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    Nación y Estado

    La nación y su geografía, en un mapa.

    Como sucede con la mayor parte de los conceptos que se dan por sobrentendidos, el de la exaltación de los derechos individuales, tan en boga por estos días, se basa, exclusivamente, en la presuposición de requisitos de mera naturaleza individual, lo que termina propiciando tarde o temprano la apatía política. Si la exaltación del comunitarismo ha terminado por hacer de la vida ciudadana una ficción en la que se desdibujan los contornos de la condición individual, transformándola en una multitud incapáz de poder decidir por sí misma y reduciéndola a su impotencia, la exaltación de la individualidad abstracta llega, por el camino inverso, exactamente al mismo punto: a la bancarrota de la libre voluntad y de sus auténticos derechos.


    Una discusión acerca de cuál es el mejor modelo a seguir, el más adecuado para la sociedad, sin que ninguno de sus interlocutores sepa a ciencia cierta de qué está hablando, sólo sirve, de un lado, para encubrir la ambición de poder de ignorantes que poco o nada saben de nación y Estado y, del otro, para incrementar aún más la frustración de una muchedumbre con un pie en la incertidumbre y el otro en la resignación. Muchedumbre que, desde el principio, desconocía el real sentido y los alcances de las marchas militantes en las que algunas veces -sobre todo al principio- participó, cual émulo de los Trabajos de amor perdidos o de La comedia de las equivocaciones.

    Lo peor de toda presuposición es que termina dando rienda suelta a las más lúgubres expresiones del autoritarismo y el terror. Es el caso del régimen de Chávez, de sus indiscriminadas prédicas “revolucionarias”, “bolivarianas”, “humanistas” y “republicanas” que terminaron en el horror de un país en ruinas. Pero también es el caso de un puñado de políticos improvisados y sin la mayor formación, quienes, asesorados por una sarta de “teóricos” de bullpen -para no decir de toril-, cuyas nuevas cartas astrales son las estadísticas y las metodologías “de punta”, suponen o que “la realidad es lo que es” o, peor todavía, lo que sus planos astrales “deberían” obligarla a ser, a remate de porcentajes. Y como no lo consiguen, tal como era de esperarse, acuden a la liturgia de la esperanza del “tiempo de Dios” o de su equivalente mediático: la retórica hueca, vaciada de todo contenido, del “vamos bien” y del “sí se puede”. Pero, si desde hace veinte años las premisas son las mismas, ¿los resultados podrían llegar en algún momento a ser distintos? A fin de cuentas, lo tácito oculta, siempre, la ignorancia del bárbaro, se vista de casaca militar o de outlet stores.

    Cuando no se emprende la búsqueda histórico-filosófica del origen de los vínculos del espíritu de una nación, no se llega muy lejos. Y es que no es posible concretar un cambio radical en la vida de una determinada formación política y social sin efectuar el proceso de reconstrucción de su ser y de su conciencia sociales, de conocer a fondo los elementos externos e internos que conforman el pulso de su devenir, esa dinámica que transforma un conglomerado en una auténtica comunidad, una multiplicidad de intereses informes en una nación propiamente dicha. Todo lo cual se expresa a través del estudio del lenguaje, el arte, la religión, los tipos de gobierno, las instituciones políticas, las leyes, el desarrollo productivo, educativo, literario y científico, así como las formas de pensamiento en general que han logrado fraguar su Volkgeist. Se trata, pues, de comprender el ser y el tiempo de una determinada nación. Porque, como dice Hegel, cada nación tiene sus propias representaciones, “un rasgo nacional establecido, una manera de comer y beber, ciertas costumbres que le son propias”. En fin, “un modo particular de vida”. Sólo cuando los instrumentos de “medición” dejan de ser la fuente primaria del conocimiento y la conciencia se dedica a comprender, se produce el cambio, y se puede crear un auténtico proyecto de Nación y de Estado, en el que no sólo la comunidad se sepa inmersa en sus costumbres, sino en la que los individuos logren identificarse consigo mismos, pues al compartir los valores de su comunidad, los individuos, lejos de ser concebidos como masa informe, crecen y con-crecen, porque sus almas se enriquecen y pueden reconocerse libremente en la unidad orgánica de la totalidad social y política de la que forman parte constitutiva. Es eso a lo que se denomina eticidad o civilidad. Y mientras mayor sea el desarrollo de la educación estética mayores serán su armonía y fortaleza.


    Se equivocan quienes, a fuerza de un maniqueísmo ya casi instintivo, presuponen que la salida de las ficción totalitaria de un régimen que ha terminado por secuestrar a los individuos, hasta pretender transformarlos en rebaño, consiste en la promoción de la ficción individualista. De un lado, se exalta al Estado -en realidad, a la sociedad política- contra la iniciativa privada; del otro, se exalta al individuo -en realidad, a la sociedad civil- contra la opresión del Estado. Dos unidades en sí mismas opustas y recíprocamente contradictorias. El Estado es percibido como el aparato del gobierno que ejerce el poder, mientras que la nación está formada por el pueblo, sus súbditos, sometidos a su absoluta voluntad. Semejante presuposición de la doctrina rousseauniana no sólo es inexacta, sino que es, además, superficial. Hablar de la “soberanía nacional” o de la “soberanía popular” ya implica la exclusión de la idea de nación de una concepción amplia y orgánica del concepto de Estado, porque sólo es posible hablar de soberanía si se consideran las diferentes esferas de la sociedad como una totalidad concreta, cabe decir, como el recíproco reconocimiento de la sociedad política y de la sociedad civil, del Estado y de la Nación. En última instancia, la sociedad política, a la que por lo general se le denomina Estado, no es más que la sociedad civil -la nación en cuanto tal- hecha, es decir, objetivada. Rousseau invierte los términos: según él, los individuos enajenan sus derechos al Estado, el cual, a partir de ese momento, regula su libre voluntad. En realidad, es al revés: la voluntad de la nación se ha objetivado y ha creado un Estado, un garante de sus intereses, un organismo que representa y preserva su eticidad, el modo de ser propio de su tiempo. Que con el pasar de los años el objeto creado pase a ocupar el puesto de su creador depende del nivel de conciencia de los individuos que forman parte de dicha nación.


    La Venezuela de hoy no es ni una nación ni un Estado. La labor de los sectores progresistas de la sociedad no consiste ni el el regressus al “como éramos antes” -cosa del todo imposible, por cierto-, como tampoco en la intentio de participar en el “juego” del gato y el ratón, teniendo a una tiranía de narco-traficantes y terroristas como interlocutores de un proceso electoral, con el propósito de posicionarse de algunos cargos “estratégicos” que le permitan tener presencia en el “Estado” y tomar oxígeno para un segundo combate. Decía el Maestro Pagallo que si uno iba a ahogarse era preferible hacerlo en el océano profundo que en una tina de baño. Venezuela requiere reinventarse, rehacerse, ser refundada desde sus raíces. Y sus raíces pasan por la elaboración de la superación y conservación de sí misma. Los griegos llamaban Niké no sólo a la victoria sino a la batalla misma. Tarea nada fácil la de asumir el rol de la Israel de América Latina. El Éxodo da la pauta. Pero este será el esfuerzo más próspero y sublime de un país que bien lo merece. 

    Por José Rafael Herrera@ / @jrherreraucv

    Nombrar la vida (alegato a favor de la muerte)



    “Invirtiendo la pregunta kantiana, no se trataba ya de preguntar: ‘¿Cómo es posible la matemática pura?’ y responder: gracias al sujeto trascendental, sino más exactamente: siendo la matemática pura la ciencia del ser, ¿cómo es posible un sujeto?”
    (Alan Badiou, El ser y el acontecimiento, p. 14)

    1.
    El pensamiento griego clásico plantea una distinción fundamental entre la vida por un lado y el significante de la vida por el otro. Dicha  demarcación que nos habilita un lenguaje para poder pensar la vida, suspenderla y problematizarla, es ni más ni menos que la política.

    Entender la política de esta forma, implica alejarla de la mera defensa de la vida, acercándola en cambio a la objeción de esta. Cuando hablamos de política o de ley, estamos hablando de un corte en el automatismo mecánico de la vida y sus procesos, para de ese modo permitirnos una organización de carácter simbólico en una sociedad. La ley o la política aparecen como una suspensión en la supervivencia de los cuerpos, es decir, una suspensión en la lógica misma de la economía y de la vida.

    Lo dije, “economía”. Esa palabra ha cerrado el camino de la izquierda tradicional en su crítica conceptual al capitalismo. Allí donde antes se hablaba de capitalismo, ahora parece sólo hablarse de economía. Esto posee una profunda significación, porque la economía tiene que ver directamente con el cuerpo y su funcionamiento aproblemático, asignificante, amoral. Economía tiene que ver con el registro de lo imaginario, tiene que ver con lo no político. Es que la economía a diferencia de la política, domina lo privado de los individuos.

    Es por eso que la política no debería ser entendida como la mera administración de la vida en una sociedad determinada, como la gestión de indicadores económicos, de las cifras que incesantemente arroja el cuerpo de lo social. Vale decir, deberíamos comenzar por no confundir jamás a la política con la técnica. En el caso de la primera, lo que hay es una idea respecto a la cual la existencia de las cosas se vuelve problemática, objetando la economía. En la técnica en cambio, lo que hay es simplemente más economía, más vida, más cuerpo, más funcionamiento. 

    Precisamente por lo antedicho, es que no es tan importante la vida como lo es la forma política de significarla. En ese sentido, la política está relacionada íntimamente con un lenguaje que nos habilita a pensar al cuerpo en tanto que cuerpo, a la economía en tanto que economía, a la vida en tanto que vida. Olvidar la política implica ingresar en un olvido de la puesta en lenguaje y su negatividad, dejando de lado su potencia, para conformarnos con lo neutro de la técnica que empuja.

    De ahí que un trabajo político implique forzosamente dotar a la vida de significado, ya que cuando la vida tiene significado se hace imposible que sea intercambiada. Así, la nuda vida –al decir de Giorgio Agamben-, implica una vida asignificante y por tanto plenamente intercambiable. Solamente desde la política puedo decir la vida, cualificándola, alejándola del fetichismo de las cifras, las mediciones y las categorías.

