16 de enero de 2013



Incertidumbre y Lenguaje (II)

Publicado por: Germán Gallego Laborda
Incertidumbre y Lenguaje (II).
En mi último artículo abordaba el tema de la incertidumbre del lenguaje utilizando como soporte la (in)definición de dos conceptos filosóficos paradigmáticos: la Esencia y la Existencia. Pretendo aquí complementar el tema con una reflexión muy personal sobre este insalvable inconveniente para la eficacia y eficiencia en la comunicación, resaltando su sorprendente paralelismo con la incertidumbre cuántica.

Aceptando de entrada que toda generalización implica un determinado grado de error, podemos afirmar que la incertidumbre del lenguaje está presente en todas las actividades humanas que incluyen la comunicación.

En toda comunicación juegan dos sujetos: el emisor (orador o escritor) y el receptor, (a su vez, oyente o lector). Daremos también por sentado que el objetivo del sujeto emisor no es desorientar al personal (a pesar de que, en ocasiones, así lo parece), sino transmitir a los receptores un mensaje ajustado con la máxima fidelidad al originalmente gestado en su mente, traducido mediante el lenguaje (combinación no aleatoria de letras, palabras y frases) al formato de salida oral o escrito. Daremos asimismo por supuesto que el receptor tiene como último objetivo, comprender el mensaje, lo que le permite interiorizarlo, digerirlo y utilizarlo para un fin específico (formación, entretenimiento, etc.). Esto hace que, para obtener un resultado satisfactorio, deban cumplirse, en el emisor y receptor, una serie de condiciones, altamente improbables, las cuales vamos a analizar a continuación y que son las responsables de lo que he venido en llamar "la incertidumbre del lenguaje" aplicado a la comunicación (aunque no se me ocurre si puede servir para algo más). El proceso consta de 7 fases y es el siguiente (emisor, receptor):

Pensar > Construir > Hablar o escribir > Escuchar o leer > Entender > Interpretar > Comprender

Analizaremos en primer lugar la parte del proceso correspondiente al emisor, en especial las dos primeras, donde, obviamente, reside la génesis del problema. Y es en estas fases donde creemos adecuado establecer el paralelismo cuántico, para lo que resulta apropiado exponer de forma breve y superficial aunque, espero, no exenta de rigor, el significado de la incertidumbre cuántica. Las partículas microscópicas (electrones y fotones)(1), mientras no son "observadas", presentan un peculiar comportamiento llamado "superposición" que se caracteriza por encontrarse "simultáneamente" en todos los estados posibles, cuya "suma" se define técnicamente como una "función de onda". Al producirse la "observación", la función de onda "colapsa" y la partícula se presenta en un estado concreto. El principio de incertidumbre(2) establece que no es posible conocer con precisión absoluta el estado en que se mostrará la partícula al ser observada. En lenguaje coloquial: las partículas, mientras nadie las observa, se encuentran la mar de felices en su nube ondulatoria, en todos los estados posibles (contentas, enfadadas, lejos, cerca, corriendo o andando [nunca quietas]) y cuando se nos ocurre "observarlas", las "molestamos" y entonces "se hacen realidad" y se nos muestran en el estado al que las hemos "forzado", estado distinto al que se encontraban "realmente" y que no nos es posible conocer con anterioridad.

Conviene ahora dedicar un poco de espacio a establecer el vínculo filosófico-cuántico, para lo que nos apoyaremos en la introducción de Bernard Russell al Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein. En él podemos leer que "la tarea esencial del lenguaje es afirmar o negar los hechos" y que "el significado de una proposición está determinado tan pronto se conozca el significado de las palabras que la componen". Esta es, según Russell, la tesis fundamental de la teoría de Wittgenstein, la cual, por su lógica aplastante suscribimos. A continuación, nos dice que Wittgenstein diferencia entre proposiciones (en adelante, nos tomaremos la licencia de llamarlas frases) "atómicas" y "moleculares", con lo que todo esto ya nos empieza a oler bastante a física. Las frases "atómicas" se refieren a hechos "atómicos", lo que significa que no contienen partes que, a su vez, sean hechos. Por ejemplo "Sócrates era sabio" y "Sócrates era ateniense" son frases "atómicas" porque aseveran un hecho "atómico". En cambio, "Sócrates era un sabio ateniense" es una frase "molecular" (contiene dos "átomos") porque asevera un hecho "molecular". Por último, un hecho "atómico" consta de partes (por ejemplo, Sócrates y sabio) a las que denomina "simples" u "objetos" (como dice Wittgenstein,  las "palabras que componen la proposición" de las que debemos conocer su significado).

