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    Lectura Michel Onfray

    Lectura de Michel Onfray en Teoría de un cuerpo enamorado por una erótica solar
    Michel Onfray en el prefacio del libro: Se ocupa en mostrar la fragilidad del hábito humano, la preocupación esta, en todo caso, pronunciada ya por Nietzsche en el discurso del "Eterno retorno",  en ese tiempo, un Nietzsche neurótico no encontró forma más alegre de hablar de esta reacción circular, que la expresada por Onfray en esta ocasión: La feliz voluptuosidad de las libidos gozosas.

    Extraída del famoso filósofo Michel Onfray, la siguiente lectura contiene una idea más liviana -que la ya expresada por el alemán, de la necesidad del concepto de Eterno retorno.

    En el principio se oyen los murmullos del líquido amniótico.En esos momentos mi pequeño cuerpo está nadando en aguas tibias, moviéndose con la lentitud propia de un alma impulsada por alientos muy leves. La carne gira lentamente en el elemento acuático como un planeta que evoluciona en un cosmos lejano, casi inmóvil, o como una medusa flácida en la oscuridad de los fondos submarinos, casi hierática. Sólo se ve turbada por la marca que traza en mis órganos el flujo de energías vitales. En el confinamiento de este universo salado, como pez de los orígenes o virtud marina encarnada, obedezco enteramente a los afectos, pulsiones, emociones y otros instintos de mi madre. Su sangre, su aliento, su ritmo obligan a mi sangre, a mi ritmo, a mi aliento. Evidencia de perogrullo; todos los cuerpos, masculinos y femeninos, proceden de esta inmersión primitiva en un vientre de mujer. Hipótesis; todos los cuerpos, masculinos y femeninos, aspiran según un principio de modalidades confusas a los reencuentros con estas voluptuosidades primitivas, a esos momentos en los que la vida despunta, y triunfa exclusivamente la fuerza de las potencias vitales. Siento las presiones del interior de la carne materna contra mi espalda, mis ríñones, mi nuca, mis nalgas de niño llevado y suspendido en el agua; tengo memoria del limbo en mi fibra informada por la linfa, los nervios, los músculos; hay luces de camafeos rojas, rosas, naranjas, semejantes a los fuegos de las eclosiones planetarias o a las hogueras de las explosiones estelares; hay perfumes volátiles y fragancias infinitesimales, inscritos en la materia placentaria como esos olores marítimos que abisman felizmente el aire y el éter de las geografías costeras; se oyen ruidos sordos, graves, repetidos, dulces, ronroneos espesos de muy baja frecuencia; hay sonidos exteriores y movimientos interiores, está el oleaje de la fisiología materna y el rumor del mundo: entorno los párpados, vacilo con una lentitud extrema, modifico mi postura -y conozco mi primera erección-. Es el principio de una larga historia desarrollada bajo el signo del eterno retorno.
    En Prefacio de Teoria del cuerpo enamorado por una erótica solar.
    Lectura de Michel Onfray en Teoría de un cuerpo enamorado por una erótica solar

    La filosofía del ratón para Diogenes.

    Michel Onfray habla de Diogenes como si el cínico no pudiera abarcar más virtudes, Diogenes pone de ejemplo al ratón, el perro o la garrapata como los animales a seguir. El ratón es el animal que cambió su filosofía, a continuación Onfray lo relata:
    Lectura de Onfray en Retrato de los filósofos llamados perros.

    En efecto, fue un ratón el que hizo que Diógenes se convirtiera a la filosofía cínica. Mientras ocioso detallaba las idas y venidas del animal, el joven que era entonces Diógenes comprendió que el ratón era un modelo de despreocupación, independencia y libertad: iba y venía sin que le importaran un bledo la oscuridad y el futuro, absorto en un puro presente sin ramificaciones nostálgicas ni imaginarias. Algunos hermanos del anterior, salvo que fueran ratitas que se hubieran hecho adultas en el intervalo, reiniciaron su danza ante la nariz y las barbas de Diógenes, quien intentaba conciliar el sueño en un rincón de la ciudad, arropado en su manto, mientras a algunos centenares de metros del lugar, las familias atenienses acomodadas daban una suntuosa fiesta. Si bien allí se prodigaban las vituallas sin control alguno, Diógenes se había conformado con pellizcar una galleta marinera de la que dejaba caer de vez en cuando algunas migajas. Se preguntaba el cínico si no le convendría tomar algunas de las sobras del ágape ateniense, cuando vio aparecer, como de la nada, a un ratón que se dio un festín con los restos que él dejaba. La situación impresionó de tal manera al sabio que lo hizo meditar sobre la lección recibida: "¿Qué me dices, Diógenes? He ahí un ratón que se regocija y se alimenta con tus sobras mientras tú, en cambio, de alma bien nacida, te compadeces y te lamentas por no poder embriagarte allá, tendido sobre la mórbida alfombra bordada". Y el hombre se hizo filósofo.

