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De la falta de ignorancia

Falta ignorancia y humor
 

            La expresión que sirve de título a las presentes líneas, es obra de la genialidad del humorista venezolano Emilio Lovera. Su personaje, “el malandro asustadizo” -para mantener cierta reserva sobre la literalidad del adjetivo calificativo-, la sentenciaba de continuo, no sin cierta solemnidad, propia de su background cultural, haciendo estallar de risa a toda la extinta república. Pero algo siempre queda. Y, por eso mismo, tal vez la expresión en cuestión resulte apropiada para comprender de una buena vez las diferencias que se ocultan tras la presuposición de que los que han sido instruidos son personas cabalmente educadas. En realidad, se trata, por cierto, de una cuestión de “falta de ignorancia”, como no sin maestría enseña -desde aquella emblemática denuncia del niño del cuento de Andersen, arrojada contra el rey desnudo- la saludable y siempre irreverente ironía que porta en su seno el buen humor, expropiado -también- por la gansterilidad. Falta de ignorancia era, además, lo que reclamaba el buen Sócrates -“sólo sé que no sé”-, para no dejarse cautivar por la ficticia sensación de que los presuntos conocimientos instrumentales o metódicos -cuyo “no hay pele” trata de acallar la atormentada voz de su barruntar- tienen la última palabra.

            El buen humor, no el mediocre -dado que su propia condición es su condena-, es por antonomasia dialéctico y contrasta tanto con la risotada del necio como con la seriedad prepotente del burócrata o del funcionario tribunalicio, del solemne mediocre acartonado, del tirano usurpador, del delincuente transmutado en canserbero o en torturador, y hasta con el retorcido psiquiatra cínico. Los acomplejados y los resentidos carecen de humor y nada pueden saber de dialéctica. El buen humor es en sustancia dialéctico porque más que reproductivo es productivo, más que recreativo es creativo. Saca de su zona de confort al convencional para invitarlo a pensar. Es el Aschenbach -esa suerte de post-Feuerbach- de la Muerte en Venecia, de Thomas Mann. En El nombre de la rosa, Humberto Eco muestra en detalle la condición subversiva de la segunda parte de la Poética de Aristóteles, dedicada al humor como catársis, o medio para la liberación del alma. Preferible incinerarla en las llamas del infierno antes que permitir, con su burla envolvente, el develamiento de la insensible rigidez de un mundo autosometido a la servidumbre del dogma que caracteriza a la barbarie ritornata. El humor, como la dialéctica, provoca la cólera de quienes sostienen los hilos de la tiranía, porque es el azote de la conciencia resignada: “en la inteligencia y comprensión positva de lo que es abriga al mismo tiempo su negación, su muerte forzosa; porque enfoca todas las formas actuales en pleno movimiento, sin omitir lo que tiene de perecedero y sin dejarse intimidar por nada”.

            La dialéctica inmanente al humor descubre, con un guiño, la contracara del poder establecido. Muestra la fragilidad de los inquebrantables, la ira y el espanto de los rígidos, de los inflexibles, en el momento menos esperado. Y entonces, sus sospechas logran transformarse en evidencias palpables. Suele sorprender de rodillas al despiadado -cual Padrino frente a Fidel-, mostrando el rostro genuflexo de su aparente aceramiento. Son, en suma, diversos los modos de poner al descubierto la misma insustancialidad mediante la “falta de ignorancia”.

            A la luz de esta perspectiva, se comprende el porqué del empeño de la gansterilidad contra la autonomía de las universidades. El arma más poderosa de las sociedades libres y prósperas es la conquista y preservación de su condición autónoma. La ausencia de educación estética, es decir, autonómica, es garantía de sometimiento, de sumisión, de heteronomía. Todo despotismo que se respete tiene la necesidad de garantizar la sustitución de la educación autónoma por la mera instrucción técnica. Tiene que impedir a toda costa que se sea capaz de pensar en sentido enfático. Incluso en aquellas profesiones que en otros tiempos llegaron a mostrar lo mejor de sus virtudes, su cabal compromiso con el ethos, y hoy han sido objeto del extravío de su concepto. Lo que una vez fue espíritu se ha reducido a letra muerta.

            Un profesional promedio de estos tiempos, puede ser un extraordinario operario en su disciplina o un técnico muy eficiente. Ha sido debidamente instruido, ha aprendido la techné correspondiente. Además, ha acumulando experiencia. Pero eso no significa que el diligente y esforzado especialista haya sido educado. Él, por su parte, no se considera un ignorante. Supone no serlo. De hecho, ha estudiado, no es un advenedizo ni un empírico. Está en sintonía con la pragmática de su oficio y maneja sus parámetros.  Es natural que no le interese -y más bien le aburra- tener que vérselas con la literatura o la historia -“¡Dios, que fastidio!”-, o asistir a un drama o a una exposición de arte vanguardista -“¡disparate de garabatos!”-, y mucho menos tener que verse en la “obligación” de “calarse” un concierto de un Mahler -¡como para morirse del aburrimiento!-. Se inclina, más bien, por el reggaeton, “La bomba”, el 'Tik-tok', o por empaparse de las últimas patrañas de “La hojilla”. Trata de encontrar el mejor modo posible de relajarse, de “botar el golpe”. Este es el profesional promedio del target político-social de hoy. Es el post-proletario, el “fámulo” de Vico devenido “cliente”. El confortably numb del presente padece el síndrome de burnout, y ha tocado “techo”. Carece de humor y, por ello, de juicio. Sus criterios son convenciones que toma “prestadas” de los mass media, sin apenas notarlo. Está convencido de que son tan suyas como las propiedades medicinales del cannabis. No sabe de juicios sino de prejuicios. Es el individuo modelo, apropiado, para todo régimen gansteril. Por eso la autonomía espanta, porque enseña a juzgar, es decir, a pensar. Lo cual es un peligro para todo cartel, un “lujo” que no se puede permitir. De ahí que la exigencia socrática por la falta de ignorancia sea el revés de su sobreabundancia. ¡Y cómo hace falta reconocerla, para poder aprender! 

        

             

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

De la impiedad

  

“La piedad es el fundamento de todas las virtudes”

                                         (viejo proberbio romano).

 

La impiedad de la historia
La impiedad de la historia.

 

            Es probable que la impiedad sea el primer síntoma -apenas un quiste, aparentemente insignificante- de la inminente enfermedad espíritual de todo el complejo organismo viviente de una determinada sociedad. En la Grecia clásica, ella fue conocida bajo el nombre de asebeia, una expresión compuesta por una a (o alfa) privativa y por la palabra sebas, que significa sagrado. Así que lo que ha dejado de formar parte de lo sagrado, del sacramento mismo, es lo que ha devenido profanidad. De modo que los latinos llegaron a designar lo impius -lo impío- no como lo hiciera más tarde la cultura cristiana, esto es, como pérdida o extravío de la compasión, sino más bien como pérdida del fundamento mismo de las virtudes civiles. Profanar, aquí, no consiste en cortarle la cabeza a una virgen, o abrir la bóveda del Libertador para investigar las “verdaderas causas de su asesinato”, ni en sustituir el rostro de un muerto descompuesto por una copia fiel hecha en cera, o en someter a un pueblo al hambre, las pandemias, la mordaza y la migración forzada. Es mucho más que eso, porque atiende a las motivaciones de fondo -la descomposición del ethos en nombre del ethos- que dan acepción y significado a esos hechos puntuales.

