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Belial o el angel caído.

A la memoria de Yoli, mi hermana, víctima de la adversidad del tiempo y de la tristeza, esa pasión del alma hacia una menor perfección.

José Rafael Herrera / @jrherreraucv 

Puede que un angel material

Un ángel caído es aquel que ha sido expulsado del Edén por el hecho de haberse rebelado ante el poder de Dios. La decisión de enfrentarse al todopoderoso, el haber asumido la abierta determinación de oponérsele e intentar derrocarlo, lo ha transformado en un otro. Ya no es más Azael, el daimón brillante, portador de la luz celestial. Ahora ha pasado, desde las entrañas de la elevada figura del sumbalein (la unidad) a la del diabelein (la diferencia) y ha caído en las profundidades infernales de la tierra. Ahora es un Satán (“el que se opone”), el adversario acusador, el daimón caído, Belial o “el de las ganancias corruptas”, señor de la arrogancia y el orgullo.

Secular, reformada o contrarreformada, la fe religiosa parece haber cumplido un nuevo ciclo histórico. Fin de ciclo que acerca a los incautos a los totalitarismos religiosos orientales. Si las sociedades padecen de ricorsi y si la religión forma parte esencial de las sociedades, entonces la religión ha entrado, junto con el ser social, en un período de decadencia. Nadie podrá dudar que la fe, en el pórtico de este nuevo milenio, se encuentra inmersa en una profunda crisis. Espejo, proiectio especular, hecha a imagen y semejanza del mundo, ella es, como afirmaba Kant, sustancialmente conciencia moral. Pero cuando los pueblos han perdido sus valores fundamentales, la corrupción se apodera de ellos y va calando hasta el fondo de sus huesos. La imagen se empaña y, poco a poco, deja de reconocerse en el rostro que la mira y es mirado. El ser sometido, subyugado al peso de la cruenta vida que él mismo se ha fraguado, de una parte. El deber ser en su sentenciosa, inmaculada e irrealizable “zona de confort”, de la otra. Todas las opciones están sobre la mesa, se dice, pero fuera de ella no son más que la confirmación de la impotencia del deber que no se cumple. Y a ver cómo lo resuelven: ¡vayan con Dios! Cuando una sociedad es capaz de poner en venta la ayuda humanitaria -la caridad, habría que decir- que con mucho esfuerzo es enviada para aliviar los pesares de los más necesitados, es porque la religión -esa sub especie de filosofía, propia de las grandes mayorías- ha llegado a perder su rumbo. Se simula lo que no se es y se disimula lo que se es. Para desenmascarar de una vez la hipocresía, hay que decirlo con todas sus letras: desde hace ya bastante tiempo -quizá demasiado- los negocios van muy por delante de los llamados “principios”, para regocijo de las llamadas “buenas conciencias”. Y, como advertía Spinoza en su momento, la “ley divina”, cuando se cumple, es a causa del temor, pero no por juicio propio, no por convicción ni, mucho menos, por amor dei. La coerción por encima del consenso. Oriente por encima de Occidente.

Desde que el entendimiento abstracto -eso que los deconstructivistas han designado inexactamente como la modernidad- concentró sus esfuerzos en poner y fijar los límites del conocimiento respecto de los fundamentos de la fe, enajenando así la necesaria adecuación de lo uno y de lo otro, al tiempo de propiciar el ambiente requerido para el robustecimiento de la positividad y el desgarramiento religioso, las bases fundacionales sobre las cuales se sustentaba la moralidad se fueron resquebrajando hasta su desmoronamiento definitivo, dejando el terreno baldío y libre para el surgimiento de los rituales ciegos y las liturgias vacías. Con Copérnico el planeta dejó de ser el centro inmóvil del universo, la casa en la que habitan las criaturas de Dios, para convertirse apenas en un punto más entre los infinitos mundos del universo infinito. Con Darwin la criatura misma, el ser humano, dejó de ser la hechura a imagen y semejana de Dios, para devenir descendiente de un primate. Con Freud la consciencia humana, el hipocentro de la moralidad, se transforma en, apenas, la grieta de un volcán por el que fluye el magma del inconsciente. Si Maquiavelo llega a definir la condición del actor político como la de un centauro -mitad hombre mitad bestia-, Freud hace implotar los límites de la moral de su tiempo para dar cabida al pecaminoso fluido de los instintos, hasta entonces, ocultos bajo la custodia de la fe positiva. Y así las sociedades comienzan, cada vez más, a abandonar la figura del “trabajar para vivir” por la del “vivir para trabajar” en nombre del progreso, lo que hace que la conquista del derecho natural de gentes gire, dé una vuelta -una caída- en dirección hacia la barbarie del estado de naturaleza. El ángel ha caído, y con él los bucles y las paradojas posmodernas.

No extraña que, en una sociedad que ha hecho de la religión una poderosa corporación -y en honor a la verdad- mucho más dedicada al más acá que al más allá, puedan existir prelados más interesados en proteger las cuentas de ciertos déspotas en sus poderosas instituciones financieras que voltear la mirada para contemplar las miserias y los sufrimientos de toda una población que busca desesperadamente un Aleluya por la libertad. En su Galileo, Bertolt Brecht pone en boca del Cardenal Belarmino, presidente del tribunal inquisidor en el juicio abierto contra el astrónomo y físico italiano: “Debemos movernos con los tiempos. Si las nuevas cartas estelares basadas en una nueva hipótesis ayudan a nuestros marineros a navegar, entonces debemos hacer uso de ellas. Pero desaprobamos tales doctrinas como contrarias a las Escrituras”. La doble moral no es, definitivamente, moral. El ya popular y cotidiano “ese es el deber ser” oculta la mayor de las hipocresías existentes de una sociedad que se esfuerza por ocultar el desgarramiento que ha sufrido su espíritu. Es la carta marcada para el siempre conveniente laisser faire del mediocre funcionario, del vivaracho que se aprovecha del ingenuo o del necesitado.

Lo cierto es que el religare, la acción de reunir, de ligar la ciudadanía en función del bien común, no es el fuerte de este menesteroso presente. Quien a estas alturas llegue a pensar en el carácter “metodológico” o “epistemológico” de la ética, no sólo demuestra su ignorancia, sino que se hace cómplice de las perversiones del entendimiento abstracto, con independencia de sus inclinaciones políticas e ideológicas. Ya Spinoza lo advertía: “La confianza y la desesperación nunca surgen, a menos que la esperanza y el miedo (de donde derivan su ser) los hayan precedido”.

