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    Universidad y cultura

    En defensa de la universidad.


    Crucé la ciudad universitaria, casi al trote. Desde la Facultad de Ciencia a la Facultad de Humanidades. El corazón acompasaba el ritmo de mi respiración entusiasmada. El sol estaba vencido, pero no importaba. Porque corría entre ráfagas de luces. Vestía con blue jean desgastado, sandalias de cuero, simulando los guaraches mexicanos y camisón blanco al estilo de Ernesto Cardenal, quien era uno de mis ídolos preferidos.

    Llegué a tiempo. Las puertas del auditorio estaban cerradas. Me acomodé en uno de los bancos que estaban dispuesto perpendicularmente tanto del cafetín como de la entrada, donde estaba ubicado el auditorio. Del bolso, fabricado con cabuyas, que solía usar desde mi adolescencia, extraje el libro propicio para la ocasión: El Castillo de Kafka. Novela digna del ambiente. La práctica camaleónica se aprende en la juventud, quería reflejarme en aquel espejo donde habitaba el intelecto. No había leído ni siquiera las primeras líneas, cuando una voz ronca invitaba al acto.

    Me senté en las últimas butacas del auditorio. No era timidez, era una estrategia para ocultar mis sentimientos porque suelen desbordarse en mis ojos, en mi lengua y cualquier desprevenido lo nota de inmediato. No se trataba de una película de Disney. Lloré con Bambi de principio a fin. Siempre lloro o río a carcajadas en el cine. Por eso prefería los últimos puestos. Pero quién sabe si me pasaba lo mismo, por prudencia lo hice. No tuve formación inglesa. Ellos saben razonar y llorar sin que nadie note nada. Tal vez, de eso trataba la filosofía que nadie note nada, aunque lo diga todo. No lo sabía.

    Alexis, uno de los mayores, quien al parecer estaba ligado con un tal Nietzsche, solía afirmar que el asunto era pensar problemas. Si era eso, estaba bien. Yo los tenía y de sobra. Quería ser poeta como Rimbaud, físico como Einstein, religioso como San Francisco, quería experimentar todas las formas de la lujuria como las narraba Sade y filosofar como… ¡No! No tenía claro como quién filosofar… ¿Cuál sería el camino de mi vida? Ése era mi asunto filosófico. Y por eso estaba allí, justo allí, donde se encendería el fuego, temblando de emoción y agazapado en la última butaca, con la misma sensación que tuve a mis diez años, llorando con Bambi.

    En casa, los domingos era un mar de periódicos. Los mayores solían leer a Cabrujas y a Juan Nuño; a veces pienso que debí estudiar teatro, porque los imitaba. Me sentaba en las poltronas de la sala, lanzando las comiquitas a un lado y con estoicismo leía al dramaturgo y al filósofo. No entendía nada o muy poco, pero me sentía que era del club de los mayores, mi juego era emularlos, era mi estrategia para pertenecerles. Y claro, sentando en la última fila del auditorio, ocultaba una emoción adicional, Juan Nuño era uno de los ponentes. Me lo imaginaba más alto, más delgado, con una cara más intelectual… ¿Cómo será esa cara? Pues no lo sé, pero al parecer existe un prototipo… yo quería tenerla, quizás por eso la montura de mis lentes eran al estilo de Lennon.

    Subió a la tarima, donde estaba un largo mesón de madera recién pulido, un señor delgado, de pelo desajustado y plateado; llevaba, como sin querer, una chaqueta marrón de pana con bolsillos anchos, una corbata beige a desgano, con el nudo a medio pecho y un maletín de cuero que combinaba perfectamente con los zapatos a medio lustrar. Se sentó, estiró el brazo derecho a lo largo del ancho del mesón y sin ningún pudor, reclinó su cabeza usando su brazo como almohada. Y, al otro extremo, estaba el ídolo de mis domingos familiares, sin la cara de intelectual que imaginaba. Más bien, parecía un detective. Sus ojos escudriñaban a su oponente con la sagacidad de quien sabe quién es el culpable y está presto a revelarlo.

