Síguenos por email

Popular Posts

Archivos de publicación

Buscar

Mostrando entradas con la etiqueta Borges. Mostrar todas las entradas

La mirada de Minerva


Una aproximación a la comprensión de latinoamérica desde el historicismo filosófico, a la luz del estudio de pensamiento de Jorge Luis Borges



José Rafael Herrera

El búho de Minerva inicia su vuelo cuando irrumpe el ocaso
G.W.F. Hegel



Athene noctua, diosa del cielo y de la tierra. Bajo las tinieblas, en la obscuridad de la noche, resulta difícil poder ver. Y sin embargo, los penetrantes ojos de Minerva son capaces de traspasar la lobreguez, de rasgar con su mirada el señorío de la noche, la dureza que se oculta, como sólida roca, recubierta por el velo de las tinieblas. Se sabe que ver es el efecto del percibir las cosas mediante la recepción de los ojos, como resultado de la acción de la luz, en tanto que el mirar es la acción de aguzar la vista sobre los objetos. Ver, pues, implica la manifestación de un medium pasivo. Mirar, en cambio, constituye un actus de suyo. Jorge Luís Borges es, en este sentido, una referencia ineludible. Era invidente: ¡pero sí que miraba! Prueba de ello es la penetración de la que fue capaz para vencer las sombras que, por años, nos han impedido –a nosotros, los latinoamericanos- con-templar y com-prender, y más aún, contemplarnos y comprendernos, en este lugar y en este tiempo que contiene todos los lugares y todos los tiempos. Más de una vez, nuestro particular Homero pudo traspasar, precisamente, el señorío de la noche, dentro del cual nos hemos habituado a vivir. Y es que, al igual que Homero, Borges tenía un don, portaba el signo de los dioses: lo asistía la mirada de Minerva.
El propósito de estas breves líneas consiste en exhortar a los lectores a mirar, y no simplemente a ver, la obra “poética” de Borges como punto de partida de una concepción del mundo que le es propia, y que tal vez sea la base de esta una y múltiple, universal y particular, pura y mestiza, filosofía.
Filosofía, pues, de la mirada barroca.
El lector se preguntará, no sin razón: pero, ¿por qué barroca? Bastará, a modo de respuesta, señalar algunas consideraciones que, quizá, permitan comprender el significado de semejante afirmación.
Lo que hace interesante el estudio de las configuraciones filosóficas sufridas por la historia no es su linealidad escolástica, o el estrecho criterio de su exposición en el museo de cera de la repetibilidad fidedigna, técnica, que habitúa separar los conceptos de sus fenómenos y circunstancias: es, como decía Lezama-Lima, en el 'saboreo' de sus sinuosas espirales, que tejen y destejen el mismo espíritu y el mismo saber, en sus más variadas -e incluso extravagantes- manifestaciones, donde reside la fuerza verdadera de su atracción. Un caso admirable, y que podría contribuir a la confirmación de este argumento, lo constituye, precisamente, “el período” barroco. En efecto, ¿Es posible pensar en la linealidad barroca? ¿Puede suponerse una separación -por más analíticamente encaminada que ésta pueda estar- entre las relaciones políticas y sociales existentes en aquél período de la historia humana y la expresión artística que en él se produjo? O, en otros términos: si puede hablarse de música barroca o de pintura barroca, ¿sería imposible hablar de una medicina barroca y de un derecho barroco, o de una política y de una economía barrocas?, cabe decir, ¿de una cultura barroca en general? Pero, más aún: ¿está confinada dicha cultura barroca a un tiempo y a un espacio irrecuperables y, en consecuencia, irrepetibles? Con relación a ello, conviene recordar una anécdota, a manera de emblema definitorio o elípticamente problemática: en la Alemania de 1800, el maestro Dionisio Weber, fundador y director del museo de Praga, prohibía a sus discípulos leer o interpretar a otros compositores que no fuesen barrocos. Un día, uno de sus discípulos, escuchó hablar de un compositor que había sido capaz de elaborar una música barroca opuesta a todas las reglas del barroco, y decidió penetrar la obra de aquél extraño e irreverente compositor, para quedar prendado de él por el resto de sus días. El extraño compositor atendía al nombre de Ludwig Van Beethoven. El joven discípulo de Weber se llamaba Moscheles. Después de haber probado, una y otra vez, la fruta prohibida, el propio Moscheles escribió: “en ella encontré un consuelo y un placer que ningún otro compositor me había proporcionado antes”.
Pero, ¿qué relación guarda esto con Borges, con su invidencia; qué relaciona al barroco con Minerva y, más aún, con la América Latina?
En realidad, el barroco es una constelación de ideas y valores, o, más bien, una de las figuras recurrentes y constitutivas de la experiencia de la conciencia social. Más aún, desde el momento en que la América dejó de ser naturaleza para devenir cultura de la crisis utópica, es decir, una vez que –al decir de Carlos Fuentes- devino cronotopía, la expresión barroca se hizo carne y sangre de la nueva civilización. El barroco, en efecto, es uno de los pilares esenciales y determinantes del desarrollo espiritual que le es inmanente al continente americano, dado que es el concreto armado, integral, con el cual aún se sigue fraguando la ancha base que sustenta el mestizaje de su cultura.
