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Conmiseración

 

Conmiseración humana

 

          Como tristeza que es, es mala en sí misma; pero el bien que de ella se sigue, es decir, el esfuerzo por liberar de sus miserias a otro hombre, es un dictamen de la razón y sólo en virtud de ese dictamen es posible hacer “algo que se sabe con certeza que es bueno”. De lo cual se sigue que quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza, cuanto puede, en lograr no ser tocado por la conmiseración. Y es por eso, además, que “quien haya conocido rectamente que todas las cosas se siguen de la necesidad de la naturaleza divina y se hacen según las leyes y reglas eternas de la naturaleza, sin duda, no hallará nada que sea digno de odio, risa o desprecio, ni se compadecerá de nada, sino que, en cuanto lo permite la humana virtud, se esforzará por obrar bien y, como dicen, estar alegre. A esto se añade que aquel que fácilmente es tocado por el afecto de la conmiseración y por la miseria o las lágrimas de otro, con frecuencia hace algo de lo que después se arrepiente; tanto porque por afecto no hacemos nada que sepamos con certeza que es bueno, como porque fácilmente somos engañados por las falsas lágrimas. Hablo aquí expresamente del hombre que vive bajo la guía de la razón. Pues el que ni por la razón ni por la conmiseración se mueve a prestar auxilio a otros, con razón se llama inhumano” (Eh., pro. 51, al).

            El saber racional, reconstructivo, comprendido como re-conocimiento -cabe decir, como crítica de la razón histórica-, es capaz de liberarnos de las pasiones, de esas vivencias de la imaginación definidas por el autor de la Ethica como “afecciones de la opinión” o expresiones de la pasividad humana, las mismas que hoy conforman el universo de la llamada posverdad y que necesariamente conducen a la enajenación y la esclavitud. Tómese en cuenta que la palabra pasión viene del latín passio y este del verbo pati o patior, que significa padecer o sufrir y que es lo contrario a la acción, por lo que toda passio comporta pasividad, conformismo, resignación y entrega. Latinoamérica entera la lleva a cuestas como si fuese un orgulloso estandarte, un rosario de virtudes. De ahí que la conmiseración (o com-pasión) sea, ella misma, la fiel representación de la aceptación de la derrota continua. A esto se opone la máxima spinoziana: “Nec ridere, nec lugere”. En efecto, según Spinoza, tal es el modo adecuado de comprender y superar los límites de quienes viven presos en la miseria de sus pequeñas pasiones, especialmente de las tristes, que son el resultado de la ignorancia que termina por separarlos del bienestar y de la libertad. Es cierto que nunca se podrá salir por completo de la ignorancia y, por ende, de las pasiones. Pero el “verdadero bien” consiste, justamente, en el esfuerzo continuo por salir de ella y, como consecuencia, de ellas. Para lo cual, es indispensable la reconstrucción del Ethos, la más humana y al mismo tiempo sublime obras de arte de la humanidad. Si la posmodernidad hizo de la pars destruens su razón última de ser, ha llegado el momento de hacer las cuentas con ella, porque toda negación es una determinación y, por eso mismo, después del desastre provocado, ha llegado el tiempo de la pars costruens, si es que se aspira salir de una vida de fragmentos y manipulaciones infinitas, que han arrastrado a lo que va quedando de Occidente al abismo de la barbarie populista y al imperio de los totalitarismos autocráticos orientalistas.

            No se puede eliminar lo que no se conoce. En menester encaminar las emociones por el sendero de lo que aumenta la potencia de la creación, de la realización de los objetivos concretos en y para el ser social, con el firme propósito de reconquistar -Aufheben- la condición ciudadana y sus instituciones correspondientes. Los escándalos, a decir verdad, las pequeñas miserias que cotidianamente presenta la existencia de una población espiritualmente empobrecida, son distracciones, diminutas piedras en el camino de la larga jornada que aún queda por delante. Lo que contrasta, por cierto, con una de las más fidedignas exhortaciones hechas por el pensamiento dialéctico: “nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”. La diferencia es, en este sentido, esencial, y, parafraseando a Hegel, hasta se podría afirmar que, todo lo contrario, nada grande se ha hecho en el mundo con las pequeñas pasiones, ni con los destemplados y grises apasionamientos.

            Es tiempo de revisarse, de cambiar de ruta y asumir -¡por una vez!- un compromiso que trascienda la magnificación de las nimiedades, los detalles superfluos transmutados en grandes escándalos de tres días o una semana a lo sumo, hasta “el próximo capítulo” de una interminable teleculebra, llena de “bichitos”: usurpadores, tenientuchos, sargentones, psiquiatras pervertidos, barraganas y jineteras, presidentes de cupón salidos de la caja “premiada” de algún detergente, gobernadores con complejo de vampiro y autoridades académicas, sin vergüenza en el rostro, que gustan servirles cual minions. Entre tropelías y villanías, candidatos presidenciales sin espacio ni tiempo, pero, sobre todo, frente los cuales toda eventual conmiseración queda sorprendida en su hipócrita banalidad, porque pronto se pone de manifiesto, bajo la piel del ovejo, la hiena sinvergüenza, el negociante de pulpería que reclama su “ñapa” sin importarle en lo más mínimo el desangramiento entero de una población que en algún momento tuvo una vida digna, decente. La expresión criolla “pobrecito”, podría ser infinitamente repetida por Spinoza, para referirse a una clase política que se ha extraviado a sí misma, y que con el único objetivo de conquistar honores inmerecidos, riquezas mal habidas y una existencia entregada al lujo y la lujuria han vendido los valores e ideas que, alguna vez, brindaron decoro a la praxis política de la actual ex-república. Por una vez, como ya se ha dicho, por el Amor intellectualis dei y el espíritu auténticamente democrático y republicano. Pero, sobre todo, por los asesinados, los presos políticos, los millones de exiliados y las víctimas de Darién, convendría dar un giro, marchar con la frente en alto y por todo el medio de la calle.         

De la república estética

“Tu hechizo vuelve a unir

lo que el mundo había separado,

todos los hombres se vuelven hermanos”

                                               F. Schiller

Republica de Schiller

 

            Un partido político o una alianza de partidos políticos que se propongan con auténtica responsabilidad construir la estrategia adecuada que permita ponerle fin a un período histórico signado por el deslizamiento del populismo desde el neo-totalitarismo hacia la gansterilidad, amerita -más que entender- comprender que su objetivo fundamental consiste en superar las formas de consenso hegemónico predominantes que le han servido de oxígeno -o de combustible- al régimen que, a pesar de hallarse en situación de usurpación, ha terminado por hacerse costumbre y normalidad, al punto de ser identificado, reconocido y aceptado por la mayoría como aquel que sostiene las riendas efectivas del poder político, social y cultural del ser y de la conciencia sociales. La pretensión de montar un circo al lado de otro circo, con diferentes atracciones, coloridos y payasos, luce, además de ridícula, poco atractiva. Toda imitación carece de genuina autenticidad y es, inconfundiblemente, la marca de fábrica de un ingenio limitado, como el que hasta ahora han lucido los “expertos” del marketing político en Venezuela.

            Que se sepa, no existen las varitas mágicas, por lo menos no en política, y en el caso de que existieran parecieran ser muy escasas, especialmente en una época de crisis orgánica como la actual, alejada de la luz de la fantasía concreta, atrapada en un agujero de gusano del multiverso y sumergida, como está, en las profundidades del pestilente océano de la posverdad. Que se intente jugar a ser más populistas que los populistas no solo es insensato, es irresponsable y suicida. Que, por contraste, se oferte el más descarnado neoliberalismo como panacea universal de todos los males de una sociedad y una cultura que durante los últimos cincuenta años hizo del estado de bienestar su modelo “natural” de existencia, además de chocante, no es menos suicida. De modo que los atractivos de una “clase” política sorprendida en su desubicación, es decir, indefinida, indeterminada, reactiva, acostumbrada a los vaivenes del día a día y habituada al no pensar demasiado, conspiran no solo en contra de sí misma sino de la estructural resolución del abismo en el que se halla sumergido más del ochenta por ciento de su población. Y, por una vez, tiene la necesidad imperiosa de revisarse a fondo, de comprender que no hay atajos, que los caminos verdes son sendas perdidas. Por una vez, pues, se trata de dejar de apostarle a las circunstancias, a los ecos lejanos de Sri Lanka o a los últimos acontecimientos argentinos, cuya intempestividad es eufóricamente estimada por algunos impetuosos entusiastas como el inicio de la primavera latinoamericana. No hay fortuna sin virtud. En cuestiones de política, nadie se gana “el premio gordo” de la lotería sin levantar un dedo, sin hacer un esfuerzo de astucia, preparación e inteligencia combinado, quedándose sentado a la espera de que las cosas, por sí solas, se “den” o hasta que llegue el ocaso para ver pasar frente a la choza el purulento “cadáver del enemigo”.

