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Memoria y coartada

Uno de mis recuerdos preferidos es la evocación de una tarde de la infancia que pasé jugando con una niña vecina de mi abuela. La escena me llega a la memoria entre tantas brumas que apenas sabría precisar ningún detalle. No recuerdo ni la cara de aquella niña, ni nada de lo que hablamos o hicimos, ni cuánto duró la visita. Apenas se me esboza en la mente la imagen de un salón en su casa, mi saludo vergonzoso, su sonrisa. Pero conservo con mucha intensidad la sensación gozosa de estar a su lado, la dulzura del rato que pasamos, la difusa evocación de una conversación feliz hilada de confidencias y complicidades.
He atesorado esa estampa toda la vida, enseña nostálgica del amor ideal, quizá porque no se me dieron muy bien los amores reales. La duda que me acomete a menudo es si esa escena sucedió realmente, y si fue tal como la recuerdo o tanto romanticismo es fruto de mi imaginación soñadora, que inventa más que revive. Si no fuera porque años más tarde mi madre me confirmó la existencia de aquella niña, dudaría de ella misma, puesto que no la volví a ver.

Los psicólogos tienen cada vez más claro que la memoria no consiste tanto en un almacén de experiencias pasadas como en un mecanismo de reconstrucción y reinterpretación del pasado desde las circunstancias presentes. Nuestros recuerdos son reestructurados, como quien cambia los muebles de sitio, cada vez que los engarzamos en nuestra historia de la forma que más nos conviene. Un detalle inventado por aquí, una omisión por allá, y el recuerdo, creado y convertido en relato, se encaja más o menos con nuestra necesidad de vivir o la contradice, lo que puede ser otro modo de cumplir una función pertinente: en ocasiones necesitamos llevarnos la contraria; a veces, ¡ay!, no sabemos vivir sin una piedra en el zapato.
Esta tendencia, una vez más, reafirma aquel axioma de que nos importa más la vida que la verdad. El concepto de nosotros mismos y sus mitos fundacionales radicados en el pasadono aspiran a ser fidedignos, sino que están hechos para dotar a nuestra existencia de significados apropiados, que, una vez establecidos, tienden a retocarse para consolidar su coherenciarecordemos la disonancia cognitiva, que es también emocional y su plausibilidad. Necesitamos que el vivir tenga sentido, y ese sentido se expresa siempre en forma narrativa: somos una historia, y son las historias que nos contamos acerca de nosotros mismos las que nos hacen descifrables, las que van perfilando eso que llamamos identidad. Si nuestra historia funciona, si da cuenta de nosotros de manera satisfactoria, o si, simplemente, es la que hemos asumido, tenderá a ganar en detalles, a intensificarse hasta cobrar carta de realidad, aunque en el fondo se trate de un mito sobre nosotros mismos.
Esas historias confieren sentido y fuerza a nuestra frágil presencia en el mundo. Aportan también seguridad, al enraizarnos en una secuencia causal y coherente, y por tanto previsible y explicable. No soy un ser caótico, no me comporto de un modo determinado por mero azar, sino porque “soy así” y no puedo ser de otra manera: así me han predispuesto mis genes y me han modelado mis vivencias. El fatalismo implícito nos protege y nos justifica. Reacciono con agresividad porque desde pequeño tuve que aprender a defenderme, o con poca resolución porque nadie elogió mi valía: no falta nunca una coartada el padre alcohólico, la madre ausente, los compañeros brutales… que da cuenta de esa naturaleza ineludible. Otro ejemplo: soy depresivo porque mis padres no me comprendieron, o me abandonaron, o no me dieron el cariño que precisaba… Desde el psicoanálisis, los pobres padres han cargado cada vez con más responsabilidad sobre nuestro talante y hasta nuestra suerte. ¿Y qué le voy a hacer? “Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”, se lamentaba con voz lastimera Jeanette en una canción que se hizo famosa en mi infancia.

Así pues, la memoria, más que un almacén de información, se nos revela como un instrumento puesto al servicio de nuestra supervivencia, o de nuestro interés. Como archivo no parece demasiado fidedigno, sino más bien ambiguo y maleable, un conjunto de manchurrones en el muro del tiempo en los que vemos lo que sabemos o queremos ver. El presente fuerza al pasado a su favor, lo usa como causa y como pretexto. Si soy infeliz, tal vez opte por renegar de mala suerte que es a menudo, también, otro mito, como sucede con el concepto del karma, o bien puedo explicármelo lamentando una infeliz infancia en la que no conté con modelos adecuados. También lo bueno puede consolidarse y ganar sentido con el salvoconducto del pasado: si soy feliz con mi pareja, es porque estábamos hechos el uno para el otro, porque era mi “media naranja” mito sempiterno donde los haya y estábamos predestinados a encontrarnos. 
Sartre llamaba “mala fe” a estas componendas, a estas excusas instrumentales y míticas con las que aligeramos la responsabilidad. Para él, siempre somos libres y por tanto responsablesde lo que elegimos. En un sentido absoluto, es obvio que tiene razón. Pero olvidó que no somos seres de una pieza, sino una amalgama de felicidades y traumas, de alimentos y hambres, de apuntalamientos desesperados y pérdidas angustiosas. Olvidó nuestra naturaleza narrativa, la conspiración de los genes, el enquistamiento del dolor. Olvidó que, de las fuerzas que nos mueven, la menos intensa es la razón, y la más potente a menudo a nuestro pesar es nuestra historia, real o mítica, pero siempre grabada a fuego en forma de emociones insidiosas, de convicciones enquistadas, de comportamientos automáticos. En definitiva, el admirable filósofo francés ignoró el peso de la narrativa, a menudo inconsciente, casi siempre desfigurada, pero, por imaginaria que resulte, activa de un modo muy real. No es la verdad lo que nos mueve, ni siquiera lo que nos interesa: es el mito y la memoria construida.
¿Legitima eso nuestras excusas y nuestras distorsiones, tantas veces torticeras? En absoluto. Desde el punto de vista ético, hay que ponerse del lado de Sartre: estamos requeridos a exigirnos lucidez, a trabajar a su favor, a optar por lo arduo del pensamiento crítico. Pero desde el enfoque vitalista, desde la urgencia del vivir y la vulnerabilidad del ser, podemos al menos dedicarnos una cierta comprensión piadosa, y a menudo quizá no tengamos más remedio que hacer la vista gorda. La verdad no solo duele: a veces, simplemente, sus ángulos no encajan con la ardua sinuosidad de la existencia. 
Una infancia desdichada o una economía precaria no justifican al maltratador, pero deberían volvernos más cautos a la hora de juzgarlo, y desde luego de explicarlo y prevenirlo. Deberían servirnos para admitir en él una complejidad que va más allá de la simple sentencia cristiana de pecador o monstruo. En una proporción que desconocemos, es cierto que “el mundo le hizo así”: eso, que no lo disculpa (y por tanto no le exime de sanción), sí añade una dimensión en la que es tan víctima como culpable, en la que nos hace a todos un poco responsables, en tanto que cómplices de una sociedad que engendra maltratadores. Y si queremos que deje de haberlos tendremos que reflexionar también sobre esa responsabilidad común.

