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La hazaña de la libertad.

Antonio Machado, todo pasa y todo queda.
Antonio Machado, todo pasa y todo queda.


El tiempo de Dios no es ni perfecto ni imperfecto, como se suele creer en estos tiempos de desgarramiento, minado de temores y esperanzas. La perfección de la sustancia sólo puede ser idea concreta, real identidad de lo subjetivo y lo objetivo, de lo universal y lo particular, o identidad de finito e infinito, cabe decir: de los términos contrapuestos. Cuando la perfección -que es unidad de lo uno y lo múltiple- es abstraída desde uno de los extremos de la oposición, deriva identidad formal, concepto vacío, ratio kantiana. Es la carne que ha sido escindida de la osamenta por los instrumentos del entendimiento reflexivo. Puesta frente a lo finito, aparece como la nada de lo finito mismo, en tanto lado negativo de la perfección. Puesta como realidad inmediata, aparece como lo infinito positivo, no subjetivo, no productivo, sino como objeto y producto, como la nada indeterminada en la pureza de su identidad. Así, y precisamente por ello, se manifiesta como la pura contraposición. Teología filosofante, de un lado. Positivismo rampante, del otro. En realidad, frases hechas, consignas altisonantes y rimbombantes. Pero, en el fondo, ninguna de estas determinaciones de la perfección -por más perfecta o imperfectamente que sea representada la divinamente profana temporalidad- está en capacidad de definir, de modo concreto, ni al tiempo ni a Dios ni a la perfección, simplemente porque adolesce de eso que el divino Spinoza -¡y vaya que si era divino!- llamaba el Infinito actu, la unidad de la unidad y de la multiplicidad de las determinaciones. La temporalidad, devenida historia de carne y hueso, es la hazaña de la Libertad.

Lo que sí parece ser inobjetable es que la sustancia, que se reconoce en sí y para sí misma como sujeto, no pocas veces actúa por caminos insospechados y hasta, podría decirse, misteriosos o cuando menos sorprendentes. Del Libro del Eclesiastés -cuya traducción al español, por cierto, sería el Libro del Asambleísta- es esta frase: “los caminos de Dios son misteriosos como la senda del viento, o como la forma en que el espíritu humano se infunde en el cuerpo del niño aún en el vientre materno”. Su autor se hace llamar Qohéleth, que significa “el representante de la Asamblea”, un tribuno de la legítima Asamblea del pueblo que, hastiado de las creencias dominantes bajo las cuales habían sido sometidas las mayorías, decide tomar la palabra y actuar en consecuencia. Lutero lo llama -no sin razón- “el orador”. Decía Vico que la historia de la humanidad se diferencia de la historia de la naturaleza porque los hombres hacen la una y no la otra. Las cosas en la historia cambian de continuo en virtud, precisamente, del empeño de la libre voluntad. Como bien dice el poeta: “todo pasa y todo queda”. Y es que la exigencia del cese de la usurpasión de una determinada tiranía quizá sea, si no el principal, por lo menos uno de los motivos esenciales del desarrollo histórico de la civilización humana.

El tiempo del ignorante conduce directamente a la perfección del mal. Un puñado de militares mediocres y de civiles fracasados, movidos por el resentimiento social, la sed de venganza y una curiosa mezcla de prejuicios y presuposiciones doctrinarias, tomadas de una mortaja remendada, hirieron gravemente a la que, hasta entonces, fuera reconocida como la democracia más antigua de latinoamérica y el país más pujante de la región. A la larga, se hicieron del poder con la ayuda de una élite económica y política aventurera e irresponsable, gustosa de vitorear a un fantoche parlanchín, zamarro y embaucador, convertido en César todopoderoso. Los mochos -dice el adagio popular- se juntan para rascarse. Veinte años y un poco más han pasado. El balance es desolador: destruyeron y corrompieron todas las instituciones del Estado, el poder judicial, el poder electoral, la Fiscalía y la Contraloría, así como la administración pública, la red de salud, las instituciones educativas, las universidades, las empresas del Estado. Desarticularon y corrompieron hasta la metástasis a las fuerzas armadas, hoy convertirlas en un cuerpo de mercenarios. Transformaron los organismos de seguridad del Estado en una pandilla del cartel, que terminó por secuestrar y aterrorizar a la población. Entre tanto, y a medida que destruían el aparato productivo, se dedicaron a enriqueserce con los dineros del Estado y transmutar el territorio nacional en un puerto seguro para la distribución de narcóticos y en un aliviadero seguro para grupos terroristas de toda calaña, desde el Hezbollah hasta las Farc y el Eln, además de entregarles en bandeja de plata el control del país a un Estado forajido como lo es el cubano. Las dramáticas consecuencias no tienen precedente en la historia venezolana. La miseria material y espiritual cunde como la plaga. La gente tiene hambre, las patologías se multiplican, los pacientes mueren por falta de asistencia médica o por la casi total carestía de medicamentos. La deserción educativa, a todos los niveles, es espantosa. Reina la inseguridad ciudadana en calles oscuras y mugrientas. Los servicios públicos -agua, aseo, luz, gas, transporte, telefonía, vialidad- apenas funcionan y cada vez más se incrementa el deterioro. Por si no bastara, no existe Estado de Derecho y la prensa está amordazada. El terror reina aún a sus anchas.