No resulta improbable, en consecuencia, que al tener la necesidad de definir en una palabra el movimiento barroco, el ensayista sienta el enfático deseo de sugerir la expresión curiosidad. El estilo excesivo que surgiere, en pleno siglo XVII, plenado de rizadas orlas gongóricas, de formas múltiples y plurales -y sólo en apariencia insustanciales-, dos siglos después terminará por convertirse en la referencia más importante de una racionalidad diversa, aunque siempre estéticamente encaminada. Los ejemplos se desbordan por sí mismos: “aparte de Cervantes, Quevedo y Sor Juana; aparte de Kondori, Alejaindinho y del propio Boturini, discípulo de Vico, los ejercicios loyolistas, la pintura de Rembrandt y el Greco, las fiestas de Rubens y el ascetismo de Felipe de Champagne, la fuga bachiana, un barroco frío y un barroco bullente, la matemática de Leibniz, la ética de Spinoza, y hasta algún critico excediéndose en la generalización afirmaba que la tierra era clásica y el mar barroco” (Cfr.:Lezama-Lima).
Pero arar en el mar –Bolívar dixit- es, por cierto, para la América Latina, el mayor de sus desafíos, y quizá su santo y seña. Cuando, en su hora, Hume alertaba sobre la uniformidad e invariabilidad de las facultades humanas, en ese preciso instante convocaba, acaso sin sospecharlo, las fuerzas de la otredad que le son inmanentes, opuestas a semejante argumento. Convocaba, precisamente allende el mar, nada menos que al spinozismo de la sustancia, inescindiblemente unido al viquianismo de un mundo diverso y culturalmente múltiple, cuya sola presencia estética e intelectiva transformaría en fragmentos la razón de su tiempo, devenida, ahora, deseo y utopía, verbo e imagen, frontera entre la razón y el sueño, dentro del poliedro del ciego vidente, de Homero a Borges. Verbo e imagen, el uno y la otra, capaces de apropiarse de todas las tradiciones culturales, a fin de mostrar, en el borgiano espejo de los laberintos -o en el laberinto de los espejos- el reflejo fiel de un ser social hechizado; reflejo, por demás, metafísico, que sin embargo siempre se niega a degenerar en sistema de sí mismo.
La imaginación -decía Cecilio Acosta, en 1879- tiene sus sueños, que no son menos que su manera de concebir las cosas: si las otras facultades del alma labran con ideas, ella labra con colores, y sus creaciones son cuadros... es como la luz, llevando delante reflejos y dejando detrás tintas hermosas. Pero, a veces, las cuadraturas de su creación rondan sin cesar, delineando los incesantes giros de un laberinto circular.
En su intento por sintetizar las culturas fundacionales del Nuevo Mundo, la imaginación, presente en la flexión de la lengua hispana, permite a Jorge Luís Borges apropiarse legítimamente de tal herencia intelectual y moral -indígena e hispana, musulmana y judía, africana y asiática- a fin de construir el espejo de una historia siempre recurrente y siempre original, que comporta, de modo esencial, el hilo de la memoria y el entramado del deseo.
Memoria y deseo son, pues, los términos dentro de los cuales, en la obra de Borges, se va gestando la crítica de las formas propias de la concepción moderna del absoluto, para hacer surgir la Imaginatio de un paisaje barroco, caracterizado por su diversidad -como dice Fuentes- policultural y multirracial. El mentor metafísico de semejante empresa hermenéutica es, no por mera casualidad, Giambattista Vico.
Así, pues, Imaginación y Diversidad: la aguda mirada –a todas luces, filosófica- de Borges da cuenta de una formación cultural plenada por la ausencia, y que, no obstante, se hace abundante y rica en determinaciones, casi siempre, rigurosamente barrocas, en virtud de las cuales se pone de manifiesto la huella indeleble, y no siempre disonante, de todos los lugares y de todos los tiempos en un solo lugar y en un solo tiempo.
La América Latina es, por un lado, un mundo ficticio, el fantástico mundo de la imaginación, el lugar del no lugar, la U-topía deseada; pero, por otro lado, y al mismo tiempo, es un continente real, el continente de la necesidad y de los encuentros, el lugar de los lugares, la topía concreta, el laberinto de La Biblioteca de Babel descrito por Borges. Indo-afro-ibero-América es, pues, un espejo, en el que sus actores no se ven, pero se miran. Más precisamente, es aquél lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. En breve fórmula, es una inversión especular en la cual una cierta caleidoscopía puede llegar a percibir, en un mismo rostro, al griego, al romano, al judío, al negro, al asiático y al indio. Eso sí: para asir semejante inversión, resulta indispensable la obscuridad, la inmovilidad y la acomodación ocular, en fin, el contraste de luces y sombras, a objeto de fijar la mirada en la empinada escalera -espiral- de la historia. Acaso, la mejor definición de latinoamérica esté contenida en la conocida metáfora borgiana presente en La muerte y la brújula, en la que las tardes desiertas se parecen a los amaneceres. O, lo que es igual, en la que los amaneceres poblados se parecen a las tardes.
Pero, precisamente, la entera historia de la humanidad, como ha dicho Borges, está situada entre el alba y la noche. Mas, en todo caso -y según Fuentes- la presencia bien puede ser un sueño, el sueño una ficción y la ficción una historia renovable a partir de la ausencia. La procesión va por dentro: la América Latina es el barroco microcosmos de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo. En consecuencia, espacios soñados y tiempos renovables. Tiempos renovables y espacios soñados. Espacios y Tiempos, Tiempos y Espacios. Imperio de lo divergente, lo convergente, lo paralelo; espacios y tiempos, tiempos y espacios, como los de El Jardín de los senderos que se bifurcan, o los de El Aleph, de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Es un hecho el que las repúblicas fundadas por nómadas ameriten –casi siempre- del indispensable concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería...:

... apenas concluyeron los albañiles, se instaló en el centro del laberinto...
No importa que el escritor argentino -lector de Croce y, en no pocos casos, cercano a su historicismo filosófico- no se refiera a temas directamente relacionados con las tradiciones culturales indígenas o africanas. Le ha correspondido a Asturias, a Gallegos o a Carpentier, esa importante labor. Sobre Borges ha recaído la responsabilidad de recrear -y conviene advertir que toda recreación es una nueva creación- dentro del espacio y del tiempo uno y múltiple de la América hispánica, toda la herencia de la cultura occidental, a fin de demostrar, por cierto, la ficción de su improbable univocidad y unidimensionalidad, y, por ello mismo, de su carácter lineal. En una expresión, Borges, por muchos y azulados desagües, heredero de Vico, ha aprendido -¡y ha enseñado!- que la América india, ibérica y africana no es la insípida réplica de una cultura monolíticamente occidental sino, más bien, su espejo, su otro correlativo, necesario e inescindible:


Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita
...
Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera a los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales
.
“Los espejos -advierte Borges- Prolongan este vano mundo incierto/ En su vertiginosa telaraña;/ A veces en la tarde los empaña/ El hálito de un hombre que no ha muerto”. Tiempo de tiempos: las rectas galerías de la historia occidental han terminado por ceder su paso inevitable, perentorio, al surgimiento de curvaturas que, secretamente, han devenido círculos, hasta delinear la ruta espiral del laberinto Ideal y Eterno. Espacio de espacios: cíclicamente vuelven los astros y los hombres, en medio de una oscura rotación pitagórica que, noche a noche, arroja a los mismos hombres en un -después de todo- no tan remoto lugar del mundo. La eternidad se concreta entonces para cifrar su inmensidad en lo mínimo, y la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura.., termina en el infinito diálogo de una substancia compartida. La historia se concentra entonces, para luego estallar, revelándose en un tropel de infinitos contrastes. Y, otra vez, la otredad se pone de manifiesto en su elemento diverso, hiriendo con su brusca luz la obscuridad de lo cristalizado impuesto, en medio del destierro y del olvido.
Como ha indicado Fuentes, a partir de Borges la narrativa hispanoamericana asume, conscientemente, la paradoja que forma y conforma el horizonte de su comprensión cultural, a fin de dar cuenta, precisamente, de su muy particular modo de construir la totalidad. Se trata de una visión universal que, por ello mismo, se expresa en toda su riqueza cronotópica: simultaneidad y secuencia, sincronicidad, tiempo progresivo y tiempo mítico, son elementos esenciales de composición, en grado diverso. Concepción -agrega Fuentes- inclusiva del tiempo, o más bien, de los tiempos “divergentes, convergentes y paralelos”, que comprende los lenguajes capaces de representar la variedad de los mismos. Diversos lenguajes que, a su vez, representan una pluralidad de tiempos.
La mirada es la profundidad misma del saber, la filosofía misna, bajo la forma de su representación estética esencial. Al decir del joven Marx, de la cabeza de Zeus, padre de los dioses, surgió Pallas Atenea. La nueva diosa presenta, aun, la figura obscura del sino, de la luz pura o de la pura tiniebla. Fáltanle los colores del día. La dicha en tal desdicha resulta ser, pues, la forma subjetiva, la modalidad con que tal filosofía se comporta respecto de la realidad: “La filosofía echa a sus espaldas los ojos (la osamenta de su madre son lucientes ojos) cuando su corazón se entrega decididamente a la creación de un mundo”.
Por encima de las ideologías, sendas que perdieron por el camino de los maniqueísmos caudillescos su talante filosófico, Borges está, hoy y para nosotros, más cerca de Spinoza, de Vico, de Hegel e, incluso, del joven Marx. Mucho más de lo que los disecadores de oficio se podrían imaginar.
Dispongámonos, pues, a la creación de un mundo, miremos más profundamente en la obscuridad del presente. Es tiempo de vencer la escisión y el desgarramiento, a la luz de nuestra particular y, a la vez, universal filosofía.





Las ruinas circulares

Las ruinas circulares por @jrherreraucv


Un hombre gris, taciturno y sin nombre, se propone crear un hombre nuevo a través de sus sueños e imponérselo a la efectiva objetividad del mundo. “Su propósito no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”. Este es, grosso modo, el hilo conductor de la trama que va tejiendo Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos-ensayos más célebres: Las ruinas circulares.

Hombre en ruinas.

La alquimia del proyecto se había convertido en la gran obsesión de su prescindible existencia: “Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado”. Al principio, todo el esfuerzo fue inútil. Pero frente a esos primeros y razonables fracasos por crear una existencia salida de sus sueños, pronto comprendió aquel hombre, ya maduro y desgarbado, que “el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de la que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara”.

Purificado e inspirado, fue soñando, uno a uno, los órganos vitales de su nueva creación. En sus largas jornadas de sueño, que parecían años (casi veinte), logró, finalmente, soñar “un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido”, como si se tratara –valga la expresión cartesiana– de un auténtico “sueño dogmático”. El nuevo Adán no lograba ponerse de pie: “Tan inhábil y rudo y elemental como Adán de polvo era el Adán del sueño que las noches del mago habían fabricado”. Hasta que, echado a los pies de la efigie de tigre o de potro –no se sabe bien– que aún gobernaba el circular templo en ruinas, logró soñar con un bastardo de tigre y potro, de toro y rosa y tempestad, a la vez. La deidad le habló. Su nombre era Fuego. Le prometió animar su fantasma hasta que toda criatura lo pensara de carne y sangre. Y, asumiendo seguir las instrucciones dadas por aquella deidad, “en el sueño del hombre que soñaba, el soñador se despertó”. Ahora, sí, iba a poder estar con su creación. Su “hijo”, aquel espectro onírico exento de recuerdos –sólo el devenir sabe que es una simulación–, finalmente estaba listo para nacer. Hay candidatos que olvidan que durante los últimos años han sido presidentes y responsables de las ruinas circulares.

