presente, el empedrado calvario del espíritu. Remontarse hasta los orígenes, tomar el pulso de su devenir, de sus aciertos y errores, para poder así comprender el presente. He ahí la belleza y el bien de los cuales deriva el sentido y significado de la libertad. Porque la libertad no es un regalo de la fortuna, sino la decidida conquista de la inteligencia y de la voluntad.

De la cabal comprensión de las propias raíces puede surgir un nuevo mundo, una nueva sociedad, un nuevo ethos. En la obra de Hölderlin se funden la poesía, la filosofía y la política con la historia. Hyperión emprende el viaje de regreso a su Grecia natal, al referente de sus orígenes, a objeto de reencontrarse consigo mismo y poder así “salvar el vacío mundo del presente”. El eremita le cuenta a Belarmino –símbolo del modo de pensar de su tiempo– su historia; le va recordando, paso a paso, cada obstáculo, cada develamiento, cada victoria y cada nueva caída. No le cuenta el pasado cual simple espectador, sino que con el pasado revive cada momento, se lo reapropia. Así como todo hombre que ha alcanzado el esplendor de la madurez siente la necesidad de voltear la mirada para hacer un balance de su vida, del mismo modo la conciencia tiene la necesidad de volver atrás para hacer las cuentas con las diversas etapas por las que ha tenido que pasar para poder llegar al aquí y al ahora. Algo, siempre, va quedando. La experiencia deja a su paso arrugas y cicatrices, pero no hay experiencia inútil. Toda experiencia es un viaje, una prueba, que va liberando al sujeto de sus errores. Y mientras más hondo se penetra en los recuerdos más firme se hace el retorno, el reencuentro con el sí mismo, y con más intensidad se reafirma la existencia que lo transforma en un ser completo y concreto. Solo entonces el sujeto objetivado se conserva y supera. Hyperión representa ese sujeto-objeto, la actio mentis: “Hay algo en nosotros, esa ambición irresistible a la totalidad, que como el Titán del Etna brota enojado desde las profundidades de nuestro ser”.

El país necesita repensarse para poder reconstruirse. Si bien es cierto que “no hay vuelta atrás”, que el actual régimen de terror y corrupción, que ha desencadenado la peor de las miserias –¡la del espíritu!– da sus últimas bocanadas de fétido aliento tiránico, no menos cierto es el hecho de que ha llegado el momento indicado para un cambio profundo de la vida cultural. Es tiempo de revisión y ajuste. La pars destruens, que por años ha sido el estandarte de una porción significativa de la idiosincrasia nacional –esa pretensión insensata de querer permanecer indefinidamente en la adolescencia que caracteriza al niño rico con calcetines rotos–, tiene por fuerza que dar paso a la pars construens que lo cambie todo a fondo, como exige el poeta. Las bajas pasiones de la tiranía despótica se fueron diseminando y alojando, por años, en la población más vulnerable –la menos cultivada– del mismo modo como las células malignas se van esparciendo por el organismo y lo van enfermando hasta la metástasis. El populismo es eso: una célula madre cancerosa, invasiva y agresiva, que rápidamente se introduce en el tejido sano para infectarlo y corromperlo.

Querer insistir en el modelo de una sociedad, aunque técnicamente capacitada, carente de educación estética, de formación cultural; en una sociedad dispuesta a prestar atención al canto de las sirenas del pequeño caudillo que se lleva por dentro, dándole rienda suelta a los instintos primitivos; en una sociedad que espera recibirlo todo sin el menor esfuerzo, convencida de que naturalmente todo lo merece; o que cree poder exigir bienestar y riqueza sin producir ni lo uno ni la otra. Ese es el modelo de sociedad en el que no solo no habrá cambios significativos sino fracaso. No habrá ni viaje de retorno ni revisión del propio recorrido. No será esa la sociedad a la que convoca Hyperión. Será una ineptocracia, mas no la sociedad educada, próspera y libre que el tiempo exige.

@jrherreraucv

EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE EN HEIDEGGER




Hoy nos topamos con uno de los pensadores más relevantes del s.XX: Martín Heidegger (1889-1976). Una rock star de la filosofía acusada de mantener relaciones con su alumna Hannah Arendt y de apoyar supuestamente al nazismo. Pero como siempre digo, ama a la obra y no a su autor. Nos centraremos en una de mis obras favoritas “El origen de la obra de arte”. Este ensayo fue leído por Heidegger en conferencias y publicado posteriormente en 1952. Siendo un análisis profundo de la obra de arte, escrito con un lenguaje a ratos complejo y casi místico.

