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El terrorismo y san Agustín

¿Existe una substancia maligna detrás de los actos terroristas?

Probablemente no hay evento más malévolo para el mundo occidental que un acto terrorista. Inocentes aniquilados a manos de individuos que toman por enemigo a todo aquél que no comulga con sus ideas o que representa al infiel. Personas que por azares del destino se encontraban cerca de uno que decidió inmolarse en favor de su dios. Gente cuyo futuro es borrado o destruido con el simple movimiento de un dedo que aprieta un gatillo. Familias desgarradas y naciones atormentadas por grupos extremistas para quienes la muerte de los “otros” es la vida del “nosotros”.

Cada vez que aparece la noticia de un acto de este tipo resulta difícil no pensar en una maldad detrás de esa maldad, es decir, en si existe una sustancia maligna que incite los actos más abominables de los hombres. Rómeo Dallaire, comandante de las Naciones Unidas encargado de participar en la pacificación de Rwanda en 1993, testigo de las atrocidades cometidas en aquella guerra, deja sentir en su libro “Estrechando la mano con el diablo” la presencia de una fuerza maligna que incluso podía olerse. Desde su perspectiva, la maldad parecía desarrollarse a partir de “algo” que estaba ahí, “algo” imposible de describir debido a lo cual la mente de los seres humanos ahí expuestos se arrojaba en pos de la venganza más inmisericorde y brutal. Para quien vio con sus propios ojos el infierno, tal nivel de maldad supera las capacidades humanas; por lo que debiera existir un mal ontológico, es decir, una substancia maligna causante de la maldad humana.

San Agustín abordó este tema con detenimiento porque sentía la necesidad de resolver una contradicción que daba elementos a los herejes para atacar a la Iglesia: Si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué permite el mal? La respuesta de sus oponentes versaba de la siguiente manera: Si Dios es omnipotente puede eliminar el mal; si no lo hace es, uno, porque no es bueno o, dos, porque no puede; y si no puede no es entonces omnipotente. La respuesta del obispo de Hipona debía salvar ambos aspectos de Dios porque de otra manera el Dios cristiano corría el riesgo de desquebrajarse. Para ello san Agustín definió tres clases de mal: el mal ontológico, el mal moral y el mal físico (del cual no hablaré en este ensayo porque no es necesario para mi argumento).

El mal ontológico es la maldad substancial, el tipo de maldad que permitiría pensar en un ser maligno. San Agustín lo analiza a partir de dos premisas fundamentales, la primera, Dios es el Ser por excelencia, el Ser según el cual los demás seres son, y la segunda, Dios es el Bien y todo cuanto proviene de él es bueno. El resultado de ambas premisas quedaría así: Todo lo que es y tiene substancia es bueno porque proviene de Dios. En este sentido, el mal ontológico, señala el santo, no es algo, porque si el mal fuese algo, una substancia, sería un bien. De manera que el mal ontológico es sólo una ausencia de bien, una carencia, una privación de ser. Bajo esta tesis, detrás de un acto terrorista no habría ningún ser maligno, sino una absoluta carencia de bondad.

Lo anterior nos arroja al mal moral, que para Agustín no es otra cosa que el pecado. El hombre peca cuando elige erróneamente un bien inferior en vez de un bien superior. Y lo hace, no por ignorancia como argumentaba Sócrates, sino por voluntad. Voluntariamente el pecador se decide por un bien inferior –matar a inocentes con el fin de cumplir una misión por ejemplo– en vez de por el bien superior –no matar–. Es un acto de plena conciencia, porque el pecador conoce el bien superior y lo rechaza.

Cabe pensar que el terrorista, desde su retorcida perspectiva, diría que matar al infiel es un bien superior puesto que es un deber estipulado por su dios; mas apelaríamos aquí a su conciencia, le preguntaríamos al terrorista si, antes de inmolarse, no fue aleccionado para hacerlo, si tal aleccionamiento no estuvo acaso sustentado en el odio, si tal odio no le produjo un mayor malestar interior y si ese malestar, manifestado como angustia o terror, no estuvo presente todo el tiempo durante su acto terrorista. Ningún bien superior puede sustentarse en el odio. Incluso el terrorista sabe esto, pues es capaz de escuchar esa voz interna que le dice qué es y qué no es un bien superior.

San Agustín concluiría que el mal provocado por el hombre obedece a su voluntad de pecar y de ir en contra del Bien que es Dios. No hay a sus espaldas ninguna fuerza malévola incitándolo a hacerlo, la responsabilidad recae por completo en el pecador, quien le da la espalda a Dios.


Nota breve sobre historia de la filosofía occidental

Estudiar la historia de la filosofía parece una tarea ardua por la cantidad de siglos que habría revisar sobre el pensamiento humano; sin embargo, se puede llegar a una sistematización general del pensamiento filosófico occidental. Sería absurdo desligar la historia del pensamiento de los hechos históricos más relevantes que, sin duda, hicieron dar saltos importantes a la humanidad. En adelante, describiré de forma breve, una aproximación ordenada y sistemática de las diferentes etapas de la historia del pensamiento filosófico del mundo occidental. Se debe iniciar exponiendo qué significa hablar de filosofía; los clásicos llamaron filosofar a la reflexión especulativa permanente que el ser humano realiza sobre el ‘todo existente’; para ellos, hacer filosofía era convertirse en un verdadero amante del saber con el fin de comprender el por qué de la ‘realidad’. 

