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Spinoza: Conclusión Tratado Teológico Político.

Lectura de Spinoza en Tratado Teológico político, "Tractatus theologico politicus" Baruch Spinoza, 1670. Traducción: Atilano Domínguez.

Humo Teológico.

Con esto hemos demostrado:

1.º) que es imposible quitar a los hombres la libertad de decir lo que piensan; 2.º) que esta libertad puede ser concedida a cada uno, sin perjuicio del derecho y de la autoridad de las potestades supremas, y que cada uno la pueda conservar, sin menoscabo de dicho derecho, con tal que no tome de ahí licencia para introducir, como derecho, algo nuevo en el Estado o para hacer algo en contra de las leyes establecidas; 3.º) que cada uno puede gozar de la misma libertad, dejando a salvo la paz del Estado, y que no surge de ahí ningún inconveniente que no pueda ser fácilmente reprimido 4.º) que cada uno puede tener esa misma libertad, sin perjuicio tampoco para la piedad; 5.º) que las leyes que se dictan sobre temas especulativos son inútiles del todo; 6.º) y finalmente, que esta libertad no sólo puede ser concedida sin perjuicio para la paz del Estado, la piedad y el derecho de las supremas potestades, sino que debe ser concedida para que todo esto sea conservado. Pues, cuando, por el contrario, se intenta arrebatarla a los hombres y se cita a juicio a las opiniones de los que discrepan y no a sus almas (animi), que son las únicas que pueden pecar, se ofrece a los hombres honrados unos ejemplos que parecen más bien martirios y que, más que asustar a los demás, los irritan y los mueven a la misericordia, si no a la venganza. Por otra parte, los buenos modales y la fidelidad se deterioran y los aduladores y los desleales son favorecidos; los adversarios triunfan, porque se ha cedido a su ira y han atraído a quienes detentan el poder al bando de la doctrina de que ellos se consideran los intérpretes. De ahí que se atreven a usurpar su autoridad y su derecho; y alardean sin rubor de haber sido inmediatamente elegidos por Dios y de que sus decretos son divinos, mientras que los de las supremas potestades son humanos; y pretenden, por tanto, que éstos se subordinen a los decretos divinos, es decir, a los suyos propios. Nadie puede ignorar que todo esto contradice de plano a la salvación del Estado. Concluimos, pues, como en el capítulo XVIII, que nada es más seguro para el Estado que el que la piedad y la religión se reduzca a la práctica de la caridad y la equidad; y que el derecho de las supremas potestades, tanto sobre las cosas sagradas como sobre las profanas, sólo se refiere a las acciones y que, en el resto, se concede a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piense. 

Con esto, he terminado lo que me había propuesto exponer en este tratado. Sólo me resta advertir expresamente que no he escrito en él nada que no someta con todo gusto al examen y al dictamen de las supremas potestades de mi patria. Pues, si ellas estimaran que algo de lo que he dicho se opone a las leyes patrias o constituye un obstáculo para la común salvación, quiero que se lo dé por no dicho. Sé que soy hombre y que he podido equivocarme. He puesto, no obstante, todo empeño en no equivocarme y, sobre todo, en que cuanto he escrito, estuviera plenamente de acuerdo con las leyes de la patria, la piedad y las buenas costumbres.

La esperanza, desesperadamente

Paradojas del esperar y el desesperar

Esperamos lo que no tenemos, pero solo tenemos lo que no esperamos. Quizá sigamos esperando, entonces, porque creemos tener tan poco, o porque no logramos tener sin temer. ¿Podremos algún día librarnos de la esperanza, o mejor quedarnos siempre una poca, por si acaso?



“La esperanza es una alegría inconstante”, postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: “Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices”[1]. No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: “De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca”. Pero, ¿y cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que “siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue”.

El sabio, pues, debe empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión: el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No mira más allá, a nebulosas lejanas y dudosas, a meras hipótesis o fantasmas, sino al sol claro e hiriente de las cosas próximas. No espera, porque esperar es posponer en el tiempo indefinidamente, y quizá en vano. Porque, en fin, como concluye Comte-Sponville, esperar es desear sin gozar, sin saber y sin poder.
La esperanza consiste, pues, en delegar el sentido en lo imaginario, posponer el gozo, consagrar el miedo, confirmar la impotencia. Es también abocarse a una doble frustración: primero, porque desvaloriza lo que tenemos para enfatizar lo que nos falta; y luego, porque a menudo incumple sus promesas, dejándonos ateridos de frío, con el ramo de flores en la mano, frente a la puerta que no nos abrieron y no nos abrirán. No es extraño que Chamfort le reproche con amargura: “La esperanza no es más que un charlatán que nos engaña sin cesar; y, en mi caso, la felicidad solo empezó cuando la había perdido”.
Una aliada, pues, muy poco recomendable. El Mahabharata ya la repudia, haciéndonos llegar su consejo desde el vértigo del tiempo: “Solo es feliz el que ha perdido toda esperanza, pues la esperanza es la mayor tortura y la desesperación la mayor felicidad”. No hay muchas más vueltas que dar: nuestro objetivo debe ser trascenderla, vivir sin esperanza, desesperar, como dice Comte-Sponville: el que se ha liberado de ella “ha dejado de desear otra cosa que no sea lo que sabe, lo que puede, o aquello con lo que goza. Ya no desea nada más que lo real, de lo que forma parte, y ese deseo, siempre satisfecho —puesto que lo real, por definición, no falta nunca: lo real nunca escasea—, es una alegría plena”.

Si el camino está tan claro, si se trata de ir más allá de la esperanza, ¿de dónde, entonces, procede su fuerza? ¿Cómo es posible que venza tan a menudo a la razón? ¿Por qué tantos se refugian en ella, y la han abrazado desde el origen de los tiempos? ¿Es simplemente un error enquistado en la naturaleza humana, una de esas distorsiones que arrastramos por mera ignorancia, como decía Buda? ¿O hay algo más? ¿No será que cumple algún papel en la economía de la existencia? ¿No estará respondiendo a alguna necesidad inminente, ineludible? La esperanza es lo que quedó en la caja de Pandora cuando ya todos los males habían escapado de ella. ¿Un regalo envenenado de los dioses, para asegurar nuestra desdicha, o un recurso al que aferrarse cuando falta todo lo demás?
Allá donde uno mire encuentra señales de su imperio. Ha levantado templos y ha escrito libros sagrados. Ha provocado guerras y ha proporcionado la fuerza para soportarlas. Ayuda cada día a seguir al que siente la tentación de renunciar a todo, aligera el peso de nuestros acarreos, alimenta nuestros esfuerzos. Desde su futuro inexistente y nebuloso, la esperanza nos llama: “Levántate y anda”.

Tal vez algo en nosotros necesite esas palabras, aunque no sepa si le llevarán a alguna parte. Tal vez si no proyectáramos en la esperanza nuestras carencias, sencillamente nos dejarían huecos. Quizá la necesitemos para no quedarnos sin mañana: lo que no se espera no duele, pero tampoco forma parte del futuro. Tal vez hayamos inventado la esperanza para poder sobrellevar los males, como inventamos todo lo demás: los dioses, los rituales, los espíritus… porque no nos vemos capaces de soportar la verdad cruda. Acaso tengamos demasiado miedo, y nos sintamos demasiado vulnerables. En definitiva, quizás estemos más interesados en sobrevivir que en gozar, más en aguantar que en saber, más en resistir que en poder.
El propio Comte-Sponville, tan contrario al trance en que nos sume la esperanza, tan valedor de su supresión, reconoce la dificultad de esta, y da a entender cuánto en nosotros se aferra a ella y cómo el desecharla es más un camino que un destino definitivo: “La esperanza está primero; por lo tanto, hay que perderla, y casi siempre es doloroso. Me gusta que, en la palabra desesperación, se escuche un poco ese dolor, ese trabajo, esa dificultad. Un ‘esfuerzo’, decía Spinoza, que nos haga menos dependientes de la esperanza”.

En efecto: por algo dicen que la esperanza es lo último que se pierde, por eso la guardamos en el fondo de nuestra caja de Pandora cuando ya no nos queda otra cosa. En las puertas del infierno, Dante leyó: "Los que aquí entráis, abandonad toda esperanza". Cuando el dolor es demasiado grande, quizá sea esa la peor condena.
Yo aspiro a superar la esperanza, yo no amo la esperanza ni me recostaré en sus hombros, yo procuro mantenerme a salvo de sus tentaciones de fantasía… pero admito que a veces, en secreto, comercio con ella dulces sueños. Tengo la esperanza… de que algún día ya no me haga falta, y pueda proclamar con Basili Girbau, aquel sabio ermitaño de Montserrat:

El desengaño es una cosa positiva. Si vives engañado, desengañarte es una liberación. Conforme los hombres se vayan desengañando, surgirá la luz. Se descubrirá lo negativo del engaño y quedará lo que no es engaño.





