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Utopía

Utopía de Tomas Moro


El entendimiento abstracto domina a sus anchas el presente histórico. Es el verdadero Imperium tras las disputas de los eventuales imperios. Lo ha hecho por siglos y no siempre sin saña. Lo hizo a partir de la edad cartesiana, quizá todavía con cierta candidez, tímidamente. Pero la Ilustración lo hizo su señor, y a partir de entonces se fue haciendo cada vez más necesario, cada vez más determinante. Hoy es omnipresente, todo lo rige y controla. Es la “barra de seguridad” del presente. De ahí que la flexión de las ideas haya perdido vitalidad y se entumeciera ante las disecciones que al entendimiento le son inevitables. Y es que el entendimiento, abstracto y reflexivo como es, todo lo entumece, todo lo fija, lo encasilla y lo proyecta, convirtiendo la parcialidad y univocidad de sus puntos de vista en tablas sagradas, contentivas de mandamientos irrefutables, leyes absolutas que han hecho de la analítica, la lógica y la Scientia prima aristotélicas un manual, un catecismo, en formato de tablet, para no decir de teléfono “inteligente” (y acá, por cierto, la expresión “inteligente” no hace referencia al intelligere, a la facultad de entretejer la delicada filigrana de la actividad de pensar, sino más bien al ente por mor de las abstracciones propias del entendimiento). Cenizas calcinadas por árboles. La inversión especular de la hoguera de las vanidades de Girolamo Savonarola. La obsesiva referencia implícita a la renuncia al cambio, al devenir y a la esteticidad -la plasticidad- de la libertad, que es la condición sine qua non de la capacidad de pensar.

No la naturaleza, sino las “leyes físico-matemáticas”; no el derecho de gentes, sino las “leyes del derecho natural”; no la mente o el quehacer social, sino “las leyes -o “los modelos”, da lo mismo de la psicología, la sociología o la teoría política, con sus “instrumentos metodológicos” y “estadísticos”, que “aseguran” mediante el cálculo, la “previsión” y la “prevención” de todo y de todos. En fin, no el sujeto-objeto en su devenir, sino el sujeto puesto y cosificado. Un mundo seguro porque quieto. Una fotografía. Es el “está más quieto que una foto”, salido de la jerga del rufián, en la que, sorprendentemente, hay mucho más vida. La “fiel imagen” de una realidad que carece de realidad. Lúgubre y triste, naturaleza muerta, cadaver insepulto, ático de todos los enseres rotos del mundo de desechos que va dejando a su paso, maqueta de una maqueta que asegura ser perfectible. Vitrina de lo que no puede llegar a ser y exhibe con arrogancia. Lejos de limitarse a su función específica, el entendimiento usurpa la tarea de la ontología. Por eso se ve en el apremio de invocar la fe y de proyectarla como su máximo grado de autorealización. Lo que no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el cláustro de María, aseguran las Escrituras. De ahí surge el reflejo, el espejismo de la esperanza, tanto como el de la utopía, ese mundo invertido, del no lugar, del no ser y del no estar, que Quevedo tradujo como “no hay tal lugar”.

Según el entendimiento, la utopía tiene dos modos de definirse: o -según el conocimiento de oídas o por experiencia vaga- es el proyecto de lo deseable, aunque de improbable realización, o -según el conocimiento causa-efectista- es la representación imaginaria de la sociedad, tal y como ésta debería ser. En ambos casos, o bien como proyecto o bien como representación, se trata de una aspiración indistintamente imposible de realizar, de alcanzar en la práctica, dado su caracter esencialmente fantástico, o como dice el entendimiento abstracto, “idealista”. Hay algo de religioso en la utopía. De hecho, no es improbable que sus aromas provengan directamente de la oferta de una vida, si no eterna, por lo menos sí paradisíaca. Vivir en la isla Utopía es como vivir en el Paraíso. Tomás Moro, sentado en uno de los bancos del gran parque de la isla. No tiene hambre y el clima es primaveral. Al fin puede respirar la paz infinita. Es un camposanto. El césped del parque es perfecto. Moro cuenta ovejas regordetas, vestidas de un blanco impecable. Cerca del arroyo cristalino, está un arbol de tupido follaje que oculta entre sus frondosas ramas una familia de petirrojos. Moro cuenta las ovejas, oye el correr de las aguas y la dulce melodía de las aves. La imagen se repite día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Moro sigue contando y oyendo. Ya van tres meses. Está al borde de un ataque de nervios. Esa noche, sufre una pesadilla. Las ovejas se le vienen encima y tratan de morderle el rostro. Los petirrojos le atormentan y ya no entonan una dulce melodía sino que, como en The birds de Hitchcock, lo asechan y tratan de asesinarle. Ha despertado en un charco de sudor y orine, al sentir como se hundía en las aguas del arroyo. The dream is over, como diría Lenon. La utopía termina en la peor distopía, y ambas son sorprendidas como los lados extremos, opuestos y complementarios, de una única e indivisible topía totalitaria. Hic Rhodus, hic saltus.