Desde la filosofía presocrática, y según las sugerencias dadas por el Obscuro efesio, fuego es movimiento, flujo incesante, precisamente: devenir. Pero todo devenir es un andar y todo andar se va haciendo, al tiempo que va dejando a su paso el recuerdo (no la Gedächtnis sino más bien el Erinnerung) del calvario de su propio recorrido. Corso e ricorso. Es experiencia a la cual en su más antigua acepción –la jónica– se le identificaba con el saber. No hay Realpolitik sin Hautepolitique, como no hay sujeto sin objeto. El resto es crasa ignorancia de quienes no logran comprender que la soberbia no es más que el sello que rubrica su propia tosca ignorancia. Y es que, en realidad, no hay experiencia sin conciencia ni conciencia sin experiencia. De ahí que el saber sea experiencia que deviene conciencia. Fin del simulacro. O, tal vez, sea esta la denuncia de la ahistórica duplicación del simulacro de un simulacro, del Golem de un Golem, esa suerte de “mal infinito” sorprendido en las abstracciones de una ficción.

Al final del cuento borgiano –¡oh, sorpresa!– la mórbida reiteración continua, el mismo estribillo sobre el mismo tiovivo, el despropósito de la circularidad –la circularidad del despropósito– nietzscheana, el nunca poder avanzar, el avanzar para retroceder: “se había repetido lo acontecido”, el una y otra vez de la horrible pesadilla de la Matrix fascista, soviética, castrista, en fin, despótica, que se sustenta en los mitos de un “hombre nuevo” y siempre viejo: “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”. Corolario necesario: nunca tuvo un espectro, esa vana apariencia que se autoextraña y duplica, la facultad de ser sí mismo. Desde el inicio, el hombre gris fue el sátrapa de otro sátrapa. Nada se puede esperar de “aquellos alumnos que aceptan con pasividad una doctrina”, por más dignos de compasión o buen afecto, dado que nunca pueden ascender a la condición de individuos. Diría Borges, el mayor de los spinozistas de la América hispana, que prescindir de las determinaciones, es decir, de modos y atributos, equivale nada menos que a la muerte de Dios, si es verdad que Deus sive Natura. La ya inesquiva presencia de las ruinas circulares, de los espectros materializados para sí, anuncian, en consecuencia, si no la muerte, la pérdida de Dios. Como dice Bertolt Brecht, “¿no hemos tenido suerte? No esperes respuesta, salvo la tuya”.

Dice Hegel que en la historia los grandes hombres creen trabajar para sí mismos sin percatarse de que han trabajado para la razón. Pero, ¿para quiénes trabajan los pequeños liliputienses, ruines copias de otras copias? En momentos carentes de toda racionalidad posible, de absoluta pérdida de todo concepto en sentido enfático, en momentos en los cuales corrupción y miseria se han identificado recíprocamente, las fronteras entre los términos opuestos se difuminan y se pone de relieve el imperio de la canalla vil, en medio del cual el Espíritu, ya afectado en sus cimientos, sufre la peor de sus consecuencias: la barbárica pobreza que, cual cáncer terminal, carcome sus entrañas. Quienes se autoproclaman como los más puros, genuinos y auténticos defensores del ideal democrático son los primeros que arremeten contra toda naturaleza y principio democrático. Han hincado sus colmillos y han terminado por infectar al ser social y a su conciencia los espectros de la ruin circularidad descrita por Borges. Esperan un “salvador”. Se ha objetivado la ficción del “hombre nuevo” y, con ella, la pérdida de toda sobriedad. Exaltados los humores caudillescos, la figura del tiranuelo de turno ha encarnado, una vez más, en medio de la peor y quizá la más triste de las crisis orgánicas padecidas por sociedad contemporánea alguna. Grave error el haber subestimado la necesidad de profundizar la formación cultural, la educación estética; el haber despreciado el saber por la mera instrucción; el haber sustituido el mérito por el compadrazgo, el trabajo por el rentismo y el facilismo, la eticidad por el pragmatismo populista y por el militarismo, la previsión por la improvisación. El sueño de un sueño ha terminado ocupando el lugar de las ideas y valores republicanos. Para poder superar los defectos de una sociedad es menester revisarse, romper el círculo vicioso y comenzar a corregir los propios defectos. Entre tanto, día a día, la pesadilla de las ruinas se sigue acumulando en circular disposición insomne.

El odio como reflejo

El odio como reflejo por @jrherreraucv

¿Qué ardid, qué astucia tuvo que llegar a suceder para que un grupo de jóvenes declarados en rebeldía, para que un puñado de auténticos ángeles vengadores, ebrios de patriotismo, tocados e inspirados por los dioses del romanticismo –o, por lo menos, por sus ficticias versiones hollywoodenses–, terminaran acaparando comida y medicamentos en inmensos galpones, o involucrados en densos y pesados “guisos” de todos los colores y sabores, o vinculados con el narcotráfico, el lavado de divisas y el terrorismo internacionales? 

Reflejo del odio

¿Cómo se pasa de la lucha contra la corrupción, la demagogia, la burocracia y la pobreza –además, en nombre de la justicia social, la equidad, el “buen vivir viviendo”, la liberación nacional, la independencia económica, la democracia participativa, la paz, etc.–, en fin, cómo se llega a formar “arte y parte” del régimen más corrupto del que se tenga noticia; de la demagogia más descarada, obscena y cínica; de la más monstruosa de las burocracias que se haya padecido? En suma, ¿cómo fue que, en medio del fragor del homérico combate contra el demonio, contra el poderoso Mister Danger y sus inmorales seguidores, los ángeles de la civilización se volvieron demonios de la barbarie? Decía Hegel, repitiendo a Maquiavelo, que el camino que conduce hacia el infierno está lleno de buenas intenciones y de espléndidos deseos.