    En esa labor que tenemos por delante, debemos combatir en primer lugar en contra del sentido común empirista, tan enquistado en nuestra cotidianeidad. Parece sensato comenzar por no entender al cuerpo en tanto positividad sino más bien como una lógica de carácter automático.

    Cualquier mecanismo de perfeccionamiento, de potenciación y/o aumento de la eficiencia del cuerpo, lejos de ser artificial como podría parecernos, es natural en tanto prolongación de esa lógica llamada cuerpo.

    2.

    En el pensamiento cartesiano, emerge algo heterogéneo respecto del cuerpo precisamente porque hay un exceso de cuerpo. A eso heterogéneo que aparece, Descartes lo denomina cogito (o alma, espíritu, etc.) y nosotros podemos llamarle también “sujeto”. Pero haríamos mal en interpretar cuerpo y alma como si se tratara de dos positividades enfrentadas entre sí.

    La res cogitans tiene su apoyo en la negatividad, que claro está no es rastreable empíricamente. La res cogitans es lo que nos permite decir la res extensa, y más aún, podríamos decir que si bien cronológicamente esta última es anterior respecto de la primera, lógicamente sin embargo es la res cogitans la que aparece primero, ya que crea retroactivamente a la res extensa como una proyección apres coup. ¿Qué había antes de la aparición de la res cogitans? ¿Acaso no había sólo res extensa? No. No había nada, no había un lenguaje que me permitía decir el mundo y la vida, y como poner en lenguaje es poner es existencia, recién cuando la res cogitans piensa la res extensa y la pone en lenguaje, que esta última pasa a existir.

    Cuando el cuerpo en tanto res extensa logra pensarse a sí mismo, se denomina alma. Alma es entonces también un lenguaje que me permite decir mi cuerpo, decir mi vida. A eso refiere Hegel en su Fenomenología del Espíritu cuando expresa que “el espíritu es un hueso”, es decir, el espíritu puede nada más pensar su corporeidad, constituyendo cierto tipo de límite interior que  obstaculiza el pensar plenamente. Ese límite encarnado por el cuerpo es la automaticidad de la lógica de la vida.

    En ese sentido, la posibilidad de reducir de manera radical al cuerpo a un conglomerado de ciertos procesos biológicos y químicos, no es más que la radical asignificancia de lo real. Tal vez debamos entonces forzar el cuerpo, arrastrarlo al terreno del lenguaje, del significado, de la política. Lo anteriormente mencionado adquiere particular relevancia de manera directamente proporcional a su dificultad en el mundo posmo-capitalista contemporáneo.  Se hace necesario el surgimiento de un régimen social, simbólico y político del cuerpo, que permita al sujeto alejarse de la mera mecánica, para producir entonces en su lugar un corte que la suspenda.

    Contemporáneamente podemos ver que en los ataques de pánico existe un tipo de explosión misma del sinsentido, así como una angustia producida por lo real de ese sinsentido. Allí la persona se enfrenta a la muerte como vivencia de un cuerpo que deja de funcionar. Esa desesperación del cuerpo solitario al carecer de significado, desencadena una pequeña locura en la que sujeto se da de bruces con lo real. Pues bien, allí está la posibilidad de la aparición de algo del orden del sentido, en virtud de que hay allí cierto deseo de que eso tenga lugar.

    Esta labor que tenemos, implica por cierto el tomar como protagonista al lenguaje, diferenciándolo de la definición que lo iguala a la expresión o la comunicación lisa y llana.  Lenguaje debe ser entendido aquí en sentido filosófico en tanto logos, es decir, en tanto implica una racionalidad social y una organización social. Los animales ciertamente se comunican y se expresan, pero desde Aristóteles sabemos que solamente el ser humano tiene lenguaje (logos).

    En ese sentido, como expresa Sandino Núñez en referencia a la postura hegeliana

    “…el hombre o el sujeto es un lugar negativo o formal, una negación de lo dado o una problematización de lo evidente, y por eso el ser o la naturaleza no es lo inmediato existente, simple e indiviso, a ser transformado o humanizado por el trabajo o la producción, sino que es siempre ya prácticas humanas, mediación, sujeto, saber y lenguaje.”
    (Nuñez, 2017, p. 285)

    La lógica del sujeto es altamente compleja, y por eso aterroriza tanto a positivistas como a empiristas, despertando su repudio o su descalificación. Esto ocurre porque el sujeto no es cuantificable, medible, categorizable, indexable, etc. Sin embargo, para una praxis emancipatoria es necesaria la postulación del sujeto, valiéndonos para ello del lenguaje.

    En su seminario número tres, Jacques Lacan manifiesta que el lenguaje es ante todo hablarle a otro. Es decir, el lenguaje no es un instrumento denotativo que refleja objetivamente el mundo tal cual es. Lenguaje es en cambio algo mucho más hondo y sumamente más potente, lenguaje es la posibilidad de decir “cuerpo”, como algo que está afuera del lenguaje y que por tanto no es lenguaje.
    Ocurre que el lenguaje es también una alienación, y acaso la insatisfacción y la incomodidad sean los costos que pagaremos por tener un lenguaje que nos permite decir “cuerpo” o “vida”.

    3.

    Nuestro sentido común puede indicarnos que pensemos las cosas de cierta manera, pero deberíamos ir a contracorriente de eso, atrevernos a pensar rigurosamente al revés de cómo tenemos por hábito hacer.
    Cuando Hegel nos enseña que la esencia no es otra cosa que la apariencia en tanto que apariencia, nos hace pensar en que la esencia es en primer lugar conciencia de la apariencia. Ahora bien, no se trata de algo mágico que habita en las apariencias de los objetos del mundo.  Se trata ni más ni menos de que logremos entender que la realidad objetiva del mundo no es algo cerrado, obturado, acabado. Entonces decir que la esencia es la apariencia en tanto que apariencia, implica fundamentalmente hacer un corte, partir el mundo entre apariencia y esencia.

    En esa misma línea, si yo enuncio que tengo un cuerpo me constituyo en algo que es más que cuerpo. Soy además de mi cuerpo un lenguaje que dice mi cuerpo, quedando forzosamente ubicado en un lugar de negación del cuerpo. Al tener lugar una separación y determinación de mi cuerpo, lo que hago es recortar la realidad (existiendo allí un daño), apareciendo esa positividad llamada cuerpo que se contrapone negativamente con todas aquellas cosas del mundo que son no-cuerpo.

    Estas cuestiones parecen radicalmente extrañas hoy en día, ya que existimos en medio de una grosera pediatrización de lo social, de la mano de un ostensible plus-de-goce que no da respiro ni espacio para un pensamiento complejo que nos permita suspender el tiempo técnico del capital, para poder de alguna manera separarnos, arrancarnos de la secuencia técnica de la producción y de la vida.

    En este posmo-capitalismo somos empujados a favor de la corriente, porque se dificulta incluso pensar siquiera en la existencia de algo como “a favor” y “en contra” de la corriente. Pensar y plantear un antagonismo es una ardua tarea. He ahí algo fundamental del lugar del obrero respecto del capitalista: el obrero puede verse, puede vivirse como alienado, suspendiendo así la secuencia técnica de producción. El capitalista no se resiste, sino que va a favor de la corriente de forma aproblemática.

    En la medida en que podamos establecer una resistencia (en el sentido freudiano del término), podremos estar en condiciones de negar la máquina técnica en la que estamos incrustados y funcionando. Para ello es necesario entender que la vida está sobrevalorada, que no significa nada en sí misma. Tenemos que trabajar intelectualmente para jerarquizar la idea, no la vida.

    Esto podría sonar antipático e incluso algo deprimente, es cierto. Pero más cierto es que la vida no es más que un empuje ciego, estúpido y testarudo, en donde  si lo que hacemos es adaptarnos (ser “resilientes”, como las modas new age sugieren, difunden y alientan) seremos solamente cuerpos que sobreviven y gozan, engranajes de una máquina perfecta en la que cada vez hay menos lugar para la trabajosa construcción del deseo, y más lugar para el contagio del estímulo y la necesidad.

    La resiliencia
     es en el sentido antedicho, contraria a la política y cercana a la economía. No hay que perder de vista que la relación dada entre política y economía es de tipo dialéctico, ya que la política no es meramente una especie de límite que se le pone a la economía, sino que es además la propia diferenciación, el propio antagonismo entre política y economía. La política es la antítesis pero es también la síntesis de ese proceso. Es necesaria la política como lugar de apertura entre los enunciados de la economía y en tanto  espacio de enunciación que permita al sujeto negar esos enunciados.

    No deberíamos perder de vista en ningún momento, que resistir a la muerte y negarla son cosas diferentes. En la negación de la muerte, esta se acepta de manera más o menos subyacente, considerando por tanto también la finitud. Existe por tanto en la negación, una posibilidad para el surgimiento del sujeto en tanto saber de la falta.

    Resistir la muerte en cambio, debemos entenderlo mayormente relacionado con el miedo a la muerte vinculado directamente a la vida que empuja para no dejar de vivir, para ser siempre a cada momento más vida. El horror que la muerte despierta en el  obsesivo es entonces un rasgo constitutivo de la vida, más aún, es la vida misma.

    Poder entender la vida en tanto miedo a morir (a perder la vida), implica entenderla como directamente opuesta a la emancipación del sujeto, y como una fuerza pulsional que (a la radical usanza de la voluntad de poder nietzscheana) busca conservarse a través del crecimiento. Entonces la vida en tanto busca conservarse funciona, habiendo en ese funcionamiento un real impenetrable.

    Tanto la vida como el cuerpo y el placer, están claramente presentes en lo imaginario lacaniano. Son elementos conservadores en los que no hay un conocimiento sino un empuje, siendo por tanto carentes de lenguaje.

    Parece ser cada vez  más necesario por tanto restituir y alimentar el deseo. Eso implica ir fuertemente contra la obturación de la necesaria distancia entre el sujeto y su necesidad, vale decir,  el deseo es también el lenguaje que nos habilita la posibilidad de enunciar nuestra necesidad.

