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Manichaeus

 

Maniqueísmo




La novela histórica es, según Lukács, una de las más auténticas expresiones de la estética moderna, dentro de la cual se inscriben escritores de la talla de Goethe, Schiller, Scott, Balzac, Dickens y, más recientemente, León Tolstoy, Romain Rolland, Thomas Mann, Stefan Zweig, Marguerite Yourcenar, entre otros grandes exponentes de las letras del siglo pasado. Inmersa en esta misma línea de creación histórico-literaria se encuentra Los jardines de luz (Les jardins de lumière, 1991), del prestigioso escritor franco-libanés Amin Maalouf. Se trata de una obra que define la vida y la obra del profeta Mani -o Mane- como “un grito en el mundo y una nueva visión de la vida”. 

No pocas veces, la historia de la humanidad surca caminos insondables e inesperados. A pesar de que el protagonista de la obra de Maalouf -nada menos que el célebre creador del maniqueísmo- fue acusado de herejía, condenado a prisión y desollado, y que sus obras fueron quemadas y prohibidas, los ecos de aquel “grito en el mundo” y del claroscuro de su visión de la vida -quizá su mayor legado- parecen haber tomado nuevas fuerzas con el paso del tiempo, especialmente ahora, a lo interno de este complicado período de crisis orgánica que combina la mezcla de las nostalgias del pasado con los fervores y las euforias de este tumultuoso presente. Una era en la que Occidente pareciera comenzar a tocar las últimas tonalidades de su hora crepuscular. De nuevo, la apocalíptica trompeta del profeta iraní anuncia la llegada de enconados antagonismos y la duplicación de verdades irreconciliables. En el nombre de la unidad, la duplicidad se va extendiendo desde las estepas orientales hasta las tierras que, alguna vez, prometieron ser el último bastión de la razón y la libertad. 

En el ensayo de Fernando Bermejo Rubio, El maniqueísmo, estudio introductorio, se lee: “El hombre que concibió la realidad como un conflicto de dos reinos ineluctablemente enfrentados, vivió en un mundo convulso en el que la rivalidad y el choque de ejércitos parece haber sido la constante”. Cualquier parecido con estas horas y estos días no es mera coincidencia, si es verdad que, como dice Vico, la historia de la humanidad deviene entre cursos y re-cursos. El nombre del profeta, de origen iraní, proviene del arameo. Significa “recipiente de la vida”. Su traducción al griego comporta determinaciones muy distintas. Mánes o Maneis es el participio pasivo del verbo maínomai, que traduce, literalmente, “maníaco”, estar loco. La locura es, por cierto, un estado de escisión, de desgarramiento interno, una ruptura, un desequilibrio inmanente. En todo caso, el argumento de Hegel consiste en denunciar que los fundamentos del entendimiento abstracto -que en la actualidad domina al mundo entero- están compuestos por el hormigón del fanatismo religioso, cuyos primeros orígenes son de linaje oriental. El maniqueísmo, como se sabe, no solo tuvo una influencia decisiva en el cristianismo gnóstico sino también en el zoroastrismo y en el budismo. La paradoja de este proceso histórico-cultural consiste en el hecho de que quienes censuraron a Mani y lo condenaron como hereje lo hicieron desde una concepción maniqueísta, que ya se había instalado y tomado cuerpo en sus respectivas doctrinas teológico-políticas.

La locura está de moda es el título que recibió en Latinoamérica el evocador film Bananas, de Woody Allen, inspirado en el Don Quixote, U.S.A., de Richard Powell. El “bien” y el “mal”, el “cielo” y el “infierno”, la “luz” y la “oscuridad”, son los términos de una oposición que depende del partido en el que se milite o elija. Como nunca antes, la “verdadera religión” se revela, por una parte, como un acto de fuerza político-militar y, por la otra, como la “lógica simbólica” que se le ha terminado imponiendo a la sociedad, redes sociales mediante. Los “buenos” son los que opinan y se representan la existencia de acuerdo con las características específicas de sus presupuestos culturales. Los “malos” son los otros. Y a la inversa. He aquí la luz y he allá las tinieblas. Lo “positivo” -interpretado como lo “bueno”- está de este lado. Lo “negativo” -interpretado como lo “malo”- está del otro lado. La llamada Izquierda, que se jacta de poseer bases científicas y anti-religiosas, está poseída por la “lógica” del maniqueísmo. Al igual que la Derecha, que en su supina ignorancia, poseída por el sensus communis, la racionalidad instrumental y el pragmatismo rampante, no se haya exenta de los mismos prejuicios, solo que invertidos.

