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Pandora

 

Por José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Hesiodo obra


 La obra de Hesíodo da cuenta de buena parte de los mitos fundacionales sobre los cuales se edificó la cultura de Occidente. Uno de ellos es el mito de Pandora, “la que todo lo da”. Creada por órdenes de Zeus, Hefesto moldeó la arcilla a imagen y semejanza de Afrodita y, una vez terminada, cada dios del Olimpo la fue dotando con el esplendor de sus maravillosos atributos. La decisión fue tomada por Zeus después del encuentro de los olímpicos con los humanos en Mecone, un lugar de diálogo y negociación, en el que se tomarían decisiones determinantes para la repartición de los sacrificios. Prometeo sacrificó un gran buey y lo dividió en dos mitades. En una de ellas estaba toda la carne, revestida con huesos y grasa, y en la otra todo el pellejo, recubierto con el enorme vientre de la bestia. Prometeo invitó a Zeus a elegir. El Dios escogió la pila de huesos. No obstante,, molesto por el ardid, dejó a los humanos sin fuego. Entonces Prometeo, irreverente como era y conmovido por la venganza de Zeus, decidió robarse el fuego y entregárselo a los humanos. Prometeo terminó siendo capturado, encadenado y condenado a morir todos los días. Un buitre destrozaba sus entrañas cada vez que revivía. Heracles, viendo la desdicha de Prometeo, mató al buitre, liberando al héroe de semejante martirio. Pero la venganza de Zeus no terminó ahí.

 El nuevo ajuste de cuentas contra la humanidad consistió en la creación de un “hermoso mal”, que compensara los beneficios adquiridos con el fuego que Prometeo les había entregado. Atenea la vistió con un traje plateado, un velo bordado, guirnaldas y una diadema de plata. Afrodita “derramó gracia sobre su cabeza y anhelo cruel y preocupaciones que fatigan las extremidades”. Hermes le dio “una mente desvergonzada, de naturaleza engañosa y puso mentiras en sus palabras”. Hombres y dioses quedaron maravillados por su belleza. Ella, Pandora, fue el nuevo regalo (Dora) de todos (Pan) los dioses. Zeus la envía acompañada de un ánfora que porta entre sus níveos y tersos brazos. El cántaro en cuestión contiene todos los males posibles, los cuales, una vez liberados, terminarán azotando a la entera la humanidad. Ya Prometeo había advertido a los hombres no aceptar regalo alguno de Zeus. Pero su hermano, Epimeteo, deslumbrado por la belleza de Pandora, la aceptó. De inmediato, la hermosa creación de los dioses abrió la “caja” y todas las pestes se desataron, con una sola excepción: la esperanza, que quedó atrapada dentro de los bordes de la vasija: “Y aquella mujer, levantando la tapa de un gran jarrón que tenía entre sus manos, esparció sobre los hombres todas las miserias horribles. Únicamente la esperanza quedó en el recipiente, detenida en los bordes, y no había vuelto a volar porque Pandora había vuelto a cerrar la tapa por mandato de Zeus, el tempestuoso que amontona las nubes”.

 Eso rezan los célebres versos de Los trabajos y los días de Hesíodo, los cuales, por cierto, no pocas veces han sido objeto de cuestionamientos y exhaustivas revisiones filológicas, etimológicas y hermenéuticas, dado su amplio espectro en -y para- la conformación del ser y de la conciencia social occidental, en general, sino, más específicamente, para la cabal comprensión de su discurrir estético y literario, histórico-religioso, político y cultural e, incluso, psico-social. Una fisura se abre, por ejemplo, en los límites de interpretación del papel de la esperanza en este mito fundacional. Se podría afirmar que, para el clasicismo greco-romano, la esperanza es el último de aquellos terribles males contenidos en “la caja” de Pandora y enviados por los dioses contra los hombres. Un mal que no se termina de escabullir del ánfora, precisamente porque cumple la función que Spinoza le atribuye al identificarla con el miedo. En una expresión, no es por simple casualidad que la esperanza no se escape y, más bien, se aferre a los bordes del recipiente. Se queda ahí, en el borderline, como expresión de la naturaleza de su doble condición: el temor que siente quien espera que se de lo que se espera y la espera que siente quien teme que no se de lo que se teme. En cambio, para la representación cristiano-burguesa de la obra, la “caja” no contenía males sino bienes, y la prueba de ello es que su interior portaba, justamente, a la esperanza.

 En tiempos de insípidas mitologías gansteriles, de alados demonios de ultratumba, vampiros llaneros, informes Krampus cucuteños y Pandoras italianas -quienes se autoproclaman “custodios” de un país saqueado, en ruinas, deforestado, contaminado y sometido a la más recia de las pobrezas de su espíritu-, quizá convenga reconsiderar la plasticidad del mito clásico, del original, a los efectos de tomar distancia de las trapisondas dialógicas y las “negociaciones” que, esta vez, no se dan entre dioses y humanos sino entre quienes se autoproclaman dioses y quienes, a diferencia de Prometeo, ofrecen cual fámulos, sumisamente, las mejores y más ricas carnes del buey venezolano, como ofrenda ante los pies de truhanes y farsantes, en nombre de una institucionalidad inexistente, ficticia. México no debe confundirse con Mecone. Llenos de esperanza, y en nombre de ella, una vez más las dudas afloran y vuelven a poner en evidencia el cierre del universo del discurso de una “humanidad” desgastada, temerosa y sin objetivos definidos, presos en el vicio de sus eternos retornos. Sus “esta vez sí” dan pena. Son los gemidos, transmutados en promesas, del borrachín del pueblo, los “juramentos” del fumador empedernido o del drogadicto “arrepentido”. Son la expresión misma de lo insustancial e intrascendente. Ante los cuales aun retumban las palabras de Prometeo -citadas por el joven Marx en su tesis doctoral-, quien ya encadenado en la roca exclama con firmeza ante Hermes: “Has de saber que yo no cambiaría mi mísera suerte por tu servidumbre”. Tal vez sea esa la razón por la cual “Prometeo ocupa el lugar más distinguido entre los santos y los mártires” del calendario filosófico.


Los hijos de la tierra

 

Por José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Conciencia social América


A mis padres y a mi hermana

 Valiente mundo nuevo es el título de uno de los más importantes ensayos históricos, filosóficos y literarios dedicados a la comprensión de la formación de la conciencia social latinoamericana. Su autor es el reconocido escritor mexicano Carlos Fuentes, quien, en dicha obra, se lamenta de que el llamado Nuevo Mundo hispánico le prestara más atención a las doctrinas de Hume, y a sus derivaciones empiristas, positivistas y pragmáticas que al historicismo filosófico de Giambattista Vico, el cual, a través de su discípulo, Lorenzo Boturini, se hizo idea y letra, carne y sangre de la cultura de la América española. El propósito de su ensayo consiste, precisamente, en el esfuerzo por mostrar la suprema importancia que tiene la obra de Vico para una más fiel y auténtica comprensión de lo que es la América Latina, sobre la base de la reconstrucción histórico-cultural de su labor poética y, en última instancia, estética y ética.

 Vico fue silenciado en su tiempo y no pocas veces sometido al escarnio público por la creciente hegemonía de la ideología cartesiana, la cual iba transformando “el método”, devenido fría racionalidad instrumental, en la única verdad absoluta e incuestionable. El último de los grandes pensadores del Renacimiento advertía que la “clatité et distinction” pregonadas, no sin euforia, por el cartesianismo triunfante, no llevaba hasta sus últimas consecuencias la relación del hacedor con lo hecho, por lo cual los seres humanos sólo pueden dar cuenta de lo que ellos mismos han producido. Y como la naturaleza no ha sido creada por los hombres, su conocimiento de ella resultará escaso y circunscrito. A menos que sea sustituida por los “signos matemáticos” con los cuales, según Bacon, está escrito “el libro de la naturaleza”, siempre y cuando se comprenda que esa no es, precisamente, la naturaleza en sí, sino para la conciencia, cabe decir, para su reflejo. Desde entonces, y “A través del espejo”, la humanidad se auto-condenó a vivir atrapada en “El mundo de Alicia” y de sus felices “no cumpleaños”. Lo que permite dar cuenta del imperio de la reflexión del entendimiento sobre la naturaleza y de sus inevitables consecuencias sociales. En cambio, y muy a pesar de Descartes y de sus múltiples vástagos contemporáneos, los hombres pueden conocer la historia porque ellos la han hecho: “Verum ipsum factum”, porque “Verum et factum convertuntur”.