    Lectura de Michel Onfray en Cinismos retrato de los filósofos llamados perros.. 

    Michel Onfray un cínico moderno.

    La lectura que apenas vais a leer muestra una de las principales armas de Michel Onfray: filósofo, cínico y hedonista de nuestro tiempo, que se comporta con mutismo cuando sirve el placer por la vía del gusto, esta es su formula: ofrecer comidas elaboradas por grandes chefs a sus alumnos, para que, sin discurso alguno, aprendan a disfrutar y a desarrollar el gusto.
    Lectura de Onfray en Retrato de los filósofos llamados perros.

    Lo real cínico es moderno porque es monista y atómico, cuando lo real aristotélico es teológico, dualista y -aunque se diga lo contrario- espiritualista. Donde la lógica se subordina a los intereses metafísicos, Antístenes reivindica una falsa ingenuidad y admite que puede ver perfectamente a los hombres pero no a la humanidad, tal como podría haber confesado no ver la divinidad pero sí contentarse con mónadas locas que van cada una por su lado. Se podría terminar hablando de un sistema cínico si se pusiera en perspectiva su nominalismo, su materialismo: así se comprenderían sus opciones solipsistas e individualistas. Sólo existen fragmentos perdidos en un mundo a la deriva. El gallo despojado de su plumaje, sus penas y demás faneros, altanero sobre sus garrones, lo demostró un día.

    Así como se niega a atribuir un valor objetivo a los conceptos, Antístenes se niega a admitir la validez del principio de contradicción. No cree que uno pueda convencer de un razonamiento opuesto al suyo a un individuo que profesa una opinión descabellada. "Sería un error contradecir a un contradictor para reducirlo al silencio: antes bien, conviene ilustrarlo. Pues uno no cura a un maníaco haciéndose el loco ante él." Desde una perspectiva solipsista, hay que admitir que el crédito del lenguaje se reduce al mínimo: hablar equivale a agravar la incomunicación. Mientras los filósofos clásicos se dedican con devoción a la lingüística para emplear de la mejor manera las palabras, la retórica o la demostración, los cínicos prefieren otras vías pues "es propio del ignorante hablar mucho y, para quien así obra, no saber poner freno a su parloteo".

    Las soluciones son limitadas: o bien se llega a la conclusión, como Wittgenstein, de que "sobre aquello de lo que no se puede hablar, debe callarse"" -con lo cual uno se condena al mutismo y el silencio perpetuo-, o bien se opta por buscar nuevas fórmulas que, a veces, compensan la impotencia del lenguaje mediante gestos que aunque se realicen en silencio lo superan ampliamente. Por cierto, los cínicos no optaron por la solución del mudo...

    Lectura de Michel Onfray un cínico moderno. 

    Crítica al profesor de filosofía socrático, Michel Onfray

    Michel Onfray nos describe en el libro Antimanual de filosofía las características del profesor socrático: el que observa todos los problemas y puede opinar o criticar sobre todo, son la dialéctica, palabra e ironía sus armas contra la flojeza de pensamiento, con ellas intenta levantar al estudiante de su incapacidad filosófica, y así, transformarlo en un pensador activo y crítico.
    Lectura de Michel Onfray en Antimanual de filosofía.
    Elogio de la socratización.

    En realidad, vuestra relación con la filosofía depende de quien os enseña la disciplina. De eso no se libra nadie... Y así, todo es posible. Lo peor y lo mejor. Porque podéis tanto sufrir al docente que os enfrenta definitivamente con la materia, como encontrar a una persona que haga que os guste la disciplina, sus mayores figuras y sus textos esenciales, y para siempre. Haced lo que queráis con el primero y, en contrapartida, tratad con indulgencia al segundo... Pero, antes de haceros una idea, esperad a poder juzgar con criterio.

