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La lógica de la perversión en el lenguaje

 

Perversión del lenguaje


Lo que expresa el lenguaje

            El lenguaje es mucho más que el sonido hueco de palabras que han sido vaciadas de todo contenido. O que la combinación de formas meramente instrumentales. En él hay un conjunto de nociones y conceptos cultural e históricamente establecidos que van moldeando el laberinto del tiempo del ser y de la conciencia sociales. Es, se puede decir, el trabajo acumulado del Espíritu. En sus pliegues hay todo un sistema de creencias, opiniones, presuposiciones y prejuicios -no pocas veces anacrónicos, sin contexto-, de los más diversos modos de percibir y actuar. En el lenguaje, pues, se haya presente toda una Weltanschauung, una hermenéutica del mundo, una manera, más o menos disgregada, de percibir la vida. De suerte que, aunque no se sepa ni se diga explícitamente, el lenguaje no es ni neutral ni inocente. No obstante, y a consecuencia de su condición acumulada, esa Weltanschauung suele ser resultado de determinadas circunstancias. Muchas veces es irregular e intermitente, y pertenece, simultáneamente, a una multiplicidad de formaciones sociales, similares a las cortezas o capas que, una tras otra, van recubriendo con los años el tronco de los árboles.

            Como ha afirmado Gramsci -no la representación del deformado santón de las consignas superficiales, mártir de los usos y abusos a conveniencia del trasnocho gansteril, ni el Chucky, figurado monstruito perverso y maquinador que se imagina el conservatismo de fanfarria, desteñido, constipado y estirado, sino el filólogo y filósofo, lector de Labriola, Croce y Gentile, el brillante académico de la universidad de Torino y distinguido político anti-fascista-: “quien habla solamente en dialecto o comprende la lengua nacional en distintos grados, participa necesariamente de una concepción del mundo más o menos estrecha o provinciana, fosilizada, anacrónica en relación con las grandes corrientes que determinan la historia mundial. Sus intereses serán estrechos, más o menos corporativos o economicistas, no universales. Si no siempre resulta posible aprender más idiomas extranjeros para ponerse en contacto con vidas culturales distintas, es preciso, por lo menos, aprender bien el idioma nacional. Una cultura puede traducirse al idioma de otra gran cultura, es decir, un gran idioma nacional históricamente rico y complejo puede traducir cualquier otra gran cultura; en otras palabras, puede ser una expresión mundial. Pero con un dialécto no es posible hacer lo mismo”. Se trata de una frase que no solamente permite comprender la relación entre lenguaje y cultura, sino, además, el significado más hondo de la pobreza espiritual que puede llegar a afectar a toda la sociedad.

            Qué significado puedan tener expresiones como democracia, razón, libertad, independencia, ética o paz, por ejemplo, depende en gran medida de la capacidad que tenga la población de “traducirlas” correcta y adecuadamente, es decir, en un sentido no “estrecho” -mezquino- o “provinciano”, como observa Gramsci, sino en su significado universal, el cual sólo puede ser universal en tanto y en cuanto se corresponda con el devenir de la historia concreta. En este sentido, también las formas universales abstractas son un modo provinciano de concebir lo universal. Es una representación “mala” -de mala calidad, como dice Hegel- de lo universal. Una totalidad exenta de partes no es una totalidad, es una parte. Y lo mismo sucede con un universal que carece de particularidades: no es un universal. Es, en todo caso, una particularidad con pretenciones universales.

El lenguaje como instrumento

            La instrumentalización del lenguaje es una de las mayores conquistas de la racionalidad técnica que deriva directamente de la reflexión del entendimiento abstracto. En la medida en la cual el lenguaje de una sociedad va perdiendo sus referentes, sus contenidos histórico-culturales, su ethos, ésta se va haciendo cada vez más abstracta, más dependiente y pobre. Se puede medir la pobreza espiritual de una determinada formación social por medio de la constatación de la pobreza de su lenguaje. Una población pobre de Espíritu es una población fácilmente manipulable, dominable, heterónoma, triste, impotente. Debe recurrir a la evasión de la realidad “por otros medios” para poder soportar el peso de sus incontestables desdichas. Es, en una expresión, una población signada por la irracionalidad. No es que “la razón” se encuentre de un lado y la “sin razón” del otro. Para el gansterato, lo mismo que para sus distintos, “el lado correcto de la historia” es el “suyo”, cabe decir, el de cada posición correspondiente. Este es el modelo característico de la racionalidad instrumental que se vende como “ciencia”: la pobreza constitutiva, inmanente, de la razón ilustrada. No hubo mayor acto de “racionalidad” -desde el punto de vista de la perspectiva fascista, que ya había devenido lenguaje oficial del pueblo alemán- que la llegada al poder del Führer. Y fue así como la suprema razón, decretada por la Ilustración, terminó produciendo la abominable irracionalidad de Auschwitz. La ficción de la razón instrumentalizada consiste en el hecho de presentarse como la gran tabla de salvación frente a la irracionalidad, ocultándola en sus entrañas. La irracionalidad inherente al gansterato chavista -y la pobreza que está obligada, tanto material como espiritualmente, a imponer como “cultura”- es hija legítima de una racionalidad y de un lenguaje absolutamente vaciados de contenido, meramente formales, técnicos, metodológicos, instrumentales, publicitarios. Sus “modelos” y sus “políticas”, lo mismo que sus continuos “motores” -todos ellos, chatarra efímera, cohetones de un instante que se repite sin cesar-, se sustentan en una “razón” que no sólo no es racional sino que se tiene que imponer por medio del miedo y de la más brutal violencia y represión, en nombre de los “sagrados principios” de la “razón de Estado”.  

             

                    

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 


¿Qué es el sentido común hoy en filosofía?

  

El sentido común en nuestro tiempo

¿Hemos perdido el sentido común?

            ¿La llamada “pérdida contemporánea del sentido común” es, en realidad, “lo raizal” del presente? La respuesta afirmativa, implícitamente contenida en la pregunta anterior, es lo que enfáticamente sostienen algunos destacados analistas políticos y sociales, solventes y agudos intérpretes de la transmutación de la objetividad en “liquidez”, atentos estudiosos de esta complicada crisis orgánica del aquí y ahora. Orgánica, porque no es tan sólo una crisis política o social. Es una crisis del Ethos en su conjunto, una crisis existencial, religiosa, económica, estética, sanitaria, educativa y, por supuesto, ideológica. Una crisis de la humana civilidad entera: la “crisis perfecta” -como la ha llamado Nelson Chitty La Roche-, en la que se ha puesto al descubierto la agria depauperación, la efectiva pobreza crítica, que padece el Espíritu de nuestro tiempo.

            Y sin embargo, el énfasis de la sentencia emitida en el juicio interroga por el significado más hondo, y por eso mismo menos convencional, del concepto de “sentido común” empleado, porque de su consistencia dependerá toda posible argumentación que recaiga sobre él. Qué sea, pues, el sentido común y en qué consista la posibilidad de su pérdida o extravío en el presente, impone la determinante y necesaria tarea de, en primera instancia, redefinirlo adecuadamente en sus tratos sustanciales y, en última instancia, reconocerlo en la eventual experiencia de su sorpresivo desvanecimiento. Y es que tal vez resulte ser que el concepto general de sentido común, del cual se anuncia su pérdida, termine siendo no su concepto general, sino, más bien, el punto de vista representativo que el propio sentido común se ha hecho de sí mismo. En una expresión, el juicio sobre la pérdida del sentido común pareciera suponer un autorepresentarse del propio sentido común, un reflejo de su sí mismo.