Pensar el fascismo a través de la obra de Adorno

Obra de Adorno y fascismo

La tarea fundamental de la obra de Adorno es hacer un análisis tal de la personalidad en la que se descubre que el fascismo es un síndrome común de la masa que incentiva las tendencias antidemocráticas y autoritarias, basándose  de facto en el miedo y la sumisión pero que sin embargo está fundamentada por todo un arco ideológico que habla sobre nuestra propia personalidad estructural.
 La primera distinción hecha por Adorno, analizando así ¿qué hace al fascista? es la de separar el pensamiento político en relación a la Ideologia y a la necesidad fundamental del individuo. De este modo ideología y necesidad componen los polos de toda elección política, la primera subsiste en independencia de los individuos (antisemitismo) la segunda depende la de la situación social del sujeto. No es extraño en este sentido encontrarnos capítulos de surrealismo político y diversos síndromes auténticos de testarudez, en medio de necesarios y evidentes cambios sociales.
 El proceso por el que un individuo abraza el fascismo está estrechamente relacionado con la personalidad, por tanto es resultado del condicionamiento que se haya otorgado en la infancia (Freud) principalmente a través de la familia, y del ambiente global en el que esa personalidad se desarrolla (situación social, intereses privados, grupos sociales) . La personalidad es una realidad profunda que actúa como estructura interna del individuo, capaz de persistir en una determinada ideología aunque se encuentre en lucha con las demandas reales (contradicciones, manipulación). El cinismo es una realidad lingüística en el que la mentira encuentra su lugar y es aceptada socialmente.
 Para Adorno, el fascista resulta interesante no solo desde el punto de vista del peligro social que supone para la estabilidad de los sistema democráticos, sino también por razón de constituir todo un síndrome, una forma de pensar el mundo que se corresponde con tendencias muy profundas de la personalidad y que se pueden aunar en un solo punto, de aquí que desde este punto de vista podemos hablar de ideología. No ocurre lo mismo con el antifascista, pues estos difieren mucho mas entre sí que los primeros.
 Este argumento de la personalidad como estructura, pretende luchar contra la visión biologicista e innatista de que las personas eligen naturalmente su forma política por raza, origen, género, clase...por tanto, siempre es un proceso en potencia, nunca una realidad unívoca. Esto quiere decir que la personalidad está formada por las conductas manifiestas y también por las conductas que se inhiben, la manifestación depende de la situación social mientras que la inhibición queda en lo profundo como una predisposición. De tal modo, la personalidad siempre es un concepto que sirve para explicar lo relativamente permanente. De aquí que en ocasiones seamos testigos de sorprendentes auges del fascismo en lugares donde no lo hubiésemos pensado por su historia reciente.
 Para que el fascismo funcione, debe tener el apoyo de las masas como un todo más bien irracional, ya que apela a las emociones y sentimientos más primitivos,  de modo que no solo logra aquella predisposición de la personalidad antidemocrática sino que además  lo lleva a la acción,  a una participación activa de su movimiento. La propaganda fascista tiene éxito al despertar aquéllas predisposiciones antidemocráticas que aun quedaban en las masas y estaban inhibidas, y que impiden la tendencia contraria al autoritarismo y la manipulación  (autoconciencia y autodeterminación). Por ello la ideología fascista es previamente racionalizada, no brota de lo irracional; está íntimamente relacionado con el "yo", la personalidad racional. El potencial fascista existe en todo caso, y la ideología intenta perpetuarlo mediante un sistema global de producción.
 Al revelarse como  predisposición individual de la personalidad, el fascismo se manifiesta como neurosis económica de un grupo político. En este sentido, solo es combatible mediante cambios sociales y no mediante intervenciones psicológicas. Sentencia Adorno: "si el miedo y la destrucción son las principales fuerzas del fascismo, Eros pertenece principalmente a la democracia". A la democracia también se puede apelar emocionalmente.

L.H.

Fin del ricorso

Peligro, socialismo de Siglo XXI

Por José Rafael Herrera /@jrherreraucv

La historia, según Vico, marcha desde la barbarie del sentido hacia la barbarie de la reflexión. Es “el curso que siguen las naciones”. Curso no lineal ni circular, sino espiral y cíclico, en el que no pocas veces se transita en dirección contraria, en dirección hacia un nuevo -y siempre viejo- ricorso o re-curso, en busca del regazo de la barbarie. Una extraña pirueta del movimiento de la historia seguramente psíquica, pero eminentemente social y política-, conduce a la voluntad humana hacia el rencuentro con sus mitos arcanos, recónditos, fundacionales: “no pudiendo ponerse siquiera dos de acuerdo sobre un mismo asunto, por seguir todos su propio placer y capricho, llegan a hacer, con sus obstinadas facciones y desesperadas guerras civiles, selvas de las ciudades, y de las selvas cubiles de hombres. Así, al cabo de muchos siglos de barbarie, llegan a arruinar las malvadas sutilezas de sus ingenios maliciosos, que con la barbarie de la reflexión les habían convertido en fieras más crueles que las que habían sido con la barbarie del sentido”. Durante los últimos veinte años, Venezuela ha transitado por las sendas de la barbarie ritornata. Ha vuelto -se ha de-vuelto-, para vivir presa -víctima - de sus propios designios, obsesionada, en búsca de la ficción de su regazo fundacional. El resultado ha sido la miserable penumbra, la sombra épica del ricorso bolivariano. Por fortuna, ese ricorso va llegando a su fin final, y se prepara para ingresar a un nuevo ciclo de su historia, llevada de las manos de la luz civil.

No sin nerviosismo refrenado, Venezuela va llegando al final del secuestro que, por veinte años, le han impuesto sus captores, una organización compuesta, como proyecto político, por una “fusión cívico-militar” que, en la práctica, en la cotidianidad del día a día, resultó ser un cartel compuesto por un lumpanato de resentidos, mediocres, corruptos, narcotraficantes y terroristas. Marx sentiría asco. Los daños causados al país entero no han sido pocos. Lo han saqueado y arruinado sistemáticamente en todos sus ámbitos: acabaron con el prestigio de sus instituciones, con las fuerzas armadas, con las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, con los servicios básicos, con la salud, la alimentación, la educación, la seguridad, la moneda, la infraestructura terrestre, marítima y aérea. Condujeron al país no sólo a la mayor de las pobrezas materiales sino, además y como consecuencia directa, a la peor de las pobrezas espirituales. Han cometido los más atroces crímenes ecologicos y expoliado las enormes riquezas minerales del territorio nacional. Pusieron al país de rodillas para que el cartel cubano de los Castro se apropiara de él. Han cometido los más brutales y crueles crímenes de lesa humanidad y convertido a los ciudadanos en sus rehenes. En fin, hicieron de una “tierra de gracia” una desgracia. Desgraciaron a Venezuela.