    Hoy parecería que todo es vida, no hay nada que quede por fuera de ella, nada que le sea ajeno. Se hace necesario interponer un recurso social simbólico para significar (políticamente, por supuesto) a la vida. Más que celebrar la vida, va siendo hora de politizarla y organizarla, pasando desde lo imaginario hacia lo simbólico. Más que celebrar la vida hay que nombrarla, hay que (en definitiva) permanecer en la muerte.


    BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
    :

    BADIOU, Alain. El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial, 1999.
    LACAN, Jacques: Seminario 3: La Psicosis. Buenos Aires: Paidós, 2008.

    NÚÑEZ, Sandino. Psicoanálisis para máquinas neutras. Montevideo: HUM, 2017.

    La realidad

    La realidad en un charco.

    La llamada tradición suele hipostasiar sus ficciones y presentarlas como el fundamento último de toda posible verdad. Spinoza acostumbraba designarla -precisamente, a la tradición- como la expresión característica de todo “conocimiento de oídas o por vaga experiencia”. No es que en ella no haya algo de contenido verdadero, ciertos elementos sin los cuales la verdad sería incompleta. Los criterios abstractos de demarcación, que catalogan mecánicamente lo verdadero de un lado y lo falso del otro, son más cercanos a la severidad y a la rigidez de los dogmas -por cierto, tradicionales- que al saber propiamente dicho. Pero una cosa es contener algo de la verdad y otra la pretensión de asumirse como la absoluta verdad. Gato por liebre. Para que la lengua hispana del presente precise el significado de la palabra realidad, está obligada a adjetivarla. De resto, y por hábito y tradición, se la confunde con la cruda e inmediata certeza empírica, con “eso” a lo que se suele llamar “los hechos”. De ahí la inclinación de García Bacca por el lenguaje castizo. A diferencia de la lengua alemana, en la que a la realidad sensorial se le llama realiter, mientras que a la realidad de verdad, la realidad efectiva, se le comprende por Wirklichtkeit. La filosofía es, en esencia, sustantiva. De ahí el fracaso anticipado de todo pensamiento débil, esa colcha compuesta de retazos adjetivos.

    Los seguidores de las representaciones que la tradición trastoca y vende como supuestos “conceptos fundamentales” o como “hechos”, que brotan como los hongos de la “tierra prometida” de la más “absoluta verdad” -y cuya formulación no pocas veces puede llegar a ser, más que patética, vergonzosa-, repiten sandeces que llegan a imaginar como si se tratara de grandes conceptos filosóficos, de la más rancia, profunda e innegable revelación divina. Se las saben todas. Son los creadores de “el tiempo de Dios es perfecto”, de “si me matan y me muero”, de “ese es el deber ser” y de “la única vía posible es electoral”, ésta última como la más depurada versión -especulativa, claro está- del “agarrando aunque sea fallo”. Eso sí: todo encaminado “metodológica, estadística y científicamente”. “¡Vamos bien!” o, cosa similar, “¡Vamos Vinotinto!”. Da lo mismo. Y es que Paulo Coelho, Jhon Magdaleno y Luis Vicente León son apenas unos ingenuos lactantes al lado de semejantes maestros de tan arcana sabiduría oracularia, muchos de ellos, mágicamente transfigurados en parte integrante del flanco apostólico de la dirigencia política opositora. Su última proclamación: “hay que ser realistas”. Venezuela parece padecer de una esquizofrenia colectiva, signada por el desgarramiento entre el objetivismo ciego y el subjetivismo vacío. Recientemente, la periodista Sebastiana Barráez entrevistó al coronel Luis Alfonso Dávila, ex-presidente de la Asamblea Nacional, quien afirmaba que Hugo Chávez, primero, frente a un nutrido auditorio londinense y, luego, frente a los medios de comunicación colombianos, contaba cómo el presidente Carlos Andrés Pérez se había salvado del proceso penal que le abriera el parlamento venezolano por un voto, el voto de un diputado vendido, de un traidor. El diputado en cuestión era nada menos que José Vicente Rangel, ministro de la defernsa y, poco después, vicepresidente del régimen de Chávez. Las palabras de un lado, las cosas del otro. La cultura del desquicio.

    Para el “realista” confeso, ese que no tiene ni idea de qué pueda ser el realismo, dado que su “realismo” es tan “realista” que no le permite más que creer saber que sabe lo que no sabe, “la realidad es lo que es”, o sea, el esto o aquello. Y “lo que es”, el esto o aquello, terminan siendo “los datos” o “las cifras” o, en última instancia, lo que le muestran sus extraordinariamente desarrollados y agudos sentidos, por aquello de que “ser es ser percibido”, ni más ni menos. La matemática infinitesimal o la física cuántica se les antojan como parte de la complicada trama de la ciencia ficción. Y, ebrios de percepción como están, difícilmente puedan llegar a comprender que la realidad no es lo que la apariencia les ha hecho ver, oir u oler. Los músculos que no se usan se atrofian. De modo que por el camino de los prejuicios y las presuposiciones que la tradición ha sembrado en sus atrofeadas bóvedas craneanas o por el vaivén de las cifras o de la mera percepción, resulta imposible comprender que la realidad sea, efectivamente, la unidad de la esencia y la existencia, la unidad de la unidad y de la no-unidad de lo interior y lo exterior, la relación de los términos opuestos devenida idéntica consigo misma. Pero todo esfuerzo en esta dirección será inútil, porque eso de ponerse a estas alturas de la existencia -pues la circunstancia de sus tristes estar aquí no puede llamarse vida- a pensar, a verse forzados a salir de la zona de confort que plácidamente le brindan el sentido común y el entendimiento abstracto, no es asunto de interés. Pensar cansa, fastidia y no da ganancias. Eso también forma parte del ser “realista”. El resto es ponerse a inventar, a buscarle las patas que no tiene el gato. De tal manera que el tal “realismo” no sólo se revela como el más aplastado y miope de los empirismos, sino que, precisamente por eso, queda sorprendido -aparte de sus gustos por el chinchorreo físico y mental- como el más craso de los irrealismos posibles. Un irrealismo que ha sido muy bien aprovechado durante los últimos veinte años por los muy realistas -y esos sí: materialistas, además- cabecillas del cartel narco-terrorista que mantiene a la satrapía de los títeres de Maduro y Cabello en el poder.

    Una generosa pista para los premurosos supuestos realistas. Una vez más, en lengua alemana, la confusión de objekt y Gegenstand hace la diferencia entre los feligreses del materialismo -todos ellos prekantianos, es decir, precríticos- y el término del pensamiento, porque, aunque no lo puedan creer, la realidad de verdad, la realidad efectiva en cuanto tal, es justo eso: el término del pensamiento, lo contra-puesto (Gegen-stand), la actividad sensitiva humana. Materia pensada. Porque justo donde termina la actividad, la producción, la creación del pensamiento, tiene sus inicios la realidad de verdad. Y es que, despues de que Kant lo comprobara, la realidad es el producto, el resultado, de la actividad productiva del sujeto-objeto idéntico, de la praxis humana, de nuevo, de la sinnlich menschliche tätigkeit, y fuera de ella nada es. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas, observa Spinoza. La realidad se construye haciéndola: verum et factum convertuntur reciprocatur, dice Vico. Lo concreto no es lo la dureza inmediata de lo sensible, sino lo que con-crece, la síntesis de múltiples determinaciones, la unidad de lo diverso. Y es por eso que en Hegel la realidad no puede no identificarse con la razón, póngasela de cabeza o de pié: da lo mismo, porque, a pesar de lo que puedan llegar a creer los pseudo-realistas -empiristas, solipsistas o nominalistas sin tan siquiera saberlo-, la circularidad termina formando un círculo. Los fieles seguidores de los resabios de la tradición dirán lo que quieran y seguirán bamboleándose en la comodidad de su chinchorro hecho de lugares comunes. Pero por ese camino, lo que se representan como la realidad nunca dejará de ser más que una ficción, mientras que lo que se imaginan que es una ficción es la más genuina realidad.       
                   
    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Adorno hoy

    Adorno y barbarie.


    Hace pocomás de un mes se cumplieron cincuenta años de la muerte de Theodor Wiesengrund Adorno, uno de los más importantes pensadores del siglo XX y, junto con Walter Benjamin, Max Horkheimer y Herbert Marcuse, una de las figuras emblemáticas de la llamada Escuela de Frankfurt, cuya teoría crítica de la sociedad –ese gran proyecto para la comprensión dialéctica e histórica de la cultura contemporánea– aún se sigue desarrollando. Y es que después de aquella primera generación de pensadores que desde 1931 conformaron el Institut für Sozialforschung –o Instituto para las Investigaciones Sociales–, han surgido dos generaciones más, herederas de su valiosa tradición, conducidas de la mano, primero, de Jürgen Habermas y, más recientemente, de Axel Honneth.

    En todo caso, será necesario afirmar que entre todos sus distinguidos miembros Adorno ha sido, y sigue siendo, el más lúcido y profundo, y no pocas veces hasta la densidad abismal, pues si en algo coincide su modo de pensar con el de Heráclito y el de Hegel es, precisamente, en aquello que los identifica: el espesor de su densidad.

    Más allá de “la mezquindad y el rencor” que caracterizan las abstracciones de un Schopenhauer –dice Adorno–, “en el terreno de la gran filosofía, Heráclito y Hegel son los únicos con quienes, de vez en cuando, no se sabe, ni se puede averiguar de forma concluyente, de qué se está hablando, y con los cuales no está garantizada la posibilidad de semejante averiguación”. Lo propio aplica para el autor de la Dialéctica Negativa.

    En uno de sus ensayos, Adorno sostiene que la tarea más urgente de toda educación consiste en superar la barbarie. No obstante, se pregunta si en ella pueda ser cambiado algo decisivo mediante la educación actual, inmersa como está en la ratio instrumental. Como podrá observarse, se trata de la puesta en escena de la contraposición de dos tendencias fundamentales, alrededor de las cuales gira el problema central de la sociedad contemporánea. Dos tendencias que son, en realidad, dos presupuestos sobre los que aún hoy se debate el presente.

