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    Los demonios sueltos.

    Representación de demonios y fantasmas en Latinoamérica.


    El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Después de que terminara la guerra de Independencia, el país, ya dividido de “Colombia la Grande”, perdió cien años de historia. Siempre es bueno recordar la asombrosa vigencia de la conocida carta escrita por Bolívar, al final de sus días, a Juan José Flores, del 9 de noviembre de 1830: “He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”. Bolívar resume, con extraordinaria precisión, lo que por más de cien años –con contadas excepciones– ha caracterizado a Venezuela y, en no poca medida, a la América Latina.

    Las luchas intestinas entre “conservadores” y “liberales” en Venezuela son, más o menos, similares a las del resto de Latinoamérica. Todas comportan una escisión de origen que pocas veces ha logrado cicatrizarse para, en un relativamente corto tiempo, volver a abrirse y sangrar. Se trata de la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras a las que Hegel define como “señorío y servidumbre” o la “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos incompatibles, opuestos entre sí, que, no obstante, son interdependientes y, en última instancia, idénticos, en la medida en la cual se determinan recíprocamente. Los unos son elitistas, los otros populistas. Los primeros dicen defender a Dios, la familia y la propiedad. Los segundos a la historia, la prole y la justicia social. Son la razón de los monstruos y los monstruos de la razón.

    Cuando uno de los extremos pierde sus privilegios y es conducido a la ruina, asume el papel del revolucionario liberal, en nombre de los desposeídos. Pero una vez que retoma el poder y consolida su triunfo asume cabalmente el lugar del otro. Este drama continuado de “tiranuelos de turno” ha terminado arruinando al país, hasta conducirlo, como advertía Bolívar, al “caos primitivo”. Juan Vicente Gómez, un campesino zamarro de los Andes venezolanos, puso fin al combate a través del ejercicio del terror durante 27 años, desde 1908 hasta 1935.

    A sangre y fuego, el dictador extinguió la llamarada de los constantes alzamientos de los caudillos regionales a lo largo y ancho del país. La creación de un ejército profesional y la construcción de carreteras por casi todo el territorio tuvieron ese propósito. Pero con ello, acaso sin proponérselo, terminó unificando la nación y fraguando los fundamentos del Estado moderno en Venezuela. Es un ejemplo impecable de la astucia de la razón. Gómez ató con la fuerza del tirano a los demonios del desgarramiento y los mantuvo bien amarrados, por lo menos, hasta después de su muerte.

    Solo hasta el 18 de Octubre de 1945, con el golpe militar contra Medina Angarita, el otro extremo pudo reagruparse y recuperar sus fuerzas para rearmarse. Pero pronto las fuerzas conservatistas le asestarían un nuevo golpe, que las mantuvo fuera de combate hasta 1959, época de la caída de la dictadura de Pérez Jimenez.

    Fue durante la presidencia de Rómulo Betancourt –y luego la de Raúl Leoni– que se logró amarrar, una vez más, a los demonios del extremismo. Durante sus primeros años en el poder, Betancourt debió enfrentar la contraofensiva militarista y conservadora hasta reducirla a su mínima expresión. Más tarde, debió enfrentar a la llamada “guerra de guerrillas” de la extrema izquierda, a la que también logró desarticular y reducir. Betancourt, ideólogo del Pacto de Puntofijo –un acuerdo consensuado entre los más representativos sectores democráticos del país–, había neutralizado a los extremos en pugna y estabilizado el naciente régimen democrático. Él fue, sin lugar a dudas, el más importante político venezolano de todo el siglo XX. Coerción y consenso a un tiempo. Solo después de la hazaña democrática liderada por Betancourt el país prosperó progresiva y sostenidamente y pudo entrar al siglo XX. Venezuela tuvo cuarenta años de estabilidad política y de crecimiento económico y social. Hasta que Chávez desatara –una vez más– los demonios decimonónicos.

    Los extremos se tocan, y Chávez hizo que se tocaran, aprovechándose del creciente descontento general de la población y de la desconfianza en las instituciones democráticas. Descontento y desconfianza, por demás, sembradas a través de poderosos e influyentes medios de comunicación, en manos de sectores interesados en sacar provecho. Sectores conservatistas que, en esta oportunidad, cerraron filas del lado de la extrema izquierda en contra del sistema democrático. Los extremos devienen, no son puntos fijos, inamovibles. Más bien, y de acuerdo con sus intereses, son camaleónicos, miméticos. Ahora los nuevos aliados marchaban juntos y reconocían sus coincidencias. Esa fue la función de los llamados “notables”: la de tender los puentes necesarios para que derecha e izquierda extremas se fusionaran por primera vez en la historia del país y se consolidaran en un mismo polo –el “polo patriótico”–, a objeto de hacer desaparecer de la faz de la tierra el sistema democrático representativo fundado por Betancourt. Y así se hizo.

    Hasta que, en el año 2002, Chávez comenzó a manifestar diferencias de fondo con la vieja godarria, al tiempo que se acercaba, cada vez más, a Fidel y al cartel del Foro de Sao Paulo. Después del golpe de Estado del 11 de Abril, rompió los compromisos adquiridos con la derecha histórica para instaurar un régimen dictatorial de extrema izquierda, esta vez bajo la capucha de las apariencias democráticas. En realidad, un cartel al servicio del narcotráfico y del terrorismo internacionales, que ha terminado colmando de miserias, corrupción, saqueo del erario público, violencia sin fin y la más brutal de las represiones.

    Con Chávez el país regresó a los peores días del caos primitivo del siglo XIX. Bajando por la espiral de la historia viquiana, Venezuela ha pasado nuevamente de la modernidad a la premodernidad. La tarea que sigue es inevitablemente ardua y pasa por la reconstrucción de su tejido civil, en el cual la educación estética tendrá que ocupar un lugar preponderante.

    Son tiempos de demonios sueltos, tiempos de oscuridad, tiempos tenebrosos. Grises, al decir de Maquiavelo. De semejante experiencia histórica conviene salir lo más pronto. Lo que está en juego no solo es el bienestar y desarrollo latinoamericano sino la seguridad y la estabilidad de toda la civilización occidental en su conjunto. El narcochavismo es la reivindicación de la barbarie, la vuelta al estado de naturaleza, la violencia y el salvajismo como modo de vida. Similar a la formación de las mafias, el movimiento formado a pulso por los Castro y enquistado en Venezuela representa al cartel de los antivalores occidentales. Los demonios siguen sueltos. El gang de los soles es el cartel de la muerte.

    Negociación y moral.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv 

    Tirano y necio


    En una intervención relativamente reciente, sostenida en la sede de la OEA, el expresidente español Felipe González, afirmó que la expresión “tirano” puede comportar el significado etimológico de “necio”, es decir, de aquel que “no sabe que no sabe” lo que debería saber. Es evidente que existe una diferencia esencial entre el socrático “saber que no se sabe” y el no saberlo, porque Sócrates, con plena autoconciencia de ello, reconoce no saber, mientras que el necio no solo adolece de ella sino que, precisamente por eso, por el hecho de no haber efectuado la experiencia del ejercicio autoconsciente de su no saber, se precipita, poseído por la audacia que caracteriza a los irresponsables, al afirmar creer que sabe lo que en realidad no sabe. Y es que, como observa Hegel, la conciencia sabe lo que no dice y dice lo que no sabe”. Así pues, todo indica que en el fondo de cada tirano se oculta un necio. La pregunta es si, tal vez, viceversa, detrás de cada necio de oculte un tirano.

    En los últimos tiempos, en el ámbito político venezolano, y como resultado de la tremenda crisis orgánica que padece su población, decir lo que se sabe a medias, lo que casi no se sabe o lo que definitivamente no se sabe, se ha convertido en una suerte de deporte nacional. Haga el lector un breve ejercicio de abstracción: un vehículo se accidenta en medio de una carretera de una sola dirección y sin retorno, ubicada entre dos montañas que forman una suerte de valle. No hay modo de moverlo. Y su inmovilidad compromete, en consecuencia, el movimiento de miles de vehículos que lo anteceden. La tranca es inmensa. Nadie puede devolverse. Y no parece haber salida. El conductor, nervioso, se baja del vehículo y levanta el capot, para echar un vistazo, a pesar de que no tiene ni la menor idea de la mecánica automotora. No logra entender lo que pudo pasar. Muy pronto, antes de lo previsto, el resto de los conductores se van acercando al vehículo accidentado y, a pesar de que ninguno de ellos posee ni la pericia ni la formación en esa complicada profesión, comienzan, a cuenta y riesgo, a lanzar posibles diagnósticos. Y, así, se inicia el “lanzamiento de flechas”.

    “Debe ser que se le salió el TIAR”, dice uno de ellos; “hay que aplicarle un 187 numeral 11”, observa otro, con cierta gravedad; “¡no! –afirma otro–: eso parece arreglarse definitivamente con un proceso electoral”; a lo que, casi de inmediato, otro conductor responde: “Malandro no sale con elecciones”. “Nada podrá repararlo, pues la fecha de expiración definitiva de ese coche es 2021”, sostiene un prestidigitador de oficio, dueño de un Honda “Civic”, un tanto destartalado. Debajo de un árbol cercano, cubriéndose del inclemente sol que azota la carretera, ahora convertida en calle ciega, un conductor que permanecía en silencio, espera el momento oportuno para dar muestras de sus avezadas experiencias automotrices: “Se le dañó el secuestro. En estos casos, las negociaciones son parte de la naturaleza humana del motor. Todo humano tiene un motor y la condición sine qua non de todo ser humano es la de negociar. Eso sí: cuando se negocia, la moral queda suspendida. La negociación carece de moralidad. Esa es la única forma de reparar el vehículo, estableciendo una relación ‘ganar-ganar’ que permita que las partes del motor que han sido dañadas sean reparadas por la pieza que las dañó”.

    ¡Válgame Dios!, como solían decir los caraqueños de antes. Esto sí que es toda una auténtica metafísica automotriz. El No-Yo de Fichte acaba de sufrir un revés porque, de hecho, se ha revertido contra el Yo puro –purísimo– de su artífice. Lo más sorprendente de semejante argumentación –y conviene recordar que, según Aristóteles, la filosofía comienza con el estupor– es la relación, o más bien la diferencia, que se establece sin empachos entre ser humano y ser moral. Y es que, más allá de toda posible figuración, tales consideraciones han sido efectivamente formuladas en un artículo de reciente data, cuyo título reza “Sobre la negociación y Barbados”, que comienza con una cita de Adam Smith: “No es la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”. Su argumento central: todos los seres sociales negocian. Lo hacen para satisfacer sus intereses individuales, de los que surge “el bien común”. Antes que homo faber el hombre en un negotiator. En consecuencia, los hombres son negociantes por naturaleza. De tal argumentación se podría concluir que, por ejemplo, Hermes no es la simbolización del resultado de la actividad sensitiva humana, de su historicidad, sino su premisa “natural” simbolizada.