No obstante, el caradurismo que les precede parece no tener límites: “El sufrimiento de un pueblo no puede ser la clave para un cambio de gobierno”, declara cínicamente Jorge Arreaza, cuyos méritos como profesional, político y ministro de relaciones exteriores, pero sobre todo como persona, dejan mucho que decir . La suya es una frase patéticamente desdoblada, digna de un maleante, que bien podría significar o “que un pueblo sufra no es razón suficiente para cambiar el gobierno” o, todo lo contrario, que “se pretende hacer sufrir al pueblo con el objetivo de cambiar el gobierno”. Pero el señor Arreaza se equivoca por partida doble, porque, desde el punto de vista del primer registro de lectura, se pone en evidencia que a estos socialistas del siglo XXI -émulos de Stalin, Mao, Pol Pot, Kim Jon Un, Mugabe y los Castro- les importa un bledo la suerte de la gente. Y en efecto, han demostrado palmariamente el hecho de que no les importa atropellar o aplastar a quien sea con tal de satisfacer sus propósitos, con lo cual se pone de manifiesto el más claro significado del rimbombante socialismo del siglo XXI: el estado de naturaleza, la salvaje, vil y barbárica guerra de todos contra todos. El segundo registro de lectura sorprende por su descaro e hipocresía, porque han sido precisamente ellos los responsables directos e indirectos de todos los males que hoy padece la población venezolana, con el agravante de que, en este caso en particular, la expresión “pueblo” significa “ellos”, o sea, el narcocartel que usurpa el poder. Después de lo cual la frase en cuestión revela su más íntimo y oculto secreto: “se pretende hacernos sufrir para sacarnos del gobierno”. Queda revelado el misterio de la sinuosa oratio pro aris et focis: quieren negociar “nuestra” salida, pero congelan “nuestras” cuentas bancarias, los negocios en el exterior, rompen los hilos de “nuestras” redes de tráfico y contrabando. El cartel parece comenzar a sentir los duros golpes que la comunidad internacional le está propiciando y, acorralados como están, no pueden no ocultar sus cuitas.

En su más reciente artículo en el New York Times, Alberto Barrera Tyska exhorta al régimen y a la oposición a dejar de lado las improvisaciones -lo que, en su opinión, es la más resaltante característica del venezolano- y sentarse a dialogar para llegar a un acuerdo electoral que ponga fin a la crisis que atraviesa el país. A juicio de quien escribe, el muy respetable escritor se equivoca dos veces: si el grueso de la comunidad democática internacional no solo ha manifestado decididamente su respaldo al principal objetivo de la oposición venezolana -“cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”- sino que, además, ha venido asesorando sus acciones, entonces no es que los venezolanos, como legítimos descendientes de la cultura latina, porten consigo la mácula indeleble de la improvisación. Es que en los procesos históricos, a diferencia de las operaciones matemáticas, no existen las no-improvisaciones, la imprecisión del cálculo, la inesperada variación de una determinada circunstancia. La historia, como dice Vico, no atiende a las razones cartesianas. Hay, sin duda, maestros del arte de la política. Uno de ellos es Felipe Gonzalez, ex-presidente del gobierno español, quien recientemente ha declarado al diario El Clarín que lo que más le sorprende es que haya todavía una parte de la izquierda que sea capaz de sostener a una tiranía sin paliativos como la que usurpa el poder en Venezuela, cuya mayor proeza ha sido la de “cargarse el 60 por ciento del PBI y que tenga el número de muertos por habitante más grande del mundo”. No se llega a acuerdos con la malandritud tan sencillamente. El malandro, por su propia condición, es tramposo, carece de virtudes cívicas. Y sin duda llegará el momento de la contienda electoral, el fin de este ricorso, pero sólo cuando cese la usurpación y el gobierno de transición designe un organismo electoral digno, a la altura de la razón histórica.

Notas Filosóficas sobre la Coyuntura Política Nacional





El Florero de Llorente 


El filósofo ante la Realidad Política

Para ingresar en los problemas políticos hay que tener claro qué se entiende por «Política». La política es el escenario de discusión de los problemas de la  convivencia entre los seres humanos[1]. Como lo refiere  T. H. W. Adorno en Misceláneas I (2004, p.287): «[…] la sociedad organizada de la que más tarde derivará el Estado era necesaria para permitir la supervivencia de la humanidad […]», es decir, la sociedad- y con ella más tarde el Estado- nace para garantizar la supervivencia humana frente a su entorno físico- natural  y frente a sus impulsos Tanaticos. Solo  que en una determinada etapa del desarrollo de la humanidad, el ser humano se ha empecinado  en dominar al otro,  aun con los postulados hegelianos del inicio de la historia y la cultura con dialéctica del Amo y el Esclavo (Hegel, 1993). Para tal efecto, dominación de un grupo sobre otro grupo, se ha construido la humanidad un Aparato como el Estado para  ejercer de manera más racional esta dominación y no precisamente como la confirmación del espíritu absoluto.
El problema de las relaciones entre la filosofía y la ciencia a la hora de abordar los problemas políticos, es la manifestación, al nivel de la conciencia teórica, del movimiento histórico de especialización y secularización de la razón occidental propio de la modernidad[2]. Sin embargo, no por ello es de negar las claras diferencias presentes entre la Filosofía política, la ciencia política, la sociología política y la antropología política, al momento de enfrentarse al abordaje de su estudio. N.Bobbio (2005, p.77 ) enuncia que según la consideración del concepto de filosofía política podremos establecer las diferencias entre las demás “especialidades” del conocimiento sobre el fenómeno político[3]; para nosotros ese es un falso problema, ya que no es posible diferenciar en el fenómeno mismo de «lo Política» y la «Política», el ideal normativo que construye el discurso y sus presupuestos de verdad y objetividad como formas de legitimación del poder en la construcción de carácter propio del fenómeno en relación a las demás esferas de la vida humana.
Estamos hablando de atreverse a pensar «lo Político» y la «Política»,  no solamente problemas complejos, sino también y en la misma medida, problemas difíciles. Lo difícil, guarda en relación a lo complejo, la necesidad de perspectivas transdisciplinares, pero va más allá de este, en la medida que presenta el ocultamiento de las lógicas más internas de los fenómenos, situaciones y procesos considerados en los problemas tratados. Lo complejo abre hacía la constelación de dimensiones posibles del problema, lo difícil, enuncia la necesidad de su re-formulación para generar una síntesis de lo complejo. Se trata de atreverse a pensar como filósofo latinoamericano, lo cual implica ir más  allá de la prehistoria del pensamiento, de abandonar la filosofía  europea como único referente, superando la encarcelación (en disciplinas especiales) en la que se ha visto envuelto el pensar. No se trata de un mero problema bibliográfico, sino biográfico e histórico: es un asunto de direccionamiento del pensamiento y la acción.

