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La esperanza, desesperadamente

Paradojas del esperar y el desesperar

Esperamos lo que no tenemos, pero solo tenemos lo que no esperamos. Quizá sigamos esperando, entonces, porque creemos tener tan poco, o porque no logramos tener sin temer. ¿Podremos algún día librarnos de la esperanza, o mejor quedarnos siempre una poca, por si acaso?



“La esperanza es una alegría inconstante”, postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: “Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices”[1]. No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: “De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca”. Pero, ¿y cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que “siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue”.

El sabio, pues, debe empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión: el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No mira más allá, a nebulosas lejanas y dudosas, a meras hipótesis o fantasmas, sino al sol claro e hiriente de las cosas próximas. No espera, porque esperar es posponer en el tiempo indefinidamente, y quizá en vano. Porque, en fin, como concluye Comte-Sponville, esperar es desear sin gozar, sin saber y sin poder.
La esperanza consiste, pues, en delegar el sentido en lo imaginario, posponer el gozo, consagrar el miedo, confirmar la impotencia. Es también abocarse a una doble frustración: primero, porque desvaloriza lo que tenemos para enfatizar lo que nos falta; y luego, porque a menudo incumple sus promesas, dejándonos ateridos de frío, con el ramo de flores en la mano, frente a la puerta que no nos abrieron y no nos abrirán. No es extraño que Chamfort le reproche con amargura: “La esperanza no es más que un charlatán que nos engaña sin cesar; y, en mi caso, la felicidad solo empezó cuando la había perdido”.
Una aliada, pues, muy poco recomendable. El Mahabharata ya la repudia, haciéndonos llegar su consejo desde el vértigo del tiempo: “Solo es feliz el que ha perdido toda esperanza, pues la esperanza es la mayor tortura y la desesperación la mayor felicidad”. No hay muchas más vueltas que dar: nuestro objetivo debe ser trascenderla, vivir sin esperanza, desesperar, como dice Comte-Sponville: el que se ha liberado de ella “ha dejado de desear otra cosa que no sea lo que sabe, lo que puede, o aquello con lo que goza. Ya no desea nada más que lo real, de lo que forma parte, y ese deseo, siempre satisfecho —puesto que lo real, por definición, no falta nunca: lo real nunca escasea—, es una alegría plena”.

Si el camino está tan claro, si se trata de ir más allá de la esperanza, ¿de dónde, entonces, procede su fuerza? ¿Cómo es posible que venza tan a menudo a la razón? ¿Por qué tantos se refugian en ella, y la han abrazado desde el origen de los tiempos? ¿Es simplemente un error enquistado en la naturaleza humana, una de esas distorsiones que arrastramos por mera ignorancia, como decía Buda? ¿O hay algo más? ¿No será que cumple algún papel en la economía de la existencia? ¿No estará respondiendo a alguna necesidad inminente, ineludible? La esperanza es lo que quedó en la caja de Pandora cuando ya todos los males habían escapado de ella. ¿Un regalo envenenado de los dioses, para asegurar nuestra desdicha, o un recurso al que aferrarse cuando falta todo lo demás?
Allá donde uno mire encuentra señales de su imperio. Ha levantado templos y ha escrito libros sagrados. Ha provocado guerras y ha proporcionado la fuerza para soportarlas. Ayuda cada día a seguir al que siente la tentación de renunciar a todo, aligera el peso de nuestros acarreos, alimenta nuestros esfuerzos. Desde su futuro inexistente y nebuloso, la esperanza nos llama: “Levántate y anda”.

Tal vez algo en nosotros necesite esas palabras, aunque no sepa si le llevarán a alguna parte. Tal vez si no proyectáramos en la esperanza nuestras carencias, sencillamente nos dejarían huecos. Quizá la necesitemos para no quedarnos sin mañana: lo que no se espera no duele, pero tampoco forma parte del futuro. Tal vez hayamos inventado la esperanza para poder sobrellevar los males, como inventamos todo lo demás: los dioses, los rituales, los espíritus… porque no nos vemos capaces de soportar la verdad cruda. Acaso tengamos demasiado miedo, y nos sintamos demasiado vulnerables. En definitiva, quizás estemos más interesados en sobrevivir que en gozar, más en aguantar que en saber, más en resistir que en poder.
El propio Comte-Sponville, tan contrario al trance en que nos sume la esperanza, tan valedor de su supresión, reconoce la dificultad de esta, y da a entender cuánto en nosotros se aferra a ella y cómo el desecharla es más un camino que un destino definitivo: “La esperanza está primero; por lo tanto, hay que perderla, y casi siempre es doloroso. Me gusta que, en la palabra desesperación, se escuche un poco ese dolor, ese trabajo, esa dificultad. Un ‘esfuerzo’, decía Spinoza, que nos haga menos dependientes de la esperanza”.

