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Manifiesto de la herida fecunda






(Para los que aún pueden sentir el filo)


1. Diagnóstico del presente


Vivimos en la época del gran encapsulamiento. Nunca ha habido tanta conexión técnica y tanta desconexión vital. Los flujos circulan a velocidad infinita, pero siempre vuelven al mismo embudo: el de la mercancía, la deuda, el rendimiento. Nuestros cuerpos son segmentados hasta el hueso: trabajo aquí, consumo allá, ocio programado, sueño vigilado. Las almas son medidas por algoritmos que saben de nosotros más que nosotros mismos. Y sin embargo… algo se resiste. Algo pica, raspa, duele. Eso que duele es la herida. No la herida como falta, sino como exceso. Como esa parte de nosotros que no entra en ningún casillero, que no se deja codificar, que sigue siendo intensidad cuando todo nos empuja a la inercia.


2. Crítica de los falsos afueras


Durante décadas nos vendieron líneas de fuga prefabricadas: la revolución que nunca llega, la espiritualidad de supermercado, la rebeldía embotellada en botellas de marketing. El narcotráfico, la guerra, el suicidio. También ellos son presentados como fugas, pero son trampas. No hay afuera del capitalismo, dicen unos. No hay afuera, punto, dicen otros. Pues bien: si no hay afuera, que lo haya aquí. Que la fuga sea inmanente. Que la grieta se abra en el pavimento mismo del sistema, no en un más allá imaginario. La tarea no es irse del mundo, sino hacer que el mundo se vuelva inhabitable para sus propios amos.


3. El cuerpo sin órganos como territorio de insurrección


No queremos cuerpos sanos. Queremos cuerpos intensivos. El cuerpo sin órganos no es un ideal: es una práctica cotidiana. Se construye cada vez que usamos una parte del cuerpo contra su función asignada: los ojos para llorar sin motivo, las manos para acariciar sin intercambio, la boca para cantar palabras que no venden nada. El CsO es una máquina de guerra contra el organismo social, contra la segmentariedad, contra el trabajo como deuda. Quien protege sin esperar nada a cambio ya está operando en CsO. Quien crea sin pedir permiso ya está desterritorializando.


4. La meseta como modo de organización


Abajo las jerarquías, las pirámides, los árboles. Arriba el rizoma. No queremos partidos con programa, ni sindicatos con burocracia, ni asambleas que reproducen el poder en espejo. Queremos mesetas: regiones de intensidad donde se conectan saberes, afectos, gestos. Un taller de escritura con una huerta comunal. Una red de cuidados mutuos con una imprenta clandestina. Un archivo de memorias heridas con un estudio de danza. Todo puede conectarse con todo, no por eclecticismo, sino por necesidad. Porque el capitalismo separa; nosotros unimos. Porque el Estado fragmenta; nosotros rizomamos.


5. El cuidado sin Bestand como virtud central


La política del siglo XXI no será del honor, ni del deber, ni de la utilidad. Será del cuidado. Pero cuidado sin fondo, sin reserva, sin cálculo. Cuidado como técnica del cuerpo sin órganos: dar sin esperar retorno, proteger sin poseer, acompañar sin dirigir. Se aprende cuidando, y se cuida aprendiendo. No hay manual, no hay protocolo, no hay aplicación. Hay el gesto que surge de la herida compartida. Por eso nuestro manifiesto no proclama derechos sino intensidades: derecho a ser frágil, derecho a no ser productivo, derecho a la desobediencia del deseo.


6. El trabajo que deviene creación


No aboliremos el trabajo, porque el trabajo puede ser fiesta. Aboliremos el trabajo como mercancía. Separaremos la actividad creadora del valor de cambio. Todo trabajo que no produce intensidad es trabajo muerto; todo trabajo que no conecta con otros cuerpos es trabajo vacío. Por eso apoyamos las ocupaciones de fábricas para convertirlas en laboratorios artísticos, las huelgas que exigen tiempo para la vida, las cooperativas que miden su éxito por la alegría de sus miembros y no por el beneficio de sus accionistas. El pleno empleo no es meta: el pleno deseo, sí.


7. Contra el sujeto propietario: hacia la propiedad de los encuentros


Hemos sido educados en el fetichismo del sujeto: mi cuerpo, mi conciencia, mi obra, mi amor. Esa lógica conduce al orgullo, la envidia, la guerra de todos contra todos. Propugnamos una inversión radical: lo que importa no son los sujetos sino los entre. El encuentro es la unidad política elemental. Una amistad que dura años es más relevante que cualquier declaración de principios. Un grupo que se reúne para leer poesía y llorar juntos es más subversivo que un comité central. Por eso nos importa menos quién habla y más qué circula entre quienes hablan. La firma del manifiesto es colectiva, porque la autoría es siempre un robo. Lo escribió la herida, no yo.


8. La angustia como potencia


No le tememos a la angustia. La angustia no es enfermedad, es el precio de la desterritorialización. Es lo que sentimos cuando los códigos se rompen y todavía no hemos construido otros. Es el vértigo del deseo sin objeto. La angustia no se cura con ansiolíticos ni con autoayuda ni con trabajo. Se habita, se atraviesa, se comparte. Por eso nuestras asambleas no empiezan con un orden del día sino con una pregunta: ¿qué te duele hoy? La respuesta abre la sesión. Porque de las heridas, bien administradas, brota el futuro.


9. Llamado a la experimentación


No prometemos paraíso. Prometemos intensidad. No garantizamos victoria. Garantizamos lucha. El enemigo es gigantesco: capital financiero, Estados vigilantes, subjetividades colonizadas. Pero también nosotros somos muchos, más de los que las estadísticas dicen. Estamos en las depresiones que no se calman con pastillas, en los amores que no caben en el matrimonio, en los trabajos que hacemos a escondidas del patrón, en los sueños que no le contamos al terapeuta. Solo falta un gesto, una palabra, una mano tendida. Este manifiesto es ese gesto.


10. Final abierto


No hay punto final. Hay puntos de fuga que se multiplican. Alguien leerá esto y lo encontrará confuso. Otro lo encontrará obvio. Lo importante no es el texto, es lo que ocurre entre el texto y su lector, entre el lector y otro lector, entre ese otro y su vecino. La política no es aplicable, es experimentable. Así que experimentemos. Juntémonos en cualquier lugar, a cualquier hora. Hablemos de lo que duele, de lo que alegra, de lo que aún no sabemos hacer. Esa conversación será la célula del nuevo mundo. No un mundo ideal, no un mundo puro. Un mundo herido, sí. Pero un mundo donde la herida sea el umbral de lo posible.


Firmado: la avispa, la orquídea, el rizoma, la meseta, el cuerpo sin órganos, las líneas de fuga, y usted que lee... porque ya es parte de lo que viene.

El orden del mundo: la recuperación del sentido de la polis

El orden del mundo

“La polis existe no sólo para vivir, sino para vivir bien”
Aristóteles

“En el Estado, el individuo tiene su verdad, su libertad 
y su eticidad” Hegel

Ilustración de una polis griega que representa el orden del mundo y la política comunitaria
La polis no es solo un territorio, sino una comunidad orientada hacia el bien común.

La política llega a ser auténtica -es decir, efectivamente política- cuando los individuos logran hacerse conscientes de que la libertad no consiste en elegir el aislamiento y la fragmentación, sino en la construcción común del mundo en el que pueden llegar a ser libres. Una de las tragedias de la sociedad contemporánea consiste, precisamente, en haber separado -enajenado- la política de la idea de ciudadanía, que es lo que le da sentido al orden del mundo. Durante lo que va de siglo, la política se ha ido diluyendo y degradando aceleradamente para terminar deslizándose hacia la tecnologización de la administración de intereses y -como consecuencia de ello- hacia la lucha populista y barbárica por el poder. Y todo con mucha vanidad pero con poco “para qué”. Propaganda, miedo y supervivencia han ido transitando desde el cartel publicitario hasta la construcción de los carteles criminales. El “olvido del ser” se ha traducido, bajo los términos de la pérdida de la autoconciencia política, en el olvido de las enseñanzas de la Grecia clásica, y especialmente de las lecciones del gran Aristóteles, para quien la política consistía en la forma más elevada de la vida humana, porque con ella, comprendida como la vida de la comunidad, se refleja -y se hace evidente- nada menos que el orden del cosmos.

Aristóteles afirma en su tratado sobre la Política que el hombre es un “ζῷον Πoλίτικoν”, un “animal político”. Una frase que ha sido repetida hasta el cansancio, y que suele interpretarse de manera superficial, vale decir: como si con ella Aristóteles hubiese querido decir que el hombre vive en sociedad. Pero lo que Aristóteles afirma, en realidad, es algo mucho más profundo: el hombre sólo se realiza plenamente en la polis, porque la polis es el lugar donde la razón, la palabra, la justicia y el bien pueden hacerse realidades efectivas (Wirklich) del mundo.

La polis no es simplemente una ciudad, ni un territorio, ni un aparato de gobierno. La polis es una modo de vida, una comunidad formada y orientada por la idea del bien. Por eso Aristóteles sostiene que la polis existe no sólo para vivir, sino para vivir bien. “Vivir” -existir- puede hacerlo cualquier agrupación humana. Pero vivir bien sólo puede hacerlo una comunidad política formada y organizada por leyes, educación ética y estética, justicia y virtud.

En este sentido, la polis es la experiencia de la conciencia de la comunidad en y para sí misma. Es el lugar donde la sociedad se piensa, se organiza, se da leyes y decide su destino. Pero todavía más: según Aristóteles, la polis es la forma en virtud de la cual el orden del mundo se hace plenamente consciente de la vida. En efecto, para los griegos, el cosmos no era simplemente el universo físico, sino el orden y la conexión, cabe decir: una armonía, una totalidad organizada según proporciones y fines. Cosmos es palabra griega. Su significado es, precisamente, “orden”. El mundo no era, para un griego, un caos, sino un cosmos. Y la polis debía ser precisamente eso: un microcosmos, un cosmos en pequeño, un orden visible en la vida humana, una armonía de funciones, clases, leyes, educación y justicia. La polis es, en este sentido, la autoconciencia del cosmos.

Por eso la política, en su sentido clásico, no se comprende como la confrontación del poder por el poder, sino como la arquitectura del orden social. El político, en el sentido más elevado, es un arquitecto de la comunidad, alguien que está comprometido con el diseño de la conformación de la vida colectiva en correspondencia con la justicia y el bien común.

Cuando una sociedad pierde la idea de la polis, pierde también la idea de destino común. La sociedad deja de ser una comunidad para trastocarse en una disociación de átomos, de individuos aislados, de grupos enfrentados y movidos por la baja pasión que caracteriza a las facciones, los intereses y los resentimientos. En tales condiciones, ya no hay mundo común, sino fragmentos de mundo; ya no hay ni pensamiento ni lenguaje común: solo se oyen los gritos de la barbarie; ya no hay leyes respetadas, sino normas impuestas o burladas; ya no hay ciudadanos, sino -como dice Hegel- “vivientes”, que en realidad no son más que sobrevivientes.

Lo contrario de la polis no es la dictadura. Lo contrario de la polis es la desintegración social, la pérdida del Ethos, el malandraje, la absoluta imposibilidad de reconocerse los unos a los otros como miembros de una misma comunidad y de un mismo mundo. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser política y se convierte en una guerra silenciosa, en desconfianza permanente, en cerraduras, enrejados y cámaras de “seguridad” -léase: “seguridades externas”-, es decir, en la destrucción del espacio público.

Aristóteles decía que la polis es anterior al individuo. Por cierto, no en sentido cronológico, sino en sentido ontológico: el todo es anterior a las partes. Esto significa que el individuo sólo puede ser plenamente individuo dentro de una comunidad política. Fuera de la polis, decía Aristóteles, el hombre es “o una bestia o un dios”, pero no un hombre. Esta afirmación tiene hoy una fuerza extraordinaria. Las sociedades desgarradas, fracturadas, líquidas o cristalizadas -dialécticamente da lo mismo-, en las que ya no existe confianza, en las que ya no hay instituciones respetadas y en las que la ley ya no es reconocida como ley común, dejan de ser auténticas comunidades políticas. Son, si acaso, territorios habitados, pero no una polis.

Reconstruir una sociedad no sólo consiste en reconstruir su economía, sus instituciones o su infraestructura material. Reconstruir efectivamente una sociedad es reconstruir la polis: el mundo común, la confianza, la ley, la educación, la idea de bien común y la conciencia de destino compartido. La política, entendida en su sentido menos abstracto, no consiste únicamente en la conquista y preservación del poder, sino esencialmente en la construcción -una y otra vez, siempre de nuevo- de la polis. La política no consiste en la imposición o en el aplastamiento de los adversarios -generalmente percibidos como enemigos-, sino en la efectiva realización de la vida común. No consiste en dominar sino en ordenar, en formar y con-formar para crear el mundo. Tal vez, la enseñanza más importante de Aristóteles para nuestras sociedades no sea su teoría de las formas de gobierno, ni su clasificación de constituciones, sino esta idea profunda y densa: una sociedad sólo existe verdaderamente cuando se convierte en una polis, es decir, cuando logra transformarlo la convivencia en comunidad, la comunidad en orden, y el orden en forma de vida buena, auténtica. Al final, la polis no es simplemente una forma de organización política, sino el lugar donde los hombres dejan de vivir  “juntos” para comenzar a vivir -plenamente- en y para el mismo cosmos.