Venezuela ha tocado fondo, ciertamente. Pero justo cuando se pensaba que todo estaba perdido, desde el fondo del pantano se ha vuelto a levantar para luchar por la Libertad. Los caminos de Dios son, sin duda, misteriosos. Hoy se encuentra Venezuela en las calles, retando a la tiranía. Decidida y sin retorno, lucha por ponerle fin a la maldición populista. La troja se le ha descompuesto al cartel. Están acorralados y la comunidad internacional ya los conoce bien. Están solos, a solas, y con el sol sobre sus espaldas. Esta será sin duda una lucha dura y difícil contra la opresión del sujeto y del objeto. Pero será una lucha histórica, una -siempre antigua y siempre inédita- hazaña de la Libertad.

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Razón y fe en el ser humano.

Razón y fe.

En la cima de la montaña por Norberto Martín

Quizá alguno ha tenido la posibilidad de llegar a la cima de una montaña, y experimentar la magnitud de la naturaleza.
Es una experiencia que se magnifica si se llegó a la cima, por sus propios medios.
Sentarse en ella y contemplar todo a su alrededor, nos invita a pensar sobre lo insignificante que es el ser humano ante tanta belleza.



De esta reflexión pueden surgir expresiones diversas, pero me voy a detener en dos diferentes:
Algunos: ¡Qué maravilla la naturaleza, su inmensidad! ¡Qué impotente el ser humano ante ella! ¡Esta belleza producto de millones de años de acción caótica!
Otros: ¡Qué maravilla la obra de Dios, su inmensidad! ¡Qué impotente el ser humano ante ella! ¡Es impresionante pensar que Dios imprimió en el principio lo que llegó a ser hoy el universo!

¡UN HECHO, DOS INTERPRETACIONES! (puede haber más)

Quiero analizar otro hecho:
Durante la historia de la humanidad, para explicar fenómenos, los seres humanos recurrieron a los mitos, producto del animismo, del cual se fueron constituyendo las distintas religiones.
La monoteísta surge en Egipto y es trasladada, por los Israelitas, un pueblo de esclavos, a Medio Oriente.
Este punto geográfico estaba ubicado estratégicamente en el medio del camino del comercio entre las naciones conocidazas en ese momento, desde el Lejano Oriente hasta lo que es ahora Europa y el norte de África. Pasaron los comerciantes trayendo y llevando leyendas, mitos y divinidades.
Aquí se desarrolló la religión Judía (o Israelita) y dio origen a las religiones Cristiana e Islámica. Que por la misma razón geográfica se dispersaron por todo el mundo.
A través de la historia, las religiones, fueron progresando a lo que conocemos hoy. (Utiliza el término progreso ya que es el resultado de la acción humana y no evolución que es el resultado de la acción de la naturaleza.
Hasta aquí el hecho.
Del mismo pueden surgir muchas interpretaciones, me voy a detener en dos antagónicas.
“EL HOMBRE HA CREADO A DIOS”
“DIOS SE VA MANIFESTANDO A LOS HOMBRES A MEDIDA QUE ELLOS PROGRESAN EN SU ENTENDIMIENTO”

¡UN HECHO, DOS INTERPRETACIONES!

Razón y Fe, Fe y Razón, ¿cuál de las dos es la correcta? ¿Cuál de las dos es la que me lleva a la verdad?
El camino de ambas se asemeja al que conduce a un precipicio, la Razón me indica detenerme, la Fe seguir adelante.
La Fe ha tratado de demostrar, durante siglos, lo que la razón no puede vislumbrar.
La Razón ha tratado de demostrar la imposibilidad de los hechos de fe.
Para el que tiene Fe, por ejemplo todas las demostraciones de la existencia de Dios son válidas, dicho sea de paso lo han hecho Aristóteles, Avicena, Averroes, Anselmo, Agustín, Tomás de Aquino, Theilard de Chardèn (este a partir del concepto de evolución), Descartes, Hegel, Marcel, Kierkegaard, etc.
Para el que no tiene fe, ninguna es válida, y dicen que es imposible demostrar algo inexistente, Sarte, Marx, Nietzche, etc.
El problema consiste en el punto de partida de ambas:
La Fe es expresión de la voluntad, del querer y el resultado es confianza, esperanza (de spes, esperar activamente, espero pero hago todo lo posible para lograrlo; no de spectatio, espera del espectador, me siento a ver que sucede), seguridad, amor y actitud.
La Razón, expresión de la inteligencia, sigue sus lineamientos, el resultado es el conocimiento, la ciencia, la tecnología, etc.
Pero en nuestra vida diaria ambas están presentes, confiamos en otros, tenemos fe en ellos, a veces sin razón; esperamos conseguir un trabajo mejor, y nos esforzamos buscándolo; pero también usamos nuestra inteligencia para entender los hechos y nuestra voluntad para comprenderlos (1).
La voluntad es cálida, la razón fría.
La voluntad quiere, la razón calcula.
Ambas se condicionan mutuamente.
Y quisiera terminar con aquel refrán que dice “El corazón tiene razones que la razón no conoce” y si la adaptamos al texto sería “La voluntad (Fe) tiene razones que la Razón no conoce”.

