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La presencia virtual

Realidad e interpretación en las redes

El ciberespacio: ¿evasión de la realidad o más bien una nueva versión de lo real?

El hombre es un dios cuando sueña
y un mendigo cuando reflexiona.
F. Holderlin.

Tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas… y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad.
Muchas veces, cuando voy de excursión, me descubro a mí mismo contemplando, en lugar de los bosques, los riscos o las flores, estampas para fotos interesantes. ¿Me aíslo del paisaje, o más bien lo estoy recreando? La pasión fotográfica limita, sí, mi presencia en la naturaleza, la recorta por los límites de un determinado encuadre. Pero, ¿no demostró Kant que es siempre así nuestra aproximación a las cosas?
¿Quién puede abarcar la infinitud de un lugar, de un solo instante? Vemos lo que queremos (o lo que no queremos) ver, vemos lo que sabemos ver. Con ese concepto (encuadre o marco, "frame"), es como algunos estudiosos denominan nuestra peculiar ordenación de las percepciones: todo nos llega a través de nuestros marcos personales. Es el modo de hacer las cosas nuestras, de adentrarnos en ellas, de incorporarlas a nuestra particular construcción del mundo. Un mundo al que accedemos haciéndolo propio, con la esperanza de que la versión de él que concibe nuestra mente no se aleje demasiado del modelo que suponemos existe “ahí fuera”. Los ignorantes y los locos, ¿son exiliados del mundo o de la visión que se admite convencionalmente sobre él?
¿Acaso no estamos todos un poco locos? ¿Acaso no somos todos ignorantes? Aprender es, quiere ser, afinar nuestra visión para que gane en fidelidad a lo real. “Alta fidelidad”: nuestras pantallas ganan en precisión, nuestros altavoces reproducen con exactitud los sonidos originales. La tecnología es un mundo que imita al mundo cada vez mejor. Pero la mente no imita: interpreta. Imprime significado. Lo que vemos en la pared de la caverna platónica no son sombras, sino proyecciones. 

Antes, los viajeros escribían cartas o postales, pintaban cuadros o se llevaban objetos de recuerdo para adornar sus salones. Bartolomé de las Casas retrató la crueldad de los conquistadores. Montaigne glosó sus viajes como ejemplo de la diversidad de modos de vida. Darwin siguió una larga tradición de expediciones científicas, y de sus notas y sus dibujos surgiría un giro copernicano para la biología. Montesquieu imitó el epistolario del viajero en sus Cartas persas, y Cadalso le imitó a él en sus Cartas marruecas. Los diarios de viaje integran un verdadero género literario, que no busca tanto retratar lo que se ve como las impresiones de uno ante lo que ve.
También hoy usamos los lugares que visitamos para encontrar en ellos algo de nosotros. Por eso les hacemos fotos, los grabamos en vídeo, los narramos por escrito, con la intención de apropiarnos de ellos, además de hacerlos perdurar en la memoria y atenuar así la insoportable levedad del ser. Pero lo que no se comunica es como si no existiera, es como si nos perteneciera menos. Nuestro mundo interior anhela verterse en el exterior. Por eso lo exponemos todo en ese gran escaparate de la vida (tal como la queremos enseñar) que es internet. Allí lo encontrarán, sin duda, muchas más personas que las que verían un álbum que guardamos en casa, y cientos, tal vez miles de “amigos” desconocidos conocerán nuestras impresiones en blogs o webs, en Twitter o en Facebook, y quizá nos dejen sus opiniones como estelas congeladas de su paso…
Porque en internet todo queda (y quizá más tiempo que nosotros). Es cierto que, a la vez, todo pasa, arrastrado bajo el imparable aluvión de la permanente novedad, pero, ¿no fue siempre así? Lo único que ha hecho la tecnología ha sido intensificar lo que ya sucedía: acelera el tiempo (nuestro testimonio es inmediato, y a la vez se disipa casi al instante), multiplica la cantidad al infinito (y comunicamos más y a más, pero al mismo tiempo nuestros mensajes se arrumban en el gigantesco depósito de remotos almacenes de información). Si todo eso desborda nuestra medida es porque ha alcanzado la medida de nuestra imaginación: el Big Data es ya una monstruosa avalancha de información que nos engulle si pretendemos abarcarla.

Confieso que a mí Facebook no me gusta. Me incomoda ir dejando cada día huellas de mi rastro vital, y estar pendiente de lo que hacen los otros. Quizá simplemente me aburra, o no me guste porque soy un solitario (también cibernético), y en tal caso no puedo reprocharle nada. Pero de entrada me parece que consume buena parte del tiempo libre, y se lo escatima a la presencia.
Sin embargo, a veces me pregunto si no se tratará, más bien, de otro tipo de presencia. Porque no deja de ser un modo de acompañarnos, de saber unos de otros, de escabullirnos un poco del aislamiento que nos impone la sociedad de la producción. Mejor Facebook, supongo, que ver la televisión, aunque a veces parezca que es como una televisión que habla de gente conocida. Mejor Facebook, a veces, que estar solo, aunque estemos solos cuando entramos en él, aunque consista en una vida postiza. Porque hay presencias que parecen virtuales, y virtualidades que quizá tengan más solidez que algunas presencias. Claro que nada podrá sustituir al gesto, a la mirada, al contacto físico, pero es evidente que no se trata de sustituir, sino de complementar, incluso de interpretar, como las cartas y los libros, como las fotos y los diarios.
Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, ciberesfera adentro… La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible. Allá donde vayamos (también en internet) no encontraremos más que nuestros ángeles y nuestros demonios. Esos son nuestros testimonios de viaje. Ni más ni menos.

La deducción de la creencia y la imagen.

La inducción cuna de la deducción.

Las creencias comunes que expresan entre sí quienes con-viven son la regla de su confianza, esta - máxima de la religión monoteísta - cognoscente de la creencia común hacia la burda (de la locura), compromete la utilidad de lo imaginado, solo en cuanto a la satisfacción del otro cohabitante en una imaginación parecida.


Deducir de una creencia e imagen

Me explico; La imagen y los posibles movimientos de esta en un individuo, en las diferentes transformaciones que a través de los sentidos se produzcan, o tras volver a imaginar la misma imagen, hacen que la imagen primeramente percibida, cambie en una proporción difícil de delimitar, esto es así pues no existe referencia más que la primera percepción ya ocultada por las imaginaciones consecutivas - los actuales psicobiólogos hablan de sinapsis para "guardar" la información neural - de tal forma que, para vivir en comunidad solemos otorgar nuestra confianza a las personas que responden a creencias parecidas a las nuestras, y que por tanto reproducen imaginaciones parecidas a las nuestras.

La creencia al igual que la imagen es una formación que sufre de un continuo trasvase de contenidos, la diferencia de la creencia es que nace de la deducción - al menos parcial - de su contenido, mientras que la imagen lo hace de la percepción misma, en ambas, volver a un punto de inicio muy próximo al primero es posible si percibimos el mismo estímulo de la percepción primera, o si pensamos el mismo enlace conceptual en la deducción. Estas son cosas que requieren de un autocontrol sobre los contenidos de nuestra consciencia, es un ejercicio común que persigue no desviar nuestras imaginaciones y nuestras creencias de un punto real objetivo. Los individuos que no realizan este proceso "purgante", claro está, se desviarán más de el contenido primero, y desarrollarán creencias que les produzcan imaginaciones cada vez más subjetivas, y al revés, imaginaciones que transformarán sus creencias, no por medio de la deducción lógica, sino por imágenes acompañadas - como no - por pasiones y tristezas varias.