Dice Carlos Fuentes en su Valiente mundo nuevo que, en realidad, Moro no diseñó Utopía sólo como un mundo imaginario, fantástico, ese al que Maquiavelo llamara en Il Principe “un castillo sobre las nubes”. Más bien, se trata de la caracterización de la imagen invertida de la amarga Inglaterra que le tocó vivir, y, en tal sentido, vista a través del espejo, contiene su más radical denuncia. Por cierto, pintar los colores del mundo deseado, tal y como debería ser, es también la premisa de toda religión. Pero, al mismo tiempo, Utopía sirvió de motivo inspirador para la construcción del nuevo mundo. Había que construir una nueva sociedad, absolutamente opuesta a la europea, de estreno. El resultado de tal empresa está a la vista. El cielo y el infierno no son términos alternativos. Como dice Spinoza, “bien y mal se expresan en forma puramente correlativa, y una sola y misma cosa puede ser llamada buena y mala según como se la considere”. Pero como el entendimiento abstracto, fiel a sus presuposiciones, es incapaz de “abrazar este orden de pensamientos”, no puede más que trazar los límites entre los términos, sin detenerse a pensar que fue él mismo quien definió por bueno lo que hoy considera malo. Se impone la razón histórica. La fe se niega a voltear la mirada. Teme convertirse en esfigie de sal. Pero si, llegados a los efectos, no se es capaz de mirar retrospectivamente el propio recorrido, no habrá otro remedio que cometer, una y otra vez, los mismos errores de siempre.

Por @Jrherreraucv / José Rafael Herrera

Imaginación y representación

José Rafaél Herrera, @jrherreraucv

La reflexión del entendimiento abstracto domina al mundo. Logró consolidar definitivamente su imperio después de la Segunda Guerra Mundial, con independencia del factor en pugna que hubiese resultado triunfante –fascistas, socialistas o liberales–, pues, en efecto, más allá del colorido de las pasiones y de las severas caracterizaciones propias de las ideologías en pugna o de los profundos antagonismos inherentes a las tendencias políticas, sociales y culturales o de los intereses económicos en conflicto, existe un reino de las sombras del intellectus, la lógica de la separación y fijación –oculta siempre detrás del escenario.


Al final, terminó por imponer sus límites, sus reglas de juego, cerrando y prohibiendo los accesos hacia los territorios de la libre “actio mentis”, de la “actividad sensitiva humana”, mientras promovía su diseño de mundo previsible, mecanizado, útil y pragmático, confortable –“a wonderfull world”–: el mundo de lo fenoménico frente a lo nouménico, sustentado sobre la base de una cada vez más sorprendente, poderosa y eficiente racionalidad instrumental: la ratio técnica. La guerra fue, en buena medida, el gran laboratorio que comenzó a poner en práctica los más diversos artificios que hoy hacen de la vida cotidiana su esplendor. Nadie podrá poner en duda los grandes adelantos tecnológicos que, fundamentados en sus presupuestos, se han hecho realidad: el cielo es el límite. A condición de que el pensar, en sentido enfático, sea sustituído por la imaginación y su representación.

Buena parte de los habitantes del planeta entienden por imaginación –y aquí la expresión “entender” no es un término gratuito– una suerte de actividad productiva de la mente, un flujo de creación continua que genera grandes logros. Pero la imaginación oculta sus secretos: es propia de los fabricantes de los “castillos en las nubes”, de los que habla Maquiavelo en El Príncipe. “Los laureles del mero querer son hojas secas que jamás reverdecen”, apunta Hegel. La imaginación puede llegar a ser mero ocio, lleno de buenos deseos, preñado de lo que “debería ser”, pero de cuya nada no se obtiene nada. Por eso mismo, conviene no confundir la kantiana “apercepción trascendal” con las habituales ficciones de una imaginación que, al decir de Spinoza, conviene objetar, pues “nada de lo que tiene de positivo –puesto– una idea falsa es suprimido por la presencia de lo verdadero, en cuanto verdadero”. Y, sin duda, algo de verdad siempre hay en la imaginación, pero no todo en la imaginación es verdadero.

