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De la Virtud

 


Una persona virtuosa

 

“El entendimiento sin la razón es ciego. La razón sin el entendimiento es vacío”

                                                                                                                  I. Kant.

 

 

             Según Benedetto Croce, es un error, de origen positivista, la pretensión de creer que los fenómenos naturales presentan un movimiento constante y, por ende, previsible. En realidad, señala el filósofo italiano, se trata de ficciones “pseudoconceptuales”, inventadas, con las cuales se intenta dar respuesta a las necesidades generadas por situaciones específicas y, por ello, circunscritas a un determinado tiempo histórico. Además, agrega, la pretensión de prever los fenómenos naturales tiene su origen en el primitivo deseo de profetizar el futuro. Pero tal deseo oculta, tras las pompas de su ropaje científico, la presuposición de creer que la naturaleza presenta un comportamiento "regular", cuando lo único que es efectivamente regular son las "leyes" creadas por la mente humana, en su esfuerzo por entender, controlar y someter la naturaleza.


            Geometrica demostramus quia facimus, afirmaba Hobbes en De corpore. Sólo se conoce lo que se es capaz de hacer. Se trata de un postulado que se puede rastrear a lo largo de la historia de la modernidad, por lo menos desde Hobbes y Bacon, pasando por Descartes y Leibniz, hasta Kant y Fichte. Y, en efecto, el dominio absoluto que las ciencias naturales matematizadas han ejercido sobre la historia moderna y contemporánea ha terminado por producir la ficción según la cual no solo la naturaleza depende de leyes constantes y previsibles sino que, además y por simple extensión, dichas leyes rigen el quehacer político y social con una casi total precisión. Todo pareciera estar escrito en “caracteres matemáticos”, incluyendo los atributos éticos que configuran el entramado de la Virtud humana. El entendimiento sin la razón es algo, dice Hegel. Por fortuna, Vico supo comprender que sobre los mismos fundamentos de tal principio -más tarde, devenido ideología hegemónica del presente- es posible afirmar que, via negationis, lo que los hombres han creado y lo que constituye el más alto objeto del saber, no radica en la ficción de la construcción matemática -en el sentido de lo calculable o cuantificable- sino, más bien, en la realidad de la construcción histórica. La flexión contenida en la frase, terminó radicalizando profundamente su propio significado. De pronto, y más allá de Descartes, el conocimiento se fundía en uno, la verdad y lo hecho se identificaban recíprocamente, ya que: Si geometria et physica demonstrare possemus, faceremus, porque: Verum et factum convertuntur.   


            En efecto, Vico señala que “esta ciencia -la filosofía de la historia- procede lo mismo que la geometría, que crea el mundo de las dimensiones al tiempo que construye y considera los fundamentos correspondientes; pero con tanta más realidad por cuanto que los asuntos humanos poseen mayor objetividad que los puntos, las líneas, las superficies y las figuras”. Se ha dicho que ya son suficientes los diagnósticos que se han hecho sobre el gansterato narco-terrorista que coerciona a Venezuela. La cuestión es que no se trata de cuántos diagnósticos se hayan hecho, sino de la adecuación del Verum y del factum.


            Ser virtuoso no significa poder tocar magistralmente el piano o el violín. Hace falta algo más: ser una persona de bien, una, cada vez más, mejor persona. Para lo cual se requiere de mucha valentía. Ser virtuoso quiere decir, pues, ser para la libertad, traspasar los límites del en sí y del para sí en la transparencia del para nosotros: vivir en y para la eticidad, saberse individuo y, por eso mismo, ciudadano. Porque es en esto que consiste la realización de una vida plena y auténticamente feliz. Ser genuinamente liberal no quiere decir asumir su propia privacidad como único interés, sino poseer una profunda inclinación por la valoración del bienestar social. Alcanzar esta condición autoconsciente es enfrentar la ambigüedad, el temor, la dificultad y la oscuridad que acechan de continuo el día a día. Porque la virtud no es ni una premisa ni, mucho menos, una dádiva. Es un resultado, una conquista. Tal vez sea esa la razón por la cual tanto Maquiavelo como Spinoza -en épocas de consagración progresiva de la pusilanimidad- le recuerdan a sus lectores que la palabra Virtud proviene de virilidad, sin la cual no sería posible ejercer la libre voluntad ni llegar a ser feliz. Y será necesario advertir que, por cierto, no han sido pocas las mujeres virtuosas, capaces de dejar perplejo al peor de los Corleone.


            Pero ya en Aristóteles, ser virtuoso quería decir ser virilmente civilizado, por lo cual -según el gran pensador de la antigüedad clásica- se debe tender a ser valiente, moderado, liberal y magnánimo, amable, auténtico y jovial. Cualidades que se configuran en el llamado “término medio”, es decir, entre los excesos y los defectos. No obstante, la expresión “término medio” ha sido sistemáticamente entendida por la modernidad -y por lo que va de postmodernidad- en sentido metódico-matemático, llevado de la mano por Descartes. Preguntarse por el “punto medio” entre 0 y 10 tiene como respuesta 5, que es el punto equidistante respecto de sus extremos. Pero en estricto sentido ético, “cinco” no representa la mediación entre temeridad y cobardía. En términos aristotélicos, ninguna Virtud se sitúa en exacta equidistancia de los extremos, porque, a diferencia de las abstracciones cuantitativas, requiere de valores contextuales, cabe decir, onto-históricos. Ser valiente, en consecuencia, es el término opuesto correlativo -la Aufgehoben- de temeridad y cobardía. No hay grises, ni gradaciones, ni tonalidades entre lo uno y lo otro, porque su lógica no es ni la de la contradicción ni la de la contrariedad, ni la de la -Croce dixit- distinción, sino la de la oposición. Lo dice el propio Aristóteles, unos cuantos siglos antes de Vico o de Hegel.


            Una consideración que parta sólo del individuo -lo que, por su propia definición, condena la existencia real de su autonomía- es vana y limitada. Pero, sobre todo, es mezquinamente falsa. Los griegos le decían Idiotas. Los hombres sólo se conocen a sí mismos con base en el estudio de sus relaciones sociales e históricas, del cual son autores y actores. Economía, Política, Derecho, Ética, Religión, Salud, Educación, Lenguaje, Artes, Ciencias, etc., son, como afirma Vico, productos de fattura umana. Se producen en la historia y, por eso mismo, no pueden ser reducidos al tutelaje de las cifras y los porcentajes, como tampoco pueden ser abstractamente interpretados -siguiendo la lógica de la cuantificación- de modo aislado, a partir de relaciones atomizadas, interindividuales -o contractuales-, escindiéndolos de sus determinaciones histórico-culturales concretas. Es momento de un nuevo giro copernicano. Giro, tal vez, indispensable para comprender los reales motivos que impulsan a la barbarie ritornata y poder superarla.   

           

                  

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

    

Apure: una expresión de la lógica de los términos opuestos

  

Apure de Homer, inactividad práctica
Apure de Homer: inactividad práctica

 

            Es verdad, como afirma Benedetto Croce, que “un todo es todo sólo porque y en cuanto tiene partes” y que “un organismo es tal porque tiene, y es, órganos y funciones: una unidad es pensable solamente en cuanto tiene en sí distinciones y es la unidad de las distinciones. La unidad sin las distinciones causa repugnancia al pensamiento, tanto como las distinciones sin la unidad” (Log,1,VI). Pero, advierte Croce, los términos que conforman la distinción no son términos opuestos, ni se reducen a ellos. Distinta es la actividad práctica de la teórica. En la teoría, la estética es distinta a la lógica; en la práctica, la ética a la utilidad. En cambio, lo opuesto de la actividad práctica es la inactividad práctica; lo opuesto de la utilidad es la inutilidad; lo opuesto de la moralidad la inmoralidad, etc. Entre los términos opuestos no es posible agregar o insertar conceptos como la fealdad, la falsedad, la inutilidad o la maldad. No caben. Lo opuesto a la derecha es la izquierda. Pero la gansterilidad es un término que no tiene cabida entre ellos. La gansterilidad, distinta como es de la derecha o de la izquierda, es la otredad de la otredad de la propia gansterilidad, es decir, de su término idéntico correlativo, aunque éste se presente como la “anti-gansterilidad”, bajo la forma de Estado.