Pues como todos los filósofos "amateurs" sabemos, como intuimos los lectores de filosofía, decididos los filósofos que aparecen en los libros de texto estarían en deducir sus conclusiones y no dejarse incubar por imágenes y creencias, en los casos más perdidos, de infinita incongruencia, un filósofo deberá echar fuera las imágenes y creencias y proseguir su camino incado de la razón de lo negativo, es decir, de la inducción. El pensamiento inductivo que consiste en obtener proposiciones probables generales a partir de datos particulares - es el arma de doble filo del pensador - un veneno dichoso en la mayoría de los casos, y siendo así, no es fiable para afirmar una proposición. Los filósofos que lo han dominado - como Averroes y Spinoza - son famosos por destronar los mitos contingentes de su época, pues no lo utilizan para pronosticar - el laborioso Averroes también pronosticaba como hobbie..- sino para falsar la creencia no posible, ahí está la proposición Averroista; "No puede existir el alma separada del cuerpo" que cambió el destino de la civilización occidental hasta nuestros días.

No es menos claro el sentido inductivo de Spinoza, en su libro Ética demostrada compagina las deducciones en inducciones afirmando que todas ellas se comunican y forman una identidad en quien las crea, parta de la imagen o creencia que tenga a bien contener el pensador. Es decir, Spinoza "demuestra geométricamente", simplificando inducciones en deducciones, que parta un hombre de una imagen falsa, nacida de pasiones, si se lanza al doloroso camino organizativo de las percepciones, y si crea creencias validas a partir de ellas, alcanzará el mayor bien para él y sus conciudadanos. El libro que contiene, destroza y demuestra todas las proposiciones entre inducción y deducción es admirado y leído por casi la totalidad de filósofos posteriores a Spinoza, entre ellos Hegel, y Marx, este último con un grandísimo interés en proponer de forma práctica la proposición de Spinoza.
He aquí el locus, el logicus consecuentis, la hacienda del luchador. Se puede decir de Marx que es un filósofo de causa noble, de inmenso trabajo organizativo, muy basto enjambre conceptual, clara visión consecuente. Grande entre todos los pensadores de todos los tiempos, y, con dos etapas filosóficas bien diferenciadas, una de compresión y conceptuación de todo el saber existente, la posterior, simplificadora del saber en conceptos básicos - al igual que su admirado Spinoza - en contra de su maestro Hegel - capaces de formar creencias validas en la actualidad de su mundo, en los pensadores e indivíduos todos.

Viene aquí el concepto de ideología, que como máquina del pensamiento - diría Deleuze - es de inmanencia posible, muy alegre. Un concepto capaz de servir al obrero en su pensar, que sustituye a la fe en la creencia, por la capacidad de la imagen y la creencia para superarse, el concepto de Marx urge a revivir el afán de Spinoza en Praxis, la real y objetiva forma de trasvasar de la imagen incompleta y pasional, que como poco todo hombre tiene, en la más alegre y activa razón. Para el señor que primeramente se sentó a la izquierda en un parlamento, la idea de que todos tenemos una ideología, y por tal todos somos iguales, es la consciencia común de que nuestra libertad - la tuya y la mía - existe en potencia. La ideología formada sea cual sea, llevará a la razón libre de nuestros actos, diría Marx.

La percepción de la idea.

percepción y conceptos

La percepción en un mapa de conceptos.

Percepción es la acción y efecto de percibir. El término hace referencia indirecta a las impresiones que se pueden percibir de un objeto próximo por nuestros sentidos (vista, tacto, auditivo y gusto).



La concepción - conceptualización - en cambio es el conocimiento de una idea junto a sus usos, significados y posibilidades comprensivas futuras. Pero - de lo que se quiere hablar es de la percepción, la percepción en sí es una base mínima formada por los objetos alcanzados por nuestros sentidos, en este sentido no es necesario tener un conocimiento previo para percibir, lo que si es necesario es poseer un cuerpo dado en una especie animal, y que este interactúe con el mundo externo de una forma sana.

Por que el hecho de percibir es un acto liviano que va muy unido a las capacidades específicas de los canales sensoriales de una especie, por ejemplo, si un animal tiene muy desarrollado el olfato y el oído, los perceptos que tienen más capacidad de asociación van a ser, aquellos conjuntos estimulares con sonido y olor, y más fuerte será para el animal la estimulación conjunta de ambos canales sensoriales, por el hecho de presentar mayor probabilidad de realidad con los estímulos - dados - del animal. En nuestra especie de "Sapiens" los perceptos son algo más complicados, la variedad es mucho más amplia y hay un poder del hombre racional y voluntarioso en las formas que los perceptos pueden formar, es decir, utilizando la razón puede un individuo conceptuar el concepto, crear la idea y sus usos, y la idea, al ser comprendida y aprehendida por el hombre ya "sirve" - per se - sin precisar ser pensada de nuevo, mientras el individuo vive su vida cotidiana y experiencia los acontecimientos presentes que le acontezcan, la idea interiorizada forma parte de su visión, el individuo en su quehacer diario lo que encuentra no son conceptos (que se encuentran en el acto de pensar y requieren esfuerzo y voluntad) son perceptos (que se encuentran en el acto de vivir y requieren de estímulos internos y externos para formarse) y estos son un atajo que el cuerpo confía a su razón pasada, a lo ya pensado.

De esta forma, por ejemplo, si hago como que soy un psicoanalísta, entonces voy a tener un montón de concepciones como, ego, yo, superyo y recuerdos emocionales, y de ahí habré seleccionado por importancia ciertas afecciones entre mis recuerdos a las que le he asignado un valor de "verdad" personal, que me afecta a mí y que se asocia con unos estímulos que al vivirlos, volverán a inducirme en la tristeza de aquella afección pasada, trauma familiar, etcétera. Otro ejemplo en la vida cotidiana, no ya de un pensador, sino de un ciudadano corriente arriba o abajo, un ciudadano como cualquier hijo de vecino, que gusta de estar informado en temas de actualidad y dedica una hora al día a informarse, al no ser un pensador "profesional" - no es de esos que no acepta concepto sin revisarlo antes - la información que llega a sus sentidos, no son estímulos naturales, sino ya perceptos que han pasado por la "red conceptuada" de algún otro periodista, los razonamientos para el concepto en cuestión no están enunciados en el artículo, pero sí el resultado de expresar la información tras pasar por la cabeza del individuo que la cuenta. Es decir, la información en los medios siempre se presenta sesgada (en todos, en este medio también) y pocas veces conceptuada, pocas veces hay una enunciación de porqué se piensa lo que se piensa, sino una exposición: "este es el resultado de la información, aquí tiene su percepto".

Entonces, el acto de percibir (que ya tiene menos de pasivo) es el paso que realizan nuestros procesos cognitivos (atencionales y no atencionales) para captar la existencia singular de algún cuerpo o formar su representación imaginaria -en animales más cognitivos como nosotros. El hecho de estar constituidos biológicamente como lo estamos (somos un animal hominido que se llama a sí mismo sapiens - el animal que sabe) junto al hecho de tomar consciencia de que este saber procede de nosotros mismos - en algunas comunidades desde la democracia griega - nos plantea primero un montón de superioridades imaginarias sobre el resto de las razas animales. Sobrevaloraciones propias sustentadas en el hecho de que podemos - aunque proceda en contadas ocasiones - conceptuar. Es decir, formar concepto, que es crear una regla o mapa enunciativo  de significados o utilidades de las ideas que contienen las palabras, que es más preciso cuanto más se conceptúa, y que ordena las percepciones que recibe el cuerpo.

