Síguenos por email

Buscar

Archivos de publicación

Mostrando entradas con la etiqueta Universidad. Mostrar todas las entradas

La universidad pública centralizada.

UCV 295 por José Rafael Herrera @jrherreraucv

Es tiempo de escribir –provocandum est– acerca de la actual situación que padece la UCV, porque es tiempo de re-pensarla. Y como el pensar no es un banal ejercicio de “puentes” o “feriados”, ni, mucho menos, un vano y fútil lanzamiento de “guijarros en el vacío”, la acción de volver a pensar se hace aún más dolorosa, más patética, al contemplar la retrospectiva de lo que, por lo menos durante los últimos quince años, han hecho de la primera Casa de Estudios superiores del país, como “objetivo militar”, es decir, como víctima directa, de un doble asedio, externo e interno. 

Censura de la crítica.

En efecto, desde “afuera”, o más precisamente, desde las altas esferas del actual régimen, la UCV ha venido siendo estrangulada premeditada y alevosamente, dado el hecho de que la indiscutible mayoría de su personal académico, así como de su estudiantado, han asumido con firmeza la crítica de una gestión de gobierno claramente autocrática, militarista y sectaria, que ha condenado sistemáticamente al país a su destrucción material y espiritual, en medio de la peor corrupción de toda su historia.
La brutal reacción del régimen ha sido, pues, la de aplastar la universidad, hasta lograr su objetivo principal: acabar con las ideas y valores de la autonomía y, en consecuencia, con la libertad del pensamiento. Se trata, pues, de hacerla “morder el polvo” y “torcerle el brazo”, hasta verla arrodillada ante el poder omnímodo y heterónomo de un régimen que ha hecho de la barbarie su mejor aliada. Es Howarts en ruinas, asediada por las huestes “mortífagas” de Voldemort. Sus áreas verdes, en un cada vez mayor estado de abandono, cobija adictos, malechores y mendigos. Las fachadas de un recinto que fuera declarado por la Unesco como “patrimonio mundial”, va perdiendo, día a día, su antigua majestuosidad; la inseguridad ha impuesto sus designios y acecha en cada rincón. Los laboratorios sin reactivos ni equipos; los salones con un mobiliario obsoleto, sin aire ni luz ni tiza ni marcador; pasillos a oscuras; oficinas sin insumos mínimos; comedor sin recursos para atender, con algo de decencia, las demandas de sus usuarios; los estudiantes con becas muy por debajo del salario mínimo, para no decir de las providencias estudiantiles. El sueldo del profesorado es menos que ridículo. Tampoco hay recursos para reponer cargos del personal jubilado. Su población profesoral se ha hecho vieja. Se niega a dejarla sola, para no abandonarla del todo, a la espera, casi nostálgica, de que ocurra un cambio que no llega.