    Lo peor, sin ninguna duda, es el funcionario de la filosofía: el profesor obsesionado por el programa oficial. Este, por cierto, en el bachillerato tecnológico está constituido por nueve nociones: la Naturaleza, el Arte, la Libertad, el Derecho, la Técnica, la Razón, la Conciencia, la Historia, la Verdad, y de una serie de filósofos: una treintena de obras que van de Platón (428-347 a. de C), el más antiguo, hasta Heidegger (1889-1976), el que más recientemente ha fallecido; porque, para las autoridades académicas, un buen filósofo es un filósofo muerto... Esta catástrofe escolar no se aparta lo más mínimo de un viejo manual siniestro, de un curso redactado hace años, y de ningún modo avanza fuera de los senderos trillados de la historia de la filosofía. Os enseña los fragmentos escogidos, obligatorios y tradicionales. Tengáis hambre o no, os atiborra de inútiles apuntes para el día del examen, ya que en ningún caso se os pide aprender de memoria y regurgitar un saber aprendido como se memorizarían las páginas de un listín telefónico.

    Lo mejor es la enseñanza socrática. ¿Y qué es eso? Sócrates (470-399 a. de C.) era un filósofo griego que enseñaba en las calles de Atenas, en Grecia, hace casi veinticinco siglos. Su palabra se dirigía a los que se acercaban a él en la plaza pública, en la calle. Él los inquietaba haciéndoles comprender con genuina ironía y un verdadero dominio de la palabra que sus certidumbres no soportaban mucho tiempo el examen y la crítica. Tras haber frecuentado a Sócrates y discutido con él, los individuos volvían metamorfoseados: la filosofía les abría inmensas posibilidades y cambiaba el curso de su existencia.

    El maestro socrático pone su saber, su ironía, su dominio de la palabra, su cultura, su gusto teatral y su talento al servicio de la puesta en escena del pensamiento, a vuestro servicio, al servicio de vuestras inquietudes, de vuestros interrogantes, a fin de que en vuestra existencia podáis utilizar la asignatura para pensar mejor, ser más críticos, estar mejor preparados para comprender el mundo y, eventualmente, actuar sobre él. A los ojos de él, el curso supone una ocasión (algunas horas a la semana durante treinta y tres semanas, o sea, varias decenas de horas en un año, salvo bajas por enfermedad, heladas en la carretera, sábanas que se nos pegan, pellas o novillos) una ocasión, en fin, de someter la realidad y el mundo a una crítica constructiva.

    Para ese tipo de profesor, no están, por un lado, los temas nobles, propiamente filosóficos (el origen del tiempo, la naturaleza de la materia, la realidad de las ideas, la función de la razón, la formación de un razonamiento, etc.) y, por otro, los temas que no lo serían (el gusto por el alcohol, fumar hachís, masturbarse, recurrir a la violencia, habérselas con la policía, rechazar el reglamento interior, mentir a los que queremos, y otros temas que se abordan en este manual a través de una serie de textos filosóficos), sino el tratamiento filosófico de todas las cuestiones posibles. El curso ofrece una escena en la que se desarrolla, con ayuda del profesor, un perpetuo vaivén entre vuestra existencia y la de los pensamientos filosófico disponibles.

    Lectura de Michel Onfray en Antimanual de filosofía. 

    La filosofía del cínico descrita por Onfray

    El voluntarismo estético / Cinismos retrato de los filósofos llamados perros.


    Se trata de demostrar las grandes posibilidades del vagabundo en relación con la virtud... Contra la figura del sabio hierático y un poco infatuado, el cínico propone la del filósofo errante. Siglos más tarde, Cloran expresa cierta simpatía por esta manera de ser, que representa también una proximidad con lo esencial. No tener nada predispone mejor a percibir en qué consiste el Ser. Al respecto, Cioran le escribe a Fernando Savater: "Creo que hemos llegado a un punto en la historia en el que se hace necesario ampliar la noción de filosofía. ¿Quién es filósofo?".' Y el anciano precisa: ciertamente no lo es el universitario que tritura conceptos, clasifica nociones y redacta sumas indigestas a fin de oscurecer las palabras del autor analizado. Tampoco lo es el técnico, por brillante o virtuoso que parezca, cuando se rinde a las retóricas nebulosas y abstrusas. Filósofo es aquel que, en la sencillez y hasta en la indigencia, introduce el pensamiento en su vida y da vida a su pensamiento.Teje solído dos lazos entre su propia existencia y su reflexión, entre su teoría y su práctica. No hay sabiduría posible sin las implicaciones concretas de esta imbricación. Durante varios años, Cloran estuvo en contacto con uno de estos hombres, un vagabundo, un mendigo que lo interrogaba acerca de Dios, el mal, la libertad y la materia. "Nunca conocí a alguien -escribe Cloran- tan en carne viva, tan ligado a lo insoluble y lo inextricable." Un día Cloran le confió a su visitante que lo consideraba un auténtico filósofo, y desde entonces no volvió a verlo. Este episodio lo hizo llegar a la conclusión de que el filósofo se distingue por su "preocupación por avanzar siempre hacia un grado más elevado de inseguridad". Razón suficiente para echar a los propietarios de cátedras, a los especialistas en peroratas y autopsias estériles, y para dar salida a los asalariados que ganan notoriedad con la momificación de los textos o la jerga de los especialistas. Las raíces de una auténtica sabiduría escudriñan primero el vientre y luego la cabeza.