    El auditorio estaba a reventar. Se trataba de un espectáculo diseñado para celebrar los años de la Facultad o del Instituto fundado por García Bacca o, tal vez, la adaptación contemporánea, venezolana, de alguna escena de los diálogos platónicos como alimento para los párvulos que se iniciaban en el antiguo arte. ¿La verdad? No recuerdo cuál era el motivo del evento. Lo cierto es que aquél día recibí mi primera lección, de qué trata pensar. Fue el pórtico a la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela.

    Se trataba de un diálogo entre Luis Castro Leiva y Juan Nuño. No comprendí nada de lo que hablaban, pero fue un momento erótico; como a quien se le expresa el deseo y te dice que no, levanta una barrera; pero, pícara y seductoramente, desliza una posibilidad que se desplaza en el tiempo; configurando una lucha agónica para satisfacer lo imposible que solo termina con la muerte, la travesía de los amantes.

    Aquella tarde, en la última butaca del auditorio, quería reír o molestarme, como el viejo que estaba a unos metros de mi butaca; quien se parecía a un extra de una película de Ingmar Bergman; años después, fue mi profesor. Me ofreció una lectura de texto, todo un semestre, leyendo una página de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, Ezra Heyman.

    La escena de mi juventud fue una fiesta de la cultura. Fue una celebración de la vida orgánica de un país. Fue una puesta en escena de la práctica universitaria por excelencia, del argumento riguroso y de la diferencia como manifestación sustancial del ejercicio del pensar.

    La Universidad Central de Venezuela, las universidades, son un síntoma de la cultura. La reducción de la discusión pública a las prácticas procedimentales establecida por el orden despótico y el debate sobre la posibilidad o no de participar en dicho bodrio, manifiestan el grado de descomposición de nuestro orden socio cultural y la fragilidad del pensamiento político de nuestra comunidad.

    La universidad es la última trinchera institucional de la cultura. Ceder un milímetro, es acelerar el sistema de opresión. Defenderla, sin ambigüedad, es la punta de lanza, el detonante fundamental, para la transformación de Venezuela. Como dice el Apocalipsis: Dios vomita a los tibios.

    Enviado por Jonatan Alzuru Aponte.

    La universidad des-hecha.


    La universidad

    Saber es hacer, le guste o no a los burócratas de la ratio instrumental, inerciales prisioneros de su fe, atrapados en las redes del entendimiento abstracto. Todo pensar es, en efecto, un crear, un hacer, un producir incesante. Cuando se piensa se hace y cuando se hace se piensa. Se piensa para producir reproduciendo. Se hace para reproducir produciendo. Tal es la determinación constitutiva de toda posible construcción del ser social. Verum et factum convertuntur, afirma Vico; para comprender a fondo el decurso de la historia, es menester estudiar en profundidad las distintas facetas de “la mente humana”, porque los cambios que ocurren en las sociedades tienen su origen en ella. Si la totalidad histórica tiene sus fundamentos en la comprensión de “la mente humana”, su estudio resulta de factura esencial y justifica, además, el estudio de las más diversas formas del conocimiento. Las expresiones concretas del quehacer social tienen que ser, pues, investigadas, enseñadas y divulgadas, porque esa es la manera como los pueblos, al reconocerse a sí mismos, logran avanzar, ser prósperos, conquistar la libertad y vivir en paz. Forma y contenido son inescindibles: theoría y praxis.