La Coyuntura Política Nacional

En Colombia llevamos más de medio siglo en el marco de un conflicto armado. El  24 de noviembre de 2016[4] se daba inicio a un nuevo momento histórico del conflicto político que tomaría su forma democrática. El acuerdo entre el Gobierno de Juan Manuel Santos  y la Guerrilla de FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo) definía así el final de un ciclo largo de Violencia política con la firma de un «Acuerdo de Paz»[5] entre las partes. El Estado y la Subversión armada se comprometen a cumplir los términos de ese «Pacto Social» construyéndose las condiciones de posibilidad de la participación política y la construcción Democrática del Estado.
Los pasados 26, 29, 30 de abril y 01 de mayo  de 2019 se discutieron en el Senado las objeciones del Presidente de la República en el trámite de la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz - JEP. Fue un acontecimiento crucial en el establecimiento del cumplimiento de dicho «Pacto Social», ya que garantiza política  y jurídicamente las condiciones del ejercicio político de las Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común (partido político FARC) al mismo tiempo que la se ponía en juego la legitimidad del propio orden institucional del Estado Colombiano en el cumplimiento de las obligaciones adquiridas en lo acordado. Este es el «acontecimiento», una plenaria del Senado  que  define la «correlación de Fuerzas» sociales y políticas y da dinamismo a esta nueva Coyuntura política nacional como eslabón de una nueva «Etapa  Histórica».

El Conflicto Armado y el Acuerdo de Paz

El análisis de la génesis del Estado moderno, y aún más el análisis del Estado moderno en Colombia, nos enfrenta  con la tarea de dilucidar antes la relación entre el análisis histórico y el sociológico, pues, el análisis sociológico, se apoya arduamente en la historia, en cuanto  ésta es su materia (Martindale, 1668).
La civilización  en Colombia y, en américa latina,  ha estado marcada por la barbarie, como el hecho teórico a verificar. Lo que se demuestra en los discursos historiográficos y teleológicos colombianos, es una expresión de poder de la Razón de Estado, que necesita  controlar los discursos, pues el discurso es la bisagra entre poder y mente (Munera, 2009). Como dice el profesor Leopoldo Munera, en Colombia la interpretación del Estado ha sido además de teleológica y normativa (2009, p.11), demuestra ser también eurocéntrica.
En este sentido, los modelos teóricos que  acerca a considerar el nacimiento del Estado moderno, tienen una íntima relación con la forma de organización social en la que los frutos del trabajo son vendidos en el mercado (modo de producción capitalismo), sirviendo para identificar la importancia de la concentración y acumulación de violencia y capital en el proceso sicogenético del Estado (Munera, 2009). Las palabras han creado guerras (Uribe Hincapie, 2004). Las explicaciones del proceso de génesis del estado moderno en Colombia,  está determinado por la historia misma; los cambios en la teoría que explique el devenir histórico social,  están determinados evidentemente por la viveza del científico y sus intereses políticos y económicos. 
De ese modo, la misma definición del Conflicto ha determinado la lucha política y como tal, desencadenado la misma marcha de los acontecimientos históricos. En su reciente libro publicado, el expresidende Juan Manuel Santos, revela (2019, pp.267-280) que una de sus Batallas más difíciles por la construcción del acuerdo de Paz fue la aceptación de la existencia de un conflicto político en Colombia que se desarrolló a partir de una modalidad armada. El tema era crucial, ya que es estratégico para el Estado, en su propia construcción del enemigo, el establecimiento de beligerancia frente al mismo, esto por un tema tanto jurídico como político. Como el mismo Santos dice (ibíd.) desde el 2005, el Estado se planteó como estrategia la adopción de un discurso que enunciará ante la comunidad internacional y en el territorio nacional, que en Colombia había una Amenaza Terrorista y no un  conflicto armado.
Un año antes de la firma del acuerdo (en  febrero de 2015) la Comisión Histórica del Conflicto y sus Victimas da a conocer el informe final Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, un texto de poco más de 800 páginas  realizado por 16 académicos (de las más diversas áreas y desde los posicionamientos político-epistémicos a veces contrapuestos) organizado en 14 artículos, dos relatorías y una introducción conjunta entre los dos relatores[6]. De ese modo la academia realizaba su aporte al proceso de paz dejando claro que, si bien existen actores con intereses puestos en juego en el ejercicio del enfrentamiento armado, las causas del conflicto obedecen a determinantes objetivos de orden social, económico, cultural e histórico de la construcción de la sociedad y el Estado Colombiano. De esa manera se realizaba un diagnóstico y se dejaba claro la conveniencia social del acuerdo para la democracia y la sociedad colombiana.
Ahora bien, la eficacia de los discursos se comprueba en la construcción de realidades prácticas, en la medida que determinen acontecimientos. El 2 de octubre se demostró que lejos de estar preparada, la sociedad colombiana entraba en una nueva fase del conflicto político. Con un porcentaje de 50, 2% el No ganó el plebiscito por la paz y anticipó la victoria en las elecciones presidenciales. No por ello, el sector de la oligarquía tradicional en el poder dejaría la batalla. La paz se decretó y el acuerdo cumplió las normativas constitucionales convirtiéndose en el acto legislativo 01 de 2017:
 "POR MEDIO DEL CUAL SE CREA UN TíTULO DE DISPOSICIONES TRANSITORIAS DE lA CONSTITUCiÓN PARA lA TERMINACiÓN DEL CONFLICTO ARMADO Y lA CONSTRUCCiÓN DE UNA PAZ ESTABLE Y DURADERA Y SE DICTAN OTRAS DISPOSICIONES"[7]