            Más sensato pareciera ser el “desechar las ilusiones” e irse “preparando para la lucha”, una lucha dura, de resistencia, de tejido continuo y largo aliento, en la que conviene tener presente la compañía de la soledad, más allá de las palmaditas solidarias o de la retórica comunicacional. Lucha que, en consecuencia, requiere de la constancia que en medio de los peores momentos recomendaba el propio Bolivar. Todo lo cual parte, en primera instancia, de la pregunta por el para qué. Si la respuesta es para obtener el poder bajo la misma estructura jurídico-política de los últimos veintitrés años y mantener similares políticas económicas y sociales, entonces el esfuerzo habrá valido muy poco la pena. El “quítate tú pa´ponerme yo” en nada beneficia a lo que aún queda de país. El resentimiento y la vendetta no son más que “pasiones tristes”, como dice Spinoza, que solo contribuyen a la disminución de la potencia del ser social. Si la respuesta es para producir un cambio radical del modelo económico y social, con la imposición de políticas de libre mercado y privatización de la educación, la salud, la seguridad social y los servicios básicos, entonces se producirá un shock que en muy poco tiempo traerá de vuelta al populismo gansteril al poder. Incluso, si se persigue un “pacto de convivencia” -o de resignación- a través de lo que se ha dado en llamar la “vía electoral, pacífica y constitucional”, se seguirá jugando a la baratija demagógica, se acudirá a la más desleal de las hipocresías y no solo no habrá solución a la crisis sino que el régimen narco-terrorista se perpetuará indefinidamente en el poder. En un territorio sin democracia, con los poderes públicos secuestrados, sometido a la brutal barbarie de los cuerpos de seguridad, sin derechos humanos, material y espiritualmente empobrecido y con una carta constitucional que fue hecha a la medida del difunto rey desnudo, por lo demás, plagada de la más grosera politiquería y de un lenguaje depauperadamente insufrible, apostar al engaño -además, para quitarse de encima el mote de “derecha golpista” que les impusieran precisamente los golpistas- es garantía de un fracaso anunciado.

            Hay otra opción, que sin duda requiere de mayor esfuerzo y de mayor tiempo, pero que enterrará definitivamente la barbarie y le otorgará al país la grandeza que bien se merece. Se trata de la conformación del proyecto de construcción de una república sustentada sobre la educación estética. No para ser construida después de “la salida” del régimen, sino para comenzarlo desde ya, in der praktischen, porque no habrá ninguna salida si no se construye. Toda auténtica poiesis es praxis. El entendimiento por sí solo no puede, no basta. Del entendimiento solo surge la barbarie actual. Y precisamente, dado que se trata de estética, más que por el entendimiento y la razón instrumental, a ella se llega a través de la sensibilidad y, como sostiene Schiller, nada menos que por el juego, es decir, por lo jocoso, lo que es capaz de transmitir la mayor alegría. Lo dice, por cierto, el autor de la Ode an die Freude o Canción a la alegría, letra de la Novena Sinfonía o Sinfonía “Coral” de Ludwig van Beethoven, el himno de Europa. El finale fenomenológico es un llamado schilleriano: “del cáliz de este reino de los espíritus rebosa para él su infinitud”.

            Ningún cambio ocurrido en la historia se decreta. No es la consecuencia de una ley, de un mandato o de un dictamen jurídico-político. Por el contrario, las leyes, dictámenes y mandatos, lejos de ser un principio, son el resultado de un largo proceso en el que ha mediado la costumbre -die Sitte-, de la que proviene la ciudadanía o eticidad -Sittlichkeit. Pero no se llega al Estado ético, a la eticidad propiamente dicha, sin la formación para la vida estética. Verdad y bondad se abrazan en la esteticidad. La conformación de una república estética es, en consecuencia, el fruto de una larga jornada de trabajo que requiere de un profundo cultivo y enriquecimiento del lenguaje y de la acción comunicativa en todas sus formas posibles de representación -lo cual, dadas las actuales circunstancias, implica su negación determinada, su Aufgehoben. Se trata de la creación de un nuevo modo de ser, de pensar y de hablar, que implica una nueva forma de ver, de sentir, de percibir, de interpretar y de concebir, mientras se va tejiendo la poderosa red social que finalmente lleve ante la justicia a los criminales. No hay Ethos sin libertad ni libertad sin belleza. En suma, se trata de la creación de una nueva cultura, un nuevo modo de producir, una nueva hegemonía sustentada en el consenso y no en la coerción. Es la bella eticidad, fundamento de un Estado con instituciones sólidas y creíbles, de la armonía entre la sociedad y el individuo, de un orden civil y civilizado, auténticamente libre y democrático. Premisa de toda república estética.                              

           


Educación estética

 

En recuerdo de Ezra Heymann y Yolanda Steffens,

queridos profesores ucevistas, quienes me enseñaron

a transitar por las espiras del laberinto, desde Kant hacia Hegel.

 

 

“Lo bello es el símbolo de la moralidad”

                                                      I. Kant

 

“porque a través de la belleza que se llega a la libertad”

                                                                           F. Schiller

 

 

Belleza y estética

            Dice Schiller, en sus Cartas sobre la educación estética de la humanidad, que “el encanto de la belleza estriba en su misterio” y que, justamente por esa razón, el arte es “la mejor parte de nuestra dicha”, porque “toca de cerca la nobleza moral de la humana condición”. Misterio al que, por cierto, no debe interpretarse como el preciado objeto de una secta de magos ocultistas, como si se tratara del arcano secreto de unos pocos “escogidos”, enigmático e ininteligible sino, más bien, en el sentido clásico del μυστήριον, palabra que deriva de μύστης o “iniciado” y que designa a las ceremonias -o costumbres- propias de la religión popular republicana greco-romana, celebradas en virtud -vir- de la patria, pues a ella, al espíritu del pueblo, dedicaban su vida por completo, sin exigir indemnizaciones o beneficio individual alguno. Un mistérion es, pues, aquel que trabaja por una idea, por deber, sin exigir nada a cambio, y sólo espera poder vivir en compañía de sus dioses y héroes en los Campos Elíseos. Este es el “misterio” al que hace referencia Schiller en su ensayo sobre la Äesthetische Erziehung.

            Más interesante todavía es la inescindible relación que el gran pensador alemán establece entre ética y estética, siguiendo para ello -hasta cierto punto- la Crítica kantiana del juicio. En efecto, para Kant, la condición sine qua non tanto del juicio ético como del juicio estético es la libertad. Pero, lo que en Kant es una analogía de dos dimensiones distintas, en Schiller se transforma en el movimiento que posibilita la adecuación de una auténtica “estética operativa” o de una “ética de la realización”. En él, la ética deja de ser el desiderato de la ley moral para descender sobre el terreno firme del hecho estético, de lo sensible, en virtud de la libre voluntad, con lo cual la ética y la estética llegan a traspasar los rígidos límites del entendimiento abstracto, meticulosamente trazados por Kant, para devenir actividad sensitiva humana o, al decir de Benedetto Croce, “hazaña de la libertad”. El Bien y la Belleza ya no son más simples representaciones abstractas ni simples ejercicios de retórica escolástica, sino nada menos que la realización histórico-concreta de una sociedad material y espiritualmente libre. Y es que, para Schiller, la obra de arte más perfecta, más bella, que puede llegar a construir la humanidad es la conquista de “una verdadera libertad política”. De manera que “para resolver en la práctica el problema político, se precisa tomar el camino de lo estético, porque a la libertad se llega por la belleza”.