    Las universidades no son fábricas de títulos ni de titulados. No son formas vaciadas de contenido, suerte de requisito nominal para poder obtener un cierto estatus de vida que permita, a su vez, alcanzar las subsiguientes “nominaciones”. Ellas son la mayor fuente de saber real y, por ello mismo, de hacer concreto. Su propósito esencial consiste en hacer país sobre la base de saber del país. Des-hacer la institución universitaria equivale, en consecuencia, a des-hacer el país en el que la sociedad pretende conquistar sus metas más preciadas, la realización de sus firmes propósitos específicos y generales, la conquista consciente de sus derechos y deberes. Ninguna sociedad que se respete a sí misma puede tan siquiera representarse la posibilidad de desarrollarse, de desplegar sus potencialidades, prescindiendo de la labor de sus universidades. A menos que se imponga la mediocridad como norma y sistema de vida, y que se llegue a sentir orgullo por las miserias de la ignorancia, la pobreza, el atraso, la violencia y la barbarie. Todo lo cual sólo puede ser calificado de fascismo en estado puro. Un régimen que promueve deliberadamente semejantes valores garantiza su permanencia absoluta en el poder. A mayor ignorancia más fácil resulta su perpetuidad al frente de una sociedad esclavizada, empobrecida, famélica, enferma, en fin, miserable.

    Hubo un tiempo en Venezuela en el que las universidades llegaron a ser centros de estudios auténticamente superiores. Grandes exponentes de las disciplinas científicas y humanísticas, de los saberes clásicos y modernos, fueron convocados con el firme objetivo de formar, no sin rigor y excelencia, a los futuros responsables de la construcción de un país decidido a salir de su retardo histórico-cultural e incorporarse a la civilización, superando así los peligros del prejuicio y la presuposición, esas percepciones 'de oídas' que redundan, por un lado, en el craso empirismo tout court, y, por el otro, en el fanatismo y la adoración ante el cacique, el taita o el caudillo. Bajo el cobijo de la democracia, y en poco tiempo, la universidad venezolana se constituyó en una sólida, respetable y prominente institución, autónoma y con profundas raíces civiles. Ser profesor universitario, ser estudiante o egresado de La Universidad venezolana se transformó no sólo en una cuestión de prestigio sino, sobre todo, en un compromiso con el país. De nuevo, forma y contenido, theoría y praxis. Esa gran universidad, referencia internacional y modelo de las universidades latinoamericanas, ha sido literalmente secuestrada, golpeada, torturada y violentada con saña y crueldad por el actual régimen narco-terrorista. Su diagnóstico es reservado. Puede decirse que de suma gravedad y, la verdad, se haya a punto de morir. Por lo pronto, está des-hecha, y será necesario reconstruirla desde sus cimientos.

    No hay peor cuña que la del mismo palo, dice un adagio popular. Pero cuando a las “cuñas” se las carcomen las polillas del resentimiento, la mediocridad y la piratería, el regressus a los tiempos del analfabetismo palúdico y a la pobreza material y espiritual se hace inminente. La cantidad sin mediaciones no hace calidad. Llenar cifras con más graduandos no pasa de ser una ficción, un espejismo tercermundista. Una universidad que no investiga y que no extiende los resultados de sus investigaciones en aportes reales, en beneficios para la sociedad, no merece llevar ese nombre. Las supuestas universidades que se limitan a impartir clases de refritos son una vergüenza. El profesor universitario, reseñado por el burocratismo dominante, como “docente” es un insulto a su formación investigativa y extensiva, a su concurso de oposición, a sus trabajos de ascenso, a sus investigaciones de campo, a sus publicaciones y a sus posgrados.

    Hoy la cada vez menor población profesoral de las -auténticas- universidades que apenas sobreviven se ha vuelto anciana. Con premeditación y alevosía, los sueldos del profesorado universitario, que deberían situarse entre los mejores remunerados del país, dada su altísima y muy delicada responsabilidad, son los peores de toda la administración pública. Ya nadie quiere ser profesor universitario. Los jóvenes relevos, bien preparados para el oficio, se van del país, buscando mejores condiciones de vida. La previsión social se ha vuelto infame. Los “dirigentes gremiales”, incapaces de defender los derechos que le corresponden al profesorado por ley, optan por pecharlo, sacándole del bolsillo los ya bastante mermados recursos de su salario para cubrir los malabares de una política de seguros lo más distante de la idea de “previsión social”. O se pelean por “la torta” de los beneficios obtenidos en otros tiempos -producto de la venta de los activos del desaparecido fondo de jubilaciones-, y no precisamente para poder cubrir los impagables costos actuales de las clínicas. Y es que, así como urge una nueva universidad que, cual fénix, resurja de sus cenizas, urge, de igual modo, un nuevo sistema de seguridad profesoral y la renovación integral del gremio. El poder atemporal enferma.