Cuando se comprende la petitio principii de este tipo de representaciones, todas ellas signadas por la doctrina de Mani, el espectáculo se torna, más que interesante, divertido. El ya clásico “estamos sumamente preocupados (eso sí que nos preocupa)” signa los términos de una sociedad devastada por el desquicio maniqueísta. Un espectáculo, como el del último gran sacerdote del gansterato quien, desde el púlpito del “canal de todos los venezolanos”, no pocas veces logra combinar la profunda ignorancia que lo invade con la intriga, el odio, la amenaza y la venganza, haciendo alarde de su pobre dicción, del patetismo de su chillonería y de sus gesticulaciones de primate cuartelario. Un teniente trastocado en Savonarola y Torquemada tropicales. Hitler y Mussolini en versión liliputiense hincado bajo las raíces del Furrial. Patetismo penoso, lamentable, ridículo. En una atmósfera sometida a la presión dejada por el espíritu de Mani, aunque revestida de la hipocresía del Laissez faire, laissez passer, conviene romper el bucle y dar el salto cualitativo que haga del sentimiento religioso no la “lógica” del mundo, sino el acto de fe y voluntad que promueva el reconocimiento ciudadano. Era eso a lo que Benedetto Croce se refería cuando hablaba de la religión de la libertad. Nada mejor que casa.      

    



José Rafael Herrera

@jrherreraucv



   


De la pura identidad vacía (la sombra de Kant en la sociedad contemporánea)

Identidad vacía.




“El entendimiento sin la razón es algo”

                                          G.W.F. Hegel


“Todo se ha derrumbado, incluso Nietzsche, y solamente Hegel permanece en pié”

                                                                 Martin Heidegger a Hans-Georg Gadamer








Cuanto más confianza hay en el mundo -cuanto más tiempo se coloca la sordina sobre la vida y se le obvia- tanto más se aspira a transformar el pensamiento en experiencia primigenia, en hacer del “ser en cuanto ser” un puro y abstracto pensar. En esos momentos, la vida pierde corporeidad, desaparece en la lejanía infinita. Y cuando más se cree responder por el mundo, las respuestas van perdiendo su vivacidad y colorido, porque se pierde el sentido en el momento de resonar la primera palabra de la pregunta: el gran ser de otros tiempos yace deforme y sin contenido, aún envuelto en una imagen iluminada por el remoto reflejo del más allá. La filosofía  que logra rasgar el velo impuesto a la vida y traspasarlo conquista, retrospectivamente, la visión de su propia historia y retorna a casa -¡a Grecia!- para descubrir, orgullosa de su origen, cómo, desde los alabados “presocráticos”, su papel ha sido siempre el de la crítica..  