    La inclinación de convertir presuposiciones en verdades no es nueva. Incluso hay quienes creen que una media verdad es toda la verdad, transmutando lo particular en universal y lo abstracto en concreto. Si la benevolencia de un médico fuese exclusivamente su propio interés es muy probable que no se esté hablando de un médico. ¡Y no se diga de un profesor! Si lo que distingue a los hombres del resto de los seres vivos es el haber logrado conquistar la moralidad, ¿cómo podría ser esta suspendida en una negociación entre los secuestradores de unas víctimas y sus familiares?, ¿cómo poner entre paréntesis la moralidad en el momento de semejante negociación? ¿No es moral la premisa de tal negociación?, ¿o es que salvar a las víctimas de semejante flagelo no es un acto moral? No se negocia porque se haya suspendido la moral sino precisamente porque se reafirma, al proponerse la liberación de los secuestrados.

    Es cierto que la negociación es una de las prácticas más antiguas y características de la entera humanidad. Por años le han achacado a Maquiavelo la responsabilidad de haber dicho que “el fin justifica los medios”. Hace unos cuantos años, quien escribe tuvo el honor de traducir El Príncipe. Fue publicado por los Libros de El Nacional. La frase que se le atribuye al gran pensador florentino no figura por ningún lado, entre otras cosas porque atentaría contra el resto de la obra, la cual, a pesar de los prejuicios sembrados en su contra, es una joya de profundo contenido ético, tanto que se propone unificar y liberar a Italia de sus opresores. La misma expresión “negocio” comporta un profundo sentido axiológico: negotium es la negación del ocio –nec-otium–, es decir, significa ocuparse, trabajar, producir. No hay un negotiator que no sea un homo faber, que no cumpla con el divino mandato de “ganarse el pan con el sudor de la frente”. El malandro no trabaja. El secuestro no puede ser considerado como un trabajo. El asunto, en consecuencia, se concentra en el qué, cómo, cuándo, dónde y por qué se negocia. Pero sobre todo: en el con quién se negocia. Y valdría la pena saber si es posible establecer algún tipo de negociación con quienes se representan la eticidad como un prejuicio de pequeños burgueses. Cuando uno de los términos se niega a reconocer al otro término, cuando usa el mecanismo del negotium como su negación abstracta, como otium, entonces la supuesta negociación no es más que una desgracia.

    @jrherreraucv

    Fin del ricorso

    Peligro, socialismo de Siglo XXI

    Por José Rafael Herrera /@jrherreraucv

    La historia, según Vico, marcha desde la barbarie del sentido hacia la barbarie de la reflexión. Es “el curso que siguen las naciones”. Curso no lineal ni circular, sino espiral y cíclico, en el que no pocas veces se transita en dirección contraria, en dirección hacia un nuevo -y siempre viejo- ricorso o re-curso, en busca del regazo de la barbarie. Una extraña pirueta del movimiento de la historia seguramente psíquica, pero eminentemente social y política-, conduce a la voluntad humana hacia el rencuentro con sus mitos arcanos, recónditos, fundacionales: “no pudiendo ponerse siquiera dos de acuerdo sobre un mismo asunto, por seguir todos su propio placer y capricho, llegan a hacer, con sus obstinadas facciones y desesperadas guerras civiles, selvas de las ciudades, y de las selvas cubiles de hombres. Así, al cabo de muchos siglos de barbarie, llegan a arruinar las malvadas sutilezas de sus ingenios maliciosos, que con la barbarie de la reflexión les habían convertido en fieras más crueles que las que habían sido con la barbarie del sentido”. Durante los últimos veinte años, Venezuela ha transitado por las sendas de la barbarie ritornata. Ha vuelto -se ha de-vuelto-, para vivir presa -víctima - de sus propios designios, obsesionada, en búsca de la ficción de su regazo fundacional. El resultado ha sido la miserable penumbra, la sombra épica del ricorso bolivariano. Por fortuna, ese ricorso va llegando a su fin final, y se prepara para ingresar a un nuevo ciclo de su historia, llevada de las manos de la luz civil.

    No sin nerviosismo refrenado, Venezuela va llegando al final del secuestro que, por veinte años, le han impuesto sus captores, una organización compuesta, como proyecto político, por una “fusión cívico-militar” que, en la práctica, en la cotidianidad del día a día, resultó ser un cartel compuesto por un lumpanato de resentidos, mediocres, corruptos, narcotraficantes y terroristas. Marx sentiría asco. Los daños causados al país entero no han sido pocos. Lo han saqueado y arruinado sistemáticamente en todos sus ámbitos: acabaron con el prestigio de sus instituciones, con las fuerzas armadas, con las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, con los servicios básicos, con la salud, la alimentación, la educación, la seguridad, la moneda, la infraestructura terrestre, marítima y aérea. Condujeron al país no sólo a la mayor de las pobrezas materiales sino, además y como consecuencia directa, a la peor de las pobrezas espirituales. Han cometido los más atroces crímenes ecologicos y expoliado las enormes riquezas minerales del territorio nacional. Pusieron al país de rodillas para que el cartel cubano de los Castro se apropiara de él. Han cometido los más brutales y crueles crímenes de lesa humanidad y convertido a los ciudadanos en sus rehenes. En fin, hicieron de una “tierra de gracia” una desgracia. Desgraciaron a Venezuela.

    No obstante, el caradurismo que les precede parece no tener límites: “El sufrimiento de un pueblo no puede ser la clave para un cambio de gobierno”, declara cínicamente Jorge Arreaza, cuyos méritos como profesional, político y ministro de relaciones exteriores, pero sobre todo como persona, dejan mucho que decir . La suya es una frase patéticamente desdoblada, digna de un maleante, que bien podría significar o “que un pueblo sufra no es razón suficiente para cambiar el gobierno” o, todo lo contrario, que “se pretende hacer sufrir al pueblo con el objetivo de cambiar el gobierno”. Pero el señor Arreaza se equivoca por partida doble, porque, desde el punto de vista del primer registro de lectura, se pone en evidencia que a estos socialistas del siglo XXI -émulos de Stalin, Mao, Pol Pot, Kim Jon Un, Mugabe y los Castro- les importa un bledo la suerte de la gente. Y en efecto, han demostrado palmariamente el hecho de que no les importa atropellar o aplastar a quien sea con tal de satisfacer sus propósitos, con lo cual se pone de manifiesto el más claro significado del rimbombante socialismo del siglo XXI: el estado de naturaleza, la salvaje, vil y barbárica guerra de todos contra todos. El segundo registro de lectura sorprende por su descaro e hipocresía, porque han sido precisamente ellos los responsables directos e indirectos de todos los males que hoy padece la población venezolana, con el agravante de que, en este caso en particular, la expresión “pueblo” significa “ellos”, o sea, el narcocartel que usurpa el poder. Después de lo cual la frase en cuestión revela su más íntimo y oculto secreto: “se pretende hacernos sufrir para sacarnos del gobierno”. Queda revelado el misterio de la sinuosa oratio pro aris et focis: quieren negociar “nuestra” salida, pero congelan “nuestras” cuentas bancarias, los negocios en el exterior, rompen los hilos de “nuestras” redes de tráfico y contrabando. El cartel parece comenzar a sentir los duros golpes que la comunidad internacional le está propiciando y, acorralados como están, no pueden no ocultar sus cuitas.

    En su más reciente artículo en el New York Times, Alberto Barrera Tyska exhorta al régimen y a la oposición a dejar de lado las improvisaciones -lo que, en su opinión, es la más resaltante característica del venezolano- y sentarse a dialogar para llegar a un acuerdo electoral que ponga fin a la crisis que atraviesa el país. A juicio de quien escribe, el muy respetable escritor se equivoca dos veces: si el grueso de la comunidad democática internacional no solo ha manifestado decididamente su respaldo al principal objetivo de la oposición venezolana -“cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”- sino que, además, ha venido asesorando sus acciones, entonces no es que los venezolanos, como legítimos descendientes de la cultura latina, porten consigo la mácula indeleble de la improvisación. Es que en los procesos históricos, a diferencia de las operaciones matemáticas, no existen las no-improvisaciones, la imprecisión del cálculo, la inesperada variación de una determinada circunstancia. La historia, como dice Vico, no atiende a las razones cartesianas. Hay, sin duda, maestros del arte de la política. Uno de ellos es Felipe Gonzalez, ex-presidente del gobierno español, quien recientemente ha declarado al diario El Clarín que lo que más le sorprende es que haya todavía una parte de la izquierda que sea capaz de sostener a una tiranía sin paliativos como la que usurpa el poder en Venezuela, cuya mayor proeza ha sido la de “cargarse el 60 por ciento del PBI y que tenga el número de muertos por habitante más grande del mundo”. No se llega a acuerdos con la malandritud tan sencillamente. El malandro, por su propia condición, es tramposo, carece de virtudes cívicas. Y sin duda llegará el momento de la contienda electoral, el fin de este ricorso, pero sólo cuando cese la usurpación y el gobierno de transición designe un organismo electoral digno, a la altura de la razón histórica.

    Historia y conciencia de los extremos.

    Enviado por @jrherreraucv 
    Pieter Brueghel el Viejo: “La torre de Babel” (1563).
    Pieter Brueghel el Viejo: “La torre de Babel” (1563). 

    El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Desués de terminada la guerra de independencia, y con la muerte de Bolívar, el país, ya dividido de “Colombia la Grande”, perdió cien años de historia. En una conocida carta del 9 de Noviembre de 1830, Bolívar le escribe a su amigo el General Juan José Flores -primer presidente de Ecuador-: “He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América”. Bolívar resumía, con extraordinaria precisión, lo que durante los siguientes cien años caracterizaría a Venezuela y, en no poca medida, al resto de la América Latina.

    Las luchas intestinas entre godos y liberales en Venezuela fueron, más o menos, similares a las del resto de latinoamérica. En realidad, todas poseían una escisión de origen que pocas veces ha logrado cicatrizarse para, en un relativamente corto lapso de tiempo, volver a abrirse y sangrar, Immerwieder. Se trata de la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras de la experiencia de la conciencia social e histórica, a las que Hegel, en la Fenomenología del Espíritu, define como “señorío y servidumbre”, la “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos incompatibles, opuestos entre sí, que, sin embargo, son interdependientes y, en última instancia, idénticos en la medida en la cual se determinan recíprocamente. Los unos son conservatistas, los otros liberales; éstos son elitístas, aquéllos populistas. Los primeros dicen defender a Dios, la familia y la propiedad. Los otros a la Historia, la prole y la justicia social. Son la razón de los monstruos y los monstruos de la razón. En El espejo enterrado Carlos Fuentes los ha definido magistralmente: “un chiste corriente en Bogotá decía que la única diferencia entre ellos era que los liberales iban a misa de seis y los conservadores a misa de siete”.