    Des-hacer significa hacer que una cosa vuelva a la condición en la que se encontraba antes de haber sido hecha, de modo que desaparezca, quede destruida o sea descompuesta. Este es un régimen de des-hechos: su característica esencial es la reacción, a la que autocalifican como “revolución”. Su fundamento ideológico -aunque muchos de ellos no lo sepan- es el fascismo, al que deberían, de una vez por todas, denominar 'nacional-socialismo'. Su desprecio por las universidades -su afán por des-hecharlas- sólo se compara con su profundo temor a la inteligencia. Tal vez, re-hacer la universidad sea la tarea más importante del presente y la mejor garantía de un futuro en progreso y libertad.

    La universidad pública centralizada.

    UCV 295 por José Rafael Herrera @jrherreraucv

    Es tiempo de escribir –provocandum est– acerca de la actual situación que padece la UCV, porque es tiempo de re-pensarla. Y como el pensar no es un banal ejercicio de “puentes” o “feriados”, ni, mucho menos, un vano y fútil lanzamiento de “guijarros en el vacío”, la acción de volver a pensar se hace aún más dolorosa, más patética, al contemplar la retrospectiva de lo que, por lo menos durante los últimos quince años, han hecho de la primera Casa de Estudios superiores del país, como “objetivo militar”, es decir, como víctima directa, de un doble asedio, externo e interno. 

    Censura de la crítica.

    En efecto, desde “afuera”, o más precisamente, desde las altas esferas del actual régimen, la UCV ha venido siendo estrangulada premeditada y alevosamente, dado el hecho de que la indiscutible mayoría de su personal académico, así como de su estudiantado, han asumido con firmeza la crítica de una gestión de gobierno claramente autocrática, militarista y sectaria, que ha condenado sistemáticamente al país a su destrucción material y espiritual, en medio de la peor corrupción de toda su historia.
    La brutal reacción del régimen ha sido, pues, la de aplastar la universidad, hasta lograr su objetivo principal: acabar con las ideas y valores de la autonomía y, en consecuencia, con la libertad del pensamiento. Se trata, pues, de hacerla “morder el polvo” y “torcerle el brazo”, hasta verla arrodillada ante el poder omnímodo y heterónomo de un régimen que ha hecho de la barbarie su mejor aliada. Es Howarts en ruinas, asediada por las huestes “mortífagas” de Voldemort. Sus áreas verdes, en un cada vez mayor estado de abandono, cobija adictos, malechores y mendigos. Las fachadas de un recinto que fuera declarado por la Unesco como “patrimonio mundial”, va perdiendo, día a día, su antigua majestuosidad; la inseguridad ha impuesto sus designios y acecha en cada rincón. Los laboratorios sin reactivos ni equipos; los salones con un mobiliario obsoleto, sin aire ni luz ni tiza ni marcador; pasillos a oscuras; oficinas sin insumos mínimos; comedor sin recursos para atender, con algo de decencia, las demandas de sus usuarios; los estudiantes con becas muy por debajo del salario mínimo, para no decir de las providencias estudiantiles. El sueldo del profesorado es menos que ridículo. Tampoco hay recursos para reponer cargos del personal jubilado. Su población profesoral se ha hecho vieja. Se niega a dejarla sola, para no abandonarla del todo, a la espera, casi nostálgica, de que ocurra un cambio que no llega.

