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    Lecturas en la penumbra.


    José Rafael Herrera
    Lecturas en la penumbra:
    Hegel o la reivindicación heraclítea del devenir


    La penumbra tiene la propiedad de no dejar percibir dónde termina la oscuridad y dónde comienza la luz. Su sombría presencia circular no permite precisar con exactitud el inicio de la una y el acabamiento de la otra. No sin cierto riesgo -que, llevado de la mano por la tentación de su belleza singular, bien se puede antojar divino, como casi todo riesgo- es posible leer en la penumbra. Salva al encantamiento del riesgo en cuestión el hecho de poder percibir cierta magia en los caracteres desdibujados que, de pronto, cobran vida y que permiten sorprender, para la mirada atrevida, y detrás de la letra muerta, nada menos que al Espíritu: al Logos re-cobrando realidad inmanente, ejercitando la pureza del fuego que es su ser y que, a la vez, no lo es. La filosofía propiamente dicha, es decir, la que comporta sentido enfático, sin duda vive entre luces y sombras por el bien de las ideas. Sólo quien ha penetrado en la más densa oscuridad puede conquistar la luz de la verdad: “en el círculo el principio y el fin coinciden”, observa, en la penumbra, el Éfeso oscuro.

    Skoteinos es aquel ante el cual el prejuicio muestra la mayor intolerancia, justamente como expresión de su impotencia, porque, como dice Heráclito, “la mayoría de los hombres no reparan en las cosas con que topan, ni tampoco llegan a conocerlas al instruírselos, pero se lo imaginan”. La filosofía, entendida positivamente, esa que similar al día a día de los tribunales juzga a los hombres como si fuesen folios, gusta colocar diques a los ríos, sofocar el fuego del pensamiento y disecar lo vivo, confundiendo el saber con la fe. “El devenir de la esencia -dice Hegel- es el movimiento de la nada a la nada, y, por ello, a sí misma: el tránsito o devenir se deja en suspenso en su propio transitar, pues lo otro, lo que viene-de semejante tránsito no es el no ser de un ser, sino la nada de una nada; y esto, ser la negación de una nada, es lo que constituye el ser”: “A los que están entrando en los mismos ríos otras y otras aguas sobrefluyen” -acotaría el Éfeso, de haber leído la cita anterior del idealista alemán.
    “No hay -advierte Hegel, en sus Lecciones sobre la historia de la filosofía- ninguna proposición de Heráclito que no esté recogida en mi Lógica”. La pregunta que conviene responder, a la luz y como resultado de esta afirmación hegeliana, es decir, que su Ciencia de la Lógica ha re-colectado, con-tenido y a-similado la totalidad de la formulación conceptual, de la especulación propiamente dicha, de Heráclito, cabe ser expresada de un modo simple, con ingenuidad y no sin cierta 'maravilla', o sea, cierto thauma o sorpresa aristotélica: la misma ingenuidad con la que -por cierto- el niño del cuento de Andersen -de nuevo- no sin sorpresa, exclama, frente a la muchedumbre velada por la pre-su-posición, que el Rey estaba desnudo. La pregunta, entonces, que viene-con la afirmación hecha por Hegel, es la siguiente: ¿Es verdad que en su Lógica -es decir, dentro de la arquitectura de su sistema filosófico, la quizá la obra más importante y representativa- Hegel recoge todas las proposiciones formuladas por Heráclito? O, más simplemente todavía: ¿Qué quiere decir para Hegel recoger todas las proposiciones de Heráclito?

    El propósito de las líneas que siguen a continuación, consiste, precisamente, en mostrar, más allá de las muy conocidas relaciones, si se prefiere, estrechas, entre Heráclito y Hegel, quien por lo demás -y como ya se sabe- se declara abiertamente seguidor del filósofo de la antigüedad, algunas consideraciones acerca de la sustancial historicidad -crescit et concrescit- que se haya inmanentemente presente en su filosofía. Historicidad que da cuenta no sólo de la rica herencia especulativa que él -Hegel- ha sabido asimilar en relación con la filosofía heraclítea, sino, del mismo modo, del con-crecimiento de dicho saber, con base en la especulativa y siempre negativa modificación -precisamente, en virtud de su con-crecer- que van dejando las 'otras y otras aguas' de 'los mismos ríos'. En una expresión, se trata de reivindicar, a un tiempo, la tesis de la presencia y no, del peirón y del apeirón, del oscuro filósofo de la antigüedad clásica en el interior del tejido conceptual de la filosofía hegeliana en sentido enfático, esto es: de la Aufgehoben heraclítea, de su determinante conservación y, a la vez, de su necesaria superación.

    Para responder esta pregunta, es menester no perder de vista el hecho de que Hegel, ya desde los primeros años de su formación, en el Stift tubingués, es un nostálgico de la antigüedad clásica, que no está dispuesto a perder las riquezas conquistadas por la “feliz totalidad”, como la llama. Una cultura que, a su juicio, y a pesar de la “enfermedad cristiana”, tiene que ser recuperada para la satisfacción del Espíritu. La tarea, entonces, consiste para Hegel -como también para Hölderlin- en re-descubrir la obra común que constituyó el secreto de la “bella eticidad” helena. La verdad está en el 'En Kai Pan' de los hombres que ofrendaban, orgullosos, su vida, de ser necesario, por la razón y la libertad de la Polis. El trabajo de su época consistía precisamente en eso: en la reconstitución de la totalidad que la oscura noche de la 'teología filosófica' -aún en su tiempo, palpitante- había esparcido a lo largo de la historia. Grecia, y especialmente la Grecia presocrática, no es solamente un momento del desarrollo de la historia, sino la referencia ineludible del absoluto, el punto de honor de la humanidad, la primera y grande encarnación del Espíritu en su verdad. Grecia representa para Hegel “el Espíritu verdadero” y el objetivo de su tiempo consistía en reconocerlo plenamente. Y esa, justamente, era la razón de por qué los griegos desconocían el “más allá”, porque el Espíritu no es trascendente: vive en el mundo. Como dice Hegel en la Fenomenología, el mundo griego es “un mundo inmaculado, al que no altera escisión alguna”. En dicho mundo encuentra su catarsis el drama del señorío y la servidumbre: los individuos son ciudadanos que actúan en un ambiente de reconocimiento. La Polis se manifiesta, por vez primera, como la verdad y la realidad concreta de la razón, es decir, aquella que para ser auténtica y verdadera razón tiene la necesidad de realizarse en un pueblo libre, en la presencia del “Espíritu viviente”.

    El “Logos” vive, pues, en la ciudad democrática. La obra común, la acción de todos y cada uno en el interior de la vida orgánica de la ciudad libre es, nada menos, “la cosa misma” (die Sache selbs). Ese, y no otro, es el auténtico fluido, el fuego eterno del que todo está hecho, el ser en cuanto ser. Su recuerdo genera en Hegel nostalgia de objetividad. Su recuperación es una necesidad ante la desdicha creada por la sociedad 'cristiano-burguesa', una desdicha que tiene que ser superada. La felicidad griega nada tiene que ver con el eudemonismo, sino, como ya se ha dicho, en la unidad con el mundo, en el encuentro del sí mismo con el ser. “Nuestra fantasía -dice el joven Hegel- no se escandaliza con la mitología de los griegos... Sus dioses andan de aquí para allá por el cielo, deliberan, se hacen la guerra y se abandonan a sus humanas pasiones. La piedad de sus orantes y sacrificantes nos es sagrada... El republicano libre, que empleaba sus fuerzas en pro de la patria, que dedicaba a ella su vida, en el sentido del Espíritu de su pueblo, al hacerlo por deber no daba tanta importancia a su empeño como para poder exigir una indemnización, un desquite. Ha trabajado por su idea: ¿qué podría exigir a cambio? Habiendo sido valiente no espera otra cosa que vivir en compañía de los héroes en los Campos Elíseos... Vida que es más feliz nada más que porque está libre de las calamidades de la naturaleza humana necesitada”.

    El mundo griego es la prueba viviente de la felicidad como resultado de la obra colectiva, del ser de la sustancia ética, del “Espíritu de pueblo” (Wolkgeist). Ha conquistado su propio destino y vive de él y para él, de su en sí (in sich) y de su para sí (für sich). Como dice Hegel en la Fenomenología: “únicamente en la vida de un pueblo encuentra su perfecta realidad el concepto de la razón consciente de sí”. En síntesis, la Polis fue el locus en el que la humanidad pudo conquistar aquello que las sucesivas formaciones sociales han anhelado, desde el República romana hasta la revolución francesa. Como se podrá apreciar, los intereses conceptuales, propiamente filosóficos, no se hallan distantes de los intereses morales, políticos y sociales. No para Hegel. Pensar y saber el ser es la premisa necesaria para realizar la libertad. Pensar y saber la libertad es la premisa, igualmente, necesaria para realizar el ser. No hay en Hegel, como en Kant, una “Razón pura” y una “Razón práctica”. Hasta en esto Hegel es fiel al espíritu griego: la verdad se identifica con el bien y la verdad y el bien con la belleza, lo mismo que ésta con aquellas: uno y todo: 'Εν' y 'Παντα'. Por eso los presocráticos le resultan atractivos. Y por eso, entre los presocráticos, Heráclito de Éfeso le resulta el más atractivo.