    Lo cierto es que cuando uno de los extremos perdía sus privilegios frente al otro y, aplastado, era conducido a la ruina y al no-reconocimiento, asumía el papel del “revolucionario liberal”, en el nombre de los desposeídos. Pero una vez que tomaba el poder y consolidaba su triunfo asumía cabalmente el lugar del otro. Y viceversa. Este drama continuado de “tiranuelos de turno” terminó arruinando al país, hasta conducirlo, como advertía Bolívar, al “caos primitivo”. Juan Vicente Gómez, un campesino zamarro de los Andes venezolanos, puso fin al combate a través del ejercicio del terror durante ventisiete años, desde 1908 hasta su fallecimiento, en 1935. A sangre y fuego, el dictador extinguió la llamarada de los constantes alzamientos de los caudillos regionales a lo largo y ancho del país. La creación de un ejército profesional y la construcción de carreteras por casi todo el territorio nacional tuvo ese propósito. Pero con ello, además, terminó unificando la nación y fraguando los fundamentos del Estado moderno en Venezuela. Es un ejemplo más de la hegeliana astucia de la razón. Gómez ató con fuerza a las diferentes figuras asumidas por los extremos y las mantuvo bien atadas, con grilletes, por lo menos hasta después de su muerte. Sólo hasta el 18 de Octubre de 1945, con el golpe militar contra Isaías Medina Angarita, el otro extremo pudo reagruparse y recuperar sus fuerzas, rearmándose. Pero pronto las fuerzas conservatistas le asestarían un nuevo golpe, que las mantuvo fuera de combate hasta 1959, época de la caída de la dictadura de Pérez Jimenez.

    Fue con la presidencia de Rómulo Betancourt, de 1959 a 1964, y luego con quien lo sustituiría en el cargo, Raúl Leoni, que el país logró volver a atar con firmeza a sus demonios extremistas.

    Durante sus primeros años en el poder, Betancourt debió enfrentar la contraofensiva militarista y conservadora hasta reducirla a su mínima expresión. Más tarde, debió enfrentar a la llamada 'guerra de guerrillas' de la extrema izquierda, a la que también logró desarticular y reducir. Betancourt, ideólogo del Pacto de Punto Fijo -acuerdo consensuado entre los más representativos sectores democráticos del país-, había neutralizado a los extremos en pugna y estabilizado el naciente régimen democrático. Él fue, sin lugar a duda, el más importante político venezolano de todo el siglo XX. Coerción y consenso a un tiempo. Sólo después de la hazaña democrática liderada por Betancourt el país prosperó progresiva y sostenidamente y pudo entrar al siglo XX. Venezuela tuvo cuarenta años de estabilidad política y de crecimiento económico y social. Hasta que Chávez desatara -una vez más- los demonios decimonónicos. Los extremos se tocan, y Chávez hizo que se tocaran, aprovechándose del creciente descontento general de la población y de la desconfianza en las instituciones democráticas. Descontento y desconfianza, por demás, sembradas a través de poderosos e influyentes medios de comunicación, en manos de sectores interesados en sacar provecho mientras se autodefinían como “el centro”. Sectores conservatistas que, en esa oportunidad, cerraron filas del lado de la extrema izquierda y en contra del sistema democrático. Los extremos devienen, no son puntos fijos, inamovibles. El centro es, en realidad, una ilusión, la mala conciencia de los extremos. La ¨lógica binaria” no se resuelve con una lógica “alternativa” sino inmanentemente. Más bien, y de acuerdo con sus intereses, los extremos son camaleónicos. Los nuevos aliados marcharon juntos, mientras reconocían sus coincidencias. Esa fue la función de Luis Miquilena y de José Vicente Rangel, entre otros operadores políticos: tender los puentes necesarios para que las fuerzas extremas se fusionaran y se consolidaran en un mismo polo -en el llamado “polo patriótico”-, a objeto de hacer desaparecer de la faz de la tierra el sistema democrático representativo fundado por Betancourt. Y así lo hicieron. Hasta que, en el año 2002, Chávez comenzó a manifestar diferencias de fondo con la vieja godarria, al tiempo que se acercaba, cada vez más, a Fidel y Raúl Castro. Y, después del golpe de Estado del 11 de Abril, decidió romper los compromisos adquiridos con la derecha histórica para instaurar un régimen dictatorial de extrema izquierda, bajo la capucha de las apariencias democráticas. En realidad, un cártel, un gang, al servicio del narco-tráfico y del terrorismo internacionales, bajo la sombra del Foro de Sao Paulo, que ha terminado colmando de miserias, corrupción, saqueo del erario público, violencia sin fin y la más brutal de las represiones. Con el llamado socialismo del siglo XXI, Venezuela -y con ella, buena parte de la América Latina- regresó, bajo las formas propias del ricorso viquiano, a los peores días del caos primitivo del siglo XIX. Bajando por la espiral de la historia viquiana, Venezuela ha pasado, una vez más e indefectiblemente, de la modernidad a la pre-modernidad. La tarea que sigue a continuación es inevitablemente ardua y su recuperación pasa por una reconstrucción de su tejido civil en el cual la educación estética tendrá que ocupar un lugar preponderante.

    Las tinieblas.


     Tinieblas de ideas.

    No fueron siete las plagas que, por intermediación de Moisés, el mismísimo Dios le infligiera a los egipcios, con el propósito de que el faraón liberara y permitiera el éxodo del pueblo hebreo. Fueron diez en total, a pesar de lo que el sentido común suele asegurar invariablemente, bajo la forma del adagio popular: “a ese pobre país le han caído las siete plagas de Egipto”, se dice en la actualidad, casi siempre haciendo referencia a Venezuela, una ex-nación que, hasta la llegada al poder del llamado chavismo, gozaba de la mayor pujanza económica y de una envidiable estabilidad política y social, con un desarrollo cultural y educativo de los más altos en la región, amén de su privilegiada situación geográfica, del encanto de sus paisajes y de sus incalculables riquezas naturales. En 1498, al llegar a suelo venezolano, Cristóbal Colón la bautizó como “Tierra de gracia”. Y, en efecto, hasta hace veinte años, y desde que las plagas del cartel chavista -literalmente- la devoraran, Venezuela era considerada por el mundo como Il più bel segreto dei caraibi.

    El verbo apercibir es un verbo transitivo. Significa hacer saber a alguien las sanciones a las cuales se expone. En derecho procesal se habla de apercibir cuando un juez emite una comunicación a alguna de las partes implicadas en un proceso judicial para advertirla de las consecuencias que acarrearía su incumplimiento. Se trata de una advertencia, un llamado de atención, un exhorto, que se hace a la luz de la conciencia. Los verbos transitivos expresan la acción -precisamente, el tránsito- del sujeto sobre su predicado, es decir, sobre su objeto. Es por eso que Kant define la apercepción trascendental como el tránsito -el “lazo”, dice Kant- que posibilita la unidad del sujeto y del objeto. Ese “lazo”, ese actus, es el movimiento de la conciencia conciente de sí misma, de la autoconciencia, el “Yo pienso que debe poder acompañar todas mis representaciones”, la unidad de la sustancia con el sujeto. Una de las páginas más sublimes de la filosofía kantiana.

    Según el segundo libro del Pentateuco, que lleva por título Éxodo, Moisés, en nombre de Dios, apercibe al faraón para que libere al pueblo judío. De no hacerlo, Dios iría sucesivamente aumentando las sanciones con grandes pestes contra los dominios del faraón. El lector avisado se encuentra ahora, mutatis mutandi, en pleno cese de la usurpación. Y, en efecto, la primera de aquellas plagas fue la transformación del agua en sangre, a la que, ante la persistente soberbia del faraón, seguirían la de las ranas, los piojos, las moscas, el exterminio del ganado, las úlceras en la piel, la lluvia de granizo y fuego, las langostas y, las dos últimas: la llegada de una tiniebla tan densa que podía sentirse su presencia física, y, finalmente, el arribo del “ángel exterminador”, que acabaría con la vida del hijo primogénito del faraón, el heredero del dios Horus, el galáctico. Como podrá observarse, todas las opciones estaban sobre la mesa del apercibiente. El resto es historia conocida. El mar se abrió y el pueblo judío conquistó la libertad y reconstruyó su nación.

    Todo en Venezuela ha sido deliberadamente puesto al revés. El país que fue es, ahora mismo, ruina circular, laberinto de espejos, precipicio en reverso sin fondo visible: un “mundo invertido”. Mientras lo que va quedando de país productivo usa la cabeza para caminar, quienes usurpan el poder político usan los pies para pensar. Los fanatismos son asunto de cuidado. Por lo general, invocan pomposos ideales que conducen directamente al callejón sin salida de los más bajos y perversos apasionamientos, en manos de la inescrupulosa canalla. De la luz sólo quedan sombras, de las aguas sólo sed y pestilencias, del alimento excremento, de la paz la guerra, del moralismo la corrupción, del justicialismo el crimen organizado, del purismo de la verdad el engaño, del triunfalismo la derrota, del comunitarismo la egolatría, del instruccionismo la incompetencia. El Estado se ha hecho negocio privado y los negocios privados asunto de Estado. Entretanto, los mercenarios asumen la función de las langostas, de los sapos, de los piojos, de las moscas. La “Venezuela potencia” ha terminado en la más miserable, triste e impotente de las Venezuelas históricamente existentes. Tiembla, y hay fuego y granizo. Una desgracia. Creencia y entendimiento se contraen y dilatan, proyectan su recíprocidad, hasta hacerse espejísmos, ficciones, el uno del otro, mientras van trastocando sus roles de continuo para poner siempre de nuevo en evidencia su correspondiente -correlativa- bancarrota. Las manos del entendimiento abstracto están teñidas de la sangre de las víctimas que brota del manantial de los fanatismos.

    Quizá la peor de todas las plagas, la que ha dejado las mayores secuelas y, al mismo tiempo, las renovadas premisas que retroalimentan la viscosidad de su eterno retorno, haya sido la de las tinieblas que va dejando a su paso el populismo, esa vil enfermedad que puede palparse en cada niño que fallece de inanición, en el rostro de las madres que van perdiendo a sus hijos, en la angustia y la desesperación del día a día para poder sobrellevar el peso de una vida que hace tiempo dejó de serlo. Es tan tragicómico el populismo en Venezuela que no ha necesitado ni de los castigos de Dios ni de las apercepciones de Moisés: ellos mismos han hundido al país en terribles plagas. El populismo chavista es la muleta de quien hipoteca su voluntad para que alguien -el “gran líder”-, a quien considera mejor que él, la dirija a su antojo. Es el padre que, de vez en cuando, pone la electricidad o el agua, envía la cajita de alimentos, desprecia la educación y la cultura, asfixia las universidades y el desarrollo del saber, otorga una generosa pensión para poder comprar menos de seis huevos al mes y permite el ingreso del enfermo a un hospital sin recursos para que pueda morir “en paz”. El populismo es la negación de la luz del conocimiento y de la libertad, ese que deja la puerta abierta al gran negocio del narcotráfico, que corrompe el cuerpo y el espíritu de la sociedad hasta los tuétanos. Y cuando la incompetencia y el rentismo parasitario comienzan a dar sus primeros frutos, cuando todo falla y nada alcanza, entonces inicia la retórica de la expiación. Surgen las iguanas, los francotiradores, los ataques electro-magnéticos, la “guerra económica”, los “enemigos del pueblo”. El “pueblo”, ese vasallaje de los narcotraficantes. Venezuela como nación no es más que la triste fachada de la Cuba castrista. Es una satrapía. La enfermedad populista ha colocado las premisas. Y cuando todo se ha invertido, la apercepción ya no es la premisa sino el resultado de las tinieblas.