            En el sentido clásico del término, la impiedad es, entonces, sinónimo de ausencia de cualidades civiles, de valor y justicia, de coraje y solidaridad. Impío es, en consecuencia, el cobarde, el traidor. Un ser merecedor de desprecio, o más simplemente, el despreciable por antonomasia. En la Eneida, Virgilio concibe a Eneas como el prototipo del héroe romano, muy diverso, por cierto, del prototipo heleno. En efecto, mientras que Homero eleva en Aquiles la fiereza o en Odiseo la argucia, Virgilio destaca en Eneas las cualidades de la valentía y la fortaleza de un hombre decidido y, al mismo tiempo, pío, honesto y compasivo, con una inquebrantable determinación por la justicia. Él representa el ideal de la piedad de la Roma republicana, el pius Aeneas. El impío, en cambio, repudia la civilidad -el Ethos-, considerada tanto por griegos como por romanos el mayor sacramento. Es un idiota, en su acepción original, es decir, un individuo que se ocupa exclusivamente de sus asuntos privados, mezquino e ignorante, incapaz de comprender la trascendental importancia de los asuntos públicos, incluso para el bienestar de sí mismo. Fue con el cristianismo, en su condición de cultura hegemónica, que la impiedad adquirió el significado de ateo, o de “todo aquel que carece de fe en Dios y se mantiene hostil a la religión”.

            Decía el Maestro Pagallo que solo la conciencia moderna -cuyos anhelos de universalización y desestimación de la historicidad son bien conocidos- había sido capaz de señalar a los contemporáneos de Sócrates -aquellos con quienes de continuo compartía el pan y el vino, se reunía y discutía acerca de temas y problemas inherentes a lo humano y lo divino- como los “pre-socráticos”. A partir de entonces, la diferenciación hermenéutica y conceptual se fue transformando, poco a poco y cada vez más, en distinción histórico-cronológica, con el agravante de que los Parménides o los Zenón de Elea terminaron siendo presentados, bajo el inefable auspicio de manuales, enciclopedias y breviarios de filosofía, así como de otras especies “epistemológicas”, para no hacer mención de las de menor realea internáutica, nada menos que como “los físicos”, antecesores del bueno y piadoso de Sócrates, a quien, por cierto, se le acusara injustamente de impiedad.

            Es verdad que, a lo largo de la espiral de la historia humana, siempre han habido impíos -malandros, a fin de cuentas- que logran proyectar sobre los justos sus propias iniquidades, unas veces para garantizar sus beneficios y mantenerse en el poder, otras para escalar posiciones que les permitan morigerar sus resentimientos y saciar sus ambiciones personales, y, la mayor de las veces, para poder acallar las voces de la denuncia en su contra, esas voces que muestran el verdadero rostro de los tiranos, los populistas, los demagogos y, por supuesto, de aquellos que, sin mérito alguno, logran introducirse en el ambiente político con el objetivo de corromperlo, hasta sustituirlo por una organización gansteril que les permita dar cumplimiento a sus deseos -nada políticos, sino más bien personales- de riqueza, privilegios y sexualidad, como apuntaba el bueno de Spinoza.

            Tampoco han faltado los pagliacci que, como Aristófanes del presente, van preparando el terreno propicio -la llamada “matriz de opinión”- para someter al escarnio público a un determinado hombre de bien. Y de pronto, casi inadvertidamente, el nombre de justicia es sustituido por el de venganza. Al final, Sócrates fue acusado de impiedad por Ánito, el hijo de un prominente ateniense a quien el filósofo había denunciado públicamente como un mediocre incapaz, que avergonzaba el buen nombre de su padre; por Meleto, cuya única virtud pública consistió en poseer “una gran nariz aquilina”; y por Licón, un perfecto advenedizo con ciertas dotes de orador de tribuna. Sobran los Ánitos, los Meletos y los Licones en estos tiempos de menesterosidad espiritual consumada. Hoy la más miserable, cínica, cobarde y anodina impiedad encapucha su rostro detrás del poder en nombre de la piedad. Para ellos, la voz “piedad” se invierte: traduce corrupción, violencia, hambre, insalubridad y ruina de las instituciones educativas, destrucción de los servicios públicos, asesinatos, prisión, represión y exilio. La impiedad del gansterato no solo ha secuestrado las instituciones, sino que, tras largos años de “ensayo y error” -a decir verdad, más de errores que de ensayos- ha destruido pieza a pieza al país más próspero y pujante de toda América Latina, hasta transmutarlo en un no-país. Solo que tarde o temprano las ficciones se desvanecen, a medida que la rueda del molino de la historia va cumpliendo, sin prisa pero sin pausa, su inexorable función.             

                

  

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv


           

Bar-Bar (la lepra de la civilización)

 

Barbarie de la civilización tecnológica


 

            Decía Walter Benjamin que “no existe documento de la civilización que no sea al mismo tiempo documento de la barbarie”. La impactante afirmación hecha por el filósofo alemán dejó de suscitar perplejidad para comenzar a cobrar conciencia histórica después de la Segunda Guerra mundial, especialmente después de Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki y Gulag, entre otras tantas muestras de barbárica crueldad por parte de la llamada civilización. Constancia objetiva de cómo la razón instrumental puede llegar fácilmente a convertirse en locura criminal, en la más viva y auténtica expresión de la barbarie. También el camino que conduce hacia el corazón de las tinieblas puede ser transitado invirtiendo los flechados de la historia.


            Las formas vaciadas de contenido, propias de la racionalidad instrumentalizada, ocultan tras su aparente neutralidad y sus presupuestos “universales” la misma violencia inmanente a la barbarie. De hecho, ella misma es barbarie reflexivamente sublimada y elevada a modo de vida, bajo cuyo dominio aún subsiste, clandestinamente, el ser de la civilidad. Del antiguo Bar-Bar de los griegos va quedando poco. Para ellos, un barbaroi designaba a todo aquel que no hablaba griego. Pero el hecho de no saber hablar griego no lo convertía en un extranjero (xénos). El bárbaro propiamente dicho designa a un cierto tipo de población extranjera carente de organizaciones representativas, regido por poderes autocráticos o por un mandato de linaje impuesto sobre los fámulos (de donde proviene el término “familia”). Se trata de pueblos en los que no existen leyes igualitarias ni libertad de expresión, es decir, de pueblos carentes de ciudadanía. Y así lo asumieron los romanos de la República, antes de la construcción del Imperio. De hecho, barbarus es un modo de nombrar a todo aquel que desconoce por completo el significado (el contenido) de las palabras justicia y libertad. Pero el movimiento espiral de la historia es indetenible y las relaciones sociales van dejando marcadas sus huellas con el paso del tiempo.

            Al penetrar otros territorios para “llevar la palabra” y ampliar las fronteras, el Imperio fue asimilando progresivamente las formas, los usos y costumbres, de los conquistados. Después de todo, el “llueve” o “no llueve” no funciona en la historia viva, a menos que sea impuesto como “ley” y que sustituya la realidad, que es, de hecho, una expresión “clara y distinta” de barbarie. Y fue entonces que se comenzó a dar por sentado el “nosotros” y el “ellos”, hegémone visible mediante el lenguaje, que ya desde entonces reflejaba la inversión especular del sí mismo en el otro. “Nosotros”, los racionales, los justos, los educados. “Ellos”, los irracionales, los crueles, los ignorantes. El veneno había surtido efecto, y ahora, la “palabra” comportaba un nuevo significado, hasta hacerse barbarie ritornata. El entendimiento abstracto iniciaba su dominio sobre el mundo, guiado por las manos manchadas de tinta de la escolástica, la madre putativa de la Ilustración.


            La fiereza y crueldad de la barbarie ya no es exclusividad de “los otros”. Quienes creen poder formar profesionales universitarios eliminando la investigación científica, la formación clásica y la autonomía, sustituyéndola por el “caletre de memoria”, la “didáctica” y la “metodología”, es decir, por un conocimiento sin conocimiento, un mero requisito formal para obtener un “título” de “tapa amarilla”, con el fin de incorporar a los futuros “profesionales” y “técnicos” a un mercado laboral ficticio o para engrosar aún más la miserable burocracia, ni sabe qué es educar, ni tiene idea de lo que es una universidad, ni le interesa. Después de todo, la barbarie ha terminado por convertirse en el sentido común del presente, el más común de todos los sentidos, la auténtica lepra de la llamada civilización contemporánea, la “barbarie leprosa”.


