14 de febrero de 2013



Hegel, ¿lata o sardinas?

Publicado por: Germán Gallego Laborda

Hegel, ¿lata o sardinas?
El objeto de este escrito es intentar dar una respuesta a la cuestión planteada en el título. Por descontado, los dos términos son una representación esperpéntica y metafórica de los conceptos coloquialmente entendidos como "forma" y "fondo" y de los más formales "apariencia y realidad". Lo de si Hegel es o no una «lata» -en su sentido más peyorativo- también merecerá debida atención.

La importancia del tema y el profundo mensaje que subyace en el mismo requiere un planteamiento de lo más diáfano, con objeto de no caer en lo criticado, que, en el fondo, no es más que la omnipresente incertidumbre, inherente o impostada, del lenguaje. En un ingenuo intento de minimizar ambas, vamos a adoptar un estilo estructurado en distintas secciones, atendiendo a la homogeneidad del mensaje contenido, dejando para las conclusiones la síntesis de todas ellas.

Contexto y cláusulas de salvaguarda.
Podrá parecer extraño empezar de esta forma, pero creo que resulta de lo más necesario. Aprovecharé para fijar mi postura respecto a la frecuente apelación al «contexto» por parte de escritores y lectores. Pienso sinceramente que se trata de un recurso fácil causado por la incertidumbre generada en origen, recurso siempre utilizado «a posteriori». En el caso de los escritores, el «contexto» se utiliza para intentar explicar lo inexplicable, para defenderse de las acusaciones de lectores confundidos y en el caso de los lectores interpretadores, normalmente, para justificar su pretendida erudición y su capacidad para comprender lo incomprensible para el común de los mortales (éstos, los simples lectores, no apelan a nada; simplemente no lo entienden). Por lo tanto, en mi opinión, la apelación al «contexto», así en genérico, es algo perverso en sí mismo, en particular, porque siempre se obvia su atributo más importante: su alcance. Nunca se nos dice si, para interpretar correctamente el mensaje, necesitamos leer el párrafo, capítulo o libro contenedor o la obra completa del autor (aunque curiosamente, se acostumbra a hacer referencia a las coordenadas temporales y a las circunstancias personales del escritor, como si pudiésemos ponernos en la piel -y en la mente- del mismo).

En este caso, intentaré fijar el contexto «a priori», con lo que espero satisfacer dos objetivos: a) evitar apelaciones «a posteriori» y b) justificar lo que puede calificarse de atrevimiento por parte de un diletante al abordar este tema.

Este escrito debe situarse en el siguiente contexto: Responde de forma primaria a la preocupación que siempre he manifestado por la incertidumbre del lenguaje, factor principal en la deficiente comunicación que lastra las relaciones culturales y la calidad -en el sentido del grado de correspondencia con el deseo del emisor- del mensaje. A esto se le debe añadir la circunstancia particular en la que me encuentro respecto a la filosofía, que se puede expresar como un intento de acercamiento sincero desde una perspectiva racionalista fruto de mi formación técnica, no humanística. Debo declarar también aquí y ahora que mi conocimiento de Hegel es superficial y se limita a la obra comentada más adelante, pero, en mi defensa, argumentaré que, más allá de las ironías propias de mi estilo, mi interés por la filosofía en general y por su obra en particular es de lo más serio. Pero, aquí estamos, y el estímulo catalizador de este escrito ha aparecido en este momento y me ha parecido de suficiente peso para acometerlo.

Descubrimiento.
Al margen de las semblanzas incluidas en las diversas historias de la filosofía a las que ha accedido, mi conocimiento de Hegel podemos decir que se inicia de forma abrupta con la lectura de una frase de Schopenhauer, la cual me impactó de forma extrema y dejó grabada en mis neuronas la tarea pendiente de profundizar en el tema: "Charlatán, vulgar, sin espíritu, repugnante, ignorante, ...fué tomado por los imbéciles como poseedor de la sabiduría universal" (Fragmentos sobre la historia de la filosofía). Mi conocimiento de Hegel aumentó ligeramente con la atención que le dedica Ferrater Mora como uno de los protagonistas de su obra "Cuatro visiones de la historia universal". Recientemente, adjunto a una revista de filosofía, llegó a mis manos su libro "Introducción a la historia de la filosofía", el cual es el que ha devenido responsable de este escrito (en el intermedio, he disfrutado referencias puntuales de Hegel en otras obras a las que me referiré en su momento).