Convendrán conmigo que no se necesita ser un lince para encontrar la correlación: Las palabras ("simples", "objetos") equivalen a las partículas (electrones) sometidas a incertidumbre cuántica, las cuales forman parte de los "átomos" (frases elementales) que, a su vez, forman las "moléculas" (frases complejas u oraciones). En aras del rigor exigible al espíritu de este artículo, no me resisto a bajar un nivel en la escala microscópica y revelar el único "fallo" del modelo: el electrón es una partícula elemental (sin componentes conocidos) y la palabra se compone de letras. Pero, a todos los efectos, de acuerdo con Wittgenstein, le daremos a la palabra la categoría de partícula elemental del lenguaje, lo cual es totalmente coherente con este análisis.

Tras esta "breve" introducción estamos en condiciones de abordar el análisis, paso a paso, del proceso:
  • Pensar: En nuestra mente (empleo deliberadamente este término, en lugar de cerebro) se encuentran todas las palabras que conocemos (nuestro vocabulario, el cual determinará la mayor o menor riqueza de nuestro discurso). Estas palabras se encuentran en estado de "superposición". Es decir, cada palabra se encuentra simultáneamente en todas las acepciones o significados que nos son conocidas (empezamos mal, porque pueden existir acepciones que nos sean desconocidas). Y así seguirán hasta que nos llegue el estímulo de comunicarnos mediante el lenguaje. Este estímulo es el que nos llevará a elegir una palabra (una detrás de otra) tras la asunción de uno de sus significados dentro del contexto objetivo de la comunicación. Esto equivale a la "observación" cuántica. Para la mente, la palabra ya tiene un solo significado. El que nos satisface (si no lo hace, lo repensamos o buscamos otra), significado que es absolutamente subjetivo y que, en un alarde de ingenuidad y voluntarismo, dado que se encuentra sometido al principio de incertidumbre, deseamos sea el mismo que perciba el receptor del mensaje.
  • Construir: Con estos "ladrillos" construimos mentalmente las frases u oraciones (átomos o moléculas) y las evaluamos (más o menos rápidamente en función de la siguiente fase).
  • Hablar: Evidentemente, el tiempo de evaluación entre la construcción de la frase y la emisión del mensaje no debería ser demasiado largo. No conviene que se nos duerma el auditorio, aunque existen técnicas de oratoria que pueden venir en nuestra ayuda. Pero, en general, la premura inherente a todo discurso "improvisado" (no leído) es un inconveniente añadido a la incertidumbre del mensaje. Como ventaja citaremos que, a menos que el receptor lo grabe, la memoria es frágil y puede fácilmente disipar las dudas e inconsistencias percibidas en el acto.
  • Escribir: Finalizada la construcción de la frase y superada una primera evaluación mental, llega el momento de plasmar en negro sobre blanco el "átomo" o la "molécula", sobre los que pende lo que podríamos definir como una cierta incertidumbre "macroscópica". Todo el que se dedique a escribir con alguna asiduidad habrá experimentado la desagradable sensación de incomodidad o insatisfacción que frecuentemente despierta la lectura de lo escrito. Se diría que casi nunca expresa con fidelidad nuestro pensamiento. No se trata de dudas razonables sobre la eventual incomprensión del mensaje por parte del receptor, sino de una genuina incertidumbre sobre la exactitud de lo escrito respecto a la construcción mental que lo ha originado. Esta es la enorme dificultad que subyace en la traslación desde el pensamiento abstracto al lenguaje concreto, simbólico y convencional por naturaleza. Invariablemente, tenemos que aceptar que hemos plasmado una aproximación razonable, por lo que un cierto nivel de incertidumbre está siempre garantizado en origen. Por si esto fuera poco, debemos añadir el mayor o menor conocimiento de la sintaxis y la ortografía (un simple acento puede desfigurar toda una frase), el cual puede ser determinante para las últimas fases del proceso: entendimiento, interpretación y comprensión.
  • Escuchar o leer: Topamos aquí con la interfaz sensorial del receptor, por lo que no les dedicaremos demasiada atención, dando por supuesto que no existen disfunciones en los órganos correspondientes que impidan procesar el mensaje oral o escrito. En caso contrario, aportarán su mayor o menor dosis de incertidumbre al resultado final del proceso.
