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Política y criminalidad: el origen de la violencia de estado

Política y criminalidad

Balanza oxidada entre enredaderas que simboliza la violencia institucional y la corrupción del estado
Civilización no es haber vencido la barbarie, es reconocerla cuando balbucea el lenguaje de las instituciones y la ciudad.

Durante un largo período de la historia, la violencia fue la medida de todas las cosas. Los más fuertes imponían su voluntad, mientras los más débiles, resignados, soportaban y aprendían a sobrevivir. No existía todavía lo que se conoce como “civilidad”, solo individuos con instintos, necesidades, temores y deseos, siempre bajo la sombría amenaza de la barbarie. De hecho, la civilización comenzó cuando la violencia dejó de ser destino para devenir problema. Porque, en realidad, la violencia nunca desaparece del todo, por más que los individuos comprendan que, para poder vivir juntos, se hace necesario el establecimiento de límites, costumbres, normas, leyes e instituciones. Intentan evitar el golpe antes de que sea asestado. Es esta la razón del nacimiento de la política.

Así, lo que fue creado para contener la violencia termina administrándola. La ciudad que se levanta contra la selva lleva la selva en sus entrañas. El Estado, nacido para sustituir la fuerza desnuda por la fuerza regulada, deviene violencia en derecho, procedimiento, burocracia, razón de Estado. Por eso la barbarie no necesita introducirse en las instituciones desde afuera. Aprendió a vestirse con sus ropajes. Maquiavelo comprendió lo que la tradición moralizante de la política se empeñaba en ocultar: la política no acontece en un mundo de hombres buenos perturbados por hombres malos. Acontece en el conflicto atravesado por intereses, ambiciones, temores y deseos de poder. Quien quiera pensar la política tiene que comenzar por concebir a los hombres tal y como son, no como deberían ser.

La existencia de la política prueba que los hombres no son ángeles. Por eso en Maquiavelo la relación entre virtù y fortuna posee una profundidad que suele extraviarse cuando se la reduce a una simple disyunción lúdica o esquemática, situada entre la habilidad y el azar. La fortuna es la virtù objetivada que irrumpe porque ya no depende de la voluntad. La virtù, en cambio, es la capacidad de poder intervenir en esa objetivación para reordenarla y liberarse de su sometimiento. En términos ontológicos, subjetividad objetivada y objetividad subjetivada. El zoon politikón no elimina la contingencia: aprehende a habitarla. No existe historia que pueda ser contemplada ab extra. La historia la hacen los hombres mientras son hechos por ella.

Es por eso que la política no puede reducirse a la administración de un orden previamente establecido. Ella es esencialmente lucha, decisión, conflicto, creación. Es, en sentido estricto, praxis. Pero toda praxis lleva consigo un riesgo. Quien pretenda transformar el mundo tiene que enfrentarse con la resistencia del mundo. Y cuando esa resistencia se vuelve insoportable, la acción puede comenzar a buscar su justificación en cualquier medio capaz de garantizar el resultado. Pero justo en este punto la política puede llegar a deslizarse, no sin cierta facilidad, hacia la criminalidad.

La violencia no constituye un accidente de la vida política, sino un momento de la realidad histórica en el que la libertad se propone conquistar su propio reconocimiento. La sociedad civil, la sociedad política, el Estado, el derecho, no son jarrones chinos colocados sobre los hombros de la sociedad, sino formas históricas de la libertad. La humanidad no nace libre: aprende a ser libre a la luz de las formas concretas que ella misma produce. Las instituciones son el resultado del hacer, de la actividad sensitiva humana. Las leyes no son normas que se imponen desde arriba, sino modos de la objetivación de la historia, huellas objetivas de una voluntad que ha aprendido a reconocerse en un mundo común. Por eso, la verdadera institucionalidad no está reñida con la libertad. Más bien, es su realización.

El problema comienza cuando esa forma se enajena y separa de la vida que la produjo. Entonces, la institución deja de ser expresión de libertad y comienza a presentarse como una instancia exterior, independiente e indiferente de la sociedad en la que debería reconocerse. Lo que nace de la praxis toma vida propia y se vuelve contra la praxis. La criatura se independiza del creador. En ese momento, comienza una nueva forma de barbarie. Pero no ya la barbarie que destruye instituciones, sino la que las conserva vaciándolas de contenido.

