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La técnica de las técnicas


 


La libertad de hablar se está perdiendo. Antes era evidente que las personas que mantenían una conversación se interesaban por su interlocutor, pero eso ha sido hoy sustituido por la pregunta por el precio de sus zapatos o de su paraguas. En toda conversación se va infiltrando el tema que plantea las condiciones de vida, el del dinero. (…) Es como si estuviéramos atrapados dentro de un teatro y tuviéramos que presenciar la obra que se representa en el escenario, lo queramos a no, convirtiéndola, una y otra vez, en objeto del pensamiento y la conversación. Walter Benjamin.

El castigo ha dejado poco a poco de ser teatro (Foucault), quizás porque el teatro comenzó, desde algún momento en más, a formar parte de la cotidianeidad. El acceso a las artes debe venir desde medios controlados, nunca más desde la espontaneidad, al menos no para los pueblos. Los pueblos tienen un vigor especial, alimentarlo, avivarlo, es traer las llamas del Olimpo. Lo que sobrepasó por completo al teatro griego como ornamentación educativa para las polis, fue la tortura europea del siglo XVII.

La evidente reacción de los actores en cada una de las piezas de este espectáculo de los reyes (Debord), precedió a gran parte de las teorías filosóficas continentales del siglo XX; los actores ejecutaban sus papeles con pasión porque formaban parte central de la obra; eran su llama, su calor, su razón, quienes estaban en la última escala para la creación del lenguaje; el verdugo sabía que sus manos y sus herramientas representaban el poder del rey, éste jamás podría quedar mal. Hipotéticamente es otro el que castiga, desde las sombras, pero no participa en el castigo dada su bondad intrínseca, hipotéticamente no sabemos quién castiga, vemos un acto y ejecutores a sueldo que siguen ordenes (Nuremberg); este es un agente que puede estar a un metro o a miles de kilómetros de distancia del ajusticiado, omnipresente, solamente necesitaba enviar una información clara, precisa, tenaz, para sentirse impotente al respecto, o el mayor de los castigadores. El supliciado era la encarnación del cuerpo del Cristo, uno con su sufrimiento, quién murió y seguirá muriendo por todos nuestros pecados en una liturgia sonora-visual para comprender las consecuencias de ser masa. Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.

El público forma parte de un juicio, es jurado, una propaganda nacida por ellos mismos, para ellos mismos, desde sus pobres techos, sus humildes moradas; reaccionan al evento avivándolo o en contados casos, pidiendo compasión, siempre reaccionando. Ni la democracia fue tan políticamente participativa como una obra de teatro. Hay muchos casos documentados en que los verdugos debieron huir de sus propios puestos de trabajo ante la ira del pueblo por piedad.

Es entonces el teatro una forma de conocimiento de la opinión pública (un voto), una elección sin registros estadísticos, que opina del poder de sus políticos y de sus violadores, un juicio estético reservado más para el mal que para el bien. La política de los infiernos, corazonadas, ritmos, pautas manipuladas, aunque sin un resultado predecible; lo único predecible es que se obtendrá algo. Es el único medio en donde la humanidad se enfrenta a sí misma (Miller). La esencia literal de los infiernos de Sartre.

Es la imagen que causa el teatro una opinión de cada tiempo, una manifestación culta. Si el teatro es paupérrimo, hablamos de una sociedad paupérrima; cada cosa que se insinúa, se dice, se hace, habla sobre emperadores e imperios. El cine, por ejemplo, habla de muchas cosas, entre ellas de dinero, de espacios de tiempos, de limbos; el teatro es presente puro, el mas natural de los actos como regalo, aunque regalo siempre para troya. Un engaño para una guerra, para un descanso, para una fiesta, para una masacre, mas no todo esto es literal y puede que sí. Masacrar a un pueblo es disminuir su capacidad de sentir, hacer guerra con un pueblo es coartar y tomar su cultura, extasiarlo para que se sienta angustiado, devastado, exhausto.  

El teatro no nació como accidente, aunque sea uno, como una cosa que nunca sabremos si realidad fue o si volverá a ser. Pero, ¿qué es en realidad? Quizás nunca podamos identificarlo con alguna civilización, aunque la creencia esté. El teatro es tentador, tentación, tentativo, tensión. Un universal que puede darse binariamente. El creador de los proyectos binarios tuvo que haber conocido el teatro, así como la guerra, así como la política, así como el ritual. Recibe el reconocimiento a través y sólo a través de su iniciativa. Es la intención más acertada de las simulaciones, pues miente con la verdad.

Por tanto, el poder es mentiroso, de ahí el posmodernismo. La máxima que acusa es esta: las verdades establecidas, los hechos, las causas exactas, las moralidades. El arte de mentir debe separarse del castigo a plena luz del día, el castigo verdadero debe ser en las sombras; el falso castigo, así como las falsas caricias, a plena luz del día. La mentira, como arte, como verdad tiene esa corriente: el actor tiene la responsabilidad de ser el rey de su papel el tiempo que sea necesario; tan excelentemente como para que nadie se le iguale, y tan cruelmente para que nadie se le acerque.

Conócete a ti mismo y conocerás al mundo. El teatro se atreve a gritar esto en la cara de un público. Es una caracterización de valientes, de memorizadores coloniales de algún tipo de psicología, perseguidos día y noche por su imposible pizarra rasa. El actor, en general, si no tiene público, tiene lentes. El actor en particular tiene tablas, respiros, murmullos, susurros, silencios, respetos, aplausos. Es su propia vida un accidente, la vida de un actor no se rige por la verdad sino por el mito, por una confusión profesional de quién es verdaderamente. La más santificada ambigüedad en algún tipo de persona; después el loco, después el villano, después el comediante, mas ninguna tan necesaria, tan anhelada, tan maestra.

Con todo esto no quiero graficar que el teatro no es necesario. ¿Pero quien sabe lo que se puede hacer con una bomba? ¿Un rey? ¿Un poder? ¿Un pueblo? ¿Un actor? ¿Un espectador? ¿Un ejército? ¿Un coro? ¿Un director? ¿Quién vendrá a salvarnos con otra obra artística que sobrepase, que trascienda nuestra alienación? Invirtamos los términos. ¿Vendrá algún Vietnam? ¿Es el teatro la más evolucionada de las técnicas humanas? La llegada de un mesías, nuestra historia, nuestra vida, nuestra especie. El presente, para ser tiempo, debe viajar al pasado (San Agustín). Mil demonios acechan la frontera de las nobles verdades, mis manos quizás actúen la posición de sus dedos, de todas formas, jamás lo sabremos. El espíritu realmente libre es capaz de bailar, en la incertidumbre, hasta el borde de los abismos. 

"El tiempo corre. Gracias a él, primero vivimos, lo cual quiere decir que ya hemos sido acusados y juzgados por la gente. Luego morimos y permanecemos aún unos años entre los que nos han conocido, pero muy pronto se produce otro cambio: los muertos pasan a ser muertos viejos, de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen en la nada; tan sólo unos cuantos, muy, muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un solo recuerdo real, pasan a ser marionetas". Milan Kundera

El efecto de levantarse por la mañana

 


Por la mañana, al despertar, un hombre no pudo identificar su yo del mundo exterior. La persona que despierta es el resultante de sus propios sueños, de su propio cuerpo, de su estadio emocional, de su contingencia.