    No obstante, y a diferencia de Hölderlin, para quien la Grecia antigua era poco más que “el paraíso perdido”, para Hegel poco a poco se fue haciendo claro que la condición nuclear, propia del mundo griego, era, tal y como se manifestó, una sustancia inédita e irremediablemente irrepetible. Parafraseando a Hegel, será prudente considerar el hecho de que resultaría cuando menos imposible que dentro de una bellota quepa y pueda respirar la completitud del árbol, pues si bien es cierto que potencialmente el entero árbol se encuentra en la bellota, no menos cierto es que aún no se ha desarrollado, no han crecido sus raíces, ni su tallo, ni su follaje. En suma, en la bellota está todo el árbol y, a la vez, no lo está. Es potencia, no acto. Como dice Heráclito: “las cosas enteras y las no- enteras, lo convergente y lo divergente, lo unísono y lo desentonado..., de cada cosa es posible formar una unidad, y de esta unidad todas las cosas consisten”.2 En una expresión, todo nace de la unidad y de la unidad nace de todas las cosas.
    En un famoso ensayo de 1961, publicado en el primer volumen de los Estudios hegelianos -los Hegel-Studien-, titulado “Hegel y la dialéctica de los filósofos griegos”, Hans-Georg Gadamer ha dado cuenta del proceso de concrecimiento de la idea de 'Logos' heraclíteo en la filosofía de Hegel. Gadamer explica dicho proceso de la siguiente manera: “Se trata de una progresión inmanente, que no pretende partir de ninguna tesis impuesta, sino, más bien, seguir el automovimiento de los conceptos, y exponer, prescindiendo por entero de toda transición designada desde fuera, la consecuencia inmanente del pensamiento en continua progresión”.3

    Es verdad que introducir la dialéctica, como expresión de aquello a lo que unas veces Heráclito llama Logos y otras Fuego es ya, de suyo, hacer dialéctica. A pesar de que el término viene a ser utilizado explícitamente por Platón, quien además lo pone en boca de Sócrates, y que la configuración que asume en los diálogos Filebo, Sofista y Parménides es de suprema importancia en el desarrollo de la dialéctica hegeliana, implícitamente el Logos, en Heráclito, ya comporta en su interior aquella 'fuerza de lo negativo' sin la cual la dialéctica se convierte en un simple y poco menos que útil artificio. En este sentido, conviene tener presente que Platón y, mediante él, el propio Sócrates, son herederos especulativos directos del pensamiento de Heráclito. Eso sí: siempre que por dialéctica no se comprenda un método preestablecido y ajeno a la cosa, o aplicable a cualquier cosa, es decir, un artilugio. Y, de hecho, lo que sucede en Heráclito con el Logos es que exige ese “puro mirar atentamente”, ese “quedarse” hasta que el objeto empiece a generar su propio, inmanente, movimiento. La dialéctica es, como dice Hegel frente a Goethe, “el espíritu de contradicción organizado”. Y es eso, justamente, lo que Hegel, en medio de la penumbra, sabe leer y recoger de las enseñanzas del Éfeso. Pero, además, es eso lo que convierte a Hegel en deudor de Heráclito y muy probablemente lo que le hace afirmar que no haya ninguna proposición de Heráclito que no esté contenida en su Lógica. De hecho, el Logos heraclíteo sustenta la idea de la Lógica hegeliana, cada vez que el Ser muestra, en medio de su continuo Devenir, la nudez de su Nada.
    En este sentido, es necesario tener en cuenta el hecho de que la dialéctica no es un método, por lo menos no lo es con el significado con el que se le conoce en la actualidad. Sólo lo es si se analoga con el pensamiento concreto, con aquel pensamiento que Spinoza designaba como el “tercer grado de conocimiento”, el conocimiento que vuelve, retrospectivamente, “de los efectos a las causas¨, para reconstruir el proceso mismo de su decurso. Por eso mismo, ella -la dialéctica- intenta una y otra vez no permanecer, no quedarse detenida, fija, puesta, positiva. Ella es el movimiento mismo que anima a 'ese río que fluye'. Una y otra vez se corrige a sí misma, según la modificación continua que vaya experimentando la cosa. Porque ella -la dialéctica- es un pensar que no se conforma con el orden conceptual. Más bien, corrige el orden conceptual mediante el estudio del objeto al que, como ya se ha indicado, atentamente mira. Su nervio vital es, por ello, la contraposición. No consiste en un mero arte de operaciones formales, sino en el intento de superar, una y otra vez, a cada nuevo paso, la manipulación y el dominio que pretenden ejercer los conceptos sobre la objetividad. Su lucha es la lucha de Heráclito, una lucha que consiste en obligar al concepto a incorporar en él aquello que no es concepto: el intento de auto-reconstrucción del pensamiento a través de la cosa. Inagotable labor, en consecuencia y, no pocas veces, ingrata. Pues siempre de nuevo (Immerwieder) el pensamiento se ve confrontado con su opuesto, cabe decir: con su otreidad.

    Con base en lo dicho hasta ahora, cabe advertir, con Gadamer, que no existe una dialéctica “pura” y “acabada”. No lo es la de Heráclito, ni la de Platón. Como tampoco lo es la de Hegel. Una dialéctica que presupone, construida con elementos previamente fijados, con supuestos y prejuicios, no es dialéctica. Menos se puede pretender derivar mecánicamente una dialéctica de otra, una suerte de 'cadena de montaje' dialéctico. Su auténtica continuidad es la discontinuidad. Su ser auténtico es la nada.

    En el “Prólogo” a la Fenomenología del Espíritu Hegel escribe: “El tipo de estudio de los tiempos antiguos se distingue del de los tiempos modernos en que aquél era, en rigor, el proceso de formación plena de la conciencia natural. Este se remontaba hasta una universalidad corroborada por los hechos, al experimentarse especialmente en cada parte de su ser allí y al filosofar sobre todo el acaecer. Por el contrario, en la época moderna el individuo se encuentra con la forma abstracta ya preparada; el esfuerzo de captarla y apropiársela es más bien el brote no mediado de lo interior y la abreviatura de lo universal más bien que su emanación de lo concreto y de la múltiple verdad de la existencia. Hé aquí por qué ahora no se trata tanto de purificar al individuo de lo sensible inmediato y de convertirlo en sustancia pensada y pensante, sino más bien de lo contrario, es decir, de realizar y animar espiritualmente lo universal mediante la superación de los pensamientos fijos y determinados. Pero -concluye Hegel- es mucho más difícil hacer que los pensamientos fijos cobren fluidez que hacer fluida la existencia sensible”.4

    La filosofía antigua -y especialmente la filosofía de los presocráticos, así como la de Platón y Aristóteles- es una lección de vida: nos enseña que lo especulativo propiamente dicho, es decir, lo productivo del pensamiento, consiste en que lo individual es purificado y elevado desde la inmediatez a condición universal, porque devela como una ilusión la certeza sensible y la opinión que la reifica, ubicando al pensamiento en condición de conocer la verdad de la cosa, sin la intromisión del prejuicio y de la dureza que caracterizan lo positivo.

    Deudor de la antigüedad, amante de la antigüedad, Hegel ha sabido, no obstante, comprender que el tiempo no ha pasado en vano, y que la experiencia de la conciencia, si es que se quiere ser auténticamente fiel a las geniales intuiciones de Heráclito, más tarde desarrolladas por Platón y Aristóteles, con base en las necesarias y determinantes modificaciones sufridas por la objetividad, y con ella, por la Bildung, tienen que desplegarse, ser objeto de su negación y, a la vez, de su asimilación. El desarrollo hecho por el mundo heleno de la objetividad, de la no subjetividad, es un momento, sin duda espléndido, del proceso de desarrollo del pensamiento, pero no es el último. En tal sentido, se trata de una abstracción si no se concibe como parte del proceso subjetivo, de la no objetividad, que a su vez lo niega y que concibe la totalidad del mundo dentro de los límites de un sistema de categorías racionales. De igual modo, e inversamente, es una abstracción el momento de desarrollo dado por la subjetividad moderna, si ésta se escinde de las conquistas de la objetividad hechas por la cultura helena. La tarea de Hegel consiste, precisamente, en hacer concrecer este doble desarrollo, mostrando sus aciertos y sus límites a objeto de preparar el terreno para el recíproco reconocimiento, en pro de la verdad concreta.

