Síguenos por email

Buscar

Todas las publicaciones.

    Últimas publicacionesToda la información reciente que quieres.

    Untergang

    Destrucción por drogadicción.


    Decía Heidegger, en un bello ensayo sobre Hölderlin y la esencia de la poesía, que el alemán es el idioma propicio de la filosofía. El traductor de dicho ensayo al español fue Juan David García Bacca, cuyos méritos en materia filosófica no son precisamente pocos. La densa y extensa contribución de García Bacca al pensamiento contemporáneo abruma. Eso sin agregar que se trata del maestro indiscutible de la filosofía en Venezuela, siendo, además, uno de los primeros Decanos de la Facultad de Humanidades y Educación y el fundador del Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Sí, de esa Casa de Luz que en otros tiempos, más felices, fuese una referencia mundial, no sólo de los estudios filosóficos, por cierto, y que hoy ha sido objeto de la peor saña -premeditada y alevosa- por parte de la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela. El maestro García Bacca tradujo el texto de Heidegger, en efecto. No obstante, hizo la advertencia de que si bien la lengua de Lutero vindica efectivamente el discurrir filosófico, la lengua de Cervantes nada tiene que envidiarle y de nada puede sentirse avergonzada a la hora de dar expresión y plasticidad al pensamiento.

    En todo caso la palabra Untergang es, como casi todas las construcciones del idioma alemán, una intersección, un encuentro entre las múltiples calles por las que transita el decir del ser. La preposición Unter significa “por debajo”, mientras que el sustantivo Gang significa “curso”. Se trata de la inclinación del curso de las cosas, de su progresivo de-caimiento, de su hundimiento o caída. En una expresión, es la cadencia de lo que declina, la de-cadencia. Como se podrá observar, la lengua alemana invita a pensar. Y es probable que haya sido esto -la invitación a pensar- lo que tanta irritación causara a los cartesianos frente a cierto napolitano hispanizado de nombre Giambatista Vico, cuya extraordinaria inteligencia estética solía introducir, una y otra vez, las más diversas voces griegas y latinas en las semovientes aguas del río del Oscuro Heráclito, hasta hacerlas confesar la flexión inherente a sus más íntimas verdades. Vico fue en su tiempo -como Heidegger o García Bacca en el suyo- un deconstructor de la rigidización del verbo, en manos de los intereses de la vil canalla metodologicista.

    La decadencia de Occidente -Der Untergang des Abendlandes-, de Oswald Spengler, es uno de esos ensayos de filosofía de la historia que obligan a repensar con sentido enfático la cadencia-de este menesteroso presente. Es verdad que el filósofo alemán -lo mismo que su contemporáneo, Heidegger llegó a sentir sincero entusiasmo por el movimiento fascista. Pero no menos cierta fue su abierto rechazo del nacional-socialismo alemán y del bolchevismo ruso -según él, los más grandes fraudes políticos de todos los tiempos-, al punto de que su temprana muerte dejó abierta la sospecha de un asesinato político. (Curiosamente, en la vieja Escuela de Filosofía de la UCV, quien mayor empeño hacía en citarlo y recomendar con entusiasmo su lectura era el maestro J.R. Núñez Tenorio, a quien los pegadores profesionales de estampillas suelen juzgar sin haber conocido tan siquiera un poco).

    Spengler tuvo el honor de administrar por años el Archivo Nietzsche, y denunció la manipulación de los textos nietzscheanos acometida por el nazismo. Fue un apasionado seguidor de Goethe y Schopenhauer. De ellos recibió la idea de la existencia de formas universales inmanentes a los acontecimientos históricos específicos, suerte de macroestructura sobre la cual van fluyendo los llamados “hechos” de la historia, cuyo movimiento circular va en la misma dirección que las agujas del 'eterno retorno' nietzscheano. Las primeras tonalidades grises del amanecer de la humanidad, tarde o temprano, terminan entregándose a los brazos de las sombras del atardecer, del Dämmerung o crepúsculo, desde donde volverá a surgir el nuevo ciclo. Todo está isomórficamente conectado. Si el alba surge en el Oriente y, llegado un determinado momento, alcanza su climax fáustico, la cadencia del circunstancias lo conducirá hasta el inevitable ocaso del Occidente, a su Untergang. La traducción literal de Abendlandes, Occidente, es “la región nocturna”. Pues bien, llegado el anochecer, la humanidad se encuentra con su destino y alcanza su decadencia.

    Decía Hegel que América era la región (das land) del por-venir. “El futuro -observa Ortega y Gasset- se aloja en el absoluto pretérito que es la pre-historia natural”. En todo caso, conviene preguntarse si dentro de las actuales circunstancias, de los “hechos” que parecieran conducir directamente a la decadencia de la civilización occidental, cabría la posibilidad de incluir los horrores del proyecto trazado por el narco-tráfico, después de la creación del cartel paulista. En nombre de un socialismo deformado y pervertido -tumoroso desde sus cimientos-, se promueve la intoxicación e inminente estupidización de lo que va quedando del anunciado porvenir. Occidente está, en efecto, siendo intoxicado y se encuentra cada vez más enfermo. Y mientras eso ocurre, los narcos amasan ingentes sumas de dinero, con lo cual su poderío crece cada vez más. Muy probablemente, el narcotráfico sea la mayor fuente de riqueza en la actualidad. Y es evidente que la complicidad desde las altas esferas del poder global tiene que ser inmensa. La cadencia del narco-tráfico anuncia la decadencia de Occidente.


    Los grandes imperios de la historia han caido por causa de sus vicios. El Espíritu del mundo yace tirado sobre el polvo que, esta vez, no solo muerde sino inhala. Desde Cuba, Fidel Castro concibió y gestó el plan. Y aguardó el momento oportuno. La vuelta de Chávez al poder, después de aquél funesto golpe del 11 de Abril y del llamado “paro petrolero”, le permitió a Castro encontrar su brazo ejecutor. De ahí en adelante, no fue “la espada de Bolívar” la que comenzó a recorrer la América Latina , sino la gran industria de la cocaína y sus derivados, una auténtica amenaza, un monstruoso sistema industrial con todas las etapas o estaciones requeridas, desde la siembra de la “materia prima” hasta su distribución y comercialización a escala mundial, con conexiones y filiales en las más diversas regiones del planeta. Oriente, desde la lejanía, sonríe. La nueva versión del Caballo de Troya ha penetrado las murallas de Occidente, con su venia. El resto es cuestión de tiempo. Porque la diferencia es que, esta vez, Troya arderá por dentro, desde sus entrañas, hasta implotar. Un poderoso movimiento subversivo y terrorista se ha hecho de las herramientas organizacionales de la mafia. La praxis política ha devenido cartel internacional y su centro de operaciones está ubicado en Venezuela, estratégicamente entre la América del Norte y la América del Sur, justo en el corazón de América. Y desde ella, sometida, secuestrada y mancillada por el cartel, se trabaja día a día en función de conquistar su principal objetivo: la caída -Der Untergang- de Occidente.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    El efecto Burnout.


    A mi buen amigo, Dr. Hugo Navas Farfán,
    por la imperturbable luz en medio de la sombra


    Burnout.



    La esperanza, al igual que la prisa, es simple y ordinaria, para no decir “plebeya”, como alguna vez afirmara Napoleón Bonaparte. Ambas se siembran en la conciencia de las grandes mayorías para generar la ficción de un dominio supremo que genera impotencia, una virtual incapacidad frente a indescifrables fuerzas que rebasan los dominios de la propia voluntad.

    En ambos casos se trata de la manifestación de condiciones im-puestas contra las cuales solo queda adaptarse y resignarse. Mientras la primera de ellas apunta al pasivo deseo que hipoteca su conatus a la espera de lo que se desea obtener, la segunda, a la manera del raudo Aquiles, en desleal competencia contra la tortuga, acelera con fervor el paso hacia la inevitable victoria, sin percatarse de que mientras más cerca se cree del triunfo, más lejos se encuentra. Y es que los tiempos políticos no consisten ni en la pura espera ni en la pura premura, y son, más bien, el resultado de la compenetrada adecuación de lo uno y lo otro. Pero si la adequatio en cuestión no se produce –entre otras cosas, por negligencia o por premeditado des-interés–, entonces las consecuencias pueden llegar a un punto de sopor y agotamiento del que difícilmente se pueda salir.

    Muchas veces, quien comienza enfrentándose a la corriente termina siendo arrastrado por ella. Nietzsche afirma en alguna parte que “quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no terminar siendo un monstruo. Si miras en las profundidades del abismo, el abismo termina mirando en tus profundidades”. Todo parece indicar que la Venezuela dark vive los tiempos del efecto Burnout.