Desde la firma del acuerdo un número aproximado de 128 ex militantes del partido de las Fuerzas Alternativas del Común han sido asesinadas[8], van más 500 líderes sociales con la misma suerte[9] y, queda claro que, luego del atentado a la General Santander por parte del ELN[10], el gobierno de Iván Duque y, del partido Centro Democrático, sigue aferrado al No directo sobre cualquier idea de cambio hacia lo que se dio en llamar “post-Conflicto”, esa es su principal estrategia política para mantenerse en el poder. Las objeciones por inconveniencia que realizadas el pasado 11 de marzo[11] del presente año, demuestran el claro hecho choque entre el mandato constitucional a que se ve obligado el Estado por la firma del acuerdo de paz  y la voluntad del gobierno de turno en cumplir ese mandato (todavía más si se considera la posición que tuvo Duque en relación al cumplimiento de los protocolos con el ELN en la mesa de Cuba), creándose un conflicto entre la legalidad y legitimidad del Estado, al ponerse en duda el cumplimiento  o no de lo acordado.
La propia credibilidad del  Estado como ordenamiento social y político queda en duda, pues, siendo él producto del pacto social, cómo garantizar ahora el cumplimiento de propio orden constitucional cuando se sabe que el Estado no cumple sus propios acuerdos.  
Lejos de grandes oradores (a excepción de algunos casos como  el Senador Iván Marulanda, G. Petro, José Aulo Narvaez, E. Robledo y J. E. Ulloa) en los honorables Senadores prevalecía más la trampa y la “triquiñuelas”; se dilató la discusión en lo esencial, siendo deturpada la posibilidad real de un análisis serio sobre la cuestión; los argumentos más ácidos fueron expuestos en la discusión del orden del día (del 26 de abril), siendo el 29 de abril una discusión más por los impedimentos que cualquier cosa. La votación finalmente ocurriría el día 30 de abril, con un resultado de 47  en favor del informe "Minoritario" expuesto por el Senador Iván Marulanda, que proponía negar en su conjunto las 6 objeciones, frente a 34 en contra de ese informe. En medio de gritos, surgió el conflicto la determinación de la mayoría absoluta (debido al mismo tema de las inhabilitaciones!). El 1 de mayo, se realizó una nueva votación, teniendo como resultado “a favor” de la bancada del gobierno, sin embargo, sin mayoría absoluta. De nuevo como al principio. La Corte Constitucional definirá sobre las objeciones fueron las palabras el presidente del Senado Ernesto Macías Tovar, en el momento que daba inicio a la discusión por el Plan Nacional de desarrollo que prácticamente no fue discutido (vaya pacto por la equidad que nos espera!!)
Queda claro que para algunos actores (senador Álvaro Uribe Vélez y toda su bancada), es preferible tener “guerrillero armado en el monte” que un adversario político en el capitolio nacional[12]. De esa manera es urgente cerrar todas las posibilidades políticas a los enemigos morales, para convertirlos en los enemigos sin los cuales no se puede sobrevivir. El guerrillero en el monte (dando bala por cierto!) es funcional al mantenimiento del discurso de la guerra, de la amenaza y de la defensa de la sociedad, instrumento por el cuál la oligarquía colombiana se a mantenido en el poder sin la necesidad de un régimen dictatorial continuado. 
El Bloque hegemónico en el poder ha consolidado al Estado como una maquina en la que se anule la  oposición, siendo este un rasgo  constante en el comportamiento política y en el orden constitucional. En Colombia más que una Causa la guerra ha sido un pretexto, una necesidad política que excusa el ius ad bellum,  que permita mantener el orden de dominación (Franco Restrepo, pp.39-62).
El acontecimiento en el Senado de la República, manifiesta lo que Marx (2010, p. 83) nos decía ya:
[…] El elemento estamental es la mentira sancionada, legal, de los Estados Constitucionales: que el Estado es el Interés del Pueblo o el pueblo es el interés del Estado, esa mentira se revelada en su contenido […]

Muy distantes de construir una nueva forma de sociedad, de tal manera que las causas objetivas del conflicto y la violencia en Colombia sean superadas, entramos en una nueva fase de ese enfrentamiento[13]. Ante un nuevo ciclo del capital, adviene en nuestro país un nuevo ciclo de violencia. Este mantiene rasgos estructurales de antaño (problema de la tierra, estructura de clases, formación del Estado), pero constituye otros (nuevos actores, desarrollos tecnológicos, nuevos escenarios de subjetivación, etc.), de tal manera que estamos en el centro de la espiral histórica; vemos su movimiento, no obstante, no sabemos con ciertamente cuál es su dirección y, apenas podemos enumerar los nuevos atributos esenciales. 
El partido político de las FARC ya sabe en el juego que se ha metido. Esperemos no adquiera y aprenda las "mañas" y modos de sus antiguo y ahora nuevos compañeros y, sea prudente al elegir con quienes realizar "amistades" (alianzas) estratégicas, no vaya a perder los horizontes de lucha por encajar bien en el "juego democrático".
***

El papel del filósofo estriba precisamente en identificar las condiciones objetivas de ese nuevo ciclo del conflicto. Una cosa es clara luego de considerar el «acontecimiento», la forma actual del conflicto – como en todas las formas pasadas- demuestra aquello que es más propio a nosotros. Lo político se encuentra entrelazado con la experiencia humana en cuanto esta es entretejida en la amalgama de construcciones sociales, culturales e históricas. En ese orden de ideas, es imposible una descripción de «lo Político» y la «Política», sin una consideración por «lo humano» y la «humanidad», es decir, al margen de una antropología filosófica de nosotros mismos. Parece ser, parafraseando al oscuro de Éfesos (DK.119), que“la Guerra, el conflicto, [ha-sido] es  [esta- siendo] el Destino de la nación colombiana” . 




Bibliografía:
Adorno, Th., W. (2004). Miselaneas I. Madrid. España:AKal
Bobbio, N.. (2005). La Teoria General de la Política. Madrid, España: Editorial Trotta.
Franco Restrepo, V., L. (2009)  Orden contrainsurgente y dominación, Bogotá: Instituto Popular de Capacitación : Siglo del Hombre Editores.
Hegel, W. F. (1993). Fenomenología del Espíritu. México: Fondo de Cultura Económica.
Marx, K. (2010).Crítica da filosofía do Direito de Hegel. São Paulo: Boitempo.
Martindale, D. (1968). La Teoria Sociologica: Naturaleza y Escuelas. Madrid, España: Aguillar S.A.
Munera, R. L. (2009). Genesis del Estado en Colombia 1810-1830. En R. L. Munera, Fragmentos de lo Publico Politico en colombia. Bogota: La Carreta UNAL.
Santos, J. M. (2019). El Reconocimiento del Conflicto. En: La Batalla por la Paz. Bogotá.
Uribe Hincapié, M. T.  (2004). Las Palabras de la Guerra. En. Rev. Estudios Políticos N-25, Ude A.  Medellín. Colombia.








