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Cosmovisiones varias, varias cosmovisiones.



 La otra noche antes de dormir estaba pensando en los diferentes paradigmas científicos y en como las diferentes concepciones del cosmos nos han marcado en cada época.

Los primeros filosóf@s se encontraron con un cosmos presocrático, donde de un modo metafísico querían encontrar el “arjé” de las cosas, es decir un elemento que fuera la esencia primordial del universo, para algunos era el agua, para otros el aire y para otros el “apeirón” (lo indeterminado). Por aquel entonces la filosofía era esencialmente cosmogonías varias que buscaban una explicación racional de aquello que tenían delante. Elucubraciones de cómo se creó el Universo, de si este es uno o es múltiple, que si cambia o no… Lo importante para mi es que todas esas bonitas teorías rozan la metafísica sin avergonzarse de ello. El ser humano se encontraba en los albores de la ciencia, en el inicio de la carrera, un momento en el que muchas cosas tenían cabida, el tiempo y las personas aún no habían descartado muchas teorías.

Más adelante se toparon con el modelo aristotélico-ptolemaico, donde el ser humano es el centro y medida del cosmos. Se trata de un antropocentrismo exacerbado, prisma des del cual podemos observar una realidad ordenada hasta la perfección, donde cada elemento forma parte de un todo y sigue su curso hacia una finalidad concreta y dirigida por Dios. Aquí el ser humano es poderoso porque tiene un arma que le permite conocer totalmente la realidad, esa arma es la razón.
Luego llega la revolución científica y la modernidad, ahora ya no somos el centro del mundo. Ohhhhhhh! Pasamos de un cosmos teleológico (con una finalidad determinada) y antropocéntrico a otro frío y mecanicista. Ahora lo que se lleva es decir que apartarnos a Dios de la investigación científica y desvelamos las leyes matemáticas del gran reloj que es el Universo. Eso si, Dios es el gran relojero. Aquello fue un shock, tu imagínate, un cosmos en el que el ser humano era la medida de todas las cosas y de repente llega un señor llamado Copérnico y lo pone todo patas arriba, ya no somos mini dioses en el medio de la creación sino que formamos parte de un Universo mucho más grande y descentralizado, sin finalidad alguna y con un frío relojero que no se ocupa de su máquina ya que esta es perfecta y no necesita revisión alguna. Nos quedamos semi-huérfanos con un complejo de abandono e inferioridad terrible, el mundo no era como creíamos y nuestra importancia es relativa, ¿Ahora qué? Desilusión y chasco.


Pero por suerte o por desgracia, la modernidad muere y con ella muere Dios abriendo paso a eso que vivimos y llamamos postmodernidad donde parece que no solo ha muerto dios como decía Nietzsche sino que también ha muerto el hombre como decía Foucault. Actualmente llevamos la marca de la teoría de la relatividad enfocada a un macrocosmos y la de la mecánica cuántica enfocada a un microcosmos. Alucina pepinillos, Einstein comunica que el espacio y el tiempo no son algo absoluto sino más bien algo relativo al observador, a su velocidad, su subjetividad y la fuerza gravitacional por la que se encuentra afectado, entre otras… (a la mierda la física clásica). Prestando atención a lo pequeño, esas diminutas partículas que llamamos átomos ya no nos sirven, ya que la materia parece que no se comporta como partículas sino también como ondas, cosa extraña ya que las características de una y de otra son incompatibles. Entonces ¿Cómo es la realidad?, ¿Podemos conocerla? Por no hablar del principio de incertidumbre que defiende que el observador siempre altera las características del objeto observado, además esta todo ese rollo del las diferentes realidades superpuestas que se dan o no de forma simultánea, es decir esta el yo que lee este post y a la vez (o no) el yo que ha decidido pasear. Parece una realidad fragmentada, una especie de “colash” relativo al sujeto. Como la postmodernidad misma donde no hay más verdad que la propia, sin aparente narrativa que sustente nuestras vidas. ¿Ahora qué? Fuerza y crítica.

Con el medio roto.

Con el medio roto (Mit gebrochene Mitte) por @Jrherreraucv

“La existencia objetiva del espíritu está condicionada por la separación de los extremos.