Traspasa inevitables posturas y contradicciones para ser aquel hombre que abre los ojos. El individuo que despierta, piensa que su ser llega más lejos de lo que en realidad puede, porque su alma, que es trascendente, detona como cuerpo, dentro de una cultura, de una familia, rodeado de pulsiones, como si se tratase de una gigantesca explosión impotente. No existe una convicción más cartesiana que el yo por la mañana, cuando la realidad llega a chocar desde algunos frentes con la condena desdichada de ser uno mismo, saliendo, volviendo a nacer, reescribiéndose, recordando, olvidando. Quizás esta sea la prueba más certera de que el Yo es una ilusión, el cual puede crecer hasta donde el individuo se permita, donde pueda, disminuirse, expandirse, pero siempre como individuo, diminuto, subatómico. Hay un estrato en esta infinitud donde se tiene un límite, donde no podemos llegar, desde donde no se puede partir, eso, suponemos, es lo real. Aunque no podamos demarcarle. Es una conexión con lo salvaje, algo que puede que sea nuestro yo; no se puede afirmar lo contrario; pero que no funciona bajo ningún control conocido, ya que, aunque se quiera, no se le puede observar.


Pero no es solamente el control lo que se difumina, sino también el producto sensorial de la lejanía. Se ha pensado que involucrar estos parámetros en cualquier debate sería absurdo, pero, ¿Por qué no hacerlo? ¿Desde donde debemos asirnos para enfrentar la verdadera realidad del yo? ¿Hasta dónde debiera llegar nuestro lenguaje? Expandir la simbolización es, necesariamente, expandir un control y una sensación. No hemos podido salir del estructuralismo, así como necesitamos el posestructuralismo para captar estos espacios. Lo total es la materia de la filosofía.


El choque del yo que se despierta es un choque que tuvo que haber tenido un comienzo. Freud lo define al hablar del placer del Bebé al tocarse, esto es, cuando quiera, placer inmediato, ante la impotencia de no tener el pecho materno a su antojo. ¿En qué punto notó el individuo que había algo como parte de su propio ser, y algo totalmente ajeno a todas sus sospechas? La agresión. ¿Cuándo comenzó a notar que podía manipular esta realidad con instrumentos viles y con verdadera disciplina? Estas respuestas unen a la lactancia con la adolescencia como al nacimiento con la muerte, sólo por ser específicos.


La persona que creemos conocer está mutilada, no recuerda todos sus anhelos, es más, ni siquiera los puede nombrar, aunque está carencia de palabras sean los miembros que le queden. Ésto atenta directamente con más de algún supuesto. Como por ejemplo, que seremos mejores día a día como especie. Quizás la ética, la religión, y hasta la moral importen más de lo que imaginemos, aunque no por los motivos que pensemos, sino por los motivos que creamos. Ética por motivos egoístas, religión por motivos egoístas, moral por motivos egoístas. Estamos organizados de tal modo que podemos gozar con intensidad sólo el contraste y no el estado.


Según los preceptos del Nirodha (budismo), el ideal del sujeto seria hacer que sus pulsiones no dependan de la aprobación de algún otro. La libertad se alcanza no satisfaciendo los deseos, sino eliminándolos (Epicteto). Se ha hablado de Sublimación, de Estoicismo, de Decadencia, pero estas no parecieron nunca ser soluciones universales, sino relatos basados. No podemos asegurar que los individuos no nazcan con constituciones pulsionales particularmente desfavorables, ni que hayan pasado de manera regular por las transformaciones y reordenamientos de sus componentes libidinales. No podemos obligar a los tipos a un proceso disciplinario (aunque se haga), por muy ético que parezca, coartando la libertad de los individuos en desmedro de un potencial que ignoramos, no podemos hacer el camino de la Stoa porque no hay puerta; es ella la que se vive desde cualquier punto como principio máximo de la incertidumbre.


Todo el sufrimiento del humano moderno viene desde tres aspectos principales: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres y la familia, el estado y la sociedad. La cultura es entonces, una forma de sufrimiento (Rousseau), asegura las culpas desde la niñez, protegiéndonos de lo que nos “daña”, siendo lo “dañino” ella misma. La libertad individual no es patrimonio de ninguna cultura, fue antes de toda ella. Es por esto que una unión entre dos seres puede ser más fuerte que el individuo, un vínculo es el mayor de los engaños, pero es lo único que nos hace hombres y mujeres. La sociedad culta se encuentra frente a una permanente amenaza de disolución, es este temor lo que la condena a medir constantemente sus fuerzas, pensando bien de ella, tal y como el viejo Mefistófeles nunca quiso pensar. Pensando mal, es control por interés propio, que nació de la intimidad de la familia primitiva, desde el amor y la violencia, desde la agresión y las pulsiones libidinales. La máquina tiene este conocimiento, lo que le da su poder, sabe que entrar en nuestra intimidad es vital, sabe del sadismo de la sociedad, y de los adultos hacia ella, y del masoquismo y de los adultos ante ella. Para volver a amar al Estado hay que agredirlo. No hay problema con ello, la culpa existió antes que la moral. La culpa estará de todos modos. 


Ese individuo que se levanta por las mañanas es un agresor, porque todo alrededor solamente es parte de su yo; pero mientras apaga la alarma, y lucha por levantarse, es llevado por el sistema público a aquello que siempre se le negará.

Líneas de tendencia de la economía futura


 


El servicio se puede cargar, como transacción económica, solamente una vez de forma impositiva, dada su esencia, mientras que al producto se le sigue a través de todas o, como mínimo, en una cantidad legalmente aceptable de traspasos que puedan controlarse sobre él. Esta definición parece ser plausible a simple vista, porque existe una cantidad innumerable de servicios que pueden seguir haciéndose gozando de su intangibilidad, pero solamente en mutuo acuerdo, fuera del registro, siendo su rastreabilidad un proceso dificilísimo si la relación entre proveedor y consumidor se manifiesta libremente, tendiente a uno.


El producto, mientras tanto, es rastreable. Se puede fiscalizar su posesión, su venta ilegal, se puede moralizar y vandalizar en la opinión pública, se le puede geolocalizar y geomoralizar (Simmel).


Lo interesante de estos términos es que una relación de dos individuos libres, pasaría a ser una relación pecaminosa, una especie de orgía de mercado, una fiesta banal al servicio solamente de quienes tienen los medios para organizarla, planificarla, publicitarla y catalogarla.  El producto es Dionisiaco que llega a fertilizar consecuentemente los mecanismos que regulan el mercado, crea hijos; el producto es un extranjero en la relación dual comerciante-cliente, ya que nunca tiene solamente una esencia, por el contrario, es la diferencia de esencias lo que se intercambia; es un actor que exacerba los sentimientos con respecto al intercambio; "sin preocupación" debe ser la especificación del producto para el correcto arrojamiento al abismo del consumo. Dionisio, fase nocturna del sol, es afectado por las fuerzas oscuras, es un deseo que se satisface en el acto, pero no un segundo después, dado su carácter material, es ya la promesa lo que satisface para dejar la nada; involucra cierto caos que debe ser controlado por la máquina; el mismo caos que se detectó, históricamente, en el producto como resultado de las épocas de la martirización del cuerpo. El cuerpo de Cristo es un producto y no un servicio, en principio. Lutero lo ejemplificó perfectamente siglos después como algo inmaterial. El producto debe ser seguido igual que su medio de Intercambio, el cual es el punto medio más excelente entre producto y servicio que se ha inventado hasta ahora, su perfecto sincretismo: El Dinero.