Historia del sentido común.


            René Descartes decía, al inicio de su Discours de la méthode, de 1637, que “el sentido común es la cosa mejor repartida del mundo”. No obstante, en estos tiempos de decadencia y precariedad, brilla la audacia de los mediocres. El señor Reynaldo Pareja -la más reciente versión del “modelo teórico” fundado por el eminente charlatán de Paulo Coelho- ha titulado una de sus últimas publicaciones de “autoayuda” en dirección contraria a lo que afirmara Descartes: “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Las revueltas y escaramuzas entre dogmáticos y empiristas pareciera no tener fin en la historia del entendimiento abstracto. Hoy se visten de estóicos y escépticos, en una historia de nunca acabar, con el deliberado propósito de transmutar el pensamiento en mercancía de quincalla. Claro que no da tanto como la coca, el oro, el coltán o la gasolina, para no mencionar los bodegones, la trata de blancas o el secuestro. Pero si los gansters que secuestraron a Venezuela supieran de la rentabilidad del negocio, no dudarían ni por un instante en incorporar a la “cartera” de su busines enterprise las pecaminosas publicaciones de los “maestros” de la “autoayuda”.

            En realidad, lejos de ser el prototipo de la racionalidad y la rectitud, el sentido común es la condición más inmediata, pobre e indeterminada -y, en consecuencia, abstracta- tanto del percibir como del discernir. Considerado en perspectiva, es decir, desde la conciencia que se piensa a sí misma, y por más que se ufane de sus virtudes, el sentido común es, por su propia condición, pedestre. Es la quietud que ha sido puesta y fijada, aunque no lo sepa, por la propia conciencia. El viejo y noble sentido común es el concepto devenido representación, el reducto de lava en estado de cristalización que va dejando, a su paso, el volcán del pensamiento. De hecho es lo pensado, no lo pensante. Por eso se aferra a lo que fue y lo proclama como su principio universal. Los suyos no son juicios sino prejuicios. Y son por cierto los prejuicios y las presuposiciones lo que lo sustentan. Que nadie dude, sin embargo, de su importancia en y para la construcción de la verdad objetiva. Pero que nadie lo confunda y pretenda hacer pasar por el fundamento mismo de la verdad, porque su única e íntima verdad es su propia certeza. Cuando Descartes -léase bien, el gran Descartes, no la sombra del antónimo de su grandeza- se refiere al sentido común como “la cosa mejor repartida del mundo”, no está haciendo referencia al hecho de que los llamados “cinco sentidos” le sean comunes a los humanos, como en alguna de sus insufribles alocuciones afirmara, en una de sus mayores muestras de estulticia, el difunto “comandante eterno”. Descartes se refiere al hecho de que la verdad devenida certeza sea propia de todos, dado que está contenida en el lenguaje, el modo de vida, las costumbres, tradiciones, opiniones, convenciones, etc., de las más diversas formaciones sociales, las cuales suelen percibir la objetividad del entorno de un modo, si no uniforme, más o menos similar. De todo lo cual, por cierto, el yo, que piensa sus representaciones, debe ir tomando distancia, si es que en verdad quiere conocerse a sí mismo y conquistar la certidumbre de su propia certeza.

            El presente no se caracteriza por la “anormalidad” de su sentido común, como en días recientes afirmara un respetable estudioso del quehacer político y del derecho. La supuesta anormalidad es, más bien, el modo en el cual se ha ido poniendo de manifiesto la normalidad del actual sentido común. Lo que cabe comprender es que lo que pareciera ser anormal sólo lo es para quienes ya han dejado de ser normales. No se perdió el sentido común: fue cambiando. Un nuevo ciclo del Espíritu del mundo, guiado por Penia, la diosa griega de la pobreza, ha comenzado. El nuevo sentido común goza de muy buena salud, a pesar de las nostalgias por otros tiempos. El desgarramiento lo signa. Sólo queda en pie la paciencia del concepto, a los fines de comprender y superar.    

            

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

           

La Iglesia invisible de Kant

La iglesia invisible de Kant



¿Se puede ser creyente y no pertenecer a ninguna iglesia? Algunos políticos como el que fuera 16º Presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, creían en Dios, pero no eran de ninguna iglesia en particular. Esto es raro en un presidente americano, pero no tanto si leemos La religión dentro de los límites de la mera razón de Kant.

 

Para Kant la moral conduce a la religión y la religión configura una comunidad ética. La fe religiosa es para Kant una fe reflexionante (sobre la posibilidad de ella misma) y la religión es racional. La comunidad ética en que consiste la religión es una liga de los hombres bajo meras leyes de virtud. La comunidad ética también puede ser llamada sociedad ética y, en cuanto estas leyes son públicas, sociedad civil ética (en oposición a la sociedad civil de derecho). La comunidad ética no es lo mismo que la comunidad política. La comunidad política está a la base de la comunidad ética, pero religiosa solo lo es la comunidad ética. Las leyes de virtud de la comunidad ética no son, a diferencia de las leyes de derecho, coactivas. Sería contradictorio pretender erigir una comunidad ética coactivamente. Solo se trata en este punto de no entrar en conflicto con los deberes que los miembros de la comunidad ética tienen como ciudadanos del Estado.

 

¿Quién hace las leyes de virtud de la comunidad ética? Ciertamente no la misma comunidad ética sino Dios mismo como soberano moral del mundo. Es en este sentido como la comunidad ética es un pueblo de Dios. La comunidad ética bajo la legislación moral divina es la iglesia invisible de Kant que da título a este texto. Esta iglesia invisible es una mera idea de la unión de todos los hombres rectos bajo el gobierno divino inmediato pero moral del mundo. Esta iglesia invisible es el arquetipo de todas las iglesias visibles. Sus características son la universalidad, la calidad, la relación de libertad “como una especie de democracia” y la inmutabilidad. En cuanto comunidad ética, la iglesia invisible es una mera representante de un Estado de Dios.

 

La iglesia invisible se funda en una fe pura y no en una fe histórica cualquiera. Esta fe religiosa pura es una fe racional. Kant la llama también fe libre. Para Kant, aunque hay múltiples modos de creencia solo hay una verdadera religión. Y el propósito de la religión es el mejoramiento del hombre.

 

La fe pura de Kant es una fe práctica en Dios. La existencia de Dios puede ser fingida dado que no hay conocimiento de objetos suprasensibles. Lo que hay es una aceptación problemática según la especulación (hipótesis) acerca de la causa suprema de las cosas. Por tanto solo se necesita la idea de Dios en orden a obrar bien.

 

La fe eclesial o histórica es solo un medio para la fe religiosa pura en que se sustenta la comunidad ética. Se puede ser creyente, hacer un trabajo moral serio, y no pertenecer a ninguna iglesia en particular pero ser miembro de la iglesia invisible universal.


Natividad, la celebración.

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

 

«Vinieron unos magos de Oriente a Jerusalén y preguntaron:

“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?, porque

su estrella hemos visto en el Oriente».

                                                                                     Mateo.

