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Nubes en la Arcadia

La alegría como mirada

Siempre hay algo que interrumpe la alegría. Dejarla pasar, en lugar de lamentar lo perdido, puede darnos la oportunidad de elegir el contento, en vez de esperarlo.


Una mirada que vea ponerse el sol desde una cárcel igual que desde un palacio. Esa mirada es lo que hay que desear, y nada más. Schopenhauer.

Por insólito que parezca, a veces las cosas están bien como están. Un rincón del bosque, entre sol y sombra, echado en la hierba, mirando las copas de los pinos que, como si conocieran la verdad, señalan hacia un cielo diáfano, estampado de discretas nubes. El agua que brinca, como un niño silbando, por la leve pendiente, dejando al descubierto el viejo zócalo de granito cuarteado por el hielo en remotas edades congeladas que ya se fundieron. El convulso quehacer de los insectos, hermanos de las flores, y de las eternas hormigas, constructoras de montañas de agujas. La ladera que invita a subir, o a bajar, o a quedarse, en definitiva a hacer lo que a uno le apetezca, sin que nada se inmute por ello.
A veces todo está, o lo parece, donde tiene que estar, y uno puede olvidarse de sí mismo, porque comprende que no le hace falta al mundo, que el mundo tiene su propio designio y va a lo suyo, evolucionando según su ley secreta, sin voluntad ni objeto. ¡Qué tranquilo se queda uno en la insignificancia! ¡Qué dulce es desentenderse de sí, y rozar la eternidad de la nada! Y afirmarse también sin voluntad ni objeto, y dejarse caer en el regazo de la montaña, como si fuese la rendición definitiva, esa que nos rehará tierra y agua y limo y cumbre y hierba.
¿Soportaré tanto silencio? Noto cómo mi mente se agita, incómoda, y se pone a hacer ruido con lo primero que encuentra. Inventa el pasado y el futuro, desgrana palabras para notar que existe. Pero, ¿realmente existe? Sí y no, como la música del agua. Ya lo dijo Machado: lo nuestro es pasar. Arremolinarnos y perdernos, como el agua en el torrente. ¡Qué vanas parecen desde aquí nuestras cosas, esas que atesoramos y pensamos que nos definen! ¡Qué vanos nosotros mismos, nuestras instituciones, nuestras querellas, nuestras ambiciones! ¡Qué descansada vida la que se reduce a su mínima expresión! Pasa un diente de león, sustentado en la brisa: vayámonos con él.

Pero, más tarde o más temprano, hay que regresar a la tierra. El instante de embeleso ha languidecido, un relámpago ha rasgado el impecable tapiz del horizonte. Me echo en un prado a leer e irrumpen miles de hormigas. Disfruto de una caminata y me sobresaltan los respingos de mi pulso. Me relajo en el silencio y pasa una pandilla de críos, alborotando. Siempre hay algo que le lleva la contraria a nuestro placer. ¿Por eso será placer?
El lugar donde nos encontramos no es nunca el ideal: la Arcadia tiene por costumbre estar siempre en otro sitio. En el enclave paradisíaco alguien tiró una bolsa de basura. Mientras intentamos echar la siesta en un prado nos comen las moscas. Enfermamos justo el ansiado fin de semana. En nuestro lugar de vacaciones nos viene a mientes la factura por pagar.

La vida es así. A la felicidad siempre le crece un cardo. Podemos gruñir y lloriquear, o bien encogernos de hombros y disfrutar lo que tenemos que no tenemos siempre, que muchos no tienen. ¿Quién es más feliz? Se ha dicho que quien no pide. También podríamos pensar: quien pide pero no espera; quien lucha pero no teme la derrota; quien trabaja pero no lo hace pendiente de la recompensa. 
No digo que nos conformemos, indiferentes. Ya lo glosaba el poeta Kavafis: solo partimos cuando soñamos con llegar a Ítaca. Solo pregunto si no podemos disfrutar del camino, aun sin saber si llegaremos: ¿no sería mejor convertir la alegría en una determinación, en lugar de ponerle condiciones? Porque lo cierto es que siempre nos faltará algo, siempre aparecerán nubes en el cielo de la Arcadia: la lluvia que me ha interrumpido el paseo hará crecer la hierba.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 7/4/2017 

El pozo del sufrimiento

La felicidad como promedio

Parece que alegrías y penas tendieran a oscilar en torno a ese valor en el que la vida se nos antoja anodina y resulta que, en definitiva, solo es simple.