Forma (envoltorio).
Pareceré superficial, pero me preocupa(n) mucho la(s) forma(s). Si se trata de un libro, antes de ponerlo en la estantería (incluso, de nuevo, antes de leerlo) busco el índice. Y si no hay índice, empezamos mal. Del mismo modo, le concedo extremada importancia al título. Digamos que, en mi mente estructurada, el contenido -el fondo- se resume en el índice, el cual, a su vez, se resume en el título. Como un libro siempre tiene título y contenido, al margen de su hipotética calidad, lo que, para mí, deviene atributo diferenciador es la presencia o ausencia de índice. Y como en el caso de un libro, lo verdaderamente importante son las letras que forman su contenido, mientras éstas sean legibles ya me está bien. La forma ortodoxa, encuadernado, papel, formato digital, etc., deja de tener importancia. En cambio, agradezco sobremanera el índice. Y debo decir que la forma de este libro de Hegel es excelente y que me causó tan buena impresión que empecé a dudar del cascarrabias Schopenhauer. El índice revela una mente muy bien amueblada y estructurada. No lo voy a reproducir íntegramente pero me remitiré a los dos primeros capítulos: 1.- El pensamiento como concepto e idea; a) El pensamiento; b) El concepto; c) La idea. 2.- La idea como desarrollo; a) El ser en sí; b) La existencia (Dasein); c) El ser por sí.
El índice del primer capítulo es un ejemplo de estructura y promete un desarrollo de contenido claro y concreto y el del segundo nos pone en materia con la presentación de los conceptos «ser en sí» y «ser por sí» que por sí mismos (valga la redundancia) no dicen nada, pero que, indudablemente, se espera que queden oportunamente explicados. Y la aparición de ambos conceptos (nominalmente, no extraños para mí), es la que me animó a llegar al fondo.

Fondo (contenido).
He comentado que el «ser en sí» y el «ser por sí» no eran conceptos extraños para mí. Me explicaré. Hace algún tiempo, en el libro "Filosofía para bufones" de Pedro González Calero encontré la siguiente frase de Hegel: "Sólo lo espiritual es lo real; es la esencia y el ser en sí lo que se mantiene y lo determinado -el ser otro y el ser para sí- y lo que permanece en sí mismo es esa determinabilidad o en su ser fuera de sí o es en y para sí. Pero este ser en y para sí es primeramente para nosotros o en sí, es la sustancia espiritual" (prólogo de "La fenomenología del espíritu"). Al margen de esta indigerible frase, la recurrente referencia al ser «en, por, para sí» me resultó chocante, pero quedó aparcada en lo más profundo de mi mente, hasta que emergió con violencia al encontrarlos de nuevo en el índice del libro de Hegel de referencia. Me dije: esta es la mía, ahora me voy a enterar.

2. La idea como desarrollo.  Tras algún circunloquio más o menos gratuito, llegamos a esta frase cuya primera parte "La idea de la evolución debe convertirse en lo que ella es" ya merece alguna atención: si ya "es" no es preciso que se convierta. Pero al seguir leyendo nos tranquilizamos al ver que el propio Hegel reconoce "Esto parece una contradicción para el entendimiento..." con lo que estamos absolutamente de acuerdo, aunque, lamentablemente, continúa con la siguiente definición "..., pero, precisamente, la esencia de la filosofía consiste en resolver las contradicciones del entendimiento.". Queda pues, pendiente que las resuelva. De momento, al menos, «en mí, por mí o para mí», permanecen. Finaliza este punto con una promesa de explicación que nos alivia: En la evolución "debemos distinguir dos cosas -dos estados, por decirlo así-: la aptitud, el poder (la potencia), el ser en sí y el ser por sí, la realidad (el acto)". Ya hemos presentado las novedades del discurso, aunque no comprendo la utilidad de corregir la nomenclatura aristotélica. Veamos si nos enteramos.

a) El ser en sí.  Debemos reconocer que empieza citando a Aristóteles argumentando que la potencia, la posibilidad real, es llamada "lo en sí, aquello que es en sí y sólo por de pronto así". Manifiesto no identificar textualmente esta definición aristotélica aunque tengo bastante claro que, en su momento, comprendí perfectamente el significado de «potencia» y «acto», conceptos fundamentales repetidos hasta la saciedad en su obra "Física" y dudo mucho que lo hubiese hecho con la abstrusa definición de Hegel. Continúa así: "De lo que es en sí, se tiene ordinariamente la alta opinión de que es lo verdadero". Ni que decir tiene que no comprendemos lo de "ordinariamente" (por lo visto, no soy ordinario) ni mucho menos lo de "verdadero". A continuación siguen unas disquisiciones interminables sobre gérmenes, árboles, hojas y plantas que finalizan con la obviedad: "No se descubre ninguna otra cosa que lo que ya existía". Para este viaje no hacían falta alforjas. Pero le va bien para ligarlo con el siguiente punto.

b) La existencia (Dasein).  Como la primera impresión es la que cuenta, transcribo y comento la primera frase: "Lo segundo es que lo en sí, lo simple, lo envuelto, es capaz de desarrollarse, de desenvolverse". Y nos aclara "Desenvolverse quiere decir: ponerse, entrar a la existencia, existir como algo distinto". Resulta obvio que lo envuelto puede desenvolverse y no lo es tanto el que en la existencia "se entre" y que se exista "como algo distinto" no se sabe muy bien de qué. Bien es verdad que, en un intento de explicación, recurre de nuevo a las metáforas vegetales del punto anterior, pero, en mi opinión, por confusa, de forma muy poco convincente. Daremos su definición: "Lo que nosotros llamamos Existencia es así un muestrario del concepto, del germen, del Yo". Tras la extrapolación de lo vegetal a lo humano (niño, no racional, hombre, racional) culmina el análisis con esta contundente frase, calificada por él mismo de resumen: "Lo que es en sí tiene que convertirse en objeto para el hombre, llegar a la conciencia; así llega a ser para él y para sí mismo. De este modo, el hombre se duplica. Una vez él es razón, es pensar, pero en sí; otra él piensa, él convierte este ser, su en sí, en objeto del pensar". Reconozco que lo del hombre duplicado me supera. Finaliza con una palmaria diferenciación entre orientales (son «en sí», pero no existen como libres) y europeos (saben «de sí», se conocen a sí mismos como libres). Me sigue superando. Pero vayamos a la siguiente fase del proceso, el segundo concepto de «ser».

c) El ser por sí.  Empieza con: "La tercera determinación es que lo que existe en sí y lo que existe por sí con solamente una y la misma cosa". Caramba, pues ya está todo dicho. Sobra la tercera determinación que es, precisamente, el punto c). Pero no nos engañemos, todavía nos faltan seis páginas. Para acabarlo de arreglar, la frase anterior concluye "Esto quiere decir precisamente evolución". Y continúa con otra obviedad: "Lo en sí que ya no fuera en sí sería otra cosa. Por consiguiente, allí habría una variación, un cambio". Para llegar a encontrar la definición que Hegel da al «ser por sí» debemos ponernos el casco de minero y explorar concienzudamente palabras, frases y párrafos hasta encontrar, allá por la tercera página, otro resumen:  "El primer momento era lo en sí de la realización, del germen; el segundo es la existencia, aquello que resulta; así, es el tercero la identidad de ambos, el fruto de la evolución; y a esto llamo yo abstractamente el ser por sí". Pues, la verdad, bastante abstracto es. No me queda nada claro. Y siguen tres páginas más...    