El dinero es una evolución de Apolo a Dionisio y viceversa, es el más puro estudio de los ciclos. El dinero se ha perfeccionado quizás desde la época de los templarios sin detenciones, al santo servicio. Sin dejar de ser un producto por su condición absolutamente rastreable, es un servicio por su naturaleza irreconocible. Es bipartito. Digno de admiración para quién lo tenga, o de condena, eso no depende. Su arqueología existe desde lugares que podrían desaparecer, con ello hay que tener mucho cuidado, su reajuste no es casual. Es evidentemente necesaria una filosofía de la razón instrumental que pueda pensar en el futuro, las antiguas pistas de lo que jamás podremos confirmar con respecto al lado servicial de la economía pertenecen al lado oscuro. La filosofía instrumental, si le hay, permanece sólo como instrumento, jamás como amor. Si nuestro dios es el dinero deberíamos de ser necesariamente una civilización dualista.


Las triadas de Georg Simmel explican mucho mejor el concepto dionisiaco del dinero. El dinero es un foráneo en la relación simbólica, la cual es evidentemente diádica, pero desigual. La distancia entre las relaciones crea un valor subjetivo que incluye innumerables factores, pero que representan una interacción permanente entre lo extraño y lo extranjero. El individuo no quiere demasiado cerca al otro, empero, es este mismo individuo, al cual no tiene cerca, el que le brinda un producto o servicio,  y que se transforma en objeto; un objeto extraño, porque no se le reconoce, extranjero, porque jamás formará parte de uno mismo. Cualquier objeto extraño representa un dolor.


El dolor es tiempo. El dolor es trabajo, es dinero. Precisamente esta característica sensible presenta la dualidad entre dos dioses. Un encuentro particular, como entre Alejandro Magno y Diógenes de Sinope. Un regalo o una limosna. Pero, ¿Quién la da?


Pretendernos como iguales realza la desigualdad. El dinero es un facilitador de intercambios lineal, un acuerdo irresoluble, eternamente permanente. El dinero iguala al núcleo de nuestros átomos con el ritmo circadiano, con los ritmos de la falta, con cadencias a un vacío de entendimiento abismal; es un puente que desciende, un puente que cae, un puente que muere. El dinero es retroceso.


Antonio Gramsci predijo que la batalla futura sería cultural, porque es desde ahí donde pierde valor el intercambio impuesto para su propias caida, sin caída no hay progreso económico. La caída cultural y transaccional gana valor en el acercamiento a la persona, a su ser, desde su necesidad, desde su carencia, desde su tiempo, desde su dolor, desde su lucha, pero en la utilidad. Nadie ha dicho que la contracultura no es cultura, y debe volver. 

Lo irónico es que en la cultura no debería primar el valor del dinero, dado que la cultura es un bien en sí misma. No puede ser de otro modo, no hay otro camino. Pero la falsedad pervive, porque conoce nuestra cultura y quiere dividendos.


El acercamiento a la verdad es un acercamiento desastroso, en harapos, con miedo, con miedos; es un acercamiento en éxtasis, ya sea por la agonía o por la pasión. No hay un acercamiento sincero desde el utilitarismo monetario. Es ahí el problema de lo dual del dinero; el problema de la síntesis del producto y del servicio. Se debe abolir está síntesis.  Mas, no puede existir un otro sin un reflejo. 

En este intercambio que hay entre nosotros y el espejo, no existirían intermediarios externos que banalicen esta relación. Pero como diría Nietzsche, el superhombre debería ser como un danzante que se contornea al borde de los abismos, sin importarle caer en sus movimientos por los paraísos de la incertidumbre. 

El servicio pronto será regulado, como las plataformas de música, películas, redes sociales; amistad, entretenimiento. ¿Llegaremos a necesitar comer como un servicio? ¿Respirar como un servicio? Es decir, ¿que nos recuerden que deseamos comer? Ya no habrán productos sanos, sin polución. Lo mejor del servicio tomará lo pésimo del producto, mientras que lo mejor del producto tomará lo abominable del servicio.


Tal y como Freud dijo, el individuo y la masa tienen los complejos de la cultura y la devastación, la pulsión del Eros y del Tanatos; el individuo es atacado por la cultura (Gramsci) y al mismo tiempo por la orgia. La Alemania más culta fue llevada por su propia excelencia a la ignominia de la guerra, del racismo. Esto es porque el estado tomó el control, moralizó las normas, las economizó, con esto aumentó la libertad de la sociedad, pero no la del individuo (Jung)... El ser humano que responda al ideal colectivo ha hecho de su corazón un nido de asesinos. Ojo con ello, vivimos en la era de las máscaras, esto es, en la era de las personas. El funcionario no se ha marchado. La sociedad, al igual que el individuo, debería ser capaz de controlar su inconsciente impulsivo. ¿Utopía?


Ambos polos luchan por ser más excelentes en el individuo y en las masas, permaneciendo una guerra tetrarquica eterna e inevitable. El individuo, como nuevo Adán, como nueva Eva, no deben conocerlo todo, son las instituciones financieras las que rigen este conocimiento, y quienes imponen los frutos permitidos, pero también los prohibidos.


Las palabras cambian la realidad, esto no es “positivismo metafísico”, es el constructo que nos dejó la filosofía psicoanalítica cuanto menos. Si no se entiende que las palabras, el arte, las historias, son una herramienta, se pierde el potencial que se nos legó, por primera vez, cuando conocimos a nuestro dios, ese dios pagano, ese dios satánico, ese objeto idolátrico de valor subjetivo, que nos quitó el paraíso por haber descubierto otro paraíso, ya no estacional, sino en permanente cambio. El camino que nunca nos sacia fue la opción, siempre buena, de un ser que al parecer no puede morir.

Vendedor de filosofías

 



Los posibles del control hacen nacer muchas teorías conspiranoicas, pero no deben ser rechazados si éstos ayudan a entender el modo en el que está sujeto el mundo. ¿Sabes que podría estar leyéndose lo que ves? La cámara frontal de tú celular está viendo lo que ves. Hacia dónde apuntan tus ojos en cada momento, cómo reaccionan en cada segundo; el dispositivo es una herramienta para que alguien conozca tus emociones, y ese alguien está muy informado. 

Supongamos que la santificación de las corporaciones y de sus migajas, como base fundamental de la defensa al capitalismo, hace funcionar este mundo, por lo que el control de las corporaciones no sería tan malo. Y qué duda cabe, ellas hacen funcionar al mundo. Pero, ¿es este el mundo que queremos? Sólo basta pensar en toda la impunidad que nace y sigue naciendo de esta concepción, este precepto es suficiente como para germinar todas las dudas que queramos de lo correcto de esta forma de gobernar. 

El Capitalismo es la mano invisible de las corporaciones, mientras el Comunismo es la mano invisible de los gobiernos (ambos socialismos). Separando lo inseparable.

