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118 AÑOS DE THEODOR W. ADORNO: LA TRAGEDIA DE LA CULTURA Y LA ILUSTRACIÓN DE LA RAZÓN

La crítica del pensamiento identificador de Theodor W. Adorno como un nuevo trabajo sobre el lenguaje, se produce de la profundización de la dialéctica de la cultura como testimonio de la historia social constituida en la modernidad como Tragedia. En ningún momento quiere recoger la idea de Cultura en una definición única, que agrupe la esencia en el concepto mismo; por el contrario, lo que busca es mostrarla en su Constelación. 

 



Los análisis sociológicos hechos por Theodor W. Adorno sobre la cultura, señalan que esta no ha devenido, en su proceso histórico de constitución, como camino hacia una humanidad, sino todo lo contrario, la cultura para él, es una Regresión del Espíritu un asomo de la barbarie. Con esto no se entienda que  para Adorno, la Cultura  es  un mal para el ser humano; ella en cuanto tal, no es ni buena ni mala, antes bien, se puede presentar de ambas maneras, pero, su ser está definido por “ eso  a cuyos servicios se encuentre” [i]. Y La cultura moderna, está al servicio de aquello mismo que dice dejar, es el fracaso de lo que promete.  Por ello es una tragedia. La cultura como el mundo resultante del despliegue del Espiritu humano (Hegel), es un esfuerzo por liberarse de la naturaleza, no obstante, es una ilusión creer que la cultura ignora las condiciones naturales donde se desarrolla.  Así, hay una dialéctica interna en el concepto mismo de cultura, que muestra que la cultura es creada a partir de la praxis, pero al mismo tiempo es el alejamiento de ella.  La naturalidad de la existencia humana, ha llevado al ser humano a tener una organización sustentada en el intercambio económico, y el espíritu que promete la libertad y autonomía, al liberarse de la «mera naturalidad»> de la experiencia humana del mundo, termina siendo aquello que no quería ser: mera  «Historia Natural».

 El individuo que parecia haber conquistado la total autonomia y libertad en la esfera del Espiritu (objetivo), en su Cultivo [Kultur] , sustraido de la mera produccion material de la extencia, queda sometido a  esas condiciones naturales de existencia. El sentido trágico de  esta dialéctica, es que aquellas fuerzas contrapuestas son auto- antagónicas  y autodestructivas, pues , aquello mismo que imposibilita el cultivo del ser humano, es la cultura misma que ha construido para ese cultivo, que ha olvidado desde el principio su origen natural. La ilustracion, se auto destruye porque desde su origen se consolidó como dominio de la naturaleza. Aquel sujeto  y su lógica implacable de dominio, queda subsumido en el proceso de dominio mismo, reducido a mero dato sustrato de ese dominio. El sometimiento de la naturaleza al dominio producto del  despliegue del  Espiritu  humano, se revela  como sometimiento de la naturaleza interna,  como retorno a la antigua servidumbre hacia la naturaleza. Como el propio Adorno lo enuncia ,

“El Aislamiento del Espiritu respecto de la producción Material eleva sin dudas su cotización, pero al mismo tiempo hace de él, en la conciencia general, el chivo espiatorio de todo lo cometido por la práctica…”[ii]  

Porque la cultura está sometida al dominio de la economía de intercambio, y naturalizando las condiciones materiales  de existencia se orienta a  Formar [Bildung]  protectoramente al ser humano, constituyéndose en un Engaño de masas; ha devenido reificación y cosificación, una “segunda Naturaleza”. El sentido trágico de  esta dialéctica, es que la ilustración se auto destruye porque desde su origen se consolidó como dominio de la naturaleza. 



Estas apreciaciones sociolológicas de Adorno sobre la cultura no son muy bien interpretadas muchas veces. Se tiende a perder de vista que no muestra el cómo salir de este resultado del Espíritu, no viendo con ello, que lo que mayormente intenta demostrar  es por  qué  es necesario salir de la realidad existente. Así, es preciso describir detalladamente la Dialéctica de la Cultura en Adorno, para  no caer en aquellos "enredos de detalle".  

La aparición de la identidad como operación  mental e instrumento de poder y dominio, es la condición  previa  para la civilización en todo su complejo desarrollo, de este modo, la historia es tan natural como el pensamiento  identificador; ambos son  constelaciones del fracaso de la humanidad. La historia se hace natural, porque  cada momento histórico   es la manifestación del proyecto de humanidad, es decir,  cada episodio de la historia de la humanidad es la muestra del autoconocimiento del ser humano en el despliegue de sus facultades (Racionales) hasta llegar al Saber Absoluto. La Cultura del mundo es  un constante movimiento y experiencia de sí mismo, un autoreflejarse en lo otro de sí; esto indica que la formación [Bildung] es un Desgarramiento producto de experimentar el dolor de lo negativo.  La formación que enuncia Hegel,  y que representa la forma más elevada de cultura burguesa,  es más que mera enseñanza o educación, su idea implica autoformación, un  autodesarrollo,  que parte de la pura inmediatez (Certeza sensible), muestra de lo más particular, pero que siempre se da a partir de los conocimientos universales:

“La tarea de llevar al individuo de su estado de no-formación hasta el saber, había que tomarla en un sentido general o universal, y por tanto había que considerar en su proceso de formación al individuo universal, es decir, el Espiritu Humano” [iii]

La dialéctica de la cultura de Hegel, es  la verdad de un mundo falso.  Tanto más  son reducidos los individuos concretos por la totalidad social, más se encarga la cultura de elevar al sujeto como lo constitutivo. El Espíritu hace conmensurable lo inconmensurable, convierte lo contingente en necesario, desvinculándose con la naturaleza, se impone sobre  ella a través de la abstracción propia del pensamiento, sometiendo  lo disperso a  la unidad del concepto. El particular se totaliza para poder considerarse como cultura (Espiritu) y dominar el mundo, pero esa misma totalización hace que el individuo particular termine siendo una mera pieza de su despliegue. El espíritu olvida su origen particular y somete a eso mismo particular a su dominio, porque en su interior  odia la naturaleza y por ello no tolera lo particular. La cultura y la Razón se han vuelto contra el sujeto pensante, pues, al convertirse la razón en herramienta de dominio de la naturaleza,  nada escapa a su control, ni siquiera la subjetividad particular,  todo debe funcionar según su dictamen. Así, cada vez que el sujeto se levanta como el Absoluto señor del mundo, se hace más evidente que el sujeto empírico viviente, se hace un mero apéndice de la maquinaria social. Adorno rechaza en esa medida, el espíritu universal de Hegel porque está por encima de las particularidades concretas y la historia no tiene un sujeto universal, sino sujetos particulares. Si la Fenomenología fuese lo que dice ser, ciencia de la experiencia de la consciencia, entonces  el pensamiento no pudiese liquidar la experiencia individual de lo universal, que se impone como algo irreconciliadamente  malo, ni erigirse en apologeta del poder desde su puesto presuntamente superior. Lo que puede ser una “Tragedia de la cultura”, aparece en Adorno, cuando enuncia que aquel sujeto totalizado en un Espíritu Absoluto, termina por consumir y mutilar la particularidad de la que nació. Este hecho hace que el mito sea  ya ilustración; y  la ilustración recaiga en mitología[iv]  