Eso ha hecho este régimen con una institución que cuenta con doscientos noventa y cinco (295) años  de historia, es decir, con una institución que es más antigua que la propia república. Y cabe hacer notar que no son pocos los “comisarios políticos” de este régimen en “funciones de gobierno” o al frente del “staff” directivo del partido en el poder que han salido de sus aulas de clase. Pero, como dice el adagio popular, “no hay peor cuña que la del mismo palo”: ya desde la época en que cursaban estudios en la UCV mostraban ser portadores de un talante anti-ucevista, destructivo, violento, vandálico: niples en pasillos, salones y baños; graffitis sobre sus obras de arte o bombas de gas en plena función en el Aula Magna; incendios en el Rectorado o en la sala de sesiones del Consejo Universitario; cierre de las entradas de acceso; explosión de vehículos y bienes; asalto y secuestro a transportes; tiroteos, foquismo, terror, destrucción. En fin, jueves de barbarie.
Decía Spinoza que el propósito fundamental del intellectus es la formación de “hombres de bien”Por el contrario, se podría llegar a pensar que, para formar parte del actual régimen y ocupar un cargo de importancia en él, es requisito indispensable, sine qua non, el haber cumplido cabalmente con las “pasantías” antes descritas. ¿Cómo se puede valorar la paciente y serena creación, propia del conocimiento, teniendo semejantes antecedentes? Los capitostes de este régimen han demostrado sentir un profundo desprecio por lo que significa la Universidad como institución autonómica, libre, investigativa, generadora de respuestas y soluciones para el país. Por eso desprecian a la UCV y al resto de las universidades autónomas. Desprecian el esfuerzo de saber, el mérito y la excelencia, porque son virtudes por y para la verdad, el bien y la estética. La desprecian, en fin, porque no comprenden el hondo significado de la 'actividad sensitiva humana' que la conforma.
Entre tanto, y como si todo este via crucis no fuese ya bastante cruel, los detractores del saber han diseminado estratégicamente sus fichas “adentro”, en el interior de la propia UCV. Como el resto del país, la UCV ha sido colonizada por la malandritud. El pillaje y la barbarie transitan libremente por sus pasarelas y edificaciones, ante la mirada esquiva, por decir lo menos, de sus ya exhaustas y muy desgastadas autoridades y de una seguridad interna o bien impotente o bien comprobadamente cómplice de hechos delictivos. El propósito es claro: se trata de implotarla. En manos de “dirigentes” que carecen de la más mínima noción de la Academia -gente sin Bildung- y, en consecuencia, del más elemental respeto por sus principios y valores, la “razón de ser” de 'la Casa que vence la sombra' ha devenido 'ratio' administrativista, burocrática. La docencia, investigación y extensión, ya no son la causa sino apenas un efecto secundario. Y, así, el 'propósito y razón' que sustenta la condición primordial de la vida universitaria -la reunión de “profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentes del hombre”- ha pasado, literalmente, a un desgastado y raquítico segundo plano. El honorable escalafón académico de otros tiempos ya no vale y poco cuenta. Bajo tales condiciones, la UCV y, con ella, las demás universidades autónomas, se han hecho inviables como instituciones encargadas de esclarecer los problemas esenciales de la Nación, de orientar las políticas públicas y de hallarse, efectivamente, sobre la base de los resultados del conocimiento, al servicio del país. Por más que se pretenda ocultar, como si nada pasara. La fuerza del “pranato” como novísimo modo del ser y pensar venezolano, ese “lado oscuro” que ha terminado haciendo suya la pobreza espiritual, terminó por atrapar la luz de la Academia con sus feroces fauces y deglutirla. Ahora, la tarea es salir del vientre de la bestia. Transformar el país, superar el actual estado de cosas, implica, necesariamente, reconstruir, reestructurar de cabo a rabo, los 295 años de historia de nuestra gloriosa “síntesis de las artes”, si es que se quiere recuperar su honor y majestad.   

Cultura y formación cultural universitaria.

Cultura y formación universitaria por @jrherreraucv

Muchas aguas han corrido bajo los puentes desde que, en sus Disputationes, Cicerón definiera la cultura como la acción de “cultivar el alma”. Todo fluye, todo cambia de continuo. Los regímenes no son la excepción, por cierto. Lo que se niega a cambiar, lo rígido, lo que se ha endurecido, es, de suyo, un algo muerto, carente de vida.

En efecto, y para decirlo en los términos de uno de los grandes del pensamiento universal –el oscuro Heráclito–, “otras y otras aguas sobrefluyen” continuamente. No obstante, el hecho de que no sea posible sumergirse dos veces “en los mismos ríos”, no significa que el cambio niegue la presencia efectiva de la permanencia. Parménides complementa a Heráclito, porque en todo gran árbol vive, de muchas maneras, la semilla que le dio su origen. Lo que se supera se conserva. El ser es.

De tal modo que si el concepto de la acción de cultivar el alma se ha hecho hoy anacrónico y, precisamente por ello, tan impreciso como en extremo genérico –a los fines de dar respuesta a la pregunta que interroga por la cultura–, no menos cierto es el hecho de que en la historia de la comprensión de la creación cultural la idea misma de “cultivo” sigue estando presente. No hay, pues, cambio sin permanencia. Por eso mismo, comprender la relación existente entre cultura y formación cultural depende, en buena medida, de la capacidad de saber esta sutil, pero esencial, relación de oposición y correlatividad.

Más allá de los múltiples puntos de vista, conviene tener presente esta tensión que hace posible la propia existencia de la civilidad: la cultura como concepto es, más que una definición, un hacer, un producir, una creación continua, desde las formas primitivas delfolklore hasta la haute culture. La diferencia se encuentra en la ruptura de los esquemas, de la estaticidad con la cual se le juzgue y defina. Quizá sea por eso que, después de todo, no resulte ser incierta aquella vieja y mordaz expresión: “La cultura ofende”. Pero, ¿cuál es la cultura que “ofende”? Es la que propicia cambios, la que estremece la consciencia y modifica sustancialmente la situación de cristalización del ser social. No la que reproduce, la que solo se limita a generar ganancias para la industria del entretenimiento. Tampoco ofende la “cultura” de los “bingos bailables” o las “ferias”, la del ritmo “pegajoso” –o “contagioso”– y las formas vaciadas de contenido. Esa es la “cultura” no culta, la misma que, no sin razón, Hegel acusaba de ser responsable nada menos que de “la muerte del arte”. Y si es verdad que para el mundo contemporáneo su reinado es absoluto, no menos cierto es el hecho de que las aguas crecidas del originario “cultivo del alma” no han dicho todavía la última palabra. Por eso mismo, la cultura propiamente dicha tiene la obligación moral e intelectual de trascender, de remontar los despropósitos de semejante banalidad, que confunde la creación cultural con las cadenas de montaje y la publicidad. Como advertía el viejo Kant, un detalle hace la diferencia: la facultad de juzgar.