Vivimos en un reino de lenguajes. La misión de la máquina es hacer que los significados se parezcan cada vez más, para que los significantes sean simples, económicos, concisos y precisos; como una orden. El mundo consumidor debería ser como un gran soldado que acata ordenes, sujeto a rigurosos exámenes psicológicos y éticos, físicos y espirituales, pero con fines más oscuros de los que se cree. La misión es entonces engañar, reducir el lenguaje, maximizar los deseos, separar a las personas en la mayor cantidad de segmentos como sea posible. Simplificar no es sinónimo de apocar el material. La cantidad de erudición que se necesita para esto es de una magnitud nunca antes vista. Los recursos están, solamente hay que ver las capacidades de las supercomputadoras para notar que todo este control, y el control sobre el control, es completamente plausible.

Las corporaciones, en vinculo con los sistemas, con los gobiernos, con los estados, con las plataformas, terminan siendo verdaderos sujetos de demonización en contra de los semejantes, de los ciudadanos. Esta demonización tiene como objeto controlar, pero, y aún más importante, separar. El artesanado, que creíase perdido, que tiene como una de sus definiciones que todas sus creaciones deberían ser distintas, terminará por afirmar que lo distinto siempre debe existir, aunque en serie. Lo distinto debe cambiar constantemente, porque lo único posible es el cambio. Es entonces cuando surge el accidente, en la repetición, la que es una de las piedras angulares para encontrar lo real, con su tiempo y su movimiento bursátil en todas sus leyes físicas. El accidente, que es lo que hace nacer al "artesano moderno", hace nacer también, las ideas, por ello, las manos terminaran “perdiéndose” al cambiar la maniobra desde etimológicamente, cómo teleológicamente. Las corporaciones tomaran este rol artesanal porque están pendientes de todos los detalles, como un maestro minimalista que perfecciona lo simple hasta llegar a la máxima complejidad de su arte.   

Reducir el lenguaje es crear repetición, crear repetición es crear diferencia, encontrar las diferencias es ver los accidentes y corregirlos, para que la repetición continúe. Como si Dios mismo, al reducir su lenguaje, creara este mundo. 

Por ello la importancia de la mutación del lenguaje, de la mutación del arte, para los individuos libres; y el control de estas mutaciones para la máquina. ¿Qué alteraciones tiene el cerebro, las personalidades, el cuerpo, ante las contingencias?

 El existencialismo solamente vino a apoyar a los poderosos.

No es necesario que el mundo sea dominado. Que la dominación crezca en ínfimas cuotas es un avance exponencial para los sedientos, para los deseosos, para los propietarios. Las mejores mentes están a su servicio, pero también, las más controladas. Genios innatos y controlados. La unión del bien y del mal. 

Es pues, la libertad, la felicidad, fuera del control y no dentro de él, el arma con la que lucharán los intelectuales que siguen creyendo en los derechos de la lucha, del antagonismo. El que no es un antagonismo azaroso, sino perfectamente dicho, establecido, visionado. La concepción de lucha desde la explosión cámbrica, no se ha abandonado. La lucha es la esencia de dos esencias particulares e irrepetibles como enemigo y en batalla.

Es hoy la correcta utopía asumir que uno no es controlado ni dominado. El lenguaje debe mutar en este sentido para decir cada cosa por su nombre, expandir los significantes para notar los significados. Decir nuestras debilidades, ver nuestras sombras, como diría Carl Jung, significará crecer. No nos quedemos en la infancia. Hay que crecer como profesionales.

La censura, es una especie de represión cuando trata de abolir lo que consideramos verdadero, la censura, es lo opuesto a lo que intentaron los griegos con el teatro. La censura es moral y santa para los que escriben dentro de sus gremios, y los que, de gremio en gremio, forman sinergias totalitarias. Todo esta relacionado al mal, el mal es totalizante. Ahora es el bien el que debe surgir como un hongo y existir como micelio.

Es el individuo, al crear su propia ética, el que debe ser investigado. Sus prótesis están. Cámaras, micrófonos, sensores de movimiento, ubicación. El mayor peligro del mundo y su revolución sana para el no control, es el hombre de familia (Arendt), el que ya está condicionado, medido y necesitado. Es un primitivo en las manos de "la naturaleza", porque las empresas han tomado los preceptos de "El arte de la guerra", de "El Príncipe", del taoísmo, del Chamanismo, para corregir con fuerzas naturales sus propios vicios para sus vicios. Nos los imponen como moda para estudiar a su antagónico.

¿Es la introspección la única salida? ¿Ir hacia donde nadie pueda seguirnos? ¿Hasta qué punto la filosofía se vuelve un producto más, y el filósofo, otro vendedor, fabricante, empresario, tratando de sobrevivir para su voluntad? ¿Es su naturaleza lo natural? 

Los aparatos frente a nuestras caras tienen mil recursos, que no usan a favor nuestro. 

Esperemos que el amor resuelva todas estas dudas. ¡Ya estamos topados de sabiduría!



Spinoza y el Ethos



José Rafael Herrera

@jrherreraucv

..es tan imposible que el vulgo se libere

de la superstición como del miedo

                                              B. Spinoza

“Spinoza es tan fundamental para la filosofía 

moderna que bien puede decirse que quien no

sea spinocista no tiene filofofía alguna”.

                                              G.W.F. Hegel

“El ser que influyó más decisivamente en mí

y que estaba destinado a afectar toda mi manera

de pensar, fue Spinoza”.

                                              W. Goethe


El árbol del conocimiento del bien y del mal, detalle del panel derecho de El jardín de las delicias, c.1500
El árbol del conocimiento del bien y del mal, detalle del panel derecho de El jardín de las delicias, c.1500



Desde la Antigüedad clásica, la filosofía concentró sus esfuerzos en el establecimiento de una firme e inescindible unidad de la verdad, la belleza y el bien. “Dices bella, buena y verdaderamente”, afirma Sócrates de modo continuo en los Diálogos platónicos, para referirse, no sin énfasis, al hecho de que lo verdadero coincide con lo bello y lo bueno, al punto de que alcanzar el saber no es posible sino como resultado de una conquista estética y ética. Ser bueno implica el hecho de haber conquistado lo bello y, a la vez, lo verdadero. Y de igual modo -más allá de la moda, el maquillaje, las prótesis o las refacciones- existe una belleza mucho más delicada y envolvente, más cercana a Eros y Afrodita, una belleza que no caduca -más misteriosa y atrayente que la que vende en el mercado la industria cultural-, que consiste en dar cumplimiento al oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo”, porque a medida que más se profundiza en el saber más se acrecienta su atractivo y crece el bien.

No hay mejor confirmación de la 'unidad-distinción' de estos tres elementos orgánicos que el hecho de que mientras mayor sea la ignorancia mayor será tanto la agresividad como la pérdida del sentido estético de las más diversas formaciones sociales. ¿No es, bajo las actuales circunstancias históricas, más fea, más vulgar, de “mal gusto” y mal hablar, esa gruesa parte de la población que, sometida al poderoso influjo de las redes sociales, es arrastrada a las “bajas pasiones”, al odio y al resentimiento social? ¿Existirá alguna relación entre la mal llamada “música de moda”, los lamentables programas de televisión que se transmiten a diario, las redes de información infectadas de mediocridad y superficialidad, el mal uso del lenguaje y los ya habituales crímenes de la semana? ¿Alguien podrá negar, en el caso específico de la Venezuela empobrecida, triste y rota, las vinculaciones existentes entre la cada vez más preocupante ignorancia de la población más joven -los “hijos de la revolución”-, la repugnante representación de “belleza” implantada por el régimen gansteril y la criminalidad campante, o entre los anti-valores impuestos y la acelerada violencia cotidiana? 