 

Celebración de Natividad



 El comienzo de la Natividad

            La palabra “mago” proviene de Persia y significa sacerdote o, más específicamente, seguidor de laantigua religión de Zoroastro o Zarathustra, fundador del mazdeísmo y autor de los cánticos sagrados compilados en el Avesta, que datan del siglo VI antes de Cristo. Los “magos” zoroastristas, al igual que los judíos, creían en la llegada de un Mesías, cuyo nacimiento, dado a luz por el vientre de una virgen, sería anunciado por una estrella. Estudiosos de las constelaciones, los sacerdotes esperaron pacientemente el momento indicado por el firmamento para seguir el rumbo de la estrella, y así poder ser testigos presenciales del nacimiento del rey de reyes, como lo llamaron. Y es que se trataba, nada menos, que del alumbramiento del enviado del mismísimo Dios.


            A pesar de ser un devoto del más ortodoxo rigor, Dionisio el Exiguo no se distinguió, precisamente, por ceñirse a los detalles en la elaboración de sus cómputos matemáticos. Monje y erudito escita del primer siglo de la era cristiana, Dionisio tuvo el encargo oficial de calcular el año del nacimiento de Jesús de Nazareth, con el fin de establecer el Anno Domini, el calendario sustitutivo de los calendarios paganos que le precedían, y al cual debía ajustarse el nuevo orden de las cosas. Para saber cuando nació Jesús, el monje basó sus cálculos en la cantidad de años que gobernó cada emperador romano, sumándolos de forma regresiva, hasta llegar al año del nacimiento de Cristo. En efecto, su nacimiento se produjo durante el reinado de Augusto, quien gobernó Roma desde el año 31 aC hasta el 14 dC. No obstante, durante los primeros cuatro años de su mandato, Augusto gobernó con su nombre verdadero, Octavio. Y cuando Dionisio estaba haciendo sus cálculos, tuvo un descuido:  olvidó sumar esos primeros cuatro años. Pero, además, olvidó el 'año cero', pasando del año primero aC al año primero dC. En una expresión, al calendario de Dionisio le faltan cinco años, y desde entonces la era cristiana ha llevado a cuestas su descuido. La humanidad entera celebró el milenio en el año 2000, cuando debió haberlo celebrado cinco años antes, en 1995. Y por la misma causa, Jesús de Nazareth nació cinco antes de su propia era.

La Natividad y Dionisio

            Cuando Dionisio elaboró su calendario, la fecha exacta del nacimiento de Jesús ya había desaparecido del recuerdo de sus seguidores. Tuvo la Iglesia que adoptar una fecha cercana al solsticio de Invierno, que el emperador Aureliano había hecho oficial en el año 274: la del nacimiento del dios Sol Invictus, es decir, el 25 de diciembre, sustituyendo así la celebración pagana por la cristiana, porque,-argumentaban- así como la claridad del sol termina venciendo las tinieblas, la bondadosa luz de Jesús termina venciendo la oscuridad del mal. En todo caso, y más allá de los solapamientos litúrgicos y de lossincretismos religiosos, a los efectos de poder precisar la fecha del nacimiento de Jesús, resulta necesario tener certeza del paso de la estrella de Belén sobre el firmamento, es decir, conocer más en detalle el periplo de la estrella que seguían los magos, sacerdotes de la doctrina de Zoroastro.


            Según Michael Molnar, astrónomo y especialista en historia de la astrología antigua, profesor de la Universidad de Rutgers, en New Jersey, el día 17 de Abril del año seis antes de Cristo -“la noche en la que los pastores vigilaban sus rebaños”, como dice Lucas, el evangelista-, Júpiter, “la estrella de los nuevos reyes”, iluminaba el cielo de Belén. Tómese en cuenta el hecho de que en esa ciudad, enclavada en los montes de Judea, los rebaños salen por la noche sólo seis meses al año, de abril a septiembre. No salen en diciembre, porque hace demasiado frío. De modo que, según la descripción dada por los evangelistas y estudiada por los expertos, si Jesús nació en Diciembre lo hizo sin la presencia de la “estrella” de Belén y sin ovejas pastando cerca de su pesebre. Pero si hubo “estrella” y ovejas, entonces la fecha no fue en diciembre, sino en abril. Por siglos, la cultura occidental ha celebrado, con los antiguos césares romanos, el nacimiento del Sol Invictus en nombre del adventus Redemptoris. A lo cual se han ido sumando algunas otras festividades tradicionales del norte de Europa, como la fiesta del Yule o celebración pagana del solsticio de invierno, en la cual la noche más larga del año guardaba consigo la promesa de que, a partir de ese momento, los días irían creciendo y, con ellos, mejoraría la cosecha. Para celebrarlo, las tribus festejaban durante doce días continuos con abundante carne y cerveza. Un gran tronco de yule que hacían arder presidía las festividades. Anunciaba el nacimiento de dios. En las casas se colocaban troncos de yule -un abeto o pino- que simbolizaban el arbol de la vida, especialmente para la protección de los hogares contra los espíritus de la oscuridad. Pues bien, ese es el origen del arbol de Navidad que la cultura cristiana terminaría haciendo suyo.


Natividad y la celebración de sí mismo


            Y sin embargo, muy a pesar de los entendidos o de los malentendidos, sobre los cuales se han elevado tantas reliquias de piedra, de cartón o de silicón -tantos dogmas, tantos prejuicios, condenas e imposiciones, encubiertas o abiertas-, la historia de la celebración de la Natividad confirma su grandeza por sí misma. El espíritu de humanidad la anima. Es lo extraordinario y sorprendente de su encanto. Cada celebración de la Natividad es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad que no depende ni de las estrellas ni de los árboles, sino de la fe en sí mismo, en la libre voluntad y el propio esfuerzo. Rectificar significa reconocer los errores cometidos a fin de enfrentar el mal del que también se es responsable. Es el deseo consciente de luchar para vencer las tinieblas de la tiranía y la tiranía de las tinieblas. “Ten el valor de equivocarte”, decía Hegel. Para lo cual es imprescindible enmendarse. Ese es el significado real de la Natividad: una nueva oportunidad de comprender y superar. En esto consiste la “revolución copernicana” llevada a cabo por Jesús de Nazareth. Por eso Hegel llamaba al cristianismo “la religión de la libertad”. En la conciencia, que con cada año vuelve a nacer, la fe y el saber se reúnen para celebrar el triunfo de la humanidad. Afirmaba Spinoza que Jesús ha sido siempre “la verdad esencial del humanismo” y “el mayor ejemplo de serenidad racional”.    

           

Cómo encontrar tu propósito en la vida

Vivimos en una sociedad de consumo, en la que creemos que nuestra felicidad depende de las cosas que compramos y no de nuestra realización personal. No es algo que hagamos voluntariamente, ya que dependemos de nuestra cultura, que de algún modo nos impone ese tipo de conductas. Para poder encontrar nuestro propósito en la vida, lo primero que deberíamos hacer sería tomar conciencia de que éste no dependerá de ninguna cosa material, ni ajena a nosotros mismos.

                ¿Cómo, pues, podremos encauzarnos en la búsqueda de tal propósito? En palabras de Sartre, “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. ¿Qué queremos decir con esto? Es posible que nos encontremos, en cierto modo, limitados por el tipo de sociedad en que vivimos, por nuestras condiciones laborales o por nuestro entorno. Es posible, también, que no sepamos ver más allá de nuestro día a día condicionado por la falda de tiempo y, muchas veces, por la desidia. A diario nos dejamos llevar por la costumbre, por la apatía… Pensamos que nuestras “pequeñas” decisiones no sirven para nada que, si algo no va a cambiar por completo “para que lo voy a intentar”. Aunque estemos inevitablemente condicionados y, de algún modo, sometidos a los patrones culturales imperantes en esta sociedad capitalista; lo importante son las decisiones que vienen dadas por nuestro ser más profundo.