    Eso ha hecho este régimen con una institución que cuenta con doscientos noventa y cinco (295) años  de historia, es decir, con una institución que es más antigua que la propia república. Y cabe hacer notar que no son pocos los “comisarios políticos” de este régimen en “funciones de gobierno” o al frente del “staff” directivo del partido en el poder que han salido de sus aulas de clase. Pero, como dice el adagio popular, “no hay peor cuña que la del mismo palo”: ya desde la época en que cursaban estudios en la UCV mostraban ser portadores de un talante anti-ucevista, destructivo, violento, vandálico: niples en pasillos, salones y baños; graffitis sobre sus obras de arte o bombas de gas en plena función en el Aula Magna; incendios en el Rectorado o en la sala de sesiones del Consejo Universitario; cierre de las entradas de acceso; explosión de vehículos y bienes; asalto y secuestro a transportes; tiroteos, foquismo, terror, destrucción. En fin, jueves de barbarie.
    Decía Spinoza que el propósito fundamental del intellectus es la formación de “hombres de bien”Por el contrario, se podría llegar a pensar que, para formar parte del actual régimen y ocupar un cargo de importancia en él, es requisito indispensable, sine qua non, el haber cumplido cabalmente con las “pasantías” antes descritas. ¿Cómo se puede valorar la paciente y serena creación, propia del conocimiento, teniendo semejantes antecedentes? Los capitostes de este régimen han demostrado sentir un profundo desprecio por lo que significa la Universidad como institución autonómica, libre, investigativa, generadora de respuestas y soluciones para el país. Por eso desprecian a la UCV y al resto de las universidades autónomas. Desprecian el esfuerzo de saber, el mérito y la excelencia, porque son virtudes por y para la verdad, el bien y la estética. La desprecian, en fin, porque no comprenden el hondo significado de la 'actividad sensitiva humana' que la conforma.
    Entre tanto, y como si todo este via crucis no fuese ya bastante cruel, los detractores del saber han diseminado estratégicamente sus fichas “adentro”, en el interior de la propia UCV. Como el resto del país, la UCV ha sido colonizada por la malandritud. El pillaje y la barbarie transitan libremente por sus pasarelas y edificaciones, ante la mirada esquiva, por decir lo menos, de sus ya exhaustas y muy desgastadas autoridades y de una seguridad interna o bien impotente o bien comprobadamente cómplice de hechos delictivos. El propósito es claro: se trata de implotarla. En manos de “dirigentes” que carecen de la más mínima noción de la Academia -gente sin Bildung- y, en consecuencia, del más elemental respeto por sus principios y valores, la “razón de ser” de 'la Casa que vence la sombra' ha devenido 'ratio' administrativista, burocrática. La docencia, investigación y extensión, ya no son la causa sino apenas un efecto secundario. Y, así, el 'propósito y razón' que sustenta la condición primordial de la vida universitaria -la reunión de “profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentes del hombre”- ha pasado, literalmente, a un desgastado y raquítico segundo plano. El honorable escalafón académico de otros tiempos ya no vale y poco cuenta. Bajo tales condiciones, la UCV y, con ella, las demás universidades autónomas, se han hecho inviables como instituciones encargadas de esclarecer los problemas esenciales de la Nación, de orientar las políticas públicas y de hallarse, efectivamente, sobre la base de los resultados del conocimiento, al servicio del país. Por más que se pretenda ocultar, como si nada pasara. La fuerza del “pranato” como novísimo modo del ser y pensar venezolano, ese “lado oscuro” que ha terminado haciendo suya la pobreza espiritual, terminó por atrapar la luz de la Academia con sus feroces fauces y deglutirla. Ahora, la tarea es salir del vientre de la bestia. Transformar el país, superar el actual estado de cosas, implica, necesariamente, reconstruir, reestructurar de cabo a rabo, los 295 años de historia de nuestra gloriosa “síntesis de las artes”, si es que se quiere recuperar su honor y majestad.   

    Cultura y formación cultural universitaria.

