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The Snuggles de Shakespeare

“I’m a lion and I´m not a lion, I’m a Snug”.
(W. Shakespeare, A Midsummer nights’s dream)
Shakespeare hoy
Venezuela fue catalogada en algún momento como “la tierra de lo posible”, suerte de rara versión -a ritmo de cuatro y maracas- de una larga, muy extensa, noche de San Juan. Y es que esa gran celebración, en honor al nacimiento del Bautista, pareciera invertir la noche en día y el día en noche, la luz en sombra y la sombra en luz, la sensibilidad en entendimiento y el entendimiento en sensibilidad, la derecha en izquierda y la izquierda en derecha. En fin, toda una inversión especular. Trama, por cierto, propicia para la gran bacanal de los sectarismos extremos o, más puntualmente, de los llamados extremismos. Tal vez porque -cosas del destino- un 24 de junio de 1821 se libró la batalla que selló la Independencia política venezolana. O tal vez porque la fiesta en cuestión fue primero pagana que cristiana. Lo cierto es que, en la oscuridad, cuando el brillo de las antorchas se hace tan luminoso como la luz del sol, se termina produciendo el efecto opuesto, y llega un punto en el que resulta imposible poder ver. De un extremo se llega al otro extremo. Y, así, el territorio de lo posible termina siendo el de su término opuesto. Son los sueños en el sueño de una noche de verano.
En inglés, la noche de San Juan recibe el nombre de Midsummer night, motivo de inspiración de la conocida obra de Shakespeare,Sueño de una noche de verano, la que perfectamente pudo haber sido traducida al español con el título de Sueño de una noche de San Juan. Se trata de una exquisita comedia de las equivocaciones, plena de absurdas dificultades, que funde en la misma trama reminiscencias del sereno mundo clásico antiguo con la mítica ligereza de los elfos y las hadas nórdicas. Pasiones de ensueños desbordados y absurdas dificultades de encuentros y desencuentros, amores y desamores -¿o será propicio acuñar ‘anti-amores’, por aquello de la ‘anti-política’?-, no exenta de las inevitables metamorfosis de lo uno en lo otro y de lo otro en lo uno.
En esta obra de Shakespeare, Hermia lucha por el amor de Lisandro y se niega a casarse con Demetrio -quien es amado secretamente por Elena- contraviniendo los deseos de Egeo, su padre. De no cumplir con el pacto, en cuatro días será sentenciada a muerte por el duque Teseo. Hermia y Lisandro huyen de Atenas y planean encontrarse en el bosque. Pero Hermia le ha revelado su plan a Elena y ella se lo ha contado a Demetrio. Hermia sigue a Lisandro. Demetrio sigue a Hermia. Elena sigue a Demetrio. Pero el tupido follaje del bosque oculta misteriosas criaturas nocturnas, como Oberón y Titania, reyes de las hadas. Un mal cálculo de Puck, el duendecillo, lo hace vertir un filtro de amor en las parejas equivocadas. El desastre, la confusión que se genera, solo es digna del sopor de aquella infinita noche de verano, noche de lo posible. Sólo baste señalar, a los efectos de una sana intriga, que Bottom, el tejedor, lleva puesta una cabeza de asno, y que es amado artificiosamente por Titania -quien, por cierto, también se encuentra, en nombre del amor, bajo los efectos el tráfico de narcóticos del filtro-, y que junto a un grupo de lumpenproletarios atenienses ensaya la absurda representación teatral que será puesta en escena para la boda. Al final, se aplican hierbas que los liberan del encanto y habrá perdones y reconciliaciones. Después de todo, no existen solo las malas hierbas.
En la breve cuan absurda representación teatral que prepara el lumpen, al final de la obra, hay un personaje menor en el que, sin embargo, parece sintetizarse -o rematarse, quizá- toda la fabulosa trama creada por el dramaturgo inglés. Se trata de Snug, un jornalista que ha sido contratado para interpretar el papel de león en aquella brevísima obra, Pyramus and Thisbe. Cuando le asignan el papel, Snug teme no poder recordar las líneas del guión que le han sido asignadas, a pesar de que sus “líneas” consistían en emitir un rugido. Por su parte, el director de la obra -Quince- teme que el rugido del león sea tan terrorífico que logre asustar a la audiencia y que todos los actores terminen siendo ejecutados. De manera que, al final, el león le explica a la audiencia que, en realidad, él es un león, aunque, en realidad, no lo es, porque él esSnug. Por cierto, la palabra Snugbien podría traducirse por ajustado, apretado o acomodado en el centro, entre los extremos de la oposición.
Y es aquí donde surge todo el absurdo de los extremos que se autoconciben como medio. Como dice Marx, son “cabezas de Jano que ora se muestran de frente, ora se muestran de atrás, y tienen un carácter diferente por atrás que por delante. Lo que primeramente está determinado como medio entre dos extremos, se presenta, él mismo, ahora como extremo, y uno de los dos extremos, el cual fue mediado por él con el otro, surge de nuevo como extremo entre su extremo y su medio. Ocurre como cuando un hombre interviene entre dos litigantes y luego uno de los litigantes se entromete entre el mediador y el litigante”. ¡Zapatero a su zapato!, diría Marx: “es la historia del marido y la mujer que disputan y del médico que quiso entrometerse como mediador entre ellos, teniendo luego la mujer que mediar entre el médico y el marido y el marido entre el médico y la mujer. Es como el león en el Sueño de una noche de verano, que exclama: “Yo soy un león y no soy un león, soy Snug”.
Cuestión propia de los extremos -o de las “sectas”- constitutivas de toda oposición dialéctica: cuando uno de los extremos se autoproclama como “el centro”, alguien recibirá una paliza y será tildado como una secta. Lanza piedras sin percatarse de que su techo es de vidrio. El surgimiento del “tertium datur”, en política, carece de resolución efectiva, porque no existe un tercer polo: sólo existen dos. La Guaira no es la “mediación” entre Caracas y Magallanes. No hay en Hegel una “síntesis”, como una suerte de “gris” entre lo blanco y lo negro, porque la lógica de la contrariedad no habita en el espíritu de lo político. No es cosa de académicos, como se ha dicho. La política es la pasión de la razón, y en ella no habitan las medias tintas. Sólo el reconocimiento recíproco, la superación de la correlativa indiferencia, el hecho objetivo de que lo que está en juego es la muerte misma y, con ella, la desaparición absoluta de ambos extremos -no de uno sino de ambos-, permite llegar comprender y superar el brutal antagonismo que ha terminado haciendo colapsar a todo un país que, francamente, no lo merece. Tarde o temprano, algún Snug tendrá la fatigosa tarea de romper la botella para leer este Mensaje sin destino.   
José Rafael Herrera
@jrherreraucv

Colapso.

Colapso por @JRHerreraucv

Un colapso es el síndrome que sufre un determinado objeto, sea este natural o social, a causa de una incapacidad orgánica o insuficiencia sistémica. La palabra proviene del latín collapsus, que significa “caída completa”. El colapso de un paciente gravemente enfermo anuncia la inminencia de su muerte, tanto como el colapso de la economía de una sociedad y, por supuesto, el de un determinado régimen político y social o, incluso, el colapso del espíritu de toda una nación. Lo que se contiene en lo mínimo se contiene lo máximo, afirmaba un hereje impenitente que atendía al nombre de Giordano Bruno. Pero, más allá de toda herejía: Non coerceri maximo, contineri minimo, divinum est, reza el epígrafe que Friedrich Hölderlin colocara en el pórtico de su Hiperión, citando el conocido epitafio dedicado a San Ignacio: “Divino es no estar constreñido por lo máximo y estar limitado por lo mínimo”. En todo caso, las malformaciones generadas en nombre de los más sagrados principios no se resuelven ni con el auxilio del puro entendimiento reflexivo ni, mucho menos, del puro deseo.

Colapso.

“Ya no queda nada que perder…Y hay todo un mundo que ganar”

Karl Marx



Venezuela, hace tiempo, dejó de ser una nación en el estricto sentido republicano para devenir una tiranía gansteril. El tránsito del derrocamiento de la dictadura hacia la consolidación de la democracia fue alevosa y premeditadamente invertido desde La Habana. El resultado fue el tránsito desde la democracia hacia la consolidación de la dictadura. Muerto el tirano, el país quedó en manos de un “Directorio”, movido por las peores pasiones, muy tristes e inevitablemente ignaras: el odio, el resentimiento, la sed de venganza y las ansias de la camarilla por mantenerse en el poder “como sea”. Los portadores de los “valores revolucionarios”, señalan in der praktischen cuatro puntos cardinales. Son muy simples: por el Norte, el rentismo populista y el neolenguaje; por el Sur, la heteronomía y el analfabetismo funcional; por el Este, el facilismo y el culto a la mediocridad; y, por el Oeste, la siembra de la corrupción del ser y de la conciencia. Todos coinciden en una única consecuencia “lógica”, a la que ellos mismos han catalogado como “el quinto punto cardinal”, que tal vez no se sepa bien en qué dirección apunta, porque quizá apunte en todas y cada una de las posibles direcciones del infierno: se trata del colapso absoluto que, después de estos veinte largos e insufribles años de controles, derroches, desfalcos, y saqueos, de atropellos y humillaciones tortuosas, barbáricas y despóticas, finalmente se ha hecho “concreto”: empobrecidos como nunca antes en la historia, extrañados de toda condición humana y reducidos a entes de instintos básicos –comer, reproducirse y guarnecerse–, sometidos y cada vez más dependientes de la Matrix roja, de un “registro y control”, de una numeración, de una cifra más, a la que llaman “carnet de la patria”, como único modo de obtener algún alimento, algún servicio básico, algún modo de sobrevivencia, aunque sea mínimo, para poder morigerar las urgentes y crecientes necesidades. Es la dependencia llevada a los extremos de la atrocidad. El país convertido en un campo de concentración. Los opresores de un lado, los oprimidos del otro: la boliburguesía –y sus bolichicos– aplastando a los cyber-fámulos. Tecnología en barbarie ritornata, en suprema “síntesis dialéctica”, según el santo grial del diamat. Mayor fascismo imposible.

El país ha colapsado por completo. Pasó de “la gran Venezuela” a la “Venezuela (im)potencia”, de la nación civilista al asalto militarista, de las virtudes de Vargas a las osadías de Carujo. Los “controles” económicos, comunicacionales, sociales y políticos resultaron ser el acta de defunción de una de las naciones potencialmente más ricas, pujantes, capaces, educadas y libres de Latinoamérica. Secuestrado por una montonera de facinerosos de capuchas reales y virtuales, víctima del llamado “síndrome Estocolmo”, ante la sorprendida mirada de una clase política obesa de cuerpo y mente, cómoda y más habituada al fashion y a las perfecciones del “tiempo de Dios” que al barullo de las calles y a los “latidos del corazón del topo” de la realidad, fue progresivamente acostumbrándose –a punta de ofertas mesiánicas, cuando no de bayonetas– al “exprópiese” que terminaría destruyendo su aparato productivo, su tejido social, cultural y educativo, expropiándolo, depauperando drásticamente su vida material y espiritual, y condenándolo a la mayor de las sumisiones: la del hambre. En fin, el caos sobre el orden, para invertir el conocido título del compendio del Rector magnífico de la Universidad de Caracas.

