1 de junio de 2017



El pensamiento de Marx como religión.

Artículo enviado para su publicación por el Autor

De las malas lecturas y otras intoxicaciones por @jrherreraucv

Desde siempre, la lectura de los llamados “clásicos” del marxismo –especialmente en el seno de las organizaciones políticas que suelen autodefinirse como socialistas o comunistas– tuvo una característica esencial: el dogma. Desde que su entrañable amigo de toda la vida, Federico Engels, con mucha buena fe, se encargara de poner (setz) sobre la obra de Marx nombres y etiquetas, incluyendo “post-it” de todos los tamaños y colores, hasta formar una suerte de index enciclopédico de “cómo ha de leerse”, sus discípulos hallaron un terreno fértil para considerarla, en unos casos, como “la nueva concepción del mundo y de la historia” en clave materialista (es decir, empirista) o, en otros, como una nueva teoría económica, “científica” y “exacta”, de la que se deriva un “método universal” de conocimiento de la naturaleza y de la historia. Del primer registro de lectura surge el materialismo dialéctico y del segundo el materialismo histórico. En una expresión, dos adefesios. Entendimiento reflexivo mediante, tanto en el uno como en el otro privó la fe por encima de la verdad, porque “lo que no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el claustro de María”. Ese fue el contexto hermenéutico general que un habilidoso político ruso llamado Vladimir Ilich Ulianov encontró para poder apropiarse de la franquicia, al punto de convertirse en el apóstol de las sagradas tablas de “la nueva verdad” revelada: ¡Aleluya!

Lecturas intoxicadas

Todo conocimiento reflexivo –todo extrañamiento de la forma y del contenido– termina en religión, afirma Hegel. Max Weber lo confirmará más adelante, en aquel extraordinario ensayo sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo. El haber adulterado la Kritik –núcleo fundamental de la filosofía de Marx– para hacerla “potable” y “digerible”; el haber, como dice Sartre, vulgarizado un pensamiento, con el objetivo de embaucar a los “trabajadores de todos los países del mundo”, como exhorta el Manifiesto, trajo, sin duda, terribles consecuencias: bajo la versión de la sotana bolchevique o de las togas de seda china, Marx aparece como el profeta iniciador de una novísima religión, como el iluminado fanático que inspiró las muertes de centenares de miles de rusos y chinos. Nada menos que “el padre espiritual” de la revolución de octubre o de la revolución “cultural” –da lo mismo–, de sus asesinatos, sus persecuciones, su terror desde un Estado autocrático y totalitario. Ese Marx desdibujado, orientalizado, secuestrado por la ambición de los ignorantes, fue el que recibieron con fascinación los hermanos Castro. Ese fue el “Marx” que aprendieron en cartillas y manuales de tercera los resentidos sociales que hoy se aferran al poder en un país que –¡oh, milagro!– saquearon hasta la depauperación, la mengua y la miseria como nunca antes en su historia. Pésimos lectores, intoxicados por breviarios y resúmenes, poseídos además por un arraigado sentimiento de retaliación, por una inagotable sed de odio y venganza, insisten en “aplicar” modelos que carecen de toda consistencia empírica y, sobre todo, histórica. Se creen poseedores de un “método infalible” –la “dialéctica materialista”– que ni es un método ni, mucho menos, es dialéctico. Da lo mismo el nombre del catecismo: “el libro rojo”, “el libro verde”, “la idea zuche”, “el plan de la patria”. El resultado siempre es el fracaso. Todo lo que tocan lo arruinan, y últimamente lo manchan de sangre.

Es verdad que Popper, férvido intérprete de líneas gruesas y planas, con el mayor desparpajo, alinea a Platón, Hegel y Marx como los promotores principales de las ideas totalitarias y los autoritarismos. Pero conviene enfatizar en el hecho de que Stalin, Mao, Gadafi, Hussein, Kim Il-sung, los Castro o el galáctico del llano no solo no representan el pensamiento de Marx sino que son su negación radical. Apropiarse de un pensamiento, adulterarlo, momificarlo, para terminar fundando sobre su osamenta un cartel no era, precisamente, el plan desarrollado por la Kritik. Marx no es, por cierto, la excepción. Algo similar ha sucedido con Nietzsche, con Freud y hasta con Einstein. Tristísimo escenario el contemplar lo mejor del pensamiento alemán al servicio de los fanatismos, el aplastamiento de las libertades y el malandraje criminal. Bastarán dos ejemplos, a objeto de precisar las distancias que generan semejante confusión. La figura del dictador es de origen romano. Y, en efecto, fue Tito Larcio quien por primera vez propuso a la República la designación de un gobierno extraordinario y de breve lapso que confería a una persona la autoridad suprema en momentos de crisis. Nombrado por cónsules mediante aprobación consensuada del Senado, una vez culminada la crisis en cuestión, el dictador daba por terminadas sus funciones y el poder retornaba a las manos de la República. Es lo que hoy se podría denominar un “gobierno de transición”. Cuando Marx propuso para los tiempos de crisis orgánica una dictadura en manos de las fuerzas productivas de la sociedad civil se refería justamente a esto. Su modelo no era ni Pinochet ni Kim Jong-un ni, mucho menos, Maduro. Pensaba en la construcción de una sociedad libre, de un Estado ético, como lo define Gramsci, en el que imperara la formación cultural, la educación y el consenso, muy por encima de los autoritarismos imperialistas de origen asiático. Que se tratara de una utopía es, tal vez, discutible. Pero aproximar su pensamiento con el de los Mycena sanguinolenta, sedientos de “honores, riquezas y sensualidad”, tal como define Spinoza lo “vano y fútil”, es una ofensa a la historia de la inteligencia.

Cuando el presidente Lincoln anunció la derrota de las fuerzas confederadas del sur, Karl Marx, articulista para entonces del New Yorker, le escribió una carta, manifestándole su sentida y sincera satisfacción por la derrota del esclavismo y el atraso cultural de una manera de ser y producir incompatible con los tiempos modernos. Hora del avance tecnológico, de la diversificación de la producción y del mercado. Una cosa es la creación de riqueza con la debida justicia social y otra muy distinta la siembra de plantitas de acetaminofén o la creación de cooperativas que rayan en el siglo XIX para tapar el sol con un dedo, o el fracaso rotundo de un “modelo” de producir incapaz de producir. Más respeto con el pensamiento. Tener derecho a decir que no es, además, una responsabilidad. Como las bombas que lanzan una y otra vez, no sin saña y crueldad, así es la forma mentis –si acaso la poseen– de ciertos tanatoprácticos o grises forenses de las ideas.

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