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    Refutación de la tesis «el Ser es uno» por Aristóteles.

    Lectura de Aristóteles, en Física, capítulo 3: Refutación de la tesis «el Ser es uno». 

    Si procedemos de esta manera, parece imposible que todos los entes sean uno, y los argumentos utilizados para probarlo no son difíciles de refutar. Porque tanto Parménides como Meliso hacen razonamientos erísticos (ya que parten de premisas falsas y sus conclusiones no se siguen; el de Meliso es más bien tosco y no presenta problemas, pero si se deja pasar un absurdo se llega a otros sin dificultad).

    El ser múltiple de Aristóteles.Es manifiesto que Meliso comete una falacia, pues piensa que si «todo lo que ha llegado a ser tuvo un comienzo», entonces «lo que no ha llegado a ser no lo tiene». Y también es absurdo suponer que todo tiene un comienzo, no del tiempo, sino de la cosa, y que tiene que haber un comienzo no sólo de una generación absoluta, sino también de la generación de una cualidad, como si no pudiese haber cambios instantáneos. Además, ¿por qué el Todo, si es uno, tiene que ser inmóvil? Si una parte del Todo que es una, como esta parte de agua, puede moverse en sí misma, ¿por qué no ha de poder hacerlo el Todo? ¿Y por qué no puede haber alteración? Por otra parte, el Ser no puede ser uno en cuanto a la forma, sino sólo en cuanto a la materia —de esta unidad hablan algunos físicos, pero no de la otra—; pues un hombre y un caballo son distintos en cuanto a la forma, y también lo son los contrarios entre sí. A Parménides se le pueden hacer las mismas objeciones, aunque hay también otras que se le pueden aplicar con más propiedad. Se le refuta mostrando que sus premisas son falsas y sus conclusiones no se siguen. Sus premisas son falsas porque supone que «ser» sólo se dice en sentido absoluto, siendo que tiene muchos sentidos. Y sus conclusiones no se siguen, porque si sólo hubiese cosas blancas, y si «blanco» sólo tuviese un significado, lo que es blanco sería sin embargo múltiple y no uno. Lo que es blanco no sería uno ni por continuidad ni por definición. Porque el ser de lo blanco es distinto del ser de aquello que lo recibe, aunque 30 lo blanco no exista separadamente, fuera de lo que es blanco; pues lo blanco y aquello a lo que pertenece no se distinguen por estar separados sino por su ser34. Esto es lo que Parménides no vio. En efecto, forzosamente Parménides está suponiendo no sólo que «es» tiene un único significado, sea cual sea aquello a que se atribuya, sino también que significa «lo que propiamente es», y <«es uno»> «lo que propiamente es uno» , porque un atributo es aquello que se predica de un sujeto; por lo tanto, si «ser» fuese un atributo, aquello a lo que se atribuya no será, ya que sería algo distinto de lo que es; luego algo que no es. Por lo tanto, «lo que propiamente es» no podrá predicarse de algo, pues no sería ente aquello de que se predique, a menos que se admita que «es» tiene más de un significado, de tal manera que cada cosa sea un cierto ser. Pero se ha supuesto que «es» sólo tiene un significado. Pero, por otra parte, si «lo que propiamente es» no es atributo de algo, sino que se le atribuye alguna otra cosa, ¿por qué «lo que propiamente es» ha de significar el «es» más bien que el «no es»? Porque en el supuesto de que «lo que propiamente es» no sólo «es» sino que también es «blanco», lo que es blanco no sería «lo que propiamente es» (ya que el ser no puede pertenecerle, porque lo que no es «aquello que propiamente es», no es); luego lo blanco no es, y no se trata de que no sea en un sentido particular, sino que no es en absoluto. Luego «lo que propiamente es» no es, porque si se dice con verdad que es blanco, esto significa decir que no es. Por consiguiente, también «blanco» tendrá que significar «lo que propiamente es»; pero entonces «es» tendría más de un significado. Además, si el ser es «lo que propiamente es», entonces no tendrá magnitud, porque en tal caso el ser de cada una de sus partes sería distinto. 

