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Del reduccionismo en la sociedad del presente

Reduccionismo del hombre

 

Al idiota desconocido

  

         Como nunca antes en la historia de la humanidad, la cultura del tiempo presente ha sido capaz de promover un modo de pensar que se caracteriza por la más pura y absoluta abstracción. La mayor parte de los inadvertidos supone que pensar abstractamente es una cuestión muy profunda y, como suele decirse, precisamente, “muy abstracta”. En realidad, abstraer quiere decir escindir, separar, aislar, desconectar, distinguir algo, en sentido fuerte, respecto del resto de las partes que lo conforman. De hecho, siempre se ha abstraído, porque la abstracción es una de las operaciones constitutivas del pensamiento. No obstante, sólo ha sido en el presente que la abstracción se ha transformado en la piedra angular, en el fundamento mismo, de toda posible forma de representación y de toda posible labor, al punto de haberse institucionalizado como la forma propiamente dicha, auténtica, del ser que  va siendo. A lo que sin duda ha contribuido, en gran medida, la cada vez mayor presencia de la llamada “realidad virtual”: la informatización, la automatización y la digitalización, puntas de lanza de la  gran industria de este período histórico, que brinda tanto culto a lo privado como al pensamiento débil. Un culto detrás del cual se oculta The big brother.

El hombre del presente

            La sociedad contemporánea no suele comprender. Sólo está capacitada para el entendimiento. Entender significa analizar y, consecuentemente, analizar significa separar, cortar. Analizar es, pues, un acto de abstracción. Se vive una era que parece haber perdido el juicio  y, con él, la idea de totalidad en sentido orgánico, concreto. El “todo” ha sido extrañado e invertido. Es una imagen de la reflexión que aparece como un inmutable mayor, el telón de fondo sobre el cual actúa la infiniud de las partes. Una emblemática pieza musical de 1969, de la agrupación británica King Crimson, lo preanunciaba: 21st Century Schizoid Man, “El hombre esquizofrénico del siglo 21”: “La sangre rasga el alambre de púas / la hoguera del funeral de los políticos / los inocentes violados con el fuego de napalm / La semilla de muerte que ciega el anhelo del hombre / los poetas hambrientos que sangran a los niños / realmente nada de lo que tiene necesita el hombre esquizofrénico del siglo 21”. ¿Será necesario recordar que el esquizofrénico es un ser enajenado, fuera de sí, un sujeto sin voluntad consciente, que ha devenido cosa?

            En el fondo, subyace la convicción de que la realidad está hecha de partes aisladas -abstractas, precisamente-, independientes las unas respecto de las otras, que le sirven de fundamento a toda posible distinción conceptual. La representación que se tiene de la idea de “totalidad” consiste en un compuesto de partes mutuamente inconexas, recíprocamente externas, carentes de articulación o de relación. Además, como si se tratara de un inmenso rompecabezas, las partes se suponen previas, anteriores y exteriores, a su eventual “encaje” y posible movimieno. Las cosas aparecen inermes, carentes de organicidad y, lo que es aún más preocupante, ajenas al clinamen, despojadas de todo posible conatus. Ahora onforman una articulación puramente mecánica, una cadena de montaje, un “dinamismo” que no altera ni la quietud ni la constancia de lo existente. ¡Vaya mundo de pernos virtuales!

            En el Ensayo Filosófico sobre las Probabilidades, de 1819, Simón Laplace vislumbraba el propósito de lo que hoy se ha transformado en la realidad efectiva: “Deberíamos considerar el presente estado del Universo como el efecto de un estado anterior, y la causa de la que seguirá. Supongamos una inteligencia que pudiera conocer todas las fuerzas que animan la naturaleza, y los estados, en un instante, de todos los objetos que la componen: nada podría ser incierto, y el futuro, como el pasado, sería presente a sus ojos”. Es el anhelo de poseer una sola ciencia: la ciencia de las particularidades elementales que permiten explicarlo “todo”. Una sola ciencia y un solo método: la ciencia del estudio de los átomos -la física- y de las moléculas -la química- que es también la de las moléculas que se asocian para formar moléculas orgánicas, proteína, grasa, etc. En una palabra, células. En este sentido, la biología es una química más complicada, tal como la química es una física más complicada. Y, por ende, la psicología es una biología más complicada, porque estudia la biología de las neuronas. A su vez, la sociología sería una psicología un poco más complicada todavía, dado que es la psicología de la sociedad. Y así, hasta llegar a la historia, que no sería más que “una variación en el tiempo de una sociología fundamental”. Pero, en todo caso, sólo se trata de lo mismo, porque siempre se trata del gran mecanismo de los átomos. La “gran cadena del ser” que sostiene al mundo contemporáneo no es más que una cadena de montaje. El fordismo -sí, el de Henry Ford- inspira la hegemonía de la era digital.

            Y así, desde el reduccionismo establecido por Laplace, mejor conocido como reduccionismo “clásico”, pasando por el reduccionismo “por analogías”, se llega al reduccionismo de los “arquetipos”, es decir, al compuesto de estructuras o formas envasadas al vacío en el que en cada nivel de complicación se pueden reconocer las formas comunes que posibilitan la conformación de esta “ciencia universal”, el lienzo que compendia el recorrido de las ciencias particulares. Es la “teoría general de sistemas”, la “meta-teoría” del estudio de los principios aplicables a los sistemas de cualquier nivel en todos los campos de la investigación, entendiendo por “sistema” aquella “entidad con límites y con partes interrelacionadas e interdependientes, cuya suma es mayor a la suma de sus partes”. El rompecabezas está terminado: átomos, moléculas, células, neuronas, individuos, sociedades, imágenes, estructuras, realidades virtuales. En el fondo, siempre se trata de partes, de átomos, porque ellos son -según esta forma mecánica de concebir el mundo- la base simple y originaria de las subsiguientes estaciones de la cadena. Al cambiar una parte del “sistema” cambia, automáticamente, el sistema completo, de modo tal que se puede predecir el comportamiento de todo el resto del mecanismo. Decía Marx que el materialismo abstracto es un idealismo abstracto de la materia. A partir de tales presupuestos, la palabra “libertad” queda reducida justo a eso: a una palabra. Por eso mismo, cuando se dice que las tiranías y los regímenes gansteriles han surgido indefectiblemente de las formas de racionalización instrumental, propias del conocimiento, cabe decir, de la reflexión del entendimiento abstracto, se hace menester la revisión integral de todo el proceso educativo de la sociedad. Recuperar el derecho a pensar para poder comprender, quizá sea la tarea más importante del presente y la única garantía de reconquistar la libertad.         


 

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv


La ideología de los psicólogos en la práctica detrás de cada enfoque.

La ideología de los psicólogos


Como psicólogo humanista me desagrada el psicoanálisis por ser mecanicista y servirse de la imaginación del terapeuta, pero este rechazo es un reflejo del mismo error en el que incurren los psicólogos "cientifistas", es decir, los conductistas también se sirven de su imaginación para elegir las conductas a reforzar, para elegir cuando decir: "¡muy bien!", o cuando callar, tanto que en ambos casos puede parecer que el sujeto que viene a ser ayudado es engañado sobre lo que le pasa. ¿Por qué el psicoanálisis y el conductismo utilizan palabras tan diferentes y en la praxis terapéutica se parecen tanto?. ¿Y el tercer enfoque, el mío, el humanista, por qué no se da cuenta de su ideología?, y ¿qué es una ideología en el contexto de la psicoterapia?.

Sobre qué entender por ideología cuando hablamos de psicología.

Una ideología según expone su inventor Karl Marx en "la ideología alemana" consiste en la formación de creencias derivadas de la práctica o de la experiencia manual. Es decir, el obrero lo que cree o lo que sabe consiste en el trabajo diario que realiza, si se dedica a doblar acero su saber consiste en la maleabilidad del acero, y por eso el acero le pertenece, es su saber, y se define a él mismo por eso que hace. 

La idea de ideología en Marx viene de la idea de "imaginación" de Spinoza, más la idea de "fenómeno" en Hegel. Y esto quiere decir que la ideología es ni más ni menos que el contacto deformado o imaginado que las personas tienen de su realidad antes de ponerse a pensar. Es la evidencia completamente real que viene de la experiencia misma, y por ello es algo que no puede pasarse por alto, pues consiste en lo que hay para ponerse a pensar (o antes de empezar a pensar).