    Paradójicamente, en el horizonte problemático de la civilización técnica, altamente desarrollada, los individuos parecen encontrarse ubicados por detrás de su condición civil, y no solo se trata de aquellos que aún no se hayan en sintonía con el avance técnico-científico alcanzado hasta ahora, y que pareciera ser natural para la llamada "millennials generation", sino de quienes, según Adorno, se encuentran “poseídos por una voluntad de agresión primitiva, por un odio primitivo o, como suele decirse, por un impulso destructivo que contribuye a aumentar todavía más el peligro de que toda esta civilización salte por los aires, algo a lo que, por lo demás, ya tiende por sí misma. Impedir esto me parece algo tan urgente que subordinaría a ello los restantes ideales específicos de la educación.

    La cuestión de fondo que aquí pareciera plantearse consiste en si, en efecto, las personas que se consideran equilibradas y normales, moderadas y relativamente ilustradas en todos los sentidos que caben en las pautas de la vida cotidiana, es decir, las personas promedio, ajenas a la agresión e incapaces de cometer actos de barbarie, representan efectivamente un producto deseable para la sociedad actual. O, en otros términos, ¿hasta qué punto puede la voluntad consciente introducir acciones dentro del ámbito educativo capaces de producir o reproducir expresiones propias o constitutivas de la barbarie?

    El humus propicio para el cultivo de la barbarie es la represión, la ausencia de promoción de las motivaciones autonómicas. Por eso, los regímenes que han hecho de la barbarie su “legado” le temen tanto a la autonomía y, antes bien, imponen un modelo de educación “controlada”, sometida a criterios regulatorios, ajenos al desarrollo de las más diversas manifestaciones de la iniciativa individual, en nombre de la autoridad y del poder establecidos. Los programas son cerrados, la inventiva está demás. Ajenos a toda creación espontánea, no existe ni orden ni conexión entre las ideas y las cosas. La memoria y el “caletre” se imponen como los padres putativos, los “tutores”, de las más diversas formas de conocimiento. Y así, lejos de contribuir a transmutar los instintos de agresión en inclinaciones productivas, las tiranías, al imponer sus criterios escolásticos cerrados, formales y represivos, concentran y potencian la agresión barbárica.

    A la lucha contra la barbarie y su consecuente superación se corresponde un momento de indignación suprema, no sobre la base de la memoria sino del recuerdo reconstructivo del decurso histórico de la humanidad, o por lo menos de sus momentos estelares. Se trata de poder conducir los rasgos persistentes de barbarie contra el propio principio de la barbarie, contra la barbarie misma, en lugar de contenerla, evitando que sus potencialidades produzcan una nueva irrupción contra el desarrollo de la civilidad.

    Existe barbarie ahí donde se constata una recaída en la fuerza física, bruta, primitiva, exaltada como símbolo mítico de grandeza revolucionaria, “al servicio de la humanidad”. Aquiles aparece aquí como un niño ingenuo frente al guardia nacional que compite por ser el más destacado torturador, el que mayor cantidad de ciudadanos lleva asesinados o el que más cantidad de civiles ha golpeado y humillado. En su opinión, el instinto de competencia comporta los signos de la barbarie, tanto para el vencedor como para el vencido.

    El vencedor entra en la gloria del Walhalla de la patria, en el sagrado panteón de los “héroes”: se ha hecho merecedor de un bono salarial y una caja extra de alimentos. El vencido concentra sus resentimientos, que se traducen en la duplicación de sus potencialidades barbáricas. La competencia es un instinto y, por eso mismo, es contrario a la educación estética, por lo cual termina ahondando en las representaciones primitivas y en los más diversos modos de infantilismo barbárico. Competir –agrega Adorno– no es el mejor incentivo para el desarrollo de la vida civilizada. Hay que perder la costumbre de utilizar los codos. Los codazos son, sin duda, expresión de barbarie. “Lejos de ser una hermosa máxima, el fair play, hipostasiado y convertido en motivación sin concepto, encierra algo inhumano”, tan inhumano y barbárico como la actitud corderil que contempla lo abominable para inclinar la cabeza y cerrar los ojos.

    Mucho tiene aún que decir Adorno hoy. Más allá de quienes consideran que la época de la ratio instrumental que enjuició es ahora un juego de niños, las premisas que sustentan el desarrollo tecnológico actual siguen siendo las mismas. El darwinismo social sigue intacto. La persistencia de la barbarie dentro y fuera del sistema educativo se sustenta en el autoritarismo, cuya última justificación para su predominio no apela a la razón sino la fuerza bruta. La tarea está pendiente. Por eso mismo, el pensamiento de Adorno sigue teniendo vigencia. No son pocos los muertos que, como él, gozan de excelente salud.

    El estado como abstracción


    La abstracción de un estado.


    El concepto de Estado ha sido objeto de estudio de la filosofía desde sus propios orígenes. Más aún, se puede afirmar que el propósito mismo de las primeras metafísicas elaboradas por los clásicos tuvo como objetivo central la tematización y problematización de la res pública, es decir, de los asuntos relativos a la vida en sociedad, sus principios y valores, sus diversos modos de organización, sus formas adecuadas e inadecuadas, virtuosas o corruptas. Los manuales de filosofía, aparte de separar la filosofía teorética de la práctica, suelen enfatizar la presencia de un grupo de pensadores a los que catalogan de “presocráticos” –cuando, en realidad, muchos de ellos fueron contemporáneos de Sócrates–, los cuales, fastidiados de ocio frente a las costas del Mediterráneo, echados sobre las blancas arenas, solían mirar el cielo para hacer disquisiciones acerca de los orígenes de la naturaleza. Llevan, en los manuales y diccionarios, el rótulo de “los físicos” o de los “filósofos de la naturaleza”. Ese es el “código de barra” con el que se les ha catalogado durante siglos. Pues bien, cuando esos filósofos se preguntaban por el “arjé”, por el principio de las cosas, o por su “hypokeimenon” su fundamento, nunca excluyeron de sus cavilaciones los asuntos relativos al Estado. El agua de Tales, por ejemplo, no es solo el elemento particular que origina la vida de todas las cosas, sino que es la idea, el punto de partida, de la existencia de las relaciones de intercambio entre los hombres, es decir, la premisa para la existencia de sus relaciones sociales de producción. La humedad de Tales –dice Hegel– es vida y, por eso mismo, Espíritu, actividad humana que de continuo se condensa y se diluye.

    En realidad, los llamados “presocráticos” fueron los primeros filósofos que concibieron la pólis, la ciudad, el centro político, cultural y ciudadano de la sociedad griega, no solo como una parte constitutiva del cosmos, sino más bien como su necesario resultado, su cumplimiento. Aristóteles advierte que una de las maneras de entender la causa primera de las cosas es su lado opuesto: “El fin o el bien, que es la meta de toda generación y de todo movimiento”. El cosmos, ese espejo de los espejos, termina en el Estado y el Estado está hecho a su imagen y semejanza, siendo el más fiel reflejo de su orden y conexión. Se trata nada menos que de la restitución de la armonía del espejo del cosmos. De modo que la pregunta ontológica por el principio, por la causa primera de todas las cosas, encuentra su respuesta de-ontológica en todas las cosas de la ciudad, de la polis. Lo físico se corresponde con lo metafísico y viceversa. Quien no voltea a mirar las estrellas para evitar tropezarse y caer en una zanja es porque no ha logrado comprender que se ha pasado la vida metido en una zanja. Y no son pocos los llamados teóricos del Estado  y de la política –hoy día revestidos de coaches youtubers– que viven en ella, a la que han terminado por convertir en su residencia mental. La Fenomenología de Hegel inicia con el estudio de los modos de conocer y termina, como resultado, con la eticidad. Va del yo al nosotros. Y la Reforma del entendimiento de Spinoza comienza con el tratamiento del bien y termina con la sustancia. Los compartimientos estancos funcionan muy bien entre los cartesianos, los empiristas y los vendedores de helados caseros –especialmente los de “colita”–, apoyados en estos días sobre los hombros de la matrix.

    Que el Estado sea interpretado como una máquina de represión, una suerte de instrumento de dominación y coerción contra las iniciativas privadas, a las que oprime, no es una representación exclusiva de los llamados neoliberales. Lenin, antecesor de la creación de una de las más horrendas maquinarias de represión ciudadana de la historia, la describe exactamente de ese modo. Gracias, especialmente a los vendedores de helado de “colita”, se ha vuelto parte del sentido común el hecho de que los individuos se conciban a sí mismos como entes independientes y ajenos respecto de la “brutalidad” estatal. El Estado es una cosa, ellos son otra. A fin de cuentas, si el Estado consiste en una composición de tres poderes –cuatro, acotaría un chavista trasnochado–, a saber, ejecutivo, legislativo y judicial –el otro es un antro gaseoso e indefinido, en el que se forma una suerte de arcoíris entre las nubes de los costosos zapatos de la confusión y la pésima hermenéutica–, ellos, los individuos, nada tienen que ver con esos asuntos, a menos que sea para padecer las innumerables cuitas que le imponen los operadores de ese artificio de los tormentos. Ante lo cual no caben más alternativas que el temor y la esperanza. Y, repiten, no sin razón, “mientras más pequeño y limitado sea el poder del Estado, ¡mejor!”.

    Desde su creación, el llamado izquierdismo latinoamericano ha sido fiel al estatismo populista. Ha sido y es estatolátrico, como define Gramsci esa suerte de culto divino dentro del cual los individuos se autoconciben como incapaces de valerse por sí mismos, por lo que están convencidos de la necesidad que tienen de delegar en el Estado la resolución de todas sus falencias. A veces se esconde detrás de ciertas expresiones más o menos altisonantes, como la de comunitarismo, para poder ocultar sus vergüenzas. Son estalinistas y, en el fondo, idénticos a los nacional-socialistas y fascistas. Nada tienen que ver con la filosofía de Marx, por cierto, quien consideraba abyecto el predominio de la sociedad política sobre la sociedad civil, lo que tenía que ser superado para dar paso a una sociedad cultivada, productiva, rica, libre, justa y capaz de gobernarse a sí misma. Pero el nombre de Marx terminó en las manos de los bolcheviques para ser deformado y promovido como el ideólogo de la estatolatría soviética. Y sobre los hombros del bolchevismo, el izquierdismo latinoamericano planificó apoderarse del Estado para no soltarlo nunca más. Es el caso de las narco-izquierdas de Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, bajo su figura más siniestra, más retorcida, enferma y terrorífica. La política fusionada con el crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo. Es por eso que los narco-socialistas podrán sentarse a negociar algunas diputaciones, gobernaciones o alcaldías, pero bajo la premisa de que por ningún motivo abandonarán del control del poder del estatal –como alguna vez afirmó el inefable Maduro–: “Más nunca”.

