Últimas publicacionesToda la información.

Gorgias o de la filotiranía

 

Filósofo Platón


 La filosofía de Platón tiene sus orígenes en el esfuerzo continuo de buscar una respuesta adecuada para una pregunta fundamental: ¿cómo es posible que, en nombre de la justicia, Sócrates, el pensador más justo de los griegos, haya sido acusado de impiedad y condenado a muerte? Uno de los diálogos más sugestivos y apasionados escritos por Platón lleva por título Gorgias. En él su autor da cuenta, más que de su inusitado dolor por la condena de su Maestro -dolor que, en cambio, se refleja nítidamente en otros diálogos-, de su indignación frente a una democracia sin Ethos, que había perdido sus principios fundamentales a medida que marchaba aceleradamente al encuentro de formas jurídicas y políticas vaciadas de contenido, y cuya mayor evidencia había sido, precisamente, aquella espantosa condena dictada contra Sócrates, marcada por la mayor injusticia. La Grecia clásica, fundadora de la cultura occidental, daba pasos firmes -y entusiastas- hacia el encuentro con la tiranía, que terminaría por herirla de muerte. Gorgias es, en este sentido, uno de sus trabajos más completos y mejor logrados, no solo desde el punto de vista crítico-filosófico en sentido estricto sino, además, desde el punto de vista estético-literario y ético-político. Claro que, por lo general, la techné philosophica lo ha intentado encasillar como un discurso dedicado, en lo esencial, a la crítica de la retórica, como si Platón fuese Descartes. Precisamente, lo que indigna a Platón -a diferencia de Monsieur Cartesius- es la progresiva pérdida del significado del contenido retórico y, por eso mismo, la decisiva importancia de su formación histórica y cultural.

 No merece ser digno de estima un poder cuyo sustento es la injusticia, y, lo que resulta aún más indigno, en nombre de la justicia, mediante la manipulación de la opinión de las mayorías. El problema de Sócrates -y de su discípulo Platón- con Gorgias -el más admirado maestro de la sofística- consiste precisamente en haber hecho de la retórica un “arte de la oratoria”, una técnica de la persuasión a partir de la cual se puede afirmar o negar cualquier cosa, con absoluta independencia de que sea -o no- verdadero, justo o pulcro. Y, en efecto, con Gorgias lo verdadero es sustituido por lo verosímil, lo creíble, lo cual condujo a la Polis directamente a graves consecuencias de orden político y social, dado que, como acertadamente se ha indicado López Eire: “toda la oratoria griega de la época clásica es política, incluso la de los discursos ficticios”. Cuando el saber es sustituido por la creencia ciega y el prejuicio, los tiranos encuentran un terreno fértil para sus propósitos. Es así como el Logos -el Verbo- pierde toda consistencia. Las palabras pomposas, grandielocuentes, ampulosas, con las que se construyen los discursos de la demagogia, se transmutan en entidades separadas de lo real, en ficciones aptas para la manipulación, adaptables a cualquier situación. Como señala el adagio, las apariencias engañan. No pocas veces la “Rebelión de los ángeles” termina en la sumisión ante los demonios. Podría decirse que Gorgias es, en tal sentido, el auténtico fundador no solo del concepto de mass media o de la gran industria cultural sino, además, el padre putativo de los modelos populistas que han conducido directamente a las siempre infames tiranías a través de la historia.

 En el diálogo con Sócrates, después de reconocer que el orador tiene conciencia de la diferencia entre lo justo y lo injusto, Gorgias, “maestro del arte de la oratoria”, se queda sin argumentos. No hay forma de ejercer la política propiamente dicha abstayéndose de la ética, porque la política es, de hecho, la vía efectiva del ejercicio ético. “Quien tiene conciencia de lo justo tiene que asumir la justicia y quien asume la justicia no puede actuar injustamente”. El mayor de los males -afirma Sócrates- es la injusticia. Si las técnicas de la persuasión permiten que el orador elogie lo injusto como si fuese lo justo, entonces dichas técnicas tienen que ser rechazadas. Al quedar silenciado, y después de la pobre intervención hecha por Polo -quien llega a afirmar que el injusto es feliz-, Calicles expone la necesidad racional de la injusticia: “sólo los esclavos y los débiles -afirma- pueden alabar la justicia, pero el hombre fuerte no puede por menos de ser injusto”, porque -en su opinión- “lo verdaderamente justo para el fuerte es cometer injusticia”. Ante semejante declaración, digna de un fascista, Sócrates pregunta por el significado que tiene para su interlocutor ser “el más fuerte”. Calicles responde que el más fuerte es aquel que es capaz de alimentar el mayor placer. Y es entonces cuando Sócrates establece la diferencia entre placer y bien. Hay, sin duda, placeres que matan.

 El orden, la moderación y la justicia están muy por encima de los desenfrenos que intenta vindicar Calicles. Por esa misma razón, el arte de una “oratoria” que vale para todo y que los sofistas pretenden elogiar, es puesta en evidencia: se trata de un discurso carente de autenticidad, abstracto, ajeno a todo contenido, elástico, ajustable, adaptable a cualquier circunstancia. Un discurso hecho de astucias que pretende adular a los oyentes con el objetivo de ganar sus simpatías por una “causa” carente de causa. Ese es el discurso característico de las filotiranías gansteriles. Calicles se niega a continuar la discusión y, a solicitud de Gorgias, Sócrates presenta las conclusiones del diálogo: los ciudadanos que actúan con moderación son justos y los justos son felices. Una república efectivamente democrática es aquella que educa a sus ciudadanos a vivir con moderación y justicia, que huye de los desenfrenos. Los injustos tarde o temprano terminan pagando el castigo por sus culpas, y cuanto más larga es la vida del injusto mayores son sus desgracias. Es tan absurdo que los gobernantes que han sido injustos se quejen del maltrato de los gobernados como que los sofistas, quienes aseguran enseñar la virtud, se quejen de las malas acciones de sus discípulos. En fin, para Sócrates la política no consiste en agradar al populacho sino en procurar el bienestar de la ciudadanía.


José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Los “físicos” y el caso Tales de Mileto

 

Filósofo Pitágoras


A la memoria de mi recordado amigo Mauricio Navia

 A los primeros filósofos de la Grecia clásica, se les conoce como los “físicos”. Y se presupone, con base en este término, que su primer interés fue por el estudio de la naturaleza, es decir, por la comprensión del origen del cosmos, del cual buscaban precisar el principio fundamental, unitario, que les permitiera dar cuenta de una explicación racional, lógica, capaz de trascender los viejos mitos y creencias que pregonaban los poetas. La fertil fantasía imagina a los antiguos sabios sentados en la blanca arena de las playas del Mediterráneo, contemplando, maravillados, los fenómenos que ofrece la vastedad del universo infinito, el ancho mar, el cielo estrellado, el fuego eterno que emana de la luz del sol o el resonar del soplido del viento. Así aparece el mito separado de la ciencia y los preceptos de la teología filosofante y de la metafísica distantes de la física. El muy moderno criterio de demarcación penetra lentamente, cual gas, a través de las diminutas fisuras de la imaginación hasta insuflarla, al punto de hacer estallar el idilio. Entonces, de pronto, los “físicos” abandonan las túnicas y las sandalias y se trastocan en ingenieros de batas largas y calzado florsheim, miembros de una corporación en el largo bucle de una productiva cadena de montaje. Como podrá apreciarse, bajo tales premisas, queda la convicción -más o menos consagrada por la fe- de que la historia de la humanidad puede cambiar sus circunstancias puntuales, pero, en lo esencial, las abstracciones propias del modo de producción de capital le son inherentes a la esencia humana, por lo menos desde los Picapiedra hasta los Supersónicos.

 En realidad, la cultura griega tiene sus inicios en la historia concebida a través del pensamiento, la cual tiene sus orígenes en el carácter estrictamente sustancialista característico de la civilización oriental que, como se sabe, parte de la indisoluble unidad de la naturaleza, dentro de la cual el espíritu se haya subsumido. Solo que, al llegar a Grecia, tal concepción de la unidad se ve radicalmente modificada. Para los antiguos griegos -convencidos defensores de la libre voluntad, a diferencia del punto de vista orientalista-, la naturaleza no mantiene un dominio absoluto sobre la espiritualidad humana sino que, más bien, ella está determinada por el espíritu. El espíritu, en efecto, penetra la naturaleza para conformar una unidad sustancial con ella y -siendo conciencia- la configura y se configura. Ya no se trata del totalitarismo oriental, cuya unidad cerrada, homogenea -que simboliza su modo de concebir el Estado-, anula toda posible diferencia. Pero tampoco se trata de la vacuidad, del abstracto subjetivismo y del formalismo instrumental, que ha terminado por convertirse en el pilar sobre el cual se ha construido la cultura moderna y, consecuentemente, la posmoderna. La Grecia clásica ocupa la bella compenetración entre dichos extremos: Physis sive Ethos. Es el centro de la belleza natural y espiritual a un tiempo. La Physis se espiritualiza. El Ethos se naturaliza. Por eso mismo, en Grecia ya no se puede hablar de la sustancia ni del espíritu como entes separados: el pueblo griego es la sustancia espiritual de la libertad, que es la base, el fundamento de sus costumbres, de su civilidad. Grecia es sinónimo de la alegría de todo lo que sea existencia. Es el principio del mundo del libre ser y del libre pensar. Por eso mismo, su muerte, el crepúsculo de la bella eticidad, dio lugar al nacimiento de la filosofía, porque la labor de la filosofía consiste en preguntarse por las causas que dieron origen a la crisis, al tiempo de reconstruir los principios fundamentales -precisamente, los orígenes- sobre los cuales cabe refundar la unidad perdida. “El búho de Minerva inicia su vuelo con el crepúsculo”. Por eso mismo, no hay filosofía sin historia ni historia sin filosofía.

