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Educación estética y formación cultural para la libertad

Educación estética y formación cultural para la libertad

“La tarea del arte consiste en hacer sensible la verdad”
GWF Hegel
Instalación artística de cintas de colores estilo Jesús Soto representando el juego estético
La experiencia estética como formación para la libertad según Schiller y Hegel.

La pregunta acerca de la efectiva realización de la libertad no interroga por un tema específicamente jurídico-político ni por un problema exclusivamente moral. Es, ante todo, un problema que remite a la formación histórica y cultural del sujeto. Este es el argumento de fondo que atraviesa el itinerario de las Cartas sobre la educación estética del hombre, de Friedrich Schiller, escritas a la luz de su ambigua impresión sobre la Revolución Francesa: por un lado, el entusiasmo ante la conquista de la emancipación política y, por el otro, la profunda decepción frente a su deriva violenta. El diagnóstico del médico, poeta y filósofo es de una extraordinaria claridad y sorprendente vigencia: no basta con decretar e instituir la libertad, es necesario formar sujetos capaces de vivirla.

Schiller percibe que la modernidad ha producido una peligrosa escisión -una Trennung- entre las formas enunciativas de la libertad y la vida concreta de los individuos. Un Estado puede declararse formalmente libre, aunque su ser social se encuentre interiormente desgarrada. Una república no fracasa por déficit de leyes sino por insuficiencia de formación. Y es en este punto en el que la educación estética aparece (erscheint) no como un simple ornamento cultural, sino como la necesaria mediación de ética, política y sociedad.

Es indudable la influencia del viejo Kant en Schiller, y hasta se podría afirmar su inevitabilidad. De hecho, el autor de las Cartas comparte el núcleo de la ética kantiana: la libertad como autonomía y la dignidad del sujeto racional. No obstante, introduce una objeción decisiva desde el punto de vista histórico y educativo. La moral kantiana exige que el sujeto actúe por deber, incluso contra sus inclinaciones sensibles. Esta exigencia garantiza la “pureza” de la ley moral, pero deja abierto un problema de factura esencial: ¿cómo formar sujetos que no tengan que padecer la ley como una imposición externa o como una suerte de sacrificio permanente?

Pero la crítica de Schiller no termina necesariamente en la negación de la doctrina moral kantiana sino, más bien, en su complementación histórica. Una ética que permanece en el plano de las abstracciones normativas corre el riesgo de producir individuos obedientes, alineados, pero no auténticamente libres. Con ello la virtud se convierte en tensión, no en reconciliación. Y de allí la necesidad de una instancia mediadora, capaz de preparar al sujeto para la libertad moral sin auto-represión o violencia interior. Schiller encuentra esta mediación, justamente, en la educación estética. La experiencia de la belleza comporta la posibilidad de un tipo de relación con las formas que no es coercitiva: la razón no domina despóticamente a la sensibilidad, ni la sensibilidad disuelve las formas propias de la racionalidad. La estética aparece, en consecuencia, como el umbral formativo de la moral, no como su sustituto.

La teoría schilleriana de los impulsos -el impulso sensible, el impulso formal y el impulso de juego- expresa una concepción profundamente contemporánea del ser social. El Spieltrieb, o “impulso de juego”, no designa una actividad trivial sino la experiencia en la que el hombre es, simultáneamente, sensible y racional, determinado y libre. En el juego estético (das ästhetische Spiel), el sujeto aprende a habitar la forma como expresión de su propia vida. “El hombre -dice Schiller- solo juega cuando es hombre, y solo es plenamente hombre cuando juega”, porque en su concepción del juego los individuos no están dominados ni por el instinto natural ni por la rigidez moral, sino que pueden actuar consciente y libremente. El juego, para Schiller, es el consenso por medio de lo bello, de lo estético, la libre y desinteresada armonía entre la sensibilidad y la razón.

El Maestro Jesús Soto diseñaba laberintos cinéticos para que los niños los penetraran y jugaran en su interior, entre centenares de cintas multicolores. Como se comprenderá, esta experiencia tiene consecuencias éticas y políticas de largo alcance. La educación estética forma individuos capaces de reconocerse en las formas propias de la ley común sin por ello tener que perder su singularidad. De este modo, Schiller concibe el Ethos republicano como una armonía que no suprime las diferencias sino que las integra en una unidad viva. No se trata de la uniformidad ni de la atomización, sino de la unidad diferenciada entre individuo y sociedad. La idea de República, para Schiller, no es solo una estructura institucional sino un modo de vida, una manera de ser. Y esa forma de vida no puede sostenerse sin una formación cultural que haya logrado reconciliar la naturaleza y la razón en los sujetos. Por eso, la educación estética es el camino hacia la libertad política.