    La verdad del mundo heleno está en el mundo moderno. La verdad del mundo moderno está en el mundo heleno. Este es el 'otro del otro' que es 'sí mismo', la “razón de la locura” anunciada por Shakespeare. Un movimiento recíproco inmanente, heraclíteo si se quiere, pero en una dimensión superior. No, pues, la mecánica aplicación de un 'método' ajeno a su propio movimiento, sino el sorprendimiento del movimiento mismo en sus recíprocas ausencias. Y es en este automovimiento que el objeto ya no puede ser separado del sujeto ni el sujeto del objeto. Se trata de una reconstrucción de la antigua dialéctica. De hecho, la Lógica de Hegel es una reincorporación de la unidad propia de la filosofía helena a la ciencia especulativa. Incluso, por mucho que su pensamiento se encuentre condicionado por la filosofía moderna, especialmente por la Aufklärung y por Kant y Fichte, en virtud de lo cual el absoluto es voluntad, actividad espiritual, subjetividad, para Hegel, no es únicamente en la subjetividad autoconsciente donde se concibe el saber, sino en la racionalidad de lo real y en la realidad de lo racional. Su filosofía está, más allá de las distancias, en una línea de continuidad con el Logos, esta vez, desplegado, rico y concreto. Lo cual coloca a Hegel, como sugiere Gadamer, en el honroso sitial de ser, nada menos, que “el último de los griegos”, si es verdad, como en efecto lo es, que la grecidad no es una raza sino, más bien, una cultura, un modo de ser y de pensar.

    Ocupándose de Zenón, Hegel afirma que “la razón por la cual la dialéctica se ocupa primero del movimiento es, precisamente, el hecho de que ella misma es movimiento”. O, dicho de otro modo, “el movimiento mismo es la dialéctica de todo ente”. En su intento por demostrar los argumentos de su maestro Parménides, refutador de Heráclito, Zenón no logra comprender que la contradicción del concepto de movimiento es la mejor confirmación del movimiento como tal, su más contundente admisión: “si algo se mueve -observa Hegel-, ello no es por estar aquí en este ahora y en otro ahora allí (allí donde esto está en algún tiempo dado, no está precisamente en movimiento sino en reposo), sino tan sólo por estar, en uno y el mismo ahora, aquí y no aquí, por estar y al mismo tiempo no estar en este aquí”. El movimiento, pues, no es un predicado de lo que es movido, ni es un estado en el que se encuentra un ente: es una determinación del ser. Y esa peculiar determinación pone de manifiesto que el movimiento es “el alma del mundo”, no como predicado, sino en sí mismo, como aquello que permanece en la desaparición: el sujeto como sustancia y la sustancia como sujeto.
    De este modo, la rígida quietud del cosmos de las ideas no puede ser verdadera. El Logos al que están referidas las ideas, ése que piensa la relación misma de las ideas entre sí, es el movimiento inmanente al pensar y, al mismo tiempo, el movimiento de lo pensado. Todo fluye. La dialéctica del movimiento, el movimiento mismo, es la continua contradicción a la que conduce la labor de pensar el movimiento como ser y el ser como movimiento, lo que no puede impedir que el movimiento tenga por necesidad el ser en comunión con el no-ser.

    El viejo Parménides declara su impotencia en el diálogo platónico. Heráclito, a través de diminutos hilos de agua que van fluyendo lentamente, llega a Hegel, quien recoge estas aguas para incorporarlas al río de fuego de la historia. Lo ha superado, sí, pero lo ha conservado. Ninguna bellota permanece si no llega a ser árbol. Ahora el resultado es lo mismo que el comienzo, porque el comienzo es el fin: “No nos contentamos con que se nos enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros en un roble”.

    Lo dialéctico, lo “negativo-racional”, es la superación de la determinación abstracta y el tránsito a la determinación que se le contrapone. El filósofo de la fluidez infinita ha sido, finalmente, reivindicado. Entre luces y sombras, en la abstracta circularidad de la penumbra, el propio fluir de la cosa ha manifestado su necesidad de romper el círculo para constituir un incesante movimiento circular, un círculo de círculos. Se encuentran los oscuros, los skoteinós. Es un encuentro en la lejanía.

    1GWF Hegel, Escritos de juventud, 1978, México, FCE, p.39-43.
    2Heraclitus, Texto griego y versión castellana (editio minor), a cargo de M.Marcovich, 1968,ULA, Merida, p43
    3Cfr.: Hans-Georg Gadamer, La dialéctica de Hegel, Madrid, Cátedra, 1979, p12
    4GWF Hegel, Fenomenología del Espíritu, 1978, México, FCE, p24

    La presencia virtual

    Realidad e interpretación en las redes

    El ciberespacio: ¿evasión de la realidad o más bien una nueva versión de lo real?

    El hombre es un dios cuando sueña
    y un mendigo cuando reflexiona.
    F. Holderlin.

    Tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas… y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad.
    Muchas veces, cuando voy de excursión, me descubro a mí mismo contemplando, en lugar de los bosques, los riscos o las flores, estampas para fotos interesantes. ¿Me aíslo del paisaje, o más bien lo estoy recreando? La pasión fotográfica limita, sí, mi presencia en la naturaleza, la recorta por los límites de un determinado encuadre. Pero, ¿no demostró Kant que es siempre así nuestra aproximación a las cosas?
    ¿Quién puede abarcar la infinitud de un lugar, de un solo instante? Vemos lo que queremos (o lo que no queremos) ver, vemos lo que sabemos ver. Con ese concepto (encuadre o marco, "frame"), es como algunos estudiosos denominan nuestra peculiar ordenación de las percepciones: todo nos llega a través de nuestros marcos personales. Es el modo de hacer las cosas nuestras, de adentrarnos en ellas, de incorporarlas a nuestra particular construcción del mundo. Un mundo al que accedemos haciéndolo propio, con la esperanza de que la versión de él que concibe nuestra mente no se aleje demasiado del modelo que suponemos existe “ahí fuera”. Los ignorantes y los locos, ¿son exiliados del mundo o de la visión que se admite convencionalmente sobre él?
    ¿Acaso no estamos todos un poco locos? ¿Acaso no somos todos ignorantes? Aprender es, quiere ser, afinar nuestra visión para que gane en fidelidad a lo real. “Alta fidelidad”: nuestras pantallas ganan en precisión, nuestros altavoces reproducen con exactitud los sonidos originales. La tecnología es un mundo que imita al mundo cada vez mejor. Pero la mente no imita: interpreta. Imprime significado. Lo que vemos en la pared de la caverna platónica no son sombras, sino proyecciones. 

    Antes, los viajeros escribían cartas o postales, pintaban cuadros o se llevaban objetos de recuerdo para adornar sus salones. Bartolomé de las Casas retrató la crueldad de los conquistadores. Montaigne glosó sus viajes como ejemplo de la diversidad de modos de vida. Darwin siguió una larga tradición de expediciones científicas, y de sus notas y sus dibujos surgiría un giro copernicano para la biología. Montesquieu imitó el epistolario del viajero en sus Cartas persas, y Cadalso le imitó a él en sus Cartas marruecas. Los diarios de viaje integran un verdadero género literario, que no busca tanto retratar lo que se ve como las impresiones de uno ante lo que ve.
    También hoy usamos los lugares que visitamos para encontrar en ellos algo de nosotros. Por eso les hacemos fotos, los grabamos en vídeo, los narramos por escrito, con la intención de apropiarnos de ellos, además de hacerlos perdurar en la memoria y atenuar así la insoportable levedad del ser. Pero lo que no se comunica es como si no existiera, es como si nos perteneciera menos. Nuestro mundo interior anhela verterse en el exterior. Por eso lo exponemos todo en ese gran escaparate de la vida (tal como la queremos enseñar) que es internet. Allí lo encontrarán, sin duda, muchas más personas que las que verían un álbum que guardamos en casa, y cientos, tal vez miles de “amigos” desconocidos conocerán nuestras impresiones en blogs o webs, en Twitter o en Facebook, y quizá nos dejen sus opiniones como estelas congeladas de su paso…
    Porque en internet todo queda (y quizá más tiempo que nosotros). Es cierto que, a la vez, todo pasa, arrastrado bajo el imparable aluvión de la permanente novedad, pero, ¿no fue siempre así? Lo único que ha hecho la tecnología ha sido intensificar lo que ya sucedía: acelera el tiempo (nuestro testimonio es inmediato, y a la vez se disipa casi al instante), multiplica la cantidad al infinito (y comunicamos más y a más, pero al mismo tiempo nuestros mensajes se arrumban en el gigantesco depósito de remotos almacenes de información). Si todo eso desborda nuestra medida es porque ha alcanzado la medida de nuestra imaginación: el Big Data es ya una monstruosa avalancha de información que nos engulle si pretendemos abarcarla.