No por caso dice Hegel que “la escisión es la fuente de la necesidad de la filosofía, y, como cultura de una época, el aspecto condicionado, dado por la figura”. Como nunca antes en la historia, la sociedad contemporánea padece de un profundo y doloroso desgarramiento. Una escisión medular atraviesa la vida de las formas y las formas de la vida del ser y de la conciencia del corpus social contemporáneo. Todo se ha duplicado en sí mismo; todo se ha desdoblado para devenir in-diferencia recíproca de los términos opuestos. La reflexión del entendimiento abstracto, hija legítima de la filosofía kantiana, lo ha penetrado todo y todo lo ha fijado. La sombra de su formalismo se proyecta sobre las relaciones sociales del presente. El desquicio, lo esquizoide, ha devenido la pandemia que caracteriza el horizonte problemático del aquí y ahora. Jekyll y Hyde son el santo y seña de la sociedad contemporánea. En estos tiempos signados por el “deber ser” -que se traduce en la pérdida del quicio y en la “pecaminosidad consumada”-, la tarea del historicismo filosófico consiste en el esfuerzo de reconstitución de aquel movimiento del pensamiento a partir del cual se pueda irisar la realidad, determinando la manifiesta flacidez de su actual complexión. Se trata del obstinado empeño dialéctico en virtud del cual el conocimiento específico y particular -la ratio instrumental- llega a reconocer sus limitaciones y logra reconquistar la necesaria compenetración inmanente con la totalidad concreta, a objeto de superar la barbarie totalitaria. En este sentido, cual Ave Fénix, la filosofía de Hegel irrumpe de sus propias cenizas, a fin de exhortar al pensamiento a emprender la tarea de sorprender la escisión de sujeto y objeto, de denunciarla y superarla, sin por ello perder el recuerdo de su calvario. La filosofía de Hegel se ha vuelto imprescindible. Negar su actualidad es negar el “aspecto condicionado” dado por la figura del presente.

Es verdad que la filosofía de Kant representa un punto importante en el desarrollo de la filosofía del idealismo alemán. Prueba de ello es el diálogo constante que tienen las filosofías de Fichte, Schelling y Hegel con el criticismo kantiano. Hegel no duda en calificar al pensador de Königsberg de “verdadero idealista”, ya que, para el autor de la Fenomenología del Espíritu, cada filosofía, en sentido enfático, es “esencialmente un idealismo, o por lo menos, lo tiene como un principio, y el problema consiste sólo (en reconocer) en qué medida ese idealismo se halla efectivamente realizado”. De ahí que encuentre en Kant el principio que constituye el punto arquimédico de todo “idealismo verdadero”: la síntesis originaria de sujeto y objeto. Tal es, para Hegel -y lo será para Heidegger- el espíritu de la Crítica de la razón pura. En efecto, la “revolución copernicana” de Kant consiste, según sus propios términos, en esto: “Si podemos probar que nuestras intuiciones a priori, aún las más puras, no producen conocimiento alguno a no ser que contengan un enlace de los elementos diversos que haga posible una síntesis permanente de la reproducción, quedará entonces fundamentada esta síntesis de la imaginación en principio a priori, anterior a toda experiencia”.

En uno de sus primeros ensayos publicados, Hegel muestra su interés y, a la vez, su preocupación por aquél descubrimiento kantiano que, sin embargo, parece pasar inadvertido, ya que la tesis posteriormente desarrollada por el propio Kant llega a concebir el conocimiento como conocimiento limitado al mundo fenoménico y al objeto como algo inalcanzable para el entendimiento humano. Así, la filosofía que hizo del criticismo su templo, una vez reconocido el principio supremo de la correlación del sujeto con el mundo, lo abandona en aras de la dualidad, introduciendo, en su lugar, la doctrina del esquematismo,como intento de solución de la objetividad, perdiendo con ello de vista su propio origen y entrando en clara y abierta contradicción con su propio punto de partida. 

Con Kant, pero más allá de Kant, Hegel recupera la dimensión de la imaginación trascendental con el firme propósito de crear un ambiente propicio para la unidad de pensamiento y ser, de sujeto y  objeto. En medio de lo que considera como “la superficialidad de las categorías”, Hegel logra mostrar la idea “más especulativa y profunda” de la arquitectura conceptual kantiana. Si la síntesis originaria posibilita la resolución de la unidad del sujeto y del objeto  -y con ella la irrupción de la diferencia de lo uno y de lo otro-, entonces, cabe señalar que el sujeto no es menos producido que el objeto por la escisión de dicha unidad, toda vez que los términos en cuestión son sorprendidos cabe-sí en su verdad.