Cuando hablamos de ideología - se ve - que hablamos de lo que más seguro tenemos en el mundo, pues el mundo nos confirma una y otra vez que es completamente cierto, que pasa siempre y que consiste a la vez, en la seguridad que tenemos sobre nosotros mismos, pero que, por eso mismo también es falso e imaginado.

Ya vemos que el problema persiste, y que si alguien trabaja de algo como los psicólogos en consulta, esas personas deberán de tener una ideología, ¿no?.

Por ello en el campo de la psicoterapia, en el que convergen tres enfoques y una multitud (más moderna) de mezclas entre estos tres, los psicólogos saben muy bien lo que hacen: son efectivos, son científicos o psicoanalizan muy bien porque tienen ideología. Una ideología que nace del desempeño de su trabajo, como en todos los trabajos. 

Definiendo las ideologías de los psicólogos partiendo de sus enfoques

El psicoanálisis es una tecnología artística que cura neurotizando los comportamientos (esto lo exponen muy bien Deleuze y Guattary en "El antiedipo" / también puedes leer sobre la dependencia del psicoanálisis con el proceso neurótico en mi anterior artículo sobre los delirios), y el conductismo arregla problemas psicológicos amontonando respuestas personales según sus consecuencias, es decir, que al igual que en el psicoanálisis las consecuencias de la tecnología conductista son elegidas para centrarse en el efecto neurótico, y de ahí pasar a solucionar el problema.

Psicoanálisis y conductismo tienen en común su incapacidad para entender el proceso psicótico, los primeros quieren obligar a los deseos dispersos a concentrarse en una imagen familiar, los segundos quieren encerrar las respuestas deslocalizadas en consecuencias cada vez más lógicas. 

Pero no hay que olvidar que la familia es un grupo expuesto al continuo flujo de fuerzas políticas y de producción social, así como las respuestas operantes, si las llevamos al extremo son ambas (tanto las representaciones como las consecuencias de las respuestas) su propia consecuencia. No es extraño que lo asignado a la representación familiar en el psicoanálisis consista en el efecto de fuerzas extra familiares, ni que la consecuencia de la respuesta consista en la elección de la respuesta misma y no de una supuesta consecuencia interna o externa. 

De esta manera, una respuesta operante puede destruirse a sí misma y quedar pérdida entre la infinitud de consecuencias, igual que la representación del padre en la imaginación del niño puede consistir en el incremento de las demandas de la empresa donde trabaja el padre, que aunque no son ahora captadas por la percepción del niño, actúan de forma muy diferente encerradas en una representación familiar. Como se ve entran aquí incluso cuestiones macroeconómicas que no tienen nada que ver con el padre.

Así pues, parece que la necesidad de organizar, planificar o prever, que tienen psicoanálisis y conductismo los fuerza a descartar la intervención psicótica o sin guía.

Las ideologías, se necesitan unas a otras para garantizarse su existencia.


¿Se puede afirmar que el psicoanálisis necesita al conductismo igual que el conductismo necesita al psicoanálisis, como pasa en política con la derecha y la izquierda?. Para empezar si alguno de los dos faltase no habría opuesto en el que comprobar la falsedad o la inutilidad de la psicoterapia contraria. 

Si al tonto le faltase el listo no podría verificar lo tonto que sigue siendo, y dejaría de ser tonto, pero lo que es peor es que no sabría qué ser sin la representación que hace del listo. De igual forma, si mi respuesta queda sin consecuencias (sentidas) o si las consecuencias son tantas que no puedo sentir qué consecuencias me obligan, ¿será la respuesta que doy la consecuencia misma?.

En ambos casos la respuesta no es capaz de condicionarse, en ambos casos la representación no encuentra imagen, y tanto el psicoanálisis como el conductismo se dedican entonces a forzar al individuo a volverse neurótico mediante una nueva respuesta - que guía el psicólogo -con consecuencias "mejor" definidas.

Pero, ¿y el tercer enfoque, y el humanismo?

Pero, y ¿qué pasa con el humanismo?, ese enfoque sin contrario, ese que no puede mirarse en su opuesto para reconocerse. Ese enfoque que es tan dificil definir y que puede convertirse en cualquier otra cosa.

De cualquier forma el humanismo, entendido como el proceso terapéutico entre un paciente y un psicólogo en el que lo que está permitido que pase es solo lo que hace el paciente. En esta terapia humanista, el psicólogo se ocupa por encima de cualquier cosa de no influir al paciente con interpretaciones o con refuerzos (como eso de decirle: ¡muy bien!, o sonreír, o en su defecto quedarse callado y hablar de otra cosa de una forma planificada) como hacen los psicoanalistas o los conductistas en este orden. 

En la terapia humanista todo el desarrollo se hace sin molde, no hay un otro que guía, no hay un opuesto ideológico, no puede el psicólogo saber que es el bueno ya que no hace la terapia "mala", es decir, la opuesta en esta relación de contrariedad mutua que tienen psicoanálisis y conductismo, por ejemplo. 

Si es que se da la "bondad" de la terapia humanista es porque esta se da cuando "el psicólogo no le quita nada al paciente" (la famosa frase de Rogers), o lo que es lo mismo, porque el psicólogo no se siente en la necesidad de darle nada que no sea ya del cliente. Lo que da a entrever que no es como la describía Rogers, no es que sea el punto medio sin opuesto, sino que sus opuestos son todos los puntos posibles; Pues aquí tenemos el opuesto de cualquier estereotipo, cualquier categoría diagnóstica hace de opuesto ideológico frente a la terapia humanista. Por ejemplo: "tú no eres el TOC, o no eres el TLP" es algo que puede sentir un psicólogo frente a su cliente, y como sabe que eso no es lo que siente su cliente, porque eso lo siente él como producto de su formación, decide no decir nada - y está mal ocultarle algo al cliente.

E indiscutiblemente ahí hay un fallo, un roce ideológico, que es el fallo que encontró Rogers, y por el que dijo que los "counsellers" (o ayudadores, o asesores psicológicos) no debían de formarse en teoría ni en psicología sino solo en práctica terapéutica "centrada en la persona". Y esto como explica en varios libros, pero sobre todo en "El proceso de convertirse en persona" tiene que ver con el punto de vista político de la terapia humanista, el de permitir radicalmente la expresión completamente real de la persona, para así facilitar el cambio.

Ahora bien, ¿Cómo puede la teoría - siempre política y poderosa - interrumpir e incluso impedir la ayuda del psicólogo?, ¿Los problemas psicológicos, los trastornos mentales, los trastornos mentales graves, no deben de estudiarse por el hecho de constituirse en formas imaginadas e ideológicas que influyen para mal en consulta?, ¿Y esto le quita algo al paciente?. Lo formulo interrogativamente pero esto mismo es lo que afirma el humanismo más radical.

Y es que como iba diciendo antes, esto es lo que creo que falla en esta teoría, en el hecho de que el tercer enfoque llamado humanista no tenga opuesto, sino que sus opuestos son todos, sus opuestos son cualquier idea sin definir, cualquier expresión sin intención del psicoterapeuta, incluso cualquier gesto. El valor de la terapia humanista es incluir "lo esquizo", o lo que puede delirar como solución a cualquier problema - incluso - de naturaleza neurótica. 

Y esta inclusión de la disyunción es a la vez tener como opuesto ideológico a cualquier "todo molecular". Cualquier saber del psicólogo es un opuesto, cualquier expresión íntima consigo mismo del psicólogo puede ser dañina (como mirar hacia abajo mientras recordamos algo - de ahí la fijación por mirar a los ojos de los "counsellers").

Hay algo que me gusta mucho de la postura humanista, de la regla de dar el poder al paciente o al consultante, y es la de poder ayudar incluso aunque su problema no tenga "solución" a través de las consecuencias de sus respuestas ni a través de una representación familiar definida. Pero hay algo que no me gusta, y es la no aceptación del punto de vista ideológico, o la mayor dificultad para aceptarlo (pues no es que los conductistas o los psicoanalistas lo acepten de buen grado al consistir cada uno en su opuesto).

