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Fichte, o de cómo se desata un bucle.

Por @jrherreraucv 

Una imagen dice mucho de un miedo.

La mayoría de los lectores profesionales de manuales, lo mismo que aquellos que suelen exhibir sin la menor vergüenza toda una gala de prejuicios y presuposiciones, derivados, en su mayor parte, de “vagas experiencias” o de “conocimientos de oídas”, suelen atribuirle a Hegel una formulación de la dialéctica sustentada en lo que el Maestro Pagallo solía denominar en sus clases, no sin ironía, como la “dialéctica del cha-cha-chá”. Esto es: hay una tesis –el lado “bueno”– a la que se le opone una antítesis –el lado “malo”– y que, después de unos cuantos dimes y diretes, llegan a un “entendimiento”, esto es, a una síntesis –el término medio entre lo “bueno” y “lo malo”, o sea, el “centro”–. Y es a eso, además, a lo que cierta vulgata sociológica y politológica le atribuye el nombre de “el método dialéctico”. Por supuesto, un Hegel así representado, que naufraga en un mar infinito de manuales, diccionarios y enciclopedias, no pasa de ser una mala caricatura del gran pensador. La conocida expresión göbbeliana, según la cual “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, ha encontrado en la dialéctica hegeliana una de sus mayores víctimas, incluso cuando Hegel vivía, pues algunos de sus discípulos, no menos que sus detractores, repetían la letanía en cuestión una y otra vez, hasta que terminó por convertirse, para el gran público, en una “verdad irrefutable”, en un dogma.

Alguna responsabilidad indirecta tiene Johann Gottlieb Fichte en todo esto, también él no pocas veces mal interpretado por los fanáticos de las simplificaciones. Fichte fue un aventajado seguidor de Kant, tanto que puso al descubierto el nervio vital de la filosofía crítica y lo concibió como el principio supremo de todo saber, de todo conocimiento y de toda posible fundamentación científica. Se trata nada menos que de la libertad. Y para poder demostrar la superación de las llamadas “antinomias de la razón”, expuestas por Kant en la tercera parte de su Crítica, meticulosamente ordenadas en dos columnas sobre las cuales colocó las palabras tesis y antítesis, con el fin de mostrar, en la primera, la justificación a favor de un determinado objeto metafísico –Dios, Alma, Mundo– y, en la segunda, la justificación de la argumentación opuesta, Fichte se propuso la tarea de poner en evidencia la necesidad de la síntesis –los límites– de la una y de la otra. De manera que no es de Hegel esta formulación, sino de Fichte. Y cabe agregar que en la extensa obra de Hegel semejante planteamiento no se haya ni explícita ni implícitamente, a no ser para refutarlo, desde el 14 de septiembre de 1800.

En todo caso, la gran contribución de Fichte al pensamiento occidental consistió en transformar el “Yo pienso” (Ich denke) kantiano en un “Yo” puro, comprendido como la libre certeza intuitiva que, de continuo, se crea a sí misma y cuyo resultado crea toda posible realidad. Como ha observado uno de sus grandes intérpretes, Luigi Pareyson: “El genial y poderoso descubrimiento de Fichte, el vuelo de águila que lo eleva de golpe por encima de todos los kantianos de su tiempo y que caracteriza a su pensamiento, es la afirmación del Yo como intuición intelectual que se capta por sí mismo y se afirma a sí mismo. Un Yo que, proporcionando un sustrato nouménico al mundo fenoménico, garantiza la unidad entre lo sensible y lo inteligible, como principio único y supremo, colocando al Yo práctico como fundamento del Yo teórico; un Yo que, en la infinitud de su tender, representa el ardiente anhelo de la libertad, y que en la actividad del hombre une los opuestos rasgos de la infinitud y la limitación”. En otros términos, Fichte completa el “giro copernicano” de Kant: ya la acción humana no es una consecuencia del ser sino, por el contrario, el ser es una consecuencia de la acción humana, o como afirma Fichte: esse sequitor operari, el ser se deriva, es el resultado, de la acción.

De las formulaciones hechas por Fichte, surge la idea de que la objetividad del mundo externo no solo no es inexpugnable o indomable sino que, muy por el contrario, ella no es más que el resultado de la actividad sensitiva humana, de la acción del sujeto, de su objetivación. Es, pues, el libre actuar del Yo que deviene materia –que se ha puesto a sí mismo–, lo que va creando la realidad, como consecuencia directa de su hacer. Lo objetividad es el producto de la labor continua del sujeto. La física contemporánea lo ha mostrado fehacientemente: la realidad es lo que el dinamismo del sujeto sea capaz de producir. Que se haya “endurecido”, que se separe y se extrañe de su creador, es otra cosa. Y en este punto se puede decir que concuerdan plenamente Spinoza, Vico y Hegel con la filosofía de Fichte: “El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas”. Verum et factum convertuntur reciprocatur, como dice Vico. Una sociedad con ideas ordenadas y articuladas es una sociedad ordenada y articulada. Una sociedad con “ideas inadecuadas” o sin ideas es un desastre, un “caos primitivo” recurrente. Los “bucles” son, precisamente, eso: un desorden generado por el predominio de una objetividad que ha tomado cuerpo y vida propia. Ha tomado el control y se ha separado y extrañado del sujeto social, sometiéndolo a una viciosa circularidad. Cuando el sujeto pierde la conciencia de la libertad y se deja someter por la necesidad que le impone el objeto que lo circunda, entonces siente temor y solo le queda resignarse ante lo que le depare la esperanza.

Dice un viejo adagio que cada quien se labra su propio destino. Fichte lo suscribiría. Lo que comúnmente se llama destino está en manos de sus destinatarios –aunque no tengan conciencia de ello–, siempre y cuando sus ideas sean claras y sus objetivos estén bien definidos. El “No-Yo”, esa asfixiante objetividad que circunda a la Venezuela de hoy, es la consecuencia de una autoimposición. Una sociedad no tiene miedo porque haya creado una imagen: ha creado una imagen porque tiene miedo. Y, en este caso, la imagen creada ha sido la de sus propias vergüenzas. De ahí su apego a la esperanza, porque la esperanza es el correlato necesario del miedo. Este régimen terrorista, criminal, represivo y corrupto, que ha sometido a la población a la peor de las miserias –la de su espíritu–, tiene que cesar cuanto antes. El Yo venezolano tiene que reordenar su No-Yo para poder recuperar la libertad. Este es el momento preciso para desenredar de una vez por todas el “bucle”.

Tiempo y ser.

Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

A Antonio Sánchez García, mi amigo. Con todo respeto.

Pensando en el bucle.


En un pequeño cuaderno de anotaciones, hechas en Jena entre 1803 y 1806, que lleva por título Wastebook -“libro de desechos”, podría traducirse-, su autor, el joven Hegel, escribió cien aforismos que, a pesar del premeditado y alevoso título, no tienen desperdicio. Más bien, esos aforismos son de una enorme importancia para la comprensión del tránsito cumplido por el gran pensador en la ardua y paciente tarea que hizo posible la construcción de la “ciencia de la experiencia de la conciencia”. Uno, en particular, inspira las líneas que siguen a continuación, y probablemente sean su premisa: “Con admiración se cita a Kant, indicando que él no enseñaba filosofía, sino el filosofar; como si alguien enseñase carpintería, pero no enseñase a construir una mesa, una silla, una puerta, un armario, etc.”. En Latinoamérica los complejos -esa fuente continua de resentimiento y pobreza espiritual- sobran. Por ejemplo, afirmar que en Venezuela es “inimaginable” la existencia de filósofos, ya que, si acaso habrán profesores de filosofía, es una temeridad que en sí misma recoge el espíritu del desgarramiento presente en la formulación kantiana, entre lo que se es y lo que se hace. Nada tiene de pomposo pensar y enseñar a pensar, como nada tiene de exhuberante conocer la historia y exponerla, conocer el derecho y abogar por su cumplimiento, o aprender medicina y velar por la salud de los pacientes.