Truman Capote, en su novela A sangre fría, descartó la simplicidad y puso su empeño en perfilar pacientemente los requiebros del laberinto humano; los asesinos de Kansas pudieron elegir, pero, por más que nos incomode, hemos de admitir que también eran víctimas: de su miseria, de su desesperación, de su propia narrativa personal de seres a la deriva por una sociedad que no tenía lugar para ellos, una sociedad que genera monstruos. Cuando se abrió la trampilla del patíbulo y la caída les quebró el pescuezo, ¿no estábamos desplomándonos con ellos, un poco, cada uno de nosotros? ¿No hay en todos los “ajusticiamientos” algo de esa fantasía de redención colectiva que cumplen los chivos expiatorios, como tan bien supo explicarnos René Girard?
Por consiguiente, hay que responder a Sartre que sí, que siempre podemos elegir, que poner excusas basadas en lo externo es mala fe. Pero matizándole que esa dimensión ética coexiste con otras muchas dimensiones, donde tienen también su lugar el pasado, tanto el real como el mítico. La ética no puede ceñirse al ralo veredicto de la dicotomía bueno/malo. Tiene que atreverse a sondear las intrincadas profundidades del individuo que se las apaña en el mundo, los apaños con que su memoria haya zurcido los desgarrones de su biografía. De lo contrario correremos el riesgo de caer en simplificaciones que son, a su vez, míticas: la bella y la bestia, el ángel y el demonio…  Al final, no solo importa si somos culpables, sino también los mil matices de la culpabilidad.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 05/01/2019 

El día cero de la nación.

Día cero


Una nueva etapa de lucha por la libertad se inicia en Venezuela. A partir de este 10 de enero del año que se inicia, los venezolanos, sustentados en el mandato constitucional, pondrán formalmente fin a la peor de las tiranías de su historia. Formalmente, se ha dicho, es decir, no materialmente. Pero no por ello se debe desestimar la importancia de este día de suprema importancia, pues a partir de él la expectativa comenzará su proceso de necesaria, determinante y progresiva concreción. “El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de las cosas”. Más allá de las infundadas extravagancias de algunos posmodernos, hasta nuevo aviso, no existe el ser sin conciencia. Ni hay contenido que no sea, en sí mismo, forma. Praxis quiere decir actividad sensitiva humana. Infinito actu, lo denomina Spinoza. Punto de quiebre esencial entre lo viejo y lo nuevo, entre las fuerzas de un pasado barbárico y tiránico, que se extingue, y las fuerzas nacientes que exigen la creación de una nueva sociedad, de una nueva nación libre y en paz, sustentada en la justicia, la civilidad, la educación de calidad y el progreso productivo, generador de riqueza. La era de la malandritud ha tocado fin.

No se trata de una cuestión de certezas sino de verdades. Ni se trata de las cantidades sino de las cualidades, por lo que no es asunto de fechas y cronologías, gratas a los empiristas, conductivistas y metodólogos positivistas, tan habituados a las mediciones, los cálculos, los porcentajes, los “modelos”, las cintas métricas y las plomadas, a las que se han habituado a designar como “los hechos”. Detenerse en la intuición es barbarie. Detenerse en las premisas proposicionales es superficialidad. Más bien, se trata de la maquiaveliana realidad efectual de las cosas, de la crisis orgánica de la sustancia, de la completa desgarradura del ser social, de un período histórico que ha entrado irremediablemente en banca rota. Que el día 10 de enero no se vaya a modificar la actual coyuntura política del país, como algunos han indicado, no significa que no se vaya a modificar –y quizá más aceleradamente de lo que se pueda pensar– radicalmente su estructura social y política. Lo objetivo es objetivo porque es el resultado, el producto, de la acción material y espiritual de los hombres en la historia. No hay modificaciones reales en la estructura social y política sin que éstas sean anticipadas por profundas convicciones que van progresivamente minando la aparentemente indestructible dureza de la realidad inmediata.

Una banda de forajidos, narcotraficantes y terroristas que ha secuestrado y humillado a todo un país, que ha usurpado el poder de sus instituciones, que se sustenta en la fuerza bruta y el chantaje contra los más débiles, haciendo de las necesidades básicas de la gente un instrumento para el sometimiento y la dominación, hoy se encuentra acorralada, literalmente “atrapada y sin salida”. Es la objetivación palpable del rotundo fracaso de todos los esquemas y estereotipos –precisamente, de los “modelos”, como suelen ser llamados– del abyecto “socialismo real” –pero también del imaginario–; la bancarrota de la torpeza de querer insistir en “aplicar”, por encima de la realidad de verdad, un conjunto de representaciones disecadas, momificadas, fraudulentas, desprovistas de toda historicidad. Parafraseando al Marx del Manifiesto, para este malandraje el camino de la historia universal se fue desvaneciendo en medio de la propaganda y la ejecución de absurdos “proyectos” anticipadamente destinados a fracasar. Se trata, pues, de un cadáver insepulto: el de “un socialismo que pretende enmarcar por la fuerza el nuevo lienzo de las modernas relaciones de producción y de cambio en el viejo marco de las relaciones de propiedad feudal”.

El día 10 de enero no puede ser apreciado, como algunos pretenden hacer ver, como una fecha más en el calendario. Pero tampoco se trata del “día D” que pregonan los exaltados por el fanatismo, por cierto, no pocas veces propiciado desde los laboratorios del G-2 cubano. No pertenece, en este sentido, al universo de las cronologías. Es, más bien, una fecha de la historia y para la historia, porque con ella se marca el fin de un tiempo perdido y, a la vez, el de un nuevo comienzo: más allá de las leguleyerías, es el anuncio legítimo de la llegada del espíritu de un tiempo para el renacimiento de Venezuela. Dice Hegel en sus Wastebook que el pensamiento “gobierna las representaciones y estas gobiernan el mundo. Mediante la conciencia, el espíritu penetra en el dominio del mundo. Después salen a relucir las bayonetas, los cañones, los cuerpos de batalla, etc. Pero el estandarte del dominio del mundo y el alma de su conductor es el espíritu”. Marx lo ha dicho, quizá de un modo más prosaico, pero no por ello menos verdadero: “Es cierto que el arma de la crítica no puede suplir la crítica de las armas, que el poder material tiene que ser derrocado por el poder material, pero la teoría se convierte en poder material tan pronto se apodera de las masas”. Contra una idea no hay ni fusiles ni bayonetas que valgan. La historia del cristianismo primitivo, en medio de las persecuciones más crueles y despiadadas, así lo demuestra. Y la idea de que en Venezuela el poder lo ocupa un usurpador junto a una banda de corruptos y criminales que ha destruido el tejido orgánico de la otrora nación pujante hasta reducirla a la más inconcebible de las miserias es una realidad incontrovertible.

Es muy probable que el día 10 de enero no termine la tiranía en Venezuela. Pero ese día será, objetivamente, el principio del fin de la tiranía, a pesar de lo que puedan señalar tanto los integrados como los apocalípticos.

Por José Rafael Herrera. - @JRHerreraucv

El aprendizaje en adultos autistas sin déficit intelectual.

Recientemente los sujetos diagnosticados con un trastorno del espectro autista han aumentado drásticamente, al mismo tiempo se han descubierto diferencias teóricas que han cambiado el diagnóstico según DSM V y CIE 10, y actualmente la comunidad científica investiga sobre las capacidades psicológicas diferenciales comparándolas con el funcionamiento normogenético, este artículo da evidencia sobre la continuación de los déficits encontrados en la memoria a corto plazo en sujetos TEA sin déficit intelectual (antiguos Asperger en las ediciones psiquiátricas antiguas), siendo estos, adultos que se desenvuelven en ambientes de interacción y comunicación desde la total inclusión en una etapa anterior. Este trabajo evidencia el no desarrollo posterior de habilidades necesarias para el correcto control metamemorístico y acceso memorístico de estímulos ambientales poco estudiados,así en este artículo se sugiere investigar las distintas rutas y habilidades alternativas que utilizan los adultos TEA  para compensar este déficit.