    Confieso que a mí Facebook no me gusta. Me incomoda ir dejando cada día huellas de mi rastro vital, y estar pendiente de lo que hacen los otros. Quizá simplemente me aburra, o no me guste porque soy un solitario (también cibernético), y en tal caso no puedo reprocharle nada. Pero de entrada me parece que consume buena parte del tiempo libre, y se lo escatima a la presencia.
    Sin embargo, a veces me pregunto si no se tratará, más bien, de otro tipo de presencia. Porque no deja de ser un modo de acompañarnos, de saber unos de otros, de escabullirnos un poco del aislamiento que nos impone la sociedad de la producción. Mejor Facebook, supongo, que ver la televisión, aunque a veces parezca que es como una televisión que habla de gente conocida. Mejor Facebook, a veces, que estar solo, aunque estemos solos cuando entramos en él, aunque consista en una vida postiza. Porque hay presencias que parecen virtuales, y virtualidades que quizá tengan más solidez que algunas presencias. Claro que nada podrá sustituir al gesto, a la mirada, al contacto físico, pero es evidente que no se trata de sustituir, sino de complementar, incluso de interpretar, como las cartas y los libros, como las fotos y los diarios.
    Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, ciberesfera adentro… La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible. Allá donde vayamos (también en internet) no encontraremos más que nuestros ángeles y nuestros demonios. Esos son nuestros testimonios de viaje. Ni más ni menos.

    El príncipe de la libertad

    El príncipe de la libertad por @jrherreraucv

    La hipocresía es una de las pasiones más tristes, y quizá la más arraigada en el alma de la demagogia populista. Decía Maquiavelo que la mayoría de los moralistas a ultranza, tanto los que sustentan el poder como los que aspiran a obtenerlo, habitúan maquinar toda suerte de perversiones para luego condenarlas en pomposos discursos y declaraciones públicas. Una práctica, por cierto, que ha sido empleada hasta la saciedad por gansters, fascistas, nacional-socialistas y estalinistas sin miramiento alguno. Siempre hay un “chivo expiatorio”, un enemigo externo o interno. Da lo mismo, siempre y cuando los resultados sean los de mayor beneficio para “la causa”, es decir, para sí mismos. Siempre conviene asumir el papel de víctimas, por más victimarios que se pueda llegar a ser. La infamia –esa suerte de escabiosis del espíritu– corroe la vida de una sociedad que yace secuestrada por el populismo, hasta que, finalmente, la degrada y envilece. El éxito totalitario se consolida cuando logra fracturar la adecuación de forma y contenido.

    Maquiavelo príncipe de los filósofos.

    Hay pensadores que, por oponerse abiertamente a las mascaradas características del poder omnímodo, han recibido el peor de los maltratos: la dis-torsión de sus propias ideas. Y, una vez que se las tuerce, se las transforma –Orwell, 1984– en anuncio publicitario, en alimento canino, porcino y, finalmente, ovino. Se hace de sus conceptos fórmula lapidaria, convenientemente disecada, homogeneizada y pasteurizada: apta, en fin, para el consumo masivo de la multitud. La lista es amplia. Y, antes de entrar en materia, solo bastará con mencionar a dos de sus víctimas: Dante Alighieri y Baruch Spinoza. El primero, nada menos que el creador del exquisito linguaggio italiano, ha sido sometido, cual Giordano Bruno, a las brasas ardientes de un infierno inventado por la más grotesca imaginación –en realidad, el Inferno descrito por Dante en la Comedia es gélido, álgido–, condenado a vivir en “la tumba”, que es como decir en uno de los “cuadros dantescos”, de los que tanto gustan hablar políticos de oficio, profesores mal informados y periodistas ligeros, quienes, da la impresión, hasta el sol de hoy no han tenido la oportunidad de leer una de las contribuciones más geniales producidas por la inteligencia humana, motivo e inspiración, entre otras grandes obras, de la Fenomenología del espíritu de Hegel.

    Los farsantes de la filosofía macarrónica, lectores empedernidos de manuales y breviarios, fanáticos de las frases hechas, de la supuesta “ética” de la “autoayuda” o de las simplicidades de un materialismo crudo, al estilo de “el hombre no es más que lo que come” –Feuerbach: “der Mensch ist nur das, was er esse”–, han vendido la figura del divino Spinoza como la de un ateo, un materialista, un promotor del culto al cuerpo, de la sensualidad y de las pasiones. Todo un precursor de la vie bohème, los cabarets, el carnaval, la cumbia, el tango de arrabal, la lambada o el reguetón. Hugh Hefner, en la distancia, aparece como un auténtico “niño de pechos” –valga la metáfora– ante este “retorcido” fundador del porn-party filosófico con las que ciertas lecturas afrancesadas –al estilo Negri– han mancillado el nombre de Spinoza. Juzgado, excomulgado, incomunicado y sometido al escarnio público, su magnífica Ethica, demostrada geométricamente, sigue siendo, muy a pesar de todo y de todos, uno de los más elevados templos –Deus sive Natura– de la vindicación de la razón y de la libertad concretas.

    Maquiavelo no es por cierto la excepción, sino, más bien, todo lo contrario. Por “maquiavélico” se entiende la premeditada y alevosa acción del maquinador pervertido, del malvado, del sociópata. En este sentido, se habla de cierto psiquiatra, quien se complace en mover los hilos del cinismo tras bambalinas, como de un asiduo discípulo del pensador de Florencia. “Maquiavélico”, se dice de él. Que se sepa, Maquiavelo nunca fue “tocado por los dioses”, como sublimemente Hölderlin definiera el morbo del desquicio. Tampoco su sonrisa –la sonrisa de Maquiavelo– da cuenta del manifiesto resentimiento de quien usa y abusa barbáricamente del poder con el único objetivo de vengarse. La suya es, más bien, y como observa Maurizio Viroli, una sonrisa amarga, porque se propone denunciar “la crueldad, la mezquindad, la mentira y la ferocidad de los simuladores de oficio”. Maquiavelo, en efecto, exhorta con todas sus fuerzas a derrotar la tragedia representada por la vida natural, esa ciega Fortuna inscrita en el Estado de naturaleza, imponiendo sobre ella la fuerza civilizatoria de la Virtù, cabe decir: de la libre voluntad como conquista suprema de la razón histórica. Y, sin embargo, desde que Federico II de Prusia publicara aquel tristísimo opúsculo, El anti-Maquiavelo, el autor de El Príncipe ha sido objeto de un auténtico caudal de maldiciones. El fundador de la filosofía de la praxis ha sido marcado, estigmatizado, como un demonio por los demonios, quienes han visto, no sin preocupación, el hecho de que hubiese puesto al descubierto los “misterios” que hipócritamente oculta el poder de los tiranos.

    Entre los embriagados por la ira prepotente y los embargados por la tristeza, Maquiavelo se abre paso, porque sabe bien que en medio de las peores dificultades se haya oculta la oportunidad. Si la voluntad quiere ser voluntad libre debe resistir y superar las determinaciones –los obstáculos– que ella misma se ha fijado. Introducirse en la objetividad de las cosas, en “el mundo externo”, no significa deshonra alguna. Para que la voluntad libre sea mucho más que un simple desiderato, para que sea realmente voluntad de verdad, tiene que abandonar sus pretensiones de supremacía sobre la menudencia y la cotidianidad. La patria “pura”, la democracia “pura” o la libertad “pura” son pura arrogancia, pura indeterminación: son la nada. Lo que pretende ser satisfacción de toda tendencia e inclinación termina por no satisfacer ninguna. Si se quiere conquistar el bien es indispensable convivir con el mal, demostrar su inadecuación y superarlo. Platón afirma que “las cosas bellas son difíciles”. Y así como la unidad es el cabal reconocimiento de la unidad y de la diferencia, del mismo modo, la libertad es, esencialmente, la consciencia de la necesidad. Como dice Hegel: “Aquí está Rodas, salta aquí”. Maquiavelo es uno de los más grandes condottieri del pensamiento en clave realista. Es, sin duda, el príncipe de la libertad.

    La inversión del platonismo falsada.

    La inversión del platonismo falsada por la ciencia.

    El pensamiento de Deleuze es una inversión del platonismo que buscaba guiar la filosofía en tiempos atrapados por una ideología derivada de las ideas de Heidegger, la creencia en la existencia de unas ideas más válidas que otras había sobrepasado sus límites, llegando a la creencia de que unos grupos de personas son más válidos que otros para las ideas, dando de esta forma alimento al mayor monstruo nacionalista que conocimos. Pero mucho ha cambiado hoy y quienes querían cambiar el estatus quo bajo premisas no muy sólidas, se alían con su primer enemigo, ¿que posibilita que nacionalistas y postmodernos luchen mano a mano en nuestros días?, ¿qué errores corresponden a cadas creencias?.

    Martin Heidegger.
    Martin Heidegger

    Seleccionar, elegir y descartar constituyen los pasos del método nacionalista encarnado en la filosofía de Heidegger para Deleuze, y este mantiene que el platonismo es su exageración y la base de esta demonificación de la idea, el alemán pretendía producir la diferencia misma separando matemáticamente - pensaban - el modelo del simulacro. La diferencia platónica no se da para el francés entre modelo e imagen sino entre dos imágenes: copias y simulacros. La copia como forma ideal del original no es simple apariencia pues recibe del modelo una relación de consciencia definida, presenta reglas para reconocerla y ordenarla. El simulacro no, este es materia y puro devenir, ilimitado y operador opuesto a la Idea, falsa al mismo tiempo el modelo y la imagen. La copia válida de la imagen se presenta opuesta a los malos simulacros que no definen por sí mismos ni al fundamento de la idea ni a lo fundado por ella. Así cree Deleuze que asegura la postura nacionalista el triunfo de las imágenes fundadas sobre los simulacros, rechazando el simulacro, impidiendo su percepción, impidiendo que suban a la superficie material y se “insinúen” en todas partes. Castigar a los descartados es el punto de no retorno de cualquier nacionalismo, este al que llegó la Alemania Nazi, y al que llegarán todos los nacionalismos si no cesan en el intento.