En idioma italiano la fealdad lleva el sugerente nombre de “bruttezza” y su acepción incluye, además, lo que ha sido mal hecho, lo fatto male. Tan brutta es la prostitución del cuerpo social como la de su espíritu. Decía Spinoza que “el orden y la conexión de las cosas es idéntico con el orden y la conexión de las ideas”. Pero, y dada la circularidad de la expresión, también se podría argumentar exactamente lo opuesto, cabe decir, la inversión especular de dicha expresión, sobre todo en el ambiente propio de una sociedad que ha sido deliberadamente sometida a un proceso de descomposición: “el desorden y la desconexión de las ideas es idéntico con el desorden y la desconexión de las cosas”. 

Cuando las “ideas” no son ni “claras” ni “distintas”, cuando carecen de “orden y conexión” o, más pura y simplemente, cuando ya no hay ideas adecuadas a las cosas, la realidad se transforma en un auténtico embrollo, en una desgracia que afecta a todo el organismo social y lo conduce a la autodestrucción. De hecho, en estos días que transcurren, no muy distantes están del lenocinio las finanzas y el poder (las “riquezas” y los “honores” a los que se refiere Spinoza en sus Tratados), percibido como algo “natural” y, por ello mismo, como cosa “buena” y hasta envidiable. ¿Qué otra cosa es la corrupción sino la prostitución devenida norma de vida? 

No obstante, históricamente, el “punto de quiebre” de la estrecha conexión de la verdad, la belleza y la bondad, se produjo después del imperio del ricorso de la teología filosofante -con sus “verdades de razón” y sus “verdades de fe”-, de las que deriva la “moral provisional” cartesiana. El conocimiento, según Descartes, es un instrumento -un método- que da cuenta de la certeza del mundo, de la intelección de la existencia material. Su propósito consiste -según el autor del Discurso del Método- en trazar las leyes de interpretación de los fenómenos. La creencia, la fe, la moralidad, en cambio, nada tienen que ver con el ámbito cognoscitivo. Son “cuestiones del corazón”, no de “la razón”. El cartesianismo, de hecho, impuso a la cultura moderna el camino de la “metódica” separación de conocer y creer, de certeza y moralidad. Y en ello, a pesar de las más diversas perspectivas teoréticas, lo siguieron casi todas las cabezas pensantes de su tiempo y muchas otras después, hasta convertirse en la ley que rige el modo de ser y de pensar actuales. Con la excepción de tres agudos pensadores universales, tres auténticos herederos de la cultura clásica antigua: Spinoza, Vico y Hegel.

En el caso de Spinoza, autor del Tratado de la reforma del entendimiento, su propósito consistió en demostrar que sólo se puede conquistar el bien enmendando el modo como los hombres asumen el conocimiento, lo cual sólo es posible superando el modelo propio de la racionalidad instrumental, la cual presupone que la verdad es cosa diversa del bien y que en nada se relaciona con lo bello. Conocer no es una premisa sino un resultado. Y ese resultado culmina en el re-conocimiento, esto es, en una relación que supera las formas abstractas del conocimiento y las comprende -las conserva- en ella, conquistando así el “verdadero bien”.

Son los prejuicios la causa de los grandes conflictos personales, sociales y políticos. Una sociedad sustentada en la instrumentalización del conocimiento es una sociedad mecanicista, desafecta, atiborrada por la confrontación entre los prejuicios que su propia ignorancia genera. Una sociedad en y para la barbarie. Sobre la base de suposiciones, el mecanicismo propio de la razón instrumental acostumbra preguntar cómo se hace, pero no por qué se hace. Suele separar la forma del contenido y, más aún, confundir la forma con el contenido. No basta con la masificación de los centros educativos y su progresiva transformación en fábricas generadoras de instrumentistas, mal llamados “especialistas”. Un ingeniero, un matemático, un odontólogo, un administrador, un computista o un abogado que no han sido integralmente formados, que cuentan con una visión parcial, carente de plena formación cultural, de “Bildung”, termina siendo -probablemente- buenos técnicos en ingeniería, matemática, odontología, administración, computación o derecho. Pero seguirán siendo individuos con carencia de civilidad, que solo en apariencia pueden ser considerados ciudadanos. La gente de bien resulta del cultivo de la educación estética.

El entendimiento tiene que enmendarse a sí mismo. Debe superar su condición formalista e instrumental por la comprensión y el re-conocimiento. Una tarea pendiente para una sociedad desgarrada, inmersa en las miserias del prejuicio y la ausencia de sentido ético y estético. No por caso, la metafísica de Spinoza lleva por título Ethica. Quizá por eso la sociedad que -hasta el sol de hoy- le rinde culto al entendimiento abstracto lo excomulgara y acusara de “ateo”, lo proscribiera y prohibiera sus obras. Pero por esa misma razón, desde la distancia y frente a la crisis actual, Spinoza sigue manteniendo plena vigencia. 


Lo calculado del arte

 




Como desarrollo dialectico, en el arte, las cosas se someten al sujeto y a la sustancia. El sujeto al principio es uno (artista), una especie de dios que siente, que cree, que desea, que se involucra con su obra, que se conecta con su esencia para formar lo que él quiere que sea sustancia; mas, empíricamente, jamás se sabrá si se crea una sustancia realmente, o cuál es la sustancia que permanece de la obra, cuál muere, cuál jamás existió. 


¿Parte la obra desde otra sustancia? ¿O quizás sea la conexión de una esencia con una sustancia? Solamente en el caso de Dios, y por definición, se puede hablar de una conexión de sustancia con sustancia, es decir, hablar de conexión sería una pérdida de tiempo. ¿En qué medida analizar esto no es una pérdida de tiempo en el humano? En la medida en que nos separa de lo divino. 


¿Tan separado está el artista de la naturaleza, de la belleza, de lo sublime? Si su obra no llena ese vacío, esa necesidad no de ser dios (ni Satán), sino de encontrar lo sublime, la vida del artista es vana; una vida sin sustancia, creo, es una historia muy triste en la dialéctica creador-espectador. Luego, es el arte una forma de conexión no ya del que crea solamente, sino que interconecta a los posibles admiradores de las obras con dos posibles; todos los demás seres, subjetivos también, que tratan de entender cómo se manifestó dicha conexión, o desde dónde y en qué medida se está desconectado de estas realidades que parecieran llegar a la subjetividad, parecen advertir que es algo que siempre estuvo ahí. El arte, como la ciencia, solamente pueden existir a través de lo que tenemos en común, aunque, a diferencia de la ciencia, el arte usa un lenguaje que trasciende lo que se puede simbolizar, o que se explica mejor a través del no lenguaje. Suponemos que el arte tiende a lo eterno, y así pareciera serlo, pero sólo depende de lo eterno en cuanto al presente (Benjamin), pensar todo lo demás no tiene sentido.