La Edad Antigua, período en el que nace el pensamiento, la humanidad inicia su largo camino hacia la comprensión de las muchas complejidades de la existencia. Sin menospreciar otros, quizás los más grandes filósofos clásicos son Sócrates, Platón y Aristóteles, se les reconocen como los máximos expositores del pensamiento filosófico antiguo; dicho período, se extenderá hasta el siglo IV después de Cristo, aproximadamente.

     Entre los historiadores de la filosofía existen varias posiciones en torno la división o sistematización de la historia pensamiento filosófico. Para Frederick Copleston, por ejemplo, existe un período prepatrístico que arranca con el influjo del cristianismo en la cultura romana. El cristianismo primitivo que, a fuerza de mártires, comenzó a calar en todo el imperio romano, cuya idea religiosa era politeísta y poco aceptada por las autoridades de la época.

Este período prepatrístico, inicia con la nueva cultura cristiana y la divulgación de la filosofía griega, con autores como Justino, Taciano, Orígenes, Gregorio de Nisa etcétera. Estos autores, apropiándose del pensamiento griego, impulsaron, en gran medida, la formulación de los fundamentos teóricos de la llamada teología cristiana. Aunque sus fines eran únicamente apologéticos, contribuyeron a la difusión del pensamiento filosófico en la aquella cultura que se resistía a aceptar el cristianismo. 

Sus influencias fueran tales que alcanzaron la promulgación del llamado Edicto de Milán, por el emperador Constantino I en el año 313, el documento autoriza la libertad de culto de los cristianos. Posteriormente, también la promulgación del Edicto de Tesalónica, en el año 380 por el emperador Teodosio quien concede al cristianismo, finalmente, ser la religión oficial del imperio de romano. Luego de este período prepatrístico, arranca la propiamente la patrística con su máximo representante, San Agustín de Hipona.  En adelante, ya hasta aproximadamente, el siglo VIII, se habla del renacimiento carolingio y su papel en el llamada filosofía escolástica del siglo XI, XII y XIII.

Habría que acotar que la caída del Imperio Romano (siglo IV) sería el evento histórico que dará inicio a la llamada Edad Media momento en que el pensamiento filosófico toma nuevos matices.  La esencia del pensamiento medieval consistiría en el uso de la filosofía greco-romana clásica con el propósito de justificar las verdades reveladas, ‘philosophiae ancilla theologiae’. Filósofos-teólogos como San Agustín de Hipona, con la  obra más importante La Ciudad de Dios, construirá con elementos filosóficos, una visión del mundo que durará más de 900 años, que posteriormente, es derogada en el renacimiento, mientras que Santo Tomás de Aquino busca la conciliación entre la fe y la razón. San Anselmo, por ejemplo, pensó en la necesidad de “creer” para entender, con las fuerzas de la razón, los misterios de la fe ‘credo ut intelligam’; al mismo tiempo, se agudiza el debate entre los doctos cristianos y los intelectuales herejes. El pensamiento medieval es intensamente teológico y, al mismo tiempo, filosófico, es por eso que, más que una filosofía medieval, habría que hablar de un “pensamiento medieval”.  Posteriormente, se inicia el siglo de las universidades, desarrolladas por el apogeo de la filosofía escolástica para luego llegar al siglo XIV y XV; con el advenimiento del Nominalismo. Aparece el renacimiento, se hacen notar los primeros pasos de los movimientos humanistas tales como el romanticismo, el enciclopedismo, entre otros; varios de ellos motivados por la reforma protestante. Estos hechos desembocaron en la llamada Edad Moderna.

El pensamiento filosófico en la Edad Moderna consistó en la instauración del renacimiento que surge junto a otros acontecimientos históricos que cambiaron el rumbo de la sociedad. Florecen nuevas formas de poder político y económico; el contractualismo marcó la dinámica del pensamiento filosófico moderno. Mentes con alto sentido crítico como la de Hobbes, Spinoza, Leibniz, Locke, Kierkegaard, Kant, Marx, entre otros, fueron los más importantes inspiradores del pensamiento filosófico contemporáneo. A finales de la edad moderna y a principio de la Edad Contemporánea, se suscita la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, hechos que hacen definitivo, el cambio que representó para el mundo, una nueva era, la nueva primavera del pensamiento.

San Agustín de Hipona De Ordine.

Si ad philosophiae portum.
De Beata Vita. I, I.1

Preliminares.

