Historia de un crimen en El Tunel, obra cumbre de Ernesto Sábato.


Tras la muerte de Ernesto Sábato y en señal de duelo, publicamos hoy un extracto de su Obra esencial, El Tunel. Novela poseedora e impregnada de los elementos básicos de su visión metafísica del existir.

Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán pregun­tarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me im­porta un bledo; hace rato que me importan un bledo la opi­nión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhom­bre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pér­fido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está des­provisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su for­ma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tro­pezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumen­tando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas?
La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnega­ción, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desespera­ba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan bue­na como puede llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al co­mienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que viajar dos días ente­ros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmu­ró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el va­nidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este se­creto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de so­berbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explica­ción a todos los actos de la vida?
Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ningu­na especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un cri­men hasta el final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escri­bir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha gen­te, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. aunque sea una sola persona.
"¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas perso­nas? Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constan­temente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más su­perficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, pre­cisamente, la persona que maté.

Lectura de El Tunel Por Ernesto Sábato


                                

Corto de animación en defensa de la filosofía.


Este vídeo es una animación en defensa de la filosofía.
El punto de controversia en la animación es específicamente el placer, la distintas formas de obtención de placer, enmarcadas en diferentes filosofías y culturas filosóficas son mostradas resumidas a lo largo del corto. Son pequeñas afirmaciones cambiantes que ejercen el poder en una teoría, por ejemplo, los cínicos afirman que cuando están entre locos se hacen los locos, en cambio, el platónico sostiene que si buscas bien encontrarás. En conjunto, el poder de afirmación filosófico es utilizado en este corto para ilustrar, o para poder diferenciar la fuerza de estas filosofías en perjuicio de la filosofía monetaria, la del dinero como fin, o amor al dinero.





El soberbio y el abyecto presentan un animo impotente.


PROPOSICIÓN LVI

La mayor soberbia y la mayor abyección revelan la mayor impotencia del ánimo.

Demostración: El primer fundamento de la virtud consiste en conservar el ser, y ello, conforme a la guía de la razón. Así, pues, quien se ignora a sí mismo, ignora el fundamento de todas las virtudes, y, consi­guientemente, las virtudes mismas. Además, actuar según la virtud no es otra cosa que actuar bajo la guía de la razón, y quien obra bajo la guía de la razón debe necesariamente saber que obra según esa guía. Así, pues, quien más se ignora a sí mismo y, por consiguiente, todas las virtudes, menos obra según la virtud, esto es, más impotente de ánimo resulta. Y así, la mayor soberbia y la mayor abyección revelan la mayor impotencia del ánimo. Q.E.D.

Corolario: De aquí se sigue muy claramente que los soberbios y los abyectos están sujetos a los afectos en el más alto grado.

Escolio: Sin embargo, la abyección puede ser corregida más fácilmente que la soberbia, dado que ésta es un afecto de alegría y aquélla un afecto de tristeza, y, por tanto, la soberbia es más fuerte.



Lecyura de Spinoza en Ética según orden geométrico.

¿Cuál es la religión de Miguel de Unamuno?



¿Cuál es la religión de este señor Unamuno?" Pregunta análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.

Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso - y cabe pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes análogos - propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica.

Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él.

En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.

Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al estornudo.

Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él por ser bueno. Proposición ésta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.

Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible - o Incognoscible, como escriben los pedantes - ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

"Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto", nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.

Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.


Lectura de Miguel de Unamuno en Mi religión.



                  

Heine Heinrich en prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha

Retrato de Miguel de Cervantes fusionando lo ideal y lo cotidiano en su obra literaria

 He dicho que Cervantes no pasó de ser un simple soldado, pero como hasta en esa posición subordinada llegó a distinguirse y su gran jefe, don Juan de Austria, hubo de fijarse en él, recibió, cuando se disponía a regresar a España desde Italia, certificados de alabanza dirigidos al rey en los se le recomendaba muy expresamente su ascenso. Y cuando los corsarios argelinos, que lo apresaron en el mar Mediterráneo, vieron la carta, lo tuvieron por una persona de gran alcurnia y exigieron por lo un elevado rescate, lo que impidió a su familia, pese a sacrificios y esfuerzos, comprar su libertad, quedando así el pobre poeta tanto más tiempo y con tan más grande martirio en el cautiverio. Y de este modo, hasta el reconocimiento de su superioridad se convirtió para él en fuente de infelicidad, por lo que hasta el final de sus días, la diosa Fortuna, esa mujer cruel, se burló de él, ya que no podía perdonarle al genio el haber alcanzado sin su protección honor y gloria.