            Incluso formando parte de la naturaleza, lo que distingue al ser humano del resto de los entes naturales consiste en su capacidad de poder decidir voluntariamente -por supuesto, dentro de ciertas y determinadas condiciones objetivas. La voluntad humana es potencialmente creación que no puede permanecer sometida al estado que impone la naturaleza, porque “posee la capacidad de desandar, por medio de la razón, los pasos que la naturaleza anticipó, de transformar en obra de su libre albedrío la obra de la férrea constricción y de tornar la necesidad física en necesidad moral”. Por eso mismo, y como dice Schiller, siendo el arte “hijo de la libertad”, recibe sus leyes “no de las imposiciones de la materia sino de las necesidades del espíritu”. De hecho, sustentado en necesidades espirituales, ha terminado siendo el gran diseñador de la historia humana, esa “segunda naturaleza”. Por lo menos lo fue hasta que el entendimiento abstracto y el mecanicismo, propio de una racionalidad meramente instrumental, decidió imponer su predominio absoluto sobre el espíritu de la sociedad, empobreciéndolo, toda vez que hizo de la “segunda naturaleza” un “Estado natural”, con lo cual trajo de regreso, con sus “leyes”, calcadas de “el libro de la naturaleza”, las fuerzas ciegas de esa insufrible rotonda del “nada nuevo bajo el sol”, transformando la libre voluntad creadora en estricta techné y provocando con ello la latente amenaza de la barbarie retornada, que acecha de continuo la vida civil. Imperfecta, advierte Schiller, es una constitución política que “sólo suprimiendo la multiplicidad consigue establecer la unidad”.

            No es posible retroceder, echando por la borda el desarrollo tecnológico y científico que, sin lugar a dudas, ha dejado, tras las huellas de su audacia, la labor del entendimiento reflexivo, abstracto. Nadie puede dejar de reconocer el triunfo del análisis, del conocimiento científico, de la experimentación y de la especialización modernas, todas las cuales tienen sus fundamentos conceptuales, sustancialmente, en el pensamiento de Kant. Pero algo de razón tuvo Hegel al caracterizarlo como el “Genghis Khan” de la filosofía. Al desestimar la educación estética, al instrumentalizarla, concentrándose exclusivamente en la instrucción, a objeto de producir masivamente técnicos y especialistas, aptos para la producción en serie, la sociedad moderna -heredera legítima de la “analítica trascendental”- fue creando el ambiente propicio para que, de un lado, la moral se hiciera un manojo de “buenos principios” inalcanzables, reflejados en manuales de “auto-ayuda” y, en realidad, extraños al desmembrado tejido social; del otro, la sociedad, escindida en sí misma y convertida en una gigantesca cadena de montaje -un mecanismo de reloj, dice Schiller-, oculta en sus entrañas -tras el monstruoso mecanismo- sus instintos más primitivos, más violentos y salvajes: “la letra muerta toma el puesto de la inteligencia viva, y una memoria ejercitada es guía más valioso que el genio y la sensibilidad”.

            De este modo, “el pensador abstracto suele tener un corazón frío, y el profesional suele tener el corazón estrecho, porque su imaginación, recluida en el círculo uniforme de la especialidad, no puede extenderse a otras formas representativas. Cuando en el hombre se aíslan las facultades particulares y se arrogan el derecho a legislar por sí solas, caen en contradicción con la verdad de las cosas y obligan al instinto de lucro, que con indolente frugalidad solía descansar en la apariencia externa, a penetrar en lo profundo de los objetos. El entendimiento puro usurpa autoridad sobre el mundo sensible; el entendimiento empírico se ocupa de someter aquel a las condiciones de la experiencia”.

            Se impone la necesidad de volver a enmendar al entendimiento, como en su momento lo reclamaran, primero, Spinoza, y, más tarde, Hegel. El llamado “conflicto de las facultades” ha llegado al paroxismo. Por eso mismo, y sobre los fundamentos de una nueva Enmendatio, conviene reconstruir todo el sistema educativo, a objeto de que se reconozca la apremiante necesidad de la educación estética como nunca antes, por el bien de la entera humanidad.

           

                         

                    

¿Qué significa ser de derecha?

 

Ser de derechas o de izquierdas

            La primera lección que se aprende en filosofía, y en virtud de la cual tiene sus inicios el oficio de pensar, consiste en someter a duda lo que se da por hecho cumplido, traspasando, con ello, los siempre rígidos y estrechos límites de toda posible pre-su-posición, o sea, de toda “positividad”, como dice Hegel siguiendo a Kant. No por casualidad, la expresión De omnibus dubitandum -dudar de todo- ha servido como lema y estandarte de batalla a los más diversos -y no siempre compatibles- pensadores de la historia de la filosofía, como es el caso de filósofos de la talla de René Descartes, quien tiene el mérito de haberla elevado a fundamento de su filosofía. Karl Marx la hizo el motto o lema esencial de todo su pensamiento -la Kritik-, y Søren Kierkegaard, bajo el seudónimo de Johannes Climacus, le dedicó nada menos que uno de sus mejores ensayos póstumos: Or, De Omnibus Dubitandum Est.

            Hay épocas en las que el Logos pareciera haber perdido toda decencia. La decrépita y babosa conformación del universo previsible puesto por la escolástica, que justificó la tortura y la hoguera de los Giordano Bruno, a manos del “santo oficio”. La indignación hecha carne y sangre frente a la transmutación del ser social -y de su conciencia-, cuando no en bestia, en cosa. La pretensión de querer resolver bajo el arrogante cobijo de una supuesta “objetividad universal” los asuntos más íntimos, más sensibles y propios de cada individuo. El cinismo de la compra y venta de la verdad, su mercantilización, elevado a la máxima potencia de su abstracción y ofertado como posverdad absoluta o, más bien, como absoluta relativización de la verdad (o, lo que es igual: en no-verdad). La estampa de un legionario romano sentenciando una frase de Confucio. Un teniente directamente involucrado en -por lo menos- dos intentos de golpe de Estado, y que usurpa la presidencia de la Asamblea Nacional, gime con rabia teatral al referirse a “la derecha golpista”. “¡Narrativa!”, exclaman los cultores de las palabras vacías, a fin de parecer “chicks”, como entusiastas repetidores de las sendas perdidas, de lo que, de suyo -cabe decir, por inmanencia-, se niega a abandonar la comodidad de su entumecimiento, su hechura abstracta, a objeto de transitar hacia alguna parte, en alguna posible dirección. “Juegos de lenguaje”, al decir de los neopositivistas, en el que “no existen los hechos” sino “solo sus interpretaciones”. Y en esto, una vez más, estrechan sus irremediables coincidencias con la llamada posmodernidad de los caprichos parisinos. No obstante, y por desgracia para ellos, en lo que va de siglo XXI, el connubio de los restos del círculo “analítico” y de la French Theory ha terminado poniendo en evidencia -y cada vez con mayor énfasis- la estrecha relación existente entre posverdad y poder político real.

            Pero por eso mismo, y una vez más, la duda vuelve a ser imprescindible en el presente. La facilidad y rapidez con la que los conceptos históricamente determinados son mutilados y transmutados en representaciones sin contexto, en fantasmagorías que no pocas veces sirven para afirmar exactamente lo contrario de lo que alguna vez llegaron a ser, no solo se ha hecho habitual -su puesta en escena es, de hecho, el deleite, la gran comilona del populismo totalitario-, sino que se podría afirmar que es el 'santo y seña' característico de este desdibujado fractal de inversiones reflexivas que va de siglo. Y es función de la filosofía, crítica e histórica, apelar a la duda y ejercerla, con el propósito de sorprender y denunciar el trastocamiento, el extravío del contenido y la consecuente prostitución de las formas.

