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Los origenes de la doctrina tercer mundista.

Por José Rafael Herrera @JRHERRERAUCV

La doctrina del así llamado tercermundismo parte de la presuposición de que existen unos países que son más desarrollados y poderosos que otros, dando por sentado “el hecho” de que los primeros –como consecuencia del inevitable intercambio económico, social y político mundial– se aprovechan de la ingenuidad, la buena fe y la disposición de los segundos, para terminar sacando mayores y más jugosas ventajas, reduciéndolos a una pobreza cada vez mayor, mientras que ellos –los primeros– se van enriqueciendo groseramente. De manera que la “balanza” siempre termina inclinándose en favor de los más astutos en detrimento de los más ingenuos. Hay algo del discurso rousseauniano sobre el origen de la desigualdad de los hombres en el trasfondo de semejantes presupuestos. Y es que –como diría Rousseau– de no haber existido relación e intercambio alguno entre esos países, de haberse mantenido en la condición originaria, “natural”, sin relación alguna, los unos y los otros tendrían un grado más o menos similar de desarrollo. Los platillos de la balanza se hubiesen mantenido equilibrados. Pero, más allá de los discursos sin tiempo y de los supuestos paraísos primitivos idílicos, característicos de la ratio iluminista, fue a partir del ensayo de Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, que comenzó a consolidarse esa doctrina que puede resumirse en los siguientes términos: la prosperidad de los países desarrollados es la consecuencia necesaria del saqueo al que han sometido a los países no desarrollados. Esa es la causa de su pobreza. Se trata, por cierto, de un argumento absolutamente contrario al pensamiento de Marx.


De hecho, quien conozca las investigaciones de Marx sobre el modo de producción asiático sabrá que sus conclusiones describen un régimen de opresión, caracterizado por el despotismo tributario, la explotación –hasta el aplastamiento– del hombre por el hombre y el mayor de los atrasos culturales. En su Manifiesto comunista exalta a la sociedad burguesa como uno de los mayores logros históricos obtenidos por la humanidad, entre otras razones por haber establecido nexos de interdependencia entre las naciones: “El descubrimiento de América y la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes y ofrecieron un nuevo terreno a la naciente burguesía. El mercado de las Indias orientales y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el aumento de los medios de cambio y de las mercancías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un impulso hasta entonces desconocido y, al mismo tiempo, favorecieron el rápido desarrollo del elemento revolucionario que se hallaba oculto en el seno de la sociedad feudal en descomposición”. Marx no habla de la “resistencia indígena”, sino del “descubrimiento”. No habla de aprovechamiento de unas naciones sobre otras, sino de “intercambio”.


Como –no sin agudeza– afirma Carlos Rangel, “al primer pensador del siglo –se refiere a Marx, citando palabras de Engels– no se le ocurrió jamás sostener que el desarrollo de los países imperialistas y el atraso de los territorios coloniales se debiera en forma sensible a las relaciones (odiosas, quién lo duda) de dominación de los primeros sobre los segundos, nexos en los cuales veía más bien Marx la única promesa del progreso para las áreas que hoy llamamos Tercer Mundo”. En fin, concluye Rangel, “si la tesis de que el imperialismo y la dependencia han determinado la desigualdad de las naciones, tuviera algún fundamento sólido en lugar de ser un edificio propagandístico ad hoc sostenido más por la fe (y por la mala fe) que por los hechos, habría que preguntarse cómo pasaron inadvertidas para Marx y Engels y están ausentes de su formidable esfuerzo por entender y explicar toda la historia”.


Fue durante el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú en 1920, que los argumentos de Hobson, Hilferding y Lenin sirvieron de sustento a lo que hoy ha terminado por convertirse en un lugar común: detrás de una nominal soberanía nacional, se oculta la real esclavitud de la gran mayoría de la población mundial a manos de una poderosa minoría imperial. A partir de ese momento, el escenario de la confrontación mundial queda fijado entre los países capitalistas desarrollados (el “primer mundo”), la URSS (el “segundo mundo”) y sus aliados (el “tercer mundo”), conformado por “las vanguardias revolucionarias” y los “movimientos nacionalistas” de los países no desarrollados. De modo que la tan difundida consigna de “la liberación nacional y el socialismo” tuvo ahí, en aquel Congreso, sus primeras entonaciones.


De nuevo, los argumentos de Marx habían sido desestimados para dar paso a la recién fundada franquicia leninista. Los países no desarrollados conquistarían el socialismo no a través del máximo desarrollo de sus fuerzas productivas y de sus relaciones de producción, es decir, de la creación de riqueza y abundancia. No, pues, a través de la formación cultural, el desarrollo pleno de todas las potencialidades individuales y de la meritocracia, sino a través de la asistencia “solidaria” y “antimperialista” de la Unión Soviética con los países pobres, siempre y cuando se hicieran miembros alineados de la Internacional Comunista, de la recién creada franquicia bolchevique. Las palabras de Stalin, en 1924, resuenan hoy en las anacronías de algunos cuantos trasnochados: “El camino hacia la victoria de la revolución mundial pasa por la alianza de los comunistas con los movimientos de liberación antimperialista de las colonias y los países dependientes”. Ni se trataba ya de que los trabajadores, profesionales y técnicos, de convicciones democráticas, como sostenía Marx, formaran parte del movimiento. Bastaba con sustentarse sobre el odio de los impotentes y resentidos contra Occidente: “La lucha del emir de Afganistán por la independencia es revolucionaria, no importa que sus opiniones sean monárquicas. Es revolucionaria la lucha de de los empresarios y burgueses de Egipto por la independencia, aunque estén opuestos al socialismo”. Y así se fue conformando un bloque que, desde entonces, encontró el leitmotiv para expiar sus falencias, su corrupción abierta y su estructural ineficiencia en aquellos países que, con el desarrollo de la educación y la tecnología, fueron capaces de producir y acumular riqueza.