La enfermedad de la razón encuentra sus orígenes  en la primera sospecha de la razón misma; el pensamiento desde el inicio reviste una forma de identidad, ya que pensar es esencialmente dominar la naturaleza[v] .De esta manera, si desde el principio fue el dominio, el mito es ya ilustración. La Razón es el arma con la que el ser humano enfrenta el miedo a lo desconocido; desencantando el mundo lo somete a su dominio,  de ese modo,   el ser humano conoce el mundo porque puede someterlo y dominarlo.  Este dominio ya está presente en el mito, pues, al querer narrar el origen del mundo ya lo está explicando, desencantando y como tal racionalizando. En consecuencia, en el mito ya hay ilustración porque el mito es ilustración.  Siguiendo esta dialéctica, la naturaleza se venga del espíritu  porque se ha olvidado de ella. El sujeto que era el completo dominador, queda sometido a la mera naturalización, su meta está determinada por la auto-conservación.  La ilustración recae en mitología porque cae víctima de su propia lógica, a la necesidad y coacción de la que pretendía liberar a los seres humanos. De esta manera, si la razón funciona bajo los principios de autoconcervación y dominio de la naturaleza, sucede una autodestrucción de la Razón misma, toda vez que la historia del espíritu, es al mismo tiempo derrumbe del espíritu y regreso al mito.




El pensamiento identificador o equivalencial, es el núcleo de la articulación  entre el dominio y la autoconservación que sostiene el despliegue de la civilización occidental, por esto, la  cultura se convierte  en algo que meramente existe, se entrega al dominio natural del mercado,  creando una falsa identidad entre el particular y el universal, y en su totalidad termina constituyéndose en el moderno “opio del pueblo”. La experiencia concreta del sujeto es homogenizada  en una producción  en masa del espíritu, que antes de alejarse  de los burdos imperios de la práctica natural,  es  tan natural como la práctica del  proceso productivo mismo, por ello, lo que se tiene como su degeneración de la cultura es su puro llegar a sí misma. Al hacerse mera  mercancía cultural, el dominio se introduce en el Geist [espíritu], pues, éste se limita simplemente a reproducir el orden dado, imponiendo  lo objetivo a lo subjetivo,  mutilando la experiencia del individuo particu-lar por la civilidad del todo social.   La cultura que  se autodefine como industria, funciona  con base a  la racionalidad técnica del dominio, y en la medida en que el proceso de producción cultural está determinado por la forma de producción para el intercambio, se modifica también la infraestructura del ser humano, teniendo como resultado la pobreza del espíritu,  ya que, los medios técnicos con los que se produce tienen una uniformidad recíproca,  que determinan un correcta producción en serie de los sentidos del mundo. El individuo media todo su sensibilidad por los productos homogéneos que la industria le provee,  y  la sesudo- individualidad creada  como afirmación de la libertad en el acto de consumo, es una ilusión subjetiva creada objetivamente, pues solo por medio de la autoconservación individual  funciona el todo. La tarea del  sujeto de realizar la síntesis de la multiplicidad sensible (Kant), le es quitada por la industria cultural, así, el sujeto  tiene que clasificar lo ya clasificado: “el mundo entero es construido por el filtro de la industria cultural”.  La cultura es hoy ideología. Aquel sujeto  y su lógica impacable de dominio, queda subsumido en el proceso de dominio mismo, reducido y eliminado en su autonomía. 

El pensamiento crítico de Theodor Adorno, vislumbra así mismo una dialéctica inmanente en la propia Crítica cultural. Inmersos en una exorbitante masificación de la conciencia, la propia crítica cultural es producto de la manipulación; el crítico mismo, se mide por su éxito en el mercado, siendo él mismo y su crítica, productos del mercado de la sociedad de masas. La vanidad del crítico cultural, se suma a la vanidad de la cultura.  Una dialéctica de la Crítica cultural, es desde el principio  conciente de  la propia mediacion cultural de la crítica misma; desde el principio enfrenta la contradicción flagante según la cual,  el crítico cultural  que parece elevarse sobre la cultura que critica, en una especie de estadiao superior, y sin embargo, participa de la entidad  de la que se cree superior, siendo en realidad el último nível de eso mismo que crítica.  Como el propio Adorno dice:

  “Cuanto más total es la sociedad, tanto mas cosificado esta el Espíritu, y tanto más paradójico es su intento de liberarse por sí mismo de la cosificación… La dialéctica cultural se encuntra frente al último escalon de  la dialéctica de la cultura y barbarie…” [vi]

Adorno ve que el Geist [epíritu]  al librarse de las condiciones materiales de existencia del feudalismo, se somete a la  «aglomeración», a la extrema socialización de las relaciones sociales, aún cuando dice poseer libertad representada  en la libertad de  opinión y de expresión de la sociedad burguesa; libertad que además es la base de la propia crítica de la cultura, y por  lo que ésta también posee su propia dialéctica. Al hacerse mera  mercancía cultural, el dominio se introduce en el Geist, pues, se limita  a reproducir el orden dado, imponiendo  lo objetivo a lo subjetivo,  mutilando al individuo particular a la civilidad del todo social.  El reflejo de esto en el crítico cultural, es que él vuelve a objetivar la misma cultura que crítica al convertirla en su objeto, dejando la realidad tal cual la encontró.  El crítico cultural se autosatisface con su contemplación,  es como  la melodía que armoniza  un campo de concentración.  Su privilegio es producto de la injusticia sobre la que se levanta  la cultura, el sometimiento de unos para el privilegio de otros; la antigua escisión entre trabajo físico y trabajo intelectual, es la ceguera en común del crítico y su objeto.

