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    El efecto Burnout.


    A mi buen amigo, Dr. Hugo Navas Farfán,
    por la imperturbable luz en medio de la sombra


    Burnout.



    La esperanza, al igual que la prisa, es simple y ordinaria, para no decir “plebeya”, como alguna vez afirmara Napoleón Bonaparte. Ambas se siembran en la conciencia de las grandes mayorías para generar la ficción de un dominio supremo que genera impotencia, una virtual incapacidad frente a indescifrables fuerzas que rebasan los dominios de la propia voluntad.

    En ambos casos se trata de la manifestación de condiciones im-puestas contra las cuales solo queda adaptarse y resignarse. Mientras la primera de ellas apunta al pasivo deseo que hipoteca su conatus a la espera de lo que se desea obtener, la segunda, a la manera del raudo Aquiles, en desleal competencia contra la tortuga, acelera con fervor el paso hacia la inevitable victoria, sin percatarse de que mientras más cerca se cree del triunfo, más lejos se encuentra. Y es que los tiempos políticos no consisten ni en la pura espera ni en la pura premura, y son, más bien, el resultado de la compenetrada adecuación de lo uno y lo otro. Pero si la adequatio en cuestión no se produce –entre otras cosas, por negligencia o por premeditado des-interés–, entonces las consecuencias pueden llegar a un punto de sopor y agotamiento del que difícilmente se pueda salir.

    Muchas veces, quien comienza enfrentándose a la corriente termina siendo arrastrado por ella. Nietzsche afirma en alguna parte que “quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no terminar siendo un monstruo. Si miras en las profundidades del abismo, el abismo termina mirando en tus profundidades”. Todo parece indicar que la Venezuela dark vive los tiempos del efecto Burnout.

    Según indican los especialistas en el fenómeno, el llamado efecto o síndrome Burnout es un estado de trastorno emocional causado, en los términos de la clínica-terapéutica, por situaciones de un extremado estrés laboral que va llevando al individuo a la progresiva pérdida de su autonomía hasta conducirlo al punto del “ya no puedo más”; pero en los términos de las instancias sociales, hace referencia a las condiciones de vida premeditadamente generadas por un determinado régimen político, que se propone doblegar y someter a la población, conduciéndola a la pérdida absoluta de su autoestima y de su libertad, hasta llevarlo a la postración y la rendición definitivas.

    Recientemente, la psiquiatra y neurofarmacólogo Rebeca Jiménez, en una interesante entrevista, indicó que “al venezolano lo han desmontado emocionalmente como ya lo hicieran con el Estado”. En sentido estricto, la especialista señala que “en poco más de un año, el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado Burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés, y que implica cansancio y rendición no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos. Un cambio patológico que el gobierno ha causado”. Es evidente que cuando la distinguida psiquiatra se refiere al “gobierno” está pensando en la narcotiranía, es decir, en el cartel que mantiene secuestrados a los venezolanos.

    De un lado, la dirigencia opositora ha insistido –¡y hay que decirlo!– con inaudita e inexplicable superficialidad en centrar sus llamados a la esperanza –porque, según afirman, “el tiempo de Dios es perfecto”– o a la prisa –como en los casos de “la Salida”, el “vamos bien” o el memorable “sí o sí” de la ayuda humanitaria–, en una suerte de apelación ora a fuerzas sobrenaturales o en todo caso foráneas que bien vale la pena sentarse a esperar “para que resuelva”, ora a una premurosa solución instantánea que, de un plumazo, pondrá fin a todo un modo de ser y de pensar que ya lleva veinte años, y que ha logrado traspasar la piel y penetrar los huesos de la anatomía social y cultural del país. Del otro lado, la narcotiranía no escatima esfuerzos –siguiendo al pie de la letra las indicaciones dictadas por los experimentados regímenes ruso y cubano– para propiciar, y hacerle sentir fehacientemente a las grandes mayorías, un sentimiento de agotamiento, de fracaso y de impotencia. En suma, de derrota. Que todo esfuerzo es en vano, que no hay nada por hacer, que no hay escapatoria posible. Y al que no le guste, como ha dicho en repetidas ocasiones Cabello, pues “que se vaya”.


    Lo cierto es que una suerte de racionalidad “malandra” se ha terminado imponiendo muy por encima de los esfuerzos por interpretar, bajo criterios más o menos convencionales, el quehacer político. Los llamados del tipo “paren el mundo que quiero votar” son, dentro de el actual contexto Burnout, voces que claman en el desierto. El “si hubiésemos ido a votaciones les hubiésemos ganado” o “la única salida que nos queda es la negociación electoral” no son, por el momento, más que ejercicios tomados de una vasta bibliografía, sin duda, clásica, que carece por completo de tesitura histórica. Son las obras completas de una realidad que, hasta el presente, no ha sido concretamente escrita. Y conviene recordar que lo concreto no es lo real inmediato, el “esto”, como se suele creer, sino “la síntesis de múltiples determinaciones”, la unidad orgánicamente concebida de la diversidad. Y es que, a pesar de Gadamer, todavía hay quienes insisten en entender y representarse bajo criterios cartesianos o empiristas la difícil coyuntura, sin poder llegar a comprenderla. Los “manuales del usuario” son muy útiles, a la hora de instalar los electrodomésticos. La realidad ha terminado por imponer su cadencia frente a esquemas y metodologizaciones en las que el gran ausente es lo que es, el carácter específico y muy probablemente inédito del presente.

    La pregunta que quizá convenga formularse, a viva voz, es la que recientemente se hiciera el periodista francés Marc Saint-Upéry: “¿Hasta qué punto el umbral de destrucción del país y de masacre en cámara lenta de la población puede resistir un sistema tan perverso y cínico?”. El chantaje biopolítico implementado por el régimen, es decir, el “sobrevives porque yo te doy de comer”, junto al terror más despiadado y brutal, son el único sustento efectivo que ese grupo de criminales, narcotraficantes y terroristas, todavía conserva. Han sabido corromper, saquear y contaminar; han hecho que la anormalidad aparezca como un hecho normal; han transmutado la riqueza del lenguaje en pobreza del espíritu. En fin, han hecho de la miseria su mayor riqueza. Es hora de revertir el efecto Burnout. Pero no se logrará ni alimentando esperanzas, que terminan por aumentar el miedo, ni con ofertas premurosas que, similares a los fuegos artificiales, inundan de luz el instante para, poco después, convocar la densa sombra del desengaño.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    El bucle

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv
    Representación del cocepto "esquizo".

    La ciencia ficción no es tan ficticia, después de todo. No lo es como, en cambio, sí lo es cierta rimbombancia epistemológica y metodologicista –en el fondo, tristes derivados escolásticos del entendimiento abstracto– a la que en los últimos tiempos le ha dado por autoproclamarse como científica, a la hora de arrojar sus pretenciosas sentencias tautológicas, vertidas en “datos” y “hechos”, sobre un ser social aboyado, a punto de naufragar y hundirse en las espesas y descompuestas aguas de la pobreza espiritual, ese estanque de putrefacciones que afanosamente una banda de criminales dejó desbordarse, muy por encima de los niveles previstos por la decencia civil. Son ellos los Caronte del presente. Y es que, más bien, se podría concluir que, bajo el pomposo ropaje científico –tablet en mano–, se ocultan los comprensibles temores de quienes, siempre cargados de frases hechas en favor de la esperanza, hasta la fecha, han sido incapaces de resolver los enigmas develados por la ciencia ficción a la que tanto desprecian o consideran como mero divertimento. Que se sepa: el arte no solo inspira y se inspira en la auténtica ciencia, sino que crea y recrea las ideas que terminan por transformar la realidad.


