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    Nación y Estado

    La nación y su geografía, en un mapa.

    Como sucede con la mayor parte de los conceptos que se dan por sobrentendidos, el de la exaltación de los derechos individuales, tan en boga por estos días, se basa, exclusivamente, en la presuposición de requisitos de mera naturaleza individual, lo que termina propiciando tarde o temprano la apatía política. Si la exaltación del comunitarismo ha terminado por hacer de la vida ciudadana una ficción en la que se desdibujan los contornos de la condición individual, transformándola en una multitud incapáz de poder decidir por sí misma y reduciéndola a su impotencia, la exaltación de la individualidad abstracta llega, por el camino inverso, exactamente al mismo punto: a la bancarrota de la libre voluntad y de sus auténticos derechos.


    Una discusión acerca de cuál es el mejor modelo a seguir, el más adecuado para la sociedad, sin que ninguno de sus interlocutores sepa a ciencia cierta de qué está hablando, sólo sirve, de un lado, para encubrir la ambición de poder de ignorantes que poco o nada saben de nación y Estado y, del otro, para incrementar aún más la frustración de una muchedumbre con un pie en la incertidumbre y el otro en la resignación. Muchedumbre que, desde el principio, desconocía el real sentido y los alcances de las marchas militantes en las que algunas veces -sobre todo al principio- participó, cual émulo de los Trabajos de amor perdidos o de La comedia de las equivocaciones.

    Lo peor de toda presuposición es que termina dando rienda suelta a las más lúgubres expresiones del autoritarismo y el terror. Es el caso del régimen de Chávez, de sus indiscriminadas prédicas “revolucionarias”, “bolivarianas”, “humanistas” y “republicanas” que terminaron en el horror de un país en ruinas. Pero también es el caso de un puñado de políticos improvisados y sin la mayor formación, quienes, asesorados por una sarta de “teóricos” de bullpen -para no decir de toril-, cuyas nuevas cartas astrales son las estadísticas y las metodologías “de punta”, suponen o que “la realidad es lo que es” o, peor todavía, lo que sus planos astrales “deberían” obligarla a ser, a remate de porcentajes. Y como no lo consiguen, tal como era de esperarse, acuden a la liturgia de la esperanza del “tiempo de Dios” o de su equivalente mediático: la retórica hueca, vaciada de todo contenido, del “vamos bien” y del “sí se puede”. Pero, si desde hace veinte años las premisas son las mismas, ¿los resultados podrían llegar en algún momento a ser distintos? A fin de cuentas, lo tácito oculta, siempre, la ignorancia del bárbaro, se vista de casaca militar o de outlet stores.

    Cuando no se emprende la búsqueda histórico-filosófica del origen de los vínculos del espíritu de una nación, no se llega muy lejos. Y es que no es posible concretar un cambio radical en la vida de una determinada formación política y social sin efectuar el proceso de reconstrucción de su ser y de su conciencia sociales, de conocer a fondo los elementos externos e internos que conforman el pulso de su devenir, esa dinámica que transforma un conglomerado en una auténtica comunidad, una multiplicidad de intereses informes en una nación propiamente dicha. Todo lo cual se expresa a través del estudio del lenguaje, el arte, la religión, los tipos de gobierno, las instituciones políticas, las leyes, el desarrollo productivo, educativo, literario y científico, así como las formas de pensamiento en general que han logrado fraguar su Volkgeist. Se trata, pues, de comprender el ser y el tiempo de una determinada nación. Porque, como dice Hegel, cada nación tiene sus propias representaciones, “un rasgo nacional establecido, una manera de comer y beber, ciertas costumbres que le son propias”. En fin, “un modo particular de vida”. Sólo cuando los instrumentos de “medición” dejan de ser la fuente primaria del conocimiento y la conciencia se dedica a comprender, se produce el cambio, y se puede crear un auténtico proyecto de Nación y de Estado, en el que no sólo la comunidad se sepa inmersa en sus costumbres, sino en la que los individuos logren identificarse consigo mismos, pues al compartir los valores de su comunidad, los individuos, lejos de ser concebidos como masa informe, crecen y con-crecen, porque sus almas se enriquecen y pueden reconocerse libremente en la unidad orgánica de la totalidad social y política de la que forman parte constitutiva. Es eso a lo que se denomina eticidad o civilidad. Y mientras mayor sea el desarrollo de la educación estética mayores serán su armonía y fortaleza.


    Se equivocan quienes, a fuerza de un maniqueísmo ya casi instintivo, presuponen que la salida de las ficción totalitaria de un régimen que ha terminado por secuestrar a los individuos, hasta pretender transformarlos en rebaño, consiste en la promoción de la ficción individualista. De un lado, se exalta al Estado -en realidad, a la sociedad política- contra la iniciativa privada; del otro, se exalta al individuo -en realidad, a la sociedad civil- contra la opresión del Estado. Dos unidades en sí mismas opustas y recíprocamente contradictorias. El Estado es percibido como el aparato del gobierno que ejerce el poder, mientras que la nación está formada por el pueblo, sus súbditos, sometidos a su absoluta voluntad. Semejante presuposición de la doctrina rousseauniana no sólo es inexacta, sino que es, además, superficial. Hablar de la “soberanía nacional” o de la “soberanía popular” ya implica la exclusión de la idea de nación de una concepción amplia y orgánica del concepto de Estado, porque sólo es posible hablar de soberanía si se consideran las diferentes esferas de la sociedad como una totalidad concreta, cabe decir, como el recíproco reconocimiento de la sociedad política y de la sociedad civil, del Estado y de la Nación. En última instancia, la sociedad política, a la que por lo general se le denomina Estado, no es más que la sociedad civil -la nación en cuanto tal- hecha, es decir, objetivada. Rousseau invierte los términos: según él, los individuos enajenan sus derechos al Estado, el cual, a partir de ese momento, regula su libre voluntad. En realidad, es al revés: la voluntad de la nación se ha objetivado y ha creado un Estado, un garante de sus intereses, un organismo que representa y preserva su eticidad, el modo de ser propio de su tiempo. Que con el pasar de los años el objeto creado pase a ocupar el puesto de su creador depende del nivel de conciencia de los individuos que forman parte de dicha nación.


    La Venezuela de hoy no es ni una nación ni un Estado. La labor de los sectores progresistas de la sociedad no consiste ni el el regressus al “como éramos antes” -cosa del todo imposible, por cierto-, como tampoco en la intentio de participar en el “juego” del gato y el ratón, teniendo a una tiranía de narco-traficantes y terroristas como interlocutores de un proceso electoral, con el propósito de posicionarse de algunos cargos “estratégicos” que le permitan tener presencia en el “Estado” y tomar oxígeno para un segundo combate. Decía el Maestro Pagallo que si uno iba a ahogarse era preferible hacerlo en el océano profundo que en una tina de baño. Venezuela requiere reinventarse, rehacerse, ser refundada desde sus raíces. Y sus raíces pasan por la elaboración de la superación y conservación de sí misma. Los griegos llamaban Niké no sólo a la victoria sino a la batalla misma. Tarea nada fácil la de asumir el rol de la Israel de América Latina. El Éxodo da la pauta. Pero este será el esfuerzo más próspero y sublime de un país que bien lo merece. 

    Por José Rafael Herrera@ / @jrherreraucv

    Nombrar la vida (alegato a favor de la muerte)



    “Invirtiendo la pregunta kantiana, no se trataba ya de preguntar: ‘¿Cómo es posible la matemática pura?’ y responder: gracias al sujeto trascendental, sino más exactamente: siendo la matemática pura la ciencia del ser, ¿cómo es posible un sujeto?”
    (Alan Badiou, El ser y el acontecimiento, p. 14)

    1.
    El pensamiento griego clásico plantea una distinción fundamental entre la vida por un lado y el significante de la vida por el otro. Dicha  demarcación que nos habilita un lenguaje para poder pensar la vida, suspenderla y problematizarla, es ni más ni menos que la política.