Encontrar nuestro propósito en la vida pensando

                No podemos encontrar ningún propósito si no somos capaces de pensar por nosotros mismos, de decidir cómo vivir y qué queremos ser. De modo que lo primordial será preguntarnos quiénes somos en la actualidad y quiénes queremos ser en un futuro. No es fácil responder a la pregunta ¿quién soy? Podemos, brevemente, pensar que somos el fruto de nuestras experiencias y las marionetas del sistema imperante, que actúan como autómatas. Pero somos mucho más que eso, somos seres con una finalidad en la vida, que necesitan desarrollarse como personas para poder vivir plenamente.

                Así, nuestro propósito será lograr ser nosotros mismos. Pero, ¿qué tengo que hacer para poder ser yo mismo? La mayoría, sino toda, la parte de nuestro tiempo libre la invertimos en diferentes formas de evasión; como puede ser, por ejemplo, ver la televisión o “andar con el móvil”. Dedicarse profesionalmente a algo que de verdad nos llene puede ser más difícil, seguramente necesitaríamos invertir tiempo y dinero en una formación que no se lograría de un día para otro, pero que, si podríamos tener en cuenta de cara al futuro, tengamos la edad que tengamos. Por eso, sería conveniente empezar gestionando nuestros momentos de libertad, haciendo que sean realmente nuestros.

El propósito y la vida.

                La vida es un cúmulo de sensaciones, pensamientos y experiencias, que pasa más rápido de lo que nos gustaría, haciendo que muchas veces sintamos nostalgia del tiempo perdido. Ser quienes somos, o luchar por ello, hará que no sintamos ese vacío al mirar hacia atrás; conseguiremos también, que no nos arrepintamos de no haber disfrutado nuestra vida, la única de que disponemos y que, tarde o temprano, se acabará. Pensando quienes somos, que nos gustaría cambiar de nosotros mismos, cual es nuestra esencia, y que tenemos que mejorar, podremos elaborar un plan para encontrar nuestro propósito en la vida. Así que coge un bolígrafo y un papel y empieza tu sueño de futuro.

               

                “El constructo Propósito de Vida fue desarrollado por Viktor Frankl, quien plantea que este aporta significado a nuestra vida, y es definido como la responsabilidad que el hombre tiene de su existencia”[1]    

                Esa búsqueda de dicho propósito nos aporta la motivación para seguir viviendo y la posibilidad de responsabilizarnos de nuestra existencia. Otra característica destacable del propósito de vida, es que no puede ser inventando, sino que tiene que ser descubierto.[2] Todos y todas tenemos una finalidad, aunque a veces nuestra mente se nuble y pensemos que no, somos seres con un potencial que debe ser puesto en marcha y/o desarrollado. Hacer lo que todos hacen, pensar como todos piensan y querer lo que todos quieren, porque esté normalizado dentro del pensamiento imperante, no es perseguir nuestro propio propósito. Desgranar, desintegrar o desarticular esas ideas preconcebidas nos ayudará a aproximarnos a nuestro fin o sentido individual y exclusivo de cada ser humano.

                “La cuestión del sentido surge con el ser humano. El animal no necesita planteársela. Tiene que desarrollarse, pero su desarrollo está predeterminado con firmeza implacable por la especie. Por eso no puede equivocarse nunca al actuar. Le basta seguir sus instintos para asegurar su pervivencia y la de la especie. El ser humano debe también crecer por ley natural, pero tiene el privilegio de poder saberlo y precisar el modo de llevarlo a cabo. El hombre es un "ámbito", no un mero "objeto", y se desarrolla como persona creando nuevos ámbitos a través del encuentro. El encuentro es fuente de luz y de sentido. Al encontrarme con otras personas y formar comunidades, siento que configuro mi vida de forma ajustada a las exigencias de mi realidad personal, a lo que ya soy y a lo que estoy llamado a ser. Esta llamada es mi vocación y misión. Cuando mis opciones fundamentales, mis hábitos y mis actos se orientan hacia el cumplimiento de esta misión y esta vocación, la marcha de mi existencia se realiza en el sentido adecuado, en la dirección justa. ”[3]

                Todos los animales, humanos y no humanos, poseemos un sentido de la vida. Nosotros, a diferencia de los animales no racionales, tenemos unas expectativas diferentes, más amplias, en las que podemos realizar funciones más complejas.



[4]

Debemos pensar en profundidad en la pregunta: “Si no tuvieras miedo, ¿qué harías?” Miedo a perder tu empleo, el cual te da seguridad; miedo al rechazo, por no tener la aprobación de los demás, y un largo etcétera de miedos que nos envuelven en una espiral de malestar por no seguir nuestros propósitos. Debemos vivir nuestra vida, y no la vida que los demás quieren que vivamos; debemos, del mismo modo, tomar nuestras propias decisiones, y no las que los demás quieren que tomemos; también, ser capaces de encontrar nuestro propósito en la vida, exclusivo de nuestra persona, sin dejarnos influenciar por los demás, ni acobardar por el miedo.

Por otra parte, tenemos en común con el resto de animales, que el objetivo de la vida es vivir. Y vivir no es someterse, ni doblegarse a nadie. Vivir no es caminar contrario a los dictámenes de tu corazón. Vivir no es, sin duda, hacer cosas contrarias a tu voluntad; o, dicho de otro modo, no hacer las cosas que quieres hacer. ¿Qué es lograr tu propósito en la vida más que seguir tus propios propósitos? ¿qué propósito puede ser mayor que vivir tu correspondiente o pertinente vida? ¿qué hay menos vital que vivir de acuerdo a los intereses de otros? Así, dejémonos guiar por nuestra voluntad, por nuestros deseos como arma para alcanzar nuestro propósito de vida, como instrumento para no morir mientras estamos vivos.

“Cuando se constituye un organismo, todas sus fuerzas tienden hacia un mismo objetivo: mantener su existencia personal, alimentándola y defendiéndola contra cualquier influencia que pueda destruirla o disminuirla.
                En la Naturaleza, todos los seres se esfuerzan por vivir, todos buscan, según sus facultades, el goce que da la satisfacción de la necesidad; todos huyen del sufrimiento, de la privación, que es una restricción, una disminución de la vida.
                Durante la primera infancia, el hombre es todavía inconsciente o, más bien, no ha deformado ni falseado aún su conciencia normal y, como los demás seres, sigue esta tendencia universal. Más tarde, cediendo a las sugestiones del ejemplo, a las falsas nociones que se le enseñan, llega a someter su naturaleza, a domar los impulsos de su personalidad, a dejar actuar, sin combatirlas, las influencias que pesan sobre su propia vida.”[5]

No permitas que te manipule tu entorno, ni los medios de comunicación, ni cualquier agente externo que quiera imponerte como vivir. Solamente así, lograras encontrar tu propósito de vida. Únicamente conociéndote e impidiendo que fuerzas ajenas decidan por ti, sabrás que camino has de seguir.  Y así, vivirás y no llegará el día en que mires atrás y te arrepientas de no haberlo hecho. No llegará el día en que andes perdido sin saber quién eres porque te han modelado tanto que ya ni te reconoces. Nunca es demasiado tarde para reconciliarte contigo mismo, para conocerte y comprenderte, ni para dar satisfacción a tus necesidades vitales. Que la búsqueda y la consecución de nuestro propósito de vida llene nuestro día a día. Luchemos por satisfacer la necesidad de ser quienes somos, del mismo modo que comemos y dormimos por satisfacer algunas de nuestras necesidades fisiológicas.