    Douglas Hofstadter, científico y filósofo estadounidense, publicó en 1979 la que quizá sea su obra de divulgación científica y filosófica más importante, al punto de que con ella obtuvo el premio Pulitzer: GEB: an Eternal Golden Braid (traducido al español como EGB: un eterno y grácil bucle). El argumento del autor consiste en mostrar cómo interactúan de continuo los logros creativos de tres auténticos genios: el lógico-matemático Kurt Gödel, el artista plástico Mauricio Escher y el músico y compositor Johan Sebastian Bach, a la luz del concepto general de “bucle”: “Me di cuenta –escribe Hofstadter– que Gödel, Escher y Bach eran solamente sombras dirigidas en diversas direcciones de cierta esencia sólida central e intenté reconstruir ese objeto central”. El bucle es definido por el autor como una jerarquía de niveles recíprocamente vinculados que, sin embargo, se encuentran “enredados”, por lo que no se puede determinar con precisión cuál sea el nivel superior o el inferior, ya que desplazándose a través de ellos se vuelve siempre al punto de partida, en una suerte de continuo y eterno retorno nietzscheano. Las autorreferencias de los sistemas formales gödelianos; la circularidad de los constructos biunívocos de los diseños de Escher; el tejido barroco, de finas y gruesas orlas, que giran indefinidamente en el interior de la estructura de las composiciones de Bach. Pero también el flujo informativo que, a través de la síntesis de proteínas, va desde las enzimas al ADN y a la inversa.

    En todo caso, y según el autor, el bucle no es un “circuíto físico abstracto”, sino una serie de etapas que constituyen el “ciclo-alrededor”, en el que la jerarquía del movimiento hacia arriba cambia hacia abajo, para dar lugar y tiempo a un ciclo cerrado. En una expresión, a pesar del sentido direccional in crescente del “vamos bien”, reflexivamente, se produce un choque en el que se es conducido al punto desde el que se había comenzado. Immerwieder: un bucle –dice Hofstadter– es “un lazo de retroalimentación paradójica a nivel cruzado”. Nada menos.

    La exposición de esta –sin duda– asfixiante concepción de flujo en circuito cerrado, de eterno retorno indescifrable, tiene su sustentación en la llamada teoría del bucle temporal o curva cerrada de tiempo, de W. J. van Stockum y del propio Kurt Gödel, con base en la cual se puede volver al mismo espacio del cual se parte en un determinado lapso de tiempo. Una teoría que, recientemente, ha sido tema de inspiración de largometrajes y series de ciencia ficción: a finales del mes de enero de cualquier año, el protagonista del filme se despierta y comienza su día, lleno de fervor y esperanza. Se dispone a poner fin, junto a miles y miles de ciudadanos, al secuestro perpetuado por una banda de facinerosos, narcotraficantes y terroristas, que los mantienen sometidos a un régimen de opresión y miseria. “Calle, calle y más calle”, se grita con férvida pasión. Las concentraciones son masivas, multitudinarias. Estalla de alegría el colorido tricolor. ¡Esta vez sí se conquistará la tan ansiada libertad! Y se produce la confrontación. Hay fuerte represión. Las calles se llenan de heridos y muertos. Las residencias son allanadas y los daños a las propiedades son notables. Los “agitadores” son apresados y condenados. Las ciudades comienzan a apagarse. El terror se va imponiendo. Los dirigentes, sin embargo, insisten: “¡Vamos bien porque vamos juntos!”. El miedo y la zozobra cunden por doquier. Para el mes de mayo se comienza a hablar de una negociación propiciada por la mediación internacional. Los facinerosos mantienen el secuestro. El año termina y el protagonista se despierta a finales de un mes de enero cualquiera, con la cara pintada “color esperanza”, lleno de fervor y, bandera en mano, se dispone a poner fin al secuestro al que él y el resto de la población han sido sometidos. Una vez más, el bucle se ha cerrado.

    Son cosas –“eventos”, como suelen decir– de la era posmoderna. Conducida de las manos de Nietzsche y Heidegger, surgió una cierta izquierda que, partiendo del totalitarismo, lo negaba, huía de él, para retornar a él. Su característica esencial puede ser definida, siguiendo la terminología de Deleuze, como un “sin fondo” (Abgrund), un abismo que devela el horizonte problemático, ezquizofrénico, en el que se mece, desde finales de los años sesenta del siglo pasado, el bucle del llamado posthumanismo, de origen esencialmente francés, obsesionados como están con el fantasma del cógito, contra el cual inútilmente maquinan acechos y celadas parricidas, edípicas. El sujeto de la historia es sustituido por una realidad que lo perpleja, lo conforma, lo disciplina y lo oprime, una y otra vez. Pero es el triunfo del “genio maligno” cartesiano y de Sade, como figuras centrales de la cultura. Es la realización efectiva de La naranja mecánica de Burgess, la elevación de la agresión y el sadísmo a política de Estado, a condición sine qua non de la vida civil o, más bien, de su epitafio.

    Y así, los cantos eleusinos terminan en los gritos del silencio deleuzinos, en la postulación de un cosmos fraguado con espuma, con hule interestelar, hecho de pliegues y ruinas circulares, de ministerios del tiempo y de reiterativos e infinitesimales “si no te hubiese conocido”. Entretanto, los buenos epistemólogos y metodólogos, Carontes de siempre, víctimas de los efectos de la mariposa posmoderna, siguen buscando entre sus instrumentos de precisión el punto intermedio de la medición, la dialéctica de la medianía, el quod y el quantum, la tautología más adecuada para la sentencia, la copa de vino rosé: ni rouge ni blanc y, por supuesto, mucho menos bleu.

    Cosmovisiones varias, varias cosmovisiones.



     La otra noche antes de dormir estaba pensando en los diferentes paradigmas científicos y en como las diferentes concepciones del cosmos nos han marcado en cada época.

    Los primeros filosóf@s se encontraron con un cosmos presocrático, donde de un modo metafísico querían encontrar el “arjé” de las cosas, es decir un elemento que fuera la esencia primordial del universo, para algunos era el agua, para otros el aire y para otros el “apeirón” (lo indeterminado). Por aquel entonces la filosofía era esencialmente cosmogonías varias que buscaban una explicación racional de aquello que tenían delante. Elucubraciones de cómo se creó el Universo, de si este es uno o es múltiple, que si cambia o no… Lo importante para mi es que todas esas bonitas teorías rozan la metafísica sin avergonzarse de ello. El ser humano se encontraba en los albores de la ciencia, en el inicio de la carrera, un momento en el que muchas cosas tenían cabida, el tiempo y las personas aún no habían descartado muchas teorías.