Hoy las cosas han cambiado. La Unión Soviética se reestructuró y renovó. China abandonó la “revolución cultural” del maoísmo para devenir un gran imperio. Ambos, bajo sus ancestrales signos de tiranía, han crecido y han desarrollado enormemente sus fuerzas productivas y sus relaciones sociales de producción. Según Lenin, ¿se les podría calificar como amigos de los pueblos no desarrollados? Pero hay regímenes tercermundistas que aún siguen pensando en las bondades de la “alianza solidaria” con sociedades que ni los conciben como aliados ni son solidarias con sus súbditos


El estado leninista.

Por @jrherreraucv  José Rafael Herrera.

Estado Leninista

Dice Gramsci en sus Quaderni que “crear una nueva cultura no significa solamente hacer descubrimientos “originales” individuales: significa, además, difundir verdades ya descubiertas, “socializarlas”, convertirlas “en base de acciones vitales, en elementos de coordinación y de orden intelectual y moral”. Ese es, en su opinión, el hecho “filosófico” más importante y original, mucho más que el descubrimiento de verdades parciales para el consumo exclusivo de alguna élite o algún pequeño grupo de intelectuales. La difusión de una determinada verdad en la sociedad realiza la filosofía, la hace concreta. Y es eso lo que explica el hecho de que Gramsci, siguiendo en lo esencial a Maquiavelo y a Hegel, haya advertido reiterada y enfáticamente la presencia de una diferencia fundamental entre la concepción del Estado apenas trazada por Marx y la sostenida de Lenin.

El sentido común, característico de la sociedad postmoderna, representa –pre-supone– al Estado como una relación real del ejercicio del dominio. En efecto, y como afirma Norberto Bobbio, el Estado aparece, pura y simplemente, como un “aparato de poder”, como un instrumento de dominación jurídica y política que se ejerce sobre, es decir, por encima de un determinado territorio y de una determinada población. En una expresión, la figura del Estado contemporáneo ha sido puesta (setz) y elevada, sensu stricto, como puro poder político, más allá –o más arriba– de la ciudadanía. Se trata de un ente ajeno y extraño a la sociedad, pero que la “controla” o “regula”. Y en esto coinciden –dando por sentado a los fascistas– tanto la interpretación liberal como la interpretación leninista del Estado, aunque los primeros se proclamen como sus detractores y los segundos como sus apologetas.

En una conferencia pronunciada en la Universidad de Sverdlov, en 1919, Lenin afirmaba que “si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos, y llegamos a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es un aparato de gobierno separado de la sociedad humana. Un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza”. En fin, un instrumento de dominio, un látigo. No se trata de una conquista de la civilización sino de una máquina de y para el sometimiento, controlada por quienes ejercen el poder político: “Nosotros –concluía Lenin– hemos arrancado a los capitalistas esa máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda explotación haya desaparecido del mundo... relegaremos esa máquina a la basura”.

En la cita anterior, Lenin no sugiere eliminar la máquina represiva de los capitalistas, sino “expropiarla”, tomar posesión de ella. Cambia el “operador” de la máquina, pero no la máquina. Queda abierta la esperanza de que, quizá algún día, la máquina llegue a ser destruida, para lo cual ni hay fecha ni hay calendario. Lo único que cuenta es que, a partir del nuevo empoderamiento “revolucionario”, se invierte por completo la relación de dominio: el antiguo señor se hace nuevo siervo y el viejo siervo se hace nuevo señor. La relación de dominio permanece intacta, porque los viejos dominadores pasan a ser los nuevos dominados y a la inversa. Los unos por encima de los otros, no importa cuántas veces se le dé vuelta a la “tortilla”. Y dependiendo de qué lado de la “tortilla” se encuentre cada quien, se formulará el correspondiente valor axiológico: si estás “de este lado” eres “bueno”, si estás “del otro lado” eres “malo”. La sociedad reducida a escenario hollywoodense o, en el peor de los casos, a telenovela. Y lo peor de todo es que, entre la clase que ahora domina y la clase que ahora es dominada, la sociedad, la multitudo, al decir de Spinoza, termina pagando, siempre, las consecuencias. Semejante modo de comprender las relaciones humanas raya, si no en la vergüenza, como diría Marx, “abierta y directa”, sin duda en la más triste forma de mediocridad.