En este punto, la afinidad con Hegel es profunda. Si Schiller subraya la mediación estética, Hegel desarrollará la intuición schilleriana en una teoría de carácter sistemático: la idea de la Eticidad (Sittlichkeit). La libertad no se realiza en la conciencia individual aislada sino en las formas objetivas del espíritu: en las instituciones, en las prácticas sociales y las costumbres históricas. No obstante, la determinación estética no desaparece en Hegel. El arte cumple una función históricamente decisiva: hacer sensible la verdad del espíritu y reconciliar al individuo con el mundo que él mismo ha producido. Y, en este sentido, la educación estética schilleriana puede leerse como una anticipación a la idea hegeliana, según la cual la libertad solo es real cuando se encarna -se hace concreta- históricamente. La diferencia es clara: Schiller confía en la estética como una mediación privilegiada, mientras que Hegel la integra en el despliegue más amplio de la razón histórica. Pero ambos coinciden en un punto decisivo: no hay libertad sin formación cultural, y no hay formación cultural ajena -ab extra- a la historicidad.

A partir de aquí, la lectura de Schiller coincide plenamente con el historicismo filosófico. La conciencia no se forma en el vacío sino en el conjunto de las prácticas sociales. El sujeto es un resultado histórico, no una abstracción moral. La educación estética, comprendida desde esta perspectiva, aparece como un momento temprano -aunque decisivo- de la filosofía de la praxis, porque no se trata de contemplar la belleza sino de formar capacidades sensibles, imaginativas y éticas que hacen posible la relación no alienada con el mundo social. La escisión, el desgarramiento denunciado por Schiller entre razón y vida, reaparece en Hegel y en el joven Marx como alienación, cabe decir, como la separación del sujeto respecto de las formas objetivas de su propia actividad. Desde este ángulo, la libertad no es un atributo interior ni un mero estatuto jurídico sino una relación histórica-concreta entre los hombres y las condiciones sociales que ellos mismos son capaces de crear. La formación del sujeto es inseparable de la forma histórica que adopta la libertad en una determinada sociedad.

La actualidad de Schiller reside en haber comprendido que la libertad moderna fracasa cuando se reduce a mera ley o a moralidad abstracta. Sin educación estética no hay ethos republicano; sin ethos republicano, la república es vacía. Kant aporta la forma moral de la libertad. Hegel, su encarnación histórica; el joven Marx, su producción práctica. Schiller ocupa el digno lugar de mediador: muestra que la libertad debe aprenderse, y que ese aprendizaje comienza en la formación sensible del sujeto. La historia de la libertad es inseparable de la historia de la formación de la humanidad. La educación estética no es un lujo cultural: es la condición histórica necesaria para la posibilidad de la libertad vivida, compartida e históricamente sostenida.

De la república estética

“Tu hechizo vuelve a unir

lo que el mundo había separado,

todos los hombres se vuelven hermanos”

                                               F. Schiller

Republica de Schiller

 

            Un partido político o una alianza de partidos políticos que se propongan con auténtica responsabilidad construir la estrategia adecuada que permita ponerle fin a un período histórico signado por el deslizamiento del populismo desde el neo-totalitarismo hacia la gansterilidad, amerita -más que entender- comprender que su objetivo fundamental consiste en superar las formas de consenso hegemónico predominantes que le han servido de oxígeno -o de combustible- al régimen que, a pesar de hallarse en situación de usurpación, ha terminado por hacerse costumbre y normalidad, al punto de ser identificado, reconocido y aceptado por la mayoría como aquel que sostiene las riendas efectivas del poder político, social y cultural del ser y de la conciencia sociales. La pretensión de montar un circo al lado de otro circo, con diferentes atracciones, coloridos y payasos, luce, además de ridícula, poco atractiva. Toda imitación carece de genuina autenticidad y es, inconfundiblemente, la marca de fábrica de un ingenio limitado, como el que hasta ahora han lucido los “expertos” del marketing político en Venezuela.