Autistas adulto
Autistas adultos en la realidad y ficción.
Nos encontramos ante una patología, los trastornos del espectro autista, que teoricamente ha cambiado mucho en los últimos años, y en la que se han centrado y se centran actualmente múltiples investigaciones, los individuos TEA, por sus siglas, Trastorno del Espectro Autista se entienden hoy como individuos con un desarrollo neuronal diferencial. Williams DL, Goldstein G, Minshew (2006) en un trabajo neurobiológico con niños diagnosticados de espectro autista mostró que estos niños presentan dificultades en áreas neuronales utilizadas para aprender y recordar material presentado recientemente, no así para material consolidado, desde ahí, el trabajo Wojcik DZ, (2013) ha evidenciado la asociación existente entre pruebas de memoria en niños diagnosticados con TEA y las pruebas de metamemoria que evalúan las estrategias para el registro, almacenamiento y recuperación de dicha información, han utilizado pares asociados, con pruebas JOL y medidas de reconocimiento, y han obtenido resultados que respaldan la hipótesis de disociación en el rendimiento entre dos subtipos de memoria explícita, una memoria para objetos estudiados previamente (llamada memoria semántica) y otra para objetos presentados de forma breve (llamada memoria episódica), los datos de este estudio concluyen que los niños con TEA eran inexactos para predecir su rendimiento para objetos presentados durante pocos segundos, pero, en un estudio anteior Wojcik, DZ, Moulin CJ, Souchay C. (2013) evaluaron si los niños con TEA podrían utilizar sus juicios metacognitivos para regular una estrategia de tiempo de estudio. Los niños tenían que estudiar 15 pares de palabras asociadas, estas se diferenciaban entre asociaciones fáciles y difíciles, dándoseles la oportunidad de pasar el tiempo que quisieran estudiando los artículos. Los resultados mostraron claramente que los JOL dados por los adolescentes con TEA variaron de acuerdo con la dificultad, y estudiaron claramente más las asociaciones difíciles que el grupo control. Los resultados de Wojcik, DZ, Moulin CJ, Souchay C. (2013), además de sugerir que los niños con TEA pueden regular su aprendizaje, también se pueden interpretar de acuerdo a que el déficit observado depende del material presentado (información nueva presentada frente a información estudiada o ya conocida), pues los pares asociados fáciles se componían de palabras concretas, y se referían a estímulos que pueden aparecer juntos en una situación.

Por otra parte, la literatura científica sobre la evidencia terapéutica en TEA muestra resultados parecidos, por ejemplo en los trabajos de: Jacobson, J. W. y Mulick, J. A. (2000), Rosenwasse, B. y Axelrod, S. (2001) y Rosenwasse, B. y Axelrod, S. (2002) se evidencia que la terapia en análisis aplicado de la conducta es la más eficaz en TEA, consiguiendo resultados en un porcentaje alto de inclusión completa en niños con este trastorno en ámbitos de interacción y comunicación social, y consiguiendo que los resultados sean estables en el tiempo, por tanto, evidenciando que la inclusión de habilidades en la memoria a largo plazo mediante métodos programados de repetición de la conducta, son eficaces en la inclusión interpersonal de niños TEA.

Recientemente la terapia en programas de conducta aplicada ha conseguido que existan individuos diagnosticados TEA en su infancia integrados eficazmente hasta la edad adulta, y ahora, las pruebas de metamemoria se presentan como pruebas validas para evaluar el funcionamiento memorístico, así, si el déficit de memoria para objetos estudiados durante pocos segundos se mantiene en los individuos TEA adultos que realizan actividades de interacción social, de forma suficiente y autónoma, o sí, por el contrario, estos individuos tenderán a suplir este déficit con otras estrategias de memoria y metamemoria. Es interesante comprobar si tras la insercción total, para efectuar las estrategias necesarias en el registro, almacenamiento y la recuperación de la información de estímulos presentados y atendidos brevemente, los TEA adultos recuperados consolidan recursos a corto plazo como un previsible grupo control, o si utilizan recursos diferentes para desempeñarse, como por ejemplo el estudio estimular típico en las interacciones y procesos de comunicación.

Por tanto, tenemos una discusión problemática, si estos individuos interactúan en un mundo social del que no son capaces de recordar las cosas con las que interactúan, y continúan en la madurez con un déficit para estimar sus predicciones metamemorísticas para objetos no estudiados, ¿Cómo son capaces de suplir esta información sin que esto perturbe sus procesos de interacción y comunicación?, siguiendo la evidencia terapéutica al respecto, ¿Pueden los sujetos TEA adultos con habilidades de interacción y comunicación suficientes no utilizar preferiblemente procesos metamemorísticos a corto plazo?, no tenemos evidencia de ello en estudio alguno, pero, tras los resultados en terapia conductual aplicada en niños TEA, sabemos que mejoran sustancialmente las habilidades de interacción y comunicación tras el tratamiento, así, previsiblemente tenderán a utilizar rutas más asentadas por el estudio en sus procesos metamnemónicos, y podrían presentar deficiancias en actividades de predicción y de memoria de reconocimiento.


Citas:

Jacobson, J. W. y Mulick, J. A. (2000). System and cost research issues in treatments for people
with autistic disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 30, 585-593.

Rosenwasse, B. y Axelrod, S. (2001). The contributions of applied behavior analysis to the
education of people with autism. Behavior Modification, 25, 671-677.

Rosenwasse, B. y Axelrod, S. (2002). More contributions of applied behavior analysis to the
education of people with autism. Behavior Modification, 26, 3-9.

Ruiz, M. (2004). Las Caras de la Memoria . Madrid: Pearson (caps. 3, 7 y 8)
Weaver, C.A. y Kelemen, W. L. (2003). Processing similarity does not improve metamemory:
evidence against transfer-appropiate monitoring. Journal of Experimental Psichology:
Learning, Memory, and Cognition, 29(6), 1058-1065.

Williams DL, Goldstein G, Minshew (2006) Neuropsychologic functioning in children with autism:
further evidence for disordered complex information-processing. Child Neuropsychol. 12(4-5):
279–98.

Wojcik DZ, (2013) Souchay C. Metamemory in children and adolescents with autism spectrum
disorder. OA Autism. Recuperado el 29 de Junio de 2018, de
https://www.researchgate.net/publication/270529768_Metamemory_in_children_and_adolescents_
with_autism_spectrum_disorder

Wojcik, DZ, Moulin CJ, Souchay C. (2013) Metamemory in children with autism: exploring
‘feeling-of-knowing’ in episodic and semantic memory. Neuropsychology. (1):19–27.

Pereza rebelde


¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido! Fray Luis de León.


La moral tradicional condena la pereza porque es un lastre, un impedimento para la construcción del proyecto humano. Los moralistas, defiendan la trascendencia o la productividad, nos quieren siempre laboriosos y atareados. Está bien: hay que trabajar. Pero también hay que mantener una cierta conspiración contra el trabajo, siquiera sea para que no se apropie (y no lo usen otros para apropiarse) de nuestra vida. Y en esa reticencia clandestina, en ese epicúreo reclamo de la existencia como disfrute, la pereza nos secunda como una afable cómplice.

La pereza tiene su propia sabiduría. Es la gran economizadora, y nos ayudará a administrar bien las cuentas de nuestras energías, siempre que no se vuelva avara. Una vez más nos encontramos con ese camino medio que aconsejaba Aristóteles: todo en su justo equilibrio es un don, pero llevado al extremo se convierte en vicio y nos trae más problemas que soluciones. La pereza moderada, tomada con cautela e inteligencia, nos enseña a no dilapidar los esfuerzos inútilmente, a administrarlos según merezca la pena, a no dejar que la actividad sana se convierta en un activismo desbordante que mina nuestra salud y nuestro ánimo.
La pereza nos habla de nuestras verdaderas motivaciones, de las que es valedora. Se rebela contra las obligaciones que se nos imponen arbitrariamente —que también nos imponemos nosotros, llevados por la ambición—, y reivindica lo esencial frente a lo vano. Es, pues, un sano contrapeso del productivismo que nos reduce a máquinas o instrumentos, y frente a él nos recuerda que la vida buena es corta y sencilla, y que, como enseñaba Epicuro, los placeres son fáciles de alcanzar cuando no los abigarramos con nuestras pretensiones desmedidas. La pereza sueña con una existencia de pequeñas alegrías, descansos afables, dulces horas entregadas a lo inútil y a lo improductivo, simplemente porque es grato y es bello.
Si tenemos que aprender a controlar la pereza es para que no nos pierda en su ingravidez y no acabe por convertirnos en indolentes. No porque ello sea malo en sí mismo, sino porque la vida es también tarea, como dijo Ortega; el proyecto humano está hecho también de metas y esfuerzos, y sin ellos podríamos acabar por no saber qué somos o qué hacemos, o aun peor, podríamos caer en la absoluta indiferencia y el hastío, que son en sí ingratos y además caldo de cultivo de torceduras y perversiones, como aseguraba Baudelaire, quien consideraba el hastío, tal vez de modo exagerado pero no exento de sentido, como el peor mal del hombre. “El diablo, cuando no sabe qué hacer, con el rabo mata moscas”, sentencia el refrán, para darle la razón. Hay que saber qué hacer, y qué no hacer.