            La verdad es que la posverdad ha traído con ella la lepra populista, y no solo. Afirmarse “de izquierda” pareciera ser, en el actual contexto mundial en general, y latinoamericano en particular, una gran conquista -del y- para el progreso de la humanidad. Los defensores de la libertad, la paz mundial, la igualdad de género, la ecología, la libertad de expresión, los derechos de los trabajadores, la educación gratuita y de calidad, la salud, la justicia y la equidad. Ser de derecha, en cambio, tipifica al conservadurismo y la reacción históricas. Espacio de godos y caudillos. Tiempo anquilosado y de oligarcas: el signo de la preterización misma, de la representación de quienes se asumen eternos y pretenden permanecer en el poder para siempre. Paradójicamente, convencidos de que sin ellos -patriarcas del pueblo- el país se quedaría sin futuro y perdería el tren de la historia. Pero derecha es, además, la fusión de una élite cívico-militar que se reclama heredera del heroísmo de los padres de la patria, mientras defiende poderosos intereses económicos, generalmente obtenidos con “negocios” de los fondos públicos. Y aunque la mayoría de ellos provenga, como dice Vico, de “debajo de la tierra” -como Boves, como Páez, como Gómez-, una vez entronizados en el poder, desprecian a las mayorías por las que decían luchar, y las someten bajo su voluntad. A ellos, sus fieles, los que carecen de techo, de alimento, de salud y seguridad, los débiles, los de escasa o nula formación y pericia. Ser de derecha es, en suma, actuar en contra de los intereses de los fámulos pero en su nombre: en el nombre de los desposeídos, de los humildes, de quienes, en medio de la más amarga desesperación, se ven finalmente en la necesidad de emigrar de su terruño hacia otros horizontes, lejos de los suyos.

            Momento de dudas: ¿lo que en las líneas anteriores se ha descrito como la posición representativa de “la izquierda”, no es lo que efectivamente ha caracterizado, in der Praktischen, a la izquierda de hoy? ¿No ha sido esa, más bien, la acción política de los partidarios de las llamadas “sociedades abiertas”, a las cuales la izquierda acostumbra definir como “la derecha”? Y, por otra parte, ¿lo que se ha definido como “la derecha” no es lo que, hasta nuevo aviso, ha caracterizado históricamente la acción política de la izquierda? Entonces, ¿cómo es posible que a la llamada izquierda se le pueda llegar a atribuir lo que en los hechos ha sido la derecha, mientras que a lo que en los hechos ha sido la derecha se le denomine izquierda? Lástima que la derecha sea tan ignorante como para poder comprender la celada. Afirmaba Bolívar que el país que fundó -La Gran Colombia- estaba condenado a caer en manos de “tiranuelos casi imperceptibles”. Leer esa frase en estos tiempos menesterosos y pensar en la izquierda de la derecha o en la derecha de la izquierda resulta una labor inevitable. Se comprende, entonces, el cinismo cruel de quienes afirman que “no existen los hechos sino sus interpretaciones”. Por fortuna, el mismo Vico que definiera a los “gigantes” surgidos de la tierra, ha resumido el laborioso y paciente tránsito de su pensamiento en una sentencia:  Verum et factum convertuntur. Parafraseando al joven Marx, habrá que decir que mientras una gota de sangre haga latir el corazón absolutamente libre de la filosofía, ella proseguirá su lucha contra las ficciones que se pretenden vender como “piezas exclusivas de colección” de la verdad.       

           

           

                          

¿Para qué estudiar historia de la filosofía?

  

Estudiar histooria de la filosofía

Coexisten palabras poderosas, capaces por si solas de hacer cuestionamientos sorprendentes y hasta reveladores, pero como la palabra “para qué”, no creo que pueda existir otro de igual poder en la gramática española; pues es idónea para desnudar el alma, las intenciones e inclusive los más grandes secretos que puedan alojarse en el deposito polvoriento más grande y ruidoso del mundo, la mente humana. Pues, no es casualidad que los individuos que han sido más notables en cada una de sus correspondientes épocas, sea a la vez personas diferentes al rebaño, con características poco común entre la mayoría que los rodeaban, siendo vistos por algunos de psiques geométricamente cuadradas como ovejas negras, descarriadas; cuando en realidad, los mal llamados inadaptados solo hicieron algo poco usual, convirtieron su mente en antorchas de luz, en vez de meros vaso por llenar.

 

Entonces, que relación tiene la palabra para qué en el desarrollo de los individuos lúcidos pero incongruentes con la normalidad social, simple, está es la premisa de su curiosidad; ya que, le permite cuestionar de una manera lógica las proposiciones tomadas como dogmas, como inquebrantables y de formas irrefutables por la sociedad de su tiempo; dando lugar a nuevas teorías y descubrimientos, sin abandonar el razonamiento ni la capacidad de dudar de sus propias propuestas, manteniendo así, vivo el ciclo constante del conocimiento, de esa llama viva que es la conquista del saber, el cual es inagotable, eterno y para algunos una invariable búsqueda.

 

Tener presente la palabra para qué nos permite de forma consciente mantener aquello que ha sido faro para nuestros pasos, y, además, encabezar interrogantes imprescindibles en la evolución del pensamiento humano, la trascendencia de la reflexión, y de ese observar dos veces el mismo paisaje, circunstancia o duda. En virtud de esto, debemos tener como lámpara de aceite siempre encendida dicha incógnita. Lo cual me lleva a postular una pregunta, ¿Para qué estudiar la historia de la filosofía? 

 

Una pregunta formulada en tiempos donde la tecnología y todo aquello que se define como digital es lo que abarrota la palestra, tapiza las redes sociales e inunda las “necesidades” del individuo común, una interrogante que a simple lectura tendría una respuesta casi instantánea, escueta o hasta sin sabor, pues se creería desfasada en el espacio y momento, pero si la leen por segunda vez, sin la premura de los nuevos tiempos y con la certeza que algo dentro de nosotros grita por salir de aquel ático polvoriento, comienza a tener una preeminencia capital; dejando mudo por unos minutos aquel individuo que creía dar una contestación vertiginosa con tan solo una primera lectura de la pregunta.

 

En tal sentido, estudiar la filosofía y su historia es cardinal para conocer las raíces del pensamiento occidental, y así, iniciar el encendido de la lámpara de aceite del saber, y dejar de una vez por todas los pasillos de aquel laberinto cavernoso en el cual nos encontramos sumergido, puesto que, la ignorancia solo genera espejismos de certezas inexistentes, y la germinación de individuos “cultos” de lo conveniente, más no, de lo necesario.

 

Pues para muchos, el pasado es solo tinta seca, o como diría José Ortega y Gasset “una profecía al revés”; sin darse cuenta que la historia y todo lo que yace en ella nos hace más despiertos, y por ende, capaces de generar pensamientos críticos y no acoplados a modas o tendencias, porque nos facilita el recorrer las sendas de la reflexión humano, gracias a las interrogantes empedradas pero llenas de sapiencia, siempre como espectadores sigilosos, conociendo escenarios que a pesar de las distancias en el tiempo, guarda un legado para quien tiene la agudeza de detenerse a escuchar.     

 

La filosofía ha sido una constante dadora de razones para creer en grandes saberes, pero a su vez, en dudar de ellos, es un juego milimétricamente perfecto, donde la evolución del pensamiento se da gracias al entendimiento que se tiene de lo ocurrido, debido que, los avances son pasos llevados a cabo sobre los cimientos de la búsqueda de la verdad; y el estudio de la historia ayuda iluminando dichas travesías. Pues, no es imaginable un Platón que haya alcanzado su cima sin haber estudiado lo ofrecido por su maestro Sócrates, o un Aristóteles sin analizar la historia que residía entre los muros de la Academia.

 

Querer comprender un presente sin estudiar el pasado, es como pretender navegar por los mares sin brújula ni catalejo; estaríamos a merced de los vientos, de las corrientes y de los inesperados peñascos, en otras palabras, se estaría pretendiendo escribir sin tinta ni papel. Aquellos que se jactan de estar al corriente de los nuevos tiempos, pensando que lo que mora en el pasado es solo un olor a arrancio, están irremediablemente destinados a repetir los errores de otrora, serán como Sísifo pero en tiempos modernos.