Para el alemán la obra de arte tiene una importancia excepcional ya que es gracias a su contemplación que acontece la verdad. Ahí es nada. La verdad en sentido griego, como “aletheia” como desocultación de lo oculto. Desvelar el secreto.
Veamos como narra Heidegger el camino fenomenológico hacia la verdad. Es un camino sinuoso, pero intentaré que resulte lo más cómodo posible. Dicho camino tiene varias paradas:

1)      La cosidad de la obra de arte
2)      Los zapatos de Van Gogh
3)      La obra de arte establece mundo
4)      La obra de arte hace tierra
5)      La lucha entre mundo y tierra
6)      La verdad y el arte

La obra de arte como cosa

En un inicio olisqueamos la obra de arte desde su posición innegable de cosa. Ya que ni la más elevada de las experiencias estéticas puede librarse de la cosidad de la obra, ya que ésta viene impuesta por el material propio de cada obra de arte. ¿Qué tipo de cosa es la obra de arte? Está claro que no es una cosa cotidiana como lo es una piedra. La obra trasciende y reclama a un “otro” (una observadora) con el que está íntimamente relacionado. Aquí observamos a la obra como un ente simbólico y alegórico, que va más allá de la mera cosa. La piedra es siempre piedra la mires o no, en cambio la obra de arte necesita la contemplación del otro para ser obra de arte.

Los zapatos de Van Gogh


Ya situados en la obra de arte y con los motores encendidos nos adentramos en el pensamiento de Heidegger a través de un cuadro de Van Gogh que representa los zapatos usados de una campesina.
En el cuadro solo vemos un par de zapatos de labriega y nada más. No observamos un espacio determinado o trozos de tierra adheridos a su suela y aún así nos traslada inevitablemente a la fatiga del trabajo, a los surcos de la tierra labrada, a la soledad del camino bajo las suelas y a todo el contexto que ha rodeado a las botas de la labriega. Y aquí reside lo extraordinario de la obra de arte, nos abre la posibilidad de mirar por una mirilla un lugar y tiempo determinado y las cosas que suceden en éste.

¿Qué sucede en la obra de Van Gogh? Para Heidegger En la obra se nos presentan los zapatos de labriega tal y como son, por ello gracias a la obra acontece la verdad. Ante tal gigantesca afirmación cabe preguntarse:
¿Cómo llega el arte a la verdad? ¿Cómo se instaura esta verdad en la obra?
Como hemos visto la obra de arte establece un mundo pero también hace tierra.

La obra de arte establece un mundo

Seguimos con la apertura de la obra de arte. De la misma manera que Van Gogh nos abre el mundo de la campesina, el templo griego, como obra de arte arquitectónica, nos abre la historia del pueblo griego. Cuando presenciamos el templo tenemos acceso a esa mirilla que nos muestra el curso y el destino de un grupo de personas en una época pasada. El recinto sagrado nos lleva a sus creencias y rituales, relacionados con el nacimiento y la muerte, la felicidad y la desdicha, la victoria y la ruina.

El templo griego al ser obra de arte nos abre un mundo que a su vez nos devuelve a la tierra, lugar donde lo nacido se alberga. Aquí viene la siguiente vuelta de tuerca, el retorno a la tierra.

La obra de arte hace tierra

Lo que nosotros llamamos naturaleza, Heidegger lo llama tierra, en el sentido metafórico o mitológico tradicional de “la madre tierra”, que engendra y alimenta a todos sus seres y luego los recoge en su seno. Para Heidegger la tierra solo se abre como es ella misma, es decir, esencialmente infranqueable, siempre irracional. La esencia de la tierra es ocultarse de si misma y hacer tierra quiere decir hacer patente dicha ocultación.

Recapitulando, ya son dos los rasgos esenciales de la obra de arte: establecimiento de un mundo y hechura de la tierra. Es decir la obra de arte establece un mundo de relaciones que muestra el momento histórico de un pueblo y la vez hace tierra, es decir nos muestra el ser propio de la tierra, la ocultación.

Lucha mundo y tierra
                                         
La apertura de un mundo que se nos muestra y la hechura de una tierra que se delata como opaca e inaccesible, genera irremediablemente una lucha que según Heidegger, es la que dota de unidad a la obra y le confiere su reposo. Esta lucha es el pegamento que unifica la obra.

La verdad y el arte

Esta es ya la última parada. En esta lucha mundo-tierra de la obra de arte, donde la verdad acontece. La lucha da unidad a la obra, y a su vez, al contemplar la obra se nos hace manifiesta la opacidad de la tierra y el mundo que se abre. Se nos manifiesta la verdad. La obra de arte nos arranca de nuestro estado de confort y nos planta la verdad en la cara mediante su contemplación. Gracias a la contemplación de la obra de arte la verdad acontece.

Llegados al final del camino y al margen de creer o no que en la obra de arte hallamos la verdad, solo puedo sentirme afortunada por poder ir en busca de una obra de arte. Por ser un sujeto capaz de contemplar una obra de arte.

Crítica del "Ethos Paisa”

Horizontes 1913
Francisco Antonio Cano 





Los griegos antiguamente utilizaron la palabra Ethos (Ἧθος) principalmente para significar una morada, refiriéndose a la naturaleza, ahora bien, esta naturaleza era considerada en su forma cultural. Así, el término significó también "costumbre", "personalidad","conducta", "hábito", "temperamento", "modo de vivir" o "modo de ser"; por lo que la Ética o el Ethos pueden ser considerados como un discurso sobre la manera y estilo de vida de una colectividad humana configurada en su relación con un espacio geográficamente determinado.