Negar la posibilidad de la existencia de la filosofía, pero pretender ejercerla, llevando “a cabo” una “reflexión sobre la naturaleza de Venezuela, dar con su esencia, desentrañar heideggerianamente hablando, su Ser y su Tiempo”, es, una audacia, más digna de las osadías inventivas de Simón Rodríguez que de las sutiles prudencias de Andrés Bello, quien, por cierto, no sólo fuera un lingüísta de primera -como lo fue Heidegger-, sino, además, el autor de una Filosofía del conocimiento, cuyas cercanías con Kant y de lo que en él persiste de Hume, son admirables, sobre todo por el hecho de ser también- hijo de la cultura del “hedonismo tropical, la barbarie imperante, la exhuberante naturaleza, el enriquecimiento súbito y la opulencia, un poco burda, vulgar y desarrapada, sin finesa alguna” que, no obstante, contribuyó decididamente en la construcción de la Bildung chilena, dado que fue Senador, redactor del Código Civil y Rector de la Universidad de Chile. No se puede juzgar a un pueblo sólo por sus características geográficas o su mestizaje. Mucho menos por lo que algunos villanos -hedonistas tropicales- han decidido hacer con él. Si fuese así, habría que afirmar que a unos cuantos emperadores romanos o a unos cuantos monarcas y dictadores europeos, sólo les faltaron las palmeras de las bellas costas venezolanas para ser también “hedonistas tropicales”.

Theodor Adorno afirma, en Dialéctica Negativa, que el gran defecto de la ontología de Heidegger consiste en la pretensión de fundar un concepto de historicidad carente de “la sal de la historia”. Por cierto, para Marx, la ciencia de la historia no es ni más ni menos que la filosofía desprendida de toda formulación ahistórica. Se trata de comprender la filosofía de modo viviente. Croce tuvo el privilegio de definirla bajo los siguientes términos: “la filosofía es historia y nada más que historia”. Por supuesto, esta concepción de la historia no consiste en un cúmulo de crónicas -o de cronologías-, ni en un museo de cera o de trastos antiguos, acompañados de la respectiva nostalgia por lo que ya nunca más volverá. Se trata de la historia in fieri, en acto continuo. No, pues, la historia res gestae sino la historia rerum gestarum, como comprensión del yo que es un nosotros y del nosotros que es un yo, de la sustancia que deviene sujeto. Y es de esto, justamente, de lo que se trata: el ser no es una entidad fija, rígida, estática, inamovible. El ser es lo que se va haciendo, el devenir continuo. La llamada esencia humana no es una fotografía ni un cuadro estadístico, y está determinada por la formación cultural que los hombres sean capaces de generar entre sí.

Cuando una sociedad se ha escindido, los extremos aparecen (erscheinen) con toda claridad. La luz y la sombra se separan y se concentran, mientras los claroscuros se van difuminando hasta mostrar su evanesencia y su consecuente insustancialidad. La fictio del “centro” o de la medianía no es, no porque los extremos empujen en su contra, sino porque, por temor y esperanza, no empujan lo suficiente. No existe moderación sin conflicto. Más bien, la moderación es resultado del conflicto, su conquista, su Aufgehoben. En su Venezuela independiente, Mariano Picón Salas -otro “inimaginable” pensador venezolano-, se pregunta: “¿Por qué no fue desde los grandes y aúreos Virreinatos del Perú y de México de donde se expandió el movimiento insurgente por toda la América Hispana, sino desde provincias un tanto marginales de la vida económica y el esplendor colonial, como Caracas y Buenos Aires?”. Su respuesta no es heideggeriana, aunque sí historicista: a diferencia de los cerrados movimientos indigenistas, la formación y la voluntad de sus líderes tuvo un carácter mucho más universal. No les satisface el mito de la restauración del mundo perdido del indígena, esa fantasía que, por cierto, tanto provecho le trajo al cartel chavista. La independencia de América la interpretaban no como un asunto local sino mundial. No era una revolución racista, india o negra, para derrocar a Pizarro o a Cortéz y restablecer el imperio de los incas o aztecas; no se trataba de retroceder el reloj de la historia para ir de vuelta al tiempo cósmico de los mayas: se trataba de colocarse, sin complejos, a la altura de su tiempo. Pero ningún tiempo es bueno o malo en sí mismo. Todo tiempo tiene sus ventajas y desventajas, sus virtudes y sus defectos. Por eso, precisamente, el tiempo deviene y el devenir se hace ser.

Lo que no comprende el extremismo, sea cual sea su posición, es que no sólo no puede mantenerse incólume, sino que en sus esfuerzos por mantenerse incólume asume -y se podría decir que expropia- la lógica del otro extremo. Es por eso que el extremismo de izquierda, llevado a sus últimas instancias, termina por convertirse en extremismo de derecha. Los términos de la oposición se reflejan recíprocamente. Son el otro del otro. Una época de ezquizofrenia justifica las ruindades del desgarramiento. Venezuela no es la excepción sino -al decir de Carlos Fuentes- la región más transparente, en este caso, del morbo del presente. Hoy, más que nunca, la tarea de la inteligencia consiste en desenredar el bucle que la propia sociedad se ha impuesto como ser del tiempo y como tiempo del ser.