    Cultura y formación universitaria por @jrherreraucv

    Muchas aguas han corrido bajo los puentes desde que, en sus Disputationes, Cicerón definiera la cultura como la acción de “cultivar el alma”. Todo fluye, todo cambia de continuo. Los regímenes no son la excepción, por cierto. Lo que se niega a cambiar, lo rígido, lo que se ha endurecido, es, de suyo, un algo muerto, carente de vida.

    En efecto, y para decirlo en los términos de uno de los grandes del pensamiento universal –el oscuro Heráclito–, “otras y otras aguas sobrefluyen” continuamente. No obstante, el hecho de que no sea posible sumergirse dos veces “en los mismos ríos”, no significa que el cambio niegue la presencia efectiva de la permanencia. Parménides complementa a Heráclito, porque en todo gran árbol vive, de muchas maneras, la semilla que le dio su origen. Lo que se supera se conserva. El ser es.

    De tal modo que si el concepto de la acción de cultivar el alma se ha hecho hoy anacrónico y, precisamente por ello, tan impreciso como en extremo genérico –a los fines de dar respuesta a la pregunta que interroga por la cultura–, no menos cierto es el hecho de que en la historia de la comprensión de la creación cultural la idea misma de “cultivo” sigue estando presente. No hay, pues, cambio sin permanencia. Por eso mismo, comprender la relación existente entre cultura y formación cultural depende, en buena medida, de la capacidad de saber esta sutil, pero esencial, relación de oposición y correlatividad.

    Más allá de los múltiples puntos de vista, conviene tener presente esta tensión que hace posible la propia existencia de la civilidad: la cultura como concepto es, más que una definición, un hacer, un producir, una creación continua, desde las formas primitivas delfolklore hasta la haute culture. La diferencia se encuentra en la ruptura de los esquemas, de la estaticidad con la cual se le juzgue y defina. Quizá sea por eso que, después de todo, no resulte ser incierta aquella vieja y mordaz expresión: “La cultura ofende”. Pero, ¿cuál es la cultura que “ofende”? Es la que propicia cambios, la que estremece la consciencia y modifica sustancialmente la situación de cristalización del ser social. No la que reproduce, la que solo se limita a generar ganancias para la industria del entretenimiento. Tampoco ofende la “cultura” de los “bingos bailables” o las “ferias”, la del ritmo “pegajoso” –o “contagioso”– y las formas vaciadas de contenido. Esa es la “cultura” no culta, la misma que, no sin razón, Hegel acusaba de ser responsable nada menos que de “la muerte del arte”. Y si es verdad que para el mundo contemporáneo su reinado es absoluto, no menos cierto es el hecho de que las aguas crecidas del originario “cultivo del alma” no han dicho todavía la última palabra. Por eso mismo, la cultura propiamente dicha tiene la obligación moral e intelectual de trascender, de remontar los despropósitos de semejante banalidad, que confunde la creación cultural con las cadenas de montaje y la publicidad. Como advertía el viejo Kant, un detalle hace la diferencia: la facultad de juzgar.

    Y es justo en este punto donde interviene la diferencia entre la “cultura especializada” y la formación cultural. Hay, sin duda, especialistas en el estudio y la promoción de la cultura. Se trata de respetables académicos, de auténticos técnicos y profesionales, de un campo de trabajo que se abre paso a través, precisamente, de la industria cultural, y cuya solidez, seriedad y rigor nada tienen que envidiarles a los de otras profesiones. Cuestión de entendimiento y cantidad, de proporciones, medida, precisión y, sobre todo, de “sistema”. Es, como casi todas las demás, una profesión necesaria, de notoria ratio tecnica, resultado de la reflexión y característica del entendimiento abstracto. Con ella, la música, el teatro, la danza o la pintura devienen instrumentos y medios. En este nivel de las cosas, eldivertimento propio del “arte” ligero, como mera “recreación”, desaparece por completo, para dar cabida a la disciplina. Y, sin embargo, dentro de estas determinaciones sigue faltando la kantiana facultad de juicio.