            En este sentido, conviene insistir, una vez más, en el hecho -lógico e histótico- de que el fenómeno contra el cual se enfrenta la sociedad civil venezolana -de la cual, por cierto, y para el asombro de unos cuantos inadvertidos, también forman parte los partidos políticos- no consiste en una relación de oposición, de antagonismo frente a “su otro”, sino en otra cosa, que no puede ser definida bajo los criterios formales, ni tradicionales o genéricos, de esa suerte de cajón de sastre que recibe el nombre de “anti-política”. Se trata de una experiencia inédita -de ahí la dificultad de su comprensión- marcada no por la oposición política sino por la distinción contra el criminal. Un político se enfrenta -se opone-, bajo los términos de la lógica política, contra otro político de otra tendencia. Y podrán luchar a muerte, pero tarde o temprano se producirá, entre ellos, el recíproco reconocimiento.   No sucede lo propio respecto de un ganster, porque el ganter no sólo no es político sino que es virtualmente un enemigo y un secuestrador de las relaciones políticas.

            Más allá de la filmografía hollywoodense, en pleno llano venezolano, una de las puertas de entrada y salida estratégicas del gran negocio del narco-tráfico, cerca de cinco mil personas han sido recientemente desplazadas, centenares han sido heridas y, por lo menos, se cuenta con más de una decena de personas asesinadas. Hasta ahora, porque la condición actual amenaza con empeorar. No obstante, y a decir verdad, la situación no es nueva. Y es que desde hace ya mucho tiempo, la población de La Victoria, en el Estado Apure -al igual que la del resto de las poblaciones fronterizas de lo que va quedando de país- viene siendo controlada y sometida sistemáticamente por los poderosos carteles de “los Soles” y de “Sinaloa”. De modo que, lo que en algún momento de su historia regional diera lugar al nombre de “La Victoria”, hoy no es más que la confirmación efectiva de su completa derrota frente al terror de los narcos. No se trata de resaltar la incompetencia de los efectivos militares venezolanos en su “lucha por la defensa de la soberanía nacional”. Palabras, por cierto, absolutamente vaciadas de todo contenido. Se trata, más bien, de comprender los alcances de la confrontación, abierta y directa, entre dos mafias, entre dos estructuras criminales, que “luchan a muerte” por el control de la zona, a los efectos de defender el imperio de sus intereses o, más bien, los intereses de sus respectivos imperios.

            Esta es la más estricta expresión del significado objetivo de la lógica de la oposición. La verdadera oposición al consorcio gansteril que mantiene secuestrada a Venezuela no es otra que el consorcio gansteril que, en este momento, lucha a sangre y fuego en su contra por el territorio de “La Victoria”, y que, llegado un determinado momento de las hostilidades recíprocas, es decir, tarde o temprano, tendrán la necesidad de establecer un acuerdo de convivencia, a los efectos de reconocerse recíprocamente. En otros términos, la llamada “oposición” al régimen gansteril venezolano no es -y no puede ser- una oposición, o, por lo menos, no lo es en términos reales, porque no es su término opuesto correlativo. A menos que renuncie a las formas políticas propias del juego democrático y decida  incorporarse a los grandes negocios de lo que va de siglo: el narco-tráfico y el terrorismo. Pero con ello dejaría de lado sus banderas de lucha y renunciaría a su propia condición. En efecto, quienes luchan por la democracia y las libertades políticas y sociales en Venezuela no pueden ser considerados como la oposición -o los opuestos- al régimen sino como los distintos al gansterato y, como tales, deben comenzar a asumirse, a auto-reconocerse. Nosce te ipsum. Lo que implica demostrar en la práctica el poseer la condición civil necesaria para poder serlo.

            La restitución del sistema de vida democrático en Venezuela pasa, necesariamente, por la existencia de una generación de dirigentes políticos que, como lo hiciera la llamada generación de 1928, sean lo suficientemente capaces de comprender que cuando se asume la democracia se está asumiendo un nuevo modo de vida, un innovador modo de ser y hacer, de pensar y hablar, adecuado a las ideas y valores que le son inmanentes. No bastan los tecnócratas de la política. No son suficientes los especialistas en publicidad y mercadeo. No se trata de un jingle, ni del último ritmo del rating -el de mayores ventas- en el hit parade del quehacer político. Se trata de una nueva cultura, por cierto, de una Weltanschauung, muy distinta a la que, hasta el presente, el régimen gansteril ha terminado por imponer y la mal llamada “oposición” por asumir. Ha llegado el momento de la autoconsciencia.   


        José Rafael Herrera

@jrherreraucv

¿Cómo salir de “esto”?

  

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.

Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

                                                           Antonio Gramsci

 

 

La falsa idea
La ilusión de avanzar sin ideas.

            Nadie, ni siquiera los dueños de las más poderosas encuestadoras ni los “expertos” en publicidad y medios masivos o los “asesores” y “científicos” del marketing político, poseen una varita mágica capaz de modificar la realidad de un momento para otro. Tampoco tan entusiastas emprendedores cuentan -que se sepa- con el impelable poder de los oráculos, ni tienen, entre su staff, astrólogos dedicados al divinari de lo que le deparará el futuro al gansterato. Claro que uno nunca sabe. Pero, en todo caso, conviene advertir que los cubanos llevan años esperando que Walter Mercado resuelva finalmente el misterio, no sólo del cómo, sino sobre todo del cuándo. Y no valdrá la pena mencionar a los numerosos especialistas en la interpretación de la astrología criolla, quienes, hasta el presente, han dejado a sus seguidores a la expectativa de lo que en algún momento recibió el pomposo nombre de “la salida”, porque era cosa, si no de horas, de escasos días.

            Han pasado ventitrés largos años y, por lo que puede observarse, desde la perspectiva de un “estricto diagnóstico clínico” -al decir de Groucho Marx-, el régimen narco-terrorista que mantiene secuestrada a Venezuela es “un enfermo que goza de muy buena salud”. En un territorio -dado que ya no resulta adecuado hablar de un país- en el cual “el Coqui” o “Wilexis” son considerados como unos auténticos supehéroes dignos de ser imitados, como la nueva generación de los Avergers, protectores de los marginados y desposeídos, las soluciones “rápidas”, los llamados a “María” -o a Sorte, da lo mismo- no parecen tener mucho sentido. Ni Maître Luis Vicente, ni Don Chicho, fieles seguidores de las profundidades de Coelho, ni la mismísima Madame Aziz -en el fondo, da lo mismo- parecieran estar en condiciones, ni materiales ni espirituales, de revelar los ocultos misterios que guardan en sus entrañas las estrellas, las revelaciones o, en todo caso -y, de nuevo, da lo mismo-, los resultados de la “metodología”.


            Y es que si algún aprendizaje se ha de sacar después de toda esta dolorosa experiencia venezolana, es la confirmación del rotundo fracaso de las llamadas “metodologías científicas” y, en consecuencia, de sus constelaciones ilusorias -cuyo mayor interés consiste en la pretensión de “facilitar” el trabajo de tener que pensar, como si el pensamiento necesitara de “facilitadores” y no, más bien, de la dedicación al estudio de las complejidades de aquello que crece y concrece. No hay tal cosa como un “instrumento de aprehensión de la realidad”. Creen que lo real es como un pajarito que, tarde o temprano, quedará atrapado en una vara preparada con pegamento, a la que han decidido dar el pomposo nombre de “metodología”. Pero el saber no es una astucia. En efecto, como dice Hegel, “si el instrumento se limitara a acercar a nosotros lo absoluto -léase, la verdad- como la vara con pegamento nos acerca el pájaro apresado, sin hacerlo cambiar en lo más mínimo, lo absoluto se burlaría de esta astucia, si es que ya en sí y para sí no estuviera y quisiera estar en nosotros”. En fin, si algo conviene realmente capturar -cacciare, se dice en italiano, de donde proviene el cachar criollo- no es al pobre pajarito que confunden con la realidad de verdad. Después de todos los intentos hechos para salir de “esto”, no parecen haber dudas sobre la confirmación de la bancarrota de la figura del coaching -y de sus coachs- en lo que respecta a la interpretación del devenir político. Aunque, de todas maneras, los asesores cubanos, al servicio del gansterato, ya se han encargado, objetivamente, de hacérselos saber y de demostrárselos con creces, in der Praktischen.


