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    Apología de la demora

    Apología de la demora
    En este texto, la segunda publicación de Patricia Olmo Ruiz en Microfilosofía, la autora nos ofrece una reflexión sobre el ritmo y la oquedad de los estilos de vida actuales. Una mirada a lo enfermizo de la sociedad contemporánea, y una llamada para una necesaria filosofía de la sociedad y el hombre.

    A veces me dedico a ver pasar a la gente y me aterra lo que veo: masas moviéndose de un lado a otro, con prisa, siempre con prisa, con caras angustiadas, tensos, corriendo de acá para allá como si su vida estuviera en juego. Personas que se encarcelan a sí mismas en jaulas de miedos, que no se dejan ser, que se llenan los días con todo lo que les han aconsejado que deben hacer, que deben comprar, que deben decir, que deben saber, sin ser conscientes de que no tienen un instante para pararse, pensar, y darse cuenta de que tal vez no quieran nada de lo que tienen. El burka de Occidente son estas vidas huecas que carecen de tiempo para comprobar que realmente son huecas.

    El problema es que ya se me ha cruzado alguna vez por la cabeza la idea de que sí que son conscientes de este letargo que les acompaña. Que su jaula de miedos crece a diario no porque no se den cuenta, sino por cobardes. Que disfrutan de sus vidas superficiales, o al menos así lo creen, mientras consumen de forma desenfrenada cada segundo. Que no paran, en definitiva, porque eso sería demostrar que no son ciegos, sino que no quieren ver. El espíritu mesiánico que impera en la sociedad de hoy día me parece uno de los temas más desconcertantes que se nos presenta: no quiero arriesgarme a emprender un punto de fuga de esta masa alienante, que lo haga otro, y si la masa lo sigue, yo también. Que no se den cuenta de que soy diferente, que no tengamos que hacer frente a nuestras diferencias. Todos iguales, y que alguien nos salve. Y, al mismo tiempo, en contradicción con este espíritu mesiánico, la incapacidad de creer ya en un salvador, incluso en la salvación misma. La incapacidad de creer verdaderamente en algo.

    Vivimos en una zona de confort completamente artificial: no sabemos qué hacer ante los cambios naturales, qué hacer en los ámbitos sociales, qué hacer con nuestras propias existencias. Pasamos la vida en entornos ficticios, rodeados de pantallas que destellan con información que nos satura para que nuestro dominio y rendición sean justificados. Y a todo esto le acompaña el miedo atroz a que algo nos interpele de verdad, a que una emoción auténtica se cuele en ese caos milimétrico en el que nos escondemos de nosotros mismos y nos llegue dentro, nos haga ver que estábamos en la superficialidad completa. El miedo a que una auténtica emoción aparezca, nos llene, y no tengamos cómo enfrentarnos a ella. Lo hemos roto todo, hasta el lenguaje. Hemos deformado tanto las expresiones para adaptarlas a nuestro nuevo modo de vida, que podemos crear monstruos tales como ‘te quiero para…’ sin que a nadie le chirríe. Te quiero para un polvo. Te quiero para un café. Te quiero para no sentirme sola. Te quiero para que me reafirmes como persona, porque yo no puedo. ¿Cómo vas a usar después esas palabras para hablar de algo auténtico? ¿Quién va a creerlas, a entender hasta qué punto llegan a ser ciertas? En estos días en los que las personas son eternos adolescentes incapaces de una mirada introspectiva, incapaces de experimentar asombro, incapaces de vivir el mundo, los sentimientos son algo irracional en lo que no merece la pena dedicar nuestro tiempo. Para qué amar a alguien, con toda la fuerza que tiene realmente esa palabra, cuando puedes ‘quererlo para…’ y seguir sin sentir nada demasiado profundo, seguir en tu jaula de miedos.

    Estos días en los que no puedo evitar pararme a mirar cómo de desbocadas van nuestras vidas, al final siempre acabo pensando lo mismo: ¿qué queda en nosotros con lo que podamos seguir llamándonos ‘hombre’? ¿El humanismo se enfocó mal, o nosotros empezamos a desenfocarnos? Definitivamente, hay que volver la vista sobre nosotros mismos y preguntarnos qué está pasando. Hay que retomar una filosofía sobre el hombre, si es que aún seguimos siendo hombres, que trate esta enfermedad en la que se ha convertido la sociedad contemporánea y rescate al individuo, antes de que nos olvidemos por completo de él.

    Crítica social en un mundo llamado X


    Señor X y señora Z en un mundo Y.
    Crítica abrumadora de una sociedad de consumo cualquiera, el bienestar maldito, o, maldito bienestar es sacado a empujones en este impactante escrito de Patricia Olmo Ruiz.