Cada uno de los lados se ha escindido en oposición rígida, y la unidad de ellos no puede aparecer y existir sino como su mediación extrañadora, como un término medio, excluido y distinto de la separada realidad de los lados”. G. W. F. Hegel

Un profundo abismo, de incalculables dimensiones, yace bajo los tambaleantes pies del ser social venezolano. La falla es –como ya se sabe– de origen. Pero solo durante los últimos tiempos los bloques rocosos de cada lado, de cada extremo polar, parecen haber iniciado el tremuloso rugir de su desplazamiento y, quizá, por primera vez, se han hecho visibles las puertas del infierno. Cuando la conciencia es sometida a determinadas circunstancias de crisis orgánica, como resultado de una larga travesía de severos resentimientos sociales y de agudos desencuentros históricos y culturales, esta –la conciencia– termina por desgarrarse en sí misma. Entonces, una vez escindida y desdoblada, no solo presupone la ficción de comportarse de diversa manera respecto de sí misma, sino que, precisamente por ello, va asumiendo las determinaciones inmanentes a la oposición absoluta. Se va haciendo cada vez más radical, cada vez más extrema, cada vez más intolerante y unilateral. Ya no se reconoce. La pauta de su antagonismo la dicta la inversión de su propio reflejo o, más bien, el reflejo de su propia inversión, concibiéndose a sí, respecto de la posición que asume en su duplicidad, como el “lado bueno” o el “lado malo”, el “lado noble” o el “lado vil”, extremando, al máximo, las abstracciones de su prejuicio. Este es el trueque de la conciencia desventurada, el destino trágico de la certeza puesta más allá de sus límites, la dolorosa pérdida de toda sustancialidad. Y, con el medio roto, las miserias de la vida se transforman en la vida de las miserias.

Desde sus primeras formulaciones, los problemas relativos al conocimiento del fenómeno de la oposición no han sido precisamente sencillos. Y es comprensible. Es costumbre de las obsesiones del entendimiento abstracto, de su profundo espíritu dogmático y disecador, la pretensión de querer atrapar el movimiento de la cosa misma, del devenir del ser, en una fotografía, a objeto de simplificarlo. Tal vez haya sido por eso que Max Weber exhortara a todo aquel que quisiera tener visiones a que se fuera al cine. Una noche, en una distinguida fiesta neoyorquina, una curiosa dama de la high society abordó a Herr Professor Albert Einstein. Le rogaba explicarle, de la manera más sencilla posible, su “famosa” y ciertamente innovadora teoría de la relatividad. Como todo un gentleman –¡que lo era!–, Einstein intentó, una y otra vez, explicar, del modo más sencillo, su teoría a la encumbrada dama sin poder lograrlo. Hizo sus mejores esfuerzos. Todo fue en vano. Ya por último, y ante la insistencia de la señora en cuestión, hizo un intento desesperado y, como todo lo desesperado, brevísimo. De pronto, a la señora se le iluminó la mirada: “Doktor Einstein, ¡qué maravilla!, al fin, ya le he entendido”. Einstein la miró sonriente y con algo de ternura paternal, le respondió: “Me complace mucho que haya entendido lo que acabo de explicarle. Pero lamento informarle que eso nada tiene que ver con la teoría de la relatividad”.

No era por mera casualidad que a Hegel le resultara tan lamentable lo de la manzana sobre la cabeza de Newton. No hay un polo bueno y un polo malo. Muy difícilmente, y después de Aristóteles, la tarea de la oposición, su propósito final, pueda consistir en la eliminación de uno de sus polos constitutivos, por el simple hecho de que, al eliminar uno de los polos, la oposición deja de ser. Y cabe agregar el hecho de que la historia de la humanidad es, ni más ni menos, el resultado de la continua confrontación de la dialéctica de las oposiciones. ¿Cómo hacer para que el cableado eléctrico elimine uno de los polos –digamos, el “negativo”– y siga funcionando la electricidad? Eso solo podría ocurrírsele a un “heredero inmarcesible” de la estirpe galáctica de las iguanas. Ni hay tres polos –v. g., el “término medio”–, como se figuran algunos, ávidos lectores de manuales y ediciones de bolsillo. No hay, en los términos de la oposición, ni tres polos ni “tesis, antítesis y síntesis”, particularmente si por “síntesis” se entiende “el término medio”, el tertium datur, la tibia, neutra y, muy en el fondo, cómoda posición intermedia, entre lo uno y lo otro a la que apelan los “centrados”, los fotogénicos de Weber, los snugs de Shakespeare, los muy distinguidos y exclusivos memberships de la farándula del entendimiento abstracto.