Y, en el caso - extremo y muy común en nuestra época - de que el individuo no conceptúe, no ordene sus percepciones en base a razonamientos propios, este individuo no tiene forma de discriminar estímulos, es decir, de diferenciar lo verdadero de lo falso, o, mejor dicho, de diferenciar su realidad de la realidad de otro (aquí los psicoanalistas dirán que es moral "de rebaño" - Erich Fromm, Fernando Joya - y los políticos populistas que es "el pueblo" o "la patria", otros). Seguramente un cuerpo humano, de los sapiens sapiens, es capaz de constituirse singularmente como universo unitario, o como parte de un conjunto con la misma naturaleza, mezclarse en sus conceptos no es distinto en ambos casos, ¿somos una raza animal que es a la vez muchas razas constitutivas dentro de la misma?, ¿Es el concepto un multiplicador de constituciones perceptivas?.

Hasta pronto!

El Tiempo Universal: ¿Reloj o cronómetros?

El Tiempo Universal: ¿Reloj o cronómetros?
En este escrito se plantean unas dudas, creo que razonables, que me gustaría someter a consideración desde un punto de vista absolutamente abierto, sea físico, metafísico o filosófico: dando por supuesta su existencia –la del tiempo– y su fundamental papel de padre –o notario mayor– de la Existencia... ¿cuál es su esencia? ¿Es universal o particular?

Con objeto de atenuar el sesgo científico del texto que, por su alejamiento de la ortodoxia filosófica, puede desanimar o incomodar a algunos lectores, bueno será comenzar con una definición del maestro Aristóteles, extraída de su obra “Física”, definición que, en su simplicidad, representa la mejor introducción al tema:

«El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes».
Aun cuando la ínfima magnitud del objeto de estas reflexiones pudiera considerarse de importancia determinante, el hecho cierto es que resulta irrelevante. Igualmente podríamos estar hablando de un segundo o de una hora. Partimos del supuesto de la existencia de un lapso mínimo de tiempo —el mínimo «instante» aristotélico— que, a modo de barrera, resulta imposible de franquear. Esto determina el límite de la existencia cognoscible, la cual, por definición, sólo puede manifestarse durante múltiplos enteros de este tiempo. Por lo tanto, nos encontramos ante el generador universal de sucesos. Ante un metrónomo que marca el ritmo de la existencia, cuyo período, según nos enseña la mecánica cuántica, es el tiempo de Plank (1). Y nada puede suceder entre dos pulsos. Y todo suceso debe empezar coincidiendo con uno de ellos.

Este hecho resulta coherente con la reflexión intuitiva que nos lleva a asociar la Existencia con el cambio y a definir el cambio como el detonador o causante de toda Existencia. Y el cambio patrón, el tiempo límite que permite todo cambio, es precisamente el tiempo de Plank (en adelante, Tp), el tiempo entre dos pulsos. Por lo tanto, vinculamos la Existencia con este lapso de tiempo. Nada puede existir fuera del mismo. Nada puede iniciar su existencia entre dos pulsos (2).

Sentada esta cuántica premisa, llegan las preguntas: ¿nos encontramos ante un reloj universal o ante un cronómetro particular? ¿Todas las historias del universo son cronológicamente coherentes? ¿Están o no están en fase?

Si se tratase de un reloj universal, todos los sucesos o historias de sucesos deberían haber comenzado en un número entero de pulsos de reloj. De un único reloj. De un reloj universal. No nos importaría para nada el origen. Fuera el Big Bang o el sursuncorda. Nos encontraríamos en una situación coherente de todas las historias y con todas las "existencias" en fase. Aunque este caso plantearía la espinosa cuestión de dónde reside el reloj y cómo conocen su estado y, consecuentemente, el momento de nacer, todas las "existencias" potenciales.

Pero si se tratase de un cronómetro particular, cada suceso o historia de sucesos dispararía su propio contador de pulsos, incluido el hipotético Big Bang. Esto, EMHO (3), configuraría una situación totalmente caótica, desordenada e incoherente que imposibilitaría la conexión precisa entre las distintas "existencias" por encontrarse fuera de fase, distorsionando la realidad (si no es que ya esté bastante distorsionada, independientemente de esta personal preocupación).

En pocas palabras: ¿El tiempo es universal o particular? Parecerá una cuestión académica, pero, sin duda, resulta perturbadora.

La intuición y la experiencia me sugieren que estamos ante un reloj universal, pero me gustaría basar las conclusiones en razonamientos fundamentados, ya sea en el conocimiento científico o en la introspección filosófica. Yo me quedo en lo que me muestran mis sentidos. Y ya sabemos lo que dan de sí: mi realidad subjetiva, personal e intransferible.

Reflexión final:
Dando por buena la restricción fuerte que representa el Tp, se me antoja que la hipótesis de un reloj universal (de otros hipotéticos universos, me olvido) implica necesariamente que todos los sucesos, historias o existencias del Universo están en fase y su tiempo de "vida" es exactamente múltiplo entero del Tp. Y esto también implica un origen único.

Ahora bien, si existen zonas que pulsen a un compás diferente, el problema que aparece es el de la "visibilidad" entre dos "existencias" fuera de fase (más allá de la percepción de un observador externo). Evidentemente, ATEP (4), esto es irrelevante en el mundo macroscópico, pero mi duda surge cuando hablamos de sucesos con tiempo de vida de uno o pocos Tp (no soy físico e ignoro si existen partículas elementales tan efímeras). Supongamos una partícula que vive 1 Tp, generada por una colisión o suceso X. Esta partícula (a efectos cronológicos) es hija de X y se supone en fase con otros posibles "hermanitos" quizá mas longevos (supongamos que su padre ha muerto en el mismo instante; por cierto... ¿existe la instantaneidad?). Resulta evidente que la existencia de esta partícula "coexiste" al 100% con sus hermanos, por lo que puede interaccionar con ellos sin restricción alguna. Pero ¿cómo "ve" esta partícula otra creada en contrafase, generada, por ejemplo, en 1/2 Tp previo?. Sólo "coexisten" el 50% de su Tp y el resto del tiempo se ignoran. Mutuamente no existen. Sencillamente, me parece imposible.

Y, probablemente, no estará de más concluir el artículo —que no el tema— con una guinda filosófica de Karl Popper, también semilla de reflexión científico-filosófica:

«El quid de la cuestión está en saber si el Universo se creó en el tiempo o con el tiempo».

Notas:
1 - Tiempo de Plank:  http://es.wikipedia.org/wiki/Tiempo_de_Planck
2 - Es interesante como, intuitivamente, aparece el concepto de pulso, pero evidentemente, se trata de una abstracción. Un pulso de reloj tiene frecuencia (o período) —en nuestro caso, Tp— y duración (o anchura) y, también en el caso que nos ocupa, esta duración —forzosamente menor que Tp— no existe. Extraño pulso, pues.
3 - En Mi Humilde Opinión.
4 - A Todos los Efectos Prácticos, expresión acuñada por John S. Bell: http://es.wikipedia.org/wiki/John_S._Bell

La Libertad no existe

La Libertad no existe.
En este escrito se especula sobre la esencia y la existencia de un concepto sumamente desgastado por el uso: la Libertad universal o absoluta, defendiendo la tesis de que, como tal, así, en abstracto, con mayúscula, como un valor sin adjetivar, no existe y, consecuentemente, no es.

«Los límites configuran y dan sentido a la cosa limitada. Toda cosa existente tiene límites. Incluso la libertad».