No hay forma. La trampa sale, como dice el adagio. Los llamados “hechos” no son entidades independientes del sujeto social, son creaciones de factura humana. Los números ya han cobrado realidad, mientras las banderas rojas que impulsaron el fervor de otros tiempos van cayendo una tras otra. Las visibles grietas del mítico “acorazado Potemkin” criollo hacen aguas por doquier y van poniendo en evidencia las fragilidades, ante el inminente hundimiento. El colapso es más que la sospecha de una impotencia manifiesta. Es la puesta en evidencia del fracaso rotundo de un régimen que quiso poder consumir sin producir, enriquecerse sin trabajar, en medio de una época orientada a convertir el conocimiento en la mayor fuente de riquezas. Ningún sistema político y social nace: se hace. Ni el socialismo ni el liberalismo son sistemas naturales. Ni la sociedad está por encima del individuo ni el individuo por encima de la sociedad. Más bien, cuando se pone en evidencia la inadecuación, en no-reconocimiento recíproco, correlativo, de dichos factores, se producen inevitablemente los antagonismos que terminan en un período de crisis orgánica y de agudos conflictos impredecibles, que ningún metodólogo, por más pedantes que puedan ser sus gráficas, está en condiciones de prever. Se trata de la lucha por el reconocimiento.

Despojados de lo más elemental, del sustento diario; sometidos a las ruinas de un salario que solo alcanza para comprar impotencias; obligados a “rebuscarse” para poder soportar el pesado fardo que la corrupción y la ineficiencia metastásicas han colocado sobre sus hombros; empujados por la fuerza de las dificultades creadas a huir en masa del país. El derrumbamiento cobra cuerpo en contra de sí mismo. La antipolítica social ya no es la simple negación de la política profesional sino su complemento directo. El anonimato del sujeto se despliega con las horas de cada día, se organiza, va dejando de ser cosa y va cobrando en él la fuerza de convicción del ser auténtico, capaz de revertir, una vez más, el tránsito desde los intereses de la opresión gansteril al ethos la libertad republicana.

Elogio de la crítica.

Elogio de la crítica, por @jrherreraucv

Los orígenes de la palabra elogio remiten a la historia de la dignidad humana. Desde el presente, el historicismo filosófico va interrogando al pasado y descubriendo las razones que permiten comprender, superar y conservar, a un tiempo, las desgarraduras del aquí y ahora. Desgarraduras entre el decir y el hacer, entre la palabra y la acción, como si las palabras mismas no comportaran acciones y las acciones palabras. .

Las críticas adormecen

Para los latinos, propiciadores de la cultura de lo estable, elogium era la inscripción sobre las tumbas y las esculturas para alabar a los difuntos, las cláusulas testamentarias y los sumarios de las causas judiciales. Un préstamo tomado y deformado –como tantos otros– de la cultura griega clásica, para la cual elegeión –de legein y logos– es una estrofa apologética en versos que expresan nostalgia por aquello que se ha perdido. Y es de ahí que surgen las elegías. Su raíz indoeuropea –leg– muestra la necesidad de re-coger, de colectar y de escoger los mejores frutos del cultivo, lo más granado. Una selección de calidad, de la cual deriva la lec-tura, la lec-ción y el inte-lec-to. En días de crisis orgánica, elogiar la crítica impone la tarea de hacer concrecer, de reconstruir, la historicidad de su real significado.

Dice Kant, en el prefacio a la primera edición de su gran Kritik, que “nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación (léase: el dogma y el poder político) pretenden, de ordinario, escapar de ella. La primera en nombre de la santidad; la segunda, en nombre de la majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón solo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre (ein öffentliche und freie prüfung)”. El temor a la crítica es temor a la verdad. En una sociedad que compró para sí la idea de que el ejercicio de la crítica representa una sentencia premeditada y alevosa, es decir, anticipada y movida por la mala fe, que oculta tras de sí el deseo malsano –la triste pasión– de condenar a priori toda posible empresa, con el propósito de destruirla, las cosas se hayan invertidas, y la carreta ha sido puesta –por el entendimiento abstracto– delante de los bueyes. No hay estudio ni examen detenido. No hay juicio, según el rigor del debido proceso. Sólo se impone la mala fe y, con ella, la ignorancia abierta y directa. Y no solo por parte de quienes gustan enlodar la dignidad de la crítica sino también por parte de quienes la reciben, pues suponer que se trata de un asunto personal desnaturaliza su suprema condición esencial.

En realidad, no es posible reconocer la profundidad de una crisis sin que la consciencia (Gewissen) tenga la obligación, el compromiso ético, de actuar en consecuencia, de ejercer el derecho, la facultad de litigar, de someter al “tribunal de la razón”, como dice Kant, y de sentenciar, si ese fuera el caso, a los responsables principales del desastre, a sus autores intelectuales y materiales, a fin de conquistar un resultado, un desenlace definitivo, que ponga fin al entuerto criminal y remedie los males causados, en este caso, a toda una nación. Porque la crítica es el resultado de la enfermedad del juicio (morbi iudicium seu crisis), su consecuencia directa. Pero no se puede –no cabe– confundir la majestad de la crítica con las retorceduras del resentimiento. La crítica confronta, polemiza, problematiza, con el objetivo de revelar, de poner al descubierto, la verdad. Se propone evidenciar si lo que se sostiene posee efectivamente fundamentos sustentables, sólidos y objetivos. Por eso mismo, la crítica no presupone, no pre-juzga: estudia, examina en detalle, pone en entredicho los absolutismos, duda y juzga de acuerdo con los resultados obtenidos. Así, pues, quien juzga objeta, crea las condiciones para la realización de un reacomodo, de una modificación sustantiva, de las relaciones sociales y políticas existentes sobre la base del conocimiento, no de los prejuicios, sin ira y sin llanto, incluso por encima del dolor causado.

Karl Marx estudió filosofía. Se especializó en filosofía del derecho, bajo la tutela de Eduard Gans, el más cercano de los discípulos de Hegel, para quien la crítica filosófica era la filosofía misma, en sentido estricto. La obra filosófica entera de Marx lleva como subtítulo “crítica”: Crítica de la Filosofía del Derecho, Crítica de la “crítica crítica”, Crítica de la novísima filosofía alemana, Crítica de la economía política, Crítica al Programa de Gotha, etc. Había aprendido de Kant y de Hegel el valor inconmensurable de la crítica, a los fines de restablecer la identidad del orden y la conexión de las ideas y las cosas. Por eso define la tarea de la filosofía, siempre y cuando se encuentre al servicio de la historia, en “desenmascarar la forma sacra del autoextrañamiento humano” y, a partir de él, “desenmascarar el autoextrañamiento en sus formas profanas”, haciendo de “la crítica del cielo la crítica de la tierra”, de la “crítica de la religión la crítica del derecho”, y de la “la crítica de la teología la crítica de la política”.

Los dogmas y las “verdades reveladas”; el culto a la muerte y la adoración de los ídolos “caídos”; las recetas y los constructos prefabricados acerca de cómo será el desenlace final o de cómo se tendrá que reconstruir el país, según “los técnicos” no son más que reminiscencias de la teología, del positivismo o del marxismo oriental. En nombre de unos supuestos “sagrados principios” –traídos de lecturas trasnochadas y mal traducidas o de esquemas sin tiempo–, se han cometido los mayores delitos contra la sociedad. Se ha perseguido a los que se oponen y se les ha obligado a huir al exilio. Se ha asesinado, se ha encarcelado, se ha robado, se ha intervenido, se ha aplastado a instituciones enteras, como en el caso de las universidades autónomas. Sin servicios básicos, sin medicamentos, sin expectativas de vida, sin alimentos y con la mayor de las hiperinflaciones del planeta. Pero, además, hay quienes, desde el lado opositor, han caído presos en los brazos de sus antagonistas, bien por temor o por provecho personal. La “lógica” inmanente de los unos revela ser idéntica a la de los otros. Los egos de los ignorantes, de fámulos solícitos de honores, dinero y sensualidad, abundan por doquier. El país se halla enfermo de entendimiento abstracto, de esperanzas infundadas e intereses gansteriles. La pobreza del espíritu es el único pan que se consume cada día. Plagados de patéticas cancioncitas y de mensajes subliminales que se traducen en el más auténtico “opio del pueblo”. No es tiempo de recetas dictadas desde la soberbia y el inevitable fracaso. Es tiempo de la más sensata y descarnada crítica del sí mismo, de la labor del pensar, que se traduce en energía vital, en convicción firme, capaz de apoderarse de las mayorías y del creciente clamor del “ya basta”.

Cuestión de eticidad

Cuestión de eticidad por @jrherreraucv

Sobrevivir. Esa parece ser la condición del ser y de la conciencia sociales del venezolano del presente. Tiempos –diría Hölderlin– de menesterosidad consumada. Devenir de una sociedad en la que hacer y decir no coinciden y, más bien, son términos opuestos, incompatibles. Punto nocturno de una contradicción en la que, por un lado, se halla el sacramento de la “pecaminosidad consumada” y, por el otro, el signo de la pobreza espiritual. “Sacramentum et signum”, afirmaba el maestro Pagallo. No se dice ni se piensa lo que se hace; no se hace ni se dice lo que se piensa. La palabra va de un lado y la acción va del otro. Venezuela padece del peor desgarramiento –de la peor Trennung– de su historia. Más bien, parece haber vuelto a la prehistoria, a la hobbesiana lucha de todos contra todos. “Felices son los tiempos en los que se puede pensar lo que se dice y decir lo que se piensa”, reza un viejo adagio de la Grecia posaristotélica que el joven Marx transformara en nervio central de su filosofía. Infeliz es la expresión de angustia, de impotencia o temor de esos rostros que golpean –con profundo rencor– la mirada en el Metro, en la buseta, en la cola del mercado, en el cajero automático, en la parada o detrás de la cava desde la que son lanzados los desperdicios en bolsas negras que recoge la indigencia para poder salvar el día.


Las virtudes públicas se han desvanecido en un rostro cargado de la agresión, el odio o la ignara prepotencia que destila el guardia, el policía o en el asesino de 15 o 18 años que, sin piedad, dispara sobre el rostro de su presa. O en la satisfacción del secuestrador que regresa, en pleno acto de intimidación contra su víctima, al estado de naturaleza para asumir la originaria condición de lobo del hombre. El ciudadano, entre tanto, soporta la carga entre el miedo y la esperanza. Y es ahí donde el entendimiento declara su propia bancarrota, porque ya no hay más recetas, más modelos, más métodos, más instructivos, más bailoterapias ni más “exit poll” capaces de dar cuenta de lo real. Como tampoco hay más “planes de la patria” ni “misiones” ni “operativos” capaces de coincidir con la realidad efectiva, de dar respuestas que permitan comprender y superar el actual estado de creciente descomposición orgánica. Y entonces se acude al rescate –cual héroe de grises comics– del sollen sein, es decir, nada menos que del “deber ser”, el cual se ha transformado en un auténtico “claustro de María”, para todos aquellos que no logran entrar en el “cielo de los cielos” de la eticidad. El “deber ser” se ha transformado en un anhelo, en toda una “ciencia” de los nuevos tiempos, en el cifrado agujero negro de la evanescente era posmoderna. En él todo cabe y todo vale, y toda posibilidad formal encuentra amparo, desde la santería hasta la astrología, desde la superchería hasta los hirvientes expedientes “x” de la burocracia, los cárteles o la corrupción, pues, a estas alturas, todo da todo –o nada– en medio de esta larga noche de gatos pardos y vacas negras. Es el fracaso de las abstracciones del causa-efectismo elevado a dogma y compartido por quienes asumen la ficción de ser distintos.