Notas Filosóficas sobre la Coyuntura Política Nacional





Política nacional.
El Florero de Llorente 


El filósofo ante la Realidad Política

Para ingresar en los problemas políticos hay que tener claro qué se entiende por «Política». La política es el escenario de discusión de los problemas de la  convivencia entre los seres humanos[1]. Como lo refiere  T. H. W. Adorno en Misceláneas I (2004, p.287): «[…] la sociedad organizada de la que más tarde derivará el Estado era necesaria para permitir la supervivencia de la humanidad […]», es decir, la sociedad- y con ella más tarde el Estado- nace para garantizar la supervivencia humana frente a su entorno físico- natural  y frente a sus impulsos Tanaticos. Solo  que en una determinada etapa del desarrollo de la humanidad, el ser humano se ha empecinado  en dominar al otro,  aun con los postulados hegelianos del inicio de la historia y la cultura con dialéctica del Amo y el Esclavo (Hegel, 1993). Para tal efecto, dominación de un grupo sobre otro grupo, se ha construido la humanidad un Aparato como el Estado para  ejercer de manera más racional esta dominación y no precisamente como la confirmación del espíritu absoluto.
El problema de las relaciones entre la filosofía y la ciencia a la hora de abordar los problemas políticos, es la manifestación, al nivel de la conciencia teórica, del movimiento histórico de especialización y secularización de la razón occidental propio de la modernidad[2]. Sin embargo, no por ello es de negar las claras diferencias presentes entre la Filosofía política, la ciencia política, la sociología política y la antropología política, al momento de enfrentarse al abordaje de su estudio. N.Bobbio (2005, p.77 ) enuncia que según la consideración del concepto de filosofía política podremos establecer las diferencias entre las demás “especialidades” del conocimiento sobre el fenómeno político[3]; para nosotros ese es un falso problema, ya que no es posible diferenciar en el fenómeno mismo de «lo Política» y la «Política», el ideal normativo que construye el discurso y sus presupuestos de verdad y objetividad como formas de legitimación del poder en la construcción de carácter propio del fenómeno en relación a las demás esferas de la vida humana.
Estamos hablando de atreverse a pensar «lo Político» y la «Política»,  no solamente problemas complejos, sino también y en la misma medida, problemas difíciles. Lo difícil, guarda en relación a lo complejo, la necesidad de perspectivas transdisciplinares, pero va más allá de este, en la medida que presenta el ocultamiento de las lógicas más internas de los fenómenos, situaciones y procesos considerados en los problemas tratados. Lo complejo abre hacía la constelación de dimensiones posibles del problema, lo difícil, enuncia la necesidad de su re-formulación para generar una síntesis de lo complejo. Se trata de atreverse a pensar como filósofo latinoamericano, lo cual implica ir más  allá de la prehistoria del pensamiento, de abandonar la filosofía  europea como único referente, superando la encarcelación (en disciplinas especiales) en la que se ha visto envuelto el pensar. No se trata de un mero problema bibliográfico, sino biográfico e histórico: es un asunto de direccionamiento del pensamiento y la acción.

La Coyuntura Política Nacional

En Colombia llevamos más de medio siglo en el marco de un conflicto armado. El  24 de noviembre de 2016[4] se daba inicio a un nuevo momento histórico del conflicto político que tomaría su forma democrática. El acuerdo entre el Gobierno de Juan Manuel Santos  y la Guerrilla de FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo) definía así el final de un ciclo largo de Violencia política con la firma de un «Acuerdo de Paz»[5] entre las partes. El Estado y la Subversión armada se comprometen a cumplir los términos de ese «Pacto Social» construyéndose las condiciones de posibilidad de la participación política y la construcción Democrática del Estado.
Los pasados 26, 29, 30 de abril y 01 de mayo  de 2019 se discutieron en el Senado las objeciones del Presidente de la República en el trámite de la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz - JEP. Fue un acontecimiento crucial en el establecimiento del cumplimiento de dicho «Pacto Social», ya que garantiza política  y jurídicamente las condiciones del ejercicio político de las Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común (partido político FARC) al mismo tiempo que la se ponía en juego la legitimidad del propio orden institucional del Estado Colombiano en el cumplimiento de las obligaciones adquiridas en lo acordado. Este es el «acontecimiento», una plenaria del Senado  que  define la «correlación de Fuerzas» sociales y políticas y da dinamismo a esta nueva Coyuntura política nacional como eslabón de una nueva «Etapa  Histórica».

El Conflicto Armado y el Acuerdo de Paz

El análisis de la génesis del Estado moderno, y aún más el análisis del Estado moderno en Colombia, nos enfrenta  con la tarea de dilucidar antes la relación entre el análisis histórico y el sociológico, pues, el análisis sociológico, se apoya arduamente en la historia, en cuanto  ésta es su materia (Martindale, 1668).
La civilización  en Colombia y, en américa latina,  ha estado marcada por la barbarie, como el hecho teórico a verificar. Lo que se demuestra en los discursos historiográficos y teleológicos colombianos, es una expresión de poder de la Razón de Estado, que necesita  controlar los discursos, pues el discurso es la bisagra entre poder y mente (Munera, 2009). Como dice el profesor Leopoldo Munera, en Colombia la interpretación del Estado ha sido además de teleológica y normativa (2009, p.11), demuestra ser también eurocéntrica.
En este sentido, los modelos teóricos que  acerca a considerar el nacimiento del Estado moderno, tienen una íntima relación con la forma de organización social en la que los frutos del trabajo son vendidos en el mercado (modo de producción capitalismo), sirviendo para identificar la importancia de la concentración y acumulación de violencia y capital en el proceso sicogenético del Estado (Munera, 2009). Las palabras han creado guerras (Uribe Hincapie, 2004). Las explicaciones del proceso de génesis del estado moderno en Colombia,  está determinado por la historia misma; los cambios en la teoría que explique el devenir histórico social,  están determinados evidentemente por la viveza del científico y sus intereses políticos y económicos. 
De ese modo, la misma definición del Conflicto ha determinado la lucha política y como tal, desencadenado la misma marcha de los acontecimientos históricos. En su reciente libro publicado, el expresidende Juan Manuel Santos, revela (2019, pp.267-280) que una de sus Batallas más difíciles por la construcción del acuerdo de Paz fue la aceptación de la existencia de un conflicto político en Colombia que se desarrolló a partir de una modalidad armada. El tema era crucial, ya que es estratégico para el Estado, en su propia construcción del enemigo, el establecimiento de beligerancia frente al mismo, esto por un tema tanto jurídico como político. Como el mismo Santos dice (ibíd.) desde el 2005, el Estado se planteó como estrategia la adopción de un discurso que enunciará ante la comunidad internacional y en el territorio nacional, que en Colombia había una Amenaza Terrorista y no un  conflicto armado.
Un año antes de la firma del acuerdo (en  febrero de 2015) la Comisión Histórica del Conflicto y sus Victimas da a conocer el informe final Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, un texto de poco más de 800 páginas  realizado por 16 académicos (de las más diversas áreas y desde los posicionamientos político-epistémicos a veces contrapuestos) organizado en 14 artículos, dos relatorías y una introducción conjunta entre los dos relatores[6]. De ese modo la academia realizaba su aporte al proceso de paz dejando claro que, si bien existen actores con intereses puestos en juego en el ejercicio del enfrentamiento armado, las causas del conflicto obedecen a determinantes objetivos de orden social, económico, cultural e histórico de la construcción de la sociedad y el Estado Colombiano. De esa manera se realizaba un diagnóstico y se dejaba claro la conveniencia social del acuerdo para la democracia y la sociedad colombiana.
Ahora bien, la eficacia de los discursos se comprueba en la construcción de realidades prácticas, en la medida que determinen acontecimientos. El 2 de octubre se demostró que lejos de estar preparada, la sociedad colombiana entraba en una nueva fase del conflicto político. Con un porcentaje de 50, 2% el No ganó el plebiscito por la paz y anticipó la victoria en las elecciones presidenciales. No por ello, el sector de la oligarquía tradicional en el poder dejaría la batalla. La paz se decretó y el acuerdo cumplió las normativas constitucionales convirtiéndose en el acto legislativo 01 de 2017:
 "POR MEDIO DEL CUAL SE CREA UN TíTULO DE DISPOSICIONES TRANSITORIAS DE lA CONSTITUCiÓN PARA lA TERMINACiÓN DEL CONFLICTO ARMADO Y lA CONSTRUCCiÓN DE UNA PAZ ESTABLE Y DURADERA Y SE DICTAN OTRAS DISPOSICIONES"[7]