En efecto: por algo dicen que la esperanza es lo último que se pierde, por eso la guardamos en el fondo de nuestra caja de Pandora cuando ya no nos queda otra cosa. En las puertas del infierno, Dante leyó: "Los que aquí entráis, abandonad toda esperanza". Cuando el dolor es demasiado grande, quizá sea esa la peor condena.
Yo aspiro a superar la esperanza, yo no amo la esperanza ni me recostaré en sus hombros, yo procuro mantenerme a salvo de sus tentaciones de fantasía… pero admito que a veces, en secreto, comercio con ella dulces sueños. Tengo la esperanza… de que algún día ya no me haga falta, y pueda proclamar con Basili Girbau, aquel sabio ermitaño de Montserrat:

El desengaño es una cosa positiva. Si vives engañado, desengañarte es una liberación. Conforme los hombres se vayan desengañando, surgirá la luz. Se descubrirá lo negativo del engaño y quedará lo que no es engaño.





[1] Todas las citas de A. Comte-Sponville, y algunas de las de otros autores, proceden de su libro La felicidad, desesperadamente. Editorial Paidós. Barcelona, 2007.

Nubes en la Arcadia

La alegría como mirada

Siempre hay algo que interrumpe la alegría. Dejarla pasar, en lugar de lamentar lo perdido, puede darnos la oportunidad de elegir el contento, en vez de esperarlo.


Una mirada que vea ponerse el sol desde una cárcel igual que desde un palacio. Esa mirada es lo que hay que desear, y nada más. Schopenhauer.

Por insólito que parezca, a veces las cosas están bien como están. Un rincón del bosque, entre sol y sombra, echado en la hierba, mirando las copas de los pinos que, como si conocieran la verdad, señalan hacia un cielo diáfano, estampado de discretas nubes. El agua que brinca, como un niño silbando, por la leve pendiente, dejando al descubierto el viejo zócalo de granito cuarteado por el hielo en remotas edades congeladas que ya se fundieron. El convulso quehacer de los insectos, hermanos de las flores, y de las eternas hormigas, constructoras de montañas de agujas. La ladera que invita a subir, o a bajar, o a quedarse, en definitiva a hacer lo que a uno le apetezca, sin que nada se inmute por ello.
A veces todo está, o lo parece, donde tiene que estar, y uno puede olvidarse de sí mismo, porque comprende que no le hace falta al mundo, que el mundo tiene su propio designio y va a lo suyo, evolucionando según su ley secreta, sin voluntad ni objeto. ¡Qué tranquilo se queda uno en la insignificancia! ¡Qué dulce es desentenderse de sí, y rozar la eternidad de la nada! Y afirmarse también sin voluntad ni objeto, y dejarse caer en el regazo de la montaña, como si fuese la rendición definitiva, esa que nos rehará tierra y agua y limo y cumbre y hierba.
¿Soportaré tanto silencio? Noto cómo mi mente se agita, incómoda, y se pone a hacer ruido con lo primero que encuentra. Inventa el pasado y el futuro, desgrana palabras para notar que existe. Pero, ¿realmente existe? Sí y no, como la música del agua. Ya lo dijo Machado: lo nuestro es pasar. Arremolinarnos y perdernos, como el agua en el torrente. ¡Qué vanas parecen desde aquí nuestras cosas, esas que atesoramos y pensamos que nos definen! ¡Qué vanos nosotros mismos, nuestras instituciones, nuestras querellas, nuestras ambiciones! ¡Qué descansada vida la que se reduce a su mínima expresión! Pasa un diente de león, sustentado en la brisa: vayámonos con él.