Se le podrá atribuir a Marx todo lo que se quiera. Se podrán dejar caer sobre él los peores denuestos. Pero nadie podrá decir que no intentó –¡Dios es testigo!– hacer que Proudhon comprendiera el movimiento real de las oposiciones. Pero el pobre señor Proudhon, al decir de Marx, “pese a todo su celo por escalar la cima” de las oposiciones, “no ha podido pasar de los dos primeros escalones, de la tesis y de la antítesis simples, y, además, les ha puesto el pie encima dos veces, y de estas dos veces, una ha caído boca arriba”. En efecto, monsieur Proudhon, “no tiene de la dialéctica de Hegel más que el lenguaje. A su juicio, el movimiento dialéctico es la distinción dogmática de lo bueno y de lo malo”. El pretender flotar en el medio de los términos de la oposición, empujando un poco aquí y allá para, desde su posición ecuatorial, ganar algo de “espacio”, es decir, para ir ganando adeptos menos radicalizados, conservando su lado bueno y eliminando el malo, es la novísima estrategia que, durante estos tiempos de extrema dificultad, han diseñado los amantes del diletantismo político, confundiendo la contradicción, la contrariedad y la correlatividad de los términos opuestos. Están convencidos de que la tarea consiste en “achatar los polos y abultar el ecuador”, haciendo de este último su zona predilecta de confort.

En realidad, y como afirma Hegel, el llamado término medio comporta en sí mismo la confirmación del lenguaje del desgarramiento en el que el espíritu es “esta absoluta y universal inversión y extrañamiento de la realidad y del pensamiento. Lo que se experimenta en este mundo es que carecen de verdad las esencias, lo bueno y lo malo, la conciencia noble y la conciencia vil, ya que todos estos momentos se invierten más bien el uno en el otro y cada uno es lo contrario de sí mismo”. Los dialogantes de Santo Domingo son representados con conciencia de villanos. Pero Trump puede dialogar con Kim Jong-il. Él tiene conciencia noble. Los extremos se invierten, giran de continuo. No se reconocen, pero piensan, hablan y actúan de idéntica manera. No hay medianías, o mejor: el medio es la cabal representación de la fractura de la conciencia de una sociedad que se haya escindida en sus cimientos, presa de su “mediación extrañadora”.

Antipolíticos en la prepolítica

Lo antipolítico como prepolítico por @jrherreraucv

En el campo de la filosofía en sentido estricto, se dice de todo materialismo –que se declara abiertamente antiespiritualista– y de todo espiritualismo –que se declara abiertamente antimaterialista– que se trata de posiciones recíprocamente aisladas, posiciones abstractas, recíprocamente gratas a los prejuicios propios del sentido común. Posiciones, en fin, provenientes de la cultura dieciochesca, anteriores a la síntesis a priori magistralmente enunciada por Kant en la Crítica de la razón pura, la síntesis o unidad diferenciada de sujeto y objeto, su “negación determinada”, como la denominara Hegel. En una palabra, a estos puntos de vista, se les llama prekantianos. “Cada extremo –apunta Marx– es su otro extremo. El espiritualismo abstracto es materialismo abstracto; el materialismo abstracto es espiritualismo abstracto de la materia”. La lógica del maniqueísmo es de cuidado, y conviene prestarle adecuada atención, si se quiere comprender –más que entender– el presente estado de cosas. Lo “anti”, siempre, es sospechoso: nadie más religioso que un ateo; nadie más anticomunista que un ex comunista; nadie más inmoral que un moralista tout court. De ahí que, y extendiendo los límites del ámbito de la ontología del ser social a los del pensamiento político –si es que los hay–, se pueda afirmar que toda posición antipolítica, sea esta de derechas o de izquierdas, liberal o socialista, progresista o reaccionaria, es, en realidad, una posición prepolítica.