Desde la firma del acuerdo un número aproximado de 128 ex militantes del partido de las Fuerzas Alternativas del Común han sido asesinadas[8], van más 500 líderes sociales con la misma suerte[9] y, queda claro que, luego del atentado a la General Santander por parte del ELN[10], el gobierno de Iván Duque y, del partido Centro Democrático, sigue aferrado al No directo sobre cualquier idea de cambio hacia lo que se dio en llamar “post-Conflicto”, esa es su principal estrategia política para mantenerse en el poder. Las objeciones por inconveniencia que realizadas el pasado 11 de marzo[11] del presente año, demuestran el claro hecho choque entre el mandato constitucional a que se ve obligado el Estado por la firma del acuerdo de paz  y la voluntad del gobierno de turno en cumplir ese mandato (todavía más si se considera la posición que tuvo Duque en relación al cumplimiento de los protocolos con el ELN en la mesa de Cuba), creándose un conflicto entre la legalidad y legitimidad del Estado, al ponerse en duda el cumplimiento  o no de lo acordado.
La propia credibilidad del  Estado como ordenamiento social y político queda en duda, pues, siendo él producto del pacto social, cómo garantizar ahora el cumplimiento de propio orden constitucional cuando se sabe que el Estado no cumple sus propios acuerdos.  
Lejos de grandes oradores (a excepción de algunos casos como  el Senador Iván Marulanda, G. Petro, José Aulo Narvaez, E. Robledo y J. E. Ulloa) en los honorables Senadores prevalecía más la trampa y la “triquiñuelas”; se dilató la discusión en lo esencial, siendo deturpada la posibilidad real de un análisis serio sobre la cuestión; los argumentos más ácidos fueron expuestos en la discusión del orden del día (del 26 de abril), siendo el 29 de abril una discusión más por los impedimentos que cualquier cosa. La votación finalmente ocurriría el día 30 de abril, con un resultado de 47  en favor del informe "Minoritario" expuesto por el Senador Iván Marulanda, que proponía negar en su conjunto las 6 objeciones, frente a 34 en contra de ese informe. En medio de gritos, surgió el conflicto la determinación de la mayoría absoluta (debido al mismo tema de las inhabilitaciones!). El 1 de mayo, se realizó una nueva votación, teniendo como resultado “a favor” de la bancada del gobierno, sin embargo, sin mayoría absoluta. De nuevo como al principio. La Corte Constitucional definirá sobre las objeciones fueron las palabras el presidente del Senado Ernesto Macías Tovar, en el momento que daba inicio a la discusión por el Plan Nacional de desarrollo que prácticamente no fue discutido (vaya pacto por la equidad que nos espera!!)
Queda claro que para algunos actores (senador Álvaro Uribe Vélez y toda su bancada), es preferible tener “guerrillero armado en el monte” que un adversario político en el capitolio nacional[12]. De esa manera es urgente cerrar todas las posibilidades políticas a los enemigos morales, para convertirlos en los enemigos sin los cuales no se puede sobrevivir. El guerrillero en el monte (dando bala por cierto!) es funcional al mantenimiento del discurso de la guerra, de la amenaza y de la defensa de la sociedad, instrumento por el cuál la oligarquía colombiana se a mantenido en el poder sin la necesidad de un régimen dictatorial continuado. 
El Bloque hegemónico en el poder ha consolidado al Estado como una maquina en la que se anule la  oposición, siendo este un rasgo  constante en el comportamiento política y en el orden constitucional. En Colombia más que una Causa la guerra ha sido un pretexto, una necesidad política que excusa el ius ad bellum,  que permita mantener el orden de dominación (Franco Restrepo, pp.39-62).
El acontecimiento en el Senado de la República, manifiesta lo que Marx (2010, p. 83) nos decía ya:
[…] El elemento estamental es la mentira sancionada, legal, de los Estados Constitucionales: que el Estado es el Interés del Pueblo o el pueblo es el interés del Estado, esa mentira se revelada en su contenido […]

Muy distantes de construir una nueva forma de sociedad, de tal manera que las causas objetivas del conflicto y la violencia en Colombia sean superadas, entramos en una nueva fase de ese enfrentamiento[13]. Ante un nuevo ciclo del capital, adviene en nuestro país un nuevo ciclo de violencia. Este mantiene rasgos estructurales de antaño (problema de la tierra, estructura de clases, formación del Estado), pero constituye otros (nuevos actores, desarrollos tecnológicos, nuevos escenarios de subjetivación, etc.), de tal manera que estamos en el centro de la espiral histórica; vemos su movimiento, no obstante, no sabemos con ciertamente cuál es su dirección y, apenas podemos enumerar los nuevos atributos esenciales. 
El partido político de las FARC ya sabe en el juego que se ha metido. Esperemos no adquiera y aprenda las "mañas" y modos de sus antiguo y ahora nuevos compañeros y, sea prudente al elegir con quienes realizar "amistades" (alianzas) estratégicas, no vaya a perder los horizontes de lucha por encajar bien en el "juego democrático".
***

El papel del filósofo estriba precisamente en identificar las condiciones objetivas de ese nuevo ciclo del conflicto. Una cosa es clara luego de considerar el «acontecimiento», la forma actual del conflicto – como en todas las formas pasadas- demuestra aquello que es más propio a nosotros. Lo político se encuentra entrelazado con la experiencia humana en cuanto esta es entretejida en la amalgama de construcciones sociales, culturales e históricas. En ese orden de ideas, es imposible una descripción de «lo Político» y la «Política», sin una consideración por «lo humano» y la «humanidad», es decir, al margen de una antropología filosófica de nosotros mismos. Parece ser, parafraseando al oscuro de Éfesos (DK.119), que“la Guerra, el conflicto, [ha-sido] es  [esta- siendo] el Destino de la nación colombiana” . 




Bibliografía:
Adorno, Th., W. (2004). Miselaneas I. Madrid. España:AKal
Bobbio, N.. (2005). La Teoria General de la Política. Madrid, España: Editorial Trotta.
Franco Restrepo, V., L. (2009)  Orden contrainsurgente y dominación, Bogotá: Instituto Popular de Capacitación : Siglo del Hombre Editores.
Hegel, W. F. (1993). Fenomenología del Espíritu. México: Fondo de Cultura Económica.
Marx, K. (2010).Crítica da filosofía do Direito de Hegel. São Paulo: Boitempo.
Martindale, D. (1968). La Teoria Sociologica: Naturaleza y Escuelas. Madrid, España: Aguillar S.A.
Munera, R. L. (2009). Genesis del Estado en Colombia 1810-1830. En R. L. Munera, Fragmentos de lo Publico Politico en colombia. Bogota: La Carreta UNAL.
Santos, J. M. (2019). El Reconocimiento del Conflicto. En: La Batalla por la Paz. Bogotá.
Uribe Hincapié, M. T.  (2004). Las Palabras de la Guerra. En. Rev. Estudios Políticos N-25, Ude A.  Medellín. Colombia.