Con esta proposición se pretende establecer la premisa fundamental sobre la que se apoya la tesis: la libertad es y está «limitada». Y la existencia de límites es, precisamente, la que justifica la inexistencia de la Libertad conceptual. Porque la libertad siempre es aplicada, es decir, práctica. A modo de ejemplo, podría asimilarse la Libertad con la física teórica y la libertad con la ingeniería. Lo demuestra el hecho de que siempre hablamos de libertad «de...» o «para...». Nadie «es» libre. Se «es» libre para algo. Se tiene —o no— libertad de expresión, de manifestación, de culto, etc. Y este planteamiento temprano —que, en cierto modo, ya es la conclusión— cumple también la función de ahorrar tiempo a quien no suscriba la premisa. Porque todo lo que sigue se basa en ella: en sus límites.

Karl Popper lo dejó muy claro con esta ilustrativa metáfora(1):
Una formulación muy hermosa que, creo, procede de América es la siguiente: alguien que ha golpeado a otro afirma que sólo ha movido sus puños libremente; el juez, sin embargo, replica: «La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».
Con ello lo tenemos todo sobre la mesa. Y en este caso, el todo es bien simple. Sólo dos componentes: la existencia de límites y su concreción, expresada magistralmente por tus puños y la nariz de tu vecino. Lo que nos lleva a considerar un nuevo atributo: la subjetividad. Nadie negará que los puntos de vista del golpeador y del golpeado son diametralmente opuestos y, en cada caso, absolutamente lícitos. Y que, probablemente, la opinión del tercer protagonista, el juez, no coincide con la de ninguno de ellos.

Estos límites, en su componente cuantitativa(2), son los que caracterizan los tres dominios en los que la filosofía ha abordado tradicionalmente el concepto: el cósmico, el social y el personal, los cuales pasamos a glosar brevemente:

La libertad cósmica es la que se asemejaría más con la Libertad conceptual. Podría denominarse también «universal» o «natural» y representa la frontera —o punto de encuentro, según se mire— entre la filosofía, la metafísica y la ciencia. Nada más lejos de mi intención que profundizar en este ámbito, pero conviene citar que a él pertenecen profundos conceptos contrapuestos tales como el determinismo y el libre albedrío representados respectivamente en el mundo físico por el clásico mecanicismo newtoniano y la también vetusta mecánica cuántica(3), temas abordados en el artículo “El Nobel de Física, la Realidad y la Libertad”. En síntesis, esta libertad se entiende como la posibilidad de sustraerse al Destino o al Orden natural(4) y, evidentemente, genera todo menos consenso, en especial en torno a la figura de un hipotético Gran Establecedor de Límites —llamémosle Dios, Gran Juez o Gran Arquitecto, tanto da—, proveedor único de la libertad concedida. En este caso, universal.

La libertad social podría llamarse también «colectiva» o «política». En este caso, los límites los fijan las leyes establecidas o la moral al uso y establece el derecho de un colectivo a determinar sus reglas de comportamiento, reglas que, paradójicamente, conceden y, simultáneamente, limitan la libertad de sus miembros.

Por último, la libertad personal o «individual» representa la unidad indivisible de libertad —equivalente al quantum físico—, asignándole al individuo la condición de sujeto y protagonista, componente básico de cualquier colectivo de escala superior. Por ello, nos vamos a referir únicamente a esta libertad: la libertad individual. Es el individuo es que la recibe como cliente o la suministra como proveedor, lo que le concede el atributo de subjetividad al que nos hemos referido anteriormente. Y nada hay más alejado de lo absoluto, de lo concreto, que la subjetividad inherente a la condición humana(5). Analicemos pues los distintos componentes de la libertad individual, la madre o embrión —a pesar de lo contrapuesto de los términos— de todas las libertades(6).

Para ello nos vamos a ayudar de un modelo gráfico al que, en un alarde de imaginación, vamos a bautizar como «Las tres libertades», el cual nos va a permitir visualizar los límites de cada una de ellas —representados por los círculos—, sus intersecciones y sus interacciones:
Libertad DESEADA: Es la que realmente desea el sujeto. La que le gustaría disfrutar. Por lo tanto, es absolutamente personal e intransferible. Aquí el sujeto actúa como receptor de un producto —la libertad—, es decir, como cliente, lo que en terminología empresarial puede asimilarse con sus expectativas. Evidentemente, incluye las necesidades básicas y de supervivencia. Representa nuestros límites. Está directamente relacionada con la ética personal.

Libertad PERCIBIDA: A menos que nuestra satisfacción sea total —caso más bien improbable—, siempre incluye un subconjunto de la anterior. Es la libertad más íntima, porque pertenece al dominio de los sentimientos y las emociones. También es donde la subjetividad alcanza la máxima expresión. Sin lugar a dudas, distintos individuos que coincidan en la deseada y experimenten la misma libertad concedida tendrán percepciones distintas. Por ser la que percibe el sujeto, es a la que concede más importancia.

Libertad CONCEDIDA: Es la que se le concede realmente al sujeto. Dependiendo del ámbito, el proveedor puede ser individual (por ejemplo, nuestra pareja) o colectivo (sociedad, legisladores, club de tenis, etc.) y, consecuentemente, de aceptación voluntaria u obligatoria. Nos guste o no, representa los límites formales.

Libertad PERCIBIDA, DESEADA, NO CONCEDIDA: Es una libertad ilegal o, en el mejor de los casos, alegal, situando al individuo fuera de los límites establecidos por su proveedor, sea colectivo o individual(7). El grado de insatisfacción depende directamente del grado de vulneración de los principios éticos del sujeto. Por el hecho de ser deseada, probablemente, será bajo.

Libertad PERCIBIDA, NO DESEADA, NO CONCEDIDA: Es una libertad ilusoria, fruto, probablemente, de la inmadurez del individuo. También es característica de quien vive una realidad artificial, en completo aislamiento del mundo exterior, lo que le impide percibir los límites formales. El hecho de percibir más libertad que la deseada, puede ser fuente de satisfacción.

Libertad PERCIBIDA, NO DESEADA, CONCEDIDA: Es una libertad sin valor para el sujeto, al que le resulta indiferente que le concedan una libertad que no desea.

Libertad NO PERCIBIDA, NO DESEADA, CONCEDIDA: Es un brindis al sol. Aquí, el proveedor concede libertades que ni se desean ni se perciben. Trabajo baldío. Evidentemente, podría dedicarse a tareas más eficaces, practicando el principio de inducción desde la libertad deseada por sus clientes, a los que se debe(8).

Libertad NO PERCIBIDA, DESEADA, CONCEDIDA: Caracteriza la libertad formal o teórica. Aun cuando la percepción es subjetiva, la magnitud de esta intersección puede ser síntoma de dificultad de puesta en práctica o de comprensión, por lo que puede ser fuente de insatisfacción.

Libertad NO PERCIBIDA, DESEADA, NO CONCEDIDA: Representa la máxima expresión de la insatisfacción. Es la fuente natural de la frustración, la indignación y la rebeldía. No hay nada peor: que no te concedan la libertad que deseas.

Libertad PERCIBIDA, DESEADA, CONCEDIDA: Aquí hemos llegado al desiderátum. A la libertad —limitada, por supuesto— sin adjetivos. Su magnitud depende del área de la intersección y resulta evidente que la libertad máxima se corresponde con la superposición de los tres conjuntos o, lo que es lo mismo, con la coincidencia de «las tres libertades».

Conclusiones:
La libertad es un concepto muy volátil. Tal y como demuestra el modelo, depende de tres factores cuya posición relativa, magnitud y contenido es absolutamente imprevisible, variable en el tiempo y sensible a modas y costumbres. Además está fuertemente afectada por la subjetividad inherente a la percepción humana, fruto del principio de incertidumbre al que no se puede sustraer. Personalmente, creo que la libertad total, completa, absoluta, representada por la coincidencia de las tres libertades, no es posible. No lo es en el ámbito individual, lo que la invalida en el colectivo y, no digamos, en el cósmico. Por lo tanto, me ratifico en que La Libertad no existe. Lo cual no ningunea en absoluto la libertad con minúsculas, la cotidiana, la del día-a-día, la que deseamos y percibimos personalmente. La que, a fin de cuentas, es la única que experimentamos y por la que debemos luchar(9).