[1] Todas las citas de A. Comte-Sponville, y algunas de las de otros autores, proceden de su libro La felicidad, desesperadamente. Editorial Paidós. Barcelona, 2007.

Del Minotauro a Quirón

Del minotauro a Quirón por @jrherreraucv


“¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?”.

Jorge Luis Borges, La casa de Asterión.

“Se requiere con urgencia de un gran líder, de un conductor, de un nuevo padre que nos guíe”, clama la multitud desenfrenada, humillada y anhelante de justicia, juntando sus palmas y apuntando la mirada hacia la bóveda celeste, en medio de la mayor ausencia –la bancarrota, quizá– de las virtudes públicas que en algún momento poseyó (no pocas veces, los segundos en la historia pueden llegar a ser ciclos enteros de la eternidad). En medio de la desesperanza más aterradora, medrosa, y después de haber padecido en carne propia, entre charreteras y espuelas –no siempre uniformadas– un sinfín de “tiranuelos de turno”, de caudillos y villanos, una y otra y otra vez, ¿será posible seguir insistiendo en la exigencia de “uno más”, de otro, del “esta vez sí”? La falla tectónica sobre la cual –desde sus propios comienzos– se construyó la nación, entre las ideas y la fuerza, entre la civilización y la barbarie, sigue ampliando sus márgenes, desde cuyas profundidades abismales brotan gases tóxicos o alucinógenos –da lo mismo– que crean el espectáculo, la ficción, de la llegada de los salvadores de pies alados, sedientos de venganza, en medio de un ricorso al que, gustoso, pareciera haberse habituado el entero ser social, en la misma medida en la cual se va hundiendo en las fauces de sus propias miserias. A fin de cuentas, los hombres, como observa Maquiavelo, no son ni buenos ni malos: son tristes. Pero no hay levante sin poniente.

Marduk –becerro del Sol–, el ancestral dios-toro babilónico, asentado sobre las puertas de Ishtar con la finalidad de no admitir nada que no fuese “controlado” por él, por su despótica inclinación “natural” a la dominación absoluta y, correlativamente, por la sumisa aceptación de la esclavitud por parte de la muchedumbre, representa la preservación del dominio del Estado –interpretado, al modo oriental, solo como sociedad política–: un Estado opresor, puro y bruto, sustentado sobre el miedo del resto de la sociedad. Marduk fue llevado desde Babilonia a Creta, para ser adorado en los juegos sagrados. Ocultado por el rey Minos de los dioses que exigían su sacrificio, pronto Poseidón cobraría venganza, inspirando en Parsifae, esposa de Minos, un deseo insólito e incontenible por el toro. El resultado del monstruoso incesto fue Asterión, el Minotauro, una grotesca bestia con más fortuna que virtud, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. En él, el instinto salvaje, violento, sanguinario, controla el resto del cuerpo.

Fue la virtud de Teseo, su firme voluntad de cambio, lo que, con la ayuda de Ariadna y de Dédalo –del re-cuerdo y del ingenio– puso fin a los casi veinte años de terror del Minotauro, liberando su patria de la sangrienta tiranía impuesta por Minos y su corte de fámulos. Teseo había vencido los horrores que el despotismo orientalista le había impuesto a su tierra. El joven Teseo había sido debidamente educado por el centauro Quirón, en Tesalia. Hábil con las manos –como lo indica su nombre–, Quirón fue preceptor, músico, actor, cazador, médico, cirujano y teórico de las costumbres griegas. Mitad hombre y mitad bestia, su anatomía, de hecho, es la inversión especular del Minotauro. No tiene rostro de bestia con cuerpo humano, sino rostro humano con cuerpo de bestia. No es la fortuna, el acaso, por encima de la virtud, de la voluntad, sino la virtud por encima de la fortuna. No es la coerción por encima del consenso, sino el consenso por encima de la coerción. No es la sociedad política la que determina la sociedad civil, sino la sociedad civil la que determina la sociedad política. Quirón es, de hecho, la cabal representación del Estado occidental, republicano, propio de las naciones libres, frente al estado oriental, autocrático y militarista.

En El príncipe, Nicolás Maquiavelo sostiene que existen dos elementos a los que es menester atender: el primero es el de las leyes, el segundo es el de la fuerza. El primero –dice– “es propio del hombre”. El segundo, en cambio, es “propio de las bestias”. Y sin embargo, dado que muchas veces las leyes por sí mismas no son suficientes para defenderse de “los lobos”, “conviene recurrir a la segunda”. Toda república tiene la necesidad de saber usar, en sus justas proporciones y de acuerdo con los requerimientos del momento, esta doble condición. Todo lo cual –concluye el filósofo florentino– ha sido “veladamente enseñado a los príncipes por los antiguos escritores, los cuales describen cómo Aquiles y muchos otros de aquellos antiguos príncipes fueron dados al centauro Quirón para que los nutriese, y para que bajo su disciplina los educase. Lo que no quiere decir otra cosa que tener por preceptor a un medio bestia y medio hombre, cosa que necesita un príncipe para saber usar la una y la otra, porque la una sin la otra no es durable”. Una vez develada, la mitología clásica, muy a pesar de lo que se representa la muchedumbre, se manifiesta en todo su esplendor como fuente inagotable del saber expresada con la más bella plasticidad. Ella es, en efecto, el fundamento de toda la educación estética de la humanidad.

La libertad, al decir de Spinoza y de Hegel, es la “conciencia de la necesidad”, tanto como la virtud lo es de la fortuna y la subjetividad de la objetividad: “la fortuna demuestra su potencia donde no hay una virtud ordenada para resistirla, y vuelve sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho los diques y los resguardos para detenerla”, afirma, no sin énfasis, Maquiavelo. No se puede vencer lo que no se comprende. Quienes presumen de sus conocimientos de oídas o de su experiencia vaga o, incluso, de sus experticias técnicas –siempre abstractas, siempre mecánicas– para oponerse con ellas al Minotauro opresor, subestimándolo, no llegan a comprender que las ideas no son “mudas pinturas sobre el lienzo”, sino la sustancia misma con base en la cual la voluntad humana logra vencer las fuerzas de la bestia salvaje del poder totalitario. Recordar es reconstruir. Ingeniar es transformar el conocimiento en saber. La virtud se sustenta sobre el recuerdo y el ingenio. Su arrojo es el resultado de la astucia de la zorra más que de la ferocidad del león. Cuando las ideas, claras y distintas, se transforman en un arma de transformación no hay líder ni esperanza ni poder bestial que las detenga.

La vida no es un asunto tan personal

De causas ciegas y azares indiferentes

El Big Bang no soñaba con las estrellas. Epicuro estaba convencido de que, si había dioses, los insignificantes asuntos humanos les traerían sin cuidado. Nos gustaría creer que el universo tiene planes para nosotros, y esperamos que escuche nuestros deseos; pero los planes y los deseos son cosa humana, demasiado humana.  


Nos tomamos la vida como algo demasiado personal. Todavía estamos contaminados por ese egocentrismo infantil que nos convencía de que todo el mundo gira alrededor de nosotros. Pero la vida sencillamente sucede, el universo se expande por su cuenta, sin ninguna finalidad, y menos la de nuestra pequeñez. Nosotros no hemos hecho más que caer aquí, como vino a decir Heidegger, fruto del sucederse ciego de las generaciones y la criba en el cedazo de la evolución. Somos la confluencia fortuita de muchas causas que no nos buscaban y muchos azares que nada sabían de nosotros. Somos una flor de primavera que agosta el verano, o una seta de otoño que congela el invierno. El sentido es un capricho de nuestra mente. Un empeño que, al no sernos concedido, nos hace sufrir.
En realidad no hemos venido aquí: somos esto tat twam asi, dicen los hindúes, en un lugar y un tiempo concretos. Mañana seremos otra cosa dentro de un conjunto que será también diferente. Somos una ola en un mar en perpetuo movimiento. No nos marcharemos porque jamás vinimos. Lo que se perderá con nuestra desaparición no es más que un remolino en el río del acontecer. Nuestro drama es que hemos cobrado conciencia de nosotros mismos y hemos llegado a creer que esa idea se correspondía con algo real. Pero lo único real es el fluir constante de la materia y la energía a través del tiempo, el sucederse de formas que cambian sin cesar. A la forma le gustaría perpetuarse, pero las mismas fuerzas que la configuraron la van deshaciendo poco a poco, como las montañas que se elevan y se erosionan en su escala de tiempo de gigantes.

