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El orden del mundo: la recuperación del sentido de la polis

El orden del mundo

“La polis existe no sólo para vivir, sino para vivir bien”
Aristóteles

“En el Estado, el individuo tiene su verdad, su libertad 
y su eticidad” Hegel

Ilustración de una polis griega que representa el orden del mundo y la política comunitaria
La polis no es solo un territorio, sino una comunidad orientada hacia el bien común.

La política llega a ser auténtica -es decir, efectivamente política- cuando los individuos logran hacerse conscientes de que la libertad no consiste en elegir el aislamiento y la fragmentación, sino en la construcción común del mundo en el que pueden llegar a ser libres. Una de las tragedias de la sociedad contemporánea consiste, precisamente, en haber separado -enajenado- la política de la idea de ciudadanía, que es lo que le da sentido al orden del mundo. Durante lo que va de siglo, la política se ha ido diluyendo y degradando aceleradamente para terminar deslizándose hacia la tecnologización de la administración de intereses y -como consecuencia de ello- hacia la lucha populista y barbárica por el poder. Y todo con mucha vanidad pero con poco “para qué”. Propaganda, miedo y supervivencia han ido transitando desde el cartel publicitario hasta la construcción de los carteles criminales. El “olvido del ser” se ha traducido, bajo los términos de la pérdida de la autoconciencia política, en el olvido de las enseñanzas de la Grecia clásica, y especialmente de las lecciones del gran Aristóteles, para quien la política consistía en la forma más elevada de la vida humana, porque con ella, comprendida como la vida de la comunidad, se refleja -y se hace evidente- nada menos que el orden del cosmos.

Aristóteles afirma en su tratado sobre la Política que el hombre es un “ζῷον Πoλίτικoν”, un “animal político”. Una frase que ha sido repetida hasta el cansancio, y que suele interpretarse de manera superficial, vale decir: como si con ella Aristóteles hubiese querido decir que el hombre vive en sociedad. Pero lo que Aristóteles afirma, en realidad, es algo mucho más profundo: el hombre sólo se realiza plenamente en la polis, porque la polis es el lugar donde la razón, la palabra, la justicia y el bien pueden hacerse realidades efectivas (Wirklich) del mundo.

La polis no es simplemente una ciudad, ni un territorio, ni un aparato de gobierno. La polis es una modo de vida, una comunidad formada y orientada por la idea del bien. Por eso Aristóteles sostiene que la polis existe no sólo para vivir, sino para vivir bien. “Vivir” -existir- puede hacerlo cualquier agrupación humana. Pero vivir bien sólo puede hacerlo una comunidad política formada y organizada por leyes, educación ética y estética, justicia y virtud.

En este sentido, la polis es la experiencia de la conciencia de la comunidad en y para sí misma. Es el lugar donde la sociedad se piensa, se organiza, se da leyes y decide su destino. Pero todavía más: según Aristóteles, la polis es la forma en virtud de la cual el orden del mundo se hace plenamente consciente de la vida. En efecto, para los griegos, el cosmos no era simplemente el universo físico, sino el orden y la conexión, cabe decir: una armonía, una totalidad organizada según proporciones y fines. Cosmos es palabra griega. Su significado es, precisamente, “orden”. El mundo no era, para un griego, un caos, sino un cosmos. Y la polis debía ser precisamente eso: un microcosmos, un cosmos en pequeño, un orden visible en la vida humana, una armonía de funciones, clases, leyes, educación y justicia. La polis es, en este sentido, la autoconciencia del cosmos.

Por eso la política, en su sentido clásico, no se comprende como la confrontación del poder por el poder, sino como la arquitectura del orden social. El político, en el sentido más elevado, es un arquitecto de la comunidad, alguien que está comprometido con el diseño de la conformación de la vida colectiva en correspondencia con la justicia y el bien común.

Cuando una sociedad pierde la idea de la polis, pierde también la idea de destino común. La sociedad deja de ser una comunidad para trastocarse en una disociación de átomos, de individuos aislados, de grupos enfrentados y movidos por la baja pasión que caracteriza a las facciones, los intereses y los resentimientos. En tales condiciones, ya no hay mundo común, sino fragmentos de mundo; ya no hay ni pensamiento ni lenguaje común: solo se oyen los gritos de la barbarie; ya no hay leyes respetadas, sino normas impuestas o burladas; ya no hay ciudadanos, sino -como dice Hegel- “vivientes”, que en realidad no son más que sobrevivientes.

Lo contrario de la polis no es la dictadura. Lo contrario de la polis es la desintegración social, la pérdida del Ethos, el malandraje, la absoluta imposibilidad de reconocerse los unos a los otros como miembros de una misma comunidad y de un mismo mundo. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser política y se convierte en una guerra silenciosa, en desconfianza permanente, en cerraduras, enrejados y cámaras de “seguridad” -léase: “seguridades externas”-, es decir, en la destrucción del espacio público.

Aristóteles decía que la polis es anterior al individuo. Por cierto, no en sentido cronológico, sino en sentido ontológico: el todo es anterior a las partes. Esto significa que el individuo sólo puede ser plenamente individuo dentro de una comunidad política. Fuera de la polis, decía Aristóteles, el hombre es “o una bestia o un dios”, pero no un hombre. Esta afirmación tiene hoy una fuerza extraordinaria. Las sociedades desgarradas, fracturadas, líquidas o cristalizadas -dialécticamente da lo mismo-, en las que ya no existe confianza, en las que ya no hay instituciones respetadas y en las que la ley ya no es reconocida como ley común, dejan de ser auténticas comunidades políticas. Son, si acaso, territorios habitados, pero no una polis.

Reconstruir una sociedad no sólo consiste en reconstruir su economía, sus instituciones o su infraestructura material. Reconstruir efectivamente una sociedad es reconstruir la polis: el mundo común, la confianza, la ley, la educación, la idea de bien común y la conciencia de destino compartido. La política, entendida en su sentido menos abstracto, no consiste únicamente en la conquista y preservación del poder, sino esencialmente en la construcción -una y otra vez, siempre de nuevo- de la polis. La política no consiste en la imposición o en el aplastamiento de los adversarios -generalmente percibidos como enemigos-, sino en la efectiva realización de la vida común. No consiste en dominar sino en ordenar, en formar y con-formar para crear el mundo. Tal vez, la enseñanza más importante de Aristóteles para nuestras sociedades no sea su teoría de las formas de gobierno, ni su clasificación de constituciones, sino esta idea profunda y densa: una sociedad sólo existe verdaderamente cuando se convierte en una polis, es decir, cuando logra transformarlo la convivencia en comunidad, la comunidad en orden, y el orden en forma de vida buena, auténtica. Al final, la polis no es simplemente una forma de organización política, sino el lugar donde los hombres dejan de vivir  “juntos” para comenzar a vivir -plenamente- en y para el mismo cosmos.

La Bildung cósmica y el orden político en la filosofía

La Bildung cósmica

Ilustración de una polis griega conectada con el cosmos y la naturaleza
La ciudad y la cultura como reflejo del orden cósmico natural.


“La naturaleza es el espíritu visible; el espíritu es la naturaleza invisible”
F.W.J. Schelling

En tiempos de incertidumbre política, se suele pensar que el orden de la ciudad depende exclusivamente de decisiones contractuales, de leyes, pactos, elecciones o de la resolución de los conflictos del poder. Sin embargo, la filosofía clásica y moderna han sugerido interpretaciones menos instrumentales y, por eso mismo, más profundas. Y es que quizá el orden político no sea exclusivamente el resultado de una construcción artificiosa y circunstancial sino, más bien, la expresión de un orden penetrado con la propia naturaleza. Desde esta perspectiva, la polis no sería un simple artificio humano, sino un momento particular dentro de un proceso de formación mucho más vasto -Inmenso, lo denominaría Giordano Bruno-, que se podría llamar, con una expresión un tanto provocadora, la Bildung cósmica.

Como se sabe, la palabra alemana Bildung designa algo más que la educación entendida como simple instrucción. Significa formación, desarrollo, cultivo de las capacidades humanas en un proceso que transforma tanto al individuo como al mundo que lo rodea. En la tradición cultural alemana, esta idea implica que el ser humano no nace acabado, sino que debe formarse, desplegar sus potencialidades y llegar a ser lo que está llamado a ser. No obstante, si se observa con atención, esta noción de formación no se limita exclusivamente a la vida humana. También se puede pensar como un principio que atraviesa coherentemente la naturaleza entera.

Ya Aristóteles había intuido un proceso semejante. En su concepción de la naturaleza, todo ser posee un principio interno de desarrollo. Así como la semilla se convierte en árbol, el animal alcanza su madurez, y el ser humano realiza su vida plena en la comunidad. Por eso, el filósofo de Estagira afirmaba que el hombre es un zoon politikón, un animal social, político. La polis, en consecuencia, no aparece como un accidente histórico, sino como la necesaria culminación de un proceso natural. Las familias se agrupan en aldeas, las aldeas en comunidades más amplias. Luego surgen las ciudades, en donde la vida humana puede realizarse plenamente.

Esta idea sugiere un componente de factura sustancial: el orden político no es -como diría Spinoza- azaroso ni completamente arbitrario. Si, como observa Aristóteles, la naturaleza comporta en su estructura un movimiento orientado a un determinado fin, entonces la vida política debe reflejar, al menos parcialmente, esa racionalidad inmanente. En otras palabras, la polis tiene que ser una expresión humana del orden del kosmos, que ya está presente en la naturaleza.

Unos cuantos siglos después, la filosofía de Schelling retoma esta intuición aristotélica, aunque, hay que decirlo, desde un horizonte comprensiblemente distinto. Para el pensador alemán, a diferencia de los empiristas y racionalistas modernos, la naturaleza no es una máquina inerte sino un proceso dinámico de (y en) autoformación. La realidad entera se despliega como una fuerza creativa que produce formas cada vez más complejas, como la materia, la vida, la conciencia y, finalmente, la cultura. El espíritu humano no está separado de la naturaleza: es, más bien, su culminación visible.

En este contexto, se puede hablar de una auténtica con-formación del kosmos. La naturaleza se organiza lenta y progresivamente, se vuelve cada vez más consciente de sí misma y encuentra en el ser humano el momento de su reflexión, elevándose a Espíritu. El arte, la filosofía y la cultura son manifestaciones de ese proceso. Ahí donde la naturaleza alcanza su mayor grado de conciencia, el universo comienza a comprenderse a sí mismo.

Si se tira del hilo conductor de esta línea de pensamiento, la actividad política también podría interpretarse como parte constitutiva de este proceso formativo. La organización de la vida común no sería, entonces, únicamente un arreglo pragmático para evitar el caos, sino una forma en la cual la conciencia humana intenta dar expresión histórica de un orden más profundo y trascendente. Las instituciones, las leyes y las tradiciones serían, en cierto modo, intentos de traducir en la vida colectiva una armonía que ya intuimos en la estructura del universo. La polis deviene el reflejo necesario del kosmos, porque como su propio nombre lo indica, “kosmos” quiere decir orden y armonía.

Esta perspectiva no significa que las ciudades reales encarnen mecánicamente dicho orden. La historia política está llena de conflictos, tropiezos, injusticias y rupturas. Pero, precisamente por eso, la idea de una formación más amplia puede servir como bitácora de un movimiento crítico efectivo. Cuando la política pierde toda relación con la formación humana -cuando se deja de cultivar la inteligencia, la prudencia o la justicia- y se convierte en mera lucha de intereses, es decir, en el ambiente propicio de los idiotas, en el estricto significado del término, en ese momento, la polis deja de reflejarse en el kosmos, porque se separa de aquello que le da sentido y significado. Único modo posible de comprender por qué Tales -dice Platón en el Teeteto-, “por mirar las estrellas, cayó en un pozo, mientras una sirvienta de Tracia se burlaba de él”. Hegel, por cierto, recrea el significado de esta anécdota: “Se cuenta de Tales que, observando los astros, cayó en un pozo, y que una sirvienta tracia se burló de él, diciendo que quería conocer lo que está en el cielo sin lograr ver lo que tenía delante de sus pies”. Pero, concluye Hegel, “la gente suele reírse de cosas por el estilo, y tiene la ventaja de que los filósofos no pueden pagarle con la misma moneda; solo que no se dan cuenta de que los filósofos se ríen, a su vez, de quienes no pueden caer en una zanja, por la sencilla razón de que están metidos siempre en ella, sin acertar a levantar los ojos para mirar las estrellas”.

Pensar la política desde la idea de una Bildung cósmica invita, cuando menos, a recuperar una antigua pregunta: ¿refleja nuestra vida pública algún principio de orden y formación o simplemente reproduce la fragmentación de nuestras pasiones? Tal vez, el desafío de nuestro tiempo consista en volver a conectar la vida política con procesos más profundos de formación cultural y civil.

Después de todo, si el universo mismo se haya en un continuo proceso de formación, la ciudad debería ser uno de sus espacios privilegiados. Porque ahí donde los seres humanos se educan, deliberan y buscan formas de vida más justas y libertarias, el cosmos continúa, de algún modo, la inagotable obra de su devenir.