La eticidad (Sittlichkeit) fue magistralmente definida por Ortega y Gasett como civilidad. La Venezuela de hoy ha perdido su condición civil, su urbanidad, su Virtus. No es que no haya perdido toda capacidad técnica, toda destreza instrumental o toda inclinación espiritual –ese deseo de querer saber, de aprender nuevas tecnologías, de ser mejores y más meritorios, de tener una aproximación más precisa a los asuntos subordinados de la vida–. Todo lo que con tanto esfuerzo puso al país sobre la senda del desarrollo de su historia, hoy se ha desvanecido y yace en los pantanos de la mediocridad. Pero la causa de ello ha sido, justamente, la pérdida de la recíproca compenetración de lo público y lo privado, del individuo con la sociedad y de la sociedad con el individuo, a partir del mutuo reconocimiento de cada instancia de la diferencia de lo uno con lo otro. En último análisis, se trata de la creciente pérdida de la garantía de que lo uno y lo múltiple –lo público y lo privado– no se im-pongan, no sean im-puestos, uno por encima de lo otro. Y es que lo que se ha perdido es nada menos que la capacidad de juicio, aquella unión superior que permite la coincidencia de los propios intereses con los de la sociedad política, conformando el Estado ético, la eticidad propiamente dicha. Porque, desde su más diversa instancia, cada quien comprende que su labor lo trasciende, ya que mientras más mejoran sus asuntos privados con ello mejoran más los asuntos de la totalidad. Uno y todo: Hen kai Pan.

La eticidad es un modo de vida, el resultado de la continua formación cultural de los ciudadanos, y quizá el más alto grado de educación de la sociedad entera. Schiller, autor del “Himno a la Alegría”, que retumba y desborda la trayectoria de la Novena de Beethoven, la designó con el nombre de Educación Estética de la humanidad. Una educación estética no se limita –ni mucho menos se reduce– a abrir las puertas de la mera instrumentalización del conocimiento, ni a dejar abiertas las ventanas para que por ellas se esfumen los flatus vocis del “deber ser” y del lucrativo negocio de la venta de esperanzas, sobre todo en una población cansada de tanto esperar. En fin, se trata de hacer coincidir ser y pensar, de educar integral y orgánicamente a los individuos, con el propósito de que su yo particular se reconozca en el Volksgeist, en el espíritu de pueblo, sin por ello diluirse en él. El individuo se reconoce en la sociedad y la sociedad se reconoce en cada individuo. La “tortilla” no se voltea: no se cambia odio por odio, ni ganancias por ganancias: el individuo es por la sociedad y la sociedad por el individuo. El “deber” deja de ser un abstracto desiderato del más allá para hacerse sitte, costumbre del ser, absolutamente real y concreto.

Un país reducido a multitud, en el que la antipolítica ejerce funciones políticas y la política funciones antipolíticas, en el que la mediocridad –o la pobreza de espíritu– impera dentro y fuera del poder, requiere de ideas y valores, no de chambonadas y de “líderes” –tiranuelos– que vengan a “salvarnos”. Construir una nueva Venezuela, sustentada en el trabajo productivo y el saber innovador, es la tarea que conviene de una vez por todas construir. Porque, a pesar de la mala hora, cabe, una vez más, citar las palabras escritas por Gramsci, desde “la tumba” fascista: “Pesimismo de la razón. Optimismo de la voluntad”.

Sin solución en la senda perdida de la política

Aporía electoral por @jrherreraucv

Si se le preguntara a Martin Heidegger por el significado de la expresión griega aporía, el gran filósofo alemán, autor de Sein und Zeit, diría que se trata de aquellos “caminos que no conducen a ninguna parte”. Y es que ese es, precisamente, el título de una de sus obras más emblemáticas: Holzwege, traducida al español como Sendas perdidas. El traductor de la obra en cuestión, José Rovira Armengol, ha dado sobre el asunto una explicación, más que satisfactoria, estéticamente impecable: “Holz es un antiguo nombre que en alemán significa bosque. En el bosque hay caminos que las más veces se pierden de repente en lo intransitado. Se llaman ‘sendas perdidas’ (Holzwege). Cada una de ellas corre aparte, pero en el mismo bosque. A menudo causan la impresión de ser iguales, pero solo lo son en apariencia. Los leñadores y guardabosques conocen esas sendas. Saben lo que significa estar en una senda perdida”.

Senda perdida.

Da la impresión de que en estos tiempos de menesterosidad consumada, como los llamara Hölderlin, la oposición democrática venezolana hubiera entrado en un tupido bosque lleno de intransitados caminos, de caminos que –todos los factores indican– no conducen a ninguna parte, más que a la irresolución de una grave y dolorosa circunstancia que requiere de una urgente e impostergable solución, justo ahora, en momentos en los que está en juego nada menos que el país, su convulso presente y su futuro incierto. Se trata de una auténtica senda perdida o, para utilizar de una vez y con el debido rigor la expresión estricta, de una aporía, de un “camino impracticable” o de un “callejón sin salida”: la falta de una solución precisa, dada la presencia, por lo menos, de dos conclusiones perentorias que son recíprocamente incompatibles y que, sin embargo, se exhiben al mismo tiempo como “la” única solución sólida y definitiva. En efecto, frente a la irresponsable charlatanería de quienes con sus botas de guerra a muerte han pisoteado la dignidad de todo un país, de quienes utilizan el terror para secuestrar, humillar y depauperar hasta la miseria a toda una nación, se presentan, en franca antinomia, dos posiciones recíprocamente contradictorias e incompatibles. Eso sí: ampliamente argumentadas y sustentadas en el estudio, el conocimiento y la experiencia que otorgan los años de esmero en el fragor de la teoría y la praxis políticas. En fin, nadie podrá negar la seriedad y la buena fe –es importante decirlo– de los puntos de vista que, sin embargo, se hallan en conflicto y se descalifican de continuo, poniendo con ello en riesgo la unidad orgánica indispensable para poder salir de esta pesadilla.

En tiempos de masacres y “tiros de gracia”, dejando de lado las más que evidentes premeditaciones y alevosías de los organismos (de contra todo posible modo) de inteligencia castrista, expertos en la siembra de cizaña –materia que, por cierto, aprendieron con asiduidad de los estalinistas, que a su vez la aprendieron de los nazis– y tomando la debida distancia de quienes conciben el quehacer político como una cuestión de apasionamientos desbordados, de maniqueísmos u ofensas o de milagros y designios del más allá, existen razones de peso tanto para llegar a pensar que no conviene participar en un proceso electoral viciado y plagado de artimañas, cuanto que sí conviene participar en él, a pesar de todos los trick or treat que tipifican a esta suerte de perenne halloween –sin dulces ni caramelos, pero plagado de patéticos disfraces– que es el régimen chavista. En fin, de un lado se colocan quienes, sustentados en la razón de sus muy respetables principios, consideran que el único modo posible de derrotar al régimen es a través de la participación política mediante el ejercicio electoral, mientras que del otro lado se colocan quienes, igualmente sustentados en sus no menos respetables principios, se niegan a participar en él, porque con ello se estaría dando reconocimiento a lo que moral y jurídicamente resulta imposible reconocer: la legalidad y legitimidad de un régimen ilegal e ilegítimo. En síntesis, política y ética. Al fondo del callejón sin salida, en el punto ciego de la senda perdida, el régimen en pleno sonríe y, entre tanto, como cita Freddy Ríos: “Si eres electoralmente peligroso te inhabilito; si llegaras a ganar te hago fraude; si te permito ganar algún espacio político te quito los recursos; si te abstienes y no votas, te elimino como partido; si protestas te meto preso y si te rebelas te mato”. ¿Trick or treat?

Como afirma Picón-Salas, Andrés Bello, cabeza pensante, contribuyó de manera decisiva en la construcción de la reforma intelectual y ético-política del pueblo chileno. Diría Hegel, cuestiones de la Astucia de la razón: por esas cosas del destino que fragua la historia, via reflectionis, Fernando Mires y Antonio Sánchez García, en medio del contrapunto que proyectan las imágenes, representan las dos grandes tendencias ético-políticas e intelectuales de la actual aporía que padece la oposición democrática venezolana. Y, sin embargo, más allá de los puntos de vista, caros al entendimiento reflexivo, conviene recrear –siempre de nuevo– la necesidad del símbolo. De hecho, la voz símballein, en griego, quiere decir “poner junto”, “reunir”, “armonizar”. Es la antítesis de lo demónico, del dia-ballein, que quiere decir “poner separado”, “ruptura” o “separación”. En medio de las actuales condiciones objetivas, cabe pensar, con serena responsabilidad, la propia “simpatía por el diablo” que cada posición o punto de vista pudiese llegar a argumentar. En todo caso, y por una vez, vale la pena preguntarse si acaso cada uno de estos extremos habrá tomado en cuenta el hecho de que la democracia y el pujante desarrollo económico y social que conoció Venezuela durante el siglo XX han muerto. Pretender “volver” a la Venezuela de “los buenos tiempos” es una ficción. Pero con ello también murió su habitual modo de hacer política, el electoralismo per se, la noción del “líder” conductor de “las masas” y las estructuras organizacionales de los partidos leninistas. Queda pendiente el consenso, la decidida voluntad de salir de la senda perdida, a objeto de reconstruir el país que quedó de las “ruinas circulares” –corso e ricorso– de la barbarie, la mediocridad y la ignorancia. Un nuevo concepto, bajo la organización de un nuevo símbolo, es labor impostergable para que Aquiles alcance finalmente a la tortuga: para reinventar la nación venezolana, más allá de las desconfianzas alimentadas por los prejuicios inherentes a los puntos de vista.

El país que se va

El país que se va (y el que va quedando) por @jrherreraucv

El término diáspora es de origen griego. Literalmente significa “esparcir alrededor”; es decir, desconcentrarse y, como consecuencia directa de ello, dispersarse. Es eso lo que ocurre con una cierta comunidad de personas que se ven obligadas, bajo ciertas y determinadas circunstancias adversas, a tener que abandonar dolorosamente su tierra natal y, con ella, su modo de vida, sus tradiciones, sus costumbres y no pocas veces su idioma, en busca de otras tierras, de otras culturas en las que puedan hallar, por lo menos en parte, lo que han perdido o, más bien, les ha sido arrebatado. No obstante, cuando se piensa en una forma precisa de diáspora, casi de inmediato viene a la mente el modelo dado por la imagen bíblica y su consecuente representación del pueblo judío, porque se suele pensar que la noción de diáspora está exclusivamente relacionada con aquella determinada experiencia histórica; es decir, con el brutal atropello cometido contra las casas de Israel y Judá, contra su peculiar modo de ser y contra su fe religiosa.


A mis hijas y nietas
Joven se va del país en ruinas.