 No obstante,  se hace necesario una dialéctica de la crítica de la cultura, pues, 

si la teoría dialéctica se desinteresa de la cultura como mero epifenómeno, contribuye a la difusión  de la falsedad cultural, y por tanto,  a la reproducción del mal…” [vii]

Así, el pensamiento crítico de Adorno,  se protege del peligro de la mercantilizacion que ya esta presente en la critica y su culto al Espíritu, como tambien, de la hostilidad completa a  la cultura.  El proyecto de Dialéctica de la Ilustración, quizá el libro más leído de la escuela critica de Frankfurt, buscaba revelar las contradicciones del proceso de civilización, para darle una posibilidad a una sociedad verdaderamente ilustrada.  Adorno y en general  toda la teoría crítica,  al auscultar las contradicciones inmanentes al Espíritu, buscan   una  experiencia del mundo capaz de sentir el sufrimiento y el dolor. La dialéctica como una autorreflexión critica de las posibilidades del pensar, como un cuestionamiento por la completa identidad entre pensamiento y ser, abre la posibilidad de un pensamiento no Reificado, a través de  una Dialéctica Negativa, posibilidad de una nueva cultura: “Propio de la Dialéctica, no es reforzar opiniones, sino, por el contrario, liquidar la opinión, volver a pensar lo previamente pensado”[viii]  





   La dialéctica de la cultura, como hemos visto,  muestra  que la modernidad se ha consolidado como tragedia, toda vez que,  el conflicto entre el individuo y la sociedad, ha terminado por instrumentalizar al individuo  frente a la totalidad social, postulando a esta como la gran vencedora. Por otro lado, y esto en términos muy materialistas,  Adorno ve que el contenido de la cultura no está determinado en sí  misma, sino también por  su relación con su reverso, es decir,  la vida natural, el proceso de construcción material del mundo.

 

 Notas:



[i] Cultura y Administración, 1960 [Edición AKAL]

[ii] Crítica Cultural y Sociedad , 1984/1965,  p. 230 [Prismas]

[iii] HEGEL, G. W. FENOMENOLOGIA DEL ESPIRITU. Mexico: Fondo de Cultura Economica. 1807/1996,  132-136).

[iv] Horkheimer, Max, Adorno, Theodor.  Dialéctica de la Ilustración. Buenos Aires: Trota,  1966, p. 56

[v]  ibíd. p. 129 

[vi] Crítica Cultural y Sociedad  1984, p. 248[Prismas]

[vii] Crítica Cultural y Sociedad  1984, p. 238  [Prismas]

[viii] Cultura y Administración, 1960[Edición AKAL]


El todo y las partes



“Das Leben sei die Verbindung der

Verbindung und der Nichtverbindung”

                                     G.W.F. Hegel

Multiplicidad de recuerdos sin unir



 Fue Spinoza el primer pensador moderno en advertir que toda determinación niega. Y es que, como habían observado los antiguos, un todo sin partes -sin determinaciones, precisamente- no es un todo sino una parte. “¿Qué es el todo?”, se pregunta Platón en el diálogo Parménides. El todo es -afirma Parménides- la unidad, lo uno. Y sin embargo, “Si lo uno es uno, ¿no es cierto que no podría ser múltiple?”. Pero, de ser así, entonces no tendría partes; solo que si un todo no tiene partes, no podría ser un todo, porque las partes son, por definición, partes de un todo, aquello que hace que el todo comporte esa condición. De modo que si un todo carece de partes no sería un todo sino, en todo caso, una parte. Parte, por cierto, que “ni es la misma de lo que le es diferente ni es diferente de la misma, porque lo uno no puede ser diferente de lo que le es diferente, en tanto que es uno”.

 Cuando algo llega a ser lo mismo que muchos, se vuelve múltiple y no uno. El fractus latino al que, en 1975, el matemático Benoît Mandelbrot dió el nombre de “dimensión fractal”, parece ser la característica sustancial de las sociedades que han sido obligadas a emigrar. “Nosotros los refugiados”, subtitula Hanna Arendt la primera parte de su ensayo Tiempos presentes, en un esfuerzo de caracterización de la condición histórica y cultural del pueblo judío. Y, al igual que la geografía virtual de los hijos de Israel se vio severamente modificada, hasta esparcirse por buena parte del mundo, en los últimos ventitrés años las originales dimensiones espacio-temporales que trazaban los límites de la totalidad de los venezolanos se han visto sensiblemente afectadas por un fenómeno, si no idéntico -ni mucho menos-, similar al sufrido por el pueblo judío.

 En nombre de un bolivarianismo retorcido y charlatán, hecho de memorias deshilachadas y de blasones ficticios, los hijos de Bolivar fueron, en algunos casos, directamente expulsados de su tierra y, en otros, forzados, obligados a salir de ella, de su hogar de siempre, de la casa de sus padres, de sus hijos y de sus muertos, el locus de sus recuerdos y, por supuesto, de sus costumbres. Como dice Vico, “ahí, quietos, al cubierto, celebraron sus matrimonios e hicieron hijos, y ahí fundaron sus familias. Y al estar durante tanto tiempo quietos y situar las sepulturas de sus antepasados en aquel lugar, resultó que fueron fundadas las primeras naciones, y sus fundadores fueron llamados «hijos de la tierra», o sea: descendientes de los sepultados”. Y así, concluye Vico, “la providencia ordenó las cosas humanas con este eterno consejo: que primero se fundaran las religiones, sobre las cuales después habían de surgir las repúblicas con sus leyes”. Hoy aquellas tierras han sido profanadas, son las cenizas del reino del olvido. Los lazos que sujetaban el ethos, y que conformaban el sereno religare, han sido arrancados e incinerados en la hoguera, en manos de la barbarie ritornata. Mnemosine -hija de la tierra y el cielo- ha sido cegada. Y de su creación, la vida productiva, sólo van quedando las cenizas de la nostalgia. El todo se hizo partes y las partes se han ido haciendo un todo.

 Lo diferente ha provocado en el interior del Espíritu de la totalidad una oposición absoluta. Por un lado, se ha producido la oposición de la multiplicidad de los sobrevivientes, la llamada “diáspora”, quienes, ahora, se han ido conformando en múltiples organizaciones. Una parte de ella, devenida multiplicidad infinita, se concibe sólo en cuanto está en relación, es decir, como lo que tiene que ser únicamente en cuanto unificación. Por otro lado, la otra parte, que también es una multiplicidad infinita, se considera sólo en cuanto está en oposición con la unidad, como lo que es a consecuencia de la separación con esa otra parte. Cada una de las partes se determina en cuanto algo que tiene su ser sólo por la separación de esta última parte. La primera se autodefine como el todo. No obstante, esa forma de la totalidad, cuya multiplicidad se considera sólo como relación, debe ser comprendida como lo diferente en sí misma, como una mera multiplicidad. Y, de hecho, su relación no es más absoluta que su separación respecto de lo así relacionado. Por lo cual, esta forma de vida tiene que ser pensada como lo que está inevitablemente en relación con la multiplicidad, como la posibilidad de identificarse con lo que ha excluido de sí misma. La segunda, la multiplicidad excluida del todo, tiene su ser sólo en la oposición. Pero cabe pensar que debe ser comprendida como algo que no es absolutamente múltiple, dado que inevitablemente se encuentra determinada por su relación con lo otro.