 Ese fue el trabajo de los llamados filósofos “físicos”. Afirmación que, por cierto, no cabe en la comprensión de los manuales, diccionarios y breviarios de filosofía, como tampoco en la de unos cuantos intérpretes que conciben el estudio de la historia de la filosofía a través de los lentes del entendimiento abstracto, instalado como eje de la industria cultural. El caso de Tales de Mileto -el primero de los “físicos”- es, en este sentido, emblemático. De Tales se cuenta que un día, por estar mirando las estrellas y observándolas, cayó en una zanja. Los buenos ciudadanos, en su mayoría ignaros, se burlaban de él, afirmando que mal podía conocer el principio de las cosas quien no acertaba a ver por dónde pisaba. Los buenos ciudadanos tienen esta ventaja frente a los filósofos, quienes no pueden pagarles con la misma moneda. Sólo que ellos, los legos, nunca podrán caer en una zanja, porque nunca han podido salir de ella, ni mucho menos levantar la mirada para contemplear las estrellas.

 Así pues, con Tales tiene sus inicios la filosofía propiamente dicha, la ciencia de las primeras causas, entendienda por esta no solo la esencia o lo que hace que algo sea lo que es sino, conjuntamente, al bien común, que es la meta de toda realidad de verdad, de toda wirklichkeit. Para él, el agua es el principio de todas las cosas, motivo por el cual, principalmente, se le clasifica como “físico”. Y sin embargo, en Tales la referencia al agua, además de ser el elemento unitivo propio de la vida económica, social y política de los antiguos griegos, rodeados de agua por todas partes, se transforma en la forma general del ser social. Por eso mismo, no se trata de un elemento meramente sensible, sino más bien de un concepto general a partir del cual cobra conciencia el hecho de que la verdad, lo uno, es lo en y para sí mismo. Su gran labor consistió, precisamente, en la transformación de un elemento natural en una sustancia mediada por la subjetividad, en una fuerza general en movimiento, única -aunque, por supuesto, aún abstracta-, que logra superar con creces la fantasía de dioses mitológicos que nacen y perecen de continuo. Al igual que el resto de “los físicos”, Tales pone fin a las teogonías y su despliegue -como dice Hegel- de una “muchedumbre infinita de principios” que son, además, el reflejo de un mundo que había comenzado a perder su cohesión interior y había entrado irremediablemente en una crisis orgánica. El agua “física” deviene con Tales en pensamiento que contiene todo el resto de las cosas. Sólo la unidad es lo verdaderamente real. Es la sustancia que se determina como principio de la realidad, el principio absoluto como unidad del ser social y de la conciencia social.

 El gran peligro, la amenaza concreta que anuncia, cada vez con mayor fuerza, la llegada definitiva del ocaso occidental, no proviene directamente de oriente, sino de la cómoda sustitución de la capacidad de pensar, es decir, del pensamiento en sentido enfático, por formas instrumentales, “facilitadoras” del conocimiento que, en el fondo, subestiman las potencialidades de la sociedad civil y que, una vez automatizada, la condenan a subsistir presa en el callejón de las neurósis de la heteronomía. El problema no consiste en haber convertido al primer filósofo de Occidente en un “físico”, en un especialista en la observación de la naturaleza, sino, más bien, en haber presupuesto y separado -cosas del “criterio de demarcación”- el estudio del cosmos y el de la polis, como si para los ciudadanos de la antigua Grecia el orden y la conexión del cosmos no fuese identico al orden y la conexión de la polis. Explicar el Arché, la causa, el origen de la naturaleza, es explicar el origen de la vida ciudadana, y recíprocamente. Por eso el “físico” Tales de Mileto no solo fue un importante asesor político sino que, además, participó como estratega en batallas, en una época de grandes dificultades para la naciente cultura occidental. La pusilanimidad que caracteriza a la ratio instrumental termina en la conmemoración de sociedades que lloran la memoria de sus déspotas criminales, llegando al paroxismo de extrañar al responsable de sus peores desgracias.


José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Grecia, siempre de nuevo


A mis queridos colegas del Instituto de Filosofía y Teoría Política
del CEDES y del Doctorado Internacional de Filosofía de la ULA

Filosofía griega perfecta




 El circuito dentro del cual la antigua sociedad de la Grecia clásica llevó adelante el quehacer metafísico, es decir, el oficio de pensar, era infinitamente más pequeño que el del presente. De hecho, comportaba una circunferencia cerrada, o más bien un ovo -al decir de Peter Gabriel-, que constituía la esencia trascendental de sus vidas. Una esencia que, para la sociedad contemporánea, hace mucho tiempo que se fracturó, hasta alcanzar su nuclear estallido en incontables fragmentos. No obstante, toda pretensión de querer retornar sin más a aquella unidad primigenia, originaria de la cultura occidental, redunda en la banalidad y haría imposible la respiración del espíritu en acto. Por más que insista la nostalgia, el regressus, mecánicamente concebido, resulta anti-histórico, reaccionario. Lo cierto es que un abismo separa el ser -“puro ser”- del acto cognitivo y el acto cognitivo de la acción, la voluntad del destino previsible y “seguro”. Toda sustancialidad se ha desvanecido en la reflexión del entendimiento, conduciéndola al otro lado del abismo. La sustancialidad de la sociedad posmoderna es la forma vaciada de contenido. El desgarramiento ha traspasado los cimientos del sentido de la realidad de verdad, para dar cabida a una existencia de ficciones, condenada al tedio de una repetición sin fin, marcada por la mala infinitud.

 Que Pericles haya presidido la Polis ateniense y que Maduro mantenga la tiranía sobre una Venezuela desecha, da la pauta del significado de lo que aquí se ha llamado abismo. Ciertamente, la Grecia clásica fue el núcleo, la semilla, donde se formó la Libertad. Por eso afirmaba Hegel que “entre los griegos nos sentimos como en nuestra propia casa, pues estamos en el terreno del espíritu”, porque Grecia es, además, “la madre de la filosofía, esto es, de la conciencia de que lo ético y lo jurídico se revelan en el mundo de lo divino, de que también el mundo tiene validez”. Y, en efecto, fue en Grecia donde por primera vez el espíritu se da a sí mismo el contenido de la voluntad y del saber. Por eso coinciden las formas del Estado con los intereses de sus ciudadanos, porque para ellos Estado, derecho, religión y familia representan cabalmente sus propios fines. La fértil plasticidad de la vida y de las formas griegas son la temprana y, quizá, la más pujante juventud de la civilización occidental, cuyo mayor legado es el arte en sus más diversas expresiones: las bellas letras, la música, las más diversas creaciones plásticas, la arquitectura, entre otras. Todas sustentadas en la fantasía concreta de su religión natural -como la llamaría Kant-, de la que irrumpe de continuo, potente, la fuerza del Ethos como premisa de su concepto de educación estética, sustentada en el Demos-krátos, esa aventura de vivir en Libertad.

 No es posible regresar a Grecia. Pero Grecia es una referencia ineludible. Es el sine qua non de la inteligencia contemporánea. Como dice Aristóteles, “las cosas se conocen por sus orígenes”. Las cosas no se reducen a sus fines, sino que se hallan en su desarrollo. Solo se puede hablar de resultado cuando se tiene conciencia del propio devenir. El comienzo del espíritu es, por cierto, el resultado de una larga y dolorosa transformación de múltiples configuraciones en el desarrollo de la cultura. Ese es “el calvario del espíritu”. Y la comprensión de cada nueva determinación, de cada nueva figura, no es posible si no se mira hacia atrás, si no se reconstruye el proceso, si no se tiene plena conciencia del punto de partida. El “lo lamento mucho” de Leónidas ante Jerjes, quien lo conminaba a arrodillarse ante él y someterse a su autoridad “divina”, contiene en sustancia no solo el nacimiento de Occidente, sino, con él, su principio supremo, precisamente, la Libertad. Un principio que la mitología griega supo poner en boca de Prometeo, encadenado a una roca por mandato de Zeus. Frente a las exhortaciones de Hermes, para que se inclinara ante Zeus y pidiera perdón por haberle llevado el fuego a los mortales, Prometeo exclama: “Has de saber que yo no cambiaría mi mísera suerte por tu servidumbre. Prefiero seguir a la roca encadenado antes de ser el fiel criado de Zeus”. Claro que es reaccionaria -e inútil, por demás- la pretensión de querer regresar a la Grecia clásica. Ese tipo de “retorno” a “las glorias del pasado” dio lugar -en el caso de Italia- al fascismo y -en el caso de Alemania- al nacional-socialismo. Pero los “retornos” son tan reaccionarios como lo es el perder el recuerdo de los orígenes, un recuerdo -el hilo de Ariadne- que impele a lo concreto pensado y a la consecuente lucha de la autoconsciencia por el aquí y ahora, lejos de dejarse cautivar por el canto de las sirenas del despotismo y la tiranía.

 Como afirma Lukács, “la perfecta eticidad del mundo griego es impensable para nosotros, dado el abismo insuperable que nos separa de él. Los griegos solo conocían respuestas, no preguntas, soluciones (aun cuando fueran enigmáticas), no misterios, formas, no caos. Trazaban el círculo creativo de las formas lejos de la paradoja, y todo lo que en nuestros tiempos de paradojas de seguro ha de conducirnos a la trivialidad, a ellos los llevaba a la perfección”. La dificultad -apunta Marx- “no consiste en comprender que el arte griego y la epopeya estén ligadas a ciertas formas de desarrollo social. La dificultad consiste en comprender que puedan aún proporcionarnos goces artísticos y valgan, en ciertos aspectos, como una norma y un modelo inalcanzables”. Toda crisis histórica encuentra las formas de su superación volviendo la mirada, con la debida atención, hacia las formas esenciales de la antigüedad clásica griega. Por cierto, su gran desempeño filosófico no surgió del hastío o de la ociosidad de unos “sabios” o de unos “físicos”, sino que fue justo en el momento en el cual comenzó a producirse la crisis del Ethos, la separación del individuo y del Estado. Ese es, por cierto, su oficio. Y, desde entonces, Occidente se ha construido teniendo siempre presente el eidos de la unidad primigenia, de la Casa Grande. El Imperio romano, el Renacimiento, la revolución francesa, la filosofía clásica alemana, las guerras de independencia americanas, entre muchos otros escenarios históricos. Aquiles y Alejandro -para no hablar de Ulises, fundador de la ratio instrumental- han sido, y seguirán siendo, el alfa y el omega de Occidente, sus referencias inmortales. No es cosa del azar que en Venezuela se fundara un estado Nueva Esparta o uno Amazonas, o que en algún momento Zaraza fuera considerada como “la Atenas del llano”.