            La demediación -el partir o dividir en mitades, propio del entendimiento abstracto- es la objetivación de la conciencia desgraciada del mundo contemporáneo, la más palmaria expresión de la pobreza de Espíritu que gobierna sobre el ser social de la época. La hegeliana Gebrohene mitte. El “otro”, el enemigo de la civilización, el ente irracional y feróz, se ha internalizado: es el calvario que la actual civilización lleva por dentro. ¿Qué puede quedar entonces del viejo término de bar-bar en medio de este progreso regresivo, en el que las fuerzas productivas de la sociedad se han transmutado en fuerzas cada vez más destructivas? Pareciera que no sólo la barbarie se ha civilizado sino que la civilización se ha barbarizado. Es el respetado -temido- gánster vestido de regia seda en su mansión o en su camioneta blindada, y que de lunes a viernes atiende sus “negocios” desde el palacio presidencial, el tribunal supremo o el parlamento. Es el reconocimiento y la institucionalización del terrorismo de Estado.

            La barbarie ha devenido hija de la civilización, en tanto que ésta última ha devenido razón instrumental. La neutral enseñanza de cómo se enseña, sin que se sepa qué se está enseñando, la utilización de presuntos 'mapas' o metodologías de la realidad social y política, que luego la convierten en un dato sin importancia, a los efectos del procesamiento de datos y la simbolización binaria, ni son neutras ni, mucho menos, inocentes. El mejor modo de destruir una sociedad consiste en aniquilar el ente generador del saber autónomo. Las universidades tienen que ser desplazadas por instituciones en las cuales ni se ponga en duda lo existente ni se encuentren soluciones para los grandes problemas que aquejan a la sociedades. Ya no hay verdades por descubrir. Eso es un invento humanista. Cosa del pasado. La barbarie vive. La lepra de la civilización sigue.      


 

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

             

                 

             

           

           

El estado de Platón y el alma justa.

El estado justo de Platón


¿Cómo define platón a la justicia?

            Decía Platón que las sociedades justas son aquellas en las cuales cada ciudadano ejerce conscientemente la función que le corresponde. Un ambicioso, lujurioso y glotón conductor de Metrobus, por ejemplo, no es la persona más apta para ejercer las delicadas funciones concomitantes a la presidencia de un determinado Estado. Ni el narcotráfico puede ser considerado como una función propiamente dicha, en tanto que aquí se considera por “función” el aporte, cabe decir, la contribución en virtud de la cual cada individuo hace progresar al cuerpo entero de la sociedad, lo cual, evidentemente, no es el caso del narcotráfico. De tal modo que para que cada ciudadano ejerza adecuadamente la función que le corresponde, resulta indispensable la construcción de un riguroso, sólido y vigoroso sistema educativo, porque, como afirmaba Platón, la educación es la base firme sobre la cual se puede construir la residencia, el hogar, de toda auténtica república. Y mientras más profundos sean los fundamentos de la educación de una determinada ciudadanía, mayor será su prosperidad, su libertad y el ejercicio de la justicia.

            La función principal de quienes ejercen la responsabilidad de gobernar consiste, según Platón, en la purificación del alma de los ciudadanos, lo cual redunda tanto en su enriquecimiento espiritual como material. En efecto, para el filósofo griego, purificar el alma de la ciudadanía quiere decir hacer que la población se forme cada vez más, que sea instruida y educada convenientemente. O en otros términos, que sea una auténtica ciudadanía, a fin de superar sus naturales inclinaciones bestiales, decadentes y patéticas y, con ello, su consecuente pobreza espiritual. Una efectiva política de Estado debe sostenerse sobre la convicción de que sólo las metas a largo plazo, sostenidas en el tiempo y ajenas a los concursos de popularidad -tan afines a la demagogia y al populismo-, son propicias para el desarrollo integral de la sociedad en su conjunto. No es con consignas vaciadas de contenido, gratas a los oídos de la mediocridad, que se construyen los grandes proyectos políticos. Las democracias afectadas por la corrupción y en estado de descomposición, son caldos de cultivo propicios para el advenimiento de las tiranías. Éstas, a su vez, ofrecen dar rápida y eficaz realización a las promesas incumplidas por gobernantes que decidieron convertir su pomposa palabrería -siempre aderezada de lugares comunes- en la única realidad existente. Pero una vez en el poder, los tiranos comienzan a demostrar su incapacidad absoluta para gobernar. Y cuando tienen inicio las primeras protestas por exigencia de justicia, no dudan en utlizar las armas que ya habían utilizado contra los demagógos, pero esta vez para apuntar a la población defraudada y, ahora, aterrorizada. Con el tiempo, la tiranía deviene oligarquía. Se trata de un reducido grupo de gansters, auténticos criminales que se enriquecen con los dineros provenientes de la corrupción, el narco-tráfico y el más desalmado saqueo de los recursos de la extinta Nación. Son los que mantienen secuestrado al Estado, y los que, día tras día, abren con mayor profundidad la ya intolerable brecha de las desigualdades sociales.

La organización del estado en Platón

            Para Platón, la demagogia, la tiranía y la oligarquía son sistemas de gobierno que, en la medida en la cual desprecian el saber, se hacen cada vez más susceptibles a la corrupción y terminan empobreciendo y desintegrando a la sociedad. Todo régimen corrupto, por su propia condición, disocia, disgrega y promueve la injusticia. Por eso mismo, y a medida que va socavando el Ethos, termina siendo débil e incapáz de satisfacer las mínimas necesidades materiales y espirituales de los ciudadanos. Cada individuo, según el filósofo ateniense, está compuesto de cuerpo y alma. El alma, elemento inmaterial, es el aliento, el respiro, el principio de la existencia de los seres humanos. Sin el alma el cuerpo es, apenas, un amasijo de instintos, “la cárcel del alma”. Y mientras que el cuerpo vincula con el mundo sensible, el alma vincula con el mundo inteligible. Por eso mismo, el alma es enérgeia, la energía vital de la corporeidad, la acción productiva propiamente dicha, la fuerza de trabajo que definiera Marx.

            Dice Platón que el alma está formada por tres partes: una parte sensual, que conduce a los vicios de la avaricia, la lujuria y la gula; una pasional, que conduce al vicio de la ira; una racional, que conduce al vicio de la pereza y la soberbia. Pero estos vicios del alma pueden ser reorientados mediante la educación. Es posible formarse para la buena ciudadanía. Así, la parte sensual del alma puede ser elevada a templanza, esa benigna cualidad que impone hacer las cosas con moderación. De igual modo, la parte pasional puede ser educada y convertida en valor, es decir, en arrojo o esfuerzo. Lo mismo que la parte racional puede llegar a conquistar la sabiduría. Un alma que ha sido adecuadamente educada y logra conquistar la templanza, el valor y la sabiduría es llamada por Platón un alma justa. El imperio de las almas justas forma el espíritu de un pueblo sano, próspero, culto y libre.

            Hubo un tiempo en Venezuela en el que las almas justas florecieron por doquier, y como nunca antes en su historia. La formidable migración de profesores universitarios, científicos, artístas y técnicos, llegados de una Europa depauperada y en crisis orgánica, fue uno de los mayores aciertos de la dirigencia política de un país pujante y hambriento de saber que, finalmente, pudo romper la larga y pesada cadena de las dictaduras militares decimonónicas, y poder entrar así -a pesar del retraso histórico- al siglo XX pleno de democracia viva, exenta de la muerta baratija demagogica. Fue a partir de entonces que la educación, comprendida como formación social y cultural, comenzó a dejar de ser un mero requisito formal para obtener un título y transformarse en materia, oficio, compromiso con el pujante país que, en breve lapso, llegó a ser. Se comprende, entonces, la saña del gansterato contra la educación. Sabe bien que ella contiene el alma justa que posa, ante su puerta, los pies de los que la van a enterrar.               


José Rafael Herrera

@jrherreraucv


Epistemología de la psicología y la psicoterapia. Introducción.

Hoy quiero explicar quién fue el primer psicólogo de la historia, este hombre defendió el surgimiento de esta ciencia en la edad media y además era médico y psicólogo practicante (que incluía como la medicina del alma, "la mente" que decimos ahora) de los monarcas Sevillanos y Cordobeses de esos años.

