Síguenos por email

Popular Posts

Archivos de publicación

Buscar

Mostrando entradas con la etiqueta Sexualidad. Mostrar todas las entradas

El sentido del feminismo.

Artículo enviado por Luis Ospina / luhlmer@gmail.com

Feminismo que siente y mira.

Lo que no nos importa es el caracter fisionómico del sexo, su apariencia externa, pues a lo que damos importancia es a la relación que hombre y mujer tienen con su propia naturaleza simbólica, y por tanto de lo que carecen para conseguirlo, en tanto que esa carencia crea un sistema de creencias que se aplican categóricamente en la sociedad imponiendo lo que conocemos como la diferenciación sexual. Lo que queremos decir es que los conceptos de genero no se justifican por un principio biológico inequívoco, el hombre y la mujer son, en términos del filósofo francés guilles deleuze, una maquina que se acopla; por tanto los conceptos de genero obtendrán su verdadera identificación a partir de la cultura y del lenguaje (S. De Beauvoir), de un proceso posterior de ideas que se superponen y solidifican construyendo la máscara del "hombre" y la "mujer" respectivamente.

Una vez claro el proceso cultural por el que cada género llega a ser lo que es, es importante aclarar que lo que se pretende denunciar aquí no es la falsedad de identificarse con un género, menos aún de su valoración moral, no estamos en contra de que se elija un género, defendemos fervientemente la idea de que esto debe ser un acto de libertad, y que creer que el genero lo imponen leyes biológicas únicas y a priori, es el verdadero problema. No ser conscientes de que el genero es un símbolo y confundir su caracter cultural con su aspecto biologico, este es el verdadero problema, que en nuestros tiempos se traduce en un intenso dialogo político entre la izquierda y la derecha. No estaríamos equivocándonos al decir que el patriarcado es un claro ejemplo de lo que en filosofía se conoce como el Fundamento místico de la autoridad a través de la costumbre y el lenguaje (C. Smith).

El hombre se ha justificado en la historia por una serie de procesos que se han repetido en el lenguaje hasta convertirse en cotidianidad hasta tal punto de que resulte inidentificable. No nos equivocaremos al asegurar que esto ocurre constantemente, las actitudes machistas son tan comunes entre nosotros que hasta los propios machistas se sombran cuando descubren que lo son, este es el resultado de la aceptación cultural de estas coductas. El machista de cotidianidad es mas bien un desgraciado y no un malvado . Al fin y al cabo este es el verdadero propósito de toda ideología, que la sociedad aprenda religiosamente cual es el lugar de cada uno en la maquina social como nos relata la novela de Aldous Haxley, Un mundo feliz.

Si nos adentramos en esta máquina social y nos centramos ahora en los conceptos del patriarcado, vemos que el padre es una figura artificial creada conceptualmente (es el antagonista del concepto unitario que supone madre). En este sentido, la madre es un conjunto de propiedades inmanentes a una maquina biológica que incorpora dentro los elementos necesarios para su dinamica, de tal forma que en ella no hay nada predominante o individualmente aislado, al funcionar en conjunto, lo hace como singularidad según términos de deleuze, asi pues tanto "padre" como "madre" son conceptos Ad Hoc en lo que se refiere a la lucha del poder politico en base al sexo. El hombre y la mujer son un mismo ser (la madre).

No en vano, al inquirir los significados de la palabra madre, nos encontramos que sus primeras acepciones hacen referencia exclusivamente a la mujer y por ende, indirectamente a la feminidad. Este es un ejemplo de como hemos dividido el sexo en el lenguaje desarrollandolo a raja tabla, por un lado "el hombre por el otro la mujer". No es hasta la sexta o la septima acepcion que nos topamos con la acepcion del "origen". Podemos aseverar claramente que existe una contradicción porque el origen de un ser depende de una relacion biológica de dos, aunque esta se ejecute de manera indirecta, los factores necesarios sigien siendo los mismos. Madre y padre son conceptos que han sido separados en el lenguaje, este es el corte de lo biológico por lo politico y sexual.

Lo que consigue el lengusje es sustutir la realidad biologica por una maquina ideologica en la que hombre y mujer estan diferenciados radicalmente (mujer-hombre). Esta diferenciación en el lenguaje es lo que sustenta la lucha de ambos sexos a lo largo de la historia por el poder politico, o mejor podriamos decir la predominancia del patriarcado sobre la "mujer".

