Los herejes de la inmanencia: Maquiavelo, Bruno y Spinoza

Descubre cómo Maquiavelo, Bruno y Spinoza desafiaron la trascendencia y fundaron la inmanencia moderna. Un análisis filosófico imprescindible.
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Los herejes

(figuras de la inmanencia)

Siluetas de Maquiavelo, Bruno y Spinoza frente al cosmos infinito representando la inmanencia en la modernidad
Maquiavelo, Bruno y Spinoza: figuras clave en el abandono de la trascendencia y el nacimiento de la inmanencia en la filosofía moderna.


“La vida del espíritu no es la que se asusta ante la muerte
 sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella”.
                                                              G.W.F. Hegel

La modernidad no nació a la luz de la serenidad, sino a la sombra de un doloroso parto. Antes de ser el nuevo “sistema de la verdad”, fue sospecha, escándalo y delito. Y a medio camino de la paciente confrontación de siglos, hubo apenas un momento -casi siempre silenciado- en el que el pensamiento comenzó a prescindir del más allá como principio explicativo del mundo. Fue apenas un momento en tres instantes de un devenir que es un pensar: Maquiavelo, Bruno y Spinoza. Es verdad que no forman una escuela o una tradición explícita, pero los une el mismo juicio que logra penetrar la política, el cosmos y la comprensión del propio ser. Ellos consumaron una destitución: la de la trascendencia como fundamento. Por eso no los une una doctrina, sino una idea que se propuso devolverle al mundo la delicada tarea de ejercer su libertad.

En El príncipe, Maquiavelo inaugura la modernidad política con un gesto de una sobriedad que aún deslumbra: la exhortación a abandonar la imaginación normativa para atenerse a la “verdad efectiva de la cosa”. Ya no se trata de cómo deben ser los hombres, sino de cómo son. Con ello, la virtud deja de ser un ideal moral para convertirse en una fuerza operativa. La Virtù deviene capacidad de actuar, de decidir, de imponerse ante la contingencia. La política pierde su coartada trascendente para instalarse en el terreno -incierto- de la acción. De ahí que el “escándalo” producido por Maquiavelo no consista en haber legitimado la crueldad, como suelen repetir los afectos a la doble moral, sino en haber comprendido que el orden político no deriva de un bien o de un ente superior, sino de la eficacia de las fuerzas en conflicto. En 1513 fue arrestado, torturado y desterrado.

Con Bruno, el desgarramiento se desplaza del orden político al cosmos. Como se sabe, la expresión kósmos quiere decir, precisamente, orden. De manera que el orden de las ciudades-estado renacentistas comienza a proyectarse en el infinito espejo del universo. En textos como De l’infinito, universo e mondi, el universo deja de ser finito, jerárquico y centrado para abrirse a la infinitud sin bordes ni privilegios. No hay centro porque no hay periferia: hay una expansión ilimitada de mundos en movimiento, de soles, de formas de vida posible. Pero el núcleo de toda esta revolución no está en la física ni en la astronomía, sino en la metafísica: la naturaleza ya no remite a un creador externo, sino que es, en sí misma, divina. Dios no está fuera del mundo: está en él, o mejor aún, Dios es el mundo en su despliegue infinito. Esta intuición -demasiado provocadora para los prejuicios de su tiempo- le costó la vida en lo hoguera. Bruno no fue condenado por un error, como muchos años después declarara la Iglesia, sino por haber vislumbrado la exigencia de subvertir el orden del universo. En 1600 fue condenado por la Inquisición y ejecutado en la hoguera.

En el caso de Spinoza, la intuición de Bruno alcanza una más rigurosa formulación conceptual. Su Ethica more geometrico demonstrata, no es solo una obra filosófica: es el intento más profundo y riguroso de pensar el mundo sin trascendencia. Deus sive Natura: Dios o Naturaleza. No hay dos órdenes -uno divino y otro creado-, sino una única sustancia infinita que se expresa en todo lo que existe. Se trata de una necesidad conceptual que compromete a la moral tradicional, haciéndola perder sus fundamentos. Virtud no es obediencia servil ni adecuación a una norma externa: es potencia. “La virtud es la potencia misma del hombre”. Cada ser, en cuanto existe, se esfuerza por “perseverar en su ser”: ese esfuerzo -el conatus- es la raíz de toda ética, de toda política y de toda ontología.

No es casual que en el Tratado político, Spinoza reconozca la lucidez de Maquiavelo al haber mostrado “lo que suelen hacer los hombres y no lo que deberían hacer”. Entre la Virtù del autor de El Príncipe y la potentia del autor de la Ethica, hay algo más que una analogía: hay una profunda continuidad. Lo que en Maquiavelo aparece como energía política, en Spinoza se revela como causa sui. La acción ya no es un accidente del ser, sino su necesaria determinación. Pero este es el fundamento mismo de la filosofía de la praxis. En 1656 fue excomulgado y declarado “maldito”.

La línea se vuelve visible: Maquiavelo libera la política de la falsa moral religiosa; Bruno libera el cosmos de las jerarquías eclesiásticas; Spinoza libera el ser de la ficción de la trascendencia. En los tres casos, el precio es alto: tortura y exilio; persecución y hoguera; excomunión y aislamiento. Y sin embargo, los costos indican la magnitud de la sacudida. Lo que está en juego no es un argumento en particular, sino el modo mismo de concebir la realidad, una nueva y más concreta realidad. El lector asiste a la historia de la conciencia de la inmanencia que, además, no culmina con estos tres pensadores. Prosigue su labor con la búsqueda del momento del reconocimiento, que lleva la impronta de la dialéctica hegeliana.

Hay en la Fenomenología del espíritu una expresión que condensa el destino de esta ruptura: el “Viernes Santo especulativo”. No se trata de una metáfora piadosa sino del momento en el que lo absoluto se experimenta como muerte, como ausencia de fundamentos trascendentes. Pero para Hegel, esa muerte no es el final, sino el tránsito necesario de la conciencia hacia una forma superior de reconocimiento. Lo absoluto no desaparece: se transforma. No se presenta como un más allá inaccesible, sino como el proceso mediante el cual la razón se reconoce en la realidad y viceversa. La conciencia crece cuando las formas que se creían imperturbables se quiebran. La inmanencia no es la negación abstracta de lo trascendente, sino la condición de una reconciliación más elevada. Maquiavelo, Bruno y Spinoza son los momentos necesarios de este “Viernes Santo especulativo” en el que la verdad solo llega a ser cuando logra atravesar su propia negación, las instancias o los instantes en los que la trascendencia se quiebra y el mundo queda expuesto. Hegel no los elude. Por el contrario, los asume. En eso consiste su Aufheben: la negatividad es el devenir de la mediación. En 1841, Federico Guillermo IV de Prusia convoca a Schelling para que ocupe la cátedra que había pertenecido a Hegel con el propósito de “extirpar el huevo de la serpiente hegeliana”.

En tiempos en los que proliferan indiscriminadamente las franquicias de compra y venta de la trascendencia -política, tecnológica o ideológica-, el retorno a los grandes “herejes” ayuda a recordar que la realidad no necesita ser justificada desde afuera -ab extra- por un ente supremo, y que la libertad no consiste en escapar del mundo, sino en comprenderlo en su necesidad. Esos “herejes” invitan a pensar el destino de un mundo que ha aprendido -no sin dolor- a sostenerse por sí mismo. Porque la verdadera herejía no consiste en negar a Dios, sino en comprender que ni vigila ni domina el mundo, que no es la cabeza de ningún Imperio, sino su movimiento mismo, su orden y conexión, la verdad de la identidad de las ideas y las cosas.

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