El grado de satisfacción con la vida, o, si se quiere, eso que llamamos “felicidad”, es algo variable que se estira y se encoge según el color del cristal con que se mira. Spinoza ya nos lo explicó: depende de la relación de fuerzas frente a las cosas con las que nos topamos; a una picadura de mosquito le podemos, una picadura de araña tal vez nos pueda.
Nos complace lo que podemos vencer, y nos fastidia (o nos mata) lo que nos vence. En vano soñamos con ir ascendiendo puestos en la escala del contento, si pretendemos que las marcas alcanzadas se mantengan ya estables como territorio conquistado: habrá golpes de viento que nos despeñarán. También hay oleadas repentinas que nos elevan, a menudo misteriosamente, pero esas siempre son menos. Ley de entropía: para caer basta con esperar lo suficiente; en cambio, para subir hay que poner esfuerzo.
Pero con esto del ánimo sucede otra cosa que me parece aún más interesante y asombrosa, y que si llegáramos a asumir con convencimiento nos llevaría muy cerca de una alegría estable o, al menos, de la ansiada paz. Si compensamos subidas y bajadas, parece que cada uno de nosotros, según su fuerza y su talante, tiene tendencia a un nivel de alegría promedio. Los desvíos son circunstanciales: más temprano que tarde, lo probable es ir escorando hacia ese valor.
Una gran sorpresa o el cumplimiento de un deseo nos harán sentir en el paraíso por unos instantes; pero, con el paso de los días, las aguas irán volviendo a su cauce: la dulce pareja se levantará a veces con el pie izquierdo, en el coche nuevo habrá que limpiar el polvo. Es la eterna trampa del deseo, de la que ya nos avisó Buda y sobre la que Schopenhauer escribe: “un deseo cumplido se parece a una limosna recibida por un mendigo: lo mantiene hoy para que mañana vuelva a estar hambriento”. Todos los brillos languidecen.
 Una desgracia, por su parte, puede que nos haya hundido en el lodo, pero a la larga nos acostumbraremos a ella, hasta que un día nos parecerá algo blandamente triste, tristemente natural. Las excepciones de cualquier signo, por definición, no duran, y al final de ellas siempre nos espera lo habitual. Es la “regresión a la media” (curioso concepto estadístico) de la cotidianidad, el poder de lo anodino, la prevalencia de lo mismo.
Es como si estuviéramos programados o condicionados, para el caso es lo mismo para un volumen determinado de gozo y sufrimiento, y nos las arregláramos para volver a esa cota como a una vieja patria. Comprobamos, así, cómo las contrariedades se ciñen a esa poderosa economía: cuando nos libramos de un grave problema en seguida encontramos otro del que preocuparnos, y si no, lo inventamos. Nos agobia una especie de horror vacui ante la falta de inquietudes. Seguramente se refiere a eso la estremecedora sentencia del Ramayana que cita Robert Johnson; a continuación del final feliz logrado por Rama y Sita tras grandes penurias, apostilla: “Pero pronto se secó el pozo del sufrimiento y tenían que tener lugar nuevos descontentos”.
Es impresionante la disciplina con que los apuros se reemplazan unos a otros, como soldados en el frente. En épocas difíciles luchamos febrilmente por sobrevivir, soñando con un tiempo más benigno. Pero cuando al fin llega ese tiempo, tras un breve alivio y un contento que se desluce aprisa, en seguida aparecen nuevos problemas en sustitución del primero. Muchas veces son problemas nimios, pero igual nos abruman y cumplen su función: asegurar que no se seca el pozo del sufrimiento, y que placer y dolor tienen siempre de dónde beber.

Ética de ideologías, Kant, Shopenhauer y Nietzsche.

Cuando las ideologías se dogmatizan.