 

El estudio de movimientos o corrientes distintas de la filosofía permite a quien busque encontrar un abanico de colores, ideas y tendencias sin igual, dando lugar a la posibilidad de degustar – por así decirlo – una cantidad considerable de maneras de pensar, sabiendo que cada una ofrecen algo enriquecedor para el crecimiento de la compresión del Ser y de su entorno. Es por tanto, primordial para un individuo que se considere culto el permitirse una travesía por las letras de la historia, detenerse en los párrafos de El Banquete de Platón, donde nos ubica a la mesa junto a Sócrates y un nutrido grupo de personalidades de las letras atenienses, que aprovechan la ocasión para analizar una de las mayores fuerzas que existen en el mundo como es el amor, o por la Ética a Nicómaco de Aristóteles, quien con destreza apuesta a la virtud y ese punto medio entre dos extremos para lograr vivir bien y alcanzar la felicidad; o simplemente, las Cartas de Epicuro, quien nos sumerge en un estudio pormenorizado y profundo sobre la felicidad con el placer.

 

El individuo que aborde la barca que navega la búsqueda de la verdad tendrá dos cosas seguras, la primera que siempre hallara un nuevo puerto donde llegar, con historias nuevas que aprender, que debatir y sobre todo con la posibilidad de hacer lo más perspicaz que puede llevar a cabo una persona como es desaprender; pues así podrá desocupar la azote de casa, dándole lugar a nuevas ideas, concebidas por el aprendizaje propio y con pinceladas de grandes maestros; la segunda es la eterna búsqueda, es una historia inagotable, incansable del saber, ya que la verdad siempre será puesta en cuestionamiento, será vista por instantes como salvadora y en otros como blasfema, y allí quien ama el arte de cultivarse seguirá desmenuzando la realidad, la cual siempre variara según los ojos que lo vean, la mente que lo analice y las emociones que la filtren. Será un viaje que te hará entender del David de Miguel Ángel algo que va más allá de un mármol blanco y un cuerpo cincelado por los dioses, serás capaz de observar lo intangible, la esencia, aquello que no tocas pero que si te toca, porque conquistaras lo que el alma ve, esa sustancia invalorable de la vida.

 

Las grandes obras de la literatura como del pensamiento universal han vencido la fecha de caducidad, son omnipresentes, debido que, están taciturnas por los rincones de nuestras vidas, listas para ser llamadas por nuestra inquietud, por nuestra curiosidad, sabiendo nuestro propio inconsciente que aunque el pergamino amarillento donde reposa su tinta sea viejo y deteriorado, su vigencia es irrebatible, porque quien puede negar que frases como “el peor mal del hombre es la irreflexión” adjudicada a Sófocles (poeta trágico griego) no está actual y apta para tenerlo presente en estos tiempos de globalización y postmodernismo.   

 

El saber nunca podría considerarse como un peso, y menos aún, como algo inútil en el bolso de la vida, pues todo aquello que aprendemos tiene un propósito final, nos permite evolucionar a una mejor versión sea de la idea o del individuo, así como decía Antoine Lavoisier “la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma”, así pudiéramos considerar el saber, porque no se destruye pero si puede transformarse, ya que, la interpretación de cada ser pensante le dará un valor agregado, siendo enriquecido; como ejemplo, el neoplatonismo, que floreció en distintas etapas de nuestra era, dejando en cada una de ellas notas de un brillo notable, muestra de esto es Agustín de Hipona, quien es para muchos uno de los emblemas más trascendentales de la corriente del pensamiento de la edad media, y quien a su vez obsequió a la humanidad una vista distinta no solo de la fe (en este caso Cristiana), sino de la razón y la verdad, teniendo presente el pensamiento de: “existirá la verdad aunque el mundo perezca”.      

 

Para la sociedad un individuo curtido en la búsqueda del saber es alguien provechoso, pues será más fácil sacar del mal camino a quien tenga una noción por lo menos leve del bien, que aquel que carezca por completo de dicha noción; en tal sentido, el que un individuo sea culto o no, deja de ser algo meramente individual y comienza hacer un factor de necesidad colectiva, porque es de entender, que una sociedad más culta, es una sociedad destinada a poder reflexionar, sabiendo que el error no es haber cometido una falta, sino el hecho de omitir su reconocimiento y no corregirlo .

Ahora bien, es de acotar, que no todos podrán estudiar o interpretar cada una de las escuelas de la filosofía que existen, en virtud que, dependerán de las características cognitivas, de sus ocupaciones, y sobre todo de aquello que le apasione, lo que inclinara la balanza para su estudio; porque es sabido, que el ser humano como un ser sensible a todo lo que le rodea, sea tangible o no, le dará mayor valor a lo que ama; estando dispuesto allí, en transitar callejones sin salida, con finales inesperados y riesgos con dimensiones paradójicas, ese es el atributo del estudio de la historia de la filosofía, que abriendo puerta tras puerta, logramos viajar a momentos que creímos anacrónicos, viendo que quienes estuvieron dilucidando nuevas ideas fueron como nosotros, buscadores del presente, del saber y la verdad, del cuestionamiento racional y de encender una luz que perdurara más que la creencia misma.

 

La filosofía es la obra más importante creada por la mente humana, que sin intercesión divina, camina descalza por el tiempo eterno, como bálsamo a nuevas doctrinas, renovándose, adaptándose y siendo disruptiva, es ese amigo honesto que no teme al decir lo que piensa, es aquel que no vacila en cuestionar algo presumiblemente evidente, es una necesidad cayada por el ruido diario de pequeñas voces que solo le interesa adormecer la inquietud innata del individuo para evitar así, el que nades contra la corriente. Asimilando a su vez, durante este viaje, que la historia de la filosofía es algo más que un cumulo de relatos o escritos, pues si esa sería la concepción ultima se habría sembrado en suelo pedregoso, porque el secreto de todo esto es, entender que a pesar de las diferencias existentes en el hecho de observar el mismo paisaje podemos cohabitar, o como diría Aristóteles “solo una mente educada puede entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo”; al mismo tiempo, de estar consciente que en instantes dicho estudio engendrará una inclinación mental al escepticismo, ya que esa rueda indetenible de la duda nos dará razones lógicas de cuestionarnos deliberadamente hasta de nuestras propias ideas, retomando otras o dando a luz nuevos enunciados, y el por qué será nuestro sempiterno lazarillo. Sin duda alguna, la “filosofía verdadera no ha de entenderse como si denotara un conjunto estático y complejo de principios y aplicaciones, no susceptibles de desarrollo ni modificables” (Copleston F. Historia de la Filosofía. Tomo I Grecia y Roma. Pág. 4), es decir, no se llegará a ser completa en ningún momento.

 

Al final de todo, no se desea convencer al otro a través de nuestra verdad, sino que quien busque, conquiste la suya. Per áspera ad astra.

¿"Todo es relativo"? - Sobre Spinoza y lo relativo

 

Para los políticos, comunicadores e “influencers” de oficio,

en estos tiempos de inmediatez. Especialmente para

aquellos que subestiman el valor absoluto de las ideas.

 

Spinoza y lo relativo

 


“Lo que pronto se hace, pronto perece”

                                      Baruch Spinoza

 

 

            La pregunta que interroga en el título de las presentes líneas, se propone cuestionar el carácter afirmativo -y, por cierto, abstractamente absoluto- con el cual es presentado lo relativo en la actualidad, no solo en los medios propiamente cientificistas sino, además, en el quehacer político y, por supuesto, entre las firmes -en realidad, positivas- convicciones automatizadas propias de la vida cotidiana, casi siempre guiada de la mano por el sentido común, cuya viscosidad esponjosa, en los últimos tiempos, parece haberse dejado someter por la hegemonía de la posverdad, absorbiéndola o, quizá, dejándose absorber por ella, auxiliada como está por el inmenso fractal de las redes sociales que es, en sí mismo, expresión, imagen y semejanza, de la propia relatividad.

            Para saber qué es lo relativo, es necesario saber qué es lo absoluto. Porque, como conceptos recíprocamente opuestos, son términos interdependientes, es decir, que tanto el uno como el otro se encuentran en una posición de necesaria determinación recíproca. Lo uno está determinado por lo otro y viceversa, de manera que no es posible comprender lo uno sin comprender lo otro, en tanto que cada uno es -por cierto- el correlato del otro. Basada en sus amplios estudios investigativos -y cabe advertirlo, porque algunos necios imaginan que a los filósofos de oficio se les ocurren frases sin ton ni son, “de la nada”, y las sueltan cual pomposas sentencias-, una de las definiciones más precisas que haya producido la historia del pensamiento acerca de lo absoluto ha sido formulada por Spinoza. Como se sabe, según Hegel, la filosofía de Spinoza es una filosofía, precisamente, del absoluto, que si bien se deriva de Descartes se remonta a Parménides. Y Hegel sostiene que su concepción de lo absoluto es nada menos que la base de toda filosofía -“o Spinoza o no hay filosofía”-, de donde a su vez se derivan  los fundamentos del historicismo filosófico, para el cual ser y verdad son idénticos La libertad es consciencia de la necesidad.