    Entender la política de esta forma, implica alejarla de la mera defensa de la vida, acercándola en cambio a la objeción de esta. Cuando hablamos de política o de ley, estamos hablando de un corte en el automatismo mecánico de la vida y sus procesos, para de ese modo permitirnos una organización de carácter simbólico en una sociedad. La ley o la política aparecen como una suspensión en la supervivencia de los cuerpos, es decir, una suspensión en la lógica misma de la economía y de la vida.

    Lo dije, “economía”. Esa palabra ha cerrado el camino de la izquierda tradicional en su crítica conceptual al capitalismo. Allí donde antes se hablaba de capitalismo, ahora parece sólo hablarse de economía. Esto posee una profunda significación, porque la economía tiene que ver directamente con el cuerpo y su funcionamiento aproblemático, asignificante, amoral. Economía tiene que ver con el registro de lo imaginario, tiene que ver con lo no político. Es que la economía a diferencia de la política, domina lo privado de los individuos.

    Es por eso que la política no debería ser entendida como la mera administración de la vida en una sociedad determinada, como la gestión de indicadores económicos, de las cifras que incesantemente arroja el cuerpo de lo social. Vale decir, deberíamos comenzar por no confundir jamás a la política con la técnica. En el caso de la primera, lo que hay es una idea respecto a la cual la existencia de las cosas se vuelve problemática, objetando la economía. En la técnica en cambio, lo que hay es simplemente más economía, más vida, más cuerpo, más funcionamiento. 

    Precisamente por lo antedicho, es que no es tan importante la vida como lo es la forma política de significarla. En ese sentido, la política está relacionada íntimamente con un lenguaje que nos habilita a pensar al cuerpo en tanto que cuerpo, a la economía en tanto que economía, a la vida en tanto que vida. Olvidar la política implica ingresar en un olvido de la puesta en lenguaje y su negatividad, dejando de lado su potencia, para conformarnos con lo neutro de la técnica que empuja.

    De ahí que un trabajo político implique forzosamente dotar a la vida de significado, ya que cuando la vida tiene significado se hace imposible que sea intercambiada. Así, la nuda vida –al decir de Giorgio Agamben-, implica una vida asignificante y por tanto plenamente intercambiable. Solamente desde la política puedo decir la vida, cualificándola, alejándola del fetichismo de las cifras, las mediciones y las categorías.

    En esa labor que tenemos por delante, debemos combatir en primer lugar en contra del sentido común empirista, tan enquistado en nuestra cotidianeidad. Parece sensato comenzar por no entender al cuerpo en tanto positividad sino más bien como una lógica de carácter automático.

    Cualquier mecanismo de perfeccionamiento, de potenciación y/o aumento de la eficiencia del cuerpo, lejos de ser artificial como podría parecernos, es natural en tanto prolongación de esa lógica llamada cuerpo.

    2.

    En el pensamiento cartesiano, emerge algo heterogéneo respecto del cuerpo precisamente porque hay un exceso de cuerpo. A eso heterogéneo que aparece, Descartes lo denomina cogito (o alma, espíritu, etc.) y nosotros podemos llamarle también “sujeto”. Pero haríamos mal en interpretar cuerpo y alma como si se tratara de dos positividades enfrentadas entre sí.

    La res cogitans tiene su apoyo en la negatividad, que claro está no es rastreable empíricamente. La res cogitans es lo que nos permite decir la res extensa, y más aún, podríamos decir que si bien cronológicamente esta última es anterior respecto de la primera, lógicamente sin embargo es la res cogitans la que aparece primero, ya que crea retroactivamente a la res extensa como una proyección apres coup. ¿Qué había antes de la aparición de la res cogitans? ¿Acaso no había sólo res extensa? No. No había nada, no había un lenguaje que me permitía decir el mundo y la vida, y como poner en lenguaje es poner es existencia, recién cuando la res cogitans piensa la res extensa y la pone en lenguaje, que esta última pasa a existir.

    Cuando el cuerpo en tanto res extensa logra pensarse a sí mismo, se denomina alma. Alma es entonces también un lenguaje que me permite decir mi cuerpo, decir mi vida. A eso refiere Hegel en su Fenomenología del Espíritu cuando expresa que “el espíritu es un hueso”, es decir, el espíritu puede nada más pensar su corporeidad, constituyendo cierto tipo de límite interior que  obstaculiza el pensar plenamente. Ese límite encarnado por el cuerpo es la automaticidad de la lógica de la vida.

    En ese sentido, la posibilidad de reducir de manera radical al cuerpo a un conglomerado de ciertos procesos biológicos y químicos, no es más que la radical asignificancia de lo real. Tal vez debamos entonces forzar el cuerpo, arrastrarlo al terreno del lenguaje, del significado, de la política. Lo anteriormente mencionado adquiere particular relevancia de manera directamente proporcional a su dificultad en el mundo posmo-capitalista contemporáneo.  Se hace necesario el surgimiento de un régimen social, simbólico y político del cuerpo, que permita al sujeto alejarse de la mera mecánica, para producir entonces en su lugar un corte que la suspenda.

    Contemporáneamente podemos ver que en los ataques de pánico existe un tipo de explosión misma del sinsentido, así como una angustia producida por lo real de ese sinsentido. Allí la persona se enfrenta a la muerte como vivencia de un cuerpo que deja de funcionar. Esa desesperación del cuerpo solitario al carecer de significado, desencadena una pequeña locura en la que sujeto se da de bruces con lo real. Pues bien, allí está la posibilidad de la aparición de algo del orden del sentido, en virtud de que hay allí cierto deseo de que eso tenga lugar.

    Esta labor que tenemos, implica por cierto el tomar como protagonista al lenguaje, diferenciándolo de la definición que lo iguala a la expresión o la comunicación lisa y llana.  Lenguaje debe ser entendido aquí en sentido filosófico en tanto logos, es decir, en tanto implica una racionalidad social y una organización social. Los animales ciertamente se comunican y se expresan, pero desde Aristóteles sabemos que solamente el ser humano tiene lenguaje (logos).

    En ese sentido, como expresa Sandino Núñez en referencia a la postura hegeliana

    “…el hombre o el sujeto es un lugar negativo o formal, una negación de lo dado o una problematización de lo evidente, y por eso el ser o la naturaleza no es lo inmediato existente, simple e indiviso, a ser transformado o humanizado por el trabajo o la producción, sino que es siempre ya prácticas humanas, mediación, sujeto, saber y lenguaje.”
    (Nuñez, 2017, p. 285)

    La lógica del sujeto es altamente compleja, y por eso aterroriza tanto a positivistas como a empiristas, despertando su repudio o su descalificación. Esto ocurre porque el sujeto no es cuantificable, medible, categorizable, indexable, etc. Sin embargo, para una praxis emancipatoria es necesaria la postulación del sujeto, valiéndonos para ello del lenguaje.

    En su seminario número tres, Jacques Lacan manifiesta que el lenguaje es ante todo hablarle a otro. Es decir, el lenguaje no es un instrumento denotativo que refleja objetivamente el mundo tal cual es. Lenguaje es en cambio algo mucho más hondo y sumamente más potente, lenguaje es la posibilidad de decir “cuerpo”, como algo que está afuera del lenguaje y que por tanto no es lenguaje.
    Ocurre que el lenguaje es también una alienación, y acaso la insatisfacción y la incomodidad sean los costos que pagaremos por tener un lenguaje que nos permite decir “cuerpo” o “vida”.