A lo largo de la historia, los filósofos, desde su propia concepción filosófica, construyeron una ética a partir de la misma y también han elaborado modelos de organización política.
Esta situación, relación concepción filosófica, organización política y ética es advertida por todos los filósofos.
Es así que la concepción filosófica da fundamento a la ética, y también lo hace con el modelo de organización política, o sea, los valores que sustentan el pensamiento filosófico están presentes en ambas.


A lo largo de la historia, los filósofos, desde su propia concepción filosófica, construyeron una ética a partir de la misma y también han elaborado modelos de organización política.
Esta situación, relación concepción filosófica, organización política y ética es advertida por todos los filósofos.
I. Kant, en un intento por elaborar una ética autónoma, propone el imperativo categórico “obra de tal manera que la norma que rige tu acción pueda ser considerada ley universal”, o sea una moralidad basada en el 'deber ser' un fundamento que no logra ser independiente,  pues así también es su propia interpretación del mundo.
En su “Crítica de la Razón Pura”, propone una estructura del conocimiento, dividida en doce categorías en las cuales ‘encajan’ las ideas que tenemos del mundo exterior, expresados en ‘juicios a priori’ (universales y necesarios) y que nos limita el llegar al νόuμενο (nóumeno), el objeto en sí, mismo (extramental). Y que se presenta en todos los seres humanos, de la misma manera. En la ética, este ‘juicio a priori’ se muda a un ‘imperativo categórico’ también universal y necesario. En este ejemplo se ve claramente la íntima relación entre concepción filosófica y ética. 
Es así que la concepción filosófica da fundamento a la ética, y también lo hace con el modelo de organización política, o sea, los valores que sustentan el pensamiento filosófico están presentes en ambas.
Cuando esta situación se encuentra en el plano de las ideas, a lo sumo genera adherentes  o refutaciones por parte de otras formas de interpretación de la realidad, que la pueden ir enriqueciendo.
Como todo ser humano quiere ser consecuente en su accionar, con su pensamiento, sus concepciones políticas y la consecuente ética, las lleva a la práctica, convirtiéndose así en ideologías.
Las dificultades surgen cuando intervienen las emociones humanas, especialmente el fanatismo, que pueden convertir la ideología en la única forma de organización social posible y se la quiere imponer por todos los medios. 
Un artículo de Arthur Schopenhauer, me pareció apropiado para hacer una observación acerca de las ideologías y de las consecuencias que producen[1]; el texto original se refiere a la religión, me tomé el atrevimiento de modificarlo para mostrar las similitudes que hay con las ideologías, cuando éstas dejan de ser ideas políticas para convertirse en una especie de  dogma de fe. ‘Obsérvese aquí de paso que lo que da a todas las ideologías, su gran fuerza, el punto de apoyo por el que se apoderan de los espíritus, es su aspecto ético, si bien no inmediatamente en cuanto tal, sino en cuanto aparece firmemente unido y entretejido con las ideas peculiares a cada doctrina política, como si solo por ellos se pudiera explicar; ello hasta tal punto que, aun cuando el significado ético de las acciones no es explicable según el principio de razón y sin embargo todas las ideas peculiares siguen ese principio, los creyentes consideran el significado ético de la conducta y sus ideales como totalmente inseparables y hasta idénticos, y todo ataque al mito lo ven como un ataque a la justicia y la virtud. Eso llega tan lejos que en los pueblos ideologizados, el libre pensamiento o la presencia de una diversidad de posturas sociales es sinónimo de ausencia de toda moralidad. Tales confusiones conceptuales son bienvenidas a los promotores de dichas ideologías cual sacerdotes de alguna fe o como pontífices de un dios con pies de barro, y solo como consecuencia de ellas podía surgir aquel terrible monstruo, el fanatismo, y no imperar acaso únicamente en individuos aislados especialmente equivocados y malvados, sino sobre pueblos enteros; y al final, para deshonra de la humanidad, aparece una y otra vez en la historia, personificarse en una forma de Inquisición o persecución que culmina con la muerte de aquellos que no piensan de la misma manera’.
‘A modo de ejemplo, solo en Madrid, en 300 años, por la Inquisición, hizo morir atormentados en la hoguera por cuestiones de fe a 300.000 hombres. Los muertos de otras manifestaciones cristianas (también hubo Inquisición en todas las expresiones cristianas). Las sucesivas guerras Islámicas. El genocidio Armenio. Todas estas religiosas. Pero también las hay por razones no religiosas. En la Alemania Nazi, por el predominio de la raza aria, 6.000.000 de Judíos, 1.500.000 polacos. En la URSS comunista, por el advenimiento de paraíso comunista, 30.000.000 condenados a morir de frío y trabajos forzados en Siberia, o directamente ejecutados y los que no sabemos de Cuba, China, Corea, a la que se suma hoy Venezuela, por la misma razón, etc. También el mundo capitalista, tiene lo suyo, los muertos en fábricas, quemados vivos porque reclamaban mejores condiciones laborales, o la guerra de secesión estadounidense, por la liberación de los esclavos, en razón de la libertad, no me quiero olvidar de los distintos colonialismos y sumisión de pueblos enteros en aras de imponer una mejor forma de vida, que terminó siendo solo para los colonizadores, y así podríamos enumerar infinidad de acontecimientos históricos en que una parte de la sociedad quiere suprimir a aquellos que piensan distinto, o que no comparten la misma ideología’[2].