 “Un hombre -dice Hegel- es una vida individual en cuanto es algo distinto de todos los elementos y de la infinidad de las vidas individuales que hay fuera de él; es una vida individual sólo en la medida en que es uno con todos los elementos y con toda la infinidad de las vidas individuales fuera de él, y es sólo en la medida en que la totalidad de la vida está dividida, siendo él una parte y todo el resto la otra parte; es sólo en la medida en que no es una parte, en que no hay nada que esté separado de él”.

 Por más que se intenten fijar los límites de la separación, por más que se pretenda, valiéndose para ello de la reflexión del entendimiento abstracto, romper y fijar los lazos existentes entre el todo y las partes, tratando de convertirlos en un fenómeno natural, la multiplicidad de las partes exigirá su derecho a la unidad y encontrará la forma de concretarla. Y, a la vez, la unidad abstracta del todo se resentirá de sus heridas, de las infinitas fisuras -las ausencias- que le han sido infligidas. De este desgarramiento forzado, artificioso, no puede no surgir, como consecuencia necesaria y determinante, primero, el reconocimiento de que las partes conforman un todo y, segundo, que el todo no puede ser un todo sin partes. La vida de un pueblo escindido se resume como la unidad de su unidad y de su no unidad. Cegada y aun a tientas, Mnemosine siempre conseguirá la forma de recomponer el camino trazado por el recuerdo.


José Rafael Herrera


@jrherreraucv

Oprimidos y opresores en el especismo

 

Oprimidos y opresores[1]


                Nacemos y vivimos en una sociedad caracterizada por la exclusión y la explotación. Por lo general, nuestras fuerzas y potencialidades se desvanecen al topar con esta realidad artificial, donde imperan el consumo innecesario y la superficialidad. Somos adoctrinados y empujados a colaborar con este sistema, aun cuando queremos escapar de él. Como bien apuntaba Marcuse, no sabemos diferenciar entre las necesidades que son reales y las que no; y esta forma de vida es, por tanto, característica de una sociedad totalitaria, ya que como diría este autor “el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada”. Pero, ¿qué pasa cuando somos nosotros quienes oprimimos, cuando somos nosotros quienes privamos de la vida y la libertad a alguien?

                A lo largo de la historia de la humanidad nuestra relación con los animales ha ido degenerando cada vez más. El ser humano ha pasado de pedir disculpas a los espíritus de los animales asesinados para alimentación, a abusar de ellos de la forma más cruel. Experimentación animal, mascotismo, el negocio de la industria cárnica, tráfico de animales, etc., no son más que manifestaciones crueles de lo que se conoce como especismo.

                Creemos que decidimos que comer porque nos han dicho que podemos escoger entre carne o pescado. Y cuando alguien nos plantea que no consume ningún producto de origen animal, pensamos que es “radical”.  Nuestro proceso de enculturación se encuentra sumergido dentro de los límites especistas imperantes en la sociedad, habituados a someter a los animales no humanos nos encontramos con dificultades para salir de esa espiral. Ser dominados y querer dominar, así nos programan. De modo que todo ese sufrimiento no nos importa, nosotros sufrimos y el sufrimiento del resto de animales nos da igual. “Es ley de vida” dirán algunos… no lo es, en la medida que ese sufrimiento depende de tus acciones, de tu consumo y de si te apetece a ti plantearte o no que hay un problema. Tus acciones sí importan, del mismo modo que pueden dañarte o beneficiarte a ti, pueden dañar o beneficiar al resto.

                Es necesario para cualquier cambio social que primero el cambio se dé en la moralidad, del mismo modo que es imprescindible abolir la explotación animal para derrocar el despotismo o el abuso de superioridad. Como se ha señalado en otras ocasiones, la libertad animal y la libertad humana no son excluyentes sino complementarias, formando parte del mismo “todo” y necesitándose la una a la otra. Por ejemplo, si yo no soy libre de decidir qué comer porque me limito a seguir los dictados de la cultura imperante, mi libertad se ve limitada por la obediencia ciega al tiempo que limito la libertad de los animales no humanos que dicha cultura ha considerado comestibles.

                Es importante resaltar que seguir una filosofía vegana es una forma de desobediencia, ya que no nos han educado en el veganismo y decidimos respetar a los animales a partir de una serie de premisas, entre ellas, la de que su vida es igual de importante que la nuestra.

        Si queremos un mundo libre de opresión deberemos predicar con el ejemplo. Ni tú ni yo somos superiores a ellos (los animales no humanos) y, sin embargo, les torturamos en prácticas experimentales, les hacemos vivir hacinados para la industria de la alimentación, les matamos en cacerías y pesca… les torturamos y asesinamos de diferentes maneras llegando, incluso, a no sentir desprecio de nosotros mismos al hacerlo. De hecho, si algo hay que comprender es que nadie es superior a nadie. Solo partiendo de ese punto podremos conseguir una sociedad justa, o mejor aún, una sociedad donde reine la equidad; pues “la equidad es a la justicia lo que la causa es a su efecto”.[2]

Retomemos ahora una idea explicaba en un artículo titulado Sobre la verdad y la desobediencia:

“Todo el mundo afirma tener su verdad, pero, ¿hay alguna que pueda ser válida o universal? ¿hay algo que pueda ser inevitablemente cierto? ¿existe una verdad de la que no se pueda dudar? ¿hay algo que sea cierto independientemente de los ojos que lo miren? Para algunas personas la certeza absoluta estará en algún dios, para otras en cualquier ideología; cualquiera de estas opciones supondría un debate interminable. ¿Qué puede, pues, ser cierto?, ¿será, acaso, la opresión la única realidad de la que podemos tener constancia? […] Si la única verdad de la que podemos tener constancia es la opresión, será mejor acabar con ella y no tener certeza de nada. La opresión se alimenta de la obediencia, y la obediencia de la falta de crítica, ¿será nuestro fin, en una sociedad como la que vivimos, adquirirla? Si “el secreto de la vida es vivir” ¿serán el boicot y la desobediencia la única manera de conseguirlo?”.[3]

            De modo que, si hay algo de lo que podemos tener certeza es de que existe la opresión, opresión que se da en dos direcciones: interior y exterior. Interior en tanto controla nuestro ser más íntimo y exterior en cuanto limita nuestra capacidad de actuar. Por otra parte, esa opresión es hacia nosotros y del nosotros al otro, bien sean animales humanos (que se encuentran jerarquizados en la sociedad actual) o no humanos (estando esto últimos, en dicha sociedad, siempre doblegados a los caprichos del ser humano).