No obstante, “cuando se dice que un hombre da cabida a lo falso y no duda de ello, ya que no hay ninguna causa que haga fluctuar su imaginación sobre esto, no por eso se dice que tenga certeza”. Si alguno llegara a creerse libre solo por el hecho de tener conciencia de sus acciones, aunque ignorase las causas que las determinan, su idea de “libertad” adolescería de la necesaria adecuación con la realidad, quedando reducida al desconocimiento de las causas de sus acciones. Por lo cual, dicha idea de libertad carecería no solo de consistencia sino, por ello mismo, de realidad de verdad. “Libre, libre al fin, como una paloma”, sentenciaba, no hace mucho tiempo, una cuña publicitaria de toallas que ya no se consiguen.

Imaginatio es, pues, un grado del conocimiento, pero de un “conocimiento por experiencia vaga”: una forma abstracta de percibir las nociones universales a partir de las cosas singulares, representadas por medio de los sentidos, es decir, “de un modo mutilado, confuso y sin orden”. Sobran políticos de oficio, tanto como los llamados “especialistas en la materia” –y unos cuantos militares osados– que han hecho de la imaginación su campo de cultivo predilecto, el elemento propicio de sus ocurrencias destempladas. Y es justo en este punto donde, sospechosamente, se encuentran, entrelazados, los unos y los otros en el nudo de un cordel: metodólogos, epistemólogos, augures, bachaqueros de la política, encuestólogos, demagogos, cartomantes, zodiacólogos, cuya imaginación desprecia la imaginación en nombre de una supuesta negación de la imaginación. Sin lugar a dudas, en estos tiempos de crisis la Imagenología ha logrado trascender –y enriquecer– las técnicas que permiten obtener imágenes con propósitos estrictamente clínicos. “La imagen es el mensaje”, reza una expresión, tomada con pinzas de algún manual del entendimiento abstracto. No pocas veces, los colores de las flores impiden la torsión incolora del espíritu sobre sí. Mejor la fantasía concreta de Vico, toda cargada de su historicismo filosófico.

Es verdad que el sistema de la lógica –en su estricto sentido ontológico– es “el reino de las sombras”. Pero por eso mismo, la formación y la disciplina, alejadas de los fines sensibles y de las representaciones, pueden emprender el quehacer contra las ligeras simplicidades de la mera opinión, la arbitrariedad y la contingencia. Cuando el entendimiento –instrumento metodológico mediante– pone una brecha entre quien conoce y la cosa conocida, cuando trata de interponer por encima de la objetividad su particular subjetividad, manipulándola y haciéndose pasar por su auténtico representante, simplemente, no solo imagina sino que se transforma en un vendedor de espejos, en un comerciante de las imágenes salidas de una imagen. Es un contrabandista. Tal vez, en medio del actual estado de desasociego, resulte ser más necesaria aún la denuncia de semejantes formalizaciones –o ficciones– de la insustancialidad, revestidas con de ropaje científico.

Presa de las fauces creadas por el desbordamiento de su propia imaginación, víctima de la recurrencia de sus representaciones, de su ya atávica inclinación a la espera –no sin ansiedad–, sedientos ante la inminente “llegada” de “el enviado”, el líder, el caudillo, “el jefe” que –¡esta vez sí!– logrará resarcir sus miserias, curar sus heridas y aliviar sus penas, la sociedad venezolana terminó por hundirse en el fango del rentismo populista puesto en sus fragmentos de vida. Quedó tendido en el lado pasivo, conformista, temeroso y extrañado de sí mismo. Insistir en la esperanza es cosa de morbo. No hay milagros. Como decía Descartes, llega el momento en el cual se terminan las opciones y se debe ser “firme y resuelto”. Es hora de ejercer el derecho a decir que no al camino de los espejismos. Reorganizarse para resistir y asumir la verdad como resultado de la formación y del esfuerzo productivo: quizá sea esta la única opción posible para recuperar el país y, sobre todo, para poder recuperarse a sí mismo.

Lenguaje y pensamiento

Sin lenguaje no hay pensamiento porque "pensar es un decirse".





 En filosofía es muy usada la frase “vivimos en el lenguaje” para anunciar que la realidad humana descansa sobre la plataforma del lenguaje. El lenguaje es el sistema lingüístico mediante el cual nos comunicamos los seres humanos a partir de signos sonoros que pueden ser representados gráficamente. En tanto que tenemos la facultad de usarlo, el lenguaje se nos presenta como la condición necesaria para organizar un mundo a la manera humana. Sin este sistema de comunicación, la vida no sería la que es toda vez que el lenguaje define el entorno en el que cobra acción la vida de los hombres.