 La “infancia histórica de la humanidad”, en el “momento más bello de su desarrollo”, ejerce un “encanto eterno”, un modelo, una referencia ineludible y continua que, si bien “no podrá volver jamás”, compromete y motiva a todo el espíritu de un pueblo que busca romper las cadenas de la tiranía. Valdría la pena preguntarse si quienes conforman la dirigencia de la autodenominada “oposición” tendrán alguna representación, por más vaga que sea, de esta inagotable fuente de ideas y valores.


José Rafael Herrera
@jrherreraucv

Los fundamentos estoicos de la psicología.

Epicteto, la base de la psicología y las formas de ser
Busto de Epicteto


Vemos al estoicismo como la forma más segura y próxima de conocer y de ser. ¿Cuánto de seguro es el estoicismo, qué propone, en qué nos ayuda y cuáles son sus riegos hoy?.

La primera oración del manual de Epicteto dice así: "Algunas cosas dependen de nosotros y otras no", y esta frase se acopla totalmente a nuestra forma de vida, es una frase que a priori nos puede ayudar en el proceso de sobrevivir a los cientos de estímulos informativos que nos bombardean diariamente. Es simplemente una frase que nos recuerda que todo va a estar fuera de control la mayor parte del tiempo, pero mi propio carácter, mi dignidad y autoestima están bajo mi control y nadie me lo puede quitar.

Y es que el pensamiento estoico dice que si estás apegado a cosas externas más allá de tu control, inevitablemente serás condicionado por otros. 

Esta forma de pensar cobra mucho sentido hoy ante los riesgos gigantescos que nos acechan, principalmente en el campo de las relaciones sociales.

Para concretar de qué estoy hablando voy a recordar unas frases de Epicteto:

"El hombre libre no quiere nada y no está apegado a los demás, de lo contrario, seguramente se convertirá en esclavo" o esta otra "cualquier persona capaz de molestarte se convierte en tu maestro; alguien puede molestarte solo cuando te permites ser molestado por él"

Cómo voy diciendo, estas líneas podrían fácilmente sacarse de contexto y formar creencias y actitudes peligrosas cómo estas:

- Es bueno negarse a mostrar miedo a quien te hace daño: Esta creencia la podría formar una persona que ha sido víctima de "bulling" o de "ghosting", es decir, de una persona que ha sentido el acoso social contra su persona en forma de insultos o en forma de olvido, esta persona podría expresar esta creencia con estas frases: "Mis ojos no deben mostrar miedo, no deben mostrar culpa", "sus burlas no tienen sentido a menos que sienta miedo" o "si no me contesta esta semana debo aparentar que no me importa". Esta persona que digamos sufre acoso social se niega a mostrar que tuvo miedo de sus manipuladores, que tiene miedo a no ser valorado, porque si ven que lo tiene, entonces tendrán poder sobre él.

 - Quien me quiere hacer daño solo me hace más fuerte: Esta creencia la podría formar una persona resentida, una persona que ha sido engañada o utilizada, o simplemente una persona que no ha tenido la comunicación necesaria en una relación que ya acabó. La famosa y falsa frase atribuida a Nietzsche de "lo que no te mata te hace más fuerte" ya evidencia las ganas que tenemos de afirmar esta creencia, pues lo que Nietzsche dijo (en "El ocaso de los ídolos") fue "lo que no te mata te deja tan hecho polvo y dependiente que lo único que puedes pensar es que eres más fuerte". Esta frase la hemos resumido en algo contrario a lo dicho por su autor. 

Volviendo a la creencia anterior, y en la ficción de esa persona resentida que no quiere/puede aceptar el dolor que ha recibido por otro, esta persona diría: "Eso no está bien., tuviste una elección y lo hiciste, e igual que tú él puede hacer lo que quiera", "las dificultadas forman mi carácter y cuantas más dificultades encuentro más fuerte soy" o incluso "soy mejor si la vida es dura".

Estas creencias parecen una buena forma de conservar un sentido de autonomía y dignidad. Permiten un cierto modo de vivir en el que no sentirte abrumado por el miedo, por la vergüenza o la culpa. De negarse a inclinarse ante los observadores, de no desfilar frente a tus compañeros y mostrarles cómo te duelen y afectan las opiniones de otras personas. Es decir, podrían ser - en un sentido poco estoico - una buena forma de no aceptar que la libertad es una conquista personal difícil y rara hoy en día. 


El recuerdo en el arte de formar ideas.


Mientras enfrentamos la turbulenta situación en la que nos encontramos, debemos entender que la antigua filosofía griega se encuentra "de guardia". Las enseñanzas de los estoicos, epicúreos, cínicos y platónicos suelen ser aforismos breves y claros que son fáciles de recordar y que, se crearon para recordarlos en momentos cotidianos, en esos en los que estamos obligados a actuar con seguridad.

Muchas de estas máximas clasicas nos han llegado hoy: “Conócete a ti mismo”, "Escucha y serás sabio", "Solo sé que no sé nada", "Nadie puede hacerte daño sin tu permiso" o "El amigo de todo el mundo no es un amigo ", por ejemplo.

El propósito de un manual como el estoico de Epicuro es que el alumno memorice los proverbios, los registre en su diario, se los repita a sí mismo y los lleve consigo para tenerlos  "al alcance de la mano".

Las máximas se repiten hasta que, en palabras de Séneca (otro referente estoico, el más famoso y tardío), "mediante la meditación diaria llegamos al punto en el que estas sanas máximas emergen por sí solas". Las incorporamos a nuestro discurso interno y las transformamos en "partes de nosotros mismos". Las lecciones se vuelven parte de nuestro "cuerpo", mezclándose con nuestro "tejido y sangre". Tomamos la forma del Logos.


Plutarco explicaba como había que utilizar estos aforismos estoicos:


Debes comprender continuamente los fundamentos para que el Logos actúe como la voz del maestro, silenciando tus antojos, apetitos y miedos cada vez que surjan.

Tienes que reflexionar sobre el significado de estas palabras en la experiencia misma de tu vida quería decir Plutarco, porque parar a meditar apartando los afectos más inmediatos, como el miedo, te acerca a la ley universal y lógica, o Logos.

Estas máximas, principios y argumentos convincentes pueden invocarse en un instante, justo "a mano para emergencias" que decía Marco Aurelio.

Los epicúreos repetían estás frases como un mantra:

"No hay motivo para temer a Dios o preocuparse por la muerte".

"Tanto lo bueno como lo malo se alcanzan y soportan fácilmente".

Y los pitagóricos repetían otros con el fin de simplificar ideas complejas. Por ejemplo, repetían "no te comas el corazón", que quería decir que debían cuidarse de no ser autocompasivos, o el dicho "no te acerques el fuego con una espada", que significaba que había que tener cuidado de no provocar a una persona cabreada con más críticas.

Mucho después cervantes entendió esto muy claramente cuando se propuso acabar con los dichos clásicos, él le hace decir a Sancho Panza algunos dichos como estos: "Cada oveja con su pareja", "Cada uno es artífice de su ventura", "Donde no se piensa, salta la liebre" o "El asno sufre la carga, mas no la sobrecarga" entre otros muchísimos que repetía sancho panza aplicado este aprendizaje clásico a las mil maravillas. 

Y es que como tenemos por cierto hoy en día "Don Quijote" es el libro que marca el principio de la edad moderna, precisamente por dejar obsoletos los dichos y las formas de pensamiento y aprendizaje clásicas. En parte por abandonar y hacer burlar estás formas de ser, por hacerlas parecer insignificantes y desgastadas, pero sobre todo por dominarlas y comprenderlas hasta hacernos ver que necesitábamos otras más complejas.

Pues bien, aunque solo sea por mostrar la importancia de las formas clásicas de aprendizaje, y también de lo poco que sabemos usarlas aparece aquí Cervantes que con tanto ingenio las utilizó. 

Sigo ahora exponiendo la forma clásica de aprender por refranes.


Las formas de aprender con dichos.


El estudiante se rodea de estos dichos. Los documenta en cuadernos. En la pared, están tallados. Los escribe y adjunta en notas post-it en su PC. Están enmarcados y expuestos. Esto tiene que hacerlo con la frecuencia suficiente para que las enseñanzas se conviertan en parte de su conversación interna.

Las tradiciones religiosas funcionan con métodos de memorización y autosugestión, las religiones orientales por ejemplo emplean el mantra, que consiste en repetir oraciones durante horas hasta que el estudiante entra en estado de "trance". Los estudiantes repiten el mantra en un esfuerzo por introducir las ideas fundamentales de la religión en sus mentes.

Los Diez Mandamientos y el Libro de los Proverbios, que está lleno de proverbios pegadizos como "el hombre bondadoso se beneficia a sí mismo, mientras que el hombre cruel se daña a sí mismo" y "el hombre sin autocontrol es como una ciudad asaltada y dejada sin muros", también muestran cómo se usan frases cortas y fáciles de recordar en el judaísmo.

El(los) autor(es) de Proverbios le recuerdan al lector que debe prestar atención, escuchar y recuerdar para que las lecciones se graben permanentemente en su mente:

Guarda mis mandamientos cerca de tu corazón, hijo mío, y atesóralos;

Conserva mis lecciones como tu máxima prioridad y átalas a tus dedos.

En la tabla de tu corazón, anótalos.

Los primeros monjes cristianos emplearon métodos similares de memorización y repetición. Por ejemplo, Doroteo de Gaza aconseja a sus alumnos que reflexionen constantemente sobre estos dichos si quieren poseerlos en el momento adecuado


La catástrofe positiva sin aprendizaje.


El actual movimiento de autoayuda tiene un pasado muy conocido utilizando las antiguas formas griegas de repetición y autosugestión.

Emile Coué, un psicólogo francés activo a principios del siglo XX, "redescubrió" las prácticas antiguas.

Según Coué, "la mente tiene el poder de manifestar cualquier cosa que imagine. Puede imaginarse a sí mismo en un estado de salud, prosperidad y felicidad o en un estado de miseria y enfermedad simplemente repitiéndose ciertos pensamientos". Afirmó que los antiguos griegos habían aprendido este secreto:

"¿No es obvio que tenemos un control completo sobre nuestro ser físico a través del pensamiento y que, como demostraron los Antiguos hace miles de años, el pensamiento o la sugestión pueden causar enfermedades o curarlas?