Antipolíticos en la perpolítica

La antipolítica es, de hecho, una contraposición. Pero toda posición en-contra es, siempre, una posición que, para poder ser, necesita nutrirse continuamente de la otra posición que enfrenta con tanta vehemencia. Su fortaleza no depende de sí misma: depende de su término o-puesto. Como el materialismo o el espiritualismo, como el empirismo positivista o la teología filosofante postmoderna, ambos recíprocamente antagónicos, recíprocamente abstractos –cuyos respectivos postulados se autorrepresentan como “la única verdad”–, del mismo modo, la antipolítica se autoconcibe como la definitiva resolución de la política, la expresión más acabada, más noble, más honesta, más “pura”, de la res publica, o sea, del dominio de la vida de lo público. Diría Maquiavelo que, en el fondo, los representantes de la llamada antipolítica no son más que reediciones contemporáneas de los Savonarola de su tiempo. Y no se puede establecer con propiedad cuál de los extremos resultó ser más pericoloso: si Savonarola o Lorenzo de Medici, el antipolítico-político o el político-antipolítico. El promotor de la “hoguera de las vanidades”, predicador contra el lujo, la corrupción y la depravación de los poderosos o el gobernante de facto, el mecenas tanto de las artes y las ciencias como de las bacanales, banquero y promotor del sensual y reluciente esplendor fiorentino. Observa Hegel que una cosa es lo que se proponen llevar a cabo los grandes personajes de la historia y otra muy distinta la astucia que resulta de la propia inmanencia de sus propósitos.

Más allá –o más adentro– de la simple descalificación de la labor del otro, cada uno de los términos pretende reafirmar la exigencia por asumir, por apropiarse, aunque sin poder declararlo explícitamente, de la condición, del rol, del carácter protagónico, de su “enemigo”, ese perenne querer ocupar su posición, convencido de que, él sí, lo haría mejor, dado que, a su juicio, el otro no está a la altura de su dignidad y de su preparación. El otro, en consecuencia, debe ser aniquilado, destruido, anulado. En el intermezzo, la barbarie militarista sonríe. Y no se trata de considerar exclusivamente la anormalidad, el morbo, de la antipolítica con independencia del de la política, como si bajo la actual crisis orgánica que vive la sociedad del presente, el político ocupase “el lado correcto de la historia” y el antipolítico el incorrecto. Con mayor rigor y objetividad, conviene afirmar que todo relativismo es un fraude. La ya famosa cita de Einstein “todo es relativo”, en realidad, nada tiene que ver con la mediocridad del relativismo que se ha venido transformando en la sacra ideología de los tiempos. Cuando Einstein, quien siempre se declaró seguidor de Spinoza, afirmó que “todo es relativo” no se refería a la desaparición del absoluto: se refería a que todo se encuentra en relación con todo. Todo es correlato de todo, todo está íntimamente relacionado entre sí: ordo et conectio idearum idem est ac ordo et conectio rerum. Y cabe acotar el hecho de que la expresión “todo” ya es, de suyo, una afirmación a favor de lo absoluto, comprendido como relación –unidad diferenciada o síntesis a priori– de los términos de toda oposición.

Quienes desprecian el ámbito de lo político, alentados para ello por los promotores de la antipolítica, no imaginan cuán políticos son. Quienes, a su vez, desprecian la antipolítica, alentados por los políticos “de oficio”, por los “profesionales” de la política, no saben cuán antipolíticos pueden llegar a ser. Lo cierto es que, como consecuencia de semejantes puntos de vista, la llamada “unidad democrática” ha terminado por fracturarse irremediablemente, y mientras las sospechas crecen entre los unos y los otros, el militarismo entierra, cada vez con mayor profundidad, las huellas de la suela de sus botas en el lodazal de lo que va quedando de país. La ruin barbarie se ha convertido en el “santo y seña” de una sociedad agobiada, empobrecida, embrutecida y secuestrada, por una lumpencracia que no para de sembrar el temor –y la esperanza–, mientras reparte dádivas con criterio de escasez y hace que la multitud termine enajenando su dignidad para poder sobrevivir. Impone la cultura del “barrio adentro”, del cerro hostil. Habitúa a todos a que no haya luz, ni agua, ni gas, ni salud, ni alimentos, ni seguridad. Acostumbra, como si se tratara de algo normal, a que el modo de vida cotidiano de los más desposeídos sea el modelo de vida de toda la sociedad, y especialmente de la clase media, profesional y técnica, que cada vez más se reduce.