            Lo cierto es que ni las gráficas Excel ni las cartas astrales están funcionando. Seis millones de exiliados -la mayoría de los cuales salieron, en su momento, a plenar las calles del ex-país en las impresionantes manifestaciones multitudinarias convocadas contra el régimen- lo confirman. Tal vez, hubiese sido más fácil, y menos doloroso, decir la verdad desde el principio, en vez de asumir como forma de hacer política el decir “mentiras blancas” con las manitos pintadas. Unos cuantos cultores del conservatismo de uña en el rabo, con su cara de mocasín estilado -y estirado-, le echan la culpa a Gramsci de lo que sucede en Venezuela, sin tan siquiera haberlo leído. Y es que en esto consiste el problema: suponen que leen, es decir, que saben leer. No saben lo que dicen y dicen lo que no saben. Vale la pena recordar que fue Gramsci -quien obviamente no fue un ganster y que más bien se enfrentó en su momento contra el gansterato fascista- el autor de esta frase: “Decir la verdad es siempre revolucionario”.


            Claro que -se dirá- es inútil ponerse a “llorar sobre la leche derramada”. Pero algo queda de la lección. Siempre se puede comenzar de nuevo a partir de las lecciones aprendidas por los errores cometidos. Aufhebung quiere decir “superar y conservar a un tiempo”. Lo que quiere decir que el “esto” es, ni más ni menos, que el resultado de la propia experiencia. Los chivos expiatorios sobran. Por eso mismo, más que un asunto de financiamiento, es cuestión de redimensionar las ideas -ya será bastante con tenerlas- y abandonar las abstracciones y representaciones ficticias. Sin ideas no se puede. Sin un lenguaje rico el espíritu se empobrece. Si no hay Concepto -actio mentis- no habrá modificación. Para comenzar, sería más que conveniente el socrático “conocerse a sí mismo” y, como consecuencia, saberse, en tanto político y demócrata, distinto -y en ningún caso opuesto- al gansterato. La criminalidad es competencia de la policía. De manera que conviene elaborar políticas que pongan fin al crimen organizado. De ahí la necesidad de que la llamada “oposición” tenga que redefinirse, reconceptualizarse, rediseñarse y reorganizarse. No es asunto de cambiar de siglas, ni de hacer “enroques” partidistas. La unidad es con el país, incluso con quienes, alguna vez, creyeron con entusiasmo en las bondades del populismo devenido narco-terrorismo. Es hora de abandonar una “pureza” que en nada expresa la condición del ser venezolano. Es tiempo de “desechar las ilusiones y prepararse para la lucha”, como sentenciaba la vieja consigna de los años setenta. Nadie va a venir a hacer el trabajo quiere decir que tampoco lo harán los astros o los sagrados habitantes del más allá. “Las cosas bellas son difíciles”, afirmaba Platón. Es el momento de cambiar la ceguera técnica y el vacío mensaje de “esperanza” por la pasión de un gentilicio que bien lo merece, porque, más allá de los apasionamientos desbordados, “nada grande en el mundo se ha hecho sin una gran pasión”.


 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv


Nociones fundamentales sobre psicopatía

Una mirada psicopática



Un psicópata es una persona con unos rasgos muy marcados pero que son difíciles de descubrir porque el propio psicópata los oculta, es decir, los mantiene escondidos la mayor parte del tiempo. De una manera sucinta estos rasgos son los siguientes: soberbia; egolatría; narcisismo; insensibilidad hacia los demás; empatía nula; crueldad; cosificación; victimismo; vaciedad emocional; mucha capacidad de actuar, de mentir, de persuadir, de seducir y de manipular; mucha capacidad para disfrazarse de persona común; tendente al parasitismo y al maltrato; en búsqueda del poder por el poder; con necesidades especiales para nutrir su orgullo. Con estas características se comprende que un psicópata pueda resultar muy perjudicial y peligroso para la pareja, para la familia, en el lugar de trabajo o en la sociedad, siempre que manifieste tales inclinaciones en los lugares y con las personas indicadas. Para no verse perjudicado por su accionar nocivo interesa el distanciamiento, es decir, el contacto cero.


Conviene saber que un psicópata no es un enfermo. Se trata de una forma especial de ser. El psicópata es así de nacimiento. Los rasgos de esta personalidad diferente se manifiestan en la infancia, se acentúan en la adolescencia y se despliegan plenamente en la adultez. Un psicópata adulto es inmodificable, lo que no significa que sea incorregible, pues puede amoldar su comportamiento. Pero un psicópata adulto ha adquirido infinidad de sistemas y argumentos que prueban a sus ojos de manera fehaciente que es superior a todos; sistemas que lo afianzan en su firme convicción secreta de ser totalmente superior a los demás. Tiene infinidad de bucles mentales para llegar a esa conclusión, bucles férreos que le permiten autojustificar sus actos y desplegar estrategias eficaces para confundir, engañar, entorpecer, amedrentar, chantajear, esclavizar, depravar, entre otras muchas, sin ser descubierto (muchas veces ni siquiera por sus víctimas más evidentes). Cada psicópata lo hace a su manera, pues aunque todos los psicópatas presenten los mismos rasgos, desarrollan necesidades especiales diferentes, de manera que cada uno despliega estrategias distintas y solo las manifiesta cuando su accionar psicopático le satisface y cree que va a quedar impune.


Como posible causa del comportamiento anómalo del psicópata apuntamos la siguiente: el psicópata se siente superior a todos los demás, sensación que le va a acompañar durante toda su vida. No hay una razón objetiva, pero se siente desde el primer día absolutamente superior a todos y obra en consecuencia aunque con disimulo para no levantar sospechas. El psicópata padece de un orgullo y de una soberbia desmesurados lo que le conduce a endiosarse y a cosificar a los demás. Los demás son para el psicópata cosas, es decir, herramientas útiles a sus fines. Para alimentar esa sensación de superioridad se convierte en un embustero contumaz. Una prueba inequívoca de que es superior a todos la encuentra el psicópata en el hecho de poder tener a todos engañados. A su vez, pronto sabe o descubre que debe acomodarse a vivir entre inferiores y que debe mimetizarse con ellos para ser aceptado y pasar desapercibido. 

Esa capacidad de ocultación la va ensayando y mejorando con el paso de los años, pero necesita verificar, de cuando en cuando y sin ser descubierto, que es superior realizando actos psicopáticos en su territorio salvaje. Esa sensación de superioridad le conduce a la búsqueda del poder en sentido amplio (poder político, poder económico, poder social, poder legislativo, poder religioso o poder familiar). ¿Qué mejor prueba que ser o sentirse poderoso para verificar esa superioridad absoluta? Su accionar y sus razonamientos nos resultan del todo incomprensibles en su fase psicopática, pero al mismo tiempo su comportamiento resulta completamente normal y ajustado a las personas comunes la mayor parte de las veces. Incluso se muestra encantador cuando quiere y con las personas elegidas, lo cual nos deja perplejos, asombrados. Un psicópata no está loco. Si delinque lo hace con plena conciencia de sus actos por lo que es plenamente imputable. A un psicópata no le importa hacerse pasar por loco si con ello obtiene ventajas (p. ej.: una reducción de penas en el caso de los psicópatas delincuentes).

¿Qué hacer con el psicópata?