La idea de la autosugestión fue algo que Pitágoras enseñó a sus alumnos. Los Antiguos eran plenamente conscientes del poder, a menudo del poder mortal contenido en una frase o fórmula que se repite de nuevo. De ese poder inconfundible que ejercían a través de los antiguos oráculos que se mantenía en secreto.

En consecuencia, para este precursor de la positividad sin límites todo lo que se necesita para ser feliz, saludable y rico es decirse repetidamente palabras de aliento. por ejemplo al levantarnos Coué nos aconsejó que nos digamos: "Cada día, y en todos los sentidos, estoy cada vez mejor".

Simplemente piensa y di afirmaciones exitosas para ti mismo si quieres tener éxito. 

Estos nuevos movimientos positivistas dentro del campo de la psicología - por ejemplo - toman prestadas las palabras de Coué, los hay más básicos y contradictorios, incluso sectarios que usan afirmaciones cómo estás: "Puedes convertirte o ser cualquier cosa que elijas ser" casi tan fácil como un "Di la frase secreta y se hará realidad". 

Pero hasta los más científicos mantienen el supuesto de que repetir frases positivas formarán sentimientos y acciones positivas, como aquel psicólogo mediático español que dice "ponerse las gafas de la felicidad".

Estos movimientos establecen que "un pensamiento produce la cosa que el pensamiento imagina". Por lo tanto, todo lo que se requiere para que algo suceda es decir repetidamente cosas como "Tengo éxito en todo lo que hago" o "Todo está mejorando cada día" hasta que uno realmente las crea. 

Estos movimientos y escuelas psicológicas realizan viejas prácticas que fueron creadas para conocer a Dios. Algo tan crudo como: "Debes meditar sobre esto hasta que quede grabado en tu memoria y se haya convertido en tu idea habitual". 

Continúe leyendo este credo, aprenda de memoria cada palabra y reflexione hasta que lo crea firmemente. Estos movimientos dan la impresión a la gente ingenua de que todo lo que se necesita para cambiar psicológicamente es pensar positivamente, es decir, no pensar sino repetir afirmaciones como si estuvieras consiguiendo lo que deseas.

En esta concepción de la realidad, el cosmos se transforma en un gran supermercado, y todo lo que tenemos que hacer es hacer nuestro pedido. En "El secreto" Rhonda Byrne lo expresa así:

Es comparable a tener el universo entero como catálogo. Mientras lo hojeas, podrías pensar: Me gustaría tener esta experiencia, esa cosa y una persona así. Estás ordenando el Universo de esta manera. Es realmente así de simple.


Recientemente la escuela psicológica positiva está siendo criticada ampliamente por su dudosa efectividad terapéutica. Y entre sus escasas especialidades se encuentra la de vender libros mágicos repletos de estas frases imitando a los manuales clásicos.

¿Consiste este pensamiento en el resultado de una sociedad que se ha vuelto adicta a la riqueza y que repele el esfuerzo de pensar?. ¿De una sociedad que cree que puede obtener lo que quiera sin restricciones?

 

Estoicismo y terapia cognitiva conductual.


Según Oliver James, un psicólogo británico, la Terapia cognitiva conductual (TCC) produce "burbujas teñidas de rosa de ilusiones agradables". Cree que al paciente de la TCC se le indica que se cuente una historia, una que sea siempre positiva, afirma.

Básicamente algunos psicólogos consideran a la TCC igual que la terapia positiva: superficial, consumista y una solución rápida. 

Desde la escuela psicoanalítica suele creerse que la TCC obliga a los enfermos mentales a afirmar repetidamente afirmaciones positivas hasta que se condicionan a la aceptación de su condición de hormigas, hasta que dejan de representar el inconsciente.

¿En qué consiste la TCC?

Es cierto que la TCC también hace uso de los antiguos ejercicios filosóficos de memorización, repetición y autosugestión para reemplazar comportamientos improductivos e irrazonables por comportamientos coherentes. 

Para ello promociona el uso de grabaciones portátiles, MP3 y manuales que uno lleva consigo para que los conceptos terapéuticos estén constantemente "a mano", junto con folletos, declaraciones de afrontamiento y frases poderosas.

Algunos psicólogos consideran que este tipo de repetición de frases y citas es un "lavado de cerebro" como el enfoque positivo. 

Pero está técnica de repetición de dichos tiene su origen en la filosofía clásica. Fue Marco Aurelio el primero en proponer que la repetición puede usarse para lavarnos el cerebro. Él dijo:


Tus pensamientos se comportarán de manera rutinaria porque el alma está manejada por los pensamientos que tiene. Absórbalo entonces en ideas como, "Cuando la vida es concebible, una vida correcta es posible", por ejemplo. 


Los estoicos sostenían que era inútil seguir repitiendo afirmaciones imaginarias o falsas. No sirve de nada lavarte el cerebro para que pienses que puedes hacer cualquier cosa. En realidad, los estoicos dejan bastante claro que tenemos un control limitado sobre los acontecimientos del mundo exterior. Todas nuestras iniciativas externas están sujetas al azar, y el azar es errático. Las personas fallecen. Se producen incendios domésticos. Las ciudades se erosionan. La vivienda se desprecia de valor. Las cosas pasan.

Lo único que controlamos por completo es cómo y qué pensamos. Interpretamos con eficacia lo que nos rodea debido a que no nos saboteamos formando creencias propias, aceptamos la responsabilidad de la idea, y así tenemos más posibilidades de éxito en el mundo exterior de las que tuvimos en el pasado.

 Así vivían y viven los estoicos, y eso no implica que de la noche a la mañana seremos famosos y ricos.

En cambio el positivismo más absurdo promueve la idea de que individuos como Platón, Sócrates, Séneca y otros tendrían que pensar que tienen un éxito externo increíble solo porque llegaron a conseguirlo. 

Si es así, ¿por qué Sócrates, Séneca o Cicerón tuvieron que suicidarse? ¿Cómo es que Jesús fue crucificado?, ¿Por qué el Dalai Lama se vio obligado a vivir en el exilio?, ¿Por qué Cervantes vivió en la pobreza y el desamor e incluso soportó la esclavitud?

Porque que a las personas inteligentes y virtuosas les pasan cosas malas - muy probablemente con mayor probabilidad.


Los fundamentos mentales de occidente 


Los estoicos sostenían que aunque el mundo es un lugar duro y violento donde la mayoría de las personas se encuentran desadaptadas y los malvados frecuentemente ocupan posiciones de poder, solo nosotros podemos hacernos daño de verdad, y que por eso podemos cuidarnos incluso frente a la adversidad. 

De ahí que recordar como poner en práctica las lecciones sea un punto importante del cambio humano. 

Los estoicos sostenían que el universo no es una mercado fácil, la vida muchas veces te entrega basura y te obliga a luchar. 

Y es que las circunstancias constantemente te ponen a prueba, como si te dijeran: "Si, ya sé, ¿crees que eres sabio y duro?, pues prueba esto", sucediéndoles muchas veces las peores cosas a las personas más curiosas y abiertas al aprendizaje.

Memorizar lecciones y tenerlas a mano para poder superar obstáculos no parece mala idea, porque ocurren cosas malas y no siempre puedes cambiarlas. Este "rito estoico" lo llevamos haciendo desde los comienzos de nuestra civilización y no es lo mismo que pensar en positivo.

Es imposible juntar la disciplina para enfrentar los aspectos más dolorosos de la realidad (como proponen los estoicos) con la confianza ingenua de que se va a tener el éxito sin esfuerzo de la psicología positiva.

Y es que los estoicos estaban muy lejos de los zombis dóciles; eran individuos extraordinariamente valientes y desafiantes que seguían una guía sólida y fiable para su integridad personal.

Los estoicos no pensaban la vida, pero seguían a los grandes pensadores a través de sus dichos, repetían sus reflexiones y alcanzaban éxitos sin pasar por la fragilidad de la duda. Ellos pensaron que había reglas impersonales por las que uno podía vivir. 

Se encuentra al "verdadero tú" - a Dios - siguiendo al Logos, que es lo pensado, lo sabido. Esta es la máxima del estoicismo y también de la terapia cognitivo conductual.

Y es que la efectividad de la TCC requiere que el consultante capte y acepte lógicamente las ideas detrás de los ejercicios y declaraciones de afrontamiento, y que las ponga en práctica. Nunca puede forzar el enfoque estoico o la TCC a los demás, nunca puede "lavarles el cerebro". . No tendrán mucho impacto si no comprendes los fundamentos de las afirmaciones y no crees que son genuinamente realistas. Tienen que ser una guía fiable a las que les permites ser el timón de tu vida.


La TCC como base de las terapias psicológicas actuales.


¿Quién puede esperar cambiar las creencias de los hombres, sin cambiar las consecuencias de esas creencias?, ¿Qué consigue quien inunda de contradicciones a una persona sino sumisión resentida y falso asentimiento? 

Los clientes en psicoterapia, de hecho, se perturban emocionalmente principalmente como resultado de su propio pensamiento negativo o autosugestión, lo que explica por qué, ocasionalmente, cuando se les anima a involucrarse en pensamientos positivos o leen un libro de psicología positiva (como "El secreto"), sus depresiones y ansiedades a veces pasan rápidamente, aunque sólo sea momentáneamente.

Pero centrarse en lo positivo es un sistema de creencias defectuoso en sí mismo porque no existe una base científica para las afirmaciones de que "día a día, en todos los aspectos, estoy creciendo cada vez mejor". En realidad, esta marca de positivismo puede ser tan dañina como las profecías autocumplidas que hacen que los clientes desarrollen trastornos neuróticos.

Para decirlo de otra manera, la TCC y el estoicismo no abogan por el uso exclusivo de autosugestión o declaraciones de afrontamiento para lidiar con problemas emocionales. En su lugar, aconsejan usar afirmaciones de afrontamiento que tengan sentido para el paciente, que debe entender y aceptar la teoría que las sustenta, y que luego debe poner a prueba sus nuevas creencias mediante trabajo de campo o ejercicios conductuales.