    La Antigüedad tenía esa preocupación por hacer de la filosofía una disciplina de la inmanencia. Hizo falta que aparecieran los doctores de la Iglesia para que la sabiduría -o lo que se presentará como tal- se encerrara y especializara en los detalles verbales y el aspecto técnico. La universidad se ocupó de hacer el resto, domesticando el saber para volverlo inofensivo: actividad practicada por pares a quienes se entroniza mediante ceremonias de iniciación, la sabiduría se empobrece y pierde su potencia gozosa. Así, termina por parecerse a aquellos que la engendran: se vuelve triste, gris, inútil e insípida, desconectada de lo real y confinada a zonas sin turbulencias. En Atenas, y tal vez más aún en Roma, la filosofía se propone alcanzar una forma de vivir mejor, el bienestar, la calidad de la existencia. Lo que está en juego es la vida misma, y las diversas formas de sabiduría proponen técnicas para llevarla a buen puerto con la mayor alegría y beatitud y con el mínimo de penas y sufrimientos posibles. Aprender a morir, es decir, a vivir con provecho lo cotidiano, en todas sus ramificaciones. ¿Qué queda de la felicidad de los hombres cuando los Padres de la Iglesia nos dicen que basta con rezar, obedecer a las ortodoxias y sacrificarse a los catecismos que diluyen dos o tres principios fundados en el ideal ascético? Nada, ya no queda nada.

    Diógenes tiene la intención de promover una vida bienaventurada y dice cómo hacerlo: "El objeto y el fin que se propone la filosofía cínica, como por otra parte se propone toda filosofía, es la felicidad. Ahora bien, esa felicidad consiste en vivir de conformidad con la naturaleza y no según la opinión de la multitud". Demonax irá aún más lejos al decir que sólo el hombre libre es capaz de alcanzar la felicidad. A quien se sorprende ante semejante declaración y cree conveniente señalar que, en su opinión, hay muchas personas felices, el cínico le responde: "Por el contrario, creo que sólo es libre quien no espera nada ni le teme a nada".

    Desesperar, pues, en el sentido etimológico: dejar de esperar, destruir las ilusiones y las mitologías que rezuma la civilización y que se cristalizan por medio de los instrumentos del conformismo y la convención. Luchar, en suma, contra la fastidiosa tendencia humana a preferir la idea que se tiene de la realidad a la reahdad misma.


    Parentesco entre filosofía y bellas artes por Michel Onfray

    «Parentesco de la filosofía y las bellas artes»


    ¿Qué es la vida? A esta pregunta responde a su manera y con absoluta tranquilidad toda obra de arte verdadera y lograda. Ahora bien, las artes solo hablan el lenguaje ingenuo e infantil de la intuición, no el abstracto y serio de la reflexión: de ahí que su respuesta sea una imagen pasajera, no un conocimiento universal permanente. Así que, para la intuición, toda obra de arte responde a esa pregunta: cada pintura, cada estatua, cada poema, cada escena en el teatro; también la música aporta su respuesta y, por cierto, con mayor profundidad que todas las demás, pues ella expresa la esencia más íntima de toda vida y de toda existencia en un lenguaje inteligible de inmediato pero intraducibie al lenguaje de la razón. De manera que todas las demás artes presentan ante quien pregunta una imagen intuitiva y dicen: ¿¡Mira aquí, esto es la vida!? Su respuesta, por muy correcta que pueda ser, proporciona solo una satisfacción parcial en vez de una satisfacción completa y definitiva. Y es que aquellas ofrecen siempre un fragmento, un ejemplo en vez de la regla, no la totalidad que solo puede ofrecerse en la universalidad del concepto. Dar una respuesta para este, es decir, para la reflexión e in abstracto, a la mencionada pregunta, que sea duradera y que baste para siempre, es la tarea de la filosofía. Entre tanto, vemos aquí sobre qué se sustenta el parentesco de la filosofía con las bellas artes y podemos inferir en qué medida también la capacidad para ambas posee una misma raíz, si bien muy diferente en su dirección y en lo secundario.