    Por otra parte, que «lo que propiamente es» es divisible en otros que «propiamente son», es también evidente desde el punto de vista de la definición. Por ejemplo, si «hombre» fuese «lo que propiamente es», también «animal» y «bípedo» tendrían que ser «lo que propiamente es». Porque, si no lo fueran, serían entonces atributos del hombre o de algún otro sujeto. Pero ambas alternativas son imposibles. Se entiende por atributo: o bien lo que puede pertenecer o no pertenecer < a un sujeto>, o bien aquello en cuya definición está presente del cual es un atributo o bien aquello a lo que pertenece la definición del sujeto del cual es un atributo. Por ejemplo, «estar sentado» es un atributo separable, pero «chato» no puede definirse sin la definición de «nariz», de la cual decimos que pertenece como un atributo. Además, la definición del todo no está presente en la definición de cada una de las partes o elementos de lo que se define; por ejemplo, la definición de «hombre» no está incluida en la de «bípedo», ni la de «hombre blanco» en la de «blanco». Si esto es así, y si «bípedo» es el atributo de «hombre», entonces o bien «bípedo» tendrá que ser separable de «hombre», de tal manera que podría haber hombres que no fuesen bípedos, o bien la definición de «hombre» tendrá que estar presente en la definición de «bípedo»; pero esto es imposible, porque «bípedo» está contenido en la definición de «hombre». Y si «bípedo» y «animal» fuesen atributos de otra cosa y si ni uno ni otro fuesen «lo que propiamente es», entonces «hombre» sería también un atributo de otra cosa. Pero «lo que propiamente es» no puede ser atributo de nada, y aquello de lo cual se predican ambos y cada uno en particular («bípedo» y «animal») tiene que ser también aquello de lo cual se predica el compuesto («animal bípedo»). ¿Tendremos que decir, entonces, que el Todo está compuesto de indivisibles? Algunos nos han transmitido ambos argumentos: a) el que afirma que todas las cosas son una, porque «ser» sólo significa una cosa, con lo cual supone que el no ser es, y b) el argumento de la dicotomía, que supone magnitudes indivisibles. Pero evidentemente no es verdad que, si «ser» sólo significa una cosa y no es posible al mismo tiempo la contradicción, entonces el no-ser no es. Porque nada impide que haya, no el no-ser absoluto, sino un cierto no-ser. Por otra parte, es absurdo decir que Todo es uno porque no puede haber nada fuera del Ser mismo. Pues ¿qué se ha de entender por el Ser mismo sino «lo que propiamente es»? Pero si esto es así, nada impide que las cosas sean múltiples. Es evidente, entonces, que el ser no puede ser uno en ese sentido.

    El ser y su concepto


    ¿Es la realidad sólo un concepto?


    Parménides expone en su teoría del ser que nuestros sentidos nos conducen al error. Percibimos la diversidad, el movimiento y el continuo cambio de las cosas; notamos contrarios como el día y la noche o la vida y la muerte; diferenciamos los objetos según su color, tamaño o forma, todo ello sin percatarnos de que estos fenómenos son manifestaciones de una sola esencia, un solo ser inmóvil e inmutable.

    “Lo que es es y es imposible que no sea; lo que no es no es y es necesario que no sea”, dice Parménides. Este postulado supone la eternidad y absoluta inmutabilidad de todas las cosas, pues cualquier cambio, por pequeño que sea, sería un dejar de ser, lo que contradiría la afirmación. Así, el mundo cambiante y plural que se nos presenta obedece a un error de percepción: lo que está ahí en verdad no cambia sustancialmente, el cambio es para la vista o el oído o el olfato, mas no para el nöus o pensamiento que racionalmente –no empíricamente–  entiende que lo que es siempre ha sido y siempre será.

                La teoría de Parménides es una abstracción, mentalmente aísla la sustancia de las cosas para  mirarla aparte y filosofar sobre ella, un proceso que los empiristas le discuten. La cuestión aquí es qué tan diferente es el ser de la cosa que es, en otras palabras, cuán distinta es la manifestación de la sustancia que se manifiesta. A fin de responder esta pregunta cabe incluir la participación de aquél que percibe la cosa, pues qué tanto depende de éste la manifestación, qué tanto pone él de sí mismo en la cosa que percibe; ¿no acaso el individuo, al percibir los objetos, participa en la creación de los mismos?  

                Estudios sobre la mecánica cuántica afirman la verídica colaboración de los entes conscientes en la creación de la realidad: todo observador (ente con conciencia), al llevar a cabo la acción de observar, colapsa una onda de posibilidad cuántica y da vigencia a la realidad. Entonces ésta aparece. Hablando de una cosa cualquiera, una silla por ejemplo, ésta, un instante antes de la observación, era mera posibilidad de ser silla. Si luego de la observación la silla sigue siendo silla es porque el observador eligió ese resultado. Cabe resaltar que tal resultado obedece a la ley de probabilidades; la probabilidad de que la silla deje de ser silla sin una fuerza que altere su forma es mínima, por eso el observador percibe una continuidad: la silla sigue siendo la misma silla que un momento atrás y el observador la percibe en el presente continuo.