    Según indican los especialistas en el fenómeno, el llamado efecto o síndrome Burnout es un estado de trastorno emocional causado, en los términos de la clínica-terapéutica, por situaciones de un extremado estrés laboral que va llevando al individuo a la progresiva pérdida de su autonomía hasta conducirlo al punto del “ya no puedo más”; pero en los términos de las instancias sociales, hace referencia a las condiciones de vida premeditadamente generadas por un determinado régimen político, que se propone doblegar y someter a la población, conduciéndola a la pérdida absoluta de su autoestima y de su libertad, hasta llevarlo a la postración y la rendición definitivas.

    Recientemente, la psiquiatra y neurofarmacólogo Rebeca Jiménez, en una interesante entrevista, indicó que “al venezolano lo han desmontado emocionalmente como ya lo hicieran con el Estado”. En sentido estricto, la especialista señala que “en poco más de un año, el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado Burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés, y que implica cansancio y rendición no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos. Un cambio patológico que el gobierno ha causado”. Es evidente que cuando la distinguida psiquiatra se refiere al “gobierno” está pensando en la narcotiranía, es decir, en el cartel que mantiene secuestrados a los venezolanos.

    De un lado, la dirigencia opositora ha insistido –¡y hay que decirlo!– con inaudita e inexplicable superficialidad en centrar sus llamados a la esperanza –porque, según afirman, “el tiempo de Dios es perfecto”– o a la prisa –como en los casos de “la Salida”, el “vamos bien” o el memorable “sí o sí” de la ayuda humanitaria–, en una suerte de apelación ora a fuerzas sobrenaturales o en todo caso foráneas que bien vale la pena sentarse a esperar “para que resuelva”, ora a una premurosa solución instantánea que, de un plumazo, pondrá fin a todo un modo de ser y de pensar que ya lleva veinte años, y que ha logrado traspasar la piel y penetrar los huesos de la anatomía social y cultural del país. Del otro lado, la narcotiranía no escatima esfuerzos –siguiendo al pie de la letra las indicaciones dictadas por los experimentados regímenes ruso y cubano– para propiciar, y hacerle sentir fehacientemente a las grandes mayorías, un sentimiento de agotamiento, de fracaso y de impotencia. En suma, de derrota. Que todo esfuerzo es en vano, que no hay nada por hacer, que no hay escapatoria posible. Y al que no le guste, como ha dicho en repetidas ocasiones Cabello, pues “que se vaya”.


    Lo cierto es que una suerte de racionalidad “malandra” se ha terminado imponiendo muy por encima de los esfuerzos por interpretar, bajo criterios más o menos convencionales, el quehacer político. Los llamados del tipo “paren el mundo que quiero votar” son, dentro de el actual contexto Burnout, voces que claman en el desierto. El “si hubiésemos ido a votaciones les hubiésemos ganado” o “la única salida que nos queda es la negociación electoral” no son, por el momento, más que ejercicios tomados de una vasta bibliografía, sin duda, clásica, que carece por completo de tesitura histórica. Son las obras completas de una realidad que, hasta el presente, no ha sido concretamente escrita. Y conviene recordar que lo concreto no es lo real inmediato, el “esto”, como se suele creer, sino “la síntesis de múltiples determinaciones”, la unidad orgánicamente concebida de la diversidad. Y es que, a pesar de Gadamer, todavía hay quienes insisten en entender y representarse bajo criterios cartesianos o empiristas la difícil coyuntura, sin poder llegar a comprenderla. Los “manuales del usuario” son muy útiles, a la hora de instalar los electrodomésticos. La realidad ha terminado por imponer su cadencia frente a esquemas y metodologizaciones en las que el gran ausente es lo que es, el carácter específico y muy probablemente inédito del presente.

    La pregunta que quizá convenga formularse, a viva voz, es la que recientemente se hiciera el periodista francés Marc Saint-Upéry: “¿Hasta qué punto el umbral de destrucción del país y de masacre en cámara lenta de la población puede resistir un sistema tan perverso y cínico?”. El chantaje biopolítico implementado por el régimen, es decir, el “sobrevives porque yo te doy de comer”, junto al terror más despiadado y brutal, son el único sustento efectivo que ese grupo de criminales, narcotraficantes y terroristas, todavía conserva. Han sabido corromper, saquear y contaminar; han hecho que la anormalidad aparezca como un hecho normal; han transmutado la riqueza del lenguaje en pobreza del espíritu. En fin, han hecho de la miseria su mayor riqueza. Es hora de revertir el efecto Burnout. Pero no se logrará ni alimentando esperanzas, que terminan por aumentar el miedo, ni con ofertas premurosas que, similares a los fuegos artificiales, inundan de luz el instante para, poco después, convocar la densa sombra del desengaño.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Universidad y cultura

    En defensa de la universidad.


    Crucé la ciudad universitaria, casi al trote. Desde la Facultad de Ciencia a la Facultad de Humanidades. El corazón acompasaba el ritmo de mi respiración entusiasmada. El sol estaba vencido, pero no importaba. Porque corría entre ráfagas de luces. Vestía con blue jean desgastado, sandalias de cuero, simulando los guaraches mexicanos y camisón blanco al estilo de Ernesto Cardenal, quien era uno de mis ídolos preferidos.

    Llegué a tiempo. Las puertas del auditorio estaban cerradas. Me acomodé en uno de los bancos que estaban dispuesto perpendicularmente tanto del cafetín como de la entrada, donde estaba ubicado el auditorio. Del bolso, fabricado con cabuyas, que solía usar desde mi adolescencia, extraje el libro propicio para la ocasión: El Castillo de Kafka. Novela digna del ambiente. La práctica camaleónica se aprende en la juventud, quería reflejarme en aquel espejo donde habitaba el intelecto. No había leído ni siquiera las primeras líneas, cuando una voz ronca invitaba al acto.

    Me senté en las últimas butacas del auditorio. No era timidez, era una estrategia para ocultar mis sentimientos porque suelen desbordarse en mis ojos, en mi lengua y cualquier desprevenido lo nota de inmediato. No se trataba de una película de Disney. Lloré con Bambi de principio a fin. Siempre lloro o río a carcajadas en el cine. Por eso prefería los últimos puestos. Pero quién sabe si me pasaba lo mismo, por prudencia lo hice. No tuve formación inglesa. Ellos saben razonar y llorar sin que nadie note nada. Tal vez, de eso trataba la filosofía que nadie note nada, aunque lo diga todo. No lo sabía.

    Alexis, uno de los mayores, quien al parecer estaba ligado con un tal Nietzsche, solía afirmar que el asunto era pensar problemas. Si era eso, estaba bien. Yo los tenía y de sobra. Quería ser poeta como Rimbaud, físico como Einstein, religioso como San Francisco, quería experimentar todas las formas de la lujuria como las narraba Sade y filosofar como… ¡No! No tenía claro como quién filosofar… ¿Cuál sería el camino de mi vida? Ése era mi asunto filosófico. Y por eso estaba allí, justo allí, donde se encendería el fuego, temblando de emoción y agazapado en la última butaca, con la misma sensación que tuve a mis diez años, llorando con Bambi.

    En casa, los domingos era un mar de periódicos. Los mayores solían leer a Cabrujas y a Juan Nuño; a veces pienso que debí estudiar teatro, porque los imitaba. Me sentaba en las poltronas de la sala, lanzando las comiquitas a un lado y con estoicismo leía al dramaturgo y al filósofo. No entendía nada o muy poco, pero me sentía que era del club de los mayores, mi juego era emularlos, era mi estrategia para pertenecerles. Y claro, sentando en la última fila del auditorio, ocultaba una emoción adicional, Juan Nuño era uno de los ponentes. Me lo imaginaba más alto, más delgado, con una cara más intelectual… ¿Cómo será esa cara? Pues no lo sé, pero al parecer existe un prototipo… yo quería tenerla, quizás por eso la montura de mis lentes eran al estilo de Lennon.

    Subió a la tarima, donde estaba un largo mesón de madera recién pulido, un señor delgado, de pelo desajustado y plateado; llevaba, como sin querer, una chaqueta marrón de pana con bolsillos anchos, una corbata beige a desgano, con el nudo a medio pecho y un maletín de cuero que combinaba perfectamente con los zapatos a medio lustrar. Se sentó, estiró el brazo derecho a lo largo del ancho del mesón y sin ningún pudor, reclinó su cabeza usando su brazo como almohada. Y, al otro extremo, estaba el ídolo de mis domingos familiares, sin la cara de intelectual que imaginaba. Más bien, parecía un detective. Sus ojos escudriñaban a su oponente con la sagacidad de quien sabe quién es el culpable y está presto a revelarlo.