    3.

    Nuestro sentido común puede indicarnos que pensemos las cosas de cierta manera, pero deberíamos ir a contracorriente de eso, atrevernos a pensar rigurosamente al revés de cómo tenemos por hábito hacer.
    Cuando Hegel nos enseña que la esencia no es otra cosa que la apariencia en tanto que apariencia, nos hace pensar en que la esencia es en primer lugar conciencia de la apariencia. Ahora bien, no se trata de algo mágico que habita en las apariencias de los objetos del mundo.  Se trata ni más ni menos de que logremos entender que la realidad objetiva del mundo no es algo cerrado, obturado, acabado. Entonces decir que la esencia es la apariencia en tanto que apariencia, implica fundamentalmente hacer un corte, partir el mundo entre apariencia y esencia.

    En esa misma línea, si yo enuncio que tengo un cuerpo me constituyo en algo que es más que cuerpo. Soy además de mi cuerpo un lenguaje que dice mi cuerpo, quedando forzosamente ubicado en un lugar de negación del cuerpo. Al tener lugar una separación y determinación de mi cuerpo, lo que hago es recortar la realidad (existiendo allí un daño), apareciendo esa positividad llamada cuerpo que se contrapone negativamente con todas aquellas cosas del mundo que son no-cuerpo.

    Estas cuestiones parecen radicalmente extrañas hoy en día, ya que existimos en medio de una grosera pediatrización de lo social, de la mano de un ostensible plus-de-goce que no da respiro ni espacio para un pensamiento complejo que nos permita suspender el tiempo técnico del capital, para poder de alguna manera separarnos, arrancarnos de la secuencia técnica de la producción y de la vida.

    En este posmo-capitalismo somos empujados a favor de la corriente, porque se dificulta incluso pensar siquiera en la existencia de algo como “a favor” y “en contra” de la corriente. Pensar y plantear un antagonismo es una ardua tarea. He ahí algo fundamental del lugar del obrero respecto del capitalista: el obrero puede verse, puede vivirse como alienado, suspendiendo así la secuencia técnica de producción. El capitalista no se resiste, sino que va a favor de la corriente de forma aproblemática.

    En la medida en que podamos establecer una resistencia (en el sentido freudiano del término), podremos estar en condiciones de negar la máquina técnica en la que estamos incrustados y funcionando. Para ello es necesario entender que la vida está sobrevalorada, que no significa nada en sí misma. Tenemos que trabajar intelectualmente para jerarquizar la idea, no la vida.

    Esto podría sonar antipático e incluso algo deprimente, es cierto. Pero más cierto es que la vida no es más que un empuje ciego, estúpido y testarudo, en donde  si lo que hacemos es adaptarnos (ser “resilientes”, como las modas new age sugieren, difunden y alientan) seremos solamente cuerpos que sobreviven y gozan, engranajes de una máquina perfecta en la que cada vez hay menos lugar para la trabajosa construcción del deseo, y más lugar para el contagio del estímulo y la necesidad.

    La resiliencia
     es en el sentido antedicho, contraria a la política y cercana a la economía. No hay que perder de vista que la relación dada entre política y economía es de tipo dialéctico, ya que la política no es meramente una especie de límite que se le pone a la economía, sino que es además la propia diferenciación, el propio antagonismo entre política y economía. La política es la antítesis pero es también la síntesis de ese proceso. Es necesaria la política como lugar de apertura entre los enunciados de la economía y en tanto  espacio de enunciación que permita al sujeto negar esos enunciados.

    No deberíamos perder de vista en ningún momento, que resistir a la muerte y negarla son cosas diferentes. En la negación de la muerte, esta se acepta de manera más o menos subyacente, considerando por tanto también la finitud. Existe por tanto en la negación, una posibilidad para el surgimiento del sujeto en tanto saber de la falta.

    Resistir la muerte en cambio, debemos entenderlo mayormente relacionado con el miedo a la muerte vinculado directamente a la vida que empuja para no dejar de vivir, para ser siempre a cada momento más vida. El horror que la muerte despierta en el  obsesivo es entonces un rasgo constitutivo de la vida, más aún, es la vida misma.

    Poder entender la vida en tanto miedo a morir (a perder la vida), implica entenderla como directamente opuesta a la emancipación del sujeto, y como una fuerza pulsional que (a la radical usanza de la voluntad de poder nietzscheana) busca conservarse a través del crecimiento. Entonces la vida en tanto busca conservarse funciona, habiendo en ese funcionamiento un real impenetrable.

    Tanto la vida como el cuerpo y el placer, están claramente presentes en lo imaginario lacaniano. Son elementos conservadores en los que no hay un conocimiento sino un empuje, siendo por tanto carentes de lenguaje.

    Parece ser cada vez  más necesario por tanto restituir y alimentar el deseo. Eso implica ir fuertemente contra la obturación de la necesaria distancia entre el sujeto y su necesidad, vale decir,  el deseo es también el lenguaje que nos habilita la posibilidad de enunciar nuestra necesidad.

    Hoy parecería que todo es vida, no hay nada que quede por fuera de ella, nada que le sea ajeno. Se hace necesario interponer un recurso social simbólico para significar (políticamente, por supuesto) a la vida. Más que celebrar la vida, va siendo hora de politizarla y organizarla, pasando desde lo imaginario hacia lo simbólico. Más que celebrar la vida hay que nombrarla, hay que (en definitiva) permanecer en la muerte.


    BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
    :

    BADIOU, Alain. El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial, 1999.
    LACAN, Jacques: Seminario 3: La Psicosis. Buenos Aires: Paidós, 2008.

    NÚÑEZ, Sandino. Psicoanálisis para máquinas neutras. Montevideo: HUM, 2017.

    La realidad

    La realidad en un charco.

    La llamada tradición suele hipostasiar sus ficciones y presentarlas como el fundamento último de toda posible verdad. Spinoza acostumbraba designarla -precisamente, a la tradición- como la expresión característica de todo “conocimiento de oídas o por vaga experiencia”. No es que en ella no haya algo de contenido verdadero, ciertos elementos sin los cuales la verdad sería incompleta. Los criterios abstractos de demarcación, que catalogan mecánicamente lo verdadero de un lado y lo falso del otro, son más cercanos a la severidad y a la rigidez de los dogmas -por cierto, tradicionales- que al saber propiamente dicho. Pero una cosa es contener algo de la verdad y otra la pretensión de asumirse como la absoluta verdad. Gato por liebre. Para que la lengua hispana del presente precise el significado de la palabra realidad, está obligada a adjetivarla. De resto, y por hábito y tradición, se la confunde con la cruda e inmediata certeza empírica, con “eso” a lo que se suele llamar “los hechos”. De ahí la inclinación de García Bacca por el lenguaje castizo. A diferencia de la lengua alemana, en la que a la realidad sensorial se le llama realiter, mientras que a la realidad de verdad, la realidad efectiva, se le comprende por Wirklichtkeit. La filosofía es, en esencia, sustantiva. De ahí el fracaso anticipado de todo pensamiento débil, esa colcha compuesta de retazos adjetivos.