1 - Es mas toda nuestra vida está basada en la fe, en la creencia, algunas veces corroboradas y otras sin necesidad. Le creemos a nuestros padres, a los docentes, a los parientes, a nuestros sentidos (Ej. el cielo es azul y este color no es mas que un reflejo de la superficie terrestre), y así podría enumerar infinidad de situaciones en que la creencia tiene la supremacía.

¿Es Dios una conciencia cuántica?


Dios es la conciencia cuántica derás de nuestra conciencia, el Gran Observador de cuanto observamos, el Ser que hace posible que los seres hagan posible la realidad.


Desde la antigüedad el hombre ha tratado de encontrar una prueba fehaciente de la existencia de Dios. Filósofos, científicos y religiosos, cada uno en su materia, han buscado elementos suficientemente contundentes que demuestren que Dios existe. Los filósofos han querido hallarlo en un principio metafísico, la mayoría de los científicos intentan encontrarlo en la profundidad de la materia y los religiosos, haciendo a un lado ambos argumentos, lo ubican en un ámbito al cual sólo se llega mediante la fe. A pesar de que han transcurrido ya siglos de discusiones al respecto, la pregunta ¿existe Dios? sigue siendo hoy una cuestión difícil de responder.

            Para resolver un poco esta incógnita, me parece necesario definir grosso modo lo que pudiera ser Dios. La palabra Dios proviene del latín deus que significa “ser de luz”, pues así eran entendidos los dioses en los orígenes, como seres hechos de la materia de la luz.[1] Los místicos hacen referencia a experiencias en donde Dios se presenta como un ser de luz, como una energía luminosa y llena de bondad. Podemos pensar de entrada, pues, que Dios, en tanto que ser de luz, si existe, es energía que se manifiesta como luminosidad, lo cual nos abre una vía de análisis. Si Dios es luz, hemos pues de basarnos en los estudios sobre la luz para des-cubrir su existencia.

        La luz es un fenómeno interesante porque se comporta como una onda y como una partícula. Una onda es una curva o círculo que se forma en la superficie de algo. Pensemos en la onda que aparece en el agua cuando arrojamos una piedra. La luz, como el agua en el estanque, se propaga en ondulaciones. Estas ondulaciones, al extenderse, abarcan un área enorme durante su recorrido. Si quisiéramos marcar todos los puntos que toca esa onda al recorrer el área completa, el estanque entero por ejemplo, nos sería imposible; la onda está en muchos sitios a la vez. La partícula, al contrario, fija su posición en un sitio, como el agujero de una bala. Lo curioso con el fenómeno de la luz es que onda y partícula existen en superposición, es decir, al mismo tiempo.

La onda de luz abarca todas las posibles posiciones de la partícula en un campo probabilístico, en ese sentido, la onda es pura posibilidad, posibilidad de que la partícula lumínica esté en cualquier sitio dentro del área. En la onda no hay nada definido, todo es posible. Y permanece siendo posibilidad hasta que una conciencia, mediante la acción de observar, colapsa la onda y determina el estado de la partícula. Entonces la posibilidad pasa a ser realidad, es decir, desaparece la superposición y se muestra sólo la partícula. Todas las partículas subatómicas se comportan igual, de manera que la realidad que conocemos, antes del colapso, es pura posibilidad.



Pongo un ejemplo. Imaginemos que entramos a un cuarto oscuro con los ojos cerrados; no vemos nada. Pongamos que esa oscuridad es como la onda de posibilidad en la que nada está definido; cualquier cosa puede estar en cualquier sitio. Mientras no abramos los ojos todo es posible. Ahora imaginemos que sólo parpadeamos una vez. Durante esa fracción de segundo en la que nuestros ojos estuvieron abiertos, la oscuridad se colapsó, dejó de ser posibilidad para convertirse en realidad espacial. Sólo en ese breve instante aparecieron las cosas, los espacios y las distancias. Volvemos a parpadear una vez más y colapsamos de nuevo la posibilidad en realidad: otra vez las formas, los colores, los tamaños. Así, continuamos parpadeando. Cada parpadeo es, digamos, una fotografía, una imagen estática de la realidad espacial que toma forma luego de un colapso. Si empezamos a parpadear más veces de manera continua y unimos cada cuadro fotografiado, conseguimos que los cuadros unidos den la sensación de movimiento, ese es el tiempo. El cúmulo de observaciones dadas en cada fracción de segundo crea la realidad espacio-temporal en donde existimos.