Es común escuchar una serie de ‘barbarismos’ acerca del pensamiento medieval, pudiera alguien juzgar estas líneas como un absurdo intelectual, lo que calificaría como opiniones ingenuas, preñadas de ignorancia sobre los grades aportes de los medievales a las diferentes ramas de la filosofía entre ellas, la ética, la moral, la ontología, antropología, cosmología y lógica etcétera. Algunos filósofos de la ciencia, han afirmado que los pensadores medievales han retrasado a las grandes sociedades del conocimiento, impidiendo el ‘avance’ o ‘evolución científica’. Aseverar afirmaciones como estas, sería no reconocer el papel de los pensadores medievales en el resurgimiento de grandes sistemas filosóficos de pensadores antiguos como Sócrates, Platón y Aristóteles y otros filósofos presocráticos que ya estaban siendo olvidados en los primeros siglos D.C. Los pensadores medievales tradujeron y divulgaron el pensamiento filosófico en oriente y occidente, se transformaron en grandes protectores de manuscritos inéditos que permanentemente corrían el riesgo de ser incendiados por vándalos y bárbaros. ¿No merece este esfuerzo ningún reconocimiento? Con razón Ángel Muñoz afirma que:

“Se califica frecuentemente a la filosofía medieval, todavía en nuestros días, como oscurantista y retrógrada; calificación que, en casos, es producto de la ingenuidad de pretender juzgarla con criterios de nuestro tiempo, y en otros muchos a la desidia intelectual de quienes, como la zorra de la fábula, optan por justificarse con la supuesta agrazón de las uvas”[1].

            Juzgar con criterios de nuestros tempos la labor intelectual de los pensadores medievales, sería un acto sesgado y una ligereza intelectual. En esta oportunidad, se analizará el De Ordine de San Agustín de Hipona, una de sus  obras, poco estudiada. No es de extrañar que se mire el pensamiento agustiniano como un pilar fundamental en la creación de la teología cristina occidental, -de hecho lo es- sin embargo, no quiere decir que el autor no haya escrito textos -considerado por él mismo- de carácter filosófico. Se intenta explicar en este artículo, las ideas filosóficas que se pueden extraer de la obra De Ordine de San Agustín, en relación a temas centrales de la filosofía como son la cosmología, los problemas ético-morales y otros afines con la educación y la práctica pedagógica. San Agustín escribió numerosos libros de los cuales se consideran filosóficos: el Contra Académicos, De Beata vita y De Ordine, los cuatros, escritos aproximadamente en el (386), Los Soliloquios (387), es importante destacar que los referidos textos, son  conocidos como los diálogos de Casiciacum, una villa italiana elegida por San Agustín para su descanso y meditación.
           
            El De Ordine es un texto escrito originalmente en latín y se utilizará como fuente o base del análisis, la traducción realizada por Victorino Capánaga, quién es considerado actualmente como el agustinólogo más importante del siglo XX. Se contrastan las diversas categorías e implicaciones del orden con el cosmos y en las diversas esferas de la praxis humana. Este texto agustiniano constituye una parte esencial dentro de su amplia obra filosófica teológica, contiene dos libros; el Liber Primus con 11 capítulos y 33 artículos; Liber Secundus que está conformado por 20 capítulos y 54 artículos. Dedica la obra a Cenobio - del latín ‘Cenobium’- que quiere decir vida comunitaria. Este término es utilizado comúnmente para referirse a los miembros de los monasterios fundados por San Agustín donde la estudiosidad tenía un carácter importante en la vida de los cenobianos. 
“Querido cenobio conozco tu ingenio y tu ánimo, enamorado de la hermosura ideal y limpio de toda contaminación y pasión baja, señal de la sabiduría a la que estás llamado…” De Ord. I-I c.2 n.4.
            San Agustín realiza un tratado sistemático sobre las implicaciones del orden en las distintas esferas de la vida y muestra una variedad de acepciones que se van construyendo en torno a la palabra ‘ordo’. El De Ordine está escrito en forma de diálogo, -género literario utilizado en los textos filosóficos antiguos y medievales que consisten en discursos y conversaciones simuladas sobre una temática o disputa filosófica- en el que participan los personajes Licenio, Trigecio, Mónica su madre, aunque muy brevemente,  luego en la parte final Alipio; a continuación se disponen a responder cuestiones concernientes a “cómo se relacionan entre sí en el universo todas las cosas y con qué ordenada sucesión van dirigidas a sus desenlaces”, De Ord. I-I c.5 n. 14.
            La actitud de admiración y observación del orden en el mundo y el espectáculo del universo, son el punto de partida para que San Agustín iniciara su itinerarĭus con el propósito de “alcanzar el conocimiento y declarar a los hombres el orden de las cosas, ya el propio de cada una, ya sobre todo el conjunto con que está moderado y regido este mundo” De Ord. I-I c.1 n.1.
            La ocasión de la disputa que da origen diálogo sobre la temática del orden, se inicia con absoluta naturalidad en medio de una noche lluviosa, cuando San Agustín escucha las variaciones fonéticas provocadas por el murmullo del agua que, al correr por diversos canales se precipita contra las piedras de los viaductos de la ciudad. Se une a la reflexión filosófica Licencio, quien había sido despertado debido a unos ratones ruidosos que merodeaban cerca de él. San Agustín sintió que Licencio agitaba las maderas de la cama para espantar a los ratones, entonces, le persuade a especular sobre los fenómenos de la lluvia, el viento y el sonido de los árboles que resonaban con cierta armonía y perfección. Seguidamente, se une Trigecio a la conversación quien estaba recostado en el mismo aposento.
            A largo de la obra, se suscita la búsqueda de alguna conexión metafísica del mundo con una inteligencia de la cual piensa, procede la ‘providencia divina’. El tema del mal también es abordado en este trabajo de San Agustín, aunque de forma general, en el De Ordine se responde si los males y los bienes están comprendidos en el orden de la divina providencia, en el texto afloran sus primeras ideas sobre mal que luego desarrollará con mayor amplitud en su De Libero Arbitrio. Finalmente, se desencadenan una serie problemas o dificultades que tiene la humanidad para descubrir los enigmas relacionados con el origen de universo. 
            Para el maestro de Hipona sólo una persona sabia, ordenada espiritual y moralmente, puede vislumbrar el orden universal y entender de manera uniforme los diversos contrastes de la hermosura y el orden del cosmos. También, da a la filosofía, un lugar importante para la educación de la razón. Las artes liberales tienen un papel fundamental en la elevación del saber y del espíritu, de lo contrario “la razón, moviéndose por piedad, se ve forzada a reconocer que las cosas humanas no están regidas por la providencia divina” De Ord. I-I c.1 n.1. El De Ordine, en conexión con el De Magistro y La Dialéctica, ofrece una serie de recomendaciones pedagógicas, útiles para la formación de los niños /as y jóvenes. La dialéctica es el método para enseñar y aprender “en ella se nos declara lo qué es la razón, su valor, sus aspiraciones y potencia” De Ord. II, 13 n.38. El método dialéctico brinda las herramientas necesarias para tener la certeza de lo que entendemos acerca de nuestra existencia.
            Otras de las consideraciones que merece la pena advertir al lector sobre el De Ordine es que, San Agustín aborda las temáticas del orden y del mal con fines netamente pedagógicos, cuyos objetivos radican en ejercitar la dialéctica y la formación integral de los estudiantes del ‘Cenobio’. Es importante destacar que existen otros textos donde investiga las referidas temáticas, por ejemplo, en tema sobre el origen del mal lo estudia en el De Libero Arbitrio, mientras que su visión cosmológica acerca del orden y sus implicaciones en la creación, le dedica el libro II de su De Civitas Dei. 