Una pregunta importante a plantear y responder es la siguiente: ¿Cómo mitigar el sufrimiento y la influencia negativa que provoca un psicópata oculto (o integrado) en su entorno? La respuesta parece en principio sencilla: ofreciendo información veraz sobre el tema a ese entorno. Pero no siempre es así, pues el sufrimiento puede ser aún mayor estando informado. Por ejemplo, una complementaria que lleve veinte o treinta años engañada conviviendo con su psicópata tal vez sea mejor que no se percate de ello, pues su sufrimiento será aún mayor si lo descubre: tendrá que realizar un enorme esfuerzo para conseguir el contacto cero, soportar penurias de toda índole, afrontar largos litigios, vivir la incomprensión y puede que los reproches y el alejamiento de sus propios hijos, el riesgo de peligrosas represalias por parte del psicópata, superar el duelo por la muerte en vida del traidor (que la seguirá acosando), evitar el riesgo de peligrosas recaídas (retorno al redil del psicópata, que se comportará de una manera aún más cruel una vez esté de nuevo atrapada), etcétera. Así pues la respuesta correcta a la pregunta inicial es: mediante información temprana al entorno. 

Hay que tratar de prevenir en vez de curar. La cura es posible alejándose del psicópata oculto con el contacto cero, pero esa cura tiene efectos secundarios que hay que valorar y sopesar previamente. Desde luego, la mejor solución a un problema consiste siempre en evitarlo de raíz, es decir, en este caso consiste en no acercarse jamás a un psicópata oculto. Y para ello hay que estar bien informado (prevención) y ojo avizor (prudencia).
Sin embargo, el problema, a nivel general social, no queda así resuelto, pues todo psicópata vive camuflado en un entorno, dentro de una familia, en una empresa, en una sociedad. Así las cosas, se comprende la importancia que tiene la detección precoz de los niños psicópatas para conseguir con una educación especial que se conviertan en personas adultas de provecho; buenas personas en vez de malas personas. Pero eso será objeto de otro artículo, amigo lector.

El feminismo contractual de nuestro tiempo

  

El feminismo contractual

 


A mi pequeña “Coco”

 

            Del mismo modo como la mujer y el hombre son términos opuestos correlativos complementarios, el contractualismo es, desde la perspectiva de la estructura lógica de la oposición correlativa, una doctrina incompatible con el concepto de amor. Y su presencia activa en la historia moderna y contemporánea es la confirmación y realización efectiva de la negación abstracta del sentimiento de amar. Después de Descartes y de su elevación de la existencia como principio supremo del “yo pienso”, las cartas que se jugó la humanidad fueron arrojadas sobre la mesa de apuestas del más despiadado y frío interés. Y apenas era el comienzo. Sobre su in nuce, el concepto contractualista del ser social no sólo fue confeccionando su incompatibilidad con toda relación mediada por el amor intellectualis dei, sino que pronto mostró el hecho de que sólo puede existir sobre la base de dicha incompatibilidad. El universo de Shakespeare no es el reino del individuo de Hobbes ni de Locke. Ni la historia invertida de la inocencia salvaje de Rousseau puede dar cuenta de ello, más allá de sus tropiezos y confusiones en tropel.

            El contractualismo, en efecto, no sólo invirtió la historia de la humanidad sino que tuvo el atrevimiento de convertir una ficción -devenida precepto matemático- en el origen de la sociedad. Fue el Estado romano -SPQR- el gran promotor de los derechos civiles e individuales, y no los derechos civiles e individuales los promotores del Estado. La lógica del contractualismo es la del entendimiento abstracto, reflexivo, a la que Hegel tuvo el privilegio de sorprender y denunciar en su inevitable e insalvable condición de infelicidad, de “mala infinitud”. En todo caso, se trata de la teología devenida lógica de la momificación de todo y de todos, la misma que, hasta la fecha, ha insistido en “instruir” al mundo en nombre de la libertad y de la razón, vístase de barras rojas y azules, de rojo sanguinolento, de estrellas amarillas circulares, de despotismos ancestrales o de novísimos gansteratos perrunos. “¡Pero funciona!”, se dirá, haciendo con ello irresponsable abstracción de las ruinas -las muertes- que ha ido dejando a su paso por la historia de la cultura moderna y contemporanea. Bajo el concepto de contrato se establece el grueso de las relaciones sociales actuales, lo cual incluye a las relaciones familiares, matrimoniales y, por supuesto, las relaciones entre el hombre y la mujer. La vida misma resulta ser, en consecuencia, un gran contrato. De “depravado” acusa Hegel a Kant por esta “torpe ocurrencia”.

            Es “el reino animal del Espíritu”. El reino de lo puramente extrínseco, mediado por el interés y el cálculo entre las voluntades bajo la figura de la prestación. Eso es -y eso genera- el modelo contractual una vez que, por extensión mecánica, ha sido aplicado como modelo universal, más allá de las relaciones estrictamente comerciales, a la vida social y política, trasmutando -torciendo- con ello las relaciones humanas en relaciones mercantiles y a los Estados en corporciones utilitarias. Y fue justamente a este tipo de representación de la sociedad, devenida hegemonía cultural y leitmotiv de las relaciones sociales, a lo que Spinoza -el más digno entre todos los filósofos- designó como la doctrina del finalismo: “todas las causas finales son, sencillamente ficciones humanas. Esta doctrina acerca del fin transtorna por completo la naturaleza, pues considera como efecto lo que en realidad es causa y convierte en posterior lo que en realidad es anterior. Trueca en imperfectísimo lo que es supremo y perfectísimo”, además de que de dicha doctrina surgen “los prejuicios acerca del bien y el mal, el mérito y el pecado, la alabanza y el vituperio, el orden y la confusión, la belleza y la fealdad”, géneros a los que bien podrían agregarse las segregaciones raciales, la depredación de la naturaleza o la supremacía, según el punto de vista contractual, del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre, más allá de los extremismos que las hipócritas manipulaciones orquestadas por los regímenes totalitarios habitúan hacer de estos temas y problemas del presente.

            La verdadera unificación que supera y conserva a un tiempo las miserias de la hostil relación establecida como criterio de demarcación entre la mujer y el hombre está situada muy por encima del actual tejido contractual de las relaciones humanas. La recuperación de la Sittlichkeit  -o de la civilidad, como bien la supieron traducir en su momento García Bacca y José Gaos- es, tal vez, la tarea más importante -y, sin duda, la más ardua- del presente. El pleno reconocimiento del indiscutible valor femenino está muy por encima de sus incuestionables sacrificios históricos, de sus conquistas -no pocas veces a codazos- o de sus capacidades profesionales o técnicas. No se trata de competir ni de demostrar, a la manera de Darwin, quién es o no más apto. Todas estas son representaciones  marcadamente contractuales, calculadas e instrumentalizadas. Lo importante está en comprender que, ontológicamente hablando, resulta imposible pensar siquiera en la posibilidad de la existencia de hombres sin la necesaria existencia de las mujeres, o a la inversa. Que se trata de polos opuestos recíprocos en el que cada uno no sólo es correlato para el otro sino que, por esa misma razón, son interdependientes. Cada uno es, al decir de Platón, la otra mitad: el otro del otro, el “sí mismo”. Amor no es contrato ni se sustenta en el interés o en la finalidad. Sólo se puede cambiar amor por amor y confianza por confianza. El amor -y el Ethos es una determinación del amor- supera las oposiciones, porque no es entendimiento abstracto, cuyas relaciones fijan y establecen que la individualidad siga siendo mera individualidad -”lo mío” y “lo tuyo”- y cuyas unificaciones son de naturaleza contractual. “Cuanto más te doy más tengo”, afirmaba Shakespeare. Esta debería ser la consigna para el porvenir de una humanidad justa y efectivamente equitativa.


José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

GASSENDI Y LA CIENCIA DE SU TIEMPO


Hoy hablaremos sobre un flipante artículo que escribió Alesandre Koyré en 1977 tituladoGassendi y la ciencia de su tiempo”[1], en el cual Koyré reivindica el papel de Gassendi dentro de la historia de la ciencia. El artículo es un golpe sobre la mesa que pretende poner al científico en su sitio, señalando sus luces y sombras. Veremos los salseos de la época que llevaron a silenciar al filósofo así como sus teorías atomistas vinculadas con uno de mis filósofos de la antigüedad favoritos: Epicuro. Os lo juro que me estalla la cabeza de emoción, y es que mis dos periodos predilectos de la historia de la filosofía se dan la mano. El periodo helenístico queda vinculado a la revolución científica. ¡Yas!