Hay algo particularmente inquietante en esta segunda forma de violencia. El bárbaro de la selva no necesita justificar sus agresiones. Agrede porque quiere y puede. Pero la violencia institucional necesita palabras, necesita justificación, procedimientos, documentos, sellos y discursos. Necesita convencer a quienes la padecen -y a quienes la ejercen- de que no proceden con violencia, sino “cumpliendo órdenes”. La fuerza se vuelve más peligrosa cuando ha logrado dejar de parecer fuerza. Y, entonces, el crimen aparece como una necesidad. La arbitrariedad es ahora una decisión de la racionalidad instrumental. La exclusión se autodefine como seguridad. La obediencia se confunde con responsabilidad. Y la razón, reducida a instrumento, calcula con admirable eficacia las múltiples formas de la reproducción del sometimiento.

Esta es la forma más refinada de la barbarie contemporánea: no se trata de suprimir la razón, sino de conservarla después de haberle arrancado su dimensión crítica. Ahora la razón calcula, no pregunta. Se concentra en el medio, no en el fin. Y cuando todo deviene medio, también el hombre. Aquí comienza la inversión histórica. Los hombres construyen instituciones para contener la violencia, pero cuando las instituciones se separan de la voluntad que las anima, terminan produciendo formas de violencia mucho más poderosas y sofisticadas que aquellas de las cuales pretendían protegerse. La está adentro. Está en la pobreza del lenguaje y del espíritu; en la administración que confunde a las personas con expedientes y números; en la política que transforma al adversario en enemigo; en la ideología que convierte al semejante en un desecho; en la techné que, orgullosa de su eficiencia, olvida preguntar por la razón de su propia eficiencia.

No basta con defender instituciones. Las instituciones pueden ser civilizadoras, pero también pueden ser la formas civilizadas de la barbarie. Por eso la política es una de las experiencias más difíciles de la existencia: porque no se trata de escoger entre el orden y el caos, entre la ley y la violencia, entre la civilización y la barbarie. Se trata de mantener vivo el movimiento mediante el cual la comunidad se da a sí misma sus propias formas y, al mismo tiempo, puede reconocer cuándo esas formas han dejado de ser expresión de la libertad. La política es la lucha contra la entropía institucional que ella misma produce.

Toda generación recibe un mundo que no ha construido y que, sin embargo, tiene la responsabilidad de conservar y superar. Hereda leyes, costumbres, instituciones, prejuicios, lenguajes y formas de poder. Pero también la posibilidad de objetar, modificar y sobrepasar. Nada humano está concluido. La historia no es un museo. Es un campo de batalla. La libertad no consiste en permanecer fuera de ese combate, sino en comprender que la propia acción forma parte de lo que se pretende transformar. Maquiavelo y Hegel, separados por siglos y por lenguajes filosóficos distintos, terminan encontrándose en una intuición decisiva: la humanidad no dispone de una historia exterior a sí misma. Tiene que actuar dentro de ella. La virtù de Maquiavelo y el Geist hegeliano se pueden leer, desde su propio horizonte, como respuestas a una misma pregunta: ¿cómo puede la humanidad hacerse cargo de un mundo que no eligió, pero del que forma parte inmanente?

La respuesta no consiste en huir de la realidad, a la manera del estoico. Consiste en participar. Cuando la política se vuelve crimen, no lo hace porque la civilización desaparece: lo hace porque la civilización ha construido mecanismos tan complejos y sofisticados que permiten que la violencia se oculte. El verdadero peligro no consiste en volver a la selva, sino en el hecho de que la selva aprendiera a gobernar desde el interior de la ciudad. Quizá el reto más urgente de la política actual consista en impedir que esto siga ocurriendo. Ninguna institución vale por sí misma, ninguna ley puede sustituir la libertad que le da sentido, ninguna razón merece llamarse racional si ha dejado de reconocerse en su otredad. Civilización no es haber vencido la barbarie. Es haber aprendido a reconocerla al oírla balbucear el lenguaje que ha secuestrado a la ciudad.