            Nuestro primer encuentro con el lenguaje se da en el nacimiento, incluso, según algunos investigadores, antes de éste, en el vientre materno. El bebé recibe los sonidos provenientes de la boca de mamá y poco a poco empieza a relacionarlos con un sentimiento. Palabra y sensación se corresponden. El aprendizaje lleva por tanto un camino afectivo. Habrá sonidos-palabras que detonen sentimientos agradables o desagradables según sea el caso o tonos y timbres que el niño identificará de una u otra manera. Así, el infante, conforme se desarrolla, va organizando su mundo con base en lo que le atrae y le repugna, lo que le hace sentir bien y le asusta y lo que le gusta y rechaza. Se relacionará, pues, con su entorno de manera afectiva.

            Por imitación el niño aprende su lengua materna, que no es otra cosa que el idioma de los padres, el sistema de comunicación propio de la comunidad a la que pertenece. La lengua es la manera en que se manifiesta el lenguaje. En este sentido podemos decir que el lenguaje es universal pues aplica para toda la especie humana, mientras que la lengua es particular, porque aplica para una determinada comunidad o grupo social. Es mediante la lengua materna que el niño aprehende el mundo. Mamá le enseña que silla no es mesa, que azul no es rojo, que árbol no es ave y así. A partir de hacer diferenciaciones, el niño comienza a distinguir una cosa de otra. La realidad va entonces cobrando sentido, se organiza, se distribuye y se ordena.

Pensemos por un momento que careciéramos de lenguaje. Sin lenguaje toda esa realidad sólo sería un “eso”, es decir, un todo indeterminado imposible de definir en el que no se descubren partes, no se distinguen cosas como mesa, silla o árbol, no hay nada concreto, sino una espesa nube colorida y difusa en donde los objetos desaparecen en el todo. Y es que el lenguaje hace que las cosas se destaquen, que “salgan” a la realidad y se manifiesten, que cobren “existencia”.

Los antiguos babilonios le daban especial importancia al nombre de las cosas; para ellos, aquello que no tenía un nombre no existía. Y es que lo que no se puede nombrar no puede incluirse en el mundo, queda, digamos, sumido en el abismo de lo indefinido. De ahí que el nombre de la persona fuese tan importante en culturas ancestrales; le daba al individuo “existencia” dentro de la sociedad. 

El lenguaje también distingue al individuo. Nombre y apellido dan identidad a la persona; legalmente soy alguien gracias a este nombre que he recibido de mis padres. De tanto usar mi nombre me identifico con él. “Soy fulano de tal”, digo. Esta frase incluye el conocimiento de un yo, mi yo: “Yo soy fulano”. Ahora bien, ¿cómo y cuándo aparece este yo? La pregunta viene a colación porque de recién nacido no tenía yo, no sabía que era uno diferente de mamá.

Otra vez la respuesta está en el lenguaje. Aprehendemos el yo durante el proceso de maduración del cerebro, cuando éste alcanza el nivel autoconsciente. Mamá nos va indicando en nuestros primeros años que yo no soy ella y ella no soy yo. Al principio no lo comprendemos. Hasta que un día, a modo de una epifanía, se nos revela la yoidad. “Yo”, nos decimos. Es difícil determinar si la sensación de separación del no-Yo define mi Yo o si el hecho de nombrarme Yo hace posible que el no-Yo se manifieste. Como sea, la experiencia del Yo detona el problema de mi existencia: soy, y si soy, ¿qué soy, por qué soy, para qué soy? Entonces descubrimos que tenemos un mundo exterior (mi no-Yo) y un mundo interior (mi Yo).

La capacidad de nombrarme yo hace posible que organice un mundo tanto dentro como afuera de mí. ¿Qué sucedería con el yo si no existiera el lenguaje? Si lo analizamos, no cobraríamos conciencia de que somos uno separado del todo difuso del entorno, estaríamos de alguna manera incrustados en el mundo, como el animal que hasta donde sabemos no alcanza a distanciarse de su entorno, es uno con él. Sin lenguaje no habría yo, mas, ¿habría pensamiento?

