El objeto deseo no está en el consumo, sino en el ritual. El ritual es aquella parte que se puede sostenerse sin destruirse por completo. Que puede dar vueltas alrededor del Goce, es lo más aproximado a lo que todo sujeto sano puede vivir. Como una polilla, mantenerse cerca del Goce, verlo arder, sentir el aroma, pero jamás tragárselo; es la representación calcada del paraíso, porque toda forma de infierno comienza con el conocimiento, con el aumento del lenguaje, pero también, con el descubrimiento de cómo este lenguaje puede no realizarse. Hablar demasiado del sujeto sin el sujeto, hablar demasiado del deseo sin el deseo es el ritual. Todo Chaman, todo analista sabe que debe desaparecer como persona para que el analizado pueda proyectarse, para que el ritual pueda llevarse a cabo; el problema del analista es desaparecer tanto que ya no haya nadie para volver, porque el yo puede diluirse en tan alto grado, que ya no existan ladrillos que indiquen las coordenadas que diferencien el yo del vacío para regresar; esa nada que éramos, somos y seremos cuando nadie nos mira. Es lo que Carl Jung llamó transferencia pero llevado a sus extremos, en este caso, el ritual y el análisis, es un caldo en el que se transfieren los significantes y el vacío de dos seres totalmente diferentes, y en los que ambos corren el peligro de no volver, de no "saber" regresar. Por ello en el ritual, el analizado debe ser mirado como nadie le ha mirado, para que de alguna manera, por sí mismo, pueda mirarse. Entendiendo que una mirada nueva es siempre una no mirada para quien ya fue castrado por lo simbólico.
El deseo es una resta, esto es, es lo que queda cuando la necesidad se encuentra con la demanda, por ello el ritual es satisfactorio seamos espectadores mudos o participantes, dado que es una danza alrededor de los peligros del Goce. Porque en el ritual y en la vida psíquica, lo que sentimos no es hambre de alimento, sino hambre de ser el alimento para el deseo del Otro. Un circuito que nunca se cierra: deseo lo que el Otro desea, pero lo que el Otro desea es mi deseo, que es deseo de su deseo. Y lo peor, no tenemos un camino entre las cosas, porque el universo entero es un nudo. No podemos separar o diseccionar el mundo de lo simbólico, lo imaginario o lo real. Lo único que el sujeto puede hacer es usar estas identificaciones para insertarse en el teatro del Otro, este otro tiene mil aspectos porque el lenguaje en relación eterna con el yo apenas les contienen.
La escena fundacional es la Del Estadio Del Espejo, es el momento en que el infans, fragmentado, descoordinado, ve su imagen reflejada en el espejo, unificada, y esa ficción de totalidad lo seduce para siempre. Ahí nace el Yo como alienación primordial. El Yo es ese otro allí en el espejo, más coherente, más entero, que lo que el siente ser. Identificación jubilosa y trágica. De ahí en adelante toda su vida irá tras esa imagen ideal, esa Gestalt perfecta que nunca coincidirá con su experiencia vivida de deseo, de falta, de cuerpo en pedazos. El estadio del espejo no termina nunca. Seguimos identificándonos con imágenes prestadas: nuestro éxito, nuestra mascara social, nuestro "quién creemos ser". Y esa identificación es la fuente de toda rivalidad imaginaria, de todo amor al prójimo como a uno mismo. Es la primera mentira necesaria. La que nos permite funcionar al precio de condenarnos a perseguir un fantasma de unidad que siempre estará un paso delante de nosotros en el espejo.
La alienación no es una patología, es la condición de entrada al mundo humano. Sin esa identificación primera con la imagen del otro (su reflejo), nunca se accedería al orden simbólico, se quedaría en lo real del cuerpo en pedazos, en el grito sin dirección, como cuando gritamos por primera vez. Cada uno paga con su ser y recibe a cambio un lugar en el discurso del Otro. Lo trágico no es la alienación inicial. Lo trágico es creer que podemos, algún día, recuperar lo que perdimos. Porque no perdimos nada que tuviéramos. Perdimos la posibilidad de no estar alienados. Y esa posibilidad era ya imposible desde el momento en que hubo un Otro que nos esperaba con un nombre, un género y un deseo.
Existe el ritual porque la relación cotidiana ya es un problema. Creemos que hay dos términos que podrían complementarse. Pero cada uno está habitado por una lógica diferente del Goce, ambos tan divididos y atrapados en su fantasma particular que es imposible que encuentren en el otro el objeto que complete su falta. Solamente en la sociedad la armonía de máscaras se da, y no la del Goce, por eso el ritual. Porque la única constatación posible, es reconocer el abismo entre dos goces y construir un puente frágil sobre él, sabiendo que el puente nunca será territorio, sólo será un cruce provisional entre dos extranjeros; lo que no nos permitió caer en el abismo de lo real sin nombre. Conocer cómo el individuo fue engañado no es un saber para desenmascarar una verdad ultima, es más bien un conocimiento para ganar libertad dentro del engaño, para poder elegir, con algo más de gracia, la próxima máscara, la próxima mentira vital. El piso no es falso, es el único piso que hay: El Lenguaje. Un mar de significantes sobre el que construimos balsas temporales llamadas "Yo", "Identidad", "verdad". La balsa no es tierra firme, pero evita que nos ahoguemos.
Es un equívoco buscar lo originario. Es otro nombre para el hoyo de lo real. En vez, mírese en el acto de nombrar su hambre. Ahí, en ese gesto, está todo lo que puede ser: un animal que habla. Un vacío que desea. Una ficción que, al saberlo, se vuelve casi autentica. Con autenticidad no me refiero al término que utilizó Heidegger, dado que él, al poner a la muerte como lo más propio, pensó que podía devolvernos la autenticidad, nuestra singularidad. Coincido con que pueda devolvernos a nuestra singularidad la idea de la muerte como la única posibilidad intransferible, pero jamás podrá traernos de nuevo la autenticidad... porque la muerte de la que habla, que es propia y anticipada, ya es un concepto, un significante más. Lo único autentico de la muerte, es que nos confronta con lo imposible de simbolizar, pero en el momento en que la pensamos, la hemos traicionado; la hemos hecho parte del discurso del Otro. "Mi muerte", es una ficción tan necesaria y tan falsa como "mi vida". Asumir la muerte es asumir lo que sí es correcto: la castración simbólica, y que alguna vez dejaremos de ser castrados; saber que somos hablados, deseados, y que nuestra muerte también será un significante en el discurso de los que quedan. Esa asunción, no de la muerte biológica, sino del limite radical del sinsentido, es lo más cerca que podemos estar de "lo propio". Y ni siquiera es nuestro.