[1] Cazabonne, Rosario. Personalidad, Propósito de vida y Resiliencia: revisión bibliográfica. {PSOCIAL} Vol. 5. 2019. Página 28

[2] Op. Cit. Página 28

[3] López Quintás, Alfonso. LA CULTURA Y EL SENTIDO DE LA VIDA. Ediciones Rialp, S.A. Madrid. 2003. Página 31

[5] David-Néel, Alexandra. Elogio a la vida. Ed. OCTAEDRO. Barcelona. 2000. Páginas 17-18.


¿Qué es lo barroco?


Pesebre barroco



“Cuanto más imposible se muestra la penetración en esta doctrina, 

en la que influye la teoría de la purificación conseguida a través de los 

misterios, tanto más libre margen ha tenido la interpretación, que es 

tan pobre en contenido intelectual como contundente en la distorsión de 

lo que fue la intención antigua”. 

Walter Benjamin, El origen del drama barroco alemán 


Como sucede con toda forma de representación doctrinaria, el aristotelismo no le ha sido muy fiel a Aristóteles. Su historia es, por un lado, la de la consagración del gran pensador de Estagira y, por el otro, la de su condena dentro de los estrechos esquemas que la teología filosofante terminó por imponerle. Los brazos del entendimiento abstracto son tan largos como anchos, y su sombra se proyecta de tal modo sobre la realidad que la hace desvanecerse entre la penumbra. Después de viejo, cuando ya se hablaba de él como si se tratara de un santón, Marx tuvo la necesidad de afirmar, no sin énfasis, que si todo lo que sus seguidores e intérpretes -teólogos filosofantes, a fin de cuentas- afirmaban sobre su pensamiento era cierto, entonces tendría que verse en la obligación de declarar el hecho de no ser marxista. Y no se diga de Spinoza o de Hegel. El primero, estigmatizado como ateo y materialista. El segundo, como idealista -en su versión más pedestre e inauténtica-, ferviente defensor del prusianismo y, por extensión, de todo Estado totalitario.


Se trata de los rígidos criterios de demarcación, de las estrechas fijaciones -tan escasamente históricas, por cierto- trazadas por quienes, llevados de la mano de la ratio instrumental, siempre de apresto impecable, con sus batas imaginarias bien almidonadas y planchadas, o con su imprescindible cinta métrica virtual en la mano, se afanan por establecer sólidos bloques de concreto armado, a los cuales denominan períodos de la historia de la cultura. Pues bien, el barroco es uno de esos períodos al cual, con la pedante y precisa pomposidad de rigor que los tipifica, los expertos ubican en el Seicento, es decir, a principios del siglo XVII, aunque sus modalidades -advierten- se extendieron incluso más allá, o sea, a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Y es por eso, con base en su amplio espectro, que se han visto en la obligación de subdividirlo, a su vez, por lo menos en tres períodos, con el objetivo de distinguirlo del barroquismo posterior: primitivo (de 1580 a 1630), pleno (de 1630 a 1680) y tardío (de 1680 a 1750). Pero el barroco es considerado, además -para todo indigestado seguidor de manuales y anti-manuales-, como sinónimo de recargamiento y exageración, no exento de engaños y caprichos. De tal modo que se puede hablar de barroco en sentido sustantivo o en sentido adjetivo. Si se habla de él en términos sustantivos, se habla de un determinado período de la cultura. Pero si se habla de él en sentido adjetivo, entonces se está hablando de un estilo recargado -sinuoso, rebuscado y oscuro- de escribir, de pintar, de componer, en fin, de crear. Todo lo contrario a la 'claridad y distinción' que exige el Discours de la méthode de Descartes, quien por cierto, paradójicamente, se inscribe en el período señalado por los pulcros expertos como barroco, en sentido sustantivo. Lo simple, instantáneo e inmediato no son “clasicistas”. Son las pestes de la superficialidad del presente.


Por diversos caminos, el historicismo filosófico ha manifestado su desacuerdo con este tipo de criterios definitorios de caracter instrumental. Benedetto Croce, Walter Benjamin y Eugenio d'Ors, han insistido en consideraciones hermenéuticas que ponen en evidencia las sentenciosas y limitadas formalizaciones que presumen los momificadores de oficio de la historia de la cultura. No obstante, la transhistoricidad no es, a pesar de lo que pueda presuponerse, un transcategorial, como tampoco se pueden abstraer las formas estéticas de su contexto específico. Y vale la pena, una vez más, volver a citar a Vico: verdad y hecho se identifican. A pesar de su contraposición, lo clásico y lo barroco no son contradictorios, sino términos opuestos complementarios, inmanentes al movimiento continuo del quehacer humano. Apelar al silogismo medieval, en nombre de Aristóteles, para sustantivar lo “baroco” como una ambigüedad que habitúa confundir lo verdadero con lo falso, mostrándolo como el “superlativo de bizarro” o como el “exceso del ridículo” es, cuando menos, desconocer la condición histórica específica y -justamente por eso- universal de artistas como Bach o Vivaldi, Velásquez, el Greco o Rembrandt. La anacrónica ideologización, propia del entendimieto abstracto, no tiene límites. Apelar a Aristóteles para denunciar “el exceso de ridículo” de Cervantes o de Shakespeare es el más estrafalario de los excesos de ridículo. Como lo es el no reconocer la extraordinaria importancia del barroco en la conformación histórico-cultural de la América Latina.


Decía d'Ors que si lo clásico es tendencialmente apolíneo y masculino lo barroco es tendencialmente dionisíaco y femenino. Pero, en todo caso, resultaría imposible que lo uno y lo otro no se atrajeran recíprocamente, manifestando la condición sublime de lo bellamente humano, su inacabable e infinita Nativitas o Navidad. Nada más barroco que un nacimiento o pesebre; o que una hallaca, que es, en esencia, la manifiesta conformación de un nacimiento. Lo indica el propio significado de la palabra, según los estudios efectuados por dos insignes ucevistas, Adolfo Ernst y Angel Rosemblat: el aborígen Halla -o Aya- traduce 'mezcla', y el sufijo español aca indica 'relación con': un paquete de mezclas relacionadas. Verdad y certeza, universalidad y particularidad. El barroco devenido lo barroco. Es, en el fondo, el misterio inspirador de las composiciones de Vicente Emilio Sojo o de la Onda Nueva de Aldemaro Romero; las espléndidas construcciones de Carlos Raúl Villanueva; las magistrales piezas de Antonio Lauro o el virtuosismo de Alirio Díaz; el contraste de luces y sombras en la obra de José Ignacio Cabrujas; la voz, camino de Santiago, urdida en Alma Mater caraqueña de Soledad Bravo; el desafío de la luz devenida color en movimiento de Carlos Cruz Diez y Jesús Soto; o la incandescencia de las flexiones y reflexiones de Juan David García Bacca. Los tonos crepusculares de Jacobo Borges y la aurora en los poemas de Ramos Sucre. Y, como ellos, tantos y cuántos más. ¿Cómo se puede olvidar que las transmisiones de la Emisora Cultural de Caracas iniciaban con el movimiento allegro del tercero de los Brandemburger Konzerte de Bach?. 