    Los seguidores de las representaciones que la tradición trastoca y vende como supuestos “conceptos fundamentales” o como “hechos”, que brotan como los hongos de la “tierra prometida” de la más “absoluta verdad” -y cuya formulación no pocas veces puede llegar a ser, más que patética, vergonzosa-, repiten sandeces que llegan a imaginar como si se tratara de grandes conceptos filosóficos, de la más rancia, profunda e innegable revelación divina. Se las saben todas. Son los creadores de “el tiempo de Dios es perfecto”, de “si me matan y me muero”, de “ese es el deber ser” y de “la única vía posible es electoral”, ésta última como la más depurada versión -especulativa, claro está- del “agarrando aunque sea fallo”. Eso sí: todo encaminado “metodológica, estadística y científicamente”. “¡Vamos bien!” o, cosa similar, “¡Vamos Vinotinto!”. Da lo mismo. Y es que Paulo Coelho, Jhon Magdaleno y Luis Vicente León son apenas unos ingenuos lactantes al lado de semejantes maestros de tan arcana sabiduría oracularia, muchos de ellos, mágicamente transfigurados en parte integrante del flanco apostólico de la dirigencia política opositora. Su última proclamación: “hay que ser realistas”. Venezuela parece padecer de una esquizofrenia colectiva, signada por el desgarramiento entre el objetivismo ciego y el subjetivismo vacío. Recientemente, la periodista Sebastiana Barráez entrevistó al coronel Luis Alfonso Dávila, ex-presidente de la Asamblea Nacional, quien afirmaba que Hugo Chávez, primero, frente a un nutrido auditorio londinense y, luego, frente a los medios de comunicación colombianos, contaba cómo el presidente Carlos Andrés Pérez se había salvado del proceso penal que le abriera el parlamento venezolano por un voto, el voto de un diputado vendido, de un traidor. El diputado en cuestión era nada menos que José Vicente Rangel, ministro de la defernsa y, poco después, vicepresidente del régimen de Chávez. Las palabras de un lado, las cosas del otro. La cultura del desquicio.

    Para el “realista” confeso, ese que no tiene ni idea de qué pueda ser el realismo, dado que su “realismo” es tan “realista” que no le permite más que creer saber que sabe lo que no sabe, “la realidad es lo que es”, o sea, el esto o aquello. Y “lo que es”, el esto o aquello, terminan siendo “los datos” o “las cifras” o, en última instancia, lo que le muestran sus extraordinariamente desarrollados y agudos sentidos, por aquello de que “ser es ser percibido”, ni más ni menos. La matemática infinitesimal o la física cuántica se les antojan como parte de la complicada trama de la ciencia ficción. Y, ebrios de percepción como están, difícilmente puedan llegar a comprender que la realidad no es lo que la apariencia les ha hecho ver, oir u oler. Los músculos que no se usan se atrofian. De modo que por el camino de los prejuicios y las presuposiciones que la tradición ha sembrado en sus atrofeadas bóvedas craneanas o por el vaivén de las cifras o de la mera percepción, resulta imposible comprender que la realidad sea, efectivamente, la unidad de la esencia y la existencia, la unidad de la unidad y de la no-unidad de lo interior y lo exterior, la relación de los términos opuestos devenida idéntica consigo misma. Pero todo esfuerzo en esta dirección será inútil, porque eso de ponerse a estas alturas de la existencia -pues la circunstancia de sus tristes estar aquí no puede llamarse vida- a pensar, a verse forzados a salir de la zona de confort que plácidamente le brindan el sentido común y el entendimiento abstracto, no es asunto de interés. Pensar cansa, fastidia y no da ganancias. Eso también forma parte del ser “realista”. El resto es ponerse a inventar, a buscarle las patas que no tiene el gato. De tal manera que el tal “realismo” no sólo se revela como el más aplastado y miope de los empirismos, sino que, precisamente por eso, queda sorprendido -aparte de sus gustos por el chinchorreo físico y mental- como el más craso de los irrealismos posibles. Un irrealismo que ha sido muy bien aprovechado durante los últimos veinte años por los muy realistas -y esos sí: materialistas, además- cabecillas del cartel narco-terrorista que mantiene a la satrapía de los títeres de Maduro y Cabello en el poder.

    Una generosa pista para los premurosos supuestos realistas. Una vez más, en lengua alemana, la confusión de objekt y Gegenstand hace la diferencia entre los feligreses del materialismo -todos ellos prekantianos, es decir, precríticos- y el término del pensamiento, porque, aunque no lo puedan creer, la realidad de verdad, la realidad efectiva en cuanto tal, es justo eso: el término del pensamiento, lo contra-puesto (Gegen-stand), la actividad sensitiva humana. Materia pensada. Porque justo donde termina la actividad, la producción, la creación del pensamiento, tiene sus inicios la realidad de verdad. Y es que, despues de que Kant lo comprobara, la realidad es el producto, el resultado, de la actividad productiva del sujeto-objeto idéntico, de la praxis humana, de nuevo, de la sinnlich menschliche tätigkeit, y fuera de ella nada es. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas, observa Spinoza. La realidad se construye haciéndola: verum et factum convertuntur reciprocatur, dice Vico. Lo concreto no es lo la dureza inmediata de lo sensible, sino lo que con-crece, la síntesis de múltiples determinaciones, la unidad de lo diverso. Y es por eso que en Hegel la realidad no puede no identificarse con la razón, póngasela de cabeza o de pié: da lo mismo, porque, a pesar de lo que puedan llegar a creer los pseudo-realistas -empiristas, solipsistas o nominalistas sin tan siquiera saberlo-, la circularidad termina formando un círculo. Los fieles seguidores de los resabios de la tradición dirán lo que quieran y seguirán bamboleándose en la comodidad de su chinchorro hecho de lugares comunes. Pero por ese camino, lo que se representan como la realidad nunca dejará de ser más que una ficción, mientras que lo que se imaginan que es una ficción es la más genuina realidad.       
                   
    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    El próximo pueblo

    A mi hermano de, la vida

    Henry Collet Camarillo

    Juan Nuño cruzado de manos, escéptico.

    Juan Nuño fue el más ilustre, conspicuo y polémico representante del escepticismo lógico en Venezuela. Agudo y punzante, inteligente y satírico, nadie puede poner en duda -nisiquiera el propio Nuño, quien habituaba ponerlo todo entre signos de interrogación- ni su densa y sólida formación filosófica ni la decisiva importancia que ha tenido su contribución para el quehacer filosófico contemporáneo, tanto en hispanoamérica como, especialmente, en el país que escogió para emigrar desde su España natal apenas con una veintena de años, para hacerse discípulo de Juan David García Bacca, de quien no sólo recibió el pléroma -esa unidad primordial- de la filosofía clásica antigua, sino el riguroso dominio de la lógica formal y de la filosofía de la ciencia. Después vinieron Cambridge y el positivismo lógico, la Sorbona y el existencialismo de Merleau-Ponty, Suiza y las enseñanzas de Bochenski. La época dorada de la filosofía en Venezuela pasa, de modo inevitable, por la tonalidad incandescente que le brindaran los tropos del escepticismo de Nuño, esa doctrina -ciertamente, mordaz- que considera que no existe ningún saber firme ni ninguna opinión definitiva. Pero además, y como afirmara Jesús Sanoja Hernández, “Nuño intentó bajar poco a poco desde las alturas de la filosofía a las tierras llanas de la polémica cotidiana”. Y es que es eso lo que, precisamente, transforma al catedrático de filosofía en auténtico filósofo, teniendo o no la razón siempre de su lado.