Pero, ¿Qué es lo que intenta comunicarse, la sustancia o el sujeto? Atendiendo a que nosotros mismos, inmiscuidos en el lenguaje, no venimos a ser más que objetos, lo artístico nos salva; otra de las importancias del arte, es que cartografía el mar del sujeto y no el del objeto; analizar el arte es analizar los motivos del porqué seguimos siendo individuos libres, subjetivos, de valor, y no meramente objetos destinados a ser aparatos con voz, pero sin voz, con voto, pero sin voto. El arte es, por tanto, la santificación más correcta de lo pagano.


Descubre tu valor y escóndelo. Un tesoro merece eso, esconderse, y brillar de vez en cuando en los momentos en que la tierra seca necesite lluvia. Nadie quiere subjetividad por siempre, aunque ella sea la esencia del valor humano.


Si bien Hegel mantuvo su apego por el romanticismo al hablar de espíritu absoluto, su racionalismo no quedo atrás. Su famosa frase: “No importa que tan excelentemente pintados estén el Cristo o la Virgen, o que tan exquisitamente hayan sido esculpidos los dioses griegos. ¡Ya no nos arrodillaremos más!”, representa su radicalización y las razones por las que pensadores como Marx le comenzaran a seguir. Pero detrás de esta irreverencia, la cita invita a una introspección, al reconocimiento de que el espíritu absoluto no simplemente esta ahí afuera; dentro de nosotros hay una sustancia, que desconocemos, pero que permanece. Esto pareciera ser una forma de abolir el arte, ya que el arte lo vemos siempre desde algún otro, hay cosas que ningún lenguaje puede comunicar sin un otro, hay poco subjetivismo que descubrir sin un Otro. La intención no es descubrir el subjetivismo de los demás de manera directa, lo cual sería imposible; de manera indirecta, incluso, a través de los objetos, se podría ver el subjetivismo del mismísimo Dios. Como Hegel lo diría, el arte depende de su tiempo, no se puede hablar de arte llanamente, sino de historicismo; el arte, como noción metafísica, necesita dividirse para comprenderse. Una ciencia más desde el estudio, un silencio para el que admira, un grito para el artista.


Y el arte se industrializó (sin ánimos de juzgar si esto está bien o mal), a la vez que se destruyó la idea que el arte era irreproducible (¿lo es?). Las nociones del arte se pierden con la evolución humana, o cómo la humanidad, al hacerse aún más objeto, luchan por seguir subjetivatizándose. A pesar de las fuerzas adversas, de la mano invisible, de la burocracia, de los horrores de la técnica, de la fabricación en serie, algo salvaje o muy humano pareciera no morir. Lo maravilloso es que esto sería indemostrable sin la presencia del arte.


El marketing a tratado de hacerse Sustancia para encontrar el lugar común que acoja a la mayor cantidad de personas según edad, sexo, actividades y características, cada vez más especificas para el especifico consumo. Caracterizarnos es una obra de mercado. Tener cara de que nos gusta tal cosa, tal música, tal arte, es la concreción de una lógica que nació mucho antes de Altamira. La reproducción en serie de “obras de arte” involucra la reproducción en serie de su público. No debemos encontrar nada subjetivo que no sea controlado, nada espiritual ni carnal que ya no esté en boca de todos. "La sustancia" se reinventa, deja por definición de ser sustancia, pero se vende como sustancia. 


El mercado amenaza con cosas que creemos sustancia, pero que no conocemos del todo ni siquiera cómo es su verdadera esencia: la Muerte, la Felicidad, el Terrorismo, son sustanciales para llevar desde ahí al camino pavimentado de las ortopedias impuestas. Estar lisiado es la condición del hombre del siglo XXI. Ya lejos de la definición de Nietzsche del hombre de su tiempo (Rio), y del superhombre (Océano), se trata de hacer al individuo una re-presa, res-presa. Temen a la fluidez de las aguas de nuestro espíritu porque ellas pueden conectar con lo que no pueden definir, reconectar con lo sublime y encontrar el camino de su propia naturaleza hacia la sustancia, desde la esencia.


La sustancia no cede ante la repetición, aunque sea la repetición la pista para encontrar la sustancia. Todo el industrialismo del mundo y la fabricación en serie han cedido a la idea de que pueden existir dos cosas iguales; pero iguales ¿en qué sentido? ¿Desde su tiempo? Las personas que las realizan, las maquinas, la logística, los materiales, el diseño, han cambiado, y Hegel, que tomaba el arte como una forma de ver la historia, vería hoy en día al producto aún más historicista que ningún otro. Es la historia del producto un historicismo, es la historia del consumidor un historicismo, al igual que lo son la historia de la estética y del espectador. Aunque la sustancia tras el arte, aquello de lo que no podemos hablar, sea eterna.


¿Es este un argumento para decir que el producto es arte? Claramente no. El producto es una farsa, el arte es verdadero, aunque no quiere decir que el producto no sea útil o que el arte sea inútil, como intentando contrapesar las cosas desde la limitada lógica de lo conveniente. El producto es una farsa porque rellena una necesidad que puede ser llenada por otra cosa, ya sea por su copia o por algún sustituto complementario; al igual que el servicio, al igual que el consumidor. El estadio del espejo permanece durante toda nuestra vida a través de una pantalla.

 Las empresas se desmoronaran si ven demasiado al abismo. 


La razón instrumental plantea lo dual. La dialéctica, convenientemente, relata estos hechos. Por ello Hegel es un unificador de estas dos fuerzas, el mito romántico de la belleza y la estrategia fría de la técnica. Es su propio espíritu el que intenta relatar el Espíritu, pero solamente explica el estado de las cosas de su tiempo, de lo que entendió del pasado, y lo que entendería del futuro. 

Qué lucido fue Goethe cuando dijo: "Quien posee ciencia y arte, tiene también religión; y quien no posee aquellos dos, ¡Pues que tenga religión!"

El ser humano no es bueno por naturaleza

 


La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América del Norte:



Hace poco, fui a una muy recomendable expo sobre los suburbios de clase media alta

de EEUU, especialmente centrada en los años 50. Vamos, fantasía estética y Guerra

Fría. De aquí nace la semilla de este artículo donde veremos, desde un prisma de filo

política roussoniano, la declaración de la Independencia de Estados Unidos, pero

como siempre intento de forma diver y sin formalismos innecesarios. Me encanta cuando

salgo a buscar algo de entretenimiento cultural y me doy de boca, casi de forma azarosa, con

una idea para desarrollar un escrito.


Yo me imagino a los primeros colonos soñando con una casa y un trozo de tierra, cuando

cruzaron el Atlántico en el Mayflower. Queriendo colonizar un Nuevo Mundo, pero este

mundo necesita, igual que todos, unas reglas de conducta, unos preceptos morales, y por

ende, unas reglas del juego políticas y es aquí donde nos topamos/estrellamos con la

Declaración de la Independencia de los EEUU y su relación con la filosofía

política de Rousseau.


De entrada, cuando pensamos en Rousseau, o por lo menos a mí, me viene su mítica

sentencia de culto “El hombre es bueno por naturaleza” máxima que, personalmente,

me genera sentimientos encontrados, por decirlo suavemente, especialmente hablando de la

sociedad estadounidense. Por ello vamos a hacer “zoom in” en el contexto histórico de dicha

declaración para entender en profundidad sus potentes lazos con la filosofía contractual del

filósofo.


