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La eternidad de la nada


Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti. Marco Aurelio.


Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez.
Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: “Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?” Si a ese privilegio le añadimos tantos otros, concernientes a las circunstancias de nuestra vida frente a las de millones de personas, parece que la muerte resulte una minucia. Y, sin embargo, dado que somos vida y nuestra vocación es la vida, la muerte siempre se nos aparece como una siniestra paradoja. Una paradoja que, además, provoca nuestra rebeldía. Porque no podemos pensar en la muerte con la sangre fría: es un asunto demasiado personal.  

Vuelvo a mis muertos. A veces los evocamos solo desde el angustioso pesar de haberlos perdido para siempre, de que hayan ingresado en esa ausencia que, como dice Comte-Sponville, “durará y durará”. Y, como el protagonista de La habitación verde de Truffaut, que convierte una habitación en el mausoleo obsesivo de su mujer perdida, quisiéramos esforzarnos por mantenerlos vivos construyéndoles un santuario en nuestra memoria, convirtiendo nuestra vida en una remembranza de los que amamos. Sin embargo, también nosotros nos iremos, y ya no estará nuestra memoria para oponerse al tiempo. ¿Quién encenderá entonces la vela de nuestra evocación?
Reflexionando sobre esto se me ocurrió que dejar de estar viene a ser como no haber estado nunca, que al día siguiente de una desaparición el mundo tapia el hueco que ocupaba esa persona y apenas queda un rastro que se va desvaneciendo poco a poco, hasta que al final desaparece del todo. La realidad seguirá su curso, ya para siempre, sin los que se fueron, y eso significa que, para un cierto presente que sucederá algún día, nunca habrán existido. A nuestras espaldas se acumula una multitud innumerable de muertos anónimos, de los que ya nada se sabe, que se perdieron para siempre en la ceniza del pasado. Y entendía un poco mejor ese principio budista de la “impermanencia”: si un día dejaremos de existir, si un día se borrarán por completo todos los rastros que dejamos en el mundo, entonces es como si ya no existiéramos, como si nuestra existencia fuese, ya aquí y ahora, un mero hálito ocasional de la nada eterna. Lo pasmoso, lo desconcertante, no es que habiendo sido dejemos de ser, sino que cuando desaparezcamos será como si no hubiésemos estado nunca.

Hemos de concluir, por consiguiente, que la verdadera característica del ser no es la levedad, como en la novela de Kundera, sino la nada; la eternidad de la nada que es ya un hecho en nuestro futuro. El pasado no existe, ya está perdido y nada lo hará regresar; no tiene consistencia ontológica más que como causa o precedente, pero aunque las cosas guarden en sí mismas la huella de sus causas, ya no son estas, del mismo modo que llevamos los genes de nuestros antepasados, pero no somos ellos: ellos se han desvanecido, la mayoría por completo, puesto que ya no queda nadie para recordarlos. En cuanto al presente, ¿dónde encontrarlo? ¿En qué minuto, en qué segundo, en qué milésima exacta está el presente, esa lámina tan infinitesimal que resulta imposible de aislar? Lo único consistente es el futuro: la infinitud de las posibilidades, la incuestionable seguridad del fin. Heidegger tenía razón: estamos lanzados hacia ese futuro, todo nos conduce a él, nos aguarda en algún cruce de todos los caminos; somos seres para la muerte.
Así que el tiempo, para nosotros, es una vivencia, un fenómeno ante todo psicológico. Para Kant es la intuición en la que se asientan los marcos de nuestras percepciones, esas estructuras a priori que él llamó categorías. Conceptualmente, lo construimos al diferenciar pasado, presente y futuro. Pero no existe la línea objetiva que los distinga: solo hay un flujo incesante que avanza, una marea que empuja, una flecha que se abre paso en una única dirección. Y en esa flecha todo sucede y deja de suceder, todo está y no está, todo relumbra y se apaga. “Dentro de un rato te marcharás por el mismo camino por el que has venido, y será como si nunca hubieses estado aquí, porque aquí ya no quedará nada tuyo”, me dijo más o menos un ermitaño que guardaba el parque de Bigues (un pequeño pueblecito próximo a Barcelona), y al que conocí casualmente yendo de excursión. En aquella ocasión me pareció una idea triste: al fin y al cabo, habíamos compartido un rato de afable charla; me daba pena que ese regalo se perdiera en la nada.

Desde la memoria he evocado a menudo aquel encuentro, y he reflexionado sobre la lección de mi querido ermitaño, al que, en efecto, nunca volví a ver. Acertó: de nuestro encuentro no queda nada real, solo la vaga sombra que acerca de él reconstruye la memoria. Allí ya no queda nada mío, y aquí, en mí, tampoco queda nada suyo, salvo el revoloteo, distraído y bostezante, de los recuerdos.
Y pensarlo ya no me parece tan triste, aunque siga desconcertándome. El viejo refrán tenía razón, una razón literal: no somos nada. O más bien habría que enunciarlo en positivo: somos nada. Una nada eterna que se despliega en el tiempo, que también es nada. Ni la habitación verde ni el santuario que construye Davenne, el personaje de Truffaut, a modo de baluarte, salvará a su mujer (tampoco a él, ni a aquella otra mujer que él perdió la oportunidad de amar) del olvido: todas las velas acabarán por apagarse, porque la luz es la excepción, porque lo eterno es la oscuridad.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 01/02/2019

El Tiempo Universal: ¿Reloj o cronómetros?

El Tiempo Universal: ¿Reloj o cronómetros?
En este escrito se plantean unas dudas, creo que razonables, que me gustaría someter a consideración desde un punto de vista absolutamente abierto, sea físico, metafísico o filosófico: dando por supuesta su existencia –la del tiempo– y su fundamental papel de padre –o notario mayor– de la Existencia... ¿cuál es su esencia? ¿Es universal o particular?

Con objeto de atenuar el sesgo científico del texto que, por su alejamiento de la ortodoxia filosófica, puede desanimar o incomodar a algunos lectores, bueno será comenzar con una definición del maestro Aristóteles, extraída de su obra “Física”, definición que, en su simplicidad, representa la mejor introducción al tema:

«El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes».
Aun cuando la ínfima magnitud del objeto de estas reflexiones pudiera considerarse de importancia determinante, el hecho cierto es que resulta irrelevante. Igualmente podríamos estar hablando de un segundo o de una hora. Partimos del supuesto de la existencia de un lapso mínimo de tiempo —el mínimo «instante» aristotélico— que, a modo de barrera, resulta imposible de franquear. Esto determina el límite de la existencia cognoscible, la cual, por definición, sólo puede manifestarse durante múltiplos enteros de este tiempo. Por lo tanto, nos encontramos ante el generador universal de sucesos. Ante un metrónomo que marca el ritmo de la existencia, cuyo período, según nos enseña la mecánica cuántica, es el tiempo de Plank (1). Y nada puede suceder entre dos pulsos. Y todo suceso debe empezar coincidiendo con uno de ellos.

Este hecho resulta coherente con la reflexión intuitiva que nos lleva a asociar la Existencia con el cambio y a definir el cambio como el detonador o causante de toda Existencia. Y el cambio patrón, el tiempo límite que permite todo cambio, es precisamente el tiempo de Plank (en adelante, Tp), el tiempo entre dos pulsos. Por lo tanto, vinculamos la Existencia con este lapso de tiempo. Nada puede existir fuera del mismo. Nada puede iniciar su existencia entre dos pulsos (2).

Sentada esta cuántica premisa, llegan las preguntas: ¿nos encontramos ante un reloj universal o ante un cronómetro particular? ¿Todas las historias del universo son cronológicamente coherentes? ¿Están o no están en fase?

Si se tratase de un reloj universal, todos los sucesos o historias de sucesos deberían haber comenzado en un número entero de pulsos de reloj. De un único reloj. De un reloj universal. No nos importaría para nada el origen. Fuera el Big Bang o el sursuncorda. Nos encontraríamos en una situación coherente de todas las historias y con todas las "existencias" en fase. Aunque este caso plantearía la espinosa cuestión de dónde reside el reloj y cómo conocen su estado y, consecuentemente, el momento de nacer, todas las "existencias" potenciales.

Pero si se tratase de un cronómetro particular, cada suceso o historia de sucesos dispararía su propio contador de pulsos, incluido el hipotético Big Bang. Esto, EMHO (3), configuraría una situación totalmente caótica, desordenada e incoherente que imposibilitaría la conexión precisa entre las distintas "existencias" por encontrarse fuera de fase, distorsionando la realidad (si no es que ya esté bastante distorsionada, independientemente de esta personal preocupación).

En pocas palabras: ¿El tiempo es universal o particular? Parecerá una cuestión académica, pero, sin duda, resulta perturbadora.

La intuición y la experiencia me sugieren que estamos ante un reloj universal, pero me gustaría basar las conclusiones en razonamientos fundamentados, ya sea en el conocimiento científico o en la introspección filosófica. Yo me quedo en lo que me muestran mis sentidos. Y ya sabemos lo que dan de sí: mi realidad subjetiva, personal e intransferible.

Reflexión final:
Dando por buena la restricción fuerte que representa el Tp, se me antoja que la hipótesis de un reloj universal (de otros hipotéticos universos, me olvido) implica necesariamente que todos los sucesos, historias o existencias del Universo están en fase y su tiempo de "vida" es exactamente múltiplo entero del Tp. Y esto también implica un origen único.

Ahora bien, si existen zonas que pulsen a un compás diferente, el problema que aparece es el de la "visibilidad" entre dos "existencias" fuera de fase (más allá de la percepción de un observador externo). Evidentemente, ATEP (4), esto es irrelevante en el mundo macroscópico, pero mi duda surge cuando hablamos de sucesos con tiempo de vida de uno o pocos Tp (no soy físico e ignoro si existen partículas elementales tan efímeras). Supongamos una partícula que vive 1 Tp, generada por una colisión o suceso X. Esta partícula (a efectos cronológicos) es hija de X y se supone en fase con otros posibles "hermanitos" quizá mas longevos (supongamos que su padre ha muerto en el mismo instante; por cierto... ¿existe la instantaneidad?). Resulta evidente que la existencia de esta partícula "coexiste" al 100% con sus hermanos, por lo que puede interaccionar con ellos sin restricción alguna. Pero ¿cómo "ve" esta partícula otra creada en contrafase, generada, por ejemplo, en 1/2 Tp previo?. Sólo "coexisten" el 50% de su Tp y el resto del tiempo se ignoran. Mutuamente no existen. Sencillamente, me parece imposible.

Y, probablemente, no estará de más concluir el artículo —que no el tema— con una guinda filosófica de Karl Popper, también semilla de reflexión científico-filosófica:

«El quid de la cuestión está en saber si el Universo se creó en el tiempo o con el tiempo».

Notas:
1 - Tiempo de Plank:  http://es.wikipedia.org/wiki/Tiempo_de_Planck
2 - Es interesante como, intuitivamente, aparece el concepto de pulso, pero evidentemente, se trata de una abstracción. Un pulso de reloj tiene frecuencia (o período) —en nuestro caso, Tp— y duración (o anchura) y, también en el caso que nos ocupa, esta duración —forzosamente menor que Tp— no existe. Extraño pulso, pues.
3 - En Mi Humilde Opinión.
4 - A Todos los Efectos Prácticos, expresión acuñada por John S. Bell: http://es.wikipedia.org/wiki/John_S._Bell