El pensamiento está estructurado a base de conceptos, conceptos que hemos formado gracias al lenguaje. El lenguaje es como una navaja que hace un corte en el panel del mundo para resaltar algo al nombrarlo. Mamá nos presta su navaja una y otra vez: “esto es una silla”, repite, “esta de acá también, y esta otra”. Vamos comprendiendo que silla es un objeto con determinada forma que sirve para sentarse, entonces incluimos todo objeto similar dentro de nuestro concepto de silla. Alguien dice silla y yo pienso en mi silla, una silla imaginaria, mas una silla que liga perfectamente con la intención de aquél quien la nombró. De esta manera puedo compartir mi mundo con el mundo de los otros y entenderme con los demás. El universo humano es un universo conceptual compartido que funciona cuando se maneja una lengua común.

Si no viviéramos en el lenguaje el pensamiento no podría procesar conceptos y nos sería imposible organizar ideas. Cuando pensamos nos decimos lo que pensamos. Por eso Gádamer afirma que “pensar es un decirse”.  


Podemos concluir que el lenguaje es posible gracias a la razón humana, pues un sistema como éste sólo adquiere factibilidad en un organismo con capacidades racionales como las nuestras. No obstante, sin lenguaje no hay pensamiento, ya que éste se vale del primero para organizar ideas lógicas basadas en conceptos cuyo origen depende del lenguaje. Y sin pensamiento no habría yo, porque ser yo implica tener la capacidad de pensarme, pensar sobre mí, dirigir mi atención sobre éste que soy, un ser separado del mundo. 

Confusión mental peligrosa

metástasis y confusión.

Metástasis

Dice un conocido adagio que lo que mal comienza mal termina. Si en algo tiene razón Vico es en el hecho de que se es lo que se hace: “Verum et factum convertuntur, reciprocatur”, ni más ni menos. Sea para bien o para mal, lo hecho es el resultado de la fiel objetivación de su artífice, su “imagen y semejanza”. Y tal vez sea esta la mayor verdad, la verdad más nuclear, del historicismo filosófico, desde Maquiavelo –pasando por Spinoza, Hegel y Marx– hasta la más reciente versión de la Escuela de Frankfurt de Honneth. Un distinguido italiano, Bertrando Spaventa, tuvo el honor de sorprender esta continuidad del ‘pensamiento pensante’, capaz de diluir los trombos, las ‘infranqueables’ coagulaciones, que presenta de continuo el cuerpo social. Las denominó “circulación del pensamiento”.



Cuando el pensamiento no 'circula' libremente, se confunde, cuando se dejan de lado las ideas en su continuo fluir, en su creación continua, es porque el organismo viviente de la sociedad se ha enfermado de gravedad y su muerte, inevitablemente, se aproxima. Dar prioridad a la coseidad, a lo carente de vida, a las consignas vaciadas de contenido, al fanatismo anacrónico -por no decir miserablemente ridículo-, al chantaje y al terror autocráticos, a las maquetas populistas de cartón piedra de un régimen gobernado por la réplica de una réplica –un patético muñeco de cera–, detrás de cuyas “banderas de lucha” se encuentra en realidad el gran negocio del narcotráfico, se traduce, en términos objetivos, en la propagación de células malignas, semejantes a las cancerosas, a través del complejo sistema linfático del ser y de la conciencia de la sociedad, hasta la conformación del émbolo reproductor del mal, generando la metástasis del sistema. La embolia es inminente.

Un hueco en una calle es un hueco. Miles de huecos diseminados a lo largo y ancho de calles oscuras, sin semáforos, sin rayado, con aceras en ruina y emanaciones de aguas servidas, con taxistas y motorizados que pueden hacer y deshacer a su antojo, con vendedores ambulantes, atracadores, secuestradores y asesinos, ya no es un 'tumor benigno' sino toda una patología, un caos promovido desde un centro de poder tumorado, que lo va corrompiendo todo a su paso. Cuando un Alcalde, es decir, el encargado de establecer las reglas del juego en una ciudad, hace las veces de Rector del organismo electoral, de promotor de escuadras hamponiles que asaltan el Palacio Legislativo de una Nación y, a la vez, promotor de diálogos –que, por cierto, a estas alturas de la crisis resultan cuando menos extemporáneos, dado que queda muy poco por negociar, a no ser una salida “decorosa”–, es un ejemplo bastante representativo de lo que significa, en términos políticos, metástasis. Es la bancarrota de una gestión municipal y de una gestión proselitista a un mismo tiempo. Al decir de Hanna-Barbera, “Colotordoc” quiere decir “Doctor loco al revés”. No se puede ganar un tiempo que ya se ha perdido para siempre.