Nosotros somos creadores de la realidad. Sin nuestra observación, nada estaría ahí porque permanecería en la oscuridad de la posibilidad. En ese sentido somos dioses, creamos el mundo que habitamos. Mas si nosotros colapsamos la onda de posibilidad para que haya realidad, ¿cómo es que nosotros, que somos también realidad, podemos estar aquí para colapsar? En otras palabras, la realidad necesita de una conciencia que colapse la onda, una conciencia que a su vez necesita de otra conciencia que colapse la onda que lo haga existir para colapsar. Esto es lo que llaman los físicos “jerarquía entrelazada”. Amit Goswami lo explica de esta manera: no hay colapso sin un observador; pero tampoco hay observador sin un colapso[2].      

            La conciencia es una especie de luz que ilumina la realidad interior-exterior y hace posible que frente a nosotros aparezca un mundo. Dicha luz depende necesariamente de otra luz, una luz dotada de conciencia toda vez que sólo un ser consciente es capaz de colapsar las posibilidades. ¿Qué es, pues, Dios? Desde esta perspectiva, Dios es una conciencia cuántica, el Gran Observador de cuanto observamos, el Ser que hace posible que los seres hagan posible la realidad.

            Se trata, pues, de una interrelación de conciencias. La conciencia humana descansa en la conciencia de Dios, nuestra actividad creadora cobra vigencia sólo gracias a la actividad creadora de aquél. En el ejemplo de más arriba, cada parpadeo creador no es otra cosa que la apertura de la lente humana que, al “despertar”, permite que la energía de luz eterna pase a través suyo y haga aparecer un mundo. En cada fracción de segundo Dios crea el universo a través de nuestra conciencia. El trabajo es conjunto. Si nosotros existimos, Dios debe existir.







[1] www.etimologias.dechile.net/?Dios
[2] Goswami, Amit, Dios no ha muerto, Obelisco, p 109

La sabiduría para Agustín de Hipona

Agustín de Hipona sabiduría.

San Agustín afirma la voluntad cristiana de Dios. 

Siempre que se trata a un autor lejano, y de un nombre cargado de importancia como este gran santo de los cristianos, se tiende a ver al personaje como algo definido de antemano, Agustín de Hipona es el gran católico que asigna voluntad a Dios, es el mayor filósofo cristiano de la baja edad media y el que mayor repercusión a tenido en la historia del cristianismo, se sigue de él una línea voluntariosa que seguirán Juan Escoto y Duns Escoto y que será contraria a Santo Tomás, Maimónedes y Averroes. Pero hay que centrarse en la necesidad del pensador y en su historia contemporánea, primero es un autor que se centra en la realidad cotidiana de los indivíduos, en un tiempo en el que la razón del hombre no podía afirmarse ni falsarse, menos para el hombre común, los saberes del hombre dependían de su propia invención, invención tan voluble en el flujo de los sentidos humanos que afirmarse en sus sentidos - junto a todas las alucinaciones e imaginaciones posibles - no era más que afirmar lo imposible de verificar, pero, lo que si puede afirmar el hombre en esta época, es su capacidad de búsqueda, siendo esta superior a la capacidad de los sentidos, es decir, es "lógico" aceptar que el milagro - como intelecto divino - es más sabio que la razón del hombre - pues pertenece a sus sentidos finitos.


Escritos filosóficos Agustín de Hipona, Capítulo 5, ¿Qué es la sabiduría? y Capítulo 6, Nueva definición de sabiduría



—¿Me concedes, dijo Trigecio, que la sabiduría es el camino recto de la vida?

—Concedido, dijo Licencio; con todo, quiero que me definas qué es la sabiduría, para ver si tú la concibes lo mismo que yo.

—¿Y no te parece que está bien definida en la pregunta que te acabo de hacer? Además, me has concedido ya lo que quería, pues, si no me engaño, con verdad se llama la sabiduría el camino recto de la vida.

—Nada me parece tan ridículo como esa definición, dijo entonces Licencio.

—Tal vez, replicó el otro; pero vamos despacio, para que la reflexión se anticipe a tu risa, pues no hay cosa tan humillante como la risa, digna de irrisión.

—Y ¿qué?, replicó él. ¿No confiesas que la muerte es contraria a la vida?

—Sí.

—Pues para mí no hay otro camino de la vida que el que recorre cada uno para evitar la muerte. Dio su aprobación Trigecio.

—Luego si un caminante, evitando un atajo, por haber oído que se halla infestado de ladrones, sigue el camino derecho, así evita la muerte, ¿no siguió el camino de la vida, y por cierto el camino recto, y nadie llama a esto sabiduría? ¿Cómo, pues, la sabiduría es el camino recto de la vida? Te concedí que la sabiduría era eso, pero no ella sola. Pues la definición no debe entrañar ningún elemento ajeno a lo definido. Defíneme, pues, otra vez, si te place, qué es la sabiduría.