    Corrupción espiritual.


    Tortura populista

    Es público y notorio el caso de la jueza María Lourdes Afiuni, conocida también como “la presa de Chávez”, después de que, en el año 2009, ante los medios de comunicación, la llamara “bandida”, ordenara su “detención inmediata” y la condenara a “treinta años de prisión”. Él, el “supremo”, el “galáctico”, fiscal, juez y verdugo de la “causa”. Todo de un plumazo, o más bien, de un bayonetazo. Ese día acusó, responsabilizó y condenó a la jueza por haber liberado al banquero Eligio Cedeño enemigo personal del autócrata, pero señalado de cometer un fraude financiero-, a pesar de que el tirano le había dado “instrucciones precisas” para encarcelarlo. Pero la jueza no prestó la debida atención, o no quiso prestarse para ello, y, asumiendo el desafío, ejerció, no sin valentía, el compromiso con su sacerdocio, asistida más por la convicción en la majestad del estado de derecho que por los arrogantes ímpetus del terror. Pero lo que en tiempos de normalidad es labor cotidiana en tiempos de anormalidad resulta temerario. Asumir riesgos frente a un tirano tiene consecuencias. Y la jueza pagó muy caro el precio. Seis días después de la alocución del déspota, fue encarcelada y casi de inmediato sometida a agravios, torturas y violaciones por los impíos esbirros de un régimen que ha hecho del oprobio su santo y seña.

    La “presa de Chávez” fue, en efecto, detenida y enviada a una cárcel de mujeres a las afueras de Caracas durante un año y dos meses. En ese centro de reclusión fue objeto de toda clase de torturas y abusos sexuales. De continuo, la rociaban con gasolina y la amenazaban con quemarla viva; la violaron hasta destruirle la vagina, la vejiga y el ano. Quedó embarazada y tuvo un aborto. Finalmente, tuvieron que someterla a una cirugía para vaciarle el útero. Y sólo entonces le otorgaron el “beneficio” del arresto domiciliario. Durante tres años y nueve meses fue víctima de los horrores de un régimen que decidió transmutar la política en brutal salvajismo. Después de semejante experiencia, ver a la doctora Bachelet leyendo aquél informe acerca de la constatación de la violación de los Derechos Humanos en Venezuela, en un tono más bien flemático, para no decir apático, hace recordar las irreverentes palabras de Don Miguel Bosé, salidas de la más honda de las vergüenzas ajenas y de la indignación franca y abierta.

    Pero ahí no queda todo. El chavismo -esa suerte de maldición del populismo extremo que le ha caído encima cual plaga al país potencialmente más rico de latinoamérica-, intenta reaccionar ante su inminente fin echando mano de los únicos medios que aún le quedan disponibles y que maneja muy bien: el psico-terror y la violencia. Al secuestro de Roberto Marrero y de otros dirigentes políticos opositores, pertenecientes al equipo de trabajo del Presidente encargado Juan Guaidó, se suma la reapertura del caso de la jueza María Afiuni. Los primeros, en el mejor estilo del G-2 cubano, son acusados de ser los cabecillas de una “banda terrorista”. La segunda es acusada nada menos que de “corrupción espiritual”.

    Lo que llama la atención de semejantes argumentaciones -si es que eventualmente se pueden calificar de ese modo- es la facilidad con la cual el gansterato que usurpa el poder en Venezuela acostumbra manipular y torcer el discurso, proyectando sobre quienes se oponen a sus intereses los defectos que les son propios. Sorprende cómo un grupo de bandidos, consustancialmente vinculados con la subversión armada, el tráfico de drogas y el terrorismo internacional, quienes históricamente han forjado sus tristísimas y muy lamentables existencias en los lodazales del odio, el resentimiento, la conspiración clandestina y la violencia, como suprema expresión de sus instintos primitivos, puedatener el descaro de acusar a gente de comprobada trayectoria democrática -gente decente, bien formada y civilista- endilgándoles los pesados fardos propios de sus almas retorcidas. Aquello del “ladrón que juzga por su propia condición” es, acá, un axioma. Torcer la verdad es un modo de comerse la muerte para venerarla. Mortífago significa “el que se come la muerte”, el morsmordre. Ellos son los herederos de los cultores de la muerte, los come-muerte. Lo aprendieron de los castristas y éstos de los stalinistas y éstos de los nazis. No hay un alma más corrompida que la que tributa y sirve a la muerte.

    Para la representación del analfabeta funcional promedio, con cargos de dirección en el narcorégimen, “espíritu” significa, más o menos, una entidad abstracta e inmaterial. Y como la santería afrocubana -ese culto a la muerte- les resulta tan familiar, tan cercana, imaginan que una persona acusada de 'corrupción espiritual' es aquella que tiene un 'santo' que ha incurrido en corrupción o que obliga a su devoto a cometer actos corruptos. Pero, en todo caso, suponga el lector, otorgéndole a la narco-usurpación el beneficio de la duda, que cabe la remota posibilidad de que algunos de ellos -los menos ignorantes- llegaran a intuir, siguiendo los trazos del manido materialismo dialéctico (el diamat ), que el espíritu es una creación del idealismo para confundir al proletariado y, engañándolo, someterlo a la dominación material. Entonces, la llamada “corrupción del espíritu” debería ser celebrada en grande, lejos de imputarla, porque ello implicaría “la toma de conciencia revolucionaria”, atea y antijudeocristiana, según la cual sólo la materia cuenta, pues corromper el espíritu es la premisa de su destrucción.

    En última instancia, la acusación que se le hace a la jueza es que su espíritu está corrompido. Quienes se han inventado la sentencia deben contar con algún instrumento capáz de medir los niveles de corrupción espiritual, porque, de resto, sería como acusar de asesinato a quien tomó la decisión de acabar con la vida de un fantasma. De no contar con tan sofisticado instrumento de medición, sólo cabe hacer la advertencia de que, en primer lugar, no conviene confundir el alma con el espíritu, que la primera atañe a lo individual y lo segundo a la sociedad -¡nada menos que al muy concreto ser social!-, y que no hay mayor fuerza objetiva en la historia que el espíritu de un pueblo que se ha decidido liberar del yugo de sus secuestradores, de ese gang de almas corrompidas y cada vez más solitarias, esas ánimas de purgatorio, que suelen expiar sobre el resto de la humanidad, como en el Dorian Grey de Wilde, el lienzo de sus propias felonías.

    Oscurana Venezuela

    Oscuridad y muerte


    Las primeras horas del atardecer de aquel aciago primer jueves de un marzo tórrido venezolano –otro marzo ígneo y desgarrado–, ya anunciaban penumbra, el acaso de las sombras que, al pasar las horas, se hizo exigencia del crispar de velas y emergentes lámparas –quizá improvisadas– que hicieran retroceder, o cuando menos morigerar en parte los ya inminentes e inevitables rigores de la oscurana. Esta vez, y a diferencia del habitual “ya llegará”, cayeron los últimos rayos de sol, pasaron las horas y se fueron los días en espera. Y la bendita esperanza, pan de cada día, se hizo maldito temor, hambre de cada día. Sin servicio eléctrico no solo no hay luz: no hay agua, y, tarde o temprano, no hay ni telefonía ni redes informáticas. Siguen pasando las horas y comienza a fallar el transporte –ya casi no hay gasolina en un país productor de petróleo–; los alimentos que requieren refrigeración comienzan a descomponerse; los locales comerciales se ven impedidos de funcionar con relativa normalidad, mínimamente, y se ven forzados a mantener cerradas sus puertas, al igual que las oficinas públicas; la banca no funciona, ni los cajeros automáticos, no hay dinero disponible, no funcionan los puntos de venta; las pocas fábricas que aún resisten los embates del cartel, de la narco-dictadura, se ven paralizadas; las clínicas y los hospitales colapsan; los cadáveres de la morgue comienzan a descomponerse; los centros educativos se ven desiertos, desolados; los aeropuertos dejan de funcionar, se paralizan los vuelos; las mercancías y encomiendas no salen de los puertos; no hay ni ascensores ni escaleras mecánicas. Los sistemas de seguridad fallan. El hampa se desborda, acecha en cada calle, en cada esquina, en cada rincón. El país se paraliza. Es el colapso en su totalidad. Finalmente se ha hecho explícito y evidente lo que hasta ahora se hallaba implícito y oculto. Ironía de ironías: tras la oscurana se llega a mirar con mayor claridad lo que a simple vista y a plena luz no se había –¡hasta ahora!– llegado a ver. Porque así como oír no es escuchar ver no es mirar. Este es “el final del túnel” del chavismo, pero también “el final del túnel” para el chavismo.


    La infeliz y grotesca frase: “Esta es apenas una mínima parte de lo que somos capaces de hacer” se les ha invertido. Su recuerdo no será, a pesar de ser, tal vez, la frase más honda, más sentida, la que mejor define la oscura condición de la canalla, de ese grupo de gánsteres que raptó y saqueó al país, que lo sometió y humilló sin piedad hasta la miseria y la vergüenza. No será su recuerdo, porque carece de toda posible dignidad histórica, tanto como carece de humana condición el desdichado accidente, la verruga del ente, que la profirió. Sí quedará para el “nunca más” la infausta imagen, divulgada por todas las redes sociales, de la madre impotente que sostiene a su niña desvanecida, como si fuese una muñequita de finas telas, que se le durmió en los brazos para siempre. Se le quedó “dormida” por falta de servicio eléctrico. Imposible no recordar el rostro de esa madre, porque en ese rostro se hallaba compendiado todo el dolor del mundo, toda la oscurana del mundo.

    De la oscurana no solo surge el horror en sí, sino su plena conciencia, la más enceguecedora de las claridades. El psiquiatra del diván ensangrentado –y padre putativo de esa figura cínica y retorcida, lesión cutánea de Mengele, que tanto daño le ha causado al país– los estigmatizó bajo el rubro de “la generación boba”. Pero sus bobadas, propias de su corto entendimiento, no son propias de la ingenuidad, sino más bien de la idiotez. Porque el idiota, aparte de ser considerado por los griegos clásicos como plebeyo, es decir, como “aquellos que no forman parte de la gente”, se caracteriza por preocuparse exclusivamente de sus propios asuntos y negocios. Un idiota es eso: es a quien nada le importa la suerte del otro y solo se preocupa de sus propias ruindades. Don Francisco de Quevedo les pinta bien: “Son rateros de la herramienta del parir, que han hurtado a las comadres sus trebejos y se han alzado con su oficio; que esta facultad en la Corte es hermafrodita, porque tiene ya macho y hembra. Ya con las licencias de un sexo y el desenfado del otro se entran por todas partes. Gente sucia e idiota, que no saben cuántas son cinco, ni tres, ni aun uno, porque no entienden de nones; que toda su aritmética es con las pares”. En la oscurana, el idiota se confunde con el criminal y el criminal con el idiota. Se hacen uno y lo mismo.