            Dice Spinoza que lo absoluto es causa sui, sustancia “una y toda”, aquello que no necesita de otra cosa para ser lo que es y cuyo valor es independiente de cualquier condición, a diferencia de los atributos y modos -estos últimos, relativos- que son “lo que es en otro”, cabe decir, el necesario correlato de lo absoluto, dado que lo absoluto consta de infinitos atributos e infinitos modos, cada uno de los cuales es expresión cabal de su esencia. Remo Bodei ha explicado el absoluto -la sustancia- de Spinoza con un ejemplo muy didascálico: es como la inmensidad del mar, dentro del cual existen los más diversos y múltiples seres. Sin él estos seres no podrían existir. Pero sin ellos el mar dejaría de ser lo que es. Sin lo absoluto no existiría lo relativo, pero sin lo relativo no existiría lo absoluto.

            No obstante, en los últimos tiempos -en esta era “líquida”, que se declara orgullosamente “relativista” y que celebra como un logro el autocalificarse como “la era del fin de los grandes relatos”-, se ha puesto en tela de juicio la existencia de lo absoluto para condenarlo y promover como única -¡y absoluta!- la existencia de lo relativo, percibido como soporte de las ventajas y beneficios de lo desechable. Como nunca antes, finitud, deseo y consumismo han estrechado sus vínculos. Y se cita de continuo a Einstein -quien por cierto, fue un convencido seguidor de Spinoza- para hacer valer el carácter estrictamente científico del sobredimensionamiento de la relatividad: “Todo es relativo”, afirman, sin detenerse a pensar por un instante a qué se refería precisamente Einstein, y sin percatarse de que la sentencia en cuestión confirma, en sentido enfático, lo absoluto mismo, porque cuando se dice que “todo” es relativo no se hace más que confirmar que lo relativo ha adquirido -aunque abstractamente- un estatus absoluto, toda vez que al decretar su muerte, pretende reclamar su lugar. Lo cierto es que “la era del fin de los grandes relatos” no parece haber comprendido que su propia declaración -en realidad, su petitio principii- no es otra cosa que la confirmación de un “gran relato” absoluto. Con lo cual, lo relativo termina por volverse en contra de sí mismo. De ahí que no sea de extrañar que el relativismo termine sosteniendo el absolutismo -el totalitarismo- político.

            La verdad de lo relativo no consiste tanto en la abstracción de su condición efímera como en la continua -y necesaria- adecuación de los fenómenos entre sí. De hecho, es el fenómeno en sus relaciones y nexos con el resto de los fenómenos, en la recíproca interdependencia que existe entre ellos. Que algo sea relativo solo quiere decir que está en mutua relación con otra -o con otras- cosas, que entre las cosas se genera un proceso de co-relatividad. La teoría de la relatividad de Einstein tiene cabalmente este significado: todo está relacionado con todo. Y si bien es cierto que tanto el movimiento de la fenomenicidad como el de las formas que estas llegan a adquirir resulta ser ilimitadamente limitado, sustituyéndose las unas por las otras sin cesar, poniendo de relieve su condición finita y pasajera -precisamente, su correlato-, no menos cierto es el hecho de que cada pequeña expresión de lo relativo es la confirmación de la presencia en él de lo absoluto, porque lo contiene en sí mismo, siendo parte constitutiva -necesaria y determinante- de su infinita experiencia, pues, a diferencia de lo que puedan llegar a afirmar la teología filosofante o el entendimiento abstracto, lo absoluto no es como “una pintura muda sobre el lienzo”, algo fijado y acabado en sí mismo, sino, todo lo contrario, la acción continua en su historicidad, el devenir que, para poder afirmarse, necesita determinarse de continuo, immerwieder, siempre de nuevo. Como dice Hegel, lo absoluto es, esencialmente, resultado, y “sólo al final” de un determinado período histórico llega a ser “lo que es en su verdad”. Lo absoluto no es un presupuesto situado en el más allá. La verdad del ser parmenídico se encuentra en el devenir heraclíteo. Verum et factum convertuntur. Por eso mismo, la verdad del relativismo, tarde o temprano, deviene abstracta y, por ende, falsa, porque las reiteradas manifestaciones de su efímero triunfo sólo le sirven para confirmar el carácter concreto de lo absoluto.     

             

                   

Apostillas sobre la Posverdad

Postverdad en política


 

Aquí está la rosa, aquí hay que saltar”

                                      G.W.F. Hegel

 

            El siglo XX va mostrando sus últimos alientos de vida. Lo sostienen aun el recuerdo, cuando no la nostalgia, de quienes, inmersos en el flujo de la propia cotidianidad, en medio de los enseres del día a día, no se han percatado aun de la llegada de una era que, no sin pasmosa vertiginosidad, ha ido sustituyendo, más que los innovadores y cada vez más sofisticados medios e instrumentos de interrelación social, los valores y las ideas que, hasta hace muy poco tiempo, parecían ser de extraordinaria solvencia y gozar, además, de muy buena salud. Y es que, así como se suele decir de las cosas imperecederas, que semejaban a los “muertos que gozan de muy buena salud”, hoy se puede afirmar lo contrario, porque quienes, por estos agitados tiempos aparentan gozar de muy buena salud, si es que aun no han muerto, se están muriendo irremediablemente. Pedes eorum qui efferent te sunt ante ianuam.

            Los tiempos han cambiado, y no siempre para ser o estar mejor. Dice Marx en los Grundrisse que “ciertas épocas de florecimiento artístico no están de ninguna manera en relación con el desarrollo general de la sociedad, ni, por consiguiente, con la base material, con el esqueleto, por así decirlo, de su organización. Por ejemplo, los griegos comparados con los modernos, o también Shakespeare”.   Incluso, se reconoce que algunas creaciones artísticas insignes son posibles solamente en un estadio poco desarrollado del proceso histórico. De suerte que, “si esto es verdad, es menos sorprendente que lo mismo ocurra en la relación entre el dominio total del arte y el desarrollo general de la sociedad”. Pero, así como ocurre con el arte, ocurre con la ética y con la verdad. De hecho, la historia de la humanidad no es un proceso en linea recta que va de menor a mayor. Su zigzagueante proceso espiral, compuesto de cursos y re-cursos, da cuenta de cómo, paradójicamente, puede producirse una formación social tecnológicamente muy avanzada pero ajena a las formas constitutivas de lo bello, lo bueno y lo verdadero. No en sentido genérico o abstracto, por cierto, sino en su significado histórico-concreto, porque los llamados “universales” no son más que fantasmas, ausentes de toda realidad, si no se expresan in der Praktischen. “Hic Rhodus, hic saltus”.

         Parafraseando a Spinoza, si “toda determinación es una negación”, entonces, via reflectionis, “toda negación es una determinación”. Lo cual quiere decir que si lo negativo está determinado, lo negativo -en este caso, lo universal- está de suyo -es decir, de manera inmanente- sujeto a una particular y específica determinación, en virtud de la cual puede manifestarse plenamente. Solo un platonismo o un aristotelismo mal interpretados y fuera de contexto -eso a lo que Hegel llama la “teología filosofante”-, sin idea de la historicidad, devenido ideología y, consecuentemente, sentido común, puede tener el atrevimiento de imponer una “universalidad” distante e independiente, ubicada en el “más allá”, por encima de toda determinación. Y es entonces cuando “los valores”, “la razón”, “la verdad”, “la justicia”, “la moral”, “el ideal”, “el amor”, “el deber ser” -¡y pare de contar!- son puestos (setz) y degradados a la condición de flatus vocis, de palabras vanas, de gaseosas entelequias, que nada -o poco- tienen que ver con “los hechos” de la vida social. Este es, por cierto, el mundo perfectible de los políticos y funcionarios públicos, en el que las palabras van por un lado y las acciones van por el otro. Una vez más, la liquidez de Bauman va en dirección contraria a la del río de Heráclito. Tal es el horizonte de la posmodernidad, del “uno vale todo”, constitutivo de la posverdad.