Heráclito, como el primero en hacer una Antropología filosófica, decía que Ἧθος ἀνθρώπος δαίμων (DK. 119) indicando con ello que la cultura es el destino inevitable del ser humano. Esto no quería indicar que en el ser humano existía un automatismo cultural, por el contrario, la construcción histórica del ser humano, es un proceso de continua Estructuración y, ruptura de Estructuras, ya que se constituye en su afectación con el mundo; estando en el mundo, en su interacción con la tierra, se construyó el ser humano a sí mismo; es decir, que nunca permanecemos en un "modo de vivir" , ya que somos y no somos un determinado "modo de ser" y al mismo tiempo seguimos siendo una Unidad identitaria. De ese manera, el ser humano y el mundo sólo pueden adquirir justificación ontológica en su mutua implicación.

Quiénes somos los "Paisas"? A la luz de los hechos ocurridos alrededor del proyecto Hidroeléctrito de HidroItuango y el caso de la muerte del cantante Legarda y el "socio" fletero en la ciudad de Medellín, además del recrudecimiento del Uribismo como cultura política nacional, quisiéramos hacer un comentario, que permita una una revisión de lo que se denomina como Ethos Paisa, desde un acercamiento Dialéctico, es decir, buscando encontrar las contradicciones inmanentes del "acontecimiento" como un "registro" de la Cultura y las huellas de ésta sobre el territorio y así ascender y recorrer el camino del Espíritu Paisa en su devenir.


La Formación de una Cultura


La relación del ser humano con la Naturaleza, la relación del mundo y la experiencia humana de él (Emoción), constituye la esencia, tanto de una comunidad política, como del carácter de un individuo en particular, convirtiéndose así en el fenómeno más fundamental para analizar, pues, en él, está lo concreto y lo abstracto del universal, el éter que Hegel denomino Espíritu y Marx Trabajo Social. Es evidente que existe una estrecha relación entre la vida y la tierra, es decir, entre la apropiación del ser humano del mundo y la experiencia que se hace de él. La cultura “paisa” es el resultado de la relación que tiene el sujeto y su entorno natural, pues, observar el fenómeno “paisa” es ir hacia la configuración de su cultura y las huellas dejadas por ésta sobre la tierra; del mismo modo, la formación de la cultura "paisa" es  la formación de un "mito" fundacional. Como todo grupo humano, "los paisas" han construido de sí mismo un relato como cosmovisión global del universo y el mundo.

Alrededor de la sociedad y cultura "paisa" se han elaborado interpretaciones brillantes, en términos teoréticos y de contenido historiográfico. Desde las enunciaciones de Tulio Ospina Vásquez (el Oidor Mon Velarde, Regenerador de Antioquia) y los trabajos fundacionales de James Parsons (La Colonialización antioqueña en el occidente de Colombia), las recientes aproximaciones de los académicos Juan Camilo Escobar Villegas y Adolfo León Maya Salazar (Siglos de Conexiones no de Aislamientos 2013)[1], los clásicos análisis de Soledad Acosta de Samper sobre los orígenes judíos de los antioqueños y el trabajo de Alberto Mayor Mora sobre la ética del trabajo y el desarrollo de la industria en Antioquia, hasta -no se puede dejar de mencionar acá- la aproximación del Historiador Jaime Londoño de la universidad del Valle (El modelo de colonización antioqueña de James Parsons: Un balance historiográfico 2002) que recoge el debate en torno a la cultura "paisa", entre muchos otros estudios arqueológicos, genéticos, antropológicos y floclóricos recientes alrededor de esta formación de Ethos. Todos estos estudios evidencian la complejidad y riqueza de ese grupo humano.

Sin embargo, es posible establecer una genealogía, una arqueología de la idiosincrasia "paisa", del Ethos Paisa, ya que el sujeto humano se establece en su relación con el espacio geográfico en el que se encuentra, a partir de él configura modalidades para experimentar el mundo y su relación con los demás seres humanos, configurando de ese modo, un determinado Ethos cultural, un determinado carácter psicológico e identidad.

Sobre el territorio de las cordilleras andinas central y occidental, entre el litoral caribe y la llanura del pacifico, cruzado por los ríos Magdalena, Sinú, Atrato y el - todavía superviviente- río Cauca, con una variabilidad climática que va entre templado, tropical hasta el clima de páramo; un territorio entre montañas, valles y llanuras, de trovadores y leyendas populares, donde tiene origen esta civilización. Cuando James Parsons se acerca al fenómeno de los antioqueños, lo primero con que se encuentra es con un sujeto unido a la tierra por la emoción. Este norteamericano, partiendo del condicionamiento geográfico de la montaña, se preguntó por el desarrollo de la cultura Antioqueña en su implicación con este ecosistema que se le presentaba adverso, pero con el que se afianzó como un pueblo prospero, pujante, productivo, que lideró el proceso industrial del país a principios del siglo XX. Parsosns (1949) descubrió que en medio de la vegetación del territorio antioqueño, las personas que lo habitaban se autodenominaban “Montañeros”, afirmando que la montaña, expresada en la vivencia del Sentimiento de montañero, es el articulador de Naturaleza y la cultura.