En un artículo anterior, “F. Nietzsche y la corrupción”[3], hice un análisis acerca de la evolución de la corrupción y la llegada del “Cesar”, un tirano disfrazado de salvador que toma una ideología política haciéndola dogma social, y quisiera retomar la última parte de ese escrito para complementarlo con la ética que se construye a partir de la ideología utilizada.
Cuando la sociedad está harta de las manipulaciones políticas, las debacles económicas, la inoperancia de los que gobiernan, etc. y sostiene “que se vayan todos”, dice F. Nietzsche: "Cuando la descomposición alcanza el mayor grado, justo como la lucha entre tiranos de todo tipo, surge entonces el César, el tirano definitivo, que pone fin al conflicto agotado por el dominio exclusivo de uno solo, dejando que el cansancio actúe por su cuenta. A su llegada, el individuo está ya en plena madurez y, por consiguiente, la "cultura" ha alcanzado su más grande estado de fecundidad (si bien no a causa de él ni por él, aunque a los hombres sumamente cultos les gusta adularla haciéndose pasar por obra suya)"[4].
Seducen a todas las organizaciones sociales de todo tipo con su discurso, "hasta las manos más nobles se ofrezcan en cuanto un hombre poderoso se muestre dispuesto a derramar en ellas su oro. En ese instante se descubre una gran incertidumbre respecto del futuro que se vive para el presente; es un estado anímico en relación con el cual todos los seductores disponen de buenas oportunidades de juego, en tanto que la seducción y la corrupción se dejan para "el presente", ¡reservándose el futuro y la virtud![5]
Construyen poder con la teoría ‘amigo-enemigo’, necesitan de un enemigo común externo o interno, que siempre son poderosos, aúnan las voluntades de los pueblos y acallan voces que reclaman por la corrupción reinante; corrompen y desvían, de su propósito o ideal, a las organizaciones que en ellos pusieron su confianza. Se apropian y tuercen los ideales que sostuvieron a una sociedad ensamblada. Se sienten inmortales, y con derecho a eternizarse en el poder.
“Los individuos…, se preocupan del momento más de lo que lo hacen sus oponentes, los hombres gregarios, pues se consideran a sí mismos tan imprevisibles como el futuro. De esta manera, se unen con gusto a los violentos, pues se sienten capaces de actuar y disponen de recursos que la masa no comprendería ni perdonaría, mientras que, por otro lado, descubren que el César extiende el concepto de derecho del individuo hasta incluir también sus transgresiones, y que le interesa convertirse en el intérprete de una moral privada más audaz. El tirano piensa de sí mismo, y quiere también que los demás piensen, lo que a su modo dijo Napoleón de una manera totalmente clásica: "Tengo el derecho a contestar todas las quejas que me hagan con un eterno 'yo soy el que soy'. Yo estoy al margen de todos, no acepto condiciones de nadie. Deben someterse a todos mis caprichos y estimar como absolutamente natural que me entregue a tales o cuales distracciones". Así le aseveró Napoleón a su esposa, un día que ella puso en duda, no sin fundamento, la fidelidad conyugal de su marido”[6]. Sostienen que tienen el derecho a disponer de los bienes de todos como si fueran suyos, someten a la sociedad a su imperio y orden, hasta se creen sus propios discursos, y se sienten únicos capaces de salvar a la patria de los enemigos, que ellos mismos establecieron.
Tanto el “Cesar” o el que encarna al salvador de la patria, como aquellos que adhieren (algunos por interés, debido a los beneficios que reciben de la corrupción en que se vive, otros por convicción) construyen un entramado ideológico y una ética particular, no fundamentada en valores sobre la persona humana, sino sobre valores que se desprenden de ese credo al que adhieren.
Esa concepción ideológica, es generalmente construida sobre consensos que el grupo social reconoce, como ser derechos humanos, ancestrales, al trabajo, etc. la cual para imponerse necesita de un “otro” al que hay que reconocerle ese derecho y de un “otro” que se lo impide. Y es justamente esos “otros”, los que le dan sustento a una ética basada en imponer, dicha ideología a todos los que no piensan de la misma manera.
La tentación de convertirse en nuevo ‘Cesar’ de aquellos que legítimamente acceden al poder, luego de grandes períodos de corrupción y tiranía, así como la de recuperar el terreno por parte de aquellos que lo han perdido, es muy alta, pues es también profunda la penetración de la ideología y de su oposición a ella, en la comunidad. La sociedad en su conjunto necesita estar vigilantes para no caer en ideologías dogmatizadas. 
Como sostiene Arthur SchopenhauerTodo fanático ha de acordarse de ello tan pronto como quiera levantar la voz, lo cual ya sabemos, es imposible por el solo hecho de ser fanático”.[7]