Conclusiones a la Forma y el Fondo.
Más allá del picoteo irónico que no hemos podido evitar, vamos a plasmar nuestras conclusiones respecto a los textos analizados: Ya hemos expresado que la forma promete, pero resulta evidente que el fondo decepciona. Sorprende el enorme contraste entre el ejemplar y bien estructurado índice y el, para mí, confuso y disperso contenido. En mi humilde opinión, Hegel ha retorcido hasta sobrepasar el limite elástico los claros y diáfanos conceptos aristotélicos de «potencia» y «acto», en una ceremonia de la confusión que lleva implícita la segura apelación al «contexto» por parte de los eruditos necesariamente «interpretadores». Pero el texto «en sí» no resiste un análisis racional y escapa a la comprensión lectora de la mayor parte del género humano. Por otra parte, situar, en el proceso, la «existencia» entre la «potencia» y el «acto» es absolutamente inconsistente. Si buscamos un símil con la energía potencial y la energía cinética, los equivalentes a la «potencia» y el «acto» aristotélico, no se sostiene. El agua que mansamente descansa en el pantano y que representa la energía potencial (la potencia) existe indudablemente y esta energía se transformará en energía cinética cuando se abran las válvulas y mueva los rotores de las turbinas (el acto). Le damos la razón en que su «en sí» (potencia) y su «por sí» (acto) son lo mismo, son dos manifestaciones distintas de la energía que es una. Pero el agua existe antes, durante y después. Aceptemos que la electricidad generada no existía antes, pero... ¿para qué retorcer los conceptos e inventar nuevas formas de decir lo mismo?  Conclusión: ninguna aportación neta a mi conocimiento, excepción hecha del indudable refuerzo de mi convencimiento de la omnipresencia e importancia de la incertidumbre -en este caso, confusión- del lenguaje. Definitivamente, en este libro, Hegel es una lata. Y las sardinas, pocas y pequeñas.

Opiniones ajenas.
"Hegel, por medio de la formulación oscura y llena de pretensiones de sus pretenciosas enseñanzas abrió a la sabiduría ficticia puertas y más puertas, esto es, a las grandes palabras y, por decirlo brevemente, a la charlatanería" (Karl R. Popper, Sociedad abierta, universo abierto. La miseria de la falta de imaginación).

"Charlatán, vulgar, sin espíritu, repugnante, ignorante, ...fué tomado por los imbéciles como poseedor de la sabiduría universal" (Schopenhauer, Fragmentos sobre la historia de la filosofía).

"Si se quiere embrutecer adrede a un joven y hacerle incapaz de toda idea, no hay medio más eficaz que el asiduo estudio de las obras originales de Hegel, porque esa monstruosa acumulación de palabras que chocan y se contradicen de manera que el espíritu se atormenta inútilmente en pensar algo al leerlas, hasta que cansado decae, aniquilan en él paulatinamente la facultad de pensar tan radicalmente, que desde entonces tienen para él el valor de pensamientos las flores retóricas insulsas y vacías de sentido [...]. Si alguna vez un preceptor temiera que su pupilo se hiciera demasiado listo para sus planes, podría evitar esa desgracia con el estudio asiduo de Hegel" (Schopenhauer, Parerga y Paralipómena).

Poco puedo añadir a estas opiniones autorizadas, las cuales van mucho más allá de lo que me hubiese atrevido a manifestar. Ni que decir tiene que mostrar sólo las negativas podrá ser tildado de sesgo inaceptable e interesado, pero ahí están. Y el objeto de este escrito no es precisamente glosar sus bondades, sino analizar su mensaje, aunque sea desde el limitado dominio de una sola obra y, dentro de ella, de un solo capítulo. Pero lo que no se puede negar es que las opiniones anteriores provienen de contrastados pensadores a los que se les supone disponer de la perspectiva general que a mí me falta.