                En su frase “pienso, luego existo”, Descartes exaltaba la certeza del yo que piensa: “[…] el “yo pienso” manifiesta: no aceptar como verdadero nada que no se haya presentado como evidente ante el atento examen de la razón”.[4] Descartes buscaba encontrar un método adecuado, aquí también se pretende, pero en este caso, al ser la certeza la existencia de la opresión, el método deberá ser el boicot y la desobediencia, alejados de dogmas religiosos y/o culturales y en búsqueda de la Libertad real. Veamos que pensaba Descartes acerca de la cobardía (diré que la cobardía nos la han “inyectado” como mecanismo de control, a través del miedo impiden que se produzcan cambios y/o avances que derrocarían el poder establecido):

                “Pero ordinariamente es muy perjudicial, porque desvía a la voluntad de las acciones útiles. Y como proviene sólo de que no se tiene suficiente esperanza o deseo, no hay más que aumentar en sí mismo estas pasiones para corregirla”.[5]

                Cierto es que nos falta esperanza y que nos falta deseo. Deseo porque estamos “distraídos” con la creación de falsas necesidades impuestas por el poder, y esperanza porque vemos como está organizado el mundo que nos rodea y no parece que haya posibilidad de que un cambio surja.

Reflexionemos en torno al “pienso, luego boicoteo”: que pensemos (como sujetos insertos en la sociedad del sufrimiento) equivale a decir que nos damos cuenta de la opresión a la que estamos sometidos, que nos damos cuenta de que no podemos realizarnos, de que no somos quienes somos, o que no somos quien podríamos llegar a ser en una sociedad natural. Pero pensar no se limita a sentir el malestar del subordinado, pensar equivale también a darse cuenta de que, igual que yo estoy oprimida, puedo estar (consciente, o inconscientemente) oprimiendo a alguien más. Pongamos de nuevo el ejemplo de la alimentación, imaginemos que no me he dado cuenta de que la vida de todos los animales vale lo mismo, por herencias culturales y/o educacionales, pero me entero de en la cría intensiva de gallinas para huevos, los pollitos macho son triturados al nacer[6], y las hembras explotadas porque ya “no valen” para el fin establecido, serán asesinadas.

                Después de pensar en esta realidad que se oculta a los consumidores, puedo decidir desobedecer al sistema establecido, boicoteando a la industria del huevo. Y no solo eso, puedo ir más allá e investigar cómo nos estamos relacionando con los animales no humanos en cuanto les tenemos sometidos, hacinados y explotados para que nos alimentemos con productos de origen animal. Puedo pecar, no obstante, y caer en la trampa del bienestarismo pero, si he investigado bien, comprobaré que no necesito consumir esos productos para llevar una alimentación saludable. Además, el bienestarismo no suprime la esclavitud, ni la cosificación de los animales, ni impide su asesinato, así como tampoco permite que los animales puedan ser quien son.

Una consecuencia directa de que yo piense, de que yo investigue las diferentes esferas del poder, es que de ese pensamiento surgirá mi desobediencia, surgirá el boicot a las distintas formas de explotación y esclavitud a las que estamos sometidos y sometiendo. El hecho de que yo no desobedezca muestra mi sumisión ante el sistema establecido, ya que, formando parte de una sociedad del sufrimiento, no hay otra alternativa para que esta se disuelva que no sea la búsqueda de la finalización de la opresión. Si yo no desobedezco, no pienso; y si yo pienso, boicoteo. Si las diferentes opresiones se manifiestan, no es únicamente porque el poder las imponga, es porque colaboramos con ellas.

 



[1] Imagen de Pixabay https://pixabay.com/es/photos/polluelo-pájaro-pollitos-de-pollo-2965846/ [02/09/2021]

[2] Diderot. Escritos políticos. Madrid. Centro de estudios constitucionales. 1989. Página 20.

[3] Sobre la verdad y la desobediencia https://www.microfilosofia.com/2020/11/sobre-la-verdad-y-la-desobediencia.html [28/04/2021]

[4] Descartes. La duda como punto de partida de la reflexión. España. RBA. 2015. Páginas 7-9

[5] Descartes, René. Discurso del método. Tratado de las pasiones del alma. Barcelona. Editorial Planeta. 1984. Página 184.

[6] Véase más, por ejemplo, aquí https://igualdadanimal.org/actua/pollitos-triturados


La vida prorrogada

Erich Fromm reformula la ya tradicional oposición entre tener y ser, y plantea de forma muy oportuna el déficit de sensación de ser que provoca la obsesión por el tener. El mito del Progreso como acaparamiento, de origen burgués, ha calado en el conjunto de la sociedad, convirtiéndose, como señala Fromm, en “la esperanza y la fe de la gente desde el inicio de la época industrial.”

La moral mercantilista tiende a reducirnos al valor de intercambio: tanto tienes, tanto vales. En nuestra sociedad de clases, la escasez de posesiones se identifica con una inferioridad cualitativa, como si el poseer dependiera exclusivamente de la laboriosidad o la capacidad de la persona, y la riqueza no hubiese generado sus propios mecanismos para perpetuarse y dificultar el acceso a ella a los que parten con desventaja.

Junto a esa moral de crudo capitalismo ha evolucionado otra, de tradición humanista, que, sin cuestionar abiertamente sus dicterios, se esfuerza por enfatizar la prioridad del ser sobre el tener, de la virtud sobre la mera posesión. Su inspiración es judeocristiana, recordemos la sentencia del camello por el ojo de una aguja (enigmática donde las haya, si no es fruto de una mala interpretación). Pero tengamos presente que, en los hechos, el cristianismo no cuestiona las clases sociales, se limita a hacer una llamada a la solidaridad. El amor al prójimo se expresa a través de la ayuda y la limosna, es una actitud privada que se desentiende de lo público (“Dejad al César lo que es del César”) y por tanto no pretende cambiar la sociedad, sino solo atenuar sus injusticias. En esta privatización de la ayuda se basa todo el movimiento de cooperación internacional, las maratones de donativos, las donaciones de alimentos, las entidades de caridad eclesiástica y hasta las ONG.