Son las consecuencias de la representación del Estado como un ente ajeno a la sociedad. Son, en suma, consecuencias derivadas de las fijaciones características del entendimiento abstracto, del “materialismo crudo” y ramplón que impera campante, junto con su ratio instrumental, en tiempos de posmodernidad. Es el logos del imperio del aut-aut sobre la Bildung del sive lo que ha terminado por imponerse. “La doctrina materialista, según la cual los hombres son producto del ambiente y la educación, olvida que el ambiente viene a ser modificado por los hombres y que el educador mismo debe ser educado. Ella termina, necesariamente, con la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales es concebida como situada por encima de la otra”. La cita es de Marx, para sorpresa de leninistas y liberales. Es la tercera de las Thesen sobre Feuerbach. Un muy peligroso veneno se ha esparcido a través del sistema circulatorio de la cultura contemporánea: la presuposición de que el Estado es un ente separado, distinto y distante, de la sociedad, cuya función principal, además, consiste en oprimr toda iniciativa privada, individual.

Es verdad que a la filosofía de Marx la anima la crítica del modelo liberalista de Estado, como expresión de la separación entre la sociedad civil y el Estado, separación que da por supuesta. Pero Marx, discípulo de Hegel, se esfuerza en mostrar la necesidad crítica e histórica de generar el reconocimiento de lo uno y lo otro, a diferencia de lo que sucede en los regímenes totalitarios o despóticos, cuyos orígenes se remontan a las tiranías orientales. Considerado como eticidad, el Estado ya no es concebido aquí como un instrumento de dominio, como un “garrote”, sino como un “organismo viviente” –dialéctico–, cuyos términos son, por cierto, la sociedad política y la sociedad civil. En él la iniciativa privada conquista su mayor realización, justamente en virtud del hecho de que el cuerpo jurídico y político se constituye en garantía del máximo desarrollo de las llamadas “fuerzas productivas”, sustentadas en el mérito cognoscitivo y la producción de la riqueza material y espiritual. Como decía Gramsci, se trata de la construcción de una nueva cultura.

La Revolución sin el Estado:

Comentario a los 100 años de “Estado y la Revolución” de Lenin

Preliminar: El Problema
El Estado es la forma de sociabilidad impuesta por el capitalismo; su razón de ser radica en poner en marcha una forma de vida que deshumaniza la sociedad; ahí es donde lo real se hace racional, porque la razón del Estado produce irracionalidad en la realidad. La forma de vida capitalista organiza una socialidad, en la que la relación social de dominación se establece de manera formal como relación entre los propietarios “libres” e “iguales”, por lo que necesita de la constitución de un poder político de clase como un poder público: El Estado.
El tema del Estado y su relación con la revolución, es el punto nodal de la división entre los comunistas en los dos bloques históricamente reconocidos: Anarquistas y socialistas, entre aquellos que ven en el Estado una herramienta “transitoria” para la consolidación de la sociedad libre y, los que consideran que este no es sino el eje articulador de todas las contradicciones y la dominación, siendo imposible su utilización revolucionaria (Kropotkin, P. 2001).
Hoy 100 años después de la puesta en marcha de lo que muchos consideran la realización del materialismo histórico, tenemos como nueva generación de pensadores latinoamericanos, que repensar los fundamentos filosóficos de ese pensamiento, confrontándolo con sus propias limitaciones y posibilidades. La mejor excusa es Lenin y el problema del Estado para la Revolución, en honor a una discusión tenida, no hace mucho tiempo,  con unos camaradas militantes.