                Mas, ¿qué es una silla? El lector se dirá que es un objeto de cuatro patas que tiene un respaldo y sirve para sentarse. Y si la uso para pararme en ella, ¿deja de ser silla? Y si tiene una pata, ¿deja de ser silla? ¿Qué hace que la silla sea silla?  

                La silla es silla porque cabe en el concepto de silla que me he formado. ¿Cómo adquirí ese concepto? Mediante un proceso de abstracción. La idea de silla procede de una acción comparativa entre objetos similares a partir de los cuales abstraigo una forma, un material, un tamaño y un uso para conformar la idea de silla. Para usar un lenguaje más actual, es como si de tanto ver y experimentar lo que es una silla, fabrico un archivo con los datos suficientes como para incluir a todo objeto de las mismas cualidades en él. Lo cual nos obliga a aceptar que si no hubiese visto jamás una silla y un día viera una frente a mí, no sabría lo que es. Así, podemos decir que el objeto no es sólo objeto gracias que yo, un observador, le doy existencia real, sino también porque ese objeto tiene un significado para mí.

    La realidad, entonces, es siempre realidad significada, las cosas son para cada uno de nosotros algo con valor significativo, algo que cabe en un concepto. Si nunca hubiese visto yo una silla, tal objeto existiría desde luego como ente, como cosa, podría tocarlo, sentirlo y, aunque no entendiera bien lo qué es ni su utilidad, podría perfectamente adjudicarle un uso. La vería quizás como un arma. Pienso en el aborigen que, al ver una silla de madera, la toma como escudo para defenderse de las bestias. En este supuesto, la silla sería entonces un incómodo y pesado artefacto de defensa y su concepto quedaría relacionado con “objetos para la guerra”, al lado de lanzas y flechas.

    Lo que está aquí en juego es la verdad. ¿Quién tiene la verdad, el que sabe de sillas o el aborigen? ¿Cuál de las realidades es la buena? No podemos descalificar al aborigen por darle a un objeto un uso diferente al nuestro, ni invalidar nuestra realidad conceptual por tomar una de sus raras armas como un artículo ornamental, ambas realidades, aunque diferentes, son correctas. Por otro lado, la verdad ontológica de la cosa, es decir, la verdad del ser que hace a la cosa ser, sólo se hace patente a través de la cosa misma y cualquier idea para separar al ser de su manifestación – como lo hizo Parménides– es una labor basada en un concepto, en un significado puesto por el mismo pensador.

    Lo que deseo mostrar –asunto que no sé si he logrado aún– es que la esencia de las cosas y su concepto se encuentran relacionados, ontología y semántica se complementan. Porque lo que es es siempre algo para alguien que piensa en lo que es, y ese que piensa lo hace a partir de conceptos o ideas, de significados que él impone a lo que es. No podríamos pensar en el ser sin tener un concepto de lo que es el ser y tal concepto, el que fuere, es una aportación del individuo pensante, nunca un encuentro directo con la verdad. En este sentido, hablar del ser es hablar de lo ininteligible, lo inexplicable, lo inabarcable y lo inconceptuable. El ser es siempre más que su concepto.


    La teoría de Parménides nos abre las puertas al infinito y nos invita a imaginar lo eterno. Si el ser, como dice, es y no puede no ser, nos quedamos con la esperanza de que no existe la muerte y de que todo este mundo cambiante e inestable es sólo una apariencia. No obstante, como la idea de Parménides es conceptual, habrá que darle al ser libertad plena en vez de secuestrarlo dentro de los muros del pensamiento. 

    La transformación mitológica.

    Mitos modernos.

    Mitos y leyendas del mundo ideal.

    Los mitos se dicen que existían antiguamente pero no hoy, en cambio con el reciente fallecimiento del filósofo Gustavo Bueno se ha vuelto un tema muy actual, el filósofo que agrandó su fama por crear un sistema capaz de desentrañar el mito, creó esa maquinaria a la que llamó materialismo filosófico que permite averiguar que planos conceptuales atraviesan una organización de saberes, y cuales organizaciones de saberes no están atravesadas por conceptos suficientes, y por tanto son "sin-saberes", estos últimos, son mitos



    Decía el escritor riojano que la cultura es el gran mito de nuestro tiempo, que no existe tal cosa como una cultura, y que esta solo es un escombro medieval de lo que antes se denominaba "la gracia de Dios", y era la razón por la cual los hombres se unían en pequeños pueblos para convivir bajo la mirada del cura, que atraía la susodicha gracia a todos los hombres que en el pueblo vivían. Sostiene Bueno, que esta organización cultural es el mito de nuestro tiempo, y que creer que nuestra cultura nos ayudará en algo a las personas que de ella nacemos es igual a creer que Dios es un señor con bigote que manda como Neptuno sobre las aguas, en los hombres y todas las cosas.