Sobre el saber teórico y su influencia como forma ideológica de la psicología humanista

Aquí llego a pensar, que la obsesión de las posturas humanistas más radicales por separarse de las formas teóricas de la "enfermedad mental", consisten en el dolor mismo del reconocimiento de su propia (o de mi propia) ideología.

Pues cuando se ayuda a alguien con sus palabras, cuando pretendo entender a esa persona y los conceptos que utiliza, o el significado que tienen en su vida concreta. Cuando no tengo yo una teoría para pensar tu problema, sino que la guía principal es el sentido (que es el sentimiento aún sin forma del cliente) te estoy forzando cariñosamente a que des forma a tus creencias basándote en un sentimiento que al mismo tiempo se está formando. Y que mi intervencíón principal, en un sentido directivo, consiste en señalar dentro de tus propios razonamientos o procesos de pensamiento, qué cosa se te escapa, o qué argumento parece contradictorio. 

Lo que veo, al analizar mi propia práctica, es que me parece que mi saber teórico puede entorpecer ese aprendizaje tuyo. Pero por eso mismo puede que sea mentira y falso, puede que esa sea mi "defensa ideológica".

Y como a veces me pasa, y creo efectivo, cuando una persona me pide una interpretación yo se la doy, asegurándome de dejarle claro de que esa interpretación puede tener fallos. Y cuando una persona me pide algún ejercicio para afrontar su problema, yo le ayudo a plantearlo, y marcamos una metas conductuales, y le explico por qué lo planteo así, siempre diciéndole "que esto puede no funcionar porque puede que esté influyendote demasiado en algo que es tuyo".

Y por eso, voy creyendo que el informar sobre las complicaciones que tiene mi "saber científico" o mi saber sobre la "representación familiar" consigue que no se cree una dependencia muy grande hacia mi dirección, y de que aunque hablemos de "patologías" que le afectan a esa persona, entienda que la trato como a una persona única y valiosa.

Este artículo plantea una problemática sobre la que estoy escribiendo un libro.

¿Estaré aceptando mi ideología como psicólogo?, al menos en este artículo me he desahogado, es algo que estoy escribiendo de una forma mucho más extensa, y que se publicará en un futuro trabajo que se centrará en los delirios y la ideología.

Gracias por leer, EHG.

¿Sabes que trabajo como psicólogo por videollamada?, entra en Ayuda psicológica online y nos vemos.

Psicología y filosofía del delirio.

Un delirio no se produce por un fallo de la razón consciente, es muy real, más aún, es una verdad total, delirar consiste (como expongo a continuación) en ser consciente de lo totalmente real que es un falso momento percibido. Delirar es auténtico, es el suicidio fraccionado de lo percibido que da paso a lo falso como un todo real, y todos vivimos en el delirio igual que todos vivimos en la realidad.

En el delirio las palabras arrastran las sensaciones que sentimos y experimentamos, y no son ya sino la intensidad misma. La palabra que ya no dice nada, la que no contiene ni deja salir, esa que solo espera quedar destruida y ser solo intensidad. Eso ocurre en el delirio, allí parece que un miedo a la muerte sin definirse busca escusas hiperlógicas e intelectuales para ir a otro lugar diferente, solo por el placer tan angustioso de encontrar de nuevo esa intensidad.



Persona con miedo y delirios

El discurso no delirante y su dificultad.

Un discurso que funciona es uno que comunica quien soy a otra persona, es decir, se comunica con otro del que somos conscientes que tiene otras experiencias, y que se define de otra forma. Hegel en la fenomenología ya decía que "para hablar desde la psicología la realidad exterior de las cosas es la que debe tener en el espíritu su contra imagen consciente de ella y hacer así al espíritu concebible".

Esto quiere decir que si hablamos del comportamiento humano, para poder comunicarlo y entenderlo entre personas, tenemos que hablar de las cosas o estímulos que existen para nosotros, y esto solo podemos hacerlo definiendo quienes somos respecto a los estímulos que recibimos, es decir, solo podemos hacerlo diciendo: "siento esto".

Las relaciones delirantes pasan externas a sus términos, por ejemplo el "insulto" busca la comparación con su signo pero externo al contexto y a la percepción propia. Hay algo que no te gusta del insulto y solo puedes atacarlo desde fuera, porque no sabes por qué no te gusta, solo palabras que arden.

Es por eso que si logras insultar a alguien es porque describes su realidad en algún grado que el otro no percibe. Pero si esto es de esta manera las buenas personas estarían deseando que venga alguien a insultarlos, no se darán cuenta del "insulto" o mejor dicho, se darán cuenta de que el insulto habla primero de la persona que lo hace. 

De esta manera, pasa que el insulto es una auto-trampa, que esquiva pensar quién soy.

Y es que "considerar" una cosa percibida requiere tener una "determinación carente de espíritu". Esto quiere decir que necesitas pensar las cosas sin sentirlas, y sin tener experiencia usándolas. Es esto por ejemplo lo que hace el juez: decidir lo que es el bien o el mal respecto a un cuerpo de leyes, pero sin sentirlas como una persona, sino solamente ejerciendo lo que diría la ley si la ley fuese algo por sí misma.

Y esto mismo es lo que hace una persona que delira, hace lo que el juez pero utilizando solo los fragmentos estimulares que le llegan a su percepción.

Y es que para resumir, en un discurso útil para dos personas la razón consciente es bastante torpe, pues siempre queda algo de delirante o de fracción en esa razón, y ese algo son las limitaciones de lo consciente.

El delirio y su desarrollo

Como he expresado al comienzo, delirar es juzgar los fragmentos de lo pensado y no sentido, ya que estos fragmentos no son sentidos como en un signo completo, son solo una intensidad y no sirven de experiencia aprendible a todo el contexto, a toda la circunstancia. No es condicionante, no es describíble. 

Mujer desarrollando delirios

El delirio es pues a la vez el amo supremo y el súbdito masoquista a la vez. El delirio comprueba que todo era falso mientras propicia otro momento disyuntivo totalmente placentero y lógico, pero atrapado en fragmentos. Son cosas pensadas con gran inteligencia pero que no dicen nada.

Deleuze y Guattary con el "esquizoanalisis" consiguieron un tratamiento para el psicótico que no le obliga a convertirse primero al neuroticismo.

La filosofía de Deleuze (junto a Guattary en varios libros) parte de la idea de Averroes de que la inteligencia puede no afectar a la persona, y que sin embargo, la persona siempre puede aceptar una realidad partiendo de su negación percibida y fragmentada, es decir, del y desde el delirio (aquí es importante recalcar que ese Averroísmo de Deleuze hoy está descontrolado).

Para empezar la "conciencia" la conocemos porque tenemos experiencias, y por eso mismo es un enigma, pues no vemos ninguna verdad, solamente las consecuencias de nuestros actos; Y cuando nos paramos a "ser conscientes" lo primero que pasa es que nos observamos como un concepto, y a continuación nos juzgamos. 

Por eso la consciencia es muy torpe, porque creemos que lo que concebimos muy racionalmente, solo por estar ahí, aún con todos los fragmentos que faltan, es la verdad. No podemos pensar otra cosa, no sabemos ser otro. 

Y es que hay que tener muy en cuenta que un delirio no es irracional, al contrario, es solo racional. Su peligro es ser racional y fragmento: porque la razón en una lógica perfecta no reconoce las formas de los fragmentos, simplemente porque no las hay. No hay forma sin la percepción de un contexto y así el sujeto no puede comprender lo que siente, es más, lo que no puede es sentirse, solo puede sentir los objetos fraccionados fuera de su cuerpo, fuera de "quién es" y esa es su intensidad, su placer y condena al mismo tiempo, ese es el riesgo experimentado como la intensidad de la lógica de esos objetos externos sin mi.

Como vamos viendo, delirar es pensar exquisitamente sobre un "yo veo" o un "yo oigo", pero nunca se puede delirrar sobre un "yo siento". El "siento luego existo" es la falsa disyunción, sentir no es un pensar con posibilidad de existencia por sí, pues solo es capaz de percibirse disolviéndose.

De esta forma, y siguiéndose del párrafo anterior, la pregunta por el "yo siento" no puede ser filosófica, solo puede ser psicológica y referirse a la autoconsciencia, "yo siento" es a la vez un "yo siento lo que oigo" o un "yo siento lo que veo", consiste en un "yo siento que no sé conscientemente todo lo que me pasa ni todo lo que soy".