Pero, más tarde o más temprano, hay que regresar a la tierra. El instante de embeleso ha languidecido, un relámpago ha rasgado el impecable tapiz del horizonte. Me echo en un prado a leer e irrumpen miles de hormigas. Disfruto de una caminata y me sobresaltan los respingos de mi pulso. Me relajo en el silencio y pasa una pandilla de críos, alborotando. Siempre hay algo que le lleva la contraria a nuestro placer. ¿Por eso será placer?
El lugar donde nos encontramos no es nunca el ideal: la Arcadia tiene por costumbre estar siempre en otro sitio. En el enclave paradisíaco alguien tiró una bolsa de basura. Mientras intentamos echar la siesta en un prado nos comen las moscas. Enfermamos justo el ansiado fin de semana. En nuestro lugar de vacaciones nos viene a mientes la factura por pagar.

La vida es así. A la felicidad siempre le crece un cardo. Podemos gruñir y lloriquear, o bien encogernos de hombros y disfrutar lo que tenemos que no tenemos siempre, que muchos no tienen. ¿Quién es más feliz? Se ha dicho que quien no pide. También podríamos pensar: quien pide pero no espera; quien lucha pero no teme la derrota; quien trabaja pero no lo hace pendiente de la recompensa. 
No digo que nos conformemos, indiferentes. Ya lo glosaba el poeta Kavafis: solo partimos cuando soñamos con llegar a Ítaca. Solo pregunto si no podemos disfrutar del camino, aun sin saber si llegaremos: ¿no sería mejor convertir la alegría en una determinación, en lugar de ponerle condiciones? Porque lo cierto es que siempre nos faltará algo, siempre aparecerán nubes en el cielo de la Arcadia: la lluvia que me ha interrumpido el paseo hará crecer la hierba.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 7/4/2017 

El pozo del sufrimiento

La felicidad como promedio

Parece que alegrías y penas tendieran a oscilar en torno a ese valor en el que la vida se nos antoja anodina y resulta que, en definitiva, solo es simple.


El grado de satisfacción con la vida, o, si se quiere, eso que llamamos “felicidad”, es algo variable que se estira y se encoge según el color del cristal con que se mira. Spinoza ya nos lo explicó: depende de la relación de fuerzas frente a las cosas con las que nos topamos; a una picadura de mosquito le podemos, una picadura de araña tal vez nos pueda.
Nos complace lo que podemos vencer, y nos fastidia (o nos mata) lo que nos vence. En vano soñamos con ir ascendiendo puestos en la escala del contento, si pretendemos que las marcas alcanzadas se mantengan ya estables como territorio conquistado: habrá golpes de viento que nos despeñarán. También hay oleadas repentinas que nos elevan, a menudo misteriosamente, pero esas siempre son menos. Ley de entropía: para caer basta con esperar lo suficiente; en cambio, para subir hay que poner esfuerzo.
Pero con esto del ánimo sucede otra cosa que me parece aún más interesante y asombrosa, y que si llegáramos a asumir con convencimiento nos llevaría muy cerca de una alegría estable o, al menos, de la ansiada paz. Si compensamos subidas y bajadas, parece que cada uno de nosotros, según su fuerza y su talante, tiene tendencia a un nivel de alegría promedio. Los desvíos son circunstanciales: más temprano que tarde, lo probable es ir escorando hacia ese valor.
Una gran sorpresa o el cumplimiento de un deseo nos harán sentir en el paraíso por unos instantes; pero, con el paso de los días, las aguas irán volviendo a su cauce: la dulce pareja se levantará a veces con el pie izquierdo, en el coche nuevo habrá que limpiar el polvo. Es la eterna trampa del deseo, de la que ya nos avisó Buda y sobre la que Schopenhauer escribe: “un deseo cumplido se parece a una limosna recibida por un mendigo: lo mantiene hoy para que mañana vuelva a estar hambriento”. Todos los brillos languidecen.
 Una desgracia, por su parte, puede que nos haya hundido en el lodo, pero a la larga nos acostumbraremos a ella, hasta que un día nos parecerá algo blandamente triste, tristemente natural. Las excepciones de cualquier signo, por definición, no duran, y al final de ellas siempre nos espera lo habitual. Es la “regresión a la media” (curioso concepto estadístico) de la cotidianidad, el poder de lo anodino, la prevalencia de lo mismo.
Es como si estuviéramos programados o condicionados, para el caso es lo mismo para un volumen determinado de gozo y sufrimiento, y nos las arregláramos para volver a esa cota como a una vieja patria. Comprobamos, así, cómo las contrariedades se ciñen a esa poderosa economía: cuando nos libramos de un grave problema en seguida encontramos otro del que preocuparnos, y si no, lo inventamos. Nos agobia una especie de horror vacui ante la falta de inquietudes. Seguramente se refiere a eso la estremecedora sentencia del Ramayana que cita Robert Johnson; a continuación del final feliz logrado por Rama y Sita tras grandes penurias, apostilla: “Pero pronto se secó el pozo del sufrimiento y tenían que tener lugar nuevos descontentos”.
Es impresionante la disciplina con que los apuros se reemplazan unos a otros, como soldados en el frente. En épocas difíciles luchamos febrilmente por sobrevivir, soñando con un tiempo más benigno. Pero cuando al fin llega ese tiempo, tras un breve alivio y un contento que se desluce aprisa, en seguida aparecen nuevos problemas en sustitución del primero. Muchas veces son problemas nimios, pero igual nos abruman y cumplen su función: asegurar que no se seca el pozo del sufrimiento, y que placer y dolor tienen siempre de dónde beber.