Es verdad que la religión –o mejor sería decir, la acción de re-ligare– constituye uno de los factores más importantes en y para la cohesión de un pueblo o de una nación. Pero en el caso del que se ocupan las presentes líneas, la referencia no va dirigida a una particular religión o a una etnia, y ni siquiera hacen alusión a una clase social específica. Todo lo contrario, se trata de la diáspora de una sociedad que creció abierta e hizo de la generosidad su mayor virtud, con una población diversa y tolerante, policultural y multirracial, dueña de una enorme variedad de tradiciones, plena de aspiraciones y deseos que, de pronto, por la violencia impune y el lastre del anacronismo impuesto por una banda de ignorantes, parásitos y pistoleros, ha sido obligada a huir de su tierra, una tierra privilegiada y llena de múltiples riquezas que hasta no hace mucho tiempo fue considerada –¡nada menos! – como “la capital del cielo”.

El país que se va yendo con los días, que se va esparciendo y dispersando, es el país mayoritariamente joven y lleno de potencialidades. Es el país productivo. Ese es el que se va: el país formado, el pensante, el cultivado, el generador de riqueza. Poco importa si son altos o bajos, gordos o flacos, negros o blancos, católicos o protestantes, caraquistas o magallaneros. En la otrora “tierra de gracia” la diversidad nunca importó. Solo importaban sus características comunes: el hecho de ser ingeniosos, inquietos, alegremente creativos y estar siempre bien dispuestos. En una expresión, solo importaba ser venezolano.

Con pasmosa premura a Venezuela se le va lo que con tanto esfuerzo venía construyendo: la calidad de su civilidad. Y es que con el pasar de los días ha ido perdiendo la belleza, la bondad y la verdad de otros tiempos, esa mágica fuerza de su Omni trinum perfectum est. Solo que con la misma premura el país va quedando en manos de la impía malandritud, de la perruna barbarie, envuelta en la soledad, la triste penumbra y el miedo, maniatada por la corrupción y la miseria de cuerpo y espíritu. Sometida y exhausta, la Venezuela famélica, que aún sobrevive, guarda en la memoria, no sin nostalgia, los tiempos de gloria y esplendor. Pero ya su memoria falla, no es firme como antes y a ratos se desvanece entre sus canas, mientras hace la interminable cola del cajero para cobrar los crueles centavos del populismo, o mientras recibe las mendicidades del CLAP y opta por el carnet de la patria, para “morir muriendo”, ese sórdido mecanismo del control totalitario. La Venezuela que va quedando hurga en la basura para poder comer y muere de indolencia en hospitales desasistidos y en ruinas. Es un país intervenido por el régimen cubano y saqueado por mafias que expolian sus riquezas minerales. En fin, es el país que ya no se forma, que ya no estudia, y en el que sale menos costoso quedarse en casa que ir al trabajo.

A la diáspora de la inteligencia que ha sufrido Venezuela se le conoce también como la “fuga de cerebros”, de sus catedráticos, científicos e investigadores de mayor prestigio y renombre. Pero en realidad el país no solamente ha presenciado la desconcentración de su “materia gris”, de sus titulares académicos, sino de prácticamente toda su fuerza laboral, de su fuerza de trabajo, desde sus empresarios e industriales, pasando por su mano de obra capacitada, técnica y profesional hasta sus más humildes trabajadores. En nombre del proletariado, el “presidente obrero” y sus compinches de Las Tres Gracias y del Paseo Los Próceres han destruido el único modo posible con el que cuenta un país para generar riqueza y prosperidad: sus fuerzas productivas, su ser social.

En síntesis, en la Venezuela de hoy, bajo la hegemonía cubana, la sociedad civil, ese motor generador y centro neurálgico de la riqueza de una nación a la que el viejo Marx caracterizó como la real estructura económica de la sociedad, ha sido, a punta de bayonetas, obligada a esparcirse, desconcentrarse y dispersarse por el mundo.

Tampoco la estupidez es libre. Enceguecida por la furia del terror religioso, la España de Isabel y Torquemada expulsaron a los “infieles” –moros y judíos– de la península. Matemáticos, médicos, filósofos, ingenieros, arquitectos, banqueros, artesanos, comerciantes, en suma, la “base real” de la estructura económica de su formación social. A partir de ese momento, el imperio español puso las premisas para que, a pesar de su gran poderío y extensión mundial, Inglaterra, poco a poco, llegara a convertirse, primero, en la gran potencia rival y más tarde en la potencia superior, cuna de la revolución industrial. Que Estados Unidos de Norteamérica sea una superpotencia indiscutible no se debe por cierto a las diásporas de su población sino, muy por el contrario, a su capacidad de recibir y concentrar las grandes diásporas de sociedades fracturadas. Las miserias de Cuba tienen su contrapeso en la diáspora cubana, que concentrada en Florida hizo de un pantanal un emporio, la capital cultural de América Latina.

Ha llegado la hora de poner punto final a la destrucción de un país que se atrevió a extender sus brazos a otros pueblos, a otras culturas y supo crecer con sus valiosos aportes. En fin, de recomponer un país que hasta hace poco fue modelo de tolerancia, bienestar y libertad.

Las apariencias del Marxismo.

El año de Karl Marx por @jrherreraucv

El año que apenas se inicia presenta considerables expectativas, especialmente para una sociedad que, humillada hasta la saciedad y envilecida hasta el más cruel de los sometimientos, anhela, cada vez con más énfasis, poder superar la mayor de las crisis orgánicas de su historia, a la que fue inefablemente conducida por parte de un régimen que, en nombre del “socialismo del siglo XXI”, hizo de la ideología marxista –más o menos encubierta tras las pomposas fachadas de “bolivarianismo”, “patriotismo”, “humanismo”, entre otras, premeditadamente elegidas a conveniencia– una de sus más visibles banderas ideológicas. 

Karl Marx
La apariencia –decía Marx, citando a Spinoza– esconde la esencia. Y, por lo general, se puede llegar a definir la ideología precisamente de ese modo: como aquella representación o figura de la experiencia de la conciencia –aquella imaginatio– que oculta, que vela, que encubre e impide captar en su verdad, la naturaleza –la sustancia– de “lo que es” efectivamente real. Provengan de donde provengan, las pre-su-posiciones, los pre-juicios, las percepciones “de oídas” o “por mera experiencia”, son los sostenes que contribuyen a fijar –es decir, a crear ficciones– las imágenes que terminan haciendo pasar lo cierto (certum) por verdadero (verum).

Después de la muerte de Marx, ocurrida en 1883, el marxismo se fue progresivamente, y cada vez más, sobresaturando de apariencias, de fijaciones dogmáticas, de resabios empíricos y, sobre todo, de formulaciones doctrinarias gratas a los colectores de osamentas y disecadores de oficio. Fórmulas que, por sí mismas, no solo terminarían distorsionando su filosofía, sino adulterándola, hasta convertirla en una sarta de peligrosas “certezas” –Lenin, por ejemplo, llegó a afirmar que el marxismo “es una ciencia exacta”, y por eso mismo “irrefutable”–; recetas que, puestas a la disposición de ambiciosos –y patéticos– autócratas “carismáticos”, harían de un pensamiento caracterizado por la agudeza crítica y la profundidad conceptual una de las más grotescas y abominables justificaciones del totalitarismo, los controles y las regulaciones, la pobreza, la corrupción, la ignorancia, la desigualdad, el terror, la sumisión y la infelicidad como modo “superior” de una existencia que niega de plano la vida, en nombre de una supuesta “dialéctica materialista” y de un “comunismo científico” de los cuales Marx jamás hizo mención, si por “dialéctica materialista” se entiende el bodrio engelsiano de las “leyes” de la “dialéctica” o si por “comunismo científico” se llegase a entender la construcción de un Estado todopoderoso que, de suyo, niega la noción misma de comunismo, concebida por Marx como resultado del intenso debate que sostuvo con los jóvenes hegelianos, con Feuerbach y con las más diversas tendencias socialistas de su tiempo, tanto en sus versiones alemanas o francesas como inglesas.

En primer lugar, conviene afirmar el hecho de que lo que Marx concibe como “materia” –incluso antes de la redacción de la Ideología alemana– nada tiene que ver con la materia de los llamados materialistas pre-kantianos, como por años se ha querido hacer creer. La materia, para Marx, no es un algo dado, un ahí, un Objekt, sino, a la manera de Hegel, un Gegenstand, es decir, literalmente, un contra-puesto: el resultado de la actividad sensitiva humana, la necesaria consecuencia del hacer que –siempre– es un pensar y del pensar que –siempre– es un hacer: sujeto y objeto. Marx se burlaba de Feuerbach, quien afirmaba que “el ser” se podía encontrar en la inmaculada y virginal pulcritud de la espesa Selva Negra teutónica, entre sus pinares, sus manzanos y sus cerezos silvestres, sin detenerse a pensar que aquellos pinares, manzanos y cerezos habían sido cultivados por los romanos, durante la época imperial. La materia que a Marx le interesa es, pues, de factura humana, de textura social: es el resultado de la producción, del trabajo consciente de los hombres. La cita es del propio Marx: “Marx es el filósofo más idealista que se conoce; idealista en el sentido alemán, es decir, en el mal sentido de la palabra”.

En segundo lugar, lo que Marx comprende por comunismo muy poco –o casi nada– tiene que ver con lo que, por lo general, tirios y troyanos –comunistas y anticomunistas– se imaginan. Marx acusaría de “comunistas groseros” o “barbáricos” a los que hoy día se han dedicado a hacer todo tipo de negocios con la “franquicia”. En su Manifiesto, de 1848, Marx señala: “Los comunistas pueden resumir su teoría en esta única expresión: la superación y conservación de la propiedad privada, simultáneamente comprendidas”. Una frase que fue traducida por los rusos como “abolición de la propiedad privada” y por los chinos como “destrucción de la propiedad privada”. Que se sepa, superar y conservar simultáneamente la propiedad no quiere decir ni abolirla ni destruirla.

Quienes, a la manera de Pavlov, babean y gimen ante las expropiaciones y los controles, no encontrarán en Marx –enemigo de toda posible forma de totalitarismo y de toda posible expresión del modo de producción asiático– fundamento alguno para sus delirios. Visto en detalle, y con mayor precisión, comunismo significa, según Marx, la máxima radicalización del liberalismo, es decir, la asunción inmanente del liberalismo hasta sus últimas consecuencias. Y, de hecho, no existe nada más absurdo que la definición de un supuesto “Estado comunista”, porque, precisamente, el comunismo es, al decir de Marx, la definitiva superación histórica del Estado por parte de ciudadanos estéticamente educados, libres, autónomos y, por eso mismo, capaces de autogobernarse. Un Estado comunista es, pues, una contradicción en los términos –una abyección, diría Marx–, a pesar de lo que puedan llegar a imaginarse ciertos timoneles de Metrobús, ciertos psiquiatras retorcidos o ciertos macacos uniformados y en botas, para quienes, en los términos de la realidad empírica, no existe diferencia entre lo que se representan por comunismo y las prácticas de corrupción, narcotráfico, terrorismo, hasta la completa destrucción de una determinada sociedad.