    Más adelante se toparon con el modelo aristotélico-ptolemaico, donde el ser humano es el centro y medida del cosmos. Se trata de un antropocentrismo exacerbado, prisma des del cual podemos observar una realidad ordenada hasta la perfección, donde cada elemento forma parte de un todo y sigue su curso hacia una finalidad concreta y dirigida por Dios. Aquí el ser humano es poderoso porque tiene un arma que le permite conocer totalmente la realidad, esa arma es la razón.
    Luego llega la revolución científica y la modernidad, ahora ya no somos el centro del mundo. Ohhhhhhh! Pasamos de un cosmos teleológico (con una finalidad determinada) y antropocéntrico a otro frío y mecanicista. Ahora lo que se lleva es decir que apartarnos a Dios de la investigación científica y desvelamos las leyes matemáticas del gran reloj que es el Universo. Eso si, Dios es el gran relojero. Aquello fue un shock, tu imagínate, un cosmos en el que el ser humano era la medida de todas las cosas y de repente llega un señor llamado Copérnico y lo pone todo patas arriba, ya no somos mini dioses en el medio de la creación sino que formamos parte de un Universo mucho más grande y descentralizado, sin finalidad alguna y con un frío relojero que no se ocupa de su máquina ya que esta es perfecta y no necesita revisión alguna. Nos quedamos semi-huérfanos con un complejo de abandono e inferioridad terrible, el mundo no era como creíamos y nuestra importancia es relativa, ¿Ahora qué? Desilusión y chasco.


    Pero por suerte o por desgracia, la modernidad muere y con ella muere Dios abriendo paso a eso que vivimos y llamamos postmodernidad donde parece que no solo ha muerto dios como decía Nietzsche sino que también ha muerto el hombre como decía Foucault. Actualmente llevamos la marca de la teoría de la relatividad enfocada a un macrocosmos y la de la mecánica cuántica enfocada a un microcosmos. Alucina pepinillos, Einstein comunica que el espacio y el tiempo no son algo absoluto sino más bien algo relativo al observador, a su velocidad, su subjetividad y la fuerza gravitacional por la que se encuentra afectado, entre otras… (a la mierda la física clásica). Prestando atención a lo pequeño, esas diminutas partículas que llamamos átomos ya no nos sirven, ya que la materia parece que no se comporta como partículas sino también como ondas, cosa extraña ya que las características de una y de otra son incompatibles. Entonces ¿Cómo es la realidad?, ¿Podemos conocerla? Por no hablar del principio de incertidumbre que defiende que el observador siempre altera las características del objeto observado, además esta todo ese rollo del las diferentes realidades superpuestas que se dan o no de forma simultánea, es decir esta el yo que lee este post y a la vez (o no) el yo que ha decidido pasear. Parece una realidad fragmentada, una especie de “colash” relativo al sujeto. Como la postmodernidad misma donde no hay más verdad que la propia, sin aparente narrativa que sustente nuestras vidas. ¿Ahora qué? Fuerza y crítica.

    Teoría conspirativa

    Cuando es el otro el culpable de mis males.

    Hay quienes, desde su construcción personal, creen que todo conspira para su mal. Otros que lo hacen con motivaciones distintas, a sabiendas que pueden hacer daño, utilizan todos los medios a su alcance para beneficio personal, y en cuanto se ven expuestos utilizan la teoría conspirativa para defenderse.


    Puedo afirmar que estamos hechos, blindados,
    sobornados por cada camino de la niñez.
    ¿Tanto podemos cambiar a lo largo de la vida?
    Sin embargo, algo nos remite, una y otra vez,
    a esos senderos, a sus bifurcaciones, sus paradas,
    sus polvaredas, sus pozos,
    a los momentos de libertad insigne que nos hizo discernir.
    Nos educan con cariño y rigor.
    Pero sin darnos cuenta hay una libertad desesperada
    que elegimos desde nuestros primeros pasos.
    Hay un idioma interno que se concibe en las raíces del instinto.
    Es un lugar infranqueable, es presencia, es su ardor,
    que de por vida será un escudo para el bien y para el mal.
    Francis Mallman.

    Hay quienes, desde su construcción personal, desde ese idioma interno, creen que todo conspira para su mal. Le hecha la culpa a los otros de sus desgracias, malas decisiones, elecciones, etc. A ellos los entiendo, aunque no los justifico, pues quizá, ese camino, sendero, con sus bifurcaciones de la vida los ha marcado en ese sentimiento, convirtiéndolo en un lugar infranqueable, que los llevó a elaborar ese escudo para defenderse de la vida a veces mala, a veces cruel.

    A los que no entiendo, es a aquellos que, esos senderos recorridos, esas bifurcaciones, los caminos polvorientos, han hecho mella en su capacidad de discernir, en sus elecciones realizadas.
    Han tomado caminos llenos de pozos, oscuros, han modificado su capacidad de percibir lo bueno y distinguirlo de lo malo.
    Lo hacen con motivaciones distintas, a sabiendas que pueden hacer daño, utilizan todos los medios a su alcance para beneficio personal, y en cuanto se ven expuestos utilizan la teoría conspirativa para defenderse.
    Algunos, como el caso de los cinco jóvenes de ‘La Manada’, lo ven como algo natural:
    “Hay algo peor que el cariz de la condena a los cinco jóvenes de ‘la manada’. Y es que estos no entiendan lo que ha pasado. La imagen de uno de los acusados llorando de indignación y angustia ante el juez, porque no sabía qué mal había hecho ni qué hacía allí, me parece lo más grave de todo el proceso. Ese llanto era sincero. He ahí la raíz del mal…
    El tipo que lloraba ante el juez veía como algo kafkiano (que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por Kafka, en sus obras), tener que estar en la cárcel por «follarse a una chica»…
    …Para él y para muchos, esas son cosas que cabe esperar que le pasen… (a la chica)
    …La banalidad con la que estos chicos de barrio abusan, violan y vejan a una mujer es escalofriante para nosotros, pero no para el que vive en su mundo de valores. Y son esos valores, tan profundamente arraigados – en el instinto, en la tradición, en los grupos de referencia, en ciertas instituciones –, los que hay que deconstruir y desactivar. Están en la familia, en la calle, en los cuarteles, en las hinchadas de fútbol…”[1]
    Otros, quienes han hecho de ese lugar infranqueable un escudo para el mal.
    Es odio, es tristeza, es “según Spinoza, ‘el odio es la tristeza, acompañada por la idea de una causa exterior’. Es, pues, ‘una tristeza surgida del daño de otro’. Si se imagina lo que se ama siendo afectado por la tristeza, entonces pronto el odio tomará cuerpo en su contra, porque quien afecta con alegría o tristeza lo que se ama o se odia no solo afecta a dicho objeto, sino que, al mismo tiempo, se afecta a sí mismo. De tal modo que quien predica tan vehementemente sus afecciones contra el odio, en realidad, pretende ocultar el odio profundo que las anima. El más patético de los sentimientos ha servido de sustento, de fundamento, a quienes, creyendo hallarse más allá del bien y del mal, se han tomado la molestia de ponerse al descubierto la proyección de su pálido reflejo.”[2]
    Odio, tristeza, el ‘otro’, el que conspira, al decir de F. Nietzsche estos hombres “son muy ingeniosos y agresivos; saben que existen otras maneras de matar diferentes a las causadas por un puñal y un golpe de mano, y no desconocen que todo lo que se dice bien’ goza de credibilidad”[3], y toda mentira que se repite hasta el hartazgo al final queda subyacente como verdad.
    Son quienes “…se preocupan del momento más de lo que lo hacen sus oponentes... De esta manera, se unen con gusto a los violentos, pues se sienten capaces de actuar y disponen de recursos que la masa no comprendería ni perdonaría, mientras que, por otro lado, descubren que el César extiende el concepto de derecho del individuo hasta incluir también sus transgresiones, y que le interesa convertirse en el intérprete de una moral privada más audaz… y quiere también que los demás piensen, lo que a su modo dijo Napoleón de una manera totalmente clásica: ‘Tengo el derecho a contestar todas las quejas que me hagan con un eterno 'yo soy el que soy'. Yo estoy al margen de todos, no acepto condiciones de nadie. Deben someterse a todos mis caprichos y estimar como absolutamente natural que me entregue a tales o cuales distracciones’. Así le aseveró Napoleón a su esposa, un día que ella puso en duda, no sin fundamento, la fidelidad conyugal de su marido”[4]