           Lo barroco traspasó desde su fundación los límites del ser social venezolano, llevado de la mano -guste o no- de los jesuitas. La prueba de su permanencia ha sido la fuerza unificadora, reminiscente, que ha sabido invocar en los momentos más difíciles de su historia, esos en los que la Doña Bárbara -plásticamente descrita por Rómulo Gallegos- ha pretendido imponer por la fuerza la rigidez y el aplastamiento que tanto repudia la sensibilidad y la inteligencia de su Volksgeist. Virtud y honor de pueblo barroco.      


Por José Rafael Herrera

@jrherreraucv



Qué es el Mind Wandering.




    Mind Wandering desadaptativo.

    Introducción, descubrimiento del Mind wandering.

    La psicología de las formas de ayuda psicológica se esfuerza en encontrar los mejores métodos terapéuticos para cambiar y aliviar el sufrimiento, en este sentido es importante para la psicoterapia centrada en ayudar el descubrimiento de las divagaciones mentales deliberadas, sobre todo para los enfoques humanistas.

    Los síntomas de ansiedad o depresión causarán malestar, alguna vez en la vida, a un 40% de la población, y es que los síntomas aislados de ansiedad y depresión son muy comunes, y lo que es más, nueve de cada diez individuos experimenta alguno de ellos a lo largo de su vida. Para dejarlo más claro aún, la mitad o más de las consultas de un psicólogo, terapeuta o psiquiatra están relacionadas con síntomas de ansiedad o depresión. Por ello -como se verá- son muy relevantes las investigaciones recientes en torno a las divagaciones mentales o Mind wandering.

    El Mind wandering (en adelante MW) o divagación mental, consiste en un episodio en el que se desvía el curso actual de la atención. Como se ha constatado, se trata de un proceso muy común en todas las actividades diarias humanas, pues lo realizamos entre un treinta y un cincuenta por ciento de nuestro tiempo (Killingsworth y Gilbert, 2010). Smallwood, (2013) argumenta que el MW se produce cuando la atención se aleja de una tarea en curso o un contexto externo hacia pensamientos internos no relacionados con la tarea, como recuerdos o pensamientos. Sin embargo, a la hora de describir el cómo y el por qué de su surgimiento emergen las discrepancias entre distintos autores.

    En los últimos años se han realizado investigaciones que intentan responder a la pregunta sobre como y por qué surge el MW.  Se han realizado investigaciones que relacionan el MW con los estados afectivos. Estas encontraron que las personas que con más frecuencia experimentaban episodios de MW presentaban mayor afecto negativo y menor bienestar psicológico (Killingsworth y Gilbert, 2010; Smallwood, Fitzgerald, Miles y Phillips, 2009). Así mismo, los datos reflejados por la validación del cuestionario "Mind wanderin questionaire" (Mrazek, Phillips, Franklin, Broadway y Schooler, 2013) que puntúa episodios de MW también se asociaron con peor estado de ánimo, mayor estrés y menor autoestima. Los resultados incidían en mayores tasas de síntomas depresivos y de ansiedad (estrés, temblores, preocupación, baja autoestima, etc) y predecían que los episodios de MW eran desadaptativos.

    Descubrimiento de una segunda concepción: Mind wandering adaptativo

    Divagaciones mentales y solución de problemas.

    Pero un estudio muy reciente de Seli, Beaty, Marty-Dugas, y Smilek (2019) consideró investigar las relaciones entre el MW y las disfunciones afectivas diferenciando entre dos formas de MW.  Pensaron que un factor importante podría ser la intencionalidad de los episodios de MW. Seli, Risko, Smilek, & Schacter, (2016) comprobaron que existe una disociación entre diferentes formas de MW, concretamente entre episodios de MW deliberado y MW espontáneo. La diferencia entre estos dos tipos de MW se deriva del proceso que subyace a la experiencia de MW: si emerge espontáneamente, o permanece bajo el control mental del individuo. Es decir, en los casos deliberados la atención se desplaza intencionadamente de la tarea actual a pensamientos internos. Mientras que en los episodios espontáneos, los pensamientos no relacionados con la tarea, provocan un cambio incontrolado de la atención a otras líneas de pensamiento. Seli et al (2019) encontraron que el MW deliberado no se asoció significativamente con la depresión en las dos muestras de sujetos que evaluaron. Y que se asoció negativa y significativamente con la ansiedad, es decir, que las personas que realizaban MW deliberado, no presentaron síntomas depresivos y presentaron niveles inferiores en ansiedad. Estos resultados muestran que al realizar actividades en las que se incide en permitir mayor cantidad de MW deliberado, los participantes tienden a experimentar mayor bienestar.

    Estudios neurocientíficos sobre el Mind wandering


    En aditiva, es importante destacar que los resultados encontrados por Seli et al (2019) son congruentes con las investigaciones neurocientíficas que estudian el MW en personas con rasgos de ansiedad y depresión. Los rasgos de ansiedad consisten básicamente en respuestas emocionales incómodas a estímulos amenazantes. Las respuestas que ocasionan incluyen: palpitaciones, dificultad para concentrarse, problemas de sueño, irritabilidad, inquietud, temblores o parálisis absoluta (American Psychiatric Association, 2013; Davis y Whalen, 2001). Estos cambios se deben a la incapacidad de estas personas de controlar el sistema de alerta de la atención, que se encuentra en la amígdala (Etkin, Prater, Schatzberg, Menon y Greicius, 2009; Davis y Whalen, 2001)

    Un estudio neurológico más reciente realizado por Christoff et al (2017) analizó la activación de estructuras corticales en pacientes con ansiedad y en pacientes depresivos. Encontraron diferencias en la activación neuronal entre ambos pacientes que los llevó a definir los episodios de ansiedad como "un episodio de Mind wandering que ha salido mal". Christoff et al (2017) observaron que los participantes con ansiedad presentaban interrupciones de la actividad neuronal entre la amígdala y las estructuras corticales responsables de la contrastación de la información. En cambio, las personas con rasgos depresivos no presentaban actividad entre la amígdala y estas estructuras corticales. En vez de eso, las personas con rasgos depresivos presentaban altos niveles de activación entre la amígdala y las estructuras corticales responsables de un contenido asentado y no contrastable.

    Por tanto, estas investigaciones neurológicas han constatado que el MW que se produce en personas con rasgos depresivos no interfiere en los sistemas de alarma de la atención, no crean preocupación, sino que, en este caso el pensamiento intrusivo desadaptativo, es recurrente, y normalmente sentido como imposible de solucionar.

    Estudios sobre el Mind wandering y la creatividad.

    Las divagaciones mentales impulsan la creatividad.
    Divagando y propiciando la creatividad..

    Para terminar de mostrar los resultados, también se han realizado investigaciones donde se observa una facilitación de MW. Se trata de un estudio realizado por Baird, Smallwood, Mrazek, Kam, Franklin, y Schooler (2012) que utilizó periodos de incubación. Los periodos de incubación consisten en dejar un espacio de tiempo entre la demanda de la tarea y las respuestas de los participantes. Baird et al (2012) comprobaron que realizar tareas externas simples durante los periodos de incubación sobre una tarea principal, facilita el MW deliberado y la solución creativa de problemas. También Sio y Ormerod, (2009) encontraron que los intervalos de incubación consiguen mejores resultados cuando los individuos realizan tareas simples. Estos resultados encontrados en poblaciones aleatorizadas, encontraron que a mayor MW deliberado, facilitado este por periodos de incubación, los participantes encontraban un mayor número de respuestas creativas. Los resultados de las investigaciones citadas, sugieren que realizar periodos de incubación en los que realizamos una actividad manual simple, como coser, levantar un dedo cuando aparezca algún objeto o seguir una línea de puntos con un lápiz, aumenta la posibilidad de encontrar la solución a un problema principal planteado, de forma satisfactoria y poco usual.