Por ejemplo la TCC podría aconsejar a los niños que repitan frases de afrontamiento como: "Es bueno lograrlo, pero puedo aceptarme completamente como persona incluso cuando fallo", como una forma de afrontar el fracaso. Alternativamente, "está bien si no le gusto a alguien; no cambiará el mundo". Y esto lo hace, siendo el psicólogo terapeuta quien guía al paciente en la formación de las oraciones y en los ejercicios de repetición.


¿Consiste la TCC en una base segura para las terapias psicológicas actuales?


La TCC tiene como objetivo desarrollar un núcleo interno que resista incluso cuando las cosas no salen como queremos.

Este núcleo se forma con la guía directa del psicólogo que elige las frases y comportamientos a reforzar, en cambio la terapia humanista (la otra gran escuela junto a la psicoanalítica) pretende no centrarse en guiar al paciente sino acompañarlo en la reflexión interna para que sea este quien encuentre sus propias afirmaciones y cambie su comportamiento a partir de ellas.

Pero esta diferencia es mínima, es sólo una cuestión de grados o de reglas, pues como reconoce el estoicismo "solo puede ser guiado quien acepta a alguien como su guía".

Si la TCC pretende afianzar la guía del psicólogo y la disminución de la reflexión interna del cliente;  La terapia humanista pretende no guiar al paciente ("no quitarle nada" que decía Carl Rogers") y aumentar así su reflexión interna. 

Pero esto como se ve, no depende del psicólogo terapeuta, sino principalmente del paciente. Pues como decía Epicteto al principio de este artículo "Algunas cosas dependen de nosotros y otras no dependen de nosotros".

Así la mayor o menor guía del psicoterapeuta durante la terapia depende de los gustos del consultante, y no consiste en algo que debamos discutir los psicólogos como si su efectividad fuera demostrable. Pues ambas vienen heredadas de las formas estoicas de vida occidentales.


Mis certezas como psicólogo terapeuta 


Pero yo, como todos los psicólogos que ejercen en consulta, voy formando un modo de estar en terapia, que creo bueno mostrarlo abiertamente pues consiste en una forma de ayudar que me permite sentirme cómodo y contento.

Y este modo tiene de base una formación cognitivo conductual, que me permite comprender las variables experimentales en el aprendizaje animal, pero aún así durante la práctica he encontrado que como más ayudo a otras personas a cambiar psicológicamente es no guiando a mi paciente.

Creo que es algo muy nuestro, muy estoico, y es que esta forma de ayudar puede resumirse en la siguiente frase de Séneca, ese gran representante estoico cordobés: 

Nada, a mi modo de ver, es una mejor prueba de una mente bien ordenada que la capacidad de un hombre de detenerse justo donde está y pasar algún tiempo en su propia compañía.


Así como veis en mi consulta online de psicología prefiero no centrarme en guiar al paciente.

Prefiero ayudarlo a que encuentre en su propia reflexión el orden y coherencia que le permita cambiar psicológicamente de una forma duradera.

Del miedo o de la dialéctica del temor

 

  “La tradición no es la adoración de las cenizas,

sino la preservación del fuego”.

                                                    Gustav Mahler

dielactica del terror

 

 

            La palabra latina conatus da cuenta del impulso, esfuerzo o voluntad, que se es capaz de ejercer a fin conquistar un determinado objetivo o propósito. Spinoza, cuya formación en la tradición de la filosofía clásica antigua nadie puede poner en cuestión, señala que la esencia de todo ser consiste, justamente, en ese esfuerzo inmanente por perseverar el propio ser. Más aún, en el caso de los seres humanos, Spinoza considera que el deseo actúa como la conciencia de dicho conatus. A diferencia de Descartes, quien siguiendo a la escolástica consideraba el ser humano como sustancia, Spinoza lo concibe como un modo en el que cabalmente se adecuan extensión y pensamiento. Se trata de una armoniosa identidad, un ordo et conectio de movimiento y pensamiento en el que lo uno y lo otro se esfuerzan en la preservación de su ser, de su seguir existiendo. La muerte se produce como resultado de la confrontación ante una fuerza mayor, respecto de la cual el conatus se muestra impotente.

            Cuando la mente actúa sustentada en ideas adecuadas, lo hace en conformidad con su naturaleza, cabe decir, libremente, con lo cual aumenta la potencia de preservar su ser. Como dice Spinoza, “un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación sobre la muerte, sino sobre la vida”. Pero cuando las pasiones -particularmente las “tristes”- son las que gobiernan, entonces ya no hay adecuación ni libertad. Todo lo contrario, la inadecuación conduce a la esclavitud. Ya la mente no actúa en libertad, la potencia disminuye y, con ella, disminuye la preservación del propio ser. El odio y la tristeza disminuyen tanto la potencia que se comienza a vivir para la muerte. Pronto, más temprano que tarde, se manifiesta el temor, ante el acechante anuncio de la inminente llegada muerte. Y, como se sabe, quien acecha espera. La amenaza de la muerte aumenta la esperanza de vivir. La esperanza de vivir aumenta la amenaza de la muerte.

            En la medida en que prevalece lo que Spinoza designa como “el imperio de la imaginación” -eso a lo que en el presente se denomina genéricamente como la posverdad-, en esa misma medida crece el temor y disminuye el conatus. Lo que para Spinoza representa el “conocimiento de oídas o por vaga experiencia”, para este menesteroso y difuso presente, cautivado como está por una ontología digital y por el ímpetu atropellante del metaversismo, viene a ser todo un estallido de impresiones visuales, pero no por eso una experiencia menos vaga. El hecho de sustentarse en la virtualización solo implica que se ha sustituido la realidad inmediata, tangible y, por eso mismo, abstracta, por una intangible, pero no por eso menos sensitiva e igualmente abstracta. Ambas, de hecho, comportan el mismo “defecto capital” ya advertido por Marx en sus Thesen über Feurbach, a saber, queel término del pensamiento (Gegenstand), la realidad, lo sensible, ha sido concebido bajo la forma de objeto (Objekt) o de intuición (anschauung) y no como actividad sensitiva humana (sinnlich menschliche tätigkeit), como praxis, subjetivamente”. Es la absoluta ausencia del Amor Dei intellectualis, como diría Spinoza.

            Más interesante todavía resulta ser la sorprendente conclusión que el genial Giambattista Vico supo extraer de la tesis spinoziana acerca del temor. En efecto, Vico sostiene que desde los tiempos de la primera humanidad, presa de “violentísimas pasiones”, aquellos “bestioni solo podían ser retenidos por una “excitadísima imaginación”, capaz de transfigurar las fuerzas incontrolables de la naturaleza -que en realidad se mantienen indiferentes ante sus vicisitudes- en un ente todopoderoso al cual se debía obedecer, dado que lo creían invencible y mucho más impetuoso que ellos. Y fue así -concluye Vico- como con el temor a “lo divino” tuvo sus inicios el conatus, la voluntad humana, “y ya no más una bestia”. La tesis viquiana -via negationis- invierte la dirección trazada por los exponentes del Derecho Natural. Es verdad que las ideas de justicia, equidad, moralidad, etc., regulan el mundo civil, pero tales ideas son conquistas humanas, el resultado del quehacer social que termina sublimando sus necesidades, sus pasiones, sus deseos, en busca de la propia utilidad. Y es sobre dichas acciones que puede emerger el derecho racional, no al revés.

            El surgimiento de la vida civil es el resultado de la dramática historia de las pasiones, los egoísmos y las confrontaciones humanas. Pero en su morigeración no interviene, como sostiene Hobbes, la racionalidad del contrato social sino, precisamente, el temor ante una fuerza superior, aterradora y espantosa, frente a la cual los pueblos se inclinan y ruegan por preservar sus vidas. De este modo, las primeras leyes de convivencia se sustentan sobre elementos con significados míticos y religiosos. La religiones primitivas, ciegas e irracionales para la modernidad y la Ilustración, crearon los primeros vínculos constitutivos de la sociedad. Las desenfrenadas fantasías, lejos de ser un lejano aspecto propedéutico de la racionalidad, conformaron el verdadero principio onto-histórico en virtud del cual el mundo adquirió formas y significados humanos. Todo lo cual redunda en una concepción histórico-filosófica que da cuenta de cómo los “universales fantásticos” le sirvieron de fundamento a la doctrina del derecho natural. El innatismo racional que dicha doctrina le atribuye al derecho es una mera ficción. La humanidad va construyendo el derecho natural de gentes en la medida en que logra superar su originaria condición bestial a la sombra del temor, sublimado en los mitos y las religiones, devenidas máximas razonadas por quienes eran considerados los más versados en estos asuntos. Paradójicamente, plenada de temor, la humanidad se ve obligada a generar el necesario consenso que le permita vivir en “civil felicidad”, cabe decir, en un ambiente de eticidad, justicia y libertad. Todo lo cual le brinda la posibilidad de preservar su ser y aumentar su potencia.

            Enterrado el temor originario en la historia, desprestigiadas en gran medida las religiones en el presente, sustituidos los mitos y sus expresiones estéticas por los enlatados y el consumo masivo que de continuo estimula la industria cultural, valdría la pena preguntarse si la crisis ética y política, el éxito del populismo y de la corrupción gansteril, no serán, en alguna medida, el anuncio de una nueva -¡de otra!- insoslayable “barbarie ritornata” y al mismo tiempo del estímulo para el surgimiento de un nuevo concepto de civilidad.     