    La representación que se habitúa hacer del Estado como un instrumento exclusivamente represivo y coercitivo, que conculca los derechos individuales es, en realidad, una abstracción. Presupone la pérdida de la idea de organismo viviente, inherente a la res-pública, la separación de la sociedad política y de la sociedad civil como términos ahistóricos, naturalmente antagónicos, extremos e irreconciliables. La verdad es que, históricamente, el individuo creció y se desarrolló dentro del cosmos del Estado, no fuera de él. Es la idea de Estado como república, la adecuación de la sociedad política con la civil lo que cabe restituir para poder superar el instrumentalismo que condena a los individuos a esa idea de máquina que carece de sentido y que conviene superar de una buena vez.

    Por José Rafaél Herrera - @jrherreraucv

    De la dialéctica del secuestro



    Por José Rafael Herrera @jrherreraucv


    Rehenes de secuestro


    Dice Hegel que ser libre significa “ser sí mismo en lo otro de sí”. No sólo se trata de ser independiente, sino de ser capaz de rencontrarse, de reconocerse, como uno mismo en los otros. Ser libre es un acto de trascendencia de lo individual, de reafirmación de la condición civil, de concreción del ejercicio de la ciudadanía. Pero, por eso mismo, ser libre es un derecho que se conquista. La libertad es mucho más que el mero querer. No basta con autoproclamarse libre en el fuero interno, como tampoco con aparecer formal o naturalmente como tal, según los criterios ideológicos de ciertos regímenes, que usan sus constituciones como trajes de pompa para poder ocultar la vergüenza de sus felonías. Es como en El extraño caso de Doctor Jekyll y Mister Hyde. Todo lo contrario, para ser libre la forma tiene que estar adecuada al contenido y el contenido a la forma. De otro modo, la inadecuación produce un desgarramiento, y el desgarramiento pone al descubierto -ante el tribunal de la razón histórica- el hecho de que a lo que se llama Estado ya no lo es, porque ha devenido multiplicidad de individuos, una muchedumbre más o menos agrupada en partes, una de las cuales se eleva por encima de las otras y ejerce su sometimiento por medio de la violencia. Las mantiene secuestradas, oprimidas, y les infunde de continuo el sentimiento de temor servil ante la inminente posibilidad de la muerte.

    La expresión sequestrum proviene del verbo latino sequestrare, que tiene el significado de alienar, enajenar, sacar o sustraer algo o a alguien de su contexto, manteniéndolo cautivo. Un objeto de gran valor puede ser secuestrado, con lo cual deviene sujeto de secuestro. Uno o varios sujetos pueden ser igualmente secuestrados, con lo que devienen objetos de secuestro. Por lo general, se trata de personas, por las que se pide un “rescate”, lo que no garantiza, en ningún caso, la devolución intacta de quienes han sido sometidos a semejante humillación. El modus operandi es más o menos conocido. En un primer momento, las víctimas caen en una trampa. Muchos, incautos y plenos de buena fe, ceden ante los cantos de sirena de sus victimarios para, poco después, quedar envueltos en el ardid, presos en los brazos de sus flageladores. Y, una vez concretado el crimen, los secuestrados se dejan someter por los secuestradores, porque ahora se trata de conservar la vida, de sobrevivir a cualquier precio. Entonces, llenos de temor, invocan la esperanza. Esperan porque temen, y temen porque esperan, que alguien o algo supremo, un enviado del cielo, un santo, un vengador o, incluso, un negociador, logre rescatarlos y liberarlos de su desgracia.

    En 1973, Jan Erik Olsson intentó asaltar el Banco de Crédito de Estocolmo. Acorralado dentro de la institución financiera por los cuerpos de seguridad, Olsson tomó la decisión de secuestrar a cuatro empleados bancarios. En el transcurso de los tensos acontecimientos y de las no menos tensas negociaciones, entre el secuestrador y los secuestrados se fue tejiendo un vínculo de sorpresivas “afinidades electivas”, de acciones e interacciones, que terminaron en una relación de oposición dialéctica, con base en la cual el victimario en cuestión comenzó a ser percibido por sus víctimas como la verdadera víctima, mientras que los cuerpos de seguridad, que intentaban negociar en favor de la preservación de la vida de los cuatro empleados bancarios, comenzaron a ser identificados como los reales victimarios. A partir de entonces, el llamado “síndrome de Estocolmo” se transformó en uno de los más preciados objetos de estudio, tanto de la psiquatría como de los más diversos campos de las llamadas ciencias humanas.

    Hay aquí, en toda esta -sin duda traumática- experiencia de la conciencia del secuestro, algunos elementos que quizá convenga tomar en consideración, a la hora de obtener algún posible resultado. Al tomar partido por los intereses del secuestrador, el secuestrado deja de ser una víctima y pasa a ser potencialmente un victimario. Sólo que se trata de un victimario que se representa a sí mismo como víctima, a pesar de comportar, ahora, las premisas necesarias para reproducir la agresión que él mismo ha padecido, de la que ha sido víctima. De modo que su conciencia se ha desdoblado: es, por un lado, la víctima de un secuestro que aceptó con estoicismo el ser sometido y humillado en su humanidad por temor a la muerte, transmutando su condición de sujeto de derecho en la de objeto mercantil. Pero, por el otro, y en medio del camino -ya no se sabe bien si en dirección a Estocolmo o a Oslo-, ha llegado a sentir compasión por el secuestrador, ha podido captar el lado “bueno”, humano, de la bestia y se ha inclinado por entender sus “razones”, al punto de haber llegado a asumirlas como suyas. Al igual que Patricia Hearst, los secuestrados pasan a formar parte de las filas del cartel de los secuestradores, y estarían dispuestos, de ser necesario, a morir por su “causa”. Los términos, como podrá observarse, se han invertido, sin que por ello se haya resuelto la crisis. Todo lo contrario, sólo se ha reproducido y ampliado. El escepticismo sólo puede llegar a realizar su estoicismo inmanente negando la existencia de la realidad objetiva.

    Hay paises enteros que han sido sometidos al secuestro por parte de una pandilla de transgresores, motivados, más que por una determinada ideología política, por el resentimiento social. Que solapen sus motivaciones de fondo con las más extravagantes amalgamas ideológicas, no los exime de la posición del canalla vil. Pero mientras se dedican al saqueo y destruyen todo a su paso para saciar su odio, van diseminando, como el cáncer, su metástasis. Se equivocan de plano quienes, por ejemplo, creen que el no estar alineado con los secuestradores significa no formar parte de sus filas. Porque los secuestrados terminan aceptando su “lógica” y, a pesar de creerse ubicados en el extremo opuesto, justamente por el hecho de estar ubicados en dicho extremo, forman parte constitutiva de su patología. Si se aceptan las premisas se aceptan las conclusiones. La derecha extrema es izquierda extrema. La izquierda extrema es derecha extrema. Son el otro del otro. Y el llamado centro no es más que la ficción de ambos extremos recíprocamente proyectada. Cuando los anti-valores de los secuestradores se han hecho parte del sentido común, cuando, sin saberlo, han terminado por transformarse en los valores de la entera sociedad, incluso de quienes se asumen como sus mayores adversarios, resulta prioritario hacer un alto en el camino, reconstruir el proceso y asumir con plena conciencia, crítica e histórica, la necesidad de ponerle fin al desquicio.

    Fichte, o de cómo se desata un bucle.

    Por @jrherreraucv 

    Una imagen dice mucho de un miedo.

    La mayoría de los lectores profesionales de manuales, lo mismo que aquellos que suelen exhibir sin la menor vergüenza toda una gala de prejuicios y presuposiciones, derivados, en su mayor parte, de “vagas experiencias” o de “conocimientos de oídas”, suelen atribuirle a Hegel una formulación de la dialéctica sustentada en lo que el Maestro Pagallo solía denominar en sus clases, no sin ironía, como la “dialéctica del cha-cha-chá”. Esto es: hay una tesis –el lado “bueno”– a la que se le opone una antítesis –el lado “malo”– y que, después de unos cuantos dimes y diretes, llegan a un “entendimiento”, esto es, a una síntesis –el término medio entre lo “bueno” y “lo malo”, o sea, el “centro”–. Y es a eso, además, a lo que cierta vulgata sociológica y politológica le atribuye el nombre de “el método dialéctico”. Por supuesto, un Hegel así representado, que naufraga en un mar infinito de manuales, diccionarios y enciclopedias, no pasa de ser una mala caricatura del gran pensador. La conocida expresión göbbeliana, según la cual “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, ha encontrado en la dialéctica hegeliana una de sus mayores víctimas, incluso cuando Hegel vivía, pues algunos de sus discípulos, no menos que sus detractores, repetían la letanía en cuestión una y otra vez, hasta que terminó por convertirse, para el gran público, en una “verdad irrefutable”, en un dogma.