    Es muy común pensar, desde luego lo observo muy cotidianamente sobre todo en redes sociales, la creencia de que una nación tiene existencia objetiva y subjetiva, se justifica; pues cualquier persona ajena a un grupo puede captar la resistencia que le ofrece formar parte de él, entonces estos augurios no pueden ser imaginaciones suyas, serán normas, valores, costumbres, lenguajes en los que no se puede entrar sin esfuerzo. A este ámbito grupal se le asigna el valor de nación, como una macro-agrupación de costumbres inherentes. Como una verdad nacida del hombre por su origen, y no por sus actos. Si las naciones presentan por sí una unidad de acción para tomar decisiones necesariamente lo harán por medio de una conciencia nacional que el grupo por sí solo se encarga de fomentar. Se puede viajar a un país extranjero y decir que hay diferencias entre la vida aquí y allá, pero, ¿dependen de un macro-grupo unido de forma unitaria, o de una multitud de individualidades deseosos de unirse con otros más o menos diferentes?. Si nuestra respuesta es la primera opción, las naciones deben ser la panacea del hombre moderno y sustentan una base sólida donde convivir entre algunos de nosotros (ya sabemos como; seleccionar, elegir y descartar), pero si las naciones sólo son el reflejo exiguo de una mezcla humana hacia el fin de los grupos, solo son el impedimento primero a la libertad e igualdad de los hombres.

    Lo que ocurre es que solemos confundir nación con estado, como si el estado no permitiese la objetividad y subjetividad compartida, el descubrimiento de una verdad objetiva (o al menos la verdad de una época: teoría de la relatividad, igualdad de los hombres, demostración científica o la base tecnológica actual por ejemplo) influye en las ideas que se forman unos de otros mientras expresan su conocimiento, provocándose una suerte de procesamiento subjetivo, es decir, del conocimiento que tienen unos del de los otros (Spinoza lo llamaba "Imaginación", Marx "Ideología", Averroes "Kalam filosófico"), pero pasa que en el estado el individuo - como el científico - está obligado a la demostración para sí de la objetividad, es decir, está obligado a la educación por propio interés, como también lo está a la comunicación y al diálogo que genera la subjetividad; vá! - se exclama, esas son las cosas de los políticos! - se escucha en cualquier conversación, pero no lo son. Son las cosas de los ciudadanos y si estos delegan en sus representantes estos harán igual que aquellos pues de ello depende su reelección. El estado obliga y otorga, en cambio la nación acepta el origen como verdad y proclama los actos particulares como si fueran unitarios.

    Hay otro problema muy actual, que es el de los individuos no nacionalistas que aceptan y premian la nación antes que el estado. Esto tiene que ver con la inversión del platonismo postmoderna,  consiste esta en privilegiar a los simulacros sobre las copias del modelo bajo premisas descritas en libros como Mil mesetas - libro que filósofos como Antonio Escohotado definen como la "Biblia postmoderna", cuyos principios de conexión y heterogeneidad establecen que cualquier punto del sistema puede ser conectado con cualquier otro, y debe serlo. Siendo esto aplicable a la lingüística - según Deleuze y Guattari claro, cualquier punto del lenguaje puede ser conectado con cualquier otro, y, si ocurre en el lenguaje ocurre también a nivel neuronal (en la primera parte de Capitalismo y esquizofrenia; El anti-edipo, Deleuze y Guattari realizan la crítica a la filosofía de Heidegger y la psicología de Freud, en la segunda, llamada Mil mesetas construyen la base de una nueva filosofía y psicología, apoyándose en los nuevos descubrimientos neuronales anteriores a los años ochenta y a las lagunas teóricas dejadas por filósofos anteriores) pero posteriormente, y sobre todo en los años ochenta y noventa se descubrió el conjunto de factores que influyen en el intercambio neuronal, factores electroquímicos, factores sumativos y compensatorios de cargas eléctricas, factores de capacidad de almacenamiento del neurotransmisor, de la recaptación de este u otros problemas secundarios implicados en el paso de la información, quedando claro a partir de los años ochenta y noventa que no cualquier información pasa todas las pruebas. Y aún más, en la reciente actualidad investigativa en el campo de la neurociencia, más allá del tremendo desarrollo de conexión entre áreas cerebrales que realizan las células neurogliocitas - antes confundidas con neuronas, que forman una estructura más rígida de lo que se creía en los intercambios neuronales de distintas partes del cerebro, destaca sobre manera las investigaciones desarrolladas en torno a una parte de la corteza cerebral, el precúneo - parte parietal central del encéfalo - es seguramente el principal centro de integración de nuestras redes neurales, se forma muy distintamente en los individuos investigados (resultados del trabajo de la universidad de Kioto) constatando que a mayor cantidad de sustancia gris - cuerpos neuronales lo bastante juntos y apretados entre sí - mayor felicidad, la función de esta parte del cerebro consiste en relacionar informaciones cerebrales internas con informaciones ambientales o externas, y representa por tanto una base importante para los procesos que generan autoconciencia y conocimiento concreto.
    Precúneo
    Mapa de actividad área de precúneo

    A razón de los descubrimientos científicos va quedando claro que la conexión neuronal y el paso de la información a través de esta presenta una estructura observable, y que no vale el principio de conexión y heterogeneidad arriba expuesto, sino otro que quedaría así: cualquier conexión del sistema no puede conectarse con cualquiera otra pero no puede dejar de intentarlo. Tratándose así la información no es ya que la consciencia esté retrasada - como se dice en Mil mesetas, sino que está adelantada con respecto a la naturaleza, pues no deja de prever con la información almacenada los cambios en la posibilidad de ocurrencia del ambiente interno y externo. Es más, queda claro que núnca se escribe sobre lo que no se sabe, si se escribe es por que se adelanta el saber al no saber, la ocurrencia de escribir consiste en que; solo se puede escribir sobre lo que se va a aprender ahora. No hay otra opción, de esta forma el simulacro como realidad múltiple y descentralizada, ó rizomática como decían los autores de Mil mesetas ha quedado anulado en pocos años, si no responde a una formación verdadera en el cuerpo neuronal humano, por tanto tampoco en el lenguaje y el orden de las ideas. ¿Pero, y en cuanto a la ficción?, ¿y qué ocurre en política?, ¿y si el simulacro se une de forma ideológica?.

    Pintada Deleuze postmoderno.
    Pintada de un Deleuze postmoderno.

    El simulacro es una ficción que como tal, fingida y falsa para la demostración científica, sigue teniendo para el hombre una realidad total con forma ideológica. Con real quiero decir que es un cuerpo y que este cuerpo afecta en todas las formas posibles, es decir, que es capaz de infinitas formas de afectarse, y de crear infinitas afecciones posibles a cada individuo (por ejemplo como las afecciones que se producen en una procesión de semana santa) por el solo uso de la imaginación. En la realidad ficticia y política del simulacro la afirmación nacionalista ha quedado reproducida por la corriente política postmoderna, esta corriente populista descentralizada y múltiple reivindica que todas las ideas son válidas para todas las personas, quedando asimilada a su homólogo nacionalista, ha perdido la razón de asignación, los hombres han quedado como máquinas imaginantes completamente inútiles, si solo pueden imaginar (como decía Spinoza: el hombre imagina cuando el cuerpo está afectado por alguna imagen externa que le es causa de tristeza), solo pueden decir cosas dentro de las afecciones particulares, pero no escapar de ellas. Una persona afectada de múltiples tristezas no sabe reconocer la igualdad ni ejercer la libertad - por el dicho anterior de Spinoza, es solo un individuo engañado por sus afectos y manipulado, hoy, puesto a favor del antiguo mito Nazi.

    La constitución de la sola imaginación

    Lumpencracia por @jrherreraucv

    Se dice en las Escrituras que “conocimiento implica dolor”, porque mientras más se sabe más se sufre. Es bien conocido el papel preponderante del Pathos en la teoría platónica del conocimiento. Hegel, pensador de la libre voluntad como resultado de la historia, retoma las pulsaciones del mundo clásico antiguo cuando sostiene que “las cosas vivas tienen, respecto de las no vivas, el privilegio del dolor”. De ahí proviene el hecho de que el saber implique responsabilidad. La condición adulta del saber es propia del compromiso de todo ciudadano libre. El saber se identifica con la libertad. Pero la libertad es el resultado de una ardua y dolorosa conquista, que implica la necesidad de asumir un alto grado de responsabilidad, el estar consciente y en plena posesión de la necesaria madurez que ciertos hombres maduros nunca llegan a alcanzar, a consecuencia de su palmaria ignorancia.