           

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

Filosofía y política

 

Filosofía en la polis

Dice Cornelius Castoriadis que “la filosofía nace en la pólis y no puede nacer más que en la pólis”. Y, en efecto, el pensamiento, o más simplemente el pensar, que es, como afirma el filósofo greco-francés, “la capacidad de penetrar las cosas, se haya en todas partes y, a la vez, es común a todos los hombres. La filosofía aparece así como una dimensión del movimiento democrático en las ciudades griegas y, más tarde, de un movimiento en las sociedades europeas que aspira quebrantar el orden establecido. Para que la filosofía nazca y, más generalmente, para que haya emergencia del proyecto de autonomía social e individual, es preciso romper la clausura de la institución”. El pensamiento, pues, el pensar propiamente dicho, es decir, el oficio de la filosofía, no puede no ser un asunto social y, por eso mismo, un asunto político. Un oficio -un ejercicio- que requiere del diálogo, de la discusión, del debate y la permanente creación, desarrollo y confrontación de las ideas. Esa es su conditio sine qua non. Una condición sin la cual no se podría ni ser ni existir, porque para la humanidad no es posible ser o existir sin pensar. Por eso mismo, la filosofía es, en sentido estricto, democrática, porque si es verdad que lo que define al ser humano es -al decir de Aristóteles- el hecho de ser un zoon politikón, un animal social, político, entonces, no es posible para él -para el ser humano- separar lo uno de lo otro, el pensamiento y la concreción de esa segunda naturaleza que es el mundo civil. Con ella, y mediante ella, se construyen -y se destruyen a objeto de ser reconstruidas y, en algunos casos, de ser perfeccionadas- las formas de organización política de la sociedad. La filosofía es el oxígeno que le permite al cuerpo social respirar. Y cuando carece de ella, al no poder respirar, muere.

            Cuando, como resultado de la experiencia de la conciencia, las ideas -la materia prima del quehacer filosófico- se objetivan, entonces se constituyen sociedades, modos de ser y de pensar cuyo término deviene realidad de las costumbres, las normas, las leyes y los reglamentos, así como de sus respectivas instituciones. Gedanken Konkretum, denominaba Marx a este proceso. Como dice Castoriadis, “las sociedades se instituyen en la clausura”. Y el esfuerzo de denunciar el agotamiento institucional, al tiempo de propiciar su potencial reapertura -siempre a la luz de nuevas perspectivas-, es una tarea lógica, ontológica y ética, constitutiva de la filosofía misma. No cabe, en este sentido, la banal distinción, que el entendimiento abstracto se empeña en establecer, entre la historia de la filosofía y la historia de la política. La filosofía nace como exigencia democrática y en ella sobrevive hasta el momento en el cual la institucionalidad se cristaliza y deviene extraña al ser social. En ese momento, invoca, immerwieder, una y otra vez, sus orígenes, a objeto de alimentarse con “el capital de la libertad”. En una expresión, se trata del radical “rechazo a recibir de quien sea, sobre la Tierra o en el Cielo, lo que uno debe pensar”.

            Así, pues, para que haya filosofía tiene necesariamente que haber diálogo, debate, discrepancia de ideas y, por supuesto, acuerdo. La filosofía es, sustancialmente, la potenciación de la convicción ciudadana, el fundamento del demos-krátos. El suyo es, a un tiempo, la exigencia del reconocimiento de lo que se es y el derecho de oponerse a la injusticia. Es -como dice Hegel- el sagrado derecho racional a decir que no. De las vagas presuposiciones iniciales -de las pasiones tristes- se pasa a la opinión y de esta a los razonamientos. Pero todo eso no es posible sino en una sociedad orgánica. Por eso mismo, el ser social no puede prescindir de la conciencia social y a la inversa. Como tampoco es posible concebir la verdad en ausencia de la falsedad. Sólo puede conquistarse el bien ante el semblante del mal, porque solo sobre la base de su existencia puede llegar a producirse su superación. Sólo porque existe la fealdad puede triunfar la belleza. Sólo la filosofía es capaz de cuestionar continua, explícita y efectivamente el resultado de su propia realización. Una sociedad y una institucionalidad que no son el resultado de las ideas sino, en todo caso, de las pasiones tristes, de prejuicios marcados por el odio y el resentimiento, no es una sociedad, y los fundamentos de su institucionalidad son una ficción. Tal vez esta sea la desgracia de los últimos años de historia venezolana. De la nada nada surge.

            Quizá los jóvenes bachilleres que, por decisión de la tiranía de los gansters, sustituirán a los maestros y profesores que, con admirable valentía, luchan por honrar su condición, no tengan la suficiente preparación para comprender que el mito de los solitarios sabios de la antigüedad es precisamente eso: un mito, por lo demás, propiciado por el entendimiento abstracto, la razón instrumental y la llamada industria cultural. En la versión Disney de “La Sirenita” de Andersen, Scuttle, una gaviota desgarbada y zopenca, le explica a Ariel, con el tono de la profundidad de un plato de sopa -en el mejor estilo del “profesor Rui-Ruá”, y para mayor vergüenza, adherido a las migajas de la barbarie gansteril-, poco más o menos, que en la antigüedad las personas vivían tan aburridas a la orilla de las playas que tuvieron que inventarse nada menos que el “boquiche humerfluo y curvilíneo” (en realidad, una pipa para el tabaco, confundida por Scuttle con un instrumento musical). Un poco en broma y un poco en serio, la fantochada -atribuida a la “prehisteria”- remite a la recreación que ha hecho el entendimiento abstracto del surgimiento, en Grecia, de la filosofía, primero con “los físicos” y luego con los “presocráticos”. Aburridos, sin nada qué hacer en las playas del Mediterráneo -”arenita y playita”- estos “físicos” comenzaron a preguntarse por el origen (por el Arché) de todas aquellas maravillas que los rodeaban. El agua, afirmaba Tales de Mileto; el Aire, decía Anaxímenes; el frío y el calor del ápeiron, insistía Anaximandro; el Fuego, advertía Heráclito. Y así, cada uno justificando su particular principio. Por otra parte, la mayoría de ellos no solo conoció a Sócrates sino que dialogó directamente con él. Más bien, habría que decir -como demostrara el maestro Pagallo en su momento- que Sócrates tuvo el honor de confrontar sus planteamientos con estos grandes pensadores, sus contemporáneos. Catalogarlos de pre-socráticos no solo es una imprecisión. Es, más bien, una manipulación.

            Más allá de las torsiones y de las distorsiones de la historia, reducida por la cromada esfera de Epcot, el problema fundamental de aquellos filósofos de la antigüedad clásica era, en efecto, un problema esencialmente político. Los “físicos” se esforzaban por encontrar la razón de la progresiva pérdida de la eticidad en las ciudades-Estado, el desgarramiento que, cada vez con mayor intensidad, derrumbaba los cimientos de la democracia. El Arché, el principio objetivo que debe ser restituido, es un principio sobre el cual se hace necesario refundar el Ethos. La ciencia de los “primeros principios” , la filosofía, no tiene otro propósito que ese: dar cuenta de las razones por las cuales es menester reemprender el camino de la justicia y de libertad. Y si la política pierde esta orientación fundamental deja de serlo para corromperse y corromper.              

           

           Filosofía y Política

 

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

La lección de un maestro

José Nuñez Tenorio



Pocos lo recuerdan hoy, después de todos estos aciagos años de tiranía gansteril. A no ser para -los unos- desempolvar sus viejos prejuicios, etiquetándolo, sin haber realizado el menor esfuerzo hermenéutico, de dogmático, dado que la señora Marta Harnecker tuvo el atrevimiento de catalogarlo con semejante gaffe o, simplemente, despachándolo de entrada, bajo los cargos de furibundo comunista trasnochado y antediluviano, partidario de la Cuba de Fidel o de la Corea de Kim Il-sung, además de haber sido el ideólogo inspirador del Movimiento V República, nada menos que del huevo de la larva chavo-madurista. Y -en el caso de los otros- se le recuerda, cual saludo a la bandera, solo en momentos de evangelización o proselitismo, que es una de las facciones características de la tradición del marxismo orientalizado, ese gusto patológico -enfermizo- por la martirización. Un gusto que, en ningún caso, proviene de la filosofía de Marx sino, más bien, de la religión de Mahoma. Todo ello con un claro propósito publicitario, suerte de ridículo ritual para quien, con toda seguridad, más temprano que tarde, les habría resultado una incómoda stone in the shoe, que con toda seguridad hubiese terminado en la Dgcim o en el Sebin, acusado de “instigación a la rebelión” o de “traición a la patria”.


Se podrán decir muchas cosas acerca de J. R. Núñez Tenorio. La mayor parte de ellas serán etiquetas, de esas que tanto les gusta colocar a los ignaros. Pero quien lo haya conocido bien jamás podrá decir que fue un hombre sin convicciones, sin ideas y valores, sin dignidad. De hecho, fue un hombre de principios que, por cierto, como suele suceder en la vida, fueron madurando y concreciendo. Pasó de una interpretación materialista y mecanicista del marxismo, característica de los años cincuenta y sesenta, a una lectura mediada por el estructuralismo de la escuela francesa durante los años setenta. De esa época es su tesis doctoral, la Teoría y método de la economía política. Más tarde, después del derrumbamiento de la URSS, previa traducción, revisión pormenorizada y categorización de los textos juveniles de Marx -por lo menos, hasta la Ideología alemana-, Núñez Tenorio tuvo el coraje de afirmar en su último libro, la Vigencia contemporánea del marxismo, que “El principio fundamental al que llega la filosofía marxista no reposa en la presuposición de que la materia determina a la idea. Eso está superado. El mismo Marx criticó semejante conseja. El principio fundamental es la diferenciación entre lo ontológico y lo gnoseológico, entre la teoría y la práctica, entre ciencia e ideología” (Op.cit., pp.44-5). Necesario, en consecuencia, superar la filosofía abstractamente concebida, puramente intelectualista, sea materialista o espiritualista. Se trata -afirma Núñez- de “pasar de la crítica de la filosofía a la filosofía crítica”.


Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo, de seguir sus cursos y su particular modo de exponer las ideas -cabe decir: de relacionarlas de continuo con la realidad concreciente-, de proseguir las discusiones de aula en los pasillos o en los cafetines de la UCV, no sólo aprendimos a leer e interpretar: aprendimos a pensar, a “seguir pensando”, como ejercicio continuo, como oficio, como modo de vida. Quien escribe le debe no solo su ingreso a la Escuela de Filosofía sino toda su carrera universitaria al maestro Núñez Tenorio, de quien no solo fue preparador durante cuatro años sino, además, discípulo y amigo. Y más aún cuando, maravillado, llegué a descubrir la densidad y profundidad de la filosofía de Hegel, llevado de la mano por el maestro Giulio F. Pagallo, lejos de objetar o entorpecer mi decisión, el maestro Núñez Tenorio la celebró con sincero entusiasmo: “¡Qué bien! Ahora Herrera será un hegelo-marxista”. La mezquindad no era, por cierto, su fuerte. Esos dos grandes intelectuales, que tantas disputas y confrontaciones tuvieron, no solo en el plano teórico-filosófico sino en el de la Realpolitik, varias veces compartieron -como diría el poeta Hölderlin- el pan y el vino en la mesa de quien siempre sentirá el honor de haberlos elegido como maestros de vida.