I

Las categorías del orden y sus contrastes.

1.- El orden cosmológico y la providencia divina.

            San Agustín se desvelaba por las noches meditando sobre algunas ideas que según él, no sabía de dónde le venían. En esta ocasión, su asombro ante los fenómenos naturales y por amor la investigación de la verdad, se dispuso a discurrir sobre el orden, la utilidad y la hermosura que reinan en el universo. El orden que existe en el cosmos, sólo puede ser dilucidado por la sensibilidad y contemplación de los fenómenos de la naturaleza. Las preguntas que se intentan responder serán: ¿Todo ocurre fortuitamente o con un orden causado? ¿Es el orden una obra razonable de la industria humana? ¿Existe un ser inteligente que por su infinita providencia ordena la naturaleza en perfecta armonía con su voluntad? Para Agustín es importante saber “cómo se relacionan entre sí el universo con todas las cosas y con qué ordenada sucesión van dirigidas a sus desenlaces” De Ord. I-I c.5 n.14. El orden es la concordia de todas cosas, realidad que sólo puede ser causada por la ‘providencia divina’, una energía cósmica que por su omnipotencia dirige y gobierna todas las cosas. El ser humano participa de algún modo de ese orden. En este punto, el texto presenta un ligero cambio en el discurso y pasa a ser más que cosmológico, pedagógico. Aproximadamente en el año 426 San Agustín escribe Retractationum dónde explica los motivos por los cuáles evade ligeramente y en cierto sentido la temática cosmológica, donde afirma:
“Pero como viese que esta cuestión era difícil de entender, y más penosamente aún conseguir que la comprendiesen, disputando, aquellos con quienes la trataba, preferí hablar del orden en el saber cómo se puede progresar desde las cosas corporales hacia las incorporales”. Retracciones c.3 n.1.

            Por lo que en adelante, el diálogo estará abocado a la reflexión en torno a cuestiones relacionadas a cómo elevar la personalidad a través de la educación y su importancia para alcanzar la sabiduría. Tal como lo afirma Victorino Capánaga: “sólo una mente purificada podrá captar que el mundo es un cosmos, un todo ordenado, con arreglo a un plan divino, con leyes eternas”[2]La doctrina agustiniana es una filosofía de vida, una filosofía de la conversión y de la acción que está orientada al desarrollo y alcance de la sabiduría, de la felicidad del individuo. Nótese que su doctrina no dista de las verdades de la antigua sabiduría griega.

2.- Orden, filosofía y educación.