    Entre iniquidades y tropelías, presa en las redes de un grupo de gánsteres que ayer ocultaban sus intenciones con capuchas y hoy las ocultan con trajes de seda, Venezuela ha llegado, finalmente, al llegadero. Los narco-usurpadores, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del jefe del cartel, quien gobierna desde La Habana, castiga a la población con la tortura de la oscuridad, por haber alzado su voz de protesta y haber acompañado, con decisión y coraje, a su Asamblea Nacional en el objetivo de recuperar el país. Evidente expresión de sus habituales prácticas de bárbaro primitivismo. Pero “la jugada”, por encima del dolor causado, de la desesperación, de la falta de agua, de alimentos, de transporte, de la pérdida de seres queridos, muy por encima del sufrimiento, la población se ha volcado a las calles. Las protestas en todo el territorio nacional no se detienen y, más bien, crecen con las horas. De la exigencia, del reclamo por la ya inaguantable falta de luz, de gas, de agua, de comida, se pasa de inmediato a la resuelta lucha contra la tiranía que usurpa el poder. El llamado al cese de la usurpación, al gobierno de transición y a las elecciones libres va tomando forma y contenido, en medio del más oscuro y triste panorama. No hay mercenario que pueda detener a una población decidida a cambiar. La oscurana se les ha devuelto y el fin de la tiranía marcha “a paso de vencedores”.

    @jrherreraucv

    La ayuda humanitaria de Venezuela

    La otra ayuda.

    En pocos días se definirá el destino de Venezuela, y, con él, tanto el del modelo creado por el narco-castrismo para apropiarse de toda la América Latina como el de su propia reinvención como país, como sociedad libre y productiva, democrática y próspera. El fin de lo uno es el inicio de lo otro. Necesario que la serpiente se muerda la cola, porque, a pesar de los cultores de la esperanza, el destino nunca llega solo, como por arte de magia. El destino es el resultado del trabajo continuo, de la constancia, el empeño y la convicción. Se recoge lo que se cosecha. Se es lo que se hace. El destino se va labrando, se va tejiendo, movido por la libre voluntad, por aquello a lo que Maquiavelo designaba bajo el nombre de Virtù. Esos pocos días que le restan al fin de la narco-dictadura usurpadora tienen sobre sus espaldas la osamenta de la experiencia de años de sacrificio, de luchas continuas, de viejas derrotas y de nuevos intentos, de caidas y éxitos, de encarcelamientos y asesinatos, de diásporas y exilios, de ancianos enfermos y niños famélicos. En fin, de sacrificios y persistencias. El amor es más fuerte que el miedo. La llegada de alea iacta est no es, pues, un regalo. Es, más bien, el precio que ha de pagarse para conquistar la libertad, para que el sujeto deje de morder el polvo y pueda devenir sustancia.

    Las crisis se caracterizan por el hecho de que el viejo orden no termina de morir y el nuevo no termina de nacer. Pero, como afirma un convencido seguidor de Spinoza, llamado Albert Einstein recientemente citado por el buen Antonio Sánchez García-, no conviene pretender que las cosas cambien si siempre se hace lo mismo: “las crisis son la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque las crisis traen progresos. La creatividad nace de la angustia como el día de la noche oscura”. Mientras que el mundo entero -y especialmente los Estados Unidos de América- ha tomado con firmeza la decisión de no seguir permitiendo más abusos, extorsiones y humillaciones en un país secuestrado y humillado, la narco-tiranía, ya herida de muerte, concentra sus últimos esfuerzos en el empeño de seguir sometiendo a la población venezolana con toda clase de pesares y sufrimientos.

    Desdibujada, confundida en medio de la rigidez de sus esquematismos anacrónicos, cree poder mantener el mando echando mano del pánico y la zozobra. Pretende impedir el ingreso de la ayuda humanitaria internacional, cuyo propósito consiste en morigerar las terribles carencias existentes, que son consecuencia directa de la destrucción sistemática que llevó adelante -muy exitosamente, por cierto - el malandraje usurpador. Venezuela está exhausta. Sobrevive en medio de la más espantosa miseria material y espiritual, causada por el insaciable asalto de sus arcas, del premeditado quiebre de sus fuerzas productivas y de sus relaciones de producción, del aplastamiento de su otrora valiosa meritocracia. El desbordamiento del populismo, del rentismo, del facilismo, del fanatismo y, por supuesto, de la ignorancia y de su hermana gemela, la corrupción, ha terminado postrando a la que fuera la nación más rica y pujante de latinoamérica. Cual pulgas transmisoras de la llamada 'peste negra ', el cartel narco-dictatorial infectó la sangre del ser y de la conciencia del país. Su recuperación terapéutica no será fácil y, sin duda, durante algún tiempo requierá de cuidados intensivos.

    Por eso mismo, dadas las actuales circunstancias, la ayuda humanitaria se ha hecho absolutamente indispensable, necesaria y determinante, aunque, por supuesto, no será suficiente para poder sacar adelante al país. La Venezuela mayoritaria, la que anhela un cambio profundo, la que aspira recuperar su dignidad, su calidad de vida, su civilidad, esa que no desmaya en la lucha por reencontrarse consigo misma, debe saber agradecer la solidaridad que el mundo libre ha mostrado al tenderle la mano para poder volver a levantarse, para ponerse, una vez más, de pie. Pero la auténtica ayuda humanitaria requerida, la otra, la que sigue a continuación de la que ya se encuentra en camino, sólo podrá resultar, precisamente, de la Virtù, es decir, de la inteligencia, la capacidad y el tesón de los propios venezolanos. Para ello también se necesitará del respaldo del concierto internacional, y especialmente de las grandes potencias. Finalizada esta etapa de emergencia humanitaria -Primun vivere deinde philosophari-, una vez atendidos los requerimientos básicos de los sectores más humildes , de los más necesitados, será menester iniciar la pronta reactivación de la economía en todos sus niveles, generando trabajo efectivamente productivo, es decir, riqueza sustentable.

    La época de los resentimientos promovidos, de los prejuicios, de las valoraciones ruines y
    mediocres, toca su fin. Veri, pulchri et boni: la verdad es verdadera porque se sustenta en la belleza y la bondad. Superar la pobreza material requiere de mucho más que una ayuda humanitaria. Requiere de la superación de la pobreza de espíritu y de la consecuente conquista de la autonomía del ethos, del todo y de las partes, del cuerpo social y de cada individuo particular, devenido ciudadano. El “dame tu cédula papá” tiene por fuerza que transformarse en “ciudadano, por favor, permítame su cédula”. Esparta debe darle paso a Atenas. Es necesario que fluya una nueva concepción de país, capaz de estimular la aventura de pensar, de ser efectivamente aptos para elaborar juicios -lo que quiere decir objetivar sustentados en la racionalidad y el respeto por las normas. Para ello será fundamental la definitiva incorporación al estudio y desarrollo pleno del conocimiento y la cultura. Es probable que aún se mantengan dudas al respecto, pero es una realidad el hecho de que el desarrollo concreto de las sociedades y la creación de riqueza están indisolublemente unidos con el saber. Son las sociedades cultas, formadas, bien educadas, las que logran superarse a sí mismas, las que remontan los límites de la dependencia material y espiritual. Son esas las sociedades auténticamente libres. Terminada la pesadilla de la narco-dictadura, la dedicación al estudio y al desarrollo de las capacidades físicas, morales e intelectuales tiene que ser la próxima parada. Será la más importante de las ayudas humanitarias. La más auténtica, la otra ayuda.

    De la mente

    “Los necios se vuelven juiciosos ante los daños sufridos; pero las personas avispadas siguen siendo necias por más daños que sufran”. G.W.F. Hegel

    Educación de mente.

    No son pocos quienes han intentado establecer, desde los más diversos ángulos del conocimiento humano, el significado preciso de la palabra “mente”, a fin de dar respuesta a la pregunta: ¿qué es eso a lo que se denomina la mente? Filósofos y teólogos, psicólogos y sociólogos, médicos y juristas, biólogos e informáticos, en las más variadas épocas y bajo el predominio de los más diversos presupuestos o puntos de vista históricos, conceptuales y culturales, la han intentado definir y han pretendido dar de ella una explicación definitiva o, por lo menos, lo suficientemente satisfactoria. Por supuesto, siempre y cuando la respuesta seleccionada venga asistida por la certaza sobre la cosa, es decir, por “eso” a lo que se acostumbra llamar 'los hechos'.


    El problema es que, como decía Vico, la certeza no es lo mismo que la verdad, aunque la verdad no pueda prescindir del imbricado sendero de las certrzas. Y, en efecto, la verdad sin la certeza sería vacía. Pero conviene advertir que la certeza sin la verdad estaría ciega. Solo que para el entendimiento reflexivo tales consideraciones no resultan importantes, porque la prepotencia que se ha enseñoreado del presente no es práctica. Es, más bien, esencialmente pragmática, que no es lo mismo. “Cosas vereis, Sancho”, afirmaba un hidalgo caballero manchego. Infelices son los tiempos condenados por sus propias impotencias. Que no quepa duda: la prepotencia es, siempre, una forma -versátil, sin duda, pero a la larga, inútil- de ocultamiento de la ignorancia. Para muestra bastará un Diosdado. Quien, por cierto , en los últimos días ha pasado de ser un bestión espeluznante a un demonio de Tazmania, en formato Warner Bros, sorprendido en su estupidez por el tío Conejo. Como apuntaba Hegel, “la simple reflexión consiste en el temor de profundizar en la cosa. La reflexión pasa por encima de la cosa y retorna a sí”. Decía Platón que “las cosas bellas son difíciles”. Y no se refería, por cierto, a eso que los venezolanos acosumbramos llamar 'corotos' o 'peroles', sino a las cosas en el sentido de la reo griega -o de la res latina-, que significa “hablar con fluidez”, “debatir”, “llevar la causa”. De manera que, como afirma Aristóteles, “las cosas abren a los hombres el camino para proseguir la investigación”. Cosa, pues, no como referencia al objeto inmediato o sensible (ding), sino como aquellas cosas realmente importantes (sache), lo suficientemente importantes como para causar la afección de todos.


    Cabe, pues, la posibilidad de que uno de estos delgados hilos o filamentos -filum-, derivados de las anteriores consideraciones, permita conducir al núcleo de la tupida raíz que alimenta el arbol del presente venezolano, y particularmente de lo que se concibe como su mente. Porque, ahora que, precisamente, la cosa -no ding sino sache- ha comenzado a mostrar, de un modo evidente, los inequívocos signos del inminente cambio político necesario, resulta menester contribuir, de un modo decidido e irrevocable, a que se produzca un cambio profundo e igualmente necesario en su mentalidad . Parafraseándo la conocida expresión de Spinoza: el orden y la conexión de las cosas es idéntico al orden y la conexión de la mente.


    Es verdad que, después de que Descartes la sometiera, le extrajera hasta la última gota de sangre histórica y le pusiera “reglas”, a objeto de “direccionarla”, la mente se hizo término sin sustancia, un término cada vez más laxo y, en ese mismo sentido, poco riguroso, ya que, como todo lo que manipula el entendimiento reflexivo, comenzó a presentar un corpus teorético curtido, agrietado y pustulento, plagado de múltiples prejuicios y presuposiciones. Que si es paralela o distinta a la cosa; que si tiene existencia propia y estatuto ontológico; que si en ella opera la “retroalimentación de los sistemas materiales”; que si se trata de una “experiencia subjetiva creada por la actividad cerebral con el fin de producir un punto de referencia para el movimiento”; que si es un “conjunto de mecanismos de computación específicos e independientes”; que si el “esquema de la estructura elemental del conocimiento”, etc. La “mente concreta”, la “mente práctica”, la “mente abstracta”. En fin, se trata de una infinita sumatoria de certezas sin concreción, mas no de la verdad.