  1. CRITICA AL ESTADO BURGUES:
Estado y Revolución” (1917) de V. Lenin representa una síntesis de las ideas expuestas por Marx y Engels sobre sus análisis de los sucesos revolucionarios de Francia durante la época de 1848-1880 aproximadamente; donde finalmente llegan a la conclusión según la cual, el Estado debe ser destruido una vez se haya conseguido la tan anhelada libertad total y real humana, por efecto mismo de las herramientas que sostienen el mismo capitalismo: las relaciones humanas, las costumbres, la cultura. Junto a otras obras del periodo de septiembre a octubre del año de publicación de la obra- periodo de la misma revolución – representan y esbozan la «raison d'être» de la revolución y su praxis concreta.
La realidad no es lo que percibimos por mera intuición, la realidad más bien se esconde detrás de eso que percibimos. Para quienes somos hijos de la modernidad, el Estado se presenta como aquello que es la “realización de la idea”, como el instrumento mediante el cual la racionalidad humana se da para procurarse el mejor vivir. Pero la negatividad de la razón, muestra que el Estado en realidad en su existencia material, obedece a determinaciones históricas, que el Estado es producto del desarrollo histórico de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo, donde aparece la contradicción irreconciliable entre dos clases (Lenin, 1917) Es un órgano mediante el cual el juego dialéctico del amo y el esclavo alcanza el desarrollo de una máquina para la dinámica del asunto; el Estado es un órgano de dominación de clase.
Lenin plantea varios elementos centrales para critica del Estado Burgués, a través de las consideraciones de los Materialistas históricos clásicos: Marx y Engels. Como ya lo referimos, a lo primero que apunta Lenin como una crítica al Estado- Burgués- es la falta de consideración en su desarrollo histórico que lo termina mistificando como única forma de organización de la vida colectiva, el Estado no ha existido eternamente, tiene sus orígenes en lo que podríamos denominar la primera modernidad, en el siglo XVI con el inicio del absolutismo, del cual heredó todas sus facultades.
El estado es por regla general -de su propia génesis- propiedad del a clase económicamente dominante, que se sirve de su fuerza especial (monopolio de la violencia) para perpetuarse en su dominación; es el instrumento por medio de cual se explota a la clase oprimida. De este modo, se convierte en un «para- organism», un parasito para utilizar términos de Marx en el 18 Brumario. El Estado- dice Lenin- se sirve del «arma de la democracia» para medir el grado de consciencia de los oprimidos, manteniéndolos embelesados con el juego de elegir a quienes los oprimirán en cíclicamente. El haber llegado a esa fase de desarrollo económico, que estaba ligado a la aparición de la división de la sociedad en clases, aparece esta máquina como una necesidad para conciliar estas contradicciones.
Lenin plantea una crítica completa al Estado burgués, en tanto que el camino del «sujeto histórico»- el proletariado- esta inevitablemente ligado con la destrucción de este aparado como tal. Todas las instituciones del Estado burgués, perpetuán la misma dominación y el Estado el instrumento más completo de estas instituciones. Los funcionarios de dicho estado tienen una posición privilegiada en la salomónica diferenciación social. Instituciones como el parlamentarismo, no son más que lugares de charlatanería y evacuación- desarrollaremos esto más abajo- mientras haya Estado no habrá libertad completa, esa es la crítica negativa (dialéctica de Lenin) al mismo Sujeto absoluto hegeliano.


  1. IMPLICACIONES DE LA DESTRUCCION DEL ESTADO:


Que el ámbito de la política necesariamente esté ligado al ámbito del Estado, es bien visible para quien este mirando el asunto desde el realismo político. La política es el juego social de la dominación y la lucha por la libertad. El Estado es entonces, el escenario de tal movimiento dialectico. Para que la negación sea dada, es menester la superación histórica de esa forma de vida social. El pensamiento marxista desarrolló muy bien aquella “naturalidad de la historia”, que muestra que para que se dé el desarrollo dialectico de la historia es necesaria la destrucción del Estado.
En el texto, Lenin plantea que la Destrucción del Estado burgués es algo que debe darse obligatoriamente en el proceso revolucionario, sin esta premisa no podría existir una transformación del Estado en beneficio del pueblo (las mayorías); el principal objetivo debe ser la revolución violenta y la destrucción del Estado, la primera debe ser la regla general, es el único paso para que deje de existir la división de clases. Lenin señala que el Estado burgués no se “extingue” sino que éste es destruido por el proletariado en la revolución, el que se extingue después es el semi-Estado proletario, un estado que reviste su forma de negación bajo la apariencia de su forma anterior.

Veamos un diagrama que muestra en términos generales la Destrucción del Estado Burgues y posterior Extinción del Estado Proletario: el cambio de la cantidad a la calidad:




Se plantea que la destrucción del Estado como tal- que reviste su forma originaria del absolutismo-, consiste en que precisamente esa característica que identifica a la maquinaria del Estado, que es la fuerza especial de represión, que era llevada a cabo por la burguesía hacia el proletariado; debe ser necesariamente sustituida por una fuerza especial de represión por parte del proletariado hacia la burguesía, es decir la dictadura del proletariado, y el apoderamiento del Estado por parte del proletariado se traducirá en la apropiación de los medios de producción en nombre de la sociedad, y deben ser cambiadas todas las instituciones del Estado burgués para que puedan reconfigurarse procurando el beneficio de todo el pueblo, nivelando por decirlo en términos hegelinaos, la dialéctica del amo y el esclavo, entonces, las clases sociales desaparecerán:

«El proletariado toma el poder del Estado y comienza a convertir los medios de producción en propiedad del Estado. Pero con ese mismo acto, el proletariado se destruye a sí mismo, destruyendo las diferencias de clases, los antagonismos y de ellos el Estado mismo» (Lenín, 1917:34)

Teniendo en cuenta la dictadura del proletariado después de la toma del poder y apropiación de los medios de producción, vemos que la dictadura del proletariado no va a ser permanente sino temporal, porque después de llevar a cabo esto, con este acto se destruye a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases y con ello el Estado como tal.
Se señala también las aclaraciones que hace Lenin sobre algunas tergiversaciones que han hecho los anarquistas, y los partidos socialistas “oficiales”, llamados por él, (oportunistas), entre las que se plantea que Engels es partidario de la república democrática, como la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, pero que esta consigna, “república democrática” era oportunista, no solo porque embellecía la democracia burguesa, sino porque no comprendían la crítica socialista de todo Estado en general. En este sentido, se entiende también que la democracia es un Estado, y por ende cuando desaparezca el Estado burgués la democracia desaparecerá también, se aclara que la supresión del Estado proletario, es decir la supresión de todo Estado se da por medio de un proceso de extinción; Lenin dice que es un hecho que se dará espontáneamente, las clases desaparecerán de un modo tan inevitable como surgieron en su día, y el Estado burgués será sustituido por una comunidad (comunismo), así se dará el paso a una sociedad sin divisiones de clase ni Estado; teniendo en cuenta que en la comuna es especialmente necesario seguir reprimiendo a la burguesía y vencer su resistencia, es decir, la revolución debe ser permanente, esta no se estabilizara sino que debe seguir su proceso continuo.