Pero, ¿por qué la realización humana debería comportar trabajo? ¿No podría bastarnos con buena comida, agradables paseos en compañía y tranquilos sueños, como pretendían los epicúreos? No, no basta, y Epicuro ya lo tuvo en cuenta en su Jardín, en el que, además de filosofar y estar alegremente juntos, se acudía cada mañana a laborar en los campos, y cada cual tenía su tarea. Porque también es necesidad humana sentirse útil y productivo, crearse problemas y afrontarlos para encontrarles solución, tener proyectos y esforzarse para conseguirlos. Spinoza nos da la clave: la potencia humana necesita desplegarse para cobrar conciencia de sí misma y convertirse en alegría, porque “el que experimenta la propia potencia, se alegra”. La pereza tiene que ser cómplice de esa potencia administrándola, moderándola, encaminándola hacia lo realmente importante; si se convierte en su obstáculo, entonces actúa en contra de nosotros, no a nuestro favor.
Caer en un pantano de pereza es uno de los peores males en que puede incurrir la vida humana, y en esto Baudelaire tenía razón. Los monásticos medievales llamaban acidia a esa actitud indolente y abandonada, y la temían por su poder para minar el entusiasmo y el sentido. Se corresponde con un estado de ánimo abatido, embotado, nebuloso, y en definitiva triste. Lo vemos en los niños: pocas cosas hay peores que no saber qué hacer, sobre todo para el “sujeto del rendimiento”, como lo llama Byung-Chul Han.
El hombre actual, acostumbrado a un quehacer constante y a una estimulación permanente, no soporta detenerse, y no sabe qué hacer con el aburrimiento. Eso nos relega a un desánimo y a una indiferencia que pueden desembocar en depresión y en actividades desesperadas que, a menudo, son autodestructivas. En la actualidad, en efecto, los grandes peligros a los que conduce la acidia son la depresión y las adicciones (aunque quizá tengan que ver, precisamente, con nuestra incapacidad para disfrutar del aburrimiento). El adicto tal vez busca estímulos artificiales porque ha perdido las metas y las fuerzas para encontrarlos en sí mismo de manera constructiva. Mucha gente, cuando pierde su trabajo, se hunde en un arenal depresivo, que le impide aprovechar ese tiempo para otras cosas, o preparar pacientemente la posibilidad de una nueva ocupación. Claro que en estos casos seguramente influirá también una pobreza de metas en la vida, o al menos una falta de imaginación para concebir otras nuevas.

En definitiva, el hombre se hunde cuando la vida se le vacía de sentido, de horizonte, de tarea: por eso es importante tener siempre algo que hacer, y si no se tiene inventarlo. El camino de salida para el marasmo de las adicciones tal vez sea una vez recuperado el control y el orden sobre la propia vida encontrar nuevos estímulos que nos motiven y entregarnos activamente a ellos: un trabajo satisfactorio, una actividad artística, la colaboración en una asociación que ayude a los demás. En la actividad insistamos: y más hoy día, las personas hallamos sentido y entusiasmo, y por eso la pereza mal dosificada puede arrastrarnos al sinsentido y la dejadez. Es más: para salir de los pantanos —para ese empuje ascendente que José Antonio Marina llama anábasis, y en el que reside la luminosidad del proyecto humano— hace falta esfuerzo, y en ese punto la pereza será nuestra enemiga y tirará de nosotros hacia abajo. En esa tesitura, al menos, tendremos que hacer un esfuerzo para llevarle la contraria, para no dejarnos arrastrar por ella.
Pero cuando la vida está llena, cuando el amor y la tarea son suficientes, la pereza es un estupendo termostato de la actividad. Porque es fácil caer en el extremo contrario, es fácil embrollarnos en un hacer y hacer y hacer que nos impulsa desde intereses ajenos, a costa de nuestras fuerzas y nuestra alegría. Necesitamos descansar, necesitamos dedicarnos a lo dulcemente inútil jugar a las cartas, construir maquetas de barcos, amodorrarse frente a la tele, leer poesía, charlar despreocupadamente…; necesitamos incluso no hacer nada, sentir algo de aburrimiento y dejar que la mente mientras no nos traicione con filigranas sombrías vague por viejos recuerdos o sueños imposibles… Hay que dar un respiro a la voluntad, hay que hacer cosas por el gusto de hacerlas, hay que ponerle coto a las obligaciones que nos impone nuestra sobrecargada vida de hormigas obreras al servicio de las reinas.

Como reflexiona Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, somos animales laborans, envueltos en la hiperactividad y la hiperneurosis; no soportamos el vacío de la inactividad porque tememos encontrar en él el vacío de nosotros mismos. Tanto produces, tanto vales. Eso incluye la hiperactividad en el supuesto “tiempo libre”: si no saliste de copas el sábado por la noche, si no fuiste a cenar a casa de unos amigos, si te limitaste a ver una película en la televisión o a leer un libro, tu fin de semana ha pasado en balde, has perdido parte de tu vida. Si las últimas vacaciones no te has ido de viaje y te has limitado a dar paseos por el parque, has perdido tus vacaciones.
La sociedad del rendimiento nos exige que no nos estemos quietos, que vayamos de acá para allá, que no dejemos de hacer muchas cosas. “El reverso de este proceso opina Han estriba en que la sociedad del rendimiento y actividad produce un cansancio y un agotamiento excesivos”. Cabría añadir que provoca su propio vacío existencial, un vacío no menor que el de la absoluta inactividad, y que se manifiesta en el estrés o la depresión que nos aquejan a la mayoría.
Hay que rebelarse contra eso, y tal vez la pereza nos eche una mano. Lo que se ha llamado el “cansancio fundamental”: admitir que estamos cansados, y tomarnos la libertad de descansar. “El cansancio fundamental inspira escribe Han. Deja que surja el espíritu”. De vez en cuando tenemos que sentirnos vagabundos, echarnos a los caminos por ver mundo, detenernos a contemplar un paisaje solo por su belleza, o por sentir el milagro de estar allí. Es lo que, frente al desquiciamiento productivo, propone la vieja tradición de la vita contemplativa. ¡Y cuánto nos cuesta detenernos y mirar! ¿Hay algo menos productivo, y más reconfortante, que la meditación? Pero nunca encontramos el momento, como no lo encontramos para llamar a un viejo amigo o para sentarnos a jugar con nuestros hijos. Un poco de rebeldía perezosa —aquella que proclamaba el derecho a la pereza en el ya lejano 68— tal vez nos ayude a plantarle cara a ese activismo obsesivo de nuestra era tardocapitalista.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir el 11/11/2018

El Registro de Occidente y el olvido de la Barbarie


Nota preliminar:

Este pequeño texto es producto de las reflexiones realizadas en el curso de “Historia de la Construcción de Occidente”  en el curso de Historia de América latina en la universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA) ministradas por el profesor Dr. Rodrigo Bonciani. Hemos tratado de mostrar acá, una contraposición a lo dicho por el Nuevo ministro de Relaciones Exteriores del gobierno Brasileño  Ernesto Araujo en su texto “Trump y el Occidente”, mostrando que “Occidente” es un “registro” que debe perder vigencia, para abrir la posibilidad de una historia humana entre distintos modos de ver lo que acontece sin la necesidad de Estados Naciones. Una historia "Anarco-Descolonial" de Occidente.  