Pero antes de nada os quiero dejar un vídeo introductorio en el que hablo un poco sobre este primer psicólogo científico:



El primer psicólogo de la historia.

Este pensador, filósofo, médico, y juez, es muy famoso y reconocido por ser el padre de la medicina. Pero esto no ocurre así con la psicología. No está reconocido actualmente como padre de la psicología y esto es un error por varias cosas. La primera porque su principal dedicación durante toda su vida fue la de crear una ciencia psicológica y separarla completamente de la metafísica.

Y es que estableció una epistemología psicológica que puede entenderse hoy en día. Que nos proporciona a casi novecientos años de su nacimiento una reflexión firme y con evidencia encontrada por los experimentos y casos psicoterapéuticos posteriores. Y esto es algo muy difícil, ya que no existen en la actualidad enfoques psicoterapéuticos que tengan más consenso teórico y epistemológico sobre su forma de trabajar que lo propuesto teóricamente por Averroes.


Psicología de Averroes en la sombra.
Averroes  un psicólogo en la sombra.

Pero lo que ocurre, la principal dificultad de entender la psicología de Averroes, es que su libro de psicología en el que explica su teoría psicológica ha sido el más prohibido de la historia de la humanidad, este ha sido el autor maldito más perseguido por todas las organizaciones religiosas durante siglos. Por eso ha sido muy difícil contrastar lo que decía ese libro después de cientos de años de malas traducciones, pero gracias al trabajo de varias generaciones de arabistas, se han conseguido contrastar los significados contradictorios de las distintas versiones del libro, quedando de acuerdo los especialistas en que el libro que contiene la traducción más moderna, que ha sido revisado durante veinte años contrastando las versiones árabes, judias y cristianas del "comentario al alma de Aristóteles" que realizó Averroes. 

Este libro revisado que se llama "La psicología de Averroes" consiste en lo más parecido a lo que expresaba el original. !Envídia de Don Quijote, bálsamo hegeliano y rica curiosidad materialista en los marxistas! que este es presente y futuro de la práctica psicológica, este libro de Salvador Gomez Nogales que rescató nítidamente a nuestro moro más sabio.

La espistemología psicológica

Cada uno de los sentidos percibe sus sensibles, y percibe, además de esto, que percibe, es decir, puesto que ella (la consciencia) siente la sensación, la misma sensación es el sujeto de la percepción. Averroes. [1]

 

Averroes reflexionó sobre los fundamentos y métodos de conocimiento de la psicología y la psicoterapia, y pudo exponer claramente el conocimiento que adquiere el psicólogo sobre sus objetos de estudio. 

Los objetos de estudio de esta ciencia son para el Cordobés los sentidos, el sentido común y el conocimiento de los estímulos separados de los sentidos. También proporciona la reflexión sobre el conocimiento que adquiere el psicólogo sobre un sujeto capaz de representarse esos objetos.

Para comprender la psicología de Averroes voy a resumir su pensamiento sobre esta ciencia en las líneas que siguen debajo:

Este psicólogo medieval define la psicología en la práctica, es decir, lo que hoy llamamos psicoterapia como "un arte que garantiza la adquisición de lo que las artes parciales establecen como principios y sujetos". Esta definición, como se verá, es la de la metafísica, pero que por coincidir para Averroes el "sujeto de la sensación" con la causa formal de la conducta, es por tanto la metafísica el mismo ejercicio de la psicología como ciencia y de la psicoterapia, como es evidente de las premisas dichas, pero como digo más adelante se explicará. 

Siguiendo con la definición, que sea "un arte" quiere decir para Averroes que requiere para su práctica efectiva de la intuición, es decir, que requiere saber del alma y de los sentidos pero no actuar directamente. Dejando que actúe en "potencia".

Con las "artes parciales" se refiere a la física de Aristóteles, requiere entender que lo que nos pasa es causa de las formas o creencias que formamos de nuestra interacción con el ambiente. pero que, como se ve, no es de lo físico de lo que se ocupa (si fuera así sería una ciencia) sino de lo que percibimos desde nuestra consciencia, y en comprender nuestra consciencia y asociarla con lo que percibimos, eso es lo que quiere exponer diciendo que es un arte. 

Para entender el parrafo anterior vayámonos a lo que decía Aristóteles: aquello de que la ciencia física va de lo particular a lo general, hasta el hecho de que aquí cambie "ciencia" por "arte", es en lo que consiste básicamente que Averroes se pueda considerar el padre de la psicología y la psicoterapia. Pues consiste en utilizar el conocimiento demostrado sobre "el alma" y el cuerpo, para trabajar sobre el grado de "verdad" que presentan los estímulos de nuestra realidad en nuestra forma de sentir.

Por "principios y sujetos" se refiere a las leyes físicas de la generación y la corrupción aristotélicas, biología, pero también a lo que se puede entender racionalmente por "ser algo". Y esto último es algo que muchos filósofos creen o ignoran que no pasó hasta Hegel. Es decir, que para la mente no existe la generación sino un principio formal, como tampoco existe la corrupción sino el mismo sujeto eperimentándose, es decir, el cambio mismo autopercibido.

Vamos, para aclararnos hasta este punto, que Aristóteles llegó a decir que existe un ser perfecto en cuanto a argumentación lógica, y en cuanto a movimientos físicos, pero no en cuanto a las "formas del alma", es decir, no en cuanto a lo que "creo que soy".

Y de aquí parte la posibilidad de una forma "política de ser" como el derecho jurídico, las democracias parlamentarias, etc. Y también de una forma psicológica de ser o de sentir, o de sufrir, etc.

Aclaraciones sobre la psicología como ciencia

Pero hay que aclarar varias cosas que se desarrollan a continuación, la primera que Averroes no se queda en la forma, en la creencia, sino que parte de su causa, de su función orgánica. Aunque el psicoterapeuta trabaja con formas, estas son las funciones orgánicas en potencia de su paciente.

Otra cosa a aclarar es que Averroes ni es dualista ni sigue la doctrina hilemórfica de Aristóteles completamente en cuanto al alma. Ya que entiende el alma como la suma de percepciones e imaginaciones que se forman, y que dependen del conocimiento de la realidad. Es decir, que la mente y sus representaciones tienen causas materiales y que si no tienen causas materiales sino imaginativas dejarémos de experimentar "la mente".  

Y es que la confusión radica en que Averroes dice que lo que Aristóteles dice es cierto en cuanto al alma, pero a diferencia de este, Averroes siempre habla desde el alma, por eso se expresa con formas materiales y no materia. Voy a intentar resumir la psicología de Averroes con esta frase: "El alma es la forma del cuerpo físico" [2] y cuando se piensa, se piensa en formas y no en materia.

Podemos decir siguiendo a Aristóteles, que la idea de psicología que desarrolla Averroes es la conclusión lógica de "las causas formales" de Aristóteles, pero Averroes vá más allá, pues son causas formales tanto el sentir de la mente, como la conducta, como la misma persona, es decir, la misma consciencia de lo que soy.

Esto es muy relevante hoy y es que un reconocido psicólogo conductista llamado Marino Pérez Álvarez escribió recientemente un trabajo titulado "Un conductismo radicalmente humano"[4], en el que relaciona el conductismo con el enfoque humanista y personal de la psicoterapia, partiendo de las causas formales de Aristóteles hasta explicar su punto de vista teórico. Es decir, Marino llega a una conclusión muy parecida a la de Averroes sobre la psicología.

Pero para seguir comprendiendo a Averroes, hay que darse cuenta de que es un autor medieval y que utiliza la palabra "perfección" de una forma muy distinta a la que que podríamos imaginar, la utiliza como una idea de nosotros casi imposible de conseguir, que se asemeja a la idea de "absoluto" en Hegel. Por ejemplo dice que "el alma es la perfección primera del cuerpo físico orgánico", Averroes usa mucho este concepto: "perfección primera" para referirse a las formas de la mente. Quiere decir que puede llegar a ser perfecta, a ser idéntica a la realidad que siente, que experimenta o que aprende, es decir, a ser idéntica a su causa y a su esencia. Pero sigo, que no se puede entender este concepto sin el de "perfecciones últimas", que siempre nombra en plural, estás "perfecciones" no son de ninguna manera perfecciones, en realidad dice que son las pasiones y acciones, es decir, el comportamiento y la afección sensitiva. Son la percepción "primera" o "perfecta" pero sumada la imaginación, que produce formas de sufrir que me afectan. 