    “La única forma legítima de competir con ellos tiene que ser la educación formal y obligatoria. Una educación en la que la reflexión en torno a valores no sea algo marginal, sino el eje mismo del currículo. Mientras concibamos la educación como mera formación profesional y académica no hay nada que hacer. Los problemas de valores no los resuelve la policía, ni los psicólogos, ni los discursos. A nadie se le convence simplemente a palos, ni con terapias, ni con discursos.”[5]

    Quizá sintamos algo que nos remita, una y otra vez, a esos senderos, a sus bifurcaciones, sus paradas, disipando polvaredas, rellenando pozos, a los momentos de libertad que nos hace discernir, a construir una sociedad fundada en valores sin la necesidad de recurrir a la teoría conspirativa para defender las decisiones tomadas.



    [1] Víctor Bermúdez Torres https://t.co/1Efl1LEgNg
    [2] José Rafael Herrera, https://www.microfilosofia.com/2017/11/el-odio-como-reflejo.html
    [3] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, edición digital.
    [4] Ídem.
    [5] Víctor Bermúdez Torres, idem.

    Vivir bajo sospecha, apariencias.

    No importa la verdad, sino quién puede instalarla.                                                      


    Tengo de todo para ver y creer, 
    para obviar o no creer 
    y muchas veces me encuentro solitario 
    llorando en el umbral de la vida. 
    Busco hacer pie en un mundo al revés 
    busco algún buen amigo 
    para que no me atrape algún día, 
    temiendo hallarla muerta 
    a la vida. 
    La realidad duerme sola en un entierro 
    y camina triste por el sueño del más bueno. 
    La realidad baila sola en la mentira 
    y en un bolsillo tiene amor y alegrías, 
    un dios de fantasías, 
    la guerra y la poesía.
    León GIECO, La colina de la vida