Recientemente, la administración fiscal de Estados Unidos declaró que en los próximos días efectuarán una de las expropiaciones financieras más cuantiosas de la historia de ese país: cerca de mil millones de dólares, provenientes de dineros malhabidos de ciertos boliburgueses. Las casas Gucci, Rolex, Ferrari, Mercedes Benz, entre muchas otras, estarán muy preocupadas, al saber que clientes tan “exquisitos” se quedarán tan solo con su pensión salarial. Pero, además, cabe recordar que la gente tiene que hacer colas para poder recibir una miserable bolsa CLAP y conseguir a duras penas uno que otro medicamento a consecuencia del desfalco más grotesco y escandalosos que haya sufrido el país desde su fundación.

El “prohombre” está de gira. Trata inútilmente de ganar tiempo para salvar un estado de cosas en descomposición. Hablar de “burguesía apátrida” y negociar el “arco minero”, entre otras cosas, muestra la más absoluta inconsistencia, sostenida por las migajas que aún reparten, no sin dificultad, entre sus escuadras de malhechores. La vergonzosa venta de bonos de la otrora respetable empresa petrolera nacional contrasta con la exitosa venta de bonos de los sauditas y con los del actual gobierno argentino. Acostumbrados al chantaje, al talante malandro, a la piratería, al desprecio absoluto por el conocimiento, creen aún que algo pueden esperar de sus “socios” en el exterior. La comunidad internacional, esa suerte de condominio de naciones, ya sabe, y lo sabe muy bien, lo que puede esperar de un régimen que decidió ahogarse en sus propias pestilencias, habiendo tenido la oportunidad de hacer un gobierno justo y próspero para todos. Pero prefirió seguir los consejos de los Castro y vincularse con lo más granado del mundo jurásico, con los últimos sobrevivientes de la “barbarie ritornata”.

El día a día tiene sus altas y sus bajas. Y sin embargo, desde el punto de vista de la sustancia, la crisis orgánica que ha desgarrado por completo el tejido que en algún momento existió entre la sociedad política y la sociedad civil ya no se puede recomponer. El cáncer de este 'bloque histórico', que curiosamente tuvo su inicio con la profanación de los restos mortales del Libertador, ya ha hecho metástasis. Un nuevo bloque está por nacer, a pesar de que su construcción no será, después del desastre, nada fácil. La nueva eticidad debe abrirse paso con nuevos valores, sustentados en una educación sólida y, sobre todo, capaz de superar -y conservar- la mera 'techné'. Educación para la productividad del universo civil, la investigación comprometida con el desarrollo y la libre creación.

El militarismo ha fracasado, una vez más. Resquiescat in Pace. La lucha de hoy es la lucha por una nueva sociedad, justa, auténticamente democrática, de reconocimiento, libre y de bienestar.

Por @jrherreraucv

Sistema o de una epistemología hecha a la medida: borrador

Una epitesmología a medida
I
¿Tengo que por fuerza mantenerme siempre en una misma postura, prescindir de mis claras bipolaridades que me catapultan del pesimismo a la esperanza, de la esperanza a la tristeza, de la tristeza a la euforia?


Para defender o combatir una idea es menester hacer muchísimas asunciones, asunciones que no siempre se verifican. Me avergüenza pensar que tomo por ciertas cosas que no siempre lo son. Caigo en un relativismo del que intento huir. Tiene tiempo que sé debo tomar una decisión, cuyo aplazamiento, por cierto, resta fuerza a mis convicciones. Quizá por eso termino apuntalando ciertas opiniones mías sobre andamios morales. Y tampoco es que sea más fácil hacer eso. Finalmente, toda asunción moral lleva dentro de sí un absoluto, esa cosa que se toma como anatema. Y no me atrevo a refutar o adoptar una teoría en su totalidad —no porque esto sea un imperativo—, pero sí me atrevo, en cambio, a tildar de “malo” a todo aquello que daña a la vida o al hábitat que contiene a esa vida. A lo mejor son los pequeños axiomas, los básicos morales sobre los cuales poder erigir cualquier moral. No, no cualquier moral. En muchas morales, la vida carece de valor. Entonces diré que son los básicos morales de morales humanistas.

Pero, una moral humanista, ¿qué es? Una moral que toma como máxima o axioma el respeto a la vida, no susceptible de cuestionamiento.

Pareciera que estos axiomas son verdades a priori, pero yo creo que no lo son. La experiencia es la que hace rechazar a los humanos el dolor. Si uno sabe que mueren personas en una guerra, uno no quiere que subsista esa guerra porque previamente hemos visto sufrir a alguien a causa de algún tipo de daño de los que pueden ocasionarse en guerras. Y ésta es, obviamente, una elección hecha con la mente, combinándose ideas. Una mente que, a propósito, puede o no saber de silogismos.