Ahora, la articulación de esta Cultura con la geografía natural, ha pasado por una gran historia:





Elaboración propia



El problema y fenómeno de la tierra en Colombia tiene sus orígenes desde el descubrimiento de América. Los españoles trajeron la Razón y la Civilización, dejando una huella y marca de sangre en el despojo de tierras de las indias. Es así, que el problema de la violencia en Colombia es un problema fundamentalmente histórico, adquiriendo ese rasgo de historicidad al tener sus bases fundamentales en el problema de la Tierra y las formaciones culturales dejadas por este proceso. Los problemas de desigualdad y pobreza del campo, las relaciones de poder, el fenómeno de la violencia en el país, que tiene en las zonas rurales el lugar predilecto de abastecimiento de sangre (Y muerte), pueden ser leídos por medio de las emociones y psicología de los antioqueños, mostrando así, la importancia de la reflexión de las emociones, de la subjetividad en la vida pública de las comunidades humanas. Los problemas de la ilustración, tenencia de la tierra y violencia (socio-política) están ligados unos a otros y conforman la dialéctica entre cultura y la naturaleza de la civilización Antioqueña.

Sobre el origen de los "paisas", se na dicho que en su mayoría es un pueblo y cultura que desarrolla con un núcleo semita. Sin embargo, dada la historia misma del desarrollo de la civilización antioqueña, debemos considerar que en su mayor medida, esta hipótesis es más bien un mito. Por otro lado, se han realizados estudios genéticos para determinar las características objetivas (Raciales!) de los antioqueños. Se llega a decir que un 79% es europeo, un 16 % amerindio y un 6% africano. Interesante explicación; ahora, este tipo de enfoques nos llevan a considerar una supremacía étnica y una inferiorización de los elementos raizales, indigena y africanos, en un claro enfoque eurocéntrico de nuestro origen. Antes de la llegada de los españoles a nuestras tierras, existieron una diversidad de etnias desde los tiempos ancestrales, hecho que demuestra que el aislamiento del "componente genético" es efecto del mestizaje bárbaro, que asesino y expropio a los pueblos originarios de sus territorios.

Entre 1514 y 1890, tenemos la construcción de otro núcleo, precisamente aquel que dará lugar a esa característica "estructura mental" del "paisa", su iconografía, gastronomía y formas de dominar la naturaleza. Este núcleo se construye sobre la base del proceso de choque entre Civilización y barbarie, siendo dinamizada por el proceso de colonización llevado a cabo en el territorio latinoamericano como un todo. En 1680 terminaría esa primera colonización, que se caracteriza por un proceso de dominación del territorio vía exterminio de los pueblos originarios. A partir de allí se viene la segunda colonización de ibéricos españoles, llegando al territorio, vascos , castellanos, gallegos, árabes y judíos conversos que huían del extermino en Europa. La diversidad de esta configuración, mezcla una variedad de núcleos culturales, amerindio, europeo, árabe, judío sefardí, africano, guardando dentro de sí, la historia misma de la construcción de la modernidad, de la interconexión entre los pueblos y culturas.

Se construyeron las ciudades de Santa Fé de Antioquia, San Lorenzo y luego la Villa de nuestra señora de la Candelaria, resonando como un eco heroico en la historia los nombres de don Gaspar de Rodas, Sebastían de Belarcazar y Jorge Robledo, que no solamente se erigieron sobre los antiguos dominios de los caciques Nutibara y Bitagi, el valle de San Antonio, el valle de San Nicolas y el valle de la Aburrá, sino que además acallaron la "Multiplicidad de los Versos", su voz en la historia. Se desplegó una vida social que transitó entre la sociedad hidalga, la sociedad criolla, hasta llegar a la forma de vida burguesa en finales del XIX e inicios del siglo XX.

Las relaciones sociales impuestas por el proceso de colonización construyeron un “Yo conquisto” en el centro de la formación de la subjetividad. No solo se conquistan lo que está más allá del horizonte, sino que se trataba fundamentalmente de la conquista de una cultura, de un modelo civilizatorio (el moderno colonial-blanco heteropatriarcal occidental) sobre las formas de sociabilidad amerindias. Toda fundación de un poblado, implicaba la muerte y futura extinción de un pueblo originario, así como el dominio de la naturaleza. El espíritu aventurero y emprendedor del “paisa” lleva la marca de la barbarie en su interior. El egocentrismo y la megalomanía característica de esta formación de Ethos es el reflejo arquetípico (inconsciente) del ego conquiro (“Yo conquisto”)[2] que considera la supremacía de sujeto sobre lo Otro, el indígena y la naturaleza, objetivados para la dominación "paisa" del territorio. El establecimiento de un modelo sobre lo humano como parámetro, que implicó un ejercicio de esquematización de la realidad.