 

La senda del artículo nos llevará por un sinuoso camino, y para que nadie se pierda os paso de antemano la hoja de ruta:

1) Los motivos por los que hemos de reivindicar a Gassendi destacando su ontología epicúrea.

2) El contexto en el que nace su ciencia.

3) Diferencias y afinidad entre Descartes y Gassendi.

4) El legado de Gassendi

 

¡Allá vamos!: Koyré, filósofo e historiador de la ciencia francés de origen ruso, nos quita la venda de los ojos ante el porqué la historia de la ciencia pasó por alto a GassendiLos dos motivos fundamentales fueron el complejo latín con el que escribía Gassendi y el eclipsamiento que sufrió este por parte de Descartes. Vamos, la pedantería de uno y el afán de protagonismo del otro. Por desgracia el ego y la filosofía en muchas ocasiones son íntimas amigas o íntimas enemigas.

 

Koyré no solo nos dice porque Gassendi fue olvidado sino que también porque hoy ha de ser recordado. Entre sus puntos fuertes destacan:

 

-Fue profesor de astronomía en el Collège Royal, una institución top en lo que a ciencia se refiere. 

 

-También fue un astrónomo y matemático reconocido, observó siempre el cielo realizando a su vez útiles anotaciones. Era una de esas hormiguitas que observaba al firmamento incesantemente y anotaba las posiciones y movimientos de los cuerpos celestes, siendo esta una ardua labor de brutal utilidad para la astronomía venidera. En pocas palabras, un gigante que sirve de punto de apoyo para futuras generaciones. 

 

-Otro de los motivos que reivindica la figura de Gassendi y que a mi juicio cae por su propio peso, es que para sus coetáneos (Pascal, Marsene…) era considerado como igual y rival de Descartes, e influyó a personajes tales como Boyle o incluso a sir Isaac Newton (poca broma). 

-Además gracias a la inteligente concepción del atomismo epicúreo (fascinante doctrina) Gassendi realizó una serie de experimentos útiles y de gran popularidad en su época. 


-Pero sin duda, a la luz de Koyré la gran aportación a los albores de la ciencia moderna por parte de Gassendi es su necesaria ontología epicúrea[2] Gassendi moldeo a su gusto la filosofía epicúrea para que los miembros de la comunidad científica se la tragaran como una cómoda píldora de azúcar. Básicamente lo que hizo fue cristianizar a Epicuro, lo mismito que en épocas anteriores pasó con el platonismo y más tarde con el aristotelismo. Es el  precio que las teorías filosóficas deben pagar para no ser silenciadas a lo largo de los siglos. Gassendi maquilla y elimina algunos aspectos de la cosmología epicúrea, como por ejemplo integrando el atomismo con el creacionismo (!Toma fantasía!). También niega la infinitud de los mundos y los átomos. Desmiente que los átomos sean increados y hayan formado el Universo de forma azarosa como defendía Epicuro, afirmando que Dios es quien ha dirigido a los átomos en pro del  orden  y creación del Universo, estos mismos argumentos son seguidos décadas después por Boyle.

 

Para entender el impacto de estas ideas es necesario contextualizar al protagonista. El siglo XVII, siglo en el que Gassendi desarrolló su ciencia, fue un siglo de grandes cambios, donde la revolución científica inaugurada por Galileo nos propone un cambio científico radical donde ciencia y religión se empiezan a separar. Aparecen nuevas ideas que transforman la visión antigua y medieval de la naturaleza. Toda esta fascinante movida empieza con la revolución copernicana. Allá cuando Copérnico dijo que la Tierra no era el centro y además que esta giraba alrededor del sol. Hoy en día ya lo tenemos muy asumido pero en su momento fue todo un escándalo ya que nos habían destronado y Dios lo permitía. La gente no daba crédito, se deprimía y se sentía menos importante. Además si a esto le sumamos la aparición de la moderna filosofía cartesiana donde la razón humana es el centro, donde nosotros somos el sujeto de conocimiento, nos podemos imaginar cuán sorprendidas y descolocadas deberían quedar las gentes de la época. El racionalismo y mecanicismo de Descartes deja el mundo reducido únicamente a una extensión en movimiento. Es en este contexto donde se hace valiosa la aportación ontológica epicúrea de Gassendi.

 

En el artículo se hace un fuerte hincapié en las diferencias entre Descartes y Gassendi con el fin de mostrarnos que Gassendi fue realmente un digno rival de Descartes y nos ofreció una alternativa válida. En el texto encontramos las siguientes diferencias destacadas:

 

-Para  Descartes la naturaleza era transparente a la razón. En cambio para Gassendi la naturaleza no era 100% transparente a la razón, para él si las esencias existieran, solo Dios las conocería ya que el pleno conocimiento de las cosas estaba fuera del hombre  finito siendo solo Dios el conocedor de las esencias últimas. Por este motivo Gassendi opina que la labor de la ciencia es la mera descripción de fenómenos. Es decir la ciencia solo nos puede explicar el qué, pero no el porqué subyacente de la realidad.

 

-Otra diferencia es su concepción del Universo y las consecuencias de éste. Para Descartes el Universo es un Plenun sin posibilidad de vacío (padecía un grave caso de horror vacui), en cambio para Gassendi el Universo está compuesto de átomos y vacío igual que para Epicuro.  

 

-Esto nos lleva inevitablemente a otra diferencia señalada por Koyré, a saber: Descartes defendía que la materia es infinitamente divisible mientras que Gassendi como atomista defendía la existencia de átomos como las partes de materia más pequeñas e indivisibles. Cabe recordar también que Gassendi negó el símil: Materia y movimiento, negando así también  el programa de la ciencia cartesiana. 

 

A pesar de las diferencias Koyré revela una similitud y es que ambos proponen una revolución,Gassendi volviendo a la tradición y Descartes empezando desde cero. 

 

En conclusión Pierre Gassendi, adoptó el atomismo y lo expuso como una filosofía mecanicista alternativa que proporcionó a la ciencia moderna la ontología necesaria para unir el atomismo y la matematización, dando paso a la venidera  síntesis newtoniana de la física matemática. Encontramos así en Gassendi un científico que no inventó nada ni tampoco descubrió nada, aún así por todo lo comentado por Koyré, merece ser rescatado del olvido y tenerlo en consideración tal y como lo tuvieron filósofos y científicos del siglo XVII y XVIII como Boyle, Hobbes, Locke, Leibniz, Newton y por supuesto Descartes, el rival que lo eclipsó.  

 



[1] Koyré, “Gassendi y la ciencia de su tiempo”, en Koyré, A., Estudios de historia del pensamiento científico. Madrid: Siglo XXI, 1977, pp. 306-320.

[2] Koyré, “Gassendi y la ciencia de su tiempo”, en Koyré, A., Estudios de historia del pensamiento científico. Madrid: Siglo XXI, 1977, pag. 307.


¿Abstencionismo o participacionismo?


Johann Gottlieb Fichte

 

 

            Las antinomias se forman, según Kant, de dos proposiciones argumentativas racionales recíprocamente contradictorias que carecen de toda posible resolución, por lo menos, dentro del estricto y riguroso esquema propio de la lógica de las formas simbólicas y proposicionales, y muy a pesar de la metafísica aristotélica, aunque sobre sus hombros, como consecuencia del uso y abuso -dado su indiscutible peso histórico-cultural- establecido por la autoridad de la tradición escolástica y moderna. El gran mérito de Kant fue reunirla, estructurarla y llevarla a la cima del pensamiento, hasta devenir código e instrumento de la cotidianidad. Dice el autor de la Crítica de la Razón Pura que cuando la razón rebasa toda experiencia posible, queda atrapada en la formulación de sus propias antinomias, esto es, en perspectivas o puntos de vista que por el hecho de ser racionales no dejan de ser contradictorios. Y son ellas las que hacen irresolubles los mismos objetos de la metafísica, a saber: Mundo, Alma y Dios. De la demostración racional de la afirmación o negación de su existencia, surgen las llamadas por Kant Tesis y Antítesis, de las cuales, poco después, Fichte -y en ningún caso Hegel- postulará la necesidad de la Síntesis, a partir de la unidad originaria del Yo, constitutiva de la razón práctica. 