***

Aquello que le historiador llama de «Acontecimiento» es sino un «evento» del día cotidiano exagerado. La “existencia” y el “Registro” constituye precisamente le fundamento del hecho de que la historia sea la posibilidad  misma de que lo real sea efectivo. Cómo reconocer un acontecimiento histórico?  Cómo saber el «evento» que constituye (mi) existencia. Es a partir de construir una fecha, un “signo” de su efectuación? Acaso no habría “existido” ya antes de que (me) se fuese dado un nombre y fecha de ocurrencia (nacimiento)?  “América” es una “existencia” que se “registró” a partir de la construcción de una «identidad» como universal: la de “occidente”. Ambas son construcciones y “registros” de aquello que es in-registrable. Nos encontramos sobre una plataforma de «discontinuidad», de movimiento entre átomos, de materia que choca en el vacío, asemejándose la historia a un rio sobre el cual no es posible detener su cauce y, sobre cual es posible realizar una imagen estatizable únicamente en el «Registro» - el signo-, aun cuando no necesite «Registro» alguno para existir.





El problema no es tanto el encuentro entre un “Yo” y un “Otro”, sino la construcción de un “Nosotros”, “Occidentales”, como manera de encubrir al aniquilar al “Vosotros”, los demás modos de «Registro» de lo real. La construcción de “Occidente” (como proyecto de conquista, destierro e invasión), es lo que  dio precisamente a la idea de una civilización “Occidental”.  Todo rio se desarrolla sobre un cause espacial, por lo que entender la historia como totalidad, implica precisamente considerar la sistematicidad del «acontecer», el hecho de su simultaneidad y no-simultaneidad al mismo tiempo en un espacio global. El “evento” del 13 de octubre de 1492, fue un día como cualquier otro[1]  y, sin embargo, su «Registro» fue la construcción de una nueva época histórica, en la que una parte usurpó el puesto de «todo», tomando con ello el monopolio de la manera de desarrollar  «Registro del acontecer» (del proceso de vida en su universalidad). Es así que con la conquista de “América” Europa no sólo se colocó como modelo universal de lo humano, sino que se dio a sí misma una “existencia”.

No se trata solamente de un evento discursivo; el «Registro» histórico es muestra misma del desarrollo material de las relaciones sociales (proceso de trabajo), siendo las condiciones de posibilidad de un modo de darse un «Registro» histórico. La modernidad es tanto la construcción del modo capitalista de producción como sistema universal de producción y reproducción de la vida, como la construcción de un ethos con pretensiones de  universalidad. En ese sentido, “América” en cuanto «Registro» histórico es el fundamento la construcción del mundo  como “Civilización Occidental” (aquello sin lo cual no podría haber existido). C. Colón no sólo construyó “el camino de Occidente”, sino que además abrió el camino para darle dirección al propio desarrollo histórico como un todo.  La forma como estableció la centralidad de Europa (Eurocentrismo) es al mismo tiempo el establecimiento de una “historia universal” (las bases genealógicas de “occidente”). Si la historia en cuanto «acontecimiento» es real como síntesis de la diversidad de los momentos (sociales, culturales, políticos, económicos), el establecimiento de tal universalidad necesariamente precisa de la aniquilación lo diferente, de un «Registro absolutamente Dis-tinto».  Lo sorprendente del encuentro entre las “diferencias”, es el hecho de que manifiestan efectivamente aquello de lo cual hacen parte, la pertenencia a un mismo «Género»: la humanidad. De ese modo la cuestión es puesta sobre el modo de establecimiento del «Registro».

La narrativa histórica manifiesta la Mentalidad (un Ethos) del mismo modo que despliega una práctica. Hacerse a sí mismo como modelo, fue el momento de la construcción de “Occidente” como un mito y como una realidad histórica (realidad mítica). “Occidente” constituye la «Razón de la Identidad» y mutila, destruye la «Multiplicidad de los Versos», la «Razón Analógica», el modo de construcción del «Registro del acontecer» de los pueblos aborígenes. Verdad (aletheia) para el colonizador fue lo mismo que el establecimiento de un Encubrimiento, la puesta del “velo” al establecer el “registro” como el único universal.  El establecimiento de un modelo sobre lo humano como parámetro, que implicó un ejercicio de esquematización de la realidad. Asía, África y Europa siempre tuvieron relaciones, “América” fue el vacío hacia el cual el ser con pretensiones de universalidad, podía establecerse como historia mundial. Es por ello que es necesario el establecimiento de un cauce para el rio de los acontecimientos históricos anulando su diversidad en una identidad arbitraria. La linealidad del discurso que constituye la narrativa histórica  (como una narrativa heroica) de “Occidente” fragmentada en Antigüedad, edad media y modernidad (contemporaneidad), establece como sujeto histórico una determinada cultura y deja por fuera la diversidad de construcciones de narrativas y, consecuentemente, sus formas de vida; apagar un discurso significó también aniquilar un pueblo al imponer un “registro” como forma de vida universal y estrictamente valida.

La manera como Occidente se construye a sí mismo es negando a singularidad del “registro” de lo otro. Todas las formas de vida que «registran» el «acontecer» de forma «Singular», si no se encajan en el esquema universal, han de ser aniquilados, deben perder su “existencia”[2]. Este procedimiento se establece tanto como ejercicio objetivo como construcción de una subjetividad.

La conquista de “América”, fue la extensión de la narrativa europea sobre el «acontecer» como contrapartida a “Oriente” con quien siempre se tuvo una disputa por la hegemonía[3] y una relación de co-construcción.  Por la conquista de “América” que “Occidente” logra una ventaja frente a “Oriente” (el  imperio turco-otomano), ya que la explotación de la fuerza de trabajo sobre la base de una producción de extracción de materias primas, permite una acumulación del capital y una expansión de su cosmovisión. El laboratorio civilizatorio se establece de ese modo en “América” y permite una reformulación de la universalidad de lo humano como imposición de un modelo cultural. La conquista “América” significó el encuentro de lo “Absolutamente Otro”; un sentimiento todavía mayor de extrañeza, que su contacto con el mundo “Oriental” jamás había suscitado. Así el encuentro con lo Dis-tinto reconstruye la propia relación que “Occidente” sostuvo con “Oriente”, construyendo a partir de allí su hegemonía, en ese sentido, re-inventase.


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          Las fuertes motivaciones religiosas y económicas de la expansión ultramarina sobre el atlántico de Europa (península Ibérica), dan muestra de cómo el proyecto de C. Colón es la búsqueda de elementos comerciales y culturales que establecen una hegemonía geopolítica. Colón pretendía ir hacia “Oriente”, hacía la India, en búsqueda de una ruta comercial fuera del contacto con el imperio turco-otomano y, de ese modo liberarse de las cargas aduaneras y los altos costos de transporte. Desde el punto de vista de su motivación religiosa, sostuvo la justificación de esa empresa como una continuación de las cruzadas a partir de un proyecto de evangelización en un territorio “Nuevo” y, en contraposición a la expansión islámica con su visión de explicar el orden del mundo, del poder político y de las relaciones entre los seres humanos ante Dios y los Otros.

La primera expansión europea hacia Asía y África  (“oriente”) antes de 1492, abrió los caminos al desarrollo de las ciudades puertos dando inicio al sistema mercantilista como forma de estructura económica. La disputa por territorios entre las coronas católicas europeas y los territorios soberanos de los sultanatos turco-otomanos avalados por la el islam, unifican en esta disputa tanto los elementos económicos como los sentidos religiosos; se trata tanto de una disputa de modelos mentales, como un problema de estrategia y táctica geopolítica, que como trasfondo objetivo construye las bases del modelo de producción capitalista; un imaginario que guía la acción, como un modelo socio-histórico material de desarrollarse la vida social de los seres humanos que sustenta tal imaginario. 