El problema no es tanto el encuentro entre un “Yo” y un “Otro”, sino la construcción de un Nosotros”, “Occidentales”, ante todo "Paisas", como manera de encubrir su barbarie, al aniquilar al “Vosotros”, los demás modos de «Registro» de lo real. Todo río se desarrolla sobre un cause espacial, por lo que entender la historia como totalidad, implica precisamente considerar la sistematicidad del «acontecer», el hecho de su simultaneidad y no-simultaneidad al mismo tiempo en un espacio global de formación, que en este caso es el de la Modernidad. Como en los demás pueblos colonizados, las tierras fueron expropiadas y, si las comunidades no fueron exterminadas, fueron esclavizadas y puestas al servicio de mecanismo de aumento de la tasa de ganancia, de la explotación y la acumulación originaria del capital.

El inicio de siglo XIX, es la configuración de un Estado Moderno y legítimo en el país, teniendo como uno los pilares de ese proceso, la consolidación de un régimen racional ilustrado de tenencia de la Tierra para la comunidad política representada en los poderes y mecanismos concretos del Estado, como la titulación y control de terrenos baldíos. Durante la transición del siglo XIX al siglo XX, en Colombia se fue consolidando un régimen agrario, una estructura agraria, que presentaba alta concentración de la tierra, pero aun así, seguían existiendo grandes extensiones de territorios sin asignar, por lo que se desencadenó un proceso de apropiación de tierras, "constituyéndose en una verdadera pesca donde se feriaron las mejores tierras disponibles, reforzando la república señorial” (Machado, 2009: 51). Durante esta "feria de baldíos", se desarrolló lo que muchos historiadores y sociólogos denominan como la Colonización Antioqueña, uno de los procesos sociodemográficos, socioeconómicos y sociopolíticos más enigmáticos y fundamentales para revisar el problema de la vida y construcción ethos paisa.

La Interpretación de la Colonización Antioqueña


Cuando J. Parsons estudia la colonización antioqueña, lo hace poniendo énfasis en la "actitud psicológica innovadora" orientada al logro y al desarrollo de la industria. Por influjo de esa forma geográfica, sufrió el pueblo antioqueño de un aislamiento que desde épocas coloniales, los ubicaba en un punto estratégico en el que la influencia de la corona, o santa fe, era casi nula. Primariamente, el "paisa" se dedicó al oro que rápidamente fue escaseando debido a la rápida y feroz extracción. También, dice Parsons, que la forma geográfica imposibilito en un inicio la creación de bastos campos poblacionales en razón a las pendientes de las montañas, que hacia difícil casi imposible algún asentamiento humano. Aun así, el "paisa" aprendió a cultivar la tierra y a vivir en las pendientes, configurándose el mito de la pujanza y destreza de los antioqueños. Como lo expresa Parsosns (1949:106):

“En las nuevas tierras volcánicas del sur y al oeste, la naturaleza profundamente quebrada de la región, el orgullo de los cultivadores de café y el espíritu de autonomía libre e independiente se combinaron para producir este caso rarísimo de una sociedad democrática de pequeños propietarios, en un continente dominado por un latifundismo latino tradicional (...)”



Hay un descubrimiento fundamental que menciona Fals Borda en su texto “Entre los Paisas” (2005), guiado por las premisas de sus maestros de la Universidad de Florida, dice que los antioqueños han sido el único pueblo en nuestro subcontinente latinoamericano que ha logrado un desarrollo estructural desde bajo, es decir Endógeno. Para él, el Ethos desarrollado a finales del XIX y principios del veinte es una configuración sui generis. Acá, sigue, indirectamente la tesis de J. Parsons (1949) según la cual, desde el comienzo, la sociedad "paisa" estuvo aislados del resto de la nueva Granada por barreras montañosas y selvas pluviales; marginalidad en la que permaneció hasta bien entrado el siglo XX.

Dice Fals Borda (2005) que históricamente es posible ubicar un núcleo central, en donde se puede encontrar los elementos más representativos de este Ethos Suis Generis. Este núcleo central, son los grupos ancestrales de Antioquia, que incluía aquellos grupos humanos marginales, que laboraban en montes, valles y ríos que durante la Colonia y la Primera República fueron explotados y oprimidos en distintas formas. Un caldo de cultivo humano de diversa composición. En primer lugar y como los más antiguos, los indígenas en sus pequeños resguardos (como los pantágoras, supías, ituangos, peques, guamocóes, Tahamíes Katios, etc.). En segundo lugar, están los negros independientes, libres o en sus palenques (como en Buriticá, San Andrés, San Pedro, Guarne, etc.) cuyos valores bullían con el sentimiento de la libertad. En tercer lugar, Ubica Fals Borda a los campesinos españoles pobres. Estos grupos configuran un Ethos que en su interior lleva un socialismo Raizal. Los sentimientos característicos del "paisa" seria así para Fals Borda (2005): la solidaridad, el respeto por la tierra, la vida y la libertad y la lucha contra la opresión. Eran para él los "paisas" de la República, naturalmente receptivos del socialismo utópico y humanista, como de buscando siempre una sociedad democrática e igualitaria de pequeños y medianos propietarios en la zona.