Desde que se desistió del proyecto marxista, ya nada cuestiona el armazón del capitalismo triunfante. Los partidos que se autodenominan de izquierda no pretenden cambiar el sistema, sino —cuando son honestos— mordisquearle las migajas que se le acerquen a los bordes. Los poderes públicos y las leyes están para engrasar el buen funcionamiento de esa maquinaria monstruosa en que se ha convertido la propiedad privada (cada vez más minoritaria y monopolista), procurando, como mucho, que no arrase a las crecientes masas que se deja tiradas en la cuneta. Al fin y al cabo, buena parte de estas son las que sostienen, con su trabajo precario y su consumo, el florecimiento de aquella.

Y en eso estamos. Las crisis cíclicas y la evidencia del deterioro ambiental han revelado de modo patente que el propio capitalismo es frágil y limitado. Se trata, pues, de persistir, cada cual como pueda. La utopía perece en el barrizal del individualismo. El ser se diluye en un tener cada vez más inseguro, más precario, y por ello más dramáticamente ansioso. Quizá por eso adquiere tintes casi mágicos: “Piense y hágase rico”. “Formule sus deseos y el universo conspirará para satisfacerlos”. Pero ni el conocimiento, ni el trabajo, ni la lucha son garantías de nada. Ya no hay proyecto, ya no hay futuro, solo un presente que se sostiene con pinzas y que no sabe por dónde puede desmoronarse el día menos pensado. Cada uno aguanta resignadamente la respiración y pide a la Virgencita que le deje como está. Vivimos en una prórroga, apoyándonos en neurolépticos y en fórmulas de autoayuda, procurando distraernos ante la pantalla de las preguntas que nos atormentan en las noches de insomnio: ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde?

Tal vez hasta que el tener nos falte y, desposeídos como nuestros abuelos, nos veamos obligados a reinventar el ser.

Artículo publicado el 30/07/2021 en mi blog Filosofías para vivir.

¿Qué es “ser de oposición”?


“Dime con quién andas, y te diré quién eres”

                                      Del refranero hispano



Dos interrogaciones en oposición



 El logos, la palabra, es el principio de identidad del ser, pensar, hacer y decir. Según Heráclito, filósofo del movimiento incesante, no es en el mundo de la inmediatez, de lo aparente -o de lo que aparece-, sino en la comprensión del correcto significado de la palabra, donde reside la verdad: “No escuchándome a mí, sino a la palabra, será sabio confesar que todas las cosas son una”. No se puede separar el ser del pensar porque, como dice Parménides, “son una misma cosa”. Y sin esta identidad las palabras devienen flatus vocis, dejan de significar lo que las cosas son. Baste con figurarse la piel que recubre al cuerpo humano sin el sostén de sus osamentas. Sería la flacidez, la inconsistencia misma. Las palabras tienen, pues, significado. Si no significan nada no son nada. En suma, si una palabra no significa nada deja de cumplir con su objetivo esencial. La identidad del símbolo con el objeto que nombra es, en consecuencia, lo que necesariamente lo sustenta. De lo contrario, sería ininteligible. Y sin embargo, se sabe que de la utilización -y manipulación- de las palabras abstraídas de su significante, desde la sofística hasta la era de la hegemonía de la racionalidad instrumental, se ha hecho un hábito, un modo de vida. De hecho, en los tiempos que corren, ellas se usan -y abusan- sin que necesariamente se correspondan con su objeto preciso, específico. Es el imperio de la palabra envilecida, banalizada.

 Lo que sirve para todo no sirve para nada. Lo que mucho significa nada significa. Este es, por cierto, el caso de la palabra oposición, en estos tiempos de pensamiento débil, de culto a la levedad, una vez que ha sido despojada de su ser, para ser utilizada como una chapa de refresco pegada con un alfiler y exhibida en la solapa, más por ser lo que no es que por lo que es. Confiscada y descontextualizada, enajenada en sí misma, la palabra ha perdido sus determinaciones, es decir, se ha vuelto indeterminada, imprecisa, al punto de que puede llegar a significar cualquier otra cosa que lo que su logos indica y formar parte de la larga lista de los productos “tapa amarilla”, hasta alcanzar el cénit de su propia prostitución. En una sociedad en la que el reconocimiento termina en las confusiones, lo invertido y lo grotesco, el extrañamiento propiamente dicho tiene que ser representado como la mayor identidad, como lo que le resulta extraño al sí mismo. Este es el escenario perfecto -grotesco- para que el ignorante se disfrace de sabio y el mediocre se haga pasar, a punta de poses y gritos, por aquello que en sustancia no puede llegar a ser. La hiena puede reírse y el chimpancé trajearse de lino o seda sin saber de humor o tener distinción. “Lo que natura non da”, ¡ni la UCV!

 ¿Qué es ser de oposición? Es el establecimiento -precisamente la o-posición- de una relación de dos términos recíprocamente contradictorios, de carácter polar, en la que cada uno es en cuanto que el otro es. Cabe decir, si uno de los términos desaparece, con ello irremediablemente desaparece el otro. En este sentido, la oposición es correlatividad, porque cada término -o posición- es necesariamente relativo al otro. No puede existir una derecha sin una izquierda, ni a la inversa. Elimínese la derecha e ipso facto desaparecerá la izquierda, o al revés. ¿Puede existir un padre sin un hijo o un hijo sin un padre? ¿Puede haber un arriba sin un abajo o un abajo sin un arriba? ¿Qué es lo que hace que la izquierda sea izquierda? ¿Qué es lo que hace que la derecha sea derecha? No hay “mediadores” en estos dos términos. No caben. O ¿acaso se podría imaginar un tertium datur entre los términos de padre e hijo?

 El logos es, como podrá aprecirse, más que una frase hueca, apta para los caletres. El lenguaje no es una nube de entidades vacías. Y es por eso que las repúblicas avanzadas lo son, porque más allá de las circunstancias y de los conflictos propios del día a día, han llegado a comprender que sin oposición no hay república. Será otra cosa, pero no una república en el estricto sentido del término. Fue Aristóteles quien, en dos de sus grandes obras, Categorías y Metafísica, puso los puntos sobre las íes en lo que respecta a los diversos tipos o grados existentes de contradicción. Además de la oposición, el gran pensador distingue entre la contradicción formal y la contrariedad. La primera, es el fundamento de todas las operaciones posibles del entendimiento abstracto, su matrix, dado su grado de indeterminidad. Parte de la absoluta disyunción e incompatibilidad presente entre los términos: o 'llueve' o 'no llueve'. La segunda, en cambio, establece la posibilidad de las intermediaciones entre géneros como, por ejemplo, 'blanco' y 'negro', donde caben las tonalidades de los grises. Pero este tipo de contradicciones son, como ya se ha dicho, las menos determinadas y, por eso mismo, las menos relacionadas con el devenir histórico, político y social. Y no por caso, fue la lógica de la oposición la que dio fundamento al historicismo filosófico de Hegel.