    Dígase que Bueno dejó claro, en su libro "El mito de la cultura" que no sería fácil librarse de este mito, y que en el mejor de los casos no pasarían menos de quinientos años hasta dejarlo como el polvo bajo nuestros zapatos, mientras, bien podemos darle un repaso a los grandes mitos de la humanidad desde que la conocemos.

    Siendo el primer rompedor del mito, Parménides, el filósofo griego nacido en el año 530 a.c, expuso a través de la vía de la verdad un concepto para romper los mitos de su tiempo, este era el concepto de "ser" o "ente", una substancia ajena a la generación y la corrupción, con la que niega la posibilidad de que pueda existir la nada, y afirma que el "ser" es una cosa indestructible y perfecta, ademas de ser una cosa inmóvil y por tanto sin voluntad. A todo esto, este concepto de ser o ente de Parménides surge del conflicto que habían consolidado las diferentes especulaciones filosóficas en torno a los Dioses singulares de la existencia, ligados estos a los cuatro elementos y a las opiniones sobre estos de los mortales, por tanto, que exista un ser es la prueba de la verdad, y el fin del mito de los Dioses del Olympo. Y posibilita poder decidir por si mismos y por otros hombres, en favor de la democracia directa que impera en Grecia.

    Quizá el segundo gran rompedor del mito sea Jesús de Nazaret, nació este en una de las épocas más convulsas de la humanidad, y por supuesto su nacimiento fue el que marca la linea del tiempo occidental, así nació en el minuto cero, del mes cero en el año cero, en su tiempo y ciudad las leyes Judaicas eran la ley del estado, gobernado por el imperio romano - conquistado recientemente - que aceptaba en mayor medida que otros imperios las religiones y percepciones de los pueblos que conquistaban (pues los romanos eran estoicos y la religión de cada uno - como Marco Aurelio - era una doctrina privada e individual). En cualquier caso la población más necesitada de su tiempo no tenía que comer ni que vestir, no era de extrañar que doscientos años antes pasase por allí Alejandro Magno, que fue el último griego que conquistó y explicó el mundo desde la perspectiva de la verdad del hombre (heredero de Parménides, Socrates, Platón y Aristóteles) y mientras, esa tierra no había padecido sino de guerras y hambrunas, para que ya en el tiempo de Jesús fuera muy común encontrar a los más desfavorecidos contagiados de innumerables brotes psicóticos, en estados que hoy en día no seríamos capaces de contrastar, y que como los neurólogos de hoy aceptan, podrían entrar en estados de inmovilización muy cercanos a la muerte por una irritación de los núcleos y la corteza de las vías dopaminérgicas y norepinefrínicas - las principalmente afectadas por ataques psicóticos continuados -  sumado al hecho de que cada individuo creía en cosas totalmente anárquicas con las de sus cohabitantes, unos en dioses de cada elemento, otros en demonios surgidos de las imaginaciones de sufrientes de aquí y de allá, y los más aventajados, los pertenecientes a las capas más altas de la sociedad, creían en un solo Dios - concepto muy novedoso en esta época - que era producto del saber difuminado de los Griegos desde Parménides a Aristóteles.

    Siendo los Neoplatónicos y los judíos solo dos pueblos de los tantos que organizaron los saberes antiguos en la forma de un solo Dios, estos aceptaban la capacidad del ser de Parménides, pero no la voluntad humana de los griegos de entonces. La labor anti mitológica de Jesús se hizo a través del milagro (no es de extrañar que el el tiempo donde el hombre es una marioneta de los dioses, quien utilizando su poder salve a otros hombres, es profeta y poseedor de la verdad aunque no pueda explicarla) que era entonces la única forma de contrastación de las hipótesis, y en este caso, los moribundos psicóticos, inmersos en mundos anárquicos y demoníacos, y con irritaciones neuronales y brotes psicóticos continuados, alcanzaban cierta lucidez tras escuchar la visión del mundo que Jesús les traía, que era una visión del mundo benigna, alegre y contemplativa, y estos curaban, o resucitaban según la gravedad. De esta forma Jesús rompió los mitos de su tiempo, y creó y compartió una realidad del mundo suficiente para aliviar la carga mitológica (su doctrina también era revolucionaria del orden social, pero eso ya es otro tema que se tratará en otro momento).