Tal vez lo más coherente sea vivir nuestra aventura con una sonrisa y sin grandes pretensiones. Seamos lo que somos, porque es bello y valioso; pero sin dejar de tener en cuenta que al final tendremos que entregarlo y el viento se lo llevará. Esculpamos castillos con arena, puesto que nos hace felices; pero no nos amarguemos porque al final suba la marea y los derribe. Ni la arena ha sido creada frágil para que se derrumben nuestros castillos, ni las olas la remueven con el propósito de que no quede nada nuestro. Lo nuestro solo nos concierne a nosotros, y si fuésemos un poco más sabios ni siquiera a nosotros nos importaría. Tal vez entonces podríamos recitar con Bertrand Russell: “Lo que hacemos no es tan importante como tendemos a suponer; nuestros éxitos y fracasos, a fin de cuentas, no importan gran cosa... El ego de una persona es una parte insignificante del mundo.”
Creemos que el universo tiene intenciones porque proyectamos en él las nuestras. Pero Darwin ya nos enseñó que la vida se despliega sin teleología, es una fuerza ciega que no busca nada. No hay ninguna pena esperándonos para caer sobre nosotros; tampoco se nos ha reservado ninguna alegría. Es un gozo ser amado, pero nadie ha sido puesto ahí con la misión de amarnos: sencillamente, las personas se cruzan y a veces se aman; lo cual es una suerte solo para ellas. Un día sucede que dejan de amarnos, y, como se interrumpe lo que esperábamos, nos angustiamos o nos enojamos. Deberíamos sentirnos agradecidos por el pecio que las olas trajeron a nuestra orilla, en lugar de reprocharles que se lo lleven.
Con las aversiones pasa lo mismo: el que haya quien nos odie, o nos parezca odioso, tampoco es algo tan personal, como no lo son los aerolitos que caen sobre la superficie de los planetas, llenándolos de heridas y cicatrices. Las personas se cruzan y a veces se chocan. Es normal que duela, pero, ¿qué culpa tienen los meteoritos de ir a la deriva por el cosmos y un buen día ser atrapados por un planeta? ¿Qué culpa tienen los planetas de que exista la gravedad? Y la gravedad, que es solo un rostro de la materia, ¿tiene alguna culpa? Incluso cuando una persona nos hace daño deliberadamente, ¿sabe realmente por qué lo hace? ¿Tiene una idea cabal de quién es ese a quien se lo hace? ¿Acaso ha inventado ella el odio? Cierto que eligió ensañarse con nosotros, pero lo que le empujó fue un impulso ciego, sin trascendencia, algo dentro de ella de lo cual tal vez ni siquiera sabría dar cuenta cabal. En cualquier caso y esto es lo más extraordinario no es a nosotros a quienes dirige su ataque, sino a un concepto de su imaginación que se parece vagamente a nosotros. En definitiva, su inquina es algo exclusivamente suyo, que acontece dentro del teatro de su mente, y que se proyecta en el mundo a través de una imagen. ¿Qué tiene que ver con ella nuestra realidad?

Así que el mundo gira por su cuenta, y si nosotros lo hacemos con él es por puro accidente. Nada, ni lo bueno ni lo malo, suele ser concebido pensando en nosotros: bastante tiene cada ser con pensar en sí mismo, con esforzarse en perseverar, como enunciaba Spinoza. Se dirá que de todos modos nos afecta, y que eso es lo que cuenta. Sin duda. Si estamos en el camino de una bala, la bala atravesará nuestro cuerpo; si alguien nos lanza un puñetazo, nos dolerá lo mismo aunque sepamos que aquel a quien pega no somos nosotros, sino una fantasía en la mente del agresor. Pero para la mayoría de los conflictos cotidianos, cuando no llega la sangre al río, ser capaz de no tomarlos como algo demasiado personal nos libra de muchos sufrimientos inútiles: los de la susceptibilidad, los de la humillación, los de la frustración y el rencor. Las ofensas pierden casi todo su poder, ya que apenas nos implican; el bálsamo de la compasión y el perdón nos queda más a mano para aquietar el alma. Podemos pedir sin que la negativa nos frustre demasiado: al fin y al cabo, nadie nos debe nada, y no es a nosotros a quienes rechaza, sino al mundo, a esa parte del mundo que le reclama, quizá, demasiado. Podemos liberarnos de nuestra propia fantasía de egocentrismo, salir de sus estrechos muros, minimizar nuestros apegos y mirar el universo, al fin, con ojos limpios. Y cuando somos capaces de hacer eso, estamos en condiciones de exclamar, como el protagonista de American Beauty: “¡Hay tanta belleza!”

Publicado en mi blog Filosofías para vivir /22/09/2017 

La mirada de Minerva


Una aproximación a la comprensión de latinoamérica desde el historicismo filosófico, a la luz del estudio de pensamiento de Jorge Luis Borges