    Lectura de Michel Onfray en Antimanual de filosofía. 
                                

    Amor por derrochar y gastar dinero.


    Hay un profundo amor por el desorden en quien prefiere el derroche al ahorro; una voluntad deliberada de elegir a Dionisios contra Apolo, una vez más. Despilfarrar, consumir y consumar, dilapidar, derrochar, tiene que ver con la desmesura, la fuerza que busca desbordar, la fiesta. La donación no agota la riqueza que la hace posible, porque, dentro de esa lógica de expansión, como por generación espontánea, el derroche es inmediatamente seguido por una nueva disponibilidad para una nueva donación. El despliegue y la disipación instauran una relación con el tiempo eminentemente singular: el instante basta para el consumo, y adquiere así una densidad ignorada en otras oportunidades. Allí donde fluye, sabiamente cronológico, sin variaciones de intensidad, cómplice del burgués para quien representa la posibilidad del dinero, sólo es duración mensurable, cantidad apreciable. En cambio, en la dilapidación, provoca momentos intensos, rebosantes de sentido. Picos y cimas. La calidad de la emoción no tiene igual, toda la eternidad parece haberse concentrado en el fragmento de tiempo que transcurrió en coincidencia con el gesto. Punto contra línea, pasión contra indiferencia: el dispendioso es un artista del tiempo.

    La ética del derroche es centrípeta, implica la desintegración y la producción de fragmentos, lo diverso y lo múltiple. Esas densidades materializadas, cristalizadas, constituyen puntos, pero el conjunto de la operación es dinámico. Presupone una voluntad de movimiento, un consentimiento a los flujos y a los ríos. De ahí el heraclitismo del dispendioso, que prefiere la movilidad, que se inclina por la circulación con el objeto de producir oportunidades para una mayor probabilidad de gasto. No ignora que su vida se inscribe en una perspectiva dialéctica. Más allá de la ontología o de la metafísica, sabe que su único capital es su propia vida, que ella no durará eternamente, que ya es limitada en ese momento. Y, sabiendo esto, su entusiasmo es directamente proporcional a su aprecio por el extremo valor de lo que no dura. La muerte confiere precio, establece un sentido.

    Absolutamente nómada, el hombre del derroche goza con la circulación, el flujo, pero experimenta, al mismo tiempo, que su placer es consustancial con el movimiento que lo permite. No es en la naturaleza del derroche, sino en el hecho de haber efectivamente dilapidado, donde reside la quintaesencia del goce.

    Lectura de Michel Onfray en La construcción de uno mismo.


                                         

    El Cinismo de Michel Onfray rescatado de Diógenes.


    Observemos a Teofrasto retratar a un cínico: es un hombre que maldice y tiene una reputación deplorable. Es sucio, bebe y nunca está en ayunas. Cuando puede hacerlo, estafa y golpea a quienes descubren el engaño antes de que puedan denunciarlo. Ninguna actividad le repugna: será patrón de una taberna y, si es necesario, encargado de un burdel, pregonero e incluso, si se quiere, recaudador de impuestos. Ladrón, habituado a las comisarías y a los guardias civiles, a menudo se lo encuentra, locuaz, en la plaza pública, a menos que se convierta en abogado de todas las causas, aunque sean las más indefendibles.

    Prestamista con fianza, tiene además la soberbia de un mañoso y no cuesta mucho imaginarlo como el gángster emblemático: "Puede vérselo haciendo su ronda -escribe Teofrasto-, entre los taberneros y los vendedores de pescado o salazones, para cobrar sus ganancias".' Para completar el cuadro, no olvidemos que el cínico deja sin sentir vergüenza que su madre se muera de hambre...  Como se comprenderá, este cinismo no es el nuestro. Ésta es la acepción más difundida y común. El cinismo de Diógenes, el filósofo oriundo de Sínope, es antes bien una farmacopea contra este cinismo vulgar.