En algún lugar de su obra, Jorge Luis Borges –ese gran spinozista universal– observó que las imágenes, al ser proyectadas, pueden llegar a causar la impresión de ser la más auténtica justificación de la realidad. No se siente horror ante la opresión de una determinada esfinge, dice Borges; más bien, se proyecta una determinada esfinge para justificar el horror que se siente. Se trata, en el fondo, de la imaginatio, es decir, de la dis-torsión o la de-formación abstracta, de lo que efectivamente se es. Es el malabarismo, la inversión –y confusión– de las causas con los efectos y, con ello, de lo real con su imagen. Es, al decir de Thomas Mann, Mario y el mago: la trampa, la estafa en la que la ficción deviene –y valga el énfasis– lo fijado, lo puesto, lo contrabandeado. Así, lo que antes fue forma se asume como contenido; lo que ahora es contenido se asume como forma. Tal como ocurre en la sala de los espejos de las ferias, el ser se trueca en aparecer, en su puntual inversión. Cosas, como se comprenderá, inherentes a la naturaleza del triunfo de la reflexión del entendimiento sobre la verdad concreta. Pero, y además, con ello la pobreza no solo triunfa: se enseñorea y amenaza con perpetuarse.

Borges hace referencia al horror, que es, sin duda, una “fase superior”, no precisamente del capitalismo, como diría un conocido momificador de ideas, sino del miedo. Pero, sin duda, pudo haberse referido perfectamente al odio, esa tristísima pasión estudiada por Spinoza en Ethica. A fin de cuentas, el impecable logos borgiano cabe tanto para lo uno como para lo otro, pues, en el fondo, ambos objetos –el horror y el odio– están preñados de la misma pasión: el temor. La reina de corazones de Alicia pudo, en uno de sus habituales ataques de ira, mandar “que le corten la cabeza” a todos aquellos ciudadanos potencialmente capaces de alimentar o promover el odio. La señora reina, a pesar de vivir en un mundo invertido, no parece tener conciencia del hecho de proyectar su propio odio contra la ciudadanía que vive tras el espejo. Causas y efectos se hallan en posiciones reflejas. Primero se come el trozo de pastel y luego se pica. La razón principal de la crisis económica no está en la total desconfianza creada entre los inversionistas y en la consecuente caída del sector productivo, sino en los bachaqueros. Tanto como que la falta de efectivo no tiene su explicación en la cada vez mayor pérdida del valor de la moneda respecto del llamado tipo o modelo de cambio, sino en la necesidad de aumentar la impresión de más y más billetes inorgánicos. Es el mundo invertido, cínicamente concebido al revés, cual espejismo.

La palabra Odium guarda en sus orígenes algo de mal olor, algo cuyo olor –odor-odorante– pudiese llegar a repugnar. En el algo huele mal en Dinamarca, detectado por Hamlet, se percibe, oculta tras la sensación, la pasión triste que ocupa la atención de estas líneas: el odio y, por supuesto, su reflejo especular. “Apártate de esa odiosa superstición –dice Spinoza–: deja de llamar misterios a errores absurdos y no confundas torpemente lo que desconocemos, o lo que aún no conocemos, con aquello cuyo absurdo ha sido demostrado, como sucede con los horribles secretos de las sectas”. El autor de la Ethica, quien concibe los actos y apetitos humanos “como si fuesen líneas, superficies o cuerpos”, parece haberle dirigido esa advertencia a quienes, enseñoreados desde un poder usurpado y de dudosa procedencia, pretenden normar, regular y decretar, supersticiosamente, la determinada proyección de una esfinge, como dice Borges. Y todo para justificar el horror, la atrocidad, de sí mismos.

Según Spinoza, “el odio es la tristeza, acompañada por la idea de una causa exterior”. Es, pues, “una tristeza surgida del daño de otro”. Si se imagina lo que se ama siendo afectado por la tristeza, entonces pronto el odio tomará cuerpo en su contra, porque quien afecta con alegría o tristeza lo que se ama o se odia no solo afecta a dicho objeto, sino que, al mismo tiempo, se afecta a sí mismo. De tal modo que quien predica tan vehementemente sus afecciones contra el odio, en realidad, pretende ocultar el odio profundo que las anima. El más patético de los sentimientos ha servido de sustento, de fundamento, a quienes, creyendo hallarse más allá del bien y del mal, se han tomado la molestia de ponerse al descubierto la proyección de su pálido reflejo. Ese sentimiento es la tristeza. Hay quienes, cargados de ignorancia y de un profundo resentimiento que no logran superar, nunca llegan a comprender que las rígidas líneas de un decreto o de una ley nunca podrán colocarse por encima de la eticidad, de la formación cultural, de una sociedad. El consenso siempre será superior a la bota fascista. Una ley contra el odio no solo es la formalización del propio odio que se lleva por dentro. Es, además, el principio del fin de quien la promulga, porque “cuando una cosa que se odia está afectada por la tristeza, en esa misma medida se destruye a sí misma, y tanto más cuanto mayor sea su tristeza”. Por el contrario, cuando se comprende que detrás del odio se halla oculta la tristeza, pronto resurge la alegría, se extingue el miedo y la libertad vuelve a mostrar sus alas intactas. Y es que la libertad es el más sublime y maravilloso de todos los poderes creadores de la humanidad.

La historia y la eternidad.