            Y sin embargo, muy a pesar de las presuposiciones y de los compartimientos estancos, propios de la lógica de la identidad, lo dicho hasta aquí comporta el fundamento de su propia inversión especular. Cabe decir, la negación de toda verdad absoluta determina su devenir verdad absoluta. Es la otredad de su otredad, la reflexión de su sí mismo. Es esto, además, lo que permite explicar las afinidades existentes entre la posverdad y los regímenes populistas, que son la premisa y sustento de los despotismos totalitarios y gansteriles. La posmodernidad, en efecto, ha puesto en tela de juicio la validez y efectividad de las ideas de belleza, bondad y verdad. A su juicio, no hay en ellas ni objetividad ni universalidad ni absoluto, dado que tales entelequias metafísicas no solo no existen sino que sus intentos por justificarlas solo han servido para ocultar sus contubernios -cuando no su abierta servidumbre- con los grandes centros del poder oligárquico. De ahí sus objeciones contra las maquinaciones de las élites intelectuales y su pretendida apología de las ideas y valores universales y absolutos. Todo lo cual deriva en la exigencia de una verdad alterna a la verdad, de una contra-verdad, o sea, de una verdad auténticamente verdadera. En suma, de una posverdad. La negación abstracta de la verdad conduce inevitablemente a su afirmación -determinación- abstracta. “Tanto nadar para morir ahogado en la orilla”, como dice el adagio popular.

            La época posmoderna ha decretado la muerte del Hen Kai Pan, del “Uno y Todo” que, hasta hace pocos años, sustentara el corso -y el ricorso- de la historia de la cultura clásica occidental: el carácter universal -el uno- y el carácter absoluto -el todo- de sus ideas y valores. Pero al sentenciar al patíbulo la idea misma de la verdad, la posmodernidad se ha condenado a sí misma, toda vez que ha sustituido lo uno por lo múltiple y lo absoluto por lo relativo, transmutándolos en valores universales. Mientras más intenta negar el Uno y Todo más lo confirma, invirtiéndolo. Finalmente han logrado dar existencia al “superhombre” de Nietzsche, pero bajo la caracterización de “Bizarro”, el imperfecto clon del hombre de acero. Y es lo que permite comprender cómo para que “súper bigote” pudiera llegar a ser presidente de Venezuela, el país tenía necesariamente que ser la inversión de sí mismo, su negación abstracta. Menudo siglo XXI. Quizá sin percatarse de ello, la pretensión de que cada quien tenga su propia verdad “en redes”, su verdad exclusiva, particular e independiente, lejos de ser la solución, es, apenas, el inicio del problema. El pasaje de la máxima diferencia a la máxima in-diferencia está entre las virtudes del retorcimiento del logos. Por lo pronto, la astucia de la razón sonríe, mientras aguarda a la roedora posmodernidad en el callejón sin salida -en el hámster wheel- de su “eterno retorno”.                         

Free time en la post verdad


“El infierno está vacío. Todos los demonios están aquí”

                                                              W. Shakespeare


Post verdad agarrándose



 Frases edificantes, propositivas, esperanzadoras, plenas de creación y de la más auténtica de las libertades individuales, según las nuevas formas de expresión propias del lenguaje de estos tiempos de inclusiva positividad y exclusivo desgarramiento. Esas que, con tanto fervor, la psicología instrumental contemporánea y los mass media -las redes- avalan, divulgan con frenético entusiasmo y habitúan recomendar, a fin de poder lograr la mayor de las felicidades posibles para la gran cadena -de montaje- del ser social. Nunca una época fue más feliz con sus memes y, en consecuencia, con su pobreza de Espíritu. Además, tómese en cuenta que existe nada menos que el “Megaverso”, el “Tic-Toc”, el “Only-fans” o el mayor de los géneros musicales de todos los tiempos, esa maravilla de la que Bach, Mozart, Beethoven o Paganini, sin duda, llegarían a sentirse avergonzados: ¡el insuperable Reggaeton! ¿Y cómo no sentirla, frente a ese posverdadero gigante llamado Bad Bunny, por ejemplo? ¿O cómo podría justificarse el pobre Mahler frente al mega-universal virtuosismo y la retorsión de esos titanes de la música actual como Ozuna o Don Omar? Y eso -a propósito de la toxicidad- para no hablar de esa otra auténtica revelación musical -digna representación de la más exquisita decadencia- como la Bachata de Prince Royce y de Romeo Santos, ese Shakespeare de la era de la porverdad. Una joya que sobresale en medio de tanta mediocridad. Habrá que olvidarse de los Boomers definitivamente, enterrar de una vez por todas el recuerdo de esos “muertos vivientes”, Pink Floyd, Genesis, Yes, Emerson, Lake & Palmer, Doors o Ten Years After, entre otros, y asumir esos grandes valores del presente y repetir con alegría: “¡Se arregló!”.

 El gran problema que, sin duda, enfrentaría hoy Karl Marx consigo mismo es que no solo no sería marxista -como, de hecho, en algún momento se vio en la necesidad de afirmar-, sino que, además, consideraría que ni el proletariado ni -¡mucho menos!- el lumpen, podrían llegar a ser el vehículo adecuado -dialéctico- para poder salir de la prehistoria humana y conformar una sociedad de ciudadanos, justa y auténticamente libre. Todo parece indicar que ya no. Como el de los Beatles, el tiempo de Marx parece haber concluido, por lo menos desde el punto de vista característico de una sociedad que ha logrado prefabricar el orden social a la luz de las lámparas “led”, las luces de neón, las pantallas de los móviles y de los procesadores. Aquiles Nazoa afirmó en su momento que los fantasmas decimonónicos huyeron de las ciudades cuando llegó la electricidad. Nunca se imaginó el poeta que la excesiva luminosidad que hoy se exhibe los traería de regreso, desde las lúgubres miserias de una menesterosidad espectral.

 Para Marx, la lucha por una jornada laboral de ocho horas y la conquista de un período de tiempo de ocio, indispensable para el descanso y la expansión del espíritu del trabajador, representaba una de las grandes conquistas del movimiento revolucionario de su tiempo. A menos que se hable de los despotismos orientales, en las más diversas sociedades del presente la jornada laboral es, en términos generales, de ocho horas y el tiempo de ocio se ha ido transformando en la gran industria del Free time. Todos tienen, en términos generales, pleno derecho de disfrutarla. Es verdad que quien haya prestado algo de atención al funcionamiento de la cotidianidad propia de la sociedad contemporánea -especialmente de las que presentan mayor desarrollo de sus fuerzas productivas, aunque no exclusivamente-, tendrá que confirmar la autenticidad de aquellas líneas introductorias del Manifiesto de Marx en las que, históricamente, la sociedad burguesa alineara sobre su gran cadena de montaje, con sorprendente precisión, las más diversas actividades profesionales, al punto de transformar “al médico, al jurista, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, en sus obreros asalariados”. Pero, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XIX, el proletariado del presente -de nuevo, en términos generales- vive en condiciones muy distintas y muestra una holgura que el propio Marx -¡oh, sorpresa!- consideraría no sin estupor. Y, por supuesto, su tiempo libre está debidamente garantizado para su merecido ocio.