            San Agustín desarrolla su vida intelectual en un mundo de corrientes de pensamiento muy diverso, un sistema religioso politeísta decadente y el cristianismo en pleno apogeo, impulsarán al pensador a emprender la ardua tarea de justificar y defender la fe cristiana contra las  herejías imperantes, motivo por el que incorpora a sus teorías, los sistemas del pensamiento de grandes filósofos como Platón entre otros. La filosofía deja de ser una herramienta exclusiva de los páganos y comienza a formar parte del amplio sistema del pensamiento cristiano medieval.

            La auténtica y verdadera filosofía no persigue otro fin sino el de “enseñar el principio de todas las cosas, la filosofía promete a la razón penetrar con inteligencia los misterios del universo” De Ord. I-I c.5 n.16. La filosofía va a tomar un lugar importante en la mente de muchos intelectuales cristianos de la Edad Media sin perder su verdadera esencia, la búsqueda del saber, la verdad, “el amor puro con que las almas, adornadas por las artes liberales y embellecidas por la virtud, se desposan con el entendimiento por la filosofía” De Ord. I-I c.8 n.24. Para los griegos filosofía es amar el saber, ser amigo del saber, por lo que no estaba fuera de los esquemas o márgenes de los dogmas cristianos que se venían configurando en torno a algunos temas teológicos. Toma vida aquella premisa medieval philosohia anchilla theologiae; San Agustín padre de la teología occidental, fundará sus bases sobre la filosofía clásica y con ella se crearán las argumentaciones dirigidas a la defensa de la fe, la apologética. Desde el interior del cristianismo también se gestaban doctrinas heréticas que iban contra la correcta interpretación de las sagradas escrituras, los dogmas y la tradición. Se sirvió de herramientas y métodos filosóficos para pugnar las herejías, entre ellas, a los donatistas, el maniqueísmo, el pelagianismo, el arrianismo, etc. 
            El conocimiento está permanentemente  oscurecido por el error, por lo que en el texto, le otorga un lugar especial al estudio de la filosofía a través de las artes liberales. La educación será la principal tarea de un individuo, para así evitar el error o lo que él llama la estulticia. Las artes liberales van a constituir en la Edad Media, lo que los escolásticos llamarón el trivium que estaba conformado por la gramática, la retórica y la dialéctica,  y el quadrivium que comprendía la aritmética, geometría, música y astronomía. “La erudición moderada y racional de las artes liberales nos hace más ágiles y constantes, más limpios y bellos  para el abrazo de la verdad” De Ord. I-I c.8 n.24.

II

Sobre la estulticia y la incapacidad de reconocerse así mismo.

            San Agustín es un enamorado del saber y no duda en analizar cuáles son las principales causas del la ignorancia, el error y el origen del mal; dice: “lo mismo ocurre a los hombres poco instruidos, que, incapaces de abarcar y considerar con su agosta mentalidad el ajuste y la armonía del universo, al topar con algo que les ofende, luego piensan que se trata de un desorden o deformidad inherente a las cosas”. De ordine I-I c.1 n.3. Una cosa es sentir que algo se está haciendo bien, y otra es entender los motivos por los cuales la razón imperando sobre la voluntad mueve las acciones humanas al bien. La buena voluntad será fundamental para alcanzar la sabiduría. Cuando no hay un reconocimiento de las propias carencias y debilidades, entonces, devienen las dificultades para reconocer lo otro, y al otro. El que no se reconoce así mismo, está considerado como un alma desparramada en lo externo que sólo tiene apego a la multitud de todas cosas que abarcan nuestros sentidos.

             “Interiore Homine habitad veritas” De Vera Religione I c.20. n.39. En el interior del hombre habita la verdad.  Es importante para Agustín el ‘yo’ interior, una tarea ardua, los sabios griegos a través de sus aforismos predicaban, difícil es conocerse así mismo. En el De Ordine, también se resalta el valor de esta premisa, en el interior se vislumbra la verdad que es la meta sublime del conocimiento, es decir, todo lo que es contrario a la estulticia.
           
            La estulticia es el estado de ignorancia, la permanencia en el error propio de los hombres con poca educación. Para San Agustín el estado de ignorancia es un estado de miseria y advierte: “y el error no sólo tiene causa que lo producen, sino efectos que le siguen” De Ord. I-I c.6 n.15. La búsqueda permanente de la verdad consiste en la búsqueda constante del saber, “la sabiduría, es, pues, la mesura del alma, por ser contraria a la estulticia, y la estulticia es pobreza, y la pobreza, contraria a la plenitud. Conclúyase que la sabiduría es la plenitud” De Beata Vita c.4 n.32.
            Sin educación no se puede llegar a construir un conocimiento sólido sobre sí mismo y sobre el mundo, la ignorancia representa el caos, por lo que es importe la posesión de la virtud para apreciar el orden del universo. “Puede llamarse inteligencia o intelección el acto de conocer lo que es la ignorancia, porque ella es el obstáculo principal o único entender” De Ord. I-II c.3 n.10. Hay que evitar caer en la estolidez y la estulticia. Para San Agustín, los ignorantes son como necios sumergidos en la irracionalidad de las miserias humanas. Ha de notarse en estas citas textuales, la importancia de la educación como herramienta principal para lograr el conocimiento y en consecuencia elevarse al estado de la virtud.                 