De este modo, hombre y mundo se descubren en su -como dice Marcuse- “imaginarse-en-sí-multiplicidad-en-unidad, ser y saberse productor y producto de lo uno y de lo múltiple: fuerza productiva, como diría Marx. O como señala Lukács, “no se trata de una refutación externa del idealismo de Kant, sino de su superación “mediante el despliegue de sus contradicciones internas”.

Mediada por la paciencia del concepto, la “crítica de la crítica” hecha por Hegel a Kant se revela como el programa conceptual más importante del presente. En palabras de Horkheimer, “si por ilustración comprendemos la liberación del hombre de creencias y  poderes malignos, de demonios y hadas, de la fatalidad ciega, es decir, de la emancipación de la angustia, entonces la denuncia de aquello que actualmente se llama razón constituye el servicio máximo que puede prestar la razón”.

Mucho del empirismo clásico inglés, sobre cuyas bases se construyó el edificio del llamado empirismo lógico contemporáneo, está presente en la filosofía de Kant. Denunciar esas lúgubres sombras presentes en su filosofía es, via dialéctica, el mayor homenaje que se le pueda rendir al cumplirse trescientos años de su nacimiento. 

    



1-  H. Marcase, Op. Cit., p.35.





José Rafael Herrera

@jrherreraucv



¿Qué pasa después de la caja Brillo?



Después de un tiempo de letargo y sensación de nostalgia por no publicar, vuelvo al papel. Os presento una propuesta/tesis, cuando menos personal, divertida y original, que ya me lleva tiempo comiendo la cabeza. Hablaremos de la “Brillo box” de Andy Warhol como representación del fin del arte en Hegel. Por si fuera poco, repito, por si fuera poco, también estoy interesada en relacionar los 3 momentos de la historia del arte en Hegel con los 3 momentos de evolución de la persona escrito por Nietzsche en “Así habló Zaratustra”.
Pero tranquilo todo el mundo, ¡Que no os salten las alarmas de la densidad filosófica! Como siempre mi prisma y mi reto es divulgar de forma que no os acabe dando un parraque cerebral. Aquí estamos para pasarlo bien y si se puede analizar críticamente algo, ¡Eso que nos llevamos a la tumba!


¡Pasajeras empezamos el viaje! Comenzamos por el germen de este inusual artículo: La Brillo Box (producto de súper: cajas con esponjas para lavar la vajilla). En 1964 Warhol presenta por primera vez las Brillo Box como obras de arte. Las cajas representan objetos cotidianos que plantean estas cuestiones la mar de interesantes, entre otras:

- ¿Cuándo un ente cotidiano pasa a ser elevado a la categoría de obra artística?
- ¿El concepto de autoría y artista van de la mano?
- ¿Cuál es la realidad del arte y el arte en sí mismo?

Para retozar cómodamente todo el rato que queramos en torno a estas preguntas e intentar dar nuestras propias respuestas bajo nuestro espíritu valorativo, hemos de saber que Warhol no presenta las cajas Brillo en bruto, sino que presenta una caja diferente a la del súper con un logo hecho por James Harvey. Ahora el arte se libera ya que todo es susceptible a serlo. La narrativa subyacente es susceptible a ser un caleidoscopio postmoderno.
¡Vamos que te peta la puta cabeza!

En mi humilde opinión las cajas Brillo fueron creadas en un momento clave y colaboraron con el cambio de paradigma artístico, fueron de la mano con el fin del modernismo dejando espacio para el postmodernismo o a una era post histórica en lo que a historia del arte hegeliana se refiere.


Para entender bien el fin del arte en Hegel daré 4 brochazos del sistema hegeliano, a modo de contextualización, pero que nadie se altere que todo sigue la misma línea divulgativa con destellos petardos.