    En las universidades autónomas no solo se forman, sobre la base del estudio disciplinado y el mérito, los mejores profesionales de un país. En ellas es indispensable la formación integral de su estudiantado. Su finalidad no consiste exclusivamente en la preparación técnica y cada vez más especializada de sus estudiantes. Hay en ellas, además, una característica fundamental: la formación cultural de los futuros profesionales. Un médico, un arquitecto o un farmacéutico egresado de una universidad autónoma no solamente será un profesional competente en su área de conocimientos. Será también un hombre con formación cultural, es decir, con criterios firmes, con capacidad para juzgar por sí mismo, comprometido con su realidad. Sensible a las diversas manifestaciones del horizonte problemático de la cultura y del arte; conocedor de los temas y planteamientos esenciales de su tiempo; con firmes ideas y valores que son el resultado de su formación en y para la vida en democracia, en autonomía, en libertad.

    El propósito de una dirección cultural universitaria no se limita a la presentación de grandes espectáculos. Tampoco consiste en la organización de eventos para la distracción y el ocio improductivo de sus comunidades. Su labor es mucho más orgánica. Permite que, por ejemplo, estudiantes de las más diversas áreas cognoscitivas puedan representar en el Modelo de Naciones Unidas a su universidad y cosechar éxitos en sus propuestas para la construcción de un mundo más humano, más tolerante, más comprehensivo de la diversidad. La cultura “ofende”, especialmente a la ignorancia y a la barbarie, al analfabetismo funcional, a los mediocres revestidos de lo que no son. Ella, la Bildung es la que contribuye, como decía Spinoza, con la formación de hombres de bien.

    Cultura universitaria

    La cultura universitaria.
    Desarrollar al ser humano como tal, como un ser pleno e integral, mediante el cultivo de los diversos aspectos e inclinaciones propias de cada personalidad, tanto los externos como los internos, tanto los naturales como los espirituales, tanto los estéticos como los éticos, recibe el nombre de “formación cultural” (Bildung) o, lo que es igual, de formación concreta del ser social para la razón y la libertad. No se trata de la mera instrucción, por más técnica o profesional que esta pueda ser, ni, mucho menos, del simple dominio de la adquisición de lo dado. La Bildung –la formación cultural– contiene, de hecho, la superación orgánica del simple aprendizaje, propio de la llamada “razón instrumental”. Se propone, más bien, adentrarse en el saber del tejido de la vida ética y política de la sociedad, entramada por la sensibilidad creadora de cada individuo, siendo esta la labor más elevada de la creación artística y, por ello mismo, como dice Schiller, “la más grande obra de la humanidad”.



    La Bildung –la formación cultural– no es ni depende de un medio o de un instrumento “cognitivo” o “metodológico”, de esos que le son tan gratos al modelo educativo positivista. Como tampoco es un fin en sí mismo. Es, en todo caso, un fin en continuo movimiento, porque no hay descanso para la creación del espíritu humano, para su inagotable devenir. Es, en suma, actividad sensitiva humana: praxis, ni más ni menos. Los hombres orgánicamente educados se encuentran en condición de superar la heteronomía –el ciego mandato del prejuicio– para reconocerse autónomos, es decir, responsables de sus propias decisiones, de sus iniciativas, de sus escogencias. En fin, se educan para ser los dueños de su propio destino. Y es a partir de la comprensión de su determinante función en la vida social que se puede concluir –de nuevo, con Schiller– en el hecho de que “la obra de arte más perfecta que cabe es el establecimiento de la verdadera libertad política”. Lejos, pues, de lo que se cree, la cultura en general, así como las más diversas manifestaciones del arte, no son en modo alguno ajenas al ser social sino, más bien, su adecuación consciente: la forma plena adecuada al contenido.