Y es que la estimulación que sientes deja de ser estimulación en cuanto la sientes. Sentir algo es integrar quién eres en el contexto en que vives. Sentir algo en un "yo siento algo" es formar el espíritu hegeliano, y eso es en sí lo que no puede delirar porque se siente, porque solamente se siente y solamente se esfuerza por sentirse.

La persona que delira mal.


La persona que delira mal no se dedica a "sentir que existe" ya que esto es incompatible al delirio, lo que hace es pensar por fuera, aquí no hay un "yo siento": Hay un ¡mira eso!, o un "¡escucha esto!. Pues delirar mal es pensar exquisitamente entorpeciendo el hecho de sentirlo después.

Delirio y palabras, en filosofía
En el delirio malo las palabras solo se refieren a más palabras, no hay reconocimiento de las emociones, no hay conocimiento ni experiencia de la historia. Y por supuesto no hay historia de aprendizaje ni análisis de símbolos en sus circunstancias, solo palabras que se frotan más hasta separarse de nuevo.

El peligro de las palabras cuando se delira es que no se puede ver a través de ellas, porque el delirio tapa la entrada. Cuando las palabras se reinventan sin parar ya todas son una posible disyunción infinita, una respuesta condicionada infinita que se destruye a sí misma.

Y estas palabras que viven en fragmentos son deseos que no pueden completarse por ser solo fragmentos, y que deben odiar al símbolo por verse atrapados en la comparación. Son fragmentos que saben que dejarán de ser siquiera fragmentos; y necesitan comprobar que lo que creen es verdad. Por eso la dependencia del que delira mal es total.

Pero desde luego que, también sentir requiere delirar, siempre el sentido mínimo es un delirio breve e imperceptible. El delirio aparece aquí como un sentido diminuto de un algo concreto hacia otro algo concreto, pero que cuando nos alejamos ese algo se transforma en un todo abstracto y negativo, y la lógica nos obliga a decir "esto es imposible y solo negándolo puedo avanzar".


Qué hacen los psicólogos para dar ayuda psicológica con delirios.

En ayuda psicológica online se han tratado muchos casos de personas con delirios, y en mi experiencia siempre hay que actuar de la siguiente forma para ayudar con los problemas delirantes: mezclarse completamente con lo que siente esa persona. Es necesario olvidar que se trata de un delirio, es necesario sentir ese delirio como si fuera la realidad y olvidar todo lo que sabes, y de ahí a la persona que es tu paciente le será más fácil darse cuenta de cómo se siente. 

Sobre todo para los psicólogos e interesados hay algo con lo que hay que tener mucho cuidado, es con intentar ser muy directivo y motivador con alguien que dice llevar unos días triste. Y es que esa tristeza puede ser el comienzo de problemas de índole psicótica, y no ser realmente "depresiva". Por eso comprender lo que la otra persona quiere decir con las palabras que usa, y amoldárte tú a ellas, será la mejor opción también en los casos de tristeza.

Veamos uno de los errores más conocidos de la historia de la psicología.

Para Freud "Besetzung" (Catexis) era una "pulsión libidinal hacia una imagen o representación". Básicamente creía que en la psicosis la intensidad experimentada era consecuencia de representaciones en el lenguaje; "La representación es antes que el delirio y su intensidad" -decía-.

Freud decía que en los delirios la "disyunción" debe ocurrir después de la "proyección", es decir, que los estímulos que componen la nueva lógica de lo percibido ya era completa en el inconsciente (y no una parte fragmentada como pienso yo o la teoría conductista).

Y que por esta razón, la persona actúa disyuntívamente en su delirio porque ya ha "proyectado" el afecto frente al que lucha. Es decir, para Freud los afectos estaban ya formados en el inconsciente y la persona al saberlo (aunque no de forma consciente se suponía) pues luchaba contra ellos.

Pero lo psicótico entiendo, que tiene que ver con la afección, y no con el afecto. Freud hizo esto para que su teoría siguiese teniendo sentido, pero es muy diferente este hecho al de que lo psicótico o delirante consiste en el desarrollo lógico de los estímulos (como afecciones espinozistas), es decir, solo de fracción en fracción. 

¿De qué otra forma se puede dar un delirio que supla completamente a la realidad?, ¿de qué otra forma es posible que lo que es abstracto y negativo no pueda llegar ni a percibirse?, ¿cómo podría alguien formar afectos realistas y completos si no deja de sentir unos pocos estímulos ya sean internos o externos?.


La historia de esta época delirante.


Hegel se quejaba del Averroismo de su época, Deleuze del "hegelianismo marchito" de su época. Y creo que es evidente que hoy hay que quejarse de que no reconocemos ni a Hegel ni a Averroes, todo es una fracción incomprensible en política y en psicología.

El delirio ha llegado a los extremos de la realidad social, y ya no podemos diferenciar la realidad del delirio mismo. Toda la ciencia está llena de ideología, como palabras que agarrándose fuerte a lo que sienten cuando se escuchan, se llaman a sí mismas palabras científicas, y se sienten solas, sin contexto, sin entender otros puntos de vista, se sienten sin sentirse, como sola intensidad.

Ya la comprensión de los otros está llena de ideología, las personas son malas por lo que perciben, las otras personas deben de percibir lo que yo percibo, no me gusta el delirio de los otros, ¡es incomprensible!, ¡mi delirio es mejor!.

A veces se nos olvida que si todos pensamos igual entonces nadie ha pensado.

Cualquier percepción se encuentra entre el delirio y la realidad. El "yo" sin forma, sin contexto, sin representación es un yo delirante, pero ese yo por naturaleza tiende a buscar su forma, su contexto y su representación. En otras palabras, el yo busca la realidad.

Y es que no hay que olvidar que el delirio es en sí algo político, es una voluntad de política (que se superpone a la voluntad de poder) atrofiada que señala una idea indiscutiblemente. Por eso es detestable, porque la idea no consiste en nada contrastable, es la nada más apestosa, pero mientras delira no huele.

Persona con delirios, psicología online
En el mundo actual lo digital fragmenta las cosas, fragmenta los objetos que percibimos y eso produce que no podamos sentirnos con eso o aceptarnos. Y es que aceptar quién eres es lo mismo que darte cuenta de como te hacen sentir los objetos que percibes.

La experiencia - decía Hegel - consiste en percibir el propio espíritu a través de la observación de los objetos externos. El "espíritu" para Hegel es una forma de sentir individual que se comunica con todo el contexto, y es por ello el extremo opuesto al delirio, es la consciencia que habla desde lo real, manteniendo el esfuerzo de sentirse a sí misma, y por tal, el espíritu es la consciencia que permanece esforzándose sintiéndose junto a los objetos externos.

Mucho antes Averroes también decía que la inteligencia podía o no ayudar a una persona (en sus dificultades psicológicas), y que lo escrito en los libros religiosos ya no ayudaba porque se habían quedado antiguos, de ahí que lo más importante - decía - era permitir todos los errores de percepción a los sujetos sin juzgarlos.

De vuelta otra vez a Hegel, entendemos que la razón por si sola (el pensar las cosas en si mismas como hace el juez) como es sólo una utilidad, no nos da aprendizaje o experiencia (no hay ser allí) y por eso no podemos sentirla. Y esta utilidad que es la del que delira crea palabras ruidosas impulsivamente, y "vaga como un tropel de mujeres delirantes".

Y es que cuando la toma de decisiones se hace por disyunción pasa que el signo nace ahora (he visto un guiño) y la consecuencia también (va a controlar mi mente por rayos de luz mágica) y entonces escapo de la muerte genuinamente. Como se ve el delirio ve otra cosa cuando mira a la muerte, la confunde, y llega un momento en que la muerte deja de ser muerte, y parece una señora amable que nos llama con su voz dulce, y corremos todos a ella como si fueramos salvados de algo, y lo que pasa es que morimos sin más, de la forma más estúpida.

Angelus Novus o un arte muy real

 


 

 

Para sacarme a mí mismo de entre las ruinas, tendría que volar.

Y volé. En ese mundo destrozado ya solo vivo en el recuerdo, así

como a veces se piensa en algo pasado. Por eso soy abstracto con

recuerdos”.

