29 de octubre de 2010



Deleuze. Foucault extrae las visibilidades de sus enunciados.

Publicado por: Esteban Higueras Galán / @HGEsteban
La tarea de la arqueología es doble, como la empresa de Roussel. Hay que extraer de las palabras y de la lengua los enunciados correspondientes a cada estrato y a sus umbrales, pero también extraer de las cosas y de la vista las visibilidades, las «evidencias » propias de cada estrato. ¿Por qué esas extracciones necesarias? Comencemos por los enunciados: los enunciados nunca están ocultos, y, sin embargo, no son directamente legibles o incluso decibles. Podría pensarse que a menudo están ocultos, pues sufrirían un enmascaramiento, una represión consciente o incluso inconsciente. Pues bien, además de que esa creencia implica una falsa concepción del Poder, sólo es válida si nos atenemos a las palabras, a las frases y a las proposiciones.


Es lo que Foucault demuestra a propósito de la sexualidad, desde el principio de La voluntad de saber: se podría pensar que en la época victoriana todo un vocabulario está prohibido, las frases metaforizadas, la lengua depurada, de suerte que la sexualidad se constituye como el secreto fundamental que sólo sería traicionado por transgresores audaces y malditos, hasta que aparece Freud... Sin embargo, no es así, y nunca estrato o formación histórica ha hecho pulular tanto los enunciados de sexualidad* determinando en él las condiciones, los regímenes, los lugares, las ocasiones, los interlocutores (a los que el psicoanálisis añadirá los suyos). No se comprendería bien el papel de la Iglesia después del concilio de Trento si no se siguiese esta proliferación de los discursos sexuales. «Amparándose en un lenguaje cuidadosamente depurado a fin de que ya no sea nombrado directamente, el sexo es asumido, y diríase que perseguido, por un discurso que pretende no dejarle ni obscuridad ni respiro... Lo característico de las sociedades modernas no es que hayan condenado el sexo a permanecer en la sombra, es que se hayan condenado a hablar constantemente de él, utilizándolo como el secreto.
 Farzad Golpayegani



En resumen, el enunciado permanece oculto, pero únicamente si uno no se eleva hasta sus condiciones extractivas; por el contrario, está presente, lo dice todo, desde el momento en que uno se eleva hasta ellas. Igual ocurre en política: la política no oculta nada, ni en diplomacia, ni en legislación, ni en reglamentación, ni en gobierno, aunque cada régimen de enunciados supone una cierta manera de entrecruzar las palabras, las frases y las proposiciones. Basta con saber leer, por difícil que parezca. El secreto sólo existe para ser traicionado, para traicionarse a sí mismo. Cada época enuncia perfectamente lo más cínico de su política, como también lo más crudo de su sexualidad, hasta tal extremo que la transgresión tiene poco mérito. Cada época dice todo lo que puede decir en función de sus condiciones de enunciado. Desde La historia de la locura Foucault analiza el discurso del «filántropo», que liberaba a los locos de sus cadenas, sin ocultar el otro encadenamiento, más eficaz, al que los destinaba.

Que en cada época siempre se diga todo, ése es quizás el principio histórico más importante de Foucault: Trás el telón no hay nada que ver, razón de más para describir en cada momento el telón o el zócalo, puesto que no existe nada detrás o debajo. Objetar que existen enunciados ocultos sólo es comprobar que existen locutores y destinatarios variables según los regímenes o las condiciones. Pero locutores y destinatarios son unas variables del enunciado entre otras, que dependen estrechamente de las condiciones que definen al propio enunciado en tanto que función. En resumen, los enunciados sólo devienen legibles o decibles en relación con las condiciones que los convierten en tales, y que constituyen su única inscripción sobre un «zócalo enunciativo» (ya hemos visto que no había dos inscripciones, una aparente y otra oculta). La única inscripción, la forma de expresión, está constituida por el enunciado y su condición, el zócalo o el telón. Predilección de Foucault por un teatro de los enunciados, o una escultura de los enunciables, «monumentos» y no «documentos».
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