31 de agosto de 2016



La sabiduría para Agustín de Hipona

Publicado por: Esteban Higueras Galán / @HGEsteban
Agustín de Hipona sabiduría.

San Agustín afirma la voluntad cristiana de Dios. 

Siempre que se trata a un autor lejano, y de un nombre cargado de importancia como este gran santo de los cristianos, se tiende a ver al personaje como algo definido de antemano, Agustín de Hipona es el gran católico que asigna voluntad a Dios, es el mayor filósofo cristiano de la baja edad media y el que mayor repercusión a tenido en la historia del cristianismo, se sigue de él una línea voluntariosa que seguirán Juan Escoto y Duns Escoto y que será contraria a Santo Tomás, Maimónedes y Averroes. Pero hay que centrarse en la necesidad del pensador y en su historia contemporánea, primero es un autor que se centra en la realidad cotidiana de los indivíduos, en un tiempo en el que la razón del hombre no podía afirmarse ni falsarse, menos para el hombre común, los saberes del hombre dependían de su propia invención, invención tan voluble en el flujo de los sentidos humanos que afirmarse en sus sentidos - junto a todas las alucinaciones e imaginaciones posibles - no era más que afirmar lo imposible de verificar, pero, lo que si puede afirmar el hombre en esta época, es su capacidad de búsqueda, siendo esta superior a la capacidad de los sentidos, es decir, es "lógico" aceptar que el milagro - como intelecto divino - es más sabio que la razón del hombre - pues pertenece a sus sentidos finitos.


Escritos filosóficos Agustín de Hipona, Capítulo 5, ¿Qué es la sabiduría? y Capítulo 6, Nueva definición de sabiduría



—¿Me concedes, dijo Trigecio, que la sabiduría es el camino recto de la vida?

—Concedido, dijo Licencio; con todo, quiero que me definas qué es la sabiduría, para ver si tú la concibes lo mismo que yo.

—¿Y no te parece que está bien definida en la pregunta que te acabo de hacer? Además, me has concedido ya lo que quería, pues, si no me engaño, con verdad se llama la sabiduría el camino recto de la vida.

—Nada me parece tan ridículo como esa definición, dijo entonces Licencio.

—Tal vez, replicó el otro; pero vamos despacio, para que la reflexión se anticipe a tu risa, pues no hay cosa tan humillante como la risa, digna de irrisión.

—Y ¿qué?, replicó él. ¿No confiesas que la muerte es contraria a la vida?

—Sí.

—Pues para mí no hay otro camino de la vida que el que recorre cada uno para evitar la muerte. Dio su aprobación Trigecio.

—Luego si un caminante, evitando un atajo, por haber oído que se halla infestado de ladrones, sigue el camino derecho, así evita la muerte, ¿no siguió el camino de la vida, y por cierto el camino recto, y nadie llama a esto sabiduría? ¿Cómo, pues, la sabiduría es el camino recto de la vida? Te concedí que la sabiduría era eso, pero no ella sola. Pues la definición no debe entrañar ningún elemento ajeno a lo definido. Defíneme, pues, otra vez, si te place, qué es la sabiduría.

Trigecio calló un largo rato, y al cabo dijo:

—Voy a darte, pues, otra definición, si tú te has propuesto no terminar con esto. La sabiduría es el camino recto que guía a la verdad.

—También eso se refuta fácilmente, pues cuando, en Virgilio, la madre dijo a Eneas: Vete, pues, ahora y dirige los pasos por donde te guía el camino, siguiendo el camino indicado llegó al término, es decir, a la verdad. Empéñate en sostener, si te place, que el lugar donde él puso los pies para caminar puede llamarse sabiduría; aunque inútilmente me empeño en rebatir tu definición, pues nada favorece a mi causa. Porque llamaste sabiduría no a la misma verdad, sino al camino que guía a ella. Luego quien usa de este camino, usa de la sabiduría misma; y quien usa de la sabiduría, forzosamente será sabio; luego será sabio el que busca bien la verdad, aun sin lograrla. Pues, según mi opinión, la mejor definición del camino que
lleva a la verdad es la diligente investigación de la misma. El que tome este camino, será ya sabio; pero ningún sabio es desdichado, y, por otra parte, todo hombre o es feliz o desgraciado; luego, el hombre feliz lo será no sólo por la invención de la verdad, sino también por su búsqueda.

Sonriendo, dijo entonces Trigecio:

—Justamente me sucede esto por haber hecho confiadamente concesiones temerarias al adversario en cosas accesorias, como si yo fuera un maestro para definir o en la discusión tuviera alguna cosa por más inútil. Pero ¿adonde iremos a parar si yo quiero que otra vez definas tú algo, y luego, fingiendo no haberla entendido, vuelvo a pedirte la definición de todas las palabras, y así sucesivamente de las que se siguieren? ¿Pues acaso no podré exigir que se definan los términos más claros, si se me pide la definición de la sabiduría? En efecto, ¿hay cosa de que la naturaleza haya querido imprimir una noción más clara que de la sabiduría? Pero no sé cómo, cuando esa noción ha abandonado el puerto, digámoslo así, de nuestra mente, y extiende el velamen de algunas palabras, luego al punto mil embarazos amenazan su naufragio. Por lo cual, o no se me exija la definición de la sabiduría o nuestro juez dígnese aquí ejercitar su obra de patrocinio.
Ya la obscuridad de la noche nos impedía escribir, y viendo yo surgir de nuevo una grande cuestión, muy digna de discutirse, la dejé para otro día, pues habíamos comenzado a
disputar cuando el sol bajaba a su ocaso, después de haber
empleado casi todo el día en la ordenación de los trabajos
agrícolas y el repaso del primer volumen de Virgilio.

Cuando clareó el día —y la víspera habíamos dispuesto las cosas de modo que nos quedase mucho tiempo, luego al punto enhebramos el hilo de la discusión empeñada. Entonces comencé yo:

—Pediste ayer, Trigecio, que, desempeñando mi oficio de arbitro, descendiese a la defensa de la sabiduría; como si en vuestro discurso ella tuviese algún adversario que temer, o que, defendiéndola alguien, se viese en aprieto tal, como para pedir un socorro mayor. Pues la única cuestión que entre vosotros ha surgido ahora es la de la definición de la sabiduría, y en ella, ninguno la impugna, sino ambos la deseáis. Ni tú, por creer que te ha fallado la definición de la sabiduría, debes abandonar la defensa del resto de la causa. Así, pues, yo te daré la definición de la sabiduría, que no es mía ni nueva, sino de los antiguos hombres, y me extraño de que no la recordéis. Pues no es la primera vez que oís que sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.

A estas palabras, tomó al punto la suya Licencio, el cual creía yo que, oída la anterior definición, había de buscar largo tiempo la respuesta:

—¿Por qué entonces no llamamos sabio a aquel perverso, a quien conocemos bien nosotros por su vida tan disoluta? Me refiero a Albicerio, que durante muchos años, en Cartago, a los que iban a consultarle, respondió cosas maravillosas y ciertas. Incontables casos podría referir, si no hablase a quienes están informados; por ahora me basta con leves indicaciones para nuestro propósito. ¿No es verdad—y me lo decía a mí— que, habiéndose perdido en casa una cuchara, y siendo él consultado por tu mandato, con admirable prontitud y verdad respondió no sólo lo que se buscaba, sino el nombre del dueño y el lugar donde se halló oculta? También estando yo presente, y dejando a un lado que en lo que se preguntaba no padeció absolutamente ningún engaño, un niño llevaba unas monedas, parte de las cuales había robado, cuando íbamos nosotros a él, y mandó que se le contasen todas, y le obligó en mi presencia a devolver las que hurtó, antes de haber visto él la suma, o de haberse informado de nosotros cuánto le fué llevado. ¿No te hemos oído también a ti hablar de la acostumbrada admiración del doctísimo y nobilísimo varón Flaciano, el cual, estando en tratos de compra de una finca, llevó el asunto a aquel adivino, para que le dijera qué había hecho, si le era posible? Y entonces él no sólo manifestó la naturaleza del negocio, sino también—y esto lo contaba con grandes gestos de admiración—el nombre de la finca, siendo tan enrevesado, que apenas ni el mismo Flaciano se acordaba Ni puedo repetir sin estupor la respuesta que dio a un amigo nuestro, discípulo tuyo, cuando, por chancearse, le preguntó audazmente qué revolvía en su interior entonces y le contestó que estaba pensando en un verso de Virgilio. Y como é!, lleno de asombro, no pudiese negarlo, le preguntó qué verso era. Y Albicerio, que apenas había visto más que de paso alguna vez la escuela de gramática, sin ninguna hesitación, seguro y gárrulo le cantó el verso. ¿No eran, pues, cosas humanas las que se le preguntaban, o, sin una ciencia de cosas divinas, pudo responder con tanta verdad y certeza a los consultantes? Pero ambas cosas son absurdas. Porque cosas humanas son las de los hombres, como la plata, las monedas, las fincas y, por fin, el mismo pensamiento; y cosas divinas, ¿cuáles han de ser sino aquellas por las cuales le viene la adivinación al hombre? Luego fué un sabio Albicerio si concedemos, con la citada definición, que la sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.
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