Vamos a empezar como se suele hacer por el principio, en un inicio nos topamos, dice Hegel,  con un arte simbólico, donde el elemento sensible se superpone al material. Corresponde a las primeras propuestas artísticas, cuando las personas y la naturaleza son misterios por resolver a modo Agatha Christie. Ejemplo de ello es el arte del Antiguo Egipto. Por suerte fui a Egipto hace poco y si tienes la fortuna de ver una pirámide e incluso entrar dentro, te saltan los plomos y das la razón a Hegel. Es como la famosa frase de Un tranvía llamado deseo “No quiero la realidad, quiero la magia”.

 En un segundo momento pasamos al arte clásico, siendo Grecia su máximo exponente. Aquí vemos representaciones artísticas de dioses antropomorfos, es decir la idea y la materia se equiparán.

Como podéis observar a medida que llegamos a la última parada: el fin del arte. La materia se va diluyendo para dar paso a la idea en si misma. Primero en Egipto, la forma supera el contenido, luego en Grecia el contenido y la idea se igualan y finalmente con Warhol la idea rebasa la forma y muere el arte. Hegel marcó este último hito con el arte romántico, pero no hemos de olvidar que el autor lleva cadáver desde el 1831 y no pudo disfrutar en vida las Brillo Box.

Seguimos al lío y os recomiendo que os abrochéis los cinturones porque de aquí hasta el final del artículo me he permitido ir cuesta bajo y sin frenos. Como ya he comentado en el inicio estoy interesadísima en compartir con vosotres la siguiente movida:  Relacionar los 3 momentos de la historia del arte en Hegel con los 3 momentos de evolución de la persona escrito por Nietzsche en “Así habló Zaratustra”. Nada, una que se vuelve creativa y para eso tenemos la dicha de contar con este espacio.

Estos tres periodos descritos por Hegel (resituando el tercero a nivel personal no en romanticismos sino en el arte conceptual), me empujan de forma muy violenta a relacionarlos con los tres períodos de la persona descritas por Nietzsche, a saber: el camello, el león y el niño.

El camello representa a la persona cargada con una mochila de creencias y supercherías caducas para, cual oveja en el rebaño, sin fuerza para huir a cambio de un paraíso tras esta vida mundana. Evidentemente la persona que es camello está fuertemente metida en el cristianismo y posee una moral de esclavo heterónoma, que le dice qué y cómo ha de hacer las cosas. Llevando a la historia del arte en Hegel responde al arte egipcio que ya os digo yo que de supersticiones y rituales complejísimos está lleno. Lo que me parece una maravillosa fantasía.

La segunda parada representa la fuerza del león para romper contra el deber. Con el león se rompe con lo preestablecido y llega el nihilismo (soy fan que tendría, cual adolescente, un póster de este momento en mi habitación). Este nihilismo representa la archiconocida muerte de Dios. Aquí entrelazaríamos al león con el arte griego que ha superado ya lo simbólico. 

Ante esto ¿Qué coño hace una persona? Pues crear sus propios valores y ahora es cuando entra en el juego la tercera transformación del león al niño, el famosísimo superhombre, que yo denomino superpersona para estar más al día. PUTA LIBERACIÓN TOTAL. En lo artístico llega la postmodernidad y a partir de las Brillo vemos el arte como juego donde el concepto rebosa a la materia.


Este sencillo es esquema nos servirá de referencia y conclusión para resituarnos un poco en todo lo que hemos estado viendo:


Este artículo no ha dejado de ser un capricho que me marcado con el fin de interpelar a la lectora, podéis verle cierto sentido o simplemente pensar que se me ha ido la olla (lo más probable), pero deseo de corazoncito que no os deje indiferentes. Y me parece de justicia que hayáis pasado un rato por lo menos entretenido, ya que yo me lo he pasado genial escribiéndolo.

La paz perpetua

Paz perpetua



“La afirmación de que cien táleros posibles son algo distinto a

cien táleros reales envuelve un pensamiento muy extendido, como 

el de que no es posible pasar del concepto al ser. Contra este algo 

falso, que pretende ser aquí lo absoluto y último, va dirigido el 

sano sentido común. Toda actividad es una representación que no es

aún, pero que es subjetivamente superada. Los cien táleros 

imaginarios se convierten en reales y los reales, a su vez, en imaginarios”.