Partidarios de la alegría

Tres filósofos del goce: Epicuro, Spinoza y Nietzsche

Añoramos una vida plácida y ociosa, pero pocos podrían soportarla sin pasión. ¿No tendrá la alegría un pie en cada una?


La mayoría de la gente, aunque no se lo confiese ni apenas a sí misma, no quiere una vida fácil o plácida, sino una vida apasionada. La pasión es lo que nos hace sentirnos vivos, y de ahí que tenga mucha razón el refrán popular que afirma que, cuando no tenemos problemas, nos los buscamos: solo los desafíos y las pruebas nos sacan del marasmo, hinchan nuestras velas y hacen que sintamos en la cara los ventarrones de la existencia. Tienen además la virtud de hacer que pensemos menos en nosotros mismos, que tengamos menos tiempo para compadecernos o darles vueltas a nuestras miserias, y menos fuerzas para aferrarnos a nuestras manías: son, pues, aliados del sueño amable y el buen humor, esto es, de la alegría.
Los tres grandes profetas de la alegría son Epicuro, Spinoza y Nietzsche. En ninguno de ellos hay coartada para la tristeza. Los tres son, además, aliados de la fuerza, anfitriones del apuro y adalides de la pasión. Cada uno a su estilo. Los tres confían en la vida y la aman tal como viene, sin apelar para ello a entidades imaginarias ni subterfugios trascendentes. Y la aman tanto que, aunque prefieren el placer al dolor, no le hacen ascos al sufrimiento si es el precio que hay que pagar por la aventura humana. Son partidarios de un hombre libre, lúcido, valiente, que mire a la cara y lo afronte todo sin excusas. Los tres sufrieron (dolor, persecución, soledad, rechazo), y ninguno tuvo la tentación de renegar por ello de la alegría.
Epicuro proclamó la dicha solar de una existencia sencilla, rodeada de amigos y entregada a la sabiduría. Aconsejaba la renuncia a los deseos fatuos, que casi siempre nos quitan más de lo que nos dan y nos abandonan en cuanto se cumplen, a cambio de un refugio seguro en placeres tan ínfimos como inmediatos: un trozo de queso, la carta de un viejo amigo, el goce del sol y de la tierra. Del pasado se queda con los gratos recuerdos de los que amamos, “dulce es el recuerdo del amigo muerto”; y del futuro no le inquietan ni la penuria, que solo afecta al codicioso, ni la muerte, puesto que cuando ella llegue nosotros ya no estaremos: “Debemos hacer la jornada siguiente mejor que la anterior, mientras estamos en camino y, una vez lleguemos al final, estar contentos igual que antes”.
Spinoza es el desconcertante geómetra de una razón que esconde la pasión más candente, el amor más devoto a la dicha y la libertad humanas. Para él, la alegría era la propia potencia, ese afán de vivir y medrar que tienen todos los seres y que él llamó conatus: “Cuando el espíritu se concibe a sí mismo y su potencia para obrar, se alegra”. La base de la ética de Spinoza es, pues, favorecer las ocasiones para la fuerza, que despiertan alegría, y evitar las que nos debilitan en vano, causando tristeza. ¿Cuántos de nosotros sabemos ser tan fieles y tan coherentes con nosotros mismos?
Y entre las agitaciones del Romanticismo y los cataclismos del siglo XX se alza la figura de Nietzsche, reclamando una nueva dignidad para el individuo, proclamando su emancipación de todas las evasivas que, con la excusa de darle consuelo, buscan someterlo e inmovilizarlo. El hombre liberado se alzará sobre la dignidad de su existencia bullente y perecedera y entonará el canto de su entusiasmo vital, mirándose al espejo sin vergüenza y con amor incondicional, y esperando la complicidad de sus hermanos. “Como una bendición llevo yo a los abismos mi clara afirmación”, sentencia, con un pathos tan desafiante que uno tiembla temiendo que sea una carga excesiva para la debilidad humana, como lo fue al final para la suya.
Una vida casi siempre difícil, a menudo ingrata, pero llena de pasión y de sentido: gozarla así tiene su propia sabiduría. 