Y es justo en este punto donde interviene la diferencia entre la “cultura especializada” y la formación cultural. Hay, sin duda, especialistas en el estudio y la promoción de la cultura. Se trata de respetables académicos, de auténticos técnicos y profesionales, de un campo de trabajo que se abre paso a través, precisamente, de la industria cultural, y cuya solidez, seriedad y rigor nada tienen que envidiarles a los de otras profesiones. Cuestión de entendimiento y cantidad, de proporciones, medida, precisión y, sobre todo, de “sistema”. Es, como casi todas las demás, una profesión necesaria, de notoria ratio tecnica, resultado de la reflexión y característica del entendimiento abstracto. Con ella, la música, el teatro, la danza o la pintura devienen instrumentos y medios. En este nivel de las cosas, eldivertimento propio del “arte” ligero, como mera “recreación”, desaparece por completo, para dar cabida a la disciplina. Y, sin embargo, dentro de estas determinaciones sigue faltando la kantiana facultad de juicio.

En las universidades autónomas no solo se forman, sobre la base del estudio disciplinado y el mérito, los mejores profesionales de un país. En ellas es indispensable la formación integral de su estudiantado. Su finalidad no consiste exclusivamente en la preparación técnica y cada vez más especializada de sus estudiantes. Hay en ellas, además, una característica fundamental: la formación cultural de los futuros profesionales. Un médico, un arquitecto o un farmacéutico egresado de una universidad autónoma no solamente será un profesional competente en su área de conocimientos. Será también un hombre con formación cultural, es decir, con criterios firmes, con capacidad para juzgar por sí mismo, comprometido con su realidad. Sensible a las diversas manifestaciones del horizonte problemático de la cultura y del arte; conocedor de los temas y planteamientos esenciales de su tiempo; con firmes ideas y valores que son el resultado de su formación en y para la vida en democracia, en autonomía, en libertad.

El propósito de una dirección cultural universitaria no se limita a la presentación de grandes espectáculos. Tampoco consiste en la organización de eventos para la distracción y el ocio improductivo de sus comunidades. Su labor es mucho más orgánica. Permite que, por ejemplo, estudiantes de las más diversas áreas cognoscitivas puedan representar en el Modelo de Naciones Unidas a su universidad y cosechar éxitos en sus propuestas para la construcción de un mundo más humano, más tolerante, más comprehensivo de la diversidad. La cultura “ofende”, especialmente a la ignorancia y a la barbarie, al analfabetismo funcional, a los mediocres revestidos de lo que no son. Ella, la Bildung es la que contribuye, como decía Spinoza, con la formación de hombres de bien.

Cultura universitaria

La cultura universitaria.
Desarrollar al ser humano como tal, como un ser pleno e integral, mediante el cultivo de los diversos aspectos e inclinaciones propias de cada personalidad, tanto los externos como los internos, tanto los naturales como los espirituales, tanto los estéticos como los éticos, recibe el nombre de “formación cultural” (Bildung) o, lo que es igual, de formación concreta del ser social para la razón y la libertad. No se trata de la mera instrucción, por más técnica o profesional que esta pueda ser, ni, mucho menos, del simple dominio de la adquisición de lo dado. La Bildung –la formación cultural– contiene, de hecho, la superación orgánica del simple aprendizaje, propio de la llamada “razón instrumental”. Se propone, más bien, adentrarse en el saber del tejido de la vida ética y política de la sociedad, entramada por la sensibilidad creadora de cada individuo, siendo esta la labor más elevada de la creación artística y, por ello mismo, como dice Schiller, “la más grande obra de la humanidad”.



La Bildung –la formación cultural– no es ni depende de un medio o de un instrumento “cognitivo” o “metodológico”, de esos que le son tan gratos al modelo educativo positivista. Como tampoco es un fin en sí mismo. Es, en todo caso, un fin en continuo movimiento, porque no hay descanso para la creación del espíritu humano, para su inagotable devenir. Es, en suma, actividad sensitiva humana: praxis, ni más ni menos. Los hombres orgánicamente educados se encuentran en condición de superar la heteronomía –el ciego mandato del prejuicio– para reconocerse autónomos, es decir, responsables de sus propias decisiones, de sus iniciativas, de sus escogencias. En fin, se educan para ser los dueños de su propio destino. Y es a partir de la comprensión de su determinante función en la vida social que se puede concluir –de nuevo, con Schiller– en el hecho de que “la obra de arte más perfecta que cabe es el establecimiento de la verdadera libertad política”. Lejos, pues, de lo que se cree, la cultura en general, así como las más diversas manifestaciones del arte, no son en modo alguno ajenas al ser social sino, más bien, su adecuación consciente: la forma plena adecuada al contenido.

