El Viernes Santo de la filosofía: Spinoza y Hegel ante la eternidad

Análisis de Spinoza y Hegel sobre el Viernes Santo de la filosofía. Descubre cómo conciben el Calvario, la eternidad y la historia del espíritu.
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El Viernes Santo de la filosofía

Pintura de Spinoza y Hegel debatiendo filosóficamente con el Calvario de fondo
Spinoza y Hegel: dos perspectivas filosóficas sobre el Calvario, la eternidad y la historia.

“Dios mismo ha muerto; este es el Viernes Santo de la filosofía especulativa”

G.W.F. Hegel

Pocas son las parábolas que permiten establecer interpretaciones tan llenas de fuerza sensible y a la vez conceptual como las que recuerdan el doloroso pathos de Jesús de Nazareth a través del infinitamente lejano e infinitamente cercano Calvario que debió recorrer para, cruz a cuestas, dar cumplimiento a su propio destino. La comprensión de esta atroz experiencia sufrida por Jesús, ha sido objeto de estudio nuclear por parte de muchos exégetas. Entre ellos destacan dos de los más importantes pensadores de la historia de la filosofía moderna, quienes desde perspectivas radicalmente opuestas terminan, no obstante, complementando una de las más extraordinarias ideas fundacionales de la cultura occidental. Una idea que, más allá del dogma y la fe positiva, permite pensar con sentido profundo la relación de Dios con el hombre o de la eternidad con la historia. Se trata de Spinoza y de Hegel. Ambos formados en la tradición clásica y herederos del pensamiento griego, comparten la convicción de que la verdad, el bien y lo bello no pertenecen a órdenes separados, sino que constituyen una misma realidad vista desde distintas perspectivas. Por eso, la Ética de Spinoza es, en el fondo, una ontología del ser social y la Fenomenología de Hegel una ontología del ser social que es, en el fondo, una ética. De ahí que, en ambos autores, la interpretación de la travesía del Calvario no se comprenda como un trayecto exclusivamente ético o metafísico, sino como la expresión concreta de la relación entre la historia y la eternidad.

En el caso de Spinoza, la figura de Cristo y su muerte deben entenderse desde la estructura eterna de la realidad. Dios no es un sujeto que interviene en el mundo, ni una voluntad que decide acontecimientos particulares, sino la sustancia infinita cuya esencia implica la existencia y de la cual todas las cosas son necesariamente. A la luz de esta concepción, la muerte de Cristo no puede tener un significado metafísico en el sentido de cambiar la relación entre Dios y el mundo, porque nada puede cambiar en Dios ni en el orden eterno de la naturaleza. El Calvario no modifica la estructura del ser; lo que modifica es la comprensión de los hombres. Por eso, la muerte de Jesús tiene para Spinoza un significado ejemplar: Cristo muere por vindicar la justicia, por sostener la verdad frente a la ignorancia y la violencia humanas. Su vida y su muerte enseñan el camino de la salvación, que consiste en el conocimiento de Dios y en el amor al prójimo. El Calvario pensado Spinoza no es un acontecimiento que transforme a Dios, sino una enseñanza que reclama la transformación de los hombres. Es la imagen del sabio que vive conforme a la verdad y que no teme a la muerte porque comprende la eternidad. Spinoza concibe el Calvario desde la eternidad: la muerte del justo es un momento finito que sólo adquiere su verdadero sentido cuando se la contempla sub specie aeternitatis, bajo la luz de la eternidad.

La perspectiva de Hegel es diametralmente opuesta. Para Hegel, la realidad última no es la sustancia inmóvil, sino el espíritu, y el espíritu no es algo que exista fuera del tiempo, sino algo que llega a ser lo que es a través del tiempo, es decir, de la historia, del trabajo, del sacrificio, de la negación y el reconocimiento. La verdad no es una estructura eterna y lejana que se contempla, sino un proceso que se realiza. En este contexto, la imagen del Calvario adquiere un significado excepcional. Cuando Hegel habla del “Calvario del espíritu”, no se refiere únicamente a la muerte de Cristo, sino a las diversas figuras del proceso mediante el cual el espíritu se reconcilia consigo mismo. El espíritu debe enajenarse, perderse en la naturaleza, en la historia, en el trabajo, en la cultura, en las instituciones, en la conciencia desgarrada. Pero sólo a través del camino del esfuerzo, de las caídas, del “privilegio del dolor”, puede reencontrarse consigo mismo. El sufrimiento, la muerte, la negación, no son accidentes de la historia, sino momentos determinantes de dicho proceso. El Calvario se convierte, así, en la imagen filosófica de la historia concreta del espíritu humano. Es el inagotable camino del espíritu en busca de libertad.

Mientras que Spinoza piensa el Calvario desde la eternidad, Hegel piensa la eternidad desde el Calvario. La eternidad no es, para Hegel, algo que esté fuera del tiempo, sino lo que se realiza en el tiempo. Lo eterno no es lo que permanece inmóvil, sino lo que se conserva a sí mismo a través del cambio, la negación y la historia. El reconocimiento del espíritu consigo mismo no elimina la historia, sino que la comprende como su propio recorrido. El Calvario deja de ser un episodio sacro para convertirse en el madrigal de la estructura de la realidad histórica: no hay espíritu si no hay negación, no hay libertad sin trabajo, no hay reconocimiento sin desgarramiento.

La diferencia entre ambos puede formularse, entonces, de la siguiente manera: Spinoza piensa la salvación del hombre en la eternidad de la sustancia. Hegel la piensa en la realización de lo absoluto en la historia. En Spinoza, el hombre se salva en la medida en que comprende que es un modo de la sustancia eterna y participa de la eternidad mediante el amor intelectual de Dios. En Hegel, el espíritu llega a la libertad en la medida en que se reconoce a sí mismo en el mundo histórico que él mismo ha producido. En el primer caso, el camino es la eternidad. En el segundo, es la historia.

Lo curioso es que ambos se complementan: la verdad no es ni una doctrina ni un dogma: es una realidad que se vive y se realiza. Para ellos, la filosofía no es sólo teoría: es forma de vida y comprensión del hombre en el cosmos. En Spinoza, la vida filosófica culmina en el amor intelectual de Dios y en la beatitud que nace del conocimiento de la necesidad eterna. En Hegel, la vida del espíritu es búsqueda continua de libertad, saber de sí mismo como realidad histórica y racional. Beatitud y libertad, eternidad e historia, sustancia y espíritu. Parménides y Heráclito: he aquí las grandes coordenadas que separan y unen a estos grandes pensadores.

Para Spinoza, la eternidad es el fundamento desde el cual se comprende la vida y la muerte del hombre. Para Hegel, la historia es el camino a través del cual lo eterno llega a manifestarse. El movimiento que resume sus diferencias es lo que sustenta sus coincidencias: el uno piensa el Calvario desde la eternidad; el otro piensa la eternidad desde el Calvario. Es la diferencia que reúne a dos de las más grandes arquitecturas filosóficas. Tal vez, las dos más profundas maneras de pensar, Cristo mediante, el destino de la humanidad.

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