Ahora bien, el panorama si es tan rosa? la dinámica coyuntural refleja otra cosa.

Como lo señala muy bien el profesor Jaime Londoño en su escrito “El Modelo de la Colonización antioqueña de James Parsons: Un Balance Historiográfico” (2002), la apropiación pasiva del modelo de colonización que trajo el autor norteamericano, llevó a la reproducción de un supuesto devenir "rosa" en los albores del Ethos paisa. Si se considera el fundamento olvidado y encubierto en la obra de J. Parsons sobre la colonización antioqueña, se podrá observar que por un lado, lejos de estar aislada, la cultura "paisa" interactuo con muchos lugares y regiones del país y del extranjero; mientras que por el otro, es posible no ver un tal desarrollo igualitario en la configuración de la estructura de propiedad de la tierra.

Lo que hizo Parsons fue igualar los conceptos de Frontera y Colonización, dejando implícitamente esta operación. Su modelo interpretativo queda reducido entonces al estudio de las rutas seguidas por los antioqueños en los procesos de ocupación de las zonas baldías situadas en los márgenes de los poblamientos coloniales (Londoño, 2002). Lo que siempre pretendió Parsons, fue analizar la ocupación de nuevas tierras por parte de los antioqueños, y aun con las críticas que el propio Londoño le dirige, dice que el modelo de Parsons, es lógico y responde a su mismo objetivo. Es importante considerar, como lo hizo J. Parsons – seguido por Fals Borda- el proceso y causas por las que opera el proceso por el cual un grupo humano se apropia de un espacio vacío, que trate de integrarlo a él (al Conglomerado), su consecuente puesta en exploración y el carácter emocional de la sociedad que emerge de este proceso.

Por otra parte, la tesis del "Socialismo Raizal paisa", queda en entredicho cuando vemos las relaciones que se establecen entre la mentalidad de las élites antioqueñas, el emprendimiento y la ética del trabajo tan a fin al espíritu del capitalismo característica de los "paisas". Según Alberto Mayor Mora, la racionalidad de la cultura paisa, curiosamente mezclada con un catolicismo del trabajo, a la manera que lo vio Max Weber para el proceso europeo, la relación entre una ética del trabajo religiosamente construida y un espíritu capitalista, trajo consigo el progreso de la industrialización y de la modernización para Antioquia y el país. El empuje colonizador sigue una ética del carácter vinculada a la racionalización del trabajo productivo a efecto del establecimiento de las relaciones de producción de tipo capitalista, que sustentan el modo de vida emprendedor, innovador y del pragmatismo como valores propiamente "paisas".

Es sobre este panorama de evolución de las fuerzas productivas que a finales del siglo XIX, surge de entre algunos miembros de la élite política, comercial e intelectual, la idea de la creación de una “sociedad” que Concibiera el espacio en su globalidad; que direccionará y planificará el crecimiento urbano que se percibía como desordenado e ineficiente, a la vez que se constituía un órgano que centralizará las políticas de modernización. Es en este lapso de tiempo, se puede firmar que se produce un punto de inflexión en el que se transpone el desarrollo de lo agrario hacia lo industrial. Suceden grandes procesos de migración del campo a la ciudad; se crea la posibilidad de entrada a capitales extranjeros, del mismo modo que se desarrollan las condiciones objetivas que permiten el desarrollo de la técnica, elemento indispensable para la consolidación de una industria. Se construye el pujante complejo industrial "paisa", Empresas como Coltejer, Fabricato y Tejicondor y en 1955 se "organiza el Establecimiento Público Autónomo encargado de la administración de los servicios públicos de Energía Eléctrica, Acueducto, Alcantarillado y Teléfonos"[3] conocido hoy como el consorcio empresarial EPM, como insignia de ese Ethos empresarial.
Aparece en el Ethos paisa una interrelación entre ética del trabajo y la racionalización de la vida económica y social. Entre 1890 y 1970 se construye ese "mito" del "paisa" pujante, trabajador, innovador y empresario, un aventurero del capital, que significó esta nueva colonización paisa, marcada por la bandera de la industrialización y el progreso, propios de la ética capitalista, que posee en su interior la Constelación social Latifundista, de manera más marcada que una Ética socialista raizal como creyera Fals Borda.



El surgimiento del Carácter Afirmativo de la Violencia


En Antioquia (y en la ciudad de Medellín) se desarrolla una sociedad y cultura violenta. Cuando se revisan las estadísticas de homicidios en la región antioqueña o en la ciudad de Medellín en comparativo con otras regiones y ciudades latinoamericanas o del mundo, es evidente notar que la ciudad ha vivido grandes procesos de re-configuración social y política producto de innumerables enfrentamientos entre diferentes grupos armados (Nieto, 2005). El proceso de modernización y de urbanización de la región, estuvo marcado por un fuerte proceso de industrialización (iniciado entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX) en sus inicios, para luego entrar en un proceso de des-industrialización, que dio entrada a un aumento de la economía ilegal, siendo la violencia uno de los focos fundamentales en el desarrollo económico y político. .

