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    La universidad des-hecha.


    La universidad

    Saber es hacer, le guste o no a los burócratas de la ratio instrumental, inerciales prisioneros de su fe, atrapados en las redes del entendimiento abstracto. Todo pensar es, en efecto, un crear, un hacer, un producir incesante. Cuando se piensa se hace y cuando se hace se piensa. Se piensa para producir reproduciendo. Se hace para reproducir produciendo. Tal es la determinación constitutiva de toda posible construcción del ser social. Verum et factum convertuntur, afirma Vico; para comprender a fondo el decurso de la historia, es menester estudiar en profundidad las distintas facetas de “la mente humana”, porque los cambios que ocurren en las sociedades tienen su origen en ella. Si la totalidad histórica tiene sus fundamentos en la comprensión de “la mente humana”, su estudio resulta de factura esencial y justifica, además, el estudio de las más diversas formas del conocimiento. Las expresiones concretas del quehacer social tienen que ser, pues, investigadas, enseñadas y divulgadas, porque esa es la manera como los pueblos, al reconocerse a sí mismos, logran avanzar, ser prósperos, conquistar la libertad y vivir en paz. Forma y contenido son inescindibles: theoría y praxis.

    Las universidades no son fábricas de títulos ni de titulados. No son formas vaciadas de contenido, suerte de requisito nominal para poder obtener un cierto estatus de vida que permita, a su vez, alcanzar las subsiguientes “nominaciones”. Ellas son la mayor fuente de saber real y, por ello mismo, de hacer concreto. Su propósito esencial consiste en hacer país sobre la base de saber del país. Des-hacer la institución universitaria equivale, en consecuencia, a des-hacer el país en el que la sociedad pretende conquistar sus metas más preciadas, la realización de sus firmes propósitos específicos y generales, la conquista consciente de sus derechos y deberes. Ninguna sociedad que se respete a sí misma puede tan siquiera representarse la posibilidad de desarrollarse, de desplegar sus potencialidades, prescindiendo de la labor de sus universidades. A menos que se imponga la mediocridad como norma y sistema de vida, y que se llegue a sentir orgullo por las miserias de la ignorancia, la pobreza, el atraso, la violencia y la barbarie. Todo lo cual sólo puede ser calificado de fascismo en estado puro. Un régimen que promueve deliberadamente semejantes valores garantiza su permanencia absoluta en el poder. A mayor ignorancia más fácil resulta su perpetuidad al frente de una sociedad esclavizada, empobrecida, famélica, enferma, en fin, miserable.

    Hubo un tiempo en Venezuela en el que las universidades llegaron a ser centros de estudios auténticamente superiores. Grandes exponentes de las disciplinas científicas y humanísticas, de los saberes clásicos y modernos, fueron convocados con el firme objetivo de formar, no sin rigor y excelencia, a los futuros responsables de la construcción de un país decidido a salir de su retardo histórico-cultural e incorporarse a la civilización, superando así los peligros del prejuicio y la presuposición, esas percepciones 'de oídas' que redundan, por un lado, en el craso empirismo tout court, y, por el otro, en el fanatismo y la adoración ante el cacique, el taita o el caudillo. Bajo el cobijo de la democracia, y en poco tiempo, la universidad venezolana se constituyó en una sólida, respetable y prominente institución, autónoma y con profundas raíces civiles. Ser profesor universitario, ser estudiante o egresado de La Universidad venezolana se transformó no sólo en una cuestión de prestigio sino, sobre todo, en un compromiso con el país. De nuevo, forma y contenido, theoría y praxis. Esa gran universidad, referencia internacional y modelo de las universidades latinoamericanas, ha sido literalmente secuestrada, golpeada, torturada y violentada con saña y crueldad por el actual régimen narco-terrorista. Su diagnóstico es reservado. Puede decirse que de suma gravedad y, la verdad, se haya a punto de morir. Por lo pronto, está des-hecha, y será necesario reconstruirla desde sus cimientos.

    No hay peor cuña que la del mismo palo, dice un adagio popular. Pero cuando a las “cuñas” se las carcomen las polillas del resentimiento, la mediocridad y la piratería, el regressus a los tiempos del analfabetismo palúdico y a la pobreza material y espiritual se hace inminente. La cantidad sin mediaciones no hace calidad. Llenar cifras con más graduandos no pasa de ser una ficción, un espejismo tercermundista. Una universidad que no investiga y que no extiende los resultados de sus investigaciones en aportes reales, en beneficios para la sociedad, no merece llevar ese nombre. Las supuestas universidades que se limitan a impartir clases de refritos son una vergüenza. El profesor universitario, reseñado por el burocratismo dominante, como “docente” es un insulto a su formación investigativa y extensiva, a su concurso de oposición, a sus trabajos de ascenso, a sus investigaciones de campo, a sus publicaciones y a sus posgrados.

    Hoy la cada vez menor población profesoral de las -auténticas- universidades que apenas sobreviven se ha vuelto anciana. Con premeditación y alevosía, los sueldos del profesorado universitario, que deberían situarse entre los mejores remunerados del país, dada su altísima y muy delicada responsabilidad, son los peores de toda la administración pública. Ya nadie quiere ser profesor universitario. Los jóvenes relevos, bien preparados para el oficio, se van del país, buscando mejores condiciones de vida. La previsión social se ha vuelto infame. Los “dirigentes gremiales”, incapaces de defender los derechos que le corresponden al profesorado por ley, optan por pecharlo, sacándole del bolsillo los ya bastante mermados recursos de su salario para cubrir los malabares de una política de seguros lo más distante de la idea de “previsión social”. O se pelean por “la torta” de los beneficios obtenidos en otros tiempos -producto de la venta de los activos del desaparecido fondo de jubilaciones-, y no precisamente para poder cubrir los impagables costos actuales de las clínicas. Y es que, así como urge una nueva universidad que, cual fénix, resurja de sus cenizas, urge, de igual modo, un nuevo sistema de seguridad profesoral y la renovación integral del gremio. El poder atemporal enferma.

    Des-hacer significa hacer que una cosa vuelva a la condición en la que se encontraba antes de haber sido hecha, de modo que desaparezca, quede destruida o sea descompuesta. Este es un régimen de des-hechos: su característica esencial es la reacción, a la que autocalifican como “revolución”. Su fundamento ideológico -aunque muchos de ellos no lo sepan- es el fascismo, al que deberían, de una vez por todas, denominar 'nacional-socialismo'. Su desprecio por las universidades -su afán por des-hecharlas- sólo se compara con su profundo temor a la inteligencia. Tal vez, re-hacer la universidad sea la tarea más importante del presente y la mejor garantía de un futuro en progreso y libertad.

    El derecho natural de gentes


    Por José Rafael Herrera @jrherrraucv

    ..Y de las ruinas, surgirá la nueva vida. Friedrich Schiller

    La filosofía de Vico no es, como ha querido hacer ver el entendimiento abstracto, un “fruto fuera de estación”. Más bien, es uno de los focos de luz más potentes, en los que se concentra la especulación humana durante el siglo XVIII. No tanto por haber recogido en su seno la más rica herencia histórica y cultural del pasado, sino por anticipar la más válida, la más civil, de las exigencias por la conquista del porvenir. Cuando el pensamiento está determinado por una visión profundamente crítica que, tarde o temprano, genera una nueva concepción del mundo y de la historia, da la impresión de hallarse ajeno a la circunstancia inmediata del ambiente social y cultural que lo circunda, lo que, no sin frecuencia, motiva el rechazo de quienes, absortos por los prejuicios y la enajenación características de su tiempo, no pueden comprender el nuevo contenido, la nueva estructura especulativa y organizacional que, a la luz de dicho pensamiento, apenas acaba de nacer. Carlos Fuentes tenía razón: hubiese sido mejor leer a Vico que a Descartes y a Hume, que a Voltaire y a Rousseau, para formarse un concepto concreto de la historia y la cultura latinoamericanas, especialmente entre quienes tomaron la iniciativa de construir las repúblicas independientes.


    Vico comprendió que la integridad de la sociedad civil descansa en la fantasía de los hombres, como elemento fundante de sus necesidades inmediatas. La religión, el lenguaje y la elocuencia son esenciales para la ley, la política y el Estado, y éstas nunca podrán reducirse a la categorización abstracta, meramente prepositiva, propia de las ciencias físico-matemáticas. Ajenos a un concepto filológico adecuado, Descartes, Grocio, Hobbes, Locke, Hume o Rousseau, no lograron cimentar la pretensión de establecer una filosofía jurídico-política como ciencia "universal" del bienestar público atemporal, ajena a los contextos culturales de los pueblos. Terminaron en la formulación de un “modelo” hipotético: el derecho natural.


    Vico, en cambio, fijó la mirada sobre las relaciones que enlazan el pensamiento con la sociedad y viceversa. Lo hizo con novedosa originalidad. Nadie, más que él, ha operado en pro de la historización de la filosofía. Su pensamiento es opuesto al empleo reductivo y anacrónico del naturalismo tout court y de la tradición utilitarista de la ley de las ciencias políticas y sociales. El hombre de Vico aprende a buscar tanto la utilidad como la verdad. La racionalidad, según el modelo cartesiano de claridad y distinción, es insuficiente para la adquisición social e histórica del arte de conocer y hacer la verdad. El saber no puede reducirse a prácticas profesionales exclusivas de la ciencia natural y de la lógica formal. Debe incluir los más diversos modos de razonar propios del sentido común, es decir, lingüísticos, retóricos, religiosos, morales, políticos, legales, económicos, sociales, en fin, históricos: lo cual incluye la evidencia, la conjetura y la refutación. Este es el resultado que, para Vico, ni el dogmatismo colectivista ni el pragmatismo liberal están en condiciones de secuestrar, sin llegar a producir graves consecuencias.


    El derecho natural no es una premisa matemática sino una conquista civil. No es un punto de partida sino un punto de llegada. El derecho “natural” no es natural sino histórico. En la Scienza Nuova Vico logra descifrar esa conquista y establecer un sistema de “derecho natural de gentes” que se va concretando a lo largo de tres edades cíclicas: la de los dioses, en la que los hombres creían vivir bajo gobiernos divinos y en las que todas las cosas les eran ordenadas mediante auspicios y oráculos; la edad de los héroes, en la que éstos reinaron en todos los sitios mediante repúblicas aristocráticas, basadas en una cierta diferencia atribuida a su superior naturaleza respecto a la de los plebeyos; y la edad de los hombres, en la que todos se reconocen como iguales en cuanto a su naturaleza humana, bien a través de repúblicas populares o de monarquías, siendo ambas las formas de gobierno propiamente humanas.