            Que se sepa, no existen las varitas mágicas, por lo menos no en política, y en el caso de que existieran parecieran ser muy escasas, especialmente en una época de crisis orgánica como la actual, alejada de la luz de la fantasía concreta, atrapada en un agujero de gusano del multiverso y sumergida, como está, en las profundidades del pestilente océano de la posverdad. Que se intente jugar a ser más populistas que los populistas no solo es insensato, es irresponsable y suicida. Que, por contraste, se oferte el más descarnado neoliberalismo como panacea universal de todos los males de una sociedad y una cultura que durante los últimos cincuenta años hizo del estado de bienestar su modelo “natural” de existencia, además de chocante, no es menos suicida. De modo que los atractivos de una “clase” política sorprendida en su desubicación, es decir, indefinida, indeterminada, reactiva, acostumbrada a los vaivenes del día a día y habituada al no pensar demasiado, conspiran no solo en contra de sí misma sino de la estructural resolución del abismo en el que se halla sumergido más del ochenta por ciento de su población. Y, por una vez, tiene la necesidad imperiosa de revisarse a fondo, de comprender que no hay atajos, que los caminos verdes son sendas perdidas. Por una vez, pues, se trata de dejar de apostarle a las circunstancias, a los ecos lejanos de Sri Lanka o a los últimos acontecimientos argentinos, cuya intempestividad es eufóricamente estimada por algunos impetuosos entusiastas como el inicio de la primavera latinoamericana. No hay fortuna sin virtud. En cuestiones de política, nadie se gana “el premio gordo” de la lotería sin levantar un dedo, sin hacer un esfuerzo de astucia, preparación e inteligencia combinado, quedándose sentado a la espera de que las cosas, por sí solas, se “den” o hasta que llegue el ocaso para ver pasar frente a la choza el purulento “cadáver del enemigo”.

            Más sensato pareciera ser el “desechar las ilusiones” e irse “preparando para la lucha”, una lucha dura, de resistencia, de tejido continuo y largo aliento, en la que conviene tener presente la compañía de la soledad, más allá de las palmaditas solidarias o de la retórica comunicacional. Lucha que, en consecuencia, requiere de la constancia que en medio de los peores momentos recomendaba el propio Bolivar. Todo lo cual parte, en primera instancia, de la pregunta por el para qué. Si la respuesta es para obtener el poder bajo la misma estructura jurídico-política de los últimos veintitrés años y mantener similares políticas económicas y sociales, entonces el esfuerzo habrá valido muy poco la pena. El “quítate tú pa´ponerme yo” en nada beneficia a lo que aún queda de país. El resentimiento y la vendetta no son más que “pasiones tristes”, como dice Spinoza, que solo contribuyen a la disminución de la potencia del ser social. Si la respuesta es para producir un cambio radical del modelo económico y social, con la imposición de políticas de libre mercado y privatización de la educación, la salud, la seguridad social y los servicios básicos, entonces se producirá un shock que en muy poco tiempo traerá de vuelta al populismo gansteril al poder. Incluso, si se persigue un “pacto de convivencia” -o de resignación- a través de lo que se ha dado en llamar la “vía electoral, pacífica y constitucional”, se seguirá jugando a la baratija demagógica, se acudirá a la más desleal de las hipocresías y no solo no habrá solución a la crisis sino que el régimen narco-terrorista se perpetuará indefinidamente en el poder. En un territorio sin democracia, con los poderes públicos secuestrados, sometido a la brutal barbarie de los cuerpos de seguridad, sin derechos humanos, material y espiritualmente empobrecido y con una carta constitucional que fue hecha a la medida del difunto rey desnudo, por lo demás, plagada de la más grosera politiquería y de un lenguaje depauperadamente insufrible, apostar al engaño -además, para quitarse de encima el mote de “derecha golpista” que les impusieran precisamente los golpistas- es garantía de un fracaso anunciado.

            Hay otra opción, que sin duda requiere de mayor esfuerzo y de mayor tiempo, pero que enterrará definitivamente la barbarie y le otorgará al país la grandeza que bien se merece. Se trata de la conformación del proyecto de construcción de una república sustentada sobre la educación estética. No para ser construida después de “la salida” del régimen, sino para comenzarlo desde ya, in der praktischen, porque no habrá ninguna salida si no se construye. Toda auténtica poiesis es praxis. El entendimiento por sí solo no puede, no basta. Del entendimiento solo surge la barbarie actual. Y precisamente, dado que se trata de estética, más que por el entendimiento y la razón instrumental, a ella se llega a través de la sensibilidad y, como sostiene Schiller, nada menos que por el juego, es decir, por lo jocoso, lo que es capaz de transmitir la mayor alegría. Lo dice, por cierto, el autor de la Ode an die Freude o Canción a la alegría, letra de la Novena Sinfonía o Sinfonía “Coral” de Ludwig van Beethoven, el himno de Europa. El finale fenomenológico es un llamado schilleriano: “del cáliz de este reino de los espíritus rebosa para él su infinitud”.