    3. EXTINCION DEL ESTADO:


El materialismo histórico es a la inversa a cuestión darwiniana. Si éste (Darwin) descubrió la historicidad de la naturaleza, aquel (Marx) descubrió la naturalidad de la historia(Lenín, 1917: 67). En los planteamientos de Marx y Engels, condensadas en Lenin, no vemos ni un rastro de utopismo; la cuestión del Comunismo se plantea como el naturalista plante a la cuestión del desarrollo de una nueva especie biológica (ibídem) No pasa como a los dinosaurios, en donde una explosión súbita desencadenó su desaparición; sino más bien el adormecimiento vital del organismo en su estructura anterior, se desarrolla dando paso a una forma superior; un acto no de súbito, sino más bien gradual: a medida que sus órganos mismos trasmutan naturalmente a aquella forma superior, mantienen – al menos parcialmente- aquellas formas orgánicas que irán desapareciendo a medida que el organismo necesite de nuevas formas orgánicas para darse esa nueva manera de vida; en otras palabras, irán cambiando las relaciones sociales de producción, cambiando con ello las condiciones que sustentan el Estado, por lo que el Estado será entonces superfluo.
Vemos entonces que el Estado no se cambia de inmediato por la «Extinción» sino por la «revolución», la violencia - expresa Lenin- tiene un papel revolucionario es la parte de toda sociedad que contiene la nueva forma y es a la vez, el instrumento con el cual el sujeto histórico se abre camino y rompe con las formas anteriores (ibidem, 70). Marx, Engels y Lenin saben muy bien que la lógica amigo- enemigo1, amo- esclavo que han caracterizado el fundamento del ejercicio político de la sociedades concretas, muestra que el paso a una forma cualitativamente distinta solo se conseguirá con el uso de la violencia, las consciencias hegelianas que “desean deseos”, se anteponen en una lucha a muerte. Ya más arriba hemos esbozado los planteamientos relativos de Lenin sobre los elementos centrales a la crítica del Estado burgués y las implicaciones de su posterior destrucción.
Consecuentemente, una vez el proletariado y el campesinado se hacen con el poder, inmediatamente comienza a destruir paulatinamente el “aparato parasitario”. Esto ya o hemos desarrollado más a fondo en el punto inmediatamente anterior, una vez clarificado nuevamente esto, paramos a desarrollar los argumentos de Lenin sobre la extinción concreta, no de la forma de estado burgués sino del estado proletario:
Como lo muestra la gráfica anterior, a diferencia de los anarquistas, el estado para (ciertos seguidores) (d)el materialismo histórico, pasa por una etapa de transición política, como lo hemos reiterado; no hay utopismos anarquistas, lo que se hace es destruir la antigua maquina por una nueva que permita ir reduciendo a la nada toda burocracia (ibidem, 100) Una exactitud sociológica si en verdad se quiere enfrentar un proyecto político de esa índole. El Estado, toda forma de dominación encierra en realidad una relación de orden social, si no se cambia eso – como diría el mismo Lenin- se estaría cambiando solo de nombre.
Pero, ¿Con qué se sustituye entonces esta máquina parasitaria? Y ¿Cuáles son los elementos para no terminar perpetuándola? Marx en el “Manifiesto del Partido Comunista” 1848, daba respuesta abstracta a estas cuestiones mas no los medios para su consecución, solo el ejemplo histórico de la comuna de parís 1871 le muestra que la clase obrera no toma el Estado para su propio beneficio, sino para destruirlo y cumplir con su misión histórica. Desmenucemos más el asunto:
Las dos clases que forman el pueblo ( Campesinado y Proletariado) se unen alzados en armas y se toman el poder, destruyendo las instituciones de la minoría privilegiada, transformándolas en instituciones para la mayoría y entre más intervenga entonces el pueblo en el funcionamiento de estas nuevas instituciones ya no será necesario dicho poder (ibidem). Las forma política que sustituye el Estado por un no Estado, es la Comuna ejemplo de 1871 en parís, que regresa al organismo social todas las fuerzas que hasta ahora desembocaban en el Estado burgués, impidiendo el movimiento libre. Esta nueva forma es el pueblo organizado como clase dominante. Se causa así una unión voluntaria de la comuna en la Nación para aplastar la dominación y resistencia de la Burguesía. El centralismo voluntario, la unión central consciente, se distingue en la organización absolutamente libre de las comunas en la unificación de la acción de todas para dirigir los golpes contra el capital; para aplastar la resistencia de los capitalistas minoritarios que se resisten al “salto cualitativo” y entregar a la nación (toda la sociedad) los medios de producción.
De este mismo modo, se destruye con el parlamentarismo y se instauran instituciones donde la libertad de crítica y el examen no degeneren en engaño; aquí los parlamentarios ejecutan sus propias leyes para comprobar ellos mismos sus planteamientos y no ir a los lugares de charlatanería que son los parlamentos del estado burgués: lo que se crea son reales “ corporaciones de trabajo” , así que no es la abolición de las instituciones representativas, sino una transformación en el que el legistador ejecuta y esos son todos los miembros del pueblo que irán administrando estas funciones por turnos y gradualmente, consiguiendo con esto la buena costumbre de comunista.
Es evidente entonces, que esta extinción paulatina del Estado, es el desarrollo de la completa democracia para su posterior extinción, pues la extinción del Estado supone la extinción de la democracia, “cuanto más completa sea la democracia, pronto llegara el momento de no necesitarla” (ibidem, 118)
El científico es riguroso, por lo que Marx al plantear las bases económicas para la extinción del Estado, formula ávidamente- como lo muestra Lenin- las dos fases necesarias para llegar al comunismo. La primera fase, es la fase inferior del comunismo (muchos la llaman socialismo), no puede proporcionar todavía la justicia e igualdad: existen diferencias, pero no subsisten con la explotación del hombre por el hombre; pues en esta fase, los medios de producción han dejado de ser propiedad de los individuos particulares, pertenecen a la totalidad de la sociedad (ibidem, 120). No se trata entonces de la sociedad comunista como tal, que se desarrolla sobre su propia base, sino de una que ha salido del seno de la sociedad anterior y que mantiene los rasgos de esa formas de vida.
No obstante, aunque al socializarse los medios de producción, desaparece el derecho burgués; esta fase presenta un defecto inevitable que Lenin expresa en estos términos: “el que no trabaja no come”, “al igual cantidad de trabajo igual cantidad comida”. Lo anterior expresa que en la primera fase persiste el derecho burgués en el aspecto de la desigualdad, pues al desigual trabajo de hombres desiguales la igualdad de comida. También persiste la utilización del Estado que vela por la propiedad común y la distribución de los productos (ibidem, 137)
Obsérvese que existe una gran diferencia política entre la fase anterior y la fase completa, superior. Lenin muestra que mientras llega la nueva fase superior, se exige un riguroso control de los medios de producción por parte del Estado proletario; control sobre la media de trabajo y consumo que se inicia con la expropiación de los capitalistas. Lo anterior no se lleva a cabo por un montón de burócratas, sino por el Estado de los obreros armados; el Estado de los soviet de diputados obreros y soldados.
Toda la sociedad de la primera fase se concreta entonces, en una sola fabrica (modo producción) con trabajo igual y salario igual. El Estado se irá extinguiendo en tanto que ya no hay capitalistas, no hay clases, por lo que no hay que reprimir ninguna clase. Del mismo modo, la democracia que manifiesta la existencia de una mayoría reprimida por una minoría, significa solamente una igualdad formal. En la medida que se materialice la idea no será entonces necesario lo anterior y “de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad” mostrando que el trabajo en su máxima ontica y ontológica, supone al trabajo como expresión de la vida en toda su dimensión.
En la fase superior de comunismo desaparece la subordinación del individuo a la división del trabajo social y con ello el contraste entre el trabajo intelectual y trabajo manual. Ésta fase es cuando todos conscientes dirijan la producción social y nos habituaremos poco a poco a las reglas elementales de convivencia, sin ese aparato de coacción que se llama Estado y se camufla en la democracia. Mientras exista Estado y democracia no existirá libertad. Mientras haya libertad no existirá estado.