    Alguna responsabilidad indirecta tiene Johann Gottlieb Fichte en todo esto, también él no pocas veces mal interpretado por los fanáticos de las simplificaciones. Fichte fue un aventajado seguidor de Kant, tanto que puso al descubierto el nervio vital de la filosofía crítica y lo concibió como el principio supremo de todo saber, de todo conocimiento y de toda posible fundamentación científica. Se trata nada menos que de la libertad. Y para poder demostrar la superación de las llamadas “antinomias de la razón”, expuestas por Kant en la tercera parte de su Crítica, meticulosamente ordenadas en dos columnas sobre las cuales colocó las palabras tesis y antítesis, con el fin de mostrar, en la primera, la justificación a favor de un determinado objeto metafísico –Dios, Alma, Mundo– y, en la segunda, la justificación de la argumentación opuesta, Fichte se propuso la tarea de poner en evidencia la necesidad de la síntesis –los límites– de la una y de la otra. De manera que no es de Hegel esta formulación, sino de Fichte. Y cabe agregar que en la extensa obra de Hegel semejante planteamiento no se haya ni explícita ni implícitamente, a no ser para refutarlo, desde el 14 de septiembre de 1800.

    En todo caso, la gran contribución de Fichte al pensamiento occidental consistió en transformar el “Yo pienso” (Ich denke) kantiano en un “Yo” puro, comprendido como la libre certeza intuitiva que, de continuo, se crea a sí misma y cuyo resultado crea toda posible realidad. Como ha observado uno de sus grandes intérpretes, Luigi Pareyson: “El genial y poderoso descubrimiento de Fichte, el vuelo de águila que lo eleva de golpe por encima de todos los kantianos de su tiempo y que caracteriza a su pensamiento, es la afirmación del Yo como intuición intelectual que se capta por sí mismo y se afirma a sí mismo. Un Yo que, proporcionando un sustrato nouménico al mundo fenoménico, garantiza la unidad entre lo sensible y lo inteligible, como principio único y supremo, colocando al Yo práctico como fundamento del Yo teórico; un Yo que, en la infinitud de su tender, representa el ardiente anhelo de la libertad, y que en la actividad del hombre une los opuestos rasgos de la infinitud y la limitación”. En otros términos, Fichte completa el “giro copernicano” de Kant: ya la acción humana no es una consecuencia del ser sino, por el contrario, el ser es una consecuencia de la acción humana, o como afirma Fichte: esse sequitor operari, el ser se deriva, es el resultado, de la acción.

    De las formulaciones hechas por Fichte, surge la idea de que la objetividad del mundo externo no solo no es inexpugnable o indomable sino que, muy por el contrario, ella no es más que el resultado de la actividad sensitiva humana, de la acción del sujeto, de su objetivación. Es, pues, el libre actuar del Yo que deviene materia –que se ha puesto a sí mismo–, lo que va creando la realidad, como consecuencia directa de su hacer. Lo objetividad es el producto de la labor continua del sujeto. La física contemporánea lo ha mostrado fehacientemente: la realidad es lo que el dinamismo del sujeto sea capaz de producir. Que se haya “endurecido”, que se separe y se extrañe de su creador, es otra cosa. Y en este punto se puede decir que concuerdan plenamente Spinoza, Vico y Hegel con la filosofía de Fichte: “El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas”. Verum et factum convertuntur reciprocatur, como dice Vico. Una sociedad con ideas ordenadas y articuladas es una sociedad ordenada y articulada. Una sociedad con “ideas inadecuadas” o sin ideas es un desastre, un “caos primitivo” recurrente. Los “bucles” son, precisamente, eso: un desorden generado por el predominio de una objetividad que ha tomado cuerpo y vida propia. Ha tomado el control y se ha separado y extrañado del sujeto social, sometiéndolo a una viciosa circularidad. Cuando el sujeto pierde la conciencia de la libertad y se deja someter por la necesidad que le impone el objeto que lo circunda, entonces siente temor y solo le queda resignarse ante lo que le depare la esperanza.

    Dice un viejo adagio que cada quien se labra su propio destino. Fichte lo suscribiría. Lo que comúnmente se llama destino está en manos de sus destinatarios –aunque no tengan conciencia de ello–, siempre y cuando sus ideas sean claras y sus objetivos estén bien definidos. El “No-Yo”, esa asfixiante objetividad que circunda a la Venezuela de hoy, es la consecuencia de una autoimposición. Una sociedad no tiene miedo porque haya creado una imagen: ha creado una imagen porque tiene miedo. Y, en este caso, la imagen creada ha sido la de sus propias vergüenzas. De ahí su apego a la esperanza, porque la esperanza es el correlato necesario del miedo. Este régimen terrorista, criminal, represivo y corrupto, que ha sometido a la población a la peor de las miserias –la de su espíritu–, tiene que cesar cuanto antes. El Yo venezolano tiene que reordenar su No-Yo para poder recuperar la libertad. Este es el momento preciso para desenredar de una vez por todas el “bucle”.

    Tiempo y ser.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    A Antonio Sánchez García, mi amigo. Con todo respeto.

    Pensando en el bucle.


    En un pequeño cuaderno de anotaciones, hechas en Jena entre 1803 y 1806, que lleva por título Wastebook -“libro de desechos”, podría traducirse-, su autor, el joven Hegel, escribió cien aforismos que, a pesar del premeditado y alevoso título, no tienen desperdicio. Más bien, esos aforismos son de una enorme importancia para la comprensión del tránsito cumplido por el gran pensador en la ardua y paciente tarea que hizo posible la construcción de la “ciencia de la experiencia de la conciencia”. Uno, en particular, inspira las líneas que siguen a continuación, y probablemente sean su premisa: “Con admiración se cita a Kant, indicando que él no enseñaba filosofía, sino el filosofar; como si alguien enseñase carpintería, pero no enseñase a construir una mesa, una silla, una puerta, un armario, etc.”. En Latinoamérica los complejos -esa fuente continua de resentimiento y pobreza espiritual- sobran. Por ejemplo, afirmar que en Venezuela es “inimaginable” la existencia de filósofos, ya que, si acaso habrán profesores de filosofía, es una temeridad que en sí misma recoge el espíritu del desgarramiento presente en la formulación kantiana, entre lo que se es y lo que se hace. Nada tiene de pomposo pensar y enseñar a pensar, como nada tiene de exhuberante conocer la historia y exponerla, conocer el derecho y abogar por su cumplimiento, o aprender medicina y velar por la salud de los pacientes.

    Negar la posibilidad de la existencia de la filosofía, pero pretender ejercerla, llevando “a cabo” una “reflexión sobre la naturaleza de Venezuela, dar con su esencia, desentrañar heideggerianamente hablando, su Ser y su Tiempo”, es, una audacia, más digna de las osadías inventivas de Simón Rodríguez que de las sutiles prudencias de Andrés Bello, quien, por cierto, no sólo fuera un lingüísta de primera -como lo fue Heidegger-, sino, además, el autor de una Filosofía del conocimiento, cuyas cercanías con Kant y de lo que en él persiste de Hume, son admirables, sobre todo por el hecho de ser también- hijo de la cultura del “hedonismo tropical, la barbarie imperante, la exhuberante naturaleza, el enriquecimiento súbito y la opulencia, un poco burda, vulgar y desarrapada, sin finesa alguna” que, no obstante, contribuyó decididamente en la construcción de la Bildung chilena, dado que fue Senador, redactor del Código Civil y Rector de la Universidad de Chile. No se puede juzgar a un pueblo sólo por sus características geográficas o su mestizaje. Mucho menos por lo que algunos villanos -hedonistas tropicales- han decidido hacer con él. Si fuese así, habría que afirmar que a unos cuantos emperadores romanos o a unos cuantos monarcas y dictadores europeos, sólo les faltaron las palmeras de las bellas costas venezolanas para ser también “hedonistas tropicales”.

    Theodor Adorno afirma, en Dialéctica Negativa, que el gran defecto de la ontología de Heidegger consiste en la pretensión de fundar un concepto de historicidad carente de “la sal de la historia”. Por cierto, para Marx, la ciencia de la historia no es ni más ni menos que la filosofía desprendida de toda formulación ahistórica. Se trata de comprender la filosofía de modo viviente. Croce tuvo el privilegio de definirla bajo los siguientes términos: “la filosofía es historia y nada más que historia”. Por supuesto, esta concepción de la historia no consiste en un cúmulo de crónicas -o de cronologías-, ni en un museo de cera o de trastos antiguos, acompañados de la respectiva nostalgia por lo que ya nunca más volverá. Se trata de la historia in fieri, en acto continuo. No, pues, la historia res gestae sino la historia rerum gestarum, como comprensión del yo que es un nosotros y del nosotros que es un yo, de la sustancia que deviene sujeto. Y es de esto, justamente, de lo que se trata: el ser no es una entidad fija, rígida, estática, inamovible. El ser es lo que se va haciendo, el devenir continuo. La llamada esencia humana no es una fotografía ni un cuadro estadístico, y está determinada por la formación cultural que los hombres sean capaces de generar entre sí.

    Cuando una sociedad se ha escindido, los extremos aparecen (erscheinen) con toda claridad. La luz y la sombra se separan y se concentran, mientras los claroscuros se van difuminando hasta mostrar su evanesencia y su consecuente insustancialidad. La fictio del “centro” o de la medianía no es, no porque los extremos empujen en su contra, sino porque, por temor y esperanza, no empujan lo suficiente. No existe moderación sin conflicto. Más bien, la moderación es resultado del conflicto, su conquista, su Aufgehoben. En su Venezuela independiente, Mariano Picón Salas -otro “inimaginable” pensador venezolano-, se pregunta: “¿Por qué no fue desde los grandes y aúreos Virreinatos del Perú y de México de donde se expandió el movimiento insurgente por toda la América Hispana, sino desde provincias un tanto marginales de la vida económica y el esplendor colonial, como Caracas y Buenos Aires?”. Su respuesta no es heideggeriana, aunque sí historicista: a diferencia de los cerrados movimientos indigenistas, la formación y la voluntad de sus líderes tuvo un carácter mucho más universal. No les satisface el mito de la restauración del mundo perdido del indígena, esa fantasía que, por cierto, tanto provecho le trajo al cartel chavista. La independencia de América la interpretaban no como un asunto local sino mundial. No era una revolución racista, india o negra, para derrocar a Pizarro o a Cortéz y restablecer el imperio de los incas o aztecas; no se trataba de retroceder el reloj de la historia para ir de vuelta al tiempo cósmico de los mayas: se trataba de colocarse, sin complejos, a la altura de su tiempo. Pero ningún tiempo es bueno o malo en sí mismo. Todo tiempo tiene sus ventajas y desventajas, sus virtudes y sus defectos. Por eso, precisamente, el tiempo deviene y el devenir se hace ser.