[1] El texto original, que se reproduce a continuación, se refiere a la religión, me tomé el atrevimiento de modificarlo para mostrar las similitudes que hay con las ideologías, cuando éstas dejan de ser ideas políticas para convertirse en una especie de religión dogmática.
Arthur Schopenhauer: "Obsérvese aquí de paso que lo que da a todos los dogmas de fe positivos su gran fuerza, el punto de apoyo por el que se apoderan de los espíritus, es su aspecto ético, si bien no inmediatamente en cuanto tal, sino en cuanto aparece firmemente unido y entretejido con los demás dogmas míticos peculiares a cada doctrina, como si solo por ellos se pudiera explicar; ello hasta tal punto que, aun cuando el significado ético de las acciones no es explicable según el principio de razón y sin embargo todos los mitos siguen ese principio, los creyentes consideran el significado ético de la conducta y su mito como totalmente inseparables y hasta idénticos, y todo ataque al mito lo ven como un ataque a la justicia y la virtud. Eso llega tan lejos que en los pueblos monoteístas el ateísmo o la ausencia de un dios es sinónimo de ausencia de toda moralidad. Tales confusiones conceptuales son bienvenidas a los sacerdotes, y solo como consecuencia de ellas podía surgir aquel terrible monstruo, el fanatismo, y no imperar acaso únicamente en individuos aislados especialmente equivocados y malvados, sino sobre pueblos enteros; y al final —lo cual, para honra de la humanidad, solo aparece una vez en la historia— personificarse en este Occidente en la forma de una Inquisición que, según los más recientes datos auténticos, solo en Madrid (en el resto de España fueron numerosos esos antros de asesinos espirituales) en 300 años hizo morir atormentados en la hoguera por cuestiones de fe a 300.000 hombres: todo fanático ha de acordarse de ello tan pronto como quiera levantar la voz" («El mundo como voluntad y representación», primer volumen; Madrid: Trotta, 2013 [1819], página 422).

[2] Cfr. Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, primer volumen; Madrid: Trotta, 2013 [1819], página 422
[3] http://www.microfilosofia.com/2017/06/f-nietzsche-y-la-corrupcion-nem.html
[4] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, edición digital.
[5] Ídem
[6] Ídem
[7] Cfr. Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, primer volumen; Madrid: Trotta, 2013 [1819], página 422