    Una inmensa región del mundo, conquistada y convertida en colonia de un poderoso imperio, a la que se le ha impuesto un nuevo orden de cosas y de ideas, se vió necesariamente forzada a modificar abruptamente, y a ver truncado, el curso de su propio devenir. Por lo menos eso afirma Vico. Pero si, además, se le hace ver, como se lo hicieron ver los independentistas -deslumbrados por el espíritu de la Ilustración europea-, que se es naturalmente libre y que se tienen derechos innatos, aún sin habérselos ganado, y sin poseer la formación social -la Bildung- necesaria para hacer el recorrido mediante lo que Vico denomina “la mente heróica”, entonces, de la Liberté surge el libertinaje, de la Igualité el igualismo y de la Fraternité la audacia del vivarachismo criollo. No serán necesarios el esfuerzo, la constancia, el estudio, la preparación, el compromiso, la responsabilidad, es decir, no será necesario poseer una educación estética capaz de permitir la reconstrucción del proceso -por la vía del pensamiento-, porque “naturalmente”, como si se tratara de un champignon, se puede hacer lo que se quiera, lo que se venga en gana. Se puede, en consecuencia, ocupar cualquier cargo de Estado, cualquier posición, a pesar de no poseer la necesaria capacidad para hacerlo. Y, por esa vía, se puede saquear, corromper, torturar, asesinar, puesto que, ya que existen unos tales derechos “naturales”, gracias a los cuales se es libre “por naturaleza”, se puede hacer lo que se venga en gana. Un mundo así representado es propicio para los Boves, los Monagas, los Zamora, los Castro, los Gómez y los Chávez. Es el mundo de los Carujo, no el de los Vargas. Y, por esa vía, se llega directo a este desastre militarista, salvaje, corrompido hasta los tuétanos, que ha conducido al país a su mayor pobreza material y espiritual. No existe libertad sin conciencia de la necesidad, ni hay derecho natural que no sea el resultado, la conquista, de la conciencia histórica. El Derecho Natural sólo puede ser derecho de gentes, como dice Vico. Gente proviene de gen, que significa engendrar, producir, devenir. El Derecho Natural deviene.


    A pesar de contar con doscientos años de vida republicana, Venezuela sólo ha tenido cuarenta de vida democrática. La diferencia está en la educación, no en la simple instrucción. No se puede superar una realidad sustentada en una ficción con otra ficción. De las ruinas hay que hacer surgir una nueva Venezuela. Y para ello, la mayor labor, la más importante de todas, tiene que ser la educación estética.

    Giambista Vico: Conclusión ciencia nueva.

    Una lectura de Vico qué, asièndola a nuestra época informa de una forma de comunicación entre el pueblo y el gobernante, la religiosa. Aquí descrita como ciencia nueva por Giambista Vico, qué de nueva tiene la formulación pero que dice, servía en las más crudas épocas feudales. Si atendemos a la ciencia nueva de Vico, podríamos entender el mundo social como compuesto por una realidad religiosa, una fuerza productora de sociedades que se guía por la providencia de la virtud. 


    Ciencia nueva de Vico.
    Pero, con el transcurso del tiempo, al desarrollarse cada vez más las mentes humanas, las plebes de los pueblos se desengañaron finalmente de la vanidad de tal heroísmo, y entendieron que ellos eran de igual naturaleza humana que los nobles; por lo que también ellos quisieron entrar en los órdenes civiles de las ciudades. De modo que, debiendo al cabo del tiempo ser soberanos esos pueblos, la providencia permitió que las plebes, antes, durante mucho tiempo, rivalizaran con la nobleza en cuanto a piedad y religión en las contiendas heroicas hasta que los nobles tuvieron que comunicar a los plebeyos los auspicios, para comunicarles también todos los derechos cívicos públicos y privados que se consideraban dependendientes de él; y así, el mismo cuidado de la piedad y el afecto de la religión llevara a los pueblos a ser soberanos en las ciudades: en lo que el pueblo románo se adelantó a todos los demás del mundo, y por eso llegó a ser el pueblo señor del mundo. De tal manera que, introduciéndose cada vez más el orden natural entre esos órdenes civiles, nacieron las repúblicas populares: en las que, puesto que se tenía que reducir todo a la suerte o la balanza, para que no reinase el azar o destino, la providencia ordenó que el censo fuera la regla de los honores; y así, los industriosos y no los infractores, los parcos y no los pródigos, los capaces y no los haraganes, los magnánimos y no los mezquinos de corazón, y en una palabra, los ricos en cualquier virtud o con alguna imagen de virtud, y no los pobres, con muchos y descarados vicios, fueran considerados óptimos para el gobierno. De repúblicas tales —donde pueblos enteros, que aspiran en común a la justicia, ordenan leyes justas, porque son universalmente buenas, que Aristóteles define divinamente como «voluntad sin pasiones», y tal es la voluntad del héroe que ordena las pasiones— salió la filosofía, a partir de la forma de esas repúblicas, destinada a formar al héroe y, para formarlo, interesada en la verdad; y así, la providencia ordenó: que, no habiéndose acercado más a través de los sentidos de la religión (como se había hecho antes) a las acciones virtuosas, la filosofía hiciese entender las virtudes en su idea, por cuya reflexión, si los hombres no practicaban la virtud, al menos se avergonzaran de los vicios, pues los pueblos diestros en obrar mal sólo así pueden mantenerse en el deber. Y a partir de las filosofías permitió que apareciese la elocuencia, que en consecuencia de la misma forma de esas repúblicas populares, donde se ordenan buenas leyes, fuese una apasionada de lo justo; y así, ésta, a partir de esas ideas de virtud incitara a los pueblos a ordenar buenas leyes. Determinamos con resolución que esta elocuencia floreció en Roma en los tiempos de Escipión el Africano, en cuya edad la sabiduría civil y el valor militar, pues ambos, que establecieron felizmente para Roma el imperio del mundo sobre las ruinas de Cartago, debieron llevar aparejados necesariamente una elocuencia robusta y sapientísima.

    Pero, al irse corrompiendo también los Estados populares, y por tanto las filosofías (ya que, al caer en el escepticismo, los estultos doctos se emplearon en calumniar la verdad), y al surgir de aquí una falsa elocuencia, dispuesta igualmente a apoyar en las causas a las dos partes opuestas, sucedió que, usando mal la elocuencia (como los tribunos de la plebe en la romana) y no contentándose ya los ciudadanos con las riquezas para instituir el orden, quisieron hacer de ella su poder, como furiosos austros en el mar, promoviendo guerras civiles en sus repúblicas, las llevaron a un desorden total, y así, desde su libertad perfecta, la hicieron caer bajo una perfecta tiranía (que es lo peor de todo), es decir, la anarquía, o la desenfrenada libertad de los pueblos libres.

    Ante este gran desastre de las ciudades la providencia obra uno de estos tres grandes remedios según el siguiente orden de las cosas civiles humanas.

    Pues dispone, primero, el que se halle dentro de esos pueblos uno que, como Augusto, surja y se establezca como monarca, quien, ya que todos los órdenes y todas las leyes halladas para la libertad no bastaban ya para regularla y refrenarla, tenga en su mano todos los órdenes y todas las leyes con la fuerza de las armas; y por el contrario, constriña esa forma del estado monárquico, a la voluntad de los monarcas en ese su imperio infinito, dentro del orden natural de mantener contentos y satisfechos de su religión a los pueblos, así como de su libertad natural, sin cuya universal satisfacción y conformidad los Estados monárquicos no son ni duraderos ni seguros.

    Luego, si la providencia no halla tal remedio dentro, lo va
    a buscar fuera; y, ya que tales pueblos de tan corruptos que eran ya, se habían convertido por naturaleza en esclavos de sus desenfrenadas pasiones (del lujo, de la delicadeza, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia y del fasto) y debido a los placeres de su disoluta vida se arruinaban en todos los vicios propios de vilísimos esclavos (como el ser mentirosos, astutos, calumniadores, ladrones, cobardes y simuladores), por tanto, dispone que lleguen a ser esclavos por el derecho natural de las gentes que sale de dicha naturaleza de las naciones, y acaben estando sometidos a naciones mejores, que les hayan conquistado con las armas, y por éstas se queden reducidos a provincias. En lo cual, además, refulgen dos grandes luces del orden natural: una es, que quien no puede gobernarse por sí mismo, se deje gobernar por otros que puedan; la otra, que gobiernen el mundo siempre los que son mejores por naturaleza.

    Pero, si los pueblos marchitan en esta última peste civil, que ni dentro consienten a un monarca nativo, ni llegan naciones mejores a conquistarles y conservarles desde fuera, entonces la providencia, ante este su extremo mal, obra este extremo remedio: que —puesto que tales pueblos a modo de bestias no se habían acostumbrado sino a pensar en los propios intereses de cada uno y habían dado en el colmo de la delicadeza o, mejor dicho, del orgullo, como fieras que, al ser mínimamente contrariadas, se resienten y enfurecen, y así, en el mayor gentío o muchedumbre de cuerpos, viven como bestias inhumanas en una suma soledad de espíritu y de sentimiento, sin que apenas dos puedan ponerse de acuerdo porque cada uno sigue su propio placer o capricho—, por todo esto, con obstinadísimas facciones y desesperadas guerras civiles, llegan a hacer selvas de las ciudades, y de las selvas, cubiles de hombres; y de tal manera que, al cabo de largos siglos de barbarie, llegan a herrumbarse las malnacidas sutilezas del ingenio malicioso, que había hecho de ellos fieras más inhumanas con la barbarie de la reflexión de lo que lo habían sido con la primera barbarie del sentido. Ya que ésta mostraba una fiereza generosa, de la que otros podían defenderse, huir o guardarse; pero aquélla, con una fiereza vil, con halagos y abrazos, acecha en la vida y en las suertes de sus confidentes y amigos. Por ello, los pueblos de tal reflexiva malicia, con este último remedio que obra la providencia, aturdidos y estúpidos, no sienten ya ni las comodidades, ni las delicadezas, ni los placeres ni el fasto, sino solamente las utilidades necesarias para la vida; y, por el escaso número de los hombres que al fin quedan y por la abundancia de las cosas necesarias para la vida, llegan a ser naturalmente moderados; y, debido al retomo de la primera simplicidad del primer mundo de los pueblos, son religiosos, veraces y fieles; y así retoma entre ellos la piedad, la fe, la verdad, que son los fundamentos naturales de la justicia y son gracias y bellezas del orden eterno de Dios.