    Constitución e imaginación

    Por eso mismo, la sustitución del saber por la sola imaginación –las meras representaciones– es sinónimo de osadía pueril, de volubilidad y maleabilidad, pero, sobre todo, de servil heteronomía. Son esos los infantes de los sargentones cuarteleros, dispuestos a obedecer sin razón alguna, a no ser la exclusiva “razón” que dan los billetes devaluados y manchados de sangre; son los sabihondos sin estudio ni formación, repetidores de frases hechas sin causa ni fundamento; o los que disparan a discreción proyectiles mortales, con macabra frialdad, con absoluta indiferencia; son los que llegan a creer que “el pueblo” está plenamente representado en sus cuatro o cinco compinches del barrio, esos mal-andros (hombres de mal) que siguen alegremente sus fechorías. La ignorancia es cándida, ‘feliz’, precisamente porque no sabe. Poner el destino del país en manos de los muy alegres, los muy ajenos al dolor del prójimo, candidatos 'seleccionados' por el régimen para “deliberar” –¡oh, vergüenza!– en ese trasto del lumpanato, en ese “coro de vicios”, al que pomposamente se han dado la tarea de llamar “asamblea nacional constituyente”, produce, más que preocupación, un profundo dolor, una profunda y triste indignación.

    Una mamarrachada no puede ser fundamento para la refundación de un Estado. Un país que el pasado domingo 16 de Julio, y mediante un histórico plebiscito, tomó la soberana determinación de ingresar al siglo XXI, no merece semejante bufonada. Si es verdad que “se saca el pasajero por la maleta”, bastará con soportar alguna de las insufribles cadenas matutinas –que inician con una pomposa e hipócrita frase dedicada al “derecho a la información veraz”– para darse cuenta de la estrecha relación de conocimiento y dolor: un fulano “Car'e Mango” –ponga el lector el apodo de su preferencia– propone su candidatura para recomponer la economía del país. Su “logos” consiste en que lleguen completas al barrio las trescientas bolsas “clap” que les envían y no las ciento cincuenta que les llegan. Nel mezzo del camin, como diría el Dante, misteriosamente se desaparece la mitad de la carga. Pero “la constituyente” resolverá el problema, gracias a las gestiones anti-robo de bolsas de alimentos que “Car'e Mango”, diligentemente, se encargará de realizar. Y es muy probable que por sus arduas gestiones termine recibiendo el premio Nobel de Economía.

    Además de “Car'e Mango”o de “Car'e Tabla”, hay otros candidatos, de similar tenor y valía, que proponen decretar el cese de la inflación que, de modo continuo, vienen provocando los dueños de los abastos –¡esos grandes burgueses vinculados a las transnacionales imperialistas!–, con el fin de destruir el aparato productivo, el comercio y la banca. El régimen se lava las manos. No fueron ellos quienes destruyeron la economía del país, como tampoco fueron los responsables de la más escalofriante y aterradora corrupción que haya tenido el país en toda su historia. ¡No, señor!: fueron los tenderos, los panaderos, los fruteros, los ferreteros, los farmacéuticos, etc., quienes, junto con “el Pelucón”, y en macabro plan terrorista, crearan esa “sensación de crisis” inflacionaria que, por supuesto, no existe. Porque la hay, pero, en realidad, no la hay. Y de haberla, ¿cuál es el problema?: la constituyente lo resolverá todo. Resolverá desde los problemas del robo de los cables del “ferro”, la aprobación del “sueldo único” para todo el mundo, la desaparición de esa chocante meritocracia y de la autonomía universitaria, la dotación de medicamentos para los hospitales, la repartición de lo que queda de propiedad, la recolección de la basura en todas las ciudades y pueblos, hasta las colas para el pan, el transporte público, el golpismo mediático, la falta de alumbrado, la escasez, los cráteres en calles y aceras, el olor a orine. O sea, todo, hasta el infinito y más allá. Eso sí: no se tocará “ni un milímetro” la Constitución del '99. Sólo se eliminarán algunas partes y se “profundizará” en otras, con el fin de “mejorarla”, según las recientes declaraciones hechas por su principal promotor.

    Se dice que la Constitución del '99 fue un traje hecho a la medida, es decir, fue diseñada “a la medida de Chávez”. Pues bien, la eventual Constitución que salga de este dramma giocoso constituyente, que se le pretende imponer a la sociedad a punta de barbarie, y en el supuesto caso de que se llegase a efectuar, tendría el corte de un pantagruélico liquiliqui en tonos de rojo sanguinolento y de verde militar, como la última expresión, el último “grito de la moda”, del gobierno del lumpen boliburgués. Pero, con él, también tendrá lugar el último episodio de la última satrapía de la historia nacional.

    Ninguna constitución está pensada para la resolución de problemas puntuales o circunstanciales, a menos que la ignominia del grosero populismo haya recubierto por completo, con su colcha de retazos, la inteligencia de su pueblo. Una Constitución funda un Estado, no un circo. La unidad en la diversidad de una república, la conservación y sostenimiento de una nación, su defensa y perfectibilidad, su riqueza y desarrollo integral, son asuntos que tienen estrecha relación con la realidad efectiva de las cosas, con la wirklichkeit, no con la realidad inmediata, con la realität. Poner cables nuevos, tapar huecos, combatir la criminalidad, suministrar medicamentos, es decir, cumplir con las labores habituales que hace años el régimen dejó de cumplir, es una obligación de quienes administran los poderes públicos. Pero eso nada tiene que ver con los fundamentos y las estructuras sobre las cuales se sustenta el Estado. Un fraude, como se ha dicho, se pretende urdir. Y es muy difícil que un pueblo en consciente rebeldía permita la instauración de una lumpencracia. Sólo el laborioso camino del dolor puede garantizar, al final, el contento del espíritu del pueblo.

    http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/lumpencracia_194159

    La solución a la ideología

    La solución a la ideología para Deleuze

    Deleuze y Foucault sobre el proceso de poder entienden que la rotura del Marxismo en la organización del comunismo se da desde Lenin, el comunismo ejerce en teoría la resistencia al poder ubicándolo en la clase proletaria.



    "El poder carece de homogeneidad, pero se define por las singularidades, los puntos singulares por los que pasa" (Deleuze Gilles. Foucault, p. 51).

    "Las relaciones de poder son inmanentes a todas las relaciones (procesos económicos, relaciones de conocimiento, relaciones sexuales…)" ( Foucault Michel, Historia de la sexualidad. p. 114)

    Multiplicidad en Deleuze.

    Tras años de fama sin igual para los filósofos encabezados por las ideas de Marx, parece que a mediados del siglo XX ya no es principal el problema de la alienación y la ideología, el individuo identificado con la conciencia no puede salir del gran laberinto comunista. Se trata de definir la historia no vivida de los deseos, de practicar una política aún inconsciente en todos - dentro de - los individuos, la misión del filósofo es - en palabras de Deleuze - escribir para el analfabeto, para quien no tiene conceptos para organizar sus palabras, es decir, para dar razón por afecto.

    La posibilidad de una mayoría de relaciones singulares que no estén sujetas a ideas confusas y vagas, continúa en la consecuente libertad de los hombres (que actúan conforme a su naturaleza para Spinoza, Hegel, Marx o Deleuze), pero esta libertad es un mito cuanto menos, la diferencia es que Deleuze entiende la coacción real como una relación singular de poder, como multiplicidades ejercidas entre los individuos. El mito - por decirlo con la palabra de Platón - es la ideología como instrumento del estado, o la represión, Deleuze dice; en realidad lo que hay son devenires individuales, es decir, es el individuo a través de su forma de afectarse o entender el que transforma la propaganda política y la prohibición legal, para resultar - después de un proceso deseante muy personal en todos lo casos - en el acto de ejercer poder o de padecerlo.