El directorio por @jrherreraucv

Existen tres grandes modelos de interpretación de los procesos históricos. Se trata de tres modelos de comprensión hermenéutica de los cuales se deriva todo el resto de sus variantes. Tres modelos que, por cierto, el gran Jorge Luis Borges ha sintetizado de manera extraordinaria en su Historia de la eternidad, cuyo título es, de suyo, una flagrante provocación al pensamiento, porque, ¿cómo es posible que la eternidad pueda tener historia?; ¿acaso no se trata de una contradicción en los términos?; ¿no equivale el título del ensayo borgiano a justificar la muy pacata y ridícula expresión –convertida por algún inefable político de oficio en eslogan publicitario–, según la cual “el tiempo de Dios es perfecto”? En fin, el flagor heraclíteo, la premeditada flagrancia borgiana, ¿cabe en el reposado reino de la eternidad divina? Por una vez, no conviene confundir a Cronos con Kairós.

Totalitarismos eternos.
De los modelos de interpretación del movimiento de la historia, a los cuales se ha hecho referencia, a saber: el circular –no exento de las revelaciones y del misticismo de los dèja vu y, por supuesto, del incesante aunque continuo “eterno retorno” nietzscheano–; el lineal –esa suerte de determinismo providencial y, quizá por ello mismo, positivista, que convierte a la historia en una larga autopista que, inevitablemente y “más temprano que tarde”, conducirá a su propio fin–, y el espiral, de incesantes movimientos “paralelos, pero no sincrónicos”, hechos de corsi e ricorsi, que, según Borges, es el modelo más adecuado para comprender el devenir de la historia de la humanidad. De hecho, en él están comprehendidos los dos modelos precedentes, es decir, conservados y, al mismo tiempo, superados. Se sabe que es la concepción de la historia que expusieron, en sus respectivas épocas, y con sus específicas determinaciones temporales, Maquiavelo, Vico, Hegel y el Marx auténtico, el no-marxista, el que poco o nada tiene que ver con la mitología stalinista. Incluso, hay quienes recientemente, al sugerir la compatibilidad del Deus sive natura y del Verum et factum convertuntur, incluyen a Spinoza entre los exponentes de dicho modelo histórico. Dice Ortega y Gasset que los grandes intérpretes de la historia no son los historiadores sino, precisamente, los filósofos de la historia, y hasta se atreve a calificar a esos supremos sacerdotes del templo de Cronos de “almas retrasadas, almas de cronistas, burócratas adscritos a expedientar el pasado”. Si, como gusta afirmar el cultor de frases hechas, “el tiempo de Dios es perfecto”, Ortega le responde que “los historiadores no tienen perdón de Dios”. Y quizá buona parte, ma non tutti. Pero habrá que incluir a algunos asesores que, sin tener la menor idea de la grandeza de un Maquiavelo, lo incluyen entre los precursores del positivismo craso, con lo cual fomentan un terrible daño en la mente pragmática de quienes suelen asesorar.

El Directorio fue una institución del complejo pasado que fundó la modernidad, una figura representativa de la triste intermediación autoritaria entre el jacobinismo de los primeros tiempos y el conservatismo del período posrevolucionario francés, que gobernó la república desde 1795 hasta 1799. Si la historia es, al decir de Vico, “paralela pero no sincrónica”, la historia siempre se repite y nunca se repite. Se repiten ciertos y determinados elementos característicos, de fuerte “aire de familia”, pero nunca de la misma manera ni bajo las mismas determinaciones. Hay, por ejemplo, una enorme similitud entre el modo de ser de los neardentales y el de ciertos especímenes del más cercano presente. De hecho, pretenden que todo se arregle dando “mazazos” a diestra y siniestra, a lo “uga-uga”, entre la pre-historia y la pre-histeria. Solo que el pobre neardental nada sabía de carteles, ni de “lechugas verdes”, ni de las aficiones por Louis Vuitton ni, por supuesto, del criminal negocio de la coca. Son, pues, condiciones “paralelas, pero no sincrónicas”. Siempre habrá períodos de “noche oscura” de barbarie. Pero no es lo mismo la barbarie de los Genghis Khan a la de Blade Runner. Después de todo, no se puede confundir in extremis a King Kong con la versión bananera de Buzz Light Year.

Hay efectivamente una versión contemporánea del Directorio. Al igual que el primero, el original, su versión paralela es dirigida por un grupito de “caribes” tropicales que se debate entre las glorias del pasado jacobino y el eventual Térmidor que propicia desde sus propias entrañas, es decir, desde su ya ancestral herencia militarista y caudillesca. Ha dirigido los destinos de una nación que tuvo todas las condiciones materiales y espirituales necesarias para ser mejor. Solo que esta novísima versión del Directorio, en nombre de una revolución que nunca fue, se dio a la premeditada y alevosa tarea de arruinarla, hasta “hacerla morder el polvo”, como dice Mephisto en el Fausto. En todo caso, asociado estrechamente con el militarismo, el Directorio impuso, por encima del pueblo francés, una nueva Constitución, que necesitaba para perpetuarse por la vía “legal” en el poder. Y fue así como terminó imponiendo el terror, bajo el alegato de que “el gobierno sería revolucionario hasta la paz”. La inflación se hizo insufrible. La hambruna no tardó mucho tiempo en llegar. Francia retrocedió, incluso, muy por detrás del Comité de Salvación Pública. Sin justicia, sin libertad, sin trabajo ni alimentos, el país vivió su peor etapa de depauperación y miseria. La conflictividad social no se hizo esperar. Desde el campo de batalla, Napoleón sonreía, mientras aguardaba el momento preciso para hacer su papel “consular”. La copia más reciente del Directorio juega con el fuego de los césares que pululan en el concierto de un país que vive su peor momento de desgarramiento. París se quema, se quema París.

El totalitarismo suele trascender, con creces, los términos de derecha e izquierda. Demonizar la idea de negociación tiene sus riesgos. Sirve para soliviantar las pasiones de quienes han hecho de la razón un artefacto decorativo, una suerte de jarrón chino, un abstracto “ser supremo”, al estilo de lo peor del espíritu jacobino francés. Que se sepa de una vez: la razón es, además, y por su propia naturaleza, “de carne y sangre”. No se puede prescindir del servicio que su astucia, hasta el presente, le ha prestado a la historia.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/directorio_195354

¿Qué es el pueblo en filosofía?