            Ningún cambio ocurrido en la historia se decreta. No es la consecuencia de una ley, de un mandato o de un dictamen jurídico-político. Por el contrario, las leyes, dictámenes y mandatos, lejos de ser un principio, son el resultado de un largo proceso en el que ha mediado la costumbre -die Sitte-, de la que proviene la ciudadanía o eticidad -Sittlichkeit. Pero no se llega al Estado ético, a la eticidad propiamente dicha, sin la formación para la vida estética. Verdad y bondad se abrazan en la esteticidad. La conformación de una república estética es, en consecuencia, el fruto de una larga jornada de trabajo que requiere de un profundo cultivo y enriquecimiento del lenguaje y de la acción comunicativa en todas sus formas posibles de representación -lo cual, dadas las actuales circunstancias, implica su negación determinada, su Aufgehoben. Se trata de la creación de un nuevo modo de ser, de pensar y de hablar, que implica una nueva forma de ver, de sentir, de percibir, de interpretar y de concebir, mientras se va tejiendo la poderosa red social que finalmente lleve ante la justicia a los criminales. No hay Ethos sin libertad ni libertad sin belleza. En suma, se trata de la creación de una nueva cultura, un nuevo modo de producir, una nueva hegemonía sustentada en el consenso y no en la coerción. Es la bella eticidad, fundamento de un Estado con instituciones sólidas y creíbles, de la armonía entre la sociedad y el individuo, de un orden civil y civilizado, auténticamente libre y democrático. Premisa de toda república estética.                              

           


Educación estética

 

En recuerdo de Ezra Heymann y Yolanda Steffens,

queridos profesores ucevistas, quienes me enseñaron

a transitar por las espiras del laberinto, desde Kant hacia Hegel.

 

 

“Lo bello es el símbolo de la moralidad”

                                                      I. Kant

 

“porque a través de la belleza que se llega a la libertad”

                                                                           F. Schiller

 

 

Belleza y estética

            Dice Schiller, en sus Cartas sobre la educación estética de la humanidad, que “el encanto de la belleza estriba en su misterio” y que, justamente por esa razón, el arte es “la mejor parte de nuestra dicha”, porque “toca de cerca la nobleza moral de la humana condición”. Misterio al que, por cierto, no debe interpretarse como el preciado objeto de una secta de magos ocultistas, como si se tratara del arcano secreto de unos pocos “escogidos”, enigmático e ininteligible sino, más bien, en el sentido clásico del μυστήριον, palabra que deriva de μύστης o “iniciado” y que designa a las ceremonias -o costumbres- propias de la religión popular republicana greco-romana, celebradas en virtud -vir- de la patria, pues a ella, al espíritu del pueblo, dedicaban su vida por completo, sin exigir indemnizaciones o beneficio individual alguno. Un mistérion es, pues, aquel que trabaja por una idea, por deber, sin exigir nada a cambio, y sólo espera poder vivir en compañía de sus dioses y héroes en los Campos Elíseos. Este es el “misterio” al que hace referencia Schiller en su ensayo sobre la Äesthetische Erziehung.

            Más interesante todavía es la inescindible relación que el gran pensador alemán establece entre ética y estética, siguiendo para ello -hasta cierto punto- la Crítica kantiana del juicio. En efecto, para Kant, la condición sine qua non tanto del juicio ético como del juicio estético es la libertad. Pero, lo que en Kant es una analogía de dos dimensiones distintas, en Schiller se transforma en el movimiento que posibilita la adecuación de una auténtica “estética operativa” o de una “ética de la realización”. En él, la ética deja de ser el desiderato de la ley moral para descender sobre el terreno firme del hecho estético, de lo sensible, en virtud de la libre voluntad, con lo cual la ética y la estética llegan a traspasar los rígidos límites del entendimiento abstracto, meticulosamente trazados por Kant, para devenir actividad sensitiva humana o, al decir de Benedetto Croce, “hazaña de la libertad”. El Bien y la Belleza ya no son más simples representaciones abstractas ni simples ejercicios de retórica escolástica, sino nada menos que la realización histórico-concreta de una sociedad material y espiritualmente libre. Y es que, para Schiller, la obra de arte más perfecta, más bella, que puede llegar a construir la humanidad es la conquista de “una verdadera libertad política”. De manera que “para resolver en la práctica el problema político, se precisa tomar el camino de lo estético, porque a la libertad se llega por la belleza”.