    La ideología para Marx parece un producto asimilado por el obrero como tal, no hay diferenciación en esto, no se explica más - cabe recordar que apenas existía diferenciación productiva y el grupo de ideas vagas que fácilmente se formaban la mayoría de trabajadores no diferían mucho en general, desde luego es una cosa que no pertenece al individuo, ya que es algo externo a él, que cambia la expresión de los actos del individuo por unas ordenes externas transformadas en una forma de ver el mundo - por enajenación o alienación, o ideología. Existe en cuanto a que forma una realidad percibida; una ideología general "en el ambiente", me puedo imaginar una niebla espesa que flota en el aire, que te contagia. Entonces desde Marx, se puede pensar que la ideología funciona así de simple, es una cosa abstracta y con errores, formada por imágenes pasionales y obligaciones alienantes, y que, bueno, todos los padecidos lo padecen e idean - idear al modo de los ideólogos que ni son libres ni conocen la verdad - de formas parecidas. Pero esto es absurdo, quiero decir que Marx como lector de Spinoza, y sabiendo que se vale de Spinoza para lanzarse a la praxis de conseguir la libertad de la razón en los hombres, partiendo de cualquier imagen confusa (como se muestra en el artículo: La deducción de la creencia y la imagen) y al reconocer esta multiplicidad, no tiene sentido el entendimiento de que todos los hombres asimilarían de la misma forma la ideología. Y por supuesto se destruye esta idea posible en Marx - muchos políticos de izquierda así lo creen - en las numerosas ocasiones en que Marx señala los beneficios de la apertura al mercado global y la diversificación de la producción durante sus artículos en el New York Tribune, en los primeros años de su estancia en Inglaterra. Posteriormente escribe el Capital, ya empapado de las teorías económicas de la época, en esta estadía, quizá se basase en la diferenciación entre los supuestos de vagueza y conformismo - que era la explicación liberal al no razonamiento de la mayoría - con su concepción de la ideología como fuerza de igual magnitud al razonamiento, en cuanto a contenidos y realidad, y que por tal, solo fuese de esperar un sangriento fin para la postura capitalista. Esto lo pienso por la aceptación positiva que tenía para él la diversificación del mercado, y que, no fuese para él muy probable alcanzar el estado de más libertad y diversidad, que es su comunismo final. No está claro, entonces, si El Capital de Marx y Engels es un libro apocalíptico, o un libro mal editado - pues gran parte de él se publico postmorten editado por Engels, o mal entendido (que será lo más sensato) pues parece que nace ese interés en Marx tras un considerable optimismo en las políticas de Abraham Lincoln en Estados Unidos.  Por otra parte si que se ha entendido y legislado el comunismo posterior a Marx como una unidad materialista "absoluta", en el comunismo ya desde Lenin. ¿Sería un primer golpe para los individuos asimilar "que les habían robado el yo"?, ¿sería este un interés de Marx?.

    Posteriormente, teniendo todo lo anterior en consideración, el problema de la filosofía política para Deleuze no tiene que ver con el estado de derecho - como piensan los conservadores, ni con la defensa de las libertades - como piensan los liberales, ni con el control del modo de producción y de reproducción - como piensan los marxistas. Los marxistas han tratado su revolución como una forma de romper la evolución cultural, creyendo así poder cambiar la evolución genética. Si pensar el acontecimiento singular y no el movimiento político general es hacer política - para Deluze, aceptar que es el individuo quien ejerce cada vez más libertad a través de una razón trabajada y diversificada, es decir, múltiple, consigue este que él - el individuo - desde su individualidad sea el motor político del estado.

    Hasta aquí, una cosa es clara; la política también consiste -para Deleuze, en la historia no visible de las afecciones, en la expresión de los afectos o la libertad en los hombres, la política se produce por ejemplo al ver una procesión de semana santa, estos espectáculos producen al espectador una suerte de afectos de ese sufrimiento, de frustración: la corona de espinas - todo es política ligada a la imagen, la sangre en forma de lágrima cayendo del lagrimal, etc. Todos los estímulos son singulares, las afecciones remiten a esa singularidad, y los miedos, tristezas y sufrimientos de los individuos, se expresan de modos múltiples aunque todos sean producidos por un poder central, por ejemplo, la inquisición española, de ahí se sigue que la causa política es el afecto mismo, aunque se produzca por ordenes de un gobierno central. Otro ejemplo, en el mercado libre capitalista, todo es política: los vestidos de la Barbie, los coches de carreras, la camiseta de el equipo de fútbol o las ofertas de tu supermercado de confianza, política es el hecho de asignar a las imágenes afectos, desde ese momento se convierten en afecciones, y, se produce una relación de poder entre el objeto y el sujeto, la política real, siempre consiste en una relación de poder entre dos cuerpos, en el que uno padece más que el otro, por esto, para Deleuze eso que llamamos política estatal, no es más que acciones destinadas a paliar esos desequilibrios de poder singulares, y , por proceder de forma estatal y unitaria no lo consiguirá de esta forma, por que las personas piensen y actúan de diferentes formas.

    Otra opción es la libertad, libertad para el que padece mayores desfavores afectivos, para el que menos sabe, para el analfabeto - que es para quien escribía Deleuze, como hoy saben los publicistas y los filósofos lógicos, si deducimos de una proposición sus consecuencias y causas, las variables próximas y la forma de relacionarse con ellas, la publicidad que se basa en imágenes que incitan a la necesidad del objeto - mediante motivos emotivos - deja de surtir efecto. Es decir, ejerceremos una política con libertad, y no coaccionada por afectos.

    Desde la visión política de Deleuze, no existe un líder individual que pueda llevar adelante la transformación de la sociedad, ni una imagen proletaria global que sirva a tal fin, esta es la crítica de Deleuze al Marxismo y a las demás culturas políticas. El deseo de política en el ser humano es el fin último de su libertad y razón, y para ello, ¿Son los representantes políticos un impedimento a la democracia, ademas de una necesidad para unos tiempos de extrema afección publicitaria?.


    La dignidad humana

    El entrelazamiento de la libertad, el honor, la honra y la dignidad

    Hay una idea que nos distingue claramente como seres humanos, un concepto clave que se ha dejado de lado en demasiados debates y se ha pasado por alto en bastantes juicios, el concepto de dignidad.

    niño


    La palabra dignidad proviene del latín dignitas que significa excelencia o grandeza, esta idea se instauró en la civilización occidental mayormente con el cristianismo, el que en la teoría manifestaba que al ser el hombre creado a semejanza de dios poseía también una dignidad de la que no podía escapar, por lo tanto es un ser valioso en sí mismo (aunque no por sí mismo). En contraste con el cristianismo surgió el posmodernismo, el que se ha instalado en muchos sectores de estudio desde mediados del siglo XX, el cual considera al hombre como productor de verdades, y enfatiza que él es su único dios, poseedor de una dignidad y de un discurso que deben ser escuchados, alimentados y cuidados; mucho de la teoría comunista y de la revolución francesa tiene que ver con esto, todos los hombres son iguales y tienen derecho a igualdad de oportunidades; aunque el problema sea enfrentar esa dignidad que nos iguala con la libertad que nos separa.

     Los griegos creían, con justa razón, que la libertad venía después del nacimiento (la existencia precede a la esencia), de hecho llegaba muchos años después, cuando el hombre obtuviera ya la facultad de descubrir la palabra y convertirse en ciudadano; por esto la libertad como concepto tendría un nacimiento eventualmente político a priori y jurídico a posteri. "Digno" sería entonces no cualquier ser por el hecho de nacer (entiéndase hombre o animal, aunque el animal merezca respeto), sino más bien el ser que sea capaz de llegar a ser libre, esto es, que tenga la capacidad de aspirar a la grandeza de la libertad, la excelencia de poder elegir y obrar por sí mismo.

     Es así como nacen los derechos humanos, los cuales representan cierta garantía para que cada hombre pueda desarrollarse de la manera más idónea y tenga la opción de llegar a convertirse (rescatando los términos griegos) en un ciudadano libre. Estos derechos nacen luego de las atrocidades cometidas durante la segunda guerra mundial, y fueron declarados el 10 de diciembre de 1948 en París por la Asamblea General de las Naciones Unidas, hecho que fue considerado un hito en la historia, ya que es el primer documento que debe definir jurídicamente la protección a la dignidad del ser humano; esta declaración representa la esperanza depositada en el otro como semejante. El hombre en su propia libertad impone sus derechos, ya que la libertad no es algo que se posea, es algo que se cuida porque puede perderse, la libertad se ejerce, no se llega a ella jamás; por esto muchos la consideran erróneamente como una utopía, su vida es tan corta que parece una ilusión.

     La palabra derecho viene del latín directus que significa recto, lo interesante es que en la antigüedad se tendía a asociar esta palabra con el lado fuerte del cuerpo, por lo que se puede relacionar el derecho con la fortaleza para ser libre y ejercer la justicia (o incluso padecerla), así como lo demostró el brillante ejemplo que nos dejó Sócrates al depositar su vida en pos de este concepto. Somos libres en la medida en que podemos ejercer nuestra libertad en un mundo hostil, siendo capaces de creer en la justicia con tanta fuerza como para vivirla, pero también somos libres en la medida que seamos capaces de identificar como ciudadanos las injusticias en el propio libro jurídico, considerando la dignidades y libertades de nuestros semejantes, ya que de lo contrario, caeríamos en la contradicción. Por todo esto, que un ciudadano diga que espera que sus hijos nazcan libres no implica necesariamente que puedan elegir desde el nacimiento libremente, sino que ellos podrían llegar a desarrollar su dignidad hasta hacerla libre.