La esperanza como imposible



Desde los tiempos en el que el espectáculo comenzó a tomar forma podemos decir seriamente que, lo que es representado jamás es vivido mientras que lo que es vivido jamás es representado. Suponemos que el espectáculo tiene el fin de crear la falsedad, aunque esto no es más responsabilidad del creador que del espectador, que imprime en sí lo que se le presenta de la manera en la que le calce; así como el funcionamiento de los primeros microscopios de lentes electrónicos. Mostrar, enseñar, crear publicidad, formar algoritmos impulsados por inteligencia artificial, solamente viene a acelerar nuestros destinos, y la óptica muestral que tenemos de ellos. La definición de hoy del futuro es que está planeado, más no garantizado, los dos clavos que crucifican la permanencia de la esperanza. Algunos se alegran que venga el fin. 

El fin de la humanidad en sí no es un fin preciso, se supone que es el fin del espectáculo que en cierta manera sostiene la humanidad de los individuos de nuestro tiempo, humanidad como definición. Todo lo que somos se define en alguna medida al espectáculo, tentáculo de poder que vendría a dirigir el tiempo en el que nos perdemos. Ya no hay forma de perderse. Cualquier silencio incomodo puede ser reemplazado por furtivas miradas a aparatos electrónicos que recogen información y la aceleran. Perder la aceleración será el fin de los tiempos, luego de esto, los conflictos se resolverán con piedras y palos, puede que con suerte sepamos provocar el fuego. Es importante entender que en este proceso se obtendrá el concepto de humanidad indefinible fuera de la máquina, deberemos de definirla nuevamente bajo estándares que algún día circularán nuevamente por alguna forma de imprentas.     

El hombre es lo indestructible, que puede ser infinitamente destruido. La plasticidad es humanidad, plasticidad de entendimientos, de formas de vida, de funcionamientos, de tecnologías. Suele decirse que la única forma de estar parado en tierra firme es pisando fondo. Nuestras formas políticas han pisado fondo demasiadas veces, conocemos sus fallas, es historia, pero se descansa en la comodidad de no hacer política verdaderamente, sujetados a la inercia que mantiene cómodos a la gran parte de la población. Se defiende el derecho a voto con uñas y dientes también desde el espectáculo, porque el poder sabe que es lo único que nos recuerda de vez en cuando que existe la democracia, claro, su ilusión. Con eso basta. El poder no es solamente un hecho que se forma en la lejanías, que ejerce su fuerza inhabilitante con la inercia de lo imparable, como influencia tectónica; el poder es también lo que está frente a ti, junto a ti. Si el poder del sistema no está en todo, entonces no es el poder del que escribo. 

Es tan simple como complejo se hizo el hecho de llegar a este punto. Yo soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy. Entre estas pulsaciones se hace el hombre, empujando la roca o dejándose llevar por la inercia de una caída vertiginosa a los grandes vicios de la humanidad. Hoy cada vicio sirve, mientras que cada virtud es puesta a prueba constantemente como fuerza impulsora de una u otra arista política. Esto implica que el trabajador moderno se vea forzosamente obligado a pertenecer a uno u otro bando, con el engaño de que éstos actúan en completa sinergia para ejercer el poder y perpetuarlo desde la arista espectacular. 

La misión es abolir la esperanza, pues ésta es la que nos hace humanos, reemplazándola por una espera perpetua, una resignación a lo que el sistema nos tenga preparados. ¿Una nueva enfermedad? A la espera de su vacuna. ¿Una nueva necesidad? A la espera de un nuevo dispositivo. 

Es el arte el que ha configurado la cuarta parte del siglo XXI pero exigiendo expectación tanto para crear como para observar, la expectativa se dejó de lado para unirse a una corriente que se lo está llevando todo. Siguiendo con la idea, es esta la forma de terminar con la humanidad. La falta de esperanza, de hacer parir el futuro, es parte de la gran depresión de nuestros días. Con esto toman fuerzas las formas religiosas que anuncian un advenimiento, lo que según Derrida, es muy distinto al futuro. El futuro es predecible, se puede calcular, se puede preveer, agendar, mientras que el advenimiento es totalmente impredecible. El advenimiento no depende de fuerzas humanas, por lo que en cierta medida, con el advenimiento resucita la esperanza. Un niño se nos es dado.

Lo inmanente no es relevante ni como repetición, dado que notar la repetición es trascendencia, y el algoritmo lo sabe, lo calcula. Quizás por ello países como China ofrecen servicios de inteligencia artificial absolutamente gratis, dado que reconocen que el flujo de conocimiento puede trascender en la repetición. ¿Qué es lo que se dirá? Lo mismo que ha sido dicho. ¿Qué es lo que será? Lo mismo que fue. Por ello doblan las campanas, no solamente por quien muere, lo hacen también por ti. 