    Otro espacio para el rompimiento del mito, fue en realidad romper el mito del Dios monoteísta a través de su nacimiento en los profetas del siglo cero en adelante, que a su vez tenía su origen en la organización de los Griegos; el primer filósofo que desdibujo este mito fue Averroes al que posteriormente siguió Spinoza, en la misma linea argumental, que en su libro "Ética demostrada según el orden geométrico" demuestra por el método deductivo more gemométrico que la razón Griega es externa a la metafísica, y que lo comunmente denominado Dios es una herramienta racional para uso de los hombres en su beneficio cognoscitivo. El libro de Spinoza es un museo de las creencias delirantes que se siguieron de determinados enunciados, haciendo caso a los afectos de los hombres más que a los conceptos, creándose así mitos que volvían a la realidad de estos muy vaga e irreal. Por supuesto no fue entendido en su tiempo, incluso tampoco es entendido hoy para algunos religiosos modernos.

    La misma historia mitológica, pero de una duración exprés y moderna, surge en el momento en que Fichte y Hegel rompen el mito de la realidad como causa de un ente indefinible, y lo definen como realidad compartida de los hombres entre sí, es decir, de la cultura de los hombres para sí mismos, crean un clima de dominio del hombre sobre la naturaleza que acaba por volverse mito, y posteriormente son Nietzsche y Deleuze quienes rompen el último mito creado de aceptar la sociedad los planteamientos de Hegel, y las generalidades de la filosofía europea occidental. Este mito último es muy cercano y conocido, es característico en el mito conseguir una cultura grupal cerrada y perfecta, creada por hombres que se hacen más perfectos conforme esta cultura del hombre los agranda, llegado un punto que, unas ideas delirantes atrapan más a unos grupos culturales que a otros, y entonces son unos los que abogan por ir hacía la perfección del grupo, y los otros, hacia la perfección de los individuos (esta historia reciente es la de las dos guerras mundiales de nuestro planeta), los dos grupos son absorbidos por ideas delirantes contrarias, y los pensamientos se encapsulan y se vuelven ideales en un sentido mitológico y religioso. Entonces Deleuze hace múltiples las diferencias ontológicas que Heidegger defendió años antes - cuando fue elegido rector de la universidad de Berlín por Hitler - y expresa que la diferenciación del ser del mismo ente - se diferencia del hombre como objeto o de la cosa como objeto frente a eso en "sí" -  no es una cosa posible, pues nada existe sin producirse un cambio conceptual, y todo cuanto podemos dar existencia - para Deleuze - es solo por causa de los cambios sufridos por comparar a los conceptos - los objetos o entes - entre sí. He aquí al último gran rompedor de mitos, Deleuze, quién rompió el mito del ser en Heidegger y del "yo" en Freud, hay que caer en el problema de su tiempo, que es un tiempo muy próximo al nuestro, un tiempo en el que los individuos estaban cegados por un "ser" que si acaso solo los grandes pensadores estaban preparados para ver, y los hacia enfrentarse unos a otros, mientras, la novela del siglo XX evidenciaba el juego de lo múltiple, de los afectos, sentimientos, diferenciaciones conceptuales múltiples, y la industria comenzaba a produccir objetos diferenciados, en palabras de Heidegger: "entes cada vez más oscuros en su ser", estos son los distintos objetos construidos de formas y colores diferentes. Como se ve, el mito del ser único de un siglo atrás, ahora se ve claro, pero, ¿cuál será el mito de nuestro tiempo?

    Gustavo Bueno expone como se dijo arriba, que el mito de nuestro tiempo es el mito de la cultura, que aún - y según él por varios siglos más - prevalece en la imaginación de los individuos desde la idealización de Hegel y Fichte, para conocer más a fondo su tesis solo hay que leer su libro "el mito de la cultura". Pero, quizá sea posible dar una definición de mito, que para mí es la siguiente:

    Un mito es una organización imaginada real que incapacita a un cuerpo humano en alguna de las partes extensas e intensas que este contiene, para reorganizar las experiencias e ideas en un nuevo orden más preciso para la comunicación actual.

    De aquí se sigue que todo lo que digamos puede convertirse en mito, igual que ya pasó con los grandes rompe mitos de la historia, y por tanto, es obvia la imposibilidad de la muerte de la filosofía, y más aún, de la literatura filosófica. Pues si los mitos no se rompen, ¿donde llegarán las ideas delirantes en un mundo globalizado?.