    Porque precisamente los hombres han hecho este mundo de naciones (que fue el primer principio incuestionado de esta Ciencia, una vez que desesperamos de encontrarla en filósofos y filólogos); sin embargo, este mundo, sin duda, ha salido de una mente muy distinta, a veces del todo contraria y siempre superior a los fines particulares que los mismos hombres se habían propuesto; estos fines restringidos que, convertidos en medios para servir a fines más amplios, ha obrado siempre para conservar la generación humana en esta tierra. Ya que los hombres quieren usar la libido bestial y perder sus partos, y establecen la castidad de los matrimonios, de donde surgen las familias; quieren los padres ejercitar sin medida los poderes paternos sobre los clientes, y les someten a los poderes civiles, de donde surgen las ciudades; quieren los órdenes reinantes de los nobles abusar de la libertad señorial sobre los plebeyos, y llegan a la servidumbre de las leyes, que establecen la libertad popular; quieren los pueblos libres librarse del freno de sus leyes, y llegan a la sumisión de los monarcas; quieren los monarcas, con todos los vicios de la disolución que les asegura, envilecer a sus súbditos, y les disponen para soportar la esclavitud de naciones más fuertes; quieren las naciones perderse a sí mismas, y llegan a salvar sus avances en las soledades, de donde, como el fénix, resurgen nuevamente. Quien hizo todo esto, fue mente, porque lo hicieron los hombres con inteligencia; no fue destino, porque lo hicieron con elección; no azar, porque perpetuamente, haciéndolas siempre del mismo modo, salen las mismas cosas.

    Por tanto, Epicuro es refutado de hecho, ya que dice que es
    por el azar, y con él sus secuaces Hobbes y Maquiavelo; y de hecho es refutado Zenón, y con él Spinoza, que dicen que es por el destino. Por el contrario, de hecho se pone a favor de los filósofos políticos, cuyo príncipe es el divino Platón, que establece que la providencia regula las cosas humanas. Por lo que tenía razón Cicerón, que no podía razonar con Ático sobre las leyes, si éste no dejaba de ser epicúreo y no le concedía primero que la providencia regula las cosas humanas. Providencia que Pufendorf ignora en su hipótesis, Selden supuso y Grocio prescindió de ella; pero los jurisconsultos romanos la establecieron como primer principio del derecho natural de las gentes. Porque en toda esta obra se ha demostrado que los primeros gobiernos del mundo en su forma completa, tuvieron gracias a la providencia la religión, únicamente sobre la cual se fundó el estado de las familias; de ahí que, pasando a los gobiernos heroicos civiles o aristocráticos, aquella religión debiera de ser su principal y firme base; luego, llegando a los gobiernos populares, la misma religión sirvió a los pueblos para llegar a ellos; y deteniéndose finalmente en los gobiernos monárquicos, la religión debió de ser el escudo de los príncipes. Por lo que, al perderse la religión en los pueblos, no les queda nada para vivir en sociedad; ni escudo para defenderse, ni medio para aconsejarse, ni base donde regirse, ni forma por la cual estar en el mundo.

    Fin del ricorso

    Peligro, socialismo de Siglo XXI

    Por José Rafael Herrera /@jrherreraucv

    La historia, según Vico, marcha desde la barbarie del sentido hacia la barbarie de la reflexión. Es “el curso que siguen las naciones”. Curso no lineal ni circular, sino espiral y cíclico, en el que no pocas veces se transita en dirección contraria, en dirección hacia un nuevo -y siempre viejo- ricorso o re-curso, en busca del regazo de la barbarie. Una extraña pirueta del movimiento de la historia seguramente psíquica, pero eminentemente social y política-, conduce a la voluntad humana hacia el rencuentro con sus mitos arcanos, recónditos, fundacionales: “no pudiendo ponerse siquiera dos de acuerdo sobre un mismo asunto, por seguir todos su propio placer y capricho, llegan a hacer, con sus obstinadas facciones y desesperadas guerras civiles, selvas de las ciudades, y de las selvas cubiles de hombres. Así, al cabo de muchos siglos de barbarie, llegan a arruinar las malvadas sutilezas de sus ingenios maliciosos, que con la barbarie de la reflexión les habían convertido en fieras más crueles que las que habían sido con la barbarie del sentido”. Durante los últimos veinte años, Venezuela ha transitado por las sendas de la barbarie ritornata. Ha vuelto -se ha de-vuelto-, para vivir presa -víctima - de sus propios designios, obsesionada, en búsca de la ficción de su regazo fundacional. El resultado ha sido la miserable penumbra, la sombra épica del ricorso bolivariano. Por fortuna, ese ricorso va llegando a su fin final, y se prepara para ingresar a un nuevo ciclo de su historia, llevada de las manos de la luz civil.

    No sin nerviosismo refrenado, Venezuela va llegando al final del secuestro que, por veinte años, le han impuesto sus captores, una organización compuesta, como proyecto político, por una “fusión cívico-militar” que, en la práctica, en la cotidianidad del día a día, resultó ser un cartel compuesto por un lumpanato de resentidos, mediocres, corruptos, narcotraficantes y terroristas. Marx sentiría asco. Los daños causados al país entero no han sido pocos. Lo han saqueado y arruinado sistemáticamente en todos sus ámbitos: acabaron con el prestigio de sus instituciones, con las fuerzas armadas, con las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, con los servicios básicos, con la salud, la alimentación, la educación, la seguridad, la moneda, la infraestructura terrestre, marítima y aérea. Condujeron al país no sólo a la mayor de las pobrezas materiales sino, además y como consecuencia directa, a la peor de las pobrezas espirituales. Han cometido los más atroces crímenes ecologicos y expoliado las enormes riquezas minerales del territorio nacional. Pusieron al país de rodillas para que el cartel cubano de los Castro se apropiara de él. Han cometido los más brutales y crueles crímenes de lesa humanidad y convertido a los ciudadanos en sus rehenes. En fin, hicieron de una “tierra de gracia” una desgracia. Desgraciaron a Venezuela.

    No obstante, el caradurismo que les precede parece no tener límites: “El sufrimiento de un pueblo no puede ser la clave para un cambio de gobierno”, declara cínicamente Jorge Arreaza, cuyos méritos como profesional, político y ministro de relaciones exteriores, pero sobre todo como persona, dejan mucho que decir . La suya es una frase patéticamente desdoblada, digna de un maleante, que bien podría significar o “que un pueblo sufra no es razón suficiente para cambiar el gobierno” o, todo lo contrario, que “se pretende hacer sufrir al pueblo con el objetivo de cambiar el gobierno”. Pero el señor Arreaza se equivoca por partida doble, porque, desde el punto de vista del primer registro de lectura, se pone en evidencia que a estos socialistas del siglo XXI -émulos de Stalin, Mao, Pol Pot, Kim Jon Un, Mugabe y los Castro- les importa un bledo la suerte de la gente. Y en efecto, han demostrado palmariamente el hecho de que no les importa atropellar o aplastar a quien sea con tal de satisfacer sus propósitos, con lo cual se pone de manifiesto el más claro significado del rimbombante socialismo del siglo XXI: el estado de naturaleza, la salvaje, vil y barbárica guerra de todos contra todos. El segundo registro de lectura sorprende por su descaro e hipocresía, porque han sido precisamente ellos los responsables directos e indirectos de todos los males que hoy padece la población venezolana, con el agravante de que, en este caso en particular, la expresión “pueblo” significa “ellos”, o sea, el narcocartel que usurpa el poder. Después de lo cual la frase en cuestión revela su más íntimo y oculto secreto: “se pretende hacernos sufrir para sacarnos del gobierno”. Queda revelado el misterio de la sinuosa oratio pro aris et focis: quieren negociar “nuestra” salida, pero congelan “nuestras” cuentas bancarias, los negocios en el exterior, rompen los hilos de “nuestras” redes de tráfico y contrabando. El cartel parece comenzar a sentir los duros golpes que la comunidad internacional le está propiciando y, acorralados como están, no pueden no ocultar sus cuitas.

    En su más reciente artículo en el New York Times, Alberto Barrera Tyska exhorta al régimen y a la oposición a dejar de lado las improvisaciones -lo que, en su opinión, es la más resaltante característica del venezolano- y sentarse a dialogar para llegar a un acuerdo electoral que ponga fin a la crisis que atraviesa el país. A juicio de quien escribe, el muy respetable escritor se equivoca dos veces: si el grueso de la comunidad democática internacional no solo ha manifestado decididamente su respaldo al principal objetivo de la oposición venezolana -“cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”- sino que, además, ha venido asesorando sus acciones, entonces no es que los venezolanos, como legítimos descendientes de la cultura latina, porten consigo la mácula indeleble de la improvisación. Es que en los procesos históricos, a diferencia de las operaciones matemáticas, no existen las no-improvisaciones, la imprecisión del cálculo, la inesperada variación de una determinada circunstancia. La historia, como dice Vico, no atiende a las razones cartesianas. Hay, sin duda, maestros del arte de la política. Uno de ellos es Felipe Gonzalez, ex-presidente del gobierno español, quien recientemente ha declarado al diario El Clarín que lo que más le sorprende es que haya todavía una parte de la izquierda que sea capaz de sostener a una tiranía sin paliativos como la que usurpa el poder en Venezuela, cuya mayor proeza ha sido la de “cargarse el 60 por ciento del PBI y que tenga el número de muertos por habitante más grande del mundo”. No se llega a acuerdos con la malandritud tan sencillamente. El malandro, por su propia condición, es tramposo, carece de virtudes cívicas. Y sin duda llegará el momento de la contienda electoral, el fin de este ricorso, pero sólo cuando cese la usurpación y el gobierno de transición designe un organismo electoral digno, a la altura de la razón histórica.