    Análisis psicológico de los datos experimentales.


    Lo que sabemos del Mind wandering hasta hoy es que afecta a las personas en el grado en que experimentan episodios de ansiedad y depresión, pero dependiendo de si son capaces de propiciar la ocurrencia de estas divagaciones intencionadamente o no, padecen más de estos episodios o menos.

    Antes de desarrollar este análisis primero voy a aclarar la forma de toma de datos realizada en las investigaciones, los participantes elegían una opción de una escala tipo likert entre varias, estas oscilaban entre 5 y 7. Por ejemplo, se preguntaba en las primeras investigaciones, aquellas que encontraron afecto negativo en las personas que declaraban realizar mucho MW : “¿Con cuánta frecuencia experimentas divagaciones mentales en tu vida diaria?, puntúa desde 1, casi nunca, a 5, casi siempre”. Posteriormente se introdujo la diferencia entre MW deliberado o espontáneo, incluyendo para su diferenciación, advertencias sobre la posibilidad de “observar los pensamientos intrusivos”, o “permitir que los pensamientos no relacionados capten mi atención”, por ejemplo. Tras esto, en las investigaciones que diferenciaban entre MW espontáneo o deliberado con periodos de incubación, para ello incluían preguntas del tipo “¿En que grado estas permitiendo que tus pensamientos divaguen conscientemente?”. Y por último se realiza una actividad para medir los signos de ansiedad, depresión o creatividad.  Pasamos al analisis.

    Partamos de las últimas investigaciones de Baird et al (2012), estas mostraron que realizar una actividad de atención externa y simple, como puede ser coser, por ejemplo, consigue que se declaren mayores puntuaciones de MW deliberado, y que se obtengan mayores puntuaciones de creatividad, es decir, que los participantes encuentren soluciones a los problemas planteados inusuales y mejores que las usuales.

    Se han encontrado resultados comparables entre las investigaciones neurológicas realizadas con participantes con síntomas de depresión y ansiedad, y en los participantes de grupos aleatorizados; Ya que según la teoría neurológica, los participantes con síntomas depresivos serían menos capaces de desencadenar pensamientos intrusivos deliberados, y se ha hallado que así ocurre, las puntuaciones en MW no varían significativamente entre sesiones. Si comparamos los resultados con síntomas de ansiedad, las investigaciones neurológicas declaran que los participantes con estos síntomas tendrán mucha facilidad para divagar mentalmente, es decir, que el MW espontáneo tendrá mucha incidencia, como así sucedía en las primeras investigaciones. Pero si de forma voluntaria los participantes se comprometen a permitir los pensamientos intrusivos, las puntuaciones en ansiedad disminuyen considerablemente. Con lo cual se acepta que la teoría neurológica de las divagaciones mentales o Mind wandering, es consistente con los resultados experimentales realizados.

    Desde luego las últimas investigaciones citadas que utilizan periodos de incubación, encuentran un aumento de respuestas creativas en los participantes cuando realizan la actividad. Lo que implica que se ha producido un cambio emocional positivo en los participantes, no dándose estados depresivos ni ansiosos, y produciendo un estado de “flujo” o “placer personal intenso” en los participantes (está probado que la creatividad implica un placer personal único asociado al pensamiento arborescente, ha sido estudiado por especialistas en superdotación, por ejemplo). Y que este cambio es también comparable con el modelo neurológico, pues los participantes realizan una actividad que no debilita su capacidad para promover los pensamientos recurrentes, como son los problemas actuales en búsqueda de solución, y además permiten la irrupción de pensamientos divergentes, qué, a juzgar por los análisis de creatividad, consiguen mejores resultados en la resolución de la tarea principal que cuando no se permiten.

    Análisis filosófico: Una  nueva consciencia.


    Consciencia y Mind Wandering.
    Una nueva consciencia.

    La primera problemática que me llama la atención trata sobre la concepción de consciencia, pues ya no podemos decir, como avalan los diccionarios psicológicos, que la consciencia es el “acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo“. Primero porque consciencia se refiere, como ha quedado en evidencia, a la percepción consciente de un pensamiento cuando este domina la acción. Y esto significa, por un lado, que 'yo' ya no domino mi consciencia, pues la concepción de un yo que dirige la acción acorde a mis deseos no presenta ninguna evidencia, en vez de eso podemos aceptar que existen varios canales de consciencia, y que esta será más fuerte y tendrá más capacidad de solución, cuantos más canales de consciencia puedan llevar a la consciencia sus pensamientos sin interrumpir los pensamientos de otro canal.

    En realidad, de lo descubierto aquí se sigue que la consciencia en sí, es voluntad de consciencia, pues la consciencia puede detenerse a voluntad, e iniciarse a voluntad, y dejar que actúe a voluntad, pero que, en realidad sólo se puede aceptar por consciencia la dominancia de uno o varios pensamientos sobre otros, siendo, como quiero decir, que más consciente se está cuantos más pensamientos dominen la consciencia y más relacionados entre sí estén. De aquí se sigue una complicación, pues el hecho de estar consciente consiste en estar activamente observando los pensamientos, pensamientos que no controlamos en todos los casos. En cierto momento nos asalta una divagación mental, que pasa a ser consciencia, pero antes en la consciencia no era nada, era pues ¿inconsciente?.

    Análisis filosófico: Una inconsciencia muy consciente.


    La problemática principal que traen estas investigaciones consiste en la necesidad de incluir el concepto de consciencia en el de inconsciente por una obligación neurológica y práctica, es decir, como está probado, los núcleos cerebrales que propician los pensamientos recurrentes o las divagaciones se comunican seamos o no conscientes, son señales encefálicas en un mapa del encéfalo. Y cuando se presentan en la consciencia son experiencias concretas, conceptos y palabras precisas, o expectativas sobre un hecho dado. Como se pretende hacer ver, deben de ser teoría y práctica como el plano y el ladrillo, y la consciencia ser el trabajo en sí. Que es a fin de cuentas el continuo crear de ideas en enunciados, de experiencias en reacciones y de expectativas en afecciones.

    Por ejemplo, quiero tener presentes las dos vías neurológicas comentadas, una, la que afecta negativamente a los participantes con síntomas depresivos se encarga de mantener activa una serie de pensamientos problemáticos a los que la persona quiere dar solución, en cambio la vía neurológica que hemos llamado de “alarma de la atención” se encarga de incluir pensamientos dominantes en la consciencia ante estímulos importantes para alguna situación o problema. Siendo ambas juntas, capaces de solucionar las dificultades en personas sin problemas patológicos de salud mental, y, si alguna de estas vías se colapsa, pasa posiblemente el problema de esta persona a "ser" patológico. Por tanto podemos decir, que la consciencia sin inconsciencia puede acarrear problemas patológicos de ansiedad y depresión. Lo inconsciente consiste básicamente en la capacidad latente de poder cambiar el pensamiento dominante de nuestra consciencia. Hay también por ello un orden en lo inconsciente que delata el funcionamiento de nuestra consciencia.

    Sugerencias futuras.