En mayo de este año, se cumplirán doscientos años del nacimiento de Karl Marx. Ya va siendo hora de liberar su pensamiento crítico e histórico de las repugnantes sanguijuelas “marxistas”, “socialistas” y “comunistas” que, durante tanto tiempo, han vivido de su digna figura. El año de Marx tiene que ser el de su vindicación definitiva frente a la salvaje barbarie de pelos y uñas que, mancillando su nombre, ha cometido los peores crímenes en contra de la misma humanidad para la que él exigía libertad, bienestar y progreso.

El reino de las sombras

El reino de las sombras por @jrherreraucv

Un vaso de refrescante gaseosa, “aliñada” con algo de ron; un nuevo enlatado de la industria del cine, aunque sea pirata o “quemada”; otro libro de autoayuda para el estrés; el último plato gourmet, aunque, últimamente, convertido en secreto deseo por obtener una caja CLAP, sin tener que pasar por el bochorno del “carnet de la patria”. El más reciente –¡y caliente!– reguetón. Estar en todas. Ser el primero de todos los pequeños dictadores y el último de todos los grandes tiranos. Mejor cabeza de ratón que cola de león. Un churro y, acto seguido, otro más en reiterativa extrusión. Day after day. El continuo y febril “periódico de ayer” como pan de cada día, si se consigue. La producción que re-produce, una, otra y otra vez, siempre de nuevo, golpe tras golpe. El “rebusque” o la “mordida” que no se pueden descartar, si se toma en cuenta que en todos estos años algo se ha aprendido. Ese es el “deber ser”. Los jingles, las consignas, el neolenguaje, tampoco pueden ser desechados. En fin, los pilares de la maltrecha metafísica de las costumbres se van desplomando con el paso –y el peso– agigantado de esta fábrica de ficciones, tan característica de la vanidosa cultura de los mercachifles de la cuantificación, la medición de “datos”, encuestas y “tendencias”. Y todo a la hechura del entendimiento abstracto, el verdadero logos oculto tras las habituales ilusiones tecnicistas, con sus “procedimientos” y su rutina de sacrosanto pragmatismo. Quizá sea esta la más auténtica de las filosofías de la miseria.


“Deben gobernar los que saben, no la ignorancia y la presunción del creer saber más que los otros”.
Hegel

Un reino en las sombras.
Del otro lado de la luna –la contra-cara de aquella contra-cara–, el patetismo de “lo extraordinario” que cada vez se hace más y más “cotidiano”. Patetismo de la excepción convertida en regla: las calles llenas de basura, de huecos y sin luz; la ciudad lúgubre, triste y, sobre todo, peligrosa. “Caracas, ¡te quiero!”, decía el eslogan publicitario de la campaña electoral ganadora. Es la estética de toda revolución sin reforma moral e intelectual, sin principios, sin convicciones, sin espíritu. La extrusión no se detiene: duplicación de la burocracia; servicios públicos que no funcionan; corrupción “a paso de vencedores”; inflación galopante; bancos sin efectivo; interminables colas en cajeros y puntos de pago; farmacias sin medicamentos; hospitales sin capacidad para poder atender a una población cada vez más enferma, afectada por pestes que se pensaba erradicadas; universidades asediadas y en franca ruina; los medios de comunicación amordazados; la producción paralizada; la lumpenización de toda la sociedad; los derechos conculcados; la represión creciente. El asesinato como fatum natural, tan natural como que no haya alimentos, ni medicinas, ni electricidad, ni gas, ni agua, aunque no pare de llover. El olor de la miseria, el miedo y la impotencia cunden por doquier. Lo anormal ha sido im-puesto como lo normal. Y a la inversa. Este, en síntesis, es el “legado” que Jekyll y Hide recibieran del “inmortal”. He aquí las miserias de la filosofía.

Dos registros de lectura, en consecuencia. Dos percepciones antagónicas de la realidad concreta. Y, sin embargo, no pocas veces estas se solapan y complementan, como el dogmatismo y el empirismo. Una parte, en manifiesto estado de desesperanza, atrapada en el mundo invertido y la conciencia infeliz. La otra, sometida a las necesidades más inmediatas y apremiantes –pero, por ello mismo, a las más subordinadas y menos elevadas– de la vida. El péndulo que cuenta los segundos de una sociedad agonizante transita a escalas entre el cómo “debería ser” y el “esto es lo que hay”. Es el círculo de las perversiones populistas, polimorfas y perversas, como la barbarie. Las causas patológicas que condujeron a la consolidación del régimen hoy se han incrementado con creces y ya han hecho metástasis. La cosa, ahora, consiste en cómo, y a partir de esta triste y amarga experiencia vívidamente padecida, poder renacer –cual Fénix– de las cenizas, re-construyendo por entero el tejido íntimo, nuclear, de la sociedad. Este es el gran reto del pensamiento libre. Imposible hacerlo desde el “llueve” o “no-llueve”, cabe decir, desde –y como dice Aristóteles en Metafísica– “la forma más indeterminada de la oposición”: la contradicción, la negación directa, pero abstracta.

Nec ridere, nec legere, dice Spinoza: “Sin risa, ni llanto”. La función de la ontología no consiste en reparar los dientes rotos, sino en superar la escisión del sujeto y el objeto, mediante su correlación. Ontología es el término con el cual la modernidad filosófica rebautizó la antigua “ciencia de los primeros principios”, del “ser en cuanto ser”, la misma que el postaristotelismo –con Andrónico de Rodas a la cabeza– registrara bajo el polémico nombre de metafísica: ta-metá-ta-phisika, es decir, no solo “lo que está más allá de la física”, sino, menos específicamente, todos aquellos tratados aristotélicos que, a juicio de los hacendosos técnicos, resultaban dispersos o disímiles, en contraste con el resto de sus obras. Una auténtica caja de sastre; un saco de gatos. La prima philosophia, desde sus propios orígenes, ha resultado ser, cuando menos, incómoda o cavilosa para la reflexión del entendimiento abstracto.

Y sin embargo, es penetrando en las profundidades de este auténtico “reino de las sombras”, en el que los apasionamientos, liberados de la compacidad sensible, terminan cediendo su puesto al rigor y la serenidad de un saber mejor, siempre en busca de la verdad, la libertad, la justicia, la prosperidad y la paz. Como dice Hegel, “la permanencia y el trabajo en este reino de las sombras constituye la formación y disciplina absolutas de la conciencia. Allí emprende esta un quehacer alejado de fines sensibles, de sentimientos, del mundo de la representación, el cual es cosa de mera opinión”. Se trata del lugar propicio para “mantener alejado tanto el carácter contingente del pensar raciocinante como esa arbitrariedad que consiste en dejar que vengan a las mentes, y se hagan valer, o estas razones o las opuestas”. La techné siempre ayuda, pero no tiene la potestad de sustituir al pensamiento. El trabajo de pensar en sentido enfático, sobrepasando los límites del ser y la nada, reconociéndolos por encima de los prejuicios y las presunciones del día a día, es la tarea más importante del presente. No habrá cambios radicales sin trazar el “plan de vuelo”, sin ideas, valores y propósitos “claros y distintos”. Sin adentrarse, cabalmente, en el estudio ontológico de este escindido ser social. En fin, sin sumergirse en las profundidades del reino de las sombras.


Cada vez más y en contra de la mayoría.

Escrito por José Rafael Herrera - @Jrherreraucv

El populismo: enfermedad infantil del latinoamericanismo.


El populismo ha sido por mucho tiempo el morbo real de América Latina, enfermedad devenida –más que afectación de la cultura– pandemia de su historia. Con menos o más recursos, con menos o más expectativas, pero siempre de acuerdo con circunstancias ajenas por completo a la propia voluntad y, en ausencia de todo orden y conexión de las ideas y la realidad efectiva de las cosas. Lo que va de siglo no es, por cierto, la excepción. Durante su doloroso transcurrir, y como consecuencia del nuevo decurso histórico dado por la barbarie ritornata, la recia propagación del tumor populista prosigue, con cruel y despiadado “paso de vencedores”, hacia la definitiva autodestrucción –el pathos y muerte– de todo un proyecto de nuevo orden cultural y, con él de todo un horizonte continental de tierra ancha y tendida, en nombre del voluntarismo caudillesco y la férvida esperanza de los menos advertidos. A la larga, y siempre de nuevo, todo transmuta en frustración.

Entre la cada vez mayor barbarie y la cada vez menor civilización; entre una cada vez más creciente adolescencia decrépita y senil y una cada vez más raquítica, declinante y disforme madurez; entre las montoneras del “pasado-presente” y el utópico anhelo de desarrollo, de crecimiento y prosperidad. Es el mundo invertido. De hecho, una abismal contradictio in terminis atraviesa –y desgarra– a una de las formaciones culturales más ricas, ingeniosas y pujantes del orbe. América Latina es, a un tiempo, tierra de males acumulados y de promesas por cumplir. En ella, el complejo tercermundista se ha transformado en la “verdad absoluta”, indiscutible, en regla de definición matemática que se vuelve en contra de sí misma rebasando los límites del absurdo, sin haber podido, hasta la fecha, alcanzar la capacidad de curar las heridas autoinfligidas. La Venezuela de hoy es el modelo vivo de semejante escenario.

En todo caso, se trata, en el fondo, de la confrontación de la heteronomía y la autonomía, del antagonismo –efectivamente objetivo y ya inocultable– de la obsesión por el control instrumental de la sociedad frente a la cada vez más urgente exigencia de construcción de un sistema de educación orgánica e integral. Heteronomía es el modo general de toda expresión de control. Y, sin embargo, la ficción de querer controlarlo todo y a toda costa, esa insana pretensión de representarse la sociedad “ideal” como sinónimo de sociedades controladas, maniatadas y amordazadas en todos sus niveles, se revierte, una y otra vez, en contra de sí misma, haciéndose sospechosa de propósitos ocultos. Porque, en realidad, a medida que aumenta la cantidad de controles políticos, sociales, económicos, etc., resulta ser infinitamente mayor y más potente la corrupción, que se va diseminando progresivamente por todo el cuerpo social, hasta alcanzar la condición metastásica. En síntesis, mientras mayor sea el predominio militarista mayor será el grado de corrupción del ser y de la consciencia sociales, desde el “tipo de cambio monetario” hasta las bolsas CLAP, pasando por las interminables colas para la compra y posterior reventa del pan. El mayor promotor de la anarquía propia del “bachaquerismo”, como neosubcultura, es el despotismo del régimen de los controles.

Una sociedad de controles irrestrictos e inflexibles, como la que ha intentado de continuo poner en práctica el actual régimen venezolano, necesariamente promueve la corrupción y el latrocinio, pero, además, es la fuente principal de la que brotan las fétidas aguas de la incompetencia y la ineptitud. Y esa, quizá, sea la mayor de las tragedias del populismo: la facilidad de llegar al poder sobre los infantiles hombros de una multitud poseída por la imaginatio desbordada y –apenas un minuto después– su manifiesta impotencia para poder gobernar: su comprobada incapacidad para enfrentar efectivamente, esto es, con la necesaria madurez requerida, los problemas de fondo que afectan con apremio a las grandes mayorías. El “buen salvaje” no califica para ser, de hecho, un “buen revolucionario”, toda vez que carece de la necesaria preparación, de la formación cultural indispensable, para llegar a serlo. Los auténticos “buenos revolucionarios” no son, como se cree, los Stalin, los Mao o los Fidel, quienes, más allá de los carteles publicitarios y la propaganda de guerra, nunca lo fueron. Da Vinci, Galileo o Einstein se formaron para revolucionar los cielos y fundamentar el desarrollo de la tecnología que ha terminado por colocar la voluntad humana en el centro del universo. Este continente requiere aprender más de Marx que de ese adefesio llamado “marxismo-leninismo”; más de Nietzsche que de los “movimientos de liberación nacional”; más de Freud que sus autoimpuestos complejos de inferioridad, adobados por el resentimiento. Requiere prepararse más y mejor para enfrentar el reto de la nueva economía, sustentada en el conocimiento, que la estafa de las promesas populistas.