¿Tendrá que ser mi mente una mente psicópata para, en vez de rechazar una guerra, entusiasmarme con su ocurrencia? No necesariamente. Me atreveré, entonces, a decir una cosa muy escandalosa. Cuando un humano que no es un psicópata opta por la celebración al dolor en vez de su condena, ha actuado la voluntad de ese humano en tal elección. Cuando el humano rechaza el dolor o la violencia, ha actuado en él la razón. En donde se hacen elecciones no contrarias a nuestros básicos morales o axiomas morales, actúa la razón. En otro caso, puede o no actuar la razón, puede, por ejemplo, actuar la voluntad. La voluntad que muchas veces se somete al pathos.

Seré un poco más flexible y específica; cuando se opta por el respeto a la vida, en dicha elección opera una voluntad que se supedita a la razón. Una razón moral que no es trascendente al hombre, sino manifiestamente inmanente a él; en caso contrario, actúa una voluntad que no se ciñe a ella.

Quizá, allá, no muy lejos, mi mentada razón moral, sea mero instinto, mera preservación de la vida; como animales.

Es más, tal vez la dicotomía entre razón y voluntad sea sólo accesoria; al final, una requiere de la otra, anticipándole o sucediéndole. Y creo que dicha dualidad existe en nosotros como tradición: de suyo, no la hay. Nuestra razón pensando y decidiendo y nuestro ser total ejecutando, conforman todo lo que somos, nuestro cuerpo. No hay una mente en un topos trascendente deliberando y un cuerpo terrenal e inmanente haciendo. Somos ambas cosas a la vez y ambas se someten a meras necesidades; unas coyunturales, otras, sempiternas.

En lo personal, no quiero darle preeminencia a la razón sólo porque se ajuste más a lo que soy yo misma —equivaldría a demostrarla, combatiéndola—. Quiero dársela, si se la doy, porque una razón a mí trascendente, pero no metafísica, así lo avale. No deseo que mi sistema de creencias, mi filosofía, sea un amor a mi propia sabiduría —nietzscheana—. Creo declaradamente en una legalidad en el funcionamiento de las cosas en cuya razón se aloja el sentido mismo del funcionamiento de las cosas: su subsistencia, la garantía misma de la vida, la vida pues.

II

Buscan los físicos una teoría del campo unificado que explique el misterio de la vida; buscan los que peroran, una psicología que explique nuestras motivaciones. Leyes universales en las que quepan todas las explicaciones posibles, ¿habrá eso? Es inevitable sucumbir a la idea de un todo coherente, universal, que ordena las cosas y su ocurrencia; pero parte constitutiva del orden es también el caos y el orden es sólo una noción de linealidad determinada por nuestras intuiciones que, siendo necesarias pero limitadas, pocas veces son capaces de concebir la no linealidad de los eventos del mundo. El caos también es orden, un orden apenas advertido. De modo que toda fenomenología es un asunto recursivo: los fenómenos que se explican a sí mismos, que se explican a sí mismos, que se explican a sí mismos y, más todavía, las explicaciones que usan las explicaciones, que usan las explicaciones, que usan las explicaciones. Como decir, la experiencia valida al método científico y el método científico que valida a la experiencia.

Ninguna ocurrencia de mi modelo en la realidad me satisface —por mucho que sea la confirmación de alguna lógica— si dicho modelo se contradice con un sentir mío del deber. Pero esto no me devuelve a dualismo alguno, ni me mantiene atrapada en un bucle infinito si —como ya expliqué— este deber toma por único imperativo una actuación que no vaya nunca en contra de la vida lo cual, desde luego, exige una conciencia.

Hago decisiones haciendo valoraciones que se expresan en argumentos; tomo decisiones con mi voluntad, eligiendo. Si hago a mi voluntad someterse a mi razón, mis elecciones no van en contra de mis argumentos. Si no, sí y, entonces, al final, la cadena de mis razonamientos pareciera haber sido creación inútil. Digo “pareciera” porque, quizá, el contraste de nuestra voluntad con nuestra razón sea lo que, finalmente, nos lleve a elegir. Hago elecciones racionales cuando las hago y, cuando no, no las hago.

¿El que mis elecciones se sometan a mi razón o no se sometan es resultado de un razonar o de un elegir? Toda voluntad es resultado de un razonamiento, sea éste o no “moral”, sea éste o no “correcto”. Para tener una voluntad, requiero primero pensar. Incluso una elección que vaya en contra de algún precepto ha sido resultado de algún ejercicio del pensamiento. Entonces, quizá mi maraña sea resultado de una imprecisión en el lenguaje y convenga distinguir entre “elecciones racionales” y “elecciones razonadas”.