III

Otras consideraciones pedagógicas en el De Ordine y algunos consejos para  los jóvenes.

        
             Si el orden lo comprende todo, pues, en el De Ordine, no deja de abordar la temática relacionada a la importancia que tiene la formación de los jóvenes y la necesidad que ayudarles a alcanzar la sabiduría cuando afirma: “tanto mejor saben vivir y con tanta mayor elevación, cuanto más perfectamente la contemplan con su inteligencia y la guardan con su vida” De Ord. II.II  c.8 n.25. Es un texto integral dónde se explica la necesidad que existe de enseñar a los jóvenes los preceptos de la vida y el orden de la erudición.
           
            San Agustín señala que existen dos caminos para aprender que son la “autoridad” y la “razón”,  “la autoridad precede en el orden del tiempo, pero en realidad tiene preferencia la razón” De Ord. II.II  c.9 n.26. Es decir, aprender de la autoridad es bueno siempre que se siga de un hombre cuya idoneidad moral e intelectual sean intachables, de lo contrario advierte San Agustín: “la autoridad humana engaña muchas veces, y en ella aventajan particularmente, según el aprecio de los ignorantes, lo que dan muchos indicios de la verdad de su doctrina” mientras que aprender por la racionalidad o con conciencia los hechos y las causas, es la preferida por los más hábiles: “el docto conoce la disposición y la docilidad de vida con la que debe ponerse bajo la dirección de los maestros”. La actitud de racional frente la autoridad, lleva más fácilmente al conocimiento de las grandes y ocultas cuestiones de las que sólo un docto puede abrirnos las puertas.
           
            El texto contiene una serie de preceptos morales que todos los jóvenes deben contemplar:

“Absténganse de todo acto venéreo, de los placeres de la mesa, del cuidado excesivo y superfluo ornato de su cuerpo, del inmoderado deseo de alabanza, la murmuración, la envidia y sepan que el amor al dinero es la ruina de todas sus esperanzasno sean ni flojos ni audaces para obrar, anden alertas con las malas inclinaciones, ni sean excesivos en la vindicación ni tacaños en perdonar. No castiguen a nadie sino para mejorarlo, ni usen la indulgencia cuando es ocasión de más ruina. Eviten las enemistades con suma cautela, súfranlas con calma, y termínenla lo antes posible. En todo trato y conversación con los hombres aténgase al proverbio común: “No hagan a nadie lo que no quieren para sí”. Traten de perfeccionarse antes de llegar a la edad senatorial, o mejor, en la juventud, vivan en orden y armonía”. De Ord. II.II  c.8 n.25

            En estas líneas San Agustín describe claramente, una exhortación sobre la importancia del ejercicio de la areté, es decir, la máxima expresión una vida virtuosa, y la ataraxia, que consiste en la rectitud y la tranquilidad del alma, a la que sólo podrá alcanzarla aquél que obra bien, que busca el bien.
IV

Consideraciones finales sobre el De Ordine

            Se han presentado algunas de las nociones filosóficas presentes el texto De Ordine con el objetivo divulgar la vigencia que tiene el pensamiento de San Agustín, en el campo de la filosofía práctica. Comenta nuestro autorquitad del mundo el orden y la sociedad desaparece. El mundo moderno se empeña en cambiar los valores establecidos que, en ocasiones, prescinden de fundamentos éticos sólidos para orientar a las generaciones que se enfrentan con incertidumbres, a los desafíos generados por las sociedades modernas. San Agustín, con conocimiento de causa y un espíritu crítico, hizo un gran esfuerzo en colocar al alcance de todos, un sistema de pensamiento que vuelca al espíritu humano hacia su interior  y es, desde el autoconocimiento, desde la subjetividad de nuestras acciones como individuo, dónde inicia la retirada del estado trágico de la estulticia. Victorino Capánaga ha sabido reconocer en este autor medieval, las bases que van a forjar al hombre nuevo, capaz de trascenderse a sí mismo y al mundo, cuando afirma que “el humanismo interior de San Agustín se alimenta de la veritas en su más excelso y complejo sentido. Y su logro pide como condición esencial, el vuelo de la transcendencia”[3].

            En el De Ordine, el maestro de Hipona muestra una constante preocupación por el saber vivir, sólo en un estado de virtud se puede garantizar el progreso ético y cultural de la humanidad, “el humanismo interior agustiniano es la receta válida contra los efectos insanos de la técnica y de la dispersión actual”[4]. Finalmente se concluye que el espíritu filosófico agustiniano en esta obra constituye una filosofía que orienta la vida práctica y espiritual del individuo, y tiene como fundamento el estudio de las artes libelares las cuales nos hacen más ágiles y constantes para el abrazo de la verdad. Para San Agustín la filosofía es la investigación de la verdad y esta debe dar razón o juicios de valores acerca de las cosas que son objetos de los intereses humanos, he ahí la razón de ser del De Ordine.