                                                    Paul Klee, Confesiones creativas

 

 

 

            En días recientes, en la Autopista “Francisco Fajardo”, el gansterato erigió una escultura que, según dicen, representa al cacique Guaicaipuro, aunque más bien pareciera representar una jaula de pájaros que, aun sin vida, intenta lanzar flechas contra los conductores a diestra y siniestra. En realidad, es una buena representación del régimen venezolano, por la decadencia y sentido del ridículo que transmite. Su distinción con el arte es notoria: “Cuanto más terrible se hace el mundo, como ocurre ahora, tanto más abstracto se hace el arte”. Son palabras escritas por el genial artista plástico Paul Klee, en sus Schöpferische Konfession, publicados por primera vez en la Tribuna de Arte y Tiempo, en la Berlín de 1920. En estas palabras, su autor parece anunciar la caracterización de una nueva expresión estética, que es, además, resultado reflejo de la salvaje experiencia dejada a su paso por el mecanicismo de un concepto de “progreso histórico” malentendido y peor comprendido. Un “progreso”, por demás, poroso, sustentado en la crueldad dejada por la sangre que corre como lava hirviente, entre los escombros apilados ante el poder de fuego, la violencia del “más apto” y el más voraz saqueo. Todo ello en nombre de la “libertad”, la “justicia”, “la paz” y, por supuesto, la “revolución” del “pueblo”.

            No sin horror, semejante concepción del “progreso” ha terminado históricamente sometiendo la humanidad entera a los designios de la voluntad del “hombre fuerte”, de il gran Capo, del político devenido criminal que, enseñoreado, decide transmutar el sacerdocio público en culto por lo privado. La sociedad debe ser, entonces, sometida y convertida, precisamente, en brutales fragmentos, en “cuadritos” -al decir de Aquiles Nazoa-, en abstracciones al cobijo del frenesí de las perversiones de la dialéctica de la Ilustración. Como señalara Klee: “Algo nuevo se anuncia, lo diabólico se mezcla en simultaneidad con lo celeste, el dualismo no será tratado como tal, sino en su unidad complementaria. Ya existe la convicción. Lo diabólico ya vuelve a asomarse aquí y allá, y no es posible reprimirlo. Pues la verdad exige la presencia de todos los elementos en conjunto”.

            Que la inocencia de un ángel quede perturbada, que se haya visto absorto, paralizado, lleno de horror y de un sinfín de sensaciones inexplicables ante el tropel de “los hechos” de la historia, es cosa que la sensibilidad de un pintor como Klee no podía dejar de orientar al sutil refugio de las abstracciones, porque estas, no pocas veces, comportan in nuce el compendio del logos de la suprema concreción que conduce al hegeliano “reino de las sombras”. Y, de hecho, se trata de un desafío, de un reto a la inteligencia, a la creación especulativa, a eso a lo que Kant designaba como la Imaginación productiva, nervio central de toda auténtica praxis filosófica. Desafío que impone la reconstrucción de lo que los abatidos ojos del Angelus Novus de Klee miran, no sin temor y temblor. Klee le exige, le impone al pensamiento la tarea de concretar lo que la sensibilidad propia del arte ya no puede. Y Walter Benjamin asume el reto: “Hay un cuadro de Paul Klee llamado Angelus Novus. En este cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad”.

            Sobre este fragmento de Benjamin -la novena de sus tesis sobre la Filosofía de la Historia-, se fundamenta la crítica de la “Ontología del Infierno”, cabe decir, el reconocimiento y comprensión de la experiencia de la conciencia ilustrada que llevarán adelante Adorno y Horkheimer en su Teoría Crítica de la sociedad: en el trayecto que viene desde el abismo y alcanza el presente, cuenta tanto la reconstrucción de la historia del sujeto, devenido demonio de sí mismo, como su propia demolición. El fascismo no es un accidente, un hecho aislado o curioso de la historia, provocado por un grupo de aventureros “cara pintada” o de vándalos encapuchados, poseídos únicamente por el odio y la sed de venganza. Es, más bien, la consecuencia determinante y necesaria de una Ilustración que, guiada por una instrumentalización vaciada de todo contenido ético -y, en consecuencia, auténticamente político-, ha terminado mostrando el más genuino rostro de la ratio instrumental: el despotismo totalitario.

            Una Plaza ubicada en la Valencia venezolana, construida en honor a Cristóbal Mendoza, primer presidente de la república tras la declaración de Independencia, hoy lleva el nombre de “Plaza Drácula”, para el jocoso beneplácito de una considerable parte de los habitantes de esa -otrora noble- ciudad, la misma que, hasta no hace mucho tiempo, aseguraba sentir el orgullo de vivir -nada menos- “donde nació Venezuela”. Al despojar la vida política de sus fundamentos éticos, solo queda el cuerpo sin alma, la vacía instrumentalización, la medición de porcentajes y estadísticas, el balbuceante mecanicismo de la techné, la polea con sus engranajes y el murmullo de un discurso -o como se insiste en decir hoy, de una “narrativa”- en la que el sujeto, introductor del sentido, ha quedado sin sentido. Y solo entonces emerge la barbarie totalitaria, sorprendida por el Angelus Novus, el ángel contemporáneo de Klee, impecablemente descrito por Benjamin como “el Ángel de la Historia”, el de la mirada retrospectiva del devenir que -lo sabe bien- requiere de las ruinas del pasado para poder construir la polis del futuro.      


 

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

Los consejos del rodaballo, la biblia, Foucault, cuestiones de género yotros asuntos pertinentes.

                                            


Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder.

Pitaco de Mitilene

 

Resumen: El presente trabajo tiene por objeto generar aportes para el diálogo acerca de la temática del poder y cuestiones de género. Para ello, el autor se apoyará en algunos postulados de Michel Foucault, haciendo referencia a algunas voces no del todo armónicas ni disidentes entre sí. No se trata este escrito, por cierto, de un abordaje científica o filosóficamente riguroso; consiste, más bien, en aproximarse a este río imaginario que es la temática aquí tratada y lanzar el mediomundo, viendo y dando cuenta de lo que aflore a la superficie.

 

SOBRE EL PODER EN GENERAL

            Si reflexionamos un momento en la sociedad en la que vivimos, podemos identificar, inmediatamente, que en el vínculo que nos une a las personas y a las cosas, desde el punto de vista social, algunos ejercen poder sobre otros. Así, Dios ejerce poder sobre el ser humano, pero el ser humano ejerce poder sobre todo lo que lo rodea. También puede decirse, salvo excepciones, que el hemisferio norte del mundo ejerce poder sobre el hemisferio sur; el occidente ejerce poder sobre el oriente; el rico ejerce poder sobre el pobre; el blanco ejerce poder sobre el no blanco; el gentil ejerce poder sobre el judío; el padre ejerce poder sobre el hijo; el hermano mayor ejerce poder sobre el menor; el inteligente ejerce poder sobre el tonto; la mano derecha ejerce poder sobre la izquierda; y por supuesto, el hombre ejerce poder sobre la mujer.

            Así, sin pensarlo demasiado, si jugamos a construir al más poderoso, un posible ser superior entre los hombres sería un occidental, hombre, gentil, blanco, inteligente, rico.

            Sin embargo, al intentar medir cuali y cuantitativamente el poder social (recurriendo a la estadística, la sociología, la matemática, etc.), podría ocurrirnos como en el experimento de la hendija: quizás ese poder se comporta de determinada manera mientras nadie se acerque a medirlo, pero si esto último ocurre, la verdad podría escurrirse a las profundidades sulfurosas de su guarida.

            Por otro lado, si atendemos a lo estrictamente genérico, en lo que tiene de fácilmente comprobable la naturaleza en su conjunto, en las otras especies, vemos que no siempre predomina el macho. Piénsese en las abejas, las hormigas, los elefantes[1] Entonces, ¿qué determina esa diferencia? Y ahora bien, entre nosotros, ¿cómo llegó la humanidad a determinar que el hombre se posicione en un lugar de privilegio, socialmente hablando, respecto de la mujer?