    De nuevo, la filología manifiesta toda la fuerza de su historicidad: en sus orígenes mente (mens) significa estrictamente pensar. Pero pensar significa juzgar. El juicio es el pensamiento en actividad, es decir, juzgar es producir, hacer. Por eso mismo, la verdad se identifica con lo que se hace: Verum ipsum factum. Los cambios que ocurren en la historia, como dice Vico, tienen su origen en la mente, en el pensamiento. Y si la historia encuentra sus fundamentos en la comprensión de la mente su estudio resulta de factura esencial y precede al estudio de todas las formas de conocimiento. Y sin embargo, agrega Vico, no es posible comprender la mente sin comprender la historia, dado que en ella se encuentran, efectivamente, las expresiones concretas de la mente, sus ideas y valores. La sociedad es la objetivación del pensamiento, pero el pensamiento es la objetivación de la sociedad. No es posible suspender la cosa y presentarla como algo independiente de la mente. Y no será posible modificar sustancialmente las cosas en Venezuela sin modificar sustancialmente la mentalidad del venezolano.

    Toca la hora de una profunda reforma intelectual y moral. Es el tiempo propicio para iniciar la transformación educativa. La tiranía no es sólo una forma de gobierno especial: es el resultado de una sociedad que la ha asumido como su forma de pensar y de ser. La violenta barbarie, la malandritud, sólo puede ser superada una vez que cambie todo a fondo, cuando desde los hogares, las instituciones educativas y los espacios públicos reine el espíritu de la civilidad. La riqueza material se inicia con la superación de la pobreza espiritual. Cambiar el país radicalmente comienza con el cambio de la mente.

    La hazaña de la libertad.

    Antonio Machado, todo pasa y todo queda.
    Antonio Machado, todo pasa y todo queda.


    El tiempo de Dios no es ni perfecto ni imperfecto, como se suele creer en estos tiempos de desgarramiento, minado de temores y esperanzas. La perfección de la sustancia sólo puede ser idea concreta, real identidad de lo subjetivo y lo objetivo, de lo universal y lo particular, o identidad de finito e infinito, cabe decir: de los términos contrapuestos. Cuando la perfección -que es unidad de lo uno y lo múltiple- es abstraída desde uno de los extremos de la oposición, deriva identidad formal, concepto vacío, ratio kantiana. Es la carne que ha sido escindida de la osamenta por los instrumentos del entendimiento reflexivo. Puesta frente a lo finito, aparece como la nada de lo finito mismo, en tanto lado negativo de la perfección. Puesta como realidad inmediata, aparece como lo infinito positivo, no subjetivo, no productivo, sino como objeto y producto, como la nada indeterminada en la pureza de su identidad. Así, y precisamente por ello, se manifiesta como la pura contraposición. Teología filosofante, de un lado. Positivismo rampante, del otro. En realidad, frases hechas, consignas altisonantes y rimbombantes. Pero, en el fondo, ninguna de estas determinaciones de la perfección -por más perfecta o imperfectamente que sea representada la divinamente profana temporalidad- está en capacidad de definir, de modo concreto, ni al tiempo ni a Dios ni a la perfección, simplemente porque adolesce de eso que el divino Spinoza -¡y vaya que si era divino!- llamaba el Infinito actu, la unidad de la unidad y de la multiplicidad de las determinaciones. La temporalidad, devenida historia de carne y hueso, es la hazaña de la Libertad.

    Lo que sí parece ser inobjetable es que la sustancia, que se reconoce en sí y para sí misma como sujeto, no pocas veces actúa por caminos insospechados y hasta, podría decirse, misteriosos o cuando menos sorprendentes. Del Libro del Eclesiastés -cuya traducción al español, por cierto, sería el Libro del Asambleísta- es esta frase: “los caminos de Dios son misteriosos como la senda del viento, o como la forma en que el espíritu humano se infunde en el cuerpo del niño aún en el vientre materno”. Su autor se hace llamar Qohéleth, que significa “el representante de la Asamblea”, un tribuno de la legítima Asamblea del pueblo que, hastiado de las creencias dominantes bajo las cuales habían sido sometidas las mayorías, decide tomar la palabra y actuar en consecuencia. Lutero lo llama -no sin razón- “el orador”. Decía Vico que la historia de la humanidad se diferencia de la historia de la naturaleza porque los hombres hacen la una y no la otra. Las cosas en la historia cambian de continuo en virtud, precisamente, del empeño de la libre voluntad. Como bien dice el poeta: “todo pasa y todo queda”. Y es que la exigencia del cese de la usurpasión de una determinada tiranía quizá sea, si no el principal, por lo menos uno de los motivos esenciales del desarrollo histórico de la civilización humana.

    El tiempo del ignorante conduce directamente a la perfección del mal. Un puñado de militares mediocres y de civiles fracasados, movidos por el resentimiento social, la sed de venganza y una curiosa mezcla de prejuicios y presuposiciones doctrinarias, tomadas de una mortaja remendada, hirieron gravemente a la que, hasta entonces, fuera reconocida como la democracia más antigua de latinoamérica y el país más pujante de la región. A la larga, se hicieron del poder con la ayuda de una élite económica y política aventurera e irresponsable, gustosa de vitorear a un fantoche parlanchín, zamarro y embaucador, convertido en César todopoderoso. Los mochos -dice el adagio popular- se juntan para rascarse. Veinte años y un poco más han pasado. El balance es desolador: destruyeron y corrompieron todas las instituciones del Estado, el poder judicial, el poder electoral, la Fiscalía y la Contraloría, así como la administración pública, la red de salud, las instituciones educativas, las universidades, las empresas del Estado. Desarticularon y corrompieron hasta la metástasis a las fuerzas armadas, hoy convertirlas en un cuerpo de mercenarios. Transformaron los organismos de seguridad del Estado en una pandilla del cartel, que terminó por secuestrar y aterrorizar a la población. Entre tanto, y a medida que destruían el aparato productivo, se dedicaron a enriqueserce con los dineros del Estado y transmutar el territorio nacional en un puerto seguro para la distribución de narcóticos y en un aliviadero seguro para grupos terroristas de toda calaña, desde el Hezbollah hasta las Farc y el Eln, además de entregarles en bandeja de plata el control del país a un Estado forajido como lo es el cubano. Las dramáticas consecuencias no tienen precedente en la historia venezolana. La miseria material y espiritual cunde como la plaga. La gente tiene hambre, las patologías se multiplican, los pacientes mueren por falta de asistencia médica o por la casi total carestía de medicamentos. La deserción educativa, a todos los niveles, es espantosa. Reina la inseguridad ciudadana en calles oscuras y mugrientas. Los servicios públicos -agua, aseo, luz, gas, transporte, telefonía, vialidad- apenas funcionan y cada vez más se incrementa el deterioro. Por si no bastara, no existe Estado de Derecho y la prensa está amordazada. El terror reina aún a sus anchas.

    Venezuela ha tocado fondo, ciertamente. Pero justo cuando se pensaba que todo estaba perdido, desde el fondo del pantano se ha vuelto a levantar para luchar por la Libertad. Los caminos de Dios son, sin duda, misteriosos. Hoy se encuentra Venezuela en las calles, retando a la tiranía. Decidida y sin retorno, lucha por ponerle fin a la maldición populista. La troja se le ha descompuesto al cartel. Están acorralados y la comunidad internacional ya los conoce bien. Están solos, a solas, y con el sol sobre sus espaldas. Esta será sin duda una lucha dura y difícil contra la opresión del sujeto y del objeto. Pero será una lucha histórica, una -siempre antigua y siempre inédita- hazaña de la Libertad.

    José Rafael Herrera

    @jrherreraucv

    El día cero de la nación.

    Día cero


    Una nueva etapa de lucha por la libertad se inicia en Venezuela. A partir de este 10 de enero del año que se inicia, los venezolanos, sustentados en el mandato constitucional, pondrán formalmente fin a la peor de las tiranías de su historia. Formalmente, se ha dicho, es decir, no materialmente. Pero no por ello se debe desestimar la importancia de este día de suprema importancia, pues a partir de él la expectativa comenzará su proceso de necesaria, determinante y progresiva concreción. “El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de las cosas”. Más allá de las infundadas extravagancias de algunos posmodernos, hasta nuevo aviso, no existe el ser sin conciencia. Ni hay contenido que no sea, en sí mismo, forma. Praxis quiere decir actividad sensitiva humana. Infinito actu, lo denomina Spinoza. Punto de quiebre esencial entre lo viejo y lo nuevo, entre las fuerzas de un pasado barbárico y tiránico, que se extingue, y las fuerzas nacientes que exigen la creación de una nueva sociedad, de una nueva nación libre y en paz, sustentada en la justicia, la civilidad, la educación de calidad y el progreso productivo, generador de riqueza. La era de la malandritud ha tocado fin.

    No se trata de una cuestión de certezas sino de verdades. Ni se trata de las cantidades sino de las cualidades, por lo que no es asunto de fechas y cronologías, gratas a los empiristas, conductivistas y metodólogos positivistas, tan habituados a las mediciones, los cálculos, los porcentajes, los “modelos”, las cintas métricas y las plomadas, a las que se han habituado a designar como “los hechos”. Detenerse en la intuición es barbarie. Detenerse en las premisas proposicionales es superficialidad. Más bien, se trata de la maquiaveliana realidad efectual de las cosas, de la crisis orgánica de la sustancia, de la completa desgarradura del ser social, de un período histórico que ha entrado irremediablemente en banca rota. Que el día 10 de enero no se vaya a modificar la actual coyuntura política del país, como algunos han indicado, no significa que no se vaya a modificar –y quizá más aceleradamente de lo que se pueda pensar– radicalmente su estructura social y política. Lo objetivo es objetivo porque es el resultado, el producto, de la acción material y espiritual de los hombres en la historia. No hay modificaciones reales en la estructura social y política sin que éstas sean anticipadas por profundas convicciones que van progresivamente minando la aparentemente indestructible dureza de la realidad inmediata.

    Una banda de forajidos, narcotraficantes y terroristas que ha secuestrado y humillado a todo un país, que ha usurpado el poder de sus instituciones, que se sustenta en la fuerza bruta y el chantaje contra los más débiles, haciendo de las necesidades básicas de la gente un instrumento para el sometimiento y la dominación, hoy se encuentra acorralada, literalmente “atrapada y sin salida”. Es la objetivación palpable del rotundo fracaso de todos los esquemas y estereotipos –precisamente, de los “modelos”, como suelen ser llamados– del abyecto “socialismo real” –pero también del imaginario–; la bancarrota de la torpeza de querer insistir en “aplicar”, por encima de la realidad de verdad, un conjunto de representaciones disecadas, momificadas, fraudulentas, desprovistas de toda historicidad. Parafraseando al Marx del Manifiesto, para este malandraje el camino de la historia universal se fue desvaneciendo en medio de la propaganda y la ejecución de absurdos “proyectos” anticipadamente destinados a fracasar. Se trata, pues, de un cadáver insepulto: el de “un socialismo que pretende enmarcar por la fuerza el nuevo lienzo de las modernas relaciones de producción y de cambio en el viejo marco de las relaciones de propiedad feudal”.