    En algún artículo de opinión, Juan Nuño dejó claro que Venezuela, a diferencia de otras regiones más transparentes, nunca había tenido la mayor importancia para el imperio español. No era un virreinato sino, apenas, una capitanía general y, en última instancia, un lugar de paso, un puerto de entrada ubicado al norte del sur del continente. Un puerto, con todas las implicaciones que el término sugiere. Una puerta, un portal, un toc-toc. La puerta de los gallos (portu-galia) del Caribe. El desprecio -y, más bien, el reconcomio político- de los españoles del Renacimiento frente a Portugal marcó el destino de Venezuela, cuyo nombre de pila, por aquello de los palafitos, ya llevaba inscritos los caracteres de la poca monta: una Veneci-ucha, una Vene-zuela: la zuela de Venecia. Según esta descripción, Venezuela, incluso antes de nacer, comporta los signos de la decadencia. Su bautismo revela un reflejo especular, la imagen invertida de su referente europeo. Es la extensa llanura, aguas abajo, del virreinato de la Nueva Granada. La casamata desde la cual se puede resguardar la vastedad de las playas caribeñas, ya desde entonces, plagadas de piratas ingleses, holandeses, franceses, entre otros, pero no el lugar estratégicamente indicado para la fundación de la capital imperial en los nuevos territorios que se iba anexando.

    Al liberarse definitivamente del dominio monárquico español, Bolívar, venezolano y caraqueño, no pensó en su terruño como la capital de la nueva república independiente sino, por cierto, en Santa Fe de Bogotá, la antigua capital del virreinato de la Nueva Granada. Allá estaba la ilustración, la cultura, la educación, la institucionalidad, en fin, como él decía, “la universidad”. Venezuela era el “cuartel” y Ecuador el “convento”. Por eso se convirtieron en los otros dos Departamentos de “Colombia la grande”, como el Libertador -inspirándose para ello en la Colombeia de Francisco de Miranda- solía denominar a la nueva nación. Al producirse la ruptura y tener lugar en Valencia la fundación de la República de Venezuela, la incipiente conciencia comienzó a construir y destruir -una y otra vez- su propio artificio. Si, por un lado, con el doble triunfo obtenido -el haberse independizado de la monarquía española y el haberse separado del antiguo centro político y cultural neo-granadino- el pueblo venezolano parecía haber llegado a su más alta cumbre, por el otro, iba dando rienda suelta a sus determinaciones interiores. Y al volverlas hacia afuera se iban poniendo en evidencia sus discordias. Ya no estaba en lucha contra sus anteriores opresores, pero al cumplir la misión y llegar al goce de sí mismo, comenzó a reproducir dentro de sí la oposición que acababa de anular. La progresiva descomposición interna fue la inmediata consecuencia de su victoria. Y, así, el final de la tiranía exterior puso en evidencia la presencia de la tiranía que se llevaba por dentro. Ya no había tensión hacia afuera, pero ahora se ponía de manifiesto la descomposición interna. Su más alta cumbre terminó por dar inicio a su decadencia. Como podrá observarse, la geografía no es tan sólo el “estudio de la tierra”, sino que precisamente por ello es historia viva.

    Adel paréntesis democrático, que durante cuatro décadas hizo florecer a un pueblo que parecía encaminarse finalmente hacia su civilidad, conducido de la mano por sus instituciones universitarias, las reiteradas convulsiones orgánicas y la inclinación mórbida por la autoflagelación parecen ser sus constantes. Son los reflejos de un reflejo, las ruinas circulares de un inmenso fractal de odios y venganzas contra sí mismo. Un espejo roto y enterrado en la arena sangrante. Una constante que, por estos días, pareciera no ser exclusiva de la multitud venezolana. Es tiempo de que esta ficción de la conciencia natural se termine. Para superarse a sí misma, Venezuela no puede “volver a ser lo que fue”, ni debe “salvarse” nada en ella. El “como éramos antes” es parte de la ficción. Sólo queda reinventarse y rehacerse o, más bien, re-crearse. No era difícil adversar el entendimiento de Nuño desde el historicismo filosófico, pero era fácil reconocer el correcto ejercicio de sus refutaciones. Quizá Nuño no llegara e tener plena conciencia de las implicaciones contenidas en su negación del mito venezolano. Pero, en todo caso, conviene advertir que es en virtud del escepticismo que el espíritu se pone en condiciones de examinar lo que es verdad, haciéndolo desesperar de sus propias representaciones. Quizá sea este, como dice Hegel, “el camino de la duda y la desesperación”. Pero es el único camino capaz de hacerle saber a los muertos que tienen la obligación de enterrar a sus muertos.

    Por José Rafael Herrera 
    @jrherreraucv

    Pizani, o la defensa de la Autonomía universitaria.




    Autonomía universidad.