Conclusiones generales.
Veamos como salgo de este embrollo. Declaro una enorme inquietud por ampliar mis conocimientos, gracias a la digestión y correspondiente metabolización de nuevas lecturas. Pero Hegel se me ha indigestado. Cuando uno se encuentra en su crepúsculo vital, cobra mucha importancia la priorización del material, dada la incontrovertible realidad de no poder leer, por falta material de tiempo, todo lo que desearía. Entonces, creo que descarto a Hegel. A duras penas lo entiendo, pero no lo comprendo. Nada que ver con Aristóteles, Wittgenstein, Russell o Popper (entre otros muchos). Y esto debe verse como un principio general, en refuerzo del cual, terminaré con una anécdota de un científico y con varias frases de filósofos, para mí, "digeribles".

Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, explica que una vez, siendo ya científico reconocido, fue invitado a participar en un seminario multidisciplinar sobre "La ética de la igualdad en la educación". Participaban además de él, entre otros, un jurista internacional, un historiador, un jesuíta, un rabino, un reputado psicólogo y "eruditos" de muy diversa extracción. Recuerda que ya tuvo importantes problemas al decidir a qué le debería dedicar más atención, si a la ética, a la igualdad, o a la educación, pero haciendo abstracción de ello, participó activamente. El jesuíta no hacía otra cosa que argumentar que "el verdadero problema de la ética de la igualdad en la educación radicaba en la fragmentación del conocimiento". Cuando le preguntaba qué problema ético entrañaba la fragmentación del conocimiento, le respondía con enormes masas de niebla a las que él replicaba que "no le comprendía" pero todos lo demás decían que sí, aunque se manifestaban incapaces de explicárselo. Cuando Feynman presentó el trabajo sobre el tema que le habían encargado, sólo consiguió por parte del presidente del seminario buenas palabras, reconocimiento de la calidad del trabajo, pero quedó en cola, si quedaba tiempo, tras la discusión de otros trabajos. Uno de ellos, creación de un sociólogo, debía ser objeto de debate el día siguiente. Se puso a la tarea y se quedó asombrado. En sus propias palabras "no le veía ni la cabeza ni el rabo". Tuvo la penosa impresión de no estar a la altura de las circunstancias. Pero intentó el método de "divide y vencerás". Escoger una frase al azar y analizarla lentamente a ver si comprendía que demonios significaba. La frase rezaba: "El miembro individual de la comunidad social suele recibir su información vía canales visuales simbólicos". Lo leyó repetidas veces hasta que lo comprendió (en sus propias palabras, lo tradujo). Decía -o más bien, quería decir- realmente: "la gente lee". Tras digerir lentamente la siguiente frase, del mismo estilo sociológico-literario, consiguió captar el mensaje, absolutamente vacío de contenido: "A veces la gente lee, a veces ve la televisión". Esto es todo. Así de simple y así de complicado.

"El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de un modo tal, en efecto, que de la forma externa del ropaje no puede deducirse la forma del pensamiento disfrazado." (Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, 4.002).

"La filosofía propiamente dicha trata de asuntos de interés para el público culto en general, y pierde mucho de su valor si sólo unos pocos profesionales pueden comprender lo que dicen los filósofos." (Bertrand Russell. El conocimiento humano. Prefacio).

"Cuando leo, lo primero que quiero es entender lo que ha querido decir el autor. Mas para entender lo que se quiere decir, es necesario entender no sólo el lenguaje, sino también el asunto. La inteligencia depende del entendimiento del asunto."

"Hay que aceptar la exigencia de que la filosofía sea accesible a todo el mundo." (Ambas de Karl Jaspers. La filosofía desde el punto de vista de la existencia).

"En filosofía, el grado en que uno se apartaba de lo inteligible casi se convirtió en la medida de su maestría." (Schelling. Tomado de "Filosofía para bufones" de Pedro González Calero).

"Hubo uno que me entendió y ni siquiera ese me entendió." (Hegel en su lecho de muerte. Tomado de "Filosofía para bufones" de Pedro González Calero).

La verdad, si la última frase es cierta, terminar así debe ser bastante triste.
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