    Doña Bárbara

    Aufheben


    Por José Rafael Herrera
    @jrherreraucv


    El período histórico que apenas se inicia con el nuevo siglo, pareciera estar signado por los caracteres esenciales de una nueva -otra- barbarie ritornata, según la definición dada por Vico en la Scienza Nuova. Se trata, una vez más, de un costoso guiño, una trastada, uno de esos giros imprevistos que, no sin ironía, suele dar esa sierpe que controla el “curso que siguen las naciones” mientras desalienta el “derecho de las gentes”: es la propia humanidad, en medio de su poco claro -siempre sinuoso y caracoleante- destino. Por lo pronto, en plena edad de 'globalización', paradójicamente he aquí, una vez más, los fanatismos de todo signo, las cruzadas fundamentalistas en nombre de Dios, la multiplicación de los ghettos, las hogueras encendidas contra los herejes impenitentes, el apedreamiento de “impíos” y “blasfemos”, la indigna hechicería, las hordas esteparias sobre las urbes, la plaga del provincianismo regionalista, la camorra y la mafia ancestrales a la caza de sus reclutas de siempre, los fámulos. Terror, superstición, odio, venganza, ira, ocultos o simuladas tras las más alambicadas representaciones del antifaz teológico-político. El más avanzado desarrollo tecnológico conquistado hasta la fecha al servicio de las taras dejadas a su paso por la barbarie intolerante, siempre ignorante. La historia ni va en linea recta -de menos a más- ni gira en un indetenible círculo vicioso. La historia serpentea, deambula es espirales infinitos. Cursa y re-cursa, avanza y retrocede. Vico definía el medioevo como la seconda barbarie. Acaso, ¿Será posible definir el presente como el arribo de la terza?
    El Tratado teológico-político de Spinoza inicia su prefacio con estas expresiones que hoy resultan premonitorias: “Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansia desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer cualquier cosa. Mientras dudan, el menor impulso les lleva de un lado para otro, sobre todo cuando están obsesionados por la esperanza y el miedo; por el contrario, cuando confían en sí mismos, son jactanciosos y enfreídos”. En todo caso, y como ya lo hicieran antes, en un pasado cada vez más cercano que remoto, víctimas de las supersticiones y los extremismos, “forjan ficciones sin fin e interpretan la Naturaleza -lo que también incluye a la historia, al Estado y a la entera sociedad- bajo las formas más sorprendentes, cual si toda ella fuera cómplice de sus delirios”.
    La contemporaneidad pareciera asistir al quiebre, a la bancarrota de las ideas y valores que forjaron las bases de la llamada modernidad, conducida de las manos del neopopulismo socialista, de un lado, y del neoliberalismo economicista, del otro. Es posible ofrendar la vida por la libertad de un país, pero ¿será posible hacerlo por el “fluído de caja” en el tomacorriente de los “enchufados” a una organización gansteril? ¿Se le podrán brindar honores en el panteón nacional al portador del “carnet de la patria” o al “consumidor desconocido”? El Estado-nación, cuya dinámica gira en torno a las exigencias ciudadanas, parece haber sido sustituído por el consumismo ciego y el rentismo vacío. Frente al discurso, o como suelen decir en la actualidad quienes pretenden abrogarse un cierto aire de exquis élite, la “narrativa” según la cual la llamada postmodernidad ha dejado en el pasado las ideas y valores de la era moderna, no pasa de ser eso: una narrativa. Y convendría pensar si la pomposa superación anunciada no es, más bien, una vuelta a las peores experiencias del feudalismo. De hecho, si el empirismo neopositivista y la teología nihilista representan un paso atrás respecto de la apercepción trascendental de Kant -y por lo menos diez respecto de negación determinada de Hegel-, el neoliberalismo economicista y el neopopulismo socialista representan un retroceso respecto del liberalismo clásico de Kant y de la idea republicana (Sittlickkeit) de Hegel. El pasaje de la civilización a la barbarie.
    La presuposición de la existencia de una sociedad de libre mercado “natural” y “pura”, sin regulaciones ni controles, es tan ficticia como la de su término extremo -opuesto e idéntico-: la de la existencia de un presunto “buen salvaje”. No existen ni individuos ni instituciones fuera de la historia. Ni existe “el individuo privado” o “el hombre” más que como abstracciones. Los que sí existen son los hombres, de carne y sangre, en la historia. Lo que no comprenden los promotores de la nueva barbarie, polarmente situados en un extremo o en el otro, es que ella -la barbarie- sólo sirve para salir de ella. En realidad, la no existencia de límites legales en el terreno económico se traduce en la no existencia de límites morales en el terreno social. Todo vale y nada vale. Pero son estas las premisas necesarias para la construcción de estructuras gansteriles, en nombre de uno o de otro “principio”, de una o de otra “verdad”.
    Rómulo Gallegos, autor de Doña Bárbara, ha sido calificado por algunos de sus exégetas como un exponente del positivismo de principios del siglo XX venezolano. Carlos Fuentes, en Valiente mundo nuevo, lo reivindica ante semejante desgracia. En efecto, a diferencia de Esteban Echeverría (La cautiva), de Domungo Sarmiento (Facundo) o, incluso, de José Hernández (Martín Fierro), Gallegos no concibe la barbarie como un datum natural, sino como el resultado de un proceso histórico, marcado por el miedo y la esperanza, es decir, por las dos caras de una misma moneda. El mismo personaje central, Santos Luzardo, proviene -es el resultado- del proceso civilizatorio hispano-americano. Gallegos tampoco concibe la civilización como un término que se ubica por encima del otro término de la oposición -la barbarie-, sino que su papel consiste en su reconocimiento mediante la progresiva función civilizatoria, educativa, ética, de la barbarie. En fin, no toma partido por uno de los términos del conflicto, porque su función consiste en la comprensión de la necesidad de su recíproca compenetración. Y en esto el juicio -la objetivación-, el buen sentido, el respeto por el estado de derecho, juegan un papel central. La solución al conflicto no consiste en destruir uno de los términos -en este caso, una vez más, a la barbarie-, sino superarla y conservarla (Aufheben), transformarla en beneficio de una nación de ciudadanos libres. Quizá por eso, valga la pena recordar lo que dice Fuentes: “padre nuestro que eres, Gallegos”.

    ¿Qué es una constitución nacional?

    ¿Qué es una constitución?, por José Rafaél Herrera / @JRHerreraucv

    Una Constitución no es tan solo, como se cree, un cuerpo de leyes positivas “dadas”, un mandato supremo del más allá que, cual Venus, nace de un sagrado carey que brota de la espuma del mar. Tampoco dicho corpus cae del cielo para ser puesto, nada menos que por Dios, en las santas manos del profeta Moisés. (Por lo demás –y permítase aquí un breve paréntesis, a modo de aclaratoria–, que se sepa, a ciertos redactores criollos de constituciones no les cuadra precisamente –piénsese por un instante en el insigne señor Escarrá– ni la figura de Moisés ni, mucho menos, la de Venus, desnuda en su concha marina). No: ni cae del cielo ni sale del mar.

    Una constitución esta hecha con personas.


    Una Constitución es la autoconsciencia y el sistema del Espíritu de un pueblo, de una nación, el fundamento conceptual de un Estado adecuado consigo mismo, armónico, que conforma la unidad del todo y de las partes, de lo uno y lo múltiple, de la identidad y la diversidad, que impide que los mezquinos intereses particulares y el agitamiento centrífugo de los más variados sectores sociales o territoriales, las inclinaciones religiosas, los egos heredados de un largo pasado caudillesco, traspasen los límites de la razón y se desborden en medio de la locura disoluta, corrupta y autodestructiva, la misma locura que en el menesteroso tiempo presente parece incendiar y consumir el destino de Venezuela, en nombre del “pueblo”.

    La pujante nación que comenzó a surgir con la muerte de Gómez y se consolidó con el derrocamiento de Pérez Jiménez, ya no existe. Y no volverá a existir. El mapa territorial venezolano semeja la figura de un elefante. La muerte por inanición de Ruperta –la bella, admirable y elegante elefanta de otros tiempos, que bajo la administración del actual régimen se fue mostrando cada vez más descompuesta, más famélica, más esquelética– es una fiel metáfora de la Venezuela que se fue o, más bien, que una mayoritaria parte de la población permitió que se fuera, en el momento en el que –¡oh, insensatez!– el entusiasmo por un taimado “vengador” decimonónico encandiló la mirada y nubló la mente de una población hecha de cortos recuerdos, ávida de la riqueza fácil y sin esfuerzo, esa soga de la que cuelgan los pueblos prestos al metálico y estridente canto de las sirenas populistas. Y fue por cierto bajo tales premisas que se diseñó el plan para pasar de la República democrática a la “bolivariana”, mediante el artilugio de confeccionar una nueva carta constitucional, “la mejor Constitución del mundo”, como fue definida por un estrafalario y mendaz dicharachero en su momento.

    Fue entonces –y no, como se lo imagina el inmediatismo del “antiercito”, en el más cercano ahora– que se abrieron las puertas del infierno, ofrecidas como la entrada trasera –como siempre, por los “caminos verdes”– al paraíso terrenal, a la que los más desprevenidos ingresaron bajo el estridente fulgor de los fuegos artificiales chinos, el papelillo y las serpentinas rusas, los cánticos del fundamentalismo islámico, la santería y el son cubanos, en medio de una danza de miles de millones de dólares que iban siendo incinerados en medio de senderos in ricorso, de ruinas circulares, que no conducen a ninguna parte. La indescriptible algarabía, la francachela ante el ilusionado reparto de los “cupos” para viajeros –más tarde, sustituídos por el “raspadito” de divisas en el exterior–, hicieron sordos los continuos “exprópiese” y el cada vez mayor control financiero y de lo que, alguna vez, constituyó el aparato productivo del país, hoy en manos de quienes se propusieron, desde un principio, romperle los huesos a la educación, la salud, la seguridad, la infraestructura y los servicios públicos, haciendo desaparecer, “a paso de vencedores”, el país que una vez fue. Y todo ello bajo una consigna implícita, tácita, sobrentendida: sin droga y corrupción no hay revolución.

    Y mientras se concretaba la pesadilla en la realidad, el texto constitucional fue puesto en evidencia: el puro ideal, la irrealidad del sueño de todos. Tanto que, a los fines de los intereses más cercanos, más inmediatos, más empíricos, se vieron en la necesidad de recurrir a una constituyente que interviniera el articulado nada menos que de la “mejor Constitución del mundo”. Se olvida que el ideal verdadero no aspira a su realización, por el simple hecho de que es real. Es la única realidad. Cuando se afirma que una determinada idea es demasiado buena para existir es porque se ha puesto en evidencia su inconsistencia y el hecho de que la realidad de verdad la supera. Lo que es racional es real, como dice Hegel. Una Constitución “perfecta” tiene que considerarse en relación con un determinado pueblo, es decir, sin perder de vista que, por más perfecta que esta resulte ser, no puede ser aplicada mecánicamente a todo posible pueblo, como si se tratara de un ejercicio matemático. Es verdad que la Constitución de un determinado pueblo es más excelente cuanto más excelente hace a su pueblo. Pero, viceversa, dado que las reales costumbres –la Bildung– de un pueblo, tal como este se va haciendo, son su Constitución viva, su carta constitucional tiene que hacer referencia continua a esas costumbres, esforzándose en plasmar el espíritu vivo de su pueblo. No existe una Constitución que sea apta, indeterminadamente, para cualquier pueblo, porque una Constitución que es buena para todo no es buena para nada.