Sin tinieblas no hay luz. La esperanza es esta luz. Poner flores en las calaveras es el principio de la alegría. Todo lo que hago y pienso es sólo un espécimen de mi posible. El hombre es más general que su vida y sus actos. Está como previsto para más eventualidades de las que puede conocer. Mi posible no me abandona jamás. 

¿En qué se diferencia un ciudadano votante, con la importancia que este concepto conlleva, con un simple consumidor en el que el producto se adapta lo mejor posible a sus exigencias de mercado, a una red mercantil? La importancia que se le da al votar pareciera ser la misma que se le da a la de consumir, como si consumir y votar sean derechos históricos que nos ganamos por derecho. No hay ironía en esto, sino que, estás palabras parecieran ser más irónicas entre más fuerza se le dé a lo logrado. Un nudo que ahorca con más fuerza entre más tiremos de él.

Carl Jung nos quiso decir con todo el amor con el que pudo, que mirar la sombra nunca es sombra, a veces puede ser una luz que nos avergüenza.

El efecto de levantarse por la mañana

 


Por la mañana, al despertar, un hombre no pudo identificar su yo del mundo exterior. La persona que despierta es el resultante de sus propios sueños, de su propio cuerpo, de su estadio emocional, de su contingencia.


Traspasa inevitables posturas y contradicciones para ser aquel hombre que abre los ojos. El individuo que despierta, piensa que su ser llega más lejos de lo que en realidad puede, porque su alma, que es trascendente, detona como cuerpo, dentro de una cultura, de una familia, rodeado de pulsiones, como si se tratase de una gigantesca explosión impotente. No existe una convicción más cartesiana que el yo por la mañana, cuando la realidad llega a chocar desde algunos frentes con la condena desdichada de ser uno mismo, saliendo, volviendo a nacer, reescribiéndose, recordando, olvidando. Quizás esta sea la prueba más certera de que el Yo es una ilusión, el cual puede crecer hasta donde el individuo se permita, donde pueda, disminuirse, expandirse, pero siempre como individuo, diminuto, subatómico. Hay un estrato en esta infinitud donde se tiene un límite, donde no podemos llegar, desde donde no se puede partir, eso, suponemos, es lo real. Aunque no podamos demarcarle. Es una conexión con lo salvaje, algo que puede que sea nuestro yo; no se puede afirmar lo contrario; pero que no funciona bajo ningún control conocido, ya que, aunque se quiera, no se le puede observar.


Pero no es solamente el control lo que se difumina, sino también el producto sensorial de la lejanía. Se ha pensado que involucrar estos parámetros en cualquier debate sería absurdo, pero, ¿Por qué no hacerlo? ¿Desde donde debemos asirnos para enfrentar la verdadera realidad del yo? ¿Hasta dónde debiera llegar nuestro lenguaje? Expandir la simbolización es, necesariamente, expandir un control y una sensación. No hemos podido salir del estructuralismo, así como necesitamos el posestructuralismo para captar estos espacios. Lo total es la materia de la filosofía.


El choque del yo que se despierta es un choque que tuvo que haber tenido un comienzo. Freud lo define al hablar del placer del Bebé al tocarse, esto es, cuando quiera, placer inmediato, ante la impotencia de no tener el pecho materno a su antojo. ¿En qué punto notó el individuo que había algo como parte de su propio ser, y algo totalmente ajeno a todas sus sospechas? La agresión. ¿Cuándo comenzó a notar que podía manipular esta realidad con instrumentos viles y con verdadera disciplina? Estas respuestas unen a la lactancia con la adolescencia como al nacimiento con la muerte, sólo por ser específicos.


La persona que creemos conocer está mutilada, no recuerda todos sus anhelos, es más, ni siquiera los puede nombrar, aunque está carencia de palabras sean los miembros que le queden. Ésto atenta directamente con más de algún supuesto. Como por ejemplo, que seremos mejores día a día como especie. Quizás la ética, la religión, y hasta la moral importen más de lo que imaginemos, aunque no por los motivos que pensemos, sino por los motivos que creamos. Ética por motivos egoístas, religión por motivos egoístas, moral por motivos egoístas. Estamos organizados de tal modo que podemos gozar con intensidad sólo el contraste y no el estado.