    En este sentido, cabe señalar que las universidades autónomas tienen como objetivo central la formación integral de su estudiantado como condición necesaria para garantizar el desarrollo y bienestar de toda la sociedad, tal como reza la Ley de Universidades –por fortuna– aún vigente. Se trata, por cierto, de un objetivo incompatible con el de las normas y costumbres de algunas casas de estudio “superiores” en las que el esfuerzo de su profesorado consiste en limitarse a impartir, a lo sumo, una abstracta enseñanza técnica, en detrimento de la formación cultural, considerada, por unos, como un simple divertimento, una suerte de “adorno” para los ratos de esparcimiento, y, por otros, abiertamente como una “pérdida de tiempo”. El resultado de semejantes “criterios” concluye en el triste espectáculo de egresar técnicos y profesionales de las más diversas disciplinas y especialidades –médicos, ingenieros, odontólogos, abogados, economistas, etc.– que son, a la vez, doctos ignorantes de la realidad política, social y cultural que los circunda. Tales “criterios”, heredados de las mezquindades características de la doctrina positivista, han mostrado, sistemática y fehacientemente, su fracaso como modelo educativo, su incapacidad para el cultivo de la libre inteligencia.

    Aprender no es comprender. La educación universitaria no consiste en una mera sumatoria de esquemas cognoscitivos, rígidos, fijos, secos, sin vida. La instrucción científica sin formación cultural es ciega. La formación cultural sin instrucción científica es vacía. Los estudiantes universitarios se forman y con-forman para la autonomía. Por lo cual, son parte integrante de la producción del saber y, como tal, deben participar activamente en la elaboración de lo que reciben. Son, a un tiempo, sujetos y objetos del saber. La suya tiene que ser una formación, como dice Gadamer, integral, permanente y autoconsciente. En una expresión, tiene que ser autonómica. Era eso a lo que Gramsci denominaba la formación del “intelectual orgánico”, es decir, del especialista debidamente instruido en su ámbito profesional y, a la vez, educado racional, ética, política y estéticamente.


    Un estudiante con más juicio que pre-juicios es, en realidad, un futuro hombre de bien. La formación universitaria no termina al salir del aula de clase o del laboratorio. Está en los pasillos y plazoletas de las escuelas y facultades, en las bibliotecas y los auditorios; está en el recinto universitario y en la polis que la circunda. Y, ciertamente, el sapere aude, la audacia, el atrevimiento de saber y decidir, asumiendo con madurez las propias convicciones e inclinaciones, el compromiso de la crítica certera, aguda, y de la sensibilidad para una acción pertinente y eficaz, es lo que recibe el nombre de autonomía. Su vehículo es la cultura universitaria, generadora de civilidad, de espíritu democrático, plural y pacífico.

    Promover el debate de las ideas y el interés por los problemas fundamentales de la sociedad; incentivar el interés por la lectura; motivar el acercamiento a las más diversas manifestaciones del arte, hacia todas las corrientes del pensamiento y hacia todas las tendencias estético-literarias, con tolerancia y sin discriminación. Al final, serán los propios estudiantes quienes decidan por cuál o por cuáles corrientes inclinarse. Propiciar el encuentro y generar las condiciones para que los universitarios sean formados como seres autoconscientes, a la altura de las circunstancias, comprometidos con las exigencias que requiere su entorno, su aquí y ahora: ese es el objetivo de la formación cultural universitaria y de sus direcciones de Cultura.

    Concebir la cultura universitaria como una disciplina especial o como un “telón de fondo” de los actos académicos, o incluso, como la guinda de un refinado pero prescindible postre, la desdibuja, la empaña, la debilita. Le hace perder su condición esencial y hasta su dignidad. Porque, muy por el contrario de lo que se cree, ella es el máximo galardón de la inteligencia, toda vez que completa y perfecciona la formación universitaria, haciéndola más plena, fluida y realista. Una universidad sin una Dirección de Cultura que cumpla con la función antes descrita es como un templo sin sancta santorum, como un cuerpo sin alma.

    En tiempos de tiranías y de pobreza espiritual, de sectarismo y violencia, conviene reafirmar el valor de la formación cultural como fuente de resistencia y base fundamental para el progreso de una sociedad que reclama la superación de las sombras de la ignorancia y de los fantasmas del terror autocrático.