 Decía Marx que el tiempo de ocio era propicio para dedicárselo a la pesca, la pintura, la lectura, la música o la poesía. Es el privilegio de una vida desahogada para enriquecer al Espíritu, a fin de cuentas. La pregunta que surge inevitablemente con el Free time del ser genérico -del proletariado- del mundo contemporáneo es para qué sirve, en una sociedad mundial que ha terminado por imponer patrones de comportamiento regulados y modelos de vida preconcebidos que trastocan el tiempo libre en sobretiempo laboral. En una expresión, el hastío laboral del cual los individuos anhelan liberarse en las horas no laborables termina por convertirse en una prolongación de tal hastío. La pesca, la pintura, la lectura -si la hay-, etc., se transforman en actividades reguladas y sistemáticamente prestablecidas, en una gran industria que perfectamente puede llegar a producir, incluso, mucho más ganancias que las del tiempo laboral. De modo que el llamado tiempo libre ha devenido no solo una extensión inconsciente de la actividad laboral, sino la redundante conversión de los individuos en seres condenados, profundamente rotos en su interioridad, limitados en sus auténticos deseos, capacidades e iniciativas creativas, objetos y no sujetos de su propio destino. La liquidez registrada por Bauman va en sentido contrario a la del río de Heráclito. En el caso venezolano, las cosas han llegado al punto de que al régimen le interesa más mantener el mayor Free time posible de los trabajadores públicos que su tiempo de trabajo necesario, pues a mayor enajenación mayores son las ganancias. Es evidente, bajo tales circunstancias, que para la gran masa resulte un tanto turbia la diferencia, por ejemplo, entre Romeo y Julieta, de Shakespeare, y Romeo Santos. O que se llegue a la convicción de que exista un gran compositor llamado Ludwig van Badbunny. En el fondo, todo se repite, una y otra vez, indeteniblemente. Los “hilos” del meta-versado Instagram o del Tik-Tok se han vuelto tan tediosos y previsibles como el viejo Nihil sub sole novum. Valdría la pena preguntarse por el fin de este “agujero


BRUJAS: RAZÓN Y DINERO

                                         

 Nos asomaremos por una mirilla que abarca desde finales del XVI hasta inicios/mediados del XVII. Antes de adentrarnos en la miseria humana os advierto que no es un artículo para hacer sentir cómodo a nadie y que puede revolver más de un estómago.

 

¡Vamos al lío! Lo que más me ha sorprendido de este periodo temporal, y lo que quiero compartir con vosotres, es ver como la caza de brujas se entrelaza con 2 hitos históricos: mi amada revolución científica y el inicio de la era capitalista. Son temas que había estudiado por separado y que pude conectar hará unos meses gracias a un curso de temática feminista que realicé. Realmente mi mirada cambió, fue como tomar la píldora roja en Matrix . 
 

Por contextualizar un poco en el horror, os diré, que es del todo imposible poder determinar cuantas mujeres fueron quemadas y asesinadas, ya que no hay constancia de todos los juicios y de los que si se registraron no de todos se conoce la sentencia.  Además las víctimas no solo eran las quemadas sino que también debemos contar las asesinadas por su comunidad, o las que se suicidaban en su celda. Ya que una vez acusada si sobrevivías la sospecha y la violencia te perseguía de por vida. ¿Os imagináis qué loco? se podía dar el caso de que un vecino gilipollas te acusara de brujería por envidiar tu cosecha y ahí tu vida ya estaba jodida para siempre. Los números hablan de entre 100.000 y 200.000 mujeres. 

 

Lo que si que esta claro es que la causa del feminicidio por brujería es multifactorial y transversal a una época. El primer cruce de caminos a comentar es el de la caza de brujas con la racionalidad y el mecanicismo. La recién estrenada modernidad quiso mecanizar y desencantar el mundo.  El racionalismo se presentaba triunfante frente al mundo fantástico del medievo.  En este sentido parece muy sencillo criticar la Edad Media y tachar a sus gentes de incultas e irracionales pero no olvidemos que es en la modernidad cuando se queman a las mujeres en la hoguera tras torturas y juicios totalmente “racionales”. Hasta tal punto que al leer los interrogatorios y las pruebas que les realizaban a la mujeres para determinar si eran brujas o no, parece que quieran regirse por el propio método científico. ¡Es aterrador! Este se aplicaba con la ayuda del Malleus Maleficarum (del latín: Martillo de las Brujas), el tratado más relevante durante la persecución de las brujas. Era el libro de cabecera de inquisidores y demonólogos, al que remitían constantemente para aplicar su autoridad.

 

Además los hombres de leyes (juristas, magistrados, demonólogos) realizaban una burocratización rigurosa, racionalizada y mecanizada, para poder replicar los juicios más allá de sus fronteras. Estos hombres de letras tejían alianzas con intelectuales, filósofos y científicos de la época. El reputadísimo Hobbes, sin ir más lejos, no creía en la brujería pero si que aprobaba su persecución como medio de control social. Como veis todo muy, clasista, machista, retorcido… en fin que dan ganas de vomitar.

 

Me imagino las cenas donde los genios como Kepler, Galileo, Bacon Pascal o Descartes podían comentar la brujería como el tema de moda. Con esto no defiendo que el mecanicismo filosófico fuera la causa de la caza de brujas pero si que convergen y acaba siendo un elemento más de ese caldo de cultivo que dio como resultado una histeria colectiva en contra de las denominadas adoradoras del Diablo. 

 

Un elemento esencial a tener en cuenta, es que en el afán desmedido de desterrar la magia del mundo también desterraron a las mujeres y su sabiduría ancestral. Históricamente las que fueron acusadas de brujería, eran las pobres, las viudas, las marginadas, las que por lo que fuera caían mal en el vecindario pero también las parteras y la curanderas del pueblo. Estas últimas eran consideradas como peligrosas, sus conocimientos y praxis asustaban a los hombres que eran desconocedores de estos campos de la medicina. Es sabido que tras el genocidio se retrocedieron siglos de conocimientos  en obstetricia y control de la natalidad. Estamos ante la misoginia en estado puro. Pero desgraciadamente la cosa no acaba aquí ya que la abolición de las comadronas en estos siglos va de la mano con el siguiente tema: los albores del capitalismo.

 

La caza de brujas no solo se entrelaza con la revolución científica y el mecanicismo como acabamos de ver, sino que además está fuertemente vinculada con el inicio del un nuevo sistema económico, ya archiconocido por todes llamado capitalismo. De entrada pensándolo fríamente y sin escrúpulos, tal y como el sistema demanda, no hay mejor manera de controlar el desarrollo de la mano de obra que el de controlar la natalidad en sí. Por ello era menester privar a las mujeres del control y gestión de su reproducción. Ahora la mayoría de seres humanos pasaban a ser vistos como mera fuerza laboral. No en vano se creía que las brujas eran infanticidas por naturaleza, ya que si las comadronas eran acusadas de brujería e infanticidio, se simplificaba la labor de “desencantar el mundo” de los hombres racionales y así podían empezaran a controlar el cotarro de los nacimientos de la clase productora. Toda una invención muy bien articulada para que las elites poderosas no perdieran su estatus.

 

Pero la cosa no acaba aquí ya que en pro al capitalismo y al mantenimiento de las élites otro dato clave es que las mujeres quemadas eran campesinas con poco dinero. Además el miedo (el gran aliado del capitalismo) a ser acusada de brujería también aislaba a las personas y dificultaba una revuelta campesina de cara al nuevo sistema económico. Ya que si veían a unas cuantas mujeres juntas, a ojos inquisidores, podrían formar un aquelarre. Las élites europeas veían amenazada su existencia y la invención de la bruja les vino estupendamente para perpetuar su poder y dar paso a un nuevo sistema económico que les venia estupendamente.

 

A nivel personal, al margen de la sorpresa al descubrir las vinculaciones con la revolución científica y los inicios del capitalismo, concluyo que es demasiada sangre como para ver el cliché del personaje de la bruja con buenos ojos. Es algo que me violenta. Quiero pensar que en parte este se produce por desconocer la gravedad de los hechos ya que nos resultaría ofensivo, y con razón, que se banalizara de la misma manera un tema tan serio como por ejemplo el holocausto. Todes hemos crecido con cientos de pelis, libros y series que tenían a brujas como personajes en sus tramas: Blanca Nieves, Hansel y Gretel, La bella durmiente, Embrujada, Prácticamente magia, Las brujas de Eastwick, Embrujadas, Sabrina: cosas de bruja, Jóvenes y brujas, El Crisol, American Horror Story: Coven, Las escalofriantes aventuras de Sabrina… etc. Etc. Etc. Actualmente la bruja es un personaje más en los relatos fantásticos y de terror pero no olvidemos que unos siglos atrás la palabra bruja iba acompañada de matanza y horror.