Descarga libro Sobre la felicidad de Lucio Anneo Séneca

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Lucio Anneo Séneca (Latín: Lucius Annæus Seneca), llamado Séneca el Joven (4 a. C. – 65) fue un filósofo, político, orador y escritor romano conocido por sus obras de carácter moralista. Hijo del orador Marco Anneo Séneca, fue Cuestor, Pretor, Senador del Imperio Romano durante los gobiernos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, además de Ministro, tutor y consejero del emperador Nerón. Séneca destacó tanto como pensador e intelectual, así como político. 


Consumado orador, fue una figura predominante de la política romana durante la era imperial, como uno de los senadores más admirados, influyentes y respetados, siendo foco de múltiples enemistades y benefactores, a causa de este extraordinario prestigio. De tendencias moralistas, Séneca ha pasado a la historia como el máximo representante del estoicismo romano, en una etapa tan turbulenta, amoral y anti ética como lo fue la plena decadencia imperial, de la etapa que vivió, estoicismo y moralismo que al final, lo llevaron a acabar con su propia vida.

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Libertad y felicidad.

Escrito compartido por Federico Espinoza, el cual realiza escritos para el grupo Pensar y crear en Facebook. texto algo agresivo en su forma, expresa valores existencialistas, ¿Que significa existir?, se necesita algo más que un cuerpo para poder hacerlo, aquí se habla de valores, para formular otra pregunta encubierta; ¿Como trabajan las creencias en mi vida? o, ¿me gobiernan pasiones en lugar de valores?.

Te levantaste, empezó el día. Y de acá en adelante, podes hacer lo que quieras con tu cuerpo. ¿Haces algo que ayude a alguien? ¿Lees un libro? ¿Te tiras desde un edificio de diez pisos para ver si sobrevivís? Todo es posible. Hay gente que hoy en día se olvida que sus posibilidades son infinitas: las rutinas más alienantes los alejaron de su libertad. Ellos mismos la entregaron, la olvidaron, por que saber que uno es libre es demasiado pesado. Toda la sociedad moderna esta avocada a eliminar este peso, odia este peso. Hay paredes invisibles por todas partes que limitan nuestras posibilidades, que nos quieren hacer elegir siempre una. Las sociedades se quieren dirigir en la dirección de ser predecibles, fáciles de controlar.


Los que mandan prefieren siempre ganado determinado, y aunque esto sea abominable, hay que cederles algo: Mandar es mucho más pesado que obedecer. Ellos siempre cargan con ese peso, y hacen lo que quieren, por que son más fuertes que el que queda atrapado por el pánico de ser libre. Obedecer siempre va a ser mas fácil: Lo único que hace el esclavo es elegir que otros elijan por el. Si los esclavos fueran mas fuertes que sus amos se rebelarían, escaparían de eso. Aunque les costara su vida.