En este sentido, cabe señalar que las universidades autónomas tienen como objetivo central la formación integral de su estudiantado como condición necesaria para garantizar el desarrollo y bienestar de toda la sociedad, tal como reza la Ley de Universidades –por fortuna– aún vigente. Se trata, por cierto, de un objetivo incompatible con el de las normas y costumbres de algunas casas de estudio “superiores” en las que el esfuerzo de su profesorado consiste en limitarse a impartir, a lo sumo, una abstracta enseñanza técnica, en detrimento de la formación cultural, considerada, por unos, como un simple divertimento, una suerte de “adorno” para los ratos de esparcimiento, y, por otros, abiertamente como una “pérdida de tiempo”. El resultado de semejantes “criterios” concluye en el triste espectáculo de egresar técnicos y profesionales de las más diversas disciplinas y especialidades –médicos, ingenieros, odontólogos, abogados, economistas, etc.– que son, a la vez, doctos ignorantes de la realidad política, social y cultural que los circunda. Tales “criterios”, heredados de las mezquindades características de la doctrina positivista, han mostrado, sistemática y fehacientemente, su fracaso como modelo educativo, su incapacidad para el cultivo de la libre inteligencia.

Aprender no es comprender. La educación universitaria no consiste en una mera sumatoria de esquemas cognoscitivos, rígidos, fijos, secos, sin vida. La instrucción científica sin formación cultural es ciega. La formación cultural sin instrucción científica es vacía. Los estudiantes universitarios se forman y con-forman para la autonomía. Por lo cual, son parte integrante de la producción del saber y, como tal, deben participar activamente en la elaboración de lo que reciben. Son, a un tiempo, sujetos y objetos del saber. La suya tiene que ser una formación, como dice Gadamer, integral, permanente y autoconsciente. En una expresión, tiene que ser autonómica. Era eso a lo que Gramsci denominaba la formación del “intelectual orgánico”, es decir, del especialista debidamente instruido en su ámbito profesional y, a la vez, educado racional, ética, política y estéticamente.


Un estudiante con más juicio que pre-juicios es, en realidad, un futuro hombre de bien. La formación universitaria no termina al salir del aula de clase o del laboratorio. Está en los pasillos y plazoletas de las escuelas y facultades, en las bibliotecas y los auditorios; está en el recinto universitario y en la polis que la circunda. Y, ciertamente, el sapere aude, la audacia, el atrevimiento de saber y decidir, asumiendo con madurez las propias convicciones e inclinaciones, el compromiso de la crítica certera, aguda, y de la sensibilidad para una acción pertinente y eficaz, es lo que recibe el nombre de autonomía. Su vehículo es la cultura universitaria, generadora de civilidad, de espíritu democrático, plural y pacífico.

Promover el debate de las ideas y el interés por los problemas fundamentales de la sociedad; incentivar el interés por la lectura; motivar el acercamiento a las más diversas manifestaciones del arte, hacia todas las corrientes del pensamiento y hacia todas las tendencias estético-literarias, con tolerancia y sin discriminación. Al final, serán los propios estudiantes quienes decidan por cuál o por cuáles corrientes inclinarse. Propiciar el encuentro y generar las condiciones para que los universitarios sean formados como seres autoconscientes, a la altura de las circunstancias, comprometidos con las exigencias que requiere su entorno, su aquí y ahora: ese es el objetivo de la formación cultural universitaria y de sus direcciones de Cultura.

Concebir la cultura universitaria como una disciplina especial o como un “telón de fondo” de los actos académicos, o incluso, como la guinda de un refinado pero prescindible postre, la desdibuja, la empaña, la debilita. Le hace perder su condición esencial y hasta su dignidad. Porque, muy por el contrario de lo que se cree, ella es el máximo galardón de la inteligencia, toda vez que completa y perfecciona la formación universitaria, haciéndola más plena, fluida y realista. Una universidad sin una Dirección de Cultura que cumpla con la función antes descrita es como un templo sin sancta santorum, como un cuerpo sin alma.

En tiempos de tiranías y de pobreza espiritual, de sectarismo y violencia, conviene reafirmar el valor de la formación cultural como fuente de resistencia y base fundamental para el progreso de una sociedad que reclama la superación de las sombras de la ignorancia y de los fantasmas del terror autocrático.