    El cinismo filosófico propone una gaya ciencia, un alegre saber insolente y una sabiduría práctica eficaz: "Tras la causticidad de Diógenes y su intención de provocar, percibimos una actitud filosófica seria, tal como puede haber sido la de Sócrates. Si se dedicó a hacer caer una tras otra las máscaras de la vida civilizada y a oponer a la hipocresía en boga las costumbres del 'perro', ello se debe a que Diógenes creía que podía proponer a los hombres un camino que los condujera a la felicidad". Diógenes se erige pues en médico de la civilización cuando el malestar desborda las copas y satura la actualidad.

    Hoy es perentorio que aparezcan nuevos cínicos: a ellos les correspondería la tarea de arrancar las máscaras, de denunciar las supercherías, de destruir las mitologías y de hacer estallar en mil pedazos los bovarismos generados y luego amparados por la sociedad. Por último, podrían señalar el carácter resueltamente antinómico del saber y los poderes institucionalizados. Figura de la resistencia, el nuevo cínico impediría que las cristalizaciones sociales y las virtudes colectivas, transformadas en ideologías y en conformismo, se impusieran a las singularidades. No hay otro remedio contra las tiranías que no sea cultivar la energía de las potencialidades singulares, de las mónadas.

    La máxima del cínico es "no ser esclavo de nada ni de nadie en el pequeño universo donde uno halla su lugar".'

    Lectura de Michel Onfray en Cinismo retrato de los filósofos llamados perros.





                                     

    Michel Onfray habla de Diógenes y el pensamiento individual.


    Diógenes se convertía en un epifenómeno molesto que había que reducir y hasta destruir: y eso fue lo que se hizo en principio en nombre de la moral y las buenas costumbres, y luego de la ciencia y de la seriedad filosófica. Por un lado, los émulos de Víctor Cousin; por el otro, los de Hegel. Ahora bien, Emile Bréhier ha desarrollado una idea extremadamente interesante sobre el tema. Lejos de las preocupaciones relativas a las escuelas y las filiaciones y de los debates estériles sobre los precursores y la fuentes, Bréhier afirma: "En la historia de la filosofía, siempre conviene remitirse a los esfuerzos intelectuales de los individuos; sería vano buscar en ella tipos de sistemas, clases de conceptos fijos y rígidos que habría que tomar o dejar de lado y que deberían sucederse según un ritmo definido; sólo existe el pensamiento individual, que recibe influencias de otros pensamientos individuales y obra a su vez sobre otros".' Tal es el caso del cinismo, que opera menos como una escuela que como una constelación de figuras singulares. En mi opinión, Diógenes lleva a la incandescencia la subversión característica de ese estilo. Ni siquiera me parece importante verificar la autenticidad de ciertos fragmentos: no tengo la aptimd ni el placer de juzgarla. Me importan el tono, el espíritu.

    Lectura de Michel Onfray en Cinismos retrato de los filósofos llamados perros.

                                                          

    Lectura de Michel Onfray, Elegir una manera de vivir.


    Elegir una manera de vivir

    El discurso filosófico se origina por tanto en una elección de vida y en una opción existencial, y no a la inversa. [...], esta decisión y esta elección jamás se hacen en la soledad: nunca hay ni filosofía ni filósofos fuera de un grupo, de una comunidad, en una palabra, de una «escuela» filosófica, y, precisamente, esta última corresponde entonces ante todo a la elección de cierta manera de vivir, a cierta elección de vida, a cierta opción existencial, que exige del individuo un cambio total de vida, una conversión de todo el ser, y, por último, cierto deseo de ser y de vivir de cierto modo. Esta opción existencial implica a su vez una visión del mundo, y la tarea del discurso filosófico será revelar y justificar racionalmente tanto esta opción existencial como esta representación del mundo. El discurso filosófico teórico nace, pues, de esta inicial opción existencial y conduce de nuevo a ella en la medida en que, por su fuerza lógica y persuasiva, por la acción que pretende ejercer sobre el interlocutor, incita a maestros y discípulos a vivir realmente de conformidad con su elección inicial, o bien es de alguna manera la aplicación de un cierto ideal de vida.

    Quiero decir, pues, que el discurso filosófico debe ser comprendido en la perspectiva del modo de vida del que es al mismo tiempo medio y expresión y, en consecuencia, que la filosofía es en efecto, ante todo, una manera de vivir, pero que se vincula estrechamente con el discurso filosófico.

    Lectura de Michel Onfray en Antimanual de Filosofía.