    Una sugerencia práctica para el psicólogo en terapia, consiste en que además de seguir lo aprendido en la universidad y la evidencia actual en nuestra ciencia, debe de saber y practicar filosofía, es decir, debe desarrollar “el gusto por el saber” para sí, y con su cliente. Puede que haya de transformarse en un imitador a sueldo, de las palabras, creencias, conceptos y experiencias de su cliente. Pues resulta de ayuda para los problemas de ansiedad y depresión la asunción terapéutica, de un profesional que acepte para sí durante la consulta los posibles pensamientos que puedan incurrir en la consciencia de su cliente, para que sirva a este de distracción y ayuda sobre el control de sus propios pensamientos conscientes. Pero también, para que ayude a razonar a su cliente, planteando preguntas sobre las propias creencias y posibilitando de esta forma un progreso lógico y racional, que consiga establecer un autodominio entre consciencia e inconsciencia duradero. Y que dote a la práctica psicológica de las bondades del ejercicio filosófico.

    Para terminar este artículo sugiero a investigadores en el campo de la psicología, universitarios, y en general a futuros estudiosos del Mind Wandering, la conveniencia de replicar la investigación de Baird et al (2012) con participantes con síntomas de ansiedad y/o depresión, para el estudio de puntuaciones de MW deliberado, y el efecto de los periodos de incubación con tareas simples.

    Referencias bibliográficas.


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    La granja Animal o el crimen como resultado.

      

    Todos los animales son iguales,

    pero algunos son más iguales que otros”

                                             Georg Orwell

     

     

    La granja Animal o el crimen como resultado.

     


                Las alegorías no sólo poseen un sentido simbólico. Más bien, poseen un sentido simbólico porque son la expresión de juicios universales y necesarios, que la voluntad humana va configurando, y que van concreciendo -es decir, que se van concretando- a lo largo del desarrollo de la historia. No son, pues, buenos deseos literarios, en consecuencia. Como tampoco las anima la abstracción del deber ser. Son, como ya se ha sugerido, juicios. Y los juicios propiamente dichos -cabe decir, universales y necesarios-, muy a pesar de Hume, no son ni analíticos a priori ni sintéticos a posteriori, sino, como dice Kant, sintéticos a priori. Sólo que todo a priori es, en realidad, un a posteriori, un resultado. Enjuiciar, en consecuencia, quiere decir objetar, y la objetivación es producto del hacer, de la actio mentis, de la actividad sensitiva humana. No es lo mismo la Imaginación productiva que la imaginación a secas. En este sentido, Animal Farm, a fairy story, de Georg Orwell, ha creado una alegoría que recoge -sintetiza- la experiencia de la conciencia del calvario del espíritu de la sociedad contemporánea, del cual rebosa, por cierto, la confirmación universal y necesaria del juicio (Ius-Ios).

                No puede existir un todo sin partes que la constituyan. Un todo sin partes es, en realidad, una parte. Para que una totalidad sea efectivamente una totalidad histórica concreta, tiene que estar plenada por sus determinaciones. Lo que en ella predomine será lo que haga posible la característica de su composición. El estudio de la especificidad de sus determinaciones es lo que permite comprender el concepto general que la conforma y, a la vez, la idea de conjunto -siempre complejo y no pocas veces contradictorio- tiene que remitirse de nuevo a los elementos que le son característicos, porque son ellos los que dan concreción a su autenticidad. Muy a pesar del empirismo que predomina en el presente, lo verdadero y lo cierto no son “la misma cosa”. Pero no hay verdad sin certeza ni certeza sin verdad. Verum ipsum factum. Una sociedad en la que predomina el quehacer de lo político puede ser que albergue algunos criminales. Pero, en estricto sentido ontológico, su característica esencial no será la criminalidad, sino la praxis política propiamente dicha, como expresión preponderante, esencial, de su existencia. Se podrá decir que siempre han habido criminales dentro del quehacer político. Pero se trata de elementos sueltos, aislados, no determinantes, y para los cuales, la misma sociedad encontrará los medios necesarios de castigo y corrección en función de preservar la totalidad. Pero, ¿qué sucede cuando la sociedad, en nombre de una ficción, de una falsa representación del humanismo, comienza a dejar hacer y dejar pasar los casos particulares de criminalidad, una y otra vez, haciéndose de “la vista gorda” o volteando la mirada en otra dirección? Sucederá que las manzanas podridas terminarán corrompiendo el saco entero, y la relación entre política y crimen terminará por invertirse, quedando el cuerpo político postrado, a merced de la criminalidad. La política termina, de este modo, trastocándose en gansterato.

                En efecto, el destino -la bestimmung- de todo totalitarismo es la gansterilidad. Rebelión en la granja es, en este sentido, una advertencia. La obra fue publicada en 1945, es decir, en la línea fronteriza entre la rendición nazi-fascista, la finalización de la guerra -o más bien, de “la política por otros medios”- y la definitiva consolidación del stalinismo en la Unión Soviética. Era, sin duda, su modo de advertir lo que inevitablemente seguiría a continuación, una vez que la insaciable ambición de la bestia totalitaria se pusiera en movimiento. Como pocos intelectuales de su época, Orwell pudo advertir que la corrupción es inmanente al poder omnímodo y tiránico, ese poder tan propio de los regímenes totalitarios. Más bien, conviene decir que el totalitarismo es el necesario caldo de cultivo -el huevo de la serpiente- del sistema gansteril que hoy amenaza con destruir las bases mismas de la cultura occidental. Y, de hecho, su granja es, alegóricamente, la concreta e histórica simbolización del paso de la Rusia zarista, primero, a la revolución bolchevique y, más tarde, a la purga interior que terminaría en uno de los más espantosos, crueles y cruentos totalitarismos. Porque, con los años, el insaciable ancestro nómada, el lobo estepario transmutado en cerdo, termina mostrando su rostro, más allá de los aparatos de propaganda, del derrumbe de los muros y de las banderas rojas o de los llamados a la confrontación en nombre de los más humildes y desposeídos.

                Todo pareciera indicar que la sociedad del presente -eclipsada por el sueño dogmático de la ratio virtual y la narco-dependencia- se dirige freneticamente a la granja solariega de Howard Jones, para expulsarlo, expropiarlo y dar cabida a la instauración de un régimen gansteril, la “fase superior” del totalitarismo. Nadie ponga en duda las extraordinarias habilidades de los cerdos, sobre todo en aquellos casos en los que se pretende canjear un voto por un pedazo de pernil. Napoleón -el despreciable cerdo regordete y chillón que dirige la narco-granja, siempre rodeado por sus perros de paja, ya lo había advertido: “el que no vota no come”. O no tendrá “veinte o treinta días con gas”.  El gansterato es, después de todo, una forma de nombrar a la miseria humana.

                Los veinte años que van de siglo XXI, parecen convalidar el argumento según el cual la historia vuelve a repetirse. Sólo que, esta vez, no como comedia, sino más bien como tragicomedia, como una tragedia cómica y a todas luces vergonzosa. El trabajo de la razón crítica e histórica consiste no sólo en denunciarla -en sacudir las flores que recubren las cadenas-, sino en demostrar que ha llegado la hora del juicio, a fin de terminar con la insana bacanal del crimen, especialmente en nombre de los hijos y de los nietos de un mundo que merece ser decente, próspero y auténticamente libre. Un mundo que tiene la obligación ética de recuperar la totalidad del quehacer auténticamente político.                      

               

               

     

    José Rafael Herrera

    @jrherreraucv