[1] Los que se inscriben dentro del realismo político dirán que «lo político»  es lo considerado con las relaciones de dominación, con el poder; nosotros por el contrario, consideramos que es lo concerniente  con la convivencia, con la búsqueda de una mejor forma de vivir colectivo. Nuestra  noción de política parece conciliarse entonces, con el mundo griego del “zoom politicom”  Aristotélico, es la participación  en los asuntos políticos, de la discusión  colectiva de los asuntos de la convivencia en el  Agora  griego.
[2] Los antiguos griegos, tanto Platón como Aristóteles, en su Πολιτεία construyeron un concepto de lo político en el que se relacionaba con toda una concepción filosófica del universo, por lo que desde el inicio estaban entrelazados los concepto de Ser, Verdad, Ser humano y  el de Bien. No habría una distinción tajante entre la reflexión ontológica y reflexión ética u antropológica, las dos entran como elementos interrogados coherentemente en la construcción de un único sistema. Esta manera de considerar la política es propia e es heredada dentro de toda la tradición del pensamiento político occidental.
[3] Así, dice Bobbio que sería entendido la filosofía política como a). Teoría normativa sobre el modelo ideal de Estado y sociedad; b). Estudio de los fundamentos últimos del poder, definición de la legitimidad del Estado; c). Determinación del concepto propio de la política al diferenciarlo de otros conceptos y esferas como la económica y la social, etc.  Y, finalmente d). Como crítica discursiva, como metaciencia que fundamenta los presupuestos de verdad y pretensiones de objetividad por parte de la ciencia política (Bobbio, 2005 pp.77-79).
[4] La mesa de negociaciones fue instalada en 2012, los acuerdos firmados en Cartagena el día 26 de septiembre de 2016, refrendados el 02 de octubre de 2016, donde gano el No con el 50, 2% de los votos, por lo que fueron modificados ente octubre y noviembre, para nuevamente ser firmados el día 24 de noviembre en el teatro Colon de Bogotá, siendo aprobados luego por el Congreso de la República con una votación de 75 votos a favor y cero en contra en el Senado y, 130 votos a favor y  0 en contra en Camara, sabiendo que en ambas corporación los representantes del No, salieron a la hora de votación
[5] Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera”. Ver: http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/procesos-y-conversaciones/Paginas/Texto-completo-del-Acuerdo-Final-para-la-Terminacion-del-conflicto.aspx [Consulta 20/01/2017]
[8] El pasado 15 de abril de 2019 un bebé, hijo de una indígena wayúu y un excombatiente de las FARC, luego de un atentado a sus padres. Para ver la noticia https://www.telesurtv.net/news/farc-denuncia-128-asesinatos-de-excombatientes-tras-acuerdo-de-paz--20190415-0034.html [Consulta 17/ abril].
[9] Para ver una ampliación de esta cifra,ver: https://www.telesurtv.net/news/500-lideres-sociales-asesinados-colombia-20190415-0022.html [Consulta, 2 mayo/2019].
[10] Para ver un análisis sobre este hecho y la construcción del conflicto en Colombia https://www.microfilosofia.com/2019/04/de-la-toma-de-simacota-al-atentado-de.html.
[11] Para ver más sobre los 6 puntos objetados remitirse al documento presentado por el presidente
[12] Para ver las declaraciones en videos:
[13] Podemos identificar tres etapas: a). Conflicto de formación de la República del Siglo XIX (Guerras Civiles); b). La violencia Bipartidista de la primera mitad del  siglo XX y c). Conflicto contrainsurgente. Todos con actores y características propias que unifican el proceso de acumulación del capital, con sus ondas expansivas y regresivas (Ciclos económicos), junto a ciclos y ondas de la violencia.

Colapso.

Collapsus por José Rafaél Herrera / @jrherreraucv

Se le llama colapso al síndrome que sufre una determinada realidad, bien sea natural o social, como consecuencia de una probada incapacidad o insuficiencia orgánica o sistémica. La expresión proviene del latín collapsus, que quiere decir “caída completa”. El colapso de un paciente gravemente enfermo anuncia la inminencia de su muerte; el colapso de la economía de una sociedad y, con él, el de un determinado régimen político y social o, incluso, el colapso del espíritu de toda una nación, anuncia su fin. Lo que se contiene en lo mínimo se contiene lo máximo, como afirmaba un hereje impenitente de nombre Giordano Bruno. Non coerceri maximo, contineri minimo, divinum est, reza el epígrafe que Friedrich Hölderlin colocara en el pórtico de su Hiperión, citando un conocido epitafio dedicado a san Ignacio: “Divino es no estar constreñido por lo máximo y estar limitado por lo mínimo”. En todo caso, las malformaciones generadas en nombre de las mayores utopías o de los más sagrados principios no se resuelven ni con el auxilio del puro entendimiento reflexivo ni, mucho menos, con el puro deseo. La gangrena no se cura perfumándola.

Collapsus.

“El hombre que no es capaz de luchar por la libertad, no es un hombre, es un siervo”.

GWF Hegel

El país de otros tiempos dejó de ser una nación, en el estricto sentido republicano del término, para devenir tiranía gansteril. Su colapso fue provocado desde las entrañas mismas del poder. El tránsito del derrocamiento de la dictadura hacia la consolidación de la democracia fue alevoso y premeditadamente invertido desde La Habana. El resultado fue el tránsito desde la democracia hacia la consolidación de una de las más crueles y sangrientas dictaduras de que se tenga noticia. Muerto el tirano, el país quedó en manos de un “Directorio” de dos cabezas, movido por las más bajas pasiones tristes e inevitablemente ignaras: odio, resentimiento, venganza, pero, sobre todo, una enfermiza ansiedad por mantener el poder a todo costo, “como sea”. El grosero enriquecimiento se ve hoy reflejado en calles fracturadas y sucias, oscuras y peligrosas; en la inexistencia de servicios públicos, en la carestía y depauperación general. En temor e impotencia. Los llamados “valores revolucionarios”, in der praktischen, se resumen en el rentismo populista y el neolenguaje, la heteronomía y el analfabetismo funcional, el facilismo y el culto a la mediocridad, la siembra de la corrupción del ser y de la conciencia. El advenimiento feroz del “palerismo” no es la excepción sino la regla. Y todo ello coincide en una única consecuencia “lógica”: el colapso absoluto que, después de veinte años de controles, derroches, desfalcos y saqueos, de atropellos y humillaciones tortuosas, barbáricas y despóticas, finalmente se ha hecho “concreto”. El fantasma que ronda no es otro que el empobrecimiento generalizado, como nunca antes en la historia. Extrañados de toda condición humana y reducidos a entes de instintos básicos –comer, reproducirse y guarnecerse–; sometidos y cada vez más dependientes de una Matrix de Babel, suerte de “registro y control”, de numeración serial, de cifra indescifrable, a la que han dado en llamar “carnet de la patria”, como único modo de obtener algún sustento, algún servicio básico, algún modo de sobrevivencia, para poder morigerar las urgentes y crecientes necesidades cotidianas. Es la dependencia llevada al extremo de la atrocidad. Es el nuevo Auschwitz. El país convertido en campo de concentración. Los opresores de un lado, los oprimidos del otro: la boliburguesía –y los bolichicos– aplastando a los fámulos. En fin, la barbarie ritornata, la suprema “síntesis dialéctica”, según el santo grial del diamat. Es el anti-Marx. Mayor fascismo, imposible.

El país ha colapsado por completo. Nada queda en pie, más que el temor y la esperanza. En menos de veinte años, se pasó de las virtudes de Vargas a las osadías de Carujo. Los “controles” económicos, comunicacionales, sociales y políticos resultaron ser el acta de defunción de una de las naciones potencialmente más prósperas, pujantes, capaces, educadas y libres de Latinoamérica. Secuestrado por una montonera decimonónica, víctima del llamado “síndrome de Estocolmo”, ante la sorprendida mirada de una clase política obesa y burocratizada de cuerpo y mente, cómoda y más habituada al fashion y a las perfecciones del “tiempo de Dios” que al barullo de las calles y a los “latidos del corazón del topo” de la realidad, fue progresivamente acostumbrándose –a punta de ofertas mesiánicas, cuando no de bayonetas– al “exprópiese” que terminaría destruyendo su aparato productivo, su tejido social, cultural y educativo, expropiándolo, empobreciéndo drásticamente su vida material y espiritual, y condenándolo a la mayor de las sumisiones: la del hambre. En fin, el caos sobre el orden, para invertir el conocido título del compendio de Vargas, rector magnífico de la Universidad de Caracas.