 


SOBRE EL PODER SEGÚN FOUCAULT Y CUESTIONES DE GÉNERO

           En un artículo de María José González (2020), titulado “Análisis sobre la constitución del sujeto a partir de la imbricación entre anatomo-política del cuerpo e identidad de género”, en donde se analiza el vínculo entre la disciplina y la noción de género, en función del significado de poder desarrollado por Foucault, se afirma que “sostener que el poder se desarrolla o ejerce a través de técnicas o procedimientos equivale a sostener que en cuanto procedimientos han sido inventados, perfeccionados y que se desarrollan sin cesar” (p. 15). En suma, la autora parece afirmar que el poder es creación, y en cuanto tal, supone la aplicación de distintas técnicas que el filósofo, al decir de González, reúne en dos categorías: la disciplina o anatomopolítica del cuerpo humano y la denominada biopolítica de la población (González, 2020, p. 15). En su artículo, hace referencia a la técnica de “distribución de los cuerpos en un espacio analítico” que supone que “en la división, en la separación o, más precisamente, cuadriculación, se alcanza la mayor individualización posible: el uno (...) Así, cada uno tiene que vérselas sólo consigo mismo en relación con las exigencias y control del capataz, del maestro o de Dios” (González, 2020, p. 16).

            En estos tiempos casi-post-pandémicos-pero-aún-pandémicos, se potenció la cuadriculación de la que habla la autora. Como peces en un estanque, nos hemos visto encuarentenados sin más compañía que un teléfono móvil, y así, hemos ido empachando de nosotros mismos, no sin gusto, al leviatán-traga-datos que habita en nuestros pérfidos dispositivos electrónicos. Hemos diseñado una sociedad en la que el individuo, con dos dedos de frente, experimenta profunda desconfianza acerca del tratamiento que se le dará a la información almacenada sobre uno, pero infaustamente, se sabe impotente ante esas fuerzas ocultas que lo gobiernan.

Pero volviendo a la cuestión de género, relacionado con la ideas de Foucault, en otro artículo en la misma línea de González, Amigot y Pujal (2009) afirman que “Foucault reconoció que las nuevas luchas políticas articuladas en torno y después del 68 le permitieron ‘ver la cara concreta del poder’ y darse cuenta de lo que había permanecido hasta entonces fuera del análisis político” y agregan que “Es en ese momento cuando la cuestión del poder adquiere gran intensidad; cuando formula un nuevo paradigma, el estratégico, frente al paradigma jurídico desde el que habitualmente se pensaba (y se piensa) el poder” (p. 121).

¿Qué pasó en el 68? Lo que haya sido, por lo visto, provocó un cambio en el filósofo, y le permitió desarrollar “un complejo y amplio trabajo que permite pensar de otra manera: subraya el carácter productivo del poder e insiste en el vínculo saber-poder y en la economía política de la verdad; confiere nuevos usos a conceptos como disciplina y norma; o inventa términos, como biopoder; con sus dos vertientes, anatomopolítica y biopolítica, o gubernamentalidad. Toda una malla conceptual y analítica será desplegada para brindar inteligibilidad y visibilidad a las heterogéneas relaciones de poder” (Amigot y Pujal, 2009, p. 122).

            Así, cuestiones tales como poder como estrategia, saber-poder, atribuidos a Foucault, se pueden vincular perfectamente con lo que se decía antes, de una-sociedad-de-la-información-que-crea-una-sociedad-de-la-desconfianza y lo de alimentar al leviatán-traga-datos, quien, a esta altura, nos conoce mejor que nosotros mismos. ¿Eso es poder?, ¿eso es estrategia?

¿Y qué es estrategia? Podemos asociarlo, intuitivamente, con algunos otros conceptos: diseño, premeditación, Napoleón, vida militar, vida consumista. El poder, en tanto artificial, en tanto creación humana, estratégicamente, está también en nosotros, nos habita (y por eso, seguramente, se perpetúa), y lo que es peor, nos despoja de algo importante, que está en nuestra esencia, aunque no sabemos muy bien qué es.

            Pero volviendo, ahora sí, a la cuestión de género, sostienen las autoras citadas: “Pensamos que el género como dispositivo de poder realiza dos operaciones fundamentales e interrelacionadas; por un lado, la producción de la propia dicotomía del sexo y de las subjetividades vinculadas a ella y, por otro, la producción y regulación de las relaciones de poder entre varones y mujeres” (Amigot y Pujal, 2009, p. 122).

            No está del todo claro… casi parecería ser que la biología, en tanto instrumento de poder, ¿es estratégica? Que las diferencias entre hombres y mujeres, despojadas del programa de perpetuación del poder, ¿no serían tales? Que las subjetividades, no serían ya producto de la psiquis de la persona, ¿sino diseño humano? ¿Puede interpretarse todo eso en los dichos del Foucault-post-68?

            Podemos afirmar, como ya se hizo, que el poder nos despoja de algo que no tenemos del todo claro que es, ¿pero podemos ponerle nombre y apellido y bautizarlo como verdad? ¿no formará, acaso, parte de los misterios inconfesables de la vida? Como en este pasaje de Fausto: 

WAGNER: ¡Sólo una palabra! Hasta hoy tuve que avergonzarme, pues los viejos y los jóvenes me atormentaban con problemas. Por ejemplo, nadie ha podido entender cómo el alma y el cuerpo, compenetrándose tan bien y estando tan estrechamente unidos que al parecer nadie puede separarlos, estén siempre amargándose mutuamente la vida. Además...

MEFISTÓFELES: ¡Alto ahí! Yo preferiría preguntar: ¿por qué el marido y la mujer se llevan tan mal? Esto, amigo mío, nunca llegarás a aclararlo. (Goethe, s.f.)

 

Y AHORA, ESCUCHEMOS AL RODABALLO

            Se trata de una novela escrita en 1977, por el alemán Günter Grass, titulada como el pez, que narra la historia de un rodaballo parlante que aparece en la desembocadura del Vístula, ante un pescador neolítico (el cual representa a todos los varones), que comienza una labor de asesoramiento, revelandole al hombre algunas verdades medulares acerca del sistema social matriarcal en el que vive, procurando despertar en el pescador (y en todos los de su género) un espíritu de emancipación del yugo femenino. Ese matriarcado está apoyado fuertemente en la superstición, y es liderado por Aya, cuya leyenda cuenta que subió a las alturas y se acostó con el Lobo del Cielo, y cuando este se hubo dormido ella le robó el fuego y lo trajo a la tierra, lo que le valió a la mujer una reputación rayana en divinidad.

            Así, en palabras del pez: 

La realidad, hijo, es que el rodaballo es uno de los peces nobles. Más adelante, cuando vosotros, hombres menores de edad y seniles desde la infancia, os liberéis por fin del pecho materno, acuñando monedas, fechando la Historia e imponiendo el patriarcado, cuando -¡por fin! - os hayáis emancipado de una tutela femenina de seis mil años, estofaréis en vino blanco a mis semejantes, los rodearéis de gelatina, los disfrazaréis sabrosamente con salsa y los serviréis en porcelana de Sajonia (Grass, 1982).

 

            Ese rodaballo, que fue pescado en el neolítico, será pescado por segunda vez en los tiempos modernos, pero ahora por un grupo de feministas, que lo interpelan en un juicio delirante, desarrollado en un teatro.

            Esta historia nos sumerge en una realidad, que cuenta con respaldo histórico: la mujer no siempre estuvo subordinada al varón. Entonces, ¿cuál es esa clase de orden divino, que ha hecho que un sector del mundo (el norte) subordinara al sur, que ha hecho que el blanco estuviera por encima del no blanco, y que ha hecho que el hombre, desde el punto de vista del poder social, se emancipara, desde la prehistoria, del yugo femenino? 

LOS SERVIRÉIS EN PORCELANA DE SAJONIA

Podría ser pertinente, en este punto de la exposición, considerar como insumo crítico algunas ideas extraídas de la Santa Biblia, que pueden ser de gran utilidad para el abordaje de la temática poder-género, aún para aquellos que no comparten la fe cristiana. Esto último se justificaría, por ejemplo, por la fuerte raigambre de tipo judeo-cristiano que está presente en nuestra cultura, sobre todo en la sociedad occidental. Los preceptos bíblicos, que hoy muchas veces  se presentan como un atraso social, se impusieron en la historia como un paradigma revolucionario ante una civilización supersticiosa, politeísta, poligámica, amoral y desordenada en infinidad de aspectos. Así, considerar el Evangelio con un enfoque científico o filosófico, aún por aquellos que no lo profesan, puede contribuir a romper ciertos prejuicios y limitantes que nos impiden, en la generalidad de las veces, acercarnos más a la verdad.