La violencia en el departamento y en la ciudad de Medellín en particular, tiene su puntos más álgidos entre 80 y los años 2000, en donde se viven fuertes procesos de transformación de la confrontación armada, en los que la vida urbana se ve gravemente afectada.La violencia política en el país venia recrudeciéndose cada vez más, hasta tal punto que los grupos insurgentes y los contra-insurgentes, toman la decisión de trasladar el conflicto del contexto rural hacia el contexto urbano. Durante 1980 a 1995, el narcotráfico logró consolidar redes de producción, circulación, venta y consumo de drogas, dirigido fundamentalmente por Pablo Escobar y el Cartel de Medellín. La violencia tiene su emergencia en la ciudad, mezclándose y modificando las lógicas de la violencia política (Global) que se estaba llevando a cabo en el país, con las lógicas propias de la violencia social de los territorios locales. Durante la decada de los 80´s e inicios de los 90´s la figura de Pablo Escobar empieza a ganar legitimidad a partir de obras sociales y de resolver los problemas inmediatos para la comunidad marginalizada; pero por otra parte organizaba grupos que en su mayoria estaban conformado por jóvenes que tuvo mayor apogeo en la zona nororiental como es nombrado por Restrepo en su libro “Las vueltas dela oficina de Envigado”, estos grupos eran conocidos como galladas. Estos grupos permitieron llevar a cabo la Guerra que Escobar se había propuesto contra el Estado ademas de integrarse a diferentes actividades del narcotráfico, el control territorial, entre otros. La agudización del narcotráfico, la desigualdad social y poca intervención estatal transversalizaba el desarrollo de la vida social. 
El ambiente social que se comenzó a desarrollar en cada uno de las regiones y en los barrios de la ciudad de Medellín, y en el departamento como un todo, estaba marcado de esa manera por diferentes expresiones de la violencia que se veían por todos lados y esferas de la cotidianidad.
El panorama se caracterizaba por un ambiente de violencia generalizada en los ámbitos: territoriales, políticos, personales, de ajustes de cuentas, etc ; y durante tres periodos específicos a lo largo de la década de los 90´s y principios de los 2000: de 1990- 1993 primó la violencia asociada al narcotráfico y a otras actividades ilícitas organizadas, de 1994-1998 primó la violencia por reivindicación económica o del honor personal y el periodo de 1999 – 2002 estuvo definido por el escenario de la violencia territorial y paramilitar [4].

Los "paisas" con todo esa jovialidad que nos caracteriza, realizamos verdaderos carnavales sangrientos, a los que llamamos genericamente como masacres del "el Aro", "de Ituango", del "Retiro", .... la lista es muy grande; cambiamos el hacha que nuestros mayores nos dejaron por herencia por la moderna y eficaz moto-sierra, cortando todo obstáculo que se impusiera a nuestra a nuestro emprendimiento:




"Solo que nosotros no matamos por obligación, sino por gusto, o mejor dicho, por disgusto, por desesperación del mundo. Por eso matar nos proporciona cierta diversión. ¿No le ha divertido a usted nunca matar?Herman Hesse_ El Lobo Estepario




La economía del narcotráfico sustentada en grupos paramilitares, no sólo comenzó a ser central en el desarrollo del mercado, penetrando fuertemente en las esferas institucionales, sino que construyó un "estilo particular de vida", un modo de subjetivación, híbrido al proceso de construcción cultural que se venía ta gestando desde 1514.Entre los años 80 y la actualidad, se conformó un estilo particular de vida, en el que las representaciones que producen por los sujetos sociales, están dadas por su contacto con el medio simbólico en el que se encuentran; medio que impone el imperativo de conseguir dinero, ya que el dinero es la posibilidad de conseguir lo imposible, siendo la violencia el medio de conseguirlo o aproximarse a él. El carácter afirmativo de la violencia (CAI) es precisamente eso, el aparecer de la violencia mientras se oculta en todas las otras formas de socialización que caracterizan el Ethos paisa contemporaneo.

En términos muy generales, para describir esta nueva  formación cultural  "Narco-paramilitar" o CAI, hay que decir que es la manera en que un individuo busca sus aspiraciones en la vida, en las que necesariamente se implica el desconocimiento completo del Otro, o mejor dicho, se le reconoce en tanto se le busca rebajarle y aniquilarle por medios violentos. Por qué ocurre esto?; por qué se afirma en su carácter la violencia? Según nos parece, la violencia se afirma cada vez más en su carácter en la medida en que las exigencias del estilo de vida moderno, la posicionan como uno de los medios más eficientes para llegar a tener la posibilidad de conseguir lo imposible y engrandecer al "ego". En la vida de los sujetos, a partir de las exigencias de una forma de vida capitalista, la violencia se consolida como una forma de socialización y se afirma en su carácter, siendo un rasgo central de la subjetividad "paisa", en su "estructura psicológica". 