El año entrante será decisivo para los sectores que están dispuestos a poner fin a la canalla vil. Para ello será preciso superar los traumas y las intrigas del maniqueísmo, del sectarismo y la inútil mezquindad, los puntos de vista abstractos, el azote de la prepolítica devenida, doblemente, en antipolítica, premeditadamente sembrada –y disfrutada– por quienes durante los últimos 20 años han destrozado al país. Aufheben: superar y conservar. Y cabe decir que comprender esta artificiosa ausencia de reconocimiento quiere decir precisamente eso: superar.

Crisis, Acción, Contemplación, Filosofía y Pereza

Crisis, Acción, Contemplación, Filosofía y Pereza.
Este escrito plantea las reflexiones que despiertan las distintas posiciones defendidas por muchos filósofos de foro y red social como respuesta a la situación crítica –de crisis– en que se encuentra la sociedad actual, configurando un panorama, en opinión del autor, de lo más inconsistente e ineficaz.

«El mistiscimo tradicional ha sido contemplativo, ha tenido la convicción de lo irreal en el tiempo, es esencialmente una filosofía de la pereza. Un hombre entregado a la contemplación llega a descubrir que la contemplación es el verdadero fin de la vida y que el verdadero mundo está oculto para los que se entregan a las actividades de la vida».

Esta frase de Bertrand Russell, extraída de su ensayo "La filosofía en el siglo XX", en la que expresa su crítico punto de vista sobre la vida contemplativa, es la que ha representado el papel de catalizador en este escrito, incluido –quizá presuntuosamente– en la categoría de «pensamientos en filosofía». Pero, como todo catalizador, su papel no es sustantivo; es un elemento necesario pero no suficiente para el resultado final, el cual jamás podría obtenerse sin el resto de elementos de la fórmula, todos ellos bastante más importantes.

Crisis
En primer lugar, y el más importante, tenemos un elemento objetivo: la Crisis. Así, sin adjetivar y en mayúsculas. Podríamos referirnos a ella como «la madre de todas las crisis». Resultaría prolijo y altamente ineficiente dedicar parte de este escrito a identificar sus distintas caras y profundizar en ellas, esfuerzo estéril e inútil que solo conseguiría desviar la atención del tronco reflexivo principal y generar confusión. En cambio, la Crisis –en abstracto– es algo que todos reconocemos objetivamente como una losa que pende sobre nuestras cabezas y ejerce su influjo negativo en la práctica totalidad de órdenes de la vida, de los cuales –esto es opinión subjetiva– el económico es sólo un pequeño efecto colateral.

Acción
En segundo lugar entra en juego mi percepción, probablemente sesgada por los foros filosóficos a los que tengo acceso, de que arrecia la opinión de que es preciso «pasar a la acción», de que un filósofo que se precie no puede mostrar indiferencia frente a la situación en que se encuentra inmersa la sociedad y que debe «tomar partido». Así, florecen más y más publicaciones en este sentido, en lo que se interpreta como una «primavera filosófica», como una especie de Renacimiento llamado a ser un bálsamo de Fierabrás curalotodo, algo así como el eficiente Lobo, «resolvedor de problemas» de Pulp Fiction. Este elemento de la fórmula será asimismo considerado de forma genérica, desde muy arriba en la escalera, debido también a su carácter multiforme, en el que se da cabida a todas las tendencias, matices y sabores propios de la condición humana, diversa por naturaleza, diversidad que, más allá de su positividad, en este caso lastra y dificulta sobremanera una eventual unidad de acción.