Núñez Tenorio murió el 13 de octubre de 1998. El día de su velatorio, en la funeraria Valles de La Florida, Giulio Pagallo hizo guardia de honor ante su féretro. Una gran lección para quienes hicieron de la intolerancia el signo distintivo del país. Paradójicamente, quienes más han insistido en acusar a Núñez Tenorio de dogmatismo o de extremismo terminaron alineados -bien de un lado que del otro- bajo la infausta divisa que caracterizó la existencia del sociópata golpista: “Quien no esté conmigo está en mi contra”. Es así como, para citar al maestro, “los opuestos se diluyen, concibiendo la contradicción del fenómeno como “unidad de la esencia”, pero dejando de lado la contradicción esencial”.

Que la política se haya dejado cautivar por las sirenas populistas, que la conducen directamente al naufragio, que no sean las ideas sino los stickers o clichés -deliberadamente vaciados de contenido- los que guíen los continuos fracasos, los tropiezos, el trastabillo, la inconsistencia, el insólito tartamudeo acomodaticio respecto de los sagrados asuntos ciudadanos, exige recordar -reconstruir- las confrontaciones presentes en otros tiempos, la honradez de la lucha, la decidida entrega por lo que, con independencia de que se estuviese de acuerdo o no, encarnaban los ciudadanos dispuestos a entregar su vida, de ser necesario, por sus convicciones. Hay un insalvable abismo entre aquellos pensadores políticos -o políticos pensadores- y quienes hoy solo suelen ocultar su insaciable ruindad, su inagotable sed de avaricia, su vanidad, su interés personal. Son los que pretenden simular la mayor de las verdades objetivas del presente: la corrupción del espíritu de una clase política que se ha perdido a sí misma. Que nadie ponga en duda el hecho de que, así como Petkoff, Pompeyo o Douglas Bravo se enfrentaron abierta y directamente contra este régimen criminal, del mismo modo Núñez Tenorio los hubiese enfrentado. Sería el mayor de sus adversarios.


@jrherreraucv

El cesarismo o de los orígenes de la pobreza de Espíritu


A diferencia de los militares cuarteleros, era educado y estaba bien formado. Quizá plenado por un excesivo sentimiento de buena fe hacia sus compatriotas. Además, y como ya lo habían hecho sus antecesores -Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras-, Medina supo rodearse de gente culta y competente, de intelectuales y técnicos bien preparados y capaces, que no pocos aciertos -objetivamente visibles- le dejaron a una Venezuela petrolera, en crecimiento y hacia su modernización. Se puede decir que, hasta Medina, el país había sobrevivido a duras penas, presa del más profundo desgarramiento material y espiritual, víctima del paludismo corporal y espiritual, de la mayor miseria, sometido por sus caudillos (los “amitos”) y sus infinitas ansias de poder absoluto. A fin de cuentas, eran ellos los herederos de las glorias de la Independencia, por lo que no les bastaba con ser parte del festín, con autoproclamarse como los “taitas”, los “coroneles” de una determinada región de la nación. Era menester hacerse del festín completo y ejercer el poder totalitaria y despóticamente, no solo de las provincias, de las regiones en las que ya mandaban, sino de todo el país, desde la anhelada ciudad Capital. Y, entre zarpazo y zarpazo, en nombre de “la revolución”, era propicio ejercer la heteronomía absoluta, pues considerando a los venezolanos como un pardaje de “infantes” o, al decir de Vico, como sus “fámulos”, ellos, los “auténticos herederos” de la gesta independentista, los “padres libertadores de la patria”, estaban llamados a conducir a su prole por el camino trazado por ellos, el único camino posible: el de la obediencia ciega, la lealtad y el sacrificio. Después de todo, la era de “los héroes” es la era de las infamias. Este es, por cierto, el origen histórico de aquella deleznable consigna devenida fe positiva, naturaleza enajenada: “Con hambre y sin empleo..”.

Respecto de ese pasado aterrador, Medina representó un esfuerzo de autosuperación de la propia tendencia cesarista de la que fuera legítimo heredero, al punto de que hubo quienes, en su momento, lo identificaran de plano con Mussolini. No obstante ello, es decir, a pesar de llevar a cuestas el pesado fardo del despotismo sobre sus hombros, sería una insensatez no reconocer que con el gobierno de Medina tuvo sus inicios la libertad de prensa, la legalización de los partidos, la liberación de los presos políticos, la implementación del seguro social obligatorio, la fijación del salario, la cedulación, entre otras virtudes ciudadanas. Fue Medina quien legalizó los sindicatos en Venezuela y quien, por decreto presidencial, hizo posible la celebración del día internacional de los trabajadores. Con él, y por primera vez en la historia del país, una parte de la logia militar tradicional junto a los llamados “notables” y los dirigentes comunistas, comenzaron a coincidir en los mismos propósitos. Y se figuraron, juntos, un país hecho a su imagen y semejanza.


Pero los adecos de Gallegos y Betancourt, de Leoni, Prieto y Barrios, tenían otros planes y concebían otras figuraciones muy distintas -abiertamente democráticas y autónomas- a las ideadas por la alianza de los herederos del cesarismo democrático y el bolchevismo. Y es que, a fin de cuentas, a pesar de su mesura, Medina seguía siendo el representante de los intereses de un gomecismo que se negaba a desaparecer, y que tal vez nunca haya desaparecido del todo dentro del imaginario político nacional. Los bigotes del bagre stalinista los lleva puestos Maduro. En el fondo, a un gomecista tout court no le podría resultar del todo extraña la concepción leninista del Estado. Las figuras que conforman la experiencia de la conciencia histórica difícilmente desaparecen. Más bien, se reciclan, asumen nuevas formas, incluso las más barbáricas y corruptas. Medina nunca hubiese podido imaginar que el viejo caudillismo nacional, resentido por tantas derrotas consecutivas, terminaría por transmutar en la peor de las pestes que ha venido azotando a Venezuela inmisericordemente durante los últimos veintitrés años, al punto de conducirla al mayor de los precipicios. Como advirtieran los teóricos de la Escuela de Frankfurt en su momento, justo de la mayor ilustración puede surgir el morbo del totalitarismo barbárico y gansteril, dado que lo lleva en sus entrañas. La doctrina positivista no es, por cierto, inocente en estos asuntos.


No debe olvidarse que los primeros comunistas convencidos fueron los hijos, los sobrinos o los nietos de los señores latifundistas, precisamente de los “coroneles”, bien conservadores o bien liberales -da lo mismo-, quienes formados en las universidades, primero escolásticas, luego iluministas y más tarde positivistas, ahora, freudianamente, asumían como una consecuencia incuestionable que el marxismo sovietizado era el “salto cualitativo” de la teología a la metafísica y de la metafísica a la verdadera ciencia. Por ejemplo, las inexorables “leyes científicas” de la historia mostraban con “meridiana claridad” que el paraíso se encontraba a la vuelta de la esquina y que sólo se trataba de apresurar el paso para darle vuelta a “la tortilla”. Advertía Marx que cuando la historia llega a repetirse deja de ser objeto de la tragedia para devenir objeto de la comedia. Esa es la historia del cesarismo de las segundas veces, de las “segundas partes”. Tal pareciera ser el signo distintivo de la barbarie ritornata, el ricorso de la actual Izquierda bonapartista y corrupta. Parafraseando a Lenin, podría decirse que la “fase superior” del actual izquierdismo es el gansterismo, el cual, en los últimos tiempos, ha resurgido de los escombros de los escombros de lo que alguna vez fuera un movimiento sincera y genuinamente comprometido con la transformación política y social inspirada en la filosofía de Marx, cuya traducción al breviario, al manual y a la esquematización la degeneraron hasta convertirla en una doctrina hueca, de frases altisonantes que en nada contribuyen con el pensamiento. El producto de esa comedia está a la vista. Y no necesita anteojos. Si el medinismo surgió de los escombros del cesarismo, el gansterismo del presente surgió de los escombros del medinismo. Fue, acaso sin tener plena conciencia de ello, la semilla de la pobreza espiritual del presente.


@jrherreraucv

Maquiavelo y el maquiavelismo

 

Retrato de Maquiavelo por Santi di Tito

 Santi di Tito fue uno de los pintores italianos más importantes del llamado período protobarroco, también conocido como contramaneirismo. Nacido en la Florencia republicana en 1536, en la población de San Michele Visdomini, se formó en el taller de Sebastiano Da Montecarlo, donde entró en contacto con Agnolo Bronzino y Baccio Bandinelli. No obstante, fue con su estancia en Roma, entre 1558 y 1564, donde pudo acercarse al estilo clásico de Rafael di Sanzio, a través de la educación que recibió de sus continuadores, principalmente de su maestro, Federico Zuccari, cuyo eclecticismo se puede apreciar en La conquista de Túnez, La caída de Satanás, La adoración de los magos o La expulsión del templo, entre otras grandes obras. A su regreso a Florencia, di Tito fue recibido por los Medici, quienes gestionaron su incorporación a la Academia de San Lucas y le asignaron la realización de los frescos del Templo de Salomón, en la capilla de la compañía de la Santissima Annunziata. Pronto el pintor encontraría su particular estilo, deslizándose desde las influencias aprendidas en Roma hacia un tipo de creación caracterizado por la sobriedad y la elegante simplicidad, características que tuvieron una decisiva influencia en la pintura florentina de su tiempo, por lo menos hasta el arribo a la bella ciudad del pintor y arquitecto barroco Pietro Cortona.