Notas:
1 – Fuente: Sociedad abierta, Universo abierto: Nuestras hipótesis mueren por nosotros.
2 – La componente cualitativa establece el objeto, fin o propósito. En el ejemplo de Popper, la libertad para dar puñetazos.
3 – Pese a calificarse frecuentemente como «nueva», cuenta ya con un siglo de vida.
4 – En lenguaje coloquial: «Todo está escrito».
5 – Frecuentemente se defiende La Libertad como un Valor absoluto, entendiendo como tal el sumatorio de las llamadas «libertades fundamentales». En mi opinión, el principal obstáculo para hablar reiteradamente de estas libertades radica, precisamente, en definirlas o, lo que es lo mismo, en establecer sus límites. A esto se suma el hecho de que, al hablar en plural, negamos la existencia de una Libertad única, en abstracto.
6 – Queda excluida de este análisis la libertad de pensamiento, probablemente, el último reducto de libertad individual no mediatizada que nos queda (toquemos madera). Nos referimos exclusivamente a la libertad de acción, a la posibilidad de ejecutar algo físico basado en la libre elección entre una diversidad de opciones, diversidad que permita la formación de criterio. Incluso nos referimos a la libertad de inacción. Es decir, de «no hacer lo que otros quieren que hagas».
7 – Este análisis no efectúa ningún juicio de valor sobre la calidad intrínseca de la libertad deseada ni de la concedida. Se trata de un análisis aséptico —a modo de autopsia— que parte de situaciones de hecho. Por ejemplo, tu pareja puede no concederte libertad de ligue pero tú puedes desearla, incluso percibirla tras la pertinente acción «ilegal» (si la percibes sin ejecución, tienes un problema). Otro tanto puede decirse de las libertades colectivas.
8 – Recomendación dedicada expresamente a muchos políticos.
9 – Profundizar en la legitimación de la libertad deseada, de la concedida y de la hipotética lucha por su consecución, excede del ámbito de este escrito, pero puede ser un buen tema de reflexión futura.

La Razón es una cuestión de Fe

La Razón es una cuestión de Fe.
El propósito de este ensayo consiste en proponer una reflexión sobre la relación existente entre estos dos conceptos filosóficos –tradicionalmente opuestos y contrapuestos–, y justificar, a todos los efectos prácticos, tanto su próximo parentesco como sus papeles familiares respectivos.

Comenzaremos estableciendo las premisas del análisis, el cual girará en torno a los dos conceptos diferenciados fundamentales Fe y Razón, apoyado por los auxiliares proceso y función, aplicables, fundamentalmente, al protagonista principal, la Razón.

Sin entrar en profundas disquisiciones eruditas, asociaremos Fe con creencia, es decir, con el resultado de creer, lo que entendemos como dar crédito o conceder la condición de verdadero a un conocimiento no empírico, es decir, no basado en la experiencia adquirida mediante evidencias pretendidamente objetivas. También le atribuimos a la Fe una condición estática, en el sentido de que una vez se tiene, una vez se ha aceptado y metabolizado una creencia, ésta queda incorporada al inventario de nuestro conocimiento y allí permanece hasta que, por alguna causa racional –aquí se introduce la Razón–, decidamos modificarla o expulsarla a las tinieblas exteriores. Por lo tanto, la Fe, las creencias, no son acciones, son resultados. Consecuentemente con esta premisa, el conocimiento del individuo se compone, en mayor o menor grado, de una colección de creencias, y definir la magnitud de este grado es, precisamente, uno de los objetos de este ensayo.

Definiremos Razón como la acción de razonar, verbo que sintetiza en una simple palabra el complejo proceso mental basado en las percepciones del mundo exterior, cuya función principal es presentarnos la verdad, la realidad del objeto razonado. Evidentemente, descartamos, aunque algunas veces lo parezca, que alguien razone con el propósito de sentirse engañado. Por lo tanto, la Razón es, fundamentalmente, el proceso de búsqueda de la verdad. Y a diferencia de la Fe, la Razón no es un resultado, es un proceso, y, como tal, es acción, algo tremendamente dinámico.

Un proceso –y acabamos de declarar que la Razón lo es– es un «conjunto de actividades mutuamente relacionadas o que interactúan, las cuales transforman entradas en resultados (las salidas del proceso)»(1). Por lo tanto, en su nivel conceptual más general, un proceso puede verse como una caja negra(2), de la que únicamente nos interesa lo que entra (las entradas) y lo que sale (los resultados). De nuevo, resumiendo, podemos afirmar que proceso es sinónimo de transformación, lo que nos lleva a concluir que la Razón transforma algo, y ese algo, como trataremos más adelante, es la Realidad(3).

Finalizaremos el establecimiento de las premisas terminológicas con el cuarto concepto involucrado en el tema: la función. Por definición, al resultado de un proceso se le denomina producto. Y en análisis funcional definimos la función como «el efecto de un producto»(4), lo que nos lleva, consecuentemente, a su definición derivada: la función es «el efecto de un proceso».

Por lo tanto, apoyándonos en lo tratado hasta ahora, vamos a analizar el sujeto principal, la Razón, definida como un proceso mental que transforma determinadas entradas en determinados resultados que cumplen determinadas funciones o, lo que es lo mismo, causan –o persiguen– determinados efectos. Veremos pues la Razón –el proceso de razonar– desde la perspectiva de sus distintas entradas y funciones, lo que nos permitirá establecer y cuantificar su relación con la Fe, objeto real de este ensayo, el cual puede servir de ejemplo práctico de lo desarrollado hasta este momento: «este ensayo pretende razonar sobre la relación de precedencia existente entre Fe y Razón –o viceversa– mediante un proceso cuyas entradas son las cuatro premisas establecidas y cuyo resultado pretende cumplir dos funciones: la interna, publicar mi punto de vista y someterlo a la consideración de los lectores y la externa, en primer término, distraerles y, en último término, convencerles». Pero, aún tratándose pretendidamente de un proceso racional, no conducirá a ningún resultado externo práctico –el interno se (me) satisface con la mera publicación– a menos que los lectores, como resultado de su propio proceso mental, crean en las premisas, en el razonamiento y en las conclusiones que siguen. Será, en definitiva, un proceso, si no estéril, incompleto, cuya función externa no se cumplirá y cuyo efecto será, probablemente, el opuesto al pretendido. En el peor de los casos, puede llevar al lector a la conclusión de que este ensayo es una sarta de sandeces.

Las entradas de cualquier proceso mental racional son dos: la percepción sensorial inmediata y la experiencia acumulada a partir de estas percepciones a lo largo de nuestra vida. Por lo tanto, podemos afirmar que la percepción sensorial es la entrada por excelencia, si no la única. La diferenciación entre ambas entradas tiene que ver con los resultados esperados, es decir, con la función del proceso.

Los resultados y su función son los que caracterizan propiamente el proceso. Aquí diferenciaremos fundamentalmente la toma de decisiones a corto y largo plazo, los orientados a incrementar nuestro conocimiento y los intuitivos o introspectivos. Todos ellos determinan procesos mentales distintos que hacen uso de las entradas –percepción inmediata o experiencia almacenada– en mayor o menor grado.  