La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América del Norte

(¡toma título!), fue redactada por Jefferson, con potentes influencias de Rousseau, en la

línea de la filosofía del derecho natural (luego volveremos sin falta a este concepto). Fue

firmada entre el 2 y el 4 de julio de 1776 por 56 miembros del Congreso Continental

reunidos en Filadelfia desde el año anterior. Vamos, que se lo pensaron un rato largo, no la

 redactaron y firmaron en una semanita tonta de subidón inspiracional. No fue un “sugar rash” 

más bien una carne mechada en salsa cocinada a baja temperatura y por largo tiempo.

La declaración expresaba las penalidades y penurias sufridas por las colonias bajo el

gobierno de la malvada Corona británica y declaraba las colonias estados libres

e independientes. Este deseo de libertad no viene de la nada, sino que la proclamación de la

independencia fue en realidad un vaso colmado de gotas que había comenzado como protesta

contra las restricciones impuestas por la metrópoli al comercio colonial, las manufacturas y la

autonomía política. Las colonias estaban amargadas por el control colonial ello desembocó a

un desagüe en forma de una lucha revolucionaria que dio vía libre a la creación de una

nueva nación.


El 7 de junio de 1776 Richard Henry Lee, en nombre de los delegados de Virginia en el

Congreso Continental, propuso la disolución de los vínculos que unían a las colonias con Gran

Bretaña. Esto, va muy en serio amigas. Esta propuesta fue secundada por John Adams de

Massachusetts, la resolución se aprobó el 2 de Julio.

Mientras tanto, para no perder ni un segundo de la futura libertad, un comité (designado el 11

de junio) formado por los delegados y casi estrellas del rock de EEUU: Thomas Jefferson,

Benjamin Franklin, John Adams, Roger Sherman y Robert R. Livingston, estaba

preparando una declaración acorde a la resolución de Lee. El 4 de julio fue presentado al

Congreso, que añadió algunas correcciones, suprimió apartados como el que

condenaba la esclavitud (me peta la cabeza: tanta libertad y tanta esclavitud), incorporó la

resolución de Lee y emitió todo ello como Declaración de Independencia. Como los

colonos estaban hasta el coño de tanta represión británica, fue aprobada por el voto

unánime de los delegados de doce colonias.


Empieza la marcha, ¡A bailar! Dicha declaración tiene visibles similitudes con el pacto

fundamental de Rousseau.

Tal y como defiende el pensador el pacto social, que es en este caso el pacto de la

 Declaración de la Independencia, es un pacto hacia la comunidad proferido por todos los

 individuos. El documento defiende el derecho a la insurrección de los pueblos sometidos a

 gobiernos tiránicos en defensa de sus inherentes derechos a la vida, la libertad, la búsqueda

 de la felicidad y la igualdad política. ¿No es precioso sobre el papel? Os pido perdón de

antemano por las arcadas que pueda suscitar tanta incoherencia y contradicción...


Pero hemos venido a pasarlo bien y, como dice mi padre, a nadie le amarga un dulce. Así que

vamos a salsear un poco y explicitar que en la declaración se escupe veneno con ganas contra

el rey Jorge III y su Gobierno. En verdad, dicha ponzoña ocupa la mayor parte del documento.

Pero también se consigna uno de los principios más revolucionarios jamás escrito

anteriormente: todos los hombres han sido creados iguales (¿Y los esclavos?). Y estos

hombres recibieron de su Creador (alarma: Dios entra en escena) ciertos derechos

inalienables. Entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; así,

para asegurar esos derechos, se han instituido los gobiernos entre los hombres, derivándose

sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. De tal manera que si cualquier

forma de gobierno se hace destructiva para esos fines, es un derecho del pueblo

alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo gobierno, basando su formación en tales

principios, y organizando sus poderes de la mejor forma que a su juicio pueda lograr su

seguridad y felicidad.

Es decir, que por gracia divina todas somos iguales y tenemos el derecho a ser

felices y estar seguras, y de ahí emana un gobierno que se encarga de esta

tarea, pero si no lo hace bien, a tomar por culo y se crea otro mejor.


La Declaración concluía así: Nosotros, representantes de los Estados Unidos de América,

reunidos en Congreso general, apelando al Juez Supremo del mundo (Jesusito de mi

vida que eres niño Pocoyo) por la rectitud de nuestras intenciones, en el nombre y por la

autoridad del buen pueblo de estas colonias, declaramos y publicamos solemnemente que

estas colonias unidas son y han de ser estados libres e independientes; que han sido rotos

todos los lazos con la Corona británica y que cualquier conexión política entre ellas y el estado

de Gran Bretaña es, y debe ser considerado, totalmente disuelto; y que, como estados libres e

independientes; tienen todo el poder para declarar la guerra, concluir la paz, concertar

alianzas, establecer lazos comerciales, y llevar a cabo cualquier otro acto que los estados

independientes pueden realizar. “Y, para apoyar esta declaración, con la firme

confianza en la protección de la Divina Providencia, nosotros empeñamos

nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor” ¡Cómo les gusta el puto

dinero y mezclarlo con la puta religión!


Relacionando, en concreto, esta última línea con la concepción política de Rosseau diré que

el filosofo concibe la política como orden/pauta que ha de estar asociada a la fuerza de la

comunidad.


Vemos en la declaración de la independencia tal y como defiende Rousseau que el orden

social es una convención, algo no natural.

Rousseau nos comenta que en el estado de naturaleza el hombre era un animal vago y

aburrido sin más ocupación que la satisfacción de sus necesidades biológicas para la

supervivencia. Una especie de oso perezoso apático. Como estábamos aburridas como ostras,

nos planteamos quehaceres más complejos pero para ello, necesitábamos la ayuda de otros

seres humanos.

Lo que sigue es la transformación de la sociedad a través del pacto social, el cual según

Rousseau debió ser así aproximadamente: “Cada uno de nosotros pone en común su

 voluntad, sus bienes, su fuerza y su persona bajo la dirección de la voluntad, y todos

nosotros recibimos en cuerpo a cada miembro como parte inalienable del todo”.

Insisto, que preciosura de idea sobre el papel.


Al instante, casi por arte de magia, se produce un cuerpo moral y colectivo, cual panal de

abeja con un gobierno de reinas, compuesto de tantos miembros como voces tiene la

asamblea, y al que el yo común le da la unidad formal, vida y voluntad. Rousseau va a

establecer, de este modo simultáneamente, la soberanía popular y la libertad individual.

Porque, al hacer el contrato con la comunidad, cada individuo está realizando también un

contrato consigo mismo, en tanto que, al obedecer a la voluntad general, está siguiendo su

propia voluntad (lo siento, pero no me lo creo). Como hemos visto en la declaración redactada

por Jefferson los Estados libres e independientes tienen todo el poder para: la guerra, la paz,

el importante comercio, y todo lo demás que les dé la gana realizar, incluida la esclavitud, ¿no?