                Hay quienes creen que las ideas y los valores poco tienen que ver con la realidad y que sólo el pragmatismo cuenta, a la hora de confrontarse con la dureza de “los hechos” materiales, con los asuntos propios de “la práctica”. Son los que se autodefinen como “realistas” sin tener la más mínima idea de lo que sea la filosofía del realismo, al que irremediablemente confunden con el más rasante de los empirismos. De hecho, se representan el realismo como una doctrina lo más cercana, lo más próxima, a “la realidad”, sin percatarse de que lo que se imaginan que sea la realidad no es más que su abstracto reflejo. En el fondo, coinciden con el cretinismo de los que creen que la crianza de gallinas en las escuelas es más importante que el estudio de la matemática, la literatura o la historia.
                A la hora de la verdad, lo que los diferencia, en el fondo, es una vanidosa aspiración: el deseo  irrefrenable de ostentar los cargos de poder que hoy ocupan sus adversarios, sus opuestos, como diría Hegel. Es un “realismo” animado por el propósito de alcanzar aunque sea un poco de los beneficios y privilegios que hoy ocupa la canalla vil, ubicada muy por encima de las necesidades del resto de la población. Vanitas vanitatis. Quizá sea por eso que más que realismo, se trate del gusto por los reales. De realista a realista traduce: de bárbaro a bárbaro. Es, pues, el “realismo” de los miserables, el de las audacias de los Carujo de siempre frente a los Vargas que siempre se les enfrentarán, por lo menos mientras exista la idea y el derecho de la universidad autónoma, justa y solidaria, la misma que enfrentó y venció, contra todo pronóstico “realista”, a las despiadadas ordas de Boves, la misma que levantó su voz contra los Monagas y contra Guzmán Blanco, la que padeció la rotunda y el exilio de Gómez, o el Obispo y la Guasina de Pérez Jimenez. La universidad que no se calla y que no descansará hasta que la irreverente luz de la verdad ponga fin a las ruindades de la ignoracia y a la opresión de los amantes de ese arrogante realismo que no lo es, porque en nada se funda más que en palabras vacías. Y como la ignorancia es audaz y persistente, siempre tendrá que haber universidad, porque no hay forma de detener la actividad sensitiva humana, la actio mentis, en su infinito esfuerzo de preservar la razón y la libertad.
                “No dejó cuenta en el banco ni vehículo propio”, observa el autor de la reseña de la vida del muy ilustre rector de la Universidad Central de Venezuela Rafael Pizani, cuya gestión, asumida apenas a los 34 años de edad, pronto se transformaría en referencia histórica. Muy probablemente, el rector no profesaba el realismo de los audaces, pero sí la chispeante fantasía de los constructores de las ideas sobre las cuales se sustenta toda auténtica realidad de verdad. No por casualidad fue un filósofo del derecho. Uno de sus fieles discípulos, Elio Gómez Grillo, describió su muerte del siguiente modo: “En la Roma antigua, cuando moría un gran hombre, no se decía “ha muerto”, sino “ha vivido”. Así puede decirse del maestro Rafael Pizani, cuando falleció el 16 de diciembre de 1999. La muerte sólo pudo arrebatarle nada más que su vida. Permaneció todo lo demás”. Pero, ¿qué es lo que aún permanece del Rector Magnifico?, ¿qué es eso a lo que Gómez Grillo denomina “todo lo demás”?
                Cuarenta años de sacerdocio universitario, con una sola interrupción: el exilio al que lo llevó la defensa de la autonomía universitaria frente al régimen dictatorial de Pérez Jimenez. Pizani había encabezado las firmas de la Carta Magna Universitaria, un documento leído y aprobado por los profesores y estudiantes de la UCV reunidos en asamblea en un Aula Magna desbordada. La Carta enfrentaba el decreto de la Junta militar que suspendía la autonomía universitaria y, con ella, la creación libre del saber. Su voz de protesta frente a la mordaza se transformó en el concepto - la actio mentis- en virtud de la cual surgió, primero, la resistencia y, más tarde, la sublevación contra la tiranía. Después de todo, la universidad triunfó, una vez más. Cuando las dictaduras enfrentan a las universidades tarde o temprano se inicia su caída. El saber, siempre, será el verdadero realismo, el más auténtico y más concreto.
                Después de las dictaduras, toca reconstruir el país. Y no hubo cargo de responsabilidad en el que el rector Pizani no ejerciera el ejemplo e impartiera su sacerdocio docente, bajo el convencimiento de que sin formación civil y ética profesional resulta imposible el progreso de un país. Para Pizani, “la universidad venezolana constituye -hoy como ayer- el reducto insobornable de la dignidad nacional”, y mantener su defensa “es nuestra tarea y nuestro compromiso con el pueblo venezolano”. A pesar de “todo apetito subalterno de dominio y de mando, sin doctrina y sin mañana, siempre resurge el horizonte iluminado de un pueblo que rescata, por su Universidad, el invalorable derecho de ser un pueblo libre”. El profesor Pizani es -y seguirá siendo- “un símbolo vivo de la universidad venezolana”.
                El próximo 23 de Enero de 2020 vence el plazo dado por el tribunal de la narco-usurpación para que la Universidad Central de Venezuela efectúe unos comicios inconstitucionales y violatorios de la Ley de universidades vigente para la renovación de sus autoridades. La UCV debe, efectivamente, renovar sus autoridades. Nadie puede poner en duda esta vital necesidad para la institución, sobre todo después de que se le prohibiera, durante años, efectuar comicios dentro de los lapsos legalmente establecidos, amenazando a los miembros de su Consejo Universitario con enviarlos a prisión en caso de proceder a su convocatoria. Hoy se le pretende obligar a efectuarlos, pero fuera del marco reglamentario y en abierta contradicción con su naturaleza estrictamente académica, con el objetivo de preparar el camino para la definitiva intervención de su autonomía.
                Los supuestos realistas, férvidos de pragmatismo, siempre dispuestos a la participación “como sea” para “agarrar lo que sea”, ya se preparan para presentarse en los comicios, en acato borreguil a lo establecido por el tribunal de la narco-usurpación. La idea de Academia no cuenta, lo que cuenta es la elección por la elección, a cualquier costo. Otros, en cambio, se niegan a todo tipo de participación electoral, apelando al argumento de que el régimen ya ha puesto en marcha la celada para la intervención, de tal modo que votar o no votar les resulta, en sustancia, lo mismo. Son estos los apocalípticos que con cierto aire de superioridad, de “almas bellas”, terminan por condenar a la institución proclamando su derrota por anticipado. Por fortuna, la mayoría académica ucevista está dispuesta a aceptar el reto electoral, pero no bajo las condiciones exigidas por el espurio tribunal, ese bufete a sueldo de los narcos, sino de acuerdo con el mandato de la Ley y de la Constitución, en clara  defensa de la autonomía universitaria, siguiendo para ello las enseñanzas de sus rectores magníficos, Vargas, DeVenanzi, Bianco y, por supuesto, Pizani. Será un acto de rebelión, la premisa para el fin de la narco-tiranía. Y que quede claro: en esto no es posible ceder. La universidad, como el país del cual es conciencia, no se negocia.          

    Plotino: Renovador, místico y neoplatónico.







    ¡Con el neoplatonismo hemos topado! Además en un contexto tan interesante como el periodo alejandrino, momentazo de mestizaje e intercambios culturales donde los haya. El conocimiento se mezcla, fusiona y renueva dando como fruto una amalgama de “nuevas-viejas” corrientes filosóficas, especialmente de origen griego. Aunque el imperio griego estaba en declive y el romano en auge, la cultura griega estaba de moda y con ella resurgen numerosas corrientes culturales.
    Hoy profundizaremos en una versión del platonismo, que a mi parecer, es muchísimo más divertida que la original. ¡Plotinismo allá vamos! Plotino representa la continuación de la tradición platónica con el plus de originalidad de su pensamiento especulativo. El filosofo captó a la perfección el espíritu ecléctico de su tiempo.


    Veremos los aspectos más singulares y relevantes de la vida del autor para sumergirnos de pleno en su pensamiento y así entender la herencia de su filosofía. Lo que sabemos de la biografía de Plotino nos llega en gran medida de Porfirio, un discípulo suyo que lo tenía medio endiosado, lo que aumenta la leyenda y la diversión.  Parece ser que nació en Licópolis sobre el 204 o 205 pero que acabó montando escuela en Roma, donde residió y dio clases. Tuvo algún@s alumn@s importantes como su futura esposa (afortunadamente su secta no hacia distinciones de sexo a la hora de admitir miembros) o el propio Emperador romano.
    Dicen que era muy buen profe y que no le importaba ampliar explicaciones o repetir un concepto hasta que se entendiera. También era un hombre respetado en su comunidad, al cual acudían en ocasiones para que mediara en conflictos vecinales.
    En su vida también encontramos algunas excentricidades que demuestran que era súper fan de Platón. Una vez pidió al gobernador el terreno de un desierto cercano llamado Campania para fundar Platonópolois una polis regida por La república de Platón (¡Qué chulada!). Imagino como fantasearía con ser el mismo el filosofo rey. Otro dato curioso y que prueba su fe en el maestro, era que nunca quería ser retratado ya que le parecía demasiado decadente promover copias de copias. Pero sus discípulos, poco respetuosos y con ansias de un retrato de su guía, urdieron el siguiente plan: Hacer pasar a un retratista como alumno y que luego de memoria trazara su retrato (Unos genios).
    A los 66 años se retiró a una casita de campo aquejado de dolencias estomacales, lamentablemente rehusó la medicación ya que la consideraba poco filosófica y murió poco después.

    Ahora que nos podemos hacer una idea del contexto y el personaje que era Plotino, sin más preámbulos, entramos de cabeza en el pensamiento plotiniano. El neoplatónico nos ofrece un sistema jerarquizado de la realidad y en el rango más alto vemos el Uno
    Importantísimo entender que es esto del UnoPlotino defiende la existencia de un primer principio absoluto que denomina Uno. Algo así como una especie de “arjé” presocrático. Este Uno es la fuente creadora de todo lo demás que para poder ser verdaderamente trascendente, debe ser concebido como absolutamente simplesin determinación formal alguna, carecer de todo predicado, y a la vez, para ser principio, deberá dar razón de toda la multiplicidad del universo

    Nos encontramos con una de las grandes dificultades de los@s grieg@s, explicar el paso de la unidad a la multiplicidad, explicación hercúlea que ya se intentó en el Pármenides de Platón. Ante tal hazaña cognoscitiva Plotino tampoco se calienta mucho la cabeza y defiende lo siguiente: 

    El Uno es un principio que da origen a la multiplicidad y dar origen a la multiplicidad es lo que lo constituye como principio.