Frente al espejo sin imagen.

El pueblo frente al espejo

“La tiranía y el despotismo se levantan bajo la máscara de la libertad, la igualdad y la fraternidad”

G. W. F. Hegel.



Decía Bismarck que los políticos pensaban en la próxima elección, mientras que los estadistas pensaban en la próxima generación. Es probable que la diferencia esencial que exista entre un régimen autocrático y una sociedad republicana concentre sus fundamentos en la forma –el modo– en la que cada una tenga de percibir –y, en consecuencia, de asumir– la noción de “pueblo”. La autocalificación que, por ejemplo, hacen China o Bielorrusia como “repúblicas populares” o, incluso, la que hace Corea del Norte como “República Popular Democrática”, confirman el hecho de que, inmersos en su cámara oscura, bajo su óptica particular, ese tipo de sociedades se conciben a sí mismas como estrictas representaciones de lo que asumen ser: ni más ni menos, como “el pueblo”. Y, sin embargo, distantes están semejantes representaciones del “demos” (pueblo) de la antigua Grecia o del “Senatus Populusque Romanus” (el Senado y el Pueblo de Roma), tanto como del “We, the people”, de la Revolución de Independencia norteamericana o del “Les representants du peuple”, de la Revolución francesa.

Con independencia de las afirmaciones hechas por Ortega y Gasset acerca de las masas –según las cuales “masa es todo aquel que no se valora a sí mismo, sino que se siente como todo el mundo y no se angustia, porque se siente a salvo al saberse idéntico a los demás”–, la cuestión de la diversidad perceptiva de la noción de pueblo es el resultado de un determinado desarrollo histórico y cultural. Una sociedad carente de libertades individuales –como lo son las sociedades Orientales– es una “totalidad” vaciada de contenido, superficial, una abstracción o, como la llama Gramsci, una sociedad “gelatinosa”.

Para que un pueblo sea efectivamente un pueblo tiene que dejar de ser el simple rebaño de la sumisión; tiene que ser la necesidad de la diversidad en y para sí, lo diferente. En este sentido, la expresión “vox populi, vox Dei” hace referencia al reconocimiento de las partes en el todo y del todo en las partes. Ser pueblo es, en consecuencia, una conquista y de ningún modo un presupuesto, porque lo que se presupone, siempre, es dudoso de suyo. Un pueblo no diferenciado no es un pueblo. Muy por el contrario: pueblo quiere decir lo diferente que coincide, mediante la labor –el esfuerzo– de su ser consciente, en la conformación de la unidad de su espíritu. Los manoseos de quienes se atribuyen ser “el pueblo” son, en consecuencia, sospechosos de las perversiones propias del pupulismo fascista: “Ein Volk, ein Reich, ein Führer”. Una expresión, como podrá observarse, más cercana a los Ceresole que a los fundadores de la Independencia, lectores, como se sabe, de Locke, Rousseau y Montesquieu.

Tomar una parte de la población –por cierto, cada vez más reducida– haciéndola pasar por “el pueblo soberano” que se enfrenta al “antipueblo apátrida” –por cierto, cada vez más amplio–, acusándolo de ser el responsable directo de todos los males de la sociedad, es, a un tiempo, el mayor fraude y la más grotesca bancarrota de un régimen parasitario, cuyas mayores objetivaciones han sido la corrupción y la incompetencia, esas dos caras de una misma moneda. Sin duda, los Castro pueden sentirse satisfechos y orgullosos de la “gran empresa” de haber contribuido con la destrucción de Venezuela. Ahora sí: “somos la mima cosa”.

Como en “el cuarto de los espejos”, las figuras se deforman, los rostros se vuelven complejos, devienen otredad, extrañamiento y horror. La mirada se hunde, se vuelve atroz, hasta la desesperante alucinación. Tal vez, no por mera casualidad, el antiguo “Salón de los Espejos” del Palacio de Miraflores terminó siendo reemplazado –órdenes expresas del difunto– por el de “Salón Joaquín Crespo” y, más tarde, por el actual “Salón Simón Bolívar”. No pocas veces, frente al espejo, la figura proyectada puede llegar a mostrar la inversión de la imagen: lo que se cree ser y no se es. Dice Borges haber sentido horror frente a los espejos: “No solo ante el cristal impenetrable/ Donde acaba y empieza, inhabitable,/un imposible espacio de reflejos”. Abominables –dice–, porque, al igual que la paternidad, “todo lo multiplican”.

Aquello que Marx llamaba “la cámara oscura”, y que equiparaba con la función de la ideología, no es más que un espejo que proyecta la imagen invertida de su objeto. Cuando un grupo perteneciente al “lumpanato” –definidos por el propio Marx como “vagos que malbaratan alegremente todo lo suyo y lo que no lo es”– es llamado “pueblo”, o cuando a un grupo de empleados públicos que se les obliga a vestirse de rojo para asistir a una “concentración”, so pena de perder su empleo, se les llama “pueblo”, entonces se está en presencia de una “cámara oscura”, un “cuarto de los espejos”, una manifiesta representación ideológica, un auténtico delirio que, sin duda, y como consecuencia de la crisis orgánica que ha padecido el pueblo –el auténtico, el concreto, el que trabaja y genera la riqueza social–, requiere de un sorbo de sobria sensatez.