            Incluso formando parte de la naturaleza, lo que distingue al ser humano del resto de los entes naturales consiste en su capacidad de poder decidir voluntariamente -por supuesto, dentro de ciertas y determinadas condiciones objetivas. La voluntad humana es potencialmente creación que no puede permanecer sometida al estado que impone la naturaleza, porque “posee la capacidad de desandar, por medio de la razón, los pasos que la naturaleza anticipó, de transformar en obra de su libre albedrío la obra de la férrea constricción y de tornar la necesidad física en necesidad moral”. Por eso mismo, y como dice Schiller, siendo el arte “hijo de la libertad”, recibe sus leyes “no de las imposiciones de la materia sino de las necesidades del espíritu”. De hecho, sustentado en necesidades espirituales, ha terminado siendo el gran diseñador de la historia humana, esa “segunda naturaleza”. Por lo menos lo fue hasta que el entendimiento abstracto y el mecanicismo, propio de una racionalidad meramente instrumental, decidió imponer su predominio absoluto sobre el espíritu de la sociedad, empobreciéndolo, toda vez que hizo de la “segunda naturaleza” un “Estado natural”, con lo cual trajo de regreso, con sus “leyes”, calcadas de “el libro de la naturaleza”, las fuerzas ciegas de esa insufrible rotonda del “nada nuevo bajo el sol”, transformando la libre voluntad creadora en estricta techné y provocando con ello la latente amenaza de la barbarie retornada, que acecha de continuo la vida civil. Imperfecta, advierte Schiller, es una constitución política que “sólo suprimiendo la multiplicidad consigue establecer la unidad”.

            No es posible retroceder, echando por la borda el desarrollo tecnológico y científico que, sin lugar a dudas, ha dejado, tras las huellas de su audacia, la labor del entendimiento reflexivo, abstracto. Nadie puede dejar de reconocer el triunfo del análisis, del conocimiento científico, de la experimentación y de la especialización modernas, todas las cuales tienen sus fundamentos conceptuales, sustancialmente, en el pensamiento de Kant. Pero algo de razón tuvo Hegel al caracterizarlo como el “Genghis Khan” de la filosofía. Al desestimar la educación estética, al instrumentalizarla, concentrándose exclusivamente en la instrucción, a objeto de producir masivamente técnicos y especialistas, aptos para la producción en serie, la sociedad moderna -heredera legítima de la “analítica trascendental”- fue creando el ambiente propicio para que, de un lado, la moral se hiciera un manojo de “buenos principios” inalcanzables, reflejados en manuales de “auto-ayuda” y, en realidad, extraños al desmembrado tejido social; del otro, la sociedad, escindida en sí misma y convertida en una gigantesca cadena de montaje -un mecanismo de reloj, dice Schiller-, oculta en sus entrañas -tras el monstruoso mecanismo- sus instintos más primitivos, más violentos y salvajes: “la letra muerta toma el puesto de la inteligencia viva, y una memoria ejercitada es guía más valioso que el genio y la sensibilidad”.

            De este modo, “el pensador abstracto suele tener un corazón frío, y el profesional suele tener el corazón estrecho, porque su imaginación, recluida en el círculo uniforme de la especialidad, no puede extenderse a otras formas representativas. Cuando en el hombre se aíslan las facultades particulares y se arrogan el derecho a legislar por sí solas, caen en contradicción con la verdad de las cosas y obligan al instinto de lucro, que con indolente frugalidad solía descansar en la apariencia externa, a penetrar en lo profundo de los objetos. El entendimiento puro usurpa autoridad sobre el mundo sensible; el entendimiento empírico se ocupa de someter aquel a las condiciones de la experiencia”.

            Se impone la necesidad de volver a enmendar al entendimiento, como en su momento lo reclamaran, primero, Spinoza, y, más tarde, Hegel. El llamado “conflicto de las facultades” ha llegado al paroxismo. Por eso mismo, y sobre los fundamentos de una nueva Enmendatio, conviene reconstruir todo el sistema educativo, a objeto de que se reconozca la apremiante necesidad de la educación estética como nunca antes, por el bien de la entera humanidad.