El programa del Contrato Social se basa en el establecimiento de una forma de asociación

mediante la cual cada uno, se une al todo, cada individuo se une a todos los

diferentes EEUU creando un estado en comunión. Me desorino, pensando sobre todo

en las diferentes leyes actuales según el estado, en algunos estados los primos se pueden

casar y en otros es incesto, ¿imagínate hacer un “road trip” de primos casados en dicha

tesitura? Las risas, bordeando fronteras para no ser detenidas… jajajjaj


Para ir acabando, el pacto de Rousseau crea la voluntad general que ni es arbitraria ni se

confunde con las con la suma de las voluntades egoístas de las voluntades individuales de los

particulares. Entonces, aparece el concepto de soberanía, el soberano es la voluntad

general, la cual es inalienable, no se delega, el gobierno no es sino un ejecutor de la ley que

emana de la voluntad general, y puede ser siempre substituido, demasiado hippie hasta

para mí. Como vemos estas ideas tan bonitas quedan muy lejos de la sociedad

actual de los EEUU, sobre considerando que el desastre de la 2ª enmierda,

perdón, enmienda: propuesta en el 1791, protege el derecho del pueblo a poseer,

portar y utilizar armas en determinadas ocasiones. Teniendo en cuenta que la

declaración vio la luz dos años antes de que muriera el filósofo, me gustaría saber qué nos diría

hoy si se levantara de la tumba cual zombie buscando venganza por maltratar su teoría a

muchos niveles.



Penélope.

Ulises, en La Odisea.




“Si al menos él volviera y cuidara de mi vida,

mayor sería mi gloria y mi belleza. Ahora estoy

afligida, pues son tantos los males que se han agitado

en mi contra, pues quienes dominan me pretenden

contra mi voluntad y arruinan mi casa”.

                                                  Homero, Odisea, XIX






La literatura épica tiene, entre sus mayores atributos, la construcción de modelos trascendentales que, no obstante, son capaces de producir condiciones plenas de vida real, de existencia concreta. Mediante ella -al decir de Vico, la poética del curso que siguen las naciones- el verum deviene certum. Las ideas dejan de ser gaseosas y ajenas abstracciones del “debería” para mostrar la autenticidad de su rostro humano, histórico, de carne y sangre. No por caso, lo épico ha sido llamado “lo digno de ser imitado”. Y, de hecho, la mímesis es la forma característica de la estética clásica y, según Aristóteles, la finalidad esencial del arte. Sus personajes son arquetípicos, sintetizan ideas y valores que terminan siendo guías del entramado social, dando cohesión al Ethos y haciendo posible la adecuación de la fuerza y la astucia a objeto de conquistar de la libertad.

Es posible que el astuto y versátil Odiseo -o Ulises, como también se le conoce- no haya existido en realidad. O tal vez sí. En todo caso, las gruesas cortezas del árbol de la historia terminaron por transformarlo en el fundador del ingenio humano y, más recientemente, en el legendario héroe de la mitología griega, tal como la industria cultural habitúa representarlo. Pero con independencia de las caracterizaciones canónicas que de su figura se hayan hecho o intentado hacer, Odiseo es ni más ni menos que el nervio central del Volksgeist de cada sociedad occidental, de sus  “muchos senderos” y de su “multiforme ingenio”. De ahí la condición emblemática de su figura y el valor de la irreverencia de su guiño. 

Víctima de un conflicto no deseado, que tuvo por necesidad que asumir hasta sus últimas consecuencias, Ulises se vio obligado a transcurrir veinte largos años de su vida fuera de Ítaca, su casa, sometido a los designios de un destino del que, en buena medida, fue copartícipe y que, por eso mismo, debió asumir con paciencia y perseverancia, pero sobre todo con sagacidad, a objeto de recuperar -cuando menos en parte- la vida que se le había arrebatado, especialmente al lado de ella, de Penélope, la paciente y habilidosa hilandera -y, en este sentido, maquinadora- de una mortaja infinita, que tejía y destejía, una y otra vez. Aguardaba, con firme convicción, el regreso de su Odiseo.Y fue tramando esa gran red de la perseverante voluntad, que terminaría por asfixiar los presagios de una eterna sumisión. La perspicacia de Odiseo y la tenacidad de Penélope terminaron por imponerse sobre “los pretendientes”, tal vez, una de las primeras figuras de la experiencia de la conciencia gansteril parasitaria -sanguijuelas, saqueadores de las riquezas de un país- en la historia de la cultura occidental. Gracias a la fiel y paciente abnegación de Penélope Odiseo pudo, en el momento propicio, restablecer la oikonomía, el orden en casa. Y es que -Magister Cerati dixit- “No hay nada mejor que casa”.


Penélope es el símbolo de la fidelidad, pero además de arrojo y astucia. A fin de cuentas, es hija de Esparta, nacida del vientre de una bella ninfa de agua dulce. Cuando Penélope y Odiseo se encuentran, pierden el aliento, quedan mudos, y a partir de entonces ya no quisieron separarse más. Él se hizo su pueblo y ella su dirigente. Ella se hizo su pueblo y él su dirigente. Icario, su padre, intentó detener su partida a Ítaca. Pero Penélope guardó silencio y cubrió su rostro con un velo. Fue su manera de expresar la inquebrantable decisión de entregarse a la causa de Odiseo. Y, en ese mismo lugar, Icario mandó a construir un templo dedicado al pudor. Poco tiempo después se desata la guerra en las playas de Troya y Ulises, reclutado por Palamedes, se ve obligado a participar en ella, de modo que debió partir sin saber que su retorno a Ítaca tardaría veinte años. En ese largo recorrido fenomenológico, a través de las más diversas figuras de la experiencia de la conciencia, desde la certeza sensible hasta el saber absoluto y desde el yo hasta el nosotros, Penélope debió enfrentar, con firme determinación, el voraz acoso de los pretendientes, quienes instalados en su casa terminaron por mantenerla bajo secuestro, convencidos de la inminente muerte de Odiseo. Del patrimonio de Ítaca comían y bebían con voracidad, a su antojo, al punto de diezmarla hasta la ruina. No obstante, Penélope presentía el regreso de su esposo y, con él, la finalización de aquel largo período de tormentos.


Después de dieciséis años de espera, los pretendientes le exigieron oficializar la muerte de Odiseo y escoger a uno de ellos por consorte. Fue entonces cuando Penélope, para eludirlos, anunció que participaría en la elección después de terminar de tejer la mortaja de Laertes -ese círculo de círculos, esa red en espiral de la resistencia. Durante cuatro años tejía de día y destejía de noche, mientras, sigilosamente, iba urdiendo el sagrado tricolor de la libertad. Cuando fue delatada por una esclava, ya era demasiado tarde para las farras de los pretendientes: Odiseo estaba de vuelta y ya había elaborado un ardid contra ellos. Entonces Penélope les anunció que aquel que tensara el arco que Odiseo había recibido de Ífito, se uniría en matrimonio con ella. Al final, ninguno de ellos lo pudo tensar. Odiseo lo tensó mientras Eumeo, Filetio y su hijo Telémaco cerraban las puestas del gran salón. Atrapados en las redes y una vez armado el arco, Odiseo flechó a todos los pretendientes. Ítaca había sido liberada, para la gloria del ingenioso Odiseo y la persistente tejedora, Penélope.              

          






José Rafael Herrera

@jrherreraucv