El párrafo anterior da cuenta de la importancia que tiene para Averroes las causas formales aristotélicas para crear la psicología. Deja claro que estas formas de sufrir no existen en la realidad, ni en la materia, tampoco existen en el estímulo, y no pueden existir conceptualmente, porque incluyen a la imaginación y no solamente a la percepción, y por esto solo podemos evaluarlas desde dentro de nosotros como personas, y con la ayuda de un experto en el comportamiento humano, es decir, de un psicólogo. Esto era lo que pensaba Averroes, y es también lo que pensamos hoy.

Para resumir: la psicología es la ciencia que estudia como percibimos los estímulos, pues este es el acto primero de la forma, y su causa. Y en la práctica el psicólogo trabaja sobre las formas de la mente de otra persona, no sobre los estímulos, sino que mantiene su saber "en potencia" esperando a que el paciente actúe, que es lo primero, para después ayudarlo en las formas o creencias que está formando.

Otra cosa importante a destacar es lo que entendía este psicólogo andalusie por ciencia pesicológica.

Creía que parte del trabajo del psicólogo para ayudar es investigar sobre psicología básica

Y es que la psicología es una ciencia, y el "arte" del psicólogo cuando ayuda depende del conocimiento de esta ciencia. Esto lo entiende así porque para él el psicólogo debe entender de la consciencia las formas materiales y las inmateriales, es decir, no piensa Averroes en estímulos, piensa en percepciones, que son los estímulos en cuanto producen alguna afección. No cree que la materia estimular propicie un cambio, sino que es el aprendizaje de ese estímulo por los sentidos lo que lo propicia, al ser experimentado.

Por ejemplo dice que "el sujeto del cultivador de esta ciencia" [3], es decir el psicólogo trabaja agrandando esta ciencia al estudiar los estímulos recogidos por los sentidos y el cambio que se produce en su forma en un sujeto, esto el psicólogo cuando piensa sobre lo que hace. El psicóogo es pues, el que actúa aprendiendo como afectan los estimulos de nuestro mundo a nuestros sentidos y las formas que tiene la mente para describirlos.

Un poco antes dice que ese sujeto, "es lo mismo que la asunción de que la mayor parte de las formas son materiales, y que es evidente por sí mismo". Veamos, las formas materiales son los perceptos, que son los estímulos experimentados sensitivamente y que te afectan de alguna manera, dice que todo lo que eres capaz de percibir te afecta, y que es evidente porque si no nos diésemos cuenta de un estímulo no habría percépto sensitivo, y no podría haber sujeto afeccionado ni estudio posible sobre ese sujeto afeccionado. Esto es lo evidente.

Cómo se puede ver no hay dualismo en Averroes, y al contrario, casi parece un psicólogo antiguo conductual cuando dice: "la mayor parte de las formas del sujeto de esta ciencia son materiales", y las otras, ¿qué son?, pues inmateriales, es decir, imaginadas. Lo que deja claro Averroes en su libro de psicología es que la consciencia es consciencia si la mayor parte de las formas son percibidas con pocas imaginaciones. Si hay más imaginaciones que percepciones sensibles no hay sujeto consciente, no podemos permanecer conscientes, no podemos ayudarnos.

Si queremos ser el sujeto de alguna consciencia debemos percibir, no imaginar, y va más allá Averroes cuando avisa para acabar con esta introducción sobre la ciencia psicológica: "que se especula que el alma racional puede darse separada", separada del resto de estados de consciencia. Y sigue diciendo que si después la encontramos junta, ya será evidente, con esto quería decir que no hay que incluir la intelección sobre el significado de las cosas, que la inteligencia o la cognición puede no ayudar a la mente en conjunto (Es una lucha contra la metáfora religiosa que hoy es comparable al cognitivismo más absurdo, en cuanto que se basa en la imaginación intelectiva).

La psicología como ciencia empírica y conceptual

Mucho más clara queda la psicología de Averroes cuando dice que el psicólogo ayuda a resolver si las percepciones están constituidas o no por los estímulos. Pero esta palabra "ayudar a resolver" no es guiar, ni educar, ni analizar, ni incluso describir.

Ayudar a resolver es investigar para que otro resuelva, para otra mente, quiere decir aquí que lo que investiga el psicólogo es sobre las formas, que teniendo causa funcional son recogidas por los sentidos y forman una consciencia que es otra persona, para que esa consciencia que investiga pueda distinguirlas de sus imaginaciones se debe de trabajar psicoterapéuticamente en formas, y no en causas. Y es por esto que al principio decía que la psicoterapia es un arte, que depende del estudio científico de la ciencia psicológica.

En este punto me recuerda mucho al énfasis de un autor muy influyente en la historia de la psicoterapia como fue Carl Rogers, este autor desarrollo una posición de trabajo práctica del terapeuta muy similar al trabajo como médico del alma de Averroes. Carl Rogers hablaba de la escucha activa, pero más aún, no era la escucha por la escucha, era entender la cognición para describirla, para mostrar la investigación insitu a otra mente. Así también, tiene iguales parecidos con F. Skinner, pues ambos propusieron que la base de toda psicología como ciencia es el estudio de los estímulos.

Sigo con Averroes, dice que "el procedimiento por el que se adquieren las premisas racionales a esta ciencia de las formas materiales en cuanto que son materiales, teniendo en cuenta todos los atributos" esto quiere decir que el psicólogo debe investigar los estímulos físicos directamente, pero teniendo en cuenta las diferencias perceptuales de los distintos sentidos, de las distintas formas de aprendizaje y teniendo en cuenta los diferentes materiales de los estímulos y como se perciben distintamente por los distintos sentidos. Esto es lo que debe vigilar el psicólogo para ser capaz de ayudar al paciente a integrarlo en su consciencia.

Esto es solo la introducción a su tratado psicológico, pero parece que ya ha resumido gran parte de la psicoterapia actual. Y de como este pensador intuitivo cordobés encontró una base firme para la investigación psicológica y el ejercicio de la psicoterapia.

En resumen, el estudio de la psicología como ciencia y como ejercicio profesional lo adelantó este cordobés Andalusíe en el siglo XII y es válido hasta nuestros días.

Notas

[1] La Psicología de Averroes : Comentario al libro Sobre el alma de Aristóteles / traducción, introducción y notas de Salvador Gómez Nogales. Autor: Averroes, 1126-1198. Página 165.

[2] En que el "alma es la forma del cuerpo físico" coinciden Aristóteles como Averroes, pero este último concluye que solo podemos pensar desde dentro del alma, y esto sobre todo para ejercer la psicología, de ahí lo añadido a continuación para completar el pensamiento de Averroes sobre la psicología.

[3] Op.Cit.  Página 105.

[4] Artículo de Marino Perez: Un conductismo radical. http://www.redalyc.org/pdf/2745/274538026002.pdf




¿Qué es el amor hoy en día?

Este artículo ha sido escrito entre Andrea Fano y Esteban Higueras, siendo estos dos sus autores.



[1]

                 En los menos de los casos existe una indiferencia total hacía sentimientos de celos o frustración en el enamorado. Y es más, en menos casos aún estos dos sentimientos no ejercen su influencia en los enamorados. De aquí viene la pregunta ¿En qué consiste estar enamorado?, ¿Qué es el amor?.

¿Y si hoy me preguntan qué es el amor?