Consideraciones finales:



¿El marxismo es una filosofía crítica que transforma la realidad o es una filosofía que continua sobreviviendo porque no ha encontrado el momento para su realización? Es un filosofía y praxis política crítica porque constantemente reevalúa su limitaciones y posibilidades de realización. En un texto fundamental sobre materialismo histórico, Bolívar Echavarría se pregunta:
« [..] ¿Cómo es posible un discurso teórico propiamente comunista? Es decir: ¿cómo afecta la peculiaridad del mensaje comunista a la configuración fundamental del discurso teórico? ¿De qué afirmación básica sobre la objetividad y sobre el tipo de actividad teórica adecuada a ella parte el discurso teórico comunista? […]» (Bolívar Echeverría, 2011:14).
La peculiaridad del mensaje del pensamiento crítico, de la teoría y tradición crítica, se fundamenta en la reflexión constante sobre la importancia en la vida del ser humano del ejercicio mismo del pensamiento y cómo este tiene repercusiones prácticas.
El pensamiento teórico del V. I. Lenín sobre el Estado y la revolución ha tenido gran impacto a nivel práctico, de tal forma que se sacrificó con ello mismo lo fundamental de su formulación teórica; de él se ha hecho una caricatura. Nos podemos preguntar ¿cuál es pues el balance de lo obtenido después de 100 años? ¿Alguna vez en la historia ha ocurrido la puesta en marcha de la extinción del Estado por parte de los régimen de izquierda marxistas- leninistas o resulto cayendo Lenin en la utopía irrealizable que tanto crítico a los Anarquistas?
El propio L. Trotsky (2012: 41) dice:
«[…] Siguiendo a Marx y Engels, Lenin ve el primer rasgo distintivo de la revolución en que al expropiar a los explotadores suprime la necesidad de un aparato burocrático que domine a la sociedad y, sobre todo, de la policía y del ejército permanente. “El proletariado necesita del Estado, todos los oportunistas lo repiten —escribía Lenin en 1917, dos o tres meses antes de la conquista del poder—, pero olvidan añadir que el proletariado solo necesita un Estado agonizante […] Cualquiera que sea la interpretación que se dé a la naturaleza del Estado soviético, una cosa es innegable: al terminar sus veinte primeros años está lejos de haber “agonizado”; ni siquiera ha comenzado a “agonizar”; peor aún, se ha transformado en una fuerza incontrolada que domina a las masas […] »