 No obstante, fue durante los primeros años del siglo XX que Benedetto Croce -hegeliano de formación- expuso una importante contribución para el estudio de la lógica de la contradicción. Y es que si bien oposición sólo puede haber entre términos correlativos ('izquierda' y 'derecha'), conviene distinguir entre términos que no lo son, como política y crimen. En este caso, la política no puede tener como término de interacción al crimen, porque no se trata de términos opuestos, correlativos, sino de términos distintos. Un político de derecha se confronta con uno de izquierda, se contradicen, luchan, se repelen. Pero saben que cada uno depende del otro, lo cual garantiza el equilibrio de la sociedad. Un político de derecha o de izquierda no se opone a un delincuente, él no es su opositor, porque son términos distintos. El criminal se opondrá al policia y ambos establecerán las oposiciones de rigor. Pero que un sector incompatible, distinto -diría Croce- respecto de un puñado de criminales se deje calificar o -peor aún- se autocalifique de “oposición” no sólo es un absurdo, sino una aberración, que pone en evidencia las distancias entre lenguaje y realidad. ¿Será que es tan difícil comprender que la política sólo se puede hacer entre políticos y no entre políticos y gansters? ¿O será que los políticos han decidido renunciar e la política, rendirse y hacerse socios de la gansterilidad? Más de una revisión del logos parecieran exigir las aguas del río de los tiempos, el devenir de la crisis orgánica del presente.


José Rafael Herrera


@jrherreraucv


El psicólogo hacia la percepción de su cliente.

Un tiempo atrás, que van siendo unos setecientos años atrás, un filósofo, médico, juez y psicólogo llamado Averroes dejó escrito en su tratado sobre la ciencia psicológica (que empezó como el "comentario al alma de Aristóteles") que "la percepción es el sujeto".

Esta fue la afirmación famosa, es esta la que diferencia lo que busca Averroes de Aristóteles en la existencia de un alma, pero ¿qué significa?. Voy a desarrollar la necesidad de entender esta afirmación y los equívocos que trae en el mundo moderno. 

Psicólogo percibiendo


¿Qué es la consciencia y qué es el sujeto?

Como no he empezado a decir, que la percepción sea el sujeto como dice Averroes no significa que la percepción sea la consciencia, ni que la percepción sea el "yo". Pues más tarde Spinoza fue el primero que proclama que "la consciencia es la percepción que se percibe a sí misma" (que la percepción puede percibirse a sí misma ya lo dice Averroes pero no la nombra, ni va más allá). Pero, estas afirmaciones no son lo mismo. Veamos:

La consciencia es por ejemplo, el contenido de esta percepción descrita: "Me siento como si me hubiera atropellado un camión", pues aquí te estás percibiendo a ti mismo como si un camión te hubiera pasado por encima, como se ve esta percepción es algo simbólica. También podría decir "María me mira", y es igual, en esta descripción estoy percibiéndome a mi mismo siendo observado por María. 

El sujeto (concepto de Averroes) es también cuando digo: "La casa se cae en el coche", o "el elefante quiere jugar al baloncesto" o, "la tita asunción sueña con ser astronauta", en estos casos el sujeto que percibe no se percibe a sí mismo, pero sí que se afirma como sujeto por haber percibido dos objetos externos. Es un sujeto poco consciente, vale, es un sujeto que solo sabe que existe por ocupar una posición, es un sujeto que siente la intensidad de los objetos externos que percibe, y que no se encuentra pero que se expande.


De la existencia lógica del alma en Aristóteles a la necesidad de crear una ciencia psicológica en Averroes

En algún lugar del "Acerca del alma" de Aristóteles este dice que "es imposible que haya nada mejor ni superior al alma y más imposible aún que haya nada mejor o superior al intelecto", aquí la pretensión de Aristóteles es solo establecer la necesidad lógica de la existencia de un alma, es decir, por lógica podemos reconocer la necesidad de que exista algo que explique como aprendemos los seres vivos, y que no tienen algunos tipos de materia y energía. 

Por contra Averroes tiene por necesidad establecer una ciencia que permita predecir, entender y actuar sobre las dificultades que encuentran las personas en su aprendizaje. No es ya demostrar que existe algo medible y necesario en cuanto a aprendizaje (el alma, la mente, el sujeto o lo que sea) es también establecer que no estamos vendidos a la interpretación del teólogo, que podemos entender de una forma demostrable como aprendemos y con ello lo que somos respecto a lo que percibimos. 

Por esto para Averroes el centro es la percepción, pues el punto desde el cual todos los estímulos que nos afectan se mueven y hacen que nos movamos o que se muevan entre sí dos objetos percibidos, es el punto desde el que es posible medir el aprendizaje "del alma".

Aquí viene el porqué para Averroes el intelecto "a veces ayuda y a veces no ayuda, a veces es importante y a veces no", ya que él se enfoca en la persona que percibe, y en cuanto que percibe algo dependiendo de la claridad y distinción que consiga percibirlo, dependiendo de sus sesgos existentes con la realidad (ya sea que perciba su consciencia en un contexto o dos cosas externas y el contexto sea él) la inteligencia le hace bien o mal.

Y es que ser inteligente conlleva un problema psicológico muy grave si es que no percibimos de forma clara y distinta los estímulos que estamos percibiendo, y esto se agrava cuanto más inteligentes y lógicos somos.


¿Cómo piensa un psicólogo que ayuda?

Básicamente la psicológica lógica de Averroes es útil en nuestros días, tan útil que personalmente creo que no tener esto claro te hace muy difícil ser un buen psicólogo. 

Llevo varios años trabajando como psicólogo online ayudando a muchas personas y como podéis ver clicando en el enlace anterior utilizo el punto de vista de Averroes, bueno estoy muy contento de ser efectivo en terapia, pero esto es muy raro, esto no se enseña en la universidad.

En las universidades de psicología lo que te enseñan es a utilizar las ideas del psicoanálisis para intervenir en terapia, que consiste básicamente en forzar a que alguien se haga consciente de sí mismo (algo pocas veces útil). O en medir el cambio en la conducta sin tener herramientas para medir el cambio percibido (en el mejor de los casos, psicología con base conductual).