 En la Scienza Nuova, Vico, al dar cuenta de la “Tabla de las cosas civiles”, le recuerda al lector el compromiso ético, cabe decir, relativo a “las cosas humanas” que, ya desde los propios orígenes de la humanidad, hicieron posible la progresiva construcción de los principios fundamentales de la organización social y política que finalmente resultaron en la concreción de las diversas naciones gentiles. La primera de estas “cosas humanas” fue el matrimonio, el cual, “como admiten todos los políticos, es el semillero de las familias, como las familias lo son de las repúblicas”. La segunda de ellas fueron las sepulturas, con las cuales la humanidad abandonó definitivamente “la gran selva antigua” y, con ella, su condición bestial. El pasaje del relato viquiano es determinante: “Y, al estar durante mucho tiempo quietos y situar las sepulturas de sus antepasados en un lugar determinado, resultó que fueron fundados y divididos los primeros dominios de la tierra, cuyos señores fueron llamados «gigantes» (que suena semejante en griego a «hijos de la tierra», o sea, dependientes de los sepultados).. Así fue llamada la «generación humana», a partir de la cual las casas ramificadas en muchas familias se llamaron las primeras «gentes». Y así, la creencia universal en la inmortalidad del alma, que comenzó con las sepulturas, es el tercero de los tres principios, sobre los cuales esta Ciencia razona”. Y, sobre los altares, levantados en homenaje a los padres fundadores de la tierra, los píos pusieron fin a los violentos y “recibieron en protección a los débiles, quienes fueron recibidos en calidad de fámulos, suministrándoles los medios para conservar sus vidas.. Y en todos estos orígenes se descubre diseñada la planta eterna de las repúblicas, sobre las que deben construirse los Estados para ser duraderos”.

 Así comenzó, según el gran fundador de la filosofía de la historia, la constitución y -como consecuencia de ella- el discurrir de las naciones gentiles. Después de las nupcias -aqua et igni-, la tierra que se pisa, que se siembra, que se edifica, se hace sagrada, porque en sus entrañas reposan los restos mortales de los antepasados de sus pobladores. Bajo la tierra palpita el corazón de lo que la une con el espíritu de su pueblo, el recuerdo de lo que se ha ido siendo, la raíz de lo que se es, las penas y las glorias, los dolores y las alegrías de un terruño que vive bajo los pies de sus habitantes, al punto de transformarse en lo más sagrado. Y, desde sus entrañas, se eleva su propia inmortalidad. Por eso se estremece. Por eso exige. Por eso reclama. Nada peor que una tierra invadida y mancillada. Y tal vez sea por eso mismo que los desterrados, los habitantes del exilio, deban enfrentarse, día a día, con el mayor de los desgarramientos: el tener que llevar una existencia separada en cuerpo y alma.

 El éxodo, la diseminación de los pueblos, no solo es un desafío: es uno de las más dolorosas experiencias de las que se pueda tener noticia. Cuando, no sin desesperación, se decide abandonar la tierra que guarda las sagradas osamentas de los hijos, hermanos, padres y abuelos, es porque muy en el fondo se sabe que la patria que algún día fue ya no lo es, y que solo queda la despedida y la nostalgia. En algunos casos, para nunca más volver, aceptando así la derrota, el inmenso pesar de una vida en pena. En otros, bajo la promesa de un largo periplo que, tarde o temprano, hará posible el regreso hasta las costas de la eterna Ítaca, ya sin asedio y tras las ruinas de los pretendientes.


Zizeck. Crisis, ideología, capital y libertad

Capitalismo y crisis por Zizeck

Por Luis Ospina / luhlmer@gmail.com

¿Qué es una crisis? Obviando que la causa de la crisis se encuentra en los mismos gérmenes del sistema económico que la produce, Zizeck intenta abordar esta cuestión analizando los comportamientos del individuo y de la sociedad capitalista en su conjunto frente a las consecuencias de un colapso económico. De este modo, sin centrarse tanto en las causas ya conocidas por todos, se analiza cómo estos comportamientos impulsan la perpetuación y justificación del sistema inexpugnablemente, de manera que se perpetúa el sistema capitalista mientras que las clases bajas no pueden más que atenerse a las consecuencias.

Uno de los pilares fundamentales con los que funciona la máquina capitalista en este sentido, es el mayor de los patrocinadores conceptos, la libertad. Para el individuo de la clase baja representa la libertad de voto, mientras que para el agente bancario representa la libertad de crecimiento y desarrollo. Conocido es que la libertad que predica el sistema capitalista es la libertad de actuar, más allá de haberse detenido a pensar previamente las consecuencias de los actos, la famosa prerrogativa: ¡no pienses, actúa! De este modo, en las sociedades capitalistas todo debe ser práctico, útil, y rentable, así los agentes bancarios se permiten después especular con el riesgo que realmente asume una sociedad en su conjunto. Las sociedades del riesgo se defienden de esta manera frente a un colapso económico: mientras para el individuo de la clase baja el riesgo se impone como un destino ineludible, los que conocen el riesgo, los agentes bancarios, se retiran, responsabilizándose ante el colapso económico. 


Políticamente, el entramado capitalista también tiene sus métodos propios. Una de las grandes invenciones capitalistas del liberalismo político fue la de socializar el sistema bancario para estabilizar el sistema. Dicho en términos más cotidianos, pagar la deuda que los bancos dejaron a causa de su comportamiento destructivo, con dinero público. Si reflexionamos un poco, podemos ver que este comportamiento político es todavía más grave en lo que se refiere a actuar frente al colapso y la crisis porque añade un riesgo moral: si se salva la maquinaria capitalista las cosas podrán seguir yendo bien. El sistema bancario cuenta entonces con una ventaja, a priori, las creencias de que sea como sea, el dinero lo debe gestionar y distribuir el sistema político-bancario y no aquel que ha generado la riqueza. Lo que podemos concluir de todo este comportamiento es que el intervencionalismo estatal expuesto así no es sano, de tal manera la pregunta que finalmente nos debería inquietar no es si debe haber intervención, eso se da por sentado, sino más bien qué tipo de intervención es necesaria.


De todas las actitudes que impulsan la gran maquinaria capitalista frente a las crisis, es la de naturalizar comportamientos que son ante todo realidades culturales, la que más justifica los fundamentos de un sistema, tal y como hace el fascismo. Por ejemplo, naturalizando la historia se perpetúa la idea de que el capitalismo debe continuar como una ley natural. Es relevante en este sentido, la idea de Naomi Klein: la crisis como terapia de choque. La historia del mercado libre está escrita a base de infundir miedo con la posibilidad de una desestabilización de lo que “es natural”, de modo que el establishment se permite medidas más represivas y radicales que impliquen más control sobre la población, especialmente sobre las clases más bajas y segregadas. El sistema debe permitirse “seguir soñando”, por un lado dispondrá los medios precisos para “ajustes estructurales o creativos” y todo tipo de “medidas técnicas” mientras que por otro, no afrontará el problema cara a cara ( qué producir o consumir, o en qué energía apoyarse). De este modo, las clases bajas se convencen de que la crisis muestra la posibilidad de progreso dentro del sistema mientras ignoran que lo único que pone de manifiesto es la contradicción del mismo.


Vemos que la situación que intenta perpetuar el capitalismo está impregnada de pura ideología, confundiéndose posteriormente con teología pues según Zizeck, “defiende el orden existente frente a cualquier crítica seria, ya que se encuentra legitimada como expresión directa de la naturaleza humana”. De este modo, todas las clases ignoran la imperfección del sistema, tomándolo como “el mejor de los mundos posibles”. Llegados hasta aquí, cabe preguntarse, ¿Cual es el papel de la propaganda en todo esto? Primero que todo, la propaganda intenta aniquilar la inadvertida posibilidad de la situación (una potencial revolución), apoyándose si es necesario en ajustes técnicos o estructurales como ya hemos dicho, creando lo que se conoce como el “sujeto del supuesto saber” que actúa interesadamente en beneficio propio, ese al que llaman en la propaganda “capitalista creativo”. De tal manera, el cinismo liberal desarrolla una doble moral: en lo privado sabe que el sujeto del supuesto saber no existe mientras que públicamente defiende su perpetuación, asegurando así que las clases bajas  confíen más en el sistema. Finalmente, la guerra cultural se convierte en una guerra de clases, así pues es importante reflexionar sobre las nuevas formas de caridad (el ecocapitalismo); tener en cuenta a la hora de analizar esta situación la diferencia entre inversiones legítimas y especulación salvaje, pues esta última toma prestado el futuro de todos.