            Paradojas, las llaman los filósofos de la ciencia. El caso de la “parajoja del mentiroso” es emblemática: la oración “Esta oración es falsa”, dado el principio del “tercero excluído”, es, por un lado, verdadera y, por el otro, falsa. Si es verdadera, lo que dice la oración es falso. Pero la oración afirma que ella misma es falsa, por lo cual no es verdadera. Ahora, si la oración es falsa, lo que afirma debe ser falso, pero esto implica que es falso que ella misma sea falsa, lo cual la hace verdadera, contradiciendo la afirmación anterior. En fin, no es posible asignarle a esta paradoja un “valor de verdad” absoluta.

            El caso es que de antinomias parece estar plagada la margarita del “me quiere o no me quiere” del amplio espectro del arcoiris de los sectores que se enfrentan (Gegen), de un modo o de otro, al gansterato que usurpa el poder en Venezuela. “Oposición”, se autodenominan. Como si las palabras carecieran de contenido. Como si se pudiese establecer una relación de oposición -de correlatividad- entre términos no solo distintos sino recíprocamente incompatibles. Opuestos son “derecha e izquierda”, “arriba y abajo”, “padre e hijo”. Y son llamados términos opuestos correlativos porque no existe posibilidad de la existencia del uno sin la del otro. Entre ellos no puede no haber complementariedad. Ahora, ¿es posible que “criminal” o “ganster” sea el término opuesto correlativo al de los sectores políticos que aspiran establecer un régimen político democrático? ¿Existirá correlatividad entre un narco-traficante y un dirigente político? ¿Se podrá llamar “Izquierda” a un cartel criminal y autoconcebirse como la “Derecha” política que se le opone? ¿Se puede afirmar que toda la autodenominada “oposición” política venezolana es de “Derecha”?

            Como podrá observarse, la confusión es grande. Y la presuposición de “conceptos” pareciera hallarse sobresaturada. La palabra “claro”, por cierto, se ha convertido en la muletilla predilecta de una dirigencia política que, cual selección vinotinta, sube y baja la cancha una y otra vez en busca del anhelado “gol de la dignidad”, frente a la apabullante goleada de un grupo de malechores que, mientras saquea lo que queda de país, finge jugar con ellos, los atracan, los golpean, les sacan toda clase de “tarjetas” y los expulsan de la cancha (los meten presos), los amenazan con sus pistolas y metralletas, los apuñalan y los asesinan. “Estamos muy claros”, afirma con el mayor convencimiento, y bajo la forma del estribillo, la cada vez más inasible dirigencia “opositora”, que no logra percatarse de que “el partido” que se imaginan estar “jugando” se convirtió, hace ya mucho tiempo, en un juego de policías y ladrones, pero invertido.

            En un reciente artículo de opinión, María Corina Machado advertía enfáticamente que “un gobierno de transición con parte de las mafias no es una fórmula para sacar a los criminales del poder, sino para redistribuir el poder entre los criminales”. Es esta una advertencia de cuidado, porque, a menos de que falle la consistencia lógica de la antinomia, la única forma de ser efectivamente el término opuesto del gansterato es formando parte -así sea en plano negativo- de la gansterilidad. O para decirlo en buen criollo, quien anda con lobos.. no maúlla precisamente: aprende a aullar. No han faltado en los últimos días los argumentos -y cabe advertir que el uso indiscriminado del término “narrativa” ya apesta- en defensa de la participación en los comicios para gobernaciones y alcaldías convocadas por el régimen: “no se pueden abandonar los espacios”, se afirma. “Hay que recuperar la institucionalidad”. “Los demócratas tienen que defender el voto votando”, etc. En el fondo, la premisa mayor encierra una acusación más o menos directa contra el llamado abstencionismo. Solo que, paradójicamente, se puede también afirmar lo contrario: “el voto no se defiende votando según las normas establecidas por el gansterato, sino exigiendo reglas efectivamente democráticas”. Como ha afirmado Andrés Velázquez, “después de 22 años de trampas, de horror, destrucción total, miseria y dictadura, no estamos para cuentos infantiles. Pelear por condiciones electorales libres, justas, transparentes y verificables, no es un capricho ni es abstencionismo, es lo que nos corresponde hacer a los demócratas”.

            La antinomia pareciera traspasar el discurso de quienes ejercen la política propiamente dicha en contra (Gegen) de la no-política, es decir, de esa representación de cualquier otra cosa posible menos que de la política. Y no pocas veces, en nombre de la inteligencia, pareciera haber llegado el momento de poner más atención a la actividad de pensar lo que se hace y de decir lo que se piensa que a la repetición de frases huecas y sin contexto, tan afanosamente recomendadas por los llamados “técnicos”, “expertos” y “especialistas” -fieles representantes de la paradoja del mentiroso-, quienes parecen haber perdido la brújula por el camino de las abstracciones o -habrá que sospecharlo- de sus propios intereses. Detrás del abstencionismo parece hallarse la respuesta a la participación. Detrás de la participación parece hallarse la respuesta al abstencionismo. Lo otro no es sólo lo otro. Es, en sustancia, lo sí mismo. No es la esperanza sino la desesperanza lo que logra concretar los ahhelos de la esperanza. Fichte -maestro de la negatividad- sigue siendo un valioso pensador para poder comprender la dureza del desgarramiento del presente.         

                             

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

Comprendiendo el capital de Carlos Marx

Hola a todos, bueno hoy quería hacer un vídeo sobre Marx; Y es que estuve leyendo el tomo uno del capital, que fue el único que escribió él solo.

En este vídeo puedes entender de política, de que es una sociedad, también de lo que es una persona libre, de qué es estar condicionado, o alienado por tu ambiente.

Este libro lo escribió en Inglaterra, y su intención era que las personas, cuando estuvieran desesperados o decepcionados, tristes, angustiados o adictos al trabajo; y necesiten comprender para superar esa afección, es decir, cuando no sabes cuántas cosas son las que hacen que tú estés siempre triste, decepcionado o angustioso y no seas capaz de pensar nada que no sea la misma adicción.

A continuación te dejo el vídeo completo

Vídeo para entender el capital de Carlos Marx.



De la falta de ignorancia

Falta ignorancia y humor
 

            La expresión que sirve de título a las presentes líneas, es obra de la genialidad del humorista venezolano Emilio Lovera. Su personaje, “el malandro asustadizo” -para mantener cierta reserva sobre la literalidad del adjetivo calificativo-, la sentenciaba de continuo, no sin cierta solemnidad, propia de su background cultural, haciendo estallar de risa a toda la extinta república. Pero algo siempre queda. Y, por eso mismo, tal vez la expresión en cuestión resulte apropiada para comprender de una buena vez las diferencias que se ocultan tras la presuposición de que los que han sido instruidos son personas cabalmente educadas. En realidad, se trata, por cierto, de una cuestión de “falta de ignorancia”, como no sin maestría enseña -desde aquella emblemática denuncia del niño del cuento de Andersen, arrojada contra el rey desnudo- la saludable y siempre irreverente ironía que porta en su seno el buen humor, expropiado -también- por la gansterilidad. Falta de ignorancia era, además, lo que reclamaba el buen Sócrates -“sólo sé que no sé”-, para no dejarse cautivar por la ficticia sensación de que los presuntos conocimientos instrumentales o metódicos -cuyo “no hay pele” trata de acallar la atormentada voz de su barruntar- tienen la última palabra.