                                                                                               G.W.F. Hegel


A la paz perpetua. Esta inscripción satírica que un hostelero holandés exhibía en un letrero de su casa, debajo de una pintura que representaba un cementerio, ¿estaba dedicada a todos los «hombres» en general, o especialmente a los gobernantes, o quizá a los filósofos, entretenidos en soñar el dulce sueño de la paz?”. Con estas elocuentes palabras, no exentas de una cierta ironía, comienza Zum ewigen Frieden, de 1795, uno de los ensayos de filosofía y política más celebrados de Immanuel Kant, el gran pensador alemán. 

En sus tratos esenciales, el ensayo kantiano se propone establecer un programa para la concertación de la paz, especialmente entre los países europeos, para lo cual propone una serie de acuerdos que deberían ser puestos en práctica a los efectos de su realización. Dicho ensayo está compuesto de seis artículos preliminares, tres artículos definitivos, dos suplementos y dos apéndices. Está inspirado en el Emilio de Rousseau, quien en dicha obra sintetiza y comenta el proyecto de confederación europea propuesto por el Abad de Saint Pierre, cuyo título es, precisamente, “La paz perpetua”. En sus artículos preliminares, el texto de Kant expone cuáles deben ser las condiciones necesarias para evitar una guerra entre naciones, como la formulación de cláusulas que pudieran provocar guerras a futuro, la desaparición de los ejércitos permanentes o la interferencia de un Estado en los asuntos internos de otro, especialmente de modo violento, a menos que dicho Estado se encuentre internamente dividido, envuelto en una profunda crisis, en la que cada parte se asume como el verdadero Estado, negándose a reconocer a la otra. En estos casos, dice Kant, si “un tercer Estado” pudiera prestar “ayuda a una de las partes no podría ser considerado como injerencia en la constitución de otro Estado, pues esta solo está en anarquía”. 

En sus “Tres artículos definitivos”, el texto examina las condiciones de posibilidad de la paz entre los pueblos. La paz, sostiene Kant, se basa en la formulación correcta de una constitución republicana, sustentada en la libertad, la dependencia en la legislación y en la igualdad ciudadana. La construcción de una sociedad mundial de repúblicas posibilitaría a la vez la creación de una ley de las naciones fundada en una federación de estados libres, así como de una ley de ciudadanía mundial y hospitalidad universal. Bajo tales principios, para poder entrar en una guerra, los Estados republicanos organizados tendrían necesariamente que consultar a sus respectivas ciudadanías, lo que dificultaría en grado sumo -según Kant- la definitiva llegada a una eventual confrontación.

El ensayo concluye con “Dos suplementos” y un “Anexo”. En el primer suplemento, su autor explica como las guerras han forzado a los hombres a dispersarse por todo el planeta, obligándolos a poblarlo y, en consecuencia, paradójicamente han contribuido a organizar los Estados. De modo que la guerra es un fenómeno que, sin proponérselo, ha terminado contribuyendo en la construcción de la paz. El segundo suplemento evoca la figura del rey-filósofo, desarrollada por Platón en República, según la cual los filósofos serían los más aptos para ejercer las funciones de gobierno. Pero dado el hecho de que, hasta el presente, el argumento platónico ha permanecido a medio camino entre las nubes del error y el cielo de la verdad, Kant exhorta a los gobernantes a consultar las opiniones de los filósofos sobre los temas y problemas relativos al Estado a objeto de que las mismas puedan ser tomadas en cuenta, llegado el momento de tomar las decisiones de rigor.

Finalmente, el “Anexo” se compone de dos apéndices, el primero de los cuales versa sobre los desacuerdos entre la moral y la política, mientras que el segundo versa sobre los acuerdos existentes entre ambos términos. Por su propia condición natural, la humanidad no puede prescindir de la moralidad, por lo que un eventual conflicto entre moral y política debe resolverse siempre en beneficio de la moral. En última instancia, la política es la aplicación de la doctrina del derecho y la moral es la teoría de esta doctrina. La paz perpetua solo será posible si la humanidad se aproxima al ideal de la moralidad y de la justicia. Esto, en sus tratos generales, conforma la estructura y el argumento principal del ensayo kantiano sobre la paz perpetua.