José Rafael Herrera

El búho de Minerva inicia su vuelo cuando irrumpe el ocaso
G.W.F. Hegel



Athene noctua, diosa del cielo y de la tierra. Bajo las tinieblas, en la obscuridad de la noche, resulta difícil poder ver. Y sin embargo, los penetrantes ojos de Minerva son capaces de traspasar la lobreguez, de rasgar con su mirada el señorío de la noche, la dureza que se oculta, como sólida roca, recubierta por el velo de las tinieblas. Se sabe que ver es el efecto del percibir las cosas mediante la recepción de los ojos, como resultado de la acción de la luz, en tanto que el mirar es la acción de aguzar la vista sobre los objetos. Ver, pues, implica la manifestación de un medium pasivo. Mirar, en cambio, constituye un actus de suyo. Jorge Luís Borges es, en este sentido, una referencia ineludible. Era invidente: ¡pero sí que miraba! Prueba de ello es la penetración de la que fue capaz para vencer las sombras que, por años, nos han impedido –a nosotros, los latinoamericanos- con-templar y com-prender, y más aún, contemplarnos y comprendernos, en este lugar y en este tiempo que contiene todos los lugares y todos los tiempos. Más de una vez, nuestro particular Homero pudo traspasar, precisamente, el señorío de la noche, dentro del cual nos hemos habituado a vivir. Y es que, al igual que Homero, Borges tenía un don, portaba el signo de los dioses: lo asistía la mirada de Minerva.
El propósito de estas breves líneas consiste en exhortar a los lectores a mirar, y no simplemente a ver, la obra “poética” de Borges como punto de partida de una concepción del mundo que le es propia, y que tal vez sea la base de esta una y múltiple, universal y particular, pura y mestiza, filosofía.
Filosofía, pues, de la mirada barroca.
El lector se preguntará, no sin razón: pero, ¿por qué barroca? Bastará, a modo de respuesta, señalar algunas consideraciones que, quizá, permitan comprender el significado de semejante afirmación.
Lo que hace interesante el estudio de las configuraciones filosóficas sufridas por la historia no es su linealidad escolástica, o el estrecho criterio de su exposición en el museo de cera de la repetibilidad fidedigna, técnica, que habitúa separar los conceptos de sus fenómenos y circunstancias: es, como decía Lezama-Lima, en el 'saboreo' de sus sinuosas espirales, que tejen y destejen el mismo espíritu y el mismo saber, en sus más variadas -e incluso extravagantes- manifestaciones, donde reside la fuerza verdadera de su atracción. Un caso admirable, y que podría contribuir a la confirmación de este argumento, lo constituye, precisamente, “el período” barroco. En efecto, ¿Es posible pensar en la linealidad barroca? ¿Puede suponerse una separación -por más analíticamente encaminada que ésta pueda estar- entre las relaciones políticas y sociales existentes en aquél período de la historia humana y la expresión artística que en él se produjo? O, en otros términos: si puede hablarse de música barroca o de pintura barroca, ¿sería imposible hablar de una medicina barroca y de un derecho barroco, o de una política y de una economía barrocas?, cabe decir, ¿de una cultura barroca en general? Pero, más aún: ¿está confinada dicha cultura barroca a un tiempo y a un espacio irrecuperables y, en consecuencia, irrepetibles? Con relación a ello, conviene recordar una anécdota, a manera de emblema definitorio o elípticamente problemática: en la Alemania de 1800, el maestro Dionisio Weber, fundador y director del museo de Praga, prohibía a sus discípulos leer o interpretar a otros compositores que no fuesen barrocos. Un día, uno de sus discípulos, escuchó hablar de un compositor que había sido capaz de elaborar una música barroca opuesta a todas las reglas del barroco, y decidió penetrar la obra de aquél extraño e irreverente compositor, para quedar prendado de él por el resto de sus días. El extraño compositor atendía al nombre de Ludwig Van Beethoven. El joven discípulo de Weber se llamaba Moscheles. Después de haber probado, una y otra vez, la fruta prohibida, el propio Moscheles escribió: “en ella encontré un consuelo y un placer que ningún otro compositor me había proporcionado antes”.
Pero, ¿qué relación guarda esto con Borges, con su invidencia; qué relaciona al barroco con Minerva y, más aún, con la América Latina?
En realidad, el barroco es una constelación de ideas y valores, o, más bien, una de las figuras recurrentes y constitutivas de la experiencia de la conciencia social. Más aún, desde el momento en que la América dejó de ser naturaleza para devenir cultura de la crisis utópica, es decir, una vez que –al decir de Carlos Fuentes- devino cronotopía, la expresión barroca se hizo carne y sangre de la nueva civilización. El barroco, en efecto, es uno de los pilares esenciales y determinantes del desarrollo espiritual que le es inmanente al continente americano, dado que es el concreto armado, integral, con el cual aún se sigue fraguando la ancha base que sustenta el mestizaje de su cultura.
No resulta improbable, en consecuencia, que al tener la necesidad de definir en una palabra el movimiento barroco, el ensayista sienta el enfático deseo de sugerir la expresión curiosidad. El estilo excesivo que surgiere, en pleno siglo XVII, plenado de rizadas orlas gongóricas, de formas múltiples y plurales -y sólo en apariencia insustanciales-, dos siglos después terminará por convertirse en la referencia más importante de una racionalidad diversa, aunque siempre estéticamente encaminada. Los ejemplos se desbordan por sí mismos: “aparte de Cervantes, Quevedo y Sor Juana; aparte de Kondori, Alejaindinho y del propio Boturini, discípulo de Vico, los ejercicios loyolistas, la pintura de Rembrandt y el Greco, las fiestas de Rubens y el ascetismo de Felipe de Champagne, la fuga bachiana, un barroco frío y un barroco bullente, la matemática de Leibniz, la ética de Spinoza, y hasta algún critico excediéndose en la generalización afirmaba que la tierra era clásica y el mar barroco” (Cfr.:Lezama-Lima).
Pero arar en el mar –Bolívar dixit- es, por cierto, para la América Latina, el mayor de sus desafíos, y quizá su santo y seña. Cuando, en su hora, Hume alertaba sobre la uniformidad e invariabilidad de las facultades humanas, en ese preciso instante convocaba, acaso sin sospecharlo, las fuerzas de la otredad que le son inmanentes, opuestas a semejante argumento. Convocaba, precisamente allende el mar, nada menos que al spinozismo de la sustancia, inescindiblemente unido al viquianismo de un mundo diverso y culturalmente múltiple, cuya sola presencia estética e intelectiva transformaría en fragmentos la razón de su tiempo, devenida, ahora, deseo y utopía, verbo e imagen, frontera entre la razón y el sueño, dentro del poliedro del ciego vidente, de Homero a Borges. Verbo e imagen, el uno y la otra, capaces de apropiarse de todas las tradiciones culturales, a fin de mostrar, en el borgiano espejo de los laberintos -o en el laberinto de los espejos- el reflejo fiel de un ser social hechizado; reflejo, por demás, metafísico, que sin embargo siempre se niega a degenerar en sistema de sí mismo.
La imaginación -decía Cecilio Acosta, en 1879- tiene sus sueños, que no son menos que su manera de concebir las cosas: si las otras facultades del alma labran con ideas, ella labra con colores, y sus creaciones son cuadros... es como la luz, llevando delante reflejos y dejando detrás tintas hermosas. Pero, a veces, las cuadraturas de su creación rondan sin cesar, delineando los incesantes giros de un laberinto circular.
En su intento por sintetizar las culturas fundacionales del Nuevo Mundo, la imaginación, presente en la flexión de la lengua hispana, permite a Jorge Luís Borges apropiarse legítimamente de tal herencia intelectual y moral -indígena e hispana, musulmana y judía, africana y asiática- a fin de construir el espejo de una historia siempre recurrente y siempre original, que comporta, de modo esencial, el hilo de la memoria y el entramado del deseo.
Memoria y deseo son, pues, los términos dentro de los cuales, en la obra de Borges, se va gestando la crítica de las formas propias de la concepción moderna del absoluto, para hacer surgir la Imaginatio de un paisaje barroco, caracterizado por su diversidad -como dice Fuentes- policultural y multirracial. El mentor metafísico de semejante empresa hermenéutica es, no por mera casualidad, Giambattista Vico.
Así, pues, Imaginación y Diversidad: la aguda mirada –a todas luces, filosófica- de Borges da cuenta de una formación cultural plenada por la ausencia, y que, no obstante, se hace abundante y rica en determinaciones, casi siempre, rigurosamente barrocas, en virtud de las cuales se pone de manifiesto la huella indeleble, y no siempre disonante, de todos los lugares y de todos los tiempos en un solo lugar y en un solo tiempo.
La América Latina es, por un lado, un mundo ficticio, el fantástico mundo de la imaginación, el lugar del no lugar, la U-topía deseada; pero, por otro lado, y al mismo tiempo, es un continente real, el continente de la necesidad y de los encuentros, el lugar de los lugares, la topía concreta, el laberinto de La Biblioteca de Babel descrito por Borges. Indo-afro-ibero-América es, pues, un espejo, en el que sus actores no se ven, pero se miran. Más precisamente, es aquél lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. En breve fórmula, es una inversión especular en la cual una cierta caleidoscopía puede llegar a percibir, en un mismo rostro, al griego, al romano, al judío, al negro, al asiático y al indio. Eso sí: para asir semejante inversión, resulta indispensable la obscuridad, la inmovilidad y la acomodación ocular, en fin, el contraste de luces y sombras, a objeto de fijar la mirada en la empinada escalera -espiral- de la historia. Acaso, la mejor definición de latinoamérica esté contenida en la conocida metáfora borgiana presente en La muerte y la brújula, en la que las tardes desiertas se parecen a los amaneceres. O, lo que es igual, en la que los amaneceres poblados se parecen a las tardes.
Pero, precisamente, la entera historia de la humanidad, como ha dicho Borges, está situada entre el alba y la noche. Mas, en todo caso -y según Fuentes- la presencia bien puede ser un sueño, el sueño una ficción y la ficción una historia renovable a partir de la ausencia. La procesión va por dentro: la América Latina es el barroco microcosmos de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo. En consecuencia, espacios soñados y tiempos renovables. Tiempos renovables y espacios soñados. Espacios y Tiempos, Tiempos y Espacios. Imperio de lo divergente, lo convergente, lo paralelo; espacios y tiempos, tiempos y espacios, como los de El Jardín de los senderos que se bifurcan, o los de El Aleph, de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Es un hecho el que las repúblicas fundadas por nómadas ameriten –casi siempre- del indispensable concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería...:

... apenas concluyeron los albañiles, se instaló en el centro del laberinto...
No importa que el escritor argentino -lector de Croce y, en no pocos casos, cercano a su historicismo filosófico- no se refiera a temas directamente relacionados con las tradiciones culturales indígenas o africanas. Le ha correspondido a Asturias, a Gallegos o a Carpentier, esa importante labor. Sobre Borges ha recaído la responsabilidad de recrear -y conviene advertir que toda recreación es una nueva creación- dentro del espacio y del tiempo uno y múltiple de la América hispánica, toda la herencia de la cultura occidental, a fin de demostrar, por cierto, la ficción de su improbable univocidad y unidimensionalidad, y, por ello mismo, de su carácter lineal. En una expresión, Borges, por muchos y azulados desagües, heredero de Vico, ha aprendido -¡y ha enseñado!- que la América india, ibérica y africana no es la insípida réplica de una cultura monolíticamente occidental sino, más bien, su espejo, su otro correlativo, necesario e inescindible:


Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita
...
Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera a los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales
.
“Los espejos -advierte Borges- Prolongan este vano mundo incierto/ En su vertiginosa telaraña;/ A veces en la tarde los empaña/ El hálito de un hombre que no ha muerto”. Tiempo de tiempos: las rectas galerías de la historia occidental han terminado por ceder su paso inevitable, perentorio, al surgimiento de curvaturas que, secretamente, han devenido círculos, hasta delinear la ruta espiral del laberinto Ideal y Eterno. Espacio de espacios: cíclicamente vuelven los astros y los hombres, en medio de una oscura rotación pitagórica que, noche a noche, arroja a los mismos hombres en un -después de todo- no tan remoto lugar del mundo. La eternidad se concreta entonces para cifrar su inmensidad en lo mínimo, y la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura.., termina en el infinito diálogo de una substancia compartida. La historia se concentra entonces, para luego estallar, revelándose en un tropel de infinitos contrastes. Y, otra vez, la otredad se pone de manifiesto en su elemento diverso, hiriendo con su brusca luz la obscuridad de lo cristalizado impuesto, en medio del destierro y del olvido.
Como ha indicado Fuentes, a partir de Borges la narrativa hispanoamericana asume, conscientemente, la paradoja que forma y conforma el horizonte de su comprensión cultural, a fin de dar cuenta, precisamente, de su muy particular modo de construir la totalidad. Se trata de una visión universal que, por ello mismo, se expresa en toda su riqueza cronotópica: simultaneidad y secuencia, sincronicidad, tiempo progresivo y tiempo mítico, son elementos esenciales de composición, en grado diverso. Concepción -agrega Fuentes- inclusiva del tiempo, o más bien, de los tiempos “divergentes, convergentes y paralelos”, que comprende los lenguajes capaces de representar la variedad de los mismos. Diversos lenguajes que, a su vez, representan una pluralidad de tiempos.
La mirada es la profundidad misma del saber, la filosofía misna, bajo la forma de su representación estética esencial. Al decir del joven Marx, de la cabeza de Zeus, padre de los dioses, surgió Pallas Atenea. La nueva diosa presenta, aun, la figura obscura del sino, de la luz pura o de la pura tiniebla. Fáltanle los colores del día. La dicha en tal desdicha resulta ser, pues, la forma subjetiva, la modalidad con que tal filosofía se comporta respecto de la realidad: “La filosofía echa a sus espaldas los ojos (la osamenta de su madre son lucientes ojos) cuando su corazón se entrega decididamente a la creación de un mundo”.
Por encima de las ideologías, sendas que perdieron por el camino de los maniqueísmos caudillescos su talante filosófico, Borges está, hoy y para nosotros, más cerca de Spinoza, de Vico, de Hegel e, incluso, del joven Marx. Mucho más de lo que los disecadores de oficio se podrían imaginar.
Dispongámonos, pues, a la creación de un mundo, miremos más profundamente en la obscuridad del presente. Es tiempo de vencer la escisión y el desgarramiento, a la luz de nuestra particular y, a la vez, universal filosofía.