    El auditorio estaba a reventar. Se trataba de un espectáculo diseñado para celebrar los años de la Facultad o del Instituto fundado por García Bacca o, tal vez, la adaptación contemporánea, venezolana, de alguna escena de los diálogos platónicos como alimento para los párvulos que se iniciaban en el antiguo arte. ¿La verdad? No recuerdo cuál era el motivo del evento. Lo cierto es que aquél día recibí mi primera lección, de qué trata pensar. Fue el pórtico a la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela.

    Se trataba de un diálogo entre Luis Castro Leiva y Juan Nuño. No comprendí nada de lo que hablaban, pero fue un momento erótico; como a quien se le expresa el deseo y te dice que no, levanta una barrera; pero, pícara y seductoramente, desliza una posibilidad que se desplaza en el tiempo; configurando una lucha agónica para satisfacer lo imposible que solo termina con la muerte, la travesía de los amantes.

    Aquella tarde, en la última butaca del auditorio, quería reír o molestarme, como el viejo que estaba a unos metros de mi butaca; quien se parecía a un extra de una película de Ingmar Bergman; años después, fue mi profesor. Me ofreció una lectura de texto, todo un semestre, leyendo una página de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, Ezra Heyman.

    La escena de mi juventud fue una fiesta de la cultura. Fue una celebración de la vida orgánica de un país. Fue una puesta en escena de la práctica universitaria por excelencia, del argumento riguroso y de la diferencia como manifestación sustancial del ejercicio del pensar.

    La Universidad Central de Venezuela, las universidades, son un síntoma de la cultura. La reducción de la discusión pública a las prácticas procedimentales establecida por el orden despótico y el debate sobre la posibilidad o no de participar en dicho bodrio, manifiestan el grado de descomposición de nuestro orden socio cultural y la fragilidad del pensamiento político de nuestra comunidad.

    La universidad es la última trinchera institucional de la cultura. Ceder un milímetro, es acelerar el sistema de opresión. Defenderla, sin ambigüedad, es la punta de lanza, el detonante fundamental, para la transformación de Venezuela. Como dice el Apocalipsis: Dios vomita a los tibios.

    Enviado por Jonatan Alzuru Aponte.

    La verdad absoluta en Política

    ¿Verdad o absoluta?


    Dicen que la verdad absoluta no existe, pues he encontrado cuatro verdades absolutas casi axiomas de nuestro tiempo. Y están muy cercanas a nosotros.
    A continuación las verdades absolutas:

    - Nicolás Maduro es un dictador o déspota que ha violado derechos humanos en miles de ocasiones.

    - El último gobierno argentino de los Kikchner estuvo implicado en claros casos de corrupción.

    - El gobierno argentino de Macri ha estado implicado en fuga de divisas que facilitó grandes ganancias a terceros. Y él y algunos de sus familiares han vivido de corrupción similar a la que le acusa a su rival.

    - Estados Unidos viola múltiples derechos humanos en su frontera y también en su cárcel de Guantánamo donde los presos no tienen derecho a un juicio justo.

    Sobre estas verdades no va a faltar quien diga: no, es mentira. Primero hay que fijarse si esa persona no está desinformada o mal informada. Luego si no ha recibido algún tipo de ayuda del sujeto de esa verdad. Por que tal vez en su desesperación esta defendiendo su trabajo o su subsidio. O siente un deuda de gratitud. Por ejemplo el primer gobierno de Chavez ayudó a varios países y más de uno puede sentir una deuda de gratitud que claramente no justifica no condenar lo evidente. Hay organismos independientes de todo tipo que han probado las violaciones a los derechos y además miles de venezolanos y argentinos han emigrado y pueden contarlo en persona. Y sobre lo de Estados Unidos, que podemos agregar a esta altura que no se haya dicho.

    Históricamente no ha habido intelectuales más lúcidos que los de izquierda en cuanto a explicar la injusticia. Nadie ha descrito la explotación y la alienación del trabajo como Marx. Y así muchos de sus seguidores. Pero cuando los izquierdistas actuales llegan al poder no pueden reconocer o condenar a un déspota o dictador como Maduro. Casi todos perdieron la lucidez que los caracterizaba. Y para justificar tal omisión hacen todo un relato hipócrita de que Maduro viola derechos porque está acorralado por Estados Unidos. Un delirio que es el mismo que usaba la ultra derecha golpista para justificar los golpes de estado en América Latina cuando decían que actuaban presionados para no convertir a América en Cuba. Hace poco Bolsonaro dijo que gracias a Pinochet, Chile no era cuba. Espantoso como decir que Maduro actúa obligado por la presión de Estados Unidos cuando hasta hace muy poco tiempo le siguió comprando petróleo y fue uno de los últimos países en llamarlo dictadura.

    Sobre Argentina, siendo uno de los países más ricos en recursos naturales de América Latina va camino a tener un 40% de pobres. No hace falta ser Einstein para darse cuenta que alguien robo y mucho, demasiado. Y si ves los que gobernaron en lo últimos 50 años son siempre los mismos . Y encima hay causas judiciales que apuntan con abultadas pruebas hacia ambos lados. Entiendo que una situación límite como la que vive Argentina te haga tener que elegir entre el menos malo. Se alega de uno y otro lado que no hay nada probado. Un argumento de abogado defensor. De acuerdo pero a estos personajes habría que proveerles un abogado de oficio o voluntario a ver que tan bien los defienden. Es probable que renuncien o que incluso los delaten. Además los que dicen que no hay nada probado son los mismos que acusan al contrario sin ningún tipo de pruebas. Si tu único argumento es que no hay pruebas, todos serian inocentes de casi cualquier tipo de delito por que de hecho un enorme porcentaje de causas son apelables. El argumento jurídico estricto no se sostiene. Y se utiliza para ganar tiempo, mas sabiendo que las causas de corrupción pueden tardar de 5 a 20 años en llegar a una sentencia definitiva. Es una estrategia funcional al poder de turno que es acusado. Se van a buscar los mejores abogados, asociaciones y cuando no países amigos que dirán que eso es relativo porque en sus propios países se cumplen las mismas violaciones que se pretenden desmentir . De nuevo volvemos al punto de ver de quién proviene la defensa del relato o simulacro y qué intereses persigue.

    O mientras no estén probadas o apeladas seguir mirando para otro lado. Pero si lo haces luego no critiques al rival por que hace lo mismo ya que no serás tan distinto a tu rival si también avalas a gente que roba. Una actitud sincera sería decir algo como "dadas la circunstancias tengo que votar o apoyar a un delincuente que creo que es el que robo menos pero nos va a favorecer para nuestros intereses futuros de una república más justa y soberana" y te votará tu madre y tres más. Lo saben, por eso es que tienen que armar semejantes relatos.

    Los gobiernos son eficaces y legítimos si los defienden personas que no hayan recibido nada de los mismos , no si los defienden quienes han sido colocados a cambio de favores de los políticos. Y tampoco vale que lo defiendan los propios políticos que han ocupado cargos durante 4 o 5 años y se bajan meses antes de las elecciones para hacer campaña. Y uno se pregunta ¿Están defendiendo su gobierno y gestión? o ¿Su trabajo como simple remuneración?.

    El problema es cuando el sentimiento te tira hacia un lado: puedes definir muy bien que Trump o Bolsonaro son populistas pero no puedes decir que Maduro es un dictador como si a Maduro le importara a esta altura lo que digan de él. Se han vuelto más realistas que el rey. Los que defienden a estos personajes o gobiernos razonan de la siguiente manera: no importa lo que hagan o sean (si roban, violan , etc) sino si sirven o no a sus intereses. Si son funcionales a sus grandes objetivos que pueden ser lograr más puestos de trabajo o favorecer la clases populares o (aún más lamentable) salvar su propio trabajo. Y el caso de los grandes objetivos, nobles en su enunciado, tienen el inconveniente que ese destino nunca llega y el camino van dejando más daño que el que pretendían solucionar a tal punto que luego de ellos puede venir un gobierno que destruya de un plumazo los escasos logros que han conseguido. Y luego de ver su conveniencia inventaran otro relato como justificativo: Maduro fue elegido democráticamente, no hay causas contra Macri, Estados Unidos ha liberado a muchos presos de Guantánamo , etc.

    Otra variante, esta más "filosófica" es aplicar la teoría del materialismo histórico de Hegel, un delirio importante que consiste, muy básicamente, en ver dos grandes movimientos de la historia: uno progresista o de izquierda y otro conservador o de derecha. Entonces con un simplismo atroz se ubica en un mismo grupo a Maduro y toda la izquierda honesta y en el otro a Bolsonaro y todos los liberales honestos. Y según los hegelianos trasnochados a estos dos movimientos hay que soportarlos hasta que desde su lucha aparezca una síntesis superadora. La cuestión es que en él mientras se violan todo tipo de derechos de uno y otro lado. Y que esa síntesis nunca va a llegar por que esos dos movimientos no existen. Cada uno son la negación de sí mismos cuando cobijan a políticos como los mencionados. La izquierda lúcida y emancipadora se vuelve ciega y no ve lo evidente (Maduro dictador) y los conservadores buscan hacer negocios a base de favores de poder (Macri) , lo más lejano al liberalismo.