No hay forma. La trampa sale, como dice el adagio. Los llamados “hechos” no son entidades independientes del sujeto social, son creaciones de factura humana. Los números ya han cobrado realidad, mientras las banderas rojas que impulsaron el fervor de otros tiempos van cayendo una tras otra. Las visibles grietas del mítico “acorazado Potemkin” criollo hacen aguas por doquier y van poniendo en evidencia las fragilidades, ante el inminente hundimiento. El colapso es más que la sospecha de una impotencia manifiesta. Es la puesta en evidencia del fracaso estrepitoso de un régimen que quiso poder consumir sin producir, enriquecerse sin trabajar, despreciando el conocimeinto en medio de una época orientada a convertir el saber en la mayor fuente de riquezas existente. Ningún sistema político y social nace: siempre se hace. Ni el socialismo ni el liberalismo son sistemas naturales. Ni la sociedad puede estar por encima del individuo ni el individuo por encima de la sociedad. Más bien, cuando se pone en evidencia la inadecuación, en no-reconocimiento recíproco, se producen inevitablemente los antagonismos que terminan en un período de crisis orgánica y de agudos conflictos impredecibles, que ningún metodólogo, por más pedantes que puedan ser sus gráficos, está en condiciones de prever. Se trata de la lucha por el reconocimiento.

Despojados de lo más elemental, del sustento diario; sometidos a las ruinas de un salario que solo alcanza para comprar impotencias; obligados a “rebuscarse” para poder soportar el pesado fardo que la corrupción, el maltrato y la ineficiencia metastásicas han colocado sobre sus hombros; empujados por la fuerza de las dificultades creadas a huir en masa del país. El derrumbamiento cobra cuerpo y conspira en contra del sistema silenciosamente, día a día. La antipolítica social ya no es la simple negación de la política profesional sino su complemento directo. El anonimato del sujeto se despliega con las horas, se organiza, va dejando de ser cosa y va cobrando fuerza de convicción del ser auténtico, capaz de revertir, una vez más, el tránsito desde los intereses de la opresión gansteril al ethos la libertad republicana.

Pragmatismo y otras especies

Enviado por JOSÉ RAFAEL HERRERA /  @JRHERRERAUCV 


Decía Aristóteles, en algún lugar de la Metafísica, que no pasa de ser un absurdo el pretender buscar razones contra quienes no tienen razones acerca de nada, ya que sería como discutir con vegetales. Claro que existen algunos vegetales más tóxicos que otros. Es el caso de los que gustan exhibir una cultura general –bastante atropellada, por demás–, compuesta de lecturas trasnochadas, refritas y mal digeridas, muy cercanas a las de quienes dicen adversar. De modo que, en este punto, los unos y los otros se identifican e igualan en su “altura”, de hombro a hombro. Son vegetales frente a reflejos vegetales, opinadores de oficio que se asumen “cultos” sin haber sido cultivados. Flatus vocis. Tal vez, la diferencia entre el educere y el educare permita comprender la delgada línea de demarcación que distingue el dónde termina el analfabeta y el dónde inicia el analfabeta funcional. Es de Hegel esta expresión: “La valentía de la verdad, la fe en el poder del espíritu, es la primera condición de la filosofía”.


La mentalidad de museo –ese “cementerio de la cultura”, como lo definiera Adorno– se ha convertido, y con mayor énfasis durante los últimos tiempos, en la peor de las plagas padecidas por esa suerte de opinadores profesionales –toderos de oficio– que exhiben sus “verdades” como auténticas “obras de arte”, como sentencias universales, “puras”, enciclopédicas que, en realidad, son ecos vaciados de espacio y de tiempo. Es el decadente triunfo del entendimiento abstracto, al cual, por cierto, solo conciben como un modo –el “método infalible”– para que los polos de la oposición “se entiendan”, lleguen a un “entendimiento”. Ni idea de lo que significa intellectus ni de las tristísimas consecuencias que el mismo, siempre oculto tras las bambalinas de la ratio técnica, ha tenido para la sociedad contemporánea.


A propósito de Hegel, y después de la magistral investigación llevada adelante, entre otros, por Karl-Heinz Ilting, resulta ser más que una aberración el querer insistir en vincularlo con la vulgar representación de prusianista. Hegel fue, para sorpresa de unos cuantos vegetales –de acuerdo con la precitada definición aristotélica–, nada menos que el arquitecto de la Unión Europea, como advirtiera Alexandre Kojeve. No es por mera casualidad que las notas de la Novena Sinfonía de Beethoven, que recogen bajo el denso entramado de su fuerza estética el espíritu –más que la letra– de la filosofía hegeliana, hayan sido escogidas como el himno de una nación de naciones, cuya estructura es la de la unidad de la unidad y de la no-unidad: la unidad en la diversidad constitutiva de la dialéctica de Hegel. La Unión Europea es, de hecho, el mejor ejemplo del quehacer político, pero no como manifestación coyuntural de las “campañas” y los electoralismos sin ton ni son, sino como expresión viva de cotidiana civilidad. De manera que hacer pasar al autor de la Fenomenología como un promotor de la “antipolítica”, no pasa de ser cosa de crasa ignorancia y, como toda ignorancia, no ajena al veneno de la mala fe. Algo similar sucede con la llamada utopía marxista: no es la “antipolítica” lo que mueve a Marx, sino la comprensión de la política como la superación que conserva la política de la antipolítica.


El pragmatismo, tan invocado por algunos en estos días, desconoce que una de sus fuentes principales de inspiración se encuentra, precisamente, en Hegel, malgré lui. Pragmático, por demás, es un término usado con muy precisa connotación por Kant en la Crítica de la razón pura, quien contrapone el valor práctico (praktischde la ley moral al carácter pragmático (pragmatisch) de los imperativos de la prudencia: la primera se funda en la validez a priori, la segunda sobre principios empíricos, porque “solo por medio de la experiencia se puede saber cuáles inclinaciones a satisfacer existan y cuáles sean las causas que puedan producir su satisfacción”. Y fue en referencia a esta distinción establecida por Kant que Pierce –fundador de la franquicia– introdujo el término, dado que la distinción empírica del agente humano es distinta a la metafísica de las costumbres, la cual, como se sabe, concibe las acciones bajo un perfil moral puro. Pero precisamente por eso, carece de sentido y significado racional hablar del “sano pragmatismo”, como si se tratara de una salida de momento, circunstancial, como la mano del mago en el sombrero, en un acto de astucia sorpresiva, y no como un resultado, como un a posteriori que impone reglas de acción, hábitos, comportamientos y creencias.