Teoría conspirativa

Cuando es el otro el culpable de mis males.

Hay quienes, desde su construcción personal, creen que todo conspira para su mal. Otros que lo hacen con motivaciones distintas, a sabiendas que pueden hacer daño, utilizan todos los medios a su alcance para beneficio personal, y en cuanto se ven expuestos utilizan la teoría conspirativa para defenderse.


Puedo afirmar que estamos hechos, blindados,
sobornados por cada camino de la niñez.
¿Tanto podemos cambiar a lo largo de la vida?
Sin embargo, algo nos remite, una y otra vez,
a esos senderos, a sus bifurcaciones, sus paradas,
sus polvaredas, sus pozos,
a los momentos de libertad insigne que nos hizo discernir.
Nos educan con cariño y rigor.
Pero sin darnos cuenta hay una libertad desesperada
que elegimos desde nuestros primeros pasos.
Hay un idioma interno que se concibe en las raíces del instinto.
Es un lugar infranqueable, es presencia, es su ardor,
que de por vida será un escudo para el bien y para el mal.
Francis Mallman.

Hay quienes, desde su construcción personal, desde ese idioma interno, creen que todo conspira para su mal. Le hecha la culpa a los otros de sus desgracias, malas decisiones, elecciones, etc. A ellos los entiendo, aunque no los justifico, pues quizá, ese camino, sendero, con sus bifurcaciones de la vida los ha marcado en ese sentimiento, convirtiéndolo en un lugar infranqueable, que los llevó a elaborar ese escudo para defenderse de la vida a veces mala, a veces cruel.

A los que no entiendo, es a aquellos que, esos senderos recorridos, esas bifurcaciones, los caminos polvorientos, han hecho mella en su capacidad de discernir, en sus elecciones realizadas.
Han tomado caminos llenos de pozos, oscuros, han modificado su capacidad de percibir lo bueno y distinguirlo de lo malo.
Lo hacen con motivaciones distintas, a sabiendas que pueden hacer daño, utilizan todos los medios a su alcance para beneficio personal, y en cuanto se ven expuestos utilizan la teoría conspirativa para defenderse.
Algunos, como el caso de los cinco jóvenes de ‘La Manada’, lo ven como algo natural:
“Hay algo peor que el cariz de la condena a los cinco jóvenes de ‘la manada’. Y es que estos no entiendan lo que ha pasado. La imagen de uno de los acusados llorando de indignación y angustia ante el juez, porque no sabía qué mal había hecho ni qué hacía allí, me parece lo más grave de todo el proceso. Ese llanto era sincero. He ahí la raíz del mal…
El tipo que lloraba ante el juez veía como algo kafkiano (que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por Kafka, en sus obras), tener que estar en la cárcel por «follarse a una chica»…
…Para él y para muchos, esas son cosas que cabe esperar que le pasen… (a la chica)
…La banalidad con la que estos chicos de barrio abusan, violan y vejan a una mujer es escalofriante para nosotros, pero no para el que vive en su mundo de valores. Y son esos valores, tan profundamente arraigados – en el instinto, en la tradición, en los grupos de referencia, en ciertas instituciones –, los que hay que deconstruir y desactivar. Están en la familia, en la calle, en los cuarteles, en las hinchadas de fútbol…”[1]
Otros, quienes han hecho de ese lugar infranqueable un escudo para el mal.
Es odio, es tristeza, es “según Spinoza, ‘el odio es la tristeza, acompañada por la idea de una causa exterior’. Es, pues, ‘una tristeza surgida del daño de otro’. Si se imagina lo que se ama siendo afectado por la tristeza, entonces pronto el odio tomará cuerpo en su contra, porque quien afecta con alegría o tristeza lo que se ama o se odia no solo afecta a dicho objeto, sino que, al mismo tiempo, se afecta a sí mismo. De tal modo que quien predica tan vehementemente sus afecciones contra el odio, en realidad, pretende ocultar el odio profundo que las anima. El más patético de los sentimientos ha servido de sustento, de fundamento, a quienes, creyendo hallarse más allá del bien y del mal, se han tomado la molestia de ponerse al descubierto la proyección de su pálido reflejo.”[2]
Odio, tristeza, el ‘otro’, el que conspira, al decir de F. Nietzsche estos hombres “son muy ingeniosos y agresivos; saben que existen otras maneras de matar diferentes a las causadas por un puñal y un golpe de mano, y no desconocen que todo lo que se dice bien’ goza de credibilidad”[3], y toda mentira que se repite hasta el hartazgo al final queda subyacente como verdad.
Son quienes “…se preocupan del momento más de lo que lo hacen sus oponentes... De esta manera, se unen con gusto a los violentos, pues se sienten capaces de actuar y disponen de recursos que la masa no comprendería ni perdonaría, mientras que, por otro lado, descubren que el César extiende el concepto de derecho del individuo hasta incluir también sus transgresiones, y que le interesa convertirse en el intérprete de una moral privada más audaz… y quiere también que los demás piensen, lo que a su modo dijo Napoleón de una manera totalmente clásica: ‘Tengo el derecho a contestar todas las quejas que me hagan con un eterno 'yo soy el que soy'. Yo estoy al margen de todos, no acepto condiciones de nadie. Deben someterse a todos mis caprichos y estimar como absolutamente natural que me entregue a tales o cuales distracciones’. Así le aseveró Napoleón a su esposa, un día que ella puso en duda, no sin fundamento, la fidelidad conyugal de su marido”[4]

“La única forma legítima de competir con ellos tiene que ser la educación formal y obligatoria. Una educación en la que la reflexión en torno a valores no sea algo marginal, sino el eje mismo del currículo. Mientras concibamos la educación como mera formación profesional y académica no hay nada que hacer. Los problemas de valores no los resuelve la policía, ni los psicólogos, ni los discursos. A nadie se le convence simplemente a palos, ni con terapias, ni con discursos.”[5]

Quizá sintamos algo que nos remita, una y otra vez, a esos senderos, a sus bifurcaciones, sus paradas, disipando polvaredas, rellenando pozos, a los momentos de libertad que nos hace discernir, a construir una sociedad fundada en valores sin la necesidad de recurrir a la teoría conspirativa para defender las decisiones tomadas.



[1] Víctor Bermúdez Torres https://t.co/1Efl1LEgNg
[2] José Rafael Herrera, https://www.microfilosofia.com/2017/11/el-odio-como-reflejo.html
[3] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, edición digital.
[4] Ídem.
[5] Víctor Bermúdez Torres, idem.

Las muchas caras del sentir

Dialéctica de los afectos

Los psicólogos hablan de la ambivalencia de los sentimientos. Puede que, en realidad, sintamos muchas cosas a la vez, y lo que identificamos a cada instante solo sea cuestión de predominio, calco fiel, como nos recordarían Spinoza y Hegel, de la poliédrica dialéctica de la vida.



Todos somos ambivalentes respecto a los demás. Tendemos interiormente a odiar y a querer a la vez a todo ser viviente conocido. La madurez supone la solución de este conflicto. Samuel J. Warner.


Como consecuencia de alguna especie de ley de acción y reacción, parece que siempre que sentimos algo en una dirección también sentimos de algún modo lo contrario. El psicoanálisis ha elucubrado mucho sobre estas contradicciones larvadas: odiamos secretamente a quien amamos, puesto que el amor es una alegre voracidad que siempre se queda con hambre, y quien nos otorga también nos frustra; nos sometemos a la imposición de la autoridad paterna, pero al mismo tiempo sentimos reavivarse las brasas de la rebelión, pues soñamos inconscientemente con ocupar su lugar.
Nuestros sentimientos son, como mínimo, ambivalentes; tal vez sean múltiples, y sintamos todos a la vez, y lo único que distinga cada conjunto emocional sea su particular constelación en cada instante, la intensidad relativa de cada uno de sus elementos y el tono del conjunto. Si, como ya señalaba Spinoza, nuestras emociones emergen y se suceden como respuesta al modo en que nos afectan las cosas, ¿cómo no vamos a acusar un cambiante calidoscopio de afectos, reflejo de un mundo complejo que evoluciona a nuestro alrededor? Eso explicaría, por ejemplo, por qué pasamos de unos a otros con tanta facilidad. 
La vida es una música más o menos placentera que discurre sobre un fondo continuo de tristeza y pavor, o de “ruido y furia”, como escribió Shakespeare. El amor, que nos confiere el sentido, está entretejido con múltiples fibras de aversión y rabia contenida. En la antipatía brillan secretas gemas de atracción. Las emociones nos parecen planas porque nuestra mirada las sintetiza, simplificando en una visión de conjunto su complejidad profunda: en realidad están formadas de una sustancia porosa y cargada de matices. Y quien se atreve a afrontar esa complejidad se encuentra con un mundo más rico y apasionante, aunque también más inseguro y difícil.