La “masa masificada” de los hermanos Bauer no representa “el pueblo”. Pero tampoco lo representa la individualización del “cada quien” y del “cada cual” –esa “multitud” desperdigada e inconsciente de la que tanto elogio hace Tony Negri–. Pueblo es una expresión multicolor que marcha por convicción en las calles y autopistas de una ciudad. Es, pues, la unión de la unidad y de la diversidad, el espíritu creciente que exige ser reconocido, que reclama un cambio de estructuras, un nuevo estado de cosas, dentro de un contexto de dolorosas escisiones y padecimientos. Como dicen las Escrituras: “Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido”.

Por @jrherreraucv.

El hacedor de Borges comentario


Lectura de Jorge Luis Borges en El hacedor, 
El señor Borges escribió varias hojas de desorden repletas de relatos de todas las epocas -y miradas, el libro, "El hacedor", e igual nombre el relato que hoy comparto.

Parece -por el nombre- que el hacedor trata de algo o alguien, que hace, que inventa o crea. Tanto que se puede pensar que se trata de algo normal, y muy usual -quien sabe- en cualquier persona, más no pocas personas es demasiado, me explico: los relatos del libro son densos,  majestuosos relatos que exponen en pocas lineas ideas bajo piedras, bajo piedras pues; al ser expuestas en relatos no se presentan en su concepto sino diluidas en la historia. Borges aquí relata la forma del acto en lineas de prosa, todo son sensaciones resueltas con apariencia de indiferencia, como voluntad de poder hacer, y una vez hecho otra voluntad, y deseo. Allá va, el hacedor. Qué piensa como actúa, y hace ambos al mismo tiempo.


Nunca se había demorado en los goces de la memoria. Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda cargada de estrellas que también eran dioses, la luna, de la que había caído un león, la lisura del mármol bajo las lentas yemas sensibles, el sabor de la carne de jabalí, que le gustaba desgarrar con dentelladas blancas y bruscas, una palabra fenicia, la sombra negra que una lanza proyecta en la arena amarilla, la cercanía del mar o de las mujeres, el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel, podían abarcar por entero el ámbito de su alma. Conocía el terror pero también la cólera y el coraje, y una vez fue el primero en escalar un muro enemigo. Ávido, curioso, casual, sin otra ley que la fruición y la indiferencia inmediata, anduvo por la variada tierra y miró, en una u otra margen del mar, las ciudades de los hombres y sus palacios. En los mercados populosos o al pie de una montaña de cumbre incierta, en la que bien podía haber sátiros, había escuchado complicadas historias, que recibió como recibía la realidad, sin indagar si eran verdaderas o falsas.

Gradualmente, el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borró las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía. Cuando supo que se estaba quedando ciego, gritó; el pudor estoico no había sido aún inventado y Héctor podía huir sin desmedro. Ya no veré (sintió) ni el cielo lleno de pavor mitológico, ni esta cara que los años transformarán. Días y noches pasaron sobre esa desesperación de su carne, pero una mañana se despertó, miró (ya sin asombro) las borrosas cosas que lo rodeaban e inexplicablemente sintió, como quien reconoce una música o una voz, que ya le había ocurrido todo eso y que lo había encarado con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad. Entonces descendió a su memoria, que le pareció interminable, y logró sacar de aquel vértigo el recuerdo perdido que relució como una moneda bajo la lluvia, acaso porque nunca lo había mirado, salvo, quizá, en un sueño.

El recuerdo era así. Lo había injuriado otro muchacho y él había acudido a su padre y le había contado la historia. Éste lo dejó hablar como si no escuchara o no comprendiera y descolgó de la pared un puñal de bronce, bello y cargado de poder, que el chico había codiciado furtivamente. Ahora lo tenía en las manos y la sorpresa de la posesión anuló la injuria padecida, pero la voz del padre estaba diciendo: "Que alguien sepa que eres un hombre", y había una orden en la voz. La noche cegaba los caminos; abrazado al puñal, en el que presentía una fuerza mágica, descendió la brusca ladera que rodeaba la casa y corrió a la orilla del mar, soñándose Ayax y Perseo y poblando de heridas y de batallas la oscuridad salobre. El sabor preciso de aquel momento era lo que ahora buscaba; no le importaba lo demás: las afrentas del desafío, el torpe combate, el regreso con la hoja sangrienta.

Otro recuerdo, en el que también había una noche y una inminencia de aventura, brotó de aquél. Una mujer, la primera que le depararon los dioses, lo había esperado en la sombra de un hipogeo, y él la buscó por galerías que eran como redes de piedra y por declives que se hundían en la sombra. ¿Por qué le llegaban esas memorias y por qué le llegaban sin amargura, como una mera prefiguración del presente?

Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la que ahora
descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo, Ares y Afrodita, porque ya
adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de
hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que
buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.

Borges: El hacedor

Borges, lectura de sueños con tigres



Jorge Luis Borges. Lectura de el hacedor; DREAMTIGERS (sueños con tigres)




En la infancia yo ejercí con fervor la adoración del tigre: no el tigre overo de los camalotes del Paraná y de la confusión amazónica, sino el tigre rayado, asiático, real, que sólo pueden afrontar los hombres de guerra, sobre un castillo encima de un elefante. Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas en el Zoológico; yo apreciaba las vastas enciclopedias y los libros de historia natural, por el esplendor de sus tigres. (Todavía me acuerdo de esas figuras: yo que no puedo recordar sin error la frente o la sonrisa de una mujer.) Pasó la infancia, caducaron los tigres y su pasión, pero tadavía están en mis sueños. En esa napa sumergida o caótica siguen prevaleciendo y así: Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura invención de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre.
¡Oh, incompetencia! Nunca mis sueños saben engendrar la apetecida fiera. Aparece el tigre, eso sí, pero disecado o endeble, o con impuras variaciones de forma, o de un tamaño inadmisible, o harto fugaz, o tirando a perro o a pájaro.