    Lo que no comprende el extremismo, sea cual sea su posición, es que no sólo no puede mantenerse incólume, sino que en sus esfuerzos por mantenerse incólume asume -y se podría decir que expropia- la lógica del otro extremo. Es por eso que el extremismo de izquierda, llevado a sus últimas instancias, termina por convertirse en extremismo de derecha. Los términos de la oposición se reflejan recíprocamente. Son el otro del otro. Una época de ezquizofrenia justifica las ruindades del desgarramiento. Venezuela no es la excepción sino -al decir de Carlos Fuentes- la región más transparente, en este caso, del morbo del presente. Hoy, más que nunca, la tarea de la inteligencia consiste en desenredar el bucle que la propia sociedad se ha impuesto como ser del tiempo y como tiempo del ser.

    Notas Filosóficas sobre la Coyuntura Política Nacional





    Política nacional.
    El Florero de Llorente 


    El filósofo ante la Realidad Política

    Para ingresar en los problemas políticos hay que tener claro qué se entiende por «Política». La política es el escenario de discusión de los problemas de la  convivencia entre los seres humanos[1]. Como lo refiere  T. H. W. Adorno en Misceláneas I (2004, p.287): «[…] la sociedad organizada de la que más tarde derivará el Estado era necesaria para permitir la supervivencia de la humanidad […]», es decir, la sociedad- y con ella más tarde el Estado- nace para garantizar la supervivencia humana frente a su entorno físico- natural  y frente a sus impulsos Tanaticos. Solo  que en una determinada etapa del desarrollo de la humanidad, el ser humano se ha empecinado  en dominar al otro,  aun con los postulados hegelianos del inicio de la historia y la cultura con dialéctica del Amo y el Esclavo (Hegel, 1993). Para tal efecto, dominación de un grupo sobre otro grupo, se ha construido la humanidad un Aparato como el Estado para  ejercer de manera más racional esta dominación y no precisamente como la confirmación del espíritu absoluto.
    El problema de las relaciones entre la filosofía y la ciencia a la hora de abordar los problemas políticos, es la manifestación, al nivel de la conciencia teórica, del movimiento histórico de especialización y secularización de la razón occidental propio de la modernidad[2]. Sin embargo, no por ello es de negar las claras diferencias presentes entre la Filosofía política, la ciencia política, la sociología política y la antropología política, al momento de enfrentarse al abordaje de su estudio. N.Bobbio (2005, p.77 ) enuncia que según la consideración del concepto de filosofía política podremos establecer las diferencias entre las demás “especialidades” del conocimiento sobre el fenómeno político[3]; para nosotros ese es un falso problema, ya que no es posible diferenciar en el fenómeno mismo de «lo Política» y la «Política», el ideal normativo que construye el discurso y sus presupuestos de verdad y objetividad como formas de legitimación del poder en la construcción de carácter propio del fenómeno en relación a las demás esferas de la vida humana.
    Estamos hablando de atreverse a pensar «lo Político» y la «Política»,  no solamente problemas complejos, sino también y en la misma medida, problemas difíciles. Lo difícil, guarda en relación a lo complejo, la necesidad de perspectivas transdisciplinares, pero va más allá de este, en la medida que presenta el ocultamiento de las lógicas más internas de los fenómenos, situaciones y procesos considerados en los problemas tratados. Lo complejo abre hacía la constelación de dimensiones posibles del problema, lo difícil, enuncia la necesidad de su re-formulación para generar una síntesis de lo complejo. Se trata de atreverse a pensar como filósofo latinoamericano, lo cual implica ir más  allá de la prehistoria del pensamiento, de abandonar la filosofía  europea como único referente, superando la encarcelación (en disciplinas especiales) en la que se ha visto envuelto el pensar. No se trata de un mero problema bibliográfico, sino biográfico e histórico: es un asunto de direccionamiento del pensamiento y la acción.

    La Coyuntura Política Nacional

    En Colombia llevamos más de medio siglo en el marco de un conflicto armado. El  24 de noviembre de 2016[4] se daba inicio a un nuevo momento histórico del conflicto político que tomaría su forma democrática. El acuerdo entre el Gobierno de Juan Manuel Santos  y la Guerrilla de FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo) definía así el final de un ciclo largo de Violencia política con la firma de un «Acuerdo de Paz»[5] entre las partes. El Estado y la Subversión armada se comprometen a cumplir los términos de ese «Pacto Social» construyéndose las condiciones de posibilidad de la participación política y la construcción Democrática del Estado.
    Los pasados 26, 29, 30 de abril y 01 de mayo  de 2019 se discutieron en el Senado las objeciones del Presidente de la República en el trámite de la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz - JEP. Fue un acontecimiento crucial en el establecimiento del cumplimiento de dicho «Pacto Social», ya que garantiza política  y jurídicamente las condiciones del ejercicio político de las Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común (partido político FARC) al mismo tiempo que la se ponía en juego la legitimidad del propio orden institucional del Estado Colombiano en el cumplimiento de las obligaciones adquiridas en lo acordado. Este es el «acontecimiento», una plenaria del Senado  que  define la «correlación de Fuerzas» sociales y políticas y da dinamismo a esta nueva Coyuntura política nacional como eslabón de una nueva «Etapa  Histórica».

    El Conflicto Armado y el Acuerdo de Paz

    El análisis de la génesis del Estado moderno, y aún más el análisis del Estado moderno en Colombia, nos enfrenta  con la tarea de dilucidar antes la relación entre el análisis histórico y el sociológico, pues, el análisis sociológico, se apoya arduamente en la historia, en cuanto  ésta es su materia (Martindale, 1668).
    La civilización  en Colombia y, en américa latina,  ha estado marcada por la barbarie, como el hecho teórico a verificar. Lo que se demuestra en los discursos historiográficos y teleológicos colombianos, es una expresión de poder de la Razón de Estado, que necesita  controlar los discursos, pues el discurso es la bisagra entre poder y mente (Munera, 2009). Como dice el profesor Leopoldo Munera, en Colombia la interpretación del Estado ha sido además de teleológica y normativa (2009, p.11), demuestra ser también eurocéntrica.
    En este sentido, los modelos teóricos que  acerca a considerar el nacimiento del Estado moderno, tienen una íntima relación con la forma de organización social en la que los frutos del trabajo son vendidos en el mercado (modo de producción capitalismo), sirviendo para identificar la importancia de la concentración y acumulación de violencia y capital en el proceso sicogenético del Estado (Munera, 2009). Las palabras han creado guerras (Uribe Hincapie, 2004). Las explicaciones del proceso de génesis del estado moderno en Colombia,  está determinado por la historia misma; los cambios en la teoría que explique el devenir histórico social,  están determinados evidentemente por la viveza del científico y sus intereses políticos y económicos. 
    De ese modo, la misma definición del Conflicto ha determinado la lucha política y como tal, desencadenado la misma marcha de los acontecimientos históricos. En su reciente libro publicado, el expresidende Juan Manuel Santos, revela (2019, pp.267-280) que una de sus Batallas más difíciles por la construcción del acuerdo de Paz fue la aceptación de la existencia de un conflicto político en Colombia que se desarrolló a partir de una modalidad armada. El tema era crucial, ya que es estratégico para el Estado, en su propia construcción del enemigo, el establecimiento de beligerancia frente al mismo, esto por un tema tanto jurídico como político. Como el mismo Santos dice (ibíd.) desde el 2005, el Estado se planteó como estrategia la adopción de un discurso que enunciará ante la comunidad internacional y en el territorio nacional, que en Colombia había una Amenaza Terrorista y no un  conflicto armado.
    Un año antes de la firma del acuerdo (en  febrero de 2015) la Comisión Histórica del Conflicto y sus Victimas da a conocer el informe final Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, un texto de poco más de 800 páginas  realizado por 16 académicos (de las más diversas áreas y desde los posicionamientos político-epistémicos a veces contrapuestos) organizado en 14 artículos, dos relatorías y una introducción conjunta entre los dos relatores[6]. De ese modo la academia realizaba su aporte al proceso de paz dejando claro que, si bien existen actores con intereses puestos en juego en el ejercicio del enfrentamiento armado, las causas del conflicto obedecen a determinantes objetivos de orden social, económico, cultural e histórico de la construcción de la sociedad y el Estado Colombiano. De esa manera se realizaba un diagnóstico y se dejaba claro la conveniencia social del acuerdo para la democracia y la sociedad colombiana.
    Ahora bien, la eficacia de los discursos se comprueba en la construcción de realidades prácticas, en la medida que determinen acontecimientos. El 2 de octubre se demostró que lejos de estar preparada, la sociedad colombiana entraba en una nueva fase del conflicto político. Con un porcentaje de 50, 2% el No ganó el plebiscito por la paz y anticipó la victoria en las elecciones presidenciales. No por ello, el sector de la oligarquía tradicional en el poder dejaría la batalla. La paz se decretó y el acuerdo cumplió las normativas constitucionales convirtiéndose en el acto legislativo 01 de 2017:
     "POR MEDIO DEL CUAL SE CREA UN TíTULO DE DISPOSICIONES TRANSITORIAS DE lA CONSTITUCiÓN PARA lA TERMINACiÓN DEL CONFLICTO ARMADO Y lA CONSTRUCCiÓN DE UNA PAZ ESTABLE Y DURADERA Y SE DICTAN OTRAS DISPOSICIONES"[7]