    Está esta explicación, que no puede ser más circular, es la que nos ofrece el autor para justificar el paso de lo Uno a lo múltiple. El tío con un par, no le da más vueltas y continua con su doctrina sin mirar a tras. Que conste que lo entiendo perfectamente ya que es un problema filosófico de gran calibre al que podría haber dedicado su vida entera sin obtener salida alguna. De ser así y la humanidad hubiera perdido un gran pensador en a pro al nuevo platonismo. Nosotros igual que Plotino continuamos adelante sin amargarnos más por lo irresoluble y punto y pelota. Según el autor, de este Uno emanan sin perder un ápice de sí, los estadios más bajos de la realidad. Yo comparo este Uno como la luz solar dadora de vida, que nos alumbra y calienta sin perder por ello ni una gota de su brillo.

    Esta filosofía jerarquizada se muestra en 2 movimientos:

    a) Del Uno al uno (descenso)
    b) Del uno al Uno (ascenso)


    En el primer movimiento de descenso el Uno generador va al uno particular (cuerpo material) que reside en el mundo de las cosas. El Uno llega al uno desplegándose en 3 niveles:

    Primero en el Nous o Espíritu. Este Nous o espíritu hace referencia a las idees platónicas, a la razón divina.
     
          Luego en el Alma que es causada por el impulso de las idees que quieren ejecutarse o actualizarse.

       
          Más tarde en el último eslabón, la materia sensible. Tanto para Platón como para Plotino el mundo sensible carece de nobleza y autenticidad. Vamos que a nivel material somos una mierda seca.


    El segundo movimiento, el que describe la finalidad de la vida humana, es el movimiento de ascenso que va del uno determinado al Uno divino. Plotino desea el ascenso y unión con el primer principio. Este ascenso se da cuando el alma atraviesa los diferentes paisajes hasta poder contemplar al Uno. El ascenso es un viaje de 4 paradas:

        

          1) Mundo sensible: Nivel más bajo donde el alma se impregna de la pasividad de los placeres y del ejercicio de las virtudes sociales.

          2) Mundo de la reflexión/ racionalidad: Nivel medio donde el alma es dueña de sí.

    3) Mundo de las ideas: El alma capta las esencias finales y los datos intuitivos.

    4    4) Éxtasis: Contacto con el primer principio. Última parada y finalidad de la vida de las persones. Parece ser que Plotino llegó al estado de éxtasis místico 2 o 3 veces, ahí es nada.

    Plotino tiene una fantasía muy bonita y es que el se imagina a las almas dibujando un circulo perfecto cantando alrededor del Uno. El coro entona en harmonía, pero cuando alguna de les almas desenfoca su atención hacia el Uno, su canto empeora y necesita volver a centrarse en el Uno para afinar. Nuestra alma necesita tener presente al Uno para estar encarrilada.

    A pesar de que Plotino dijera Uno y no Dios, esta claro que este primer principio y su neoplatonismo en general se puede vestir, en cierto modo, con las ropas del cristianismo. A mi parecer este es uno de los grandes motivos del éxito de Plotino y de que se hable de este en las aula universitarias. Aunque Plotino solo pretenda retornar a Platón  y no reformarlo, lo renueva aportando soluciones llenas de aire fresco. Su flecha marcara la dirección del pensamiento venidero. Continuidad  y “olor a libro nuevo” se unen es este pensador. Durante el siglo III, en el paisaje helenístico, se instauró el neoplatonismo, cuyo representante más significativo y místico es, sin duda, Plotino.

    En el nacimiento del pensamiento neoplatónico intervienen diferentes agentes: hechos históricos como el descenso del imperio griego y el auge del romano, así como multitud de corrientes de pensamiento, ya que la filosofía helenística esta petada de sectas y cantidades ingentes de doctrinas y variantes. En este torbellino cultural no es fácil de concretar la huella exclusiva de Plotino. Pero de lo que no podemos dudar es de que la filosofía de Plotino constituye el paradigma del neoplatonismo pagano así como un punto de partida para l@s primer@s cristian@s, que marcará el camino del sucesivo pensamiento medieval.

    John Shand: los fundamentos de la filosofía


    La editorial Routlege publicó en 2003, una compilación de ensayos filosóficos realizada por el profesor John Shand, con el título de Fundamental of Philosophy, cuyo objetivo es mostrar al público la importancia de los estudios filosóficos. Esta prolífica obra es utilísima para todos aquellos que quieran conocer el espíritu y el panorama de la filosofía. En la introducción del libro John Shand expone de manera sencilla, pero profunda la ‘esencia de la filosofía’. Varias de sus ideas resultan, no sólo interesantes, sino pertinentes e ilustrativas para entender los diferentes temas que se abordan desde la filosofía.

    Describe el papel de la filosofía mientras que resalta su importancia en las diferentes dimensiones de la vida humana cuando afirma que la  «Philosophy is a great intellectual adventure while at the same time what it discusses is one of the most important things we can do with our lives.» Es decir, la filosofía no sólo es una gran herramienta intelectual, sino que trastoca todo aquello que con nuestra racionalidad y lenguaje vamos construyendo.

     A quienes se dedican a hacer filosofía se le suele pregutar ¿qué es la filosofía o, para qué sirve la filosofía? a lo que John Shand responde: «Philosophy is what happens when you start thinking for yourself». No cabe duda, la importancia de ‘pensar por sí mismo’ constituye una tarea fundamental que denota un principio ético inalienable del ser humano, ‘la libertad’. La filosofía por antonomasia, fomenta el pensamiento crítico, vital para reconocer y ejercer los derechos fundamentales, la filosofía representa el bastión de la ‘libertad’. Cuando se es capaz de cuestionar las creencias de todos aquellos presupuestos que -muchas veces- se dan por sentados, por ejemplo, religiosos, éticos, políticos e inclusive ‘científicos’, entonces, estas comenzado a pensar por ti mismo. Filosofar, por decirlo así, consiste en juzgar el ‘estado de cosas’, los hechos que configuran el espacio lógico de la realidad.

    John Shand propone una serie de interrogantes que desde la filosofía se pretenden responder, entre las cuales podrían mencionar: ¿Cuál es la naturaleza de la racionalidad? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es saber algo? ¿Qué estamos percibiendo cuando afirmamos estar percibiendo el mundo? ¿Qué es la realidad? ¿Qué significa que algo sea moralmente bueno? ¿Se pueden justificar los juicios éticos? ¿Qué es la conciencia y qué es el yo? ¿Qué es entender el significado de una palabra? ¿A qué llamamos ciencia? ¿Cuál es la naturaleza de la mente? ¿Qué son los derechos humanos? ¿Qué es el arte? ¿Existe dios y, si existe, cuál es su naturaleza? Y muchas otras inquietudes que surgen cuando la racionalidad confronta el mundo de los fenómenos.