Según los preceptos del Nirodha (budismo), el ideal del sujeto seria hacer que sus pulsiones no dependan de la aprobación de algún otro. La libertad se alcanza no satisfaciendo los deseos, sino eliminándolos (Epicteto). Se ha hablado de Sublimación, de Estoicismo, de Decadencia, pero estas no parecieron nunca ser soluciones universales, sino relatos basados. No podemos asegurar que los individuos no nazcan con constituciones pulsionales particularmente desfavorables, ni que hayan pasado de manera regular por las transformaciones y reordenamientos de sus componentes libidinales. No podemos obligar a los tipos a un proceso disciplinario (aunque se haga), por muy ético que parezca, coartando la libertad de los individuos en desmedro de un potencial que ignoramos, no podemos hacer el camino de la Stoa porque no hay puerta; es ella la que se vive desde cualquier punto como principio máximo de la incertidumbre.


Todo el sufrimiento del humano moderno viene desde tres aspectos principales: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres y la familia, el estado y la sociedad. La cultura es entonces, una forma de sufrimiento (Rousseau), asegura las culpas desde la niñez, protegiéndonos de lo que nos “daña”, siendo lo “dañino” ella misma. La libertad individual no es patrimonio de ninguna cultura, fue antes de toda ella. Es por esto que una unión entre dos seres puede ser más fuerte que el individuo, un vínculo es el mayor de los engaños, pero es lo único que nos hace hombres y mujeres. La sociedad culta se encuentra frente a una permanente amenaza de disolución, es este temor lo que la condena a medir constantemente sus fuerzas, pensando bien de ella, tal y como el viejo Mefistófeles nunca quiso pensar. Pensando mal, es control por interés propio, que nació de la intimidad de la familia primitiva, desde el amor y la violencia, desde la agresión y las pulsiones libidinales. La máquina tiene este conocimiento, lo que le da su poder, sabe que entrar en nuestra intimidad es vital, sabe del sadismo de la sociedad, y de los adultos hacia ella, y del masoquismo y de los adultos ante ella. Para volver a amar al Estado hay que agredirlo. No hay problema con ello, la culpa existió antes que la moral. La culpa estará de todos modos. 


Ese individuo que se levanta por las mañanas es un agresor, porque todo alrededor solamente es parte de su yo; pero mientras apaga la alarma, y lucha por levantarse, es llevado por el sistema público a aquello que siempre se le negará.

Los consejos del rodaballo, la biblia, Foucault, cuestiones de género yotros asuntos pertinentes.

                                            


Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder.

Pitaco de Mitilene

 

Resumen: El presente trabajo tiene por objeto generar aportes para el diálogo acerca de la temática del poder y cuestiones de género. Para ello, el autor se apoyará en algunos postulados de Michel Foucault, haciendo referencia a algunas voces no del todo armónicas ni disidentes entre sí. No se trata este escrito, por cierto, de un abordaje científica o filosóficamente riguroso; consiste, más bien, en aproximarse a este río imaginario que es la temática aquí tratada y lanzar el mediomundo, viendo y dando cuenta de lo que aflore a la superficie.

 

SOBRE EL PODER EN GENERAL

            Si reflexionamos un momento en la sociedad en la que vivimos, podemos identificar, inmediatamente, que en el vínculo que nos une a las personas y a las cosas, desde el punto de vista social, algunos ejercen poder sobre otros. Así, Dios ejerce poder sobre el ser humano, pero el ser humano ejerce poder sobre todo lo que lo rodea. También puede decirse, salvo excepciones, que el hemisferio norte del mundo ejerce poder sobre el hemisferio sur; el occidente ejerce poder sobre el oriente; el rico ejerce poder sobre el pobre; el blanco ejerce poder sobre el no blanco; el gentil ejerce poder sobre el judío; el padre ejerce poder sobre el hijo; el hermano mayor ejerce poder sobre el menor; el inteligente ejerce poder sobre el tonto; la mano derecha ejerce poder sobre la izquierda; y por supuesto, el hombre ejerce poder sobre la mujer.

            Así, sin pensarlo demasiado, si jugamos a construir al más poderoso, un posible ser superior entre los hombres sería un occidental, hombre, gentil, blanco, inteligente, rico.

            Sin embargo, al intentar medir cuali y cuantitativamente el poder social (recurriendo a la estadística, la sociología, la matemática, etc.), podría ocurrirnos como en el experimento de la hendija: quizás ese poder se comporta de determinada manera mientras nadie se acerque a medirlo, pero si esto último ocurre, la verdad podría escurrirse a las profundidades sulfurosas de su guarida.

            Por otro lado, si atendemos a lo estrictamente genérico, en lo que tiene de fácilmente comprobable la naturaleza en su conjunto, en las otras especies, vemos que no siempre predomina el macho. Piénsese en las abejas, las hormigas, los elefantes[1] Entonces, ¿qué determina esa diferencia? Y ahora bien, entre nosotros, ¿cómo llegó la humanidad a determinar que el hombre se posicione en un lugar de privilegio, socialmente hablando, respecto de la mujer?

 


SOBRE EL PODER SEGÚN FOUCAULT Y CUESTIONES DE GÉNERO

           En un artículo de María José González (2020), titulado “Análisis sobre la constitución del sujeto a partir de la imbricación entre anatomo-política del cuerpo e identidad de género”, en donde se analiza el vínculo entre la disciplina y la noción de género, en función del significado de poder desarrollado por Foucault, se afirma que “sostener que el poder se desarrolla o ejerce a través de técnicas o procedimientos equivale a sostener que en cuanto procedimientos han sido inventados, perfeccionados y que se desarrollan sin cesar” (p. 15). En suma, la autora parece afirmar que el poder es creación, y en cuanto tal, supone la aplicación de distintas técnicas que el filósofo, al decir de González, reúne en dos categorías: la disciplina o anatomopolítica del cuerpo humano y la denominada biopolítica de la población (González, 2020, p. 15). En su artículo, hace referencia a la técnica de “distribución de los cuerpos en un espacio analítico” que supone que “en la división, en la separación o, más precisamente, cuadriculación, se alcanza la mayor individualización posible: el uno (...) Así, cada uno tiene que vérselas sólo consigo mismo en relación con las exigencias y control del capataz, del maestro o de Dios” (González, 2020, p. 16).

            En estos tiempos casi-post-pandémicos-pero-aún-pandémicos, se potenció la cuadriculación de la que habla la autora. Como peces en un estanque, nos hemos visto encuarentenados sin más compañía que un teléfono móvil, y así, hemos ido empachando de nosotros mismos, no sin gusto, al leviatán-traga-datos que habita en nuestros pérfidos dispositivos electrónicos. Hemos diseñado una sociedad en la que el individuo, con dos dedos de frente, experimenta profunda desconfianza acerca del tratamiento que se le dará a la información almacenada sobre uno, pero infaustamente, se sabe impotente ante esas fuerzas ocultas que lo gobiernan.

Pero volviendo a la cuestión de género, relacionado con la ideas de Foucault, en otro artículo en la misma línea de González, Amigot y Pujal (2009) afirman que “Foucault reconoció que las nuevas luchas políticas articuladas en torno y después del 68 le permitieron ‘ver la cara concreta del poder’ y darse cuenta de lo que había permanecido hasta entonces fuera del análisis político” y agregan que “Es en ese momento cuando la cuestión del poder adquiere gran intensidad; cuando formula un nuevo paradigma, el estratégico, frente al paradigma jurídico desde el que habitualmente se pensaba (y se piensa) el poder” (p. 121).

¿Qué pasó en el 68? Lo que haya sido, por lo visto, provocó un cambio en el filósofo, y le permitió desarrollar “un complejo y amplio trabajo que permite pensar de otra manera: subraya el carácter productivo del poder e insiste en el vínculo saber-poder y en la economía política de la verdad; confiere nuevos usos a conceptos como disciplina y norma; o inventa términos, como biopoder; con sus dos vertientes, anatomopolítica y biopolítica, o gubernamentalidad. Toda una malla conceptual y analítica será desplegada para brindar inteligibilidad y visibilidad a las heterogéneas relaciones de poder” (Amigot y Pujal, 2009, p. 122).

            Así, cuestiones tales como poder como estrategia, saber-poder, atribuidos a Foucault, se pueden vincular perfectamente con lo que se decía antes, de una-sociedad-de-la-información-que-crea-una-sociedad-de-la-desconfianza y lo de alimentar al leviatán-traga-datos, quien, a esta altura, nos conoce mejor que nosotros mismos. ¿Eso es poder?, ¿eso es estrategia?

¿Y qué es estrategia? Podemos asociarlo, intuitivamente, con algunos otros conceptos: diseño, premeditación, Napoleón, vida militar, vida consumista. El poder, en tanto artificial, en tanto creación humana, estratégicamente, está también en nosotros, nos habita (y por eso, seguramente, se perpetúa), y lo que es peor, nos despoja de algo importante, que está en nuestra esencia, aunque no sabemos muy bien qué es.

            Pero volviendo, ahora sí, a la cuestión de género, sostienen las autoras citadas: “Pensamos que el género como dispositivo de poder realiza dos operaciones fundamentales e interrelacionadas; por un lado, la producción de la propia dicotomía del sexo y de las subjetividades vinculadas a ella y, por otro, la producción y regulación de las relaciones de poder entre varones y mujeres” (Amigot y Pujal, 2009, p. 122).

            No está del todo claro… casi parecería ser que la biología, en tanto instrumento de poder, ¿es estratégica? Que las diferencias entre hombres y mujeres, despojadas del programa de perpetuación del poder, ¿no serían tales? Que las subjetividades, no serían ya producto de la psiquis de la persona, ¿sino diseño humano? ¿Puede interpretarse todo eso en los dichos del Foucault-post-68?

            Podemos afirmar, como ya se hizo, que el poder nos despoja de algo que no tenemos del todo claro que es, ¿pero podemos ponerle nombre y apellido y bautizarlo como verdad? ¿no formará, acaso, parte de los misterios inconfesables de la vida? Como en este pasaje de Fausto: 

WAGNER: ¡Sólo una palabra! Hasta hoy tuve que avergonzarme, pues los viejos y los jóvenes me atormentaban con problemas. Por ejemplo, nadie ha podido entender cómo el alma y el cuerpo, compenetrándose tan bien y estando tan estrechamente unidos que al parecer nadie puede separarlos, estén siempre amargándose mutuamente la vida. Además...

MEFISTÓFELES: ¡Alto ahí! Yo preferiría preguntar: ¿por qué el marido y la mujer se llevan tan mal? Esto, amigo mío, nunca llegarás a aclararlo. (Goethe, s.f.)

 

Y AHORA, ESCUCHEMOS AL RODABALLO

            Se trata de una novela escrita en 1977, por el alemán Günter Grass, titulada como el pez, que narra la historia de un rodaballo parlante que aparece en la desembocadura del Vístula, ante un pescador neolítico (el cual representa a todos los varones), que comienza una labor de asesoramiento, revelandole al hombre algunas verdades medulares acerca del sistema social matriarcal en el que vive, procurando despertar en el pescador (y en todos los de su género) un espíritu de emancipación del yugo femenino. Ese matriarcado está apoyado fuertemente en la superstición, y es liderado por Aya, cuya leyenda cuenta que subió a las alturas y se acostó con el Lobo del Cielo, y cuando este se hubo dormido ella le robó el fuego y lo trajo a la tierra, lo que le valió a la mujer una reputación rayana en divinidad.

            Así, en palabras del pez: 

La realidad, hijo, es que el rodaballo es uno de los peces nobles. Más adelante, cuando vosotros, hombres menores de edad y seniles desde la infancia, os liberéis por fin del pecho materno, acuñando monedas, fechando la Historia e imponiendo el patriarcado, cuando -¡por fin! - os hayáis emancipado de una tutela femenina de seis mil años, estofaréis en vino blanco a mis semejantes, los rodearéis de gelatina, los disfrazaréis sabrosamente con salsa y los serviréis en porcelana de Sajonia (Grass, 1982).

 

            Ese rodaballo, que fue pescado en el neolítico, será pescado por segunda vez en los tiempos modernos, pero ahora por un grupo de feministas, que lo interpelan en un juicio delirante, desarrollado en un teatro.

            Esta historia nos sumerge en una realidad, que cuenta con respaldo histórico: la mujer no siempre estuvo subordinada al varón. Entonces, ¿cuál es esa clase de orden divino, que ha hecho que un sector del mundo (el norte) subordinara al sur, que ha hecho que el blanco estuviera por encima del no blanco, y que ha hecho que el hombre, desde el punto de vista del poder social, se emancipara, desde la prehistoria, del yugo femenino? 

LOS SERVIRÉIS EN PORCELANA DE SAJONIA

Podría ser pertinente, en este punto de la exposición, considerar como insumo crítico algunas ideas extraídas de la Santa Biblia, que pueden ser de gran utilidad para el abordaje de la temática poder-género, aún para aquellos que no comparten la fe cristiana. Esto último se justificaría, por ejemplo, por la fuerte raigambre de tipo judeo-cristiano que está presente en nuestra cultura, sobre todo en la sociedad occidental. Los preceptos bíblicos, que hoy muchas veces  se presentan como un atraso social, se impusieron en la historia como un paradigma revolucionario ante una civilización supersticiosa, politeísta, poligámica, amoral y desordenada en infinidad de aspectos. Así, considerar el Evangelio con un enfoque científico o filosófico, aún por aquellos que no lo profesan, puede contribuir a romper ciertos prejuicios y limitantes que nos impiden, en la generalidad de las veces, acercarnos más a la verdad.

En ese sentido, podemos citar a Efesios 5:21, que dice: “Someteos los unos a los otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia; y él es el salvador del cuerpo” (Reina y Valera, 1991). Entonces, con esas impopulares palabras al tiempo de hoy, Pablo lo señala claramente. Pero no refiere a un sometimiento de la mujer al tirano que tiene por esposo. Ese esposo debe, a su vez, someterse a Dios. ¿Se somete la mujer moderna al esposo? Pues bien, ¿se somete el hombre moderno a Dios? Estar sujeto, en un sentido bíblico, es obedecer y confiar (en Dios, en el esposo, en la esposa), lo cual, en el tiempo de empoderamientos y desconfianzas que es nuestra cultura de hoy, es muy difícil.

Parecería, además, estar inscripto en el alma de algunos varones una especie de derecho de propiedad natural sobre la mujer, sin que recapaciten en que ese orden natural solo se desarrolla en armonía cuando el hombre reconoce el derecho de propiedad que tiene Dios sobre él. Por eso, no todos podrán comer peces en porcelana de Sajonia; algunos, como el neolítico, deberán comer en vasijas de barro o hueso, o con las manos. 

CONCLUSIÓN

            Lo anteriormente expuesto, como se dijo al principio, no es un abordaje profundo acerca de la temática del género en las relaciones de poder. En base a las citas de Foucault y el rodaballo, confiesa interrogantes más que certezas. Sin embargo, se deja una Biblia abierta para más o menos visualizar el norte hacia el que apunta la verdad.

En opinión del autor, si el ser humano se reconociera creación más que accidente, entonces, quizás, podría reinar cierto orden en medio del caos de las relaciones humanas. Porque el orden divino es, de alguna manera, como el océano: podemos aprovecharlo, explorarlo, explotarlo. Podemos hacer poesía sobre su bravura, o escribir de la paz que infunde cuando está en calma. Podemos, si se quiere, contenerlo e intentar gobernarlo. Pero al final del día, mal que nos pese, siempre hará su voluntad, y seguirá sus propias reglas.

 

BIBLIOGRAFÍA 

Amigot, P., & Pujal, M. (2009). Una lectura del género como dispositivo de poder. SOCIOLÓGICA, 70 (24). http://www.sociologicamexico.azc.uam.mx/index.php/Sociologica/article/view/145

 

Gargantilla, P. (2020, 17 octubre). Cuando ellas mandan: las especies lideradas por hembras. ABC CIENCIA. https://www.abc.es/ciencia/abci-cuando-ellas-mandan-especies-lideradas-hembras-202010170103_noticia.html

 

Goethe, J. ( s.f.) Fausto.

 

González, M. (2020). Análisis sobre la constitución del sujeto a partir de la imbricación entre anatomo-política del cuerpo e identidad de género. ARIEL, (26).

 

Grass, G., 1981. El rodaballo. Sudamericana.

 

Rclassenlayouts. (s. f.). Pecera con un pez de colores solitario en el fondo blanco [Foto de archivo]. 123RF. https://es.123rf.com/photo_38286306_pecera-con-un-pez-de-colores-solitario-en-el-fondo-blanco.html

 

Reina, C. & Valera, C. (1991). Santa Biblia. Sociedades Bíblicas Unidas.



[1] En este artículo se puede acceder a un breve listado de especies lideradas por las hembras: https://www.abc.es/ciencia/abci-cuando-ellas-mandan-especies-lideradas-hembras-202010170103_noticia.html