Las consecuencias como se ve son siempre colectivas, por ello no se debe culpar de los colapsos económicos a los sujetos individuales por causa de su avaricia o por exceso de consumo, ya que esto ampliaría la fuerza espiritual de la máquina capitalista. Más bien se trata de ser conscientes de que los comportamientos individuales y colectivos dentro del sistema son doblemente irracionales: por un lado el sistema funciona sin tener en cuenta las consecuencias y por otro la clase baja vota en contra de sus propios intereses, influenciada por el poder material de la ideología. Este hecho es prueba concluyente de que la sociedad que se define así misma como post-ideológica, sin embargo se encuentra sumida en la completa ideología. El hecho de que el común de las gentes considere los actuales derechos como consecuencias naturales del desarrollo del capitalismo, nos demuestra la humanización ideológica que se ha llevado a cabo del propio sistema. La relación entre capitalismo y democracia no es ni natural ni contemporánea en su nacimiento. De este modo, no sirve la riqueza del mundo interior del capitalista si está en contraste con las responsabilidades de la vida pública, del mismo modo que no existe la riqueza de la vida interior del fascista o de la guerra. La historia tampoco tiene riqueza interior si lo que se debe afrontar humanístamente, se afronta como una amenaza y se soluciona con una especie de “antisemitismo responsable”. Esta humanización ideológica pone de manifiesto cómo funciona la propia ideología: nadie se toma en serio la justicia y la democracia, sólo asumimos que el sistema funciona aunque no creamos en él.


El hecho de que la humanización ideológica triunfe tiene que ver mucho con el posmodernismo, el nuevo espíritu del capitalismo. Ahora se compra la ética del producto, el llamado “capitalismo cultural” reviste con la imagen de una comunidad feliz y post ideológica la construcción de su super ego, aprobando permisos que se disfrazan de derechos, de modo que haciendo más borrosa la línea entre poder y conocimiento, establecen sus expertos, jueces sobre el destino de la clase baja, obligándola a vivir como si fuera libre. En esta condición el sujeto actúa creyendo preguntar qué quiero, mientras que en realidad actúa preguntando qué quieren otros de mí. Esta es literalmente la sociedad fetichista, no la sociedad reprimida, pues se agarra a su represión a través del cinismo y el fundamentalismo, eligiendo la esclavitud como si se tratara de su auténtica libertad. 



País in fieri


La historia penetra en las constelaciones de la verdad:

quien quiera participar ahistóricamente de ella resultará

fulminado en su confusión por las estrellas, a través de la

muerta mirada de la muda eternidad”.

                                                                   T. W. Adorno


País in fieri por José Rafael


 

            Francisco de Miranda desembarcó en la costa venezolana de La Vela de Coro el tercer día del mes de Agosto de 1806, ante la indiferencia, la desconfianza e incluso el pánico de una población que no comprendía bien de qué se trataba toda aquella revuelta y ulterior discurso sobre independencia y libertad. Quizá porque consideraban al líder y autor de la -para ellos- ininteligible Proclamación a los pueblos habitantes del continente Américo-Colombiano -además, bajo el cobijo de aquella extraña bandera tricolor solemnemente izada- como un aventurero más, probablemente otro de los tantos capitanes corsarios que, como en anteriores oportunidades, intentaba tomar y saquear los imperiales dominios pertenecientes al “buen rey, por la gracia de Dios”. A partir de entonces, se iniciaría el curso -y, como su consecuencia necesaria, el re-curso- de la historia in fieri -vale decir, del incesante hacerse y deshacerse de Venezuela. Su incursión no sería la última, por cierto. Y cada una, triunfante o no, terminará formando la colcha, entretejida con las hilachas y retazos de una “historia en construcción” que nunca termina de construirse. Algo de Penélope, tejiendo y destejiendo la mortaja de Ulises, hay en este doloroso proceso. Pero mucho más de Sísifo, pues al igual que sucede en el mito, todo es demolido y echado por tierra para volver a comenzar de nuevo, una y otra vez, immerwieder.   

            Leander no es tan solo el nombre de una embarcación. Ni es obra del acaso. Nisiquiera se trata del hecho de haber bautizado la famosa embarcación con el nombre de su hijo. La paciente y aguda maestría de Juan David García Bacca ha dado cuenta de cómo la biblioteca de las obras clásicas de Francisco de Miranda llegó a ser no solo una de las más importantes sino, tal vez, la más rica y completa de América Latina. Más bien, Leandro, el nombre de su hijo, se debe a su pasión por la lectura de los clásicos y, en este caso, de las Heroidas de Ovidio, del Liber spectaculorum de Marcial o del “divino poema” de Museo, obras en las cuales se recrea y enaltece el mito de Hero y Leandro, los jóvenes amantes que habitaban en los extremos del Helesponto y a quienes sus padres prohibieron casarse. Pero, a pesar de la prohibición, todas las noches Hero encendía un faro en la torre de Sesto para que Leandro, en la orilla opuesta, nadara hasta ella. Una noche, mientras esperaba a su amado, Hero se quedó dormida. Un fuerte vendaval apagó la lumbre y Leandro perdió el rumbo. A la mañana siguiente, Leandro apareció en la playa ahogado y al verlo Hero, desconsolada, se lanzó desde la torre. Su vida había perdido todo sentido sin la presencia de su amado Leandro.

            No es improbable que estas figuras míticas -y particularmente la de Leandro frente al inexorable y oscuro destino- hayan inspirado, en buena medida, la concepción general del mundo, la Weltanschauung, de Don Francisco de Miranda y que, en tal sentido, le hayan servido como gran telón de fondo de su propia fatalidad. Hero y Leandro resumen el desenlace de la unidad que ha sido separada, del amor anhelado y no realizado de Venezuela y Miranda, el dolor de su toccata et fuga. Y no solo de Miranda. Porque a partir de aquel infortunado desencuentro del Leander con su amada tierra, de su naufragio en la mar de la indiferencia, se podría comenzar a trazar una constante curvatura hermenéutica que da cuenta del devenir de la autoconciencia del ser social venezolano. Hero y Leandro: dos figuras que son, objetiva e históricamente, la cabal representación estético-literaria del mito fundacional de los extremos polares de la oposición -no resuelta- de la historia republicana de Venezuela. A fin de cuentas, la conciencia ilustrada venezolana, que encendió la antorcha de la independencia y de la libertad suramericana, es heredera legítima de la cultura greco-latina y, por eso mismo, de sus tragedias. El bullicioso y alegre venezolano del presente, seminador y diseminador del “bochinche”, ya estigmatizado por Miranda, oculta en el laberinto de su inconsciente histórico-cultural el temor atávico frente al -Vicus dixit- Minotauro de ultramar que lo conduce, cada cierto tiempo, al dolor, la flagelación y el “auto-suicidio”.

            Ritmo del decoro dramático, no exento de cierto modo funcional y de crítica arquetípica, en virtud de la cual la consciencia social se muestra en todo su vértigo problemático, estableciendo, mediante su fuerza negativa inmanente, el pasaje de la contingencia a la necesidad, hasta arribar al punto en el que todo se expresa de un modo sustancial. Es la muerta mirada de la muda eternidad. Todo se hace simbólico, todo no es más que lo que significa y no significa más que lo que es. El exilio es también la promesa de un reencuentro aplazado, un nuevo intento por estrechar los brazos de lo que más se anhela y no se alcanza. Afirma Mariano Picón-Salas que “dos grandes generaciones ha conocido hasta hoy la historia de Venezuela, la de aquel puñado de audaces que realizaron la independencia y la de aquellos más tranquilos, pero no menos inteligentes, cuyo doloroso testimonio quedó expresado en los discursos y discusiones de la Convención de Valencia en 1958. Hemos sabido olvidar el pensamiento de los héroes civiles -Gual, Fermín Toro, Valentín Espinal, Juan Vicente Gonzalez, Cecilio Acosta- que supieron ver como pocos y teniendo la esperanza de mejorarla, la oscura y tumultuosa verdad autóctona después de ellos, o simultáneamente con ellos, en la que comenzó la era de los “caudillos únicos”, de los “césares democráticos”, bajo cuyo reinado el pensamiento nacional perdió su fuerza creadora y combativa, o se ocultó y proliferó en el matorral de inofensiva retórica”. Sin duda, hubo una tercera generación -la del '28-, que en el momento preciso tomó la decisión de retornar al país, para -una vez más- reconstruirlo. Pero hoy los márgenes del Helesponto se han vuelto más anchos y la recia borrasca de nuevo ha dejado el faro sin luz. ¿Podrá una cuarta generación de exiliados romper finalmente la maldición del bucle, el fatídico circulo vicioso, la espesa ficción del “eterno retorno” de las olas que, no sin astucia, han sabido musitar el sueño de la larga noche de la tiranía? 

           

                 

           

                  

 


Érase un hombre con una nariz de oro: Thycho Brahe

 

Estoy muy emocionada con este artículo. Reúne varios elementos que nos aseguran pasar un buen rato: hechos reales, obstinación, histrionismo, celos, derroche, una isla gobernada por un déspota, sospechas de envenenamiento y mi querida revolución científica.

Hoy vamos hablar de una de las vidas más fantasiosas y menos convencionales que conozco: hablaremos de Tycho Brahe. Normalmente lo que nos cuentan los estudios formales es que fue el mayor observador del cielo antes de la creación del telescopio. Brahe era un astrónomo tenaz (característica que marca especialmente su trayectoria vital), que creía en la observación diaria del cielo de forma protocolaria y con los instrumentos más precisos posibles. De momento parece el típico obsesivo, perfeccionista y talentoso.

 

Pero como en toda biografía hay salseos y divertimentos y esta vida tiene un inicio del todo sorprendente que quizás apuntaba a lo estrafalario de su devenir. Nació en 1546 en Dinamarca. Fue el primogénito de un noble matrimonio bien posicionado y con bastantes influencias. Pero todo esto de poco le sirvió ante el rapto de  su tío paterno Joergen Brahe, el cual no tenía hijos propios y ante tal imposibilidad robó a su sobrino y se hizo su tutor. Pim, pam, toma Lacasitos. Le proporcionó una formidable educación humanista en latín y  su intención era que estudiara leyes pero no contó con un acontecimiento astronómico que cambió el rumbo de la trayectoria vital de nuestro protagonista. Veréis, con 13 años (yo también lo veo muy joven)  fue enviado a la Uni de Copenhague y durante su estadía, en 1560 se produjo un eclipse de sol. Fue en este preciso instante cuando algo cambió en la mente del brillante joven, y es que el hecho de que el fenómeno se pudiera  prever dejó a Brahe fascinado y se abrió ante él un océano de conocimientos astronómicos en los que sumergirse. Todo esto bajo la indulgente mirada de su tío que veía este cambio como una fase de rebeldía adolescente. Luego para completar sus estudios fue enviado a la Uni de Leipzig, y aunque su tío seguía emperrado en que fuera letrado el sobrino punki se dedicaba a sus observaciones de la bóveda celeste.

 

Estos rifi rafes duraron poco ya que el tío la palmó dejando al astrónomo un buen pellizco. Ahora si que se formaría en las unis que quería y sobre los temas que le interesaban: astronomía, alquimia y medicina. ¡Aquí empieza el verdadero rock and roll!

 

Para muestra un botón: en 1566 tuvo una bronca muy fuerte con otro aristócrata danés que derivó en un duelo, dicen las malas lenguas que fue provocado por las burlas de éste aristócrata sobre una predicción astrológica de Tycho. Se conoce que Brahe previó la muerte del sultán Solimán el Magnífico cuando este ya la había diñado. El resultado del duelo fue la pérdida de la parte superior de la nariz de Brahe. Desde entonces usará una prótesis de oro o plata (algo muy indicado para un amante de la alquimia).

 

En la siguiente década desarrolló su carrera y se labró un nombre, también se casó y tuvo descendencia. En estas ya empezaba a estar un poco insatisfecho con su vida en Copenhague y el rey Federico II para retenerlo le regaló una isla llamada Hven. Al inició fue autoritario de más con los lugareños hasta que el rey le paró los pies. En dicha isla levantaría su observatorio y laboratorio de alquimia llamado Uraniborg (cual nombre de ginoide), en honor a Urania la musa de la astronomía. Vamos, una Bat cueva en todo su esplendor financiada por la realeza.

 

Y aquí es donde se desata el despiporre de sus excentricidades. A parte de su inestimable aportación a la astronomía moderna, también se dedica a dar grandes banquetes ofreciendo como entretenimiento la presencia de Chep. El era su bufón personal y como era costumbre en la época, era una persona de corta estatura. Pero la cosa no acaba aquí, Thyco creía que Chep era clarividente y en las grandes fiestas cuando este hablaba, el anfitrión hacía callar a los presentes para escuchar las revelaciones. Posteriormente como premio Tycho cogía un trozo de comida y se lo daba con la mano como si fuera una mascota. ¡Algo terrible! Otro divertimento que ofrecía era emborrachar a un alce en el interior del castillo, hasta el punto que un día, el animal totalmente ebrio, intentó bajar las escaleras y falleció. ¡Menos mal que su especialidad no fue la ética!

 

En 1567 ocurre un hito muy importante en la vida de nuestro protagonista: la observación de un cometa que atraviesa las esferas celestes, lo que invalida el modelo de esferas de Ptolomeo. En ese momento ya hay una teoría que lo puede explicar, el modelo copernicano (el sol está en el centro y los planetas giran alrededor, siendo la Tierra un planeta más), pero esta teoría no le convence especialmente por las implicaciones religiosas que conlleva, ya que si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, nuestro lugar no puede ser otro que el centro. Con tal egocentrismo costó que el modelo copernicano arraigarse. En esta tesitura Tycho decide crear el moledo tychonico. Es un modelo bisagra entre el ptolemaico y el copernicano. Revolucionario por un lado y conservador por el otro. El tema es que a nivel matemático su propuesta funcionaba bastante bien. Pero realmente su atractivo reside en la no problematización religiosa, por todo ello tendrá la no desdeñable  vigencia de un siglo aproximadamente.

 

Nada es para siempre y en 1597 Christian IV, nuevo rey de Dinamarca, le retira los fondos. Nuestro filósofo abandona Dinamarca buscando más fortuna en otros lares y aterriza en la corte de Rodolfo II, sacro emperador romanoEn 1599 para bien y para mal, conoce a una pobre y joven promesa llamada Kepler (arrodillémonos ante quien creó las leyes del movimiento planetario y quien sentó las bases para las leyes de la gravitación universal de Newton). Tycho lo invitó al castillo para que fuera su asistente y le ayudara matemáticamente a demostrar su teoría, en cambio el otro acude con la idea de pedirle sus anotaciones de las posiciones de los astros y así seguir desarrollando su propia hipótesis cercana a la copernicana. Ya se masca la tragedia, empieza una relación con luces y sombras, en la oscuridad, el mal rollito que se llevan ya que Tycho suelta la info en cuentagotas y cree que Kepler es un ingrato, ya que lo sacó de la pobreza y por otro lado Kepler juzga al maestro de viejo avaro y recalcitrante. En la luz hayamos la creación conjunta del catálogo de las posiciones de la estrellas más preciso conocido hasta el momento, las tablas rudolfinas (Ya que no olvidemos que Rodolfo II es quien financia todo el tinglado).

 

Ya en el capítulo final de esta apasionante vida, veremos que Brahe no decepciona. Los 2 astrónomos acuden en Octubre de 1601 a un gran banquete donde Tycho siente unas grandes ganas de ir al baño, pero él no se retiró al servicio ya que lo consideraba una gran rotura de etiqueta. Al llegar a casa e intentar miccionar y se da cuenta que no puede. 11 días después al gran astrónomo muere de uremia (alta concentración de urea en sangre al no poder hacer pis). Pero también hay teorías más sórdidas y truculentas que cuentan que fue su ayudante quien lo envenenó para poder acceder final y libremente a todos los datos de Tycho. (Actualmente y con autopsia de por medio se sabe que por morbosa que fuera esa explicación es falsa)

 

Por otro lado antes de morir Tycho llama Kepler para decirle que le dará todos sus ansiados datos y todos sus instrumentos si jura defender el modelo tychonico e ir en contra del copernicano, no se sabe del cierto si juró o no pero la realidad es que le dio toda la info y materiales. Afortunadamente Kepler hizo lo que le dio la gana y  entre 1609 y 1619 creó las leyes de movimiento planetario y sugirió la existencia de una misteriosa fuerza que atrae los planetas al sol, la posteriormente conocida gravedad.

 

Hemos tenido ilusión y espectáculo además de veracidad y ciencia, todo ello concentrado en tan solo 54 años de vida. Imaginad que más habría ofrecido al mundo con una vida longeva. Es innegable que Brahe fue un ser humano privilegiado, con una vida extraordinaria rozando la inverosimilitud, de carácter fuerte y mente resplandeciente. ¡Ave Thyco Brahe!


Vértigo o la cuestión de la antipolítica


“De aquello de lo que no se puede hablar, sobre eso hay que guardar silencio”. Ludwig Wittgenstein.


Antipolítica



Después de las afirmaciones hechas por el vicepresidente del consejo de “planificación” del gansterato, el señor Menéndez, en las cuales hizo responsables del reciente deslave ocurrido en Las Tejerías nada menos que a los colonizadores españoles, se confirma la necesidad de revisar a fondo las estructuras del modelo de enseñanza que se viene impartiendo en las universidades venezolanas. Si bien es cierto que -como afirmara Hegel en sus Wastebook- “el entendimiento sin la razón es algo”, definitivamente, el entendimiento no puede ser contrabandeado, atribuyéndole un papel estelar para el cual no solo carece de competencias sino que no le corresponde. La mera ratio no basta para adquirir una formación sustentada en los valores de la autonomía, que son, por cierto, el auténtico soporte de la idea de ciudadanía y, en consecuencia, de la razón y de la libertad. El entendimiento separa. La razón une. El saber reúne. Por eso mismo, produce vértigo entre los ignaros. El “caradurismo” asumido por el funcionario de ocasión, quien ni siquiera pestañea, oculta la suprema irresponsabilidad de un régimen que ha calcado al dedillo las vergonzosas “reliquias de la muerte” del totalitarismo.

Es por eso que no conviene insistir en la confusión de la ratio técnica o instrumental con la razón propiamente dicha. No es lo mismo el Verstand que la Vernunft. De hecho, por ratio se comprende el instrumento o el medio -en última instancia, se trata del “método”- con base en el cual las formas reproductivas del conocimiento son fijadas, elevadas y puestas -o positivizadas-, como si se tratara de verdades absolutas e indiscutibles, abstrayéndose del carácter productivo y orgánico del saber, de su relación concreta con la frecuencia de los cambios históricos, sociales, políticos y, en consecuencia, con su permanente necesidad de adecuación con el ethos, al cual se debe. Las limitaciones características de la ratio están obligadas a plenar el vacío que las circunda con el hedor de la heteronomía. Es ese el tipo de enseñanza que se viene impartiendo en las universidades y, por cierto, no solo en Venezuela. En suma, se enseña el “qué” y el “cómo” se hace, pero ni se enseñan ni se aprenden el “por qué” ni el “para qué” en el “aquí” y el “ahora”. Es así como el modelo “cognitivo” pasa a ocupar un puesto distinguido en la creciente represión del régimen. Tras el interés por secuestrar el conocimiento se oculta la agresión del bárbaro, su resentido deseo de hacer colapsar a toda costa la verdad imponiendo, en su lugar, sus propios prejuicios. Y en este aspecto ha contado con no pocos antecesores e incluso con unos cuantos troyanos. En el fondo, se trata de confeccionar una enseñanza para “especialistas” en metodologías específicas -expertos en el vacío y la nada- que conduce directamente a la tiranía y la barbarie. Era ese, el modelo reinante en las universidades alemanas antes de la llegada al poder del régimen nacional-socialista de Hitler. El “progreso de la racionalidad instrumental preparó el terreno para su surgimiento y consecuente hegemonía, “notables” mediante.


En sus delirios de abstracción, el entendimiento, obseso audaz, suele etiquetarlo todo, señalizarlo todo, controlarlo todo. Los “stickers” -en el fondo, las cámaras de “seguridad”, los ordenadores, los teléfonos “inteligentes” o los satélites no son más que stickers- van marcando su sendero en su temor a la oscuridad. Está enfermo de quietud, le teme al devenir y todo lo quiere estable, “positivo”, inmóvil. Es el autor intelectual de un movimiento que carece de movimiento. Es paralítico y paranoico. Su larga dictadura lo ha hecho esquizofrénico. Por eso mismo sentencia, proclama, reglamenta, decreta normas y se obceca dictando leyes que en nada coinciden ni se adecuan con la realidad de verdad, al punto de despreciar, en aras de los stickers, sus propios orígenes, su propia historia. Lo advertía -¡oh, sorpresa!- el mismísimo Kant: “El entendimiento común humano, al que, como entendimiento meramente sano, aún no cultivado, se considera el mínimo que se puede esperar de quien aspira al nombre de ser humano, tiene por eso también el humillante honor de llevar el nombre de sentido común, de tal modo que por la palabra común se entiende vulgar, lo que en todas partes se encuentra, aquello cuya posesión no constituye un mérito ni ventaja alguna”.


Se comprende, entonces, cómo sea posible que siempre haya un “chivo expiatorio”, algo o alguien fuera de las normas a quién estigmatizar, un defecto, un “error en el sistema” que genera “ruido”, que produce vértigo, porque el entendimiento no podría haberse equivocado. Las “encuestas no mienten”, los “métodos son exactos”, “los procedimientos son correctos” y, además, su preparación curricular da cuenta de que se trata de un estudio “científico” de los fenómenos. Por eso mismo, tuvieron que haber sido los conquistadores los responsables de la tragedia de Las Tejerías. Y es por eso que cuando la mayor parte de la población se niega a participar en un proceso electoral, no se debe a la política mediada por el entendimiento abstracto y la razón instrumental. Tampoco se debe al hecho de que tanto el régimen gansteril como la llamada oposición, a punta de falsas expectativas, hayan defraudado hasta la saciedad a la población entera. O a que hayan saqueado -o contribuido con el saqueo- del país que fue. O que hayan conducido al abismo de la miseria material y espiritual a la otrora nación más próspera y mejor posicionada de América Latina. Como tampoco es culpa del uso y abuso de la concepción de “política” que fueron implementando paso a paso, gracias al estricto seguimiento del “tutorial” que generosamente les brindó el entendimiento abstracto. ¿Entonces, de quién será la culpa? La respuesta es: de la anti-política. Fue ese espectro nouménico, ese “coco” brotado de las entrañas del abyecto irracionalismo ibérico, de la negación de la más pura racionalidad instrumental, lo que provocó no “la salida” sino “la caída” de monómeros, entre otras empresas. Fue la anti-política la que, habiendo ganado tres veces las elecciones presidenciales, le entregó el poder, primero, a un moribundo derrotado y, después, a un rufián usurpador. Y fue también ella, la anti-política, la que puso “todas las opciones sobre la mesa”, que terminaron en “el show de los drones”, la bravuconada de un ególatra impotente y el naufragio -mención aparte de los encarcelamientos, torturas y asesinatos- de un puñado de mercenarios. La conclusión no es, pues, que la ciudadanía se sienta defraudada, ni que en su cotidiana lucha por sobrevivir, en medio de las sofocantes penurias, día tras día intente adaptarse, como puede, a las circunstancias. No: ¡es que la gente no entiende al entendimiento!

Valdría la pena preguntarse si por la cabeza de alguno de los ilustrados apologetas de las normas y procedimientos de la ratio instrumental habrá pasado, aunque sea por un instante, la posibilidad de que la antipolítica no sea más que la inversión especular de la política, el “feliz no-cumpleaños” de la Alice de Carroll, su necesaria otredad, su secreto a voces, su lado oscuro, la confirmación del fracaso de su tiranía. Como diría Hegel, se trata de su negación determinada, porque “toda determinación es una negación”. En fin, es la política misma, sólo que puesta -fijada- en su inversión por la propia política. En vez de “tirar la escalera”, convendría bajar de nuevo por ella y afrontar el vértigo para convocar a los inadvertidos a subirla. No pocas veces, y como dice Adorno, “el trabajo de la filosofía consiste en decir lo que no se puede”, justo lo que Wittgenstein prohíbe.


@jrherreraucv

Malleus maleficarum

Martillo de las brujas



 A la memoria de los perseguidos, condenados y

asesinados, víctimas de las “cacerías de brujas” del recurrente

fanatismo que tanto le teme a la libertad.

 

 

            El Malleus maleficarum o Martillo de las brujas, fue escrito y compilado por los sacerdotes de la orden dominica, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, y fue publicado en Alemania en 1487. Se trata de un manual que tuvo la asombrosa capacidad de transmutar la ignorancia en metodología “científica”, es decir, la barbarie ritornata en clara expresión del entendimiento abstracto y especialmente de su brazo armado, la ratio instrumental. De hecho, a partir del Malleus se puso en evidencia el estrecho margen -ya advertido por Spinoza en el Tratado Teológico-Político- que media entre los linderos de la enajenación religiosa y de la esquematización del conocimiento, puestos al servicio de una determinada hegemonía constituida. Ideología, la llamaba Marx. En el caso particular del Malleus, el gran historiador medievalista Jacques Le Goff ha dado cuenta de cómo, en la Francia del siglo XVII, los siempre sombríos miembros de los tribunales inquisidores sentenciaban a sus víctimas a plena luz del día, mientras que por la noche, al cobijo de las sombras, se vestían de finas togas de luz para dar lectura al Discours de la méthode de Descartes. Es como el eco de aquella canción de los años ochenta del ya recóndito siglo XX: “sin sombra no hay luz”.

            En todo caso, Malleus en mano, el incipiente y novísimo subjecto, aun desbordado por las aguas de su propia virtú, se fue formando, metódicamente, en la sospecha, la desconfianza y el recelo. En una expresión, la duda devino parte esencial de la nueva cultura que iba fraguando, lenta y progresivamente, el espíritu de la modernidad, anticipando -via invertionis- el anuncio formal de la llegada de una nueva era. La historia se cocina a fuego lento, y lo que aparece es, siempre, el resultado de un largo y doloroso proceso que objetiva y cristaliza la síntesis de las oposiciones. Quien todavía crea en la pureza de la secuencia de las imágenes indeterminadas por las antinomias, en el “esto” o “aquello”, es mejor que se vaya al cine. También esa creencia -no pocas veces impuesta- forma parte de la madeja de la que surgió el tejido del Malleus maleficarum. El peso de imponer una nueva hegemonía cultural, más allá de los límites del dogma, también tiene sus consecuencias.

            Un año después de la publicación del Malleus (Das Hexenhammer), el Papa Inocencio VIII reconoció la perniciosa, por hereje, existencia de la brujería. Y en un decreto papal -“Summis desiderantes affectibus”- apremia a los autores del manual a proseguir el combate contra la brujería en Alemania. De hecho, los misóginos en cuestión fueron nombrados inquisidores con poderes especiales. Los efectos no se hicieron esperar en el resto de Europa, al punto de que se calcula que el número de acusados y sentenciados a morir en la hoguera ronda entre los dos y los cinco millones víctimas, en la mayoría de los casos mujeres. Se trata de una cifra que, desde una perspectiva exponencial, pudiese equipararse con las muertes ocurridas en las grandes guerras mundiales.     

            Lo cierto es que la representación y consecuente cacería de la “brujería demonológica” se hizo popular y masiva a consecuencia del Malleus, siendo expresión de innegable autoridad e indiscutible credibilidad para el gran público. De modo tal que si lo decía el Malleus la duda, necesariamente, se desdoblaba: por un lado, “el caso” en cuestión se hacía rigurosamente “indudable”. Pero, por el otro, y precisamente por ello, la duda hacia el acusado plenaba por completo las mentes y los corazones de todos los “buenos y salvos”, incluso, en el caso de los propios familiares y vecinos, a la sazón, diligentes “patriotas cooperantes”, porque, como se sabe, “nunca se sabe”, y “el diablo siempre tienta”. Quizá sea eso lo que explique las “delicias” de la tercera parte del Malleus, cuyo contenido detalla los métodos -precisamente- para detectar, enjuiciar y sentenciar la brujería. La tortura aparece, además, como un ejercicio de rigor indispensable, y los jueces son instruidos para engañar al acusado, prometiéndole misericordia en caso de confesión. En fin, en Occidente, el fanatismo fundamentalista tiene en el Malleus maleficarum uno de sus textos de cabecera y uno de sus mayores motivos de inspiración.

            De ahí que con el Malleus, y por primera vez en la historia, surja en forma sistemática una etiología del mal y, con ella, la legitimación de la violencia y del poder punitivo que, en sustancia, ha permanecido intacta hasta el presente. Cambian las circunstancias, los contenidos de las acusaciones y, por supuesto, las víctimas contra las que se ejerce la persecución. Pero lo que hasta ahora no parece haber cambiado es el hecho de que en toda masacre sufrida por la humanidad, de la que se tenga noticia desde los inicios de la era moderna hasta el tiempo presente, por más pequeña o grande que esta sea, se reproduce fielmente la misma estructura del Malleus maleficarum, su “lógica”, la lógica de los victimarios. Sus preceptos inquisidores han sustentado cada sospecha, cada acusación, cada persecución, cada encarcelamiento, cada tortura y asesinato cometido en nombre de la presencia de una inminente conspiración, de un inminente “riesgo”, una “amenaza” contra los cimientos y el “orden natural” de la “buena” humanidad, las “buenas” creencias religiosas o el “buen” Estado, por lo que deben tomarse medidas extraordinarias para combatirla, sofocarla y aplastarla. Es el fundamento del códice de todo poder punitivo, la fuerza que anima la maquinaria de represión que verticaliza el poder político y social, generando la infraestructura sobre la cual crecen y concrecen los estados de paranoia colectiva que justifican el ejercicio totalitario del poder. La estructura del Malleus ha sido la premisa del fascismo y del nazismo, del stalinismo y del macartismo por igual. Hoy es la fuente de la que se nutre el deslizamiento sufrido por la praxis política posmoderna hacia la gansterilidad. La grotesca y nada inocente promoción de las figuras de Superbigote y de Dracula -en este caso, se trata de la fantochización de la ya fantochizada imagen hollywoodense de la novela de Stoker, por lo demás, intoxicada por los efectos del Malleus-, en realidad ocultan la virtualización de un humeante espejismo, la inversión reflexiva de la realidad y, tal vez lo más importante, la hipostatización de la crueldad del régimen criminal que mantiene secuestrada a Venezuela. Que se den por enterados quienes se autocalifican de “opositores” al gansterato, empíricos amantes de la inmediatez y el cortoplacismo.           


José Rafael Herrera

@jrherreraucv


La red en tiempos posmodernos

 

Mundo posmoderno conectado en red

 

            Se sabe que, como consecuencia directa del vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales que tipifican el modo de existencia de esta era posmoderna, el término red ha ido adquiriendo el significado de un conjunto de elementos técnicos que se conectan entre sí para sujetar algo o para transmitir información. La red -o las redes en general- son entendidas hoy día como  sinónimo de un gran sistema en interconexión. Una finísima y casi imperceptible tela de araña ha logrado finalmente capturar la objetualidad del presente. Pero por eso mismo, conviene tener presente las enseñanzas del gran Aristóteles: las cosas sólo se pueden conocer remitiéndose a sus orígenes. Y de hecho, la palabra rete tiene origen latino Define un conjunto de hilos, cuerdas, fibras o alambres, tejidos y entrecruzados, que conforman una malla. Dos referencias clásicas merecen ser objeto de especial mención en este sentido.

            La literatura griega antigua da cuenta de cómo con ayuda de una red, tan fuerte e indestructible como fina e imperceptible, el ingenioso Hefesto pudo sorprender, atrapar y poner en evidencia ante los dioses el adulterio de su esposa Afrodita nada menos que con su propio hermano, Ares. De igual modo, en las Escrituras, Jesús de Nazareth convoca a sus seguidores a tejer una gran red para “pescar” hombres de fe y buena voluntad. Arrojada sobre la mar del mundo, y una vez culminada la faena, serán los ángeles los encargados de separar diligentemente los “peces” justos de los injustos, ya que estos últimos terminarán siendo arrojados al divino fuego de la justicia, “hasta que crujan sus dientes”. Como se podrá observar, las redes no solo le han servido de sustento a la humanidad. Poseen, además, un profundo significado hermenéutico y, por eso mismo, ético-político.          

            Durante los últimos años, el término “policy network” -lo que podría traducirse al español como “red política”- ha ido ganando la mayor importancia entre los estudiosos de las ciencias políticas y sociales, e incluso de otras disciplinas académicas. La microbiología, por ejemplo, describe el movimiento de las células como una compleja red de información, mientras que la ecología define al medio ambiente como un sistema de redes integradas y la informática se concentra en la creación y desarrollo de redes neuronales capaces de auto-organizarse y auto-aprender. En sociología y en tecnología, en economía y en políticas públicas, las redes son interpretadas como nuevas fuentes productivas y reproductivas de intercambio y organización social. De modo que bien podría afirmarse que el término red se ha ido transformando en un nuevo y próximo diseño de interpretación en y para el entendimiento y la comprensión de las complejidades características de la realidad contemporánea.

            Más allá de las considerables diferencias que -en virtud de la especificidad de cada disciplina- el término pudiese llegar a presentar entre las distintos ámbitos del saber, cabe destacar el hecho de que en ellas se pueden encontrar algunos elementos analógicos, cuya relación determina la presencia de una definición general compartida. Se trata de un conjunto de relaciones comunitarias de continuidad, no jerárquicas, autónomas y relativamente estables, que presentan intereses compartidos y que intercambian diversos recursos con el propósito de alcanzar el mismo objetivo, sobre el entendido de que la mutua cooperación es el modo más adecuado de alcanzar las metas propuestas. El cabal conocimiento del funcionamiento pormenorizado, científico y no empírico del concepto de red ha devenido, en consecuencia, imprescindible para el análisis y ulterior diseño estratégico y táctico de la acción política y social contemporáneas, siendo el fundamento que permite revertir y superar los tormentos de una sociedad que ha ido perdiendo la capacidad ciudadana de luchar y organizarse, sometida y secuestrada como se encuentra por auténticos gansters, por matones, criminales de lesa humanidad, que han hecho del terror diseminado el único sustento real de su poder. Por cierto que mientras los justos todavía no parecen comprender la importancia del trabajo en red, los injustos hace tiempo que lo implementaron. La gansterilidad, de hecho, funciona como una inmensa e imperceptible red.

            En tiempos de resistencia ciudadana, la paciencia y la constancia son de factura imprescindible, ya que es de estas dos virtudes que puede surgir el entramado definitivo de una inmensa red social y política, ciertamente tan fina e imperceptible como fuerte e indestructible, capaz de atrapar a los injustos y de llevarlos “ante el fuego de la justicia, hasta que crujan sus dientes”. Se trata de poner a la disposición de una praxis política y social -más que “opositora”- distinta, el innegable progreso y desarrollo que durante los últimos tiempos ha llevado adelante lo que podría definirse como la ratio instrumental, cabe decir, la tecnología cibernética e informática. Una red virtual que sea, además, el fiel reflejo especular de una red real si es verdad que, como decía Spinoza, “el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas”. Una red tejida desde los barrios hasta los caseríos, desde los municipios hasta los estados, desde los conucos hasta las industrias, desde las universidades hasta los gremios. En fin, desde la desesperación y el dolor que padece a diario el más humilde trabajador hasta la gravedad de las preocupaciones del ya bastante golpeado empresario. Desde una perspectiva estrictamente instrumental y tecnológica, no se trata de una cuestión imposible de lograr y, más bien, podría afirmarse que en muchos sentidos el camino ya ha venido siendo construido. Sólo falta el motor de combustión: la educación estética.

 

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Conmiseración

 

Conmiseración humana

 

          Como tristeza que es, es mala en sí misma; pero el bien que de ella se sigue, es decir, el esfuerzo por liberar de sus miserias a otro hombre, es un dictamen de la razón y sólo en virtud de ese dictamen es posible hacer “algo que se sabe con certeza que es bueno”. De lo cual se sigue que quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza, cuanto puede, en lograr no ser tocado por la conmiseración. Y es por eso, además, que “quien haya conocido rectamente que todas las cosas se siguen de la necesidad de la naturaleza divina y se hacen según las leyes y reglas eternas de la naturaleza, sin duda, no hallará nada que sea digno de odio, risa o desprecio, ni se compadecerá de nada, sino que, en cuanto lo permite la humana virtud, se esforzará por obrar bien y, como dicen, estar alegre. A esto se añade que aquel que fácilmente es tocado por el afecto de la conmiseración y por la miseria o las lágrimas de otro, con frecuencia hace algo de lo que después se arrepiente; tanto porque por afecto no hacemos nada que sepamos con certeza que es bueno, como porque fácilmente somos engañados por las falsas lágrimas. Hablo aquí expresamente del hombre que vive bajo la guía de la razón. Pues el que ni por la razón ni por la conmiseración se mueve a prestar auxilio a otros, con razón se llama inhumano” (Eh., pro. 51, al).

            El saber racional, reconstructivo, comprendido como re-conocimiento -cabe decir, como crítica de la razón histórica-, es capaz de liberarnos de las pasiones, de esas vivencias de la imaginación definidas por el autor de la Ethica como “afecciones de la opinión” o expresiones de la pasividad humana, las mismas que hoy conforman el universo de la llamada posverdad y que necesariamente conducen a la enajenación y la esclavitud. Tómese en cuenta que la palabra pasión viene del latín passio y este del verbo pati o patior, que significa padecer o sufrir y que es lo contrario a la acción, por lo que toda passio comporta pasividad, conformismo, resignación y entrega. Latinoamérica entera la lleva a cuestas como si fuese un orgulloso estandarte, un rosario de virtudes. De ahí que la conmiseración (o com-pasión) sea, ella misma, la fiel representación de la aceptación de la derrota continua. A esto se opone la máxima spinoziana: “Nec ridere, nec lugere”. En efecto, según Spinoza, tal es el modo adecuado de comprender y superar los límites de quienes viven presos en la miseria de sus pequeñas pasiones, especialmente de las tristes, que son el resultado de la ignorancia que termina por separarlos del bienestar y de la libertad. Es cierto que nunca se podrá salir por completo de la ignorancia y, por ende, de las pasiones. Pero el “verdadero bien” consiste, justamente, en el esfuerzo continuo por salir de ella y, como consecuencia, de ellas. Para lo cual, es indispensable la reconstrucción del Ethos, la más humana y al mismo tiempo sublime obras de arte de la humanidad. Si la posmodernidad hizo de la pars destruens su razón última de ser, ha llegado el momento de hacer las cuentas con ella, porque toda negación es una determinación y, por eso mismo, después del desastre provocado, ha llegado el tiempo de la pars costruens, si es que se aspira salir de una vida de fragmentos y manipulaciones infinitas, que han arrastrado a lo que va quedando de Occidente al abismo de la barbarie populista y al imperio de los totalitarismos autocráticos orientalistas.

            No se puede eliminar lo que no se conoce. En menester encaminar las emociones por el sendero de lo que aumenta la potencia de la creación, de la realización de los objetivos concretos en y para el ser social, con el firme propósito de reconquistar -Aufheben- la condición ciudadana y sus instituciones correspondientes. Los escándalos, a decir verdad, las pequeñas miserias que cotidianamente presenta la existencia de una población espiritualmente empobrecida, son distracciones, diminutas piedras en el camino de la larga jornada que aún queda por delante. Lo que contrasta, por cierto, con una de las más fidedignas exhortaciones hechas por el pensamiento dialéctico: “nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”. La diferencia es, en este sentido, esencial, y, parafraseando a Hegel, hasta se podría afirmar que, todo lo contrario, nada grande se ha hecho en el mundo con las pequeñas pasiones, ni con los destemplados y grises apasionamientos.

            Es tiempo de revisarse, de cambiar de ruta y asumir -¡por una vez!- un compromiso que trascienda la magnificación de las nimiedades, los detalles superfluos transmutados en grandes escándalos de tres días o una semana a lo sumo, hasta “el próximo capítulo” de una interminable teleculebra, llena de “bichitos”: usurpadores, tenientuchos, sargentones, psiquiatras pervertidos, barraganas y jineteras, presidentes de cupón salidos de la caja “premiada” de algún detergente, gobernadores con complejo de vampiro y autoridades académicas, sin vergüenza en el rostro, que gustan servirles cual minions. Entre tropelías y villanías, candidatos presidenciales sin espacio ni tiempo, pero, sobre todo, frente los cuales toda eventual conmiseración queda sorprendida en su hipócrita banalidad, porque pronto se pone de manifiesto, bajo la piel del ovejo, la hiena sinvergüenza, el negociante de pulpería que reclama su “ñapa” sin importarle en lo más mínimo el desangramiento entero de una población que en algún momento tuvo una vida digna, decente. La expresión criolla “pobrecito”, podría ser infinitamente repetida por Spinoza, para referirse a una clase política que se ha extraviado a sí misma, y que con el único objetivo de conquistar honores inmerecidos, riquezas mal habidas y una existencia entregada al lujo y la lujuria han vendido los valores e ideas que, alguna vez, brindaron decoro a la praxis política de la actual ex-república. Por una vez, como ya se ha dicho, por el Amor intellectualis dei y el espíritu auténticamente democrático y republicano. Pero, sobre todo, por los asesinados, los presos políticos, los millones de exiliados y las víctimas de Darién, convendría dar un giro, marchar con la frente en alto y por todo el medio de la calle.         

De la república estética

“Tu hechizo vuelve a unir

lo que el mundo había separado,

todos los hombres se vuelven hermanos”

                                               F. Schiller

Republica de Schiller

 

            Un partido político o una alianza de partidos políticos que se propongan con auténtica responsabilidad construir la estrategia adecuada que permita ponerle fin a un período histórico signado por el deslizamiento del populismo desde el neo-totalitarismo hacia la gansterilidad, amerita -más que entender- comprender que su objetivo fundamental consiste en superar las formas de consenso hegemónico predominantes que le han servido de oxígeno -o de combustible- al régimen que, a pesar de hallarse en situación de usurpación, ha terminado por hacerse costumbre y normalidad, al punto de ser identificado, reconocido y aceptado por la mayoría como aquel que sostiene las riendas efectivas del poder político, social y cultural del ser y de la conciencia sociales. La pretensión de montar un circo al lado de otro circo, con diferentes atracciones, coloridos y payasos, luce, además de ridícula, poco atractiva. Toda imitación carece de genuina autenticidad y es, inconfundiblemente, la marca de fábrica de un ingenio limitado, como el que hasta ahora han lucido los “expertos” del marketing político en Venezuela.

            Que se sepa, no existen las varitas mágicas, por lo menos no en política, y en el caso de que existieran parecieran ser muy escasas, especialmente en una época de crisis orgánica como la actual, alejada de la luz de la fantasía concreta, atrapada en un agujero de gusano del multiverso y sumergida, como está, en las profundidades del pestilente océano de la posverdad. Que se intente jugar a ser más populistas que los populistas no solo es insensato, es irresponsable y suicida. Que, por contraste, se oferte el más descarnado neoliberalismo como panacea universal de todos los males de una sociedad y una cultura que durante los últimos cincuenta años hizo del estado de bienestar su modelo “natural” de existencia, además de chocante, no es menos suicida. De modo que los atractivos de una “clase” política sorprendida en su desubicación, es decir, indefinida, indeterminada, reactiva, acostumbrada a los vaivenes del día a día y habituada al no pensar demasiado, conspiran no solo en contra de sí misma sino de la estructural resolución del abismo en el que se halla sumergido más del ochenta por ciento de su población. Y, por una vez, tiene la necesidad imperiosa de revisarse a fondo, de comprender que no hay atajos, que los caminos verdes son sendas perdidas. Por una vez, pues, se trata de dejar de apostarle a las circunstancias, a los ecos lejanos de Sri Lanka o a los últimos acontecimientos argentinos, cuya intempestividad es eufóricamente estimada por algunos impetuosos entusiastas como el inicio de la primavera latinoamericana. No hay fortuna sin virtud. En cuestiones de política, nadie se gana “el premio gordo” de la lotería sin levantar un dedo, sin hacer un esfuerzo de astucia, preparación e inteligencia combinado, quedándose sentado a la espera de que las cosas, por sí solas, se “den” o hasta que llegue el ocaso para ver pasar frente a la choza el purulento “cadáver del enemigo”.

            Más sensato pareciera ser el “desechar las ilusiones” e irse “preparando para la lucha”, una lucha dura, de resistencia, de tejido continuo y largo aliento, en la que conviene tener presente la compañía de la soledad, más allá de las palmaditas solidarias o de la retórica comunicacional. Lucha que, en consecuencia, requiere de la constancia que en medio de los peores momentos recomendaba el propio Bolivar. Todo lo cual parte, en primera instancia, de la pregunta por el para qué. Si la respuesta es para obtener el poder bajo la misma estructura jurídico-política de los últimos veintitrés años y mantener similares políticas económicas y sociales, entonces el esfuerzo habrá valido muy poco la pena. El “quítate tú pa´ponerme yo” en nada beneficia a lo que aún queda de país. El resentimiento y la vendetta no son más que “pasiones tristes”, como dice Spinoza, que solo contribuyen a la disminución de la potencia del ser social. Si la respuesta es para producir un cambio radical del modelo económico y social, con la imposición de políticas de libre mercado y privatización de la educación, la salud, la seguridad social y los servicios básicos, entonces se producirá un shock que en muy poco tiempo traerá de vuelta al populismo gansteril al poder. Incluso, si se persigue un “pacto de convivencia” -o de resignación- a través de lo que se ha dado en llamar la “vía electoral, pacífica y constitucional”, se seguirá jugando a la baratija demagógica, se acudirá a la más desleal de las hipocresías y no solo no habrá solución a la crisis sino que el régimen narco-terrorista se perpetuará indefinidamente en el poder. En un territorio sin democracia, con los poderes públicos secuestrados, sometido a la brutal barbarie de los cuerpos de seguridad, sin derechos humanos, material y espiritualmente empobrecido y con una carta constitucional que fue hecha a la medida del difunto rey desnudo, por lo demás, plagada de la más grosera politiquería y de un lenguaje depauperadamente insufrible, apostar al engaño -además, para quitarse de encima el mote de “derecha golpista” que les impusieran precisamente los golpistas- es garantía de un fracaso anunciado.

            Hay otra opción, que sin duda requiere de mayor esfuerzo y de mayor tiempo, pero que enterrará definitivamente la barbarie y le otorgará al país la grandeza que bien se merece. Se trata de la conformación del proyecto de construcción de una república sustentada sobre la educación estética. No para ser construida después de “la salida” del régimen, sino para comenzarlo desde ya, in der praktischen, porque no habrá ninguna salida si no se construye. Toda auténtica poiesis es praxis. El entendimiento por sí solo no puede, no basta. Del entendimiento solo surge la barbarie actual. Y precisamente, dado que se trata de estética, más que por el entendimiento y la razón instrumental, a ella se llega a través de la sensibilidad y, como sostiene Schiller, nada menos que por el juego, es decir, por lo jocoso, lo que es capaz de transmitir la mayor alegría. Lo dice, por cierto, el autor de la Ode an die Freude o Canción a la alegría, letra de la Novena Sinfonía o Sinfonía “Coral” de Ludwig van Beethoven, el himno de Europa. El finale fenomenológico es un llamado schilleriano: “del cáliz de este reino de los espíritus rebosa para él su infinitud”.

            Ningún cambio ocurrido en la historia se decreta. No es la consecuencia de una ley, de un mandato o de un dictamen jurídico-político. Por el contrario, las leyes, dictámenes y mandatos, lejos de ser un principio, son el resultado de un largo proceso en el que ha mediado la costumbre -die Sitte-, de la que proviene la ciudadanía o eticidad -Sittlichkeit. Pero no se llega al Estado ético, a la eticidad propiamente dicha, sin la formación para la vida estética. Verdad y bondad se abrazan en la esteticidad. La conformación de una república estética es, en consecuencia, el fruto de una larga jornada de trabajo que requiere de un profundo cultivo y enriquecimiento del lenguaje y de la acción comunicativa en todas sus formas posibles de representación -lo cual, dadas las actuales circunstancias, implica su negación determinada, su Aufgehoben. Se trata de la creación de un nuevo modo de ser, de pensar y de hablar, que implica una nueva forma de ver, de sentir, de percibir, de interpretar y de concebir, mientras se va tejiendo la poderosa red social que finalmente lleve ante la justicia a los criminales. No hay Ethos sin libertad ni libertad sin belleza. En suma, se trata de la creación de una nueva cultura, un nuevo modo de producir, una nueva hegemonía sustentada en el consenso y no en la coerción. Es la bella eticidad, fundamento de un Estado con instituciones sólidas y creíbles, de la armonía entre la sociedad y el individuo, de un orden civil y civilizado, auténticamente libre y democrático. Premisa de toda república estética.