En ese sentido, podemos citar a Efesios 5:21, que dice: “Someteos los unos a los otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia; y él es el salvador del cuerpo” (Reina y Valera, 1991). Entonces, con esas impopulares palabras al tiempo de hoy, Pablo lo señala claramente. Pero no refiere a un sometimiento de la mujer al tirano que tiene por esposo. Ese esposo debe, a su vez, someterse a Dios. ¿Se somete la mujer moderna al esposo? Pues bien, ¿se somete el hombre moderno a Dios? Estar sujeto, en un sentido bíblico, es obedecer y confiar (en Dios, en el esposo, en la esposa), lo cual, en el tiempo de empoderamientos y desconfianzas que es nuestra cultura de hoy, es muy difícil.

Parecería, además, estar inscripto en el alma de algunos varones una especie de derecho de propiedad natural sobre la mujer, sin que recapaciten en que ese orden natural solo se desarrolla en armonía cuando el hombre reconoce el derecho de propiedad que tiene Dios sobre él. Por eso, no todos podrán comer peces en porcelana de Sajonia; algunos, como el neolítico, deberán comer en vasijas de barro o hueso, o con las manos. 

CONCLUSIÓN

            Lo anteriormente expuesto, como se dijo al principio, no es un abordaje profundo acerca de la temática del género en las relaciones de poder. En base a las citas de Foucault y el rodaballo, confiesa interrogantes más que certezas. Sin embargo, se deja una Biblia abierta para más o menos visualizar el norte hacia el que apunta la verdad.

En opinión del autor, si el ser humano se reconociera creación más que accidente, entonces, quizás, podría reinar cierto orden en medio del caos de las relaciones humanas. Porque el orden divino es, de alguna manera, como el océano: podemos aprovecharlo, explorarlo, explotarlo. Podemos hacer poesía sobre su bravura, o escribir de la paz que infunde cuando está en calma. Podemos, si se quiere, contenerlo e intentar gobernarlo. Pero al final del día, mal que nos pese, siempre hará su voluntad, y seguirá sus propias reglas.

 

BIBLIOGRAFÍA 

Amigot, P., & Pujal, M. (2009). Una lectura del género como dispositivo de poder. SOCIOLÓGICA, 70 (24). http://www.sociologicamexico.azc.uam.mx/index.php/Sociologica/article/view/145

 

Gargantilla, P. (2020, 17 octubre). Cuando ellas mandan: las especies lideradas por hembras. ABC CIENCIA. https://www.abc.es/ciencia/abci-cuando-ellas-mandan-especies-lideradas-hembras-202010170103_noticia.html

 

Goethe, J. ( s.f.) Fausto.

 

González, M. (2020). Análisis sobre la constitución del sujeto a partir de la imbricación entre anatomo-política del cuerpo e identidad de género. ARIEL, (26).

 

Grass, G., 1981. El rodaballo. Sudamericana.

 

Rclassenlayouts. (s. f.). Pecera con un pez de colores solitario en el fondo blanco [Foto de archivo]. 123RF. https://es.123rf.com/photo_38286306_pecera-con-un-pez-de-colores-solitario-en-el-fondo-blanco.html

 

Reina, C. & Valera, C. (1991). Santa Biblia. Sociedades Bíblicas Unidas.



[1] En este artículo se puede acceder a un breve listado de especies lideradas por las hembras: https://www.abc.es/ciencia/abci-cuando-ellas-mandan-especies-lideradas-hembras-202010170103_noticia.html

De amor y mismidad

 

“¿Qué es el infierno? Yo sostengo que es

el sufrimiento de ser incapaz de amar”.

                                  Fiodor Dostoyevski

 

 

Amor y mismidad

                Los tiempos presentes parecen inclinarse hacia la exigencia -por lo menos, formalmente- de la hegemonía de los derechos individuales por encima de la sociedad, entendida esta última como el pesado fardo de creencias y normas que no solo limitan las inmensas potencialidades de los individuos, sino que pretenden someterlos y aplastarlos. En más de un sentido, la lucha por la preservación de los derechos individuales es hija legítima de la cultura occidental, toda vez que surge, justamente, como rechazo a la ciega obediencia y consecuente sumisión que son características del mundo oriental. Precisamente, en su simplicidad -en su abstracción- se funden las más diversas y complejas apetencias y voliciones de los individuos, devenidos una masa genérica y uniforme, oprimida e impotente, sobre la cual se eleva la exclusividad del “uno libre”: el déspota oriental. De ahí que pareciera estar plenamente justificada la exigencia posmoderna de concentrar la inclinación, más que en el amor por los otros, en la mismidad como única garantía de la propia libertad.

            Think different, el lema creado por Steve Jobs para promocionar el uso de los procesadores Apple, tuvo como objetivo central representar la lucha abierta y directa del individuo frente a las pretensiones totalitarias de “unificar el pensamiento”, incluso antes de la efectiva llegada -ya anunciada por Orwell- del emblemático “1984”. Resultado del triunfo y consolidación del principio de reproductividad técnica como sistema central de las nuevas relaciones sociales de producción, en la era de la industrialización avanzada, Jobs advertía la pretensión, por parte de los grandes monopolios comunicacionales, de conducir a la humanidad entera hacia el callejón sin salida de la “purificación de la información”, creando “por primera vez en la historia” el “jardín de la ideología pura”, en el que “cada trabajador pudiera florecer protegido de verdades contradictorias y confusas”. Pues bien,  paradójicamente, el propósito de Jobs no solo terminó siendo presa, sino, además, formando parte transustanciada del gran sistema universal de dominio de la era digital. La “gran aldea”, creada por el nada imaginario Big Brother, terminaría devorando las exigencias de toda posible libertad individual, de toda mismidad.

            El irreverente: “verás como 1984 no será como 1984”, concluyó en el más absoluto control de un todo abstracto sobre las partes infinitamente abstractas y cada vez más fragmentadas. Después de todo, el viejo Zenón de Elea pareciera haber tenido razón en la formulación de sus aporías: al cobijo del entendimiento abstracto, y por más que lo intente, Aquiles -el de “los pies ligeros”- nunca podrá remontar a la tortuga, porque a cada paso suyo esta seguirá exponencialmente aumentando la distancia. Cuestiones de matemática infinitesimal. Creer que el poner en manos de cada individuo su “propio destino” sea la clave para conquistar la autonomía e independencia absolutas, tiene su remate en la no comprensión del significado concreto del destino propiamente dicho. Al final, con atónita mirada, se termina  constatando el más grande control global al servicio de un poder omnívoro, gansteril. No es “liberándose” de lo público como se consolidan los derechos individuales; ni es desechando el amor hacia el prójimo -la idea de comunidad- como se puede alcanzar el amor propio.

            Advertía Schiller, siguiendo a Kant, que la entrega amorosa -premisa de toda vida comunitaria- tiene el riesgo de la enajenación de la propia autonomía. Desde la perspectiva política y social, se trata de la contraposición de comunitarismo y liberalismo. Y, para el entendimiento, se trata de una confrontación insalvable: o se aceptan las consecuencias del amor o se acepta la preservación de la mismidad. Y, sin embargo, más allá de semejantes fijaciones, en el amor ya se siente la unión -no la unificación, porque lo unificado ha sido puesto por la reflexión- de sujeto y objeto. La unión, en efecto, no se sustenta en una unidad estática, originaria, previa, sino que ella es la unidad en movimiento continuo, por lo cual se escindinde infinitamente, se particulariza, se determina: crece y concrece, se reconoce y reconcilia consigo misma. Como afirmara Hegel, en el amor “la vida se reencuentra con una duplicación y como unidad concordante de sí misma”. El amor sólo puede reafirmarse como amor al multiplicarse. Solo así puede producir su más plena unidad diferenciada. Lo unido por oposición tiene que ser comprendido en virtud del todo, pero el todo no lo precede, porque el todo es su desarrollo. Ni el amor ni la mismidad se deducen. No se trata de entes inamovibles. Más bien, se trata del Espíritu, comprendido como la “comunidad de seres libres”.