    Sostiene F. Nietzsche, “la apariencia es la viva realidad misma actuando que, irónica consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, fuegos fatuos, danzas de duendes y nada más.”[1]
    La instalación de una ‘verdad’, sea por el grupo que sea, solamente por el uso del poder que suelen ejercer, conduce a producir una situación incongruente, por un lado los iluminados creedores de poseer la verdad y por el otro el escepticismo total de no considerar que es posible alcanzar cierto grado de veracidad.
    En el primer caso, los iluminados, José Rafael Herrera[2], expresa: “Como se sabe, toda oración –toda oratio– se compone de verbo y predicado. En clave spinoziana, verbo es principio, sustancia. Predicado es atributo y modo. Predicar es la acción de quien pre-dice, de quien está facultado para anticiparse a lo inminente y lo-dice-antes. Él es, pues, quien advierte, porque su función consiste, precisamente, en pre-dicare el verbo, la verdad que ya conoce, porque le ha sido revelada. El “portador de la verdad” se anticipa al hecho, advierte lo que se viene y, por ello, debe tomar las pre-visiones y actuar en consecuencia. Es, todo él, un “iluminado” por el efecto del chispazo, por el resplandor de la revelación divina. Es el fulgor en sí del flash en el rostro del portador de la “filosofía del pistoletazo”. Y fue eso lo que pudo ver Isabel la Católica en el semblante hosco –y aún tiznado por los abrasivos fogonazos de la verdad– de Torquemada: a solicitud de la reina, y mediante bula del Papa Sixto IV, el bruciante es designado inquisidor general, dependiente, directamente, de la Corona española. Su crueldad y fanatismo contra los “enemigos de la fe cristiana” –particularmente contra los judíos– aún son objeto de estupor. Muy caro ha pagado España –y con ella buena parte del mundo occidental– el odio esparcido por aquél siniestro personaje, en nombre de la verdad”[3]. Cuántos ‘bruciantes’, ‘torquemadas’, existen y están imponiendo al resto de la sociedad sus verdades, como poseedores, iluminados por un ser superior, de la verdad absoluta.
    En el otro extremo, el escepticismo, que nos lleva a pensar en que nada es verdad, y que incluso esto mismo tampoco lo es, nos deja en no poder conocer, en que el conocimiento, ni siquiera como forma de adaptación y dominio de la naturaleza, es inútil.
    En la antigüedad, ya Platón advierte la necesidad de dar respuesta a este dilema y en la “Alegoría de la caverna” expresa que el mundo que observamos, al que llamamos realidad, es apariencia. Lo verdadero, la verdad está más allá de lo que vemos, en otra dimensión, no está en este mundo. Si la verdad es absoluta, no le cabe la carencia, no puede ser una parte, tiene que ser el todo. Por lo que lo resuelve creando un mundo de ‘Arquetipos’, hoy diríamos en otra dimensión, del cual lo que vemos son copias más o menos parecidas.
    Darío Sztajnszrajber, sostiene “la cuestión de la verdad, se mueve entre dos polos: existe y es imposible, o no existe. Aunque no existe no se puede dejar de buscarla, pero si existe no es para nosotros”[4]
    Aristóteles, sostuvo, que ‘la verdad se oculta tras las apariencias por lo que hay que develarla’. Los arquetipos de Platón los ubicó en las cosas, en la realidad, en las esencias, las cuales hay que aprehenderlas, hacerlas conscientes.
    A la verdad hay que buscarla, se escabulle de nuestra mirada cual animal salvaje que siente el peligro de ser encontrado y devorado.
    “Hacer  filosofía es la construcción permanente de una inseguridad existencial; huimos cuando nos peleamos con las seguridades de ese adormecimiento que al mismo tiempo provocamos, porque buscamos un saber que sabemos que nunca vamos a alcanzar”[5]
    Lo cual significa vivir en la apariencia, en la penumbra.
    “La penumbra tiene la propiedad de no dejar percibir dónde termina la oscuridad y dónde comienza la luz. Su sombría presencia circular no permite precisar con exactitud el inicio de la una y el acabamiento de la otra. No sin cierto riesgo -que, llevado de la mano por la tentación de su belleza singular, bien se puede antojar divino, como casi todo riesgo- es posible leer en la penumbra. Salva al encantamiento del riesgo en cuestión el hecho de poder percibir cierta magia en los caracteres desdibujados que, de pronto, cobran vida y que permiten sorprender, para la mirada atrevida, y detrás de la letra muerta, nada menos que al Espíritu: al Logos re-cobrando realidad inmanente, ejercitando la pureza del fuego que es su ser y que, a la vez, no lo es. La filosofía propiamente dicha, es decir, la que comporta sentido enfático, sin duda vive entre luces y sombras por el bien de las ideas. Sólo quien ha penetrado en la más densa oscuridad puede conquistar la luz de la verdad: “en el círculo el principio y el fin coinciden”, observa, en la penumbra, el Éfeso oscuro (Heráclito).”[6]
    Por su parte, Darío Sztajnszrajber  expresó que en la actualidad “la dicotomía real-aparente es una categoría arcaica, no tiene sentido en la era digital” y que “la tecnología no destruye ni mejora al ser humano, lo transforma”.A su vez, problematizó los conceptos de verdad y mentira en la sociedad actual”. “La posverdad tiene que ver con la mentira, con el mentirse a sí mismo. Lo opuesto a la verdad no es la mentira, es la ficción, la apariencia”, dijo. En relación a lo que concebimos como la realidad, aseguró que es una construcción social.  “Lo más interesante es que el espectáculo del espectáculo convence. Todos saben que no es así, pero parece no importar”.[7]
    J. A. López sostiene que “tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario ―construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas…― y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad”.[8]
    La búsqueda de un camino para volver a una realidad objetiva, independiente del observador, es un esfuerzo que hasta los científicos desvela.
    Así S. Hawkins dice: "Los filósofos, desde Platón hasta ahora, han discutido a lo largo de los siglos sobre la naturaleza de la realidad. La ciencia clásica está basada en la creencia de que existe un mundo real externo cuyas propiedades son definidas e independientes del observador que las percibe. Según la ciencia clásica, ciertos objetos existen y tienen propiedades físicas, tales como velocidad y masa, con valores bien definidos. En esa visión, nuestras teorías son intentos de describir dichos objetos y sus propiedades, y nuestras medidas y percepciones se corresponden con ellos. Tanto el observador como lo observado son parles de un mundo que tiene una existencia objetiva, y cualquier distinción entre ambos no tiene importancia significativa."… sin embargo “Diferentes teorías pueden describir el mismo fenómeno a través de marcos conceptuales distintos”… ya “David Hume (1711-1776), escribió que a pesar de que no tenemos garantías racionales para creer en una realidad objetiva, no nos queda otra opción sino actuar como si dicha realidad fuera verdadera.” Es por eso que propone “No hay imagen —ni teoría— independiente del concepto de realidad. Así, adoptaremos una perspectiva que denominaremos realismo dependiente del modelo: la idea de que una teoría física o una imagen del mundo es un modelo (generalmente de naturaleza matemática) y un conjunto de reglas que relacionan los elementos del modelo con las observaciones. Ello proporciona un marco en el cual interpretar la ciencia moderna.”[9]
    Sobre esto podemos decir: “Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, … La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible.”[10]
    “La negación de la verdad nos lleva hacia, una vida vacía de hechos. La cual, niega también el conocimiento, donde no hay verdad no existe el conocimiento. Para después hundirse en la ignorancia de una realidad, que termina negando los hechos. Mientras el presente se diluye entre los deseos y las ilusiones, las cuales alimentan una vida de inconsciencia colectiva. Esta es una de las realidades en donde se desarrollan las masas sociales. Domesticadas y encadenadas a una existencia de oscuridad, la cual recorre los pasillos de lo laberintos de la ignorancia compartida. La verdad siempre será negada por las muchedumbres inconscientes, porque la verdad les destruye las inútiles ilusiones, y los deseos no consumados.”[11]
    Nos encontramos aquí ante la pérdida de sentido de la categoría error.
    Ya no puede haber verdad, no hay posibilidad de confrontarla con la realidad, pues ésta es ilusión.
    Todo es mera ilusión, deseo, penumbra, que nos oculta la verdad. El afirmar algo es tomado como intento de instalar una mentira, hacerla pasar como verdad, sin entender que para mentir es necesario conocer la verdad. Pues la mentira es un concepto moral. En cambio desde una mirada gnoseológica el error, el equívoco, son lo opuesto a la verdad.
           Y nos sobreviene la posibilidad de la ‘teoría conspirativa’. “No importa la verdad, sino quién puede instalarla.”
           


    [2] José R. Herrero es docente de la Cátedra de Filosofía en la Universidad Central de Venezuela
    [4] http://www.telam.com.ar/notas/201508/117824-dario-sztajnszrajber-sabemos-que-la-verdad-no-existe-pero-no-hacemos-otra-cosa-buscarla.html
    [5] http://www.telam.com.ar/notas/201508/117824-dario-sztajnszrajber-sabemos-que-la-verdad-no-existe-pero-no-hacemos-otra-cosa-buscarla.html
    [8] https://www.microfilosofia.com/2017/11/la-presencia-virtual-jal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Microfilosofia+(Microfilosofia)
    [9] S. Hawkins y L. Mlodinov,  El gran diseño. www.librosmaravillosos.com 
    [10] https://www.microfilosofia.com/2017/11/la-presencia-virtual-jal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Microfilosofia+(Microfilosofia)
    [11] dario-sztajnszrajber

    Política del Ecce Homo

    Ecce Homo por José Rafaél Herrera @jrherreraucv

    La frase tampoco es de Nietzsche, a pesar de que uno de sus textos más conocidos –y, valga decir, altamente recomendado por Freud– lo lleva por nombre. Se hizo famosa después de que, según Juan el evangelista, Poncio Pilato la pronunciara, al momento de presentar al prisionero Jesús de Nazaret ante el populacho enardecido, sediento de sangre: “Este es el hombre”. Con lo cual, sea dicho de paso, Pilato salvaba su responsabilidad, se lavaba las manos en el asunto, dejando que la perturbada muchedumbre tomara en las suyas la sumarial decisión. Es con tal expresión que tiene formalmente sus inicios El Espíritu del cristianismo y su destino, para citar el título de un ensayo juvenil de Hegel que expone, por cierto, el pasaje que va desde antes del trágico momento hasta el progresivo surgimiento de la positividad constitutiva de la fe cristiana.


    Ecce Homo político.