            El buen humor, no el mediocre -dado que su propia condición es su condena-, es por antonomasia dialéctico y contrasta tanto con la risotada del necio como con la seriedad prepotente del burócrata o del funcionario tribunalicio, del solemne mediocre acartonado, del tirano usurpador, del delincuente transmutado en canserbero o en torturador, y hasta con el retorcido psiquiatra cínico. Los acomplejados y los resentidos carecen de humor y nada pueden saber de dialéctica. El buen humor es en sustancia dialéctico porque más que reproductivo es productivo, más que recreativo es creativo. Saca de su zona de confort al convencional para invitarlo a pensar. Es el Aschenbach -esa suerte de post-Feuerbach- de la Muerte en Venecia, de Thomas Mann. En El nombre de la rosa, Humberto Eco muestra en detalle la condición subversiva de la segunda parte de la Poética de Aristóteles, dedicada al humor como catársis, o medio para la liberación del alma. Preferible incinerarla en las llamas del infierno antes que permitir, con su burla envolvente, el develamiento de la insensible rigidez de un mundo autosometido a la servidumbre del dogma que caracteriza a la barbarie ritornata. El humor, como la dialéctica, provoca la cólera de quienes sostienen los hilos de la tiranía, porque es el azote de la conciencia resignada: “en la inteligencia y comprensión positva de lo que es abriga al mismo tiempo su negación, su muerte forzosa; porque enfoca todas las formas actuales en pleno movimiento, sin omitir lo que tiene de perecedero y sin dejarse intimidar por nada”.

            La dialéctica inmanente al humor descubre, con un guiño, la contracara del poder establecido. Muestra la fragilidad de los inquebrantables, la ira y el espanto de los rígidos, de los inflexibles, en el momento menos esperado. Y entonces, sus sospechas logran transformarse en evidencias palpables. Suele sorprender de rodillas al despiadado -cual Padrino frente a Fidel-, mostrando el rostro genuflexo de su aparente aceramiento. Son, en suma, diversos los modos de poner al descubierto la misma insustancialidad mediante la “falta de ignorancia”.

            A la luz de esta perspectiva, se comprende el porqué del empeño de la gansterilidad contra la autonomía de las universidades. El arma más poderosa de las sociedades libres y prósperas es la conquista y preservación de su condición autónoma. La ausencia de educación estética, es decir, autonómica, es garantía de sometimiento, de sumisión, de heteronomía. Todo despotismo que se respete tiene la necesidad de garantizar la sustitución de la educación autónoma por la mera instrucción técnica. Tiene que impedir a toda costa que se sea capaz de pensar en sentido enfático. Incluso en aquellas profesiones que en otros tiempos llegaron a mostrar lo mejor de sus virtudes, su cabal compromiso con el ethos, y hoy han sido objeto del extravío de su concepto. Lo que una vez fue espíritu se ha reducido a letra muerta.

            Un profesional promedio de estos tiempos, puede ser un extraordinario operario en su disciplina o un técnico muy eficiente. Ha sido debidamente instruido, ha aprendido la techné correspondiente. Además, ha acumulando experiencia. Pero eso no significa que el diligente y esforzado especialista haya sido educado. Él, por su parte, no se considera un ignorante. Supone no serlo. De hecho, ha estudiado, no es un advenedizo ni un empírico. Está en sintonía con la pragmática de su oficio y maneja sus parámetros.  Es natural que no le interese -y más bien le aburra- tener que vérselas con la literatura o la historia -“¡Dios, que fastidio!”-, o asistir a un drama o a una exposición de arte vanguardista -“¡disparate de garabatos!”-, y mucho menos tener que verse en la “obligación” de “calarse” un concierto de un Mahler -¡como para morirse del aburrimiento!-. Se inclina, más bien, por el reggaeton, “La bomba”, el 'Tik-tok', o por empaparse de las últimas patrañas de “La hojilla”. Trata de encontrar el mejor modo posible de relajarse, de “botar el golpe”. Este es el profesional promedio del target político-social de hoy. Es el post-proletario, el “fámulo” de Vico devenido “cliente”. El confortably numb del presente padece el síndrome de burnout, y ha tocado “techo”. Carece de humor y, por ello, de juicio. Sus criterios son convenciones que toma “prestadas” de los mass media, sin apenas notarlo. Está convencido de que son tan suyas como las propiedades medicinales del cannabis. No sabe de juicios sino de prejuicios. Es el individuo modelo, apropiado, para todo régimen gansteril. Por eso la autonomía espanta, porque enseña a juzgar, es decir, a pensar. Lo cual es un peligro para todo cartel, un “lujo” que no se puede permitir. De ahí que la exigencia socrática por la falta de ignorancia sea el revés de su sobreabundancia. ¡Y cómo hace falta reconocerla, para poder aprender! 

        

             

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

 

De la impiedad

  

“La piedad es el fundamento de todas las virtudes”

                                         (viejo proberbio romano).

 

La impiedad de la historia
La impiedad de la historia.

 

            Es probable que la impiedad sea el primer síntoma -apenas un quiste, aparentemente insignificante- de la inminente enfermedad espíritual de todo el complejo organismo viviente de una determinada sociedad. En la Grecia clásica, ella fue conocida bajo el nombre de asebeia, una expresión compuesta por una a (o alfa) privativa y por la palabra sebas, que significa sagrado. Así que lo que ha dejado de formar parte de lo sagrado, del sacramento mismo, es lo que ha devenido profanidad. De modo que los latinos llegaron a designar lo impius -lo impío- no como lo hiciera más tarde la cultura cristiana, esto es, como pérdida o extravío de la compasión, sino más bien como pérdida del fundamento mismo de las virtudes civiles. Profanar, aquí, no consiste en cortarle la cabeza a una virgen, o abrir la bóveda del Libertador para investigar las “verdaderas causas de su asesinato”, ni en sustituir el rostro de un muerto descompuesto por una copia fiel hecha en cera, o en someter a un pueblo al hambre, las pandemias, la mordaza y la migración forzada. Es mucho más que eso, porque atiende a las motivaciones de fondo -la descomposición del ethos en nombre del ethos- que dan acepción y significado a esos hechos puntuales.

            En el sentido clásico del término, la impiedad es, entonces, sinónimo de ausencia de cualidades civiles, de valor y justicia, de coraje y solidaridad. Impío es, en consecuencia, el cobarde, el traidor. Un ser merecedor de desprecio, o más simplemente, el despreciable por antonomasia. En la Eneida, Virgilio concibe a Eneas como el prototipo del héroe romano, muy diverso, por cierto, del prototipo heleno. En efecto, mientras que Homero eleva en Aquiles la fiereza o en Odiseo la argucia, Virgilio destaca en Eneas las cualidades de la valentía y la fortaleza de un hombre decidido y, al mismo tiempo, pío, honesto y compasivo, con una inquebrantable determinación por la justicia. Él representa el ideal de la piedad de la Roma republicana, el pius Aeneas. El impío, en cambio, repudia la civilidad -el Ethos-, considerada tanto por griegos como por romanos el mayor sacramento. Es un idiota, en su acepción original, es decir, un individuo que se ocupa exclusivamente de sus asuntos privados, mezquino e ignorante, incapaz de comprender la trascendental importancia de los asuntos públicos, incluso para el bienestar de sí mismo. Fue con el cristianismo, en su condición de cultura hegemónica, que la impiedad adquirió el significado de ateo, o de “todo aquel que carece de fe en Dios y se mantiene hostil a la religión”.

            Decía el Maestro Pagallo que solo la conciencia moderna -cuyos anhelos de universalización y desestimación de la historicidad son bien conocidos- había sido capaz de señalar a los contemporáneos de Sócrates -aquellos con quienes de continuo compartía el pan y el vino, se reunía y discutía acerca de temas y problemas inherentes a lo humano y lo divino- como los “pre-socráticos”. A partir de entonces, la diferenciación hermenéutica y conceptual se fue transformando, poco a poco y cada vez más, en distinción histórico-cronológica, con el agravante de que los Parménides o los Zenón de Elea terminaron siendo presentados, bajo el inefable auspicio de manuales, enciclopedias y breviarios de filosofía, así como de otras especies “epistemológicas”, para no hacer mención de las de menor realea internáutica, nada menos que como “los físicos”, antecesores del bueno y piadoso de Sócrates, a quien, por cierto, se le acusara injustamente de impiedad.