            No se pueden comprender amor y mismidad sino en virtud del devenir, de la recíproca oposición de los amantes entre sí, como unidad orgánica, diferenciada, de cada uno de los términos. Una unidad que ni es anterior ni es exterior a los amantes mismos, porque los opuestos, para ser opuestos, tienen necesariamente que estar en relación de unidad. Cada amante es una parte y un todo. Es lo finito y  lo infinito, la unidad y la no unidad. Lo que la historia de la filosofía define como “amor” deviene Espíritu, precisamente porque los términos de la oposición que constituyen la relación conforman la inseparable unidad de la unidad y de la no-unidad. Lo positivo y lo negativo, siendo términos opuestos, están determinados por su otredad. Por eso incluyen en su seno el concepto de su recíproca relación. Como afirma Spinoza, “toda determinación es una negación”. Ni el amor propio excluye el amor al prójimo ni el amor al prójimo excluye el amor propio. No se trata de la alternatividad de los términos, que responden a la exigencia de una unificación preestablecida y fijada, a través de un tercer término, un “ser” abstracto e indeterminado. Más bien, se trata del desarrollo, del venir en, del desplegarse de sus determinaciones.

            En este sentido, conviene decir que amor y mismidad son un incesante producirse, siempre de nuevo. Es el acto impuro devenido ethos: el pasaje de la vida individual que logra comprenderse como Espíritu y volver, concrecida, sobre sí misma. Solo de la más dolorosa separación puede resultar la verdadera lucha por unidad. 

                     

                 


José Rafael Herrera

@jrherreraucv



 

 

La ética para reconstruir un país.

 

Libertad de un pueblo.

“Solo puede llamarse idea lo que es objeto de la libertad”

Hegel, Hölderlin, Schelling

Durante el duro invierno de la Frankfurt de 1796-1797, tres jóvenes colegas, egresados del Stift de Tübingen, se reunieron para redactar lo que concibieron como el Programa mínimo del itinerario filosófico que a partir de entonces sería menester desarrollar para los próximos tiempos, con el firme propósito de contribuir decididamente a la realización ─in der Praktischen─ del anhelado sueño de una humanidad redimida de sus propias inconsistencias e inconsecuencias, después del probado fracaso de los sueños de una racionalidad trastocada en monstruosa tiranía. Se trataba, nada menos, de quienes, no mucho tiempo después, se transformarían en los más representativos pensadores del llamado Idealismo alemán, sobre las huellas de Kant y Fichte, cabe decir: del poeta Hölderlin y de los filósofos Schelling y Hegel. Reunidos en aquella Frankfurt signada por “el punto nocturno de la contradicción”, los tres jóvenes compañeros, tras densas jornadas de discusión, finalmente redactaron el Primer Programa de un sistema del Idealismo alemán. No se impuso la voluntad de uno de ellos en particular para la redacción definitiva de dicho programa. Más bien, y como solía decir el maestro Pagallo en sus clases, “el Ich bin devenido Wir sind, era la sustancia, el Espíritu absoluto que brotaba de la empuñadura de la pluma de sus redactores”.

“..una ética. Puesto que, en el futuro, toda la metafísica caerá en la moral, de lo que Kant dio solo un ejemplo con sus dos postulados prácticos, sin agotar nada. Esta ética no será otra cosa que un sistema completo de todas las ideas o, lo que es lo mismo, de todos los postulados prácticos. La primera idea es naturalmente la representación de mí mismo como un ser absolutamente libre. Con el ser libre, autoconsciente, emerge simultáneamente, un mundo entero ─de la nada─, la única creación de la nada verdadera y pensable”.

Como podrá apreciarse, desde los primeros parágrafos del programa, los rígidos criterios de demarcación, puestos por el entendimiento abstracto, entre la razón teórica y la razón práctica, entre conocimiento y moralidad ─cuyo distanciamiento en el horizonte de la cultura contemporánea se ha vuelto abismal hasta el absurdo─ estallan, al tiempo de exigir la impostergable reconducción a su concepto originario: la indisoluble unidad de lógica, ética y estética, reflejada ya desde los diálogos platónicos, como la identidad del ser como pensar, decir y hacer verdadera, buena y bellamente. El instrumentalismo mecanicista, representado en el culto patológico de las metodologías, cuyo propósito consiste en ocultar en sus entrañas el miedo a la realidad de verdad, evadiéndola, mientras recrea una “realidad” ─la fictio imaginatio propiamente dicha─ que le resulta más “potable”, queda descubierto, sorprendido en su extremismo religioso, en la tiranía de su fanatismo.

Cosa similar ocurre en el Systemprogramm con la “idea” del Estado. Si por Estado se entiende un simple mecanismo, una recurrente y esclavizante cadena de montaje, entonces, ese Estado no puede más que desaparecer, debe dejar de existir, porque así como “no existe una idea de una máquina”, tampoco puede existir la idea de un mecanismo que termina aprisionando y sometiendo a los individuos, convirtiéndolos en pernos y tuercas descartables de un abominable artificio hecho de engranajes, porque, en realidad, “solo puede llamarse idea lo que es objeto de la libertad”. Por lo cual, un Estado solo puede justificar su existencia si es el resultado de la acción de los ciudadanos libres para los ciudadanos libres. Todo lo cual resulta impensable si no se construyen los fundamentos sólidos de un innovador, rico y concreto significado de lo ético hecho arte, literatura, poesía y mitología. Es imposible el razonamiento histórico ─e incluso, el matemático─ sin sentido estético. Los individuos sin sentido estético son los “técnicos”, los “especialistas” a secas, vulgares aplicadores de fórmulas vaciadas de contenido, “científicos” sociales, metodólogos y pragmáticos ortodoxos que confunden la política con las transacciones, que trafican con los “recursos humanos” ─como si la condición humana tuviese precio y no valor─ y, en consecuencia, son aquellos tendencialmente propensos a la deslealtad y a la corrupción que, más temprano que tarde, llegan a confundir la gestión pública con la criminalidad. En fin, se trata de los “bachaqueros” de la praxis política devenidos gánsters.

Mientras no se comprenda la inescindibilidad de conocimiento y moral, de verdad y libertad; mientras no se transformen “las ideas en ideas estéticas, en ideas mitológicas”, capaces de proyectar y dignificar la propia labor en beneficio del ethos, hasta conquistar los arcana coelesti y revelarlos, no habrá un contundente y decidido acompañamiento ciudadano, apto para derrumbar los andamiajes de la corrupción y el secuestro colectivo al que han sido sometidos los venezolanos, presas de las fauces de la canalla vil. Sin Ethos la república terminará desapareciendo para dar paso a un conglomerado de sobrevivientes sin rumbo, a la deriva. Solo con eticidad llegan a su fin “las miradas desdeñosas” y “el ciego temblor del pueblo” ante sus cancerberos. Y solo entonces llegará la conformación de la “igualdad de todas las fuerzas, tanto de las fuerzas del individuo como de las de todos los individuos. No se reprimirá ya fuerza alguna, reinará la libertad y la igualdad universal de todos los espíritus”.

La educación estética de la sociedad ─y especialmente la de quienes se han propuesto ejercer la función de dirigentes políticos─ es clave para la construcción de una nueva ciudadanía, auténticamente libre y democrática, sobre todo en tiempos de desgarramiento. Es necesario hacer el esfuerzo por superar los rumores del día a fin de dar cabida a los acordes de la eternidad. La única red social que bien merece llamar la atención de todos es la que terminará apresando y poniendo fin a la tiranía. Esa inmensa red social y política de la resistencia tiene que estar tejida con los hilos de la ética del compromiso y la solidaridad, de la constancia y el desempeño de los ciudadanos. El ejemplo dado por aquellos tres jóvenes pensadores alemanes, que más tarde serían las figuras centrales de la inteligencia poética y filosófica de su tiempo, pasma, y no deja de llenar de asombro, de admiración. La reconstrucción de un país depende de ese programa que aún está por construirse, justo aquí ahora, después del último desencanto. Será el programa de la fantasía concreta. Solo las ideas son capaces de redimir a los pueblos. Y, justo después del gran fraude, ha llegado el momento de las ideas.

Por @jrherreraucv