La identidad cultural de los "paisas", sus maneras de interacción con el otro, guardan una estrecha relación con la vida capitalista y el conflicto que en ella se genera. Es necesario revisar la relación existente entre la vida moderna, la forma de interacción que la violencia que vivió y se vive en Antioquia y el país, para determinar su contribución y mediación en la configuración en la dinámicas y construcción de estilo de vida adscrito al Ethos paisa. 

¿Ser o No-Ser Paisa?

Lo que hoy conocemos como Ethos paisa es la síntesis de ese proceso histórico. La ambivalencia entre su carácter aguerrido, su solidariad, su ingenio, su interés por el trabajo, su capacidad jovial, su picardía, en contraste con su relativismo moral, el narcisimo, su afán por el dominio y la ganancia, demuestran el choque entre estos Núcleos ético miticos [5] que construyen su idiosincrasia. El amor por la tierra que lo vio nacer, contrasta con su huella dejada en la naturaleza, pues ahora sí que es cierto el aforismo del fulano de Éfesos, el Río, después que lo tocaron las manos paisas, no volverá a ser el mismo. Ese pueblo ha dejado grandes simbolos nacionales, como don Pedro Justo Berrio, Heladio Velez, Pedro Nel Gémez, Carlos E. Restrpo, Estanislao Zuleta, Porfirio Barba Jacob, Maria Cano, Demora y Gonzalo Arango, Juanes, Botero, Son Bata,  Legarda.... Pero también ha construido verdaderos "engendros", Pablo Escobar, los Castaño, el  narcotrafico y, más recientemente, el "Uribismo". De ahí, el "amor y odio" a los "paisas" por parte de todos los colombianos. 
Cómo despojarse del Ethos paisa? El fulano salió de Éfeso, se enfrentó a una muerte por hidropecia para, por auto-destierro, criticar a un pueblo que no escuchaba al λογος. Por más lejos que este un "paisa",  y por mucho que reniegue de su propio origen, siempre añora un "aguerdientico", para no olvidar de dónde surge su propio ímpetu, ese trago que manifiesta este dulce-amargor de nuestra historia; como dijese Nietzsche "Somos como un río que que vuelve a su origen por las vías de sus afluentes". La Cultura, como esa morada del ser humano, es el destino inevitable de la experiencia en- el- mundo. El problema no es entonces "Ser-paisa", sino el "modo de ser" que quiere imponer como modelo absoluto de los valores de ese grupo humano. Habrá que despojarse de ese "mito" y re-hacer la historia de nosotros mismos.




Trabajos Citados:



Borda, F. (2005). Entre los Paisas: Reconociendo su misión en la Historia. (11 de noviembre de 2005 Tesis para el Título Honoris Causa, Paraninfo, Edificio de San Ignacio, Medellín, Ed.).

Londoño, J.  (2002).El Modelo de Colonización Paisa de James Parsons: Un balance historiográfico, 7, 187–226.

Machado, A. (2009). Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia D e la colonia a la creación del Frente Nacional.
Mora Mayor, A. "Etica, trabajo y productividad en Antioquia" En: Colombia 1984. ed:Tercer Mundo ISBN: v. 1 pags. 550.
Nieto, J. R. (2005). “Conflicto, Violencia y Guerra en Colombia: El caso de Medellín”.U de A.


 Parsons, James. The Antioqueño Colonization in Western Colombia. Berkeley: Universidad de California, 1949.

_________________________
[1] Los trabajos de estos dos académicos, inspirados por la conmemoración de los 200 años de independencia de Antioquia, aseguran que esta región lejos de estas aislada del mundo y del contexto nacional, se configuro a partir de toda una red de global de relaciones con el resto del país, Latinoamérica, los Estados Unidos, el continente Europeo y africano, dejando en entredicho una de las tesis fundamentales de Parsons y Tulio Ospina, según la cual el condicionamiento geográfico montañoso constituyó un elemento de aislamiento de la región frente al contexto general del territorio Colombiano y del mundo.
[2] Para una descripción de este concepto de "ego conquiro" revisar: Dussel, E. "El Encubrimiento del Otro".
[3] Acuerdo 58 de 6 de Agosto de 1955. Consejo de Medellín.
[4] Ver: Libro "Medellín entre la muerte y la vida. Escenarios de homicidios, 1990-2002" (clara Suarez Rodríguez, Carlos Giraldo Giraldo, Héctor García García, María López López, Marleny Cardona Acevedo, Carolina Corcho Mejía, Carlos Posada Rendon) Grupo de investigación en violencia urbana de la UdeA y U de EAFIT, Estudios políticos No. 26 Medellin Enero- Junio 2005.
[5] Con este concepto P. Ricoeur expresa el complejo de valores y de actitudes valorizantes, como acciones correctivas sobre la experiencia de vida, del mismo modo que el conjunto de imágenes -imagos- símbolos que constituyen las representaciones básicas de un pueblo. Ver: Ricoeur, P. Civilización Universal y Culturas Nacionales (1961). En: Ricoeur, P. Ética y Cultura. Ed. Prmeter. 2010, pp. 48-51.

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