De esa manera, una mezcla entre realidad y fantasía construía el ensanchamiento –extensión- del «Registro» del mito edénico para expresar el proceso de expansión de la hegemonía “eurocéntrica” frente a “Oriente” (Asía y África). Para comprender este movimiento entre ambos factores, tenemos que considerar que toda experiencia humana es motivada por un ideal, un sentido imaginario que guía la acción; del mismo modo que todo ideal posee unos determinados materiales (socio-histórico y económicos) que sustentan tal imaginario. En ese caso, infraestructura y superestructura se mantiene en una relación dinámica, pero manteniendo una autonomía relativa.  Si consideramos que como una de las matrices centrales de occidente en la construcción de su propio imaginario está como centro la Religión Cristiana, es posible considerar que la búsqueda de los orígenes perdidos motivaron y sustentaron el emprendimiento hacia el atlántico.  Occidente construyó como un ideal de territorio sagrado el modelo edén, tierra maravillosa de prosperidad, armonía y paz, donde alguna vez se dio origen a la experiencia humana[4].

La conquista de “América” fue un acontecimiento producto del azar del movimiento intrínseco a la materia en el vacío, adscrita a una voluntad de expansión territorial y una mentalidad religiosa, siendo un “evento” generado por el movimiento objetivo de las relaciones económicas que permite la expansión del mercado como forma de relación imperante como un sistema mundo.

La conquista de “América” permite entonces justificar una empresa cultural y social como la imagen de la civilización humana y de la forma de existencia económica a partir del intercambio de mercancías. No es posible entonces considerar la construcción de “Occidente” sin la propia Ley de desarrollo desigual, sin el carácter de expansión como construcción de la miseria y a pobreza para el mayor número de la población, el desprendimiento del Trabajo y los medios de vida, como la enajenación de la propia esencia humana (el ser social) al construir una forma de existencia histórica en la que «La masa de la humanidad se expropio a sí misma en aras de la acumulación del capital»[5]

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Por el “registro”  de “América” no solo se construye una identidad universal como proyecto único de civilización, sino que se hace en relación a la reconstrucción del Poder; es decir, las relaciones entre Dios, el papado, los reyes y entre estos y los “indios” y negros de África.  El proceso de expansión ultramarina al permitir el encuentro entre lo humano absolutamente distinto, abre la problematización sobre la esencia del ser humano, siendo el problema de la esquematización de lo distinto, como bárbaro, para así justificar la práctica de la explotación de la fuerza del trabajo esclava sin deslegitimar el poder absolutamente soberano.  La justificación de esa “esencia humana” es la matriz para justificar la guerra justa contra la religión y el imperio islámico turco-otomano, en la medida que justificaba la conquista y la racionalidad del proyecto de invasión de los territorios “recién Registrados”, como un proceso de evangelización y expansión de la santa voluntad, de Dios y del Rey donados por el papado.

                El “registro” de “Occidente” lejos de establecer una memoria que narre la vivencia de la comunidad de hermanad mundial, se propuso así mismo ganar una hegemonía internacional, imponiéndose como modelo, como premisa del “acontecer” de todo “evento” vital en la historia de la humanidad. Propuso una memoria sobre su propio “acontecer heroico”; siendo el personaje principal de una fábula de sus propias invenciones.

El hecho de que no se encuentren esquemas de clasificación de los entes de la nueva realidad “Des-Cubierta”, comienza a encubrir el ejercicio genocida al fijar un modelo en la experiencia histórica, para que el termino bárbaro fuese el concepto predilecto para encasillar sobre la identidad – de la imagen europea-  la no-identidad de aquel tipo de Registro aborigen.  La guerra contra los pueblos aborígenes es “justa” en la medida que “santa” es su manera de registrar el mundo del colonizador, poniendo en discusión humanidad o inhumanidad de lo que al margen del modelo sobrepasaba su propia capacidad de percibir la diversidad de lo real.  El peligro de esta discusión para Europa misma, es que sobre tal “registro” se puede relativizar el poder divino del rey ante sus propios súbditos, por lo que fue necesario el restablecimiento general del orden del universo[6] y como tal, se construye el “registro de Occidente”.  

La justificación de la guerra es al mismo tiempo la construcción de un “enemigo”, de un “Otro”, un Distinto, que se debe  aniquilar. Con relación a la justificación de la conquista y de la “guerra justa” contra los pueblos aborígenes en “América” estaría construyendo la forma de justificación del poder moderno: la forma del Estado (que le es inherente ser absolutista). El pensamiento de la escolástica colonial de contra-reforma, reforzó una visión de la justificación de las relaciones entre el poder de Papado, advenido de Dios y el poder de los Reyes, transferido por el papado al ser humano (teoría de la utrumque gladium[7]). La institución eclesiástica fue la mediación entre el poder Divino y el poder Terrenal, defiendo así el carácter de humanidad o inhumanidad de los “indios”  como vía de aval a su práctica de ilegitima de invasión y expropiación territorial, siendo la posesión y ocupación de las provincias de los pueblos aborígenes concebidas como una acción de “gracia divina”, pues elevaba a aquellos bárbaros que llamamos indios al grado de la “cristiana civilización” y, si esto era imposibilitado por estos mismos,  parece poderse defender fundamentalmente con el derecho de la guerra[8].  

Como ya dijimos, “América” fue el laboratorio donde se aplicó por vez primera el despliegue de la “identidad” de “Occidente”, fue la puesta en práctica  de la benevolencia del progreso de la Razón. El “indio” necesariamente tuvo que ser el Bárbaro, lo distinto, la manera como Europa del siglo XVI heredo del modelo greco-romano (de los siglos IVa.c a V. D.c) para referenciar aquello que le significaba extranjero, lejano, fuera de su mismidad autorreferencial. La congregatio fidelium cristiana, la hermandad de todos los hombres en Cristo, estaba tan convencida de su singularidad y tan preocupada por evitar la contaminación por el contacto con el mundo exterior como lo había estado la oikuméne griega y, paradójicamente, debe mantener pretensión de universalidad. Así, el propio proyecto de “caridad cristiana” de evangelización con relación a los “indios”, es al mismo tiempo aceptación de la “existencia” de un “Otro” (inserción en el “registro” como acontecimiento heroico) y, sin embargo perdida de su autoridad en relación a su propio  «acontecer», perdiendo su humanidad al entrar en contacto con la Civilización “Occidental” [9]. Frente a los turcos servidores del islam está bien justificada el ejercicio de la guerra, no del mismo modo con los “indios americanos” a quienes era preciso darles una apariencia de humanidad para por lo menos tener una excusa moral que permitiera su propia expropiación  y aniquilación al imponer un “registro” como un “descubrimiento”.

Habría por esta razón una diferenciación de trato entre lo que se construía por aquel entonces como “Occidente” con relación a “América” y “Oriente” (Asía y África). El carácter Cristiano de esta matriz, hizo que  se comprometiera de alguna manera con el pueblo que decía convertir a la fé cristiana y no así con los negros africanos que fueron mayormente esclavizados con posterioridad.  El poder quedaba así transferido de la justificativa papal al poder real, como se ve en la La Bula Intercaetera de 1493[10] en la que sobre la experiencia de los portugueses en  África se amplia y extiende aquel poder al proyecto emprendido por Colón en “América”.  El trato “cristiano” con los seres humanos de las “indias”, no solo justifica su invasión territorial, sino que permite la justificación de la guerra y, el encubrimiento de la deshumanización sobre la apariencia de un “Registro”,  “el descubrimiento de América”.