    El formalismo propio del derecho natural tiene que ser superado y conservado –como dice Vico– por el “derecho natural de gentes”. Los pueblos viven dentro de la historia, no fuera de ella. Y del mismo modo como un individuo es educado dentro de un Estado, es decir, así como es elevado desde su condición individual a una condición general –que es el camino del niño al hombre–, de igual modo son educados los pueblos: su estado de infancia o de barbarie se va haciendo estado de civilidad. Son los pueblos históricamente dados los que “oran y elaboran” sus constituciones, no las que comportan sus deseos sino las que dan cuenta de sus reales necesidades. Una sociedad que se comporta de manera distinta a su Constitución vive en el desgarramiento. Su modo de ser y su modo de representarse a sí misma no son compatibles, no se adecúan. Es entonces cuando, al tomar conciencia de semejante inconsecuencia, ocurren las explosiones sociales y se abre, como dice Marx, “un período de revolución”, porque la sociedad política, empeñada en imponer las formas de lo que no es, pretende seguir gobernando, mientras que la sociedad civil –las fuerzas productivas de la sociedad– no logra reconocerse en el espejo de semejante ficción. Como se podrá observar, es el propio Marx quien juzga y condena a todo régimen que pretende perpetuarse en contra de su ser social, y que se niega a comprender que su tiempo histórico ya ha concluido para siempre.

    La mirada de Minerva


    Una aproximación a la comprensión de latinoamérica desde el historicismo filosófico, a la luz del estudio de pensamiento de Jorge Luis Borges



    José Rafael Herrera

    El búho de Minerva inicia su vuelo cuando irrumpe el ocaso
    G.W.F. Hegel



    Athene noctua, diosa del cielo y de la tierra. Bajo las tinieblas, en la obscuridad de la noche, resulta difícil poder ver. Y sin embargo, los penetrantes ojos de Minerva son capaces de traspasar la lobreguez, de rasgar con su mirada el señorío de la noche, la dureza que se oculta, como sólida roca, recubierta por el velo de las tinieblas. Se sabe que ver es el efecto del percibir las cosas mediante la recepción de los ojos, como resultado de la acción de la luz, en tanto que el mirar es la acción de aguzar la vista sobre los objetos. Ver, pues, implica la manifestación de un medium pasivo. Mirar, en cambio, constituye un actus de suyo. Jorge Luís Borges es, en este sentido, una referencia ineludible. Era invidente: ¡pero sí que miraba! Prueba de ello es la penetración de la que fue capaz para vencer las sombras que, por años, nos han impedido –a nosotros, los latinoamericanos- con-templar y com-prender, y más aún, contemplarnos y comprendernos, en este lugar y en este tiempo que contiene todos los lugares y todos los tiempos. Más de una vez, nuestro particular Homero pudo traspasar, precisamente, el señorío de la noche, dentro del cual nos hemos habituado a vivir. Y es que, al igual que Homero, Borges tenía un don, portaba el signo de los dioses: lo asistía la mirada de Minerva.
    El propósito de estas breves líneas consiste en exhortar a los lectores a mirar, y no simplemente a ver, la obra “poética” de Borges como punto de partida de una concepción del mundo que le es propia, y que tal vez sea la base de esta una y múltiple, universal y particular, pura y mestiza, filosofía.
    Filosofía, pues, de la mirada barroca.
    El lector se preguntará, no sin razón: pero, ¿por qué barroca? Bastará, a modo de respuesta, señalar algunas consideraciones que, quizá, permitan comprender el significado de semejante afirmación.
    Lo que hace interesante el estudio de las configuraciones filosóficas sufridas por la historia no es su linealidad escolástica, o el estrecho criterio de su exposición en el museo de cera de la repetibilidad fidedigna, técnica, que habitúa separar los conceptos de sus fenómenos y circunstancias: es, como decía Lezama-Lima, en el 'saboreo' de sus sinuosas espirales, que tejen y destejen el mismo espíritu y el mismo saber, en sus más variadas -e incluso extravagantes- manifestaciones, donde reside la fuerza verdadera de su atracción. Un caso admirable, y que podría contribuir a la confirmación de este argumento, lo constituye, precisamente, “el período” barroco. En efecto, ¿Es posible pensar en la linealidad barroca? ¿Puede suponerse una separación -por más analíticamente encaminada que ésta pueda estar- entre las relaciones políticas y sociales existentes en aquél período de la historia humana y la expresión artística que en él se produjo? O, en otros términos: si puede hablarse de música barroca o de pintura barroca, ¿sería imposible hablar de una medicina barroca y de un derecho barroco, o de una política y de una economía barrocas?, cabe decir, ¿de una cultura barroca en general? Pero, más aún: ¿está confinada dicha cultura barroca a un tiempo y a un espacio irrecuperables y, en consecuencia, irrepetibles? Con relación a ello, conviene recordar una anécdota, a manera de emblema definitorio o elípticamente problemática: en la Alemania de 1800, el maestro Dionisio Weber, fundador y director del museo de Praga, prohibía a sus discípulos leer o interpretar a otros compositores que no fuesen barrocos. Un día, uno de sus discípulos, escuchó hablar de un compositor que había sido capaz de elaborar una música barroca opuesta a todas las reglas del barroco, y decidió penetrar la obra de aquél extraño e irreverente compositor, para quedar prendado de él por el resto de sus días. El extraño compositor atendía al nombre de Ludwig Van Beethoven. El joven discípulo de Weber se llamaba Moscheles. Después de haber probado, una y otra vez, la fruta prohibida, el propio Moscheles escribió: “en ella encontré un consuelo y un placer que ningún otro compositor me había proporcionado antes”.
    Pero, ¿qué relación guarda esto con Borges, con su invidencia; qué relaciona al barroco con Minerva y, más aún, con la América Latina?
    En realidad, el barroco es una constelación de ideas y valores, o, más bien, una de las figuras recurrentes y constitutivas de la experiencia de la conciencia social. Más aún, desde el momento en que la América dejó de ser naturaleza para devenir cultura de la crisis utópica, es decir, una vez que –al decir de Carlos Fuentes- devino cronotopía, la expresión barroca se hizo carne y sangre de la nueva civilización. El barroco, en efecto, es uno de los pilares esenciales y determinantes del desarrollo espiritual que le es inmanente al continente americano, dado que es el concreto armado, integral, con el cual aún se sigue fraguando la ancha base que sustenta el mestizaje de su cultura.
    No resulta improbable, en consecuencia, que al tener la necesidad de definir en una palabra el movimiento barroco, el ensayista sienta el enfático deseo de sugerir la expresión curiosidad. El estilo excesivo que surgiere, en pleno siglo XVII, plenado de rizadas orlas gongóricas, de formas múltiples y plurales -y sólo en apariencia insustanciales-, dos siglos después terminará por convertirse en la referencia más importante de una racionalidad diversa, aunque siempre estéticamente encaminada. Los ejemplos se desbordan por sí mismos: “aparte de Cervantes, Quevedo y Sor Juana; aparte de Kondori, Alejaindinho y del propio Boturini, discípulo de Vico, los ejercicios loyolistas, la pintura de Rembrandt y el Greco, las fiestas de Rubens y el ascetismo de Felipe de Champagne, la fuga bachiana, un barroco frío y un barroco bullente, la matemática de Leibniz, la ética de Spinoza, y hasta algún critico excediéndose en la generalización afirmaba que la tierra era clásica y el mar barroco” (Cfr.:Lezama-Lima).
    Pero arar en el mar –Bolívar dixit- es, por cierto, para la América Latina, el mayor de sus desafíos, y quizá su santo y seña. Cuando, en su hora, Hume alertaba sobre la uniformidad e invariabilidad de las facultades humanas, en ese preciso instante convocaba, acaso sin sospecharlo, las fuerzas de la otredad que le son inmanentes, opuestas a semejante argumento. Convocaba, precisamente allende el mar, nada menos que al spinozismo de la sustancia, inescindiblemente unido al viquianismo de un mundo diverso y culturalmente múltiple, cuya sola presencia estética e intelectiva transformaría en fragmentos la razón de su tiempo, devenida, ahora, deseo y utopía, verbo e imagen, frontera entre la razón y el sueño, dentro del poliedro del ciego vidente, de Homero a Borges. Verbo e imagen, el uno y la otra, capaces de apropiarse de todas las tradiciones culturales, a fin de mostrar, en el borgiano espejo de los laberintos -o en el laberinto de los espejos- el reflejo fiel de un ser social hechizado; reflejo, por demás, metafísico, que sin embargo siempre se niega a degenerar en sistema de sí mismo.
    La imaginación -decía Cecilio Acosta, en 1879- tiene sus sueños, que no son menos que su manera de concebir las cosas: si las otras facultades del alma labran con ideas, ella labra con colores, y sus creaciones son cuadros... es como la luz, llevando delante reflejos y dejando detrás tintas hermosas. Pero, a veces, las cuadraturas de su creación rondan sin cesar, delineando los incesantes giros de un laberinto circular.
    En su intento por sintetizar las culturas fundacionales del Nuevo Mundo, la imaginación, presente en la flexión de la lengua hispana, permite a Jorge Luís Borges apropiarse legítimamente de tal herencia intelectual y moral -indígena e hispana, musulmana y judía, africana y asiática- a fin de construir el espejo de una historia siempre recurrente y siempre original, que comporta, de modo esencial, el hilo de la memoria y el entramado del deseo.
    Memoria y deseo son, pues, los términos dentro de los cuales, en la obra de Borges, se va gestando la crítica de las formas propias de la concepción moderna del absoluto, para hacer surgir la Imaginatio de un paisaje barroco, caracterizado por su diversidad -como dice Fuentes- policultural y multirracial. El mentor metafísico de semejante empresa hermenéutica es, no por mera casualidad, Giambattista Vico.
    Así, pues, Imaginación y Diversidad: la aguda mirada –a todas luces, filosófica- de Borges da cuenta de una formación cultural plenada por la ausencia, y que, no obstante, se hace abundante y rica en determinaciones, casi siempre, rigurosamente barrocas, en virtud de las cuales se pone de manifiesto la huella indeleble, y no siempre disonante, de todos los lugares y de todos los tiempos en un solo lugar y en un solo tiempo.
    La América Latina es, por un lado, un mundo ficticio, el fantástico mundo de la imaginación, el lugar del no lugar, la U-topía deseada; pero, por otro lado, y al mismo tiempo, es un continente real, el continente de la necesidad y de los encuentros, el lugar de los lugares, la topía concreta, el laberinto de La Biblioteca de Babel descrito por Borges. Indo-afro-ibero-América es, pues, un espejo, en el que sus actores no se ven, pero se miran. Más precisamente, es aquél lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. En breve fórmula, es una inversión especular en la cual una cierta caleidoscopía puede llegar a percibir, en un mismo rostro, al griego, al romano, al judío, al negro, al asiático y al indio. Eso sí: para asir semejante inversión, resulta indispensable la obscuridad, la inmovilidad y la acomodación ocular, en fin, el contraste de luces y sombras, a objeto de fijar la mirada en la empinada escalera -espiral- de la historia. Acaso, la mejor definición de latinoamérica esté contenida en la conocida metáfora borgiana presente en La muerte y la brújula, en la que las tardes desiertas se parecen a los amaneceres. O, lo que es igual, en la que los amaneceres poblados se parecen a las tardes.
    Pero, precisamente, la entera historia de la humanidad, como ha dicho Borges, está situada entre el alba y la noche. Mas, en todo caso -y según Fuentes- la presencia bien puede ser un sueño, el sueño una ficción y la ficción una historia renovable a partir de la ausencia. La procesión va por dentro: la América Latina es el barroco microcosmos de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo. En consecuencia, espacios soñados y tiempos renovables. Tiempos renovables y espacios soñados. Espacios y Tiempos, Tiempos y Espacios. Imperio de lo divergente, lo convergente, lo paralelo; espacios y tiempos, tiempos y espacios, como los de El Jardín de los senderos que se bifurcan, o los de El Aleph, de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Es un hecho el que las repúblicas fundadas por nómadas ameriten –casi siempre- del indispensable concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería...:

    ... apenas concluyeron los albañiles, se instaló en el centro del laberinto...
    No importa que el escritor argentino -lector de Croce y, en no pocos casos, cercano a su historicismo filosófico- no se refiera a temas directamente relacionados con las tradiciones culturales indígenas o africanas. Le ha correspondido a Asturias, a Gallegos o a Carpentier, esa importante labor. Sobre Borges ha recaído la responsabilidad de recrear -y conviene advertir que toda recreación es una nueva creación- dentro del espacio y del tiempo uno y múltiple de la América hispánica, toda la herencia de la cultura occidental, a fin de demostrar, por cierto, la ficción de su improbable univocidad y unidimensionalidad, y, por ello mismo, de su carácter lineal. En una expresión, Borges, por muchos y azulados desagües, heredero de Vico, ha aprendido -¡y ha enseñado!- que la América india, ibérica y africana no es la insípida réplica de una cultura monolíticamente occidental sino, más bien, su espejo, su otro correlativo, necesario e inescindible:


    Yo que sentí el horror de los espejos
    No sólo ante el cristal impenetrable
    Donde acaba y empieza, inhabitable,
    un imposible espacio de reflejos

    Sino ante el agua especular que imita
    El otro azul en su profundo cielo
    Que a veces raya el ilusorio vuelo
    Del ave inversa o que un temblor agita
    ...
    Hoy, al cabo de tantos y perplejos
    Años de errar bajo la varia luna,
    Me pregunto qué azar de la fortuna
    Hizo que yo temiera a los espejos.

    Espejos de metal, enmascarado
    Espejo de caoba que en la bruma
    De su rojo crepúsculo disfuma
    Ese rostro que mira y es mirado,

    Infinitos los veo, elementales
    Ejecutores de un antiguo pacto,
    Multiplicar el mundo como el acto
    Generativo, insomnes y fatales
    .
    “Los espejos -advierte Borges- Prolongan este vano mundo incierto/ En su vertiginosa telaraña;/ A veces en la tarde los empaña/ El hálito de un hombre que no ha muerto”. Tiempo de tiempos: las rectas galerías de la historia occidental han terminado por ceder su paso inevitable, perentorio, al surgimiento de curvaturas que, secretamente, han devenido círculos, hasta delinear la ruta espiral del laberinto Ideal y Eterno. Espacio de espacios: cíclicamente vuelven los astros y los hombres, en medio de una oscura rotación pitagórica que, noche a noche, arroja a los mismos hombres en un -después de todo- no tan remoto lugar del mundo. La eternidad se concreta entonces para cifrar su inmensidad en lo mínimo, y la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura.., termina en el infinito diálogo de una substancia compartida. La historia se concentra entonces, para luego estallar, revelándose en un tropel de infinitos contrastes. Y, otra vez, la otredad se pone de manifiesto en su elemento diverso, hiriendo con su brusca luz la obscuridad de lo cristalizado impuesto, en medio del destierro y del olvido.
    Como ha indicado Fuentes, a partir de Borges la narrativa hispanoamericana asume, conscientemente, la paradoja que forma y conforma el horizonte de su comprensión cultural, a fin de dar cuenta, precisamente, de su muy particular modo de construir la totalidad. Se trata de una visión universal que, por ello mismo, se expresa en toda su riqueza cronotópica: simultaneidad y secuencia, sincronicidad, tiempo progresivo y tiempo mítico, son elementos esenciales de composición, en grado diverso. Concepción -agrega Fuentes- inclusiva del tiempo, o más bien, de los tiempos “divergentes, convergentes y paralelos”, que comprende los lenguajes capaces de representar la variedad de los mismos. Diversos lenguajes que, a su vez, representan una pluralidad de tiempos.
    La mirada es la profundidad misma del saber, la filosofía misna, bajo la forma de su representación estética esencial. Al decir del joven Marx, de la cabeza de Zeus, padre de los dioses, surgió Pallas Atenea. La nueva diosa presenta, aun, la figura obscura del sino, de la luz pura o de la pura tiniebla. Fáltanle los colores del día. La dicha en tal desdicha resulta ser, pues, la forma subjetiva, la modalidad con que tal filosofía se comporta respecto de la realidad: “La filosofía echa a sus espaldas los ojos (la osamenta de su madre son lucientes ojos) cuando su corazón se entrega decididamente a la creación de un mundo”.
    Por encima de las ideologías, sendas que perdieron por el camino de los maniqueísmos caudillescos su talante filosófico, Borges está, hoy y para nosotros, más cerca de Spinoza, de Vico, de Hegel e, incluso, del joven Marx. Mucho más de lo que los disecadores de oficio se podrían imaginar.
    Dispongámonos, pues, a la creación de un mundo, miremos más profundamente en la obscuridad del presente. Es tiempo de vencer la escisión y el desgarramiento, a la luz de nuestra particular y, a la vez, universal filosofía.





    En busca de la civilidad

    A don Cecilio Acosta, a 200 años de su nacimiento. Por @jrherreraucv

    La actual situación de creciente descomposición social, el acelerado empobrecimiento material y espiritual de la gran mayoría de la población, las consecuentes tensiones sociales y políticas, la violencia que se acrecientan cada día más, en una expresión, el profundo desgarramiento que vive la sociedad venezolana del presente, constituye una problemática que no puede ser comprendida en sus rasgos esenciales a partir de enfoques o, como se les suelen llamar, de “modelos” –sean estos “teóricos” o “metodológicos”, da lo mismo– que suelen obviar el grueso de los conocimientos filológicos –como los denomina Vico–, por considerarlos “secundarios” o “aleatorios”, en relación con el campo o “especialidad” que le resulta familiar –cómodo– a no pocos economistas, historiadores, sociólogos, psicólogos sociales, comunicadores o politólogos, siempre guiados por la reflexión del entendimiento abstracto. Tales interpretaciones –o, más bien, tales presuposiciones– de la realidad terminan siendo limitadas y de muy poca utilidad, toda vez que son presentadas como “soluciones” que ponen entre paréntesis nada menos que el decurso de múltiples configuraciones que ha dado tiempo y espacio, es decir, concreción, al pathos de esta abrumadora crisis orgánica.

    Cecilio Acosta

    Decía Hegel que “no nos contentamos con que se nos enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros es un roble”. Y es que semejante modo de proceder parece obviar la idea misma de concepto, cabe decir, de una “visión del mundo” ágil, concreta y completa, de un saber del presente y de lo real, con base en el cual las diversas manifestaciones del conocimiento van encontrando su real y efectiva ubicación orgánica, y en virtud de la cual logran desempeñar una función no solo cuantitativa sino, a la vez, cualitativa, ontológica e históricamente apta para la cabal comprensión y consecuente superación de la crisis. Necesario, en consecuencia, el establecimiento de una fluida relación de disciplinas, cuya multiformidad hermenéutica pueda superar las limitaciones de tiempos y lugares que, en sustancia, la elemental y grosera ley de la simetría prohíbe. A ese proceder se le denomina crítica de la razón histórica, único modo de conquistar la civilidad. Se trata de comprender que, en efecto, si las ficciones forman parte constitutiva de la realidad, su espectro, el sujeto de la palabra desgarrada por el ser, deviene sujeto desgarrado por la palabra como expresión del dolor del tiempo. Ser y pensar, sujeto y objeto, “unidad en la diversidad y diversidad en la unidad”, como afirmaba don Cecilio Acosta.

    Cecilio Acosta es, sin duda, la referencia filosófica más importante de la Venezuela del presente, porque justo después de haberse producido la Ilíada grancolombina, la Odisea venezolana prosiguió su extenso periplo hacia el advenimiento de formas de producción sociales y políticas cada vez más decadentes, bajo la conducción de sofistas y demagogos, más interesados en el beneficio personal que en el bien común. En 1856, diez años después de la publicación de sus Reflexiones políticas y filosóficas sobre la historia de la sociedad, Acosta escribe Cosas sabidas y cosas por saberse. Se trata de un ensayo, en forma de epístola, dirigido a la conciencia social venezolana, en un intento por comprender las razones por las cuales el país, después de haberse remontado por encima de la grandeza y la gloria, en una tenaz jornada de lucha independentista y de consolidación de sus instituciones, había llegado a una situación de extrema y dolorosa crisis en todos sus ámbitos. En dicho ensayo, el filósofo va indicando cuál debe ser la ruta a seguir para la relativamente pronta y definitiva superación de dicha crisis.