Hay, pues, mucho más de religión en la doctrina pragmática de lo que se pueda llegar a pensar a primera vista. No por azar, en James comportan los caracteres de una metafísica moral de la verdad que reivindica el valor práctico de la fe religiosa y la “voluntad de creer”. Como dice el adagio popular, “tanto nadar para morir en la orilla”. Y es que tanto desprecio por el pensamiento, por la creación teórica, por la actio mentis, solo podía terminar bajo la tutela de los preceptos de la fe positiva: “El que no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el claustro de María”, sentencia un conocido pasaje de las Escrituras citado por Hegel. Se trata, en realidad, de un paso atrás respecto de Kant y unos cuantos pasos atrás respecto de la filosofía hegeliana. Poner el valor de la fe y de los sentimientos por encima de la racionalidad científica no es, precisamente, una opción muy distinta a la de quienes promovieron la figura de un tirano decimonónico como el más genuino “sentimiento” del siglo XXI, haciendo del pragmatismo su más firme sustento ideológico.


De las species conviene decir que resulta imposible dar una definición rigurosa, particularmente en lo que se refiere a las plantas. Cosa de vegetales, diría Aristóteles. Las dificultades encontradas, tras los intentos fallidos por concentrarlas en un determinado género, han traído como consecuencia el descrédito de las presuposiciones tipificantes del entendimiento abstracto, en su desesperado intento por fijar aquello que inevitablemente se constituye en y para sí mismo como una separación radical. Species, más que oposición, hay en Venezuela. Que se considere a la antipolítica como el chivo expiatorio de los fracasos de la política ni corrige la política ni comprende las razones de fondo del surgimiento de la antipolítica. No hay soluciones pragmáticas sin ideas claras y distintas. O sea, no hay soluciones pragmáticas. Nada más patético que el sensus comunis revestido de arrogancia diletante. El pragma no sustituye la praxis, que es el reconocimiento recíproco, determinante y necesario, de sujeto y objeto. Prueba de ello es que quienes invocan groseramente ritos y sentencias por el pragmatismo y se autoconciben como graves y profundos conocedores del quehacer político, hasta la fecha, y que se sepa, no han logrado materializar ni sus predicciones ni sus profecías.

El destino de las universidades.

por JOSÉ RAFAEL HERRERA @jrherreraucv

Desde su creación, las universidades han tenido que soportar las embestidas que la barbarie le ha infligido, una y otra vez, sin la menor conmiseración y con la mayor impiedad. No es el mérito, la dedicación al estudio, el aprendizaje y la enseñanza, lo que le interesa a la grosera ignorancia mandona, habituada al inmediatismo y la riqueza fácil, al saqueo más que al cultivo. La suya es voz de mando, aullido de pirata y mayoral, berrido de látigo y machete. Para ella -para la barbarie- quien más sabe es quien más fuerza bruta exhibe o quien más alto puede llegar a gritar. šNo pueden ser dioses” -concluía, después de una detenida y escrupulosa observación, Cuauhtémoc, sobrino y heredero del emperador azteca Moctezuma-: “los dioses son sabios y los sabios no gritan”. La barbarie, soberbia, violenta y gritona como es, no se conforma con la cortesía y tolerancia de quienes comprenden de brutalidad e intentan morigerarla. No hay Sherezade ni mil noches. Eso que llaman conocimiento se le hace sospechoso, conspirativo. Por eso tiene que intervenir la Academia, tiene que penetrarla hasta las entrañas, doblegarla y someterla. Tiene que ponerla de rodillas y humillarla. Ahora su objetivo es rebajarla hasta la servidumbre, pues de otro modo se la representa innecesaria. Intuye que la frágil civilidad de su condición creadora es un peligro potencial para toda tiranía, para la naturaleza bruta del sometimiento de todo y de todos. 


No por azar, la mayor parte de las agresiones contra las instituciones universitarias provienen de regímenes que no comprenden, por su mismo desconocimiento de la vida académica, el hecho de que si bien las universidades están al servicio del Estado no tienen porqué estar al servicio de gobiernos que pretenden desviar los objetivos para los cuales fueron creadas. Y es que su sacerdocio es la verdad. La docencia, la investigación y la extensión, sustentadas en el mérito, son los medios a través de los cuales las universidades promueven la mayor diversidad, el debate de las ideas, en la búsqueda, precisamente, de la verdad. Para lo cual la autonomía es conditio sine qua non, ya desde los tiempos de Boloña, Oxford y Salamanca. Es obvio que para quienes provienen de instituciones en las que se prohíbe disentir, ésta se convierte en una seria amenaza para sus fines. Para los que provienen, se ha dicho. Para los que no provienen la cosa se complica. Decían los griegos que de la nada no sale nada. La verdad es conquista del consenso, no de la coersión.

Es verdad que no todo organismo estatal puede ser autónomo. Pero las instituciones del Estado que gozan de autonomía, es decir, que han conquistado con su esfuerzo la necesaria madurez social e histórica, jurídica y política, para poder sustentarla, precisamente por el hecho de tenerla, están obligadas a velar por los intereses del Estado, más allá de las eventuales disposiciones y el vaivén de los gobiernos.

Cuando la barbarie se hace del poder, la autonomía es puesta en situación de minusvalía. Y entonces, las pezuñas de la ruín mediocridad -no ajena al vandalismo-, ya instalada en el interior de la academia, comienza a hacerle el juego a la tiranía barbárica. La combinación resulta atroz. Se genera así aquello que el maestro García Bacca designara como “la canalla vil”, y la autonomía es sometida a un doble proceso de estrangulamiento. Presupuestariamente, es asfixiada desde afuera. Desde adentro, se pretende generar el caos y la zozobra, de la mano de una no tan espontánea malandritud. 

            Barbarie y autonomía son palabras griegas. De la primera, Aristóteles le escribe a Alejandro: “a diferencia de los griegos, en los bárbaros predomina el instinto sobre la razón”. La segunda significa literalmente “vivir según la propia norma”, es decir, ejercer el auto gobierno o la capacidad de gobernarse a sí mismo, mediante la virtud y la razón. En su acepción académica, se refiere a la independencia del objeto de estudio y método en la adquisición de conocimientos, a la libertad para pensar y expresar ideas acordes con las propias convicciones, más allá de todo dogma.

La autonomía universitaria supone cierta entidad política dentro de la organización más amplia del Estado, a fin de garantizar la libertad de cátedra frente a un determinado orden social, lo cual no tiene porqué entorpecer el ordenamiento jurídico-político. Todo lo contrario, se trata de que el saberse “señor de sí mismo”, redunde en beneficio y maduración de y para la libertad, enriqueciendo las bases de la vida civil. Cuando el pensamiento y la voluntad se ven reprimidos y pierden la razón de obrar, se produce la heteronomía, tan grata a la mordaza totalitaria. La autonomía es, por tanto, la facultad que se reconoce a sí misma como voluntad libre, capaz de autodeterminarse, tal como lo expone Kant en su Crítica de la Razón Práctica. En cuanto coinciden libertad y responsabilidad, la autonomía es la raíz de la moralidad y su condición necesaria, de modo que las acciones morales no son imputables a un sujeto que no sea autónomo, es decir, libre o responsable.