    Imaginemos que existe un tipo, llamémoslo X, que ha crecido en un hogar estándar, ha recibido una formación académica estándar, ha cursado, como toda persona que se precie, una carrera, digamos derecho por decir una, con sus correspondientes 5 años y su master, cómo no, de algo que le garantice su salida al mundo laboral con las mejores probabilidades de éxito. Como es de suponer, X tiene unos amplios conocimientos de inglés y unos conocimientos medianamente básicos de otro par de idiomas, digamos pues italiano y alemán, siendo de nuevo simplemente ejemplos. Y, claro, como toda persona medianamente culta sabe algo de literatura, puede que incluso sea capaz de leer a Dostoyevski con fluidez, sin entenderlo del todo, pero de todas formas lo que cuenta es la intención, y X lee muchísimo, libros buenos, de esos que todo el mundo llama “atemporales”, de los que “marcan una época”. Y, por supuesto, las inquietudes intelectuales de X no se quedan sólo en el terreno de la literatura: ve cine, pero no cualquier película, no, X sólo ve las mejores, los clásicos, es un entendido de la edad de oro de Hollywood. Y también sabe de artes plásticas, y de vinos. La verdad es que X ha invertido mucho tiempo y dinero en llegar a ser una persona con un nivel cultural medianamente alto.

    X se siente bastante satisfecho con su vida: al fin encuentra trabajo, se compra un buen coche, alquila un pisito, la casa ya la comprará cuando aparezca la mujer apropiada, viaja con relativa frecuencia, tiene una considerable cantidad de amigos que comparten su gusto por las cosas bien hechas y las charlas de relativa profundidad…

    Y, como era de esperar, no tarda mucho en aparecer la mujer perfecta, llamémosla, para no romper el ejemplo, Z. Z es una buena chica, con su carrera, su trabajo, sus idiomas y sus sofisticados intereses, que finalmente queda prendada de X por sus más que obvias cualidades, y a él le pasa exactamente lo mismo. No tardan mucho en casarse, no porque a ninguno de los dos les haga especial ilusión, total, esa costumbre a estas alturas de la vida es inútil, pero a la madre de Z siempre le ha hecho mucha ilusión verla casarse, y qué más da, si a ellos les da igual. Pero, ya que lo hacen, por la Iglesia, claro, ya que se ponen, lo hacen bien. Y con la venia del Señor, X y Z tienen un par de hijos monísimos, a los que llevan al colegio y les preparan el terreno para que tengan una formación, por lo menos, igual de buena que la que ellos disfrutaron.

    Con el tiempo X y Z empiezan a notar cierta inestabilidad, como si algo dentro de ellos no estuviera del todo resuelto, ya se sabe, la famosa crisis de los 40. Pero, como gente culta que son, X y Z se buscan un buen psicólogo que les recete una buena dosis de placebos para la parte del siglo XXI que les duela en ese momento, y siguen con sus apacibles vidas.

    A pesar de todo esto, X y Z sienten que han perdido oportunidades a lo largo de su vida, claro, pero bueno, no estaba en sus manos cogerlas: siempre faltaba dinero, o tal vez era culpa de sus padres, hermanos, compañeros, del gobierno… No podían hacer nada, no estaba en sus manos aprovechar esa oportunidad, ¿quién puede echárselo en cara? A todos nos ha pasado alguna vez. Además, tienen una buena vida, no se pueden quejar, y Papá Estado puede que no te dé muchas seguridades, pero, joder, ya se encarga de poner en la tele cosas que te entretengan y te digan qué pensar con la frecuencia necesaria para que no te sientas demasiado asustado.

    Y, sin más, un día, a la no mala edad de 80 años, X termina muriendo, como todo el mundo, sin haberse preguntado nunca qué esperaba él de la vida, qué buscaba obtener de tanto barullo. X sabía qué iba a estudiar de mayor, X consiguió un buen trabajo, X se compró un coche bonito, una casa bonita, se casó con Z, una gran mujer, tuvo un par de hijos y tenía unos conocimientos amplios sobre muchos ámbitos, salvo de quién era él y qué hacía en este mundo.

    Pero no fue solamente X quien murió sin saberlo. Cada vez pasa más, tanto, que ha llegado un momento que esas preguntas ya no incomodan, sino que comienzan a parecer una broma de mal gusto. Ya tenías que llegar tú, con tu excentricidad de vida, a preguntar esa estupidez. Qué tontería, desde luego. ¿Quién soy? Pues quién voy a ser, por favor, si llevamos años siendo amigos. Desde luego, no hay quién siga tu humor.

    Y, si os soy sincera, me empieza a dar miedo no poder vivir la vida de X, no porque no pueda, sino porque no quiera. Me empieza a dar miedo que toda esta gente que se muere como si todo esto fuera un hacer tiempo para algo mejor, un prologo antes de la auténtica historia, al final haya conseguido lo que se proponía: convertir la vida en una broma.

    Me da miedo que al final no seamos más que una panda de imbéciles que se tomaron en serio la bromita, que no paran de correr en pos del sentido de un simple chiste.