    Pero Ecce homo es, además, un modelo que, en el caso de la praxis política, ha servido –y sigue sirviendo– no tanto para la eventual crucifixión de quienes lo asumen, cuanto para convertirse en los llamados líderes que aspiran a posicionarse como los grandes condottieri de los gobiernos del orbe. Y, en efecto, en el ámbito de lo político, Ecce homo ha devenido: “¡Este es el hombre!”. Por lo general, las palabras –ese gigantesco caleidoscopio en el que la realidad suele mirarse a sí misma– pesan más de lo que el sensus comunis imagina y tal vez sea por eso que más de un “redentor” ungido haya terminado sus días de liderazgo “crucificado” por la misma muchedumbre que lo exaltó e impulsó a seguir el camino de la redención. Siguiendo a Maquiavelo, quien en El Príncipe establece una neta diferenciación histórica y cultural entre los tipos de gobierno que predominan en Oriente y en Occidente, se podría concluir que los términos del formato que tiene en mente este tipo de entusiasmados “líderes” sigue más los trazos dejados por “el Turco” –como llama Maquiavelo al todopoderoso rey Darío– que “al rey de Francia”. De hecho, Maquiavelo señala textualmente: “Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor, los otros son sus siervos. Pero el rey de Francia está puesto en medio de una antigua multitud de señores, reconocidos y amados por el pueblo, que tienen sus preeminencias, y el rey no puede quitárselas sin peligro”. El modo oriental de gobernar es la coerción; el occidental, es el consenso.

    Los “hombres fuertes”, los “caudillos”, los “líderes carismáticos” e “iluminados”, en una expresión, los capi di tutti i capi, han devenido figuras de la conciencia oriental introducidas, diseminadas y puestas en la conciencia occidental, especialmente en la de un continente que todavía muestra las anchas cicatrices del caciquismo precolombino y del califato de la morisca hispana. Son los místicos hijos del sol, la luna y las estrellas, son los “galácticos”, los “legítimos” representantes de Dios –no importa el culto con tal de que sea efectivo– en la tierra, son, pues, “los rugidos del león, los graznidos del buitre, los silbidos de la sierpe”. En ellos no hay distinción entre política y religión, porque son los “taita”, los “padrecitos”, el Dios encarnado, la representación misma de la fe vivificada.

    Es verdad que ha habido grandes conductores de pueblos que han hecho grandes y poderosas naciones, auténticos dirigentes de las luchas sociales y políticas, a lo largo y ancho de la gran historia de la humanidad. Pero detrás de Alejandro Magno estaba Aristóteles; detrás de Julio César, la memorable filosofía jurídico-política romana; detrás de Washington, Locke; de Napoleón, la Ilustración francesa; de Bolívar, Rousseau. ¿Quién está detrás de los llamados “líderes” o “dirigentes” del presente: la vanidad y la egolatría, el odio, la venganza y el resentimiento social? A propósito del destino de la América Latina, y con particular mención a Venezuela, Bolívar advertía que “este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas”. No hay Aristóteles ni Rousseau tras ellos y, a partir de Castro, con la franquicia del “marxismo-leninismo” tuvo lugar la afirmación de Marx: “Todo lo que sube se desvanece en el aire”. Sin ideas adecuadas solo quedan “tiranuelos de turno” no “líderes”. Son, sin duda, los cientos de Ecce homo del presente, los inefables que aspiran a obtener la gracia de Dios y que afirman contar con el respaldo –¡nada menos!– del Espíritu Santo para asirse del poder del Estado y lucrarse de él.

    Toda nueva centuria introduce cambios drásticos que estremecen con fuerza la cristalización de las formas y los contenidos tradicionales propios del pasado inmediato. En medio de sus corsi e ricorsi, la historia termina desplazando de su sitial de honor los símbolos, los códigos, las referencias que, hasta hace nada, eran concebidas como verdades infalibles y absolutas. Del corso oceánico recorrido por Pink Floyd se ha terminado en las charcas del ricorso de Bad Bunny. De Picasso y Dalí se ha pasado a la “estética” del Candy crush. El entendimiento reflexivo y abstracto tiene sus manos –mecanicistas y ensangrentadas– metidas en esto, sin duda. Es el destino –esta vez– no de Jesús, sino del Espíritu de los tiempos. Que los proyectos para un nuevo gobierno estén en manos de “especialistas” y “técnicos” no solo se traduce en el desplazamiento de los Aristóteles y los Rousseau por nerds y Robocops –consenso y coerción– sino que la fuerza de las ideas ha terminado siendo sustituida por estadísticas, proyecciones, encuestas, datos, becas, lavadoras y cajas de alimentos mexicanos.

    Una pirueta en favor del desarrollo educativo nunca está de más. Kant exhortaba a dejar las muletas de los “padrecitos” del mundo para dedicarse a la propia formación cultural, con base en la cual es posible conquistar “la mayoría de edad” y, con ella, el más preciado de todos los dones: la autonomía. La dependencia, el creer que algo o alguien va a venir a ocuparse y, con la magia de su generosa dádiva, mitigar la caída, solo genera más dependencia y más caída. Hay –al decir de Pirandello– más de seis personajes en busca de autor. Momento de desechar las ilusiones, de abandonar la búsqueda del “líder”, de voltear la mirada hacia el espejo y descubrir, no sin sensatez, que en realidad el anhelado Ecce homo es el propio reflejo.

    De esperanzas también se vive.

    Enviado por José Rafaél Herrera @jrherreraucv

    Fue el propio Heidegger quien, en algún lugar de su obra, al referirse a Nietzsche, puso en entredicho la seriedad, el rigor y la consistencia de sus cualidades filosóficas. ¡Quién podría imaginarlo!: Nietzsche –según Ricoeur, uno de los tres “maestros de la sospecha”–, el autor de Así habló Zaratustra y de Más allá del bien y del mal, entre otros tantos títulos famosos, considerado por Heidegger como un filólogo, un crítico de la cultura, un genial literato, pero no como un filósofo en el sentido estricto del oficio. Asunto que, tal vez, pudiera encontrar asombro en algún posmodernista desprevenido. Lo que –viendo las cosas en detalle– no está del todo nada mal, si se toma en cuenta que el gran Aristóteles asegura que la filosofía no comienza con una pose sino, precisamente, con el asombro.


    “Todas las cosas sublimes son tan difíciles como sorprendentes”

    B. Spinoza


    De esperanzas se vive
    En todo caso, y más allá del eventual tremendismo del existencialista de Wurtemberg, valdría la pena recordar que, por ejemplo, la ya famosa y archiconocida frase: “Dios ha muerto”, por más que se le quiera atribuir a Nietzsche, no le es original. De hecho, muy a su pesar, no es suya, pues ya Hegel la había sentenciado con énfasis, nada menos que en la Fenomenología del espíritu, a los fines de dar cuenta de la enorme responsabilidad que, después de la crucifixión de Jesucristo, había caído sobre los hombros de la humanidad. Si, en efecto, el Señor ha muerto, ahora toca a los hombres actuar en consecuencia, madurar, tomar sus propias decisiones y asumir la enorme responsabilidad –esa condena, diría Sartre– que les impone el hecho de ser libres: “Es el destino trágico de la certeza de sí mismo, que debe ser en y para sí. Es la conciencia de la pérdida de toda esencialidad en esta certeza de sí y de la pérdida precisamente de este saber de sí. Es el dolor que se expresa en las duras palabras de que Dios ha muerto”.

    Pero es que, además, tampoco le pertenecen a Nietzsche sus continuas objeciones contra la esperanza y sus estrechos vínculos con el temor, cosa que con toda seguridad leyó –y aprendió– en los censurados textos de Spinoza, especialmente en el Tratado teológico-político y en Ethica. El discípulo de Shelling y de Schopenhauer, con independencia de su indiscutible contribución en y para la construcción de la cultura contemporánea, y especialmente en las lides propedéuticas con la adolescencia, no fue, de hecho, el autor de la original e impecable argumentación relativa a los peligros que se ocultan detrás de las aparentes y sublimes bondades de la idea de esperanza, porque, como dice Spinoza, “los hombres son conducidos más por el deseo ciego que por la razón. De ahí que la potencia natural de los hombres deba ser definida no por la razón, sino por todo apetito que los determine a actuar y mediante el cual se esfuercen en conservarse”.

