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    Universidad y cultura

    En defensa de la universidad.


    Crucé la ciudad universitaria, casi al trote. Desde la Facultad de Ciencia a la Facultad de Humanidades. El corazón acompasaba el ritmo de mi respiración entusiasmada. El sol estaba vencido, pero no importaba. Porque corría entre ráfagas de luces. Vestía con blue jean desgastado, sandalias de cuero, simulando los guaraches mexicanos y camisón blanco al estilo de Ernesto Cardenal, quien era uno de mis ídolos preferidos.

    Llegué a tiempo. Las puertas del auditorio estaban cerradas. Me acomodé en uno de los bancos que estaban dispuesto perpendicularmente tanto del cafetín como de la entrada, donde estaba ubicado el auditorio. Del bolso, fabricado con cabuyas, que solía usar desde mi adolescencia, extraje el libro propicio para la ocasión: El Castillo de Kafka. Novela digna del ambiente. La práctica camaleónica se aprende en la juventud, quería reflejarme en aquel espejo donde habitaba el intelecto. No había leído ni siquiera las primeras líneas, cuando una voz ronca invitaba al acto.

    Me senté en las últimas butacas del auditorio. No era timidez, era una estrategia para ocultar mis sentimientos porque suelen desbordarse en mis ojos, en mi lengua y cualquier desprevenido lo nota de inmediato. No se trataba de una película de Disney. Lloré con Bambi de principio a fin. Siempre lloro o río a carcajadas en el cine. Por eso prefería los últimos puestos. Pero quién sabe si me pasaba lo mismo, por prudencia lo hice. No tuve formación inglesa. Ellos saben razonar y llorar sin que nadie note nada. Tal vez, de eso trataba la filosofía que nadie note nada, aunque lo diga todo. No lo sabía.

    Alexis, uno de los mayores, quien al parecer estaba ligado con un tal Nietzsche, solía afirmar que el asunto era pensar problemas. Si era eso, estaba bien. Yo los tenía y de sobra. Quería ser poeta como Rimbaud, físico como Einstein, religioso como San Francisco, quería experimentar todas las formas de la lujuria como las narraba Sade y filosofar como… ¡No! No tenía claro como quién filosofar… ¿Cuál sería el camino de mi vida? Ése era mi asunto filosófico. Y por eso estaba allí, justo allí, donde se encendería el fuego, temblando de emoción y agazapado en la última butaca, con la misma sensación que tuve a mis diez años, llorando con Bambi.

    En casa, los domingos era un mar de periódicos. Los mayores solían leer a Cabrujas y a Juan Nuño; a veces pienso que debí estudiar teatro, porque los imitaba. Me sentaba en las poltronas de la sala, lanzando las comiquitas a un lado y con estoicismo leía al dramaturgo y al filósofo. No entendía nada o muy poco, pero me sentía que era del club de los mayores, mi juego era emularlos, era mi estrategia para pertenecerles. Y claro, sentando en la última fila del auditorio, ocultaba una emoción adicional, Juan Nuño era uno de los ponentes. Me lo imaginaba más alto, más delgado, con una cara más intelectual… ¿Cómo será esa cara? Pues no lo sé, pero al parecer existe un prototipo… yo quería tenerla, quizás por eso la montura de mis lentes eran al estilo de Lennon.

    Subió a la tarima, donde estaba un largo mesón de madera recién pulido, un señor delgado, de pelo desajustado y plateado; llevaba, como sin querer, una chaqueta marrón de pana con bolsillos anchos, una corbata beige a desgano, con el nudo a medio pecho y un maletín de cuero que combinaba perfectamente con los zapatos a medio lustrar. Se sentó, estiró el brazo derecho a lo largo del ancho del mesón y sin ningún pudor, reclinó su cabeza usando su brazo como almohada. Y, al otro extremo, estaba el ídolo de mis domingos familiares, sin la cara de intelectual que imaginaba. Más bien, parecía un detective. Sus ojos escudriñaban a su oponente con la sagacidad de quien sabe quién es el culpable y está presto a revelarlo.

    El auditorio estaba a reventar. Se trataba de un espectáculo diseñado para celebrar los años de la Facultad o del Instituto fundado por García Bacca o, tal vez, la adaptación contemporánea, venezolana, de alguna escena de los diálogos platónicos como alimento para los párvulos que se iniciaban en el antiguo arte. ¿La verdad? No recuerdo cuál era el motivo del evento. Lo cierto es que aquél día recibí mi primera lección, de qué trata pensar. Fue el pórtico a la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela.

    Se trataba de un diálogo entre Luis Castro Leiva y Juan Nuño. No comprendí nada de lo que hablaban, pero fue un momento erótico; como a quien se le expresa el deseo y te dice que no, levanta una barrera; pero, pícara y seductoramente, desliza una posibilidad que se desplaza en el tiempo; configurando una lucha agónica para satisfacer lo imposible que solo termina con la muerte, la travesía de los amantes.

    Aquella tarde, en la última butaca del auditorio, quería reír o molestarme, como el viejo que estaba a unos metros de mi butaca; quien se parecía a un extra de una película de Ingmar Bergman; años después, fue mi profesor. Me ofreció una lectura de texto, todo un semestre, leyendo una página de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, Ezra Heyman.

    La escena de mi juventud fue una fiesta de la cultura. Fue una celebración de la vida orgánica de un país. Fue una puesta en escena de la práctica universitaria por excelencia, del argumento riguroso y de la diferencia como manifestación sustancial del ejercicio del pensar.

    La Universidad Central de Venezuela, las universidades, son un síntoma de la cultura. La reducción de la discusión pública a las prácticas procedimentales establecida por el orden despótico y el debate sobre la posibilidad o no de participar en dicho bodrio, manifiestan el grado de descomposición de nuestro orden socio cultural y la fragilidad del pensamiento político de nuestra comunidad.

    La universidad es la última trinchera institucional de la cultura. Ceder un milímetro, es acelerar el sistema de opresión. Defenderla, sin ambigüedad, es la punta de lanza, el detonante fundamental, para la transformación de Venezuela. Como dice el Apocalipsis: Dios vomita a los tibios.

    Enviado por Jonatan Alzuru Aponte.