    Dentro de esto se encuentra la premisa horrenda que el fin justifica los medios. Es así que funciona: estos son de los míos, entonces los banco en lo que hagan. ¿Y los derechos? La única manera de salir de esa mentira es aceptar realmente la culpa. Difícil de esperar de estos políticos. Y de nuestro lado (gente con pensamiento abierto y crítico) ser cada vez más críticos con las conducciones políticas y ver que dicen organismos independientes como los observatorios de derechos humanos Anmesty International, Human Right Watch, etc, respecto a la realidad de cada país.
    Un mínimo de honestidad intelectual es básico para poder avanzar, sino continuaremos en este vale todo. Y verdades como las anteriores hay muchas, elegí las más actuales, evidentes y grotescas. Entonces cuando te dicen que la verdad absoluta no existe o están en la nubes o no ven la miseria que hay a la vuelta de la esquina o a un clic.

    Artículo de Javier Pereira de Filosofia.lat

    De la narco-tiranía.

    Droga es religión del pueblo


    Al abyecto recuerdo de los espadachines a sueldo

    Cada época histórica tiene sus propias leyes. Las diversas formas en virtud de las cuales la humanidad ha desarrollado sus diferentes modos de vida no son una abstracción, incluso a pesar de que en cada una de ellas puedan haber surgido elementos similares o hasta idénticos a las del resto. El modo de hacer característico de los individuos, siempre está socialmente determinado por su época. Las más diversas actividades y disciplinas a las que se dedican los seres humanos no son formas aisladas, ajenas a su contexto específico, histórico y cultural. De hecho, el considerarlas como formas generalizadas, aisladas de sus circunstancias, es un ejercicio de la imaginación desprovisto de fantasía. Son simples “robinsonadas dieciochescas”, incapaces de expresar, más allá de las pesuposiciones, alguna justificación que convalide la remota posibilidad rousseuniana de sustentar la vida en el primitivo buen salvaje.

    Como afirma Marx en sus Grundrisse -sí, el Marx auténtico, el recientemente citado Ricardo Hausmann, no el manipulado y adulterado por el socialismo oficial, primitivo y parasitario-: “cuanto más lejos nos remontamos en la historia, tanto más aparece el individuo como dependiente y formando parte de un todo mayor: en primer lugar, y de una manera todavía muy enteramente natural, de la familia y de esa familia ampliada que es la tribu; más tarde, de las comunidades en sus distintas formas, resultado del antagonismo y de la fusión de tribus. Solamente al llegar el siglo XVIII, con la “sociedad civil”, las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines privados, como una necesidad exterior. Pero la época que genera este punto de vista, esta idea de individuo aislado, es precisamente aquella en la cual las relaciones sociales (universales, según este punto de vista) han llegado al más alto grado de desarrollo alcanzado hasta el presente. El hombre es, en el sentido más literal, un zoon politikón, no solamente un animal social, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad”. Toda forma de producción y de reproducción, representada con independencia de su contexto histórico, “es tan absurda como la idea de la existencia del lenguaje sin individuos que vivan juntos y hablen entre sí”.

     Que toda la vida hayan existido la producción, el mercado y el dinero no significa que la sociedad capitalista haya existido siempre. La creencia en el “siempre ha existido y siempre existirá”, vendida como una realidad inevitable, como un hecho natural, desde los “picapiedra” hasta más allá de los “supersónicos”, es parte de las “robinsonadas” por las que acostumbra inclinarse el entendimento abstracto, su más eficaz promotor. Pero la verdad es que la sociedad capitalista propiamente dicha no existió hasta que, como resultado de un largo proceso histórico en el desarrollo de las fuerzas productivas, motivado por una serie de transformaciones en el régimen de producción y comercialización nunca antes visto hasta entonces, tuvo lugar la llamada “acumulación originaria de capital”. A partir de entonces, dejó de ser una determinación más, entre muchas otras determinaciones sociales, para imponerse históricamente como forma de vida, como modo de ser, hacer y pensar. Y sólo a partir de entonces, cada determinación social se le hizo dependiente, como los astros que giran al rededor del sol.

    El ejemplo del modo como se fue fraguando históricamente la sociedad capitalista, cabe perfectamente para explicar la característica esencial que existe entre el negocio del narco-tráfico en general y la consolidación de la narco-tiranía enquistada en Venezuela. Es verdad que siempre han existido tiranías y que casi todas -por no decir que todas- han sido complacientes con la producción, distribución y comercialización de narcóticos, desde los tiempos imperiales del opio hasta los actuales carteles de la cocaína y sus derivados, desde los grandes despotismos orientales del pasado hasta las dictaduras latinoamericanas del siglo XX. Se sabe, por ejemplo, que Fulgencio Batista se hizo socio de Charles “Lucky” Luciano y que convirtió a Cuba en el cuartel general de una de las más poderosas e influyentes corporaciones de la droga durante el pasado siglo. Se afirma lo propio de las llamadas dictaduras del Cono-Sur y, por supuesto, del papel estelar cumplido por Manuel Antonio Noriega, quien hizo de Panamá un puente de referencia mundial para el tránsito de drogas. Tampoco es un secreto que ciertos gobiernos democráticos de la región, es decir, electos por votación popular, fueron señalados en su momento como cómplices directos del narcotráfico, como en los casos de Colombia, Perú y México. Pero todos estos casos, históricamente comprobables, muestran una diferencia fundamental con respecto a lo que viene sucediendo con la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela.

    En la Venezuela del régimen chavista, el negocio de la droga dejó de ser un negocio más entre otros para imponerse, históricamente, como una forma de vida, un modo de ser, hacer y pensar. Y a partir de entonces, cada determinación social se le ha hecho dependiente, de nuevo, como los astros que giran al rededor del cartel de los soles. Sin proponérselo, Fulgencio Batista fue un maestro para Fidel Castro, pero con una importante distinción: esta vez, no se trataba de obtener ingentes ganancias con el narco-tráfico, sino, además, de utilizarlo como un arma política, preisamente, contra el régimen capitalista mundial mediante la construcción de una red, de un gran cartel internacional, que agrupara a todos los enemigos de la llamada sociedad occidental. Castro, como si se tratara de un partido de futbol, intentó meter el “golazo” una y otra vez, hasta que, convertido ya en un anciano, encontró en Chávez -a quien hizo su discípulo- su “goleador” estelar. El mecanismo empleado fue el Foro de Sao Paulo, el cartel de los carteles. Por primer vez, cultivo, producción, comercialización, distribuición y tráfico fueron ensambladas como una gran cadena de montaje. Por primera vez, la droga se transformaba en el medio para el fin. No se trataba tan solo de un jugoso negocio, sino de la chiave di volta que, “más temprano que tarde” terminaría socavando las bases mismas de la sociedad capitalista moderna, intoxicándola. Así, pues, parafraseándo una popular consigna entre los estudiantes de los años '70 y '80, “entre droga y revolución no hay contradicción”. La política “revolucionaria” y “anti- imperialista” encontró en el narco-tráfico su mejor sustento y su programa de acción. Su teoría y su praxis.

    Muerto Chávez -y más tarde Fidel-, Maduro y Cabello continuaron “el legado”. Y a pesar de los reveses, la narco-tiranía prosigue engañando al mundo. Las capuchas de otros tiempos sirven hoy para encubrir los verdaderos objetivos. Los reales victimarios se muestran ante el mundo como las víctimas. Algunos los perciben con ingenuo candor. Desconocen la “picardía” del Caribe. Otros, simplemente, fingen y esquivan la mirada. Muchos son cómplices. Las cosas se invierten con harta frecuencia. Marx afirmó que la religión es el opio de los pueblos. Hoy por hoy, las drogas son la religión de los pueblos. El bucle ha concrecido y se cierra. Entre tanto, un país, secuestrado y abatido, mengua con los días, mientras la seguridad del mundo libre se ve cada vez más amenazada.

    Por José Rafael Herrera / @Jrherreraucv

    ¿Qué es el género?. Resumen

    El genero de las hormigas


    Comencemos definiendo lo que es género según dos acepciones.

    1. Conjunto de personas o cosas que tienen características generales comunes. "las mujeres, los varones, los pumas, los coches".

    2. Manera de ser una cosa que la hace distinta a otras de la misma clase (grupo de elementos con características comunes) "ese género de rock me gusta más que el tango". La clase es música.

