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Giambista Vico: Conclusión ciencia nueva.

Una lectura de Vico qué, asièndola a nuestra época informa de una forma de comunicación entre el pueblo y el gobernante, la religiosa. Aquí descrita como ciencia nueva por Giambista Vico, qué de nueva tiene la formulación pero que dice, servía en las más crudas épocas feudales. Si atendemos a la ciencia nueva de Vico, podríamos entender el mundo social como compuesto por una realidad religiosa, una fuerza productora de sociedades que se guía por la providencia de la virtud. 


Ciencia nueva de Vico.
Pero, con el transcurso del tiempo, al desarrollarse cada vez más las mentes humanas, las plebes de los pueblos se desengañaron finalmente de la vanidad de tal heroísmo, y entendieron que ellos eran de igual naturaleza humana que los nobles; por lo que también ellos quisieron entrar en los órdenes civiles de las ciudades. De modo que, debiendo al cabo del tiempo ser soberanos esos pueblos, la providencia permitió que las plebes, antes, durante mucho tiempo, rivalizaran con la nobleza en cuanto a piedad y religión en las contiendas heroicas hasta que los nobles tuvieron que comunicar a los plebeyos los auspicios, para comunicarles también todos los derechos cívicos públicos y privados que se consideraban dependendientes de él; y así, el mismo cuidado de la piedad y el afecto de la religión llevara a los pueblos a ser soberanos en las ciudades: en lo que el pueblo románo se adelantó a todos los demás del mundo, y por eso llegó a ser el pueblo señor del mundo. De tal manera que, introduciéndose cada vez más el orden natural entre esos órdenes civiles, nacieron las repúblicas populares: en las que, puesto que se tenía que reducir todo a la suerte o la balanza, para que no reinase el azar o destino, la providencia ordenó que el censo fuera la regla de los honores; y así, los industriosos y no los infractores, los parcos y no los pródigos, los capaces y no los haraganes, los magnánimos y no los mezquinos de corazón, y en una palabra, los ricos en cualquier virtud o con alguna imagen de virtud, y no los pobres, con muchos y descarados vicios, fueran considerados óptimos para el gobierno. De repúblicas tales —donde pueblos enteros, que aspiran en común a la justicia, ordenan leyes justas, porque son universalmente buenas, que Aristóteles define divinamente como «voluntad sin pasiones», y tal es la voluntad del héroe que ordena las pasiones— salió la filosofía, a partir de la forma de esas repúblicas, destinada a formar al héroe y, para formarlo, interesada en la verdad; y así, la providencia ordenó: que, no habiéndose acercado más a través de los sentidos de la religión (como se había hecho antes) a las acciones virtuosas, la filosofía hiciese entender las virtudes en su idea, por cuya reflexión, si los hombres no practicaban la virtud, al menos se avergonzaran de los vicios, pues los pueblos diestros en obrar mal sólo así pueden mantenerse en el deber. Y a partir de las filosofías permitió que apareciese la elocuencia, que en consecuencia de la misma forma de esas repúblicas populares, donde se ordenan buenas leyes, fuese una apasionada de lo justo; y así, ésta, a partir de esas ideas de virtud incitara a los pueblos a ordenar buenas leyes. Determinamos con resolución que esta elocuencia floreció en Roma en los tiempos de Escipión el Africano, en cuya edad la sabiduría civil y el valor militar, pues ambos, que establecieron felizmente para Roma el imperio del mundo sobre las ruinas de Cartago, debieron llevar aparejados necesariamente una elocuencia robusta y sapientísima.

Pero, al irse corrompiendo también los Estados populares, y por tanto las filosofías (ya que, al caer en el escepticismo, los estultos doctos se emplearon en calumniar la verdad), y al surgir de aquí una falsa elocuencia, dispuesta igualmente a apoyar en las causas a las dos partes opuestas, sucedió que, usando mal la elocuencia (como los tribunos de la plebe en la romana) y no contentándose ya los ciudadanos con las riquezas para instituir el orden, quisieron hacer de ella su poder, como furiosos austros en el mar, promoviendo guerras civiles en sus repúblicas, las llevaron a un desorden total, y así, desde su libertad perfecta, la hicieron caer bajo una perfecta tiranía (que es lo peor de todo), es decir, la anarquía, o la desenfrenada libertad de los pueblos libres.

Ante este gran desastre de las ciudades la providencia obra uno de estos tres grandes remedios según el siguiente orden de las cosas civiles humanas.

Pues dispone, primero, el que se halle dentro de esos pueblos uno que, como Augusto, surja y se establezca como monarca, quien, ya que todos los órdenes y todas las leyes halladas para la libertad no bastaban ya para regularla y refrenarla, tenga en su mano todos los órdenes y todas las leyes con la fuerza de las armas; y por el contrario, constriña esa forma del estado monárquico, a la voluntad de los monarcas en ese su imperio infinito, dentro del orden natural de mantener contentos y satisfechos de su religión a los pueblos, así como de su libertad natural, sin cuya universal satisfacción y conformidad los Estados monárquicos no son ni duraderos ni seguros.

Luego, si la providencia no halla tal remedio dentro, lo va
a buscar fuera; y, ya que tales pueblos de tan corruptos que eran ya, se habían convertido por naturaleza en esclavos de sus desenfrenadas pasiones (del lujo, de la delicadeza, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia y del fasto) y debido a los placeres de su disoluta vida se arruinaban en todos los vicios propios de vilísimos esclavos (como el ser mentirosos, astutos, calumniadores, ladrones, cobardes y simuladores), por tanto, dispone que lleguen a ser esclavos por el derecho natural de las gentes que sale de dicha naturaleza de las naciones, y acaben estando sometidos a naciones mejores, que les hayan conquistado con las armas, y por éstas se queden reducidos a provincias. En lo cual, además, refulgen dos grandes luces del orden natural: una es, que quien no puede gobernarse por sí mismo, se deje gobernar por otros que puedan; la otra, que gobiernen el mundo siempre los que son mejores por naturaleza.

Pero, si los pueblos marchitan en esta última peste civil, que ni dentro consienten a un monarca nativo, ni llegan naciones mejores a conquistarles y conservarles desde fuera, entonces la providencia, ante este su extremo mal, obra este extremo remedio: que —puesto que tales pueblos a modo de bestias no se habían acostumbrado sino a pensar en los propios intereses de cada uno y habían dado en el colmo de la delicadeza o, mejor dicho, del orgullo, como fieras que, al ser mínimamente contrariadas, se resienten y enfurecen, y así, en el mayor gentío o muchedumbre de cuerpos, viven como bestias inhumanas en una suma soledad de espíritu y de sentimiento, sin que apenas dos puedan ponerse de acuerdo porque cada uno sigue su propio placer o capricho—, por todo esto, con obstinadísimas facciones y desesperadas guerras civiles, llegan a hacer selvas de las ciudades, y de las selvas, cubiles de hombres; y de tal manera que, al cabo de largos siglos de barbarie, llegan a herrumbarse las malnacidas sutilezas del ingenio malicioso, que había hecho de ellos fieras más inhumanas con la barbarie de la reflexión de lo que lo habían sido con la primera barbarie del sentido. Ya que ésta mostraba una fiereza generosa, de la que otros podían defenderse, huir o guardarse; pero aquélla, con una fiereza vil, con halagos y abrazos, acecha en la vida y en las suertes de sus confidentes y amigos. Por ello, los pueblos de tal reflexiva malicia, con este último remedio que obra la providencia, aturdidos y estúpidos, no sienten ya ni las comodidades, ni las delicadezas, ni los placeres ni el fasto, sino solamente las utilidades necesarias para la vida; y, por el escaso número de los hombres que al fin quedan y por la abundancia de las cosas necesarias para la vida, llegan a ser naturalmente moderados; y, debido al retomo de la primera simplicidad del primer mundo de los pueblos, son religiosos, veraces y fieles; y así retoma entre ellos la piedad, la fe, la verdad, que son los fundamentos naturales de la justicia y son gracias y bellezas del orden eterno de Dios.

Porque precisamente los hombres han hecho este mundo de naciones (que fue el primer principio incuestionado de esta Ciencia, una vez que desesperamos de encontrarla en filósofos y filólogos); sin embargo, este mundo, sin duda, ha salido de una mente muy distinta, a veces del todo contraria y siempre superior a los fines particulares que los mismos hombres se habían propuesto; estos fines restringidos que, convertidos en medios para servir a fines más amplios, ha obrado siempre para conservar la generación humana en esta tierra. Ya que los hombres quieren usar la libido bestial y perder sus partos, y establecen la castidad de los matrimonios, de donde surgen las familias; quieren los padres ejercitar sin medida los poderes paternos sobre los clientes, y les someten a los poderes civiles, de donde surgen las ciudades; quieren los órdenes reinantes de los nobles abusar de la libertad señorial sobre los plebeyos, y llegan a la servidumbre de las leyes, que establecen la libertad popular; quieren los pueblos libres librarse del freno de sus leyes, y llegan a la sumisión de los monarcas; quieren los monarcas, con todos los vicios de la disolución que les asegura, envilecer a sus súbditos, y les disponen para soportar la esclavitud de naciones más fuertes; quieren las naciones perderse a sí mismas, y llegan a salvar sus avances en las soledades, de donde, como el fénix, resurgen nuevamente. Quien hizo todo esto, fue mente, porque lo hicieron los hombres con inteligencia; no fue destino, porque lo hicieron con elección; no azar, porque perpetuamente, haciéndolas siempre del mismo modo, salen las mismas cosas.

Por tanto, Epicuro es refutado de hecho, ya que dice que es
por el azar, y con él sus secuaces Hobbes y Maquiavelo; y de hecho es refutado Zenón, y con él Spinoza, que dicen que es por el destino. Por el contrario, de hecho se pone a favor de los filósofos políticos, cuyo príncipe es el divino Platón, que establece que la providencia regula las cosas humanas. Por lo que tenía razón Cicerón, que no podía razonar con Ático sobre las leyes, si éste no dejaba de ser epicúreo y no le concedía primero que la providencia regula las cosas humanas. Providencia que Pufendorf ignora en su hipótesis, Selden supuso y Grocio prescindió de ella; pero los jurisconsultos romanos la establecieron como primer principio del derecho natural de las gentes. Porque en toda esta obra se ha demostrado que los primeros gobiernos del mundo en su forma completa, tuvieron gracias a la providencia la religión, únicamente sobre la cual se fundó el estado de las familias; de ahí que, pasando a los gobiernos heroicos civiles o aristocráticos, aquella religión debiera de ser su principal y firme base; luego, llegando a los gobiernos populares, la misma religión sirvió a los pueblos para llegar a ellos; y deteniéndose finalmente en los gobiernos monárquicos, la religión debió de ser el escudo de los príncipes. Por lo que, al perderse la religión en los pueblos, no les queda nada para vivir en sociedad; ni escudo para defenderse, ni medio para aconsejarse, ni base donde regirse, ni forma por la cual estar en el mundo.

El país que se va

El país que se va (y el que va quedando) por @jrherreraucv

El término diáspora es de origen griego. Literalmente significa “esparcir alrededor”; es decir, desconcentrarse y, como consecuencia directa de ello, dispersarse. Es eso lo que ocurre con una cierta comunidad de personas que se ven obligadas, bajo ciertas y determinadas circunstancias adversas, a tener que abandonar dolorosamente su tierra natal y, con ella, su modo de vida, sus tradiciones, sus costumbres y no pocas veces su idioma, en busca de otras tierras, de otras culturas en las que puedan hallar, por lo menos en parte, lo que han perdido o, más bien, les ha sido arrebatado. No obstante, cuando se piensa en una forma precisa de diáspora, casi de inmediato viene a la mente el modelo dado por la imagen bíblica y su consecuente representación del pueblo judío, porque se suele pensar que la noción de diáspora está exclusivamente relacionada con aquella determinada experiencia histórica; es decir, con el brutal atropello cometido contra las casas de Israel y Judá, contra su peculiar modo de ser y contra su fe religiosa.


A mis hijas y nietas
Joven se va del país en ruinas.

Es verdad que la religión –o mejor sería decir, la acción de re-ligare– constituye uno de los factores más importantes en y para la cohesión de un pueblo o de una nación. Pero en el caso del que se ocupan las presentes líneas, la referencia no va dirigida a una particular religión o a una etnia, y ni siquiera hacen alusión a una clase social específica. Todo lo contrario, se trata de la diáspora de una sociedad que creció abierta e hizo de la generosidad su mayor virtud, con una población diversa y tolerante, policultural y multirracial, dueña de una enorme variedad de tradiciones, plena de aspiraciones y deseos que, de pronto, por la violencia impune y el lastre del anacronismo impuesto por una banda de ignorantes, parásitos y pistoleros, ha sido obligada a huir de su tierra, una tierra privilegiada y llena de múltiples riquezas que hasta no hace mucho tiempo fue considerada –¡nada menos! – como “la capital del cielo”.

El país que se va yendo con los días, que se va esparciendo y dispersando, es el país mayoritariamente joven y lleno de potencialidades. Es el país productivo. Ese es el que se va: el país formado, el pensante, el cultivado, el generador de riqueza. Poco importa si son altos o bajos, gordos o flacos, negros o blancos, católicos o protestantes, caraquistas o magallaneros. En la otrora “tierra de gracia” la diversidad nunca importó. Solo importaban sus características comunes: el hecho de ser ingeniosos, inquietos, alegremente creativos y estar siempre bien dispuestos. En una expresión, solo importaba ser venezolano.

Con pasmosa premura a Venezuela se le va lo que con tanto esfuerzo venía construyendo: la calidad de su civilidad. Y es que con el pasar de los días ha ido perdiendo la belleza, la bondad y la verdad de otros tiempos, esa mágica fuerza de su Omni trinum perfectum est. Solo que con la misma premura el país va quedando en manos de la impía malandritud, de la perruna barbarie, envuelta en la soledad, la triste penumbra y el miedo, maniatada por la corrupción y la miseria de cuerpo y espíritu. Sometida y exhausta, la Venezuela famélica, que aún sobrevive, guarda en la memoria, no sin nostalgia, los tiempos de gloria y esplendor. Pero ya su memoria falla, no es firme como antes y a ratos se desvanece entre sus canas, mientras hace la interminable cola del cajero para cobrar los crueles centavos del populismo, o mientras recibe las mendicidades del CLAP y opta por el carnet de la patria, para “morir muriendo”, ese sórdido mecanismo del control totalitario. La Venezuela que va quedando hurga en la basura para poder comer y muere de indolencia en hospitales desasistidos y en ruinas. Es un país intervenido por el régimen cubano y saqueado por mafias que expolian sus riquezas minerales. En fin, es el país que ya no se forma, que ya no estudia, y en el que sale menos costoso quedarse en casa que ir al trabajo.

A la diáspora de la inteligencia que ha sufrido Venezuela se le conoce también como la “fuga de cerebros”, de sus catedráticos, científicos e investigadores de mayor prestigio y renombre. Pero en realidad el país no solamente ha presenciado la desconcentración de su “materia gris”, de sus titulares académicos, sino de prácticamente toda su fuerza laboral, de su fuerza de trabajo, desde sus empresarios e industriales, pasando por su mano de obra capacitada, técnica y profesional hasta sus más humildes trabajadores. En nombre del proletariado, el “presidente obrero” y sus compinches de Las Tres Gracias y del Paseo Los Próceres han destruido el único modo posible con el que cuenta un país para generar riqueza y prosperidad: sus fuerzas productivas, su ser social.

En síntesis, en la Venezuela de hoy, bajo la hegemonía cubana, la sociedad civil, ese motor generador y centro neurálgico de la riqueza de una nación a la que el viejo Marx caracterizó como la real estructura económica de la sociedad, ha sido, a punta de bayonetas, obligada a esparcirse, desconcentrarse y dispersarse por el mundo.

Tampoco la estupidez es libre. Enceguecida por la furia del terror religioso, la España de Isabel y Torquemada expulsaron a los “infieles” –moros y judíos– de la península. Matemáticos, médicos, filósofos, ingenieros, arquitectos, banqueros, artesanos, comerciantes, en suma, la “base real” de la estructura económica de su formación social. A partir de ese momento, el imperio español puso las premisas para que, a pesar de su gran poderío y extensión mundial, Inglaterra, poco a poco, llegara a convertirse, primero, en la gran potencia rival y más tarde en la potencia superior, cuna de la revolución industrial. Que Estados Unidos de Norteamérica sea una superpotencia indiscutible no se debe por cierto a las diásporas de su población sino, muy por el contrario, a su capacidad de recibir y concentrar las grandes diásporas de sociedades fracturadas. Las miserias de Cuba tienen su contrapeso en la diáspora cubana, que concentrada en Florida hizo de un pantanal un emporio, la capital cultural de América Latina.

Ha llegado la hora de poner punto final a la destrucción de un país que se atrevió a extender sus brazos a otros pueblos, a otras culturas y supo crecer con sus valiosos aportes. En fin, de recomponer un país que hasta hace poco fue modelo de tolerancia, bienestar y libertad.

La paz mental de Robinson Crusoe

Tentaciones místicas de un náufrago

Robinson Crusoe se aferra al credo religioso para hacer frente a su solitaria vulnerabilidad. En un mundo frío y ajeno, donde todos somos náufragos, la lucidez es una obstinada batalla contra la tentadora calidez de la creencia.


En la clásica novela de Defoe, Robinson, después de diez días de enfermedad, desesperado, pide a Dios que se apiade de él. “No tenía conocimiento divino. Esa era la primera plegaria, si la puedo llamar así, que había hecho en muchos años”. El náufrago duerme durante dos días y al despertar se siente mejor y hasta puede comer algo. Bendice el alimento, toma una Biblia que había rescatado del barco encallado y lee al azar: “Llámame un día de infortunio y Yo te liberaré y tú Me glorificarás”. Robinson se siente mucho mejor. “Esa noche, antes de acostarme, hice lo que nunca antes en mi vida había hecho: me arrodillé y le recé a Dios”. A partir de ese día, Crusoe se impone leer un fragmento de la Biblia cada mañana y cada noche. Y concluye: “Mi situación comenzó a ser entonces, si bien no menos desgraciada en lo que respecta al modo de vida, sí mucho más llevadera para mi mente”.
Aquí nos interesa ese vuelco que Robinson logra para su ánimo instaurando o más bien redescubriendo la creencia. El autor describe bien cómo su personaje vive esa transformación, dejándonos a nosotros sacar las conclusiones. Solo, aislado, víctima de un infortunado naufragio, volcando todos sus esfuerzos en la supervivencia, Robinson se halla probablemente al borde de la desesperación, en ese punto en el que cualquiera podría darse por vencido y dejarse morir. Para colmo, enferma de un mal que, tras muchos días de fiebre y sin disponer de medicinas, se le antoja incurable. Entonces pide ayuda, y se la implora invocando a la única presencia que puede esperar: Dios. Sucede que entonces mejora: es tentador desistir de la idea de azar y querer encontrar en esa coincidencia un significado. ¿Su plegaria, entonces, ha sido atendida? Un nuevo azar la refuerza: la cita de la Biblia y la sugestión de que Dios le habla y le promete protección si le glorifica. Definitivamente, es difícil renunciar a que en esta secuencia de hechos no exista una voluntad rectora. Sobre todo si uno la necesita.
Así, Robinson se vuelve devoto. A partir de aquí cumplirá con la demanda que Dios le hizo: rezar y leer el libro sagrado. Se siente mucho mejor, la creencia le da fuerzas; y nos confiesa que su situación, que no deja de ser desgraciada, se le hace “mucho más llevadera para su mente”. Es una curiosa manera de decirlo. A pesar de la devoción recién instituida, Robinson nos insinúa que es consciente de que ha completado un proceso mental, que ha implementado un recurso que le proporciona paz mental. Al fin y al cabo, Crusoe no deja de ser el exponente de una época en la que la religión se tambaleaba frente al predominio de la razón. En las primeras páginas de la novela, el protagonista se nos revela inquieto, emprendedor, deseoso de aventuras y a la vez pragmático. Abandona su casa a pesar de la oposición paterna, pero el supuesto amor a los viajes por mar no le impide convertirse en un terrateniente en Brasil, que acumula una considerable fortuna en su plantación y naufraga precisamente cuando iba a negociar la compra de esclavos en Guinea.

Robinson es, por tanto, el prototipo de hombre de negocios inglés que hizo de Gran Bretaña un imperio colonial extendido por todos los rincones del mundo. Triunfo del capital productivo, unido al triunfo de la técnica sobre la naturaleza: ¿en qué otra cosa consiste su inagotable actuación “civilizadora” en la isla, construyendo, cultivando, domesticando animales? Sin duda, Robinson Crusoe es una metáfora de la obstinación en la supervivencia de un hombre solo frente al mundo y, en este sentido, la novela es bellísima y merece la eternidad de los clásicos, pero a la vez es el símbolo de la “civilización” mercantil occidental, que extiende su dominio por la Tierra.
Nuestro pragmático náufrago, pues, no deja de ver la ventaja práctica de la incorporación de la creencia a su proyecto. “A Dios rezando y con el mazo dando”, dice el refrán: seguiremos luchando por sobrevivir, pero la oración y la devoción nos harán la situación “mucho más llevadera para la mente”. Abandonamos por ahora las consideraciones históricas y nos detenemos en la operación psicológica. Defoe se nos muestra consciente de la utilidad que tienen las creencias, y nos insinúa su génesis: creemos porque estamos solos; creemos porque nos sentimos desamparados y desesperados; creemos porque así todo se hace más soportable. ¿Hasta qué punto importa que nuestras creencias se correspondan o no con la realidad? La cuestión es que hacen su efecto. Desde que reza y lee la Biblia, Robinson se siente más contento, más seguro, más fuerte. Su inmensa soledad, que lo convertía en un ser frágil y vulnerable, se convierte en una situación firme y soportable gracias a la creencia.
Puede que Defoe nos esté sugiriendo no solo un recurso, sino ante todo una necesidad. Al fin y al cabo, todos estamos solos, todos somos náufragos en un universo frío y ajeno, todos nos sentimos pequeños y frágiles en medio de la nada; concebir que nuestra existencia está dotada de un sentido, de un diálogo personal con lo superior, convierte de pronto al universo en un lugar habitable, un ámbito que es nuestro porque en él somos alguien. Esa operación mental que es la creencia nos aporta lo que creíamos perdido: la seguridad en medio de una inmensa incertidumbre. La capacidad simbólica humana brilla aquí con todo su esplendor.

Al hilo de la meditación de Robinson, se nos ocurre: ¿podemos vivir sin creencias? Probablemente sí, pero es seguro que así la vida será más ardua: no contaremos con una evocación protectora, un poder mágico que vele por nosotros como hacían nuestros padres en la infancia, un sentido que calme nuestra angustia ante el absurdo, una contención frente a la vulnerabilidad. La vida con creencias, como dice nuestro náufrago, es más llevadera. Camus se preguntaba si la vida merecía la pena de ser vivida, e indagaba si el sentido era posible prescindiendo de la creencia. Concluyó que sí, refugiándose en la belleza misma de existir; el hombre, que no es un héroe, adquiere dimensiones heroicas cuando empuja, como Sísifo, su piedra por la ladera hasta la cima, para verla correr de nuevo ladera abajo. “Hay que imaginar a Sísifo dichoso”. En cambio, a Unamuno le torturaba la perspectiva de la disolución en la nada de la muerte. Unamuno, como más tarde Hermann Hesse, añoraba la instauración de una nueva trascendencia; ambos sentían una nostalgia incurable por regresar al hogar de la religión y la creencia.
Podemos vivir sin creencias, y el hombre que no se engaña intenta hacerlo. Sin embargo, ¡qué consuelo, qué fuerza, qué alegría se encuentran al concebir la trascendencia! ¿Nos extrañará que en la segunda mitad del siglo XX surgiera un esfuerzo multitudinario por recuperar la magia y el espíritu? Se le ha llamado New Age, una nueva era que se pretende más bien renacimiento, y ha consistido en un cajón de sastre en el que se amontonan todo tipo de elementos que suenen a espiritualidad, desde la música relajante al yoga, desde el chamanismo hasta el hinduismo, desde el islam sufí hasta la meditación zen, desde el “piense y hágase rico” a la sanación por intercesión de los ángeles.
La New Age ha intentado restaurar una especie de religión sin religión, al menos al margen del catolicismo, que se asimila a poder retrógrado y rígido. Millones de personas en todo el mundo se fabrican su propia religión a medida, como lo expresó Salvador Pániker, tomando un poco de aquí y otro poco de allá para su espiritualidad personal. Una actitud, reconozcámoslo, muy acorde con la sociedad líquida del capitalismo de consumo, que procura dotar de originalidad al frío artículo, fabricado en serie, mediante una superficial “personalización”. Los Robinsones de la actualidad no quieren renunciar a su libertad personal a la hora de elegir los productos espirituales, pero tampoco parecen dispuestos a prescindir del consuelo y la fuerza que procuran las creencias. Eso sin contar con las multitudes que, en diversos grados, reavivan la ortodoxia de las viejas religiones, entre las que se cuentan los soldados de las nuevas guerras santas.

En definitiva, la razón es ardua, la lucidez difícil de sostener. Quien más quien menos sigue buscando refugio a su manera, sin dar demasiada importancia a que ese amparo sea coherente o se corresponda mínimamente con la realidad. Somos seres tribales y arrastramos la nostalgia de la trascendencia; somos seres temerosos y buscamos seguridad. La imaginación siempre nos dio las respuestas que no nos daba la lógica; la magia estuvo ahí para curarnos de la angustia por la desnudez que descubrimos al ser expulsados del Paraíso. Las creencias nos abrigan del frío de la vida y de la muerte; la razón, en cambio, nos deja expuestos y solos a la intemperie de nuestra isla desierta de náufragos. La vida envuelta en creencias tal vez no sea más fácil, pero sin duda será, como dice Robinson, más “llevadera”: la mente al servicio no de la verdad, sino de la supervivencia, que es más apremiante.
Yo envidio un poco a quienes se rinden a la creencia, y a veces incluso siento la nostalgia de la profundidad mágica. Me encantan las historias épicas de Tolkien, en las que late la belleza numinosa de como una vez me dijo mi psiquiatra lo primitivo y lo omnipotente. Amo los mitos esos conglomerados de poderosos símbolos, juego a percibir el mana de un enclave que podría ser sagrado o un lugar que podría albergar “malas vibraciones”. A veces recito un mantra, sobre todo cuando conduzco; en mi mochila llevo siempre un cochecillo de plástico de cuando mi hijo era pequeño y una piedra que me regaló mi sobrino; y si no se lo decís a nadie os confesaré que incluso he llegado a darle las gracias a mi coche por completar sano y salvo un trayecto largo. Por supuesto, he rezado compulsivamente en algún momento de desesperación, como Robinson. Así que soy tan irracional como el que más.
Pero sé procuro recordarme que detrás de todo eso no hay otra cosa que mi vulnerabilidad y mi miedo, no hay más que un juego de símbolos con los que pongo mi huella en el entorno para hacerlo más familiar, como quien coloca la foto de sus hijos sobre la mesa de despacho y así la siente más suya. Me encantaría encontrarme a mis muertos cuando muera, y sería muy alentador pensar que me ayudan cuando lo necesito. Lamentablemente, no; no me lo creo. No juzgo a nadie: allá cada cual con sus creencias, y con lo que gane o pierda con ellas; yo no puedo comulgar con ruedas de molino. Qué le voy a hacer: aunque mi vida sea menos llevadera, solo soy capaz de entregar mi devoción a la lucidez. Confío en que ella me disculpe mis ocasionales extravagancias de náufrago.

El Problema del Mal






El problema del mal en el cristianismo primitivo no es un tema sencillo. Desde la filosofía clásica, en Platón por ejemplo, el asunto del mal se limitó a ser una ausencia, una carencia o falta de ser, el mal no es,  por ello aquello que lo define es su no-ser. El mal no es. Pero qué es el bien, qué sería el bien en oposición al mal. El bien es bello y bueno pero su lugar no pertenece al orden de lo mudable y de lo sometido a la temporalidad, el Bien es una Idea, el arquetipo ideal que podemos llegar a conocen a través de las reminiscencias, de la contemplación en algún momento pretérito de ese mundo arquetípico: la justicia, la belleza, el bien. Por una serie de peripecias de Platón de las que no voy a ocuparme aquí, entiende al mundo material y al cuerpo como el correlato defectuoso de ese mundo, el alma es prisionera del cuerpo y la materia como reflejo defectuoso de ese mundo dan cuenta de la presencia del mal y la falta moral. Esta explicación un tanto escolar, porque deberíamos considerar el diálogo ¨El Sofista¨ donde la noción de no-ser no sólo se torna más problemática, porque vemos ahí al viejo Platón exponer que el no-ser debe ser algo, debe tener, si no es, algo pero este tema no es el que aquí nos convoca. En todo caso la referencia de Platón, en su versión un tanto escolarizada, me permite dar cuenta de la clásica noción metafísica del mal como ausencia de bien y si la he mencionado es por considerarla una de las principales, cuya influencia en las diversas corrientes cristianas primitivas es patente.

Así, en Génesis 1-26.27.28 puede leerse: ¨1.26

¨Díjose entonces Dios: ¨Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella¨. 27 ¨Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; 28 y los bendijo Dios, diciéndoles: ¨Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre sobre todo cuanto vive y se mueve en la tierra¨.

Encontramos en el relato bíblico yahvista rasgos antropológicos y ontológicos con su respectivo correlato jerárquico: Dios crea al hombre a su imagen y semejanza y siendo dios un ser de pura bondad, sapiencia y omnipotencia, estas características también deben estar en el hombre pero lo que en dios es en acto lo es en potencia en el hombre; de esta manera el hombre es inferior ontológicamente a su creador, siguiendo el argumento de la causa eficiente pero posee mayor estatuto ontológico que el resto de las creaciones. Al hombre le es encomendada la orden de multiplicarse, de poblar la tierra y hacer uso como también la de administrar todos sus recursos. De esto último podemos deducir una cierta responsabilidad ética. Por su carácter de ser creado a imagen y semejanza de Dios no puede tener en su naturaleza lugar alguno el mal. Es decir, no hay mal en la naturaleza del hombre pero cómo explicar su presencia, cómo explicar el mal en la tierra. Veamos el problema de la caída en el Génesis 3-1.2.3.4.5:

¨3.1.Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios, dijo a la mujer: ¨¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los arboles todos del paraíso¨. 2 Y respondió la mujer a la serpiente: ¨Del fruto de los árboles del paraíso comemos, 3 pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: ¨No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayaís a morir¨ Y dijo la serpiente a la mujer: ¨No, no moriréis, 5 es que sabe Dios que el día que comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal¨.

El tema de la caída y tentación de la serpiente presenta algunos problemas. Primero, el lugar que ocupa la serpiente en la tradición judeocristiana. La caída es inducida a través de la figura mítica de la serpiente, podemos suponer que la misma es por un defecto ontológico, como mencioné al comienzo, no porque el mal esté en la naturaleza del hombre pero por su condición inferior a la de su creador es voluble y puede ser inducido, en este caso a ser engañado por la más astutas de las bestias. Con lo cual el problema del mal sería algo así como la consecuencia de esa condición ontológica menor pero el problema de la caída no nos allana el camino, por el contrario, la problemática sobre el mal se torna más amplia. Al comer de la manzana no sólo se apartó el hombre de la gracia divina sino que además despertó en él eso que la serpiente menciona: ¨seréis como dios, conocedores del bien y del mal¨.  Podemos suponer que el estado anterior al del conocimiento es el de  inocencia, al comer de la manzana el hombre se descubre desnudo, el pudor, la vergüenza, el esconderse y el temor aparecen en escena. De este modo el hombre ha tenido que comer de la manzana para ser precisamente un hombre.

Todo esto no hace más que girar alrededor del problema de la libertad. El mal según vimos no está inscripto en la naturaleza humana, siguiendo siempre el relato bíblico, por ser el mismo un ser creado a imagen y semejanza del creador. Entonces? El problema del mal parece ligarse irremediablemente a la libertad del hombre, la serpiente no es más que eso, la representación simbólica de poder elegir y el hombre para devenir hombre y romper el lazo de inocencia y comunión con su dios debe trasgredir la prohibición, sobrepasarla porque la misma surge en el momento en que dios establece la disyuntiva entre poder comer de estos árboles y no de otros.

La caída sumerge al hombre en una mancha que abarcará a todas las generaciones y generaciones por venir, el pecado original, hasta el momento que Dios a través de su hijo Jesucristo nos redime con el sacrificio de éste. De esta manera, de igual modo que en la clásica tradición filosófica el mal es una ausencia porque no tiene lugar más allá del espíritu humano que habrá de elegir hacer el bien en correspondencia con su naturaleza o elegirá hacer el mal, con lo cual el mal tiene lugar en el mundo porque depende de la voluntad de los hombres porque el mismo, aquí es donde mejor se percibe la herencia de la filosofía clásica, es ausencia de bien.

  Pero veamos otro problema, el tema de Satán en el mítico libro de Job: 1-6.7.8.9.10.11.12:

¨1.6. Sucedió un día que los hijos de Dios fueron a presentarse ante Yavé y vino también entre ellos Satán.7 Y dijo Yavé a Satán: ¨¿De dónde vienes?¨ Respondió Satán: ¨De dar una vuelta por la tierra y pasearme por ella¨8 Y dijo Yavé a Satán: ¨¿Has reparado en mi siervo Job, pues no lo hay como él en la tierra, varón íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?¨9 Pero respondió Satán a Yavé diciendo:¨¿Acaso teme Job a Dios en balde?¨10 ¿No le has rodeado de un vallado protector a él, a su casa y a todo cuanto tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país.11 Pero extiende tu mano y tócale en lo suyo;(veremos) si no te maldice en tu rostro¨12 Entonces dijo Yavé a Satán:¨Mira, todo cuanto tiene lo dejo en tu mano, pero a él no le toques¨ Y salió Satán de la presencia de Yavé¨.

La escena es inquietante y repleta de imágenes fantásticas. Dios y Satán apuestan la suerte de Job, a poner a prueba su fe, el primero a favor y el segundo a quebrarla. Job cae en desgracia, enferma, es tentado por su familia a maldecir a dios pero Job es un soldado de la fe de primera línea, soporta y se pregunta por qué de está maldición sobre él, busca la sabiduría para salir del mal que ha caído sobre los suyos y encuentra su respuesta: ¨28-28. El temor de Dios, ésa es la sabiduría; apartarse del mal, ésa es la inteligencia¨.

Apartarse del mal, es decir ejercer la libertad orientada hacia al bien y no desviar el camino de Dios. Veo aquí un tipo de confrontación dialéctica entre un tipo de ética heterónoma que responde a las leyes de dios y de su iglesia a través de sus sacerdotes y por el otro la voluntad del hombre, una ley autónoma que puede elegir hacer el bien o hacer el mal. La primera no limita a la segunda, en todo caso le sugiere un camino, ciertas pautas morales pero está en él hombre  hacer caso de ellas o no, con lo cual el mal es un asunto humano. El bien y el mal no tienen lugar más allá del hombre y su voluntad. La religión permite dar sustento a cierto orden moral, a la estructura social, de ciertas prescripciones o amenazas de castigo eterno porque el mal o el bien encuentran su condición de posibilidad en el hombre. El mal o el bien es eso que los hombres eligen y hacen. Apartarse de la senda de dios y ejercer la libertad fuera de su gracia condenan al hombre irremediablemente al pecado.

  Así en las tradiciones gnósticas podemos encontrar diferencias importantes en comparación con los textos canónicos. Veamos una cita:

¨La respuesta a la pregunta acerca del origen del mal era clara para los gnósticos del siglo II: creían que la realidad material no había sido creada por la divinidad superior, sino por una divinidad de segundo orden, el dios creador o demiurgo, a quien consideraban un adversario del Dios superior y un enemigo de la humanidad. En especial en el Apócrifo de Juan atribuye al demiurgo todo tipo de deficiencias, malas cualidades, intenciones malignas, además de hacerle responsable de toda la desgracia que pudiera aparecer en el mundo material¨ Luttikhuizen, Gerard, La pluriformidad del cristianismo primitivo, el almendro de córdoba, pág137.

Los textos gnósticos nos dan una perspectiva diferente sobre el problema del mal, de igual modo sería interesante profundizar en el comentario literal al génesis y en la ciudad de dios de Agustín, quien además tiene presente las posiciones gnósticas y maniqueas a las cuales combate pero no voy a exponerlo en este momento. No cabe dudas que la religión explica el porqué del mal en la tierra y la respuesta no puede ser más severa: por el hombre.

Democracia no representativa.

Democracia no representativa.

Dialéctica del totalitarismo.

La contraposición que suele establecerse entre regímenes democráticos y totalitarios, se ha convertido en el centro del actual debate político e ideológico, y tiende -como consecuencia de la crisis orgánica que padece la sociedad mundial de estos comienzos de siglo- a caracterizar la cada vez más evidente presencia de dos concepciones del mundo, y de dos modelos de vida opuestos e irreconciliables. 


No obstante, llama la atención el hecho de que cada una de estas tendencias insista en señalar al otro, es decir, a su antagonista, como el auténtico y legítimo representante del llamado totalitarismo. Los demócratas acusan a sus adversarios de totalitarios, pero éstos -los acusados-, por su parte, acusan a los otros -los acusadores- de ser los auténticos totalitarios, al tiempo de reivindicar para sí la construcción de “la verdadera democracia”. No sin dificultad y cierta confusión, el ciudadano común se encuentra en medio de una discusión que le lleva a advertir que, con todo, existe algo extraño, algo inédito, en relación con los esquemas políticos tradicionales, en este curioso movimiento de recíprocos “dimes y diretes”. Porque no se trata de una acusación que contenga las simples connotaciones de un determinado régimen político, sino de algo mucho más complejo y, tal vez, mucho más peligroso: se trata de toda una nueva ideología, de una nueva cultura, que se debate entre los grandes sueños de la razón y los monstruos que ella misma ha producido.

En uno de los Caprichos de Francisco de Goya se puede leer esta sentencia tan terrible como certera: “El sueño de la razón produce monstruos”. Con la construcción del Estado moderno -precisamente, obra y gracia de la ratio instrumental-, el sujeto devino ciudadano e individuo, público y privado, a un mismo tiempo. Y, en efecto, la conducta del ser social está condicionada, de un lado, por las leyes del Estado y, del otro, por la ley moral, cuya expresión popular es la religión. Fue así como la sociedad moderna pudo dar cumplimiento a la conocida sentencia de Cristo, según la cual conviene dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Las monedas, creación de factura humana, suelen tener dos lados, dos rostros, como Janos, o como el bueno de Doctor Jekyll. El ser social, a partir de la llegada de la modernidad, presenta los rasgos de la esquizofrenia. Muestra, en efecto, dos lados, dos extremos, no siempre compatibles y difícilmente reconciliables o re-conocibles. Lleva el fardo de su propia existencia, escindido entre la cara y la cruz. Y así, vg., el buen amigo y colega Damiani es, a la vez, el lamentable y tristísimo magistrado Damiani. Todo en una sola cuenta.

La doctrina del Derecho Natural parte del propósito de transformar el Estado en un instrumento capaz de propiciar y garantizar la existencia de las libertades individuales. Parte, como su nombre lo indica, de la norma sustentada en “la naturaleza”. Pero, ¿qué es la naturaleza? Es obvio que no se trata de El César, es decir, ni de la sociedad ni del Estado. Por ello mismo, se relaciona más con Dios; o con la ley de la armonía universal; o con la luz de la Razón puesta en un altar; o, incluso, con el sentido común. Y, por esa vía, la naturaleza termina siendo el individuo particular en su puro deseo e incondicionalidad, en su libre albedrío, en su ser empírico inmediato. Su límite es el cielo. La “verdadera ley”, el “verdadero valor” es, pues, el propio individuo. Y el “verdadero mundo”, la “naturaleza”, no es otro que el mundo de los individuos privados, de los cuales el Estado es tan sólo un instrumento, un vehículo. Con base en ello, se termina por presentar al individuo como la expresión más acabada de la realización del ser universal. Y, así, el ser particular ya no es una parte: ha devenido el todo.

Lo mismo ocurre con “el otro lado de la moneda”: el Estado totalitario o “cesarismo” estatista, el cual se propone acentuar en la consciencia social el exclusivo valor y la superioridad del interés público por encima de los intereses privados. Su máxima expresión está en el estatismo despótico, el cual asume la paternidad y control absoluto de todo y de todos, hasta su virtual aplastamiento. El Estado se representa como una religión, se hace “estatolátrico”. Por cierto, tal “estatolatría” ha sido definida cabal y magistralmente por Orwell en su 1984. Sus más fieles expresiones en el mundo contemporáneo son el socialismo soviético y el fascismo, remedos de las autocracias asiáticas, nacidos de un mismo parto. Se equivoca quien, al referirse a semejante concepción de la sociedad, habla de comunismo. En sentido estricto, el comunismo tiene, en lo esencial, dos propósitos: superar el actual modo de concebir la propiedad, aunque conservándola (como dice Marx “Aufhebung des Privateigentums zusammenfasser”, es decir, “superar y conservar la propiedad privada simultáneamente comprendidas”), y la completa desaparición del Estado, tal y como, hasta ahora, se le conoce, en virtud de la construcción de una sociedad de individuos éticamente educados, capaces de autogobernarse o, como diría Kant, de alcanzar la necesaria madurez autonómica. No puede ser llamada “comunista” una sociedad que, por el contrario, crea un Estado todopoderoso, represivo, voraz e insaciable, cuyo modelo contiene todas las características de los despotismos orientalistas.

A la cabeza del régimen estatolátrico se halla, siempre, el “iluminado” y sumo sacerdote, el padrecito, el gran timonel, el guardián de la galaxia. Curioso: un Estado que pretende aplastar a los individuos y liquidar de una vez los “terribles vicios” a los que conlleva la vida privada, se convierte en el único y gran individuo, en el muy exclusivo privado par excellence, en el que se concentra todo el poder y, más aún, el destino de todo el ser social. Alquímica transformación: el estatismo devenido individualismo en estado puro. El individuo hecho todo: la máxima expresión, en carne y sangre, del totalitarismo. El resto, la satrapía que le sirve y teme, incluso después de muerto, no cuenta: son alfombras persas sobre las que posa sus botas, abanicos del desierto templado, peones de un gran ajedrez chino, en suma, la “guardia inmortal” de Jerjes, con la que Leónidas y sus trescientos pulieran sus lanzas espartanas.

Los extremos se tocan, son “el otro del otro”. El totalitarismo vive en los monstruos de la ratio que producen los extremos. Similar al mito de Medusa, la racionalidad instrumental -el entendimiento abstracto- tiene el defecto de petrificar lo vivo. La respuesta no se encuentra ni en la estatolatría ni en el liberalismo tout court, ambos, como se ha visto, marcados por la ilusión totalitaria que resulta de sus propios presupuestos. Si algo distingue a Occidente de Oriente es su negación de los fanatismos, de los dogmas, de las inflexiones. El poschavismo no puede ser antichavista, porque todo antichavismo es un chavismo invertido y, por eso mismo, su fiel reflejo. La sociedad poschavista tiene la exigencia de centrarse en la educación orgánica y no mecánica, en la formación cultural y en la difusión de ideas y valores para la plena autonomía, sin complejos ni resentimientos, prestos para la producción continua, justa y a la vez competitiva, presta para la reconstrucción del Espíritu del pueblo, con el respeto y la necesaria tolerancia que exige la vida auténticamente libre, ética, capaz de superar el extremismo de las abtracciones totalitarias.

Enviado por @jrherreraucv.

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Sobre el miedo

Sobre el miedo
Se analiza el miedo como fenómeno humano en relación con el poder religioso y el poder político-económico y se defiende la libertad como un acto de valentía, es decir, como un proyecto de vida que incluye el afrontamiento y la superación de los miedos en multitud de situaciones. Para acabar, se hace referencia sucintamente al tratamiento que el miedo ha recibido en las filosofías de Epicuro, Hobbes y Spinoza.

El miedo es una de las principales pasiones del ser humano y, por ende, una de las más interesantes desde todos los puntos de vista que se ocupan del estudio de la condición humana.

Lo primero y más evidente es que, desde el punto de vista puramente biológico, el miedo es una emoción sin la cual no podríamos llevar adelante la vida. El miedo, presente en todas las especies animales, tiene un valor adaptativo insustituible como mecanismo preventivo contra los peligros que amenazan la supervivencia. No solamente nos proporciona una información indispensable para advertirnos de la presencia de estímulos amenazantes, sino que además nos prepara para ofrecer respuestas eficaces a través de diversas estrategias de evitación. En los vertebrados complejos, existe un órgano específico del cerebro encargado de alertarnos del peligro: la amígdala cerebral. Sin unas ciertas dosis de miedo, no podríamos ni siquiera estar vivos.

Sin embargo, no todo se queda ahí. El miedo, además de ser un mecanismo de supervivencia, es otras muchas cosas más. En el caso del ser humano, el miedo adquiere dimensiones nuevas (emergentes) respecto al nivel biológico, pues se convierte además en un fenómeno psíquico, social y político, por lo que es preciso considerarlo además desde otras perspectivas.

Dada la vasta amplitud del tema, me centraré solamente en algunos aspectos.

El miedo en relación con la religión 

El miedo está en el origen mismo de la religión, según algunos autores como Bertrand Russell.

Es en parte el miedo a lo desconocido, y en parte, como dije, el deseo de pensar que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno en todas sus cuitas y disputas
Libro: B. Russell, Por qué no soy cristiano, EDHASA, Barcelona, 1979, pp. 17.18 

El miedo a la muerte, a la enfermedad, al dolor, a la desgracia, genera en las personas la angustia que les conduce a inventarse un mundo trascendental en el cual encontrar el consuelo que no son capaces de hallar en esta vida limitada e imperfecta.

La religión ha usado siempre el miedo como su más poderoso instrumento de dominación, hasta tal punto que podría decirse que las instituciones religiosas son el paradigma de este tipo de manipulación social. A las personas se las educa desde su infancia en el miedo al pecado, a lo impuro, a lo diabólico. La introyección del discurso represor facilita el control de los creyentes. Algunas religiones se sirven de la amenaza del sufrimiento infinito y eterno para atemorizar a aquellos que no creen en sus dogmas y no cumplen sus normas. En los textos fundadores de las grandes religiones monoteístas el miedo se encuentra totalmente inserto en sus principales relatos. El Salmo 111:10 dice: "El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos. Su loor permanece para siempre".

El quebrantamiento de las prohibiciones conlleva graves consecuencias. Al impío se le castiga de forma inmisericorde. Las persecuciones contra los infieles, los herejes, las brujas, permiten establecer un férreo sistema de exclusiones gracias al cual se define el orden social que desea preservarse. La lógica del premio y el castigo perpetúa, además, la infantilización de la sociedad. Quienes actúan de determinada manera por miedo al castigo, no actúan con la convicción racional de estar haciendo lo correcto; son por ello veleidosos, pusilánimes y no dignos de confianza.

Las religiones alientan el odio hacia los creyentes de otras confesiones y promueven la intolerancia sirviéndose también del miedo a lo "diferente": así se forjan las identidades culturales cerradas en torno a la defensa de tradiciones premodernas en las que el respeto a la persona no cuenta lo más mínimo.

El miedo en relación con el poder político y económico

Todos los totalitarismos sin excepción abusan del miedo como instrumento de cohesión social. Solamente de esa manera se comprende que las personas puedan ponerse al servicio de un tirano y luchar por defender unos ideales que, de otro modo, les resultarían totalmente insoportables.

Las dictaduras refuerzan su poder, al igual que las religiones, definiendo de forma explícita y clara quiénes son los enemigos a los que temer. Los enemigos pueden ser externos pero también internos. En toda sociedad basada en el miedo se generan múltiples chivos expiatorios a través de los cuales se pretende purgar todos los grandes males: los inmigrantes, los comunistas, los masones, los judíos, los homosexuales, las mujeres, etc. Aparecen agentes peligrosos por todas partes, que ponen en riesgo el buen orden y atentan contra los valores patrios.

El miedo justifica también toda clase de limitaciones a la libertad individual en nombre de la seguridad. Desde medidas encaminadas a proteger la salud pública hasta medidas que conllevan censura en medios de comunicación u obstáculos para la libertad de expresión. La tensión permanente se apodera de los sujetos y éstos ceden sus derechos en beneficio del poder político, que los limita o suspende arbitrariamente con el falso pretexto de garantizar de esa forma el interés general de la sociedad.

El miedo, más que una fuente de legitimación, es un sustituto para la falta de legitimidad, cuando un Estado no puede o no quiere cumplir con la que es su función básica y primordial: proteger y garantizar los derechos fundamentales de sus ciudadanos. En ese caso el miedo es lo único que puede evitar un levantamiento popular. Si los oprimidos no se sublevan ante la tiranía del soberano, será por el miedo a perder su propia vida en el intento.

Y las dictaduras pueden conseguir que los trenes marchen a horario, pero no que los ciudadanos gocen de sus derechos ni cumplan con sus deberes para con sus semejantes. En efecto: cuanto mayor es la coerción, tanto menor la solidaridad, porque el asustado se limita a sobrevivir
Cita: Mario Bunge, "Cómo perder el miedo", en http://mariobunge.com.ar/articulos/como-perder-el-miedo

Pero del miedo se sirven también las democracias. El ataque contra los derechos humanos que acometió la administración Bush tras el 11-S, usando como coartada el miedo al terrorismo islamista, sería un ejemplo perfecto de ello.

Alimentando el miedo a lo peor, un gobierno democrático puede acometer determinadas reformas sin apenas respuesta social, presentando tales medidas, falazmente, como la única manera de evitar una catástrofe. De esta manera, hasta las reformas más injustas e impopulares pueden ser aceptadas con resignación por parte de muchos ciudadanos, que en la disyuntiva de elegir entre lo malo y lo peor, prefieren lo primero.

En las economías capitalistas, el miedo es un fenómeno ampliamente extendido. En un contexto de desocupación masiva, el miedo a perder el empleo fuerza a quienes lo tienen a aceptar condiciones laborales draconianas que rozan la esclavitud. En la competición por bienes escasos, en general hay muchos perdedores y la mayoría de los individuos tienen miedo a resultar afectados.

Así lo explicaba el sabio José Luis Sampedro en una entrevista: "si usted amenaza con la guillotina pero luego no mata a nadie, puede esclavizar a quien quiera. Ellos pensarán: 'al menos no estamos guillotinados'". Mediante el uso político del miedo es como la democracia queda burlada, y los derechos de los ciudadanos, destruidos. 

El miedo y la libertad 

Para ejercer la libertad hace falta, claro, enfrentarse al miedo. Pero el ejercicio de la libertad, a su vez, produce miedo a muchas personas, tal como estudió Erich Fromm en su célebre obra El miedo a la libertad. Es el miedo a salirse del grupo, a quedarse solo, a ir contra la mayoría social. Muy pocas personas son capaces de sobreponerse a este miedo. Los sucesos del siglo XX prueban que muchas personas renuncian a sus posibilidades de libre realización individual por el temor al desarraigo y el aislamiento; no quieren pagar el precio de incertidumbre y la pérdida de valores primarios que conlleva la independencia, y menos todavía en condiciones de precariedad económica e inseguridad sociopolítica. Buscan refugio a cambio de sumisión absoluta. La angustia y el desprecio que sufren hallan un lenitivo en la entrega a la causa, en la disolución del yo en el todo orgánico que los acoge. 

La libertad llevada hasta sus últimas consecuencias, reflexivamente asumida, significa autonomía. La libertad como autonomía no implica ausencia de normación: también está sometida a normas, pero no son las normas de la tribu, sino las de una ética universal que tiene como primer principio el respeto a la dignidad humana en toda circunstancia y que puede, por tanto, entrar en conflicto con la ley del lugar. La libertad así entendida es una libertad positiva, un poder, una capacidad, mediante la cual el sujeto se autoafirma como tal y afirma, al mismo tiempo, el respeto a la humanidad que en él se expresa. 

El miedo únicamente se supera con la acción. Pero no con una acción aislada, sino con un cúmulo de acciones a lo largo del tiempo, lo que genera un hábito: el hábito de la valentía. "No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo", dijo Nelson Mandela. La valentía es una virtud del carácter que se refiere no solamente a la búsqueda de la felicidad por parte del individuo, sino a la justicia e incluso a la verdad, pues también hace falta ser valiente para someter a crítica los dogmas y mitos que cercenan el libre pensamiento. La valentía es la libertad en acto, dicho en pocas palabras; es la energía creadora sin la cual ni siquiera sería posible iniciar un proyecto de vida. Es decir, incluye una determinada manera de afrontar los miedos en todas las situaciones de la vida, y es por ello una de las principales virtudes éticas. Sin coraje nos faltaría la capacidad de resistir ante las trampas del miedo que nos impiden ser felices, careceríamos de la perseverancia necesaria para llevar a buen término nuestras decisiones y no podríamos defender la verdad ni la justicia ante aquellos que las amenazan. 

El miedo en tres autores: Epicuro, Hobbes y Spinoza 

Me detendré en el caso de tres filósofos: Epicuro, Hobbes y Spinoza, por considerar que sus teorías son las más relevantes (o al menos, las más fértiles) en lo relativo al estudio del miedo. 

La referencia a Epicuro es obligada. Su famoso "tetrafarmacon" se presenta explícitamente como la medicina para luchar contra los cuatro principales miedos que atenazan el alma humana: el miedo a los dioses, el miedo a la muerte, el miedo al dolor y el miedo al fracaso. Inaugurando una tradición de filosofía libertaria, radicalmente humanista y materialista, Epicuro propone una filosofía que consiste en gozar de los placeres de la vida, saber discernir entre los placeres convenientes y los no convenientes y compartir con los amigos tanto la vida como el conocimiento. 

Con Hobbes, el estudio del miedo es afrontado desde una nueva perspectiva. Hablando de su nacimiento, Hobbes dijo: "el miedo y yo nacimos gemelos". Hobbes le asigna al miedo un papel positivo y creador en el orden social y político. Será el filósofo inglés quien inicie toda una tradición de filosofía política netamente conservadora basada en el llamado "pesimismo antropológico": el hombre es lobo para el hombre. Según Hobbes, el miedo es lo que mueve a los seres humanos a someterse a la autoridad de un Estado. En estado de naturaleza, los seres humanos habitan un mundo brutal y despiadado en el que rige la ley del más fuerte. En tal situación, viviríamos a merced del arbitrio violento de los otros y veríamos constantamente amenazada nuestra vida. El miedo a la muerte lleva a las personas a pasar de un estado de naturaleza a un estado basado en un contrato fundacional. Es decir, para evitar el extremo de la guerra permanente, las personas ceden a un soberano todos sus derechos y entonces surge el Estado como un ente capaz de garantizar la seguridad de todos. ¿Cómo impone el Estado su autoridad? Mediante el miedo al castigo, a través de la coerción y el uso de la violencia institucionalizada. El miedo, y solamente el miedo, es el que está en el origen del poder legítimo del Estado y es el que permite, además, su continuidad. En la teoría de Hobbes encuentran argumentos aquellos que defienden la legitimidad de estados autoritarios y autocráticos; por eso Hobbes fue partidario del absolutismo monárquico, sistema basado en el máximo miedo. 

Frente a esta concepción antropológica y política tan oscura y, vale decir, antihumanista, surge la filosofía de Spinoza como un maravilloso destello de lucidez y confianza en el poder de la razón. El miedo, según lo aborda el judío holandés, es una pasión negativa que, junto con la esperanza, es uno de los grandes males que conducen al ser humano a vivir en la servidumbre. La superstición permite engañar a los hombres y

[...]disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud como si se tratara de su salvación
Libro: Baruch Spinoza, Tratado teológico-político, Altaya, Barcelona, 1997, p. 64

El respeto a la autoridad y las leyes es necesario para la conservación del Estado, de ahí que el miedo sea un instrumento útil, pero no puede ser un fin en sí mismo. Es necesario un aumento de la racionalidad y el encauzamiento de los afectos colectivos en aras de la concordia. Sólo en sociedad es posible perfeccionar la naturaleza humana y lograr la felicidad. Nada hay más útil al hombre que el hombre. No es el miedo la base de la convivencia social y la armonía, sino el deseo de incrementar la libertad y la felicidad, puesto que solamente en sociedad podemos ver aumentada, con ayuda de los otros, nuestra potencia individual. La autoridad no significa coacción sin límites: el amor a la libertad es irrenunciable. El ser humano tiene la capacidad de construir y compartir, de mejorar y crecer. Unas adecuadas instituciones permitirían a la multitud libre cultivar la vida en común sin necesidad de imponer el miedo. En una sociedad sana los seres humanos se comportan los unos con los otros de una manera confiable, honrada y justa. El sabio es quien posee la virtud de la fortaleza, que se desdobla en dos: firmeza, cuando va referida al propio sujeto, y generosidad, cuando va referida a los otros. Una concepción como la de Spinoza vale para justificar la legitimidad de la democracia, en particular en su versión de democracia republicana: es decir, aquella que, para su correcto funcionamiento, exige la presencia de la virtud pública.