[1] Los que se inscriben dentro del realismo político dirán que «lo político»  es lo considerado con las relaciones de dominación, con el poder; nosotros por el contrario, consideramos que es lo concerniente  con la convivencia, con la búsqueda de una mejor forma de vivir colectivo. Nuestra  noción de política parece conciliarse entonces, con el mundo griego del “zoom politicom”  Aristotélico, es la participación  en los asuntos políticos, de la discusión  colectiva de los asuntos de la convivencia en el  Agora  griego.
[2] Los antiguos griegos, tanto Platón como Aristóteles, en su Πολιτεία construyeron un concepto de lo político en el que se relacionaba con toda una concepción filosófica del universo, por lo que desde el inicio estaban entrelazados los concepto de Ser, Verdad, Ser humano y  el de Bien. No habría una distinción tajante entre la reflexión ontológica y reflexión ética u antropológica, las dos entran como elementos interrogados coherentemente en la construcción de un único sistema. Esta manera de considerar la política es propia e es heredada dentro de toda la tradición del pensamiento político occidental.
[3] Así, dice Bobbio que sería entendido la filosofía política como a). Teoría normativa sobre el modelo ideal de Estado y sociedad; b). Estudio de los fundamentos últimos del poder, definición de la legitimidad del Estado; c). Determinación del concepto propio de la política al diferenciarlo de otros conceptos y esferas como la económica y la social, etc.  Y, finalmente d). Como crítica discursiva, como metaciencia que fundamenta los presupuestos de verdad y pretensiones de objetividad por parte de la ciencia política (Bobbio, 2005 pp.77-79).
[4] La mesa de negociaciones fue instalada en 2012, los acuerdos firmados en Cartagena el día 26 de septiembre de 2016, refrendados el 02 de octubre de 2016, donde gano el No con el 50, 2% de los votos, por lo que fueron modificados ente octubre y noviembre, para nuevamente ser firmados el día 24 de noviembre en el teatro Colon de Bogotá, siendo aprobados luego por el Congreso de la República con una votación de 75 votos a favor y cero en contra en el Senado y, 130 votos a favor y  0 en contra en Camara, sabiendo que en ambas corporación los representantes del No, salieron a la hora de votación
[5] Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera”. Ver: http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/procesos-y-conversaciones/Paginas/Texto-completo-del-Acuerdo-Final-para-la-Terminacion-del-conflicto.aspx [Consulta 20/01/2017]
[7] Ver el acto legislativo 01: [Consultado en  05/05/ de 2017]
[8] El pasado 15 de abril de 2019 un bebe y su madre Un bebé, hijo de una indígena wayúu y un excombatiente de las FARC, luego de un atentado a sus padres. Para ver la noticia https://www.telesurtv.net/news/farc-denuncia-128-asesinatos-de-excombatientes-tras-acuerdo-de-paz--20190415-0034.html [Consulta 17/ abril].
[9] Para ver una ampliación de esta cifra,ver: https://www.telesurtv.net/news/500-lideres-sociales-asesinados-colombia-20190415-0022.html [Consulta, 2 mayo/2019].
[10] Para ver un análisis sobre este hecho y la construcción del conflicto en Colombia https://www.microfilosofia.com/2019/04/de-la-toma-de-simacota-al-atentado-de.html.
[11] Para ver más sobre los 6 puntos objetados remitirse al documento presentado por el presidente
[12] Para ver las declaraciones en videos:
[13] Podemos identificar tres etapas: a). Conflicto de formación de la República del Siglo XIX (Guerras Civiles); b). La violencia Bipartidista de la primera mitad del  siglo XX y c). Conflicto contrainsurgente. Todos con actores y características propias que unifican el proceso de acumulación del capital, con sus ondas expansivas y regresivas (Ciclos económicos), junto a ciclos y ondas de la violencia.

Doña Bárbara

Aufheben


Por José Rafael Herrera
@jrherreraucv


El período histórico que apenas se inicia con el nuevo siglo, pareciera estar signado por los caracteres esenciales de una nueva -otra- barbarie ritornata, según la definición dada por Vico en la Scienza Nuova. Se trata, una vez más, de un costoso guiño, una trastada, uno de esos giros imprevistos que, no sin ironía, suele dar esa sierpe que controla el “curso que siguen las naciones” mientras desalienta el “derecho de las gentes”: es la propia humanidad, en medio de su poco claro -siempre sinuoso y caracoleante- destino. Por lo pronto, en plena edad de 'globalización', paradójicamente he aquí, una vez más, los fanatismos de todo signo, las cruzadas fundamentalistas en nombre de Dios, la multiplicación de los ghettos, las hogueras encendidas contra los herejes impenitentes, el apedreamiento de “impíos” y “blasfemos”, la indigna hechicería, las hordas esteparias sobre las urbes, la plaga del provincianismo regionalista, la camorra y la mafia ancestrales a la caza de sus reclutas de siempre, los fámulos. Terror, superstición, odio, venganza, ira, ocultos o simuladas tras las más alambicadas representaciones del antifaz teológico-político. El más avanzado desarrollo tecnológico conquistado hasta la fecha al servicio de las taras dejadas a su paso por la barbarie intolerante, siempre ignorante. La historia ni va en linea recta -de menos a más- ni gira en un indetenible círculo vicioso. La historia serpentea, deambula es espirales infinitos. Cursa y re-cursa, avanza y retrocede. Vico definía el medioevo como la seconda barbarie. Acaso, ¿Será posible definir el presente como el arribo de la terza?
El Tratado teológico-político de Spinoza inicia su prefacio con estas expresiones que hoy resultan premonitorias: “Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansia desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer cualquier cosa. Mientras dudan, el menor impulso les lleva de un lado para otro, sobre todo cuando están obsesionados por la esperanza y el miedo; por el contrario, cuando confían en sí mismos, son jactanciosos y enfreídos”. En todo caso, y como ya lo hicieran antes, en un pasado cada vez más cercano que remoto, víctimas de las supersticiones y los extremismos, “forjan ficciones sin fin e interpretan la Naturaleza -lo que también incluye a la historia, al Estado y a la entera sociedad- bajo las formas más sorprendentes, cual si toda ella fuera cómplice de sus delirios”.
La contemporaneidad pareciera asistir al quiebre, a la bancarrota de las ideas y valores que forjaron las bases de la llamada modernidad, conducida de las manos del neopopulismo socialista, de un lado, y del neoliberalismo economicista, del otro. Es posible ofrendar la vida por la libertad de un país, pero ¿será posible hacerlo por el “fluído de caja” en el tomacorriente de los “enchufados” a una organización gansteril? ¿Se le podrán brindar honores en el panteón nacional al portador del “carnet de la patria” o al “consumidor desconocido”? El Estado-nación, cuya dinámica gira en torno a las exigencias ciudadanas, parece haber sido sustituído por el consumismo ciego y el rentismo vacío. Frente al discurso, o como suelen decir en la actualidad quienes pretenden abrogarse un cierto aire de exquis élite, la “narrativa” según la cual la llamada postmodernidad ha dejado en el pasado las ideas y valores de la era moderna, no pasa de ser eso: una narrativa. Y convendría pensar si la pomposa superación anunciada no es, más bien, una vuelta a las peores experiencias del feudalismo. De hecho, si el empirismo neopositivista y la teología nihilista representan un paso atrás respecto de la apercepción trascendental de Kant -y por lo menos diez respecto de negación determinada de Hegel-, el neoliberalismo economicista y el neopopulismo socialista representan un retroceso respecto del liberalismo clásico de Kant y de la idea republicana (Sittlickkeit) de Hegel. El pasaje de la civilización a la barbarie.
La presuposición de la existencia de una sociedad de libre mercado “natural” y “pura”, sin regulaciones ni controles, es tan ficticia como la de su término extremo -opuesto e idéntico-: la de la existencia de un presunto “buen salvaje”. No existen ni individuos ni instituciones fuera de la historia. Ni existe “el individuo privado” o “el hombre” más que como abstracciones. Los que sí existen son los hombres, de carne y sangre, en la historia. Lo que no comprenden los promotores de la nueva barbarie, polarmente situados en un extremo o en el otro, es que ella -la barbarie- sólo sirve para salir de ella. En realidad, la no existencia de límites legales en el terreno económico se traduce en la no existencia de límites morales en el terreno social. Todo vale y nada vale. Pero son estas las premisas necesarias para la construcción de estructuras gansteriles, en nombre de uno o de otro “principio”, de una o de otra “verdad”.
Rómulo Gallegos, autor de Doña Bárbara, ha sido calificado por algunos de sus exégetas como un exponente del positivismo de principios del siglo XX venezolano. Carlos Fuentes, en Valiente mundo nuevo, lo reivindica ante semejante desgracia. En efecto, a diferencia de Esteban Echeverría (La cautiva), de Domungo Sarmiento (Facundo) o, incluso, de José Hernández (Martín Fierro), Gallegos no concibe la barbarie como un datum natural, sino como el resultado de un proceso histórico, marcado por el miedo y la esperanza, es decir, por las dos caras de una misma moneda. El mismo personaje central, Santos Luzardo, proviene -es el resultado- del proceso civilizatorio hispano-americano. Gallegos tampoco concibe la civilización como un término que se ubica por encima del otro término de la oposición -la barbarie-, sino que su papel consiste en su reconocimiento mediante la progresiva función civilizatoria, educativa, ética, de la barbarie. En fin, no toma partido por uno de los términos del conflicto, porque su función consiste en la comprensión de la necesidad de su recíproca compenetración. Y en esto el juicio -la objetivación-, el buen sentido, el respeto por el estado de derecho, juegan un papel central. La solución al conflicto no consiste en destruir uno de los términos -en este caso, una vez más, a la barbarie-, sino superarla y conservarla (Aufheben), transformarla en beneficio de una nación de ciudadanos libres. Quizá por eso, valga la pena recordar lo que dice Fuentes: “padre nuestro que eres, Gallegos”.