Contemplación
Sorprende también que en los mismos foros y, frecuentemente, los mismos «filósofos» sean fervientes defensores de la abstracción reflexiva, de la búsqueda introspectiva del Yo como solución –ignoro si paralela o complementaria a la acción pura y dura– a los graves problemas de la humanidad, argumentando que a través de este encuentro con nosotros mismos se conseguirá la mejora del Ser colectivo, resultado que me parece de lo más peregrino si se basa exclusivamente, como parece, en mirar dentro de nosotros mismos o en mirarnos el ombligo, que viene a ser lo mismo. De nuevo, en este elemento nos quedaremos en lo genérico, en lo conceptual, sin entrar en los múltiples matices que caracterizan la filosofía contemplativa, normalmente inspirados en escuelas de pensamiento orientales muy alejadas de la filosofía y de la cultura occidental.

Filosofía y Pereza
Nos encontramos pues con una fórmula de tres elementos: la Crisis, la exigencia de Acción y la defensa de la Contemplación, a los que debemos sumar la frase de Russell, verdadero martillo pilón que, formando parte del mismo, pretende pulverizar el elemento «contemplativo». Y esta fórmula de elementos tan diversos, tan disonantes, tan antagónicos, es la que conduce inevitablemente a estos «pensamientos en filosofía». Incluso a pensar en «la» filosofía. Y la verdad es que sólo me genera preguntas sin respuesta, las cuales, por su enorme diversidad, también me abstendré de plantear. Me limitaré al cómodo papel del crítico improductivo que, emulando a estos filósofos de salón, se permite opinar sobre la inconsistencia de estos planteamientos. Sobre la incongruencia que representa la absurda defensa simultánea de dos planteamientos vitales absolutamente opuestos e incompatibles con la obtención de un resultado común, sea el que sea.

Me abstendré también de hacer juicios de valor sobre la indudable bondad conceptual de las soluciones propuestas consideradas por separado, lo que llevaría indefectiblemente a entrar en detalles que, no me importa reconocer, rebasan mi conocimiento y el alcance de este escrito, aunque no sería honesto ocultar mis preferencias por la Acción y mi simpatía por Russell y su opinión sobre la Contemplación y la filosofía de la Pereza.

Pero lo que resulta imposible es no poner en tela de juicio el objeto de la filosofía en la época que nos ha tocado vivir, con una sociedad tocada por todos los males, con un papel a jugar totalmente desdibujado y desorientado, sometida también a tensiones y agresiones de todo tipo y a su disolución –o simbiosis, según el opinador– en la ciencia. Y a encontrar este papel perdido no contribuyen precisamente los manifiestos de los que se atribuyen el papel de «filósofos» populares –próximos al pueblo– que, en definitiva, deberían ser capaces de generar y transmitir un mensaje coherente a la sociedad que pretenden mejorar.

Lo que parece evidente es que los efectos de esta Crisis sistémica han alcanzado a la esencia de la misma filosofía y que resulta necesaria una verdadera y profunda revolución del pensamiento colectivo que deberá también sobreponerse a otra de las numerosas cabezas de la hidra, la acusada crisis de liderazgo, condición necesaria –por su trascendencia sobre la sociedad–, pero no suficiente, como ha quedado demostrado con el escaso o nulo efecto causado por el mensaje de alta resonancia pública de reputados pacifistas como el propio Russell o Einstein –más allá de su posteriormente lamentado apoyo al proyecto Manhattan y de su errónea etiqueta de «padre de la bomba atómica»–, promotores del manifiesto antibelicista que tomó el nombre de ambos, firmado en Londres en julio de 1955. Convendrá también apuntar el profundo escepticismo que ambos declaraban abiertamente y que no nos hace ser, precisamente, optimistas respecto al futuro.

Esta es la cómoda reflexión desde fuera, realizada por un protofilósofo que no se moja, que no propone soluciones, que –a diferencia de muchos– no sabe «qué» hacer ni, consecuentemente, «cómo» hacerlo. Pero esto no impide ser sensible a esta peculiar situación y desear que la filosofía, a través de verdaderos filósofos, encuentre su camino. Un camino colectivo, de proyección social, no individual, no contemplativo, no exclusivamente introspectivo. Y práctico. Sobre todo, práctico. Alejado tanto de la filosofía de la Pereza como de la Pereza que da leer a algunos pretendidos «filósofos». Mientras tanto, pienso que no nos queda más que el ejemplo individual a nuestro entorno, con la probablemente ilusoria esperanza de que, a través de la Acción, no de la Contemplación, se extienda poco a poco la mancha. Este es mi «pensamiento en filosofía».