    Si utilizamos la primera definición géneros podrían ser muchos , en mi caso hombre, blanco, medico, sudamenricano, soltero, rockero , alérgico , etc . Como solo se habla de sexos se esta usando la siguiente definición : En el lenguaje castellano, existen tres tipos de géneros, “Masculino” “Femenino” y “Neutro”. Es decir que el genero sexual pertenece a la clase del lenguaje. Ya iniciamos mal .Definimos el genero sexual por el genero del lenguaje. Si se usara la primera definición el asunto estaría solucionado aunque nunca escuche coches, casas como géneros.

    De inicio son pocas cosas atribuibles a los géneros y justamente el comportamiento sexual humano vino a caer ahí. Tal vez si a neutro lo cambiamos por abierto queda el asunto zanjado ya que dentro de esa palabra entran el resto de las opciones que sin orden de precedencia podría ser A, F, M o A, M, F . Convengamos que lo abierto es mejor que lo cerrado . Y todos contentos. Pero hemos seguido con M, F y N. Porfiados. ¿Y el resto? Son etiquetas. Nos han pegado etiquetas toda la vida, a quien no. De algunas puedes despegarte fácilmente, de otras no. En cuanto te ven o ves a otro te clasifican o lo clasificas dentro de conceptos que hemos aprendido. Aprendimos que esto que esta viendo es una pantalla y es lo que esperas encontrar cada vez enciendes tu computadora. También aprendimos que un hombre vestido así o asa es pobre y otro vestido así o asa tiene un buen nivel de ingresos , etc. Esto es una W (doble v) y también es la marca de un coche pero nadie cuando la ve en un texto va a pensar en la marca de coche ya que no es el contexto adecuado. Lo mismo pasa con las personas, les ponemos etiquetas y cuanto más generales y extendidas son , mas validas. Y siempre esperamos encontrar un comportamiento determinado dentro de un contexto también determinado. Pero no dejan de ser etiquetas para identificar comportamientos. Y eso es ser hombre, mujer, gay, bisexual, joven, maduro, etc ..

    Los conservadores se oponen a la política de genero argumentando que en la naturaleza solo existen 2 sexos. Es no entender lo que es la naturaleza. "La abeja reina" no sabe que es "la" , que es "abeja" y menos aún que es "reina" que entra dentro de lo político y dentro de la monarquía. Se clasificaron las especies tal cual clasificaban el comportamiento de los seres humanos : la hormiga obrera, exploradora, zángano, reina, etc . No existe tal cosa en la naturaleza. Es más, otro enfoque puede ver a un hormiguero o colmena como un ser único del cual cada individuo cumple una función. Desde este punto de vista la idea de hormiga como ser único no es valida por que como ser único muere enseguida (a diferencia del hombre que puede trascender incluso sin procrear). La hormiga es el hormiguero y el hormiguero no tiene sexo . El hormiguero se ocupa de que la especie o clase hormiga siga viva y para eso sus instancias u hormigas, individuos si tienen una sub-característica llamada sexo. El sexo es una característica que asignamos a cada ser de una especie a los efectos de clasificar su rol en la reproducción . Fue una decisión humana, no es natural. ¿Podemos quitar el genero? Si, si lo vemos solo como una etiqueta. De hecho hoy hay mujeres que cumplen el rol tradicional del varón (obtener ingresos para mantener el hogar) y varones que cumplen el rol tradicional de las mujeres (cuidar a los niños) pero puede ir mucho mas allá , ser absolutamente iguales o distintos. Ser como se nos antoje cada día.

    Ir mas allá del LGTBIQ que parece no parar de agregar letras. Y no pierdo de referencia que los colectivos LGTBIQ hacen visible una situación de discriminación y maltrato que especialmente en Latinoamérica , implican miles y miles de denuncias de maltrato, violación, asesinatos y vulneración de derechos básicos, falta de libertad de expresión , falta de trabajo que muchas veces obligan a reprimir o esconder una simple orientación sexual . Por lo que investigue yo que me creía heterosexual resulta que soy querr. Lo cual a priori me genera curiosidad y a la vez un sentido de pertenencia o de rechazo por que encasillaron mi comportamiento en una etiqueta que yo desconocía y que no considero necesaria. Imaginemos que se libera todo. cada cual se asigna el sexo y genero que sea. Habrían tantos sexos como personas , es que si es por la práctica sexual de cada uno tal vez seria lo lógico. Somos todos muy distintos en la cama. ¿No extrañaríamos cierto orden? ¿No es una manera de organizarnos ? Si el estado no pone las etiquetas otros las pondrán pero etiquetas siempre va a haber. Con la división en múltiples géneros el mercado gana y Facebook lo tiene mas claro que nadie y hace pocos años largo la posibilidad de definirse dentro de 50 tipos de orientaciones sexuales (con apoyo “cientifico” ¿Que no lo tiene?) . Algunas orientaciones se superponen con otras o son ridículas. La idea es dividir a la gente, agruparla alrededor de su orientación sexual creando un nicho de mercado para venderles algo. Ya que es mas fácil venderle a un grupo reducido e identificado con algo que a personas diferentes en todo. El las marchas de los colectivos LGTBIQ se ve mucho color , maquillaje, fetiches, vestimenta todo muy amplificado como para diferenciarse de lo heterosexual donde también hay color, etc pero es más tradicional. Esa diversidad de color se pretende mostrar como libertad, será posible que hayamos reducido la libertad a vestirse como a uno se le antoja pero bueno algo es algo. Pero si realizamos una fiesta o desfile LGTBIQHCM (con h de heterosexual) y a la hora del brindis final quitamos todo ese color o aún más fácil si apagamos la luz ¿Qué queda? Piel y pensamiento, (invitare a los ciegos y mudos). Habrá manera más distinta de vivir la sexualidad que siendo ciego. Sin embargo nadie los registra, encima que no ven, nosotros no los vemos a ellos. Esa etiqueta no aparece en ningún lado. ¿Será por que no hay nada para venderles? El problema es que si te quitas una etiqueta te quedaran otras que no te podrás quitar o incluso que los sufrirás mas: pobre, gorda, indocumentada, indígena, viejo, etc . Liberarnos de un genero no nos hace mejor persona ya que vamos a seguir aplicando nuestros prejuicios ante otros géneros y etiquetas pegadas a personas que no sean como nosotros. Pero invita a la reflexión sobre el tema de fondo que cruza toda la vida humana que es la discriminación.

    Pechi es viejo, gay, indígena , varón, feo, con educación básica y pobre pero llegó al mundo ideal donde todos somos libres y hay una app que le permite cambiar todas la etiquetas sin tener que ir al registro civil ni nada engorroso. Y feliz va a cambiar su genero y etiquetas. Haces todo desde su móvil. Contento comienza cambiando su nombre Antoni clic joven clic X8 (una subcategoría de sexo especifica y personalizada) clic Maya clic bonito clic doctor clic rico , aparece el mensaje "error intente nuevamente" , selecciona "no pobre" clic "error try again" clic "GAME OVER" .

    Artículo enviado por Javier Pereira de Filosofia.lat

    Hay tantas clases de afectos como clases de objetos.

    Baruch de Espinosa.

    PROPOSICIÓN LVI

    Hay tantas clases de alegría, tristeza y deseo y, consiguiente­mente, hay tantas clases de cada afecto compuesto de ellos —como la fluctuación del ánimo-, o derivado de ellos —amor, odio, esperanza, miedo, etc. —, como clases de objetos que nos afectan.


    Demostración: La alegría y la tristeza y, consiguientemen­te, los afectos que se componen de ellas, o que de ellas derivan, son pasiones (por el Escolio de la Proposición 11 de esta Parte); ahora bien, nosotros padecemos necesariamente (por la Pro­posición 1 de esta Parte) en cuanto que tenemos ideas inade­cuadas, y sólo en la medida en que las tenemos; esto es (ver Escolio de la Proposición 40 de la Parte II), sólo padecemos necesariamente en la medida en que forjamos imaginaciones, o sea (ver Proposición 17 de la Parte II, con su Escolio), en cuanto que experimentamos un afecto que implica la naturaleza de nuestro cuerpo y la naturaleza de un cuerpo exterior. Así pues, la naturaleza de cada pasión debe ser explicada necesariamente de tal modo que resulte expresada la naturaleza del objeto por el que somos afectados. Y así, la alegría que surge, por ejemplo, del objeto A, implica la naturaleza de ese objeto A, y la alegría que surge del objeto B implica la naturaleza de ese objeto B; y así, esos dos afectos de alegría son por naturaleza distintos, porque surgen a partir de causas de distinta naturaleza. Así también, el afecto de tristeza que brota de un objeto es distinto, por naturaleza, de la tristeza que brota de otra causa, y debe entenderse lo mismo del amor, el odio, la esperanza, el miedo, la fluctuación del ánimo, etc. Por ende, se dan necesariamente tantas clases de alegría, tristeza, amor, odio, etc., cuantas clases hay de objetos que nos afectan. Por lo que toca al deseo, éste es la esencia o naturaleza misma de cada cual, en cuanto se la concibe como determinada a obrar al­go en virtud de una constitución cualquiera dada, que cada uno posee (ver el Escolio de la Proposición 9 de esta Par­te). Por consiguiente, según es afectado cada uno, en virtud de causas exteriores, por tal o cual clase de alegría, tristeza, amor, odio, etc., es decir, según su naturaleza está cons­tituida de esta o aquella manera, así su deseo será de una manera o de otra, y la naturaleza de un deseo diferirá necesariamente de la naturaleza de otro, tanto como difie­ren entre sí los afectos de que surgen cada uno de esos deseos. Así pues, hay tantas clases de deseo cuantas clases hay de alegría, tristeza, amor, etc., y, consiguientemente (por lo ahora mostrado), cuantas clases hay de objetos que nos afectan. Q.E.D.