    Humano, demasiado humano. Y es que una sociedad que –Hollywood mediante– ha hecho de la voz hope uno de sus principales presupuestos culturales, no puede no percibir con angustia, desasosiego, desconfianza y hasta rechazo la conocida frase de Nietzsche: “La esperanza es el peor de los males, porque prolonga el tormento de los hombres”. Una frase, como ya se ha dicho, sustentada de cabo a rabo en Spinoza. Preferible aferrarse al sollen sein y al noch nicht sein, propios del mesianismo utópico de Ernst Bloch –judío por naturaleza y marxista de formación–, para aquellos que prefieren el patetismo del “¿y cómo es él?”, de José Luis Perales, que los acordes del “don’t give up”, de Peter Gabriel. En suma, mejor las profecías de las Escrituras que la Episteme aristotélica; mejor Moro que Maquiavelo; mejor Kant que Spinoza. ¿No fue, por cierto, Aristóteles quien observó que “la esperanza es el sueño del hombre despierto”? No pocas veces, las bacanales terminan dejando resacas y requieren del sobrio realismo que proporciona el agua fresca.

    Los tiempos de crisis orgánica no son tiempos para la espera –esperanza es término que deriva de esta raíz: es la espera con ansias–, sino para la acción consciente, para la bewusste handlung. Maquiavelo define la Virtú –presente junto con el honor en la letra del Himno venezolano– como aquella actividad práctico-crítica que es el único modo posible de doblegar la Fortuna. En una expresión, dadas ciertas y determinadas condiciones objetivas que, en apariencia, resultan ser infranqueables, solo el paciente y perseverante empeño de imponer la voluntad colectiva puede “torcerle el brazo” a las circunstancias. Por cierto, tener paciencia no significa sentarse a esperar a que alguien o algo resuelva el problema: la fortuna –esas circunstancias adversas– “demuestra su potencia donde no hay una virtud ordenada para resistirla, y vuelve sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho los diques y los resguardos para detenerla”. Nada hay que esperar. Conviene ir construyendo, con la debida paciencia y con la firme voluntad de resistir, los diques y los resguardos.

    Así como la “confianza” de los economistas y de los banqueros oculta que el principio fundamental sobre el cual se sostiene toda su construcción técnica y científica es nada menos que la fe, del mismo modo, la esperanza oculta la impotencia –y con ella, el temor– de quienes han hipotecado su propias potencialidades y renunciado a sus virtudes, al creer –de nuevo, cuestiones de fe– que no son “ellos” los más indicados para enfrentarse contra los sagrados poderes del destino –de la Fortuna– y, como habituaba decir Beethoven, “enfrentar al toro, agarrarlo por los cuernos y hacerlo morder el polvo”. No es cosa de milagros ni de loterías. No habrá poder superior al que convenga sentarse a esperar para que se revele y resuelva. La presencia del actual bloqueo económico y la toma de las fronteras por fuerzas multinacionales, no ha sido el resultado de la esperanza, sino de la decidida y perseverante solicitud de quienes han puesto al descubierto frente al mundo civilizado los horrores de esta despiadada tiranía. Quien vive de esperanzas muere de desengaños. Nietzsche podrá dormir en paz, en medio de la fama del sueño de los fusilamientos. Pero, en todo caso, será necesario tener menos Bloch y más Spinoza, para llegar a comprender que no se nace libre, porque la libertad es el resultado del esfuerzo, la constancia y la perseverancia, lo suficientemente capaces para vencer el miedo.

    El miedo en la maleta

    La tarea del temblor

    El miedo nos desmantela, pero es también la oportunidad para el valor. La vulnerabilidad y la inseguridad de la vida nos arrinconan en su angustiosa celda. Las creencias y el conocimiento nos alivian pero no nos salvan. Nos queda la lucidez de afrontarlo y el coraje de caminar por encima de sus brasas, con el destino a cuestas.


    Hola, Miedo. Aquí estamos de nuevo. Tich Nath Hanh


    Dicen algunos entendidos que el meollo de la felicidad es la ausencia de miedo. A poco que miremos en nuestro interior, confirmaremos esa tesis: siempre hay algún miedo agazapado tras nuestros desvelos, y todos los deseos convocan el miedo de no verse realizados. “La gente es infeliz o por miedo o por apetencia infinita y vana”, sentenciaba Epicuro. Rechazamos a personas que nos amenazan, o convertimos en amenaza a quien repudiamos. La envidia es el miedo a quedar atrás; incluso el resentimiento se ocupa de mantenernos en guardia contra quien nos dañó, y con la venganza rabiosa no solo restituimos la sensación de equidad, sino que exorcizamos el miedo a quedarnos solos con nuestro dolor, que querría paralizarnos, haciendo partícipe de él a quien nos lo provocó.
    El miedo es corrosivo, resquebrajante, demoledor. El miedo es enemigo de la vida, puesto que la asedia. Solo si no nos quedamos quietos nos sobreponemos a él, nos rescatamos de su celda sombría y volvemos a empuñar una espada en la mano. Al actuar trascendemos el miedo porque el temor es impotencia, arrinconamiento, menoscabo. Le damos la vuelta al miedo, que sigue ahí, pero que ya no nos aplasta. Al responderle, le miramos a los ojos, tal vez temblando porque sabemos que él siempre nos lleva ventaja, pero volvemos a ser alguien frente a él al desafiarlo, dispuestos a desafiar su tiranía. Aun sucumbiendo, habremos vencido, porque habremos recuperado la dignidad. De eso se trata: de volver a levantarse, aun con miedo, frente al miedo.
    No siempre logramos hacer acopio de ese valor, sobre todo cuando el miedo nos parece demasiado grande y nosotros nos sentimos demasiado pequeños. El miedo se lleva dentro, pero también se aprende, como han demostrado los psicólogos. Los animales se adiestran en hacer determinadas cosas para evitar, por ejemplo, descargas eléctricas; pero si de repente el mecanismo de evitación deja de funcionar, y el animal recibe la descarga haga lo que haga, el estrés acabará por afectarle la salud, e incluso le hará incapaz de volver a aprender: lo que ha interiorizado, y de forma indeleble, es su incompetencia.
    Pocas experiencias más demoledoras que la sensación de inseguridad y de imposibilidad para controlar lo que nos pasa. Los niños son especialmente sensibles a las rutinas, que les permiten concebir un mundo previsible y seguro; por eso agradecen un cierto grado de disciplina, siempre que se ejerza de modo coherente. Nada más desesperante que no poder prever lo que va a pasar, hagamos lo que hagamos. Si la vida nos somete repetidas veces a la impotencia o al caos, pronto dudaremos de nosotros mismos y nos sentiremos incapaces de controlar nuestro entorno. El miedo se cuela así por las rendijas del alma, y tal vez llegue a parecernos invencible.
    Cuando el miedo se instala y nos educa en la incapacidad, puede que respondamos con una conducta caótica y desquiciada. Tal vez hagamos un esfuerzo desesperado por instaurar algo de orden por nuestra cuenta, sea expresando una rabia permanente, sea entregándonos a rituales obsesivos. También podemos retirarnos a lamernos las heridas, a llorar la insignificancia. Si nos quedamos demasiado tiempo ahí, si no encontramos pronto una salida, si arrebujarse al fondo de la cueva se convierte en costumbre, tal vez el camino de regreso se nos antoje cada vez más remoto e improbable. En esa rendición, en esa renuncia consagrada, nos desplomamos a merced del miedo, incapaces de plantarle cara; y cada retroceso hacia el fondo nos disminuye un poco más, refuerza nuestra posición y nos convierte en sus esbirros y sus colaboradores. Se puede acabar trabajando para el miedo. Algo así debe ser la depresión.