Acabamos de definir la percepción sensorial como la entrada por excelencia. Pues bien, la mente construye su realidad –la nuestra– a partir de los minúsculos fotones, átomos o moléculas que agreden nuestros órganos sensoriales (nos permitimos la licencia de darles a estas partículas elementales o elementos físicos el atributo de Reales, concediéndoles la categoría de entradas del proceso). En el caso particular del órgano sensorial principal, la visión, la resolución de la cámara que llevamos instalada de serie –los conos y bastoncillos de la fóvea– se estima en unos 200 megapixels y responde únicamente a una estrechísima banda del espectro electromagnético, lo que, forzosamente, nos proporciona una información tasada, sesgada e incompleta de lo que «está ahí fuera»(5). Consecuentemente, no se puede negar que la mente transforma la Realidad y fabrica una nueva realidad completamente virtual(6). Este hecho incontrovertible puede resumirse en sus justos términos con esta frase: «ves lo que ves, no lo que es» y relativiza notablemente el aforismo popular, atribuido a Santo Tomás: «si no lo veo no lo creo». De nuevo la Fe acompañando –no contraponiéndose– a la Razón. Por lo tanto, el resultado de cualquier proceso racional basado en la percepción sensorial –y todos lo son, probablemente desde nuestra estancia en el útero materno– se fundamenta en la aventurada creencia de que nuestra imagen mental de la realidad es, en mayor o menor grado, razonablemente fiel. Tenemos Fe en nuestros sentidos y en la capacidad de la mente para reproducirlos fielmente. Esta realidad virtual es la que se almacena y conforma todo nuestro conocimiento empírico. Toda nuestra experiencia se nutre de la construcción mental. Toda nuestra experiencia se basa en esta virtualidad. Podemos resumir estas conclusiones en otra frase corta: «el conocimiento(7) es una colección de creencias».

Como hemos adelantado, esta percepción sensorial puede presentarse como entrada de la Razón de dos formas: como entrada inmediata, normalmente utilizada por procesos de toma de decisiones a corto plazo(8) y como entrada diferida, como experiencia almacenada, empleada en la toma de decisiones a largo plazo(9) o en procesos intuitivos, caracterizados por la reflexión, la abstracción y la introspección. Ni que decir tiene que, en este último caso, por tratarse de una realidad construida integralmente por la mente, sin referencia externa directa, basada en el recuerdo –quizá mermado– de una realidad de por sí virtual, estas entradas conducen irremisiblemente a resultados basados en la Fe más pura y dura.

Concluiremos reforzando nuestra argumentación con algún ejemplo práctico, siguiendo la línea de un científico, ejemplo de humildad, premio Nobel y paradigma del racionalismo, nada sospechoso de veleidades místicas o filosóficas, Richard P. Feynman: «A mí me resulta imposible entender nada de manera general a menos que tenga en mi mente un ejemplo concreto y pueda ver cómo va funcionando»(10). Centraremos los ejemplos en la Ciencia, disciplina racionalista por excelencia, la cual, en un planteamiento maniqueísta y, a mi modo de ver, erróneo, se denuncia como opuesta y enfrentada con cualquier otra rama del conocimiento, en particular, la Filosofía. Sin la Fe no existiría la física teórica. Y, en buena parte, sin física teórica no existiría tampoco la física experimental. Toda teoría se mantiene viva gracias a la Fe que depositan en ella tanto su creador como sus defensores. Gracias a la creencia de que es verdadera. Y aún así, a pesar de que no se demuestre experimentalmente con evidencias razonablemente objetivas, se incorpora al conocimiento colectivo. Como vemos, en la Ciencia, Fe a raudales(11). Por otra parte, un racionalista de pura cepa –posición vital con la que me identifico– no podría aceptar como verdadera ninguna proposición que no pudiera verificar personalmente. No podría aceptar hechos tales como la velocidad de la luz o la relatividad general sin verificarla experimentalmente o entendiendo y comprendiendo su formulación matemática. Pero esto, por lo menos en mi caso –no científico, no matemático–, no es así. Las acepto porque tengo Fe, porque en mi proceso mental racional prevalece mi creencia en el crédito que me merecen personas como Einstein o la comunidad científica. En estos casos, también la Razón es una cuestión de Fe.

Por lo tanto, la mente es una capa intermedia aislante que representa el papel de traductor de la Realidad y esto le da un sesgo absolutamente subjetivo –por fortuna, los humanos no somos clones–  a la imagen virtual generada, alejada notablemente de la realidad objetiva, la existente, la cual, por naturaleza es la misma para cualquier observador. El pequeño problema es que esta Realidad nos resulta absolutamente inaccesible.

Concluimos pues que la Fe no es un término contrapuesto, sino un elemento constituyente y fundamental de la Razón, lo que viene a confirmar el título de este ensayo. Lo que no nos atrevemos a responder es la pregunta del millón:

¿creemos porque razonamos o razonamos porque creemos? 

Notas:
1 - ISO 9000:2005, 3.4.1.
2 - En el caso que nos ocupa, no puede ser más acertada la metáfora. El cerebro prácticamente lo es. A pesar de los avances de la neurociencia y de la resonancia magnética funcional, no se puede decir que sepamos mucho sobre lo que sucede en su interior, más allá de tenues corrientes eléctricas entre un número ingente de neuronas –cien mil millones, el mismo número de galaxias del universo–, modificando su estado binario, paradójicamente simple.
3 - La realidad real (valga la redundancia), la verdaderamente existente ahí fuera, sea la cosa que sea, inaccesible sin la intermediación sensorial y su posterior transformación por la mente.
4 - EN 1325-1.
5 - Nos olvidamos aquí de la miopía y el daltonismo, alteraciones funcionales que contribuyen notablemente a la imprecisión del proceso.
6 - El caso de la visión podría extrapolarse fácilmente al resto de los sentidos, cuya capacidad, resolución y alcance presentan las limitaciones inherentes a la anatomía y morfología particular de cada uno de ellos.
7 - Sea del tipo que sea: científico, filosófico, místico, teológico, etc.
8 - No instintivas. Por ejemplo, frenar ante un semáforo rojo.
9 - Por ejemplo, análisis de inversiones o previsión meteorológica.
10 - Fuente: ¿Está usted de broma Sr. Feynman?
11 - Al físico experimental le corresponde el papel de Santo Tomás.

Cuestionarse la realidad

Cuestionarse la realidad.
En este microensayo se pretende profundizar un poco en las paradojas con que nos obsequian las distintas realidades «aparentes» que coexisten en nuestro día-a-día y que deberían inducir a la reflexión.

«Si la filosofía es cuestionarse la realidad y la realidad fuera incuestionable, no existiría la filosofía ni los filósofos». Ahora bien, a contrario sensu, la realidad actual es tan, pero tan cuestionable que la filosofía debería estar en absoluto auge y todos y cada uno de nosotros podríamos y deberíamos ser filósofos. Resultando evidente que no sólo no es así, sino que sucede todo lo contrario –la filosofía se encuentra en franca recesión y no parece que los filósofos aparezcan debajo de las piedras–, parece obligado profundizar en el análisis con objeto de verificar la proposición inicial y, en su caso, justificar esta aparente contradicción o refutarla mandándola directamente a la papelera, sea real o virtual.

La clave del problema puede residir en la ancestral lucha entre realidad y apariencia, candidatas eternas a la confusión entre sus significados. La cuestión podría plantearse en sus justos términos con esta nueva proposición: «ves lo que ves, no lo que es» o, dicho de otra forma, «ves la apariencia, no la realidad». Entonces, quien no asuma como cierta esta proposición, quien no desconfíe de la «realidad» aparente, quien no comulgue ciegamente con el aforismo «las apariencias engañan», cumplirá la proposición inicial y al no «cuestionarse la realidad» podrá ser cualquier cosa menos filósofo. Pero..., ¿cuántos sujetos de estas características se encuentran en nuestro colectivo? ¿Son la excepción que confirma la regla o son la regla misma? ¿A quién nos referimos exactamente cuando nos referimos a «nosotros»?