  • Entender: Empezaremos afirmando que entender una simple frase (atómica o molecular) o un complejo discurso (resumiendo, un mensaje) es una condición necesaria, aunque no suficiente, para su interpretación (si la necesita) y su comprensión. No puede haber comprensión sin entendimiento. Por ejemplo, si no hablamos ruso es absolutamente imposible entender un mensaje en ruso. Del mismo modo que una frase en un idioma conocido que incluya una palabra cuyo significado desconocemos impide el entendimiento y, consecuentemente, su comprensión. Es decir, incertidumbre 100%, probabilidad de comprensión 0%.
  • Interpretar: Esta fase, correspondiente al receptor, es la que aporta mayor grado de incertidumbre al proceso. Karl Popper afirmó: "es imposible hablar de tal manera que no se pueda ser malinterpretado". Por supuesto, no vamos a enmendarle la plana (en su literalidad, se refiere a comunicación oral), por lo que únicamente añadiremos que a mayor necesidad de interpretación, mayor incertidumbre en el resultado final. Una frase, libro, discurso o conferencia debería dejar muy poco espacio a la interpretación. Pero la práctica diaria nos indica lo difícil que resulta cumplir esta condición. Frecuentemente, los foros y textos filosóficos nos muestran ejemplos absolutamente desproporcionados de interpretaciones que, en mi modesta opinión, no hacen otra cosa que evidenciar incertidumbre en origen. Un ejemplo palmario es la siguiente frase de Hegel, extraída de su "Introducción a la historia de la filosofía": "Lo que es en sí, tiene que convertirse en objeto para el hombre, llegar a la conciencia; así llega a ser para él y para sí mismo. De este modo el hombre se duplica. Una vez él es razón, es pensar, pero en sí; otra él piensa, él convierte este ser, su en sí, en objeto del pensar". No se me negará que esta frase está solicitando a gritos grandes dosis de interpretación. Podrá argumentarse que está descontextualizada, pero, habitualmente, blandir este recurso no hace más que abonar mi tesis: incertidumbre en origen (3). En los antípodas de este texto (no conozco a Hegel más allá de la obra citada, por lo que no estoy procediendo, como hizo con suma dureza el cascarrabias Schopenhauer, a una descalificación general del filósofo) se sitúan los textos que conozco de Bertrand Russell (incluso los de Aristóteles), los cuales, en mi modesta opinión, contradicen a Popper.
  • Comprender: Hemos llegado a la última fase, la que en terminología de gestión de procesos se denomina la "salida" del proceso, la que "entrega" al cliente (en este caso, el receptor) sus resultados. En términos de calidad, este resultado debería reflejar con fidelidad máxima el mensaje gestado en la mente del emisor. Esto equivaldría a una incertidumbre cero. Pero... tras nuestro análisis ¿es éste un empeño realista? Así como "entender" es percibir el significado de algo, aunque no se comprenda, "comprender" es hacer propio lo que se entiende, interiorizarlo y asumirlo, lo que te permite actuar de forma coherente y congruente con ello. Esto implica que es posible entender una frase y que, a pesar de lo cual, te resulte incomprensible. A título de ejemplo puede servir el paródico e impagable artículo de Alan Sokal "Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica", el cual se entiende, pero no se comprende (a pesar de lo cual fue publicado en 1966 y motivó el llamado "asunto Sokal").
Terminamos con unas cuantas frases de incertidumbre mínima (visto lo visto, no aceptamos el cero): "Las enseñanzas orales deben acomodarse a los hábitos de los oyentes" (Aristóteles), "Los limites de mi mundo son los límites de mi lenguaje" (Wittgenstein), "La filosofía trata asuntos de interés para el público culto en general, y pierde mucho de su valor si sólo unos pocos profesionales pueden comprender lo que dicen los filósofos" (Russell), "El lenguaje es pobre para expresar las ideas. Sólo podemos utilizar las palabras que conocemos" (Spencer Tracy, en el papel de abogado defensor en el juicio a las teorías de Darwin en “La herencia del viento”).