Un régimen que no está en capacidad de comprender la importancia de la autonomía universitaria, es decir, su función en la formación de hombres capaces de crear respuestas –con sentido crítico, con libertad y con conciencia del deber- a los problemas fundamentales de la sociedad, es un régimen que siembra las bases para su propia destrucción. Pero, además, la de toda una nación. El destino de la universidad coincide, en este sentido, con el destino del Estado. Los pueblos, como dice Hegel, se labran su propio destino. Destruir la universidad es, ni más ni menos, destruir todo un país. Así, pues, el progreso de una nación depende del crecimiento de la autonomía de sus universidades, porque en ellas los ciudadanos se educan para la crítica y la libertad, es decir, para la vida en civilidad. Condición indispensable para la superación de la ignorancia, la barbarie, la miseria y la servidumbre. El ejercicio de la autonomía propicia el desarrollo de la sociedad, la realización de la democracia, el crecimiento de las capacidades del Espíritu del pueblo, la equidad y la justicia. La barbarie es, y ha sido siempre, la real amenaza. Ir contra las universidades no sólo significa la ruina de sus instalaciones. Significa, además, el intento por asaltar la razón y el sagrado derecho a decir que no. 

Elogio de la crítica.

Elogio de la crítica, por @jrherreraucv

Los orígenes de la palabra elogio remiten a la historia de la dignidad humana. Desde el presente, el historicismo filosófico va interrogando al pasado y descubriendo las razones que permiten comprender, superar y conservar, a un tiempo, las desgarraduras del aquí y ahora. Desgarraduras entre el decir y el hacer, entre la palabra y la acción, como si las palabras mismas no comportaran acciones y las acciones palabras. .

Las críticas adormecen

Para los latinos, propiciadores de la cultura de lo estable, elogium era la inscripción sobre las tumbas y las esculturas para alabar a los difuntos, las cláusulas testamentarias y los sumarios de las causas judiciales. Un préstamo tomado y deformado –como tantos otros– de la cultura griega clásica, para la cual elegeión –de legein y logos– es una estrofa apologética en versos que expresan nostalgia por aquello que se ha perdido. Y es de ahí que surgen las elegías. Su raíz indoeuropea –leg– muestra la necesidad de re-coger, de colectar y de escoger los mejores frutos del cultivo, lo más granado. Una selección de calidad, de la cual deriva la lec-tura, la lec-ción y el inte-lec-to. En días de crisis orgánica, elogiar la crítica impone la tarea de hacer concrecer, de reconstruir, la historicidad de su real significado.

Dice Kant, en el prefacio a la primera edición de su gran Kritik, que “nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación (léase: el dogma y el poder político) pretenden, de ordinario, escapar de ella. La primera en nombre de la santidad; la segunda, en nombre de la majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón solo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre (ein öffentliche und freie prüfung)”. El temor a la crítica es temor a la verdad. En una sociedad que compró para sí la idea de que el ejercicio de la crítica representa una sentencia premeditada y alevosa, es decir, anticipada y movida por la mala fe, que oculta tras de sí el deseo malsano –la triste pasión– de condenar a priori toda posible empresa, con el propósito de destruirla, las cosas se hayan invertidas, y la carreta ha sido puesta –por el entendimiento abstracto– delante de los bueyes. No hay estudio ni examen detenido. No hay juicio, según el rigor del debido proceso. Sólo se impone la mala fe y, con ella, la ignorancia abierta y directa. Y no solo por parte de quienes gustan enlodar la dignidad de la crítica sino también por parte de quienes la reciben, pues suponer que se trata de un asunto personal desnaturaliza su suprema condición esencial.

En realidad, no es posible reconocer la profundidad de una crisis sin que la consciencia (Gewissen) tenga la obligación, el compromiso ético, de actuar en consecuencia, de ejercer el derecho, la facultad de litigar, de someter al “tribunal de la razón”, como dice Kant, y de sentenciar, si ese fuera el caso, a los responsables principales del desastre, a sus autores intelectuales y materiales, a fin de conquistar un resultado, un desenlace definitivo, que ponga fin al entuerto criminal y remedie los males causados, en este caso, a toda una nación. Porque la crítica es el resultado de la enfermedad del juicio (morbi iudicium seu crisis), su consecuencia directa. Pero no se puede –no cabe– confundir la majestad de la crítica con las retorceduras del resentimiento. La crítica confronta, polemiza, problematiza, con el objetivo de revelar, de poner al descubierto, la verdad. Se propone evidenciar si lo que se sostiene posee efectivamente fundamentos sustentables, sólidos y objetivos. Por eso mismo, la crítica no presupone, no pre-juzga: estudia, examina en detalle, pone en entredicho los absolutismos, duda y juzga de acuerdo con los resultados obtenidos. Así, pues, quien juzga objeta, crea las condiciones para la realización de un reacomodo, de una modificación sustantiva, de las relaciones sociales y políticas existentes sobre la base del conocimiento, no de los prejuicios, sin ira y sin llanto, incluso por encima del dolor causado.

Karl Marx estudió filosofía. Se especializó en filosofía del derecho, bajo la tutela de Eduard Gans, el más cercano de los discípulos de Hegel, para quien la crítica filosófica era la filosofía misma, en sentido estricto. La obra filosófica entera de Marx lleva como subtítulo “crítica”: Crítica de la Filosofía del Derecho, Crítica de la “crítica crítica”, Crítica de la novísima filosofía alemana, Crítica de la economía política, Crítica al Programa de Gotha, etc. Había aprendido de Kant y de Hegel el valor inconmensurable de la crítica, a los fines de restablecer la identidad del orden y la conexión de las ideas y las cosas. Por eso define la tarea de la filosofía, siempre y cuando se encuentre al servicio de la historia, en “desenmascarar la forma sacra del autoextrañamiento humano” y, a partir de él, “desenmascarar el autoextrañamiento en sus formas profanas”, haciendo de “la crítica del cielo la crítica de la tierra”, de la “crítica de la religión la crítica del derecho”, y de la “la crítica de la teología la crítica de la política”.

Los dogmas y las “verdades reveladas”; el culto a la muerte y la adoración de los ídolos “caídos”; las recetas y los constructos prefabricados acerca de cómo será el desenlace final o de cómo se tendrá que reconstruir el país, según “los técnicos” no son más que reminiscencias de la teología, del positivismo o del marxismo oriental. En nombre de unos supuestos “sagrados principios” –traídos de lecturas trasnochadas y mal traducidas o de esquemas sin tiempo–, se han cometido los mayores delitos contra la sociedad. Se ha perseguido a los que se oponen y se les ha obligado a huir al exilio. Se ha asesinado, se ha encarcelado, se ha robado, se ha intervenido, se ha aplastado a instituciones enteras, como en el caso de las universidades autónomas. Sin servicios básicos, sin medicamentos, sin expectativas de vida, sin alimentos y con la mayor de las hiperinflaciones del planeta. Pero, además, hay quienes, desde el lado opositor, han caído presos en los brazos de sus antagonistas, bien por temor o por provecho personal. La “lógica” inmanente de los unos revela ser idéntica a la de los otros. Los egos de los ignorantes, de fámulos solícitos de honores, dinero y sensualidad, abundan por doquier. El país se halla enfermo de entendimiento abstracto, de esperanzas infundadas e intereses gansteriles. La pobreza del espíritu es el único pan que se consume cada día. Plagados de patéticas cancioncitas y de mensajes subliminales que se traducen en el más auténtico “opio del pueblo”. No es tiempo de recetas dictadas desde la soberbia y el inevitable fracaso. Es tiempo de la más sensata y descarnada crítica del sí mismo, de la labor del pensar, que se traduce en energía vital, en convicción firme, capaz de apoderarse de las mayorías y del creciente clamor del “ya basta”.