[1] Muñoz García, Ángel: (2013) Alberto de Sajonia la Lógica Medieval: Reivindicación de dos marginados. Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía Nro. 24. Edit. Trotta. Madrid. Pág. 285.

[2] CAPÁNAGA, Victorino: Obras Completas de San Agustín. Edit. B.A.C Madrid. 1994, pág. 691
[3] Capánaga, Victorino: Obras Completas de San Agustín. Edit. B.A.C Madrid. 1994:291. 1994:292.
[4] Capánaga, Victorino: Obras Completas de San Agustín. Edit. B.A.C Madrid. 1994:291.



Por: @samiralarbid 

La sabiduría para Agustín de Hipona

Agustín de Hipona sabiduría.

San Agustín afirma la voluntad cristiana de Dios. 

Siempre que se trata a un autor lejano, y de un nombre cargado de importancia como este gran santo de los cristianos, se tiende a ver al personaje como algo definido de antemano, Agustín de Hipona es el gran católico que asigna voluntad a Dios, es el mayor filósofo cristiano de la baja edad media y el que mayor repercusión a tenido en la historia del cristianismo, se sigue de él una línea voluntariosa que seguirán Juan Escoto y Duns Escoto y que será contraria a Santo Tomás, Maimónedes y Averroes. Pero hay que centrarse en la necesidad del pensador y en su historia contemporánea, primero es un autor que se centra en la realidad cotidiana de los indivíduos, en un tiempo en el que la razón del hombre no podía afirmarse ni falsarse, menos para el hombre común, los saberes del hombre dependían de su propia invención, invención tan voluble en el flujo de los sentidos humanos que afirmarse en sus sentidos - junto a todas las alucinaciones e imaginaciones posibles - no era más que afirmar lo imposible de verificar, pero, lo que si puede afirmar el hombre en esta época, es su capacidad de búsqueda, siendo esta superior a la capacidad de los sentidos, es decir, es "lógico" aceptar que el milagro - como intelecto divino - es más sabio que la razón del hombre - pues pertenece a sus sentidos finitos.


Escritos filosóficos Agustín de Hipona, Capítulo 5, ¿Qué es la sabiduría? y Capítulo 6, Nueva definición de sabiduría



—¿Me concedes, dijo Trigecio, que la sabiduría es el camino recto de la vida?

—Concedido, dijo Licencio; con todo, quiero que me definas qué es la sabiduría, para ver si tú la concibes lo mismo que yo.

—¿Y no te parece que está bien definida en la pregunta que te acabo de hacer? Además, me has concedido ya lo que quería, pues, si no me engaño, con verdad se llama la sabiduría el camino recto de la vida.

—Nada me parece tan ridículo como esa definición, dijo entonces Licencio.

—Tal vez, replicó el otro; pero vamos despacio, para que la reflexión se anticipe a tu risa, pues no hay cosa tan humillante como la risa, digna de irrisión.

—Y ¿qué?, replicó él. ¿No confiesas que la muerte es contraria a la vida?

—Sí.

—Pues para mí no hay otro camino de la vida que el que recorre cada uno para evitar la muerte. Dio su aprobación Trigecio.

—Luego si un caminante, evitando un atajo, por haber oído que se halla infestado de ladrones, sigue el camino derecho, así evita la muerte, ¿no siguió el camino de la vida, y por cierto el camino recto, y nadie llama a esto sabiduría? ¿Cómo, pues, la sabiduría es el camino recto de la vida? Te concedí que la sabiduría era eso, pero no ella sola. Pues la definición no debe entrañar ningún elemento ajeno a lo definido. Defíneme, pues, otra vez, si te place, qué es la sabiduría.

Trigecio calló un largo rato, y al cabo dijo:

—Voy a darte, pues, otra definición, si tú te has propuesto no terminar con esto. La sabiduría es el camino recto que guía a la verdad.

—También eso se refuta fácilmente, pues cuando, en Virgilio, la madre dijo a Eneas: Vete, pues, ahora y dirige los pasos por donde te guía el camino, siguiendo el camino indicado llegó al término, es decir, a la verdad. Empéñate en sostener, si te place, que el lugar donde él puso los pies para caminar puede llamarse sabiduría; aunque inútilmente me empeño en rebatir tu definición, pues nada favorece a mi causa. Porque llamaste sabiduría no a la misma verdad, sino al camino que guía a ella. Luego quien usa de este camino, usa de la sabiduría misma; y quien usa de la sabiduría, forzosamente será sabio; luego será sabio el que busca bien la verdad, aun sin lograrla. Pues, según mi opinión, la mejor definición del camino que
lleva a la verdad es la diligente investigación de la misma. El que tome este camino, será ya sabio; pero ningún sabio es desdichado, y, por otra parte, todo hombre o es feliz o desgraciado; luego, el hombre feliz lo será no sólo por la invención de la verdad, sino también por su búsqueda.