            Es verdad que, a lo largo de la espiral de la historia humana, siempre han habido impíos -malandros, a fin de cuentas- que logran proyectar sobre los justos sus propias iniquidades, unas veces para garantizar sus beneficios y mantenerse en el poder, otras para escalar posiciones que les permitan morigerar sus resentimientos y saciar sus ambiciones personales, y, la mayor de las veces, para poder acallar las voces de la denuncia en su contra, esas voces que muestran el verdadero rostro de los tiranos, los populistas, los demagogos y, por supuesto, de aquellos que, sin mérito alguno, logran introducirse en el ambiente político con el objetivo de corromperlo, hasta sustituirlo por una organización gansteril que les permita dar cumplimiento a sus deseos -nada políticos, sino más bien personales- de riqueza, privilegios y sexualidad, como apuntaba el bueno de Spinoza.

            Tampoco han faltado los pagliacci que, como Aristófanes del presente, van preparando el terreno propicio -la llamada “matriz de opinión”- para someter al escarnio público a un determinado hombre de bien. Y de pronto, casi inadvertidamente, el nombre de justicia es sustituido por el de venganza. Al final, Sócrates fue acusado de impiedad por Ánito, el hijo de un prominente ateniense a quien el filósofo había denunciado públicamente como un mediocre incapaz, que avergonzaba el buen nombre de su padre; por Meleto, cuya única virtud pública consistió en poseer “una gran nariz aquilina”; y por Licón, un perfecto advenedizo con ciertas dotes de orador de tribuna. Sobran los Ánitos, los Meletos y los Licones en estos tiempos de menesterosidad espiritual consumada. Hoy la más miserable, cínica, cobarde y anodina impiedad encapucha su rostro detrás del poder en nombre de la piedad. Para ellos, la voz “piedad” se invierte: traduce corrupción, violencia, hambre, insalubridad y ruina de las instituciones educativas, destrucción de los servicios públicos, asesinatos, prisión, represión y exilio. La impiedad del gansterato no solo ha secuestrado las instituciones, sino que, tras largos años de “ensayo y error” -a decir verdad, más de errores que de ensayos- ha destruido pieza a pieza al país más próspero y pujante de toda América Latina, hasta transmutarlo en un no-país. Solo que tarde o temprano las ficciones se desvanecen, a medida que la rueda del molino de la historia va cumpliendo, sin prisa pero sin pausa, su inexorable función.             

                

  

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv


           

Bar-Bar (la lepra de la civilización)

 

Barbarie de la civilización tecnológica


 

            Decía Walter Benjamin que “no existe documento de la civilización que no sea al mismo tiempo documento de la barbarie”. La impactante afirmación hecha por el filósofo alemán dejó de suscitar perplejidad para comenzar a cobrar conciencia histórica después de la Segunda Guerra mundial, especialmente después de Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki y Gulag, entre otras tantas muestras de barbárica crueldad por parte de la llamada civilización. Constancia objetiva de cómo la razón instrumental puede llegar fácilmente a convertirse en locura criminal, en la más viva y auténtica expresión de la barbarie. También el camino que conduce hacia el corazón de las tinieblas puede ser transitado invirtiendo los flechados de la historia.


            Las formas vaciadas de contenido, propias de la racionalidad instrumentalizada, ocultan tras su aparente neutralidad y sus presupuestos “universales” la misma violencia inmanente a la barbarie. De hecho, ella misma es barbarie reflexivamente sublimada y elevada a modo de vida, bajo cuyo dominio aún subsiste, clandestinamente, el ser de la civilidad. Del antiguo Bar-Bar de los griegos va quedando poco. Para ellos, un barbaroi designaba a todo aquel que no hablaba griego. Pero el hecho de no saber hablar griego no lo convertía en un extranjero (xénos). El bárbaro propiamente dicho designa a un cierto tipo de población extranjera carente de organizaciones representativas, regido por poderes autocráticos o por un mandato de linaje impuesto sobre los fámulos (de donde proviene el término “familia”). Se trata de pueblos en los que no existen leyes igualitarias ni libertad de expresión, es decir, de pueblos carentes de ciudadanía. Y así lo asumieron los romanos de la República, antes de la construcción del Imperio. De hecho, barbarus es un modo de nombrar a todo aquel que desconoce por completo el significado (el contenido) de las palabras justicia y libertad. Pero el movimiento espiral de la historia es indetenible y las relaciones sociales van dejando marcadas sus huellas con el paso del tiempo.

            Al penetrar otros territorios para “llevar la palabra” y ampliar las fronteras, el Imperio fue asimilando progresivamente las formas, los usos y costumbres, de los conquistados. Después de todo, el “llueve” o “no llueve” no funciona en la historia viva, a menos que sea impuesto como “ley” y que sustituya la realidad, que es, de hecho, una expresión “clara y distinta” de barbarie. Y fue entonces que se comenzó a dar por sentado el “nosotros” y el “ellos”, hegémone visible mediante el lenguaje, que ya desde entonces reflejaba la inversión especular del sí mismo en el otro. “Nosotros”, los racionales, los justos, los educados. “Ellos”, los irracionales, los crueles, los ignorantes. El veneno había surtido efecto, y ahora, la “palabra” comportaba un nuevo significado, hasta hacerse barbarie ritornata. El entendimiento abstracto iniciaba su dominio sobre el mundo, guiado por las manos manchadas de tinta de la escolástica, la madre putativa de la Ilustración.


            La fiereza y crueldad de la barbarie ya no es exclusividad de “los otros”. Quienes creen poder formar profesionales universitarios eliminando la investigación científica, la formación clásica y la autonomía, sustituyéndola por el “caletre de memoria”, la “didáctica” y la “metodología”, es decir, por un conocimiento sin conocimiento, un mero requisito formal para obtener un “título” de “tapa amarilla”, con el fin de incorporar a los futuros “profesionales” y “técnicos” a un mercado laboral ficticio o para engrosar aún más la miserable burocracia, ni sabe qué es educar, ni tiene idea de lo que es una universidad, ni le interesa. Después de todo, la barbarie ha terminado por convertirse en el sentido común del presente, el más común de todos los sentidos, la auténtica lepra de la llamada civilización contemporánea, la “barbarie leprosa”.


            La demediación -el partir o dividir en mitades, propio del entendimiento abstracto- es la objetivación de la conciencia desgraciada del mundo contemporáneo, la más palmaria expresión de la pobreza de Espíritu que gobierna sobre el ser social de la época. La hegeliana Gebrohene mitte. El “otro”, el enemigo de la civilización, el ente irracional y feróz, se ha internalizado: es el calvario que la actual civilización lleva por dentro. ¿Qué puede quedar entonces del viejo término de bar-bar en medio de este progreso regresivo, en el que las fuerzas productivas de la sociedad se han transmutado en fuerzas cada vez más destructivas? Pareciera que no sólo la barbarie se ha civilizado sino que la civilización se ha barbarizado. Es el respetado -temido- gánster vestido de regia seda en su mansión o en su camioneta blindada, y que de lunes a viernes atiende sus “negocios” desde el palacio presidencial, el tribunal supremo o el parlamento. Es el reconocimiento y la institucionalización del terrorismo de Estado.

            La barbarie ha devenido hija de la civilización, en tanto que ésta última ha devenido razón instrumental. La neutral enseñanza de cómo se enseña, sin que se sepa qué se está enseñando, la utilización de presuntos 'mapas' o metodologías de la realidad social y política, que luego la convierten en un dato sin importancia, a los efectos del procesamiento de datos y la simbolización binaria, ni son neutras ni, mucho menos, inocentes. El mejor modo de destruir una sociedad consiste en aniquilar el ente generador del saber autónomo. Las universidades tienen que ser desplazadas por instituciones en las cuales ni se ponga en duda lo existente ni se encuentren soluciones para los grandes problemas que aquejan a la sociedades. Ya no hay verdades por descubrir. Eso es un invento humanista. Cosa del pasado. La barbarie vive. La lepra de la civilización sigue.      


 

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv