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Vendedor de filosofías

 





Los posibles del control hacen nacer muchas teorías conspiranoicas, pero no deben ser rechazados si éstos ayudan a entender el modo en el que está sujeto el mundo. ¿Sabes que podría estar leyéndose lo que ves? La cámara frontal de tú celular está viendo lo que ves. Hacia dónde apuntan tus ojos en cada momento, cómo reaccionan en cada segundo; el dispositivo es una herramienta para que alguien conozca tus emociones, y ese alguien está muy informado. Supongamos que la santificación de las corporaciones y de sus migajas, como base fundamental de la defensa al capitalismo, hace funcionar este mundo, por lo que el control de las corporaciones no sería tan malo. Y qué duda cabe que ellas hacen funcionar al mundo. Pero, ¿es este el mundo que queremos? Sólo basta pensar en toda la impunidad que nace y sigue naciendo de esta concepción, este precepto es suficiente como para germinar todas las dudas que queramos de lo correcto de esta forma de gobernar. 

El Capitalismo es la mano invisible de las corporaciones, mientras el Comunismo es la mano invisible de los gobiernos (ambos socialismos). Separando lo inseparable.

Vivimos en un reinado de lenguajes, pero la misión de la máquina es hacer que los significados se parezcan cada vez más, para que los significantes sean simples, económicos, concisos y precisos; como una orden. El mundo consumidor debería ser como un gran soldado que acata ordenes, sujeto a rigurosos exámenes psicológicos y éticos, físicos y espirituales, pero con fines más oscuros de los que se cree. La misión es entonces engañar, reducir el lenguaje, maximizar los deseos, separar a las personas en la mayor cantidad de segmentos como sea posible. Simplificar no es sinónimo de apocar el material. La cantidad de erudición que se necesita para esto es de una magnitud nunca antes vista. Los recursos están, solamente hay que ver las capacidades de las supercomputadoras para notar que todo este control, y el control sobre el control, es completamente plausible.

Las corporaciones, en vinculo con los sistemas, con los gobiernos, con los estados, con las plataformas, terminan siendo verdaderos sujetos de demonización en contra de los semejantes, de los ciudadanos. Esta demonización tiene como objeto controlar, pero, y aún más importante, separar. El artesanado, que creíase perdido, que tiene como una de sus definiciones que todas sus creaciones sean distintas, terminará por afirmar que lo distinto siempre debe existir, aunque en serie. Lo distinto debe cambiar constantemente, porque lo único posible es el cambio. Es entonces cuando surge el accidente, en la repetición, la que es una de las piedras angulares para encontrar lo real, con su tiempo y su movimiento bursátil en todas sus leyes físicas. El accidente, que es lo que hace nacer al "artesano moderno", hace nacer las ideas, por ello las manos terminaran “perdiéndose” al cambiar la maniobra. Las corporaciones tomaran este rol artesanal porque están pendientes de todos los detalles, como un maestro minimalista que perfecciona lo simple hasta llegar a la máxima complejidad de su arte.   

Reducir el lenguaje es crear repetición, crear repetición es crear diferencia, encontrar las diferencias es ver los accidentes y corregirlos, para que la repetición continúe. Como si Dios mismo al reducir su lenguaje creara este mundo. 

Por ello la importancia de la mutación del lenguaje, de la mutación del arte, para los individuos libres; y el control de estas mutaciones para la máquina. ¿Qué alteraciones tiene el cerebro, las personalidades, el cuerpo, ante las contingencias? El existencialismo solamente vino a apoyar a los poderosos.

No es necesario que el mundo sea dominado. Que la dominación crezca en ínfimas cuotas es un avance exponencial para los sedientos, para los deseosos, para los propietarios. Las mejores mentes están a su servicio, pero también, las más controladas. Genios innatos y controlados. La unión del bien y del mal. 

Es pues, la libertad, la felicidad fuera del control y no dentro de él, el arma con la que lucharán los intelectuales que siguen creyendo en los derechos de la lucha, del antagonismo. El que no es un antagonismo azaroso, sino perfectamente dicho, establecido, visionado. La concepción de lucha desde la explosión cámbrica, no se ha abandonado. 

Es hoy la correcta utopía asumir que no se es controlado ni dominado. El lenguaje debe mutar en este sentido para decir cada cosa por su nombre, expandir los significantes para notar los significados. Decir nuestras debilidades, ver nuestras sombras, como diría Jung, significará crecer. No nos quedemos en la infancia. Hay que crecer como profesionales.

La censura, es una especie de represión cuando trata de abolir lo que consideramos verdadero, la censura, es lo opuesto a lo que intentaron los griegos con la tragedia. La censura es moral y santa para los que escriben dentro de sus gremios, y los que, de gremio en gremio, forman sinergias totalitarias. Todo esta relacionado al mal, el mal es totalizante. Ahora es el bien el que debe surgir como un hongo y existir como micelio.

Es el individuo, al crear su propia ética, el que debe ser investigado. Sus prótesis están. Cámaras, micrófonos, sensores de movimiento, ubicación. El mayor peligro del mundo y su revolución sana para el no control, es el hombre de familia (Arendt), el que ya está condicionado, medido y necesitado. Es un primitivo en las manos de "la naturaleza", porque las empresas han tomado los preceptos de "El arte de la guerra", de "El Príncipe", del taoísmo, del Chamanismo, para corregir con fuerzas naturales sus propios vicios para sus vicios. 

¿Es la introspección la única salida? ¿Ir hacia donde nadie pueda seguirnos? ¿Hasta qué punto la filosofía se vuelve un producto más, y el filósofo, otro vendedor, fabricante, empresario, tratando de sobrevivir para su voluntad? ¿Es su naturaleza lo natural? 

Los aparatos frente a nuestras caras tienen mil recursos, que no usan para nosotros. 

Esperemos que el amor resuelva todas estas dudas. ¡Ya estamos topados de sabiduría!

Spinoza y el Ethos



José Rafael Herrera

@jrherreraucv

..es tan imposible que el vulgo se libere

de la superstición como del miedo

                                              B. Spinoza

“Spinoza es tan fundamental para la filosofía 

moderna que bien puede decirse que quien no

sea spinocista no tiene filofofía alguna”.

                                              G.W.F. Hegel

“El ser que influyó más decisivamente en mí

y que estaba destinado a afectar toda mi manera

de pensar, fue Spinoza”.

                                              W. Goethe


El árbol del conocimiento del bien y del mal, detalle del panel derecho de El jardín de las delicias, c.1500
El árbol del conocimiento del bien y del mal, detalle del panel derecho de El jardín de las delicias, c.1500



Desde la Antigüedad clásica, la filosofía concentró sus esfuerzos en el establecimiento de una firme e inescindible unidad de la verdad, la belleza y el bien. “Dices bella, buena y verdaderamente”, afirma Sócrates de modo continuo en los Diálogos platónicos, para referirse, no sin énfasis, al hecho de que lo verdadero coincide con lo bello y lo bueno, al punto de que alcanzar el saber no es posible sino como resultado de una conquista estética y ética. Ser bueno implica el hecho de haber conquistado lo bello y, a la vez, lo verdadero. Y de igual modo -más allá de la moda, el maquillaje, las prótesis o las refacciones- existe una belleza mucho más delicada y envolvente, más cercana a Eros y Afrodita, una belleza que no caduca -más misteriosa y atrayente que la que vende en el mercado la industria cultural-, que consiste en dar cumplimiento al oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo”, porque a medida que más se profundiza en el saber más se acrecienta su atractivo y crece el bien.

No hay mejor confirmación de la 'unidad-distinción' de estos tres elementos orgánicos que el hecho de que mientras mayor sea la ignorancia mayor será tanto la agresividad como la pérdida del sentido estético de las más diversas formaciones sociales. ¿No es, bajo las actuales circunstancias históricas, más fea, más vulgar, de “mal gusto” y mal hablar, esa gruesa parte de la población que, sometida al poderoso influjo de las redes sociales, es arrastrada a las “bajas pasiones”, al odio y al resentimiento social? ¿Existirá alguna relación entre la mal llamada “música de moda”, los lamentables programas de televisión que se transmiten a diario, las redes de información infectadas de mediocridad y superficialidad, el mal uso del lenguaje y los ya habituales crímenes de la semana? ¿Alguien podrá negar, en el caso específico de la Venezuela empobrecida, triste y rota, las vinculaciones existentes entre la cada vez más preocupante ignorancia de la población más joven -los “hijos de la revolución”-, la repugnante representación de “belleza” implantada por el régimen gansteril y la criminalidad campante, o entre los anti-valores impuestos y la acelerada violencia cotidiana? 

En idioma italiano la fealdad lleva el sugerente nombre de “bruttezza” y su acepción incluye, además, lo que ha sido mal hecho, lo fatto male. Tan brutta es la prostitución del cuerpo social como la de su espíritu. Decía Spinoza que “el orden y la conexión de las cosas es idéntico con el orden y la conexión de las ideas”. Pero, y dada la circularidad de la expresión, también se podría argumentar exactamente lo opuesto, cabe decir, la inversión especular de dicha expresión, sobre todo en el ambiente propio de una sociedad que ha sido deliberadamente sometida a un proceso de descomposición: “el desorden y la desconexión de las ideas es idéntico con el desorden y la desconexión de las cosas”. 

Cuando las “ideas” no son ni “claras” ni “distintas”, cuando carecen de “orden y conexión” o, más pura y simplemente, cuando ya no hay ideas adecuadas a las cosas, la realidad se transforma en un auténtico embrollo, en una desgracia que afecta a todo el organismo social y lo conduce a la autodestrucción. De hecho, en estos días que transcurren, no muy distantes están del lenocinio las finanzas y el poder (las “riquezas” y los “honores” a los que se refiere Spinoza en sus Tratados), percibido como algo “natural” y, por ello mismo, como cosa “buena” y hasta envidiable. ¿Qué otra cosa es la corrupción sino la prostitución devenida norma de vida? 

No obstante, históricamente, el “punto de quiebre” de la estrecha conexión de la verdad, la belleza y la bondad, se produjo después del imperio del ricorso de la teología filosofante -con sus “verdades de razón” y sus “verdades de fe”-, de las que deriva la “moral provisional” cartesiana. El conocimiento, según Descartes, es un instrumento -un método- que da cuenta de la certeza del mundo, de la intelección de la existencia material. Su propósito consiste -según el autor del Discurso del Método- en trazar las leyes de interpretación de los fenómenos. La creencia, la fe, la moralidad, en cambio, nada tienen que ver con el ámbito cognoscitivo. Son “cuestiones del corazón”, no de “la razón”. El cartesianismo, de hecho, impuso a la cultura moderna el camino de la “metódica” separación de conocer y creer, de certeza y moralidad. Y en ello, a pesar de las más diversas perspectivas teoréticas, lo siguieron casi todas las cabezas pensantes de su tiempo y muchas otras después, hasta convertirse en la ley que rige el modo de ser y de pensar actuales. Con la excepción de tres agudos pensadores universales, tres auténticos herederos de la cultura clásica antigua: Spinoza, Vico y Hegel.

En el caso de Spinoza, autor del Tratado de la reforma del entendimiento, su propósito consistió en demostrar que sólo se puede conquistar el bien enmendando el modo como los hombres asumen el conocimiento, lo cual sólo es posible superando el modelo propio de la racionalidad instrumental, la cual presupone que la verdad es cosa diversa del bien y que en nada se relaciona con lo bello. Conocer no es una premisa sino un resultado. Y ese resultado culmina en el re-conocimiento, esto es, en una relación que supera las formas abstractas del conocimiento y las comprende -las conserva- en ella, conquistando así el “verdadero bien”.

Son los prejuicios la causa de los grandes conflictos personales, sociales y políticos. Una sociedad sustentada en la instrumentalización del conocimiento es una sociedad mecanicista, desafecta, atiborrada por la confrontación entre los prejuicios que su propia ignorancia genera. Una sociedad en y para la barbarie. Sobre la base de suposiciones, el mecanicismo propio de la razón instrumental acostumbra preguntar cómo se hace, pero no por qué se hace. Suele separar la forma del contenido y, más aún, confundir la forma con el contenido. No basta con la masificación de los centros educativos y su progresiva transformación en fábricas generadoras de instrumentistas, mal llamados “especialistas”. Un ingeniero, un matemático, un odontólogo, un administrador, un computista o un abogado que no han sido integralmente formados, que cuentan con una visión parcial, carente de plena formación cultural, de “Bildung”, termina siendo -probablemente- buenos técnicos en ingeniería, matemática, odontología, administración, computación o derecho. Pero seguirán siendo individuos con carencia de civilidad, que solo en apariencia pueden ser considerados ciudadanos. La gente de bien resulta del cultivo de la educación estética.

El entendimiento tiene que enmendarse a sí mismo. Debe superar su condición formalista e instrumental por la comprensión y el re-conocimiento. Una tarea pendiente para una sociedad desgarrada, inmersa en las miserias del prejuicio y la ausencia de sentido ético y estético. No por caso, la metafísica de Spinoza lleva por título Ethica. Quizá por eso la sociedad que -hasta el sol de hoy- le rinde culto al entendimiento abstracto lo excomulgara y acusara de “ateo”, lo proscribiera y prohibiera sus obras. Pero por esa misma razón, desde la distancia y frente a la crisis actual, Spinoza sigue manteniendo plena vigencia. 


Lo calculado del arte

 




Como desarrollo dialectico, en el arte, las cosas se someten al sujeto y a la sustancia. El sujeto al principio es uno (artista), una especie de dios que siente, que cree, que desea, que se involucra con su obra, que se conecta con su esencia para formar lo que él quiere que sea sustancia; mas, empíricamente, jamás se sabrá si se crea una sustancia realmente, o cuál es la sustancia que permanece de la obra, cuál muere, cuál jamás existió. 


¿Parte la obra desde otra sustancia? ¿O quizás sea la conexión de una esencia con una sustancia? Solamente en el caso de Dios, y por definición, se puede hablar de una conexión de sustancia con sustancia, es decir, hablar de conexión sería una pérdida de tiempo. ¿En qué medida analizar esto no es una pérdida de tiempo en el humano? En la medida en que nos separa de lo divino. 


¿Tan separado está el artista de la naturaleza, de la belleza, de lo sublime? Si su obra no llena ese vacío, esa necesidad no de ser dios (ni Satán), sino de encontrar lo sublime, la vida del artista es vana; una vida sin sustancia, creo, es una historia muy triste en la dialéctica creador-espectador. Luego, es el arte una forma de conexión no ya del que crea solamente, sino que interconecta a los posibles admiradores de las obras con dos posibles; todos los demás seres, subjetivos también, que tratan de entender cómo se manifestó dicha conexión, o desde dónde y en qué medida se está desconectado de estas realidades que parecieran llegar a la subjetividad, parecen advertir que es algo que siempre estuvo ahí. El arte, como la ciencia, solamente pueden existir a través de lo que tenemos en común, aunque, a diferencia de la ciencia, el arte usa un lenguaje que trasciende lo que se puede simbolizar, o que se explica mejor a través del no lenguaje. Suponemos que el arte tiende a lo eterno, y así pareciera serlo, pero sólo depende de lo eterno en cuanto al presente (Benjamin), pensar todo lo demás no tiene sentido.


Pero, ¿Qué es lo que intenta comunicarse, la sustancia o el sujeto? Atendiendo a que nosotros mismos, inmiscuidos en el lenguaje, no venimos a ser más que objetos, lo artístico nos salva; otra de las importancias del arte, es que cartografía el mar del sujeto y no el del objeto; analizar el arte es analizar los motivos del porqué seguimos siendo individuos libres, subjetivos, de valor, y no meramente objetos destinados a ser aparatos con voz, pero sin voz, con voto, pero sin voto. El arte es, por tanto, la santificación más correcta de lo pagano.


Descubre tu valor y escóndelo. Un tesoro merece eso, esconderse, y brillar de vez en cuando en los momentos en que la tierra seca necesite lluvia. Nadie quiere subjetividad por siempre, aunque ella sea la esencia del valor humano.


Si bien Hegel mantuvo su apego por el romanticismo al hablar de espíritu absoluto, su racionalismo no quedo atrás. Su famosa frase: “No importa que tan excelentemente pintados estén el Cristo o la Virgen, o que tan exquisitamente hayan sido esculpidos los dioses griegos. ¡Ya no nos arrodillaremos más!”, representa su radicalización y las razones por las que pensadores como Marx le comenzaran a seguir. Pero detrás de esta irreverencia, la cita invita a una introspección, al reconocimiento de que el espíritu absoluto no simplemente esta ahí afuera; dentro de nosotros hay una sustancia, que desconocemos, pero que permanece. Esto pareciera ser una forma de abolir el arte, ya que el arte lo vemos siempre desde algún otro, hay cosas que ningún lenguaje puede comunicar sin un otro, hay poco subjetivismo que descubrir sin un Otro. La intención no es descubrir el subjetivismo de los demás de manera directa, lo cual sería imposible; de manera indirecta, incluso, a través de los objetos, se podría ver el subjetivismo del mismísimo Dios. Como Hegel lo diría, el arte depende de su tiempo, no se puede hablar de arte llanamente, sino de historicismo; el arte, como noción metafísica, necesita dividirse para comprenderse. Una ciencia más desde el estudio, un silencio para el que admira, un grito para el artista.


Y el arte se industrializó (sin ánimos de juzgar si esto está bien o mal), a la vez que se destruyó la idea que el arte era irreproducible (¿lo es?). Las nociones del arte se pierden con la evolución humana, o cómo la humanidad, al hacerse aún más objeto, luchan por seguir subjetivatizándose. A pesar de las fuerzas adversas, de la mano invisible, de la burocracia, de los horrores de la técnica, de la fabricación en serie, algo salvaje o muy humano pareciera no morir. Lo maravilloso es que esto sería indemostrable sin la presencia del arte.


El marketing a tratado de hacerse Sustancia para encontrar el lugar común que acoja a la mayor cantidad de personas según edad, sexo, actividades y características, cada vez más especificas para el especifico consumo. Caracterizarnos es una obra de mercado. Tener cara de que nos gusta tal cosa, tal música, tal arte, es la concreción de una lógica que nació mucho antes de Altamira. La reproducción en serie de “obras de arte” involucra la reproducción en serie de su público. No debemos encontrar nada subjetivo que no sea controlado, nada espiritual ni carnal que ya no esté en boca de todos. "La sustancia" se reinventa, deja por definición de ser sustancia, pero se vende como sustancia. 


El mercado amenaza con cosas que creemos sustancia, pero que no conocemos del todo ni siquiera cómo es su verdadera esencia: la Muerte, la Felicidad, el Terrorismo, son sustanciales para llevar desde ahí al camino pavimentado de las ortopedias impuestas. Estar lisiado es la condición del hombre del siglo XXI. Ya lejos de la definición de Nietzsche del hombre de su tiempo (Rio), y del superhombre (Océano), se trata de hacer al individuo una re-presa, res-presa. Temen a la fluidez de las aguas de nuestro espíritu porque ellas pueden conectar con lo que no pueden definir, reconectar con lo sublime y encontrar el camino de su propia naturaleza hacia la sustancia, desde la esencia.


La sustancia no cede ante la repetición, aunque sea la repetición la pista para encontrar la sustancia. Todo el industrialismo del mundo y la fabricación en serie han cedido a la idea de que pueden existir dos cosas iguales; pero iguales ¿en qué sentido? ¿Desde su tiempo? Las personas que las realizan, las maquinas, la logística, los materiales, el diseño, han cambiado, y Hegel, que tomaba el arte como una forma de ver la historia, vería hoy en día al producto aún más historicista que ningún otro. Es la historia del producto un historicismo, es la historia del consumidor un historicismo, al igual que lo son la historia de la estética y del espectador. Aunque la sustancia tras el arte, aquello de lo que no podemos hablar, sea eterna.


¿Es este un argumento para decir que el producto es arte? Claramente no. El producto es una farsa, el arte es verdadero, aunque no quiere decir que el producto no sea útil o que el arte sea inútil, como intentando contrapesar las cosas desde la limitada lógica de lo conveniente. El producto es una farsa porque rellena una necesidad que puede ser llenada por otra cosa, ya sea por su copia o por algún sustituto complementario; al igual que el servicio, al igual que el consumidor. El estadio del espejo permanece durante toda nuestra vida a través de una pantalla.

 Las empresas se desmoronaran si ven demasiado al abismo. 


La razón instrumental plantea lo dual. La dialéctica, convenientemente, relata estos hechos. Por ello Hegel es un unificador de estas dos fuerzas, el mito romántico de la belleza y la estrategia fría de la técnica. Es su propio espíritu el que intenta relatar el Espíritu, pero solamente explica el estado de las cosas de su tiempo, de lo que entendió del pasado, y lo que entendería del futuro. 

Qué lucido fue Goethe cuando dijo: "Quien posee ciencia y arte, tiene también religión; y quien no posee aquellos dos, ¡Pues que tenga religión!"

El ser humano no es bueno por naturaleza

 


La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América del Norte:



Hace poco, fui a una muy recomendable expo sobre los suburbios de clase media alta

de EEUU, especialmente centrada en los años 50. Vamos, fantasía estética y Guerra

Fría. De aquí nace la semilla de este artículo donde veremos, desde un prisma de filo

política roussoniano, la declaración de la Independencia de Estados Unidos, pero

como siempre intento de forma diver y sin formalismos innecesarios. Me encanta cuando

salgo a buscar algo de entretenimiento cultural y me doy de boca, casi de forma azarosa, con

una idea para desarrollar un escrito.


Yo me imagino a los primeros colonos soñando con una casa y un trozo de tierra, cuando

cruzaron el Atlántico en el Mayflower. Queriendo colonizar un Nuevo Mundo, pero este

mundo necesita, igual que todos, unas reglas de conducta, unos preceptos morales, y por

ende, unas reglas del juego políticas y es aquí donde nos topamos/estrellamos con la

Declaración de la Independencia de los EEUU y su relación con la filosofía

política de Rousseau.


De entrada, cuando pensamos en Rousseau, o por lo menos a mí, me viene su mítica

sentencia de culto “El hombre es bueno por naturaleza” máxima que, personalmente,

me genera sentimientos encontrados, por decirlo suavemente, especialmente hablando de la

sociedad estadounidense. Por ello vamos a hacer “zoom in” en el contexto histórico de dicha

declaración para entender en profundidad sus potentes lazos con la filosofía contractual del

filósofo.


La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América del Norte

(¡toma título!), fue redactada por Jefferson, con potentes influencias de Rousseau, en la

línea de la filosofía del derecho natural (luego volveremos sin falta a este concepto). Fue

firmada entre el 2 y el 4 de julio de 1776 por 56 miembros del Congreso Continental

reunidos en Filadelfia desde el año anterior. Vamos, que se lo pensaron un rato largo, no la

 redactaron y firmaron en una semanita tonta de subidón inspiracional. No fue un “sugar rash” 

más bien una carne mechada en salsa cocinada a baja temperatura y por largo tiempo.

La declaración expresaba las penalidades y penurias sufridas por las colonias bajo el

gobierno de la malvada Corona británica y declaraba las colonias estados libres

e independientes. Este deseo de libertad no viene de la nada, sino que la proclamación de la

independencia fue en realidad un vaso colmado de gotas que había comenzado como protesta

contra las restricciones impuestas por la metrópoli al comercio colonial, las manufacturas y la

autonomía política. Las colonias estaban amargadas por el control colonial ello desembocó a

un desagüe en forma de una lucha revolucionaria que dio vía libre a la creación de una

nueva nación.


El 7 de junio de 1776 Richard Henry Lee, en nombre de los delegados de Virginia en el

Congreso Continental, propuso la disolución de los vínculos que unían a las colonias con Gran

Bretaña. Esto, va muy en serio amigas. Esta propuesta fue secundada por John Adams de

Massachusetts, la resolución se aprobó el 2 de Julio.

Mientras tanto, para no perder ni un segundo de la futura libertad, un comité (designado el 11

de junio) formado por los delegados y casi estrellas del rock de EEUU: Thomas Jefferson,

Benjamin Franklin, John Adams, Roger Sherman y Robert R. Livingston, estaba

preparando una declaración acorde a la resolución de Lee. El 4 de julio fue presentado al

Congreso, que añadió algunas correcciones, suprimió apartados como el que

condenaba la esclavitud (me peta la cabeza: tanta libertad y tanta esclavitud), incorporó la

resolución de Lee y emitió todo ello como Declaración de Independencia. Como los

colonos estaban hasta el coño de tanta represión británica, fue aprobada por el voto

unánime de los delegados de doce colonias.


Empieza la marcha, ¡A bailar! Dicha declaración tiene visibles similitudes con el pacto

fundamental de Rousseau.

Tal y como defiende el pensador el pacto social, que es en este caso el pacto de la

 Declaración de la Independencia, es un pacto hacia la comunidad proferido por todos los

 individuos. El documento defiende el derecho a la insurrección de los pueblos sometidos a

 gobiernos tiránicos en defensa de sus inherentes derechos a la vida, la libertad, la búsqueda

 de la felicidad y la igualdad política. ¿No es precioso sobre el papel? Os pido perdón de

antemano por las arcadas que pueda suscitar tanta incoherencia y contradicción...


Pero hemos venido a pasarlo bien y, como dice mi padre, a nadie le amarga un dulce. Así que

vamos a salsear un poco y explicitar que en la declaración se escupe veneno con ganas contra

el rey Jorge III y su Gobierno. En verdad, dicha ponzoña ocupa la mayor parte del documento.

Pero también se consigna uno de los principios más revolucionarios jamás escrito

anteriormente: todos los hombres han sido creados iguales (¿Y los esclavos?). Y estos

hombres recibieron de su Creador (alarma: Dios entra en escena) ciertos derechos

inalienables. Entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; así,

para asegurar esos derechos, se han instituido los gobiernos entre los hombres, derivándose

sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. De tal manera que si cualquier

forma de gobierno se hace destructiva para esos fines, es un derecho del pueblo

alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo gobierno, basando su formación en tales

principios, y organizando sus poderes de la mejor forma que a su juicio pueda lograr su

seguridad y felicidad.

Es decir, que por gracia divina todas somos iguales y tenemos el derecho a ser

felices y estar seguras, y de ahí emana un gobierno que se encarga de esta

tarea, pero si no lo hace bien, a tomar por culo y se crea otro mejor.


La Declaración concluía así: Nosotros, representantes de los Estados Unidos de América,

reunidos en Congreso general, apelando al Juez Supremo del mundo (Jesusito de mi

vida que eres niño Pocoyo) por la rectitud de nuestras intenciones, en el nombre y por la

autoridad del buen pueblo de estas colonias, declaramos y publicamos solemnemente que

estas colonias unidas son y han de ser estados libres e independientes; que han sido rotos

todos los lazos con la Corona británica y que cualquier conexión política entre ellas y el estado

de Gran Bretaña es, y debe ser considerado, totalmente disuelto; y que, como estados libres e

independientes; tienen todo el poder para declarar la guerra, concluir la paz, concertar

alianzas, establecer lazos comerciales, y llevar a cabo cualquier otro acto que los estados

independientes pueden realizar. “Y, para apoyar esta declaración, con la firme

confianza en la protección de la Divina Providencia, nosotros empeñamos

nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor” ¡Cómo les gusta el puto

dinero y mezclarlo con la puta religión!


Relacionando, en concreto, esta última línea con la concepción política de Rosseau diré que

el filosofo concibe la política como orden/pauta que ha de estar asociada a la fuerza de la

comunidad.


Vemos en la declaración de la independencia tal y como defiende Rousseau que el orden

social es una convención, algo no natural.

Rousseau nos comenta que en el estado de naturaleza el hombre era un animal vago y

aburrido sin más ocupación que la satisfacción de sus necesidades biológicas para la

supervivencia. Una especie de oso perezoso apático. Como estábamos aburridas como ostras,

nos planteamos quehaceres más complejos pero para ello, necesitábamos la ayuda de otros

seres humanos.

Lo que sigue es la transformación de la sociedad a través del pacto social, el cual según

Rousseau debió ser así aproximadamente: “Cada uno de nosotros pone en común su

 voluntad, sus bienes, su fuerza y su persona bajo la dirección de la voluntad, y todos

nosotros recibimos en cuerpo a cada miembro como parte inalienable del todo”.

Insisto, que preciosura de idea sobre el papel.


Al instante, casi por arte de magia, se produce un cuerpo moral y colectivo, cual panal de

abeja con un gobierno de reinas, compuesto de tantos miembros como voces tiene la

asamblea, y al que el yo común le da la unidad formal, vida y voluntad. Rousseau va a

establecer, de este modo simultáneamente, la soberanía popular y la libertad individual.

Porque, al hacer el contrato con la comunidad, cada individuo está realizando también un

contrato consigo mismo, en tanto que, al obedecer a la voluntad general, está siguiendo su

propia voluntad (lo siento, pero no me lo creo). Como hemos visto en la declaración redactada

por Jefferson los Estados libres e independientes tienen todo el poder para: la guerra, la paz,

el importante comercio, y todo lo demás que les dé la gana realizar, incluida la esclavitud, ¿no?

El programa del Contrato Social se basa en el establecimiento de una forma de asociación

mediante la cual cada uno, se une al todo, cada individuo se une a todos los

diferentes EEUU creando un estado en comunión. Me desorino, pensando sobre todo

en las diferentes leyes actuales según el estado, en algunos estados los primos se pueden

casar y en otros es incesto, ¿imagínate hacer un “road trip” de primos casados en dicha

tesitura? Las risas, bordeando fronteras para no ser detenidas… jajajjaj


Para ir acabando, el pacto de Rousseau crea la voluntad general que ni es arbitraria ni se

confunde con las con la suma de las voluntades egoístas de las voluntades individuales de los

particulares. Entonces, aparece el concepto de soberanía, el soberano es la voluntad

general, la cual es inalienable, no se delega, el gobierno no es sino un ejecutor de la ley que

emana de la voluntad general, y puede ser siempre substituido, demasiado hippie hasta

para mí. Como vemos estas ideas tan bonitas quedan muy lejos de la sociedad

actual de los EEUU, sobre considerando que el desastre de la 2ª enmierda,

perdón, enmienda: propuesta en el 1791, protege el derecho del pueblo a poseer,

portar y utilizar armas en determinadas ocasiones. Teniendo en cuenta que la

declaración vio la luz dos años antes de que muriera el filósofo, me gustaría saber qué nos diría

hoy si se levantara de la tumba cual zombie buscando venganza por maltratar su teoría a

muchos niveles.



Penélope.

Ulises, en La Odisea.




“Si al menos él volviera y cuidara de mi vida,

mayor sería mi gloria y mi belleza. Ahora estoy

afligida, pues son tantos los males que se han agitado

en mi contra, pues quienes dominan me pretenden

contra mi voluntad y arruinan mi casa”.

                                                  Homero, Odisea, XIX






La literatura épica tiene, entre sus mayores atributos, la construcción de modelos trascendentales que, no obstante, son capaces de producir condiciones plenas de vida real, de existencia concreta. Mediante ella -al decir de Vico, la poética del curso que siguen las naciones- el verum deviene certum. Las ideas dejan de ser gaseosas y ajenas abstracciones del “debería” para mostrar la autenticidad de su rostro humano, histórico, de carne y sangre. No por caso, lo épico ha sido llamado “lo digno de ser imitado”. Y, de hecho, la mímesis es la forma característica de la estética clásica y, según Aristóteles, la finalidad esencial del arte. Sus personajes son arquetípicos, sintetizan ideas y valores que terminan siendo guías del entramado social, dando cohesión al Ethos y haciendo posible la adecuación de la fuerza y la astucia a objeto de conquistar de la libertad.

Es posible que el astuto y versátil Odiseo -o Ulises, como también se le conoce- no haya existido en realidad. O tal vez sí. En todo caso, las gruesas cortezas del árbol de la historia terminaron por transformarlo en el fundador del ingenio humano y, más recientemente, en el legendario héroe de la mitología griega, tal como la industria cultural habitúa representarlo. Pero con independencia de las caracterizaciones canónicas que de su figura se hayan hecho o intentado hacer, Odiseo es ni más ni menos que el nervio central del Volksgeist de cada sociedad occidental, de sus  “muchos senderos” y de su “multiforme ingenio”. De ahí la condición emblemática de su figura y el valor de la irreverencia de su guiño. 

Víctima de un conflicto no deseado, que tuvo por necesidad que asumir hasta sus últimas consecuencias, Ulises se vio obligado a transcurrir veinte largos años de su vida fuera de Ítaca, su casa, sometido a los designios de un destino del que, en buena medida, fue copartícipe y que, por eso mismo, debió asumir con paciencia y perseverancia, pero sobre todo con sagacidad, a objeto de recuperar -cuando menos en parte- la vida que se le había arrebatado, especialmente al lado de ella, de Penélope, la paciente y habilidosa hilandera -y, en este sentido, maquinadora- de una mortaja infinita, que tejía y destejía, una y otra vez. Aguardaba, con firme convicción, el regreso de su Odiseo.Y fue tramando esa gran red de la perseverante voluntad, que terminaría por asfixiar los presagios de una eterna sumisión. La perspicacia de Odiseo y la tenacidad de Penélope terminaron por imponerse sobre “los pretendientes”, tal vez, una de las primeras figuras de la experiencia de la conciencia gansteril parasitaria -sanguijuelas, saqueadores de las riquezas de un país- en la historia de la cultura occidental. Gracias a la fiel y paciente abnegación de Penélope Odiseo pudo, en el momento propicio, restablecer la oikonomía, el orden en casa. Y es que -Magister Cerati dixit- “No hay nada mejor que casa”.


Penélope es el símbolo de la fidelidad, pero además de arrojo y astucia. A fin de cuentas, es hija de Esparta, nacida del vientre de una bella ninfa de agua dulce. Cuando Penélope y Odiseo se encuentran, pierden el aliento, quedan mudos, y a partir de entonces ya no quisieron separarse más. Él se hizo su pueblo y ella su dirigente. Ella se hizo su pueblo y él su dirigente. Icario, su padre, intentó detener su partida a Ítaca. Pero Penélope guardó silencio y cubrió su rostro con un velo. Fue su manera de expresar la inquebrantable decisión de entregarse a la causa de Odiseo. Y, en ese mismo lugar, Icario mandó a construir un templo dedicado al pudor. Poco tiempo después se desata la guerra en las playas de Troya y Ulises, reclutado por Palamedes, se ve obligado a participar en ella, de modo que debió partir sin saber que su retorno a Ítaca tardaría veinte años. En ese largo recorrido fenomenológico, a través de las más diversas figuras de la experiencia de la conciencia, desde la certeza sensible hasta el saber absoluto y desde el yo hasta el nosotros, Penélope debió enfrentar, con firme determinación, el voraz acoso de los pretendientes, quienes instalados en su casa terminaron por mantenerla bajo secuestro, convencidos de la inminente muerte de Odiseo. Del patrimonio de Ítaca comían y bebían con voracidad, a su antojo, al punto de diezmarla hasta la ruina. No obstante, Penélope presentía el regreso de su esposo y, con él, la finalización de aquel largo período de tormentos.


Después de dieciséis años de espera, los pretendientes le exigieron oficializar la muerte de Odiseo y escoger a uno de ellos por consorte. Fue entonces cuando Penélope, para eludirlos, anunció que participaría en la elección después de terminar de tejer la mortaja de Laertes -ese círculo de círculos, esa red en espiral de la resistencia. Durante cuatro años tejía de día y destejía de noche, mientras, sigilosamente, iba urdiendo el sagrado tricolor de la libertad. Cuando fue delatada por una esclava, ya era demasiado tarde para las farras de los pretendientes: Odiseo estaba de vuelta y ya había elaborado un ardid contra ellos. Entonces Penélope les anunció que aquel que tensara el arco que Odiseo había recibido de Ífito, se uniría en matrimonio con ella. Al final, ninguno de ellos lo pudo tensar. Odiseo lo tensó mientras Eumeo, Filetio y su hijo Telémaco cerraban las puestas del gran salón. Atrapados en las redes y una vez armado el arco, Odiseo flechó a todos los pretendientes. Ítaca había sido liberada, para la gloria del ingenioso Odiseo y la persistente tejedora, Penélope.              

          






José Rafael Herrera

@jrherreraucv


Desde el Hecho y el Deshecho

 


"Escaparé, de eso no hay dudas", dijo la voluntad, tratando de volcarse en la realidad. Todo tipo de voluntad, nace de esta moldadura. El tiempo de los que buscan está llegando a su culminación, es un asunto de viejos (eugenesia). Un día de documentación es dominante en este prodigio, las cosas se extienden desde los inicios por el colapso inmediato de lo que nunca pudo ser, es por ello que en el no ser es de donde nace nuestra propia supervivencia, quizás, incluso nuestra suerte. El mundo es extraño, no cabe duda, es sagrado y vasto, por ello nadie puede dominarle (Tao). Quizás los gritos de nuestro propio poderío sean los gritos desesperados de nuestra debilidad. Los secretos de los gobiernos políticos actuales son que nacen por convicción, desde el no ser; estar ahí solamente, hacer acto de presencia. Pero, ¿por qué amamos tanto la realidad? ¿Seremos acaso esa pizarra rasa que pronunció Locke? ¿Es el cuerpo más importante que el alma en estos sentidos?... al parecer, alimentamos el alma con arte y comenzamos a ser humanos (usando nuestro cuerpo). Trataré de explicarlo. 


Sin mucho que intervenir las cosas del alma como las del cuerpo se van dando solas, pero es esta “conciencia”, que definió Hume, la que muestra "el verdadero valor" de las cosas; quizás, es ella misma la que debería otorgarse este "verdadero valor". Aunque, ¿sobre cuál de estos dos polos estoy cuando digo esto?


Francis Crick creía que  la conciencia era una interacción, si es así, no habría que ubicarse en ella geográficamente, sino como una vibración. ¿Y si queremos llamarle oscilación? Dependerá de tanto. De todas maneras, esta impresión podría ser solamente el lado visible de la luna. Su lado oscuro (Freud), es aún un mayor misterio. Su naturaleza dual o mono-ubicacional, es un verdadero enigma. Plantear un tercer escenario seria aún peor, para cualquiera de ambas partes (de la luna, incluso de la conciencia), hasta extrapolarnos a la conciencia de la conciencia, lo que crearía un verdadero caos (Analíticos). Lo milagroso es que en este caos podamos pensar, o creer que pensamos, creer y tener conciencia (Descartes). Es este el suceso y no otro, por ello la importancia, aunque se le critiquen tantas cosas, de La Ciencia, pero también, de La Ética, de La Libertad. Sus vitales hermanas. 


Se están creando castillos enormes sobre las sombras de la nada, pero una nada que estará donde se haya posicionado. Esto es la esencia de lo natural. Y encontrar la esencia de lo natural, quizás sea lo único que tiene sentido. Quizás, el arte sea una de estas esencias. Encontrar una esencia nos humaniza. Porque lo natural no es siempre corpóreo, sino que también, y esto es clave, espiritual. Los indígenas hablaron bastante de estos asuntos. Los Navajos, Los Cheroquis, Los Inuit, Los Mapuches, Los Yanomami, Los Quechua, Los Sami, Los Dogon, Los Yoruba, o los Aborígenes Australianos, entre otros, han contribuido a la búsqueda de respuestas a estas preguntas, y por lo menos, heredarnos tierras fértiles donde trabajar para comenzar a modernizar nuestros conceptos. Han creído en fuerzas como la lluvia, el viento, el sol, la luna; costumbres tribales que son tan importantes de analizar en estos asuntos, como lo son las grandes religiones del centro del mundo. La Pachamama ubica a la conciencia desde aristas religiosas profundas... si no está el hombre que debe tener fe, estará la mujer, que la tiene. Ostentan una tradición, como la ciencia, pero que respetan hace muchísimos más siglos que nosotros. Deben tener que ver con la religión, porque de ser necesario, se debe dar la vida por estas creencias lógico tribales, mas no la conciencia. Cosa curiosa, porque, lo cual supongo, no lo hace desde ninguna ambivalencia filosófica hasta ahora expuesta, sino desde ambas inmediatamente. Esto trasciende a las anteriores interrogantes de facto, al proponer a la conciencia como fundamento de todo, pero ya no desde si misma, si no desde otra simbiosis. Un cuadro ya no refractal de la realidad, sino fractal, que presenta otra dicotomía como anunciando que estamos amarrados a la especulación, al nacimiento del infinito y de lo finito, sin saber a ciencia cierta cual de ellos es, ni porqué parecieran encontrarse en cada lugar al que van (hermetismo).


Hoy en día creo está naciendo una nueva habilidad, la habilidad de la conciencia. El hombre de hoy debe ser tan hábil en estas artes como los primeros indígenas para proponer nuevas soluciones a la humanidad, desde lo corpóreo y lo espiritual; produciendo así nuevas interrogantes acerca de nuestra naturaleza, sólo por hablar de nosotros. El tiempo dirá si debemos seguirle o huir de ella, sin saber exactamente si estamos haciendo justo lo contrario, el lenguaje no sirve en este caso. El mundo es más vasto que esto, no podemos dominarle; puede que por ello Marco Aurelio elegiría, siendo el dueño del "mundo conocido", la filosofía; más específicamente el estoicismo, más específicamente, el "Contente y Abstente". Como posicionándose donde debe ir el verdadero monarca, el verdadero emperador, el verdadero ser humano. Buscar no nos dio la humanidad, nos dio el salvajismo.  Ambos nos dieron la vida.

Algunas ideas sobre la amistad.

 


Miguel Ángel Latouche


        La amistad es una forma de encuentro mediante la cual revelamos al menos una parte de nosotros a los demás. Supone una relación de equivalencia y de respeto en la cual los amigos se reconocen en su justa medida y se validan al punto de que deciden compartir una parte de su vida. En el término de la amistad con otro somos iguales que el otro y nos debemos el respeto asociado a esa condición. Un amigo es alguien que nos tiene confianza, a quien estamos dispuestos a abrirle la puerta de nuestra casa, que no intenta aprovecharse de nuestra buena fe y que respeta ciertos límites a sabiendas de que nosotros haremos otro tanto. La amistad se siente y se demuestra, no requiere de una reiteración, ni necesita ser enunciada expresamente. Decía Borges que la amistad no necesita permanencia y creo que estaba en lo correcto, los amigos no necesitan verse a diario, ni siquiera necesitan verse con frecuencia, basta que entre estos exista un sentimiento de lealtad y solidaridad que se ponga de manifiesto cuando sea necesario. Lo que tampoco justiifica la ausencia permanente, claro.

Siempre valoré la amistad que te acompaña en las malas horas, la que pregunta por ti, la que hace acto de presencia de vez en cuando. Hay amigos que nunca están o que dejan de hacerlo; en esos casos la amistad se convierte en un recuerdo. Todos quienes han hecho presencia en nuestra vida siguen siendo importantes, seguramente algo de ellos ha quedado en nosotros y nos han proporcionado algún aprendizaje que debamos validar en términos de lo que se construyó con una base común. Así, la vida está cargada de grandes y pequeños recuerdos y experiencias a partir de las cuales definimos quienes somos, lo que solo es posible en un sentido acumulativo.

Para los griegos la amistad tiene una base ética que se fundamenta en la confianza. A fin de cuentas, en el campo de batalla se ponía la propia vida en manos de los hombres que los acompañaban. Famosa era por ejemplo la amistad entre Aquiles y su Primo Ajax, quienes entrenaron juntos bajo la supervisión de Quirón. La amistad supone entonces cierta conexión espiritual, que trasciende la estética del momento, la pura complacencia y la frecuencia del encuentro.  A veces es inevitable que hablemos con alguien con quien nos encontramos a diario, eso no implica necesariamente que nazca un sentimiento de amistad que se fundamente en una valoración moral del otro y de lo que comparte con nosotros. Así, la amistad no se limita al trato o a la buena conversación, sino que supone un encuentro mucho más profundo, capaz de dejar una huella en nuestra alma.

Un amigo es alguien a quien estamos en la disposición de invitar a nuestra casa, con quien compartimos la sal y el vino y a quien en contraprestación le pedimos cierto sentido de discreción.  Los amigos no solo nos sirven de respaldo, sino que, además, tienen el deber de no revelar las cosas que conocen de nosotros porque se las hemos contado. Se trata, pues, de la protección de un espacio privado y excluyente. La amistad requiere entonces de un sentido de responsabilidad y compromiso con el bienestar del otro. No es un amigo quien no se interesa por nuestra suerte, quien no responde a nuestro llamado, quien brilla por su ausencia. Un amigo es alguien que corre a socorrernos cuando lo necesitamos, que está dispuesto a escucharnos, que no se aprovecha de nuestra generosidad. La amistad requiere una cercanía que está basada en el afecto sincero, en la construcción de un espacio común, en la búsqueda de coincidencias.

Es interesante notar que etimológicamente la palabra amistad proviene del latín “amicitia” que significa afecto que se manifiesta de manera desinteresada y pura y que tiene un carácter recíproco. En su Ética a Nicómaco, Aristóteles nos recuerda que la amistad “es lo más necesario para la vida”, sin que eso nos haga pensar que la amistad deba implicar una fe ciega en el otro o la ausencia de conflicto. El mismo Aristóteles decía que era muy amigo de Platón, pero que era más amigo de la verdad, con lo cual nos dice que la amistad no puede estar por encima de nuestras convicciones y valores o que debamos romper las reglas en nombre de la amistad. Lo importante es que, al tratarse de los amigos, las discrepancias pueden resolverse en el marco de una conversación respetuosa y un apretón de manos.

                Creo que en estos tiempo que vivimos en lo que todo está marcado por cierto tono de frivolidad es necesario redefinir las bases éticas de la amistad, la importancia del respeto por el otro y sus opiniones, la necesidad de encuentro y de la sinceridad en nuestras relaciones con los demás, como uno de los fundamentos primarios de una construcción social armoniosa dentro de la cual se respeten las diferencias, se escuchen a toda las voces y se evite la descalificación y el insulto como practicas cotidianas. En ese sentido la amistad es una forma de construir ciudadanía, sobre todo en este mundo vertiginoso y complejo en el que las conversaciones tienden a ser sustituidas por el texto digitalizado que permite mantener el anonimato o sustituir nuestra identidad por alguna otra, sometiendo a las relaciones sociales a un proceso creciente de despersonalización que puede ser peligroso en tanto que supone una mayor soledad o que nos involucremos en un mayor numero de relaciones intrascendentes. Si bien la amistad no requiere una presencia permanente si requiere una cierta presencia que ponga de manifiesto el compromiso moral de las partes de develar su identidad y dejar entrar al otro a un espacio que, aunque se construye de manera privada tiene un efecto sobre lo público.

La poca etiqueta de los escritores de filosofía

 





Mi comienzo en la filosofía no fue un comienzo claro. De niño era bastante introvertido como hijo único que pertenecía a una rara conformación familiar. Ojalá hubiese imaginado que esas obligaciones de ir a la escuela (Prisión), someterme a la disciplina de adultos y de subgrupos, ser evaluado, era una forma que necesariamente no requería para llegar a ser un buen hijo, una buena persona o un ser integral, ni siquiera un buen ciudadano. He llegado a pensar que me perjudicó en bastantes sentidos los cuales no son buenos de nombrar en su totalidad, dado el hecho que este ensayo tomaría un rumbo distinto del que le quiero dar. Aunque, por sólo dar un ejemplo, nunca pude superar mi Glosofobia, es más, el colegio la acrecentó por muchas malas practicas que no tenían un freno en normativas claras que veo hoy por hoy para los aciertos en casos de estudiantes con impedimentos de estructuras fenotípicas.

Comencé a vender libros a los doce años en la calle, incluso antes de haber leído ni siquiera alguno. Supongo que las personas detectaban en mi labor cierta honradez, por lo que a veces vendía y tenía la suerte de poder comer y ayudar a mi familia. Cuando leí por primera vez un libro lo leí por "humillación", porque me ofuscó que un adulto se riera de mi ante el hecho de notar que no tenía ningún tipo de formación. Ingresé a la universidad, a la carrera de ingeniería civil industrial sin saber sumar fracciones, a pesar de llevar a cuestas unos cuantos libros leídos. Obviamente, no hubiese podido ingresar a la universidad sin haber pasado toda la colegiatura en su integridad, proceso comprensible dada la cadena histórica que estás mismas escuelas están diseñadas para enseñar; porque toda enseñanza es una disciplina. Evidentemente, no ingresé a una buena universidad, aunque tuve la suerte de tener buenos profesores que se esmeraban en hacer entender a nuestro grupo la calidad de materia que se venía. La universidad se reservaba y se reserva los derechos de admisión, así como también los derechos sobre las características que deben tener los estudiantes que ingresan y que egresan para la misión que espera la institución que deban cumplir, y que son, sin ánimos de hacer juicios de ningún tipo, acordes a los sistemas que mueven las redes y embrollos del poder. Esto no es una teoría, es un hecho.  

Este poder tiene bastante siglos aquí. No es raro que se atribuya el nacimiento de la universidad en Italia, la misma Italia de los papados, la misma Italia de Nicolás Maquiavelo, quien sufrió en su propia vida los aspectos facticos de la política, mientras anunciaba cómo debía ser un gobernante eficiente... Quizás, este deseo de gobernarme a mí mismo fue el precursor de mis primeras ansias filosóficas; el avistamiento de mi sombra y la reacción de mi ego ante mi propia ignorancia, iban a ser partícipes de una forma de entender la vida que atravesaría conmigo innumerables consecuencias, innumerables causas y efectos, o como diría Jean Baudrillard, innumerables efectos-efectos.

Sentía que sabía tan poco, que concluí que las novelas no debían quitarme el tiempo (Aristóteles, Ética a Nicomaco). A veces entendía a uno que otro filosofo o creía entenderlo, y el placer involucraba sensaciones que aún me hacen diagnosticar que asumir "el valor intrínseco monista" sin desconsiderar el conocimiento como fuente de placer es axiología pura, sin debate; entendiendo que el placer no es placer aquí, como tratando de encontrar sus matices a través de las huellas (Deleuze) de esta palabra; el placer del conocimiento no debería tener huellas que se diferencien por analogía a él, debe ser un camino sobre el que aún no descubrimos ni el por qué ni el cómo ¿Desde cuándo tuvimos la enorme fortuna de llegar a mitificarle? Quizás el conocimiento sea la única palabra imposible de deconstruir, sencillamente lo involucra todo.

No terminé la carrera de ingeniería por razones que ya mencioné, pero que no quiero volver a repetir, aunque creo haber tenido una vida afortunada a pesar de ello. He tratado de llegar a cavilaciones que jamás hubiese imaginado, y las maravillosas estructuras que me regalan día a día las mentes de tantos gigantes, cuando las descubro, hacen que sienta que algo valió la pena en este pequeño paso de tiempo entre la nada y la nada. Y, tal como ocurrió con la historia de la humanidad, el castigo dejó poco a poco de ser teatro.

Homero y Sócrates me enseñaron que la literatura y la filosofía debían ser tan cercanamente humanas como posiblemente inexistentes. ¿Quién conocerá de nuestra existencia en diez años? ¿Quién conocerá de nuestra existencia en 50 años? Los personajes que creamos podrían ser perfectamente más reales que nosotros, más influyentes, mas vigorosos, más inmortales. Moisés y Hesíodo me mostraron el infinito arte de la creación y del logos; de cómo Dios creó al hombre, y el hombre crea a sus dioses; puede que Dios no esté solo de hombres sino solo de otros dioses, como un filosofo.

Antes de conocer las ciencias, tuve la suerte de conocer las matemáticas. Aprendí a integrar con cierta dificultad, y quizás si me lo permite Cronos, podría seguir por otros abstractos útiles sin llegar a conocer si quiera para qué sirven, pero la vida se abrirá a lo que tenga que abrirse con la misma fuerza que me ha dado el todo de los hechos. Sé muy bien que este tipo de conocimiento sin toques de humanidad nos pueden llevar a desastres colosales como los ocurridos en el siglo XX, o a obtenciones de control tan precisos como los de las prisiones en conjunto con los aparatos de justicia, diseñados de palabra, grandiosamente para eso, para hacer justicia, pero que en el fondo sólo tratan de preservar a la semilla como semilla, a la flor como flor; amparados por la fuerza de las armas y de las mentes, los propósitos de quienes ellos mismos eligen, a través de las universidades, instituciones militares, para ser alumnos y administradores de lo justo. “Hay una justicia moderna, y en aquellos que la administran, una vergüenza de castigar que no siempre excluye el celo y crece sin cesar: sobre esta herida, el psicólogo pulula como un modesto funcionario de la ortopedia moral” (Foucault).

A la política nunca llegué, ella me buscó y me sigue buscando como si fuera objeto de deseo de algún bien infinito o de algún mal infinito. Las luchas obreras de hace siglos y décadas atrás intentan hacerme pensar que soy afortunado, que alguien murió por mí, por mis derechos, que soy una especie de bendecido por pertenecer a mi país, por haber recibido su educación, sus escuelas, su justicia, su marketing, sus noticias rojas y rosas, su cultura. Debo agradecer haber sido criado en sociedad y que esta me reprendiera, me enseñara, me boicoteara o me agradeciera llegado el caso. Lo importante es recordar que una persona que es feliz no actúa, porque ya no desea nada (Ludwig von Mises).

Para mí es difícil hacer filosofía fuera del alcance del reduccionismo, supongo que sigue perteneciendo al medio que me permitió la subsistencia en un mundo hostil. Hacer filosofía es creer en el amor en medio de viajes no siempre limpios, ahogado, desesperado, atormentado, en problemas, ya sea por la poca fortuna o por su abundancia. Sólo hay que recordar la parábola del hombre más feliz del mundo para considerar lo difícil de su empresa. A veces imagino a ese hombre, que soy yo mismo, por delante de mí, apartando la maleza, orientándose ofensivamente con las únicas armas (herramientas) que nos han regalado los dioses y diosas del combate y del trabajo: la voluntad y el miedo.