El populismo es el constructo del eterno noch nicht sein, del “todavía no es”, el andamiaje sobre el cual se justifica la permanencia infinita de la condición infantil de los pueblos. La autonegación del crecimiento y desarrollo esenciales para alcanzar el pleno estado de la madurez. Como en la conocida fábula, la zanahoria siempre se pone a la vista del asno que lleva el pesado fardo para que, convencido de que tarde o temprano logrará alcanzarla, prosiga, bajo engaño, el largo recorrido. No hay veredas ni “caminos verdes”. No se construye una mejor sociedad “entre gallos y medianoche”. Con frecuencia se habla de las enormes riquezas con que cuenta Venezuela, a pesar del saqueo al que ha sido sometida durante los últimos años. Pero, a decir verdad, la mayor riqueza de un país no se encuentra en sus yacimientos de petróleo, en su “arco minero” o en la probada fertilidad de sus tierras. Su mayor riqueza está en la educación y en la capacidad productiva que se deriva directamente de ella. A mayor producción de conocimientos mayor será la riqueza. La oferta tercermundista es el gran fiasco respecto del cual Latinoamérica solo tiene una única opción: salir de él. Y mientras más tiempo permanezca contemplando sus espejismos, más costoso le resultará superar la larga noche de la barbarie y decidirse a emprender el ascenso hacia la mayoría de edad: su entrada definitiva, y con buen pie, en la civilización.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/populismo-enfermedad-infantil-del-latinoamericanismo_205376

Los modelos de estado populares.

Los puntos sobre las íes por @jrherreraucv

Es verdad que lo que en la ciencia jurídica se conoce como los fundamentos del Estado republicano inspira y, de hecho, está marcadamente presente en la vigente Constitución de la República venezolana, e incluso, en algunos casos, muy por encima de los estándares de las aspiraciones o expectativas que la sociedad occidental, en general, ha llegado a configurar respecto de sí misma, dado su inusual carácter de detalle y especificidad.

Modelo de estado de las hormigas.
Inusual, se ha dicho, si esta se pone en relación con otros textos constitucionales. Considérese que mientras, por ejemplo, la Constitución de los Estados Unidos de América –We the people– cuenta con tan solo 7 artículos originales y 27 enmiendas, la “bolivariana” contempla un preámbulo de 350 artículos, divididos en 9 títulos y 33 capítulos, además de las disposiciones derogatorias, transitorias y finales. Fue Carlos Puebla, el cantautor cubano, quien recogiendo un viejo refrán popular escribió esta frase: “Mientras menos bulto más calidad”.

Decía Hegel que el gran error del concepto constitucional de Fichte consistía en pretender derivar o deducir de la idea general de Estado las más detalladas medidas administrativas, como aquellas de las dimensiones que debía tener el documento de identidad o el número de páginas del pasaporte de los ciudadanos. Hay, sin embargo, quienes pretenden introducir resoluciones constitucionales relativas a la cantidad de bolsas CLAP que deben ser repartidas entre los habitantes de una barriada. Sin duda, hasta el buen Fichte, por un momento, podría quedar sin aliento.

En todo caso, las disposiciones que están presentes en la Constitución venezolana vigente, hasta el eclipse de hoy, se inspiran en el modelo de Estado moderno, occidental, republicano, democrático. Por eso mismo, el modelo de Estado que se registra en dicha Constitución tiene el propósito de defender al individuo de los abusos del poder. Por definición, su fin consiste en la seguridad de cada individuo, interpretada como la “certeza de la libertad en el ámbito de la ley”. Se trata de la llamada “libertad negativa”, es decir, del ámbito de acción en virtud del cual el individuo queda legalmente protegido contra la posibilidad de ser obligado, por quienes detentan el poder, a hacer lo que no quiere hacer. Las libertades individuales están, pues, garantizadas en dicho texto.

De hecho, y a pesar de que cierto ámbito psicológico ha insistido en hacer ver, durante años, la negatividad como el mal, en lo que respecta a la teoría del derecho y del Estado -como también en la filosofía- lo negativo no es “tan maligno como el diablo”, porque, al igual que la libertad, la sustancia es esencialmente negativa, portadora de movimiento y libre voluntad, por lo que “decir que se sabe algo falsamente –como dice Hegel– equivale a decir que el saber está en desigualdad con la sustancia”, tal como lo puede estar una determinada Constitución que no se compadece con la realidad de verdad, porque se asume en la simplicidad de su abstracción formal, como un mero “deber ser”.

De nuevo, Kant: “Puede ser justo en la teoría, pero no sirve de nada en la práctica”. Es el problema de la escisión entre ser, pensar y decir, el desgarramiento entre el craso deseo y lo que se es efectivamente. Es, en último análisis, el autoextrañamiento, la confirmación del imperio del populismo llevado hasta sus extremos gansteriles. La intervención del Estado -comprendido como sociedad política-, más allá de las funciones que se le han encomendado, degenera en la sociedad de los comportamientos uniformes, militaristas, sin diferencias, sin diversidad, sin discrepancias. Pero los individuos, que han conquistado la condición de ciudadanos, no son autómatas.

Una de las ficciones del militarismo tout court consiste en autoconcebirse como el legítimo dueño del Estado, no como su eventual o circunstancial administrador. Él es “indispensable”, es “el elegido”, “el pueblo” en sí mismo, el “soberano”. Y como él se concibe como “el pueblo soberano”, y como “la voz de Dios” es “la voz del pueblo”, su voz, y todo lo que él es y representa, resulta ser nada menos que Dios. Sin su presencia al frente de la sociedad política del Estado, sin su férreo control sobre la sociedad civil, todo sucumbiría. Las formas son una cosa. Pero el contenido es lo que cuenta: aplastar y someter a todo el que no acepte la autoridad suprema del “pueblo” –L'état c'est moi, parce que je suis le peuble lui-même–, es la función suprema del caudillo soberano, su destino, el “plan maestro” que “el fatum” le ha confiado y ha puesto en sus “piadosas” manos opresoras. Él es el pueblo, pero es también la fuerza armada y el lumpen: uno y trino. Cuestiones de causa mayor, asuntos cercanos, más que a lo humano, a “lo divino”. Formas de Estado mínimo. Contenidos de Estado máximo. Una vez más, hay aquí un cortocircuito.

Es hora de poner fin a la esquizofrenia: la hora de colocar los puntos sobre las íes. El absolutismo es propio del despotismo oriental que, en nombre de los “trabajadores de todos los países del mundo”, supieron conservar muy bien los bolcheviques y los maoístas. Las llamadas “Repúblicas Populares” o “Repúblicas Democráticas” no son ni populares ni democráticas, porque en ellas solo uno –el único, junto con sus más cercanos secuaces serviles– es libre. El resto carece de todo derecho. Estados estacionarios, inmóviles, improductivos, para los que el progreso es cosa del “demonio” occidental. En la Filosofía del derecho, Hegel insiste en el hecho de que, en Occidente, el jefe del Estado es, en realidad, un funcionario, “la cima de la decisión formal”. Por eso mismo, su función consiste en decir “sí” a las decisiones que han sido sometidas previamente al acuerdo consensuado de la sociedad en su conjunto: “solo hace falta un nombre que diga ‘sí’ y ponga el punto sobre la i, pues la cima debe ser de modo tal que la particularidad del carácter no sea lo importante”. La superación de la crisis orgánica que padece el país pasa por la recuperación de la condición republicana que está presente en el texto constitucional, más allá de las meras formas, hasta el punto de hacerla devenir realidad concreta.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/los-puntos-sobre-las-ies_200158

La historia como aparato del estado.

El desgarramiento del estado por @jrherreraucv

El conocimiento sin historia es vacío. La historia sin conocimiento es ciega. La descontextualización del conocimiento se identifica con el prejuicio, el dogma y la ignorancia. Aprender frases ortodoxas de memoria y repetirlas una y otra vez, hasta la saciedad -pues se cree que mientras más se repitan se harán más y más verdaderas-, es el “modelo teórico” por excelencia del dogmático, porque con él siembra en la muchedumbre desprevenida el autoconvencimiento, la convicción, la base de quiebre del pensamiento y, consecuentemente, de la libertad.


Historia aparato del estado de los individuos.
Es el que sin por qué, el desplegarse del culto, de la “verdad revelada” y de la resolución del “misterio”. Es la “fe positiva” de la que habla Hegel, el encuentro ideal, el entrelazamiento definitivo de la reflexión del entendimiento con “el suspiro de la creatura agobiada”.

El editor de la revista Der Angriff –El Ataque– y ministro de educación del régimen nacionalsocialista alemán, Joseph Goebbels, lo comprendió muy bien: una mentira repetida mil veces, tarde o temprano, se convierte en la verdad. De pronto, y gracias a la intermediación del vulgar “caletre”, lo falso deviene verdad incuestionable, la parte -el partido- deviene totalidad, lo finito se hace infinito, lo relativo se hace absoluto. Suspendida la historicidad del saber, el vacío y la ceguera se apoderan de la fiel y creyente militancia, que ahora está en capacidad de representarse -¡oh, maravilla!- la conversión de centros de votación desolados nada menos que en ocho millones de votos. ¡Milagro! Las “ángeles” de Jorge han revelado el mensaje oculto, el criptograma sagrado del templo -cuartel- de la montaña.

En estos difíciles días que transcurren, la relectura de Orwell parece hacerse imprescindible, si es que se quiere tener clara conciencia y comprensión de la compleja transmutación de un Estado de cánones modernos en un Estado autocrático, militar y militarista, totalitario, al servicio de una falange -tal vez, “la mano roja” por lo ensangrentada- devenida cartel que, a su vez, se encuentra al servicio de intereses ajenos -auténtica satrapía-, abierta y directamente criminales. Lo cierto es que el Estado, a la luz de su comprensión del modo de vida occidental, ha sido sometido a un doloroso desgarramiento, a expensas de una falaz presuposición, insuficiente -dada su carga irracional-, dogmática y mecanicista, que, por lo demás, ha sido sacada -abstraída- de su contexto histórico concreto. Y no se trata de una cuestión que puedan resolver únicamente “los técnicos” o los “especialistas”. Como tampoco se trata de un asunto de mera cuantificación estadística. No es cosa del mero entendimiento reflexivo. Es cosa nada menos que de la sustancia.