     Cuando escribo sobre un mundo hostil lo hago conociendo en cierta medida que estamos anclados a un lenguaje, esta es una de las principales razones de que las masas cuando hablan de un dios hipotético en redes sociales por ejemplo, sean capaces de fundamentar contradicciones al pensar en cómo sería la libertad posible de este dios, ya que pensamos erróneamente en una libertad incluso para contradecirse a sí mismo, mientras que en realidad la libertad no busca la contradicción, busca la verdad. Por esto, el concepto de dios no debe ser asociado con el de libertad sino con el de verdad, como he manifestado en otros artículos, el hombre no puede ser su propio dios y buscar hacer lo que quiera porque inevitablemente caería en la contradicción ante la realidad; para ser libre el hombre debe encontrar su verdad, en esto se entrelaza el lenguaje, que nos ata, a "la libertad" como idea. La libertad no es el término de algo, la culminación, la libertad es el grado máximo en el que el hombre puede desarrollarse, escapar a su lenguaje e inventar otros nuevos; aquí nace la importancia de la filosofía, porque es a través de ella como cuestionamos nuestro lenguaje. Ergo, encontrar una verdad y desarrollarla, es encontrar el honor que impulsa el deseo de libertad constante, sean cuales fueren las circunstancias. De ahí que el poeta alemán Hans Sachs pusiera en los labios de Diógenes esta frase cuando se dirigía a Alejandro Magno: “Vos sos el siervo de mis siervos”.

     La dignidad siempre la posee el otro, lo que uno puede llegar a poseer es el honor el que se construye y defiende, por ello quizás este concepto se toca bastante en las morales guerreras de la historia, podemos verlo en la el suicidio de Ajax o en el mismo sepukku de los samurais. El honor es construir algo de lo cual sentirnos orgullosos, por esto la libertad es la capacidad de proteger el propio honor, la dignidad propia, mantener la posibilidad de llegar a ser libres y tener la opción de elegir cómo ejerceremos la ciudadanía. Sócrates ejemplifica bastante bien el concepto del honor con su muerte enseñándole al hombre de todos los siglos la importancia de no perder la fuerza de la palabra, es relevante notar que Sócrates tenía todas las oportunidades para poder escapar al resultado de su juicio, pero Platón nos narra que esa noche, en sueños, Sócrates se encontró con las leyes las que les explicaron que si se despegaba de ellas perdería el honor, la dignidad y la ciudadanía.

     El honor puede tener tres visiones según mi criterio, la visión guerrera-política, la cristiano-religiosa y la secular-individual, en la primera el honor debe ser manifestado a viva voz y estar sujeto al escrutinio público (honra); mientras que en la cristiana el honor depende del símbolo que nos llega a través de un espejo que llamamos divinidad (santidad); en un honor más individualista el honor depende de la correcta estructuración de nuestro ser en solitario (honor en sí), concordante con la palabra. Política, religión y jurisprudencia mezclados en un sólo concepto a través de la historia porque, dicho sea de paso, han tenido mucho que ver en su entrecruzamiento. La dignidad, el honor, el derecho, la verdad y la libertad.

    El pensamiento de Marx como religión.

    De las malas lecturas y otras intoxicaciones por @jrherreraucv

    Desde siempre, la lectura de los llamados “clásicos” del marxismo –especialmente en el seno de las organizaciones políticas que suelen autodefinirse como socialistas o comunistas– tuvo una característica esencial: el dogma. Desde que su entrañable amigo de toda la vida, Federico Engels, con mucha buena fe, se encargara de poner (setz) sobre la obra de Marx nombres y etiquetas, incluyendo “post-it” de todos los tamaños y colores, hasta formar una suerte de index enciclopédico de “cómo ha de leerse”, sus discípulos hallaron un terreno fértil para considerarla, en unos casos, como “la nueva concepción del mundo y de la historia” en clave materialista (es decir, empirista) o, en otros, como una nueva teoría económica, “científica” y “exacta”, de la que se deriva un “método universal” de conocimiento de la naturaleza y de la historia. Del primer registro de lectura surge el materialismo dialéctico y del segundo el materialismo histórico. En una expresión, dos adefesios. Entendimiento reflexivo mediante, tanto en el uno como en el otro privó la fe por encima de la verdad, porque “lo que no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el claustro de María”. Ese fue el contexto hermenéutico general que un habilidoso político ruso llamado Vladimir Ilich Ulianov encontró para poder apropiarse de la franquicia, al punto de convertirse en el apóstol de las sagradas tablas de “la nueva verdad” revelada: ¡Aleluya!

    Lecturas intoxicadas

    Todo conocimiento reflexivo –todo extrañamiento de la forma y del contenido– termina en religión, afirma Hegel. Max Weber lo confirmará más adelante, en aquel extraordinario ensayo sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo. El haber adulterado la Kritik –núcleo fundamental de la filosofía de Marx– para hacerla “potable” y “digerible”; el haber, como dice Sartre, vulgarizado un pensamiento, con el objetivo de embaucar a los “trabajadores de todos los países del mundo”, como exhorta el Manifiesto, trajo, sin duda, terribles consecuencias: bajo la versión de la sotana bolchevique o de las togas de seda china, Marx aparece como el profeta iniciador de una novísima religión, como el iluminado fanático que inspiró las muertes de centenares de miles de rusos y chinos. Nada menos que “el padre espiritual” de la revolución de octubre o de la revolución “cultural” –da lo mismo–, de sus asesinatos, sus persecuciones, su terror desde un Estado autocrático y totalitario. Ese Marx desdibujado, orientalizado, secuestrado por la ambición de los ignorantes, fue el que recibieron con fascinación los hermanos Castro. Ese fue el “Marx” que aprendieron en cartillas y manuales de tercera los resentidos sociales que hoy se aferran al poder en un país que –¡oh, milagro!– saquearon hasta la depauperación, la mengua y la miseria como nunca antes en su historia. Pésimos lectores, intoxicados por breviarios y resúmenes, poseídos además por un arraigado sentimiento de retaliación, por una inagotable sed de odio y venganza, insisten en “aplicar” modelos que carecen de toda consistencia empírica y, sobre todo, histórica. Se creen poseedores de un “método infalible” –la “dialéctica materialista”– que ni es un método ni, mucho menos, es dialéctico. Da lo mismo el nombre del catecismo: “el libro rojo”, “el libro verde”, “la idea zuche”, “el plan de la patria”. El resultado siempre es el fracaso. Todo lo que tocan lo arruinan, y últimamente lo manchan de sangre.

    Es verdad que Popper, férvido intérprete de líneas gruesas y planas, con el mayor desparpajo, alinea a Platón, Hegel y Marx como los promotores principales de las ideas totalitarias y los autoritarismos. Pero conviene enfatizar en el hecho de que Stalin, Mao, Gadafi, Hussein, Kim Il-sung, los Castro o el galáctico del llano no solo no representan el pensamiento de Marx sino que son su negación radical. Apropiarse de un pensamiento, adulterarlo, momificarlo, para terminar fundando sobre su osamenta un cartel no era, precisamente, el plan desarrollado por la Kritik. Marx no es, por cierto, la excepción. Algo similar ha sucedido con Nietzsche, con Freud y hasta con Einstein. Tristísimo escenario el contemplar lo mejor del pensamiento alemán al servicio de los fanatismos, el aplastamiento de las libertades y el malandraje criminal. Bastarán dos ejemplos, a objeto de precisar las distancias que generan semejante confusión. La figura del dictador es de origen romano. Y, en efecto, fue Tito Larcio quien por primera vez propuso a la República la designación de un gobierno extraordinario y de breve lapso que confería a una persona la autoridad suprema en momentos de crisis. Nombrado por cónsules mediante aprobación consensuada del Senado, una vez culminada la crisis en cuestión, el dictador daba por terminadas sus funciones y el poder retornaba a las manos de la República. Es lo que hoy se podría denominar un “gobierno de transición”. Cuando Marx propuso para los tiempos de crisis orgánica una dictadura en manos de las fuerzas productivas de la sociedad civil se refería justamente a esto. Su modelo no era ni Pinochet ni Kim Jong-un ni, mucho menos, Maduro. Pensaba en la construcción de una sociedad libre, de un Estado ético, como lo define Gramsci, en el que imperara la formación cultural, la educación y el consenso, muy por encima de los autoritarismos imperialistas de origen asiático. Que se tratara de una utopía es, tal vez, discutible. Pero aproximar su pensamiento con el de los Mycena sanguinolenta, sedientos de “honores, riquezas y sensualidad”, tal como define Spinoza lo “vano y fútil”, es una ofensa a la historia de la inteligencia.

    Cuando el presidente Lincoln anunció la derrota de las fuerzas confederadas del sur, Karl Marx, articulista para entonces del New Yorker, le escribió una carta, manifestándole su sentida y sincera satisfacción por la derrota del esclavismo y el atraso cultural de una manera de ser y producir incompatible con los tiempos modernos. Hora del avance tecnológico, de la diversificación de la producción y del mercado. Una cosa es la creación de riqueza con la debida justicia social y otra muy distinta la siembra de plantitas de acetaminofén o la creación de cooperativas que rayan en el siglo XIX para tapar el sol con un dedo, o el fracaso rotundo de un “modelo” de producir incapaz de producir. Más respeto con el pensamiento. Tener derecho a decir que no es, además, una responsabilidad. Como las bombas que lanzan una y otra vez, no sin saña y crueldad, así es la forma mentis –si acaso la poseen– de ciertos tanatoprácticos o grises forenses de las ideas.

    http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/las-malas-lecturas-otras-intoxicaciones_185292