Esta lucha ha devenido tal, por mor de llenar las carencias que individualmente tiene cada ser y que el lenguaje ha ayudado a considerar, de modo que la individualización de los sexos nos ha otorgado su diferenciacion en el lenguaje. El padre al "carecer de útero" desea experimentar el poder natural de concebir, esa falta la sustituye violentando a aquel ser que sí puede, la mujer. Por otra parte aquello que el feminismo llama el Empoderamiento de la mujer, es resultado de la dialectica negativa aplicada sobre el poder histórico que ha ejercido el patriarcado, de tal forma que ahora reclama aquello de lo que históricamente ha carecido, la administración de la materia, del "esperma del padre". Asi funciona la maquina ideologica, creando un dualismo inconciliable por una diferencia (utero-esperma) que en realidad funciona como una singularidad biológica, ambas son un conjunto biologico, la tragedia consiste en que el lenguaje las separa para perpetuar cierto poder Politico.

L.H

Hablar de sexo, deseo o placer en la época clásica.

Siglo XVII: sería el comienzo de una edad de represión, propia de las sociedades llamadas burguesas, y de la que quizá todavía no estaríamos completamente liberados. A partir de ese momento, nombrar el sexo se habría tornado más difícil y costoso. Como si para dominarlo en lo real hubiese sido necesario primero reducirlo en el campo del lenguaje, controlar su libre circulación en el discurso, expulsarlo de lo que se dice y apagar las palabras que lo hacen presente con demasiado vigor. Y aparentemente esas mismas prohibiciones tendrían miedo de nombrarlo. Sin tener siquiera que decirlo, el pudor moderno obtendría que no se lo mencione merced al solo juego de prohibiciones que se remiten las unas a las otras: mutismos que imponen el silencio a fuerza de callarse. Censura. Pero considerando esos últimos tres siglos en sus continuas transformaciones, las cosas aparecen muy diferentes: una verdadera explosión discursiva en torno y a propósito del sexo.

Entendámonos. Es bien posible que haya habido una depuración -y rigurosísima- del vocabulario autorizado. Es posible que se haya codificado toda una retórica de la alusión y de la metáfora. Fuera de duda, nuevas reglas de decencia filtraron las palabras: policía de los enunciados. Control, también, de las enunciaciones: se ha definido de manera mucho más estricta dónde y cuándo no era posible hablar del sexo; en qué situación, entre qué locutores, y en el interior de cuáles relaciones sociales; así "se han establecido regiones, si no de absoluto silencio" al menos de tacto y discreción: entre padres y niños, por ejemplo, o educadores y alumnos, patrones y sirvientes. Allí hubo, es casi seguro, toda una economía restrictiva, que se integra en esa política de la lengua y el habla -por una parte espontánea, por otra concertada- que acompañó las redistribuciones sociales de la edad clásica. En desquite, al nivel de los discursos y sus dominios, el fenómeno es casi inverso. Los discursos sobre el sexo -discursos específicos, diferentes a la vez por su forma y su objeto- no han cesado de proliferar: una fermentación discursiva que se aceleró desde el siglo XVIII. No pienso tanto en la multiplicación probable de discursos "ilícitos", discursos de infracción que, con crudeza, nombran el sexo a manera de insulto o irrisión a los nuevos pudores; lo estricto de las reglas de buenas maneras verosímilmente condujo, como contraefecto, a una valoración e intensificación del habla indecente. Pero lo esencial es la multiplicación de discursos sobre el sexo en el campo de ejercicio del poder mismo: incitación institucional a hablar del sexo, y cada vez más; obstinación de las instancias del poder en oír hablar del sexo y en hacerlo hablar acerca del modo de la articulación explícita y el detalle infinitamente acumulado.