    Desde la firma del acuerdo un número aproximado de 128 ex militantes del partido de las Fuerzas Alternativas del Común han sido asesinadas[8], van más 500 líderes sociales con la misma suerte[9] y, queda claro que, luego del atentado a la General Santander por parte del ELN[10], el gobierno de Iván Duque y, del partido Centro Democrático, sigue aferrado al No directo sobre cualquier idea de cambio hacia lo que se dio en llamar “post-Conflicto”, esa es su principal estrategia política para mantenerse en el poder. Las objeciones por inconveniencia que realizadas el pasado 11 de marzo[11] del presente año, demuestran el claro hecho choque entre el mandato constitucional a que se ve obligado el Estado por la firma del acuerdo de paz  y la voluntad del gobierno de turno en cumplir ese mandato (todavía más si se considera la posición que tuvo Duque en relación al cumplimiento de los protocolos con el ELN en la mesa de Cuba), creándose un conflicto entre la legalidad y legitimidad del Estado, al ponerse en duda el cumplimiento  o no de lo acordado.
    La propia credibilidad del  Estado como ordenamiento social y político queda en duda, pues, siendo él producto del pacto social, cómo garantizar ahora el cumplimiento de propio orden constitucional cuando se sabe que el Estado no cumple sus propios acuerdos.  
    Lejos de grandes oradores (a excepción de algunos casos como  el Senador Iván Marulanda, G. Petro, José Aulo Narvaez, E. Robledo y J. E. Ulloa) en los honorables Senadores prevalecía más la trampa y la “triquiñuelas”; se dilató la discusión en lo esencial, siendo deturpada la posibilidad real de un análisis serio sobre la cuestión; los argumentos más ácidos fueron expuestos en la discusión del orden del día (del 26 de abril), siendo el 29 de abril una discusión más por los impedimentos que cualquier cosa. La votación finalmente ocurriría el día 30 de abril, con un resultado de 47  en favor del informe "Minoritario" expuesto por el Senador Iván Marulanda, que proponía negar en su conjunto las 6 objeciones, frente a 34 en contra de ese informe. En medio de gritos, surgió el conflicto la determinación de la mayoría absoluta (debido al mismo tema de las inhabilitaciones!). El 1 de mayo, se realizó una nueva votación, teniendo como resultado “a favor” de la bancada del gobierno, sin embargo, sin mayoría absoluta. De nuevo como al principio. La Corte Constitucional definirá sobre las objeciones fueron las palabras el presidente del Senado Ernesto Macías Tovar, en el momento que daba inicio a la discusión por el Plan Nacional de desarrollo que prácticamente no fue discutido (vaya pacto por la equidad que nos espera!!)
    Queda claro que para algunos actores (senador Álvaro Uribe Vélez y toda su bancada), es preferible tener “guerrillero armado en el monte” que un adversario político en el capitolio nacional[12]. De esa manera es urgente cerrar todas las posibilidades políticas a los enemigos morales, para convertirlos en los enemigos sin los cuales no se puede sobrevivir. El guerrillero en el monte (dando bala por cierto!) es funcional al mantenimiento del discurso de la guerra, de la amenaza y de la defensa de la sociedad, instrumento por el cuál la oligarquía colombiana se a mantenido en el poder sin la necesidad de un régimen dictatorial continuado. 
    El Bloque hegemónico en el poder ha consolidado al Estado como una maquina en la que se anule la  oposición, siendo este un rasgo  constante en el comportamiento política y en el orden constitucional. En Colombia más que una Causa la guerra ha sido un pretexto, una necesidad política que excusa el ius ad bellum,  que permita mantener el orden de dominación (Franco Restrepo, pp.39-62).
    El acontecimiento en el Senado de la República, manifiesta lo que Marx (2010, p. 83) nos decía ya:
    […] El elemento estamental es la mentira sancionada, legal, de los Estados Constitucionales: que el Estado es el Interés del Pueblo o el pueblo es el interés del Estado, esa mentira se revelada en su contenido […]

    Muy distantes de construir una nueva forma de sociedad, de tal manera que las causas objetivas del conflicto y la violencia en Colombia sean superadas, entramos en una nueva fase de ese enfrentamiento[13]. Ante un nuevo ciclo del capital, adviene en nuestro país un nuevo ciclo de violencia. Este mantiene rasgos estructurales de antaño (problema de la tierra, estructura de clases, formación del Estado), pero constituye otros (nuevos actores, desarrollos tecnológicos, nuevos escenarios de subjetivación, etc.), de tal manera que estamos en el centro de la espiral histórica; vemos su movimiento, no obstante, no sabemos con ciertamente cuál es su dirección y, apenas podemos enumerar los nuevos atributos esenciales. 
    El partido político de las FARC ya sabe en el juego que se ha metido. Esperemos no adquiera y aprenda las "mañas" y modos de sus antiguo y ahora nuevos compañeros y, sea prudente al elegir con quienes realizar "amistades" (alianzas) estratégicas, no vaya a perder los horizontes de lucha por encajar bien en el "juego democrático".
    ***

    El papel del filósofo estriba precisamente en identificar las condiciones objetivas de ese nuevo ciclo del conflicto. Una cosa es clara luego de considerar el «acontecimiento», la forma actual del conflicto – como en todas las formas pasadas- demuestra aquello que es más propio a nosotros. Lo político se encuentra entrelazado con la experiencia humana en cuanto esta es entretejida en la amalgama de construcciones sociales, culturales e históricas. En ese orden de ideas, es imposible una descripción de «lo Político» y la «Política», sin una consideración por «lo humano» y la «humanidad», es decir, al margen de una antropología filosófica de nosotros mismos. Parece ser, parafraseando al oscuro de Éfesos (DK.119), que“la Guerra, el conflicto, [ha-sido] es  [esta- siendo] el Destino de la nación colombiana” . 




    Bibliografía:
    Adorno, Th., W. (2004). Miselaneas I. Madrid. España:AKal
    Bobbio, N.. (2005). La Teoria General de la Política. Madrid, España: Editorial Trotta.
    Franco Restrepo, V., L. (2009)  Orden contrainsurgente y dominación, Bogotá: Instituto Popular de Capacitación : Siglo del Hombre Editores.
    Hegel, W. F. (1993). Fenomenología del Espíritu. México: Fondo de Cultura Económica.
    Marx, K. (2010).Crítica da filosofía do Direito de Hegel. São Paulo: Boitempo.
    Martindale, D. (1968). La Teoria Sociologica: Naturaleza y Escuelas. Madrid, España: Aguillar S.A.
    Munera, R. L. (2009). Genesis del Estado en Colombia 1810-1830. En R. L. Munera, Fragmentos de lo Publico Politico en colombia. Bogota: La Carreta UNAL.
    Santos, J. M. (2019). El Reconocimiento del Conflicto. En: La Batalla por la Paz. Bogotá.
    Uribe Hincapié, M. T.  (2004). Las Palabras de la Guerra. En. Rev. Estudios Políticos N-25, Ude A.  Medellín. Colombia.








    [1] Los que se inscriben dentro del realismo político dirán que «lo político»  es lo considerado con las relaciones de dominación, con el poder; nosotros por el contrario, consideramos que es lo concerniente  con la convivencia, con la búsqueda de una mejor forma de vivir colectivo. Nuestra  noción de política parece conciliarse entonces, con el mundo griego del “zoom politicom”  Aristotélico, es la participación  en los asuntos políticos, de la discusión  colectiva de los asuntos de la convivencia en el  Agora  griego.
    [2] Los antiguos griegos, tanto Platón como Aristóteles, en su Πολιτεία construyeron un concepto de lo político en el que se relacionaba con toda una concepción filosófica del universo, por lo que desde el inicio estaban entrelazados los concepto de Ser, Verdad, Ser humano y  el de Bien. No habría una distinción tajante entre la reflexión ontológica y reflexión ética u antropológica, las dos entran como elementos interrogados coherentemente en la construcción de un único sistema. Esta manera de considerar la política es propia e es heredada dentro de toda la tradición del pensamiento político occidental.
    [3] Así, dice Bobbio que sería entendido la filosofía política como a). Teoría normativa sobre el modelo ideal de Estado y sociedad; b). Estudio de los fundamentos últimos del poder, definición de la legitimidad del Estado; c). Determinación del concepto propio de la política al diferenciarlo de otros conceptos y esferas como la económica y la social, etc.  Y, finalmente d). Como crítica discursiva, como metaciencia que fundamenta los presupuestos de verdad y pretensiones de objetividad por parte de la ciencia política (Bobbio, 2005 pp.77-79).
    [4] La mesa de negociaciones fue instalada en 2012, los acuerdos firmados en Cartagena el día 26 de septiembre de 2016, refrendados el 02 de octubre de 2016, donde gano el No con el 50, 2% de los votos, por lo que fueron modificados ente octubre y noviembre, para nuevamente ser firmados el día 24 de noviembre en el teatro Colon de Bogotá, siendo aprobados luego por el Congreso de la República con una votación de 75 votos a favor y cero en contra en el Senado y, 130 votos a favor y  0 en contra en Camara, sabiendo que en ambas corporación los representantes del No, salieron a la hora de votación
    [5] Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera”. Ver: http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/procesos-y-conversaciones/Paginas/Texto-completo-del-Acuerdo-Final-para-la-Terminacion-del-conflicto.aspx [Consulta 20/01/2017]
    [8] El pasado 15 de abril de 2019 un bebé, hijo de una indígena wayúu y un excombatiente de las FARC, luego de un atentado a sus padres. Para ver la noticia https://www.telesurtv.net/news/farc-denuncia-128-asesinatos-de-excombatientes-tras-acuerdo-de-paz--20190415-0034.html [Consulta 17/ abril].
    [9] Para ver una ampliación de esta cifra,ver: https://www.telesurtv.net/news/500-lideres-sociales-asesinados-colombia-20190415-0022.html [Consulta, 2 mayo/2019].
    [10] Para ver un análisis sobre este hecho y la construcción del conflicto en Colombia https://www.microfilosofia.com/2019/04/de-la-toma-de-simacota-al-atentado-de.html.
    [11] Para ver más sobre los 6 puntos objetados remitirse al documento presentado por el presidente
    [12] Para ver las declaraciones en videos:
    [13] Podemos identificar tres etapas: a). Conflicto de formación de la República del Siglo XIX (Guerras Civiles); b). La violencia Bipartidista de la primera mitad del  siglo XX y c). Conflicto contrainsurgente. Todos con actores y características propias que unifican el proceso de acumulación del capital, con sus ondas expansivas y regresivas (Ciclos económicos), junto a ciclos y ondas de la violencia.