                Puede que tenga algo que ver con el deseo de querer sin poseer como nos dice Nuccio al señalar que “abandonar la pretensión de poseer, saber convivir con el riesgo de la pérdida significa aceptar la fragilidad y la precariedad del amor. Significa renunciar a la ilusión de una garantía de indisolubilidad del vínculo amoroso, tomando nota de las relaciones humanas, con los límites y las imperfecciones que las caracterizan, no pueden prescindir de la opacidad, de las zonas de sombra, de la incertidumbre.”[2]

                Siguiendo con nuestra reflexión si podemos decir que hay algo libre en el mundo, dirá Emma Goldman, esto es el amor, que no puede comprarse, ni conquistarse. Siendo tan libre, que no puede existir en otra atmósfera que no sea la de la libertad. Entregándose total y únicamente en ella, y no necesitando protección, ya que se basta a sí mismo. Lamentablemente, en nuestra sociedad, se encuentra falseado, no pudiendo “ajustarse a la estrecha medida de nuestra fábrica social.”[3]

    Como se va entendiendo, tendemos a considerar el matrimonio y el amor como sinónimos, pero la realidad dista mucho de esta creencia.[4] Cierto es, que algunas uniones matrimoniales se realizan por amor; pero también los es, que muchas utilizan el matrimonio como una forma de someterse “para pagar el tributo de la opinión pública.”[5] Por otra parte, como señala Emma Goldman, es completamente falso que el amor sea resultado de los matrimonios.

                Y es que argumenta que la dificultad para el "amor" está en encontrarse “separado por una valla de supersticiones, de costumbres y de hábitos, el matrimonio no tiene el poder de desarrollar el conocimiento mutuo y el respeto del uno para el otro, sin lo cual toda unión de esta clase está sometida al fracaso, a la desavenencia continua.”[6] 

El amor hoy en día es escaso

                  Somos conscientes de que esta idea de matrimonio o unión forzosa no es muy habitual en nuestra cotidianidad, más no es esa la cuestión principal, sino las formas que constituyen el deseo de "amar" de alguien hacía alguien, como se señala al principio. Hoy amamos o creemos amar a otro por frustraciones propias o celos percibidos, y esto esconde la más graciosa de nuestras zancadillas, a la que llamamos no conocernos, no querernos.

Y es que al tomar el deseo de estar con alguien o el matrimonio como una imposición para poder encajar en la sociedad, las personas se someten, sin tener certeza de si ese amor estará presente durante toda la vida; y, en muchas ocasiones, estando ya el divorcio normalizado, alimentando el “negocio del desamor”. Antes de que los divorcios y las separaciones supusieran un camino para recaudar, esa separación entre dos personas que no se amaban estaba mal vista, pues habían firmado un contrato para toda la vida. ¿Qué puede haber más terrible que vivir encadenado a alguien que no amas?

                “El amor, que es el más intenso y profundo elemento de la vida, el precursor de la esperanza, de la alegría y del éxtasis; el amor, que desafía impunemente todas las leyes humanas y divinas y las más aborrecibles convenciones; el amor uno de los más poderosos modeladores de los destinos humanos, ¿cómo tal torrente de fuerza puede ser sinónimo del pobrecito Estado y del mojigato sacramento matrimonial, concedido por nuestra santa madre Iglesia?[7]

No debemos confundir el amor con el ansia de poseer, que lo limita todo a la propiedad. Cuando sentimos la necesidad de dominar al otro, el amor se convierte en celos.[8] Y éstos son una de las manifestaciones más deplorables de la especie humana. Estamos tan acostumbrados a la idea de propiedad, que nos llega a invadir hasta en nuestras más íntimas esferas (el amor, la amistad…) queriendo reducirlas a negocios y encarcelándolas.

                “El amor no puede ser enjaulado […] Encerrar el amor en un círculo, condenándolo a vivir en una cárcel eterna, no servirá para protegerlo de los cambios y las metamorfosis que caracterizan las cosas humanas.”[9]

                El hecho de pensar que las relaciones necesariamente tienen que ser eternas, es asumir unos mandatos caducos que, muchas veces, imponen un amor ficticio a quien no lo siente. El amor que no se siente feliz es una imposición, incluso una auto imposición guiada por costumbres culturales o creencias que no son del todo tuyas. El amor como sentimiento, si puede renacer y mostrar su esplendor, pero no bajo fuerzas coercitivas.

“El amor auténtico se convierte así en expresión del encuentro entre dos seres que avanzan libremente el uno hacia el otro. Lo que les une es un lazo desinteresado, es el valor del amor en sí, capaz de extirpar todo interés individual y toda forma de egoísmo.”[10]

 



[2] Ordine, Nuccio. La utilidad de lo inútil. ACANTILADO. Barcelona. 2013. Página 122

[3] Goldman, Emma. Recopilatorio de escritos. Editorial Descontrol. Barcelona. Página 108.

[4] Op. Cit. 95-108.

[5] Op. Cit. Página 95.

[6] Op. Cit. Página 97.

[7] Op. Cit. Página 105.

[8] Ordine, Nuccio. La utilidad de lo inútil. ACANTILADO. Barcelona. 2013. Página 118

[9] Op. Cit. Página 124

[10] Op. Cit. Página 118

Estado y Nación

Estado y nacion


         He reelaborado un artículo mío que se titulaba Nación y estado, y es que me pareció más actual hoy que ayer. Se trata de estas confusiones sustentadas en la rigidez de lo abstracto, que no permiten hacer avanzar la fuerzas del cambio que requiere un país.

Estado, nación y hombre masa.

 La exaltación de los derechos privados, tan en boga por estos días, se sustenta en la presuposición de una serie de requisitos de mera naturaleza individual, lo que termina propiciando, tarde o temprano, la apatía política. Si la exaltación del comunitarismo ha terminado por hacer de la vida ciudadana una ficción en la que se desdibujan los contornos de la condición individual, transformándola en una multitud incapaz de poder decidir por sí misma y reduciéndola a su impotencia, la exaltación de la individualidad abstracta llega, por el camino inverso, exactamente al mismo punto: a la bancarrota de la libre voluntad y de sus auténticos derechos. Mientras mayor sea la exigencia de la preponderancia de lo abstractamente individual mayor será su identificación con el “hombre masa”. 

Una discusión acerca de cuál es el mejor modelo a seguir, el más adecuado para la sociedad, sin que ninguno de sus interlocutores sepa a ciencia cierta de qué se está hablando, sólo sirve, de un lado, para encubrir la ambición de poder del ignorante que poco o nada sabe de Nación o de Estado o, vía negationis, para incrementar aún más la frustración de una muchedumbre con un pie en la incertidumbre y el otro en la resignación. Muchedumbre que, desde el principio, desconocía el real sentido y los alcances de las protestas masivas en las que, muchas veces -sobre todo al principio- participó. Y, como era previsible, sus esperanzas terminaron en temores. 

En política, toda presuposición termina dando rienda suelta a las más lúgubres expresiones de autoritarismo y terror. Es el caso del régimen de gansteril, de sus indiscriminadas prédicas “revolucionarias”, “bolivarianas”, “humanistas” y “republicanas”, que terminaron en el horror de un país en ruinas, aunque con “bodegones”. Pero también es el caso de un puñado de políticos “pragmáticos” -en realidad, improvisados, irresponsables y sin la mayor formación-, quienes, asesorados por una sarta de “científicos” de bullpen, cuyas nuevas cartas astrales son las estadísticas y las metodologías “de punta”, suponen o que “la realidad es lo que es” -“eso es lo que hay”- o, peor todavía, lo que sus planos astrales “deberían” obligarla a ser, a remate de cifras y porcentajes. Son los Mister “Ship” del hipismo o los Carlitos Gonzáles del beisból insertos en la praxis política. Y como no consiguen acertar, tal y como era de esperarse, acuden a la liturgia de la esperanza, del “tiempo de Dios”, o de su equivalente mediático: la retórica hueca, vaciada de todo contenido, del “vamos bien”, del “sí o sí” o del “sí se puede”. Pero, si desde hace veinte años las premisas son las mismas, ¿los resultados podrían llegar en algún momento a ser distintos? A fin de cuentas, lo tácito -precisamente, lo que se presupone- oculta la ignorancia del mediocre, vístase de casaca roja o de blue outlet stores.