    Aunque la ‘duda’ representa una especie de arjé, a la hora de filosofar, pues, esta no queda vacía, sino que se llevan hasta las últimas consecuencias desplegando todas sus formas posibles de lo que denominamos ‘verdad’. Ahora bien, estas preguntas se abordan desde las diferentes ramas y se consideran las diferentes perspectivas históricas que conforman la totalidad de la filosofía y, lejos de la improvisación, se sistematizan en áreas centrales del conocimiento, por ejemplo: Epismología, Metafísica, Lógica, Ética, Historia de la Filosofía Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea, respetivamente. Todas las dimensiones humanadas son abarcadas desde la Filosofía de la mente, Filosofía del Lenguaje, Filosofía de la Ciencia, Filosofía Política, Filosofía del Arte Filosofía de la Religión hasta Filosofía del Música y del Cine. En el texto, el autor muestra la gráfica de las áreas de la filosofía como sigue:







    Otras de las ideas que se podrían resaltar en la introducción del texto es la que gira en torno a la filosofía y la felicidad, en el texto lo explica como sigue: «As a way of life philosophy and philosophical thinking do not promise happiness, but they do, I think, enhance what is best in human beings. Philosophy embodies that which is noblestin our species». Si bien es cierto, la filosofía no garantiza la felicidad, debido a que lo se da por sentado bajo el concepto de felicidad es cuestionable en filosofía, pero el autor atina  al decir que mejora lo que es mejor en los seres humanos y eso es precisamente lo que imprime su carácter noble de su actividad. Junto a las diferentes profesiones que existen en las universidades del mundo viene a ser, no solo un complemento, sino un eje transversal que permea todas las áreas del conocimiento.


    Dialéctica y distinción

    Benedetto Croce.
    Benedetto Croce.

    Decía Benedetto Croce que el precio de la civilización consiste en mantener la “vigilancia continua” contra la barbarie. Como nunca antes en la historia, la barbarie -ese espejo roto que refleja los añicos de la eticidad- parece haber descifrado los tradicionales códigos ético-políticos de vigilancia, control y seguridad, establecidos por la civilización. Y, código en mano, no sólo los ha ido burlando, sino que ha logrado mimetizarse hasta penetrar astutamente en sus entrañas para destruirla paso a paso, tal como se insertan las células cancerígenas en el tejido orgánico hasta tumorizarlo. Ahora sólo es cuestión de tiempo. La sociedad occidental, presa de las glorias de su entendimiento abstracto, anda tras la pista de sus recurrentes “investigaciones estadísticas y metodológicas”, barruntando, a ver si entre cifras pueden detectar el modo de restituir las claves, y con la mirada echada sobre el rincón de la impotencia de un humanismo de utilería, ficticio y ajeno a las glorias de Bocaccio, se propone, “en última instancia”, recurrir a la negociación o al diálogo, como se hacen las cosas entre las gentes civilizadas, a ver si se pudiese pactar algún acuerdo “firme” y “realista” que, como en otros tiempos, frene o ponga fin a la voracidad creciente de los legítimos herederos del imperio de los nómadas. Ya no se trata de una “amenaza”: están aquí y en Ecuador, en Chile, en Bolivia, en España, y nadie parece darse por enterado.

    Benedetto Croce fue uno de los dos grandes pensadores italianos de la primera mitad del siglo XX. El otro fue Giovanni Gentile, con quien Croce discutió en profundidad acerca del logos dialéctico e histórico, y particularmente sobre el concepto de oposición. Hegel, según Croce, tuvo el mérito de descubrir que la oposición es el alma de la realidad, y que el espíritu es tanto la oposición como la unidad de los términos opuestos. El problema es que, en su opinión, terminó por extender su concepción de la oposición incluso a lo que no se opone, confundiéndola con lo distinto. Lo bello se opone a lo feo en la estética, lo verdadero a lo falso en la lógica, lo útil a lo inútil en la economía, el bien al mal en la ética. Pero no hay oposición, por ejemplo, entre belleza y falsedad, porque lo uno y lo otro poseen un estatuto de realidad diverso y corresponden a distintos grados de la vida del espíritu. No se puede confundir la actividad teórica con la práctica, como tampoco lo concreto con lo abstracto, o lo particular con lo universal.

    Un universal concreto es un constructo cultural e histórico. Es el resultado de la actividad práctica y teórica del espíritu, y dista mucho de ser una abstracción, porque lo abstracto no es -como se ha hecho creer- ni lo elevado o etéreo ni lo complicado y profundo, sino, más bien, lo parcial e incompleto. Por eso mismo, no existe para Croce posiblidad de oposición entre un grado particular abstracto y un grado universal concreto, como, por ejemplo, entre la utilidad y la ética. Lo útil es un acto de satisfacción de un deseo con base en las necesidades inmediatas. Para que lo útil llegue a ser ético es determinante que deje de ser abstracta y arbitrariamente útil y conquiste un nivel de concreción  superior que le permita transformar el mero deseo en libre voluntad, en decir, en conciencia de la necesidad, en derecho. Sólo así, mediante el esfuerzo y la formación cultural, un determinado ser puede dar el salto cualitativo de la barbarie a la civilización. Entre lo uno y lo otro no hay, pues, oposición dialéctica sino una relación de términos distintos. No existe entre ellos oposición sino distinción, porque su lógica no contiene paridad.

    Un político medianamente consciente de su sacerdocio público, con cierta formación cultural y profesional, con valores ético-políticos tendencialmente modernos -incluyendo el gusto por el beisbol- y con un mínimo de consciencia de la importancia del compromiso de la palabra, ¿podrá sentarse a dialogar con un bárbaro -un ganster que se propone intoxicar con narcóticos la mente de la mayor parte posible de la población occidental hasta hacerla implotar- y acordar con él los términos de una negociación -como acostumbran decir infelizmente los vendedores ambulantes de electrodomésticos- de tipo 'ganar-ganar'? “El bárbaro se asombra cuando escucha que el cuadrado de la hipotenusa debe ser igual a la suma de los cuadrados de los dos catetos. Él cree que también podría ser de otro modo. Le teme al intelecto y se queda en la intuición”, dice Hegel. Croce agregaría que la intuición del bárbaro es de la misma naturaleza que la del abstracto deseo utilitario, nunca del universal concreto de la eticidad. ¿Pudo sentarse Valentiniano III a negociar un acuerdo “ganar-ganar” con Atila, “el azote de Dios”, paradigma de la crueldad, la destrucción y la rapiña? Si los códigos morales de los eventuales interlocutores no sólo son distintos sino incompatibles, si lo que para el uno resulta ser una aberración para el otro resulta bueno y natural, si el honor es interpretado como deshonor, el sometimiento como paz, el racionamiento como abundancia y la manipulación como verdad, ¿será posible establecer una relación de oposición dialéctica entre ambos? Para la barbarie, ser ignorante significa ser fuerte. En Eurasia y EastAsia, dice Orwell, el sentimiento más arraigado es el de la adoración a la muerte y la desaparición del yo.

    En realidad, no existe una dialéctica de los distintos. Sólo se puede hablar de dialéctica cuando existen dos términos opuestos, como polo norte y polo sur, derecha e izquierda, padre e hijo, porque lo que hace posible la existencia de uno de los términos, lo que lo determina, es su otro. ¿Será posible la existencia del polo norte sin que exista el polo sur? Y, en el hipotético caso de que llegara a existir, ¿sería polo respecto de qué? De modo tal que lo único que le da sentido y significado a cada polo no se encuentra en él sino en su término opuesto correlativo. Por eso mismo, una vez más, vale la pena preguntarse si, por ejemplo, el Al Capone de el Furrial o los vástagos de un terrorista y secuestrador de oficio pudieran llegar a conformar el término opuesto correlativo, dialéctico, de algún respetable político, pues, a pesar de las sospechas que puedan llegar a infundir las ruines intrigas, existen.

    El problema sigue siendo el de la incompatibilidad presente entre los distintos. Y, en virtud de la distinción, cabe pensar en serio, más allá de las gráficas estadísticas, acerca de los riesgos en los que se encuentra la seguridad de la civilización occidental actual, frente a la creciente amenaza narco-terrorista. No será siguiendo las recetas de la psicología o de la sociología prescriptivas que se obtendrá la solución. La gangrena no se cura con agua de colonia. Maquiavelo tiene hoy más vigencia que nunca.                 
                     

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv