1 de septiembre de 2016



La marcha del espíritu

Artículo enviado para su publicación por el Autor

Por José Rafael Herrera - @jrherreraucv

Nada tiene que ver el espíritu con las entelelequias, los misticismos, las supercherías o las apariciones fantásticas. No conviene confundir la idea de espíritu con las baratijas de la quincalla mística, plagada de espantos y almas en pena. Baratijas, casi siempre, motivadas por representaciones cargadas de resentimiento, odio y venganza. Eso sí: siempre en busca de un “ser supremo” que, desde el “más allá” resuelva las cosas del “más acá” y ponga “el santo” de “este lado”.


Simple juego de intereses y conveniencias particulares; suerte de intercambio mercantil, de negociación fraudulenta, que atrapa, enajena, somete y, por supuesto, embrutece. Como dice Hegel, “en la intuición inmediata, meramente sensible, el espíritu es todavía animal”. Es la “producción nocturna de la imaginación reproductiva”, el “reino de las imágenes” fantasmagóricas, los “monstruos” de los que hablaba Goya. El espíritu, propiamente dicho, es otra cosa, o será mejor decir, una cosa que supera y conserva la cosa (die sache no das ding): es el proceso –la marcha, precisamente– de la identidad de lo particular y de lo general, o si se quiere, del individuo y la sociedad: la totalidad ética, la libertad consciente de sí. Un yo que es un nosotros: eso es, por cierto, el espíritu.

Pero todo lo grande, lo que realmente vale la pena, comporta esfuerzo. “Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”. A la identidad de lo particular y lo universal, a la identidad de lo diferente, a la morigeración de los intereses privados, representado por ese “reino animal del espíritu” que es la sociedad civil en su complejidad, solo se puede llegar –¡oh, astucia de la razón!– a partir de la unidad en la diferencia, la misma que ha sido capaz, finalmente, de articular la voluntad popular, con el firme objetivo de superar sus múltiples necesidades actuales y conquistar –concretar– la realización efectiva de sus deseos de libertad, paz y prosperidad. El paciente y constante esfuerzo de dar cohesión por encima de los tropiezos, de los obstáculos, de las trampas y vilezas –externas e internas– que aún abundan a lo largo del empinado calvario de esta intensa historia de más de diecisiete años, conforma un trayecto en el que, paso a paso, la inteligencia ha logrado penetrar la vida del ser. La pesada cruz que el destino ha puesto sobre los hombros de la sociedad venezolana está llegando –y no precisamente por fortuna, sino por virtud– a su fin. Y es que, una vez que el espíritu alcanza su concepto, despliega su acción determinante para desbordarse. Ha aprendido a soportar el dolor. Ya sabe que lo ha portado y padecido. Ese es su privilegio, la fuerza de su movimiento orgánico, su ventaja frente a la canalla barbárica. Los números se suceden en la retrospectiva de su tránsito: el once fue insensato. El seis fue un aviso. El uno es perfecto.

Concebido como recuerdo del propio calvario, el espíritu lo invade todo, lo toma todo. Y, ante la firmeza de su presencia, devenida ríos de gente buena –alegría de rocío de luz–, la patética, oscura y terrorífica mirada del celador de la extinta galaxia, cae vencida por su propio cansancio, por su agotamiento, prisionera del pesado fardo de sus párpados, que ya no soportan el colorido fulgor de la libertad y de la reconciliación. De este reino del espíritu –uno y múltiple– del pueblo, rebosa con optimismo la garantía de su grandeza.

Hoy el espíritu ha salido a marchar y a concentrarse. Desfila erguido y orgulloso de sí mismo; con pausa, aunque ya tenga prisa. La galería de imágenes que va mostrando a su paso, aparece dotada con la riqueza total de su inquieto devenir civilista. Ha perdido el miedo. Lo ha desterrado de sus convicciones, porque ahora sí se sabe libre. Solo ahora ha llegado a comprender que el amor –el espíritu como tal es amor, porque es compenetración– es más fuerte que el miedo. Y, con arrojo, su sí mismo va traspasando toda la riqueza de la sustancia que durante largos años fue creando. Pero ahora la re-crea –es tiempo de volver a crear–, exigiendo ser reconocido, al pari, para dar cabida al nuevo orden de las cosas, para generar verdadera justicia social, equidad, decencia y, sobre todo, estudio, educación orgánica, integral, con el fin de ser cada día mejor. Forma que asume para preguntar con el entendimiento y la razón, para indagar y dar soluciones efectivas –no baratijas– a los problemas sustanciales que aquejan, que no aguardan, que se vienen y que deben ser resueltos en virtud del tiempo promisorio que está por nacer. Por eso ha salido a marchar, para mostrarse digno e intacto, fuerte y magnífico, consciente de la gran responsabilidad que, en corto plazo, tendrá que asumir para enderezar las cargas y reponerse de este triste y costosísimo ricorso de la historia del que, por fin, ya se va saliendo. Momento de desinvertir la relación de causas y efectos.

El régimen de la opresión y la miseria toca fondo, llega a su fin. Queda en la memoria, sin embargo, el dolor de los que se han ido con “las botas puestas”, luchando por realizar el sueño de un país mejor. Como queda el horror de las víctimas de un país que fue convertido en cartel de sangre y muerte. Queda el llanto en silencio de las madres que han visto, una y otra vez, la inevitable partida de sus hijos y nietos, en busca de sosiego. Queda el sabor amargo de la humillación de quienes fueron injustamente condenados: sí, de esos a quienes se les arrebató su derecho a la protesta ante tanta ignominia. Queda el hambre del niño que muere en los brazos de su madre impotente, porque no tiene cómo darle de comer. Y queda también el niño que pudo haber superado su cáncer, ese bebito que, todavía en su último aliento, guardaba la esperanza de la llegada del medicamento. La mentira tiene “patas cortas”, dice un adagio. Como el espíritu, la justicia tarda, pero al final llega.
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