El problema de la fuerza del que manda es que no suele estar al servicio del genuino bienestar general. Los valores de la sociedad moderna son “Útil” o “Inútil”, y el fin inmediato es incrementar la producción. La gente es solo un instrumento para ese fin .Las consecuencias a nivel humano son terribles: hay mucha gente que apenas nace olvida que es libre. Que empieza el día obedeciendo, desde muy temprana edad. Esta fuerza del que manda es dirigida por la ignorancia, la desconsideración, es fuerza deshumanizante, por que mata la libertad. Es usada para imponer su voluntad sobre el que nace olvidando su libertad. Y el que la olvido ya no reflexiona sobre sus elecciones, esta atrapado. Las circunstancias le enseñaron a ser débil, y no hace nada para cambiarlo. Hay que reforzar la idea de que podemos elegir así mas gente va a aprender a ser valiente, a usar su fuerza en conseguir algo para ellos mismos. Para aprender a ser libres hay que derrotar las ficciones, esas “paredes invisibles”, esos “Tu debes” que nos ordenan y a los que nosotros respondemos sin cuestionar. Y también hay que aprender a llevar esa libertad y su peso, de lo contrario nos engañaríamos con tal de perderla devuelta.



Hay algunos que tienen cierta conciencia de su libertad, pero que les sigue pesando mucho. Entonces se justifican “Yo soy así por que me criaron de ese modo” “No puedo cambiar, este soy yo” “Hice esto por que me obligaron”. Nada de eso es honesto, todo intenta esconder el dolor que genera haber podido elegir otra cosa. El arrepentimiento, esas ganas de volver el tiempo atrás y cambiar algo, es el reconocer las posibilidades infinitas que tiene cada uno, y desear haber elegido diferente. Estas personas odian sus elecciones, odian su pasado. Es más: se enfrentan a su pasado como a algo hostil, algo que quisieran no haber vivido, por que provoca sufrimiento.

Yo considero que esta visión que se tiene del sufrimiento es muy pesimista. Y es lo que la gente siente comúnmente: tiene resentimiento hacia el pasado, y hace de todo para olvidarlo. El sufrimiento se alimenta así mismo y crece con sucesivas experiencias, con fracasos. La mente asimila, relaciona, quiere olvidar concientemente pero afuera de la conciencia recuerda todo. Y así la gente deviene en neurótica, por que se arrepiente de haber sido quien fue en algún momento de su vida. Saber que se pudo haber elegido otra cosa, que nos pudimos haber creado de otra forma (por que nos creamos con las acciones, en cada momento) es uno de los motivos por los cuales la gente enloquece.

¿Puede ser que aprendamos a entender a los errores del pasado como sucesos que nos preparan, que nos forman? ¿Que el sufrimiento enseña, que nos equivocamos por que vamos creciendo? ¿Que nuestra mente quiere que nos sintamos miserables así no tropezamos con la misma piedra una y otra vez?

Yo pienso que para ser feliz es necesario sufrir ocasionalmente con las decisiones que tomamos nosotros mismos. La felicidad no es paz: la paz excesiva es aburrida, vacía. Y llega a entristecer, se pierde el sentido de vivir. Se puede disfrutar estando tirado en una playa por unos días, pero nunca se podría vivir así y ser feliz para siempre, por que la felicidad es movimiento. La felicidad es hacer cosas, tener proyectos. Elegir todo el tiempo. Equivocarse, sufrir por que no fuimos lo suficientemente buenos en algo, y ponernos la meta de superarnos. El sufrimiento nos va marcando metas, tiene el potencial de hacernos mas fuertes, si nos permitimos aprender de el y usarlo. La felicidad es intentar alcanzar cosas que nos proponemos, expandirnos, crecer, crear. Sentir que se exploraron nuestras posibilidades. Que no nos conformamos y que dimos todo. Pero para poder vivir así, hay que poder llevar el peso de nuestras elecciones, de nuestra libertad.

Sobre el peso de ser libre: imaginen esto. Hay un revolver cargado y se apuntan en la cabeza, jugando con el gatillo, tocándolo suavemente. El vértigo que se sentiría en este momento seria agobiante. Lo que pesa en esta acción es el saber que no hay nada que te impida disparar. Podes volarte los sesos y morir si queres hacer eso. Y por más que nunca lo hagas, lo que da miedo es saber que podes. Que sos libre, que con tan solo presionar un poco más fuerte el gatillo te quitas tu propia existencia, que es lo único que realmente tenés en este mundo. Este peso esta en cada una de nuestras acciones, pero se hace más evidente y fuerte cuando las decisiones que tomamos cambian nuestra vida de modo decisivo.