    Escolio: Entre las clases de afectos, que tienen que ser muy numerosos, destacan la gula, la embriaguez, la lujuria, la avaricia y la ambición, que no son sino denominaciones del amor o el deseo, y que desarrollan la naturaleza de uno y otro afecto según los objetos a que se refieren. Pues por gula, embriaguez, lujuria, avaricia y ambi­ción no entendemos sino el inmoderado amor o deseo de comer, de beber, de copular, de riquezas o de gloria. Además, estos afectos, en cuanto los distinguimos de otros por el solo objeto a que se refieren, no tienen contrarios. Pues la templan­za, la sobriedad y la castidad —que solemos oponer a la gula, la embriaguez y la lujuria— no son afectos, o pasiones, sino que significan la potencia del ánimo, que modera esos afectos. Por lo demás, no puedo explicar aquí las restantes clases de afectos (ya que son tantas como clases de objetos), ni, aunque pudiera, sería necesario. Pues para nuestro propósito, que es el de determinar la fuerza de los afectos y la potencia del alma sobre ellos, nos basta con tener una definición general de cada afecto. Es decir: nos basta con entender las propiedades comunes de los afectos y del alma, al objeto de poder determinar cuál y cuánta es la potencia del alma para moderar y reprimir los afectos. Y así, aunque haya gran diferencia entre tal y cual afecto de amor, de odio o de deseo —por ejemplo, entre el amor a los hijos y el amor a la esposa— no nos es preciso, sin embargo, conocer esas diferencias, ni indagar más profundamente la naturaleza y el origen de los afectos.

    PROPOSICIÓN LVII

    Un afecto cualquiera de un individuo difiere del afecto de otro, tanto cuanto difiere la esencia del uno de la esencia del otro.

    Demostración: Esta Proposición es evidente por el Axioma 1 de la Parte II. Con todo, la demostraremos a partir de las definiciones de los tres afectos primitivos.

    Todos los afectos se remiten al deseo, la alegría o la tristeza, según patentizan las definiciones que hemos dado de ellos. Ahora bien, el deseo es la misma naturaleza o esencia de cada cual (ver su definición en el Escolio de la Proposición 9 de esta Parte); luego el deseo de cada individuo difiere del deseo de otro tanto cuanto difiere la naturaleza o esencia del uno de la esencia del otro. La alegría y la tristeza, por su parte, son pasiones que aumentan o disminuyen, favorecen o reprimen la potencia de cada cual, o sea, el esfuerzo por perseverar en su ser (por la Proposición 11 de esta Parte y su Escolio). Ahora bien, entendemos por «esfuerzo por perseverar en su ser», en cuanto se refiere a la vez al alma y al cuerpo, el apetito y el deseo; por consiguiente, la alegría y la tristeza es el deseo mismo, o el apetito, en cuanto aumentado o disminuido, favorecido o re­primido por causas exteriores; es decir: es la naturaleza misma de cada uno. Y de esta suerte, la alegría o la tristeza de cada cual difiere de la alegría o tristeza de otro, tanto cuanto difiere la naturaleza o esencia del uno de la esencia del otro, y, consiguientemente, un afecto cualquiera de un individuo difiere del afecto de otro tanto cuanto, etc. Q.E.D.
    Escolio: De aquí se sigue que los afectos de los animales que son llamados irracionales (supuesto que no podemos en absoluto dudar de que los animales sientan, una vez que conocemos el origen del alma), difieren de los afectos huma­nos tanto cuanto difiere su naturaleza de la naturaleza huma­na. Tanto el caballo como el hombre son, sin duda, impelidos a procrear por la lujuria, pero uno por una lujuria equina y el otro por una lujuria humana. De igual manera, las lujurias y apetitos de los insectos, los peces y las aves deben ser distintas. Y así, aunque cada individuo viva contento de su naturaleza tal y como está constituida, y se complazca en ella, con todo, esa vida de la que cada cual está contento y en la que se complace no es otra cosa que la idea o el alma de ese mismo individuo, y, por tanto, la complacencia de uno difiere de la complacencia de otro, tanto cuanto difieren sus esencias respectivas. Se sigue, en fin, de la Proposición anterior, que tampoco hay pequeña distancia entre el gozo que domina a un ebrio y el gozo de que es dueño un filósofo, lo que he querido advertir aquí de pasada.

    Los demonios sueltos.

    Representación de demonios y fantasmas en Latinoamérica.


    El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Después de que terminara la guerra de Independencia, el país, ya dividido de “Colombia la Grande”, perdió cien años de historia. Siempre es bueno recordar la asombrosa vigencia de la conocida carta escrita por Bolívar, al final de sus días, a Juan José Flores, del 9 de noviembre de 1830: “He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”. Bolívar resume, con extraordinaria precisión, lo que por más de cien años –con contadas excepciones– ha caracterizado a Venezuela y, en no poca medida, a la América Latina.

    Las luchas intestinas entre “conservadores” y “liberales” en Venezuela son, más o menos, similares a las del resto de Latinoamérica. Todas comportan una escisión de origen que pocas veces ha logrado cicatrizarse para, en un relativamente corto tiempo, volver a abrirse y sangrar. Se trata de la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras a las que Hegel define como “señorío y servidumbre” o la “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos incompatibles, opuestos entre sí, que, no obstante, son interdependientes y, en última instancia, idénticos, en la medida en la cual se determinan recíprocamente. Los unos son elitistas, los otros populistas. Los primeros dicen defender a Dios, la familia y la propiedad. Los segundos a la historia, la prole y la justicia social. Son la razón de los monstruos y los monstruos de la razón.

    Cuando uno de los extremos pierde sus privilegios y es conducido a la ruina, asume el papel del revolucionario liberal, en nombre de los desposeídos. Pero una vez que retoma el poder y consolida su triunfo asume cabalmente el lugar del otro. Este drama continuado de “tiranuelos de turno” ha terminado arruinando al país, hasta conducirlo, como advertía Bolívar, al “caos primitivo”. Juan Vicente Gómez, un campesino zamarro de los Andes venezolanos, puso fin al combate a través del ejercicio del terror durante 27 años, desde 1908 hasta 1935.

    A sangre y fuego, el dictador extinguió la llamarada de los constantes alzamientos de los caudillos regionales a lo largo y ancho del país. La creación de un ejército profesional y la construcción de carreteras por casi todo el territorio tuvieron ese propósito. Pero con ello, acaso sin proponérselo, terminó unificando la nación y fraguando los fundamentos del Estado moderno en Venezuela. Es un ejemplo impecable de la astucia de la razón. Gómez ató con la fuerza del tirano a los demonios del desgarramiento y los mantuvo bien amarrados, por lo menos, hasta después de su muerte.

    Solo hasta el 18 de Octubre de 1945, con el golpe militar contra Medina Angarita, el otro extremo pudo reagruparse y recuperar sus fuerzas para rearmarse. Pero pronto las fuerzas conservatistas le asestarían un nuevo golpe, que las mantuvo fuera de combate hasta 1959, época de la caída de la dictadura de Pérez Jimenez.

    Fue durante la presidencia de Rómulo Betancourt –y luego la de Raúl Leoni– que se logró amarrar, una vez más, a los demonios del extremismo. Durante sus primeros años en el poder, Betancourt debió enfrentar la contraofensiva militarista y conservadora hasta reducirla a su mínima expresión. Más tarde, debió enfrentar a la llamada “guerra de guerrillas” de la extrema izquierda, a la que también logró desarticular y reducir. Betancourt, ideólogo del Pacto de Puntofijo –un acuerdo consensuado entre los más representativos sectores democráticos del país–, había neutralizado a los extremos en pugna y estabilizado el naciente régimen democrático. Él fue, sin lugar a dudas, el más importante político venezolano de todo el siglo XX. Coerción y consenso a un tiempo. Solo después de la hazaña democrática liderada por Betancourt el país prosperó progresiva y sostenidamente y pudo entrar al siglo XX. Venezuela tuvo cuarenta años de estabilidad política y de crecimiento económico y social. Hasta que Chávez desatara –una vez más– los demonios decimonónicos.