Por su excepcional importancia, le concedemos espacio propio a esta reflexión del padre de la incertidumbre cuántica (2), incluida en su recomendable obra “Física y Filosofía”, claro y diáfano exponente de la continuidad entre ambas disciplinas:
La incertidumbre intrínseca del significado de las palabras se reconoció, naturalmente, muy pronto y ha aumentado la necesidad de las definiciones, o (como la palabra "definición" dice) para el establecimiento de límites que determinen dónde ha de emplearse la palabra y dónde no. Pero las definiciones sólo pueden darse con la ayuda de otros conceptos, y así habrá que apoyarse finalmente en algunos conceptos que deben tomarse como son, indefinidos y sin analizarlos.
El problema de los conceptos del lenguaje ha constituido uno de los temas principales de la filosofía griega desde los tiempos de Sócrates cuya vida fue (si hemos de aceptar la artística representación que de sus diálogos hace Platón) una continua discusión sobre el contenido de los conceptos en el lenguaje y sobre las limitaciones de los modos de expresión. Con el fin de obtener una base sólida para el pensamiento científico, Aristóteles comenzó, en su lógica, por el análisis del lenguaje, la estructura formal de las conclusiones y las deducciones independientemente de sus contenidos. De esta manera logró un grado de abstracción y precisión que hasta ese tiempo fue desconocido en la filosofía griega, y con ello contribuyó inmensamente a la clarificación y al establecimiento de un orden en nuestros métodos de pensamiento. Él fue quien, en realidad, echó las bases del lenguaje científico.
Todas ellas, incluida la de Popper citada anteriormente, son exponentes de la presencia insalvable de la incertidumbre del lenguaje y de la preocupación que ha despertado desde los tiempos de Aristóteles. Ante esto, no nos queda otra respuesta que intentar minimizarla. Y recordar que la máxima responsabilidad corresponde al emisor del mensaje. Desgraciadamente, mi percepción es que, con más frecuencia de la deseable, esta responsabilidad no es asumida, transfiriéndola alegremente al receptor (en Alicia en el país de la maravillas, Humpty Dumpty pronunciaba la fórmula mágica de descargo: “las  palabras significan lo que yo quiero que signifiquen"). Entonces, se me antojan las siguientes preguntas filosóficas, a las que asigno categoría de primer orden, empezando por este mismo artículo: ¿nos entendemos? Y si es así...¿nos comprendemos?

Notas:
1 - Este efecto se presenta también en el mundo macroscópico. Se ha verificado experimentalmente en átomos y conjuntos de átomos. A medida de que subimos en la escala dimensional el efecto se hace despreciable (de nuevo perdón a los eruditos por la extrema simplificación conceptual).
2 - Formulado en 1926 por Werner Heisenberg (1901-1976), premio Nobel de física en 1932, es uno de los pilares de la física cuántica.
3 - Hegel bien merece (y ha merecido, por lo menos por parte de Schopenhauer) atención en este sentido. Es muy posible que, tras su atenta lectura (todavía no sé si comprendida) se la dediquemos en un futuro.
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