Y además: ¿que pasa si decidimos encarar un proyecto con toda nuestra energía vital (mejorarnos en un deporte, aprender algo que nos importe mucho, empezar a escribir, iniciar y mantener una relación con la persona que amamos) y de repente lo aleatorio, lo impredecible destruye completamente ese proyecto nuestro, proyecto que en parte justifica que vivamos? El dolor seria terrible. La sensación de injusticia, de que fuimos ultrajados por el mundo, de que la vida no tiene sentido, todo eso se apoderaría de nosotros. Algunos llegan a desear nunca haber elegido nada, quedarse en un quietismo total para no sufrir el absurdo de la existencia. Cada uno tiene sus proyectos, sus ideas, pero el mundo y los demás no se configuran para que funcionen al menos que nosotros adaptemos la realidad. Y aun así, no importa cuanto hagamos, siempre puede ocurrir algo absurdo que arruine todo lo que queremos. Esto es ridículo, inaceptable.

Estos son dos de los límites más grandes (pero no el mas grande, a mi criterio la muerte inminente es lo mas pesado que existe, y lo que con mayor esfuerzo tratamos de olvidar, ya vamos a hablar de eso) que tiene la existencia humana, existencia que tiene por esencia a la libertad, y que sin embargo llega a odiarla por su peso, y por que lo que hagamos con ella puede ser arruinado por lo aleatorio. Las numerosas ficciones de las maquinas del tiempo lo muestran con claridad: no se llega a conocer deseo mas fuerte que el de volver algunos días antes en nuestra propia vida para o bien elegir diferente, o bien escapar de lo aleatorio (que deja de serlo, por que venimos del futuro). Pero como no podemos hacer eso en la vida real (y nunca vamos a poder, la maquina del tiempo nunca va a existir, el tiempo no funciona así) nos deshacemos en un mar de lagrimas y rápidamente buscamos algo con lo que aturdirnos, o alguna manera positiva de ver las cosas, aunque tengamos que mentirnos a nosotros mismos descaradamente, reprimirnos, usar mitologías o enterrarnos en rituales y convencionalismos que nos alejan de enfrentar nuestro dolor frente a frente.

¿Que uso tiene explicar y entender todo esto, si lo único que hace es dejarnos desnudos frente al sufrimiento básico que representa simplemente existir? Tiene uso: mientras menos nos mintamos a nosotros mismos mas van a ser nuestras posibilidades, nos vamos a poder explorar realmente y vamos a poder ser felices. No hay soluciones mágicas: vivir duele en si mismo, pero para ser feliz hay que encarar las cosas de frente. Hay que hacerse fuerte, depender menos de los demás, pero saber construir cosas en equipo. Mientras mas entendemos la existencia humana, mas valoramos nuestra propia vida y mejor la usamos. El que no se aturde para dejar de pensar y se enfrenta con su sufrimiento, pensándolo, asimilándolo, entendiéndolo, esta creciendo. Y ese crecimiento se expresa en cada una de las decisiones que la persona toma a futuro. Decisiones que van a ser elecciones propias, y no de otros. Por que la libertad solo se sostiene si no se es cobarde, si se tiene fuerza.

Alguien que tiene la fuerza para asumir su libertad tiene proyectos. La libertad es eso: poder pensarse a uno mismo siempre, planear cosas. El que es libre siempre se expande a futuro, pase lo que pase. Y adora esa libertad, por que es lo que lo llena, su herramienta creadora. Aprende de sus errores, y eventualmente se ríe de ellos, no los reprime. Y quiere demasiado a la vida como para detenerse ante lo aleatorio. El absurdo deprime a cualquiera, pero al que es libre nunca lo detiene. Por que siempre quiere dar más. Esta fuerza que puede encarar la vida es emocional, surge de la reflexión, y lo que me propongo con estos textos es que cada uno de ustedes la cultive. Si no pensamos en todo esto, vamos a terminar negando nuestra libertad, nos vamos a volver esclavos. Piénsenlo.