    ¿Hay algo que pueda ayudarnos? Tal vez encontremos fuerzas en la propia desesperación. El que está convencido de no tener nada que perder es más fácil que se anime a rebelarse. Podemos llegar a concluir que una vida sometida al miedo no vale la pena, y que cualquier cosa será mejor que continuar sumidos en ese fango putrefacto del que no podemos esperar nada. La desesperación es crisol de valientes compulsivos: valentía que tiene sus peligros porque es más bien temeridad; arrolladora pero frágil, pues basta un atisbo de esperanza para desarmarla.
    La esperanza puede que nos ayude a aguantar, pero difícilmente será nuestra aliada a la hora de actuar. La esperanza es como una bocanada ansiosa de aire cuando nos estamos ahogando: nos reconforta por un instante antes de volver a caer. En eso consistía, precisamente, la tortura de la crucifixión, una de las más horribles que se hayan concebido. En cambio, el desesperado no deja nada atrás, camina sobre tierra quemada y sin horizonte; esa es la fuerza que tal vez le permita liberarse, o que le inmole definitivamente. ¿Cómo no recordar aquella escena cumbre de la película Thelma y Louise, en la que las protagonistas, cercadas por la policía y ya sin salida, deciden apretar el acelerador y despeñarse por un precipicio? Muchos asedios históricos, como el de los cátaros o el del sitio de Numancia, terminaron así: con una masacre. La desesperación es el patrimonio de los suicidas elevados a héroes. Todos ellos sucumbieron, pero es verdad que trascendieron el miedo.
    La convicción es también una fuente de valor, y por eso sacamos tanta fuerza de nuestras creencias. Las creencias son promesas simbólicas en las que, a falta de otro apoyo, nos sustentamos para lanzarnos hacia el futuro. Muchos guerreros han hallado ímpetu frente al miedo a la muerte invocando otra vida donde aguarda la recompensa de los dioses: el Walhalla, el Elíseo, el paraíso celestial transido de gentiles cantos y dulces placeres sin fin. La expectativa de la aprobación de Dios es un buen alivio del temeroso. Los mártires cristianos debieron apelar a esta fortaleza mientras rezaban en la arena justo antes de ser descuartizados por los leones hambrientos (dudo que mientras eran devorados pudieran sentir otra cosa que dolor y espanto). Siglos más tarde serían sus descendientes los verdugos, y Giordano Bruno o Luis Vives tal vez se aferraran a sus propias convicciones para caminar con entereza hacia el patíbulo de la irracionalidad. Porque ese es el peligro de las creencias: del mismo modo que nos refugian, cuando responden al fanatismo y se desentienden de la tolerancia exigen a menudo su impuesto de sangre.
    El conocimiento es, por cierto, un gran aliado contra el miedo, puesto que reduce la incertidumbre y promueve la sensación de control; la ignorancia, en cambio, es una eterna valedora del miedo (salvo cuando es perfecta y no deja resquicios), como saben quienes la promueven en beneficio de su propio poder. Toda la ciencia se justifica, en última instancia, como un poderoso baluarte contra el miedo, un repertorio de antídotos contra la inseguridad. El conocimiento científico es uno de los más nobles instrumentos de nuestra entereza: frente a las creencias, que apelan al sentimiento, el saber se funda en el empeño en la verdad, que es territorio siempre escaso pero firme.
    Esa virtud marca su esplendor y su límite: la valerosa verdad es siempre, sin embargo, provisional y frágil, si la comparamos con el poder absoluto de la creencia. Por eso, a la vez que nos reconforta, nos deja solos. Como proclama con poesía conmovedora el aprendiz de El club de los poetas muertos, la verdad es una manta que por mucho que la movamos siempre nos deja una parte al descubierto. La creencia, en cambio, inunda la imaginación: uno puede sumergirse en su gracia por completo. El diagnóstico médico y los remedios científicos contra una enfermedad alivian nuestro cuerpo y nuestro miedo, pero apuntan solo a posibilidades y confiesan su frontera; un ritual, en cambio, tiene al cosmos entero de su lado, convoca a todas las fuerzas del universo, y su único límite es la voluntad inescrutable de los dioses.
    Así que la lucidez no nos salva, pero cuando somos capaces de empecinarnos en ella, ¡qué resplandor para el proyecto humano! Si uno es capaz de mirar al miedo a la cara y oponerle su dignidad desnuda, y aceptarlo como un honroso rival aunque sea siempre más poderoso, aunque nos tenga condenados de antemano, como le sucedió a Héctor cuando fue a luchar, lleno de miedo y honor, contra el divino Aquiles, y no retroceder ante sus pasos de gigante, y aun temblando mantenerse firme frente a él, ¿no justifica ese instante de afirmación toda una vida? ¿No es la cura más genuina del miedo, que a la vez lo asume y lo vence, transmutándolo en coraje? ¿No se resume ahí el más profundo poder de la condición humana? Algo así debió querer decir Nietzsche con aquella famosa divisa: “Lo que no me mata me hace más fuerte”.

    En el fondo de lo que nos abruma, en definitiva, siempre alienta de algún modo el miedo de los miedos, el miedo a la muerte. El poder de la muerte reside en su fatalidad y en que es siempre una posibilidad inminente: solemos olvidarlo, pero hay épocas de la vida en que nos llegan ecos de sus trompetas, y cómo no temblar al escucharlos; el budismo, como los estoicos y Montaigne, recomienda ejercitarse en hacerla presente, y supongo que hace bien, aunque no tengo claro que eso nos ayude a afrontarla cuando llegue. Epicuro, en cambio, era partidario de no dedicarle un ápice de nuestros desvelos: "Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros... Mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, entonces no existimos".
    Con la muerte y con el miedo, en fin, todos los consuelos son buenos, pero siempre se quedan cortos. A la postre no hay más remedio que vivirlo, sentir su sablazo y seguir con su desazón, meterlo en la maleta y continuar caminando. Ya que el miedo es ineludible compañero de viaje, convirtámoslo en tarea e inventemos el valor. Porque también las derrotas nos componen y nos acompañan. Hay que asumir la certeza de la inseguridad. Hay que mirar de frente a nuestros miedos. Ojalá tengamos suficiente con la lucidez y con el amor.