Tal vez no nos convenga contemplar directamente la complejidad por mucho tiempo, so pena de quedar inmovilizados como la mujer de Lot, y ser incapaces de adoptar ninguna resolución. Sin duda, por ejemplo, contaríamos con buenas razones para casarnos, pero es probable que también encontremos argumentos para no hacerlo. Porque lo que nos une también nos ata; y, no obstante, en el otro extremo, lo que nos da libertad amenaza disiparnos.
Pros y contras, pues, casi nunca nos faltan: la razón está hecha para argüir en todas direcciones, y podríamos permanecer empantanados en un dilema indefinidamente, sin sacar agua clara. Pensar pocas veces basta. Los psicólogos han descubierto que quienes tienen dificultades para sentir son más indecisos.
Al final, nuestras decisiones quizá no dependan tanto de nuestra voluntad como del azar o los secretos ritmos de las cosas, y puede que hagan falta arrebatos inexplicables, como el enamoramiento o la ojeriza, para que nos veamos comprometidos en alguna dirección. La cual siempre nos llevará a pasajes gozosos y a la vez a quebradas procelosas. Vivir es un peligro constante, un naufragio permanente, un desafío hecho para gastarnos: que por en medio nos encontremos alegrías es casi un inaudito regalo, una excepción asombrosa.
Podemos, al menos, ponernos de parte de esa excepción, admitiendo sus zonas de penumbra pero apostando por su luz. Podemos, al menos, remitirnos siempre a ese lugar de nuestro interior que descansa y apenas se inmuta; que sigue adelante con su propia ley secreta, promulgada sobre la marcha contra viento y marea. Podemos convencernos de que todo está bien, mientras no nos mate; y que lo que no lo está por lo menos es curioso e intenso; y que podremos aprender a sobrevivir con ello. “Esto es en el fondo la única valentía que se nos exige: ser valientes para lo más extraño, asombroso e inexplicable que nos pueda ocurrir”, escribe Rilke a su joven poeta.
Lo ingrato es difícil, pero lo difícil nos hace mejores. No es preciso que lo amemos, basta con que le hagamos un espacio, confiados. En lo que nos contradice hay siempre una oportunidad: como mínimo, la de incorporar perspectivas inéditas y ensanchar nuestra mirada: “¿Por qué quiere excluir de su vida ninguna intranquilidad, ningún dolor, ninguna melancolía, si no sabe lo que esas situaciones producen en usted?”, insiste Rilke.
.

La vida es demasiado sinuosa para que sostengamos ante ella posturas rígidas. Ya se ha dicho a menudo que la caña que no se comba al viento acabará por quebrarse. “Al adoptar un enfoque flexible y dúctil ante la vida podemos mantener nuestra compostura incluso en las situaciones más turbulentas”, precisa el Dalai Lama.
Hagamos por transigir con quienes nos dañan, y tal vez así, al menos, aprendamos a ser más compasivos, más generosos, más humildes. No hace falta que les dediquemos nuestra vida, pero consintamos en que la atraviesen y la hieran un poco. Nuestros rivales son mineros de nuestras gemas más valiosas: ellos señalan el camino, pero a nosotros nos corresponde el trabajo de excavar. Pretender amar a todos, como reclama el mandamiento, quizá sea una demasía inalcanzable; pero sí podemos odiar menos, odiar sin saña, intuyendo lo que el enemigo tiene de amable, dejándonos interpelar por sus contrariedades. Porque también él sufre, y anhela estar contento, y teme a la vida que no comprende y a la muerte que le espera. Como dice el Dalai Lama: “Siempre me acerco a los demás en el terreno básico que nos es común. Todos tenemos una estructura física, una mente, emociones. Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos deseamos alcanzar la felicidad y no sufrir… Experimento la sensación de hallarme ante alguien que es exactamente igual que yo”.
Luchemos, puesto que, como nos recuerda Georg Simmel, a veces hay que luchar; pero que no nos falte compasión: no la que nos impone la sumisión, sino la que emana por sí misma de la magnanimidad. Como propone André Comte-Sponville: “Perdonar es aceptar. No para dejar de luchar, por supuesto, sino para dejar de odiar… Basta con combatirlo o soportarlo con tranquilidad, con serenidad, con alegría, si se puede, y perdonarlo, si no se puede”.

Tal vez encontremos contradictorio lo que no hemos sido capaces de abarcar en un conjunto superior, desde una perspectiva más amplia. La síntesis hegeliana resuelve el choque dialéctico entre tesis y antítesis. Provisionalmente, puesto que la vida sigue, y con ella la contradicción, que es la que mueve el mundo.
Se ha dicho a menudo que el odio es un amor fallido: en lugar de encararlo solo desde la prevención (que no debe faltar, ya que tampoco se trata de ponernos al alcance de la agresividad ajena), podríamos preguntarnos cómo podríamos mostrarnos más accesibles a los otros, cómo podríamos construir con ellos nuevas complicidades. Otro ejemplo: la tristeza podría no ser lo opuesto a la alegría, sino más bien una alegría que no ha encontrado modo de materializarse, una puerta a la alegría que aún no supimos abrir: “De un mismo manantial surgen vuestra risa y vuestras lágrimas”, medita el poeta Kahlil Gibran.
Paciencia, pues, con los sentimientos contradictorios: desplegamos así nuestro existir, saltando de uno a otro, volviendo atrás, chocando con nosotros mismos en ese vaivén. Si el mundo no se está quieto, ¿cómo vamos a detenernos? Y si hay muchos mundos en uno, ¿cómo no va a tener muchas caras el sentir?

De esperanzas también se vive.

Enviado por José Rafaél Herrera @jrherreraucv

Fue el propio Heidegger quien, en algún lugar de su obra, al referirse a Nietzsche, puso en entredicho la seriedad, el rigor y la consistencia de sus cualidades filosóficas. ¡Quién podría imaginarlo!: Nietzsche –según Ricoeur, uno de los tres “maestros de la sospecha”–, el autor de Así habló Zaratustra y de Más allá del bien y del mal, entre otros tantos títulos famosos, considerado por Heidegger como un filólogo, un crítico de la cultura, un genial literato, pero no como un filósofo en el sentido estricto del oficio. Asunto que, tal vez, pudiera encontrar asombro en algún posmodernista desprevenido. Lo que –viendo las cosas en detalle– no está del todo nada mal, si se toma en cuenta que el gran Aristóteles asegura que la filosofía no comienza con una pose sino, precisamente, con el asombro.


“Todas las cosas sublimes son tan difíciles como sorprendentes”

B. Spinoza


De esperanzas se vive
En todo caso, y más allá del eventual tremendismo del existencialista de Wurtemberg, valdría la pena recordar que, por ejemplo, la ya famosa y archiconocida frase: “Dios ha muerto”, por más que se le quiera atribuir a Nietzsche, no le es original. De hecho, muy a su pesar, no es suya, pues ya Hegel la había sentenciado con énfasis, nada menos que en la Fenomenología del espíritu, a los fines de dar cuenta de la enorme responsabilidad que, después de la crucifixión de Jesucristo, había caído sobre los hombros de la humanidad. Si, en efecto, el Señor ha muerto, ahora toca a los hombres actuar en consecuencia, madurar, tomar sus propias decisiones y asumir la enorme responsabilidad –esa condena, diría Sartre– que les impone el hecho de ser libres: “Es el destino trágico de la certeza de sí mismo, que debe ser en y para sí. Es la conciencia de la pérdida de toda esencialidad en esta certeza de sí y de la pérdida precisamente de este saber de sí. Es el dolor que se expresa en las duras palabras de que Dios ha muerto”.

Pero es que, además, tampoco le pertenecen a Nietzsche sus continuas objeciones contra la esperanza y sus estrechos vínculos con el temor, cosa que con toda seguridad leyó –y aprendió– en los censurados textos de Spinoza, especialmente en el Tratado teológico-político y en Ethica. El discípulo de Shelling y de Schopenhauer, con independencia de su indiscutible contribución en y para la construcción de la cultura contemporánea, y especialmente en las lides propedéuticas con la adolescencia, no fue, de hecho, el autor de la original e impecable argumentación relativa a los peligros que se ocultan detrás de las aparentes y sublimes bondades de la idea de esperanza, porque, como dice Spinoza, “los hombres son conducidos más por el deseo ciego que por la razón. De ahí que la potencia natural de los hombres deba ser definida no por la razón, sino por todo apetito que los determine a actuar y mediante el cual se esfuercen en conservarse”.