Trigecio calló un largo rato, y al cabo dijo:

—Voy a darte, pues, otra definición, si tú te has propuesto no terminar con esto. La sabiduría es el camino recto que guía a la verdad.

—También eso se refuta fácilmente, pues cuando, en Virgilio, la madre dijo a Eneas: Vete, pues, ahora y dirige los pasos por donde te guía el camino, siguiendo el camino indicado llegó al término, es decir, a la verdad. Empéñate en sostener, si te place, que el lugar donde él puso los pies para caminar puede llamarse sabiduría; aunque inútilmente me empeño en rebatir tu definición, pues nada favorece a mi causa. Porque llamaste sabiduría no a la misma verdad, sino al camino que guía a ella. Luego quien usa de este camino, usa de la sabiduría misma; y quien usa de la sabiduría, forzosamente será sabio; luego será sabio el que busca bien la verdad, aun sin lograrla. Pues, según mi opinión, la mejor definición del camino que
lleva a la verdad es la diligente investigación de la misma. El que tome este camino, será ya sabio; pero ningún sabio es desdichado, y, por otra parte, todo hombre o es feliz o desgraciado; luego, el hombre feliz lo será no sólo por la invención de la verdad, sino también por su búsqueda.

Sonriendo, dijo entonces Trigecio:

—Justamente me sucede esto por haber hecho confiadamente concesiones temerarias al adversario en cosas accesorias, como si yo fuera un maestro para definir o en la discusión tuviera alguna cosa por más inútil. Pero ¿adonde iremos a parar si yo quiero que otra vez definas tú algo, y luego, fingiendo no haberla entendido, vuelvo a pedirte la definición de todas las palabras, y así sucesivamente de las que se siguieren? ¿Pues acaso no podré exigir que se definan los términos más claros, si se me pide la definición de la sabiduría? En efecto, ¿hay cosa de que la naturaleza haya querido imprimir una noción más clara que de la sabiduría? Pero no sé cómo, cuando esa noción ha abandonado el puerto, digámoslo así, de nuestra mente, y extiende el velamen de algunas palabras, luego al punto mil embarazos amenazan su naufragio. Por lo cual, o no se me exija la definición de la sabiduría o nuestro juez dígnese aquí ejercitar su obra de patrocinio.
Ya la obscuridad de la noche nos impedía escribir, y viendo yo surgir de nuevo una grande cuestión, muy digna de discutirse, la dejé para otro día, pues habíamos comenzado a
disputar cuando el sol bajaba a su ocaso, después de haber
empleado casi todo el día en la ordenación de los trabajos
agrícolas y el repaso del primer volumen de Virgilio.

Cuando clareó el día —y la víspera habíamos dispuesto las cosas de modo que nos quedase mucho tiempo, luego al punto enhebramos el hilo de la discusión empeñada. Entonces comencé yo:

—Pediste ayer, Trigecio, que, desempeñando mi oficio de arbitro, descendiese a la defensa de la sabiduría; como si en vuestro discurso ella tuviese algún adversario que temer, o que, defendiéndola alguien, se viese en aprieto tal, como para pedir un socorro mayor. Pues la única cuestión que entre vosotros ha surgido ahora es la de la definición de la sabiduría, y en ella, ninguno la impugna, sino ambos la deseáis. Ni tú, por creer que te ha fallado la definición de la sabiduría, debes abandonar la defensa del resto de la causa. Así, pues, yo te daré la definición de la sabiduría, que no es mía ni nueva, sino de los antiguos hombres, y me extraño de que no la recordéis. Pues no es la primera vez que oís que sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.

A estas palabras, tomó al punto la suya Licencio, el cual creía yo que, oída la anterior definición, había de buscar largo tiempo la respuesta:

—¿Por qué entonces no llamamos sabio a aquel perverso, a quien conocemos bien nosotros por su vida tan disoluta? Me refiero a Albicerio, que durante muchos años, en Cartago, a los que iban a consultarle, respondió cosas maravillosas y ciertas. Incontables casos podría referir, si no hablase a quienes están informados; por ahora me basta con leves indicaciones para nuestro propósito. ¿No es verdad—y me lo decía a mí— que, habiéndose perdido en casa una cuchara, y siendo él consultado por tu mandato, con admirable prontitud y verdad respondió no sólo lo que se buscaba, sino el nombre del dueño y el lugar donde se halló oculta? También estando yo presente, y dejando a un lado que en lo que se preguntaba no padeció absolutamente ningún engaño, un niño llevaba unas monedas, parte de las cuales había robado, cuando íbamos nosotros a él, y mandó que se le contasen todas, y le obligó en mi presencia a devolver las que hurtó, antes de haber visto él la suma, o de haberse informado de nosotros cuánto le fué llevado. ¿No te hemos oído también a ti hablar de la acostumbrada admiración del doctísimo y nobilísimo varón Flaciano, el cual, estando en tratos de compra de una finca, llevó el asunto a aquel adivino, para que le dijera qué había hecho, si le era posible? Y entonces él no sólo manifestó la naturaleza del negocio, sino también—y esto lo contaba con grandes gestos de admiración—el nombre de la finca, siendo tan enrevesado, que apenas ni el mismo Flaciano se acordaba Ni puedo repetir sin estupor la respuesta que dio a un amigo nuestro, discípulo tuyo, cuando, por chancearse, le preguntó audazmente qué revolvía en su interior entonces y le contestó que estaba pensando en un verso de Virgilio. Y como é!, lleno de asombro, no pudiese negarlo, le preguntó qué verso era. Y Albicerio, que apenas había visto más que de paso alguna vez la escuela de gramática, sin ninguna hesitación, seguro y gárrulo le cantó el verso. ¿No eran, pues, cosas humanas las que se le preguntaban, o, sin una ciencia de cosas divinas, pudo responder con tanta verdad y certeza a los consultantes? Pero ambas cosas son absurdas. Porque cosas humanas son las de los hombres, como la plata, las monedas, las fincas y, por fin, el mismo pensamiento; y cosas divinas, ¿cuáles han de ser sino aquellas por las cuales le viene la adivinación al hombre? Luego fué un sabio Albicerio si concedemos, con la citada definición, que la sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.

Simone Weil: su cristianismo ateo.

La gravedad y la gracia

Pensadora francesa del siglo XX. Algunos dicen que fue una santa filósofa, una revolucionaria, o una brillante defensora de los derechos de los que sufren. 

"guerra civil"

Simone Weil es una pensadora enigmática, habló de piedad y de política sin tapujos, mujer brillante y sensible, una combinación que sintetizó sus más hermosos pensamientos. Nació en París el 3 de febrero de 1909, su familia era de ascendencia judía, pero como muchos judíos europeos recibió una educación laica. Un dato que algunos desconocen es que su hermano mayor era un matemático famoso, lo que hace interpretar a muchos de sus biógrafos que ésta fue la razón de que Simone se exigiera demasiado a sí misma sin notar en todo su esplendor lo competente que era. A los 19 años ingresó a la Escuela Normal Superior de París con la calificación más alta, seguida por otra aventajada alumna: Simone de Beauvoir; estudia Filosofía y Literatura Clásica. Luego de graduarse comienza a trabajar como docente, pero es transferida por sus ideas políticas e intentar liderar una protesta de obreros.

Mujer pacifista, que algunos ven erróneamente sólo desde una perspectiva marxista o cristiana, visión que limita lo que significó su pensamiento, pensamiento reflejado también en sus propios actos. Esta dialéctica de posturas se subrayó por su participación activa en la columna Durruti en España, aunque jamás se atrevió a usar su fusil. Trabaja voluntariamente como obrera en una fábrica de Renault para así observar desde cerca las necesidades de los trabajadores, su salud se deteriora a causa de las muchas horas de trabajo duro y su condición física débil, es despedida de la fábrica por su baja productividad.


En la esfera política Simone Weil piensa que el trabajo manual y el intelectual no deben estar separados porque la cultura se crea desde las masas y porque existe una “deuda histórica” entre los que usan la palabra y los que usan sus manos; enfatiza que cuando los que usan la palabra y los que usan sus manos sean el mismo “sujeto histórico” la cultura sufrirá una de sus más grandes transformaciones. Ve la revolución comunista como inviable, ya que los pobres están tan debilitados que no tienen las fuerzas ni las teorías para salir de sus cadenas (a los 18 años forma un grupo para educar obreros en matemáticas, economía y literatura), por lo que su salida teórica es el “reformismo revolucionario”, el cual tiene como visión tratar de avanzar lo más posible en reformas sociales, para así evitar toda acción precipitada por parte del proletariado. Dice que la función primordial de la ciencia debe estar orientada a las necesidades del hombre trabajador y no a un marco exclusivamente productivo; las mejores ideas del pasado las aprovechan unos pocos para ejercer poder y esta es un arma de dos filos que nos entrega la ciencia, es una herramienta sólo orientada por las manos que pueden usarla, y que no necesariamente tiene como finalidad la felicidad humana, por ello la ciencia en lugar de enfocarse en un ideal a futuro debe enfocarse en las necesidades concretas de los hombres. Teoriza sobre una tecnocracia inerme que lleva nuestras vidas según un pensamiento que no tiene ningún reflejo en el hombre presente, éste, víctima de su propia necesidad comienza una carrera sin término por el poder, sólo al servicio de una maquinaria productiva muerta, pero que aún así dirige nuestras vidas, de ahí que diga que el hombre es sólo un intermediario entre el “pensamiento tecnificante” y los instrumentos. Escribe en contra del dogmatismo comunista y elabora sus propias ideas acerca de lo que debiera ser una sociedad libre, recalca que el pensamiento debe ir antes que la acción, evitando así la tecnocracia muerta, concibe así una sociedad sin ideas predeterminadas sino basada en la acción critica. Piensa que el hombre sufre, en primer término, un choque brutal con su propia necesidad que se le impone por el sólo hecho de nacer, para luego sufrir la “necesidad del otro” camuflada en aparentes ideas de emancipación. Define la libertad como el derecho innato del hombre de crear sus propias circunstancias, libertad que no puede ejercerse del todo bajo la opresión de la realidad, mostrándole al hombre una de sus mayores discapacidades: no poder controlar su propia existencia; desde este punto la esclavitud no sólo representa una contingencia, sino más bien una condición ontológica en donde el hombre se constituye a sí mismo desde su mentalidad esclava. Escribe contra Stalin advirtiendo su poca capacidad para gobernar Rusia, intuye la alianza alemana y rusa antes que se concretara, esto debido a la negativa de la Rusia soviética de recibir a comunistas alemanes que escapan de los nazis, de hecho, denuncia públicamente los crímenes de Stalin, comparándolos con los de los mismos nazis. La guerra civil española que llegó cuando ella trabajaba como periodista en Barcelona marcó definitivamente su vida.