La búsqueda de filosófica de una nación

Cuando no se emprende la búsqueda histórico-filosófica del origen de los vínculos del espíritu de una Nación -el Ethos-, no se llega muy lejos. Y es que no es posible concretar un cambio radical en la vida de una determinada formación política y social sin efectuar el proceso de reconstrucción de su ser y de su conciencia sociales, de conocer a fondo los elementos externos e internos que conforman el pulso de su devenir, esa dinámica que transforma un conglomerado en una auténtica comunidad, una multiplicidad de intereses informes en una Nación. Todo lo cual se expresa a través del estudio del lenguaje, el arte, la religión, los tipos de gobierno, las instituciones políticas, las leyes, el desarrollo productivo, educativo, literario y científico, así como las formas de pensamiento en general que han logrado fraguar su Volkgeist. Se trata de comprender el ser y el tiempo de una determinada Nación en su historicidad. Porque, como dice Hegel, cada Nación tiene sus propias representaciones, “un rasgo nacional establecido, una manera de comer y beber, ciertas costumbres que le son propias”. En fin, “un modo particular de vida”. Sólo cuando los instrumentos de “medición” dejan de ser la fuente primaria del conocimiento y la conciencia se dedica a comprender-se, se produce el cambio, y se puede crear un auténtico proyecto de Nación y Estado, en el que no sólo la comunidad se sepa inmersa en sus costumbres, sino en la que los individuos logren identificarse consigo mismos, pues al compartir los valores de su comunidad, los individuos, lejos de ser concebidos como masa informe, crecen y con-crecen, porque sus almas se enriquecen y pueden reconocerse libremente en la unidad orgánica de la totalidad social y política de la que forman parte. Es eso a lo que se denomina eticidad o civilidad. Y mientras mayor sea el desarrollo de la educación estética mayores serán su armonía y fortaleza. Pero nuestros políticos de oficio parecen no saber nada de eso.

Se equivocan quienes, a fuerza de un maniqueísmo ya casi instintivo, presuponen que la salida de las ficción totalitaria de un régimen que ha terminado por secuestrar a los individuos, hasta pretender transformarlos en rebaño, consiste en la promoción de la ficción individualista. De un lado, se exalta al Estado -en realidad, a la sociedad política- contra la iniciativa privada; del otro, se exalta al individuo -en realidad, a la sociedad civil- contra la opresión del Estado. Dos unidades en sí mismas opuestas y recíprocamente contradictorias. El Estado es percibido como el aparato del gobierno que ejerce el poder, mientras que la Nación está formada por el pueblo, sus súbditos, sometidos a su absoluta voluntad. Semejante presuposición de la doctrina rousseauniana no sólo es inexacta, sino que es, además, superficial. Hablar de la “soberanía nacional” o de la “soberanía popular” ya implica la exclusión de la idea de Nación de una concepción amplia y orgánica del concepto de Estado, porque sólo es posible hablar de soberanía si se consideran las diferentes esferas de la sociedad como una totalidad concreta, cabe decir, como el recíproco reconocimiento de la sociedad política y de la sociedad civil, del Estado y de la Nación. En última instancia, la sociedad política, a la que por lo general se le denomina Estado, no es más que la sociedad civil -la Nación en cuanto tal- hecha, es decir, objetivada. Rousseau invierte los términos: según él, los individuos enajenan sus derechos al Estado, el cual, a partir de ese momento, regula su libre voluntad. En realidad, es al revés: la voluntad de la Nación se ha objetivado y ha creado un Estado, un garante de sus intereses, un organismo que representa y preserva su eticidad, el modo de ser propio de su tiempo. Que con el pasar de los años el objeto creado pase a ocupar el puesto de su creador depende del nivel de conciencia de los individuos que forman parte de dicha Nación.

Ni una nación, ni un estado.

La Venezuela de hoy ni es una Nación ni es un Estado. La labor de los sectores progresistas de la sociedad no consiste ni en el regressus al “como éramos antes” -cosa del todo imposible-, como tampoco en la intentio de participar en el “juego del gato y el ratón”, teniendo a una tiranía de narco-traficantes y terroristas como potenciales interlocutores. Las “gangas” para intentar posicionarse de algunos cargos “estratégicos” que le permitan tener presencia en el “Estado” y tomar aire para un segundo combate son tarea baldía. Venezuela requiere reinventarse, rehacerse, recomponerse, ser refundada desde sus raíces. Y sus raíces pasan por la elaboración de la superación y conservación de sí misma. Tarea nada fácil, sin duda. Pero este será el esfuerzo más humano y sublime de un país que bien lo merece.              

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

La lógica de la perversión en el lenguaje

 

Perversión del lenguaje


Lo que expresa el lenguaje

            El lenguaje es mucho más que el sonido hueco de palabras que han sido vaciadas de todo contenido. O que la combinación de formas meramente instrumentales. En él hay un conjunto de nociones y conceptos cultural e históricamente establecidos que van moldeando el laberinto del tiempo del ser y de la conciencia sociales. Es, se puede decir, el trabajo acumulado del Espíritu. En sus pliegues hay todo un sistema de creencias, opiniones, presuposiciones y prejuicios -no pocas veces anacrónicos, sin contexto-, de los más diversos modos de percibir y actuar. En el lenguaje, pues, se haya presente toda una Weltanschauung, una hermenéutica del mundo, una manera, más o menos disgregada, de percibir la vida. De suerte que, aunque no se sepa ni se diga explícitamente, el lenguaje no es ni neutral ni inocente. No obstante, y a consecuencia de su condición acumulada, esa Weltanschauung suele ser resultado de determinadas circunstancias. Muchas veces es irregular e intermitente, y pertenece, simultáneamente, a una multiplicidad de formaciones sociales, similares a las cortezas o capas que, una tras otra, van recubriendo con los años el tronco de los árboles.

            Como ha afirmado Gramsci -no la representación del deformado santón de las consignas superficiales, mártir de los usos y abusos a conveniencia del trasnocho gansteril, ni el Chucky, figurado monstruito perverso y maquinador que se imagina el conservatismo de fanfarria, desteñido, constipado y estirado, sino el filólogo y filósofo, lector de Labriola, Croce y Gentile, el brillante académico de la universidad de Torino y distinguido político anti-fascista-: “quien habla solamente en dialecto o comprende la lengua nacional en distintos grados, participa necesariamente de una concepción del mundo más o menos estrecha o provinciana, fosilizada, anacrónica en relación con las grandes corrientes que determinan la historia mundial. Sus intereses serán estrechos, más o menos corporativos o economicistas, no universales. Si no siempre resulta posible aprender más idiomas extranjeros para ponerse en contacto con vidas culturales distintas, es preciso, por lo menos, aprender bien el idioma nacional. Una cultura puede traducirse al idioma de otra gran cultura, es decir, un gran idioma nacional históricamente rico y complejo puede traducir cualquier otra gran cultura; en otras palabras, puede ser una expresión mundial. Pero con un dialécto no es posible hacer lo mismo”. Se trata de una frase que no solamente permite comprender la relación entre lenguaje y cultura, sino, además, el significado más hondo de la pobreza espiritual que puede llegar a afectar a toda la sociedad.

            Qué significado puedan tener expresiones como democracia, razón, libertad, independencia, ética o paz, por ejemplo, depende en gran medida de la capacidad que tenga la población de “traducirlas” correcta y adecuadamente, es decir, en un sentido no “estrecho” -mezquino- o “provinciano”, como observa Gramsci, sino en su significado universal, el cual sólo puede ser universal en tanto y en cuanto se corresponda con el devenir de la historia concreta. En este sentido, también las formas universales abstractas son un modo provinciano de concebir lo universal. Es una representación “mala” -de mala calidad, como dice Hegel- de lo universal. Una totalidad exenta de partes no es una totalidad, es una parte. Y lo mismo sucede con un universal que carece de particularidades: no es un universal. Es, en todo caso, una particularidad con pretenciones universales.