Historia y conciencia de los extremos.

Enviado por @jrherreraucv 
Pieter Brueghel el Viejo: “La torre de Babel” (1563).
Pieter Brueghel el Viejo: “La torre de Babel” (1563). 

El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Desués de terminada la guerra de independencia, y con la muerte de Bolívar, el país, ya dividido de “Colombia la Grande”, perdió cien años de historia. En una conocida carta del 9 de Noviembre de 1830, Bolívar le escribe a su amigo el General Juan José Flores -primer presidente de Ecuador-: “He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América”. Bolívar resumía, con extraordinaria precisión, lo que durante los siguientes cien años caracterizaría a Venezuela y, en no poca medida, al resto de la América Latina.

Las luchas intestinas entre godos y liberales en Venezuela fueron, más o menos, similares a las del resto de latinoamérica. En realidad, todas poseían una escisión de origen que pocas veces ha logrado cicatrizarse para, en un relativamente corto lapso de tiempo, volver a abrirse y sangrar, Immerwieder. Se trata de la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras de la experiencia de la conciencia social e histórica, a las que Hegel, en la Fenomenología del Espíritu, define como “señorío y servidumbre”, la “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos incompatibles, opuestos entre sí, que, sin embargo, son interdependientes y, en última instancia, idénticos en la medida en la cual se determinan recíprocamente. Los unos son conservatistas, los otros liberales; éstos son elitístas, aquéllos populistas. Los primeros dicen defender a Dios, la familia y la propiedad. Los otros a la Historia, la prole y la justicia social. Son la razón de los monstruos y los monstruos de la razón. En El espejo enterrado Carlos Fuentes los ha definido magistralmente: “un chiste corriente en Bogotá decía que la única diferencia entre ellos era que los liberales iban a misa de seis y los conservadores a misa de siete”.

Lo cierto es que cuando uno de los extremos perdía sus privilegios frente al otro y, aplastado, era conducido a la ruina y al no-reconocimiento, asumía el papel del “revolucionario liberal”, en el nombre de los desposeídos. Pero una vez que tomaba el poder y consolidaba su triunfo asumía cabalmente el lugar del otro. Y viceversa. Este drama continuado de “tiranuelos de turno” terminó arruinando al país, hasta conducirlo, como advertía Bolívar, al “caos primitivo”. Juan Vicente Gómez, un campesino zamarro de los Andes venezolanos, puso fin al combate a través del ejercicio del terror durante ventisiete años, desde 1908 hasta su fallecimiento, en 1935. A sangre y fuego, el dictador extinguió la llamarada de los constantes alzamientos de los caudillos regionales a lo largo y ancho del país. La creación de un ejército profesional y la construcción de carreteras por casi todo el territorio nacional tuvo ese propósito. Pero con ello, además, terminó unificando la nación y fraguando los fundamentos del Estado moderno en Venezuela. Es un ejemplo más de la hegeliana astucia de la razón. Gómez ató con fuerza a las diferentes figuras asumidas por los extremos y las mantuvo bien atadas, con grilletes, por lo menos hasta después de su muerte. Sólo hasta el 18 de Octubre de 1945, con el golpe militar contra Isaías Medina Angarita, el otro extremo pudo reagruparse y recuperar sus fuerzas, rearmándose. Pero pronto las fuerzas conservatistas le asestarían un nuevo golpe, que las mantuvo fuera de combate hasta 1959, época de la caída de la dictadura de Pérez Jimenez.

Fue con la presidencia de Rómulo Betancourt, de 1959 a 1964, y luego con quien lo sustituiría en el cargo, Raúl Leoni, que el país logró volver a atar con firmeza a sus demonios extremistas.

Durante sus primeros años en el poder, Betancourt debió enfrentar la contraofensiva militarista y conservadora hasta reducirla a su mínima expresión. Más tarde, debió enfrentar a la llamada 'guerra de guerrillas' de la extrema izquierda, a la que también logró desarticular y reducir. Betancourt, ideólogo del Pacto de Punto Fijo -acuerdo consensuado entre los más representativos sectores democráticos del país-, había neutralizado a los extremos en pugna y estabilizado el naciente régimen democrático. Él fue, sin lugar a duda, el más importante político venezolano de todo el siglo XX. Coerción y consenso a un tiempo. Sólo después de la hazaña democrática liderada por Betancourt el país prosperó progresiva y sostenidamente y pudo entrar al siglo XX. Venezuela tuvo cuarenta años de estabilidad política y de crecimiento económico y social. Hasta que Chávez desatara -una vez más- los demonios decimonónicos. Los extremos se tocan, y Chávez hizo que se tocaran, aprovechándose del creciente descontento general de la población y de la desconfianza en las instituciones democráticas. Descontento y desconfianza, por demás, sembradas a través de poderosos e influyentes medios de comunicación, en manos de sectores interesados en sacar provecho mientras se autodefinían como “el centro”. Sectores conservatistas que, en esa oportunidad, cerraron filas del lado de la extrema izquierda y en contra del sistema democrático. Los extremos devienen, no son puntos fijos, inamovibles. El centro es, en realidad, una ilusión, la mala conciencia de los extremos. La ¨lógica binaria” no se resuelve con una lógica “alternativa” sino inmanentemente. Más bien, y de acuerdo con sus intereses, los extremos son camaleónicos. Los nuevos aliados marcharon juntos, mientras reconocían sus coincidencias. Esa fue la función de Luis Miquilena y de José Vicente Rangel, entre otros operadores políticos: tender los puentes necesarios para que las fuerzas extremas se fusionaran y se consolidaran en un mismo polo -en el llamado “polo patriótico”-, a objeto de hacer desaparecer de la faz de la tierra el sistema democrático representativo fundado por Betancourt. Y así lo hicieron. Hasta que, en el año 2002, Chávez comenzó a manifestar diferencias de fondo con la vieja godarria, al tiempo que se acercaba, cada vez más, a Fidel y Raúl Castro. Y, después del golpe de Estado del 11 de Abril, decidió romper los compromisos adquiridos con la derecha histórica para instaurar un régimen dictatorial de extrema izquierda, bajo la capucha de las apariencias democráticas. En realidad, un cártel, un gang, al servicio del narco-tráfico y del terrorismo internacionales, bajo la sombra del Foro de Sao Paulo, que ha terminado colmando de miserias, corrupción, saqueo del erario público, violencia sin fin y la más brutal de las represiones. Con el llamado socialismo del siglo XXI, Venezuela -y con ella, buena parte de la América Latina- regresó, bajo las formas propias del ricorso viquiano, a los peores días del caos primitivo del siglo XIX. Bajando por la espiral de la historia viquiana, Venezuela ha pasado, una vez más e indefectiblemente, de la modernidad a la pre-modernidad. La tarea que sigue a continuación es inevitablemente ardua y su recuperación pasa por una reconstrucción de su tejido civil en el cual la educación estética tendrá que ocupar un lugar preponderante.