Fue Lenin quien promovió la figura del Estado como un instrumento -o más bien, un garrote- de dominación. Su estrecha visión del Estado -que se origina en el modelo tiránico característico de las sociedades asiáticas- lo conduce a definirlo como una máquina que somete y hace que la clase opresora reprima a la clase oprimida: “El Estado es, en realidad, un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza”. El medio propio del Estado es interpretado, únicamente, como sociedad política, como el exclusivo uso de la fuerza, y es solo por la fuerza que ejerce su poder. Importa solo la “legalidad”, no la legitimidad. En fin, el propósito de Lenin -y más aún el de sus feligreses- no consiste en romper el instrumento de represión en aras de la convivencia, la equidad o la paz social, sino en tomar posesión de él. La exhortación es a apoderarse de la máquina –del “aparato”–, pero no para destruirlo, sino para que cambie de operador. Y es así como se sustituye a Nicolai -el segundo- por “Bola de Nieve”, según la descripción orwelliana de la Rebelión en la granja.

Para la casta militar, el argumento leninista resulta impecable, atávicamente absoluto y verdadero, pues, como casta nacida en el medioevo, nada conoce de la sociedad civil, de la Bürgerliche Gesellschaft, de los Burgos, gestados en Occidente, en pleno Renacimiento, de los que Marx –a diferencia de Lenin– habla con tanto halago en su Manifiesto. Y es que, a diferencia del Estado tiránico oriental, el Estado republicano moderno occidental es el resultado de la proyección especulativa constituida por la relación -compleja y contradictoria, en sentido dialéctico- de la sociedad civil con la sociedad política. Se trata, como dice Gramsci, de la síntesis de consenso y coerción. En efecto, la sociedad civil es el elemento social que posibilita la concreción de la hegemonía cultural, el contenido ético del Estado, o el “Estado ético”, como el momento de la recíproca compenetración de la estructura y la sobrestructura. Cosa que la distingue de la sociedad política, o cuerpo jurídico-político-burocrático-militar del tejido estatal. Cuando entre ambos términos existe una relación de recíproco reconocimiento, se dice que conforman lo que se conoce como un “bloque histórico”. Pero cuando entre dichos vocablos, es decir, entre lo constituyente y lo constituido, no existe relación sino alejamiento, indiferencia y creciente hostilidad, se puede afirmar que la tensión los convierte en extraños, hasta el punto en el cual se produce el desgarramiento definitivo.

La sociedad contemporánea es testigo de excepción de la transmutación de un Estado moderno republicano en un Estado tiránico oriental. No es casual el hecho de que en la “Lista Clinton” se incluya por vez primera a un presidente del hemisferio no oriental del mundo. El conocimiento y la historia se han desvanecido. Su lugar lo ocupa un anacronismo que solo puede vivir de las miserias del crimen y la corrupción. La instrumentalización del conocimiento es la fe en el dogma y su consecuencia directa es la barbarie. La ignorancia de lo uno y de lo otro, es decir, del conocimiento y de la historia, llega a producir monstruosidades, “bestiones”, los llama Vico, entes disformes, sin cultura y sin tiempo. A la larga, pesa más la civilidad, el “optimismo de la voluntad”. Y no es, como dice algún político -vástago de la triste flacidez del pragmatismo-, que “el bien siempre triunfa sobre el mal”, porque no se trata de un western-spaghetti. Se trata, una vez más, de una cuestión objetiva, de la relación de individuo y sociedad, de su conocimiento e historicidad: se trata de la verdad como “norma de sí misma y de lo falso”.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/desgarramiento-del-estado_196793

Venezuela, una sociedad cada vez más rota.


Fractus (país roto) / por @jrherreraucv

Algo muy hondo e íntimo, algo sagrado y de incalculable valor, se le rompió a este continuo proyecto de país, a esta eterna promesa republicana no cumplida, llamada Venezuela. Lo que se le ha roto es, nada menos, que lo que la había mantenido viva hasta ahora, lo que durante su breve pero intensa historia la había motivado a intentarlo una y otra vez: a Venezuela se le ha roto su ser en devenir, su voluntad para la construcción de una eticidad estética. Se le rompió el “sí mismo”, su “mismidad”. Ciertamente, no es la primera vez. Del analfabetismo virginal al analfabetismo funcional mediante la plena –en realidad, vergonzosa– vindicación de Doña Bárbara. Así podría resumirse, en breve trato, el triste y vertiginoso quiebre de un país que aún mantiene el privilegio de la eterna primavera.

Sociedad rota.

Desposeída la inteligencia de toda misión social, se vierte en fábula el dolor de la rotura del tiempo presente. “Venezuela –observa Mariano Picón Salas, con amarga decepción– no solo ha devorado vidas humanas en guerras civiles, en el azar sin orden de una sociedad violenta, en convulsionado devenir, sino que también marchitó –antes de que fructificaran– grandes inteligencias. Entre las no pocas cabezas que surgieron en nuestra tierra, la única que cumplió goethianamente con su nutrido mensaje fue la de Andrés Bello. Pero su obra fue a convertirse en organización civil, en norma jurídica, en tradición cultural, en Chile”. El resto debió transitar por las penosas sendas de la misantropía y la soledad: “Fermin Toro, Juan Vicente Gonzalez, Cecilio Acosta. Gallegos ha contado esta historia permanente, nuestra, del idealista que no alcanza a convertir su ideal en acción, del reformador que no reforma”. La maldición de Sísifo. Cada logro termina en un nuevo desgarramiento. El ricorso de la barbarie, una y otra vez. El premio por haber decapitado a Cristóbal Colón en la Plaza Venezuela es fungir como flamante gerente de una panadería expropiada, es decir, arrebatada a sus legítimos propietarios. Todo un “maestro pastelero”. Hay quienes venden yuca amarga sin ninguna preocupación por la vida de los que la consumen.

Un extraño hurto en el Instituto de Medicina Tropical de la UCV, donde se vienen desarrollando investigaciones de rigor sobre el espantoso resurgimiento de epidemias que habían sido erradicadas –como es el caso del paludismo, la malaria, el tifus, la difteria, entre otras– da cuenta del “modelo” que la barbarie ha escogido para dar solución a los problemas sustanciales que aquejan al país: extraer los equipos, destruir los registros, desaparecer la incubación de las muestras. Si no hay estudio las patologías desaparecen, como por arte de magia. Si se tapa el sol con un dedo o con un decreto –da lo mismo– el sol desaparece. ¡Solucionado el problema! Una es la realidad y otra la imagen que se puede fabricar –o manipular– de ella. Nada es lo que parece. A fin de cuentas, el espectáculo funciona y en la Venezuela de hoy parece ser la industria más próspera. ¿Hay colas para comprar pan? Es “la guerra del pan” imperialista. La respuesta no se encuentra en el producir riqueza sino en una cada vez más “equitativa” distribución de la miseria. ¿No hay alimentos? Es la “guerra económica”. Si se va la luz o el agua hubo un sabotaje del Imperio. Si el crimen y la violencia se apoderan de todo y de todos es porque hay una invasión de paramilitares desde Colombia. Todo un “plan desestabilizador”. En todo caso, la garantía de que la “revolución” se mantendrá per secula seculorum reside en propiciar una generación completa de anémicos o de palúdicos, al tiempo de dar concreción al gran “legado”: la creación de una población cada vez más ignorante, depauperada y violenta. Ese es el “patriótico” e “inmarcesible” futuro que aguarda, que asecha, en una Venezuela secuestrada por los herederos del militarismo. Como dice Orwell, “la ignorancia es la fuerza”.

Que buena parte de la dirigencia opositora haya terminado aceptando las “ideas”, los “valores” y las “prácticas” de la barbarie ritornata, incapaz como ha sido de producir una profunda reforma moral e intelectual, indispensable para la creación de una nueva objetividad social, de un nuevo “bloque histórico” para Venezuela, solo confirma el quiebre, la rotura del Ethos sufrido por una multitud que se ha perdido a sí misma. Se puede llegar a contar con auténticas estrellas, guantes de oro, bates de plata o “Cy-Young” del beisbol de las grandes ligas hasta conformar un equipo que bien podría llegar a ser la envidia de cualquier país en el mejor de los mundos posibles. Pero basta con que todas estas superestrellas sean convocadas para alinear el “Dream Team” criollo, bajo los colores de una nación adulterada, perdida, fracturada, para convertirse en un auténtico “Fractus-Team”. Toda una vergüenza, demasiado “irregular” para ser descrita bajo paradigmas tradicionales. Una copia de una copia imperfecta, una reproducción a escala de la infinita fractalización de un país escindido, roto.

Un grupo de “niños de la patria” –acaso fractales de un caleidoscopio social partido– asesinaron a dos funcionarios del Ejército a puñaladas. Alguien juró quitarse el nombre si no erradicaba “el flagelo” de los niños de la calle, en situación de indigencia. Ahora se disputan las bolsas de basura para poder comer. Las razones que hicieron posible “la heroica toma por asalto del poder” por parte de quienes hoy lo sustentan han quedado absolutamente relegadas, vilipendiadas y sin justificación alguna. Se trataba de la tristeza que le producía a Alí Primera los “techos de cartón”. Se trataba de que los perros iban a escuelas mientras que los niños no. Era que había hambre y no había empleo. Era menester una sociedad con más y mejor democracia, una sociedad de auténtica justicia social, de libre expresión, de enfermos bien atendidos. Una sociedad de “mano dura”, sin corrupción y sin narcotráfico. Se trataba del “Reino de Dios en la tierra”, de construir todo un “Paraíso”. La verdad, el único Paraíso que conocen los caraqueños tiene un parque zoológico –El Pinar– que durante este régimen se ha convertido en el gran mercachifle de basura para la hechicería y el palerismo. El Paraíso colinda con la “Cota 905”, el gran refugio de los “pranes” y una de las barriadas más peligrosas de la ciudad. Algo se rompió en el país. Pero no se pueden pegar los fragmentos esparcidos. Solo queda la exigencia de crear un nuevo modo de ser y de pensar. Imprescindible crear un nuevo espíritu.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/fractus-pais-roto_86654

Transformación de una sociedad con sus individuos.

Sociedad transformada con individuos.

Eticidad por josé rafael herrera / @jrherreraucv

Sobrevivir. Esa parece ser la actual condición del ser y de la conciencia social en Venezuela. Una sociedad en la que el hacer y el decir han devenido términos opuestos es, por un lado, sacramento de su “pecaminosidad consumada” y, por el otro, signo de su menester espiritual. “Sacramentum et signum”, como diría el maestro Pagallo. No se dice ni se piensa lo que se hace; no se hace ni se dice lo que se piensa. La palabra va por un lado y la acción por otro. Venezuela padece del peor desgarramiento –de la peor Trennung– de toda su historia. “Felices son los tiempos en los que se puede pensar lo que se dice y decir lo que se piensa”, reza un viejo adagio de la Grecia posaristotélica que el joven Marx transformó en nervio central de su filosofía. Infeliz es la expresión de angustia, impotencia o temor de esos rostros que golpean –con profundo rencor– la mirada en el Metro, en la buseta, en la cola del mercado, en el cajero automático, en la parada, o detrás de la cava que lanza los desperdicios en bolsas negras que recoge la indigencia para poder salvar el día.