    Los extremos se tocan, y Chávez hizo que se tocaran, aprovechándose del creciente descontento general de la población y de la desconfianza en las instituciones democráticas. Descontento y desconfianza, por demás, sembradas a través de poderosos e influyentes medios de comunicación, en manos de sectores interesados en sacar provecho. Sectores conservatistas que, en esta oportunidad, cerraron filas del lado de la extrema izquierda en contra del sistema democrático. Los extremos devienen, no son puntos fijos, inamovibles. Más bien, y de acuerdo con sus intereses, son camaleónicos, miméticos. Ahora los nuevos aliados marchaban juntos y reconocían sus coincidencias. Esa fue la función de los llamados “notables”: la de tender los puentes necesarios para que derecha e izquierda extremas se fusionaran por primera vez en la historia del país y se consolidaran en un mismo polo –el “polo patriótico”–, a objeto de hacer desaparecer de la faz de la tierra el sistema democrático representativo fundado por Betancourt. Y así se hizo.

    Hasta que, en el año 2002, Chávez comenzó a manifestar diferencias de fondo con la vieja godarria, al tiempo que se acercaba, cada vez más, a Fidel y al cartel del Foro de Sao Paulo. Después del golpe de Estado del 11 de Abril, rompió los compromisos adquiridos con la derecha histórica para instaurar un régimen dictatorial de extrema izquierda, esta vez bajo la capucha de las apariencias democráticas. En realidad, un cartel al servicio del narcotráfico y del terrorismo internacionales, que ha terminado colmando de miserias, corrupción, saqueo del erario público, violencia sin fin y la más brutal de las represiones.

    Con Chávez el país regresó a los peores días del caos primitivo del siglo XIX. Bajando por la espiral de la historia viquiana, Venezuela ha pasado nuevamente de la modernidad a la premodernidad. La tarea que sigue es inevitablemente ardua y pasa por la reconstrucción de su tejido civil, en el cual la educación estética tendrá que ocupar un lugar preponderante.

    Son tiempos de demonios sueltos, tiempos de oscuridad, tiempos tenebrosos. Grises, al decir de Maquiavelo. De semejante experiencia histórica conviene salir lo más pronto. Lo que está en juego no solo es el bienestar y desarrollo latinoamericano sino la seguridad y la estabilidad de toda la civilización occidental en su conjunto. El narcochavismo es la reivindicación de la barbarie, la vuelta al estado de naturaleza, la violencia y el salvajismo como modo de vida. Similar a la formación de las mafias, el movimiento formado a pulso por los Castro y enquistado en Venezuela representa al cartel de los antivalores occidentales. Los demonios siguen sueltos. El gang de los soles es el cartel de la muerte.

    Patafísica: Imaginación como medio de resistencia.




    Explicar lo inacotabe, esa es mi misión. Hace cosa de un par de meses estaba viendo por la tele “La espuma de los días” de Michel Gondry, cuando de repente me vino un flashback. Esa escena ya la había visto antes en mi imaginación, pero ¿Dónde?, ¿Cuándo? Pues unos 8 años atras leyendo a Boris Vian. A partir de ahí recordé con cariño lo mucho que me gusta este escritor y revisé por curiosidad su bibliografía en Internet. Fue entonces cuando me topé con la palabra patafísica.
    Quise entender este llamativo mundo que no se puede pasar por el filtro de la razón, simplemente sentir su espíritu, quise captar la ‘patafisica. ¡Vamos a ello! Veremos una panorámica del tema que me ha apasionado estos últimos meses, pero no esperéis definiciones de diccionario sino más bien unas ganas contagiosas de poder ver la realidad a través de unas gafas patafíficas. ¡Cuidado, es adictiva!
    Para aterrizar y ponernos un poco en contexto hemos de saber que el padre de la ‘patafísica es Alfred Jarry, nacido en Laval (norte de Francia) el 8 de Septiembre de 1873, siendo este negro día el primero del calendario patafísico (ojo que estos “pirados” tienen su propio calendario y todo). Jarry fue un escritor prolifero teniendo en cuenta su corta vida, dedicándose a la novela, la poesía y el teatro. Famosas son sus divertidísimas obras y su estilo de vida poco convencional.
    Como dice un personaje de Jarry, el Dr. Faustrol, “La ‘patafisica es la ciencia de los casos particulares y las soluciones imaginarias”, es decir, donde lo importante es la unicidad individual nunca la mera estadística. Es una ciencia vinculada con el Surrealismo y que resurge con fuerza gracias a las rebeldes ansias de libertad de las vanguardias. Sus armas, entre otras, son la ironía, la paradoja y el buen uso del absurdo, y su principal enemigo es el racionalismo coartador de la sociedad industrial. Perfectamente aplicable a la sociedad tecnológica e insensibilizadora de hoy en día.
    La ironía aparece como medio combativo contra el poder opresor. Para muestra el Rey Ubú, personaje creado por Jarry brutamente satírico y en contra de los autoritarismos. De este personaje surge la espiral (llamada Gidouille) como símbolo de la corriente cultural, que nace de la representación del ombligo de Ubú Rey, considerado este el centro del mundo. Como veis todo muy criticón y disparatado (como a mi me gusta).
    La ‘patafísica es una ciencia revolucionaria, que nace como oposición a las ciencias exactas o técnicas que según Jarry ya se preparaban para convertir al ser humano en un esclavo reductible de la tecnocracia. Imagino que al denominar ciencia a la ‘patafísica, más de [email protected] se estará tirando de los pelos. No olvidemos que tal y como dice Kuhn, la ciencia se ve enmarcada en su paradigma, el cual existe gracias a la aprobación de la comunidad científica. Pues lo mismito sucede con la ‘patafisica, ésta existe gracias a que [email protected][email protected] se rigen por sus creencias. Ahora bien, ¿Cuáles son estas creencias? La respuesta es algo compleja y divertida ya que hablamos de ‘patafísica y no de lógica formal.
    Otra torta en la cara para [email protected] puristas, es que la ‘patafísica posee una etimología griega con origen filosófico. La metafísica se extiende más allá de la física, tanto como la ‘patafísica se extiende más allá de la metafísica. Aquí nos hemos topado con un epifenómeno (lo que se añade a un fenómeno, lo que está encima de un fenómeno) ya que la‘patafísica se añade, está encima, se extiende más allá de la metafísica. Aunque solo se trate de un epifenómeno el relacionar a Aristóteles con toda esta movida debe remover algún estomago.

    Ahora ya más [email protected] o [email protected] según se mire, vamos a hurgar más en la herida, vamos a sumergirnos un poquito más en como resurge y se desenvuelve la maravilla ‘patafafísica. Su meta es preservar por lo menos la autonomía de pensamiento y su máxima, la libertad (algo esencial antes y ahora). Para lograr dicha resistencia (en el mundo industrial pero también en el actualmente tecnológico) y no acabar con el cerebro de una ameba, es necesaria la deconstrucción y es aquí donde la ‘patafísica se nos presenta como un elemento de resistencia en la vida cotidiana. Ahí es nada, la imaginación poderosa contra la alienación. ¿Cómo es posible que no hayan hordas de personas en esta sintonía? La respuesta es que en el colectivo ‘patafísico no se rechaza a nadie, pero desde luego no son testigos de jehová que van a picarte a la puerta para comerte la olla y ganar adeptos a cualquier precio. [email protected] patafí[email protected] están al margen de fanatismos y lavados de cerebro sistemáticos.
    Como he dicho la ‘patafísica nace gracias a Jarry y resurge con las vanguardias después de la primera Guerra Mundial. Jarry está considerado uno de los primeros antecesores del Dadá y el Surrealismo, sin olvidar que de este último bebe el situacionismo. Por ejemploDuchampMiróDubuffetMax ErnstBaj, no solo eran artistas sinó que también eran ‘patafísicos, al igual que mis adorados hermanos Marx,CortazarBorges o el español Fernando Arrabal. ¿Vais pillando el rollo? Es un prisma que atraviesa décadas y disciplinas, un salvavidas creativo que ayuda a continuar siendo algo más que una masa acrítica.
    Gracias a este conglomerado de artistas vanguardistas y surrealistas la ‘patafísica volvió a florecer, junto con el testigo rompedor basado en el absurdo que nos dejó la obra de Jarry. Por ello surgieron y siguen existiendo colegios patafísicos que se preocupan de avivar la llama de este legado aun candente. El primero surge como homenaje a Jarry, un grupo de fans fundan el Colegio de ‘Patafísica el 11 de mayo de 1948 en Francia, el 22 de Palotin 75, según el calendario patafísico. Sí si como lo leéis, hay colegios y calendarios propios, esto no es poca cosa.
    Estos colegios están organizados de la forma más ‘patafísica posible, con unas comisiones y subcomisiones de lo más imaginativas. Por ejemplo La Comisión de los SucedáneosLa Comisión de la Precedencias, la Sub-Comisión de las Moralidades Sobreentendidas (esta me mola), la Sub-Comisión de los Disparates I y II… A medida que leía sobre esta organización me preguntaba que papel podrían desarrollar mis [email protected] o yo misma en este universo tan particular. [email protected] [email protected] estría en la Sub-Comisión de los Espíritus (se ocupa de la bebidas espirituosas, es decir, con alcohol), un conocido que es actor formaría parte de la Sub-Comisión de la Cantonada (lugar de [email protected] artes escénicas). [email protected] [email protected] también tienen lugar en la Sub-Comisión de los monumentos ahistóricos. Yo como persona cercana al T.O.C. quizás me vea en la Sub-Comisión de los Dianyses, donde se encargan de acabar los trabajos inacabados e incluso los ya terminados. Pura Fantasía.