    Entre tesis y antítesis –las formas del desgarramiento presentan la complexión propia de las aporías kantianas–, Acosta va definiendo, precisamente, la lógica de la separación de la Bildung nacional, de un país que naufraga en un océano de intereses particulares, con una representación de “la patria” que solo existe en la mente de jerarcas ambiciosos e ignorantes y con una superflua noción de Estado que no lo es, porque carece de orientación, de ideales, de instituciones autónomas y, sobre todo, de civilidad. Bajo tales determinaciones, la forma de la unidad es, en realidad, una parte que se enfrenta a una infinita multiplicidad de partes que, a su vez, se autocalifican como unidades, de modo que lo que se ha separado de la unidad se pone en franca relación de oposición frente a la unidad, como si se tratara de miles de fragmentos de un espejo que ha estallado y en el que cada fragmento –en el que se proyectan todos los fragmentos restantes– se concibiese a sí mismo como la unidad de todo el espejo. Sombrío panorama que, sin duda, se anticipa a todas las noches de los cristales rotos de la historia reciente del país. Y sin embargo, tomando en cuenta los indudables riesgos de semejante situación de descomposición generalizada y de barbarie colectiva, Acosta rechaza toda apuesta por la violencia: “Bellare semper illicitum est”, con lo cual le declara –como él mismo afirma en otro de sus ensayos– “la guerra a la guerra”.

    Solo la fuerza de la voluntad, el laborioso deseo de toda la sociedad por reconquistar la unidad, la justicia y la paz –comprendidas por Acosta como expresión directa del respeto por la pluralidad y la diferencia–, puede llevar a un feliz término, para lo cual es menester transformar radicalmente el atrasado sistema educativo, cuya persistente condición escolástica, plana y lineal, aún pervive, porque –como afirma Acosta– los gobernantes de turno, en su mayoría, formados por hombres incultos e ignorantes, son los primeros en promover la servidumbre, la mediocridad y, en el fondo, la subestimación del conocimiento. Una sociedad del conocimiento es la única garantía para la libertad.

    La sociedad tiene, para Acosta, la imperiosa necesidad de sustentarse sobre los fundamentos de la civilidad. Bases firmes que puedan sustentar el trabajo creador, la autonomía, la iniciativa privada, la libre empresa, la igualdad de condiciones, la justicia social, la distribución racional de la riqueza, el respeto recíproco, la solidaridad y la armonía entre las gentes. Una educación integral del ciudadano es el más valioso de los recursos con que cuenta la sociedad. Según Acosta, la suerte de un país depende de su siembra educativa. Se trata de una afirmación que en la sociedad del presente cobra una extraordinaria vigencia. Expulsado de la Universidad Central de Venezuela por “desafección al gobierno” de los Monagas, don Cecilio aún espera ser reivindicado por nuestra máxima casa de estudios.

    Hacer y deshacer filosofía

    Deshacer la base.

    La universidad des-hecha.

    Saber es hacer, le guste o no a los burócratas de la ratio instrumental, inerciales prisioneros de su fe, atrapados en las redes del entendimiento abstracto.


    Todo pensar es, en efecto, un crear, un hacer, un producir incesante. Cuando se piensa se hace y cuando se hace se piensa. Se piensa para producir reproduciendo. Se hace para reproducir produciendo. Tal es la determinación constitutiva de toda posible construcción del ser social. Verum et factum convertuntur, afirma Vico: para comprender a fondo el decurso de la historia, es menester estudiar en profundidad las distintas facetas de “la mente humana”, porque los cambios que ocurren en las sociedades tienen su origen en ella. Si la totalidad histórica tiene sus fundamentos en la comprensión de “la mente humana”, su estudio resulta de factura esencial y justifica, además, el estudio de las más diversas formas del conocimiento. Las expresiones concretas del quehacer social tienen que ser, pues, investigadas, enseñadas y divulgadas, porque esa es la manera como los pueblos, al reconocerse a sí mismos, logran avanzar, ser prósperos, conquistar la libertad y vivir en paz. Forma y contenido son inescindibles: theoría y praxis.

    Las universidades no son fábricas de títulos ni de titulados. No son formas vaciadas de contenido, suerte de requisito nominal para poder obtener un cierto estatus de vida que permita, a su vez, alcanzar las subsiguientes “nominaciones”. Ellas son la mayor fuente de saber real y, por ello mismo, de hacer concreto. Su propósito esencial consiste en hacer país sobre la base de saber del país. Des-hacer la institución universitaria equivale, en consecuencia, a des-hacer el país en el que la sociedad pretende conquistar sus metas más preciadas, la realización de sus firmes propósitos específicos y generales, la conquista consciente de sus derechos y deberes. Ninguna sociedad que se respete a sí misma puede tan siquiera representarse la posibilidad de desarrollarse, de desplegar sus potencialidades, prescindiendo de la labor de sus universidades. A menos que se imponga la mediocridad como sistema de vida y que se llegue a sentir orgullo por las miserias de la ignorancia, la pobreza, el atraso, la violencia y la barbarie. Todo lo cual solo puede ser calificado de fascismo en estado puro. Un régimen que promueve deliberadamente semejantes valores garantiza su permanencia absoluta en el poder. A mayor ignorancia más fácil resulta su perpetuidad al frente de una sociedad esclavizada, empobrecida, famélica, en fin, miserable.

    Hubo un tiempo, en Venezuela, en el que las universidades llegaron a ser centros de estudios auténticamente superiores. Grandes exponentes de las disciplinas científicas y humanísticas, de los saberes clásicos y modernos, fueron convocados con el firme objetivo de formar, no sin rigor y excelencia, a los futuros responsables de la construcción de un país decidido a salir de su retardo histórico-cultural e incorporarse a la civilización, superando así los peligros del prejuicio, esa simple percepción “de oídas” que redunda, por un lado, en el craso empirismo tout court, y, por el otro, en el fanatismo y la adoración ante el cacique, el taita o el caudillo. Bajo el cobijo de la democracia, y en poco tiempo, la universidad venezolana se constituyó en una sólida, respetable y prominente institución, autónoma y con profundas raíces populares. Ser profesor universitario, ser estudiante o egresado de La Universidad se transformó no solo en una cuestión de prestigio sino, sobre todo, en un compromiso con el país. De nuevo, forma y contenido, theoría y praxis. Esa gran universidad, referencia internacional y modelo de las universidades latinoamericanas, ha sido literalmente secuestrada, golpeada, torturada y violentada, con saña y crueldad, por el actual régimen. Su diagnóstico es reservado. Puede decirse que de suma gravedad y, la verdad, se haya a punto de morir. Por lo pronto, está des-hecha.

    No hay peor cuña que la del mismo palo, dice un adagio popular. Pero cuando a las “cuñas” se las carcomen las polillas del resentimiento, la mediocridad y la piratería, el regressus a los tiempos del analfabetismo palúdico y a la pobreza material y espiritual, se hace inminente. La cantidad sin mediaciones no hace calidad. Llenar cifras con más graduandos no pasa de ser una ficción, un espejismo tercermundista. Una universidad que no investiga y que no extiende los resultados de sus investigaciones en aportes reales, en beneficios para la sociedad, no merece llevar ese nombre. Las supuestas universidades que se limitan a impartir clases de refritos son una vergüenza. El profesor universitario, reseñado por el burocratismo dominante, como “docente” es un insulto a su formación investigativa y extensiva, a su concurso de oposición, a sus trabajos de ascenso, a sus investigaciones de campo, a sus publicaciones y a sus posgrados.

    Hoy la cada vez menor población profesoral de las –auténticas– universidades que apenas sobreviven se ha vuelto anciana. Con premeditación y alevosía, los sueldos del profesorado universitario, que deberían situarse entre los mejores remunerados del país, dada su altísima y muy delicada responsabilidad, son los peores de toda la administración pública. Ya nadie quiere ser profesor universitario. Los jóvenes relevos, bien preparados para el oficio, se van del país, buscando mejores condiciones de vida. La previsión social se ha vuelto infame. Los “dirigentes gremiales”, incapaces de defender los derechos que le corresponden al profesorado por ley, optan por pecharlo, sacándole del bolsillo los ya bastante mermados recursos de su salario para cubrir los malabares de una política de seguros lo más distante de la idea de “previsión social”. Urge un nuevo sistema de seguridad profesoral.

    Des-hacer significa hacer que una cosa vuelva a la condición en la que se encontraba antes de haber sido hecha, de modo que desaparezca, quede destruida o sea descompuesta. Este es un régimen de des-hechos: su característica esencial es la reacción, a la que autocalifican como “revolución”. Su fundamento ideológico –aunque muchos de ellos no lo sepan– es el fascismo, al que deberían, de una vez por todas, denominar “nacional-socialismo”. Su desprecio por las universidades –su afán por des-hecharlas– solo se compara con su profundo temor a la inteligencia. Tal vez, re-hacer la universidad sea la tarea más importante del presente.

    Por José Rafael Herrera @jrherreraucv

    Ética pasional o lenguaje.

    Ética y lenguaje.

    El espíritu del subdesarrollo y la ética de la miseria

    El buen Immanuel Kant trazó, con firmeza, una estricta 'línea de demarcación' entre la heteronomía y la autonomía moral, estableciendo así el ineludible pasaje de la adolescente inmadurez a la madurez propiamente dicha. Pero la moral es, en realidad, algo más que el simple “deber ser” -término que, por ciento, en estos días, se ha hecho tan habitual, tan común, tan banal, en el lenguaje cotidiano de los funcionarios públicos y privados, policias, educadores, comunicadores, políticos de oficio, etc-. La moral no es un modelo “natural”. Tampoco es algo estático e inmodificable. Por eso mismo, no es una suerte de topus hiperunanico en el que sólo se reflejan las cosas, no como ellas son sino como “deberían ser”, a la manera del espejismo con “buen sentido”.


    Ella, más bien, está directamente relacionada con el modo de vida social y, en virtud de ello, es una objetivación de la cultura de un determinado conglomerado humano, inmerso en un espacio y un tiempo determinados. Si, como dice Hegel, toda religión remite necesariamente a un principio moral, se puede agregar, a la vez, que toda moralidad remite a la construcción y constitución de una determinada Bildung, es decir, de una determinada formación cultural y, por ende, histórica. La moral, en tanto que modo de pensar, decir y hacer, es mucho más un asunto del ser, de la realidad efectiva, que del inalcanzable, idílico, “deber ser”. Ella es nada menos, que el gobierno de la razón histórica.