Lenin dejó escapar de sus análisis el hecho de que el Derecho y la administración manifiestan un fenómeno superior y central del capitalismo: la Racionalización, que se expresa en la esfera del Estado al configurarse una «Dominación Racional» a partir de una clase burocrática. En los regímenes socialistas, de Stalin a Mao, pasando por Fidel Castro o el propio socialismo del siglo XXI en América Latina, se fundamentan en la expansión del Estado tanto en la Economía como en las esferas sociales. El Estado se hace fuerte no porque ataque directamente las estructuras sociales, psíquicas y culturales que sostiene el capitalismo, sino porque produce una ficción de cambio en lo económico (Nacionalización) y político (populismo de la inversión social). La “transición”, la “dictadura temporal”, parece ser muchas veces eterna.
El pensamiento filosófico-político latinoamericano, rompe con los antagonismos entre anarquistas y socialistas; sus cuestiones van más allá de los problemas formulados por el pensamiento político crítico europeo. Hoy leemos al camarada Lenín, no para malograr la totalidad de sus postulados, sino para realizar aquello mismo que él inspiró: revisar las limitaciones y posibilidades de realización. Su acierto, considerar la necesidad de un proceso social de transición a la sociedad comunista. Su error, fue considerar al Estado como el garante de ese proceso. En ese sentido es que,
«[…] La burocracia no sólo ha vencido a la Oposición de Izquierda, ha vencido también al partido bolchevique. Ha vencido al programa de Lenin, que veía el principal peligro en la transformación de los órganos del Estado “de servidores de la sociedad en amos de ella” […]» (Trotsky, 2012: 69).


La propia degeneración interna del partido bolchevique fue la causa del triunfo de Stalin y de la extremada burocratización del Estado soviético (Trotsly, 2012). Lenin fue un romántico; pensó que todo militante de izquierda es realmente libertario.
La Revolución debe ser pensada sin el Estado. Su Extinción se realiza con su destrucción inmediata; con la puesta en marcha de una nueva moralidad entre los seres humanos. El Estado es la forma de sociabilidad que impone el capitalismo para perpetuar de ese modo su existencia, por lo que es completamente ilógico creer que pueda tener un aspecto revolucionario en sus estructuras internas. No se puede pensar la revolución con el Estado; la revolución es sin el Estado, ya que procura su destrucción.


TRABAJOS CITADOS



Bolívar Echeverría. (2011). El materialismo de Marx. Discurso Crítico y Revolución. Itaca.
Cerroni, U. (1967). Introducción al Pensamiento Político. Buenos Aires: Amorrortu.
Kropotkin, P. (2001) El Estado. Biblioteca virtual anarquista. Disponible en : www.cgt.es/biblioteca.html
Lenin, V. (1917). Estado y Revolucion. Moscu.

Trotsky, L.(2012). La Revolución Traicionada: ¿ Qué es y a dónde va la URSS?. Editado por partido Socialista centroamericano.

1 Esta propuesta dialéctica del realismo político la presenta Carl Schmitt en su texto Concepto de lo Politico de 1932.


La historia como aparato del estado.

El desgarramiento del estado por @jrherreraucv

El conocimiento sin historia es vacío. La historia sin conocimiento es ciega. La descontextualización del conocimiento se identifica con el prejuicio, el dogma y la ignorancia. Aprender frases ortodoxas de memoria y repetirlas una y otra vez, hasta la saciedad -pues se cree que mientras más se repitan se harán más y más verdaderas-, es el “modelo teórico” por excelencia del dogmático, porque con él siembra en la muchedumbre desprevenida el autoconvencimiento, la convicción, la base de quiebre del pensamiento y, consecuentemente, de la libertad.


Historia aparato del estado de los individuos.
Es el que sin por qué, el desplegarse del culto, de la “verdad revelada” y de la resolución del “misterio”. Es la “fe positiva” de la que habla Hegel, el encuentro ideal, el entrelazamiento definitivo de la reflexión del entendimiento con “el suspiro de la creatura agobiada”.