Las elecciones racionales se someten a alguna legalidad y pueden, en verdad, no ser en lo absoluto racionales (como cuando se someten a legislaciones autoritarias o irrazonables). En otros casos, pueden hacer honor a su nombre (autológicas) y, entonces, hallarnos frente al tipo de “elecciones racionales” que son las elecciones racionales de mi interés (las ya enunciadas, las elecciones vitales que se hacen a favor de la vida misma, de su preservación).

Las elecciones racionales de mi interés poseen dos cualidades: 1) Se sujetan a alguna legalidad 2) Dicha legalidad es una legalidad de la naturaleza, aquel orden natural por el cual somos lo que somos y no otra cosa. Entonces, las elecciones racionales de mi interés son aquellas que se subordinan o, más bien, emanan de una legalidad intrínseca a la naturaleza no determinada por nosotros y, menos, por algún dios. Por supuesto, obrar racionalmente y hacer elecciones racionales implica hacerlo no en contra de la naturaleza, pero tampoco necesariamente a su favor. La necesidad es no actuar en contra de ella, pero actuar así no es suficiente —no lo ha sido— para que la vida humana sea, hoy, como es. Y, posiblemente, muchas de las grandes y hermosas cosas de que somos herederos han sido hechas no a favor de la naturaleza, sino de una razón que va, ya, más allá de la naturaleza. Esa razón también me gusta porque se me antoja especie de razón de la razón, una metarrazón. La razón de la razón que, sin lastimar a natura ni a la vida, nos permite ser algo más de lo que natura ha reservado para nosotros. La razón de la razón que le permite al hombre escapar a determinismos naturalistas y, en todo caso, someterse a su libertad y, como sea, él elegir. Habrá quien sostenga que esta libertad y las posibilidades que nos brinda, es también resultado de un evolucionar natural en el hombre, parte constitutiva del hombre, de lo que somos; yo no sabría qué decir ante esto, es uno de los clásicos enunciados en la polémica de la libertad. Aceptar eso, tiene su lógica, pero también implicaría aceptar un cierto “determinismo” que uno no desea aceptar: ¿estaremos ante un problema indecidible? Si lo acepto es porque soy libre de elegir y escapo a determinismos, entonces, ¿en dónde queda el determinismo? Mas, con independencia de que acepte o no acepte que esta libertad es resultado de un inherente proceso evolutivo en el hombre, y no de una metarrazón, tal cosa —la que es susceptible de ser aceptada o no— es un hecho o no lo es.

Las “elecciones razonadas”, por otra parte, son aquellas que, sin necesariamente ser racionales, son también hechas pensando y combinando ideas e impresiones de la realidad en nuestras cabezas. La voluntad, por ejemplo, opera sobre este tipo de elecciones.

La razón que se adecúa a las necesidades

Mi razón, mi pensamiento, funciona de tal modo que parece naturalmente adaptarse o decidir en función a la preservación de mi naturaleza y de la naturaleza que me circunda. De inicio, ésta pueda ser una adaptación evolutiva hecha por el hombre a fuerza de sobrevivir. Pasado el tiempo y prescindiendo de la adaptación a la naturaleza, la especie ha ejercitado de tal modo la capacidad de razonar que, muchas veces, siendo incluso prescindible a la hora de hacer decisiones y, aun cuando estas decisiones devengan tras impecables razonamientos, puedan ser éstas tomadas a contra natura que es por lo que, originalmente, comenzó a funcionar mi razón. Y así, entonces, actuar por voluntad.

Lo que debe quedar claro es que si la razón o capacidad de pensar emergió en nosotros como un cambio evolutivo, entonces, esa capacidad seguramente continúa su curso evolutivo (aunque parece que, en algunos, dicho curso es más regular y, en otros, bastante esporádico).

Lamentablemente, la razón como argumento de autoridad, sobre todo en ámbitos religiosos, ha causado tales estragos en personas, que tales personas, buscando desacralizarla, cometen algunas importantes omisiones. A veces, tales omisiones actúan en contra de ellas mismas o de los demás. Otro tanto ocurre —supongo— cuando se halla uno en una situación antípoda. Sobran razones que expliquen por qué propendemos a dañarnos unos a otros.

Como quiera que sea, celebro también que nuestra voluntad escape a ratos a la razón, así es como en muchos casos ha florecido el arte.

Publicado el 20 de febrero de 2011 en La ciudad de Eleutheria.