La eternidad de la nada


Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti. Marco Aurelio.


Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez.
Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: “Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?” Si a ese privilegio le añadimos tantos otros, concernientes a las circunstancias de nuestra vida frente a las de millones de personas, parece que la muerte resulte una minucia. Y, sin embargo, dado que somos vida y nuestra vocación es la vida, la muerte siempre se nos aparece como una siniestra paradoja. Una paradoja que, además, provoca nuestra rebeldía. Porque no podemos pensar en la muerte con la sangre fría: es un asunto demasiado personal.  

Vuelvo a mis muertos. A veces los evocamos solo desde el angustioso pesar de haberlos perdido para siempre, de que hayan ingresado en esa ausencia que, como dice Comte-Sponville, “durará y durará”. Y, como el protagonista de La habitación verde de Truffaut, que convierte una habitación en el mausoleo obsesivo de su mujer perdida, quisiéramos esforzarnos por mantenerlos vivos construyéndoles un santuario en nuestra memoria, convirtiendo nuestra vida en una remembranza de los que amamos. Sin embargo, también nosotros nos iremos, y ya no estará nuestra memoria para oponerse al tiempo. ¿Quién encenderá entonces la vela de nuestra evocación?
Reflexionando sobre esto se me ocurrió que dejar de estar viene a ser como no haber estado nunca, que al día siguiente de una desaparición el mundo tapia el hueco que ocupaba esa persona y apenas queda un rastro que se va desvaneciendo poco a poco, hasta que al final desaparece del todo. La realidad seguirá su curso, ya para siempre, sin los que se fueron, y eso significa que, para un cierto presente que sucederá algún día, nunca habrán existido. A nuestras espaldas se acumula una multitud innumerable de muertos anónimos, de los que ya nada se sabe, que se perdieron para siempre en la ceniza del pasado. Y entendía un poco mejor ese principio budista de la “impermanencia”: si un día dejaremos de existir, si un día se borrarán por completo todos los rastros que dejamos en el mundo, entonces es como si ya no existiéramos, como si nuestra existencia fuese, ya aquí y ahora, un mero hálito ocasional de la nada eterna. Lo pasmoso, lo desconcertante, no es que habiendo sido dejemos de ser, sino que cuando desaparezcamos será como si no hubiésemos estado nunca.

Hemos de concluir, por consiguiente, que la verdadera característica del ser no es la levedad, como en la novela de Kundera, sino la nada; la eternidad de la nada que es ya un hecho en nuestro futuro. El pasado no existe, ya está perdido y nada lo hará regresar; no tiene consistencia ontológica más que como causa o precedente, pero aunque las cosas guarden en sí mismas la huella de sus causas, ya no son estas, del mismo modo que llevamos los genes de nuestros antepasados, pero no somos ellos: ellos se han desvanecido, la mayoría por completo, puesto que ya no queda nadie para recordarlos. En cuanto al presente, ¿dónde encontrarlo? ¿En qué minuto, en qué segundo, en qué milésima exacta está el presente, esa lámina tan infinitesimal que resulta imposible de aislar? Lo único consistente es el futuro: la infinitud de las posibilidades, la incuestionable seguridad del fin. Heidegger tenía razón: estamos lanzados hacia ese futuro, todo nos conduce a él, nos aguarda en algún cruce de todos los caminos; somos seres para la muerte.
Así que el tiempo, para nosotros, es una vivencia, un fenómeno ante todo psicológico. Para Kant es la intuición en la que se asientan los marcos de nuestras percepciones, esas estructuras a priori que él llamó categorías. Conceptualmente, lo construimos al diferenciar pasado, presente y futuro. Pero no existe la línea objetiva que los distinga: solo hay un flujo incesante que avanza, una marea que empuja, una flecha que se abre paso en una única dirección. Y en esa flecha todo sucede y deja de suceder, todo está y no está, todo relumbra y se apaga. “Dentro de un rato te marcharás por el mismo camino por el que has venido, y será como si nunca hubieses estado aquí, porque aquí ya no quedará nada tuyo”, me dijo más o menos un ermitaño que guardaba el parque de Bigues (un pequeño pueblecito próximo a Barcelona), y al que conocí casualmente yendo de excursión. En aquella ocasión me pareció una idea triste: al fin y al cabo, habíamos compartido un rato de afable charla; me daba pena que ese regalo se perdiera en la nada.

Desde la memoria he evocado a menudo aquel encuentro, y he reflexionado sobre la lección de mi querido ermitaño, al que, en efecto, nunca volví a ver. Acertó: de nuestro encuentro no queda nada real, solo la vaga sombra que acerca de él reconstruye la memoria. Allí ya no queda nada mío, y aquí, en mí, tampoco queda nada suyo, salvo el revoloteo, distraído y bostezante, de los recuerdos.
Y pensarlo ya no me parece tan triste, aunque siga desconcertándome. El viejo refrán tenía razón, una razón literal: no somos nada. O más bien habría que enunciarlo en positivo: somos nada. Una nada eterna que se despliega en el tiempo, que también es nada. Ni la habitación verde ni el santuario que construye Davenne, el personaje de Truffaut, a modo de baluarte, salvará a su mujer (tampoco a él, ni a aquella otra mujer que él perdió la oportunidad de amar) del olvido: todas las velas acabarán por apagarse, porque la luz es la excepción, porque lo eterno es la oscuridad.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 01/02/2019

Algunos de nuestros últimos escritos de filosofía