Empecemos por la última pregunta, la que presenta la menor dificultad: «nosotros» –entre los que me incluyo– somos los que consideramos la «realidad» como algo cada vez más cuestionable. Y decimos «cada vez más» porque consideramos la «cuestionabilidad» en tendencia creciente todavía muy alejada de una hipotética asíntota. De nuevo, a contrario sensu, los que, sin ningún género de duda, no somos «nosotros» son los que se dedican a fabricar realidades aparentes cada vez más sofisticadas y a anestesiar o embotar la percepción del resto de miembros del colectivo. Y en medio, tenemos a los sujetos que dan respuesta parcial a la primera y la segunda de las preguntas.

Planteado el problema en estos términos, la solución es, necesariamente, cuantitativa y difícil de cifrar con precisión, lo cual no es en absoluto necesario: hoy por hoy, la evidencia indica que son mayoría. Pero no podemos finalizar el análisis sin aplicarnos la misma vara de medir y preguntarnos si los errados somos «nosotros»: ¿es verdaderamente la realidad «cada vez más» cuestionable? O, como mínimo, ¿es actualmente la realidad muy, pero que muy cuestionable?

Intentaré responder las últimas cuestiones con una experiencia personal, salvando la subjetividad inherente: el primero de Mayo, Día Internacional del Trabajo, tuvimos que ofrecer una comida a un familiar que se había desplazado a Barcelona desde la meseta por asuntos que no vienen al caso. Tras reservar mesa en un restaurante cercano a nuestra espléndida playa urbana, tuvimos que dar un enorme rodeo debido al corte de tráfico provocado por la manifestación sindical centrada en la crisis y en los ¡seis millones! de parados. Ya nos resultó extraña la enorme caravana de vehículos que parecían dirigirse todos ellos a nuestro restaurante o, por aproximación, a la playa. Pero las sorpresas no acabaron aquí. La masificación en la zona era total. Todos los restaurantes –y los hay por docenas– llenos, con gente esperando en la calle. Los aparcamientos estaban también llenos, así como los chiringuitos de la playa. También todas las terrazas de los bares, todos allí con el solecito y la cervecita.

Y a todos los presentes, a todos «nosotros», se nos antojó una realidad muy, pero que muy «cuestionable», y nos pasamos la comida –iniciada una hora tarde debido a la manifestación– «filosofando», con lo que verificamos satisfactoriamente la proposición inicial.
 
Posdata: Hoy, en la playa de Castelldefels, «nosotros» lo hemos verificado de nuevo: no había forma de aparcar y todos los chiringuitos y restaurantes estaban llenos a rebosar. Realidad «cuestionable» de la buena. Y seguimos filosofando.

La realidad AUMENTADA!!!

La realidad AUMENTADA!!!
La realidad aumentada (RA) es el término que se usa para definir una visión directa o indirecta de un entorno físico del mundo real, cuyos elementos se combinan con elementos virtuales para la creación de una realidad mixta en tiempo real. Consiste en un conjunto de dispositivos que añaden información virtual a la información física ya existente, es decir, añadir una parte sintética virtual a lo real (Wikipedia).

Resalto: «añadir una parte sintética virtual a lo real». Éramos pocos y parió la burra. Al sin-número de realidades (des)conocidas (subjetiva, percibida, construida, la "de verdad", virtual, etc.) viene ahora a sumarse la realidad "aumentada", de la cual empezaré concluyendo que en realidad -valga la redundancia- me parece una especie de realidad notablemente "disminuida". Wikipedia finaliza su descripción con un revelador «Recientemente, el término realidad aumentada se ha difundido por el creciente interés del público en general». Por lo tanto, podemos considerar el revolucionario concepto como un indicador de la creciente estupidez humana.

El nunca suficientemente bien ponderado Steve Jobs sentenció «El público no sabe lo que quiere hasta que no se lo enseñas». En línea con este sabio principio, como prueba de que su espíritu sigue entre nosotros, en el Barcelona Mobile Congress hemos podido observar la gran novedad de unas gafas que nos mostraban en 3D lo que captaba la cámara del teléfono móvil. ¿Realidad aumentada o estupidez? ¿Acaso la "realidad" no se ve mucho mejor sin móvil ni gafas? ¿Saben que el ojo humano tiene una resolución superior a 120 megapixels?

Mi impresión es que avanza de forma imparable la colonización de la realidad mental, el último reducto de la libertad. Cada vez está más amenazada la libertad de pensamiento, gracias a la cual podemos pensar en lo que nos da la gana y abstraernos del agresivo y alienante entorno físico creando nuestra propia realidad o ponderando la impuesta. Observemos las señales: omnipresentes pantallas de TV cada vez más grandes (aumentadas!!!) con conexión a Internet, nuestros datos personales en "la nube", realidad "aumentada", gafas 3D, interactividad engañosa (de hecho, es unidireccional), generalización de las redes "sociales", interesada y perversa defensa del componente "liberador" e "igualitario"de la red, etc., etc.

Me pregunto: Si hasta la realidad es ficción... ¿qué demonios nos queda?
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¿Qué es La Verdad?

¿Qué es La Verdad?
Este ejercicio de reflexión propone un modelo gráfico que muestra el papel que juegan los principales conceptos que intervienen en la respuesta, así como sus inter-relaciones, conformando un sistema cerrado de procesos elementales que pueden ser analizados independientemente. El modelo permite, asimismo, aventurar una respuesta resumida y concreta a la espinosa pregunta.

Empezaremos estableciendo las premisas en las que se basa todo lo que sigue:
  • El planteamiento presupone la existencia de la Verdad. El mero hecho de preguntar por la esencia, por qué “es", lo confirma (ya defendimos en otro escrito que no puede existir Esencia sin Existencia).
  • El alcance del modelo es siempre global, refiriéndose al sumatorio de todos los elementos que pertenecen a los tres conjuntos que lo componen (esta premisa se detalla en la descripción específica de cada uno de ellos). Como resultado de este planteamiento, consideramos sujeto activo y pasivo del modelo al género humano en su totalidad.
  • Conceptualmente, el modelo considera la Verdad como resultado del cuestionamiento permanente de la realidad percibida, cuestionamiento que, en opinión del autor, representa la base de la Filosofía, representado por el planteamiento y búsqueda de respuesta a las omnipresentes preguntas referidas a la Esencia (verbo "ser") y a la Existencia (verbo "estar"): ¿Qué (es)?, ¿Cómo (es)?, ¿Porqué (es o está)? y ¿Dónde (está)? En resumen, de lo que se trata es de resolver el sabio dicho popular de que "las apariencias engañan".







No se requiere una sagacidad especial para bautizar el modelo: lo hemos llamado "Las tres realidades", representada cada una ellas por un círculo, de diámetro constante, que contiene todos los miembros del conjunto. En el modelo, la posición relativa de cada uno de ellos establece, en su intersección, la magnitud de la Verdad. Describamos ahora cada una de las tres "realidades":

REALIDAD: Es la Realidad existente, tal como es y está. Existencia y Esencia que, en gran medida, nos está y, probablemente, nos estará siempre, vedada. Al margen de su contenido "por naturaleza", tiene una única y minúscula entrada: La fabricación de artefactos humanos. Cuenta también con dos salidas: la percepción y la inducción.