Decía Heráclito que “la guerra es padre de todas las cosas”. Por desgracia, el tiempo parece haberle dado la razón. Hoy la guerra se expande por doquier, cubierta por las más diversas figuras, desde las guerras abiertas y directas, pasando por las llamadas guerras asimétricas, hasta la conformación de regímenes que, cubiertos por el manto de la apariencia democrática, mantienen a sus pobladores sometidos a la violación de sus derechos elementales. El negocio del narcotráfico, que ha sido capaz de transmutar el crimen organizado en política de Estado, es una guerra silenciosa que va minando a la sociedad occidental. En fin, las recomendaciones hechas por Kant se exhiben como un monumental deber ser con el que se pretende ocultar la verdadera realidad del presente. El sano sentido común, que Hegel reclama, está cabalmente representado por el ingenioso hostelero holandés descrito por Kant al comienzo de su ensayo. Conviene trabajar en función de transformar los cien táleros imaginarios en táleros constantes y sonantes. No puede haber paz perpetua si no hay justicia y no puede haber justicia si se conculca la libertad. Pero la libertad es, ante todo, responsabilidad, madurez, como la llama el propio Kant, y esta no es posible si no se abandona el modelo educativo técnico, metódico-instrumental, por una formación cultural orgánica, una educación estética, la cual, por cierto, incluye la eticidad. No bastan las organizaciones mundiales, las buenas leyes, los tratados internacionales, las conferencias mundiales, los discursos de orden, los abrazos y los apretones de mano. En estos tiempos sombríos, de ocaso, si en algo sigue teniendo vigencia el ensayo de Kant es en la necesidad de que la filosofía tome la palabra.        

           

      



José Rafael Herrera

@jrherreraucv


         




Saló (una nueva versión)

Perversión de la educación




Se sabe que Sodoma es sinónimo de perversión, pero conviene agregar que toda perversión tiene su origen en la ignorancia. La ignorancia, en efecto, genera perversión y la perversión genera corrupción, desenfreno y violencia. No se trata de la abstracta distinción entre los instruidos y los que no lo son. Una diferenciación, por lo demás, maniquea que abre una igualmente maniquea o abstracta división -un profundo desgarramiento, una crisis orgánica- en el interior del ser social. Se trata de que una determinada sociedad puede llegar a tener una importante representación de técnicos y profesionales que, no obstante, pueden ser tanto o incluso más ignorantes que los no preparados dentro de los diferentes ciclos del sistema de instrucción formal establecido. La progresiva unidimensionalidad de los individuos, su achatamiento; la cada vez más estrecha capacidad del intelligere y del religare; la impotente reducción del saber a tecné; la enajenación, mecanización, masificación y aplastamiento del sujeto, transmutado en virtual receptor de las redes sociales de la poderosa industria cultural; el canto de sirenas de la paridad populista, revestida de frases hechas como la “narrativa” y el “empoderamiento”; el desmérito al mérito, la celebración del grosero “igualismo” -perspicazmente advertido por José Ignacio Cabrujas. Estos son los componentes esenciales para la irrupción de la creciente perversión social que, tarde o temprano, termina en el Inferno, y particularmente en el círculo de la sangre. Es el tránsito que va desde la pérdida del Ethos y la desinstitucionalización del Estado, mediante el espejismo de su duplicación, a la consecuente institucionalización de la corrupción, el “pranato”, la cartelización de las estructuras políticas y el alacranato. En una expresión, estas son las premisas para la instauración de un régimen gansteril.    