 Fue Santi di Tito quien pintó el archiconocido, y probablemente icónico, retrato de Nicolás Maquiavelo que, a través del tiempo, se ha ido convirtiendo en la imagen oficial del gran pensador florentino. Y, en efecto, esa es la imagen de Maquiavelo que frecuentemente acompaña no pocas historias de la filosofía política, las antologías, las enciclopedias, los manuales y, por supuesto, las múltiples ediciones de sus libros, especialmente las de El Príncipe. Se trata de un retrato en el que il secondo segretario de la Cancillería florentina no porta los coloridos atuendos de un funcionario al servicio de los Medici. Más bien, su traje combina el negro sacerdotal de los Savonarola con el rosso púrpura de los Borgia. Maquiavelo está de pie, contra la pared. Su rostro es opaco, huesudo e inexpresivo. Los rasgos combinan las facciones de la fuerza del león con los de la astucia de la zorra. Su mirada es fría y esquiva, pero sobre todo indescifrable. Su delgada boca parece anunciar una felonía. Las orejas son casi punteagudas y el mentón parece ocultar la presencia de una sierpe. Su mano derecha porta un libro, no muy grueso, cuyo título, deliberadamente, no puede leerse. En la izquierda empuña unos guantes tan firmes, tan rígidos, que dan la impresión de encubrir un puñal. Hay, en fin, un algo siniestro en el lienzo, un algo que transmuta el pensamiento, en sentido enfático, en espectro sórdido y maligno. La sombría semblanza de quien posa parece anunciar la inescindible alianza de la política con la sospecha, cuando no con la abierta perversión. Como afirma Michel Onfray, en esa estupenda obra suya El cocodrilo de Aristóteles, al final, di Tito no ha pintado a Nicolás Maquiavelo. Más bien, ha pintado al maquiavelismo con el cual, muy probablemente, los Medici quisieron dejar constancia eterna de su recuerdo.

 Conviene, sin embargo, tener presente un hecho de no poca importancia, a los efectos de convalidar el argumento de Onfray: di Tito no pudo haber pintado directamente a Maquiavelo. El pintor nació nueve años después del fallecimiento del autor de Il Principe y de Los Discursi, ocurrido en 1527. Por lo menos, un cuarto de siglo separa sus vidas y, con ellas, sus circunstancias históricas. Su retrato no es, pues, el resultado de una experiencia directa, la consecuencia del haber captado y representado la imagen viva del Secretario en funciones. La suya es una imagen aprehendida de la imaginación. Más precisamente, se trata de lo que Spinoza define como “el conocimiento de oídas”, o “por vaga experiencia”, es decir, la consecuencia de una pre-suposición o un pre-juicio, el pruducto de determinadas circunstancias y creencias que, no obstante, aparecen como una verdad inconmovible. En una expresión, se trata de la función de la ideología. El lector comprenderá, por ejemplo, que la imagen, creada por la ideología de la gansterilidad, del Libertador Simón Bolívar, la misma que ha vendido durante los últimos años como “la más fiel y auténtica” representación del padre de la patria, carece absolutamente de ingenuidad. Se manipula, se tergiversa, se tuerce, con un objetivo muy bien definido. Valga el ejemplo para demostrar el deliberado propósito de los Medici para presentar a Maquiavelo -y con él, de su concepción de la praxis política- como la encarnación del mal.

 En realidad, el maquiavelismo nada tiene que ver con Maquiavelo, a no ser la distorsión que -sistemáticamente- se ha promovido de su figura y pensamiento. Poco se dice de su brillante labor como político y diplomático al servicio de la república de Florencia, desde donde pudo observar como el naciente espíritu de la modernidad se iba nutiendo de intrigas y mezquindades, de intereses y artimañas que, al final, causaron la caída de la república y mantuvieron a Italia escindida durante tres siglos. Sorprendió a los poderosos haciendo lo que no decían y diciendo lo que no hacían y tuvo la valentía de denunciarlos. Fue un fervoroso republicano durante toda su vida. Su mayores esfuerzos fueron por la construcción de una Italia unida. Y porque pudo observar de cerca los hilos del autoritarismo absoluto, tomó partido por el pueblo y no por los tiranos. Sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio son el mejor testimonio de su concepción política: la creación de una federación de repúblicas independientes en la unidad de Estado capaz de no dejarse humillar por las potencias extranjeras. Al final, los Medici terminaron derrocando la república florentina. Y mientras mayores eran sus beneficios, mayor era su esfuerzo por demonizar al príncipe de la libertad.


José Rafael Herrera

@jrherreraucv


Pandora

 

Por José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Hesiodo obra


 La obra de Hesíodo da cuenta de buena parte de los mitos fundacionales sobre los cuales se edificó la cultura de Occidente. Uno de ellos es el mito de Pandora, “la que todo lo da”. Creada por órdenes de Zeus, Hefesto moldeó la arcilla a imagen y semejanza de Afrodita y, una vez terminada, cada dios del Olimpo la fue dotando con el esplendor de sus maravillosos atributos. La decisión fue tomada por Zeus después del encuentro de los olímpicos con los humanos en Mecone, un lugar de diálogo y negociación, en el que se tomarían decisiones determinantes para la repartición de los sacrificios. Prometeo sacrificó un gran buey y lo dividió en dos mitades. En una de ellas estaba toda la carne, revestida con huesos y grasa, y en la otra todo el pellejo, recubierto con el enorme vientre de la bestia. Prometeo invitó a Zeus a elegir. El Dios escogió la pila de huesos. No obstante,, molesto por el ardid, dejó a los humanos sin fuego. Entonces Prometeo, irreverente como era y conmovido por la venganza de Zeus, decidió robarse el fuego y entregárselo a los humanos. Prometeo terminó siendo capturado, encadenado y condenado a morir todos los días. Un buitre destrozaba sus entrañas cada vez que revivía. Heracles, viendo la desdicha de Prometeo, mató al buitre, liberando al héroe de semejante martirio. Pero la venganza de Zeus no terminó ahí.

 El nuevo ajuste de cuentas contra la humanidad consistió en la creación de un “hermoso mal”, que compensara los beneficios adquiridos con el fuego que Prometeo les había entregado. Atenea la vistió con un traje plateado, un velo bordado, guirnaldas y una diadema de plata. Afrodita “derramó gracia sobre su cabeza y anhelo cruel y preocupaciones que fatigan las extremidades”. Hermes le dio “una mente desvergonzada, de naturaleza engañosa y puso mentiras en sus palabras”. Hombres y dioses quedaron maravillados por su belleza. Ella, Pandora, fue el nuevo regalo (Dora) de todos (Pan) los dioses. Zeus la envía acompañada de un ánfora que porta entre sus níveos y tersos brazos. El cántaro en cuestión contiene todos los males posibles, los cuales, una vez liberados, terminarán azotando a la entera la humanidad. Ya Prometeo había advertido a los hombres no aceptar regalo alguno de Zeus. Pero su hermano, Epimeteo, deslumbrado por la belleza de Pandora, la aceptó. De inmediato, la hermosa creación de los dioses abrió la “caja” y todas las pestes se desataron, con una sola excepción: la esperanza, que quedó atrapada dentro de los bordes de la vasija: “Y aquella mujer, levantando la tapa de un gran jarrón que tenía entre sus manos, esparció sobre los hombres todas las miserias horribles. Únicamente la esperanza quedó en el recipiente, detenida en los bordes, y no había vuelto a volar porque Pandora había vuelto a cerrar la tapa por mandato de Zeus, el tempestuoso que amontona las nubes”.

 Eso rezan los célebres versos de Los trabajos y los días de Hesíodo, los cuales, por cierto, no pocas veces han sido objeto de cuestionamientos y exhaustivas revisiones filológicas, etimológicas y hermenéuticas, dado su amplio espectro en -y para- la conformación del ser y de la conciencia social occidental, en general, sino, más específicamente, para la cabal comprensión de su discurrir estético y literario, histórico-religioso, político y cultural e, incluso, psico-social. Una fisura se abre, por ejemplo, en los límites de interpretación del papel de la esperanza en este mito fundacional. Se podría afirmar que, para el clasicismo greco-romano, la esperanza es el último de aquellos terribles males contenidos en “la caja” de Pandora y enviados por los dioses contra los hombres. Un mal que no se termina de escabullir del ánfora, precisamente porque cumple la función que Spinoza le atribuye al identificarla con el miedo. En una expresión, no es por simple casualidad que la esperanza no se escape y, más bien, se aferre a los bordes del recipiente. Se queda ahí, en el borderline, como expresión de la naturaleza de su doble condición: el temor que siente quien espera que se de lo que se espera y la espera que siente quien teme que no se de lo que se teme. En cambio, para la representación cristiano-burguesa de la obra, la “caja” no contenía males sino bienes, y la prueba de ello es que su interior portaba, justamente, a la esperanza.

 En tiempos de insípidas mitologías gansteriles, de alados demonios de ultratumba, vampiros llaneros, informes Krampus cucuteños y Pandoras italianas -quienes se autoproclaman “custodios” de un país saqueado, en ruinas, deforestado, contaminado y sometido a la más recia de las pobrezas de su espíritu-, quizá convenga reconsiderar la plasticidad del mito clásico, del original, a los efectos de tomar distancia de las trapisondas dialógicas y las “negociaciones” que, esta vez, no se dan entre dioses y humanos sino entre quienes se autoproclaman dioses y quienes, a diferencia de Prometeo, ofrecen cual fámulos, sumisamente, las mejores y más ricas carnes del buey venezolano, como ofrenda ante los pies de truhanes y farsantes, en nombre de una institucionalidad inexistente, ficticia. México no debe confundirse con Mecone. Llenos de esperanza, y en nombre de ella, una vez más las dudas afloran y vuelven a poner en evidencia el cierre del universo del discurso de una “humanidad” desgastada, temerosa y sin objetivos definidos, presos en el vicio de sus eternos retornos. Sus “esta vez sí” dan pena. Son los gemidos, transmutados en promesas, del borrachín del pueblo, los “juramentos” del fumador empedernido o del drogadicto “arrepentido”. Son la expresión misma de lo insustancial e intrascendente. Ante los cuales aun retumban las palabras de Prometeo -citadas por el joven Marx en su tesis doctoral-, quien ya encadenado en la roca exclama con firmeza ante Hermes: “Has de saber que yo no cambiaría mi mísera suerte por tu servidumbre”. Tal vez sea esa la razón por la cual “Prometeo ocupa el lugar más distinguido entre los santos y los mártires” del calendario filosófico.