Realidad percibida: Representa la realidad tal y como "nos parece" que es. Tal y como la percibimos con nuestros sentidos. Por ello, la debemos definir como interior y pasiva. Somos meros espectadores, observadores pasivos de algo que nos proporciona nuestra mente como interpretación subjetiva de los estímulos externos. Nos da respuestas, frecuentemente no buscadas, a las preguntas ¿Qué (es)? y ¿Dónde (está)? En resumen, percibimos los "efectos" de la Realidad existente sobre nuestros sentidos. Tiene dos entradas, la percepción y la verificación, y una salida, la deducción.

Realidad construida: Representa la realidad tal y como "creemos" que es. Incluye todas las construcciones humanas orientadas a responder a las preguntas ¿Cómo (es)?, ¿Porqué (es así)? y ¿Porqué (está ahí)? Por lo tanto, se trata de una realidad activa, de una construcción, en la que somos los actores principales. Forma parte de esta realidad todo el cuerpo de conocimientos científicos (verificados o no) y tecnológicos así como la totalidad de corrientes de pensamiento filosófico y las religiones. En resumen, investigamos y concluimos, a veces erróneamente, las "causas" de lo percibido. Cuenta con dos entradas, deducción e inducción y dos salidas: verificación y fabricación.

Pasemos ahora a analizar los procesos e interacciones del modelo, representados por las flechas:

Percepción: Es el proceso por el que la REALIDAD existente alimenta la Realidad percibida. Tal y como se ha comentado anteriormente, se trata de un proceso pasivo en el que interviene la mente como intérprete de los estímulos energéticos externos. Por la subjetividad inherente, en la mayoría de ocasiones, presenta una realidad ficticia, una aproximación eficaz y eficiente para el sujeto perceptor, orientada, fundamentalmente, a asegurar su supervivencia. Es un proceso unidireccional, sin ningún tipo de realimentación.

Deducción: Mediante este proceso, la Realidad percibida nutre a la Realidad construida de los datos que le permitirán, a partir de la experiencia, deducir, indistintamente, teorías científicas, filosóficas o religiosas que den respuesta a las grandes cuestiones pendientes. En este método "deductivo", la Realidad percibida empuja ("push") al conocimiento, mientras que en el método "inductivo", que analizaremos más adelante, es el conocimiento el que tira ("pull") de la REALIDAD existente.






Verificación: Fluye desde la Realidad construida hacia la Realidad percibida y su objetivo es validar con la experiencia las teorías e hipótesis, generadas por cualquier método, con el loable propósito de convertirlas en Leyes o de demostrar su falsabilidad para descartarlas sin más.

Inducción: Se trata del proceso abstracto y creativo por excelencia. La REALIDAD está ahí (en el exterior o en el interior del ser humano) y es como es, pero, si no la hemos percibido o construido, ignoramos todo sobre ella. A pesar de ello, sin evidencia alguna, se especula sobre su esencia y existencia construyendo chabolas y edificios en todas las ramas del conocimiento que satisfagan el ansia congénita de saber del ser humano. Muchos de ellos, mediante la verificación experimental, se convertirán en Leyes básicas, pero otros quedarán relegados a la categoría de mitos o creencias, lo que no impedirá que todos ellos se incorporen al acervo global del conocimiento. El que sean o no verdaderos, ya se verá. De hecho, en este momento del análisis, importa poco.

Fabricación: La ciencia teórica y su derivada práctica, la tecnología, propician la fabricación de toda clase de artefactos físicos que se incorporan a la REALIDAD existente. Evidentemente, todos ellos serán reales y percibidos como tales por los miembros del conjunto que los conozcan y los utilicen. Y a pesar de la subjetividad de la percepción, un automóvil es un automóvil, circula, nos puede atropellar y si el fabricante lo pinta de color verde, el comprador lo verá de color verde (daltonismo aparte). En resumen, la fabricación representa una infinitésima parte de la Verdad, concepto que, por cierto, todavía no hemos definido.

Nos queda la parte final del análisis, las intersecciones entre los distintos conjuntos. A pesar de que el modelo gráfico es autoexplicativo las vamos a glosar brevemente:

REALIDAD: Representa la parte de Esencia y Existencia ignorada, que se encuentra virgen y disponible para ser accedida por nuestro conocimiento. No ha sido percibida ni se ha incorporado a construcción intelectual alguna.

Realidad percibida: Por no interseccionar con la REALIDAD existente ni con la Realidad construida, corresponde a fantasías, ilusiones, sueños o utopías creadas por el propio individuo sin base alguna que las sustente.

Realidad construida: Su alejamiento de la REALIDAD existente y de la Realidad percibida la convierte en una colección de teorías, hipótesis y especulaciones pendientes de verificación. Representa el embrión del conocimiento, el primer estado, absolutamente necesario para el progreso.

Realidad percibida + construida: Representa la parte del conocimiento humano, es decir, de la cultura, mitos y creencias, incluidas religiones, que no se corresponden con la REALIDAD existente.

Realidad construida + REALIDAD: Por no ser accesible a la Realidad percibida, se trata de una Realidad confinada a las élites, para eruditos o iniciados, para los creadores. La podríamos calificar de ejercicio de musculatura intelectual que, si se mantiene deliberadamente en este estado, solo puede responder a intereses perversos absolutamente impresentables. Todo conocimiento del que se tiene constancia de (o se supone) que se corresponde con la REALIDAD debería ser inmediatamente puesto a disposición de la Realidad percibida para su verificación o su incorporación al acervo colectivo.

Realidad percibida + REALIDAD: Toda percepción acertada de la REALIDAD que no esté soportada por una Realidad construida, que no tenga respaldo intelectual, sólo puede ser producto de una excepcional intuición. Excepcional, pero posible. Improbable, pero posible. Por esto tiene su espacio en el modelo.

Conclusiones:
Entonces, ¿Qué es la Verdad?: Según nuestro modelo, la Verdad sería el conjunto intersección de los conjuntos REALIDAD existente, Realidad percibida y Realidad construida, representado gráficamente por el área común. Por lo tanto, la Verdad absoluta, la máxima Verdad posible, toda la Verdad, estaría representada por la coincidencia o superposición de los tres círculos. Ni que decir tiene que, en nuestra modesta opinión, esta condición es absolutamente inaccesible. Representaría reducir a cero la omnipresente incertidumbre. Por lo tanto, conceptualmente, defendemos que la Verdad sólo tiene validez en dominios restringidos.

En otras palabras, el esquivo concepto de Verdad aparece cuando se da la coincidencia de las tres Realidades. Es decir, cuando la Realidad percibida está respaldada por la Realidad construida y se corresponde con la REALIDAD existente. Hacemos notar que el sujeto del modelo, el conjunto principal, es la Realidad percibida. Es ésta la que debe ser validada por las otras dos: la construida, dependiente absolutamente de los esfuerzos e inquietudes del género humano, y la REALIDAD existente, inmutable por naturaleza, excepción hecha de las migajas aportadas por la fabricación de cachivaches tecnológicos.

Probablemente, no hemos descubierto la rueda, pero creemos que el hecho de modelizar gráficamente un sistema formado por estas tres realidades ha servido para refrescar ideas y establecer relaciones simples entre conceptos complejos en un esfuerzo combinado de análisis estructurado y de síntesis reveladora. Egoísticamente hablando, debo decir que a mí me ha servido. Si también ha resultado útil para algún lector, el esfuerzo habrá valido la pena.

Por último, apuntar que, con toda seguridad, con el modelo gráfico hubiera sido suficiente. Pero lo escrito, escrito está. Terminemos con la respuesta concreta a la cuestión planteada: ¿Qué es La Verdad?

"La Verdad es la coincidencia de la percepción con el conocimiento y la realidad existente".