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 Este hecho marca las dos caras de la “civilización occidental”: por un lado el reconocimiento de lo diferente como manifestación de lo humano universal y, al mismo tiempo su aniquilación, presupone la necesidad de la crítica radical a tal forma de “registro” del “acontecer”. De un encuentro se hizo un evento inolvidable en un registro eminentemente ético en tanto la enunciación de una memoria como multiplicidad de los versos:   la necesidad de reconocer lo que subyace sobre la apariencia de racionalidad de una forma de vida que cada vez se torna más inviable en su fundamento ético, en su modo de “registro vital con los otros” la experiencia de la existencia humana.

Recuperar el proyecto de “civilización universal” que es “Occidente” como se pretende por el nuevo ministro de relaciones exteriores de la república federativa de Brasil sobre el modelo de la política defendida por Trump en EEUU es retomar  la actualización de un “registro” sobre el olvido de su barbarie, de lo que negó como “existencia” y como vida. Para  Ernesto Araújo, el problema de  las potencias “occidentales no radica tanto en la capacidad de mantener su hegemonía internacional a nivel político, bélico y económico, más sí en su carácter ético, en cuanto modelo de humanidad:

[...] O problema, portanto, não está no terrorismo nem muito menos na diminuição da competitividade, mas sim, muito mais fundo, está no desaparecimento da vontade de ser quem se é, como coletividades identificadas com um destino histórico e uma cultura viva [...].[11]

“Occidente”, es como proyecto civilizatorio, la gran comunidad de las naciones! La forma de un “registro” único que dice defender la posibilidad de la particularidad al mismo tiempo que quema sus archivos del terror para ocultar a los vencidos, los versos que fueron aniquilados por la lógica de una  razón que se ve como universal:

[...] O conceito de comunidade, reserva‑o para aquelas nações que, juntas, sem deixar a identidade de cada qual, compõem uma civilização. Comunidade precisa ter base na história profunda, nos mesmos arquétipos. Comunidade construída só com base em valores abstratos não é comunidade. Nas relações internacionais rege o respeito mútuo, mas não rege o sentimento – este só governa dentro de uma civilização [...]O Ocidente nasce em Salamina, nasce na luta, o Ocidente não nasce no diálogo nem na tolerância, nasce na defesa de sua própria identidade [...][12]

Todo lo contrario a “escuchar” al logos  de Heráclito, el verdadero origen de “Occidente” lleva consigo la marca, un “registro” que pretende borrar, la huella de la barbarie que ha dejado sobre las demás identidades étnicas; hacer del rio de la historia una única narrativa a imposibilitado una verdadera comunidad no de “naciones” sino humanamente distinta. 

La actualización del discurso clásico del derecho internacional como derecho de conquista, es ver en Trump alguien que acepta la diferencia mientras expulsa de su casa un hermano por no ser exactamente como ser un nacional. En América latina se ha de ser decididamente no-occidental, estar en contravía de Trump y de Bolsonaro como defensa de un modelo civilizatorio que se coloca decididamente con todo aquello que nos hace humanos: la posibilidad de construir un registro como una vida singular que se realiza en la convivencia con lo absolutamente Otro. 




La historia no puede ser más de las guerras y victorias de los grandes héroes. La historia necesita ser una narrativa sobre la amistad de los seres humanos; un relato acerca del encuentro entre  los pueblos distintos que logran experiencias juntos.  El animal simbólico que es el ser humano se ve  condenado a su propio Ethos singular como manera de “registrar” el “acontecer” y, sin embargo, como premisa ética se impone la defensa de la posibilidad de otro “registro” que posibilite un vosotros un dialogo entre formas de experimentar la vida.

El Brasil y Latinoamérica toda, debe realmente abandonar el proyecto nacionalista, la singularización vía aniquilación y no reconocimiento de otros “registros”, retomar otra consideración de la manera de registrar su propio “acontecer” y, no se trata tanto de retomar un “registro occidental”, por el contrario, anteponer a él, la multiplicidad rítmica de registro que presenta nuestra América Aborigen que fundamento la construcción del propio ideario occidental. Con Hegel (Occidente) no solamente el pensamiento se piensa a sí mismos, sino que nos pensamos a Nós- Otros (portugués-español=portuñol) como registro latinoamericano como aquello que a Hegel –Occidente- le interrumpe su pensar: el anhelo de un paraíso perdido.






[1] Dice Heráclito, DK. 6:« Ό ἥλιος νέος) ἐφ´ ἡμέρη ἅπτεται....  χαί σβέννυται»,  «El sol nunca sería nuevo cada día, sino  que siempre sería nuevo  continuamente». Trad. Mondolfo, Rodolfo Heráclito, textos y problemas de su interpretación, 13° ed., México: S. XXI. 2007. p. 46. 
[2] «[. .] Se puede decir, por otra parte, que existen formas de sociedad muy desarrolladas, pero históricamente inmaduras, en las cuales tienen lugar las formas más elevadas de la economía por ejemplo la cooperación, una división del trabajo desarrollada, etc. sin que exista 'tipo alguno de dinero, como por ejemplo el Perú. [. .] ». MARX, K. Materiales Para la Historia de América Latina. Córdoba. Ediciones pasado y presente. 2016, p 112
[3] «[…] Porque, cristianísimos excelentes y poderosos soberanos, Rey e reina de las Españas y de las islas del mar, nuestros monarcas, en este presente año de 1492, des pues que vuestra majestades dieran fin a la guerra contra los moros que dominaron Europa […] pensaron en enviarme, a mi Cristóbal Colón, a las mencionadas regiones de la india para ir y ver en nombre de dichos príncipes, pueblos, las tierras y las disposiciones de ellas y de todo y manera que se pudiera atenerse para su conversión para nuestra fé y ordenaron que yo no  fuese para la tierra de oriente, por donde se acostumbraba a ir, y si por el camino de Occidente[..]». COLÓN, Cristóbal (1445-1515). “Primer Viaje”. In: Los cuatro viajes del almirante y sutestamiento. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002. /// Carta de Cristobal Colon de  1492
[4] HOLANDA, Sérgio Buarque de. Visão do Paraíso : os motivos edênicos no descobrimento e colonização do Brasil. São Paulo: Brasiliense, 1994 [1959], p. IX-14.
[5] MARX, K. El Capital Tomo I. Proceso de Producción. Fondo de Cultura Económica. México, 2011. p. 652.
[6] Padmen dice: «[…] La paradoja que hace del indio un esclavo y un agente libre también era un intento de salvar el fenómeno de la armonía del mundo natural, que exigía que, dentro de ciertos límites bien  definidos, todos los hombres deben comportarse igual, o renunciar al derecho de ser hombres [..]» Cf.  p. 87. PAGDEN, Anthony. “La imagen del bárbaro” e “La teoría de la esclavitud natural”. In: La caída del hombre natural : El indio americano y los orígenes de la etnología comparativa. Madrid: Alianza Editorial, 1988 [1982].
[7] Teoría de “las dos espadas” Es una noción sobre el poder político que se remonta hasta el antiguo imperio romano del siglo V D.c. y las relaciones entre el poder terrenal y el poder divino, dejando claro que este último es más absoluto y es transferido por el papado, al poder espiritual que toma primacía frente al poder imperial, fundamento de la disputa entre el pensamiento político católico de contra-reforma.
[8] Por lo menos así lo deja claro F. Victoria cuando dice: «[…] Aquellos sean de corto ingenio, pueden ser privados de sus bienes y ser vendidos. Lo que quiere enseñar es que hay quienes, por naturaleza, se hayan en la necesidad de ser gobernados y regidos por otros; siéndoles muy provechosos el estar sometidos a otros  [..]» VICTORIA,F. Relaciones sobre los Indios. I, 1539.
[9] Apropósito dice Sepulveda  «[…]Tales son en suma la índole y costumbres de estos hombrecillos tan barbaros, incultos e inhumanos, y sabemos que así eran antes de la venida de los españoles; y eso que no hemos hablado de su impía religión [..] » En: SEPULVEDA, Juan Ginés de. Democrates segundo o de las justas causas de la guerra contra los indios.  1547.
[10] «[…] haciendo uso de la plenitud de la potestad apostólica y con la autoridad de Dios omnipotente que detentamos en la tierra y que fue concebida al bien aventurado Pedro […] Concedemos y asignamos perpetuamente, a vosotros y a vuestros heredados y sucesores del reino de Castilla y León, todas y cada una de las islas y tierras predichas y desconocidas hasta el momento […] y además os mandamos en virtud de la santa obediencia […] destinéis a dichas tierras e islas varones probos y temerosos de Dios, peritos y expertos para instruir en la Fé católica […] y como quiera que algunos reyes de Portugal descubrieron y adquirieron, también por concesión apostólica algunas islas en la zona de África [..] queremos extender y ampliar de modo semejante, a vosotros y a vuestros sucesores, respecto a las tierras e islas halladas […]». Roma, São Pedro, 8 de janeiro de 1455. Bulas Inter Caetera de Alejandro VI. a) Breve de 3 de mayo de 1493.
[11] Trump  e Ocidente. En: Cadernos de Política Exterior / Instituto de Pesquisa de Relações Internacionais. – v. 3, n. 6 (dez. 2017). pp. 323-359.
[12] Ibíd. 