Una grave quemadura en el pie hace que Simone se marche del frente para viajar nuevamente a Francia, desde donde cambia de enfoque producto de las brutalidades que le tocó vivir en la guerra. Estudia a civilizaciones que aparentemente poseían un discurso de justicia pero que no dudaron en alegrarse con la humillación y el sometimiento del otro. Es a partir de estas reflexiones en donde comienza a gestarse el interés de Weil por el cristianismo.

El hombre es universal en muchos aspectos, pero primordialmente por su experiencia del sufrimiento, por su fragilidad ante las cosas y por su aspiración hacia lo trascendente; es esta búsqueda de lo trascendental lo que une a los hombres en pos de algo futuro, esto muestra en la tradición cristiana especial evidencia como un hecho que une las aspiraciones de distintas culturas; desde esta percepción Simone Weil ve al cristianismo no como descriptivo, sino como estético, por esto la médula de lo que le interesa es su comprensión del sufrimiento humano. El cristianismo no niega la inexistencia de algún medio para escapar del dolor, sino que encuentra a través del sufrimiento una ontología evidente, y una visión escatológica del hombre por un mundo ideal.

Una vez que el gobierno francés se rinde ante Alemania Simone huye con su familia a Vichy, donde escribe artículos para la revista Cahiers du Sud. Por las políticas antijudías de Vichy se le niega el cargo como profesora, por lo que, de manera temeraria, manda cartas a las autoridades reclamando por el trato a los judíos y a sus compatriotas. Por ruegos de su familia se marcha a Marsella, en donde, por medio del padre Perrin, se acerca a las labores de campo, conoce ahí al escritor Gustave Thibon con quien compartirían una muy grata amistad. Años después sería Thibon quien publicaría los escritos de Weil con el nombre de “La gravedad y la gracia”. Dos conceptos muy importantes son precisamente estos, la gravedad y la gracia.

La gravedad debe su nombre a la misma fuerza de gravedad, con la cual trata de conceptualizar aquello de lo que el hombre no puede escapar: el propio deseo que le causa sufrimiento y que persiste a través de las necesidades intrínsecas en la misma existencia humana. El hombre ve que el universo se mueve indiferente, y que su existencia es tan ínfima que toda concepción del yo se derrumba, cayendo de inmediato en la desdicha por la existencia. La gravedad recorta la libertad del hombre porque éste se deja llevar por su inercia, luego se le presenta la des-gracia.
Para presentar la gracia es necesario presentar la desgracia, pero desde un punto de vista cristiano. La desgracia es la mayor refutación que el hombre sufriente le hace a todas las religiones que dicen que se puede hallar algún tipo de consuelo místico ante el dolor, el sufriente muestra su dolor y refuta esta idea, así como Job el siervo de dios que se rindió ante sus propios lamentos. Simone escribe: “la extremada grandeza del cristianismo proviene de que ella no busca un remedio sobrenatural para el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento”. Job frente a su dolor, lo único que pudo hacer fue caer de rodillas e implorar a dios, Weil argumenta que en este proceso no es tan importante creer en dios, sino que apela a un ateísmo purificador, cito: “Un modo de purificación posible: orar a Dios, no sólo en secreto con respecto a los hombres, sino pensando que Dios no existe”, por otra parte, dice: “la religión como fuente de consuelo es un obstáculo a la verdadera fe; en este sentido, el ateísmo es una purificación. Debo ser atea con la parte de mi misma que no ha sido hecha para Dios. En los hombres en quienes lo sobrenatural no ha despertado, los ateos tienen razón y los creyentes se equivocan”. Es así como por breves instantes se presenta una especie de gracia que hace que el hombre escape de su sufrimiento: “El hombre no escapa a las leyes de este mundo sino por la duración de un relámpago. Instantes de tregua, de contemplación, de intuición pura, de vacío mental, de aceptación del vacío moral. Sólo por esos instantes es capaz de lo sobrenatural”. Dios por amor se vació de su ser para hacer que nosotros seamos, y por esto este mundo es un desconsuelo, ya que donde nosotros somos dios no es. Es así como a través del sufrimiento el creyente puede encontrar su finitud y liberarse de las cadenas de su yo para devolvérselo a dios, para que él sea en nosotros, cita Simone: “Dios me ha donado el ser para que yo se lo devuelva”. Abandonando nuestro ser, nuestro deseo, dios se manifiesta de nuevo en nosotros, esa es la gracia.