Y es que el error de la psicología hoy es que ha olvidado a su padre Averroes, y esto se ve claro en una cita de Emilio Ribes, en uno de sus libros llamado "Conductismo, reflexiones críticas" en el que hace decir a Aristóteles que "el alma no se da sin el cuerpo" (Pág 19), esto no lo dice nunca Aristóteles, es más, esto no lo dice nunca Averroes (que se ocupa de este problema), Averroes lo que dice es que "no se puede demostrar la existencia del alma sin el cuerpo", pero que sí que se puede seguir creyendo que exista, lo que pasa que no tenemos pruebas. 

Pongo el ejemplo del párrafo anterior para mostrar lo tan alejados que están los más famosos académicos actuales en psicología sobre qué es y en qué consiste la psicología. Y es que si nos creemos que lo único medible es el aprendizaje estimular y dejamos de atender al sujeto percipiente, es muy difícil que logremos ayudar a nadie. 

El plan del gang

El plan han de los mafiosos



 No son pocas las grandes ciudades contemporáneas que han surgido de forma insólita, acelerada e inesperada, como si se tratara de auténticos inventos de la creación imaginativa y hasta de la más audaz de las ficciones. Medellín, por ejemplo, fue un humilde y respetable pueblecito de la provincia colombiana hasta que, de pronto y como por arte de magia, tal como Venus salida de la espuma del mar o al igual que los hongos, que crecen y se multiplican en el bosque de un día para el otro, se transformó en una atractiva ciudad, de manera inaudita, sorprendente. Las Vegas fue, en estricto sentido, un árido desierto que, ex nihilo, se convirtió en un gran centro de deslumbrantes y sensuales casinos, maravillosos hoteles, centros internacionales de convenciones, bodas express y exquisitos centros comerciales. Miami fue un pantanal plagado de cocodrilos y alimañas, un territorio que España no quiso conservar entre sus colonias y que se convertiría con el tiempo en “centro de acopio” para pieles roja expropiados y lugar de castigo para esclavos “alzados”. ¿Quién podría sospechar que de aquel vasto terreno fangoso, de indefinida mezcla de lodo y arena de mar, infestado de reptiles y de toda clase de insectos, en tiempo record, se elevaran majestuosas edificaciones, calles y autopistas infinitas flanqueadas por palmeras, los últimos autos deportivos y los más glamorosos yates atravesando la bahía de un inmenso circuito de turismo internacional y, por si fuera poco, en la auténtica capital de la América Latina?


 No se puede negar el gran papel desempeñado por las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción en estas, sin duda, formidables empresas de desarrollo urbano. Gente honesta y trabajadora contribuyó decididamente en la concreción de la gran meta, de esos grandes sueños hechos realidad. Pero sería ingenuo voltear la mirada para evitar reconocer que, detrás de muchas de las ingentes inversiones, se hallaba el dinero lavado por los sindicatos del crimen. Como afirmaba el famoso general italiano al servicio del Emperador Napoleón I, “non tutti, ma buonaparte”. De hecho, se puede afirmar que, por ejemplo, Las Vegas es una hija de la mafia en América. No sólo porque su construcción se tradujo en la posibilidad cierta de lavar el dinero sucio, sino porque, una vez construida, pasó a ser un auténtico núcleo de inversiones del cual obtener ganancias sin precedentes. Sin contar su relativa cercanía con la frontera mexicana, donde los carteles ya poseían grandes extensiones de tierra, presta para el cultivo, producción y distribución de narcóticos. Así las cosas, el otro objetivo fue la Cuba de Batista, que al poco tiempo se convertiría nada menos que en el cuartel general de la mafia en América. Y todo indica que, a pesar del cambio de administración, aún lo sigue siendo. La argucia de Fidel Castro, Il padrino de ese cartel de los carteles que es el Foro de Sao Paulo, estuvo en “vender” las ruinas de lo que fue una hermosa ciudad como La Habana en un museo para el turismo. Él es el gran fundador de la estética de la perversidad contemporánea.

 La capital de la Venezuela de hoy está sufriendo una severa -aunque no anunciada- modificación, un rediseño y, quizá -para sorpresa de muchos-, hasta un eventual embellecimiento, a los efectos de generar una sensación -ilusoria- de bienestar general. La refacción y puesta en funcionamiento del icónico Hotel Humbolt; la iluminación de calles y avenidas que hasta hace poco tiempo permanecían oscuras; la llegada de los pomposos bodegones; la ordenanza del “gris sobre gris” sobre las santamarías de los locales comerciales; el interés de convertir la parroquia San Pedro -Santa Mónica, Los Chaguaramos y Las Acacias- en una segunda Las Mercedes, son, tal vez, los primeros síntomas del plan general que parece haberse puesto en práctica. Y es probable, dentro de tales coordenadas, que se hayan propuesto el estrangulamiento de la Universidad Central de Venezuela para, una vez liquidados sus valores y principios autónomos fundamentales, ponerla al servicio de los intereses del gansterato y, entonces sí, reabrirla y refaccionarla.


 Sólo que, para poder dar cumplimiento al plan general de embellecimiento de la ciudad, se hace necesario “limpiarla” del lumpanato, del malandraje criminal que, hasta la fecha, la ha venido azotando, manteniéndola en vilo. Una ciudad a la que se proponen reembellecer y resaltar sus virtudes, en beneficio de “los grandes negocios”, encendiendo la gran lavadora de dólares, no necesita de los hamponzuelos, matones y secuestradores de barrio, que en otro momento resultaron indispensables para colmar de terror a la sociedad civil que reclamaba sus derechos en la calle. Con los tiempos, las cosas cambian. Con más de seis millones de antagonistas fuera del país y con una población preocupada por el Covid, las remesas internacionales, el tener que hacer la cola para echar gasolina, esperar “que llegue” el agua, la electricidad o la internet, comprar comida y medicamentos, etc., un malandraje “respondón” no sólo se hace incómodo, sino, de hecho, prescindible. Así ha operado, históricamente, el crimen organizado. Fue, de hecho, la mafia la que terminó entregando a Bonnie & Clyde, a Johnny Dillinger o a Al Capone, justo cuando comenzaron a hacerse incómodos para sus “más elevados” propósitos.


 La incursión masiva de las fuerzas policiales, con la asistencia de las fuerzas armadas, sobre la 'Cota 905' es, en buena medida, parte del plan general de “limpieza” trazado por el gansterato que mantiene bajo secuestro a Venezuela. Pudieron haberlo hecho hace mucho tiempo y evitarle a los ciudadanos tanto dolor, pero no era el momento indicado. Ahora que las cosas van saliendo según el guión pautado, y a medida que la llamada “oposición” va aceptando las reglas del juego gansteril, la hora de los “Koki” parece haber llegado. Basta con expiar las culpas y lavar la sangre derramada sobre los últimos alzados contra el régimen.


 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv