Mostrando entradas con la etiqueta Muerte. Mostrar todas las entradas

Sobrepensar para conocerse: El sentido de la vida, el amor y la identidad, en voces jóvenes de la filosofía actual

Prólogo “Sobrepensar para conocerse”

El título que eligieron no es casual. Pensar es necesario, pero sobrepensar es otro movimiento: es salirse un poco de uno mismo para volver a entrar, renovado. Es ese diálogo silencioso en el que la conciencia aparece sin pedir permiso, donde las preguntas se vuelven más insistentes que las respuestas y donde uno tiene que animarse a mirarse de frente. En sexto año, cuando tantas decisiones parecen asomarse todas juntas, sobrepensar no es un exceso: es un acto de cuidado y de valentía. Un modo de ordenarse por dentro mientras el mundo de afuera acelera.

La filosofía, en este sentido, no fue para ellos una materia: fue una herramienta. Un espacio donde pudieron frenar la inmediatez, hacerse preguntas que nadie hace en voz alta y descubrir que conocerse no siempre trae paz, pero sí claridad. Sobrepensar fue, entonces, su manera de buscarse: de ver qué los mueve, qué los inquieta, qué los hace felices, qué los lastima y qué quieren construir.

Ese ejercicio, es el corazón de este libro en el que se enfrentaron a cuatro grandes preguntas: Frente a la pregunta sobre la filosofía, dialogaron con Sócrates, Platón, Jaspers, Pieper, Bauman, Marx, Heidegger y Zambrano, para descubrir que la filosofía es brújula, espejo y a veces martillo. Cuando se preguntaron por el sentido de la vida, caminaron junto a Arendt, Aristóteles, Fromm, Frankl, Peterson, Demócrito, Diógenes, Miguel Ruiz, Levinas, Buber y Marcel. En la felicidad y el amor se animaron a dejarse interpelar por Bataille, Nietzsche, Agustín de Hipona, Pascal, Epicuro, Beauvoir, Byung-Chul Han, Hegel, Derrida, Marion, Harari y Schopenhauer, descubriendo que amar es una tarea compleja. Y sobre la muerte conversaron con Kierkegaard, Zizek, Marco Aurelio, Séneca, Feuerbach, Epicteto, Camus, Freud, Agamben, entre otros, reconociendo que pensar la muerte es, de algún modo, aprender a vivir mejor.

Todos estos pensadores, con sus ideas y sus mundos, aparecen aquí respirando entre las palabras de 6to 2da Sociales. No como citas lejanas, sino como voces que se dejan reinterpretar, cuestionar y transformar. Porque sobrepensar —como ellos lo hicieron— es también permitir que el pensamiento de otros ilumine el propio, volverlo diálogo, experiencia, búsqueda de autoconocimiento. Y si conocerse no es tarea sencilla, al menos acá dejaron pruebas de que lo intentaron con honestidad. Ojalá este libro les recuerde, cada vez que lo lean, que sobrepensarse no es un problema: es un camino a recorrer.

Nicolás Balero Reche

Ilustración artística de un busto griego con elementos abstractos que representan el pensamiento joven
La filosofía clásica reinterpretada por las nuevas generaciones.


 

    Valen

    La filosofía sirve para todo, por más que no lo veamos, por más que no sean cosas tangibles o herramientas para construir una casa. Aunque no cure una enfermedad ni apague un incendio, la filosofía es útil y está ahí.

    Es tan útil que existió siempre (o casi). Sabemos que existe oficialmente desde que el humano se organizó socialmente y se originaron los momentos de ocio, cuando se sedentarizó y ya no era necesario trasladarse para cazar y armar nuevos “hogares”. Pero también sabemos que esto no es 100 % certero, que probablemente haya estado siempre, quizás menos presente y, obviamente, sin reconocer.

    El claro ejemplo lo tenemos en el surgimiento del término. Este se emplea cuando Sócrates se niega como un sabio y se define como un “amante del saber” (filo de amor, sofos de sabiduría), pero sabemos muy bien que se filosofaba desde mucho antes de esto (incluso Sócrates filosofó toda su vida sin saber que lo que hacía era filosofar, y no fue hasta casi las últimas décadas de su vida que le surge la definición).

    Todo esto, nos lleva a darnos cuenta de que la filosofía es el origen del saber, del pensar, del razonar. No es lo primero, ya que en un principio el humano necesitó atender sus necesidades biológicas o instintivas, pero si es el inicio de nuestro pensar. Aun cuando no había tiempo de hacerlo, surgía. Quizás no había nadie que se siente específicamente a filosofar, pero se filosofaba igual, casi inconscientemente, probablemente dándole menos peso o atención y dejando abiertos muchos pensamientos. De ahí también surgen los mitos; el humano necesitaba saciar su ansia de saber el porqué, el de dónde.

    La filosofía, es lo que probablemente nos diferencie del resto de especies; es el inicio de todo lo que conocemos actualmente y es a su vez la herramienta más actual que tenemos para mejorar a nivel personal y social, para organizarnos de manera política, para crecer y avanzar. Si bien al principio de esta página dije que la filosofía no curaba personas, fue gracias a ella que la medicina existió, que todas las ciencias y razonamientos lo hicieron. Por eso, la filosofía es el todo y es cada día más necesario arraigarnos a ella, tomarla con seriedad, disfrutarla. Necesitamos dejar de temerle y de burlarnos de quienes la practican, y atenderla más.

    Filosofía, ¿para qué? Para aprender, de lo nuestro, de lo ajeno; para avanzar solos o en conjunto; para crecer, para enfrentar nuestros temores, para intentar mejorar, para aportar.

    PD: No olvidemos que nuestros pensamientos siempre están ahí y no se puede huir de ellos; es cuestión de tiempo abrirte a oírlos, y lo mejor es que sea cuanto antes.

    Josu

    El año pasado, si me preguntaba filosofía para qué, seguramente te iba a decir que le quieren poner un nombre a cuando los fumancheros hablaban pavadas. Tenía esa imagen básica, como si no tuviera nada que ver con la vida real. Pero este año entendí que la filosofía sirve justamente para lo contrario: para matar la ignorancia.

    La filosofía es una herramienta muy fuerte que ayuda a conocerse a uno mismo. Muchas veces uno cree que se las sabe todas, que ya entendió cómo funcionan las cosas, pero la filosofía te enseña algo clave: darte cuenta de que en realidad no sabés nada. Parece una ironía, pero no lo es. Es el momento justo para empezar a pensar de verdad.

    Elegir la filosofía es elegir un camino en el que sabés que vas a sufrir, pero también que vas a vivir consciente. No es un camino cómodo. Pensar incomoda, dudar duele, cuestionarse cansa. Pero es mucho peor vivir en automático, sin preguntarse nada; este camino ahora se ve cada vez más lejano. Antes existían los momentos de ocio, había tiempo libre para pensar. En la modernidad líquida eso se perdió: ya no hay espacio para estar en silencio con tu cabeza, solamente pensando.

    Ahora lo que más acerca la filosofía a las personas son las situaciones límite. Cuando algo se rompe, cuando duele, cuando no entendemos lo que pasa, tenemos o nos surge la necesidad de pensar. La filosofía sirve para canalizar emociones, para entender el mundo, para tomar las riendas de la propia vida y empezar a tomar decisiones conscientes. En conclusión, la filosofía sirve para eso: para elegir. Elegir cómo vivir, cómo pensar y, capaz, ayudarte a elegir ser feliz o, aunque sea, el medio

    Ale

    A veces me pregunto por qué tenemos que estudiar filosofía en la escuela. Muchos de mis compañeros dicen que no sirve para nada, que es aburrida, que es pura teoría sin sentido. Yo también lo creía. ¿Para qué pensar en cosas que no se pueden tocar, que no tienen una respuesta clara, que no sirven para conseguir un trabajo o para ganar plata? Pero con el paso de las clases de Niquito, y sobre todo después de algunas clases que me generaron intriga, empecé a ver que la filosofía es una buena herramienta en la vida. De hecho, empecé a pensar que la filosofía es necesaria, aunque no lo parezca a primera vista.

    La filosofía me hace cuestionar. Me hace preguntar cosas que antes daba por hechas. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy acá? ¿Qué es la verdad? ¿Qué significa ser feliz? Esas preguntas no tienen una sola respuesta, pero hacerse la pregunta ya cambia algo. Es como si, al pensar de esa manera, uno se volviera más consciente de sí mismo y del mundo. Me pasó una vez que, caminando por la calle después de una clase de filosofía sobre el tiempo, empecé a notar cómo todo cambia: los autos pasan, la gente envejece, yo mismo ya no soy el de hace un año. Ver eso me hizo valorar un poco más la vida, pero también me hizo valorar el presente de otra manera. La filosofía me hizo reflexionar y mirar mi entorno de otra manera.

    También aprendí que la filosofía no es solo para “los grandes pensadores” como Platón u otros grandes filósofos. También puede estar en una charla entre amigos, cuando hablamos de lo que queremos ser en la vida, de lo que nos da miedo, de lo que creemos que está bien o mal. Un buen ejemplo es por el momento que estamos pasando la mayoría de la gente de mi edad con el tema: ¿qué vamos a hacer el año que viene? ¿qué carrera vamos a estudiar? ¿somos capaces de estudiar una carrera? ¿realmente queremos estudiarla? Así muchas más preguntas del estilo; eso también es filosofía. Y entender eso me ayudó a ver que pensar no es una pérdida de tiempo. Es una forma de ver la vida, de formar una opinión propia, de no repetir lo que dicen los demás sin pensarlo.

    En un mundo lleno de información, de redes sociales, de opiniones por todos lados, la filosofía es una buena herramienta, y de ver y pensar lo que uno de verdad siente. Nos hace dudar, argumentar las cosas, escuchar al otro. Me ayudó a entender que no todo lo que brilla es oro, que hay que buscar razones, que es válido decir “no sé” y seguir preguntando. En este sentido, la filosofía es una herramienta. Porque cuando uno piensa por sí mismo, al menos ese es el objetivo de la filosofía.

    Para mí, “la filosofía es un espacio de resistencia frente a un mundo que va muy rápido” (frase dicha por mi abuela). Es como tomarse un tiempo para uno mismo, un momento para mirar hacia adentro y también hacia afuera, para entender mejor quién soy y qué quiero. No tengo todas las respuestas, pero sí muchas más preguntas. Y eso me parece un buen comienzo para ver lo que en realidad quiero.

    Entonces, ¿filosofía, para qué? Para vivir mejor, para vivir más despierto. Para no tragarme cualquier cosa sin pensar. Para aprender a escuchar, a argumentar, a respetar. Para encontrar un sentido a las cosas y tratar de entenderlo. La filosofía no siempre me da respuestas, pero si me da herramientas.

    Luchi

    A lo largo de la historia, la filosofía ha sido la herramienta con la que los seres humanos se han hecho preguntas fundamentales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿qué es el bien?, ¿qué es la verdad? Sin embargo, muchas veces nos preguntamos cuál es su utilidad práctica, sobre todo en un mundo tan rápido, tan técnico y tan orientado al resultado. Entonces, ¿para qué sirve la filosofía?

    La filosofía sirve, en primer lugar, para pensar mejor. En una época donde abundan las opiniones sin fundamento, los discursos vacíos o las verdades impuestas, la filosofía nos entrena para reflexionar de forma crítica, para no aceptar todo como cierto solo porque lo dice alguien con autoridad o porque lo leemos en internet. Filtrar, dudar, analizar, cuestionar: eso es filosofar. Y en ese sentido, la filosofía es una forma de libertad.

    Además, la filosofía nos ayuda a entender el mundo y entendernos a nosotros mismos. No da respuestas definitivas, pero nos da herramientas para encontrar nuestras propias respuestas. Nos hace conscientes de lo que pensamos y por qué lo pensamos. Nos obliga a mirar más allá de lo superficial, a profundizar, a no conformarnos. Esa capacidad de ir al fondo de las cosas no solo es útil en la vida académica, sino en cualquier aspecto de la vida cotidiana.

    ¿Para qué más sirve la filosofía? Para vivir con más sentido. Vivimos rodeados de estímulos, de distracciones, de metas impuestas por otros. Pero la filosofía nos da un espacio para detenernos, para pensar si lo que estamos haciendo realmente tiene valor. Nos invita a hacernos preguntas incómodas pero necesarias: ¿estoy viviendo como quiero?, ¿estoy actuando bien?, ¿soy feliz o solo estoy ocupado? En ese espacio, nace la posibilidad de una vida más auténtica.

    También la filosofía nos permite dialogar con otros sin imponer, con respeto, con argumentos. En un mundo lleno de conflictos y polarización, filosofar es construir puentes. No es pensar todos igual, sino pensar juntos. Aprender a escuchar al otro, a debatir sin agredir, a construir ideas colectivas. Por eso, también tiene una dimensión política y social muy importante.

    En resumen, la filosofía no es una pérdida de tiempo, ni algo inútil. Es una necesidad profunda del ser humano. Sirve para pensar, para cuestionar, para crecer, para vivir mejor. En un mundo que muchas veces va sin rumbo, la filosofía es una brújula. No marca el camino exacto, pero ayuda a no caminar a ciegas.

    Aitana

    ¿Para qué filosofamos? ¿Qué fin tiene filosofar? ¿Las respuestas filosóficas nos sirven de algo? ¿Filosofar es útil?

    Con el simple hecho de hacerte esas preguntas ya estás filosofando, yo creo que si nos ponemos a pensar a simple vista filosofar es algo inútil; solo buscas respuestas por el simple hecho de tenerlas y saber que las tenés, como Sócrates decía amas saber que sabes, la filosofía es el amor a la sabiduría, mediante las preguntas filosóficas, todas las respuestas filosóficas que vas obteniendo se acumulan en tu mente convirtiéndose en saberes, que probablemente no te sirvan para nada, pero te gusta saber que sabes eso que tal vez no todo el mundo sabe, y eso te hace sentir mejor, más sabio; pero en realidad el sabio no es aquel que cree tener el conocimiento de todo, sino el que busca obtener conocimientos aunque no le sirvan de nada.

    Yo creo que en un punto todos somos sabios o tal vez todos somos filósofos o todos podemos ejercer el filosofar; con esto no voy a que por hacerte una simple pregunta y responderla, automáticamente ya sos filósofo, sino que a lo que voy es que no podemos escapar de filosofar. En todo momento, las preguntas que llevamos más allá de lo obvio, son filosofar; al igual que lo decía Jaspers, las dudas filosóficas nacieron con nosotros y morirán con nosotros. Estas surgen del asombro, de las cosas que nos generan incertidumbre, que nos hacen dudar sobre lo que tenemos en frente, y a su vez también surgen de las situaciones límites, que nos llevan a replantearnos nuestra vida entera, pero estas son sumamente personales, ya que no a todos nos afectan de la misma manera y, por lo tanto, las preguntas filosóficas que nos surgen varían según quién se la pregunte y quién se la responda.

    Para poder filosofar es sumamente necesario tener tiempo de ocio; según Piper, el tiempo de ocio es un descanso de la actividad, donde frenas de la rutina y te pones a mirar con detenimiento, a contemplar lo que tenés a tu alrededor y reflexionas sobre eso, volvés sobre tus propios pensamientos y te encontrás con vos mismo; salís del mundo circundante, de las respuestas obvias y volvés renovado, con un nuevo pensamiento. Muchas veces este trayecto de obtención de una respuesta te genera incomodidad, porque las preguntas filosóficas son profundas, te invitan a reflexionar y dar una y mil vueltas sobre lo mismo, y una misma pregunta puede tener más de una respuesta; por eso la filosofía es un saber libre y existencial.

    Estas cuestiones filosóficas que nos incluyen a nosotros mismos son muchas veces las más importantes, porque te hacen dudar, pero muchas veces son las últimas en ser respondidas, ya que esperas hasta el último momento, hasta que llegas a una situación límite, para hacerte la pregunta.

    Cómo dije estas preguntas nos incluyen a nosotros mismos porque somos quienes las hacemos y somos nosotros mismos quienes nos las respondemos; por eso según Heidegger, la pregunta implícita detrás de las preguntas filosóficas es ¿Quién soy?; por eso tampoco pienso que sea un saber inútil, las respuestas filosóficas van conformando nuestro ser, van escribiendo nuestra vida, nos hacen ser protagonistas de nuestra propia vida, nos hacen buscar algo más allá de lo cotidiano, algo más allá de nuestra vida, para poder reencontrarnos con nosotros mismos; estamos invitados a trascender, como dijo Zambrano; las preguntas filosóficas nos hacen despertar y darnos cuenta si estamos siendo nosotros mismos o estamos atrapados en lo que estamos viviendo, nos permiten buscar nuestro ser hasta que finalmente llegamos a nuestra muerte, dónde allí dejamos de filosofar y dejamos de respondernos quienes somos.

    Pero filosofando morimos sabiendo que no nos quedamos con lo primero que se nos interpuso, que pudimos volver sobre eso que nos generaba incertidumbre y reflexionamos y sacamos nuestras propias conclusiones. Entonces, ¿quiénes seríamos nosotros sin filosofar y qué sería de la filosofía sin nosotros?

    Tomás

    La conciencia y su relación con la filosofía

    “¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago acá?” Estas cuestiones son llamadas “preguntas filosóficas” y, según la teoría, solo el ser humano es capaz de desarrollarlas mediante la conciencia. Pero ¿por qué solo los seres humanos podemos hacernos esas preguntas? ¿Qué es la conciencia? ¿Soy mi conciencia? Esas preguntas las vamos a responder en este ensayo.

    Para empezar, tenemos que plantear qué es la conciencia, y esta es la parte más complicada, ya que hoy en día la conciencia sigue siendo algo que no entendemos completamente. La conciencia es la capacidad de un ser para darse cuenta de sí mismo y del entorno que lo rodea. Dicho de otra forma, es ver una rosa y no solo verla, sino ser consciente de que la estás viendo. Por ahora, el ser humano no es el único que posee una conciencia, pero si la más compleja del planeta debido a lo desarrollado que está nuestro cerebro. La conciencia es uno de los elementos más fundamentales de la filosofía, no solo como objeto de estudio, sino como condición necesaria para que el acto filosófico sea posible. Filosofar implica reflexionar, cuestionar, buscar sentido y todo esto ocurre en el ámbito de la conciencia. Sin conciencia, simplemente no habría preguntas filosóficas, ni pensamiento crítico, ni posibilidad de explorar los grandes temas que han ocupado a la humanidad desde la antigüedad. La conciencia es un punto de partida para toda experiencia, donde percibimos, exploramos y cuestionamos nuestro mundo. No experimentamos las situaciones de forma directa, sino a través de la conciencia. De este modo, todo conocimiento, duda o asombro nace en la conciencia. Cuando un ser humano comienza a preguntarse “¿quién soy?”, “¿por qué existo?”, “¿qué es el bien?”, “¿qué hay más allá de la muerte?”, está manifestando su autoconciencia, es decir, su capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Esta capacidad es lo que diferencia al pensamiento filosófico de la simple percepción animal o de la reacción automática. Filosofar implica ser consciente de que se es consciente, y eso nos permite examinar nuestras creencias, valores y conocimientos desde un punto crítico.

    A lo largo de la historia, muchos filósofos han colocado a la conciencia en el centro de sus sistemas. René Descartes, por ejemplo, inicia la filosofía moderna con su famosa frase “Pienso, luego existo”, donde la conciencia del pensamiento se convierte en la única certeza firme. Kant, por su parte, afirma que la conciencia estructura nuestra experiencia del mundo mediante formas y categorías propias. Más adelante, la fenomenología de Husserl y Heidegger pondrá la conciencia como el espacio donde el mundo se nos revela, y donde el ser humano se experimenta a sí mismo como alguien que se pregunta por el ser. La conciencia no solo es importante para filosofar: es la condición misma del pensamiento filosófico. Es el espacio desde el cual surgen las preguntas más profundas, la base desde donde construimos el conocimiento, y el espejo en el que nos miramos para comprendernos a nosotros mismos y al mundo.

    Bren

    Muchas veces, en clase o incluso en casa, alguien se pregunta: ¿para qué sirve la filosofía? No es raro que parezca algo lejano, difícil o sin utilidad “práctica”. Pero cuando uno se detiene a pensarlo bien, se da cuenta de que la filosofía está mucho más presente de lo que parece. No se trata solo de leer libros viejos o de aprender lo que otros pensaron, sino de atreverse a pensar por uno mismo.

    Ya en la antigua Grecia, Sócrates decía que una vida sin reflexión no valía la pena ser vivida. Su manera de filosofar no era dar respuestas, sino hacer preguntas. Quería que la gente pensara, que no repitiera lo que otros decían sin entenderlo. Entonces, ¿para qué la filosofía? Para conocernos mejor, para aprender a preguntar y a no conformarnos con lo primero que nos dicen.

    Heidegger, un filósofo del siglo XX, decía que muchas veces vivimos de forma automática, siguiendo lo que “todo el mundo hace”, sin pensar si eso realmente nos hace felices o si tiene sentido. Para él, la filosofía es importante porque nos despierta, nos hace darnos cuenta de que estamos vivos, de que vamos a morir algún día y de que cada momento importa.

    Otro filósofo, Josef Pieper, hablaba del ocio, pero no como estar tirado sin hacer nada, sino como un espacio para pensar, contemplar y descubrir cosas importantes. En un mundo donde todo es correr, producir y rendir, la filosofía nos recuerda que también necesitamos parar y mirar más allá.

    En cambio, Karl Marx veía la filosofía como una herramienta para cambiar el mundo. No solo para pensar, sino para actuar. Él decía que no alcanza con entender lo que está mal, hay que hacer algo para transformarlo. En ese sentido, la filosofía también tiene que ver con la justicia, con la lucha por un mundo mejor.

    Karl Jaspers proponía que la filosofía nace cuando vivimos momentos difíciles: la muerte de alguien, una gran decepción, una crisis. Son esas situaciones las que nos obligan a pensar más allá de lo superficial. Para él, filosofar es una forma de encontrarle sentido a lo que nos duele.

    Por último, María Zambrano hablaba de una “razón poética”. Ella creía que la filosofía no solo tiene que ver con pensar, sino también con sentir, con escuchar lo que llevamos dentro. Que pensar no es solo algo de la cabeza, también es del alma. Para ella, la filosofía nos ayuda a comprendernos y conectar con lo más profundo de la vida.

    Entonces, ¿para qué filosofía? Para no vivir dormidos, para hacer preguntas reales, para entender lo que sentimos, para encontrar sentido en los momentos difíciles, para cambiar lo que está mal y para vivir con más conciencia. No necesitamos ser genios ni tener todas las respuestas. Solo necesitamos mirar el mundo con ojos nuevos, con ganas de entender y de construir una vida que valga la pena. Y eso, justamente, es lo que hace la filosofía.

    Lola

    La filosofía para pensar, conocernos profundamente, encontrar cosas a las cuales no les encontramos solución, tener charlas incómodas, angustiantes, hablar de temas tabú, tener momentos de solo pensar (ocio y reflexión). A partir de esta guía, bah, de conocer más la filosofía, empecé a encontrar cosas que me incomodaban, o me ponían mal cuando las hablaba. Por ejemplo, cada vez que Nico, el profesor, menciona el irnos a estudiar, que nos queda poco tiempo, jamás pensé que era un tema que no podría hablar, pero sí, después de tocar estos temas en clase, iba a mi casa, y me acostaba a solo pensar y reflexionar sobre todo lo que estaba por vivir, y gracias a esto, empecé a dimensionar todo un poco más, que la vida con la que siempre estuve cómoda, y en mi zona de confort, se estaba por terminar, por así decirlo.

    Quizá la etapa que viene es hasta mejor, pero la verdad, si pudiera elegir, me quedaría siempre con esta vida; obvio que es imposible, pero jamás pensé que sería tan difícil desprenderme de todo lo que conllevó esta etapa para mí. Pero sé que, como todo, termina, demasiado rápido creo yo, y como la guía misma nos dijo, disfrutamos las cosas cuando se están por terminar, o ni siquiera llegamos a eso.

    Caro

    La filosofía, para mí, sirve para aprender a pensar. Y no me refiero a pensar como un acto automático, como respirar o caminar, sino a pensar con profundidad, con intención, con una mirada crítica y curiosa sobre el mundo que nos rodea. La filosofía no busca darnos respuestas cerradas ni verdades absolutas. Al contrario, muchas veces genera más preguntas que certezas. Pero ahí está justamente su valor: nos saca del piloto automático, nos obliga a mirar más allá de lo que damos por hecho.

    En lo personal, creo que la filosofía sirve para no conformarnos. Vivimos en una sociedad donde muchas veces se espera que sigamos reglas sin cuestionarlas, que creamos lo que dicen los medios, las redes sociales o la tradición sin pensar si realmente estamos de acuerdo o si eso nos hace bien como personas. La filosofía enseña que está bien dudar, que está bien preguntar, que incluso está bien no saber. Porque cuando uno se anima a hacer esas preguntas que otros no hacen, empieza a descubrir cosas nuevas, a ver el mundo desde otra perspectiva. Y ese es el comienzo de cualquier cambio verdadero.

    También pienso que la filosofía es una herramienta para conocerse a uno mismo. En este camino que hicimos en clase, leyendo a distintos autores y escuchando distintas teorías sobre qué es la filosofía, me di cuenta de que, en el fondo, todas esas preguntas filosóficas tocan temas que nos atraviesan como seres humanos: el sentido de la vida, el bien y el mal, la libertad, la justicia, la felicidad. Preguntas que quizás no tienen una sola respuesta, pero que todos en algún momento nos hacemos. Por eso, filosofar es también una forma de mirarnos hacia adentro y tratar de entender quiénes somos y qué queremos ser.

    Desde otro punto de vista, la filosofía también tiene un valor social. No es algo que se quede en el pensamiento individual, sino que se puede aplicar al mundo real. Cuestiones como los derechos humanos, la igualdad, la ética en la política, en la ciencia o en la tecnología son todas discusiones que nacen en el terreno filosófico. Muchas de las leyes y valores que hoy damos por sentados fueron primero ideas filosóficas que alguien se animó a pensar, a escribir, a debatir. Por eso, hacer filosofía también es comprometerse con el mundo en que vivimos, es no ser indiferente.

    Además, me parece importante destacar que la filosofía no es algo reservado solo para los “filósofos”. Todos podemos filosofar, desde nuestra experiencia, desde nuestras dudas. No hace falta haber leído a Platón para hacerse preguntas profundas o para cuestionar lo que parece normal. Al contrario, cuanto más personas se animen a hacerlo, más llevadera será la conversación. En ese sentido, creo que la filosofía democratiza el pensamiento, nos iguala en el terreno de las ideas, y nos invita a dialogar con respeto aunque pensemos distinto.

    En conclusión, la filosofía sirve para crecer, para despertar, para transformar. No da recetas mágicas ni soluciones fáciles, pero ofrece algo mucho más valioso: la posibilidad de pensar por uno mismo. Y en un mundo lleno de ruido, de distracciones y de verdades impuestas, eso ya es un acto de libertad. Por eso, para mí, la filosofía no solo tiene sentido, sino que es necesaria.

    Julián

    La filosofía sirve para buscar sentido a la vida y entender mejor el mundo que nos rodea. Nos ayuda a cuestionar lo que damos por sentado, pensar de manera crítica y reflexionar sobre nuestras decisiones y nuestras acciones.

    También nos permite ver distintos puntos de vista y darnos cuenta de que no siempre hay respuestas fáciles. Gracias a ella aprendemos a formular buenas preguntas y a analizar la realidad con más claridad.

    En la vida cotidiana, esto se nota en cómo resolvemos problemas, cómo nos relacionamos con los demás y cómo tomamos decisiones importantes. En resumen, la filosofía no es solo teoría: es una herramienta que nos ayuda a vivir con más conciencia y a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

    Agus

    Vivimos en un mundo que va muy rápido; todo el tiempo pasan cosas, se espera que decidamos qué hacer con nuestra vida, que sepamos quiénes somos, qué queremos, hacia dónde vamos. A veces siento que hay demasiadas voces diciendo qué es lo correcto, cómo deberíamos vivir y qué significa “ser feliz”. Y no siempre uno se siente parte de todo eso. En medio de ese caos, la filosofía aparece como un espacio distinto para pensar.

    Filosofar para mí no es repetir teorías ni aprender de memoria lo que dijo tal pensador; es otra cosa, es darse el tiempo de pensar por uno mismo, de cuestionar lo que parece obvio, de hacerse preguntas sin sentirse raro por no tener respuestas. Hay algo en ese momento de reflexionar que te conecta con vos mismo, con tus ideas, tus dudas, tus silencios, y eso hoy en día vale muchísimo. A veces la gente actúa sin preguntarse por qué van al boliche donde todos van, dicen lo que se espera, siguen lo que ven en redes y no está mal, cada uno hace lo que siente. Pero también es valioso frenar, mirar alrededor y preguntarse si uno realmente elige lo que hace, o simplemente se deja llevar. Y ahí es donde la filosofía sirve para no vivir en automático.

    Filosofía también es cuestionarse a uno mismo. Preguntarse qué valores tenés, qué cosas te hacen sentir bien de verdad, qué tipo de persona querés ser. No se trata de encontrar respuestas absolutas, sino de animarse a pensar en serio, con profundidad. Y eso no siempre es fácil, porque implica escucharte incluso cuando lo que pensás no coincide con la mayoría, pero creo que es necesario.

    En lo personal, hay veces que prefiero estar tranquila, estar un momento sola, una charla sincera con alguna amiga. Y me doy cuenta de que esos momentos, aunque sean simples, también son filosóficos porque ahí en lo cotidiano aparecen preguntas sobre el amor, la amistad, la libertad, la felicidad. No es necesario estar en una clase o leer a un filósofo famoso para pensar con profundidad. Basta con estar atenta a lo que uno siente.

    Por eso creo que la filosofía es una herramienta para entender el mundo, pero sobre todo para entenderte a vos misma. En vez de darte una respuesta, te enseña a buscarla. Y en esa búsqueda, también te encontrás con vos. En un mundo que muchas veces presiona a encajar, a apurarse, a no pensar demasiado, la filosofía es un acto de libertad. Sirve para vivir con más conciencia, con más verdad. Para no vivir dormida.

    También creo que filosofar es animarse a ver el mundo con ojos nuevos, de una manera diferente. No dar nada por sentado, no tragarse todo lo que dicen sin antes pensarlo, porque vivimos rodeados de frases hechas, de mandatos disfrazados de consejos, de modelos de vida “perfecta” que no siempre nos representan. Y si no parás un segundo a pensar, terminás viviendo la vida que otros armaron y ni siquiera existe y no la tuya.

    Además, la filosofía te ayuda a aceptar que no tener todas las respuestas no es un fracaso. Al contrario, es parte del camino. Porque dudar también es crecer. Cambiar de idea también es pensar. Y animarse a cambiar es algo humano. En tiempos donde se espera que siempre estés seguro, que opines rápido y que no te equivoques, la filosofía te permite lo contrario: tomarte tu tiempo, pensar despacio, aprender a mirar más allá de lo obvio. Incluso creo que filosofar es una forma de cuidar de uno mismo. De no perderse entre tantas exigencias, entre tantas cosas para hacer, para mostrar, para cumplir. Es volver a lo esencial. A lo que de verdad importa. Y cuando aprendés a hacer eso, tu forma de estar en el mundo cambia. Y eso, aunque parezca pequeño, puede ser una revolución.

    Pepo

    La filosofía, ¿para qué me sirve o me sirvió a mí? En mi caso nunca tuve que pasar por cosas muy grandes en el sentido de la pérdida de alguien muy cercano u operaciones muy difíciles en las que te podés llegar a replantear muchas cosas.

    Sí he tenido que pasar por situaciones que quizás a mí me afectaron más que otras o me afectaron de diferente manera. Siento que en esos casos la filosofía está muy presente en el hecho de empezar a replantearte la “vida”, ya que cada uno empieza a sacar conclusiones de por qué las cosas pasaron así y no de otra manera.

    La filosofía puede ayudar mucho o hasta a veces perjudicarte más, porque te lleva a sobrepensar las cosas mucho y quizás te hace peor. Un ejemplo propio que no fue tan grave fue el hecho de esquinzarme el tobillo jugando al futbol. Esto me llevó a pensar un monto y, de cierta manera, te encontrás con vos mismo, porque al estar solo, sin poder moverme mucho y demás. Te lleva a estar vos con tu propia mente, preguntándote por qué te tiene que pasar a vos, porque de esa manera, si pasó por algo. Creo que en esos casos, si no podés llevar la filosofía para tu lado, te puede jugar en contra el hecho de estar tanto tiempo con vos mismo.

    Jaspers decía que el ser humano se enfrenta en su vida a momentos donde la existencia se vuelve insostenible: el dolor, la muerte, la enfermedad, el fracaso. Situaciones que no podemos evitar ni cambiar, pero que nos obligan a preguntarnos por el sentido de lo que vivimos. En mi caso nunca sufrí algo tan grave o no me afectó tanto, pero sí sentí que cuando fallecieron mis perros, me enfrenté a una incertidumbre de por qué esas cosas me pasaban a mí y por qué alguien tan cercano como eran mis perros se me van de un segundo para otro.

    Creo que cada uno enfrenta las cosas de manera diferente, pero eso no quiere decir que sea la manera correcta. Cada uno lleva la filosofía para el lado que le conviene y le hace sentir mejor. Cada persona es diferente y no a todos les va a hacer sentirse bien la misma forma que a otro; creo que la filosofía la descubrimos a medida que vamos afrontando las cosas y haciendo nuestro propio camino. La filosofía puede cambiar en nuestra propia experiencia y la podemos usar y encontrar en diferentes formas y momentos.

    More

    Muchas veces escuchamos que la filosofía no sirve para nada, que es solo para gente que se la pasa pensando cosas raras o para discutir sin llegar a ninguna conclusión. Más que nada en el colegio, algunas personas la ven como una materia aburrida o complicada. Aunque si uno se detiene a pensar un poco más, la pregunta «¿Filosofía, para qué?» se vuelve más importante, creo yo. Es una duda abierta que no tiene una única respuesta, y eso ya dice mucho sobre lo que significa filosofar, animarse a hacerse preguntas profundas, aunque no hay una verdad que sea real.

    Yo creo que la filosofía sirve principalmente para ayudarnos a pensar mejor. Estamos rodeados de información todo el tiempo: redes sociales, noticias, publicidades. Muchas veces simplemente repetimos lo que escuchamos o seguimos lo que hacen los demás. La filosofía nos hace frenar ese ritmo, a detenernos y preguntarnos si eso que creemos o hacemos tiene sentido. Nos da herramientas para no aceptar cualquier idea sin pensarla, y eso es muy importante en un mundo que muchas veces ve más la velocidad que la reflexión. También creo que la filosofía nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. ¿Qué queremos en la vida? ¿Qué nos hace felices? ¿Qué es lo correcto? ¿Qué tipo de personas queremos ser? Estas creo yo que son cuestiones que nos hacemos todos en cierto momento y que no son preguntas que se respondan con una sola respuesta, sino que cada uno tiene que construir sus respuestas. Y para eso, hace falta pensar, cuestionarse y abrir nuestros pensamientos. La filosofía nos da ese espacio para reflexionar sobre quiénes somos, qué valores nos importan y cómo queremos vivir. No es solo teoría, tiene mucho que ver con cómo actuamos todos los días.

    Además, la filosofía nos enseña a convivir con otros. Cuando uno filosofa, entiende que no todos ven el mundo de la misma manera. Aprendemos que hay distintas formas de pensar, distintas opiniones, y que eso no es algo malo, sino algo que nos beneficia. Hoy en día, donde hay tanta discusión y agresividad en redes, aprender a dialogar y a escuchar otras ideas es algo muy necesario. La filosofía no busca una verdad, sino entender mejor la realidad desde distintos puntos de vista.

    Por otro lado, pienso que la filosofía también sirve para hacernos más libres. Cuando una persona piensa por sí misma, cuando no se deja llevar por lo que dicen todos, puede tomar decisiones más conscientes. No se trata de ser el raro que va contra todo, sino de ser alguien que elige con responsabilidad, que se pregunta por qué hace lo que hace. Una persona que filosofa es más difícil de manipular, porque no acepta cualquier cosa sin antes analizarla. Y eso, en una sociedad donde todo el tiempo nos dicen qué pensar, qué comprar o cómo vivir, es una forma de libertad.

    También cuando sentimos que nada tiene sentido o que estamos perdidos, la filosofía puede ser una forma de buscarle ese sentido. No es que tenga todas las respuestas, pero nos acompaña en la búsqueda. Nos ayuda a no conformarnos con lo externo. Nos conecta con preguntas profundas que tienen que ver con el amor, la muerte, el tiempo, el bien y el mal. Preguntas que nos acompañan desde siempre como seres humanos y tal vez no nos damos cuenta.

    Como cierre, creo que la filosofía sirve para pensar mejor, para vivir mejor y para relacionarnos mejor con los demás. Nos hace no vivir rápido, a preguntarnos cosas, a buscar sentido en lo que hacemos. Puede que no dé respuestas rápidas, pero nos ayuda a ser más pensativos, más humanos. Y en un mundo tan apurado, tan lleno de ruido y de ideas vacías, tener un momento para pensar, para dudar y para mirar las cosas con más profundidad es algo que vale mucho la pena.

    Caro.

    No ha participado en este ensayo.

    Giuliano

    Mi experiencia con el dolor y la búsqueda de sentido

    Hay momentos en la vida que nos marcan para siempre. A veces, una palabra, un encuentro o una pérdida cambian el rumbo de nuestra existencia. En mi caso, fueron tres operaciones. Tres veces en las que mi cuerpo y mi mente se vieron puestos a prueba. Tres veces en las que sentí miedo, angustia, dolor y también una extraña sensación de vacío. No fue fácil superarlo, y aun hoy, al recordarlo, siento cómo se despiertan emociones que creía dormidas.

    Antes de esas operaciones, como le pasa a la mayoría de las personas, no me detenía demasiado a pensar en la fragilidad del cuerpo. Vivimos creyendo que la salud es algo que nos pertenece, que nuestro cuerpo siempre va a responder. Pero cuando de un momento a otro todo cambia, cuando te dicen que hay que operarte, y después otra vez, y otra más, uno se enfrenta a algo que no puede controlar. Ahí entendí lo que los filósofos llaman una “situación límite”. Karl Jaspers decía que el ser humano se enfrenta en su vida a momentos donde la existencia se vuelve insostenible: el dolor, la muerte, la enfermedad, el fracaso. Situaciones que no podemos evitar ni cambiar, pero que nos obligan a preguntarnos por el sentido de lo que vivimos. Para mí, cada operación fue una de esas situaciones. No solo por el dolor físico, sino por la incertidumbre, el miedo a no salir bien, a no poder volver a ser como antes. En esos días largos de recuperación, aprendí a valorar cosas pequeñas: el saludo de alguien que se preocupó por mí, una charla, una canción que me hacía compañía. Comprendí que, aunque el cuerpo puede fallar, hay una parte de nosotros que sigue buscando sentido, que quiere seguir adelante. Martin Heidegger hablaba de la angustia como una emoción que, lejos de ser solo negativa, nos hace tomar conciencia de nuestra existencia y nos permite vivir de manera más auténtica.

    No puedo decir que hoy tengo todas las respuestas. A veces todavía siento miedo, o me invade el recuerdo de esos días difíciles. Pero también aprendí que somos más fuertes de lo que creemos. Que incluso en medio del dolor, hay espacio para el aprendizaje, para la gratitud y para seguir buscando sentido, como decía Viktor Frankl: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

    Este ensayo no pretende ser una lección para nadie, sino una forma de compartir mi experiencia, de poner en palabras algo que me atravesó y que me enseñó a mirar la vida con otros ojos. La filosofía, descubrí, no está solo en los libros, sino en cada experiencia que nos invita a preguntarnos por qué y para qué vivimos.

    Cata

    ¿Para qué filosofamos? ¿Cuál es el sentido de esos momentos de ocio que muchas veces es necesario tomar? La respuesta a estas dos preguntas es sencilla, aunque muy compleja a la vez, y nos da pie a hablar acerca de muchas cosas, pero en mi opinión también es una interpretación más que personal, así que a continuación va la mía.

    La filosofía le da sentido a nuestra vida; de la forma en que lo mires, hace que tengamos todo más claro, pero a pesar de eso, las preguntas filosóficas muchas veces son dejadas para el final y, para hacer más claro esto, voy a poner como ejemplo a un primer filósofo, Jaspers.

    Él en uno de sus textos nos habla sobre que la gran mayoría de las preguntas filosóficas se presentan en niños, pero a medida que van creciendo estas dejan de aparecer y son dejadas de lado, en muchos casos por no querer afrontar la vida, ya que constantemente estamos buscando distintos estímulos que nos mantienen ocupados, como por ejemplo estar trabajando todo el tiempo, como nos dice Pieper: el mundo del trabajo niega el ocio, o Zygmunt Bauman que nos presenta una postura con la que estoy completamente de acuerdo, el mundo de hoy no nos permite frenar y tener tiempo de contemplación, en esta modernidad liquida vivimos el síndrome de la impaciencia que significa que todo es inmediato y rápido, todo lo contrario a lo que deberíamos buscar, que es el ocio.

    Ahora volvamos. Al dejar las preguntas filosóficas para el final, hacemos que las respuestas sobre el sentido de nuestra vida las encontremos al final de la misma, cuando lo único que nos espera es la muerte, así que de nada sirve tenerlas al final del camino. Muy distinto sería filosofar mientras transcurre nuestra vida y a medida que vamos creciendo, porque eso nos da las herramientas para afrontarla, cosa que es complicada, pero se facilitaría teniendo tiempo para pensar y reflexionar que, aunque estos no abundan, sobran. Vayamos a los comienzos del filosofar. Cuando la sociedad se asentó y ya no tenían que andar huyendo, comenzaron a surgir estos primeros momentos de ocio y reflexión, que hicieron y crearon a miles de pensadores. Entonces, entonces, ¿qué es lo que nos impide a nosotros parar y pensar? No elegimos hacerlo sino hasta que ocurren ciertas cosas, como las situaciones límites de las que nos habla Jaspers; esos son de los pocos momentos en los que frenamos y pensamos sobre nuestra vida, solo con sensaciones “fuertes”, pero en esta parte puedo citar a Zambrano, que nos muestra una postura diferente: “Uno puede trascender y encontrar cosas nuevas en la propia rutina, o hacer algo distinto todos los días y estar atrapado en esa búsqueda incesante por lo novedoso”. Estos dos filósofos nos muestran posturas más que diferentes, pero en mi caso simpatizo con esta última, ya que en la vida cotidiana podemos encontrar muchas más cosas que a veces pasamos por alto, aunque no deberíamos.

    Con esto llegamos a la conclusión de que hay que pensar y vivir, ya que si lo hacemos, vamos a encontrar muchas más respuestas y la vida se nos va a simplificar encontrando las respuestas que muchas veces nos negamos a encontrar.

    Tobias

    A veces la vida avanza demasiado rápido y uno simplemente se deja llevar: repite rutinas, acepta ideas ajenas, hace lo que toca. En ese movimiento automático, raro es detenerse a preguntar por qué hacemos lo que hacemos o qué sentido tiene todo esto. Justo ahí, en ese espacio entre lo que vivimos y lo que entendemos, aparece la filosofía.

    La filosofía no es un lujo intelectual ni un conjunto de teorías lejanas: es una necesidad humana. Nace cuando algo nos inquieta, cuando algo no encaja, cuando sentimos que lo cotidiano ya no basta. Filosofar es, en el fondo, escuchar esa incomodidad que llevamos dentro. Es permitir que una simple pregunta abra una grieta por donde entra la luz. Para mí, la filosofía sirve para recuperar la propia voz. Vivimos rodeados de opiniones, presiones, discursos y pantallas que nos dicen cómo vivir, qué pensar, qué desear. La filosofía nos obliga a hacer silencio y preguntarnos: ¿qué pienso yo realmente? ¿Quién soy, más allá de lo que esperan de mí? No siempre encontraremos respuestas claras, pero el solo hecho de formular la pregunta ya nos devuelve un poco de libertad.

    También sirve para mirar la realidad sin “anestesia”. Muchos prefieren no pensar demasiado para no complicarse; otros repiten ideas como si fueran verdades eternas. La filosofía incomoda porque muestra que nada es tan obvio como parece: ni la justicia, ni la felicidad, ni nuestras certezas. Pero en esa incomodidad hay crecimiento. Pensar es un acto de valentía: implica aceptar que podemos estar equivocados, que podemos cambiar. Y a la vez, la filosofía tiene algo sanador. Cuando uno se anima a pensar con profundidad, nota que los problemas que parecen exclusivamente nuestros ya fueron vividos y pensados por otros. Sócrates, Jaspers, Zambrano, Heidegger, Pieper… todos ellos se hicieron preguntas que siguen siendo humanas hoy. La filosofía nos acompaña, nos recuerda que no estamos solos en nuestras dudas.

    Valen

    La muerte como tema filosófico. Hay quienes creen que este no es un tema del que la filosofía deba encargarse, así como también existen quienes creen que sabemos que moriremos y lo ignoramos, pero ¿esto es realmente así? Desde mi perspectiva (y la de Freud), los humanos vivimos creyendo —inconscientemente— que somos inmortales.

    Si bien siempre que se habla de la muerte o se piensa en ella, creemos saber que vamos a morir, no vivimos siendo realmente conscientes de que moriremos. Es decir, lo sabemos solo momentáneamente, lo recordamos, pero no vivimos con ello. Esto puede verse de mil maneras en la cotidianidad; una de ellas es el heroísmo. El héroe, propone Freud, es héroe porque cree que no puede pasarle nada. ¿Y si fuera constantemente consciente de que la muerte lo asecha?

    La muerte debe dejar de verse como algo negativo; es esta misma la que le da valor y sentido a la vida; si esta fuera infinita, ¿qué sentido tendría vivirla? Total, tendríamos tiempo. Ojo, esto no quiere decir que debamos apurarnos, dejar todo lo que sentimos atrás y hacer todo lo que podamos para vivir “plenamente”. No se trata de jugarle carrera a la vida y la muerte. Desde mi punto de vista, se trata de aceptar nuestros tiempos y las cosas que nos pasan, pero sin estancarnos o encasillarnos en un mismo lugar, por más miedo que dé.

    Hay pensadores que creen lo contrario, pero si viviéramos intentando ganarle a la muerte, ¿disfrutaríamos? ¿Seríamos conscientes de nosotros mismos? Yo creo que no. Más de una vez haríamos cosas que nos dejarían de gustar por la presión que sentiríamos y hasta nos generaría ansiedad intentar todo el tiempo hacer más y, a veces, ver que el otro hizo más que vos nos haría peor, nos arruinaría más incluso que creernos inmortales.

    Por eso, invitémonos a vivir, a abrazar las adversidades y aprovechar las fortunas, siempre respetando en parte nuestro tiempo, pero a su vez intentando que este sea el factor que menos nos influya. En la vida tendremos miles de situaciones que no nos gusten o para las que no estemos preparados; no lo vamos a cambiar por más que nos esforcemos, entonces, abrázalo. Lo malo va a estar siempre. No se trata de ignorarlo y ver solo lo bueno, se trata de aprender a llevarlo —y llegar a convertirlo en algo que nos haga bien— o que por lo menos no nos haga mal. La teoría más de una vez la tenemos todos, pero como dijo Marx, no alcanza con pensar, tenemos que actuar,-aunque sea lo más difícil…

    Josu

    La muerte es solo un antónimo más en el diccionario: felicidad/tristeza, amor/odio, vida/muerte. Pero no es solamente una palabra opuesta a la otra, es lo que le da sentido y significado a la vida. Porque, ¿qué sería la vida sin la muerte? No sería vivir, sería simplemente estar. Esa fecha de caducidad que tenemos en el momento en el que nacemos, y a la que le decimos muerte, no es algo negativo. Al contrario, es lo que hace que nuestra existencia tenga valor. La muerte le pone un límite a la vida, y ese límite es lo que la vuelve importante. La manera de entender esto es a través de la filosofía. Mucha gente vive como si nunca fuera a morir, vive de manera inconsciente, sin pensar, sin cuestionarse. Pero ser conscientes de que no somos inmortales, de que somos seres a los que un día el corazón les va a dejar de latir, no tiene que ser algo que no nos deje vivir en paz. Es justamente eso lo que nos permite encontrarle un sentido a nuestra vida. Nacemos caminando hacia la muerte, y entender eso hace que ese camino sea más humano, más consciente e irónicamente más feliz. Porque cuando entendemos que el tiempo es limitado, empezamos a vivir de verdad. Empezamos a valorar lo que hacemos, lo que elegimos y lo que dejamos. Capaz de eso se trate vivir, saber que todo termina y aun así elegir dejar algo positivo, una enseñanza, lo que sea, pero que tenga sentido.

    Ale

    Desde que soy chiquito, la muerte fue una palabra que siempre generó cierta incomodidad, en mi casa, en la escuela, con amigos, etc. Todos la evitan. Es como si creyéramos que, al no nombrarla, no va a pasar. Pero la muerte está presente en el tiempo y suele ocurrir cuando menos nos la esperamos. Y a mis 17 años, ya me di cuenta de que no hay forma de huir de ese hecho. A mí en lo personal es como un empujón a vivir y no hacerme la cabeza tanto, simplemente disfrutar. Al principio, la idea de morir me daba miedo. No miedo al dolor, sino a dejar de estar. A que todo lo que soy desaparezca, se apague como un televisor. Pero después entendí que, sin muerte, tampoco habría vida como la conocemos. La muerte, aunque parezca contradictorio, le da valor a lo que vivimos. Si fuéramos eternos, ¿realmente nos importaría cada día? ¿Cada persona? ¿Cada decisión?

    Los griegos hablaban de dos formas de vida: bios y zoe. Bios, es la vida consciente, con sentido, la que elegimos. Zoé, es simplemente estar vivos, respirar, existir. Nos obliga a pensar qué queremos hacer con este rato prestado que tenemos. La filosofía me enseñó es a no conformarme con las respuestas fáciles. Así que no me alcanza con que me digan que la muerte “es natural” o “es parte de la vida”. Yo quiero saber para qué está. Para mí que la muerte está para hacernos conscientes, para que valoremos los vínculos, los momentos y, sobre todo, el ahora. Porque el futuro es incierto y el pasado ya no está. Solo tenemos esto. Freud decía que el ser humano no acepta la idea de su propia muerte. Y es cierto. Pero también pienso que en cuanto empezamos a aceptarla, empezamos realmente a vivir. Cuando asumimos que algún día se termina, dejamos de postergar lo importante. Decimos lo que sentimos. Perdonamos. Arriesgamos. Nos conectamos con otros.

    A veces pienso en la muerte como una especie de maestro silencioso. Uno que no habla, pero que siempre está ahí, marcando el ritmo, recordándonos que no hay tiempo que perder. Entonces, aunque me siga dando miedo, también por así decirlo me gusta, es como chocarte con una pared una realidad, muchas veces chocamos con esta “pared” el día que perdemos un familiar o ser querido. La muerte no hace entrar en consciencia del privilegio que tenemos al estar viviendo y que debemos aprovecharla y vivirla, porque cuando queramos acordar vamos a tener cierta edad que nos limite a ciertas cosas, seres queridos posiblemente no estén, tengamos otras responsabilidades, el tiempo pasa, la vida pasa, hay que vivir el ahora y disfrutar cada momento.

    Luchi

    La muerte es, probablemente, una de las únicas certezas absolutas que tenemos como seres humanos. Desde que nacemos, sabemos (aunque no lo comprendamos de inmediato) que algún día vamos a morir. Pero ¿qué es realmente la muerte? ¿Es el fin absoluto o el comienzo de algo más? ¿Tiene algún propósito? Estas preguntas han acompañado a la humanidad desde siempre y, aunque cada persona puede tener una respuesta diferente, todas buscan darle sentido a lo inevitable.

    Para mí, la muerte es una transformación. No creo que sea simplemente el fin, sino más bien un cambio de estado. Tal vez no podamos saber con certeza qué ocurre después, pero lo que sí está claro es que la muerte nos hace valorar más la vida. Saber que todo termina en algún momento nos empuja (aunque a veces lo olvidemos) a aprovechar el tiempo que tenemos, a cuidar a quienes amamos y a preguntarnos por el sentido de nuestras decisiones. En muchas culturas y religiones, la muerte es vista como un paso hacia otra existencia, una especie de tránsito hacia lo desconocido. En otras, es simplemente el final del ciclo biológico. Ambas miradas son válidas, porque cada una responde a una necesidad humana: la de entender, la de no sentirnos solos frente a lo que no podemos controlar. Personalmente, me gusta pensar que la muerte no es solo un límite, sino también una forma de continuidad: en lo que dejamos en otros, en nuestras acciones, en los recuerdos.

    ¿Por qué existe la muerte? Tal vez porque es necesaria para que exista la vida. Si todo fuera eterno, perdería valor. La muerte pone un límite, y en ese límite es donde aparece la importancia de cada día. La muerte también genera cambio: cuando alguien muere, algo cambia en quienes se quedan. A veces eso genera dolor, pero también puede despertar conciencia, unión, memoria. ¿Y para qué existe? Pienso que su función es enseñarnos. Nos obliga a reflexionar, a detenernos, a mirar hacia adentro. Muchas personas recién entienden lo que importa en su vida cuando enfrentan la muerte, ya sea propia o ajena. En ese sentido, la muerte cumple un rol que va más allá de lo biológico: nos conecta con la parte más profunda de lo humano.

    En resumen, la muerte no es solo un final. Es una invitación a vivir con más sentido, a no dar nada por sentado, a construir una vida que valga la pena ser recordada. No podemos evitarla, pero sí podemos decidir qué hacemos antes de que llegue.

    Aitana

    Para mí la muerte es el final de la vida de una persona, es un cierre, hasta allí llegó la vida de ese ser o más bien hasta allí llego el hecho de estar vivo, hasta ahí llegó el “Zoe” (según Giorgio Agamben) de una persona, hasta ahí llegó el cuerpo de tal sujeto.

    Es algo natural, no podemos elegir no morir; es en cierto punto es como nacer, no decidimos nacer y aun así lo hacemos, y eso... no nos preocupa, ¿O sí?; si eso no nos inquieta, no debería inquietarnos morir, ¿para qué hacerte la cabeza de algo que no podés evitar? ¿Por qué evadir hablar de un tema natural? Cómo Heidegger dijo “somos hacia la muerte”, vivimos para cumplir una meta que no elegimos.

    En la vida cotidiana si no nos planteamos verdaderamente la pregunta de la muerte, ni se nos pasa por la cabeza que algún día no estaremos en este mundo. Para Freud y para mí, vivimos inconscientemente pensando que no moriremos, y por un lado es bueno porque no nos mantiene obsesionados con querer vivir a toda costa, pero, por el otro lado, al vivir como si viviéramos para siempre, dejamos todo para después “porque no moriremos mañana”, pero eso es algo de lo que no estamos seguros.

    Por eso, si al hacernos esta pregunta nos importa nuestra propia muerte, deberíamos comenzar a vivir la vida, porque por más que nos engañemos con que hay tiempo o que tendremos otra, no hay otra igual a la que estamos viviendo. Como dicen los estoicos, deberíamos comenzar a aceptar que la muerte es parte de la naturaleza, deberíamos comenzar a disfrutar más las cosas simples, no contengamos nuestros sentimientos, seamos nosotros mismos, valoremos la vida mientras la tengamos, porque algún día esta llegará a su fin. “Memento mori” (recuerda que morirás).

    Nosotros no podemos decidir no morir, pero a veces podemos decidir cuándo hacerlo; a la hora de una persona suicidarse está decidiendo morir, porque para él la vida ya no tiene sentido alguno, pero si en ese momento termina con su vida no podrá encontrarle el sentido y probablemente nunca podrá hacerlo; la vida, el mundo, la muerte, nada de eso tiene sentido; como dijo Albert Camus la vida es absurda, es imposible que logremos comprenderla, y si alguien dice que sabe todo sobre la vida, ¡miente!; habría que evitar preguntarnos si la esta tiene sentido, porque no lo tiene; cuando eso pase comenzaremos a disfrutarla verdaderamente. En vez de tratar de comprender todo lo que nos rodea, tratemos de entendernos a nosotros mismos; veamos qué nos gusta, qué cosas disfrutamos, cuáles no, seamos nosotros, y así podremos disfrutar la ÚNICA vida que tenemos.

    Ya hablamos demasiado de nuestra propia vida y muerte; ahora bien, para mí, lo que más nos preocupa, lo que nos hace sentir mal, lo que más nos angustia es la muerte de otro; pero no hablo de un otro cualquiera, porque si bien seguramente no nos pone feliz que otras personas mueran, no es algo que nos afecte internamente o que tengamos presente para siempre, porque no teníamos un vínculo con esa persona. Tal es la razón de que nos afecte la muerte de un otro que nosotros apreciábamos, que nosotros amábamos. Pero algo que hay que tener presente siempre es que ese ser no desaparece en ese momento; este vive para siempre en nosotros, su “bios” (Giorgio Agamben), su alma, su esencia, deja marca en nosotros, deja una “huella”, como decía Marcel. Ahí es cuando nosotros decidimos que ese ser que tanto apreciábamos no muera; lo único que ya no estará será su cuerpo, pero esa huella que dejará en nosotros vivirá para siempre, nos convertirá en quienes somos, formará parte de nosotros para toda la vida si era alguien que realmente apreciábamos.

    Ahora bien, al ver este último tema, cuando lo leí por mi lado, di por hecho que las personas que me hacían ser quién era, no solo eran quienes me habían marcado de forma positiva, sino también negativa; pero luego de analizar lo que Marcel había escrito, concluí que las personas que te marcan de manera negativa, no fueron verdaderamente un vínculo de amor; por eso yo quiero que las personas que dejen huella en mí y que me hagan ser quién soy, sean personas que quise y que me marcaron de buena manera; como mis amigos, mis compañeros, mi familia, mis profes; personas que me dejaron cosas lindas, que me acompañaron, que se preocuparon, que me enseñaron, que me quisieron, que me heredaron; estas personas que me marcaron de manera positiva son las que yo quiero que perduren en mi ser para siempre; esas personas que me marcaron de manera negativa, que me hicieron darme cuenta de lo que yo no quería ser, son las que no quiero que perduren para siempre en mí.

    Por eso estaría bueno que comencemos a ser la mejor versión de nosotros, no solo por nosotros, sino también para dejar alguna huella en los demás.

    Tomás

    Desde el surgimiento de la vida, la muerte siempre ha sido una sombra inseparable, como un “ser”, el cual está esperando su momento para hacer presencia. A lo largo de nuestra historia, distintas culturas y civilizaciones han intentado comprender, simbolizar o trascender este destino. Pero, ¿qué es la muerte?

    La muerte es el proceso biológico en el cual un ser vivo deja de producir energía para continuar en funcionamiento. Por más que sea algo común en nuestra sociedad, sabemos muy poco de la muerte. Lo único en lo cual estamos 100 % seguros, como dijo el filósofo Agustín de Hipona: “Todo es incierto: solo la muerte es segura”. Todo ser vivo está destinado a morir, incluido el universo. Se podría decir que la muerte marca el final de un camino, el fin en una historia. El ser humano, al ser el único ser vivo el cual es capaz de tomar conciencia sobre esta, ha construido a lo largo del tiempo religiones, mitos y rituales con el fin de darle un sentido a la muerte. En algunas culturas o religiones, la muerte no es un final, sino una puerta hacia otro lugar (el cielo en la religión cristiana, el Valhala en la mitología nórdica, etc.).

    Sin embargo, más allá de estas construcciones culturales, la muerte también puede ser entendida desde una perspectiva filosófica y existencial. Martin Heidegger planteó que la muerte no solo es un hecho inevitable, sino una condición esencial que define nuestra existencia. En su obra Ser y tiempo, afirma que el ser humano es un “ser para la muerte”, alguien que vive constantemente con la posibilidad de su propio final. Esta conciencia no debe ser vista como una condena, sino como una oportunidad: saber que vamos a morir nos impulsa a vivir de forma más auténtica, a tomar decisiones que nos representen verdaderamente. Por otro lado, Sigmund Freud también reflexionó sobre la muerte, pero desde el campo del psicoanálisis. Para él, el ser humano tiene una dificultad natural para aceptar su propia muerte. De hecho, la mente humana se resiste a imaginar su fin.

    Ya planteamos qué es la muerte desde distintas perspectivas. Entonces, ¿cuál es la función de la muerte? ¿Qué objetivo tiene esta sobre los seres vivos? Esto depende de desde qué perspectiva venga la respuesta. Aunque quizá la función de la muerte pueda ser el darle valor a la vida. Pensemos un momento: ¿Qué pasaría si fuéramos inmortales? ¿Y si pudiéramos evitar por completo a la muerte? Es justamente su presencia lo que convierte cada decisión en significativa, cada momento en irrepetible. Si la vida no tuviera un final, ¿para qué apurarse en amar, en aprender, en crear o en dejar una huella? La certeza del fin nos obliga (o al menos nos invita) a vivir con más intensidad, a elegir con más cuidado, a valorar lo que tenemos mientras lo tenemos. Si la muerte pudiera evitarse por completo, probablemente perderíamos el sentido del tiempo. Pospondríamos todo: los sueños, los encuentros, los compromisos. Quizá hasta el amor perdería su urgencia. Nada tendría una fecha límite y, por tanto, nada sería verdaderamente importante. La inmortalidad, aunque deseada por muchos, podría llevar a una vida vacía, sin pasión ni propósito.

    Tal vez, entonces, la función de la muerte no sea otra que recordarnos, a cada instante, lo valiosa que es la vida.

    Bren

    “La muerte no me destruyó, me transformó”

    Introducción – Monólogo personal

    No pensé que a mis 17 años iba a estar escribiendo sobre la muerte. Para mí, hasta no hace mucho, era solo una palabra que flotaba. Algo que pasaba en las películas o que uno veía desde lejos, en otras familias, en otras historias. Pero el 2024 me cambió. Mi mamá estaba muy enferma, y con mi hermana tuvimos que tomar la decisión más dura: dormirla, para que no sufra más. Lo hicimos una semana antes del 2 de septiembre. Y ese mismo día… falleció.

    Desde entonces, la muerte dejó de ser una idea lejana. Se volvió real, cercana, parte de mi vida. Y con ella vinieron un montón de preguntas que no siempre sé cómo responder. ¿Qué es la muerte? ¿Por qué nos pasa? ¿Tiene algún sentido? ¿O simplemente ocurre? La verdad es que yo no salí a buscar esas respuestas en libros de filosofía. Pero justo este año, en el colegio, empezamos a estudiar a pensadores que reflexionan sobre la muerte. Leímos a los estoicos, a Gabriel Marcel, a Albert Camus y a Freud.

    Y aunque al principio parecía solo teoría, algo en sus ideas me tocó de cerca. Me ayudaron a pensar distinto, a entenderme un poco más, o por lo menos, a no sentirme tan sola con todas estas preguntas. Este ensayo no es una conclusión cerrada. Es un intento. Un recorrido entre lo que viví y lo que aprendí. Entre lo que siento y lo que otros pensaron antes que yo.

    Los estoicos: la muerte como parte de la naturaleza

    De todas las ideas que vimos en clase, la de los estoicos fue la que más me representó. Porque yo también creo que la muerte es algo natural, que nos va a pasar a todos. Que no tiene sentido pelearse con algo inevitable.

    Los estoicos decían que no hay que temerle a la muerte. Que vivir angustiados por algo que no está en nuestras manos es desperdiciar la vida. Epicteto, por ejemplo, decía que “no es la muerte lo que debe temerse, sino el miedo a la muerte”. Y desde lo que viví con mi mamá, lo entiendo. Ella ya no podía más. Su cuerpo estaba cansado. Su sufrimiento era más grande que su fuerza. Y aunque fue doloroso, dejarla ir fue también un acto de amor. Fue aceptar lo inevitable.

    La muerte, para los estoicos, no es un drama ni un castigo. Es una parte del ciclo. Y cuando pensás así, el miedo baja. No desaparece el dolor, pero se transforma. Y yo prefiero vivir sabiendo que algún día voy a morir, a vivir negándolo.

    Gabriel Marcel: la muerte como misterio y vínculo

    Pero hay algo más que la razón no explica. Algo que sentí después del 2 de septiembre, cuando ya no estaba. Porque mi mamá se fue… pero al mismo tiempo, no. Sigo sintiéndola cerca. En mi voz. En mis pensamientos. En las cosas pequeñas del día.

    Gabriel Marcel, otro de los autores que vimos en clase, decía que la muerte no es solo un final físico. Es un misterio, algo que no se puede explicar con lógica. Y que cuando alguien amado muere, ese lazo no se rompe del todo. El amor sigue. La presencia cambia de forma, pero no desaparece.

    Esa idea me dio consuelo. Porque a veces, cuando la extraño, me ayuda pensar que sigue en mí. Que vive en mis recuerdos, en lo que me enseñó, en las decisiones que tomo. Que su amor no murió con ella. Tal vez, como dice Marcel, hay algo en nosotros que trasciende el cuerpo.

    Albert Camus: la muerte como absurdo… y como elección de sentido

    Después vino Camus. Y con él, otra mirada completamente distinta. Él no busca consolar. De hecho, dice que la muerte es absurda. Que todo esto —vivir, amar, luchar, soñar— un día termina sin explicación, sin un “para qué”. Y eso al principio me chocó. Me hizo enojar. Pero cuanto más lo leía, más entendía su punto. Camus dice que, justo porque la vida no tiene un sentido escrito, somos nosotros los que tenemos que darle uno. Que la verdadera libertad está en elegir cómo vivir, sabiendo que todo se acaba. Y eso me hizo pensar en mi mamá. En cómo eligió vivir incluso sabiendo que estaba enferma. En cómo amó, acompañó, y luchó hasta el final. Tal vez eso es lo que queda: la forma en que vivimos. No por cuánto, sino por cómo. Camus no me dio respuestas, pero me dio fuerza. Para aceptar el vacío, y aun así seguir.

    Freud: los héroes y la necesidad de trascender

    En clase también vimos a Freud, que no analiza la muerte desde la filosofía sino desde la mente humana. Él decía que, en el fondo, nuestro inconsciente no puede aceptar la propia muerte. Y por eso inventamos héroes, figuras que parecen eternas, que enfrentan la muerte sin caer, que nos hacen sentir que hay algo más allá. Cuando escuché eso, pensé en mi mamá. No como un personaje invencible, sino como una persona que fue valiente hasta el final. Que enfrentó su enfermedad sin perder su amor por nosotras. Que nos enseñó, incluso en la despedida. Freud me hizo entender que quizás, más que vencer la muerte, lo que buscamos es sentir que alguien dejó algo que sigue vivo. Y yo sé que ella lo hizo.

    Cierre: aceptar la muerte para valorar la vida

    Hoy, después de lo que viví y lo que aprendí, no busco explicaciones mágicas. No creo en un “para qué” profundo ni en que la muerte sea injusta. Creo que es natural. Que es parte del ciclo. Que todos vamos a morir.

    Mi mamá murió. Y sí, me duele. Me va a doler siempre. Pero también me dejó una forma de mirar la vida distinta. Más presente. Más consciente. Más fuerte.

    La muerte no me destruyó. Me cambió. Me hizo ver que vivir no es estar distraída. Es estar despierta. Y aceptar que esto es finito, me hace querer vivir de verdad. No sé si este ensayo tiene todas las respuestas. Lo que sí sé, es que escribirlo me ayudó a poner en palabras algo que no se puede decir fácil: que amar también es saber dejar ir. Y que la muerte, aunque duela, también puede enseñarnos a vivir mejor.

    Lola

    Esta guía me hizo reflexionar mucho sobre la muerte, principalmente verla desde otra perspectiva. Siempre fue algo que me generaba angustia desde chica, hablar sobre este tema, sin razón alguna, pero la guía me hizo entender que quizás no es tan trágica como siempre la vi; es más parte del ciclo de la vida. Aunque el dolor de perder a seres queridos jamás va a disminuir por ser consciente de que es parte de la vida, me da más tranquilidad verlo desde otra mirada.

    También me di cuenta de la deshumanización, de que las muertes sean un número más y lo poco conscientes que somos de que constantemente está muriendo gente y que nos puede tocar a nosotros en cualquier circunstancia. También reflexioné mucho sobre disfrutar la vida sin pensar en la muerte, que es lo único asegurado en la vida; vivimos una sola vez, y creo que no tiene sentido dejar de disfrutar por algo que no podemos cambiar.

    Los términos zoé y bios también me sonaron muy cercanos; generalmente solo vivimos, hasta estar cerca de que la vida se acabe, y ahí empezamos a ser más conscientes, pero termina siendo tarde, y terminamos reprochándonos por qué no disfrutamos. Perdiendo el tiempo en preocupaciones sin sentido.

    Caro

    La muerte es, sin dudas, uno de los grandes misterios de la existencia humana. Es el final biológico de la vida, pero también representa un abismo filosófico que cada cultura, religión y persona ha intentado comprender de distintas formas. A lo largo del recorrido por los pensamientos de filósofos como Agustín, Camus, Freud o Marcel, me encontré con muchas preguntas sin respuestas definitivas. Sin embargo, este camino también me llevó a pensar en mi propia manera de entender la muerte, su porqué y su paraqué.

    En primer lugar, creo que la muerte es un límite que nos define. Como dijo Agustín de Hipona, “todo es incierto, solo la muerte es segura”. Esa certeza es la que nos obliga a valorar el tiempo, las decisiones, los vínculos. Vivimos como si no fuésemos a morir nunca, pero en el fondo sabemos que la muerte está presente, acechando, inevitable. Y esa contradicción es también profundamente humana.

    ¿Pero por qué morimos? Biológicamente, porque nuestros cuerpos tienen un ciclo. Pero filosóficamente, quizás la muerte exista para recordarnos que somos finitos y que, por eso mismo, cada segundo cuenta. Vivir con la muerte presente no tiene que ser una condena, sino una forma de darle sentido a la vida. Marco Aurelio y Séneca, desde el estoicismo, proponían el memento mori, el “recuerda que vas a morir” como una guía de vida, no como una amenaza. No se trata de tenerle miedo a la muerte, sino de hacer las paces con ella.

    Algunos, como Camus, ven en la muerte algo absurdo: la vida no tiene sentido y, por lo tanto, morir tampoco. Pero justamente desde esa visión nace la libertad. Si todo es absurdo, entonces somos libres de crear nuestros propios significados. En ese sentido, creo que la muerte puede servir como punto de partida para vivir auténticamente, para no postergar lo que nos importa.

    Por otro lado, me impactó la idea de la “muerte funcional” en Gabriel Marcel: esa que ocurre cuando alguien muere, pero sigue vivo en nosotros. Eso me lleva a pensar que no todo termina con la muerte física. Muchas personas siguen existiendo en nuestras memorias, en lo que nos enseñaron, en lo que compartieron con nosotros. Por eso, quizás la muerte también sirve para valorar esa otra forma de eternidad: la que dejamos en los demás. En definitiva, no sé con certeza qué es la muerte, pero creo que su existencia le da sentido a la vida. Morimos para poder vivir con intensidad, con compromiso, con conciencia. No podemos evitarla, pero sí podemos elegir cómo vivir antes de que llegue.

    Tal vez la muerte no tenga un porqué definitivo, pero su presencia nos obliga a preguntarnos constantemente para qué vivimos, y eso ya es una respuesta en sí misma.

    Julián

    La muerte es algo que todos sabemos que va a llegar, pero que igual cuesta aceptar. Es el final de la vida, pero también una parte de ella. Aunque a muchos les da miedo o tristeza, también puede hacernos pensar en lo importante que es vivir de verdad mientras estamos acá. Cada persona la entiende de una forma distinta. Algunos piensan que es solo el fin, otros creen que después hay algo más. Lo cierto es que nos hace reflexionar sobre lo que hacemos con nuestro tiempo y sobre lo que realmente vale la pena.

    La muerte también nos enseña a valorar las cosas simples: las personas que queremos, los momentos que disfrutamos, los sueños que perseguimos. Si la vida no tuviera un final, tal vez no apreciaríamos tanto todo eso. En mi opinión, no hay que verla como algo malo, sino como algo natural. Es parte del ciclo de la vida. Aceptarla no significa rendirse, sino entender que estamos de paso y que por eso hay que aprovechar el presente. La muerte, aunque duela, es lo que nos recuerda que vivir tiene sentido.

    Agus

    Para mí la muerte es un límite que quieras o no, en algún momento va a llegar y no puedes deshacerte de él. Sabemos que tiene que llegar, pero no terminamos de creerlo hasta que en ciertas situaciones estamos cerca de ella, y ahí es cuando comenzamos a replantearnos toda nuestra vida, donde comenzamos a sentir más cerca ese límite, cuando queremos ser mejores personas, cumplir nuestros “sueños” o metas y hacer todo de manera acelerada. Y eso pasa porque no vivimos disfrutando nuestra vida, vivimos como si fuéramos inmortales, como decía Freud.

    Siento que muchas veces la muerte es absurda, como decía Camus. No tiene sentido, no hay una explicación lógica, puede pasar en cualquier momento. Puedes estar bien un día y al otro ya no estar más. Ese absurdo, esa falta de lógica, de sentido, es lo que más miedo me da, la idea de no tener el control sobre cuándo ni cómo va a pasar.

    Y, sin embargo, ese mismo absurdo también puede ser una invitación a vivir más conscientemente. A valorar y disfrutar los momentos simples, a elegir con más claridad cómo queremos vivir. Camus decía que, ante el absurdo, uno tiene dos opciones, rendirse o rebelarse. Y rebelarse no es otra cosa que seguir viviendo, a pesar de que no haya una respuesta definitiva, pero haciéndolo de una forma auténtica y propia. Tal vez ahí esté la clave, entender que la muerte está presente, pero no para paralizarnos o darnos temor, sino para impulsarnos a vivir de una manera más real y con más ganas. No desde el miedo, sino desde la conciencia.

    Si supiéramos que cada día podría ser el último, ¿cambiaría la forma en la que tratamos a las personas de nuestro alrededor? ¿Aprovecharíamos mejor el tiempo? ¿Nos animaríamos más a decir lo que sentimos? La muerte nos pone a reflexionar. Nos recuerda que no todo es infinito. Pero también nos da pie a preguntarnos: ¿cómo quiero vivir mientras esté acá? Y esa quizás es una de las preguntas más importantes que podemos hacernos para vivir de una forma diferente.

    Pepo

    Creo que una de las mayores incógnitas de la vida es qué hay después de morir o qué es realmente la muerte. Nosotros la entendemos como el hecho de dejar de tener signos vitales y no poder volver a hacer nada, pero todavía hay muchas cosas por descubrir, y se dicen muchas cosas que no sabemos si son ciertas. Cada persona puede tener su propio punto de vista y estar más o menos involucrada en el tema. Muchos creen en la existencia de otra vida después de la muerte o en la reencarnación. Aunque no hay pruebas que lo confirmen, hay quienes sienten o creen que vienen de una vida pasada o que se dirigen hacia una nueva. Como esta, existen muchas otras teorías, pero ninguna ha sido estudiada completamente como para dar una respuesta definitiva.

    Como seres humanos, nos asusta el hecho de saber que algún día moriremos. Sin embargo, no debería ser así, porque es algo inevitable; en algún momento a todos nos llegará. Creo que el temor proviene de no saber qué pasará con nosotros después de morir o de qué manera llegará ese momento.

    Para mí, la muerte es dejar de vivir, pero no solo en el sentido biológico en el cual “no despiertas más” , sino también en el sentido emocional y espiritual: dejar de sentir que uno está realmente viviendo. Hacer las cosas por hacer, repetir lo mismo cada día sin un propósito, también es una forma de morir en vida. Muchas personas temen eso, porque no hay nada más triste que sentir que la vida se pasa sin aprovecharla o, peor aún, desperdiciarla haciendo cosas que sabemos que nos hacen daño.

    Soy creyente de que todos venimos al mundo a dejar algo, por más pequeño que sea. Por eso pienso que llega un momento en el que ya no tenemos más nada que aportar, y entonces debemos ir hacia ese lugar desconocido del que todavía nada sabemos.

    En la vida nos tocará despedir a muchas personas o animales que pasan por nuestro camino dejando una huella y aportando experiencias que nos marcan. A algunos les sucede desde muy temprano, y a otros más adelante, pero cada uno afronta ese momento de manera distinta. Es algo muy doloroso, aunque inevitable.

    En mi caso, me tocó despedir a varias mascotas que tuve a lo largo del tiempo. Fue un momento difícil, pero con el tiempo aprendí que se puede recordarlas de la mejor manera, manteniéndolas siempre presentes en la memoria a través de las anécdotas y los momentos compartidos.

    Tal vez la muerte no sea un final, sino una transformación. Quizás no dejamos de existir, sino que cambiamos de forma, de lugar o de propósito. Y aunque nunca sepamos con certeza qué hay más allá, lo importante es aprender a vivir plenamente, de modo que cuando llegue ese momento, podamos irnos en paz, sabiendo que realmente estuvimos vivos.

    More

    La muerte es uno de los temas más difíciles de pensar. A veces da miedo, otras veces tristeza, y también muchas preguntas. Para mí la muerte es el fin de la vida como la conocemos. Es el momento en que el cuerpo deja de funcionar, cuando dejamos de respirar, de pensar, de sentir. Pero, aunque parezca un final total también puede ser el comienzo de algo nuevo. No lo sabemos con seguridad y por eso la muerte también es un misterio muy grande.

    Desde chicos escuchamos distintas ideas sobre la muerte. Algunas religiones dicen que después de morir vamos al cielo, o a otro lugar donde seguimos viviendo de otra forma. Otros piensan que nos reencarnamos, es decir que volvemos a nacer en otro cuerpo. Y hay quienes creen que simplemente se termina todo. La verdad es que nadie tiene la respuesta definitiva, porque nadie volvió para contarnos. Pero cada persona puede creer lo que le hace sentir paz y eso también es importante.

    Creo que la muerte existe por una razón. Si fuéramos eternos, si viviéramos para siempre, tal vez no le daríamos tanto valor a las cosas. No cuidaríamos tanto el tiempo, ni a las personas que queremos. La muerte hace que cada momento tenga valor, que cada día sea especial. Saber que todo puede terminar nos ayuda a vivir más intensamente, a no dejar cosas para después, a decir lo que sentimos antes de que sea tarde. También pienso que la muerte nos enseña a valorar la vida. Muchas veces no nos damos cuenta de lo afortunados que somos por estar vivos, por poder hablar, caminar, compartir. Solo cuando perdemos a alguien o cuando nos pasa algo fuerte, empezamos a pensar en lo importante que es estar vivos. En ese sentido, la muerte tiene una función, nos despierta, nos hace reflexionar, nos ayuda a cambiar.

    Otra cosa que me parece importante es que la muerte también forma parte de un ciclo natural. En la naturaleza, todo nace, crece, muere y vuelve a empezar. Una flor se seca, pero deja semillas. Un árbol cae, pero en su lugar crecen otros. Con los seres humanos pasa algo parecido; aunque una persona muera, lo que dejó en otros sigue vivo. Sus palabras, sus gestos, sus enseñanzas, su amor. De alguna manera, seguimos existiendo a través de lo que dejamos en los demás.

    La muerte también puede servir para unirnos más como personas. Cuando alguien se va, muchas veces la familia y los amigos se acercan, se acompañan, se abrazan. Nos damos cuenta de que lo más importante no son las cosas materiales, sino los vínculos, el cariño, los momentos compartidos. La muerte nos recuerda lo frágiles que somos, y por eso nos hace más humanos. Yo no sé si hay algo después de la muerte. A veces me gusta pensar que sí, que hay algo más, que no todo termina. Otras veces pienso que tal vez no hay nada, y que justamente por eso tenemos que aprovechar al máximo cada segundo de esta vida. Lo importante, para mí, es vivir con sentido, con amor, con ganas. Tratar bien a los demás, disfrutar de las pequeñas cosas, hacer lo que nos gusta, cuidar a quienes queremos.

    Como final de este ensayo, pienso que la muerte es un tema difícil, pero también necesario. Nos hace pensar, sentir, cambiar. No hay una sola forma de verla ni de entenderla y está bien que cada uno tenga su propia idea. Lo importante es no tenerle miedo, sino tratar de entenderla como parte de la vida. La muerte nos enseña a vivir mejor, a valorar más, a amar sin esperar. Tal vez no tengamos todas las respuestas, pero sí podemos buscar nuestras propias respuestas, y eso para mí ya es mucho.

    Caro p.

    No ha participado en este ensayo.

    Giuliano

    En mi vida, la muerte dejó de ser una idea lejana; en este ensayo intentaré reflexionar sobre cuando perdí a mi abuelo, y volvió a tocarme cuando mi otro abuelo estuvo a punto de morir. Esas dos situaciones me obligaron a pensar qué significa realmente morir y cómo nos afecta la posibilidad de perder a quienes amamos.

    Cuando mi abuelo falleció, experimenté por primera vez el dolor de la pérdida definitiva. Sentí un vacío enorme, como si una parte de mí se hubiese apagado. Me costaba aceptar que no iba a volver a verlo, escuchar sus historias ni abrazarlo. Fue entonces cuando empecé a hacerme preguntas que nunca antes me había planteado: ¿Qué es la muerte? ¿Es solo dejar de existir o algo más? ¿Qué pasa con todo lo que una persona fue y significó?

    La filosofía, a lo largo de la historia, ha intentado responder estas preguntas. Platón pensaba que la muerte era una separación entre el cuerpo y el alma, y que esta última seguía existiendo en otro plano. En cambio, Heidegger, por su parte, sostiene que vivir sabiendo que vamos a morir nos obliga a tomar conciencia de nuestra vida y a actuar con autenticidad, valorando cada momento.

    Tiempo después, cuando mi otro abuelo enfermó gravemente y estuvo a punto de morir, volví a sentir ese miedo a la pérdida. Por un momento, creí que iba a repetirse la misma historia. Pero esta vez, algo cambió: él se recuperó. Esa experiencia me hizo comprender que no hace falta esperar a perder a alguien para valorarlo. Me di cuenta de que la muerte no solo enseña a despedirnos, sino también a vivir el presente de forma más intensa, a decir lo que sentimos y a no dejar para después los momentos importantes.

    Ambas situaciones me enfrentaron con la misma certeza: “TENEMOS QUE DISFRUTAR CADA MOMENTO”, que también te ayuda a darle sentido a la vida. La filosofía enseña que la conciencia de nuestra muerte nos permite vivir con mayor sentido. Mi abuelo, que murió, me dejó la enseñanza de que el amor y los recuerdos siguen vivos. Y el que estuvo a punto de morir me dio la oportunidad de aprovechar el tiempo a su lado, de escuchar sus historias y de abrazarlo sabiendo que tal vez no haya otra oportunidad.

    Cata

    Para este escrito voy a encarar la respuesta de una forma muy distinta a la anterior, ya que la guía me da pie a hacerlo. Estas preguntas son más personales; si bien citar filósofos es una parte importante, en mi opinión la respuesta es más personal. Para comenzar, la pregunta no se enfoca tanto en qué es lo que pasa una vez que morís, porque esto es parte de la naturaleza; todos sabemos que en algún momento nos va a tocar, a algunos antes y a otros después, pero al final va a ocurrir. La pregunta va más hacia el lado de la persona, pensando en la vida mientras espera la muerte.

    Hay dos formas de plantear esta pregunta que acabo de proponer. Por un lado, las personas hacen todo lo que más pueden porque saben que en algún momento, que puede ser mañana o dentro de 40 años, van a morir; por lo tanto, tratan de no esperar para llevar a cabo sus planes, viajan, se casan, tienen hijos y se compran aquello que tanto les gusta, claro, eso asentándose al plan que cada uno quiere. Pero, por el otro lado, la persona nuevamente consciente de que va a morir no hace nada por tener una vida memorable, ya sea por miedo, vergüenza o por el qué dirán los demás. Llegado a este punto, me parece importante hacer una mención a un libro: “De qué te arrepentirás antes de morir: los cinco mandamientos para tener una vida plena”, que en resumen nos habla de que la mayoría de las personas al morir no se arrepienten de las cosas que hicieron mal durante su vida, sino de las que no hicieron por miedo, por no vivir para ellos sino para los demás, y ese, en mi opinión, es el peor arrepentimiento, porque ya al final del camino no queda más que lamentarse. Toda la vida la vivimos como si tuviéramos una vida eterna, aunque a su vez seamos conscientes de que no la tenemos, y como si cada acto que no lleváramos a cabo no tuviera importancia porque tenemos mil oportunidades más de arreglarlo. Pero, aunque no parezca, el tiempo pasa rápido; no se nota muchas veces, pero cada momento que pasa hay que apreciarlo y vivirlo plenamente, para que una vez que suceda este hecho inevitable, no tengamos esos arrepentimientos que después tanto pesan.

    Para finalizar, hay que responder las preguntas iniciales, que se responden simplemente así: la muerte es para hacer valer nuestra vida, para no dejar las cosas para después y para intentar tener una vida lo más feliz y plena posible.

    Tobias

    La muerte siempre estuvo ahí, como una sombra silenciosa que acompaña cada paso, aunque a veces prefiera no mirarla de frente. No la entiendo del todo, y quizás nunca pueda hacerlo, pero siento que su presencia le da un peso distinto a cada gesto de la vida. A veces me pregunto por qué existe. ¿Por qué todo lo que nace tiene que terminar? Y aunque no encuentre una respuesta exacta, algo en mí intuye que la muerte no es solo un final: es una forma de recordarme que no soy eterno, que el tiempo que tengo es valioso y que no puedo vivir como si siempre hubiera otro día garantizado.

    La muerte duele y asusta. Duele cuando se lleva a alguien que quiero, cuando deja un silencio que parece imposible de llenar. Asusta cuando pienso en mi propio fin, en lo que dejaré, en lo que no llegaré a hacer. Pero al mismo tiempo, esa misma muerte que temo es la que me empuja a vivir con más atención, a no posponer lo importante, a valorar lo simple: un abrazo, una palabra sincera, un rato compartido sin apuros.

    Empiezo a entender que la muerte, más que un enemigo, es un recordatorio. Un límite que me invita a elegir mejor, a sentir más, a ser más consciente de mí mismo y de lo que hago con mi vida. Tal vez su sentido sea precisamente ese: hacerme despertar, obligarme a mirar lo esencial, enseñarme que no es infinito lo que tengo, pero sí puede ser profundo. Y aunque nunca deje de ser un misterio, la miro con un poco más de calma cuando pienso que, gracias a ella, cada momento que vivo tiene un valor único. Que no estoy acá para siempre, y por eso mismo, cada día importa.

    La muerte es uno de los temas más profundos y difíciles de la experiencia humana. No tiene una única respuesta, pero puedo darte una reflexión clara y filosófica que te ayude a pensarla desde varios ángulos. Es el fin biológico de la vida, el límite que define nuestra existencia, y una realidad que nos obliga a pensar quiénes somos y qué queremos hacer mientras estemos vivos..

    Valen

    La pregunta por la felicidad y el amor aparece de manera constante en la vida humana. Pero… ¿Qué es amar?, ¿qué significa ser feliz?, ¿qué buscamos cuando buscamos ambas cosas? Creo que la filosofía se ocupa de estos temas porque, aunque parezcan simples, son los que realmente determinan el sentido que le damos a nuestra existencia. Preguntarnos por qué y para qué amamos o buscamos la felicidad es preguntarnos, en el fondo, quiénes somos y hacia dónde queremos ir.

    El amor, como muestran Platón y otros pensadores, no es uno solo: puede ser deseo, impulso, amistad, cuidado, entrega o incluso sacrificio. Personalmente, creo que el amor existe cuando aparece el otro como alguien irremplazable y no como un objeto que simplemente llena un vacío propio. Por eso coincido con que el amor implica una mezcla de deseo, reciprocidad y, sobre todo, responsabilidad. Amar no es solo sentir, sino también elegir. Elegir estar, elegir cuidar, elegir aceptar; buscar e intentar alcanzar a ese otro que se ama. De esa manera, el amor no es únicamente una emoción, sino una forma de mirar al otro. Si el deseo es la búsqueda de lo que no se tiene, el amor verdadero es la decisión de sostener lo que sí se tiene, aunque eso implique renunciar a ciertas ilusiones o enfrentar momentos a veces desagradables, ya que te entregas ciegamente al otro.

    La felicidad, en cambio, me resulta más difícil aún de definir. No creo que sea un estado permanente ni una meta que se alcanza para siempre. Comparto la idea de que la felicidad no se busca como quien busca un objeto, sino que aparece en ciertos momentos cuando nuestra vida coincide con lo que valoramos. Para Aristóteles, la felicidad es realizar aquello que somos y podemos ser; para Beauvoir, depende de la libertad y la autorrealización; para Byung-Chul Han, está amenazada por un mundo que nos exige rendir más que sentir. En todas esas miradas encuentro algo verdadero: no hay felicidad sin la posibilidad de construirnos a nosotros mismos, pero tampoco la hay sin vínculos donde el otro nos recuerde que no estamos solos. Ya que, como sabemos, el humano es un ser plenamente social.

    De todos modos, creo que hay una diferencia entre el ser y el estar feliz, siendo esta última los pequeños momentos que nos dan alegría, el sentido más efímero, la euforia, y siendo el ser el estado pleno de felicidad que, si bien puede tener sus baches, sigue ahí.

    Llevado a la actualidad atravesada por la modernidad líquida, hemos visto que a veces se vuelve difícil (y cada día menos común) el abrirse a amar o encontrar la felicidad; por eso, me parece acertado cerrar este ensayo con la siguiente pregunta. ¿Por qué y para qué buscamos el amor y la felicidad? Quizá para sentirnos plenos, completos, para aferrarnos a alguien o algo que nos permita que la vida sea más que solo seguir una rutina, para que algo nos motive, nos mueva el suelo y nos recuerde que estamos vivos y la vida debe ser vivida.

    Josu

    ¿La felicidad para qué? Para vivir en paz con uno mismo. Se alcanza con un bienestar individual y esto abre paso al amor con otro; eso mismo, para que haya amor, se necesita otro y reciprocidad; muchas veces el amor carece de sentido o lógica; como diría mi abuela, florece, obvio, de inicio; después se va construyendo el amar incondicional.

    La felicidad es efímera y natural; aunque la felicidad no se compra ni busca, puede tener más apariciones si uno está bien con su ser. El amar da sentido a las relaciones cercanas, les da un significado, un valor especial. Muchas veces es difícil controlar las emociones, pero el amar es muy gratificante; dejar que rebalse, no entender qué sientes, que tu cabeza vaya a mil por hora y luego, cuando esa intensidad baja, aprender a amar los defectos, que en sí la persona no está moldeada a uno; por eso es importante una comunicación y aprendizaje de seres. Como si dice Bad Bunny: amen lo que más puedan.

    Ale

    A mis 18 años, hablar de la felicidad y el amor no es fácil. No porque no los haya sentido, sino porque son cosas que cambian todo el tiempo. A veces creo tenerlas cerca y otras veces no; hoy al amor lo siento muy cercano porque estoy de novio, pero siento que me falta amor en otras relaciones familiares.

    Me gusta lo que dice Agustín de Hipona; él decía que la felicidad era alcanzar a Dios, es decir, encontrar la paz en algo eterno y perfecto. Pero yo, que nací en un mundo lleno de pantallas y cambios constantes, me cuesta pensar que la felicidad esté en algo tan absoluto. Sin embargo, entiendo su idea de fondo: la felicidad tiene que ver con el sentido, con algo que te trascienda. No es solo pasarla bien, sino sentir que lo que haces te llena como persona y te da ese estado de plenitud al que a veces es tan difícil llegar. Yo no soy creyente en Dios, pero siento que llegar al dios que habla el autor, para mí, llegar a mi dios sería poder sentirme pleno y feliz la mayor parte del tiempo.

    Platón, por su parte, pensaba que el amor es una forma de buscar la belleza, una especie de escalera que empieza con lo físico y termina en lo espiritual. Cuando uno se enamora, según él, no ama solo al otro, sino la idea de belleza que ve reflejada en esa persona. Y algo de eso me pasa; cuando quiero a alguien, siento que me mejora, que me impulsa a ser mejor versión de mí mismo. Pero también aprendí que idealizar al otro puede doler, porque a veces esa persona no es como realmente creíamos y en parte no termina “fallando”.

    Si uno junta todo esto, el amor y la felicidad parecen estar conectados, ya que ambos implican una búsqueda. Pero no una búsqueda de algo fijo, sino de un equilibrio entre el deseo y la tranquilidad, entre estar con otros y estar con uno mismo. A mi edad, creo que la felicidad no es una meta, sino momentos: reír con amigos, sentir orgullo por algo que lograste, mirar a alguien y saber que te entiende sin decir nada. Y el amor, más que una promesa, es una decisión de cuidar y dejar ser. Tal vez dentro de diez años piense distinto. La felicidad y el amor no son puntos de llegada, sino caminos que vamos recorriendo mientras crecemos y aprendemos. Y hoy, a mis 18 años, me quedo con esto: ser feliz es estar en paz con lo que soy, y amar es compartir esa paz con alguien más.

    Luchi

    No ha participado del ensayo

    Aitana

    Creo que la mayoría a lo largo de su vida se pregunta sobre qué es la felicidad, ¿cuándo van a ser felices, si lo son, qué momentos les da felicidad? y ¿qué es el amor? ¿Cuándo lo van a conseguir?, ¿cuándo lo van a sentir?, ¿cómo se sintió?, ¿qué se siente? Yo creo que estas preguntas nos las hacemos porque los seres humanos estamos hechos para amar y ser amados, estamos hechos para ser felices; pero a veces no encontramos el amor y la felicidad como lo deseábamos. Como Harari decía, en la actualidad, nos dejamos llevar mucho por las expectativas; somos un mundo tan consumista que todo lo que vemos lo queremos tener y a veces es imposible tener eso como lo imaginas. Por lo tanto, cuando nuestras expectativas no se cumplen, cuando las cosas no parecen ser como nosotros las queremos, consideramos que no somos felices, no tenemos amor o, peor, comenzamos a querer más y más sin quedar satisfechos. Pero para mí no existe tal hecho como carecer del amor o nunca haber sido felices.

    Yo creo que todos estamos constantemente rodeados de amor: amor romántico, amor pasional, amor a los seres queridos, amor a los amigos o expresado a través de actos, como los detalles, el contacto físico, nuestras actitudes, nuestra amabilidad, las palabras, etc.; en todas esas situaciones, en todas esas cosas hay amor. Damos amor y recibimos amor, a veces hasta sin darnos cuenta, porque es un hecho que no todos damos amor de la misma manera. Lo que ocurre es que cuando hablamos de amor, nos lo imaginamos solo como un amor romántico, compartiendo tu vida con otro, nosotros amando a ese otro y que este lo haga por igual. Pensando que al llegar a ese punto seremos verdaderamente felices. Pensamos en el amor más importante para Platón, el amor como ágape, este amor noble, incondicional, puro, espiritual y profundo cuya prioridad es el bienestar del ser amado. Este amor implica dar de ambas partes sin esperar nada a cambio. Por consecuencia, sin reciprocidad se podría decir que no hay amor, sino placer, porque queremos lo que no tenemos, idealizamos cómo podría llegar a ser eso que no poseemos, como comentaba con la idea de las expectativas.

    Ahora bien, entonces el amor, además de ser recíproco y manifestado en diferentes formas, también te debe dar la libertad de hacer lo que te guste y dejar al otro hacer lo que quiera en tanto esta acción sea buena; nosotros somos conscientes de qué acciones son buenas y cuáles no lo son. A su vez, en esa libertad podemos ver el concepto de autorrealización de Simone de Beauvoir, donde plantea la idea de que seamos auténticos y que no dependamos de alguien más. Seamos libres de ser quienes queramos, sin que el otro nos detenga. Aunque tampoco nos asustemos cuando nuestra relación no sea pura y plenamente amor, un amor verdadero, un amor “intenso” requiere de muchas emociones, no solo amor y felicidad, como decía Byung-Chul Han. No nos retiremos de esa situación, de ese momento en donde una pequeña cosa hace que explotemos, que nos ponga tristes y estemos doloridos. La base de toda relación debe ser la comunicación; hay cosas que se deben manifestar verbalmente para ser escuchadas y comprendidas. Pasando esa etapa, veremos si la persona era la indicada o no para nosotros. Y esa persona manifestará y deberá ser escuchada y comprendida para luego ver si nosotros éramos con quienes quisieran estar o no.

    No todo siempre es color de rosas; hay altas y bajas, somos humanos, estamos hechos para sentir, para comprender al otro y no solo centrarnos en nuestro bienestar. También entonces podemos hablar del concepto de donación considerado por varios pensadores como Derrida, Marcel y Marion, que consideraban amor al acto de dar con sacrificio y con desinterés. Cuando se encuentre la reciprocidad donde ambas partes se entreguen mutuamente sin esperar nada a cambio, será un amor como ágape. Donde no nos tengamos el uno al otro, sino que seamos juntos. Y luego de dejar de lado nuestro narcisismo, de poner expectativas superelevadas, de confundir el placer con el amor, de ser libres, de considerar que el amor está en todas partes. Al final de cada una de esas cosas seremos felices, nuestra felicidad perdurará, será suficiente, nos sentiremos realizados, completos; nuestra felicidad será el fin último luego de usar los medios correctos, como manifestaba Aristóteles.

    Cuando decía no creer que había algo como no haber sentido la felicidad o no sentirla, me refería justamente al hecho de que no hay que ser o tener lo mejor o todo para ser felices. Dejemos de pensar que la única manera de obtener amor y ser felices es teniendo a alguien encima de nosotros; dejemos de pensar que el amor y la felicidad se encuentran solo en el otro cuando también están en nosotros mismos. Hay que bajar un poco a la realidad y disfrutar de las pequeñas cosas, como del amor de alguien cercano, de los actos amables de un extraño, del detalle de alguien, y también dar todo el amor que tenemos por más que cueste. Porque al final del día todo eso significa amor y eso nos hará felices.

    Tomás

    El amor y la felicidad, aquellos sentimientos que anhelamos y que han inspirado incontables historias, poemas y canciones, son dos de las experiencias más complejas y profundas del ser humano. Estas emociones, tan presentes en nuestra vida cotidiana, continúan siendo objeto de estudio, debate y reflexión. A pesar de su habitualidad, no existe una definición única ni una postura clara sobre qué son realmente ni por qué los sentimos. La ciencia ha intentado explicar estos sentimientos desde una perspectiva biológica y neuroquímica, relacionándolos con la liberación de hormonas como la dopamina, la serotonina y la oxitocina, que producen placer, apego y bienestar. Sin embargo, aunque la ciencia puede describir cómo ocurren estos procesos, aún no logra responder completamente por qué el ser humano los necesita ni cuál es su propósito profundo. A lo largo de la historia, distintos filósofos han intentado descifrar la esencia que acompaña a estos sentimientos.

    Platón fue de los primeros filósofos en compartir su visión del amor. Él planteaba que, en la antigüedad, los humanos eran seres de dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Un día, los dioses lo dividieron en dos partes. Lo que Sócrates plantea es que el propósito del amor es sentirnos completos encontrando nuestra alma gemela. De aquí viene la razón por la que amamos. Además, Platón sostiene que existen dos tipos de amores: el eros y el ágape. El eros es un amor impulsivo, el cual se debe al deseo, siendo la tendencia a buscar aquello que no poseemos. En cambio, el ágape es el amor más puro, que representa el amor incondicional y cuya prioridad es el bienestar del ser amado.

    Más tarde, Agustín de Hipona retomaría las ideas platónicas y las adaptaría al pensamiento cristiano. Para él, el amor ocupaba un lugar central en la vida humana. Su frase más famosa, “Ama y haz lo que quieras”, refleja la convicción de que, si el amor que guía nuestras acciones es verdadero y está orientado al bien, todo lo que hagamos será justo y correcto. En otras palabras, el amor, cuando nace de la bondad y de la búsqueda del bien, se convierte en la regla fundamental de la conducta moral. Agustín entendía el amor no como un simple deseo o una búsqueda de placer, sino como una fuerza que impulsa al ser humano hacia el bien. Amar correctamente significaba amar de forma desinteresada, buscando siempre el bienestar del otro y la armonía interior. De esta forma, se lograría esa felicidad interior que se logra al amar correctamente.

    Aristóteles pensó que la felicidad era el fin último de la vida humana, aquello hacia lo cual se orientan todas nuestras acciones. No se trataba de un placer momentáneo ni de la acumulación de bienes materiales, sino de un estado de plenitud que se alcanza al vivir conforme a la virtud, el equilibrio y la sabiduría. Para él, ser feliz implicaba realizar plenamente nuestra naturaleza racional, es decir, actuar de acuerdo con la razón y el bien. En este caso, el amor también puede entenderse como una práctica virtuosa. No se ama de cualquier manera, sino que se debe amar con justicia, con templanza y con fortaleza. Amar con justicia significa reconocer el valor del otro y actuar de forma equitativa; amar con templanza implica mantener el equilibrio entre el deseo y la razón, evitando los excesos; y amar con fortaleza requiere mantener el amor incluso frente a las dificultades o el sufrimiento. Entonces la felicidad no depende de lo que poseemos, sino de cómo vivimos y de cómo orientamos nuestras acciones hacia el bien. Lo importante no es cuánto tenemos, sino la calidad de nuestras elecciones y la manera en que nos relacionamos con los demás. Aristóteles sostiene que una vida feliz es aquella en la que el ser humano logra armonizar sus emociones, sus deseos y su razón, alcanzando así una existencia plena y moralmente buena.

    Tal como plantearon los filósofos analizados, el amor no es solo una emoción pasajera, sino una fuerza que orienta nuestras acciones hacia el bien y nos impulsa a buscar la plenitud. Amamos porque es parte esencial de nuestra naturaleza, ya que a través del amor nos reconocemos en el otro, encontramos sentido y construimos vínculos que dan significado a nuestra vida. El amor nos provoca amar correctamente y nos conduce al equilibrio interior, a la virtud y, finalmente, a la felicidad. Esta felicidad, como señalan Aristóteles y Agustín de Hipona, no se halla en los placeres ni en los bienes materiales, sino en la vida vivida con rectitud, armonía y propósito. Por eso, amar y ser felices no son metas separadas, sino caminos que se complementan. Amar bien es vivir bien y esto se consigue alcanzando esa felicidad duradera que nace del amor verdadero y del obrar con virtud.

    Bren

    Felicidad y amor: entre libertad y sentido

    A veces me pregunto qué significa ser realmente feliz y qué tiene que ver eso con el amor. Porque no es lo mismo estar “feliz por un rato” que sentir que estás bien contigo misma y con los demás. Pensando en lo que dicen los filósofos, me doy cuenta de que la felicidad y el amor no son cosas que simplemente pasan: se construyen, se eligen y requieren conciencia. Desde la mirada de Simone de Beauvoir y Agustín de Hipona, todo se trata de libertad y de sentido.

    Platón decía que el amor nos eleva hacia lo bello y lo verdadero. Yo lo entiendo como que amar no es solo fijarte en la apariencia o en lo que te hace sentir bien por un rato, sino buscar algo que realmente te haga crecer. Por ejemplo, no es lo mismo enamorarte de alguien porque te da likes todo el tiempo que enamorarte de alguien que te inspira a ser mejor, que te escucha y te respeta.

    Aristóteles pensaba que la felicidad viene de vivir según la virtud y que la amistad verdadera (philia) es superimportante. Yo lo veo parecido: compartir momentos, metas y valores con alguien sin dejar de ser vos misma. La felicidad no es depender del otro o esperar que te haga sentir completa, sino que ambos se eleven juntos. Byung-Chul Han dice que hoy el amor puede ser narcisista y superficial, como cuando todo se trata de redes sociales, fotos perfectas y aprobación externa. Y es verdad: amar así no es libertad, es estar atrapada en la opinión de los demás. La verdadera felicidad y amor requieren tiempo, profundidad y autenticidad, no filtros ni likes.

    Jacques Derrida dice que el amor y la felicidad no son reglas fijas, sino que se construyen en cada relación. Para mí eso significa que no hay fórmulas: cada amistad, cada noviazgo, cada vínculo es distinto y depende de cómo nos cuidemos y elijamos actuar. Yuval Harari dice que el amor y la felicidad están influenciados por la cultura y la historia. Yo creo que esto nos enseña a no dejarnos llevar por lo que “deberíamos sentir” o por lo que vemos en memes y series. La verdadera felicidad y amor vienen de lo que elegimos conscientemente, no de lo que nos imponen.

    Agustín de Hipona dice algo que me encanta: “Ama y haz lo que quieras”. Eso significa que, si amas de verdad, cualquier cosa que hagas va a estar guiada por el bien. El amor auténtico no lastima ni daña; no es un permiso para hacer lo que se te antoja. Estoy de acuerdo, pero solo si amas de manera consciente y responsable. Si decís que amás, pero actuás desde el ego, los celos o el control, no es amor real. Amar de verdad es actuar con empatía y respeto, y eso se parece mucho a lo que dice Beauvoir: un amor que respeta tu libertad y la del otro.

    Simone de Beauvoir insiste en que amar y ser feliz significa elegir, comprometerse y crecer, sin perder tu independencia. No se trata de poseer, sino de compartir y construir juntos. La verdadera felicidad surge cuando aprendemos a amar sin depender ni controlar, y cuando nos permitimos ser libres mientras amamos.

    En conclusión, la felicidad y el amor no son cosas que “pasan solas” ni emociones pasajeras. Son decisiones diarias, conscientes y responsables. Ser felices y amar de verdad implica respetarnos a nosotros mismos, respetar a los demás y, al mismo tiempo, conectar con algo más profundo: nuestra libertad, nuestra conciencia y nuestra capacidad de elegir el bien. Incluso en la vida diaria, con amigos, redes sociales y relaciones, todo se reduce a eso: amar y actuar desde el respeto, la autenticidad y la libertad.

    Lola

    Esta guía me hizo reflexionar mucho sobre las perspectivas que tenía sobre el amor y la felicidad. Entender que no hay una sola forma de amar, ni una única manera de ser feliz, fue algo que me abrió la cabeza. Cada persona tiene su propia búsqueda, su propio camino, y lo importante es descubrir qué es lo que realmente te hace bien, lo que te llena de alegría de verdad.

    Hoy en día, noto que la sociedad tiende a relacionar la felicidad con lo material: tener el último teléfono, usar ropa de marca o mostrar una vida “perfecta” en las redes sociales. No niego que conseguir algo que uno desea genera una sensación linda, pero también aprendí que esa felicidad es momentánea, que dura apenas unos días o semanas. Con el tiempo, comprendí que lo que más me llena es lo simple: visitar a mis abuelos y compartir una charla con ellos, ir al campo con mi papá, jugar al hockey con mis amigas o simplemente reírme con alguien que quiero. Son momentos que no se compran, y que me hacen sentir plena.

    Me llevó un tiempo entender que la felicidad no siempre está afuera, sino dentro de uno mismo. A veces creemos que depende de tener ciertas cosas o de que las personas nos hagan felices, cuando en realidad es algo que se construye desde adentro, con actitudes, decisiones y agradecimiento. Aprender a valorar lo que tengo, en lugar de vivir pensando en lo que me falta, cambió completamente mi forma de ver las cosas.

    En cuanto al amor, también me di cuenta de que no todos amamos de la misma forma. Cada uno tiene su manera de demostrarlo, y eso no significa que uno quiera más o menos. Lo importante es que el amor sea mutuo, que haya respeto, cuidado y sinceridad. Aprendí que sostener vínculos en los que solo uno da amor no tiene sentido, porque el amor verdadero no debería doler ni agotarte, sino acompañarte y hacerte crecer.

    También entendí que ser claro con lo que sentimos es fundamental. Muchas veces, por miedo a lastimar al otro, elegimos callar o fingir sentimientos que no son reales. Pero mentir diciendo que se siente amor cuando no es así, es una forma de egoísmo. A la larga, fingir solo genera más daño. Ser sinceros, aunque duela, es una manera de cuidar al otro y también a uno mismo.

    El amor, al igual que la felicidad, no se trata de perfección ni de tenerlo todo. Se trata de pequeños gestos, de presencia, de acompañar, de disfrutar los momentos y valorar lo cotidiano. A veces la felicidad está en una simple charla, en una mirada o en un abrazo sincero. Hoy puedo decir que entiendo el amor y la felicidad desde un lugar más maduro. Ya no los veo como metas que se alcanzan una sola vez, sino como algo que se construye todos los días, en las decisiones que tomamos, en la forma en que tratamos a los demás y en cómo nos tratamos a nosotros mismos.

    Caro

    Desde siempre, las personas han intentado responder qué es la felicidad y cuál es el papel del amor en ella. Ambas palabras parecen sencillas, pero en realidad encierran un universo de significados. Todos, de alguna manera, buscamos ser felices, y casi siempre asociamos esa felicidad con amar y ser amados. ¿Pero por qué buscamos la felicidad? ¿Y para qué necesitamos el amor?

    Quizás buscamos la felicidad porque es la forma más plena de sentirnos vivos. No basta con existir; necesitamos tener una razón para levantarnos cada día, sentir que nuestra vida tiene sentido. En ese sentido, la felicidad no es solo una emoción pasajera, sino un estado que da dirección a nuestra existencia. Sin embargo, lo curioso es que cuanto más la buscamos directamente, más parece escaparse. Tal vez la felicidad no se persigue, sino que se construye a partir de nuestras experiencias, vínculos y decisiones cotidianas. El amor, por su parte, es una de las formas más profundas en las que el ser humano experimenta esa plenitud. No hablo solo del amor romántico, sino también del amor hacia la familia, los amigos, los animales, la naturaleza o incluso hacia uno mismo. Amar es reconocer valor en algo fuera de nosotros, y eso nos conecta con el mundo. A través del amor, dejamos de ser solo individuos aislados y pasamos a ser parte de algo más grande. Por eso, el amor suele dar sentido a la vida y, por ende, también a la felicidad.

    Muchos filósofos han reflexionado sobre esto. Aristóteles decía que la felicidad es el fin último del ser humano, lo que todos buscamos más allá de cualquier otra cosa. Pero también afirmaba que se alcanza mediante la virtud, es decir, actuando bien, siendo justos, amables, honestos. Desde esa mirada, amar también sería una forma de ser virtuoso, porque el amor nos empuja a salir de nosotros mismos y a cuidar a otros. Por eso, el amor no es solo un sentimiento: es también una elección y una práctica constante.

    Sin embargo, vivimos en una sociedad que muchas veces confunde felicidad con placer o éxito. Nos dicen que seremos felices si conseguimos dinero, reconocimiento o una pareja perfecta. Pero la felicidad auténtica es mucho más simple y a la vez más difícil: implica estar en paz con uno mismo, aceptar lo que somos y lo que tenemos. En ese camino, el amor se vuelve esencial, porque amar a otros y a uno mismo nos enseña a valorar, a agradecer y a acompañar. Entonces, ¿por qué y para qué la felicidad y el amor? Porque son el motor de la vida humana. Sin ellos, la existencia se vuelve vacía y mecánica. Nos enseñan a disfrutar del presente, a aprender del dolor y a compartir lo que somos. El amor nos hace humanos, y la felicidad, conscientes de ello. Tal vez nunca lleguemos a ser completamente felices, pero en el intento, en cada gesto de amor, en cada momento compartido, encontramos un sentido que justifica todo lo demás.

    Julián

    La felicidad y el amor son dos temas de los que todos hablamos, pero que en el fondo nadie termina de entender del todo. En la vida diaria uno anda a las corridas, con mil cosas encima, y a veces parece que la felicidad fuera algo imposible, como si solo unos pocos pudieran alcanzar ese estado de estar bien. Pero en realidad la felicidad no es estar de diez todo el tiempo, ni tener todo solucionado. Es más simple y más real: es encontrar esos momentos donde uno puede respirar, sentir un poco de paz y darse cuenta de que las cosas tienen sentido.

    La felicidad la buscamos porque, si no, la vida se vuelve pesada. Cuando uno está bien, aunque sea un ratito, te cambia la cabeza. Tenés más ganas, más energía, y hasta tratás mejor a los demás. No es un lujo: es una necesidad. Nadie puede vivir solo a los golpes, todo el tiempo presionado o pensando en lo que falta. La felicidad funciona como un respiro, como ese segundo donde decís: ‘Bueno, che, tampoco está todo tan mal’. Y eso ya te da fuerza para seguir.

    El amor es otra historia, pero se mezcla con todo lo anterior. El amor no es solamente el romántico, ese que vemos en las películas. También está el amor por la familia, por los amigos, por alguien que te banca siempre, o incluso el amor por lo que hacés todos los días. El amor te mueve, te ordena un poco la vida. Uno necesita sentirse querido y también querer, porque nadie puede vivir aislado, como si fuera una isla. Por más que nos hagamos los fuertes, la verdad es que sin amor nos vamos apagando. ¿Para qué sirve el amor? Primero, para no sentirnos solos. Después, porque cuando uno quiere de verdad, aprende cosas: aprende a tener paciencia, a escuchar, a acompañar, a equivocarse y volver a intentar. El amor te muestra quién sos, porque cuando querés a alguien te sale lo mejor y a veces también lo peor. Pero todo eso te hace crecer.

    Cuando juntamos felicidad y amor, se entiende que no van separados. La felicidad sin amor queda medio vacía, como un lindo momento, pero sin raíces. Y el amor sin felicidad se vuelve pesado, casi una carga. Los dos se necesitan. La felicidad hace que el amor sea más liviano y disfrutable, y el amor hace que la felicidad tenga profundidad, que no sea solamente un momento pasajero, sino algo que te acompaña. En resumen, buscamos la felicidad y el amor porque son lo que nos mantiene de pie. Nos ayudan a vivir con más sentido y menos robotizados. No se trata de tener la vida perfecta, sino de ir encontrando esos espacios donde uno se siente bien y puede compartir algo real con otros. Eso es lo que hace que la vida valga la pena.

    Agus

    La felicidad y el amor son dos temas que siempre estuvieron presentes en la historia del ser humano, pero también en la filosofía. Desde los antiguos pensadores hasta hoy, todos han intentado responder qué es realmente ser feliz y por qué necesitamos amar y ser amados. En el fondo, cada persona busca darle sentido a su vida, encontrar algo o alguien que le haga sentir que no está sola y que se siente amada.

    Muchas veces creemos que la felicidad depende de tener cosas materiales o de que todo nos salga bien, pero con el tiempo uno se da cuenta de que no es así. La felicidad tiene más que ver con lo que sentimos por dentro, con la paz que encontramos al aceptar quiénes somos y al compartir la vida con otros. Viktor Frankl, por ejemplo, decía que el sentido de la vida no se encuentra en las circunstancias, sino en la forma en que respondemos ante ellas. Algo parecido pasa con la felicidad: no depende de lo que pasa afuera, sino de cómo elegimos vivirlo.

    El amor, en cambio, es lo que nos conecta con los demás. No solo el amor de pareja, sino también el amor a la familia, los amigos e incluso el amor propio. A través del amor aprendemos empatía, paciencia y comprensión. Es lo que nos enseña a mirar más allá de nosotros mismos. Como decía Erich Fromm, amar no es solo sentir, sino una decisión y un compromiso. Significa cuidar, respetar y acompañar, incluso cuando no es fácil.

    Filosóficamente, el amor y la felicidad están muy unidos. Aristóteles decía que la felicidad era el fin último del ser humano, y que solo se lograba viviendo de acuerdo con la virtud y compartiendo la vida con otros. Es decir, no se puede ser feliz sin amar, sin vínculos, sin propósito. Lo mismo pensaba Frankl, que afirmaba que el ser humano necesita un “para qué” vivir, y ese para qué muchas veces se encuentra en el amor o en las personas que nos importan.

    En la actualidad, muchas veces confundimos felicidad con diversión, o amor con posesión. Las redes sociales, por ejemplo, muestran vidas perfectas y amores ideales que no existen, lo cual genera frustración y vacío. La verdadera felicidad no está en mostrarse, sino en sentirse en paz; y el verdadero amor no se mide por likes ni por palabras, sino por la presencia, el apoyo y la sinceridad.

    La filosofía nos enseña que el amor y la felicidad no son metas que se alcanzan una sola vez, sino procesos que se construyen día a día. Se trata de aprender a valorar lo simple, a encontrar sentido en los vínculos reales y a no depender de lo externo para sentirse bien. Amar nos vuelve más humanos. Ser felices, aunque sea por momentos, nos da fuerza para seguir. Y cuando logramos ambas cosas (aunque sea de forma imperfecta), encontramos un equilibrio que da sentido a todo lo demás.

    En definitiva, buscamos el amor y la felicidad porque son el corazón del ser humano. Nos recuerdan que no somos máquinas, que necesitamos sentir, conectar y dar. Nos ayudan a encontrar nuestro lugar en el mundo, a darle significado a lo que hacemos y a vivir con esperanza. Porque al final, como decía Frankl, el sentido no se busca en la felicidad misma, sino en aquello o aquellos por quienes uno está dispuesto a vivir y amar.

    Pepo

    Para mí, la felicidad y el amor son dos temas muy diferentes, pero que van muy de la mano, porque dentro del amor hay felicidad y dentro de la felicidad también hay amor.

    La felicidad es algo visto como un estado que aparece de vez en cuando, en momentos en los cuales te sientes feliz. Esto está muy relacionado, pero también es muy distinto del placer o la dopamina, ya que el placer es un estado que nos produce una sensación de bienestar inmediato (la dopamina), lo cual, a la larga, termina opacando la verdadera sensación de felicidad y nos vuelve más infelices.

    El amor es una sensación o estado que viene acompañado de la felicidad, porque al sentir amor por algo o alguien, también experimentamos felicidad. Entonces, se podría decir que son dos temas diferentes, pero que, a su vez, se relacionan profundamente.

    La felicidad no es algo que siempre esté presente o que sea fijo; es más bien una construcción que se va formando con las distintas formas de vivir y las relaciones sociales que establecemos. Para alcanzar un estado de felicidad, es necesario priorizar nuestro entorno social por encima de los placeres constantes que se nos presentan.

    El amor también es algo que se construye, tanto de manera colectiva como individual, porque si no estás listo para amarte a vos mismo, tampoco estás listo para amar a alguien más. Ambos se construyen de manera diferente en cada persona, ya que cada uno tiene sus propias formas de amar y de ser feliz. Esto no significa que, por ser distintas, unas sean correctas y otras no. Por ejemplo, si una persona mata a alguien para generar felicidad en sí misma, no es una forma correcta ante la ley ni ante los ojos de la mayoría. Lo mismo sucede con el amor: si alguien expresa amor de forma violenta, tampoco es una manera adecuada.

    Tanto el amor como la felicidad son temas muy personales y profundos; por eso, no todos tienen la misma visión sobre ellos. Sin embargo, creo que todos coincidimos en que son sensaciones hermosas de experimentar y que vale la pena mantener presentes la mayor parte del tiempo en nuestras vidas. Por eso, hay que amar y reír lo máximo posible, y dejar que los demás también lo hagan, sin juzgar.

    More

    Para mí, la felicidad y el amor son dos cosas fundamentales en la vida porque tienen que ver con cómo vivimos y con el sentido que le damos a nuestra existencia. No son solo ideas filosóficas, sino experiencias que todos vivimos de alguna manera. Desde que somos chicos buscamos ser felices y sentirnos amados, aunque muchas veces no sepamos bien qué significan esas palabras.

    Creo que la felicidad no es estar bien todo el tiempo ni vivir sin problemas. La vida siempre tiene dificultades, momentos tristes y situaciones que nos duelen. Por eso para mí la felicidad no es algo permanente, sino algo que aparece en ciertos momentos. Ser feliz es sentir que lo que uno vive tiene sentido, que vale la pena levantarse todos los días y seguir adelante. A veces la felicidad está en cosas muy simples, como sentirse tranquilo, compartir tiempo con alguien que queremos o lograr algo después de esforzarnos.

    También pienso que cuando uno se obsesiona con ser feliz, muchas veces termina sintiéndose peor. Si todo el tiempo estamos pensando en “tengo que ser feliz”, la felicidad se vuelve una obligación. En cambio, cuando vivimos el presente y hacemos las cosas con sentido, la felicidad aparece sola sin buscarla tanto. El amor, por su parte, es algo muy importante y no siempre fácil de entender. Muchas veces se confunde el amor con el deseo o la atracción, pero no son lo mismo. El deseo es querer algo que no tenemos y por eso nunca se termina de satisfacer. En cambio, el amor verdadero tiene que ver con aceptar al otro como es, con respetarlo y querer su bienestar.

    Amar no es poseer ni controlar a alguien. No es pensar que el otro nos pertenece. Para mí, amar es compartir, acompañar y estar presente. El amor implica reconocer que el otro es una persona distinta a uno, con sus propios pensamientos, errores y decisiones. Cuando el amor se vuelve posesivo, deja de ser amor y se transforma en algo que lastima. También creo que el amor tiene mucho que ver con dar. Cuando uno ama de verdad, no está todo el tiempo esperando algo a cambio. Amar es dar tiempo, comprensión, apoyo y cuidado. Y aunque parezca contradictorio, cuando damos sin esperar nada, también nos sentimos mejor. En ese acto de dar, el amor y la felicidad se conectan.

    Hoy en día, en la sociedad en la que vivimos, muchas veces el amor y la felicidad se ven como algo rápido y fácil, casi como un producto. Parece que todo tiene que ser inmediato y sin esfuerzo. Sin embargo, creo que amar de verdad implica tiempo, compromiso y animarse a sentir incluso cuando existe el riesgo de sufrir. No siempre es perfecto, pero es real. Como resumen, pienso que la felicidad y el amor sirven para darle sentido a la vida. No se compran ni se logran de una vez para siempre, sino que se construyen día a día con nuestras decisiones y con la forma en la que nos relacionamos con los demás. Tal vez no nos hagan felices todo el tiempo, pero sí nos ayudan a vivir una vida más verdadera y con más sentido.

    Caro p.

    No ha participado en este ensayo.

    Giuliano

    ¿A mí qué me hace feliz? ¿Y el amor?

    A veces la felicidad y el amor se entienden mejor cuando la vida nos pone a prueba. En mi caso, las operaciones en la cadera y la rodilla fueron momentos muy duros, pero también me enseñaron a mirar la felicidad de otra forma. Aprendí que no siempre está en lo fácil o lo inmediato, sino en cada paso que damos para mejorar. En mi recuperación descubrí que la felicidad y el amor están en lo que nos impulsa a seguir, incluso cuando todo parece difícil.

    Durante ese tiempo, el dolor y la frustración fueron parte de mi día a día. No podía moverme como antes, y el miedo de no volver a jugar al fútbol me acompañaba constantemente. Pero en medio de eso, me propuse una meta: Volver a jugar. Esa idea se convirtió en mi motor. Empecé a entrenar en el gimnasio y en kinesiología con un solo objetivo en mente: regresar a la cancha. Cada ejercicio, por más mínimo que fuera, me acercaba a esa felicidad que tanto extrañaba.

    El amor también tuvo un papel fundamental. Lo vi en mi familia, que me apoyó desde el primer día, en mis amigos que me motivaban y en los que creyeron que podía volver. Pero también aprendí algo importante, que el amor propio es igual de necesario. Amarme significó tener paciencia conmigo mismo, aceptar mis límites y valorar mis avances. Ese amor fue lo que me dio fuerza cuando el cuerpo no podía más. Y ahí volvió a aparecer el fútbol, no solo como un deporte, sino como una parte esencial de mi vida.

    Para mí el fútbol lo es todo. Es donde encuentro alegría, pasión y libertad. Cuando volví a jugar, sentí una felicidad que no se compara con nada: no era solo volver a patear una pelota, era superar una etapa difícil y demostrarme que sí podía.

    Hoy entiendo que la felicidad no es solo reír o disfrutar sin problemas, sino luchar por lo que amás. Y que el amor no es solo lo que recibimos, sino también lo que damos, especialmente a nosotros mismos. Mis operaciones me enseñaron que el esfuerzo y la esperanza pueden transformar el dolor en crecimiento. Y que, al final, la verdadera felicidad está en no rendirse y seguir corriendo detrás de lo que te hace sentir vivo.

    Cata

    Qué dos cosas tan imposibles de definir y hasta de sentir para algunas personas. Hay algunos que pasan la vida buscando ser felices; morimos buscando que nos amen, y lo gracioso de esta situación es que cuanto más busques, parece que cada vez más se aleja.

    La felicidad, tanto como el amor, es un don; no hay que buscarlos, llegan solos, de repente, en cosas simples o quizá mucho más complejas, pero el punto es que llegan sin buscarlas y a cada uno le llegan de distintas maneras. Para lograr describirlo mejor, voy a hablar de la forma más común, en mi opinión, en la que llegan: ¡la familia! Tanto tus papás y hermanos como esos amigos a los que se llama familia.

    La felicidad podemos describirla como esa satisfacción y plenitud que se siente cuando parece ser que las cosas van bien; parece ser que el estrés y las preocupaciones no existen. Aunque también está esa forma de percibir la felicidad, la que es menos “romántica” pero igual de placentera, esa paz que sientes antes de irte a dormir, ese momento en que dejas el celular, cierras los ojos y te sientes satisfecho, como si no pudieras pedir ni necesitar nada más.

    Por otro lado, el amor, que es aún más difícil, es un tema demasiado amplio, pero voy de nuevo con mi opinión: El amor es cuando dejo de pensar en mí y empiezo a pensar en vos también. Esto no solo pensando en una pareja; el amor se presenta en mil formas, en tu familia, amigos, lugares, comidas; el amor prácticamente está en todos lados, solo hay que esperar a que te encuentre.

    En fin, el amor y la felicidad están ahí; solo tienes que esperar a que estos te encuentren, dejar de perseguir emociones disfrazadas y hacer cosas para intentar que las reales lleguen.

    Tobias

    Hablar de felicidad no es hablar de placer momentáneo ni de un estado permanente; es hablar de una forma de plenitud que surge cuando nuestras acciones, deseos y valores se alinean. Aristóteles la llamaba eudaimonía: el florecimiento humano. Desde esta mirada, la felicidad existe porque necesitamos comprobar, aunque sea por instantes, que nuestro camino no es absurdo.

    El ser humano no se conforma con sobrevivir. Necesita comprender, elegir y construir. La felicidad aparece como la señal interna que nos dice: “Esto que estás haciendo tiene sentido para vos”. Por eso es tan fugaz: su función no es instalarse, sino orientarnos. Lejos de ser un fin estático, la felicidad es movimiento. Es la brújula emocional que nos impulsa a esclarecer lo que queremos, a revisar nuestras decisiones y a proyectar un futuro posible.

    Si la felicidad nos orienta, el amor nos transforma. No se trata solo del amor romántico, sino del amor como vínculo profundo con personas, ideales, proyectos o comunidades. El amor aparece porque somos seres incompletos. Ninguno puede autosostenerse emocionalmente: necesitamos del otro para comprendernos, reconocernos y crecer. Erich Fromm decía que amar es un acto de valentía: implica exponerse, entregarse y aceptar que no podemos controlarlo todo. Amar es admitir nuestra vulnerabilidad, pero también nuestra capacidad de crear lazos que superen al tiempo y a la distancia.

    El amor responde a una necesidad humana fundamental: trascender el yo. Nos permite construir algo que continúa más allá de lo individual. Nos vuelve responsables, más humanos, más conscientes del impacto que generamos en la vida de otros. Donde la razón no alcanza, el amor sostiene. La felicidad y el amor cumplen funciones distintas pero complementarias. La felicidad nos muestra el camino. Nos permite reconocer qué nos hace bien, qué decisiones nos alinean con nuestra identidad, qué aspiraciones valen el esfuerzo. Sin momentos de felicidad, la vida sería solamente un conjunto de obligaciones.

    El amor nos sostiene en la incertidumbre. Nos da fuerza cuando la felicidad no aparece. Nos enseña a resistir, acompañar, confiar y construir junto a otros. Sin amor, la vida sería solo un proyecto individual, incapaz de trascender. Ambas experiencias revelan que la existencia humana es más profunda que la mera supervivencia. La felicidad orienta; el amor da sentido. La felicidad ilumina; el amor sostiene. Preguntarse por qué y para qué existen la felicidad y el amor es preguntarse por nuestra propia condición humana. Ninguna de estas experiencias es un adorno de la vida: son componentes esenciales de nuestro crecimiento y nuestra búsqueda de sentido. La felicidad nos impulsa a avanzar; el amor nos permite permanecer. Y entre ambas, se dibuja el territorio donde cada uno construye su historia.

    Valen

    Cuando hablamos del sentido de la vida, generalmente imaginamos en un principio lo más simple. Lo primero que se nos viene a la mente es lo cotidiano: el aprender, trabajar, formar una familia, el famoso “ser alguien”.

    Pero, lo correcto, ¿no sería la búsqueda genuina de la felicidad? Obviamente, no hay un correcto o incorrecto, pero ¿no sería lo mejor para nosotros? ¿Lo más real? ¿Lo más factible y lo que más nos llenaría?

    Yo, personalmente, creo que no hay un sentido determinado en la vida. De haberlo, limitaría la infinidad de opciones, pero a su vez, nos “obligaría” de cierto modo a buscar ese sentido (y la posterior frustración al no buscarlo). Convertiría, paradójicamente, a que el sentido de la vida sea encontrar el sentido de la vida.

    Mi pensamiento se alinea más con el de Frankl; creo que la vida no tiene un sentido, sino que tiene que ser vivida. “El hombre no debería cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que la vida lo interroga a él”. La vida construye su propio sentido al ponernos frente a situaciones que de un modo u otro debemos atravesar. Nosotros, no hay nadie más que pueda reemplazarnos en eso.

    Otra de las frases que son indispensables en este escrito es “jamás se podrá comprender a las preguntas sobre el sentido de la vida con afirmaciones absolutas”. Esto es parte de lo que dije previamente; una afirmación absoluta limitaría el concepto de sentido de vida y, por lo tanto, jamás llegaríamos a él.

    La verdadera pregunta es: ¿Es necesario comprender la vida para vivirla? ¿Es necesario que la vida tenga un sentido? Y si lo tuviese, ¿por qué no puedo encontrarlo? Si es mío, ¿por qué no puedo vivir pleno sin él?

    Josu

    Las tres guías anteriores van muy de la mano con esta. ¿Cuál es el sentido? No soy quién para decírtelo; puedo decir que hay que estar en paz con uno mismo, entender que nuestro cuerpo no es para siempre, pero el alma sí, así que vivir, disfrutar, amar, ser feliz.

    Y no vivir en buscar un sentido o maquinarse en temas superficiales; a veces hay que decir ya fue y seguir, todo pasa. Obviamente, uno a veces se encuentra contra paredes de dolor, tristeza, y ahí es cuando uno se hace fuerte. Con el tiempo y aprendizaje, choca las paredes de una forma más inteligente, sin evitarlo, pero aprendiendo a canalizarlo o a aprender a vivir con ello, porque hay situaciones como la pérdida de seres queridos que es un muro muy grueso; obviamente no se olvida, pero sí se puede elegir qué hacer con eso, así que Josué Benítez dice que hay que preocuparse menos y vivir más.

    Ale

    Para mí, el sentido de la vida no viene dado de fábrica ni está escrito en ningún lado; se va construyendo mientras vamos viviendo, a partir de nuestras elecciones, de lo que amamos y de las personas con las que compartimos el camino. Es algo que hacemos todos los días, incluso con decisiones chiquitas.

    Creo que el sentido aparece cuando dejamos de vivir en automático y empezamos a mirar de verdad, a mirar el mundo, mirar a los demás y mirarnos a nosotros mismos. Cuando miro los ojos de otra persona, entiendo que su vida también vale, que no estoy solo, que mis actos pueden cuidarla o dañarla. Ahí siento que la vida empieza a tener peso, que no se trata solo de “hacer mi camino”, sino de cómo camino con otros. También pienso que no se encuentra sentido viviendo solo para uno mismo. El egoísmo puede darte comodidad, pero no te llena. Lo que de verdad deja huella es el encuentro con el otro, cuando alguien te importa de verdad, cuando compartís la vida sin querer “tener” al otro, sino permitiéndole ser. Y eso puede pasar con amigos, familia, pareja o incluso con desconocidos que te marcan.

    Yo busco una vida simple, sin deseos que me esclavicen. Como decía Epicuro, los mejores placeres son los que no dependen de cosas externas ni de excesos: la amistad, la tranquilidad, el aprendizaje, la salud. Cuando disfruto esas cosas, siento claridad, como si mi vida cobrara sentido sin que yo la fuerce.

    Para mí, entonces, el sentido de la vida es esta mezcla de ser libre para elegir, ser responsable con esas elecciones, encontrar placer en lo simple, abrirme al encuentro con otros y construir algo que trascienda un poco mi propio ego. El sentido no es algo que se encuentra una vez y ya está, es algo que se hace, se pierde, se rehace y se descubre de nuevo mientras vamos viviendo.

    Luchi

    No ha participado en este ensayo.

    Aitana

    Qué pregunta más complicada, ¿no? Si la pensás de manera filosófica, da fruto a muchísimas preguntas, algunas más o menos difíciles de responder. ¿Hay algo específico que le dé sentido a nuestra vida? ¿Cómo es vivir la vida? ¿Puedes vivir mejor?

    Algunos tienden a relacionar el sentido de la vida con los seres queridos, con aquellas personas por las cuales daríamos nuestra vida; otros dirán que vivir una vida de fiestas es el sentido de su vida; y así encontrarte diferentes tipos de respuestas.

    Entre los autores que vimos durante la guía, Viktor Frankl es el que más se alinea a mi pensamiento y es la postura que más me gustó. Este dice que el sentido de la vida se ve aparte de nosotros, se encuentra en el exterior y que cuando encontramos ese sentido, tenemos que guiar nuestras acciones hacia el cumplimiento del mismo. No esperemos algo de la vida; la vida espera algo de nosotros; nuestra responsabilidad es encontrar ese sentido, disfrutar el proceso que te lleva a conseguirlo o no, luego volver a buscar otro porque este va cambiando y así sucesivamente para luchar contra el vacío existencial, contra ese aburrimiento que no nos genera nada bueno.

    Además del pensamiento de Frankl, lo que me gusta de este autor es que le haya surgido este pensamiento mientras estaba en un campo de concentración durante la 2.ª Guerra Mundial y el Holocausto. El autor en esa instancia analizó toda la situación e identificó cuáles eran las personas que no se “arrojaban a los alambrados”, o sea, las personas que no se suicidaban por la situación que estaban viviendo. Descubrió que los que querían seguir viviendo a pesar de esa terrible situación eran las personas que encontraban el sentido en algo exterior a ellos, algo afuera de este campo que los motivaba a seguir vivos. En su propio caso, él esperaba que al salir pudiera reencontrarse con su esposa. Con este descubrimiento, Frankl comenzó a realizar la logoterapia a sus compañeros. Al comenzar la terapia, este tenía una pregunta fuerte: “¿Por qué no se suicida usted?” Esta desembocaba en respuestas que justificaban por qué no suicidarse y, mediante esas respuestas, finalmente el paciente podía llegar a descubrir el sentido de su vida que lo mantenía vivo, de sus propias ideas suicidas.

    Esta experiencia le sirvió a Viktor para descubrir una forma de que la gente con vacío existencial pudiera darle un sentido a su vida, y yo creo que en menor medida podemos aplicarlo nosotros mismos cuando nos encontramos en esa situación.

    No esperemos que el sentido de nuestra vida se dé; busquemos nuestro sentido por fuera de nosotros; allí encontraremos el propósito de vivir. A su vez, seamos conscientes de que este se puede dar o no y que no va a ser el mismo siempre.

    Cuando hablamos del sentido de la vida, generalmente imaginamos en un principio lo más simple. Lo primero que se nos viene a la mente es lo cotidiano: el aprender, trabajar, formar una familia, el famoso “ser alguien”.

    Tomás

    “¿La vida tiene sentido?” Esta pregunta se la lleva haciendo la humanidad siglos atrás y aún no parece tener una respuesta concreta. Desde los primeros mitos hasta las filosofías más complejas, los seres humanos hemos intentado comprender qué significa realmente vivir y hacia dónde se dirige nuestra existencia. A pesar de los avances científicos, tecnológicos y culturales, esta duda sigue estando presente: vuelve en los momentos de crisis, en las decisiones importantes, en el silencio de la noche o cuando algo nos sacude profundamente.

    Para la ciencia, la pregunta por el sentido de la vida no se responde en términos filosóficos o existenciales, sino funcionales. Para la biología, la vida no “busca” un propósito trascendente, sino que simplemente se sostiene y se reproduce. Todo organismo existe porque, a lo largo de millones de años, sus antepasados lograron sobrevivir lo suficiente para transmitir su información genética. En ese marco, el sentido de la vida se reduce a tres funciones básicas: conservarse con vida, adaptarse al entorno y asegurar la continuidad de la especie.

    Sin embargo, para la filosofía, el sentido va mucho más allá de la funcionalidad biológica. Mientras que la ciencia explica cómo funciona la vida, la filosofía se pregunta para qué vivimos, qué valor tiene nuestra existencia y qué lugar ocupa cada persona en el mundo.

    Hannah Arendt, quien sostiene que el sentido de la vida se construye en la acción. Para Arendt, vivir no es simplemente estar vivo, es hacer algo con esa vida. Somos seres que actúan, hablan, deciden y se relacionan, y es en esas acciones, sobre todo en las que realizamos con otros, donde empezamos a formar nuestra identidad. No nacemos con un propósito ya escrito, sino que lo vamos creando a través de nuestras elecciones cotidianas. Cada acto, cada palabra y cada encuentro va construyendo una historia. Arendt distingue entre la labor, el trabajo y la acción, pero afirma que es esta última la que verdaderamente da significado a la vida humana.

    Por otro lado, Viktor Frankl afirma que el sentido de la vida ya existe, y que nuestra tarea no es inventarlo, sino descubrirlo. Para él, la vida siempre plantea una pregunta, y cada persona debe responderla con responsabilidad. Frankl, el cual sobrevivió a un campo de concentración, sostiene que no es el ser humano quien debe preguntarle a la vida qué puede esperar de ella, sino que es la vida la que espera algo de nosotros. Cada situación, incluso las más dolorosas o injustas, contiene un sentido posible, un “para qué” que debe ser encontrado. Este sentido puede manifestarse en una tarea, en una vocación, en un amor, en un compromiso moral o incluso en la actitud con la que enfrentamos el sufrimiento.

    Epicuro, por otro lado, aborda el sentido de la vida desde otra perspectiva: el del placer, pero no de manera superficial o descontrolada, sino como un equilibrio prudente que preserva la salud del cuerpo y la serenidad del alma. Para él, el universo está determinado por leyes naturales que escapan a nuestro control; no elegimos lo que nos ocurre, pero sí cómo vivirlo. Y en un mundo donde muchas cosas no dependen de nosotros, el sentido de la vida no surge de una misión trascendente ni de una responsabilidad cósmica, sino de vivir de manera que evitemos el dolor innecesario y cultivemos los placeres que realmente valen la pena. Epicuro critica el hedonismo impulsivo que busca el placer inmediato sin medir consecuencias. En su lugar propone un cálculo prudente de placeres, en el que los más valiosos son aquellos naturales y necesarios, los que perduran en el tiempo y no dependen de factores externos como la riqueza, el poder o la aprobación ajena. Comer con moderación, disfrutar del descanso, tener amistades sinceras, vivir sin miedo y cultivar la tranquilidad interior. Esos son, para Epicuro, los pilares de una vida plena.

    En mi opinión, la vida no tiene un sentido establecido o universal para todos. No existe una respuesta fija que se aplique de la misma manera a cada persona, en cada época y en cada circunstancia. Más bien, creo que el sentido de la vida es algo que se va formando a medida que vivimos, que cambia con nuestras experiencias, nuestros vínculos, nuestras pérdidas y nuestros deseos. No nace con nosotros, sino que lo construimos a medida que vivimos. Cada ser humano atraviesa realidades distintas y encuentra significado en lugares diferentes. Para algunos, el sentido puede surgir del amor; para otros, de la religión, de la búsqueda del conocimiento o incluso del desafío de superar el sufrimiento. Por eso, más que buscar una verdad absoluta, tiene más sentido asumir que cada persona debe crear su propio propósito, tomando decisiones que le den coherencia a su historia y que reflejen quién quiere llegar a ser. La vida no trae un sentido incorporado, sino que somos nosotros quienes lo vamos esculpiendo, día a día, con lo que hacemos, lo que elegimos y lo que amamos.

    Bren

    “Entre el sentido, el otro y la libertad: una mirada al alma humana”

    A veces me detengo a mirar el cielo por la noche y me pregunto qué hacemos todos acá. ¿Por qué corremos tanto, por qué sufrimos, por qué buscamos constantemente algo que no sabemos nombrar? La vida se siente como una búsqueda infinita: de sentido, de amor, de respuestas. Y entre esas preguntas que me acompañan desde que tengo memoria, encontré algo de calma en la filosofía. No porque me dé certezas, sino porque me enseña a vivir con las dudas. Levinas, Epicuro, Viktor Frankl y Hannah Arendt son nombres que, aunque suenen lejanos, tocan algo muy cercano en mí: esa necesidad de entender qué significa ser humano en medio del caos.

    Levinas: la llamada silenciosa del otro

    Cuando conocí a Levinas, entendí que no vivimos solos, aunque a veces actuemos como si así fuera. Él dice que el rostro del otro nos llama, nos exige responsabilidad. Y no se refiere solo al rostro físico, sino a todo lo que representa una vida distinta a la mía. Cada persona que cruzamos tiene un mundo interior, dolores que no vemos, historias que ignoramos. Pensar eso cambia completamente la forma en que miramos al prójimo.

    A veces me doy cuenta de que vivimos en una sociedad que nos enseña a mirar sin ver, a escuchar sin oír. Pero Levinas propone lo contrario: mirar con compasión, no con juicio. Él dice que nuestra verdadera humanidad nace cuando dejamos de pensar solo en nosotros y respondemos al otro. Esa idea me marcó profundamente. Porque en una época donde todo gira en torno al “yo”, donde cada publicación, foto o comentario parece gritar “mírenme”, Levinas nos recuerda que el verdadero sentido está en el tú. En esa relación donde reconozco que mi libertad tiene límites: los límites que marca la existencia del otro.

    Epicuro: la serenidad como revolución interior

    Epicuro me enseñó a mirar la vida desde otro ángulo. Él hablaba del placer, pero no del placer superficial que muchos imaginan. Para él, la felicidad no estaba en acumular cosas, sino en aprender a disfrutar los placeres naturales y necesarios: comer cuando se tiene hambre, descansar cuando el cuerpo lo pide, reír con amigos, sentirse a salvo, amar sin miedo. Esos pequeños placeres, que parecen tan simples, son los que realmente sostienen la vida.

    Epicuro distinguía entre los placeres naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios y los ni naturales ni necesarios. Los primeros —como la amistad, la salud o la tranquilidad— son los más importantes, porque satisfacen lo que el cuerpo y el alma realmente necesitan. Los segundos pueden disfrutarse sin culpa, pero no deben volverse una obsesión. Y los últimos son los más peligrosos, porque nacen del ego, del deseo de poder, fama o dinero, cosas que nunca bastan y que solo nos llenan de ansiedad.

    Pensar eso me hizo ver cuántas veces buscamos placer en lo que nos vacía. Vivimos persiguiendo cosas que creemos que nos harán felices, pero Epicuro diría que la verdadera paz está en lo contrario: en querer menos. Además, él enseñaba que el miedo —especialmente al dolor y a la muerte— es la raíz de nuestra infelicidad. Decía que no hay que temer a la muerte, porque mientras vivimos, ella no está, y cuando llega, ya no estamos para sentirla. Esa idea, tan sencilla y profunda, me hizo entender que el miedo nos roba la vida antes de morir.

    Quizás la clave esté en volver a lo esencial: disfrutar de lo que es natural, necesario y humano. Comer sin culpa, reír sin motivo, amar sin condiciones, pensar sin miedo. Tal vez ser feliz no sea una meta lejana, sino un acto cotidiano de sencillez.

    Frankl: el sentido en medio del dolor

    Después conocí a Viktor Frankl, y su historia me atravesó. Él vivió los horrores de los campos de concentración, perdió todo lo que tenía, menos una cosa: su libertad interior. Frankl decía que cuando ya no puedes cambiar la situación, puedes cambiarte a ti mismo. Esa frase me quedó grabada.

    Vivimos pensando que el sufrimiento nos destruye, pero Frankl propone que puede transformarnos. Que incluso en el dolor podemos encontrar un “para qué”. Esa búsqueda de sentido es, según él, lo que nos mantiene vivos. No hay mayor libertad que elegir nuestra actitud frente a lo que nos pasa.

    Y pienso que eso también vale para los pequeños dolores de todos los días: cuando algo sale mal, cuando sentimos soledad o desilusión. En lugar de huir del dolor, Frankl nos invita a mirarlo a los ojos y preguntarle qué quiere enseñarnos. Tal vez el sufrimiento no tenga un sentido en sí, pero puede dárnoslo a nosotros.

    Arendt: el significado de la acción y la libertad de comenzar

    Hannah Arendt, por su parte, me hizo pensar en la importancia de actuar. En su obra La condición humana, ella explica que la acción es la forma más elevada de la vida activa, porque es la que nos permite aparecer ante los demás y mostrarnos tal como somos. A través de la acción, los seres humanos revelamos nuestra identidad y nuestra libertad.

    Arendt distingue entre labor, trabajo y acción. La labor es lo que hacemos para sobrevivir; el trabajo, lo que crea cosas duraderas; pero la acción es distinta: es lo que ocurre entre las personas. Actuar es intervenir en el mundo, iniciar algo nuevo, un comienzo que nunca existió antes. Esa capacidad de empezar es lo que ella llama la “milagrosa facultad del nacimiento”, porque cada acto libre abre una posibilidad inédita.

    Pero la acción también es vulnerable, porque depende de los otros. No existe acción aislada. Necesita un espacio compartido, un mundo común donde los seres humanos puedan hablar, decidir y construir juntos. Y ahí está su verdadero valor político: actuar es participar, no quedarse observando.

    En una sociedad donde muchas veces preferimos callar o seguir la corriente, la idea de Arendt suena como una invitación a no ser espectadores pasivos. Ella nos advierte que el mal puede volverse “banal” cuando dejamos de pensar y de actuar. Por eso, pensar y actuar van de la mano: pensar nos permite decidir con conciencia, y actuar nos permite hacer realidad lo que pensamos.

    Para mí, la acción también es valentía. Es tener el coraje de decir lo que uno piensa, de hacer lo correcto, aunque no sea lo más fácil, de empezar algo, aunque no sepamos cómo terminará. En cada acción libre hay una chispa de esperanza, un recordatorio de que siempre se puede volver a empezar. El hilo invisible entre ellos: vivir humanamente. Si uno mira a Levinas, Epicuro, Frankl y Arendt juntos, parece que cada uno hablara desde una parte distinta del alma.

    Levinas, desde la ética del encuentro.

    Epicuro, desde la serenidad interior.

    Frankl, desde el sentido en medio del dolor.

    Y Arendt, desde la libertad que nace al actuar.

    Y sin embargo, todos parecen decir lo mismo: que ser humano no es solo existir, sino vivir con conciencia, responsabilidad y esperanza. Que la libertad no consiste en hacer lo que quiero, sino en responder por cómo vivo. Que la felicidad no se encuentra huyendo del dolor, sino aprendiendo de él. Y que el pensamiento y la acción son la forma más pura de amor hacia el mundo.

    A mis 18 años, no tengo todas las respuestas (ni creo que las tenga algún día). Pero sí aprendí algo: la filosofía no está en los libros viejos, sino en cada instante en que elegimos mirar al otro con compasión, disfrutar sin miedo, resistir con sentido y actuar con libertad. Tal vez ahí esté la verdadera madurez: en no dejar de buscar, pero tampoco olvidar vivir.

    Lola

    A lo largo de toda esta guía pasé por muchas ideas, frases y reflexiones que, aunque venían de distintos filósofos, terminaron conectándose entre sí y conmigo. Lo que más me sorprendió es que, sin darme cuenta, mientras iba leyendo, también me iba leyendo a mí misma: me encontré pensando en mis elecciones, en mis vínculos, en mis miedos, en mis deseos, en qué espero de la vida y en qué me hace bien o mal. No fue solo un trabajo del colegio, sino una especie de viaje hacia adentro, mezclado con lo que otros pensadores descubrieron antes que yo.

    Lo primero que sentí fue que la filosofía, más allá de nombres y teorías, sirve para mirar un poco mejor la vida cotidiana. Cosas que hago sin pensar, como cocinar, ayudar a alguien o simplemente descansar, empezaron a tener otro significado. Con Arendt entendí que no todas las actividades tienen el mismo peso en quién soy. Algunas solo me mantienen viva, otras construyen algo que queda, pero hay un tipo particular ‘la acción’ que realmente me define. Eso me hizo valorar más mis vínculos, mis conversaciones y los momentos donde realmente soy con otros.

    Otro aprendizaje fuerte vino cuando trabajamos la idea del “hacer por hacer”. Muchas veces siento que tengo que estar ocupada, produciendo, cumpliendo, y esta guía me hizo frenar un poco. Me di cuenta de que hacer mucho no siempre significa vivir bien. Fromm me ayudó a distinguir entre activismo y verdadera productividad, y eso me calmó: entendí que crecer no es acumular actividades, sino hacer lo que tiene sentido para mí. Aprendí que descansar, pensar o simplemente estar también es parte de la vida.

    Cuando leí a Frankl sentí un golpe más emocional. Su historia, tan dolorosa, me hizo pensar en lo frágil que puede ser la vida, pero también en lo fuerte que puede ser el espíritu humano. Me hizo sentir una mezcla de tristeza y admiración. Lo que más me quedó es su idea de que el sentido no está adentro mío, sino afuera, en algo o alguien que amo. Eso me hizo pensar en mi familia, mis amigos y mis proyectos. Me hizo recordar a personas que ya no están, y me hizo valorar más a quienes sí siguen conmigo. Y también me hizo entender que a veces uno se siente perdido porque todavía no encontró su “para qué”, pero eso no significa que no exista.

    Con Epicuro aprendí que no todos los placeres son iguales. Antes pensaba que placer era simplemente algo que disfrutaba, pero ahora entiendo que algunos duran, construyen y hacen bien, mientras que otros solo llenan un rato y después dejan vacío. El video de “Nuggets” me hizo verlo de una forma muy clara: buscar placer por buscarlo puede terminar mal. Ahí entendí la importancia de lo simple, de lo cotidiano y de lo que no hace daño.

    Después, cuando vimos a Byung-Chul Han, me sentí reconocida en muchas de sus críticas. Vivimos en una sociedad donde todo parece exigencia, comparación y rendimiento. Me di cuenta de que incluso en el amor a veces se cuelan ideas de consumo, de reemplazo, de miedo a sentir. Su concepto de la “agonía del eros” me dio un poco de tristeza, pero también esperanza. Tristeza porque muchas veces veo esos vínculos livianos y rápidos, pero esperanza porque entendí que amar intensamente sigue siendo posible, solo que requiere valentía. Requiere mirar al otro como alguien único, no como algo que se usa o se elige de un “menú”.

    También me llegó mucho la idea de la donación en Derrida y Marion. Nunca había pensado el amor y la felicidad como “algo que se da” y no como algo que se busca desesperadamente. Me hizo pensar en las veces que fui feliz sin planearlo, o en las personas que me dieron cosas importantes sin pedirme nada. Me di cuenta de que la felicidad aparece más fácil cuando no la persigo como una meta, sino cuando vivo con apertura y con ganas de compartir.

    En los últimos momentos de la guía, sobre el rostro del otro, sentí algo muy fuerte. Me hizo pensar en que cada persona tiene una historia que no conozco, que todos llevan algo adentro que a veces no se ve. Me generó empatía. Me hizo entender que la vida no es solo “yo y mis problemas”, sino una convivencia con el mundo y con otros que también buscan sentido. Y eso cambia mucho mi manera de mirar, de relacionarme y hasta de hablar.

    Si tengo que resumir lo que esta guía me enseñó, diría que me ayudó a entender que el sentido de la vida no viene dado, sino que se va construyendo en las relaciones, en las decisiones, en lo que hago con amor, en cómo enfrento los problemas y en la forma en que miro al otro. Que no existe una receta única, y que cada persona encuentra su camino a su ritmo. Me hizo sentir que está bien no tener todas las respuestas, porque incluso los grandes filósofos dudaron. Y también me hizo sentir que estoy en un proceso, que estoy creciendo y que pensar estas cosas me ayuda a entenderme mejor.

    Termino este ensayo con algo muy simple: después de todo lo leído, creo que la vida se trata de buscar, de aprender, de amar y de encontrarse con otros. Y de hacer, en lo posible, que ese camino valga la pena para mí y para quienes me rodean.

    Caro

    A lo largo de la historia, los seres humanos hemos intentado responder a la pregunta por el sentido de la vida. Filósofos antiguos, pensadores modernos y autores contemporáneos ofrecieron explicaciones muy distintas, algunos dijeron que el sentido está en la búsqueda del placer y la tranquilidad, otros en la razón, otros en la libertad, y muchos más en la relación con los demás. Después de leer, debatir, pensar y sentir todas esas ideas, puedo decir que hoy entiendo esta pregunta de otra manera, el sentido de la vida no es algo fijo ni dado, sino algo que se construye.

    Creo que la vida tiene sentido cuando somos capaces de mirarnos a nosotros mismos con sinceridad, reconociendo lo que somos, lo que deseamos y lo que sentimos. No siempre es fácil, a veces nos encontramos con miedos, dudas o inseguridades. Pero justamente ahí comienza el sentido, en la valentía de conocernos, aceptarnos y transformarnos. Vivir tiene sentido cuando buscamos nuestra verdad, aunque esa búsqueda pueda doler.

    Sin embargo, también aprendí que la vida no se completa en soledad. El Otro (las personas que amamos, las que conocemos y hasta las que apenas cruzamos) también forma parte de nuestro camino. Mirar el rostro del otro, es reconocer que no es una cosa sino alguien con una historia, nos despierta una responsabilidad. La vida adquiere un sentido más profundo cuando somos capaces de cuidar, acompañar, escuchar y dejarnos afectar por los demás. No vivimos solo para nosotros, vivimos con otros y para otros.

    Al mismo tiempo, pienso que el sentido se construye mediante nuestras acciones, por pequeñas que sean. Lo que decidimos cada día, a quién ayudamos, cómo tratamos a los demás, qué elegimos sostener, qué decidimos cambiar, va formando el camino que llamamos “vida”. Somos lo que hacemos. Y cada acción puede abrir o cerrar posibilidades. Por eso el sentido también se encuentra en actuar con coherencia, con libertad y con responsabilidad.

    Por otro lado, la vida también encuentra sentido cuando somos capaces de disfrutar de lo simple, como un abrazo, una conversación, una mirada, un momento de calma, una risa inesperada. Los placeres pequeños sostienen el alma y nos recuerdan que estar vivos no es solo cumplir obligaciones, sino aprender a agradecer lo cotidiano.

    Finalmente, creo que el sentido de la vida no es un destino al que se llega, sino un proceso, una construcción diaria que se va creando mientras vivimos, mientras amamos, mientras sufrimos, mientras elegimos. No hay una única respuesta válida para todos. Cada persona descubre su propio sentido en el encuentro entre su historia, sus vínculos y sus decisiones. Para mí, el sentido de la vida está en buscar la verdad de uno mismo, cuidar a los otros, actuar con amor y libertad, y encontrar belleza en lo cotidiano. Mientras podamos seguir haciendo eso, nuestra vida, con todos sus caminos, tendrá sentido.

    Julián

    La pregunta por el sentido de la vida aparece cada vez que frenamos un segundo y miramos más allá de la rutina. Todos vivimos corriendo: estudio, laburo, entrenamientos, amigos… pero en algún momento te cae la ficha y te preguntás “¿para qué todo esto?”. No es una pregunta fácil, porque no hay una única respuesta válida para todo el mundo. Cada persona termina construyendo su propio sentido.

    Para mí, el sentido de la vida no viene dado de afuera, sino que se va armando con lo que elegimos día a día. Algunos lo encuentran en sus vínculos, otros en objetivos personales, y otros en actividades que les generan pasión o paz. Lo importante no es tener una respuesta perfecta, sino animarse a buscarla. Muchas veces creemos que el sentido tiene que ser algo enorme o espectacular, pero en realidad aparece en cosas simples: sentir que crecés, que te superás, que estás rodeado de gente que te banca, o que hacés algo que te mueve por dentro.

    También pienso que el sentido va cambiando con el tiempo. Lo que hoy te motiva capaz en unos años no te dice nada, y está bien. Somos personas que vamos mutando, aprendiendo y chocándonos con la vida. Por eso, buscarle sentido es un proceso, no un destino. Es una construcción constante donde vamos probando, equivocándonos y volviendo a empezar.

    En definitiva, el sentido de la vida no es una fórmula mágica. Es encontrar algo que te haga sentir vivo, que te dé ganas de levantarte cada día y que te conecte con quién querés ser. Y si todavía no lo descubriste, tampoco pasa nada: vivir también es parte de la búsqueda.

    Agus

    El sentido de la vida es algo que no se encuentra una sola vez, sino que se va construyendo con el paso del tiempo, no hay una única respuesta, porque cada persona vive, siente y elige de manera distinta. A veces el sentido aparece en las cosas más simples como en un abrazo, en una palabra amable, en el esfuerzo por mejorar o en la búsqueda de algo que nos haga sentir plenos, en otras, parece perderse en el “ruido” del mundo o en la rutina de los días. Sin embargo, esa búsqueda, esa pregunta constante, ya forma parte del sentido mismo de vivir.

    Coincido con Hannah Arendt en que el sentido se crea en nuestras acciones, cada decisión, cada encuentro con otros, va dejando huellas que cuentan nuestra historia. Es decir, no nacemos con un destino escrito, sino que lo vamos formando a medida que actuamos. Cada acción, incluso la más mínima, tiene el poder de construir o transformar algo. Por eso, vivir no es sólo “existir”, sino participar, involucrarse, animarse a actuar con los demás y para los demás.

    Pero también creo, como decía Viktor Frankl, que la vida tiene un sentido incluso en los momentos más difíciles. No se trata solo de “crear” significado, sino de descubrirlo en las situaciones que nos tocan vivir. A veces el dolor, la pérdida o la frustración nos enfrentan con la pregunta más profunda ¿para qué seguir? Y es ahí donde uno puede encontrar un motivo que lo sostenga: una persona, una causa, un sueño, un amor. Frankl decía que quien tiene un “por qué” puede soportar casi cualquier situación, y creo que eso es cierto. Cuando algo nos importa de verdad, la vida se llena de propósito.

    Erich Fromm, me hace pensar en la importancia de la productividad interior. No hablo de producir cosas materiales, sino de crecer como persona, de desarrollar nuestras capacidades y sentimientos, el amor, el respeto, la creatividad, la responsabilidad, son formas de ser productivos, de dar algo al mundo No hay felicidad si no se vive de manera auténtica, si no se busca realizar el propio potencial.

    También me resuena lo que propone Levinas que el sentido no está solo en uno mismo, sino en el encuentro con el otro. Mirar un rostro, escuchar de verdad, acompañar, cuidar, son gestos que le dan profundidad a la existencia. Vivir solo para uno termina vaciando, pero vivir con otros y por otros nos da un motivo para seguir caminando.

    Por último, Epicuro me recuerda que la vida no tiene que ser una carrera de logros ni una acumulación de cosas, sino una búsqueda de placeres simples, naturales y duraderos como la paz, la amistad, la serenidad, la salud del cuerpo y del alma. No hace falta mucho para vivir bien, solo aprender a disfrutar de lo esencial.

    En conclusión, para mí el sentido de la vida no es una meta final, sino un camino que se recorre todos los días. Se construye en las acciones, se descubre en los momentos difíciles, se fortalece en el amor y se disfruta en las pequeñas cosa simples. Quizas el verdadero sentido de la vida sea simplemente vivir con conciencia, con libertad y con amor.

    Pepo

    No creo que le encontremos un sentido a la vida o por lo menos no creo encontrarlo en el momento en el que me encuentro. Considero que cada día es una respuesta a esta pregunta porque la vamos cambiando diariamente y creo que esta perfecto.

    Para mi está mal encasillarte en algo para toda la vida y no salir o no querer salir de ese lugar, creo que esta bueno ir reinventándonos y deconstruyéndonos día a día Pensando nuevamente creo que la vida si tiene un sentido pero que este va cambiando según lo vivido. Creo que también el entorno en el que te encontrás dice mucho de tu sentido de vida, las personas con las que me rodeo me hacen ver la vida de una manera que quizás si no fueran ellas mi vida tendría otro sentido.

    Creo que cada una de las personas tiene su sentido de la vida y que con los distinta años también va cambiando, creo que hoy mi sentido de la vida es disfrutar lo más que pueda los momentos pero que en otro momento va a ser quizás no tan principal, es decir, yo ahora no tengo muchas responsabilidades las cuales me hagan tener mucha preocupación. Pero por ejemplo tu sentido de vida (Nico) son tus hijos y poder darle lo mejor a ellos y que tengan una linda vida hasta donde más puedas.

    Con eso creo que el sentido de la vida va cambiando por etapas y nuevas preocupaciones, etc.

    Siento que mi pensamiento va de la mano con lo que decía Hannah, toda acción tiene un significado, o lo va creando, a medida que voy haciendo acciones, voy creando la historia de mi vida, me voy narrando, porque es una escritura de nuestra vida, las acciones que hago, el relacionarme con personas, le van dando el significado a mi vida, pero también tengo mi esencia, marco en las personas algo, una sensación, recuerdos, palabras, mis acciones.

    La vida es algo muy largo siempre que se pueda, por eso no hay que encerrarse en pensamientos, gente, acciones y formas de vivir. La vida nos permite equivocarnos y empezar de nuevo y es algo que quizás no lo tenemos tan en cuenta a la hora de realizar cosas, siento que cuando hacemos algo pensamos que es algo que tiene que quedar perfecto a la primera sin darnos la chance a poder equivocarnos, volver a empezar.

    Por eso el sentido de la vida se lo vamos dando nosotros con el pasar de los años y cada día es un sentido distinto que le encontramos.

    More

    Cuando me pregunto cuál es el sentido de la vida no creo que exista una sola respuesta que sea igual para todos. Cada persona vive de una manera distinta tiene experiencias diferentes y siente cosas propias. Para mí el sentido de la vida no es algo que ya esté escrito sino algo que se va construyendo con el tiempo a partir de lo que hacemos de cómo vivimos y de cómo nos relacionamos con los demás.

    Creo que el sentido de la vida aparece en nuestras acciones. Todo lo que hacemos por más pequeño que parezca va formando quiénes somos. Las decisiones que tomamos la forma en la que tratamos a los demás y la manera en la que enfrentamos las dificultades van dejando huellas. No vivimos solo para cumplir rutinas sino para darle un significado a lo que hacemos todos los días. En ese hacer constante vamos armando nuestra propia historia.

    También pienso que el sentido de la vida tiene mucho que ver con el amor y con los otros. No vivimos solos siempre estamos en relación con alguien más. Compartir momentos ayudar escuchar y sentirnos acompañados le da valor a la vida. Cuando hacemos algo por otra persona cuando nos preocupamos por alguien o cuando sentimos que importamos la vida cobra más sentido. Muchas veces el sentido aparece en esos vínculos y no solo en los logros personales.

    Para mí el sentido de la vida no está solamente en ser exitosos o en cumplir metas grandes. Muchas veces está en las cosas simples como aprender algo nuevo disfrutar un momento tranquilo o superar una dificultad. Incluso en los momentos de dolor o tristeza la vida puede seguir teniendo sentido porque de esas situaciones también aprendemos y crecemos como personas. Siento que cada etapa de la vida tiene su propio sentido. Lo que hoy me da motivos para vivir tal vez mañana cambie y eso no está mal. El sentido de la vida no es algo fijo sino algo que se va transformando con nuestras experiencias. Lo importante es no vivir en automático sino preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y qué lugar ocupamos en la vida de los demás.

    En conclusión, para mí el sentido de la vida está en vivir de una manera consciente en nuestras acciones en los vínculos y en la forma en la que elegimos enfrentar lo que nos pasa. No se trata de encontrar una respuesta perfecta sino de animarnos a construir nuestro propio sentido mientras vivimos.

    Caro p.

    No ha participado de este ensayo.

    Giuliano

    El sentido de la vida es una pregunta que atraviesa a todos en algún momento, pero siempre te das cuenta cuando una etapa importante llega a su fin. Terminar el colegio, dejar atrás inferiores y despedirse de una rutina que acompañó tantos años es una experiencia que invita a mirar hacia adentro. En mi caso, este cierre llegó con una mezcla de orgullo, nostalgia y cierta frustración. Siento que no disfruté lo suficiente este último año.

    Esa sensación me llevó a preguntarme qué significa realmente “el sentido” de lo que vivimos. Muchas veces creemos que el sentido está en obtener resultados, cumplir objetivos o simplemente “llegar al final”. Sin embargo, cuando ese final se acerca, entendemos que el sentido también se construye con lo que sentimos, con lo que aprendemos y con cómo nos transformamos en el camino. Aunque no haya disfrutado tanto como esperaba, este año fue diferente, me enseñó sobre quién soy, qué me duele, qué quiero mejorar y qué necesito para sentirme feliz. Entender que “no haberla pasado tan bien” también puede ser una forma de crecer, me permite ver mi experiencia quizás este año no fue el más feliz, pero sí fue uno que me empujó a madurar.

    El fin del colegio también marca el inicio de una nueva etapa. Y ahí aparece otra idea importante, el sentido no está solo en lo que dejamos atrás, sino en lo que hacemos con lo que viene. Si no disfruté este año, ahora tengo la oportunidad de cambiar. Puedo decidir vivir más presente, valorar más a las personas que me rodean, aprovechar mejor el tiempo y no dar por sentado los momentos que parecen rutinarios.

    En definitiva, el sentido de la vida no es algo fijo ni perfecto. Es una búsqueda constante, hecha de preguntas, dudas y aprendizajes. Hoy, al despedirme del colegio, entiendo que incluso lo que no salió como esperaba tiene un lugar en mi historia. Lo importante es que este cierre no sea un peso, sino un impulso: una chance de empezar una nueva etapa con más conciencia, más ganas y más sentido.

    Cata

    La vida tiene sentido, solo tenés que encontrar cual es el tuyo.

    A diferencia de la felicidad y el amor, esta si es una búsqueda, el sentido de tu vida no llega por sí solo, vos mismo tenés que levantarte e ir en busca de él. Aunque no necesariamente tiene que ser algo grande, cada una de las personas de este mundo tienen camino distinto por recorrer, diferentes sueños, metas, aspiraciones y pasiones.

    Para encontrar qué sentido tiene tu vida, primero tenés que conocerte a vos, no podés entrar en un recorrido sin saber a qué vas. Hay personas a las cuales les apasiona ayudar, como lo son los docentes o personas que trabajan para la caridad, otras personas aman los negocios y otras el deporte, pero eso es lo atractivo que tiene esa diversidad, no todos tenemos el mismo sentido, pero cuando esas personas con las mismas metas se cruzan se generan cosas útiles.

    Pero, por otro lado, no todos aspiramos a cosas de esa magnitud, algunos simplemente sueñan con hacer feliz a su familia o estudiar una carrera, las cuales son cosas dentro de todo accesibles, pero únicas e igual de importantes que todas las demás.

    Una vez que tenemos claro nuestro sentido, hay que ir en busca de el, dejar de esperar y encontrar nuestro motivo, además, en una parte del camino, tal vez también encontremos la felicidad.

    Tobias

    Muchas veces me pregunté cuál es el sentido de la vida. No es una pregunta fácil y creo que no tiene una sola respuesta válida para todos. Cada persona vive situaciones distintas, tiene experiencias diferentes y piensa de otra manera. Por eso, el sentido de la vida no está escrito de antemano, sino que se va construyendo a lo largo del tiempo.

    Desde mi punto de vista, vivir no es solo existir o cumplir rutinas todos los días. Vivir con sentido es tomar decisiones, equivocarse, aprender y seguir adelante. A veces la vida se vuelve difícil y aparecen problemas, dolores o injusticias, pero incluso en esos momentos uno puede elegir cómo actuar. Creo que el sentido aparece cuando no nos rendimos y buscamos seguir, aun cuando todo cuesta más.

    También pienso que el sentido de la vida no se puede pensar sin los demás. Las personas que nos rodean influyen mucho en quiénes somos. Cuando miramos al otro, cuando lo escuchamos y lo ayudamos, nuestra vida cobra un valor diferente. El encuentro con el otro nos hace más humanos. No se trata solo de pensar en uno mismo, sino de entender que todos necesitamos de alguien en algún momento.

    Muchas veces vivimos apurados y no nos detenemos a ver lo que le pasa al otro. Sin embargo, cuando lo hacemos, cuando reconocemos su rostro y su historia, entendemos que todos estamos pasando por algo. Para mí, el sentido de la vida aparece en esos pequeños gestos: escuchar, acompañar, respetar y estar presentes.

    Creo que el sentido de la vida no es siempre el mismo. Cambia con el tiempo, con las personas que conocemos y con las experiencias que vivimos. Hoy puede estar en la familia, en los amigos, en los estudios o en ayudar a otros. Lo importante es no dejar de preguntarnos qué sentido tiene lo que hacemos y cómo nuestras acciones afectan a los demás.

    En conclusión, para mí el sentido de la vida se construye día a día. Está en nuestras decisiones, en la forma en la que tratamos a los demás y en cómo enfrentamos las dificultades. No existe una respuesta única, pero sí creo que vivir con respeto, responsabilidad y compromiso con los otros le da verdadero sentido a nuestra vida.

    Sobre los autores

    Junto a la presentación de cada autor, aparece una frase de un filósofo o autor que eligieron y expusieron durante el año.

    Valen

    La respuesta al quien soy creo que no va a estar nunca, en nadie. Por lo menos no de manera definitiva, porque como humanos que somos, cambiamos constantemente en todos los sentidos, en la manera de ser, de pensar o hasta incluso, de actuar.

    De dónde vengo, siempre es el mismo, no cambiamos nuestro pasado, aunque si está en nuestras manos cambiar nuestro futuro, por más que a veces nos agobie y nos cueste tomar cartas en el asunto.

    Hacia dónde voy, hoy quizá lo tengo un poco más claro que a principio de año. Voy a una nueva ciudad, a una nueva vida, a construir lo que imagino que será mi futuro, dejando todo atrás, pero siempre intentando mejorar como persona y cumplir mis metas.

    A veces me asusta un poco el dejar atrás el “¿de dónde vengo?” El meter toda mi vida en una valija, y lo que no entra en la misma dejarlo atrás, casi inexistente, principalmente momentos que no volverán a suceder, pero que quedarán marcados por siembre en mí. Se que el hacia dónde voy está marcado en parte por un duelo. Todo lo que conocemos hasta hoy, de cierta manera muere. El pueblo va a seguir estando, pero no la vida que llevaba en él, y eso, nadie nos lo puede devolver.

    Espero que el lugar al que voy me guste y me sea llevadero, pero lo único que se, es que el quien soy ha cambio mucho en este tiempo, y eso me va a ayudar a afrontar este cambio de una mejor manera.

    Si de algo estoy seguro, es que este año me dejo mucho, me cambio por completo. Empecé a conocerme más a mí mismo, a darme cuenta de las personas de mi alrededor y por consecuencia, mejorar mis vínculos, o en algunos casos terminarlos. Este tiempo me hizo crecer, quizás como defensa a la vida más adulta que me espera en tan poco tiempo, tiempo que no puedo frenar.

    Si algo aprendí en estos meses, es que el paso del tiempo es inevitable, y aunque a veces siento que el mismo es como agua que se escurre por las manos, el tiempo va a pasar igual, entonces prefiero hacerme cargo de eso y hacer algo con el mismo.

    Intentar. Muchas veces cuesta, da miedo, fallamos y no nos gusta. Pero de eso se trata, ¿no? El error enseña más que el éxito. Citando la frase de Alfonsina Storni “el mundo se construye con manos temblorosas, no con certezas absolutas”. Creo que esto es el ejemplo más claro de que hay que intentar las cosas por más miedo que nos dé. Todo lo que vemos a nuestro alrededor, los logros de nuestros pares, las cosas físicas, el cambio constante de la sociedad, no fueron realizados por personas que tenían todo claro, que estaban seguras de todo y no tenían miedos. Al contrario, fueron hechas de personas que dudaban día tras día, pero, aun así, lo intentaron.

    Por eso, para cerrar este ensayo, me parece más que importante decir, que intentemos las cosas día tras día, que evolucionemos nosotros mismos, por más que no tengamos claro nuestro futuro, aprendiendo de nuestro pasado e intentando construir un presente óptimo para nosotros y quienes nos rodean.

    Josu

    Vengo de la panza de mi vieja, donde me formó la mujer más importante de mi mundo. A mis 17 años no te puedo decir hacia donde voy si que a un buen lugar seguramente con un camino lleno de erorres y frustraciones, pero la educacion de mi familia y las personas que me rodean no van a dejarme caer los brazos, tengo la certeza de que soy y voy a ser un buen hombre para mi y para el resto.

    Vengo de una familia que nunca le sobró nada a nivel económico, pero me llenaron de valores y eso vale oro, me dijieron nene es por aca yo ya vivi eso haceme caso, a veces de malas ganas pero escuchaba sus consejos. Soy un pibe representado por los hermosos colores de mi bandera, muy aferrado a mi pueblo querido, pensar en crecer muchas veces asusta pero ahí esta lindo de la vida que no frena aferrarte a vivir porque sino te pasa por arriba, aparte miedo a que a un numero a una prueba, nacimos sabiendo que vamos a morir, obvio uno por ahí no es muy conciente de eso en esos momentos piensa que es el fin del mundo pero no, ahí es cuando uno crece cuando mira hacia atrás con una sonrisa y sabiendo que solo era otro escalon

    Ale

    Ensayo final de quien soy, A principio de año dije que era un chico de 17 años, que vive la vida, dije que iba hacia un mejor futuro y que siempre buscaba más, aunque valoraba lo que tenía. En su momento dije que el secundario sirve para prepararse para la vida y sigo manteniendo ese pensamiento. Hoy ya siendo un hombre de 18 años puedo decir que soy una persona muy enfocada en lo que quiere y sigo sin conformarme con lo que tengo, siempre voy a querer más. Considero que, si me tenés cerca soy una persona muy positiva para el resto, me considero un tipo muy completo, y sobre todo buena persona, obviamente tengo mis defectos como toda persona.

    Estoy con muchas ganas de seguir mis estudios y demostrarme a mí mismo de las cosas que soy capaz, siempre dije que si seguía estudiando iba a hacer una carrera con "prestigio", no lo digo para rebajar otras carreras, sino para demostrarme a mí de que si te lo propones es todo posible, aunque soy consciente del esfuerzo que esto me va a llevar, vengo hace varios meses preparándome, yendo a particular de Matemáticas y Química. Este año me dejó muchísimas enseñanzas y me encontré con gente muy linda y me alejé de otras que me di cuenta de que no sumaban, pude dejar atrás pensamientos malos, dejar rencores, aprendí a intentar entender al otro y ponerme en su lugar, soy un muy buen escuchador y consejero. En fin, este año se me paso volando, lo disfruté mucho, siempre fui feliz, me puse de novio con una persona maravillosa y muy compañera. Hubieron cosas muy malas, pero siempre con la cabeza en alto, eso es algo que siempre me va a caracterizar, todavía me falta mucho por vivir como para definir quién soy, soy una persona sin límites.

    Luchi

    No ha participado de este ensayo ni dio su frase.

    Aitana

    Sigo siendo Aitana Carro, ahora tengo 17 años, soy artística, compañera, amable, ansiosa, determinada, comprensiva, insegura. Pero me doy cuenta de que al pasar del tiempo voy formando cada vez más mi identidad, porque no es algo tan fijo aunque creo que nuestras cualidades principales por lo general siguen perdurando a lo largo del tiempo.

    Soy quién soy gracias a la gente que me rodeó y aún me rodea, vengo de ellos porque de ellos aprendí lo que quiero ser y lo que no quiero ser. Voy para adelante, hacia el futuro que, aunque lo viva pensando no sé cómo será, cómo me irá o si estaré en él, pero mientras tanto trato de enfocarme en vivir el ahora, aunque a veces me sea imposible.

    Tomás

    Soy un ser en constante aprendizaje y con ganas de descubrir mi sentido de la vida. Cada experiencia que vivo, cada pregunta que me hago y cada duda que tengo se convierte en parte de mi camino. No busco un sentido fijo o atado a mi desde que nací, sino uno el cual pueda construir.

    Vengo de la necesidad humana de entender, explorar y comunicarse. Provengo de ese impulso profundo que nos lleva preguntar, a buscar respuestas y compartir lo que descubrimos con otros. Nazca de la curiosidad que lleva al ser humano a mirar más allá de lo inmediato, a abrir puertas desconocidas y formar puentes con experiencias e ideas.

    Me sirve para formarme en el futuro y crear nuevas amistades. Cada aprendizaje amplia mis posibilidades y me prepara para desafíos que todavía no conozco. Además, abrirme a nuevas experiencias me permiten encontrar opiniones diferentes, nuevos vínculos y crecer con quienes me cruzo en mi camino.

    Bren

    ¿Quién soy? Todavía no lo sé del todo. Soy alguien que se está construyendo, que intenta entenderse mientras avanza. A veces me siento como un rompecabezas sin terminar: algunas piezas encajan, otras no sé dónde ponerlas, y otras todavía las estoy buscando. Pero estoy aprendiendo a no desesperarme por eso.

    Hace un año perdí a mi mamá, y desde entonces, todo cambió. No solo el mundo a mi alrededor, también el de adentro. Me quedé con su voz en la cabeza, con sus consejos, con sus silencios. Con la forma en que me miraba como si pudiera lograrlo todo. Desde que no está, me cuesta decidir quién quiero ser. Pero también, poco a poco, empiezo a descubrir que soy más fuerte de lo que imaginaba.

    Soy alguien que piensa demasiado, que siente mucho, que se emociona con cosas pequeñas y se pierde en su propia mente. Me gusta observar el mundo y tratar de entenderlo, aunque a veces me duela. Tal vez eso también sea parte de quién soy: alguien que busca sentido incluso en el caos.

    ¿De dónde vengo? Vengo de días que ya no existen, de abrazos que extraño, de tardes largas con olor a café y risas compartidas. Vengo de una familia que me enseñó a seguir, incluso cuando no hay fuerzas. De una historia con dolor, pero también con amor.

    Vengo de mis pasiones: del mar, de los libros, de la ciencia y de todo lo que me hace sentir curiosidad por la vida. Me fascina la oceanología porque el océano me recuerda a mí misma: inmenso, cambiante, profundo y, a veces, turbulento. La literatura me salva cuando no sé cómo poner en palabras lo que siento. La criminología me atrae porque quiero entender la mente humana, lo que nos lleva a hacer lo que hacemos. La bioquímica me despierta una admiración por la vida desde lo invisible. Y la licenciatura en letras… me llama como si en las palabras pudiera encontrar todas las respuestas que me faltan.

    Vengo de todo eso: de mis dudas, mis ganas, mis miedos y mis sueños.

    ¿Hacia dónde voy? No tengo un camino definido, y tal vez está bien. A veces me asusta no tenerlo todo planeado, pero empiezo a entender que no necesito decidirlo ahora. Quiero probar, aprender, viajar. Quiero irme de intercambio, conocer otro país, otras formas de pensar y vivir. Quiero sentirme libre, aunque no sepa exactamente hacia dónde me lleva esa libertad.

    Sueño con emprender, con crear algo mío, algo que tenga mi esencia. Tal vez un proyecto que combine todo lo que amo: la ciencia, el arte, el mar, las palabras. No sé cómo se verá todavía, pero sé que quiero hacerlo con pasión, con ganas de dejar algo bueno en el mundo.

    También quiero encontrar paz. Dejar de exigirme tener todas las respuestas, y aprender a disfrutar el proceso. Sanar, crecer, y aceptar que todo lo que viví —lo bueno y lo doloroso— me está moldeando.

    Voy hacia adelante, aunque a veces retroceda.

    Voy hacia una versión de mí más completa, más consciente, más viva.

    Voy hacia mis sueños, aunque cambien cada día.

    Voy hacia un futuro que aún no conozco, pero que quiero construir con mis propias manos.

    Y si me pierdo en el camino, no importa. Porque de eso se trata vivir: de perderse, encontrarse, y volver a empezar.

    Lola

    Soy una persona en busca de la felicidad, que disfruta plenamente de la vida; agradecida y orgullosa de la gente que me rodea, de las oportunidades que tuve y tengo, actualmente soy un mundo de emociones, principalmente por estar finalizando una de las etapas más lindas de mi vida, llena de recuerdos que jamás voy a olvidar.

    Agradezco haber nacido en este pueblo, con la mayor tranquilidad y libertad, haberme cruzado con tantas personas, podido disfrutar de miles de experiencias que jamás hubieran sido posibles si no nacía acá, espero poder criar a mis hijos acá, y que disfruten al igual que yo.

    Este año, pude encaminarme mejor hacia donde quiero ir, quizá antes lo evitaba por no pensar en irme de acá, hoy sé que llego la hora de seguir mi vida, y por desgracia, tengo que desprenderme de mi vida, o al menos, la que llevo hace 17 años; ojalá poder encontrarme con personas increíbles, en mi vida en general, poder disfrutar de la carrera al igual que disfrute el colegio. Espero poder cumplir mis objetivos, formar una familia, dedicarme a ser veterinaria, y seguir disfrutando la vida como siempre lo hice, y que cada vez que vuelva a Laprida todo siga “igual”, reencontrarme con mis amigos, mi familia, y todo lo que algún día formó parte de mi rutina.

    Y aunque es muy duro despedirse de aquello que disfrutamos a diario, creo que me va a llevar a disfrutar aún más de las cosas que, por tenerlas todos los días, no valoraba por completo…

    Y, por último, te agradezco a vos Nico, porque además de ser un profesor, fuiste un gran amigo para todos, a pesar de que a veces te quería mandar a la mierda :), aprendí mucho con vos, me ayudaste a darme cuenta de cosas que jamás me preguntaba, a hablar de temas que en ningún lado lo hacía, espero puedas seguir enseñando, sobre filósofos, y sobre la vida, espero volver a cruzarnos llenos de anécdotas ¡te quiero!

    Caro

    Hoy soy una versión que creció más a comparación de lo que era a principio de año. Sigo siendo tranquila, buena y compañera, pero ahora me conozco un poco más. Aprendí a confiar más en mí, a poner límites cuando hace falta y a valorar lo que me hace bien. Me di cuenta de que puedo adaptarme a cambios, enfrentar situaciones nuevas y salir adelante, aunque al principio me den miedo. Soy alguien que está aprendiendo a quererse más y a reconocer su propio valor.

    Vengo de mi casa, de mi familia, de los momentos que me formaron y de todas las experiencias que viví en estos años. Pero también vengo de mis decisiones y de lo que fui aprendiendo en el secundario, amistades nuevas, vínculos que crecieron, profesores que me marcaron y situaciones que me hicieron entender quién soy y qué quiero. Vengo de un proceso donde crecí más de lo que pensaba, donde descubrí cosas de mí que antes no veía.

    Voy hacia un futuro que todavía estoy construyendo, pero del cual ya no tengo tanto miedo. Me gusta imaginarme estudiando algo que me haga sentir bien, creciendo como persona y tomando mis propias decisiones. Sé que todavía no tengo todo definido, pero voy hacia una vida donde quiero independizarme, trabajar, seguir formándome y rodearme de personas que me sumen. Voy hacia un futuro donde quiero ser más segura, más fuerte y donde todo lo aprendido este año me sirva para seguir avanzando.

    Julián

    Cuando me pregunto quién soy, la verdad es que soy un pibe simple: me encanta el fútbol, estar con mis amigos, compartir con mi familia, un buen asado y el mate de todos los días. Eso es lo que me hace sentir bien y me marca un montón.

    Vengo de una familia que siempre estuvo ahí, que me enseñó a valorar las cosas importantes. De tardes jugando a la pelota, de juntadas con amigos, de mates en la cocina y asados que te juntan a todos alrededor de la mesa. De un ambiente donde aprendí que, si quiero algo, tengo que laburarlo.

    Voy detrás de mi sueño: ser futbolista profesional. Sé que no es fácil, pero es lo que quiero de verdad. Cada entrenamiento y cada sacrificio me acercan un poco más. Quiero llegar lejos sin olvidarme de mis raíces, de mi gente y de todo lo que me hace quien soy.

    Agus

    Hoy soy una persona que siente que creció muchísimo, tanto en cómo pienso y cómo me manejo con los demás. Hoy me considero una persona más segura, más consciente de lo que quiero y mucho más capaz de poner límites cuando algo no me hace bien. Sigo teniendo mi lado tranquilo, pero aprendí a defender mis ideas y a valorar lo que me hace sentir en paz.

    Vengo de mi casa, de una familia que siempre me apoya. También vengo de mis amigas, de las experiencias que viví con ellas, y de todas las situaciones que me hicieron aprender, incluso las que no fueron tan fáciles. Todo eso me formó y me ayudó a ser quién soy ahora.

    Quiero seguir creciendo como persona, terminar el colegio con la sensación de que hice lo mejor que pude, conocer gente nueva que me sume, y enfocarme en lo que realmente quiero para mi futuro. Me gustaría ser más independiente, tomar decisiones por mí misma y construir un camino que me haga sentir orgullosa. Aspiro a encontrar un equilibrio entre estudiar, estar con la gente que quiero y aprender más sobre mí misma.

    Pepo

    Creo que esta pregunta está muy relacionada con la última guía de ¿Cuál es el sentido de la vida?, porque es algo de cual nunca sabremos con certeza quienes somos, porque vamos cambiando día a día y esto nos da una respuesta momentánea si se quiere de quienes somos. Yo hoy te puedo decir que me siento de una forma y quizás mañana ya cambié ese pensamiento sobre mí mismo, o tal vez no, quizás sigo manteniendo ese pensamiento de acá hasta que me muera o hasta dentro de 10 años.

    Creo que ni las personas grandes saben quiénes son ya que pueden seguir cambiando de pensamiento, si siento que ya llegado a una vejez tenes más formado lo que sos o lo que fuiste y quizás podés decir que sos de una manera porque ya viviste muchas cosas que te hicieron ser quien sos en ese momento.

    Hoy en día te puedo decir que soy Pedro con 18 años y que hago las cosas que me hacen feliz y siento que estoy viviendo una vida la cual me gusta vivir y estoy rodeado de la gente que quiero y me hace feliz. No quiere decir que el día de mañana cambie.

    Hoy me siento así, dentro de una hora puede ser que cambie el pensamiento y me sienta que soy una persona.

    Entiendo que capaz antes era muy normal tener que cumplir con ciertas cosas para poder encajar en la sociedad porque si no te tachaban de ciertas cosas, hoy en día está bien ser cambiante y tener la opción de poder cambiar y no sentirte presionado a encajar en algún lugar.

    Hoy en día tenemos una sociedad que entiende más a la persona y no deja llevar tanto por cumplir estereotipos ni tener la necesidad de encajar en algo.

    Como dije antes, creo que es una pregunta muy complicada de resolver en la situación en la que me encuentro y que todo sea tan cambiante. Creo que hasta una persona mayor puede replantearse quien es, puede ser que le sea más fácil responderse esa pregunta por las cosas que ha vivido y se conoce más. Pero, creo que es una incógnita muy complicada de resolver y que para muchos nunca se puede responder.

    Hoy me siento de una manera, seguro en un tiempo cambie completamente mi perspectiva sobre quien soy.

    More

    Muchas veces me pongo a pensar quién soy realmente y qué lugar ocupo en el mundo. No es una pregunta fácil de responder sobre todo a los 17 años cuando una todavía está creciendo y cambiando. Siento que estoy en una etapa de mi vida donde empiezo a mirarme más a mí misma y a pensar en lo que quiero y en lo que espero de mi futuro. No tengo todo claro, pero sé que estas preguntas son importantes porque me ayudan a conocerme mejor.

    Creo que quién soy se va formando con el tiempo. No soy una persona que ya tenga todo definido sino alguien que está aprendiendo día a día. Soy una adolescente con sueños con miedos y con muchas dudas. A veces me siento segura de lo que pienso y de lo que quiero y otras veces me siento perdida. Pero entiendo que eso también es parte de crecer. Equivocarme cambiar de opinión y aprender de lo que me pasa me ayuda a descubrir quién soy de verdad.

    Vengo de mi familia y de las personas que estuvieron conmigo desde chica. Ellos influyeron mucho en la persona que soy hoy en mis valores y en mi forma de ver la vida. También vengo de mi infancia de mis recuerdos de los momentos lindos que me hicieron feliz y de los momentos difíciles que me enseñaron a ser más fuerte. Todo lo que viví dejó una marca en mí y me ayudó a crecer. Mi pasado no me define por completo, pero sí me explica y me ayuda a entender por qué soy como soy.

    Además, vengo de mis experiencias en la escuela de mis amigos y de las situaciones que me hicieron madurar. Cada etapa de mi vida me enseñó algo distinto. Aprendí a compartir a escuchar a equivocarme y a levantarme cuando algo no salió como esperaba. Todo eso forma parte de mi historia y me acompaña todos los días aunque a veces no me dé cuenta.

    Cuando pienso hacia dónde voy pienso en el futuro que quiero construir. El año que viene quiero irme a estudiar y eso significa un cambio muy grande en mi vida. Significa dejar cosas conocidas enfrentar nuevas experiencias y empezar a ser un poco más independiente. Me da miedo pensar en lo que viene, pero al mismo tiempo me entusiasma. Sé que no va a ser fácil, pero creo que es un paso necesario para crecer y para aprender a valerme por mí misma.

    Irme a estudiar también significa luchar por mis sueños y por lo que quiero ser. No sé exactamente cómo va a ser el camino ni qué dificultades voy a encontrar, pero tengo ganas de aprender y de superarme. Quiero formarme conocer personas nuevas y descubrir qué es lo que realmente me gusta. Siento que el futuro es una oportunidad para mejorar y para encontrar mi propio lugar en el mundo.

    En fin, creo que quién soy de dónde vengo y hacia dónde voy están muy conectados. Soy una joven que todavía se está formando vengo de una historia que me enseñó muchas cosas y voy hacia un futuro que quiero construir con esfuerzo y dedicación. Aunque a veces tenga miedo o dudas sé que estoy creciendo y avanzando. Tal vez no tenga todas las respuestas, pero tengo ganas de seguir aprendiendo y de encontrar mi camino en la vida.

    Caro p.

    No participó de este ensayo.

    Giuliano

    A veces me pregunto quién soy realmente. No es una pregunta fácil. No soy solo un nombre ni una apariencia ni lo que otros creen que soy. Soy una mezcla de emociones, dudas, recuerdos y expectativas. Soy lo que aprendí, lo que viví y también lo que todavía estoy descubriendo. Cada día cambio un poco, aunque no me dé cuenta, eso hace que definirme sea algo que nunca termina.

    ¿De dónde vengo? Vengo de una historia que me marcó. De una familia, de amistades, de momentos buenos y malos que me hicieron como soy ahora. Vengo de una etapa de mi vida que está terminando, y aunque siento que no disfruté todo lo que podría haber disfrutado, igual dejó huellas en mí. Vengo de días de risas, de cansancio, de aprendizajes, de errores y de aciertos. Todo eso forma mi origen, mi punto de partida, incluso cuando no estoy del todo orgulloso de cada parte de esa historia.

    Pero lo que más me desafía es preguntarme hacia dónde voy. No lo tengo claro, y a veces me preocupa no saber exactamente qué quiero para mi futuro. Sin embargo, también entiendo que el futuro no es algo que ya está escrito. Es un espacio abierto donde puedo elegir, cambiar de rumbo, equivococarme y volver a empezar. Lo importante no es tener todas las respuestas, sino atreverme a buscarlas.

    Voy hacia adelante, hacia un lugar que todavía no conozco pero que depende en gran parte de mí. Quiero aprender a valorar más el presente, a aprovechar lo que antes dejé pasar, a disfrutar sin miedo. Voy intentando mejorar, crecer, entender qué quiero y qué no. Voy tratando de construir una versión de mí que me haga sentir orgulloso.

    Tal vez quién soy no sea una respuesta cerrada, sino un camino que voy recorriendo. Soy alguien que siente, que piensa, que cambia, que busca. No tengo todo resuelto, pero tengo algo fundamental. La capacidad de seguir construyéndome. Y en esa búsqueda, en cada paso que doy, empiezo a descubrir hacia dónde quiero ir.

    Cata

    La pregunta de quién soy sigue siendo problemática, aun después de un año.

    Uno nunca termina de saber quién es, tampoco terminas de conocer a nadie por completo, no por un tema de no poder indagar o no ser los suficientemente curiosa, sino por el hecho de que cambiamos constantemente, yo no soy como era hace 2 años, o incluso 1. Cada experiencia que tenemos habitualmente, ya sean lindas o no tanto nos van cambiando para bien o para mal, por lo tanto, nunca nadie va a poder responder la pregunta a profundidad y con una total certeza. Pero podemos darle un rumbo distinto, yo no me conozco por completo, pero me gusta ir descubriéndome cada día, me gusta saber cómo voy mejorando y como resuelvo las cosas una vez que se presentan.

    Siguiendo con la siguiente pregunta es en mi opinión, la más fácil de responder, todos sabemos de dónde vinimos, recordamos nuestra vida y las decisiones que tomamos para llegar hasta donde estamos, y esto es bueno recordarlo, porque las cosas malas no se repiten cuando las recordamos y las buenas es porque las pudimos mejorar en algún punto. Pero como dice una frase: “el retrovisor es más pequeño que el parabrisas por una razón”.

    Por último, sigo descubriendo hacia dónde voy, todavía no lo sé por completo, pero algo de lo que estoy completamente segura es de que quiero avanzar cada día más y encontrar el verdadero sentido de mi vida, para comenzar a transitarlo y en este poder seguir creciendo como persona, y por supuesto acompañada de las personas que se ganaron el privilegio de ser familia.

    Tobias

    Creo que todavía lo voy descubriendo o mejor dicho “me” voy descubriendo, creo que cada día que pasa es un escalón hacía el encontrarme. Lo que te hace ir entendiendo quién sos es el error y prueba de todos los días. Creo que ahora estoy teniendo varios cambios, ya que estoy terminando el secundario y comienza una nueva etapa. Estoy con algunas dudas sobre la nueva etapa, pero supongo que es parte del proceso. Esta materia me hizo descubrir diferentes pensamientos y/o ideas de otras personas. Mi quién soy creo que va por buen camino, pero todavía falta recorrer mucho. 

    FIN