El editor de la revista Der Angriff –El Ataque– y ministro de educación del régimen nacionalsocialista alemán, Joseph Goebbels, lo comprendió muy bien: una mentira repetida mil veces, tarde o temprano, se convierte en la verdad. De pronto, y gracias a la intermediación del vulgar “caletre”, lo falso deviene verdad incuestionable, la parte -el partido- deviene totalidad, lo finito se hace infinito, lo relativo se hace absoluto. Suspendida la historicidad del saber, el vacío y la ceguera se apoderan de la fiel y creyente militancia, que ahora está en capacidad de representarse -¡oh, maravilla!- la conversión de centros de votación desolados nada menos que en ocho millones de votos. ¡Milagro! Las “ángeles” de Jorge han revelado el mensaje oculto, el criptograma sagrado del templo -cuartel- de la montaña.

En estos difíciles días que transcurren, la relectura de Orwell parece hacerse imprescindible, si es que se quiere tener clara conciencia y comprensión de la compleja transmutación de un Estado de cánones modernos en un Estado autocrático, militar y militarista, totalitario, al servicio de una falange -tal vez, “la mano roja” por lo ensangrentada- devenida cartel que, a su vez, se encuentra al servicio de intereses ajenos -auténtica satrapía-, abierta y directamente criminales. Lo cierto es que el Estado, a la luz de su comprensión del modo de vida occidental, ha sido sometido a un doloroso desgarramiento, a expensas de una falaz presuposición, insuficiente -dada su carga irracional-, dogmática y mecanicista, que, por lo demás, ha sido sacada -abstraída- de su contexto histórico concreto. Y no se trata de una cuestión que puedan resolver únicamente “los técnicos” o los “especialistas”. Como tampoco se trata de un asunto de mera cuantificación estadística. No es cosa del mero entendimiento reflexivo. Es cosa nada menos que de la sustancia.

Fue Lenin quien promovió la figura del Estado como un instrumento -o más bien, un garrote- de dominación. Su estrecha visión del Estado -que se origina en el modelo tiránico característico de las sociedades asiáticas- lo conduce a definirlo como una máquina que somete y hace que la clase opresora reprima a la clase oprimida: “El Estado es, en realidad, un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza”. El medio propio del Estado es interpretado, únicamente, como sociedad política, como el exclusivo uso de la fuerza, y es solo por la fuerza que ejerce su poder. Importa solo la “legalidad”, no la legitimidad. En fin, el propósito de Lenin -y más aún el de sus feligreses- no consiste en romper el instrumento de represión en aras de la convivencia, la equidad o la paz social, sino en tomar posesión de él. La exhortación es a apoderarse de la máquina –del “aparato”–, pero no para destruirlo, sino para que cambie de operador. Y es así como se sustituye a Nicolai -el segundo- por “Bola de Nieve”, según la descripción orwelliana de la Rebelión en la granja.

Para la casta militar, el argumento leninista resulta impecable, atávicamente absoluto y verdadero, pues, como casta nacida en el medioevo, nada conoce de la sociedad civil, de la Bürgerliche Gesellschaft, de los Burgos, gestados en Occidente, en pleno Renacimiento, de los que Marx –a diferencia de Lenin– habla con tanto halago en su Manifiesto. Y es que, a diferencia del Estado tiránico oriental, el Estado republicano moderno occidental es el resultado de la proyección especulativa constituida por la relación -compleja y contradictoria, en sentido dialéctico- de la sociedad civil con la sociedad política. Se trata, como dice Gramsci, de la síntesis de consenso y coerción. En efecto, la sociedad civil es el elemento social que posibilita la concreción de la hegemonía cultural, el contenido ético del Estado, o el “Estado ético”, como el momento de la recíproca compenetración de la estructura y la sobrestructura. Cosa que la distingue de la sociedad política, o cuerpo jurídico-político-burocrático-militar del tejido estatal. Cuando entre ambos términos existe una relación de recíproco reconocimiento, se dice que conforman lo que se conoce como un “bloque histórico”. Pero cuando entre dichos vocablos, es decir, entre lo constituyente y lo constituido, no existe relación sino alejamiento, indiferencia y creciente hostilidad, se puede afirmar que la tensión los convierte en extraños, hasta el punto en el cual se produce el desgarramiento definitivo.

La sociedad contemporánea es testigo de excepción de la transmutación de un Estado moderno republicano en un Estado tiránico oriental. No es casual el hecho de que en la “Lista Clinton” se incluya por vez primera a un presidente del hemisferio no oriental del mundo. El conocimiento y la historia se han desvanecido. Su lugar lo ocupa un anacronismo que solo puede vivir de las miserias del crimen y la corrupción. La instrumentalización del conocimiento es la fe en el dogma y su consecuencia directa es la barbarie. La ignorancia de lo uno y de lo otro, es decir, del conocimiento y de la historia, llega a producir monstruosidades, “bestiones”, los llama Vico, entes disformes, sin cultura y sin tiempo. A la larga, pesa más la civilidad, el “optimismo de la voluntad”. Y no es, como dice algún político -vástago de la triste flacidez del pragmatismo-, que “el bien siempre triunfa sobre el mal”, porque no se trata de un western-spaghetti. Se trata, una vez más, de una cuestión objetiva, de la relación de individuo y sociedad, de su conocimiento e historicidad: se trata de la verdad como “norma de sí misma y de lo falso”.

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