Humano, demasiado humano. Y es que una sociedad que –Hollywood mediante– ha hecho de la voz hope uno de sus principales presupuestos culturales, no puede no percibir con angustia, desasosiego, desconfianza y hasta rechazo la conocida frase de Nietzsche: “La esperanza es el peor de los males, porque prolonga el tormento de los hombres”. Una frase, como ya se ha dicho, sustentada de cabo a rabo en Spinoza. Preferible aferrarse al sollen sein y al noch nicht sein, propios del mesianismo utópico de Ernst Bloch –judío por naturaleza y marxista de formación–, para aquellos que prefieren el patetismo del “¿y cómo es él?”, de José Luis Perales, que los acordes del “don’t give up”, de Peter Gabriel. En suma, mejor las profecías de las Escrituras que la Episteme aristotélica; mejor Moro que Maquiavelo; mejor Kant que Spinoza. ¿No fue, por cierto, Aristóteles quien observó que “la esperanza es el sueño del hombre despierto”? No pocas veces, las bacanales terminan dejando resacas y requieren del sobrio realismo que proporciona el agua fresca.

Los tiempos de crisis orgánica no son tiempos para la espera –esperanza es término que deriva de esta raíz: es la espera con ansias–, sino para la acción consciente, para la bewusste handlung. Maquiavelo define la Virtú –presente junto con el honor en la letra del Himno venezolano– como aquella actividad práctico-crítica que es el único modo posible de doblegar la Fortuna. En una expresión, dadas ciertas y determinadas condiciones objetivas que, en apariencia, resultan ser infranqueables, solo el paciente y perseverante empeño de imponer la voluntad colectiva puede “torcerle el brazo” a las circunstancias. Por cierto, tener paciencia no significa sentarse a esperar a que alguien o algo resuelva el problema: la fortuna –esas circunstancias adversas– “demuestra su potencia donde no hay una virtud ordenada para resistirla, y vuelve sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho los diques y los resguardos para detenerla”. Nada hay que esperar. Conviene ir construyendo, con la debida paciencia y con la firme voluntad de resistir, los diques y los resguardos.

Así como la “confianza” de los economistas y de los banqueros oculta que el principio fundamental sobre el cual se sostiene toda su construcción técnica y científica es nada menos que la fe, del mismo modo, la esperanza oculta la impotencia –y con ella, el temor– de quienes han hipotecado su propias potencialidades y renunciado a sus virtudes, al creer –de nuevo, cuestiones de fe– que no son “ellos” los más indicados para enfrentarse contra los sagrados poderes del destino –de la Fortuna– y, como habituaba decir Beethoven, “enfrentar al toro, agarrarlo por los cuernos y hacerlo morder el polvo”. No es cosa de milagros ni de loterías. No habrá poder superior al que convenga sentarse a esperar para que se revele y resuelva. La presencia del actual bloqueo económico y la toma de las fronteras por fuerzas multinacionales, no ha sido el resultado de la esperanza, sino de la decidida y perseverante solicitud de quienes han puesto al descubierto frente al mundo civilizado los horrores de esta despiadada tiranía. Quien vive de esperanzas muere de desengaños. Nietzsche podrá dormir en paz, en medio de la fama del sueño de los fusilamientos. Pero, en todo caso, será necesario tener menos Bloch y más Spinoza, para llegar a comprender que no se nace libre, porque la libertad es el resultado del esfuerzo, la constancia y la perseverancia, lo suficientemente capaces para vencer el miedo.

El pozo del sufrimiento

La felicidad como promedio

Parece que alegrías y penas tendieran a oscilar en torno a ese valor en el que la vida se nos antoja anodina y resulta que, en definitiva, solo es simple.


El grado de satisfacción con la vida, o, si se quiere, eso que llamamos “felicidad”, es algo variable que se estira y se encoge según el color del cristal con que se mira. Spinoza ya nos lo explicó: depende de la relación de fuerzas frente a las cosas con las que nos topamos; a una picadura de mosquito le podemos, una picadura de araña tal vez nos pueda.
Nos complace lo que podemos vencer, y nos fastidia (o nos mata) lo que nos vence. En vano soñamos con ir ascendiendo puestos en la escala del contento, si pretendemos que las marcas alcanzadas se mantengan ya estables como territorio conquistado: habrá golpes de viento que nos despeñarán. También hay oleadas repentinas que nos elevan, a menudo misteriosamente, pero esas siempre son menos. Ley de entropía: para caer basta con esperar lo suficiente; en cambio, para subir hay que poner esfuerzo.
Pero con esto del ánimo sucede otra cosa que me parece aún más interesante y asombrosa, y que si llegáramos a asumir con convencimiento nos llevaría muy cerca de una alegría estable o, al menos, de la ansiada paz. Si compensamos subidas y bajadas, parece que cada uno de nosotros, según su fuerza y su talante, tiene tendencia a un nivel de alegría promedio. Los desvíos son circunstanciales: más temprano que tarde, lo probable es ir escorando hacia ese valor.
Una gran sorpresa o el cumplimiento de un deseo nos harán sentir en el paraíso por unos instantes; pero, con el paso de los días, las aguas irán volviendo a su cauce: la dulce pareja se levantará a veces con el pie izquierdo, en el coche nuevo habrá que limpiar el polvo. Es la eterna trampa del deseo, de la que ya nos avisó Buda y sobre la que Schopenhauer escribe: “un deseo cumplido se parece a una limosna recibida por un mendigo: lo mantiene hoy para que mañana vuelva a estar hambriento”. Todos los brillos languidecen.
 Una desgracia, por su parte, puede que nos haya hundido en el lodo, pero a la larga nos acostumbraremos a ella, hasta que un día nos parecerá algo blandamente triste, tristemente natural. Las excepciones de cualquier signo, por definición, no duran, y al final de ellas siempre nos espera lo habitual. Es la “regresión a la media” (curioso concepto estadístico) de la cotidianidad, el poder de lo anodino, la prevalencia de lo mismo.
Es como si estuviéramos programados o condicionados, para el caso es lo mismo para un volumen determinado de gozo y sufrimiento, y nos las arregláramos para volver a esa cota como a una vieja patria. Comprobamos, así, cómo las contrariedades se ciñen a esa poderosa economía: cuando nos libramos de un grave problema en seguida encontramos otro del que preocuparnos, y si no, lo inventamos. Nos agobia una especie de horror vacui ante la falta de inquietudes. Seguramente se refiere a eso la estremecedora sentencia del Ramayana que cita Robert Johnson; a continuación del final feliz logrado por Rama y Sita tras grandes penurias, apostilla: “Pero pronto se secó el pozo del sufrimiento y tenían que tener lugar nuevos descontentos”.
Es impresionante la disciplina con que los apuros se reemplazan unos a otros, como soldados en el frente. En épocas difíciles luchamos febrilmente por sobrevivir, soñando con un tiempo más benigno. Pero cuando al fin llega ese tiempo, tras un breve alivio y un contento que se desluce aprisa, en seguida aparecen nuevos problemas en sustitución del primero. Muchas veces son problemas nimios, pero igual nos abruman y cumplen su función: asegurar que no se seca el pozo del sufrimiento, y que placer y dolor tienen siempre de dónde beber.

Partidarios de la alegría

Tres filósofos del goce: Epicuro, Spinoza y Nietzsche

Añoramos una vida plácida y ociosa, pero pocos podrían soportarla sin pasión. ¿No tendrá la alegría un pie en cada una?