En noviembre de 1942 viaja a Inglaterra para unirse a la resistencia de Francia Libre, sólo consigue un puesto administrativo como redactora. Simone comienza a planificar misiones que expone directamente al general De Gaulle, pero éste las rechaza por considerarlas arriesgadas. Se le diagnostica tuberculosis y muere en el sanatorio de Ashford en 1943. Todas sus obras son publicadas después de su muerte. Simone Weil es una singularidad del pensamiento, su obra está dentro de las más grandes del siglo XX.

Dios y Marx no permiten la filosofía en África y Latinoamérica

Por: Francisco Tomás Gonzales Cabañas. Twitter: @frantomas30
Dios y Marx los conceptos eurocentristas que no permiten la filosofía en África y Latinoamérica.
“El marxismo latinoamericano, como respuesta al teocentrismo medieval inoculado por la universidad como claustro del conocimiento, actúa como concepto enquistados en la filosofía política y en la filosofía de la educación secular, vendría a ser como el opio de los intelectuales contemporáneos, bajo estas categorías eurocéntricas, de Dios y Marx, nos limitamos para comprender la realidad política y filosófica, desde esa inoculación educativa que se realiza desde lo filosófico, únicamente entendido como ejercicio disciplinar, anatematizado en conceptos o en conversaciones entre autoridades aprobadas, previamente por un canon o una vara, asentada, no en el logos o en la intensidad filosófica, sino en la vara del pupitre, en la férula de la nota autoritaria que en el mundo formalmente aceptado de lo académico, como prisiones tolerables del pensar, evitan incorporar lo que nos nutre de raíz, de lo que hemos sido, antes, durante y luego de la conquista, tanto los latinos como los Africanos quiénes estamos vinculados desde estas cuestiones arquetípicas, y sojuzgados intelectualmente por una cultura que no hasta hace mucho, en valor de la pureza enviaba a seres humanos a duchas donde emanaba el vapor de la muerte; como si la intensidad filosófica no fuese además de pensar, o conjuntamente con el pensar, danza y poesía.
Educativamente deberíamos analizar pues, sino en esas aulas, asentadas en diseños medievales, en castillos perimidos en sus funciones ejercidas barbáricamente en los períodos del medievo, no sería conveniente acaso, abrir las compuertas en donde se podría interpretar que el conocimiento parece atrapado o enclaustrado, y dejar que ingrese la energía o intensidad, extra-muros, en donde podría estar anidando la filosofía auténtica de la vida que surcan los pueblos mencionados, sin los sojuzgamientos arriba señalados ”.

Para ponerlo en términos más claros, el erario público, que sostiene cada una de las universidades de estas partes del mundo, deja de estar presente en otros ámbitos, tan o más necesarios para la mayoría de estos pueblos, es decir, el pupitre de la universidad y el pizarrón, significa y representa una anestesia menos en un hospital, una puerta menos en una casa para una familia indigente.


Sin querer significar otra cosa de lo que afirmamos simplemente queremos preguntarnos y preguntar. ¿Cómo le ha devuelto la filosofía esta inversión a su comunidad? ¿Le ha brindado acaso un sistema político, educativo o social nuevo? O ¿Ha fomentado cierto onanismo intelectual, en donde en el mejor de los casos, como subproducto o como resultante brindó tanto a su comunidad como a la comunidad internacional, no sólo decenas de miles de tesis doctorales que duermen el sueño de los justos en libros que nadie lee, sino también doctores que colonizados en sus conceptos eurocentristas no colaboran o contribuyen para que pueda darse la posibilidad, que desde las aulas o fuera de ellas, pensemos en términos más relacionados con nuestras características y peculiaridades culturales?.
La respuesta la brinda lo que se da en llamar filosofía de la liberación, que no casualmente, se desdobla en una teología de la liberación, donde lo central y lo fundante es tal como expresara Cerruti, mediante Dussel, (actores principales y fundantes de lo filosófico en Latinoamérica) en la opción por los pobres, en una vinculación con el habitat, con lo dado, con lo originario, no sólo no invasivo e integrador, consustanciado en individuo y comunidad, sino también, libre de finalidades, para las cuales haya que respetar, a rajatabla, procedimientos metodológicos, estrictos y cercenatorios del sentido más profundo de la libertad.