El lenguaje como instrumento

            La instrumentalización del lenguaje es una de las mayores conquistas de la racionalidad técnica que deriva directamente de la reflexión del entendimiento abstracto. En la medida en la cual el lenguaje de una sociedad va perdiendo sus referentes, sus contenidos histórico-culturales, su ethos, ésta se va haciendo cada vez más abstracta, más dependiente y pobre. Se puede medir la pobreza espiritual de una determinada formación social por medio de la constatación de la pobreza de su lenguaje. Una población pobre de Espíritu es una población fácilmente manipulable, dominable, heterónoma, triste, impotente. Debe recurrir a la evasión de la realidad “por otros medios” para poder soportar el peso de sus incontestables desdichas. Es, en una expresión, una población signada por la irracionalidad. No es que “la razón” se encuentre de un lado y la “sin razón” del otro. Para el gansterato, lo mismo que para sus distintos, “el lado correcto de la historia” es el “suyo”, cabe decir, el de cada posición correspondiente. Este es el modelo característico de la racionalidad instrumental que se vende como “ciencia”: la pobreza constitutiva, inmanente, de la razón ilustrada. No hubo mayor acto de “racionalidad” -desde el punto de vista de la perspectiva fascista, que ya había devenido lenguaje oficial del pueblo alemán- que la llegada al poder del Führer. Y fue así como la suprema razón, decretada por la Ilustración, terminó produciendo la abominable irracionalidad de Auschwitz. La ficción de la razón instrumentalizada consiste en el hecho de presentarse como la gran tabla de salvación frente a la irracionalidad, ocultándola en sus entrañas. La irracionalidad inherente al gansterato chavista -y la pobreza que está obligada, tanto material como espiritualmente, a imponer como “cultura”- es hija legítima de una racionalidad y de un lenguaje absolutamente vaciados de contenido, meramente formales, técnicos, metodológicos, instrumentales, publicitarios. Sus “modelos” y sus “políticas”, lo mismo que sus continuos “motores” -todos ellos, chatarra efímera, cohetones de un instante que se repite sin cesar-, se sustentan en una “razón” que no sólo no es racional sino que se tiene que imponer por medio del miedo y de la más brutal violencia y represión, en nombre de los “sagrados principios” de la “razón de Estado”.  

             

                    

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 


¿Qué es el sentido común hoy en filosofía?

  

El sentido común en nuestro tiempo

¿Hemos perdido el sentido común?

            ¿La llamada “pérdida contemporánea del sentido común” es, en realidad, “lo raizal” del presente? La respuesta afirmativa, implícitamente contenida en la pregunta anterior, es lo que enfáticamente sostienen algunos destacados analistas políticos y sociales, solventes y agudos intérpretes de la transmutación de la objetividad en “liquidez”, atentos estudiosos de esta complicada crisis orgánica del aquí y ahora. Orgánica, porque no es tan sólo una crisis política o social. Es una crisis del Ethos en su conjunto, una crisis existencial, religiosa, económica, estética, sanitaria, educativa y, por supuesto, ideológica. Una crisis de la humana civilidad entera: la “crisis perfecta” -como la ha llamado Nelson Chitty La Roche-, en la que se ha puesto al descubierto la agria depauperación, la efectiva pobreza crítica, que padece el Espíritu de nuestro tiempo.

            Y sin embargo, el énfasis de la sentencia emitida en el juicio interroga por el significado más hondo, y por eso mismo menos convencional, del concepto de “sentido común” empleado, porque de su consistencia dependerá toda posible argumentación que recaiga sobre él. Qué sea, pues, el sentido común y en qué consista la posibilidad de su pérdida o extravío en el presente, impone la determinante y necesaria tarea de, en primera instancia, redefinirlo adecuadamente en sus tratos sustanciales y, en última instancia, reconocerlo en la eventual experiencia de su sorpresivo desvanecimiento. Y es que tal vez resulte ser que el concepto general de sentido común, del cual se anuncia su pérdida, termine siendo no su concepto general, sino, más bien, el punto de vista representativo que el propio sentido común se ha hecho de sí mismo. En una expresión, el juicio sobre la pérdida del sentido común pareciera suponer un autorepresentarse del propio sentido común, un reflejo de su sí mismo.


Historia del sentido común.


            René Descartes decía, al inicio de su Discours de la méthode, de 1637, que “el sentido común es la cosa mejor repartida del mundo”. No obstante, en estos tiempos de decadencia y precariedad, brilla la audacia de los mediocres. El señor Reynaldo Pareja -la más reciente versión del “modelo teórico” fundado por el eminente charlatán de Paulo Coelho- ha titulado una de sus últimas publicaciones de “autoayuda” en dirección contraria a lo que afirmara Descartes: “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Las revueltas y escaramuzas entre dogmáticos y empiristas pareciera no tener fin en la historia del entendimiento abstracto. Hoy se visten de estóicos y escépticos, en una historia de nunca acabar, con el deliberado propósito de transmutar el pensamiento en mercancía de quincalla. Claro que no da tanto como la coca, el oro, el coltán o la gasolina, para no mencionar los bodegones, la trata de blancas o el secuestro. Pero si los gansters que secuestraron a Venezuela supieran de la rentabilidad del negocio, no dudarían ni por un instante en incorporar a la “cartera” de su busines enterprise las pecaminosas publicaciones de los “maestros” de la “autoayuda”.

            En realidad, lejos de ser el prototipo de la racionalidad y la rectitud, el sentido común es la condición más inmediata, pobre e indeterminada -y, en consecuencia, abstracta- tanto del percibir como del discernir. Considerado en perspectiva, es decir, desde la conciencia que se piensa a sí misma, y por más que se ufane de sus virtudes, el sentido común es, por su propia condición, pedestre. Es la quietud que ha sido puesta y fijada, aunque no lo sepa, por la propia conciencia. El viejo y noble sentido común es el concepto devenido representación, el reducto de lava en estado de cristalización que va dejando, a su paso, el volcán del pensamiento. De hecho es lo pensado, no lo pensante. Por eso se aferra a lo que fue y lo proclama como su principio universal. Los suyos no son juicios sino prejuicios. Y son por cierto los prejuicios y las presuposiciones lo que lo sustentan. Que nadie dude, sin embargo, de su importancia en y para la construcción de la verdad objetiva. Pero que nadie lo confunda y pretenda hacer pasar por el fundamento mismo de la verdad, porque su única e íntima verdad es su propia certeza. Cuando Descartes -léase bien, el gran Descartes, no la sombra del antónimo de su grandeza- se refiere al sentido común como “la cosa mejor repartida del mundo”, no está haciendo referencia al hecho de que los llamados “cinco sentidos” le sean comunes a los humanos, como en alguna de sus insufribles alocuciones afirmara, en una de sus mayores muestras de estulticia, el difunto “comandante eterno”. Descartes se refiere al hecho de que la verdad devenida certeza sea propia de todos, dado que está contenida en el lenguaje, el modo de vida, las costumbres, tradiciones, opiniones, convenciones, etc., de las más diversas formaciones sociales, las cuales suelen percibir la objetividad del entorno de un modo, si no uniforme, más o menos similar. De todo lo cual, por cierto, el yo, que piensa sus representaciones, debe ir tomando distancia, si es que en verdad quiere conocerse a sí mismo y conquistar la certidumbre de su propia certeza.

            El presente no se caracteriza por la “anormalidad” de su sentido común, como en días recientes afirmara un respetable estudioso del quehacer político y del derecho. La supuesta anormalidad es, más bien, el modo en el cual se ha ido poniendo de manifiesto la normalidad del actual sentido común. Lo que cabe comprender es que lo que pareciera ser anormal sólo lo es para quienes ya han dejado de ser normales. No se perdió el sentido común: fue cambiando. Un nuevo ciclo del Espíritu del mundo, guiado por Penia, la diosa griega de la pobreza, ha comenzado. El nuevo sentido común goza de muy buena salud, a pesar de las nostalgias por otros tiempos. El desgarramiento lo signa. Sólo queda en pie la paciencia del concepto, a los fines de comprender y superar.    

            

José Rafael Herrera

@jrherreraucv