La mayoría de la gente, aunque no se lo confiese ni apenas a sí misma, no quiere una vida fácil o plácida, sino una vida apasionada. La pasión es lo que nos hace sentirnos vivos, y de ahí que tenga mucha razón el refrán popular que afirma que, cuando no tenemos problemas, nos los buscamos: solo los desafíos y las pruebas nos sacan del marasmo, hinchan nuestras velas y hacen que sintamos en la cara los ventarrones de la existencia. Tienen además la virtud de hacer que pensemos menos en nosotros mismos, que tengamos menos tiempo para compadecernos o darles vueltas a nuestras miserias, y menos fuerzas para aferrarnos a nuestras manías: son, pues, aliados del sueño amable y el buen humor, esto es, de la alegría.
Los tres grandes profetas de la alegría son Epicuro, Spinoza y Nietzsche. En ninguno de ellos hay coartada para la tristeza. Los tres son, además, aliados de la fuerza, anfitriones del apuro y adalides de la pasión. Cada uno a su estilo. Los tres confían en la vida y la aman tal como viene, sin apelar para ello a entidades imaginarias ni subterfugios trascendentes. Y la aman tanto que, aunque prefieren el placer al dolor, no le hacen ascos al sufrimiento si es el precio que hay que pagar por la aventura humana. Son partidarios de un hombre libre, lúcido, valiente, que mire a la cara y lo afronte todo sin excusas. Los tres sufrieron (dolor, persecución, soledad, rechazo), y ninguno tuvo la tentación de renegar por ello de la alegría.
Epicuro proclamó la dicha solar de una existencia sencilla, rodeada de amigos y entregada a la sabiduría. Aconsejaba la renuncia a los deseos fatuos, que casi siempre nos quitan más de lo que nos dan y nos abandonan en cuanto se cumplen, a cambio de un refugio seguro en placeres tan ínfimos como inmediatos: un trozo de queso, la carta de un viejo amigo, el goce del sol y de la tierra. Del pasado se queda con los gratos recuerdos de los que amamos, “dulce es el recuerdo del amigo muerto”; y del futuro no le inquietan ni la penuria, que solo afecta al codicioso, ni la muerte, puesto que cuando ella llegue nosotros ya no estaremos: “Debemos hacer la jornada siguiente mejor que la anterior, mientras estamos en camino y, una vez lleguemos al final, estar contentos igual que antes”.
Spinoza es el desconcertante geómetra de una razón que esconde la pasión más candente, el amor más devoto a la dicha y la libertad humanas. Para él, la alegría era la propia potencia, ese afán de vivir y medrar que tienen todos los seres y que él llamó conatus: “Cuando el espíritu se concibe a sí mismo y su potencia para obrar, se alegra”. La base de la ética de Spinoza es, pues, favorecer las ocasiones para la fuerza, que despiertan alegría, y evitar las que nos debilitan en vano, causando tristeza. ¿Cuántos de nosotros sabemos ser tan fieles y tan coherentes con nosotros mismos?
Y entre las agitaciones del Romanticismo y los cataclismos del siglo XX se alza la figura de Nietzsche, reclamando una nueva dignidad para el individuo, proclamando su emancipación de todas las evasivas que, con la excusa de darle consuelo, buscan someterlo e inmovilizarlo. El hombre liberado se alzará sobre la dignidad de su existencia bullente y perecedera y entonará el canto de su entusiasmo vital, mirándose al espejo sin vergüenza y con amor incondicional, y esperando la complicidad de sus hermanos. “Como una bendición llevo yo a los abismos mi clara afirmación”, sentencia, con un pathos tan desafiante que uno tiembla temiendo que sea una carga excesiva para la debilidad humana, como lo fue al final para la suya.
Una vida casi siempre difícil, a menudo ingrata, pero llena de pasión y de sentido: gozarla así tiene su propia sabiduría. 

Antipolíticos en la prepolítica

Lo antipolítico como prepolítico por @jrherreraucv

En el campo de la filosofía en sentido estricto, se dice de todo materialismo –que se declara abiertamente antiespiritualista– y de todo espiritualismo –que se declara abiertamente antimaterialista– que se trata de posiciones recíprocamente aisladas, posiciones abstractas, recíprocamente gratas a los prejuicios propios del sentido común. Posiciones, en fin, provenientes de la cultura dieciochesca, anteriores a la síntesis a priori magistralmente enunciada por Kant en la Crítica de la razón pura, la síntesis o unidad diferenciada de sujeto y objeto, su “negación determinada”, como la denominara Hegel. En una palabra, a estos puntos de vista, se les llama prekantianos. “Cada extremo –apunta Marx– es su otro extremo. El espiritualismo abstracto es materialismo abstracto; el materialismo abstracto es espiritualismo abstracto de la materia”. La lógica del maniqueísmo es de cuidado, y conviene prestarle adecuada atención, si se quiere comprender –más que entender– el presente estado de cosas. Lo “anti”, siempre, es sospechoso: nadie más religioso que un ateo; nadie más anticomunista que un ex comunista; nadie más inmoral que un moralista tout court. De ahí que, y extendiendo los límites del ámbito de la ontología del ser social a los del pensamiento político –si es que los hay–, se pueda afirmar que toda posición antipolítica, sea esta de derechas o de izquierdas, liberal o socialista, progresista o reaccionaria, es, en realidad, una posición prepolítica.


Antipolíticos en la perpolítica

La antipolítica es, de hecho, una contraposición. Pero toda posición en-contra es, siempre, una posición que, para poder ser, necesita nutrirse continuamente de la otra posición que enfrenta con tanta vehemencia. Su fortaleza no depende de sí misma: depende de su término o-puesto. Como el materialismo o el espiritualismo, como el empirismo positivista o la teología filosofante postmoderna, ambos recíprocamente antagónicos, recíprocamente abstractos –cuyos respectivos postulados se autorrepresentan como “la única verdad”–, del mismo modo, la antipolítica se autoconcibe como la definitiva resolución de la política, la expresión más acabada, más noble, más honesta, más “pura”, de la res publica, o sea, del dominio de la vida de lo público. Diría Maquiavelo que, en el fondo, los representantes de la llamada antipolítica no son más que reediciones contemporáneas de los Savonarola de su tiempo. Y no se puede establecer con propiedad cuál de los extremos resultó ser más pericoloso: si Savonarola o Lorenzo de Medici, el antipolítico-político o el político-antipolítico. El promotor de la “hoguera de las vanidades”, predicador contra el lujo, la corrupción y la depravación de los poderosos o el gobernante de facto, el mecenas tanto de las artes y las ciencias como de las bacanales, banquero y promotor del sensual y reluciente esplendor fiorentino. Observa Hegel que una cosa es lo que se proponen llevar a cabo los grandes personajes de la historia y otra muy distinta la astucia que resulta de la propia inmanencia de sus propósitos.

Más allá –o más adentro– de la simple descalificación de la labor del otro, cada uno de los términos pretende reafirmar la exigencia por asumir, por apropiarse, aunque sin poder declararlo explícitamente, de la condición, del rol, del carácter protagónico, de su “enemigo”, ese perenne querer ocupar su posición, convencido de que, él sí, lo haría mejor, dado que, a su juicio, el otro no está a la altura de su dignidad y de su preparación. El otro, en consecuencia, debe ser aniquilado, destruido, anulado. En el intermezzo, la barbarie militarista sonríe. Y no se trata de considerar exclusivamente la anormalidad, el morbo, de la antipolítica con independencia del de la política, como si bajo la actual crisis orgánica que vive la sociedad del presente, el político ocupase “el lado correcto de la historia” y el antipolítico el incorrecto. Con mayor rigor y objetividad, conviene afirmar que todo relativismo es un fraude. La ya famosa cita de Einstein “todo es relativo”, en realidad, nada tiene que ver con la mediocridad del relativismo que se ha venido transformando en la sacra ideología de los tiempos. Cuando Einstein, quien siempre se declaró seguidor de Spinoza, afirmó que “todo es relativo” no se refería a la desaparición del absoluto: se refería a que todo se encuentra en relación con todo. Todo es correlato de todo, todo está íntimamente relacionado entre sí: ordo et conectio idearum idem est ac ordo et conectio rerum. Y cabe acotar el hecho de que la expresión “todo” ya es, de suyo, una afirmación a favor de lo absoluto, comprendido como relación –unidad diferenciada o síntesis a priori– de los términos de toda oposición.

Quienes desprecian el ámbito de lo político, alentados para ello por los promotores de la antipolítica, no imaginan cuán políticos son. Quienes, a su vez, desprecian la antipolítica, alentados por los políticos “de oficio”, por los “profesionales” de la política, no saben cuán antipolíticos pueden llegar a ser. Lo cierto es que, como consecuencia de semejantes puntos de vista, la llamada “unidad democrática” ha terminado por fracturarse irremediablemente, y mientras las sospechas crecen entre los unos y los otros, el militarismo entierra, cada vez con mayor profundidad, las huellas de la suela de sus botas en el lodazal de lo que va quedando de país. La ruin barbarie se ha convertido en el “santo y seña” de una sociedad agobiada, empobrecida, embrutecida y secuestrada, por una lumpencracia que no para de sembrar el temor –y la esperanza–, mientras reparte dádivas con criterio de escasez y hace que la multitud termine enajenando su dignidad para poder sobrevivir. Impone la cultura del “barrio adentro”, del cerro hostil. Habitúa a todos a que no haya luz, ni agua, ni gas, ni salud, ni alimentos, ni seguridad. Acostumbra, como si se tratara de algo normal, a que el modo de vida cotidiano de los más desposeídos sea el modelo de vida de toda la sociedad, y especialmente de la clase media, profesional y técnica, que cada vez más se reduce.

El año entrante será decisivo para los sectores que están dispuestos a poner fin a la canalla vil. Para ello será preciso superar los traumas y las intrigas del maniqueísmo, del sectarismo y la inútil mezquindad, los puntos de vista abstractos, el azote de la prepolítica devenida, doblemente, en antipolítica, premeditadamente sembrada –y disfrutada– por quienes durante los últimos 20 años han destrozado al país. Aufheben: superar y conservar. Y cabe decir que comprender esta artificiosa ausencia de reconocimiento quiere decir precisamente eso: superar.