Sea la evolución de la pastoral católica y del sacramento de penitencia después del concilio de Trento. Poco a poco se vela la desnudez de las preguntas que formulaban los manuales de confesión de la Edad Media y buen número de las que aún tenían curso en el siglo XVII. Se evita entrar en esos pormenores que algunos, como Sánchez o Tamburini, creyeron mucho tiempo indispensables para que la confesión fuera completa: posición respectiva de los amantes, actitudes, gestos, cari-, cias, momento exacto del placer: todo un puntilloso recorrido del acto sexual en su operación misma. La discreción es recomendada con más y más insistencia. En lo relativo a los pecados contra la pureza es necesaria la mayor reserva: "Esta materia se asemeja a la pez, que de cualquier modo que se la manipule y aunque sólo sea para arrojarla lejos, sin embargo mancha y ensucia siempre." Y más tarde Alfonso de Liguori prescribirá que conviene comenzar -sin perjuicio de reducirse a ello, sobre todo con los niños con preguntas "indirectas y algo vagas". Pero la lengua puede pulirse. La extensión de la confesión, y de la confesión de la carne, no deja de crecer. Porque la Contrarreforma se dedica en todos los países católicos a acelerar el ritmo de la confesión anual.


Porque intenta imponer reglas meticulosas de examen de sí mismo. Pero sobre todo porque otorga cada vez más importancia en la penitencia -a expensas, quizá, de algunos otros pecados- a todas las insinuaciones de la carne: pensamientos, deseos, imaginaciones voluptuosas, delectaciones, movimientos conjuntos del alma y del cuerpo, todo ello debe entrar en adelante, y en detalle, en el juego de la confesión y de la dirección. Según la nueva pastoral, el sexo ya no debe ser nombrado sin prudencia; pero sus aspectos, correlaciones y efectos tienen que ser seguidos hasta en sus más finas ramificaciones: una sombra en una ensoñación, una imagen expulsada demasiado lentamente, una mal conjurada complicidad entre la mecánica del cuerpo y la complacencia del espíritu: todo debe ser dicho. Una evolución doble tiende a convertir la carne en raíz de todos los pecados y trasladar el momento más importante desde el acto mismo hacia la turbación, tan difícil de percibir y formular, del deseo; pues es un mal que afecta al hombre entero, y en las formas más secretas: "Examinad pues, diligentemente, todas las facultades de vuestra alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad. Examinad también con exactitud todos vuestros sentidos... Examinad aún todos vuestros pensamientos, todas vuestras palabras y todas vuestras acciones. Incluso examinad hasta vuestros sueños, para saber si despiertos no les habéis dado vuestro consentimiento.. . Por último, no estiméis que en esta materia tan cosquillosa y peligrosa pueda haber algo insignificante o ligero.". Un discurso obligado y atento debe, pues, seguir en todos sus desvíos la línea de unión del cuerpo y el alma: bajo la superficie de los pecados, saca a la luz la nervadura ininterrumpida de la carne. Bajo el manto de un lenguaje depurado de manera que el sexo ya no pueda ser nombrado directamente, ese mismo sexo es tomado a su cargo (y acosado) por un discurso que pretende no dejarle ni oscuridad ni respiro.


Es quizá entonces cuando se impone por primera vez, en la forma de una coacción general, esa conminación tan propia del occidente moderno. No hablo de la obligación de confesar las infracciones a las leyes del sexo, como lo exigía la penitencia tradicional; sino de la tarea, casi infinita, de decir, de decirse a sí mismo y de decir a algún otro, lo más frecuentemente posible, todo lo que puede concernir al juego de los placeres, sensaciones y pensamientos innumerables que, a través del alma y el cuerpo, tienen alguna afinidad con el sexo. Este proyecto de una "puesta en discurso" del sexo se había formado hace mucho tiempo, en una tradición ascética y monástico. El siglo XVII lo convirtió en una regla para todos. Se dirá que, en realidad, no podía aplicarse sino a una reducidísima élite; la masa de los fieles que no se confesaban sino raras veces en el año escapaban a prescripciones tan complejas. Pero lo importante, sin duda, es que esa obligación haya sido fijada al menos como punto ideal para todo buen cristiano. Se plantea un imperativo: no sólo confesar los actos contrarios a la ley, sino intentar convertir el deseo, todo el deseo, en discurso. Si es posible, nada debe escapar a esa formulación, aunque las palabras que emplee deban ser cuidadosamente neutralizadas. La pastoral cristiana ha inscrito como deber fundamental llevar todo lo tocante al sexo al molino sin fin de la palabra .


La prohibición de determinados vocablos, la decencia de las expresiones, todas las censuras al vocabulario podrían no ser sino dispositivos secundarios respecto de esa gran sujeción: maneras de tornarla moralmente aceptable y técnicamente útil.

Secreto de seducción, mecánica de las incitaciones.

Se trata más bien de una incitación a los discursos, regulada y polimorfa. Sin duda, puede objetarse que si para hablar del sexo fueron necesarios tantos estímulos y tantos mecanismos coactivos, ocurrió así porque reinaba, de una manera global, determinada prohibición fundamental; únicamente necesidades precisas pudieron levantar esa prohibición y abrir al discurso sobre el sexo algunos accesos, pero siempre limitados y cuidadosamente cifrados; tanto hablar del sexo, tanto arreglar dispositivos insistentes para hacer hablar de él, pero bajo estrictas condiciones, ¿no prueba acaso que se trata de un secreto y que se busca sobre todo conservarlo así? Pero, precisamente, habría que interrogar este tema frecuentísimo de que el sexo está fuera del discurso y que sólo la eliminación de un obstáculo, la ruptura de un secreto puede abrir la ruta que lleva hasta él.

¿No forma este tema parte de la conminación mediante la cual se suscita el discurso? ¿No es para incitar a hablar del sexo, y para recomenzar siempre a hablar de él, -Por lo que se lo hace brillar y convierte en señuelo en el límite exterior de todo discurso actual, como el secreto que es indispensable descubrir, como algo abusivamente reducido al mutismo y que es, a un tiempo, difícil y necesario, peligroso y valioso mentarlo? No hay que olvidar que la pastoral cristiana, al hacer del sexo, por excelencia, lo que debe ser confesado, lo presentó siempre como el enigma inquietante: no lo que se muestra con obstinación, sino lo que se esconde siempre, una presencia insidiosa a la cual puede uno permanecer sordo pues habla en voz baja y a menudo disfrazada.

El secreto del sexo no es sin duda la realidad fundamental respecto de la cual se sitúan todas las incitaciones a hablar del sexo -ya sea que intenten romper el secreto, ya que mantengan su vigencia de manera oscura en virtud del modo mismo como hablan. Se trata más bien de un tema que forma parte de la mecánica misma de las incitaciones: una manera de dar forma a la exigencia de hablar, una fábula indispensable para la economía indefinidamente proliferante del discurso sobre el sexo. Lo propio de las sociedades pioneras no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que ellas se hayan destinado a hablar del sexo siempre, haciéndolo valer, poniéndolo de relieve como el secreto.

Sexo y medicina en el siglo 19.

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD-- Michel Foucault.

Al más discreto acontecimiento en la conducta sexual -accidente o desviación, déficit o exceso- se lo supone capaz de acarrear las consecuencias más variadas a lo largo de toda la existencia; no hay enfermedad o trastorno físico al cual el siglo XIX no le haya imaginado por lo menos una parte de etiología sexual. De los malos hábitos de los niños a las tisis de los adultos, a las apoplejías de los viejos, a las enfermedades nerviosas y a las degeneraciones de la raza, la medicina de entonces tejió toda una red de causalidad sexual.


Puede parecernos fantástica. El principio del sexo como "causa de todo y de cualquier cosa" es el reverso teórico de una exigencia técnica: hacer funcionar en una práctica de tipo científico los procedimientos de una confesión que debía ser total, meticulosa y constante. Los peligros limitados que el sexo conlleva justifican el carácter exhaustivo de la inquisición a la cual es sometido. Por el principio de una latencia intrínseca de la sexualidad: si hay que arrancar la verdad del sexo con la técnica de la confesión, no sucede así simplemente porque sea difícil de decir o este bloqueada por las prohibiciones de la decencia, sino porque el funcionamiento del sexo es oscuro; porque esta en su naturaleza escapar siempre, porque su energía y sus mecanismos se escabullen; porque su poder causal es en parte clandestino.


Al integrarla a un proyecto de discurso científico, el siglo XIX desplazó a la confesión; ésta tiende a no versar ya sobre lo que el sujeto desearía esconder, sino sobre lo que esta escondido para el mismo y que no puede salir a la luz sino poco a poco y merced al trabajo de una confesión en la cual, cada uno por su lado, participan el interrogador y el interrogado.


El principio de una latencia esencial de la sexualidad permite articular en una práctica científica la obligación de una confesión difícil. Es preciso arrancarla, y por la fuerza, puesto que se esconde. Por el método de la interpretación: si hay que confesar, no es sólo porque el confesor tenga el poder de perdonar, consolar y dirigir, sino porque el trabajo de producir la verdad, si se quiere validarlo científicamente, debe pasar por esa relación. La verdad no reside en el sujeto solo que, confesando, la sacaría por entero a la luz. Se constituye por partida doble: éste le toca decir la verdad de esa verdad oscura: hay que acompañar la revelación de la confesión con el desciframiento de lo que dice. El que escucha no es sólo el dueño del perdón, el juez que condena o absuelve; es el dueño de la verdad.


Su función es hermenéutica. Respecto a la confesión, su poder no consiste sólo en exigirla, antes de que haya sido hecha, o en decidir, después de que ha sido proferida; consiste en constituir, a través de la confesión y descifrándola, un discurso verdadero. Al convertir la confesión no ya en una prueba sino en un signo, y la sexualidad en algo que debe interpretarse, el siglo XIX se dio la posibilidad de hacer funcionar los procedimientos de la confesión en la formación regular de un discurso científico.


Por la medicalización de los efectos de la confesión: la obtención de la confesión y sus efectos son otra vez cifrados en la forma de operaciones terapéuticas. Lo que significa en primer lugar que el dominio del sexo ya no es colocado sólo en el registro de la falta y el pecado, del exceso o de la transgresión, sino -lo que no es más que una transposición- bajo el régimen de lo normal y de lo patológico; por primera vez se define una morbilidad propia de lo sexual; aparece como un campo de alta fragilidad patológica: superficie de repercusión de las otras enfermedades, pero también foco de una nosografía propia, la del instinto, las inclinaciones, las imágenes, el placer, la conducta. Ello quiere decir que la confesión adquiere su sentido y su necesidad entre las intervenciones médicas: exigida por el médico, necesaria para el diagnostico y por sí misma eficaz para la curación. Lo verdadero sana, es curativo si lo dice a tiempo y a quien conviene aquel que, a un tiempo, es el poseedor y el responsable.

Stock de cuerpos para sexo.

Hay que hacer una crítica de la razón sexual o mejor una genealogía de la razón sexual como Níetzsche ha hecho una genealogía de la moral, pues es nuestra nueva moral. Se podría decir de la sexualidad como de la muerte: «Es un hábito al que no hace tanto tiempo hemos acostumbrado a la consciencia.»


Permanecemos íncomprensivos y vagamente compasivos ante esas culturas para las que el acto sexual no es una finalidad en sí, para las que la sexualidad no tiene esa seriedad mortal de una energía que hay que liberar, de una eyaculación forzada, de una producción a toda costa, de una contabilidad higiénica del cuerpo.



Culturas que preservan largos procesos de seducción y de sensualidad, en los que la sexualidad es un servicio entre otros, un largo proceso de dones y contra-dones, no siendo el acto amoroso sino el término eventual de esta reciprocidad acompasada por un ritual ineludible. Para nosotros eso ya no tiene sentido, para nosotros lo sexual se ha convertido estrictamente en la actualización de un deseo en un placer — lo demás es literatura. Extraordinaria cristalización de la función orgásmica y en general de la función energética.

 
Somos una cultura de la, eyaculación precoz. Cualquier seducción, cualquier forma de seducción, que es un proceso enormemente ríiualizado, se borra cada vez más tras el imperativo sexual naturalizado, tras la realización inmediata e imperativa de un deseo. Nuestro centro de gravedad se ha desplazado efectivamente hacia una economía libidinal que ya sólo deja sitio a una naturalización del deseo consagrado, bien a la pulsión, bien al funcionamiento maquínico, pero sobre todo a lo imaginario de la represión y de la liberación.

 
En lugar de una forma seductiva, de ahora en adelante se ínstaura el proceso de una forma productiva, de una «economía» del sexo: retrospectiva de una pulsión, alucinación de un stock de energía sexual, de un inconsciente donde se inscriben la represión y los pavores del deseo: todo esto, y lo psíquico en general, provienen de la forma sexual autonomizada — como en otros tiempos la naturaleza y lo económico fueron el precipitado de la forma autonomizada de la producción. Naturaleza y deseo, ambos idealizados, se suceden en los esquemas progresivos de liberación, la de las fuerzas productivas antiguamente, hoy la del cuerpo y el sexo.

Seducción. Palabra de mujer.

¿Palabra de mujer? Pero siempre palabra anatómica, siempre la del cuerpo. El carácter específico de lo femenino está en la difracción de las zonas erógenas, en una erogeneídad descentrada, polivalencia difusa del goce y transfiguración de todo el cuerpo por el deseo: fatal es el leitmotiv que recorre toda la revolución sexual y femenina, pero también toda nuestra cultura del cuerpo, de los Anagramas de Bellmer a las conexiones maquínicas de Deleuze.


Siempre se trata del cuerpo, si no anatómico, al menos orgánico y erógeno, del cuerpo funcional del que, incluso en su forma estallada y metafórica, el goce sería el fin y el deseo la manifestación natural. Una de dos: o el cuerpo en todo esto no es más que una metáfora (pero, ¿de qué habla entonces la revolución sexual, y toda nuestra cultura, convertida en la cultura del cuerpo?) o bien, con isla palabra del cuerpo, con esta palabra de mujer, hemos entrado definitivamente en un destino anatómico, en la anatomía como destino.


En ninguna parte se trata de la seducción, del trabajo del cuerpo a través del artificio, y no a través del deseo, del cuerpo seducido, del cuerpo seducible, del cuerpo apasionadamente apartado de su verdad, de esta verdad ética del deseo que nos obsesiona — la seducción es tan maléfica y artificiosa para la verdad seria, profundamente religiosa que el cuerpo encarna hoy, como antiguamente lo era para la religión— en ninguna parte se trata del cuerpo entregado a las apariencias.


Ahora bien, sólo la seducción se opone radicalmente a la anatomía como destino. Sólo la seducción quiebra la sexualización distintiva de los cuerpos y la economía fálica inevitable que resulta.


Cualquier movimiento que cree subvertir los sistemas por su infraestructura es ingenuo. La seducción es más inteligente, lo es de arma espontánea, con una evidencia fulgurante — no tiene que demostrarse, no tiene que fundarse — está inmediatamente ahí, en la inversión de toda pretendida profundidad de la realidad, de toda psicología, de toda anatomía, de toda verdad, de todo poder. Sabe, es su secreto, que no hay anatomía, que no hay psicología, que todos los signos son reversibles. Nada le pertenece, excepto las apariencias todos los poderes le escapan, pero hace reversibles todos los signos.


¿Quién puede oponerse a ella? Lo único que verdaderamente está en juego se encuentra ahí: en el dominio y la estrategia de las apariencias, contra el poder del ser y de la realidad. De nada sirve jugar el ser contra el ser, la verdad contra la verdad: esa es la trampa de una subversión de los fundamentos, mientras basta con una ligera manipulación de las apariencias.

Del amor celoso hacia amor amigo en Soren Kierkegaard

 Soren Kierkegaard. Diario de un seductor.

Cuando una muchacha no despierta en nosotros desde la primera mirada una impresión tan viva que cree una imagen ideal de sí misma, generalmente no es digna de que nos tomemos el trabajo de buscarla en la realidad. 
Pero si despierta en nosotros esa imagen, pese a nuestra experiencia, nos sentimos dominados y vencidos por una desconocida fuerza.


Ahora bien, yo aconsejo a quien no tiene segura ni la mano ni los ojos y, como consecuencia, la victoria, que intente sus maniobras amorosas en el primer estadio de la pasión, pues entonces, a la par que está dominado por fuerzas sobrenaturales, también las posee dentro de sí mismo y este dominio nace de una singular mezcla de simpatía y egoísmo.
Pero en tal estado, le faltará un goce: el goce de la situación, pues el mismo resulta sometido, se sumerge y se oculta en ella.


Obtener lo más hermoso es siempre difícil; lograr lo interesante, en cambio, es sencillo. Pero siempre es conveniente acercarse lo más posible; ése es el verdadero deleite y no llego a comprender que goce buscan los otros en su lugar. La simple posesión es algo vulgar y resultan mezquinos los recuerdos de que se sirven esos enamorados: no vacilan en emplear el dinero, el poder, la influencia ajena y aun los narcóticos. ¿Qué placer puede brindar a un amor si no contiene en sí mismo el abandono absoluto de una de las partes? 

Siempre es preciso el espíritu y el espíritu falta comúnmente a esa clase de enamorados.

Deseo, erotismo, fuerza

El deseo como algo innato, inmanente, ese deseo arrasa todo a su favor, muestra tu fuerza, tu animo, coge lo que quieres, convierte el momento en poesía, disfruta, haz disfrutar, guarda el instante...

¡Maldito azar! Jamas te maldije cuando te mostrabas, y ahora te maldigo porque no te muestras.¿O se trata de una nueva invención tuya, ser inconcebible, origen estéril de todo, único superviviente- de aquel tiempo en que la necesidad parió la libertad, y la libertad fue tan loca que volvió al seno materno? ¡Maldito azar! ¡Tu único cómplice, único ser al que siempre consideré digno de mi alianza y de mi hostilidad, siempre semejante a ti mismo en la desemejanza, siempre incomprensible, eternamente enigmático! Tú, al que amo con toda la pasión de mi alma y con cuya imagen me modelo a mí mismo,¿por qué no te muestras? Yo no te estoi mendigando, no te estoy suplicando humildemente que te muestres en alguna parte; una plegaria así seria una verdadera idolatría, y no te gusta. Yo te desafío a una pelea.¿Por qué no te muestras? ¿O es que se ha aplacado la inquietud del universo y se resolvió tu enigma, y tú también te has precipitado en el mar de la eternidad? ¡Terrible pensamiento! En tal caso el mundo se detendria por el aburrimiento. ¡Te espero, maldito azar! ¡No quiero vencerte con principios, ni con los tontos llamarían caracter, no yo quiero elevarte a poesía! No quiero ser poeta para otros. ¡Muéstrate y te poetizaré! Me alimento de la poesía, es mi única comida. ¿O no me consideras digno? Así como la bayadera danza en honor de un dios, yo me he consagrado a tu servicio; ligero, con poca ropa, ágil, desarmado, renuncio a todo. Nada poseo y nada deseo poseer. No amo nada y nada tengo que perder, pero no por esto me hice más digno de ti, de ti que desde hace mucho tiempo estás cansado de arrancar a los hombres lo que ellos aman, cansado de sus cobardes suspiros, de sus cobardes súplicas. Sorpréndeme, estoy preparado. Ninguna apuesta, pelearemos por honor. Muéstrame a ella, muéstrame una posibilidad que tenga todo la apariencia de una imposibilidad, muéstramela incluso entre las sombras del infierno e iré a buscarla. Deja que ella me odie, me desprecie, me muestre indiferencia, ame a otro. Yo no tengo miedo; pero mueve las aguas, rompe la calma. Dejarme morir de esta forma de inanición es algo miserable, no digno de tí,que imaginas ser más fuerte que yo.

Soren Kierkegard -Diario de un seductor


El hombre tiene que hablar, y por este motivo tiene que estar en posesión de alguna de esas facultades que constituyen la verdadera fascinación de Venus:conversación y adulación, es decir, el arte de insinuar.
De esto no se debe deducir que Eros sea mudo y que tenga que ser eróticamente errado conversar, sino que la conversación tiene que ser erótica, sin perderse en reflexiones ejemplares sobre los aspectos de la vida y cosas por el estilo, y que la conversación se considera como un descanso entre una acción erótica y otra, un pasatiempo y no de los mejores. Tal charla,tal confabulatio, tiene una naturaleza casi divina, y yo nunca me aburro conversando con una jovencita. Es decir, que puedo terminar aburriéndome de la jovencita, pero nunca de conversar con ella. Seria tan imposible como cansarme de respirar. Estas charlas tienen de particular que surge espontáneamente la conversación. El coloquio se mantiene muy pegado al suelo,no tiene un argumento,la casualidad es la ley de sus movimientos... pero son infinitas y muy afortunadas sus procreaciones.