    El día 10 de enero no puede ser apreciado, como algunos pretenden hacer ver, como una fecha más en el calendario. Pero tampoco se trata del “día D” que pregonan los exaltados por el fanatismo, por cierto, no pocas veces propiciado desde los laboratorios del G-2 cubano. No pertenece, en este sentido, al universo de las cronologías. Es, más bien, una fecha de la historia y para la historia, porque con ella se marca el fin de un tiempo perdido y, a la vez, el de un nuevo comienzo: más allá de las leguleyerías, es el anuncio legítimo de la llegada del espíritu de un tiempo para el renacimiento de Venezuela. Dice Hegel en sus Wastebook que el pensamiento “gobierna las representaciones y estas gobiernan el mundo. Mediante la conciencia, el espíritu penetra en el dominio del mundo. Después salen a relucir las bayonetas, los cañones, los cuerpos de batalla, etc. Pero el estandarte del dominio del mundo y el alma de su conductor es el espíritu”. Marx lo ha dicho, quizá de un modo más prosaico, pero no por ello menos verdadero: “Es cierto que el arma de la crítica no puede suplir la crítica de las armas, que el poder material tiene que ser derrocado por el poder material, pero la teoría se convierte en poder material tan pronto se apodera de las masas”. Contra una idea no hay ni fusiles ni bayonetas que valgan. La historia del cristianismo primitivo, en medio de las persecuciones más crueles y despiadadas, así lo demuestra. Y la idea de que en Venezuela el poder lo ocupa un usurpador junto a una banda de corruptos y criminales que ha destruido el tejido orgánico de la otrora nación pujante hasta reducirla a la más inconcebible de las miserias es una realidad incontrovertible.

    Es muy probable que el día 10 de enero no termine la tiranía en Venezuela. Pero ese día será, objetivamente, el principio del fin de la tiranía, a pesar de lo que puedan señalar tanto los integrados como los apocalípticos.

    Por José Rafael Herrera. - @JRHerreraucv

    The Snuggles de Shakespeare

    “I’m a lion and I´m not a lion, I’m a Snug”.
    (W. Shakespeare, A Midsummer nights’s dream)
    Shakespeare hoy
    Venezuela fue catalogada en algún momento como “la tierra de lo posible”, suerte de rara versión -a ritmo de cuatro y maracas- de una larga, muy extensa, noche de San Juan. Y es que esa gran celebración, en honor al nacimiento del Bautista, pareciera invertir la noche en día y el día en noche, la luz en sombra y la sombra en luz, la sensibilidad en entendimiento y el entendimiento en sensibilidad, la derecha en izquierda y la izquierda en derecha. En fin, toda una inversión especular. Trama, por cierto, propicia para la gran bacanal de los sectarismos extremos o, más puntualmente, de los llamados extremismos. Tal vez porque -cosas del destino- un 24 de junio de 1821 se libró la batalla que selló la Independencia política venezolana. O tal vez porque la fiesta en cuestión fue primero pagana que cristiana. Lo cierto es que, en la oscuridad, cuando el brillo de las antorchas se hace tan luminoso como la luz del sol, se termina produciendo el efecto opuesto, y llega un punto en el que resulta imposible poder ver. De un extremo se llega al otro extremo. Y, así, el territorio de lo posible termina siendo el de su término opuesto. Son los sueños en el sueño de una noche de verano.
    En inglés, la noche de San Juan recibe el nombre de Midsummer night, motivo de inspiración de la conocida obra de Shakespeare,Sueño de una noche de verano, la que perfectamente pudo haber sido traducida al español con el título de Sueño de una noche de San Juan. Se trata de una exquisita comedia de las equivocaciones, plena de absurdas dificultades, que funde en la misma trama reminiscencias del sereno mundo clásico antiguo con la mítica ligereza de los elfos y las hadas nórdicas. Pasiones de ensueños desbordados y absurdas dificultades de encuentros y desencuentros, amores y desamores -¿o será propicio acuñar ‘anti-amores’, por aquello de la ‘anti-política’?-, no exenta de las inevitables metamorfosis de lo uno en lo otro y de lo otro en lo uno.
    En esta obra de Shakespeare, Hermia lucha por el amor de Lisandro y se niega a casarse con Demetrio -quien es amado secretamente por Elena- contraviniendo los deseos de Egeo, su padre. De no cumplir con el pacto, en cuatro días será sentenciada a muerte por el duque Teseo. Hermia y Lisandro huyen de Atenas y planean encontrarse en el bosque. Pero Hermia le ha revelado su plan a Elena y ella se lo ha contado a Demetrio. Hermia sigue a Lisandro. Demetrio sigue a Hermia. Elena sigue a Demetrio. Pero el tupido follaje del bosque oculta misteriosas criaturas nocturnas, como Oberón y Titania, reyes de las hadas. Un mal cálculo de Puck, el duendecillo, lo hace vertir un filtro de amor en las parejas equivocadas. El desastre, la confusión que se genera, solo es digna del sopor de aquella infinita noche de verano, noche de lo posible. Sólo baste señalar, a los efectos de una sana intriga, que Bottom, el tejedor, lleva puesta una cabeza de asno, y que es amado artificiosamente por Titania -quien, por cierto, también se encuentra, en nombre del amor, bajo los efectos el tráfico de narcóticos del filtro-, y que junto a un grupo de lumpenproletarios atenienses ensaya la absurda representación teatral que será puesta en escena para la boda. Al final, se aplican hierbas que los liberan del encanto y habrá perdones y reconciliaciones. Después de todo, no existen solo las malas hierbas.
    En la breve cuan absurda representación teatral que prepara el lumpen, al final de la obra, hay un personaje menor en el que, sin embargo, parece sintetizarse -o rematarse, quizá- toda la fabulosa trama creada por el dramaturgo inglés. Se trata de Snug, un jornalista que ha sido contratado para interpretar el papel de león en aquella brevísima obra, Pyramus and Thisbe. Cuando le asignan el papel, Snug teme no poder recordar las líneas del guión que le han sido asignadas, a pesar de que sus “líneas” consistían en emitir un rugido. Por su parte, el director de la obra -Quince- teme que el rugido del león sea tan terrorífico que logre asustar a la audiencia y que todos los actores terminen siendo ejecutados. De manera que, al final, el león le explica a la audiencia que, en realidad, él es un león, aunque, en realidad, no lo es, porque él esSnug. Por cierto, la palabra Snugbien podría traducirse por ajustado, apretado o acomodado en el centro, entre los extremos de la oposición.
    Y es aquí donde surge todo el absurdo de los extremos que se autoconciben como medio. Como dice Marx, son “cabezas de Jano que ora se muestran de frente, ora se muestran de atrás, y tienen un carácter diferente por atrás que por delante. Lo que primeramente está determinado como medio entre dos extremos, se presenta, él mismo, ahora como extremo, y uno de los dos extremos, el cual fue mediado por él con el otro, surge de nuevo como extremo entre su extremo y su medio. Ocurre como cuando un hombre interviene entre dos litigantes y luego uno de los litigantes se entromete entre el mediador y el litigante”. ¡Zapatero a su zapato!, diría Marx: “es la historia del marido y la mujer que disputan y del médico que quiso entrometerse como mediador entre ellos, teniendo luego la mujer que mediar entre el médico y el marido y el marido entre el médico y la mujer. Es como el león en el Sueño de una noche de verano, que exclama: “Yo soy un león y no soy un león, soy Snug”.
    Cuestión propia de los extremos -o de las “sectas”- constitutivas de toda oposición dialéctica: cuando uno de los extremos se autoproclama como “el centro”, alguien recibirá una paliza y será tildado como una secta. Lanza piedras sin percatarse de que su techo es de vidrio. El surgimiento del “tertium datur”, en política, carece de resolución efectiva, porque no existe un tercer polo: sólo existen dos. La Guaira no es la “mediación” entre Caracas y Magallanes. No hay en Hegel una “síntesis”, como una suerte de “gris” entre lo blanco y lo negro, porque la lógica de la contrariedad no habita en el espíritu de lo político. No es cosa de académicos, como se ha dicho. La política es la pasión de la razón, y en ella no habitan las medias tintas. Sólo el reconocimiento recíproco, la superación de la correlativa indiferencia, el hecho objetivo de que lo que está en juego es la muerte misma y, con ella, la desaparición absoluta de ambos extremos -no de uno sino de ambos-, permite llegar comprender y superar el brutal antagonismo que ha terminado haciendo colapsar a todo un país que, francamente, no lo merece. Tarde o temprano, algún Snug tendrá la fatigosa tarea de romper la botella para leer este Mensaje sin destino.   
    José Rafael Herrera
    @jrherreraucv

    Colapso.

    Colapso por @JRHerreraucv

    Un colapso es el síndrome que sufre un determinado objeto, sea este natural o social, a causa de una incapacidad orgánica o insuficiencia sistémica. La palabra proviene del latín collapsus, que significa “caída completa”. El colapso de un paciente gravemente enfermo anuncia la inminencia de su muerte, tanto como el colapso de la economía de una sociedad y, por supuesto, el de un determinado régimen político y social o, incluso, el colapso del espíritu de toda una nación. Lo que se contiene en lo mínimo se contiene lo máximo, afirmaba un hereje impenitente que atendía al nombre de Giordano Bruno. Pero, más allá de toda herejía: Non coerceri maximo, contineri minimo, divinum est, reza el epígrafe que Friedrich Hölderlin colocara en el pórtico de su Hiperión, citando el conocido epitafio dedicado a San Ignacio: “Divino es no estar constreñido por lo máximo y estar limitado por lo mínimo”. En todo caso, las malformaciones generadas en nombre de los más sagrados principios no se resuelven ni con el auxilio del puro entendimiento reflexivo ni, mucho menos, del puro deseo.

    Colapso.