Cuando eso sucede, cuando el analfabetismo funcional, la ausencia de formación cultural, el mínimo sentido de la educación estética y el aplastamiento de la diferencia se han hecho realidad efectiva, norma y modo de vida del ser social, entonces estalla necesariamente la agresión sado-masoquista, la crueldad, el atropello, el ensañamiento, el furor prepotente. Todo ello propiciado desde las “cúpulas podridas”. Durante estos períodos, el mal se difumina por todas partes, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, para devenir banalidad. Al igual que Eichmann, en su defensa Alcalá Cordones alegó dar cumplimiento a las órdenes de su Führer. La pérdida progresiva de la civilidad se va apoderando, como único principio supremo, de todo y de todos y se asiste a la gestación de la barbarie como modelo de vida o norma de ser. Ese es el más auténtico “legado” de las -llamadas por Vico- edades “heroicas” para los pueblos. Eso es Saló: la condición de perversión que, en unos casos, puede llegar a durar ciento veinte días y, en otros, venticuatro años o incluso más. Todo depende de las capacidades de maniobra en El lado oscuro de la luna o de la decidida voluntad de romper, finalmente, La pared. Y si es “hasta el final”, nadie debe volver la espalda.

Cuando se institucionaliza, la ignorancia no es más inocente. Adorno afirmó que después de Auschwitz el mundo nunca volvería a ser el mismo y que nunca más se podría escribir poesía. Pero conviene agregar que, después de Saló, se produjo una viciosa -y repugnantemente viscosa- circularidad que insiste, como la mala prosa de los pasquines, en la construcción de satrapías en manos de bufones, en las que la línea divisoria entre el poder político y la gansterilidad se difumina y desvanece por completo. La llamada “República Socialista Italiana” de Saló se gestó después de la destitución y arresto de Benito Mussolini, en 1943. Desde que Hitler supo de ello, planificó la restitución del régimen de “Il Duce”, con el propósito de resguardar el poder político nazi en Italia. Hitler impuso a Mussolini como jefe del nuevo Estado fascista italiano, protegido por la Wehrmacht. Pero esta vez no pudo regresar a Roma y tuvo que conformarse con establecer el centro del poder en Saló, una pequeña provincia de Brescia, que muy pronto se transformaría en cruel ejemplo de humillación servil para el resto de la humanidad. Las glorias del antiguo Imperio romano se hicieron cenizas. La Alemania nazi mantuvo un gobierno títere, con rostro de Mussolini. La satrapía cubana de hoy en Venezuela no es, por cierto, ninguna novedad.  

Pier Paolo Passolini fue testigo de excepción de esa suerte de mixtura, compuesta de sumisión y crueldad, de los servicios de inteligencia -la policía política- y la fuerza armada nacional contra la población italiana. La película que produjo y dirigió muestra los horrores de aquella 'trilogía de la muerte': los giros incesantes de una barbarie que no para en la pesadilla del 'eterno retorno'. El que se haya tomado tan escasa consciencia de esa experiencia pone de manifiesto el hecho de que la monstruosidad de la perversión lo ha penetrado todo. Un síntoma de que la posibilidad de su repetición persista. Y la barbarie persistirá mientras perduren, en lo esencial, las condiciones que hicieron posible su retorno. He ahí lo abominable de Saló: el haber arrastrado al ser social a lo inenarrable. 

El compromiso de una nueva expresión de la educación tiene que trascender el mero análisis y arribar, desde él, hasta la síntesis. El nuevo sistema educativo debe poner fin al mero instruccionalismo. La nueva educación no puede no ser integral y profundamente ética, porque ella tiene la tarea de poner fin al hecho de que, hasta el presente, la propia civilidad ha sido responsable de engendrar 'el huevo de la serpiente'. Si la civilidad promueve de nuevo la instauración de la violencia en su seno, la lucha contra  la ignorancia inmanente a la ratio instrumental tiene que hacerse primordial. El Espíritu tiene la obligación de reconfigurarse, de retarse a sí mismo. Y quizá convenga recordarlo: el Espíritu es, nada menos, que 'un nosotros que es un yo y un yo que es un nosotros'.






José Rafael Herrera

@jrherreraucv