Pero la infelicidad del genio, ¿es siempre solamente la obra de la casualidad ciega o surge necesariamente de su propia naturaleza interna y del contexto que lo rodea? ¿Entra en lucha su alma con la realidad o es la cruda realidad la que emprende un desigual combate con su alma hidalga?

La sociedad es una república. Cuando el individuo aislado trata de elevarse por encima de ella, la mayoría lo rechaza mediante el ridículo y la difamación. A nadie le es permitido ser más virtuoso y más inteligente que los demás. Pero quien destaca, por el poder invencible de su genio, por sobre la medida trivial de la comunidad, ha de sufrir el ostracismo por parte de la comunidad, la que le persigue con el escarnio inclemente y la difamación, obligándole a retirarse a la soledad de sus pensamientos.
Y es que la sociedad es republicana por su esencia. Toda grandeza le es odiosa, tanto la espiritual como la material. Esta última se apoya, por lo común, sobre la primera más de lo que se sospecha comúnmente. A esta opinión tuvimos que llegar poco después de la revolución de julio, cuando el espíritu del republicanismo se manifestó en todas las relaciones sociales. Los laureles de un gran poeta les resultaban tan odiosos a nuestros republicanos como la púrpura de un gran rey. Quisieron acabar también con las diferencias intelectuales entre los hombres, considerando propiedad común burguesa todos los pensamientos que surgían del territorio estatal, por lo que no les quedó más remedio que decretar la igualdad en el estilo. Y de hecho, un estilo pulido fue condenado como algo aristocrático, y muchas veces tuvimos que oír la afirmación de que un demócrata auténtico ha de escribir como el pueblo: llanamente y perfectamente mal. La mayoría de las personas lograron esto con gran facilidad, pero no a cada quien le es dado el escribir mal, sobre todo cuando uno se ha acostumbrado a la pureza del estilo, y esto conducía inmediatamente a la sentencia: Ese es un aristócrata, un amante de las formas, un amigo de las artes, un enemigo del pueblo.» Con certeza que eran honrados en su opinión, al igual que san Jerónimo, quien consideraba pecado el tener un buen estilo, disciplinándose a conciencia por ello.

Al igual que no encontramos alusiones anticatólicas en el Quijote, tampoco las hay antiabsolutistas. Algunos críticos, que pretenden intuir cosas por el estilo, se hallan equivocados. Cervantes fue hijo de la escuela que hasta idealizaba poéticamente la obediencia incondicional al soberano. Y este soberano fue rey de España en una época en la que Su Majestad brillaba en el mundo entero. El simple soldado se sentía envuelto en los rayos luminosos de aquella majestad y sacrificaba gustosamente su libertad individual por la satisfacción del orgullo nacional castellano.

La grandeza política de España en aquel tiempo no pudo menos que contribuir a elevar y a ampliar el sentir de un escritor. También en el espíritu de un poeta español no se ponía el sol, al igual que en el imperio de Carlos V. Los combates sangrientos contra los moriscos habían terminado, y al igual que después de una tormenta suelen esparcir las flores sus más embriagadores perfumes, así florece siempre la poesía, en su expresión más excelsa, tras una guerra civil. Podemos apreciar el mismo fenómeno en la Inglaterra de la reina Isabel II, y al mismo tiempo que en España, surgía allí un movimiento poético que nos lleva a comparaciones asombrosas. Allí vemos a Shakespeare, y aquí a Cervantes, en lo más glorioso de ese movimiento.

Al igual que los poetas españoles bajo los Austria, tienen también los ingleses bajo Isabel II un cierto aire familiar, y ni Shakespeare ni Cervantes pueden pretender originalidad, tal como hoy la concebimos. No se diferencian en modo alguno de sus contemporáneos por sentimientos y pensamientos especiales, ni por una peculiar fuerza de expresión, sino solamente por su mayor profundidad, por sus cualidades de sensibilidad, ternura y fuerza más desarrolladas. Sus escritos se adentran más en el éter de la poesía.
Pero ambos poetas no eran sólo lo más florido de su tiempo, eran también las raíces del futuro. Y así como hemos de ver en Shakespeare el fundador del posterior arte dramático, mediante la influencia de sus obras, en Alemania y la Francia actual, por ejemplo, así hemos de venerar en Cervantes al fundador de la novela moderna. Y al particular me permito algunas observaciones ligeras.


La novela antigua, la llamada novela de caballerías, surge de la poesía medieval; fue al principio un arreglo en prosa de aquellos poemas épicos cuyos héroes encontramos en los círculos legendarios de Carlomagno y del santo Grial; el argumento estaba siempre basado en aventuras caballerescas. Era la novela de la nobleza, y los personajes que en ella aparecían eran o bien productos fantásticos de la fantasía o caballeros de lanza y espada; por ninguna parte encontramos rastro alguno del pueblo. Cervantes, con su Quijote, derrocó esas novelas de caballería. Pero al escribir una sátira, que acababa con las viejas novelas, nos ofrecía el paradigma de un nuevo arte poético, que llamamos novela moderna. Es así como actúan siempre los grandes poetas; al destruir lo viejo, fundan al mismo tiempo algo nuevo. No niegan nunca sin afirmar algo. Cervantes funda la novela moderna al introducir en la novela de caballerías la descripción fiel de las clases bajas, al mezclar en ella la vida del pueblo. La tendencia a describir la conducta del populacho más bajo y de la hez más despreciable de la sociedad no sólo se encuentra en Cervantes, sino en todos sus literatos contemporáneos; y al igual que entre los poetas, la observamos también entre los pintores de la España de entonces; un Murillo, que le quita al cielo sus colores más sagrados, para pintar a sus hermosas madonas, nos muestra también con el mismo amor los más sucios fenómenos de esta tierra.


Fue quizás la admiración del arte por el arte lo que hizo que ese español ilustre sintiese a veces por la imagen fiel de un niño pordiosero que se quita los piojos el mismo placer que por la reproducción de una virgen excelsa. O fue quizás el acicate del contraste lo que movió a los más altos nobles, a un cortesano refinado como Quevedo o a un ministro poderoso como Mendoza, a escribir sus novelas de pícaros y pordioseros; pretendían quizás salirse de la monotonía del medio en que vivía su clase, valiéndose de la fantasía para trasladarse a esferas de vida totalmente opuestas; necesidad esta que podemos apreciar en más de un escritor alemán, que llena sus novelas con descripciones del alto mundo que sólo coge por héroes a condes y barones. En Cervantes no encontramos todavía esa orientación parcial de describir lo innoble de manera aislada; él mezcla únicamente lo ideal con lo común, lo uno está al servicio del ensombrecimiento o de la iluminación de lo otro, el elemento noble es ahí tan poderoso como el popular. Ese elemento noble, caballeresco y aristocrático desaparece totalmente, sin embargo, en las novelas de los autores ingleses, los primeros en imitar a Cervantes y los que lo han tenido siempre como ejemplo hasta el día de hoy.


Lectura del prólogo de Heine Heinrich en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha.


El estilo de Nietzsche y Spinoza en filosofía.

En esta entrada intentaremos incluirnos en el estilo de hacer filosofía de Nietzsche y Spinoza,‭ ‬aquí recorreremos diferencias en la inserción de los personajes en el momento de crear su individualidad, cada personaje de un libro de filosofía, es un concepto, estos son los que utiliza el filósofo como actores principales.

Y como es tan importante conocer a los filósofos por sus creaciones,‭ ‬por su estilo y forma de conmover – que es el cómo se hacen importantes, miraremos el estilo en sus obras como si ellos hicieran como aquellos que se llaman directores y novelistas. Si el que fue llamado director teatral por su representación, y su control en la puesta en escena le dio la fama, que llego a representar teatro para grandes reyes y en lujosos palacios, hay quien -como Spinoza- compuso su obra en forma teatral, y él en su Ética representó igual que un gran director sus conceptos en proposiciones, como si de escenas separadas en la obra se tratase. Y dotó de un carácter concreto a cada afecto en la obra retratado -como hacían en las obras clásicas, como aquel tal Homero, y concretando de una forma muy liviana encontró nítidas las individualidades, pudiendo entonces mostrarlas simples, frescas con toda su naturalidad, como conjunto incluia los conceptos en proposiciones, como si de escenas separadas en la obra se tratase. Y es que Spinoza no necesito hablar de magia ni esoterismo para mostrar lo inimaginable, su lenguaje era el del pueblo, por eso algunos le llamaron el príncipe de los filósofos.


Spinoza en filosofía hacía teatro, los conceptos que utilizó, a los que llamó afectos aparecían en los diferentes actos desplegando de uno a uno características propias‬

Y en Nietzsche, ¿Cual era el estilo de este otro?, este que se deshizo de toda ceremonia y cualquier acto organizativo, él empujo al concepto al movimiento, para que pariese de sí algo propio y vivo, en sus escritos hacia valer un estilo trascendente que acompañaba la lectura hacia una acción sangrienta, la sangre en Nietzsche tiene que ver con su águila y serpiente, estos son sus ojos y vísceras en la acción, con sangre decía este que escribía y sin ella nada tendría valor. Y esto solo por el hecho de parir de un concepto muerto otro vivo, y sacar de una tristeza una alegría, aquí hace falta sangre. Él que diferenciose de Spinoza en el modo de lucha, en la forma de hacer filosofía que decidió Nietzsche romper y transformar los ídolos p‭o‬pulares -que como conceptos muertos vivían y no habitaban, en dioses sin nombre y arraigados al cuerpo, al cuerpo de cada cual, para que cada uno se gobernase.


En Nietzsche la filosofía se despliega como en una película de acción, al más puro estilo de Silvester Stalone, sus conceptos eran valientes héroes incomprendidos y alegres saltarines.






                                     

El soberbio se ignora a sí mismo.

PROPOSICIÓN LV

La mayor soberbia, y la mayor abyección, son la mayor ignorancia de sí mismo.

Demostración: Esta Proposición es evidente por las Definiciones de los afectos de soberbia y abyección .

Lectura de Spinoza en Ética demostrada en orden geométrico.





                                   

                             

Video documental más aforismos de Nietzsche en Así habló zaratustra

     
Video documental sobre Así habló Zaratustra.





Estas son las frases correspondientes a las imagenes:

¡Ningún pastor y un solo rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio

*Invitáis a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo habéis seducido a pensar bien de vosotros, también vosotros mismos pensáis bien de vosotros

*Semejantes a quienes se paran en la calle y miran boquiabiertos a la gente que pasa: así aguardan también ellos y miran boquiabiertos a los pensamientos que otros han pensado

*Y también hay quienes se sientan en su pantano y hablan así desde el cañaveral: «Virtud - es sentarse en silencio en el pantano

*Ahi estan los tisicos del alma; apenas han nacido y ya empiezan a morir y anhelan doctrinas de fatiga y de renuncia

*O, extienden la mano hacia las confituras y, al hacerlo, se burlan de su niñería: penden de esa caña de paja que es su vida y se burlan de seguir todavía pendientes de una caña depaja.

*¡Vedlos trepar, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad

*Sus rodillas adoran siempre, y sus manos son alabanzas de la virtud, pero su corazón nada sabe de ello

*De momias se enamoran unos, otros, de fantasmas; y ambos son igualmente enemigos de toda carne y de toda sangre - ¡oh, cómo repugnan ambos a mi gusto! Pues yo amo la sangre

*Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer - ¡que la felicidad se sienta en el trono! Con frecuencia es el barro el que se sienta en el trono - y también a menudo el trono se sienta en el barro

*Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas

*Si alguna vez jugué a los dados con los dioses sobre la divina mesa de la tierra, de tal manera que la tierra tembló y se resquebrajó y arrojó resoplando ríos de fuego...

*Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros tenéis todavía caos dentro de vosotros

*El amarillo intenso y el rojo ardiente: eso es lo que mi gusto quiere, - él mezcla sangre con todos los colores. Mas quien blanquea su casa me delata un alma blanqueada

*Redondos, justos y bondadosos son unos con otros, así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de arena con los granitos de arena

*Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado,al lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, al lugar donde el lento suicidio de todos - se llama «la vida»

*Y la ceguera del ciego y su buscar y tantear deben seguir dando testimonio del poder del sol al que miró - ¿sabíais ya esto?

*¡Ved, pues, a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

*No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampoco la felicidad que hay en el terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos

*O se sientan durante el día, con cañas de pescar, junto a ciénagas, y con ello se creen profundos; ¡mas a quien pesca allí donde no hay peces, yo ni siquiera lo llamo superficial!

*De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.