Sonriendo, dijo entonces Trigecio:

—Justamente me sucede esto por haber hecho confiadamente concesiones temerarias al adversario en cosas accesorias, como si yo fuera un maestro para definir o en la discusión tuviera alguna cosa por más inútil. Pero ¿adonde iremos a parar si yo quiero que otra vez definas tú algo, y luego, fingiendo no haberla entendido, vuelvo a pedirte la definición de todas las palabras, y así sucesivamente de las que se siguieren? ¿Pues acaso no podré exigir que se definan los términos más claros, si se me pide la definición de la sabiduría? En efecto, ¿hay cosa de que la naturaleza haya querido imprimir una noción más clara que de la sabiduría? Pero no sé cómo, cuando esa noción ha abandonado el puerto, digámoslo así, de nuestra mente, y extiende el velamen de algunas palabras, luego al punto mil embarazos amenazan su naufragio. Por lo cual, o no se me exija la definición de la sabiduría o nuestro juez dígnese aquí ejercitar su obra de patrocinio.
Ya la obscuridad de la noche nos impedía escribir, y viendo yo surgir de nuevo una grande cuestión, muy digna de discutirse, la dejé para otro día, pues habíamos comenzado a
disputar cuando el sol bajaba a su ocaso, después de haber
empleado casi todo el día en la ordenación de los trabajos
agrícolas y el repaso del primer volumen de Virgilio.

Cuando clareó el día —y la víspera habíamos dispuesto las cosas de modo que nos quedase mucho tiempo, luego al punto enhebramos el hilo de la discusión empeñada. Entonces comencé yo:

—Pediste ayer, Trigecio, que, desempeñando mi oficio de arbitro, descendiese a la defensa de la sabiduría; como si en vuestro discurso ella tuviese algún adversario que temer, o que, defendiéndola alguien, se viese en aprieto tal, como para pedir un socorro mayor. Pues la única cuestión que entre vosotros ha surgido ahora es la de la definición de la sabiduría, y en ella, ninguno la impugna, sino ambos la deseáis. Ni tú, por creer que te ha fallado la definición de la sabiduría, debes abandonar la defensa del resto de la causa. Así, pues, yo te daré la definición de la sabiduría, que no es mía ni nueva, sino de los antiguos hombres, y me extraño de que no la recordéis. Pues no es la primera vez que oís que sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.

A estas palabras, tomó al punto la suya Licencio, el cual creía yo que, oída la anterior definición, había de buscar largo tiempo la respuesta:

—¿Por qué entonces no llamamos sabio a aquel perverso, a quien conocemos bien nosotros por su vida tan disoluta? Me refiero a Albicerio, que durante muchos años, en Cartago, a los que iban a consultarle, respondió cosas maravillosas y ciertas. Incontables casos podría referir, si no hablase a quienes están informados; por ahora me basta con leves indicaciones para nuestro propósito. ¿No es verdad—y me lo decía a mí— que, habiéndose perdido en casa una cuchara, y siendo él consultado por tu mandato, con admirable prontitud y verdad respondió no sólo lo que se buscaba, sino el nombre del dueño y el lugar donde se halló oculta? También estando yo presente, y dejando a un lado que en lo que se preguntaba no padeció absolutamente ningún engaño, un niño llevaba unas monedas, parte de las cuales había robado, cuando íbamos nosotros a él, y mandó que se le contasen todas, y le obligó en mi presencia a devolver las que hurtó, antes de haber visto él la suma, o de haberse informado de nosotros cuánto le fué llevado. ¿No te hemos oído también a ti hablar de la acostumbrada admiración del doctísimo y nobilísimo varón Flaciano, el cual, estando en tratos de compra de una finca, llevó el asunto a aquel adivino, para que le dijera qué había hecho, si le era posible? Y entonces él no sólo manifestó la naturaleza del negocio, sino también—y esto lo contaba con grandes gestos de admiración—el nombre de la finca, siendo tan enrevesado, que apenas ni el mismo Flaciano se acordaba Ni puedo repetir sin estupor la respuesta que dio a un amigo nuestro, discípulo tuyo, cuando, por chancearse, le preguntó audazmente qué revolvía en su interior entonces y le contestó que estaba pensando en un verso de Virgilio. Y como é!, lleno de asombro, no pudiese negarlo, le preguntó qué verso era. Y Albicerio, que apenas había visto más que de paso alguna vez la escuela de gramática, sin ninguna hesitación, seguro y gárrulo le cantó el verso. ¿No eran, pues, cosas humanas las que se le preguntaban, o, sin una ciencia de cosas divinas, pudo responder con tanta verdad y certeza a los consultantes? Pero ambas cosas son absurdas. Porque cosas humanas son las de los hombres, como la plata, las monedas, las fincas y, por fin, el mismo pensamiento; y cosas divinas, ¿cuáles han de ser sino aquellas por las cuales le viene la adivinación al hombre? Luego fué un sabio Albicerio si concedemos, con la citada definición, que la sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.