Las virtudes públicas se han desvanecido en el rostro de agresión –acompañado de la matraca de estricto rigor– del guardia o del policía, o en el asesino de 15 o 18 años que, sin piedad, dispara sobre el rostro de su presa. O en la satisfacción del secuestrador que regresa, en pleno acto de intimidación contra su víctima, al estado de naturaleza para asumir la originaria condición de lobo del hombre. Y ahí donde el entendimiento declara su propia bancarrota, porque ya no hay más recetas, más métodos, más instructivos ni “operativos”, en fin, más “planes de la patria” capaces de dar respuestas que permitan comprender y superar el actual estado de creciente descomposición, entonces acude al rescate –cual héroe de cómics– el sollen sein, es decir, nada menos que el “deber ser”, el cual se ha transformado en un auténtico “claustro de María” –o de Fidel, da igual– para todos aquellos que no logran entrar al “cielo de los cielos” de la eticidad. El “deber ser” se ha transformado en un anhelo, en toda una ciencia de los nuevos tiempos, en el cifrado agujero negro de la era posmoderna. En él todo cabe y todo vale, y toda posibilidad formal encuentra amparo, desde la santería hasta la astrología, desde la superchería hasta los hirvientes expedientes “x” de la burocracia, los cárteles o la corrupción, pues, a estas alturas, todo da todo –o nada– en esta noche de gatos pardos.

La eticidad (Sittlichkeit) fue magistralmente definida por Ortega y Gasset como civilidad. La Venezuela de hoy ha perdido su condición civil, la urbanidad, la Virtus. No es que no haya perdido toda capacidad técnica, toda destreza instrumental o toda inclinación espiritual, ese deseo de querer saber, de aprender, de ser mejor, de tener una aproximación más precisa a los asuntos no subordinados de la vida. Todo lo que con tanto esfuerzo puso al país sobre la senda del desarrollo de su historia hoy se ha desvanecido. Pero la causa de ello ha sido, justamente, la pérdida de la recíproca compenetración de lo público y lo privado, del individuo con la sociedad y de la sociedad con el individuo, a partir del mutuo reconocimiento de cada instancia de la diferencia de lo uno con lo otro. En una expresión, se trata de la pérdida de la garantía de que lo uno y lo múltiple –lo público y lo privado– se im-pongan, sean im-puestos, lo uno por encima de lo otro. En síntesis, lo que se ha perdido es la capacidad de unión superior que permite la coincidencia de los propios intereses con los de la sociedad política, conformando el Estado ético, la eticidad propiamente dicha. Porque, desde su más diversa instancia, cada quien comprende que su labor lo trasciende, pues a medida que sus asuntos mejoran con ello mejoran los asuntos de la totalidad.

La eticidad es un modo de vida, una cultura, quizá el más alto grado de educación de la sociedad. El gran poeta Schiller, autor del “Himno a la alegría”, que retumba y desborda la trayectoria de la Novena sinfonía de Beethoven, la designó con el nombre de educación estética del hombre. Una educación estética no se limita –ni mucho menos se reduce– a abrir las puertas a la mera instrumentalización del conocimiento, ni de dejar abiertas las ventanas para que por ellas se esfume el “deber ser”. Se trata de educar integral y orgánicamente a los individuos, con el propósito de que su yo particular se reconozca en el Volksgeist, en el espíritu de pueblo, sin por ello diluirse en él. El individuo se reconoce en la sociedad y la sociedad se reconoce en cada individuo. La “tortilla” no se voltea: no se cambia el individuo por la sociedad ni la sociedad por el individuo. Ya el “deber” no es un abstracto desiderato, sino que deviene sitte, costumbre del ser, absolutamente real y concreto.

Pero, ¿qué podría entender –y nunca jamás comprender– “el gran timonel” de este destartalado “Metrobus” llamado Venezuela acerca de la eticidad? ¿Cómo podría, desde aquella plataforma de un jeep militar, metralleta antiaérea en mano, poder tan siquiera intuir la idea concreta de una educación estética? Y, más aún, ¿qué diría Trucutú, mazo en mano, acerca de la civilidad? ¿Cómo el jeque de los Valles de Aragua, exiliado a causa de la desafección de sus propios paisanos de los eternos picos nevados, podría sospechar la necesidad de comprender el diálogo como premisa de un proceso de tensiones inmanentes, hasta la conquista del reconocimiento de sujeto y objeto? Sí, porque todo diálogo es un resultado, una conquista, y nunca un pre-supuesto, con o sin cabezas de Jano. Entonces, y como dice Marx, “¿por qué cargar con más paquetes a un asno?, ¿por qué el elemento clasista debe construir por doquier el puente de asno, incluso entre sí mismo y su adversario?, ¿por qué es en todas partes el sacrificio mismo? ¿Debe amputarse a sí mismo una mano para que no pueda enfrentar con las dos a su adversario, al elemento de gobierno del poder legislativo?”. Se creerá que la cita anterior es inventada. Pues, no lo es. Está en la crítica del derecho del Estado hegeliano, de 1843. Después de todo, no se queje cierta oposición intolerante –por ignorante–: Marx estaría entre los primeros detractores de estos dieciocho años de mala lectura del país, de esta “filosofía” de la miseria que es, en verdad, toda una miseria de y para la filosofía. Como dice Gramsci, “pesimismo de la razón. Optimismo de la voluntad”.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/eticidad_78755

Hacer y deshacer filosofía

Deshacer la base.

La universidad des-hecha.

Saber es hacer, le guste o no a los burócratas de la ratio instrumental, inerciales prisioneros de su fe, atrapados en las redes del entendimiento abstracto.


Todo pensar es, en efecto, un crear, un hacer, un producir incesante. Cuando se piensa se hace y cuando se hace se piensa. Se piensa para producir reproduciendo. Se hace para reproducir produciendo. Tal es la determinación constitutiva de toda posible construcción del ser social. Verum et factum convertuntur, afirma Vico: para comprender a fondo el decurso de la historia, es menester estudiar en profundidad las distintas facetas de “la mente humana”, porque los cambios que ocurren en las sociedades tienen su origen en ella. Si la totalidad histórica tiene sus fundamentos en la comprensión de “la mente humana”, su estudio resulta de factura esencial y justifica, además, el estudio de las más diversas formas del conocimiento. Las expresiones concretas del quehacer social tienen que ser, pues, investigadas, enseñadas y divulgadas, porque esa es la manera como los pueblos, al reconocerse a sí mismos, logran avanzar, ser prósperos, conquistar la libertad y vivir en paz. Forma y contenido son inescindibles: theoría y praxis.

Las universidades no son fábricas de títulos ni de titulados. No son formas vaciadas de contenido, suerte de requisito nominal para poder obtener un cierto estatus de vida que permita, a su vez, alcanzar las subsiguientes “nominaciones”. Ellas son la mayor fuente de saber real y, por ello mismo, de hacer concreto. Su propósito esencial consiste en hacer país sobre la base de saber del país. Des-hacer la institución universitaria equivale, en consecuencia, a des-hacer el país en el que la sociedad pretende conquistar sus metas más preciadas, la realización de sus firmes propósitos específicos y generales, la conquista consciente de sus derechos y deberes. Ninguna sociedad que se respete a sí misma puede tan siquiera representarse la posibilidad de desarrollarse, de desplegar sus potencialidades, prescindiendo de la labor de sus universidades. A menos que se imponga la mediocridad como sistema de vida y que se llegue a sentir orgullo por las miserias de la ignorancia, la pobreza, el atraso, la violencia y la barbarie. Todo lo cual solo puede ser calificado de fascismo en estado puro. Un régimen que promueve deliberadamente semejantes valores garantiza su permanencia absoluta en el poder. A mayor ignorancia más fácil resulta su perpetuidad al frente de una sociedad esclavizada, empobrecida, famélica, en fin, miserable.

Hubo un tiempo, en Venezuela, en el que las universidades llegaron a ser centros de estudios auténticamente superiores. Grandes exponentes de las disciplinas científicas y humanísticas, de los saberes clásicos y modernos, fueron convocados con el firme objetivo de formar, no sin rigor y excelencia, a los futuros responsables de la construcción de un país decidido a salir de su retardo histórico-cultural e incorporarse a la civilización, superando así los peligros del prejuicio, esa simple percepción “de oídas” que redunda, por un lado, en el craso empirismo tout court, y, por el otro, en el fanatismo y la adoración ante el cacique, el taita o el caudillo. Bajo el cobijo de la democracia, y en poco tiempo, la universidad venezolana se constituyó en una sólida, respetable y prominente institución, autónoma y con profundas raíces populares. Ser profesor universitario, ser estudiante o egresado de La Universidad se transformó no solo en una cuestión de prestigio sino, sobre todo, en un compromiso con el país. De nuevo, forma y contenido, theoría y praxis. Esa gran universidad, referencia internacional y modelo de las universidades latinoamericanas, ha sido literalmente secuestrada, golpeada, torturada y violentada, con saña y crueldad, por el actual régimen. Su diagnóstico es reservado. Puede decirse que de suma gravedad y, la verdad, se haya a punto de morir. Por lo pronto, está des-hecha.

No hay peor cuña que la del mismo palo, dice un adagio popular. Pero cuando a las “cuñas” se las carcomen las polillas del resentimiento, la mediocridad y la piratería, el regressus a los tiempos del analfabetismo palúdico y a la pobreza material y espiritual, se hace inminente. La cantidad sin mediaciones no hace calidad. Llenar cifras con más graduandos no pasa de ser una ficción, un espejismo tercermundista. Una universidad que no investiga y que no extiende los resultados de sus investigaciones en aportes reales, en beneficios para la sociedad, no merece llevar ese nombre. Las supuestas universidades que se limitan a impartir clases de refritos son una vergüenza. El profesor universitario, reseñado por el burocratismo dominante, como “docente” es un insulto a su formación investigativa y extensiva, a su concurso de oposición, a sus trabajos de ascenso, a sus investigaciones de campo, a sus publicaciones y a sus posgrados.

Hoy la cada vez menor población profesoral de las –auténticas– universidades que apenas sobreviven se ha vuelto anciana. Con premeditación y alevosía, los sueldos del profesorado universitario, que deberían situarse entre los mejores remunerados del país, dada su altísima y muy delicada responsabilidad, son los peores de toda la administración pública. Ya nadie quiere ser profesor universitario. Los jóvenes relevos, bien preparados para el oficio, se van del país, buscando mejores condiciones de vida. La previsión social se ha vuelto infame. Los “dirigentes gremiales”, incapaces de defender los derechos que le corresponden al profesorado por ley, optan por pecharlo, sacándole del bolsillo los ya bastante mermados recursos de su salario para cubrir los malabares de una política de seguros lo más distante de la idea de “previsión social”. Urge un nuevo sistema de seguridad profesoral.

Des-hacer significa hacer que una cosa vuelva a la condición en la que se encontraba antes de haber sido hecha, de modo que desaparezca, quede destruida o sea descompuesta. Este es un régimen de des-hechos: su característica esencial es la reacción, a la que autocalifican como “revolución”. Su fundamento ideológico –aunque muchos de ellos no lo sepan– es el fascismo, al que deberían, de una vez por todas, denominar “nacional-socialismo”. Su desprecio por las universidades –su afán por des-hecharlas– solo se compara con su profundo temor a la inteligencia. Tal vez, re-hacer la universidad sea la tarea más importante del presente.

Por José Rafael Herrera @jrherreraucv