    “Ya no queda nada que perder…Y hay todo un mundo que ganar”

    Karl Marx



    Venezuela, hace tiempo, dejó de ser una nación en el estricto sentido republicano para devenir una tiranía gansteril. El tránsito del derrocamiento de la dictadura hacia la consolidación de la democracia fue alevosa y premeditadamente invertido desde La Habana. El resultado fue el tránsito desde la democracia hacia la consolidación de la dictadura. Muerto el tirano, el país quedó en manos de un “Directorio”, movido por las peores pasiones, muy tristes e inevitablemente ignaras: el odio, el resentimiento, la sed de venganza y las ansias de la camarilla por mantenerse en el poder “como sea”. Los portadores de los “valores revolucionarios”, señalan in der praktischen cuatro puntos cardinales. Son muy simples: por el Norte, el rentismo populista y el neolenguaje; por el Sur, la heteronomía y el analfabetismo funcional; por el Este, el facilismo y el culto a la mediocridad; y, por el Oeste, la siembra de la corrupción del ser y de la conciencia. Todos coinciden en una única consecuencia “lógica”, a la que ellos mismos han catalogado como “el quinto punto cardinal”, que tal vez no se sepa bien en qué dirección apunta, porque quizá apunte en todas y cada una de las posibles direcciones del infierno: se trata del colapso absoluto que, después de estos veinte largos e insufribles años de controles, derroches, desfalcos, y saqueos, de atropellos y humillaciones tortuosas, barbáricas y despóticas, finalmente se ha hecho “concreto”: empobrecidos como nunca antes en la historia, extrañados de toda condición humana y reducidos a entes de instintos básicos –comer, reproducirse y guarnecerse–, sometidos y cada vez más dependientes de la Matrix roja, de un “registro y control”, de una numeración, de una cifra más, a la que llaman “carnet de la patria”, como único modo de obtener algún alimento, algún servicio básico, algún modo de sobrevivencia, aunque sea mínimo, para poder morigerar las urgentes y crecientes necesidades. Es la dependencia llevada a los extremos de la atrocidad. El país convertido en un campo de concentración. Los opresores de un lado, los oprimidos del otro: la boliburguesía –y sus bolichicos– aplastando a los cyber-fámulos. Tecnología en barbarie ritornata, en suprema “síntesis dialéctica”, según el santo grial del diamat. Mayor fascismo imposible.

    El país ha colapsado por completo. Pasó de “la gran Venezuela” a la “Venezuela (im)potencia”, de la nación civilista al asalto militarista, de las virtudes de Vargas a las osadías de Carujo. Los “controles” económicos, comunicacionales, sociales y políticos resultaron ser el acta de defunción de una de las naciones potencialmente más ricas, pujantes, capaces, educadas y libres de Latinoamérica. Secuestrado por una montonera de facinerosos de capuchas reales y virtuales, víctima del llamado “síndrome Estocolmo”, ante la sorprendida mirada de una clase política obesa de cuerpo y mente, cómoda y más habituada al fashion y a las perfecciones del “tiempo de Dios” que al barullo de las calles y a los “latidos del corazón del topo” de la realidad, fue progresivamente acostumbrándose –a punta de ofertas mesiánicas, cuando no de bayonetas– al “exprópiese” que terminaría destruyendo su aparato productivo, su tejido social, cultural y educativo, expropiándolo, depauperando drásticamente su vida material y espiritual, y condenándolo a la mayor de las sumisiones: la del hambre. En fin, el caos sobre el orden, para invertir el conocido título del compendio del Rector magnífico de la Universidad de Caracas.

    No hay forma. La trampa sale, como dice el adagio. Los llamados “hechos” no son entidades independientes del sujeto social, son creaciones de factura humana. Los números ya han cobrado realidad, mientras las banderas rojas que impulsaron el fervor de otros tiempos van cayendo una tras otra. Las visibles grietas del mítico “acorazado Potemkin” criollo hacen aguas por doquier y van poniendo en evidencia las fragilidades, ante el inminente hundimiento. El colapso es más que la sospecha de una impotencia manifiesta. Es la puesta en evidencia del fracaso rotundo de un régimen que quiso poder consumir sin producir, enriquecerse sin trabajar, en medio de una época orientada a convertir el conocimiento en la mayor fuente de riquezas. Ningún sistema político y social nace: se hace. Ni el socialismo ni el liberalismo son sistemas naturales. Ni la sociedad está por encima del individuo ni el individuo por encima de la sociedad. Más bien, cuando se pone en evidencia la inadecuación, en no-reconocimiento recíproco, correlativo, de dichos factores, se producen inevitablemente los antagonismos que terminan en un período de crisis orgánica y de agudos conflictos impredecibles, que ningún metodólogo, por más pedantes que puedan ser sus gráficas, está en condiciones de prever. Se trata de la lucha por el reconocimiento.

    Despojados de lo más elemental, del sustento diario; sometidos a las ruinas de un salario que solo alcanza para comprar impotencias; obligados a “rebuscarse” para poder soportar el pesado fardo que la corrupción y la ineficiencia metastásicas han colocado sobre sus hombros; empujados por la fuerza de las dificultades creadas a huir en masa del país. El derrumbamiento cobra cuerpo en contra de sí mismo. La antipolítica social ya no es la simple negación de la política profesional sino su complemento directo. El anonimato del sujeto se despliega con las horas de cada día, se organiza, va dejando de ser cosa y va cobrando en él la fuerza de convicción del ser auténtico, capaz de revertir, una vez más, el tránsito desde los intereses de la opresión gansteril al ethos la libertad republicana.

    Elogio de la crítica.

    Elogio de la crítica, por @jrherreraucv

    Los orígenes de la palabra elogio remiten a la historia de la dignidad humana. Desde el presente, el historicismo filosófico va interrogando al pasado y descubriendo las razones que permiten comprender, superar y conservar, a un tiempo, las desgarraduras del aquí y ahora. Desgarraduras entre el decir y el hacer, entre la palabra y la acción, como si las palabras mismas no comportaran acciones y las acciones palabras. .

    Las críticas adormecen

    Para los latinos, propiciadores de la cultura de lo estable, elogium era la inscripción sobre las tumbas y las esculturas para alabar a los difuntos, las cláusulas testamentarias y los sumarios de las causas judiciales. Un préstamo tomado y deformado –como tantos otros– de la cultura griega clásica, para la cual elegeión –de legein y logos– es una estrofa apologética en versos que expresan nostalgia por aquello que se ha perdido. Y es de ahí que surgen las elegías. Su raíz indoeuropea –leg– muestra la necesidad de re-coger, de colectar y de escoger los mejores frutos del cultivo, lo más granado. Una selección de calidad, de la cual deriva la lec-tura, la lec-ción y el inte-lec-to. En días de crisis orgánica, elogiar la crítica impone la tarea de hacer concrecer, de reconstruir, la historicidad de su real significado.

    Dice Kant, en el prefacio a la primera edición de su gran Kritik, que “nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación (léase: el dogma y el poder político) pretenden, de ordinario, escapar de ella. La primera en nombre de la santidad; la segunda, en nombre de la majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón solo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre (ein öffentliche und freie prüfung)”. El temor a la crítica es temor a la verdad. En una sociedad que compró para sí la idea de que el ejercicio de la crítica representa una sentencia premeditada y alevosa, es decir, anticipada y movida por la mala fe, que oculta tras de sí el deseo malsano –la triste pasión– de condenar a priori toda posible empresa, con el propósito de destruirla, las cosas se hayan invertidas, y la carreta ha sido puesta –por el entendimiento abstracto– delante de los bueyes. No hay estudio ni examen detenido. No hay juicio, según el rigor del debido proceso. Sólo se impone la mala fe y, con ella, la ignorancia abierta y directa. Y no solo por parte de quienes gustan enlodar la dignidad de la crítica sino también por parte de quienes la reciben, pues suponer que se trata de un asunto personal desnaturaliza su suprema condición esencial.

    En realidad, no es posible reconocer la profundidad de una crisis sin que la consciencia (Gewissen) tenga la obligación, el compromiso ético, de actuar en consecuencia, de ejercer el derecho, la facultad de litigar, de someter al “tribunal de la razón”, como dice Kant, y de sentenciar, si ese fuera el caso, a los responsables principales del desastre, a sus autores intelectuales y materiales, a fin de conquistar un resultado, un desenlace definitivo, que ponga fin al entuerto criminal y remedie los males causados, en este caso, a toda una nación. Porque la crítica es el resultado de la enfermedad del juicio (morbi iudicium seu crisis), su consecuencia directa. Pero no se puede –no cabe– confundir la majestad de la crítica con las retorceduras del resentimiento. La crítica confronta, polemiza, problematiza, con el objetivo de revelar, de poner al descubierto, la verdad. Se propone evidenciar si lo que se sostiene posee efectivamente fundamentos sustentables, sólidos y objetivos. Por eso mismo, la crítica no presupone, no pre-juzga: estudia, examina en detalle, pone en entredicho los absolutismos, duda y juzga de acuerdo con los resultados obtenidos. Así, pues, quien juzga objeta, crea las condiciones para la realización de un reacomodo, de una modificación sustantiva, de las relaciones sociales y políticas existentes sobre la base del conocimiento, no de los prejuicios, sin ira y sin llanto, incluso por encima del dolor causado.

    Karl Marx estudió filosofía. Se especializó en filosofía del derecho, bajo la tutela de Eduard Gans, el más cercano de los discípulos de Hegel, para quien la crítica filosófica era la filosofía misma, en sentido estricto. La obra filosófica entera de Marx lleva como subtítulo “crítica”: Crítica de la Filosofía del Derecho, Crítica de la “crítica crítica”, Crítica de la novísima filosofía alemana, Crítica de la economía política, Crítica al Programa de Gotha, etc. Había aprendido de Kant y de Hegel el valor inconmensurable de la crítica, a los fines de restablecer la identidad del orden y la conexión de las ideas y las cosas. Por eso define la tarea de la filosofía, siempre y cuando se encuentre al servicio de la historia, en “desenmascarar la forma sacra del autoextrañamiento humano” y, a partir de él, “desenmascarar el autoextrañamiento en sus formas profanas”, haciendo de “la crítica del cielo la crítica de la tierra”, de la “crítica de la religión la crítica del derecho”, y de la “la crítica de la teología la crítica de la política”.

    Los dogmas y las “verdades reveladas”; el culto a la muerte y la adoración de los ídolos “caídos”; las recetas y los constructos prefabricados acerca de cómo será el desenlace final o de cómo se tendrá que reconstruir el país, según “los técnicos” no son más que reminiscencias de la teología, del positivismo o del marxismo oriental. En nombre de unos supuestos “sagrados principios” –traídos de lecturas trasnochadas y mal traducidas o de esquemas sin tiempo–, se han cometido los mayores delitos contra la sociedad. Se ha perseguido a los que se oponen y se les ha obligado a huir al exilio. Se ha asesinado, se ha encarcelado, se ha robado, se ha intervenido, se ha aplastado a instituciones enteras, como en el caso de las universidades autónomas. Sin servicios básicos, sin medicamentos, sin expectativas de vida, sin alimentos y con la mayor de las hiperinflaciones del planeta. Pero, además, hay quienes, desde el lado opositor, han caído presos en los brazos de sus antagonistas, bien por temor o por provecho personal. La “lógica” inmanente de los unos revela ser idéntica a la de los otros. Los egos de los ignorantes, de fámulos solícitos de honores, dinero y sensualidad, abundan por doquier. El país se halla enfermo de entendimiento abstracto, de esperanzas infundadas e intereses gansteriles. La pobreza del espíritu es el único pan que se consume cada día. Plagados de patéticas cancioncitas y de mensajes subliminales que se traducen en el más auténtico “opio del pueblo”. No es tiempo de recetas dictadas desde la soberbia y el inevitable fracaso. Es tiempo de la más sensata y descarnada crítica del sí mismo, de la labor del pensar, que se traduce en energía vital, en convicción firme, capaz de apoderarse de las mayorías y del creciente clamor del “ya basta”.