The Snuggles de Shakespeare

“I’m a lion and I´m not a lion, I’m a Snug”.
(W. Shakespeare, A Midsummer nights’s dream)
Shakespeare hoy
Venezuela fue catalogada en algún momento como “la tierra de lo posible”, suerte de rara versión -a ritmo de cuatro y maracas- de una larga, muy extensa, noche de San Juan. Y es que esa gran celebración, en honor al nacimiento del Bautista, pareciera invertir la noche en día y el día en noche, la luz en sombra y la sombra en luz, la sensibilidad en entendimiento y el entendimiento en sensibilidad, la derecha en izquierda y la izquierda en derecha. En fin, toda una inversión especular. Trama, por cierto, propicia para la gran bacanal de los sectarismos extremos o, más puntualmente, de los llamados extremismos. Tal vez porque -cosas del destino- un 24 de junio de 1821 se libró la batalla que selló la Independencia política venezolana. O tal vez porque la fiesta en cuestión fue primero pagana que cristiana. Lo cierto es que, en la oscuridad, cuando el brillo de las antorchas se hace tan luminoso como la luz del sol, se termina produciendo el efecto opuesto, y llega un punto en el que resulta imposible poder ver. De un extremo se llega al otro extremo. Y, así, el territorio de lo posible termina siendo el de su término opuesto. Son los sueños en el sueño de una noche de verano.
En inglés, la noche de San Juan recibe el nombre de Midsummer night, motivo de inspiración de la conocida obra de Shakespeare,Sueño de una noche de verano, la que perfectamente pudo haber sido traducida al español con el título de Sueño de una noche de San Juan. Se trata de una exquisita comedia de las equivocaciones, plena de absurdas dificultades, que funde en la misma trama reminiscencias del sereno mundo clásico antiguo con la mítica ligereza de los elfos y las hadas nórdicas. Pasiones de ensueños desbordados y absurdas dificultades de encuentros y desencuentros, amores y desamores -¿o será propicio acuñar ‘anti-amores’, por aquello de la ‘anti-política’?-, no exenta de las inevitables metamorfosis de lo uno en lo otro y de lo otro en lo uno.
En esta obra de Shakespeare, Hermia lucha por el amor de Lisandro y se niega a casarse con Demetrio -quien es amado secretamente por Elena- contraviniendo los deseos de Egeo, su padre. De no cumplir con el pacto, en cuatro días será sentenciada a muerte por el duque Teseo. Hermia y Lisandro huyen de Atenas y planean encontrarse en el bosque. Pero Hermia le ha revelado su plan a Elena y ella se lo ha contado a Demetrio. Hermia sigue a Lisandro. Demetrio sigue a Hermia. Elena sigue a Demetrio. Pero el tupido follaje del bosque oculta misteriosas criaturas nocturnas, como Oberón y Titania, reyes de las hadas. Un mal cálculo de Puck, el duendecillo, lo hace vertir un filtro de amor en las parejas equivocadas. El desastre, la confusión que se genera, solo es digna del sopor de aquella infinita noche de verano, noche de lo posible. Sólo baste señalar, a los efectos de una sana intriga, que Bottom, el tejedor, lleva puesta una cabeza de asno, y que es amado artificiosamente por Titania -quien, por cierto, también se encuentra, en nombre del amor, bajo los efectos el tráfico de narcóticos del filtro-, y que junto a un grupo de lumpenproletarios atenienses ensaya la absurda representación teatral que será puesta en escena para la boda. Al final, se aplican hierbas que los liberan del encanto y habrá perdones y reconciliaciones. Después de todo, no existen solo las malas hierbas.
En la breve cuan absurda representación teatral que prepara el lumpen, al final de la obra, hay un personaje menor en el que, sin embargo, parece sintetizarse -o rematarse, quizá- toda la fabulosa trama creada por el dramaturgo inglés. Se trata de Snug, un jornalista que ha sido contratado para interpretar el papel de león en aquella brevísima obra, Pyramus and Thisbe. Cuando le asignan el papel, Snug teme no poder recordar las líneas del guión que le han sido asignadas, a pesar de que sus “líneas” consistían en emitir un rugido. Por su parte, el director de la obra -Quince- teme que el rugido del león sea tan terrorífico que logre asustar a la audiencia y que todos los actores terminen siendo ejecutados. De manera que, al final, el león le explica a la audiencia que, en realidad, él es un león, aunque, en realidad, no lo es, porque él esSnug. Por cierto, la palabra Snugbien podría traducirse por ajustado, apretado o acomodado en el centro, entre los extremos de la oposición.
Y es aquí donde surge todo el absurdo de los extremos que se autoconciben como medio. Como dice Marx, son “cabezas de Jano que ora se muestran de frente, ora se muestran de atrás, y tienen un carácter diferente por atrás que por delante. Lo que primeramente está determinado como medio entre dos extremos, se presenta, él mismo, ahora como extremo, y uno de los dos extremos, el cual fue mediado por él con el otro, surge de nuevo como extremo entre su extremo y su medio. Ocurre como cuando un hombre interviene entre dos litigantes y luego uno de los litigantes se entromete entre el mediador y el litigante”. ¡Zapatero a su zapato!, diría Marx: “es la historia del marido y la mujer que disputan y del médico que quiso entrometerse como mediador entre ellos, teniendo luego la mujer que mediar entre el médico y el marido y el marido entre el médico y la mujer. Es como el león en el Sueño de una noche de verano, que exclama: “Yo soy un león y no soy un león, soy Snug”.
Cuestión propia de los extremos -o de las “sectas”- constitutivas de toda oposición dialéctica: cuando uno de los extremos se autoproclama como “el centro”, alguien recibirá una paliza y será tildado como una secta. Lanza piedras sin percatarse de que su techo es de vidrio. El surgimiento del “tertium datur”, en política, carece de resolución efectiva, porque no existe un tercer polo: sólo existen dos. La Guaira no es la “mediación” entre Caracas y Magallanes. No hay en Hegel una “síntesis”, como una suerte de “gris” entre lo blanco y lo negro, porque la lógica de la contrariedad no habita en el espíritu de lo político. No es cosa de académicos, como se ha dicho. La política es la pasión de la razón, y en ella no habitan las medias tintas. Sólo el reconocimiento recíproco, la superación de la correlativa indiferencia, el hecho objetivo de que lo que está en juego es la muerte misma y, con ella, la desaparición absoluta de ambos extremos -no de uno sino de ambos-, permite llegar comprender y superar el brutal antagonismo que ha terminado haciendo colapsar a todo un país que, francamente, no lo merece. Tarde o temprano, algún Snug tendrá la fatigosa tarea de romper la botella para leer este Mensaje sin destino.   
José Rafael Herrera
@jrherreraucv

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