    No es improbable que, ante semejante conclusión, el gigante de Köningsberg -y, mucho más que él, cierto seguidor suyo-, quedara un tanto sorprendido. No obstante, y de ser así, imagine por un instante el lector cómo sería el thauma de Trucutrú, cuyo habitual cinismo suele ir acompañado de la expresión “ese es el deber ser”, como si se tratara de uno de los mazazos de su impotencia. A propósito de Trucutrú -modelo platónico de la heteronomía-, conviene establecer más de cerca algunos detalles relativos a esta relación existente entre la moralidad y la cultura: ninguna de las dos instancias puede ser sopesada en sus justas dimensiones sin mencionar al lenguaje, porque el lenguaje es una complejidad de hechos orgánicos por medio del cual, como dice Gramsci, “una multiplicidad de voluntades disgregadas, con heterogeneidad de fines, se relacionan con vistas a un mismo fin, sobre la base de una misma y común concepción del mundo”.

    De lo dicho hasta ahora, se puede concluir que, en efecto, en el lenguaje se concentra “el clima”, o si se prefiere, el ambiente propicio de la cultura colectiva, ya que su basamento intelectual ha sido asimilado por el ser social, al punto de devenir motivación esencial, “temperatura”: pasión. Recuérdese aquello que, no sin insistencia, observaba Spinoza: “la fuerza de una pasión puede sobrepujar las demás acciones del hombre”. No se trata de la tan cacareada “esperanza”, en consecuencia, sino, en todo caso, del “optimismo de la voluntad”. Siempre. Es así como el lenguaje contiene los elementos fundamentales de una determinada concepción de la vida, de toda una cultura. Por lo cual, el lenguaje de cada individuo permite llegar a comprender los alcances, la mayor o menor complejidad, de la concepción del mundo que se pueda llegar a tener.

    El enemigo del cambio real, el mayor detractor de la democracia y del progreso social, se haya inserto en el lenguaje. La superación de la “menor complejidad” presente en una determinada concepción del mundo, a la que Gramsci se refiere, se ha hecho carne y sangre de este tiempo, de esta realidad. Y cabe advertir que no se trata de un fenómeno exclusivo de un país que diariamente es mancillado en largas colas, con -por cierto- la esperanza de adquirir uno que otro producto elemental para poder subsistir. No es solamente el fondo de la narco-caverna de Trucutrú y de sus patéticas sombras vivientes. Es Trump, es Putin, son los Mussolini que se resisten a ser enterrados definitivamente por la historia. Ver la luz, salir de la caverna, comienza por superar la ética de la miseria que un lenguaje extrañado y mediocre le ha impuesto a la sociedad del presente. Es el retorno de la barbarie (bar-bar) que muy poco -o nada- sabe del lenguaje, por lo menos no en la complejidad que Gramsci exige. El ignorante, el subdesarrollado cultural -cuyo lenguaje revela la pobreza espiritual que lo afecta, y que lo hace portador de la cruel y enajenada heteronomía- se haya en la completa inconsciencia de sí mismo que se extiende a la realidad de verdad y a la objetividad de la vida. El pobre de espíritu “vive” -cree ciega y estrechamente que lo hace- “feliz”, sin detenerse un instante a pensar que “quien cesa de padecer deja de ser”.

    La tarea cultural por transformar el “glorioso” espíritu del subdesarrollo -a pesar de que hay unos cuantos “conductores” que sienten un profundo orgullo por sustentarlo- pasa por la transformación, es decir, por el enriquecimiento del propio lenguaje en todas sus dimensiones, es decir, no solo gramaticales o de dicción, sino gestuales, corporales, visuales, musicales, en fin: desde sus manifestaciones propiamente cognitivas hasta sus expresiones estéticas. En efecto, y como ha observado Vico, desde la antigüedad “los héroes percibieron por los sentidos humanos aquellas dos verdades que constituyen toda poiesis económica, y que las gentes conservaron con estas dos palabras: educere y educare”. Y, de hecho, lo que constituye todo saber, toda praxis humana, es la producción material y espiritual, porque lo que distingue al ser social de cualquier otra especie es la actividad productiva humana, pero lo que posibilita esa actividad productiva es la conciencia. La superación de la pobreza material que subyuga comienza por la superación de un lenguaje pobre, mediocre, triste y, en última instancia, hueco. Superarlo es el punto de partida de la superación de la ética de la miseria y del conformismo. La inteligencia no es ni más ni menos que lo que Aristóteles llama Virtud. Es la razón al servicio del mundo objetivo y del mundo objetivo al servicio de la razón. Es la conquista de la autonomía, del desarrollo pleno, libre, sin caudillos y sin 'taitas'. Es, en suma, la plena madurez como capacidad de autodeterminación de la vida política, social e individual.

    Por José Rafael Herrera @jrherreraucv.

    No hay historia sin fin.

    A. Cellarius, Harmonia macrocosmica

    Uróboros o fin de un ciclo histórico

    Los ciclos históricos son períodos de tiempo o “variaciones de fases temporales”, como los denominan los expertos, cuyo orden, progresión y direccionalidad no presentan, necesariamente, una sucesión de menor a mayor o de menos a más, como se cree. No hay linealidad en la historia. Lo ha mostrado densa y rigurosamente Giambatista Vico, el gran filósofo de la “naturaleza común de las naciones”, quien, según Jorge Luis Borges, construyó la teoría de los ciclos “menos pavorosa y melodramática, por lo que, con tal objetivo, desenterró la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición, y procuró deducir de esa pesadilla mental una ocasión de júbilo”. Tampoco hay 'eterno retorno'. Quizá sea por eso que, a diferencia de Vico, y como sentencia Borges, “el optimista flojo imagine ser nietzscheano”.



    En Vico, el movimiento cíclico transcurre de un modo similar, pero no por eso idéntico. De hecho, que algo sea análogo no quiere decir que comporte identidad. Se trata, en todo caso, de una concepción circular, pero no cerrada, que va construyendo su itinerario no en medio de la asfixiante rotación del círculo cerrado, vicioso, sino, más bien, mediante una trayectoria espiral. Y es en esa infinita sinuosidad, en ese proceso continuo de cursos y re-cursos, que el presente adquiere su más concreto significado, porque es en él que se pueden comprender -a un tiempo, superar y conservar- el pasado y el futuro, toda vez que el presente –nuestro “aquí y ahora”– es la forma efectivamente concreta de toda vida social. Los ciclos del tejido de la historia son, en consecuencia, de factura humana. Son el resultado de la creación y re-creación de la sustancia objetiva que ha llegado a reconocerse sujeto.

    Hay, pues, “razón en esta locura”, como le dice Polonio -fiel chambelán del Rey de Dinamarca- a Claudio, el tío usurpador de Hamlet. En la medida en la cual un pueblo en crisis se reconoce a sí mismo, en esa misma medida reconoce, a la vez, sus más antiguos y cercanos misterios. Ángeles y misterios se conjugan en el Espíritu de un pueblo, iniciando así el armonioso concierto de un nuevo ciclo de la historia, un nuevo amanecer, en el que se va configurando un naciente, diverso y -siempre- más antiguo consenso en y para la civilidad. La historia es el laberinto -diría Vico, la espiral- que se sabe libre en la conciencia de su propio caos. Y, por cierto, es en virtud de la objetivación del nuevo consenso del presente que se cierra -¡por fin!- este famélico, decadente y doloroso ciclo de la historia en Venezuela. Con ello, el poder comienza a retornar a sus orígenes, a las manos de sus auténticos demiurgos. Es el llamado “poder originario”. La serpiente se va mordiendo la cola y su fin se aproxima acelerada e inexorablemente. Pero no para volver atrás, sino para cumplir el nacimiento de un nuevo ciclo.

    La hora es de reconocimientos y consensos, de esfuerzo y honestidad. Más que de vendetta es hora de justicia y, sobre todo, de lucha para que cambie todo a fondo. Por eso mismo, conviene recordar que “A los que están entrando en los mismos ríos, otras y otras aguas sobrefluyen”, como decía Heráclito, el efesio inmortal. Era Marx quien observaba -sin duda, siguiendo muy de cerca los ciclos de la espiral viquiana- que cuando la historia se repite dos veces la primera vez lo hace de un modo trágico, mientras que la segunda lo hace de un modo cómico, ridículo, falso. “Los bárbaros -dice Vico- carecen de reflexión, que, mal usada, es madre de la mentira”. Por eso mismo, y para citar de nuevo a Marx, “Deucalión, al crear a los hombres, echó a sus espaldas piedras; así también la filosofía echa a sus espaldas los ojos (la osamenta de su madre son lucientes ojos), cuando su corazón se entrega decididamente a la creación de un mundo”. La Venezuela que se viene tiene el compromiso de dedicarse con afán y saber, precisamente, a la construcción de ese 'nuevo mundo'. El espíritu no reposa, ni puede hacerlo. El pensamiento demanda su derecho. La vana esperanza -esa que siempre retarda, que engaña, que no hace, inútilmente, más que esperar- no es apta para desarrollar con la necesaria plenitud el nuevo ciclo. Para el país se hace impostergable el momento de salir de “la hora del burro” de la historia.

    Sólo un cuerpo de intereses anacrónicos, reaccionarios, puede negarse a cambiar lo que objetivamente ya no se puede detener. La malandritud, la ritornata barbarie fascista, con sus formas ostentosas de concebir el poder; con sus grotescas maneras de saquear las riquezas de todo el país, hasta la saciedad; con el secuestro y enajenación de la “sobrestructura jurídico-política”; con su vulgar e ignorante prepotencia narcótica, toca sus últimos acordes, lúgubres y bufos. Son los acordes de una -la suya- tristísima opereta. Auténticos jinetes del Apocalípsis, usan la fuerza y el chantaje, como último recurso, para tratar de convencer -o, más bien, de amedrentar- a los más desprevenidos de que sin ellos se aproxima “el fin de los tiempos”. Vano afán. Ya es muy tarde. Porque si ya antes, objetivamente (económicamente), estaban dadas las condiciones para su precipitación y sólo se sostenían por la gracia de la manipulación ideológica, ahora, subjetivamente (social y políticamente), la decepción, devenida indignación, los ha puesto en evidencia. Nada más que hacer. El desengaño y el hastío se han apoderado de las calles del país entero. Como se sabe, la inercia es una incapacidad del cuerpo para poder modificar por sí mismo el estado de movimiento o reposo en que se encuentra. Los “motores” no funcionan. Nunca lo hicieron ni lo harán. Tampoco hay “motor inmóvil”. La pérdida del movimiento del cuerpo entero de un Estado en descomposición ya tiene fecha de vencimiento. Como nunca antes, el monstruo serpentino, el uróboros, anuncia el inicio de un nuevo ciclo de la historia y, en el horizonte, se divisa el “lucero de la mañana”: las primeras luces de la aurora.

    Enviado por @jrherreraucv