    Como veis la ‘patafísica da para esto y mucho más. Es un universo rico, loco y curioso, con cierto magnetismo diría yo. Aquí solo os expongo un bocadito, un aperitivo con intención de abrir boca y comer más. Para mí ha supuesto una mirilla a un mundo de deconstrucción que puedo y debo trasladar a mi día a día. Me ha servido para revalorizar algo que ya me venía fascinando como es el absurdo y para conocer más sobre las vanguardias y su espíritu libertario

    Palabra y poder



    Bien mirado, el fenómeno humano de la conversación resulta asombroso. Su riqueza simbólica va más allá del mero significado de los mensajes expresados: el propio acto de conversar está lleno de sentidos y convenciones, es una interacción, quizá la interacción social por excelencia.

    En las pláticas se juegan, por ejemplo, complejos tanteos de poder. Cuando se están intercambiando confidencias, cada intimidad que se revela al otro es una porción de poder que se le entrega. De ahí que, inversamente, atrincherarse en el secreto constituya un intento de resguardar el propio poder: un poder, en definitiva, que se nos hace triste, pues se construye desde lo negativo lo que se niega al otro en conocimiento mío, lo que me niego a mí mismo en posibilidad de compartir, que se crece recluyendo al sujeto y perjudicando su afán de sociabilidad; pero un poder al fin, que nos hace sentir más seguros y menos expuestos. La complicidad, por el contrario, se teje con la confidencia, que es un riesgo y por tanto una demostración de confianza (o una fundación de esa confianza, puesto que la confianza cobra entidad precisamente en el momento en que alguien se arriesga a poner en manos de otro algo que el otro puede usar en contra suya).
    He conocido gente tan abierta a aceptar confidencias, como cerrada a la hora de ofrecer las propias. Yo mismo tiendo a escuchar más que a explicar. Es cierto que parto de la convicción de que al otro no van a interesarle mis asuntos, pero debo reconocer que ha habido siempre en esa negación un sutil ejercicio de poder, un reducto de reticencia. El mero hecho de hablar implica una cierta vulnerabilidad; callar es una resistencia a esa vulnerabilidad, un modo de mantenerse acorazado. Ese es el poder del silencio.

    Ese poder nos priva de su contrario, el poder de la palabra. Hablar reafirma, marca el territorio, se abre paso entre los otros al captar su atención. El silencio es solitario, acaba en sí mismo, en su penumbra siempre un poco melancólica; la palabra crea vínculos, va y viene, es un alegre compartir.
    Cierto que hay quien abusa del poder expansivo de la palabra, y lo aprovecha para acaparar el espacio con su verborrea. Son los que hablan y hablan compulsivamente, ocupando todo el espacio y sin dar apenas opción a la baza de los otros. Son vampiros de atención y de tiempo. Cabe preguntarse: ¿les sacia alguna vez su palabrería? No, puesto que insisten en ella. Utilizan sus palabras como quincalla, que lanzan al oído del vecino, viniéndole a decir: “Me importa un bledo que te importe un bledo lo que digo; me importa un bledo que estés perdiendo el tiempo, que te veas sometido a mi capricho; lo único que me importa es que te tengo subyugado, estás atrapado en mi telaraña de palabras; mientras hable no puedes escapar; mientras hable soy yo quien tiene el protagonismo, quien ocupa el espacio común, quien devora el tiempo común”. En el fondo, estos también están solos.  
    El que no sabe escuchar no sabe compartir, porque el compartir está hecho de intercambio. El que no sabe escuchar, en el fondo, no se siente escuchado; no se siente visto; no se siente confirmado en su existencia ni en su dignidad. ¿Será que le aterroriza la perspectiva del aislamiento, que equivale a la inexistencia social? Dar y recibir es un complejo y necesario equilibrio, que le está vedado a quien necesita crear ilusiones de poder mediante el silencio o mediante la verborrea: dos maneras de ausentarse, de no llegar al fondo, de no dejar que la relación vaya muy lejos; de negarse la necesaria ilusión de haber sido visto, de existir, de disfrutar de un poder auténtico: el poder que solo da el amor, es decir, el intercambio.

    Tenemos, pues, un pulso de palabras y silencios. Pero en las conversaciones, como en cualquier encuentro humano, hay en juego otros poderes y otras pugnas, de hecho más obvias. Por ejemplo, el esfuerzo por convencer y el enfrentamiento directo en forma de discusión, que no siempre son lo mismo.
    Cuando una persona se dirige a otra siempre hay una intención, una meta, un intento de lograr alguna cosa. De ahí que la persuasión sea uno de los poderes más evidentes que se juegan en la arena de las palabras. Tengo una necesidad que pasa por el otro, y, si no puedo forzarle, tendré que convencerle para ponerlo a mi favor. El arte de la persuasión consiste, en definitiva, en plantear las cosas de tal manera que yo gane más que el otro sin que el otro se dé cuenta. Hay que arreglárselas para enfatizar su ganancia (o de minimizar su percepción de pérdida). Si no queda más remedio, siempre se puede recurrir a ofrecer algo, o apelar al aprecio o a la bondad. Estamos de nuevo en el terreno del intercambio, donde la habilidad reside en conseguir el máximo pagando el precio mínimo.
    El éxito de nuestra vida social consiste en buena parte en un dominio adecuado del arte de la persuasión. No es extraño que entre los griegos, como buenos comerciantes y amantes de la plática que eran, cobrara prestigio la figura del profesor de persuasión, que alcanzó la cumbre en los sofistas. Protágoras, por ejemplo, fue un sofista admirado al que muchos recurrieron, y cobraba buenas tarifas por su trabajo. Y el propio Aristóteles dictó un tratado sobre retórica que es a la vez una sagaz colección de reflexiones sobre psicología.

    ¿Y qué decir de esa versión de lucha que es la discusión? Nos referimos a ella en sentido amplio, como un enfrentamiento de pareceres divergentes, una pugna que puede desarrollarse con circunspecta elegancia de catedrático o con la tosquedad de una pelea a gritos y a insultos. La diferencia entre ellas no es tanta como pueda parecer: solo las separa la urbanidad. La educada esgrima de la ironía puede resultar a veces más punzante “¡Touché!” que un insulto el cual, al fin y al cabo, deja en bastante mal lugar a quien lo profiere.
     Aun cuando se proponga convencer, el verdadero objetivo de la disputa, como el de toda pelea, es vencer. Lo que queremos es tener razón, o al menos que lo parezca, y en esto se aprecia claramente que lo que está en juego es una forma de poder, que tiene que ver con el prestigio y con el amor propio. Por eso, en realidad no necesitamos que el otro cambie su punto de vista ni que nos dé la razón aunque ese sea el trofeo más sabroso que pueda llevarse un discutidor: nos basta con invalidar sus argumentos, con dejar comprometido su punto de vista, con haber agitado la duda en el plácido estanque de la convicción. Es más: en muchas ocasiones, los argumentos son lo de menos, lo que se intenta más bien es subyugar al otro de algún modo.
    No es extraño, pues, que la mayoría de las discusiones cotidianas acaben en tablas, y se interrumpan, cuando lo hacen, por puro agotamiento: a ninguno le importa si el otro tiene o no razón, lo que cuenta es, si no se logra hacer ceder al otro, no darle, al menos, la satisfacción de ceder nosotros. Si uno encara un pulso de poder como un intercambio de pareceres en busca de la verdad, se arriesga a acabar hundido en la desesperación o incendiado por la indignación, ambos resultados bastante perniciosos para la salud. Pocas discusiones sirven para aproximarse, pero a veces, milagrosamente, sucede, y entonces, cuando se vislumbra el dulce territorio del encuentro, uno comprende que es ahí donde reside el verdadero poder.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 04/05/2019