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El gusto por escapar del Nihilismo




La filosofía nació una tarde en Mileto, cuando un hombre de nombre oscuro, Tales, se atrevió a desviar la mirada del mito y a plantarla sobre el agua. No el agua sagrada de los ritos, no el agua bautismal ni la del diluvio: el agua húmeda, el agua que moja, el agua de la sed y del naufragio. Ese gesto, buscar un principio único, un arché que explicara lo diverso sin recurrir a dioses coléricos, fue el acto fundacional de una disciplina que desde entonces no ha dejado de preguntarse lo mismo: ¿qué hay detrás de lo que hay? El error de Tales no fue equivocarse de elemento; fue creer que la respuesta era simple. La filosofía nació con ese error, y también con ese acierto: la intuición de que lo real puede ser pensado, de que el caos aparente esconde una armonía, de que el logos humano puede dialogar con el logos del mundo.

Heráclito lo supo mejor que nadie. Vio el fuego donde Tales había visto el agua, pero sobre todo vio el cambio. No te bañas dos veces en el mismo río, dijo, y en esa frase se encierra toda la lucidez y toda la impotencia de la filosofía. El acierto: todo fluye, nada permanece, la realidad es proceso y no sustancia, devenir y no estanque. El error: creer que esa visión servía de consuelo. Parménides, su antagonista, cometió el error opuesto: negó el movimiento, negó la pluralidad, negó el tiempo, y en esa negación construyó una fortaleza de mármol lógico donde el Ser era uno, inmóvil, perfecto. Nadie le creyó del todo, pero su hazaña fue inolvidable: había inventado la deducción, había mostrado que la razón podía edificar mundos sin salir de sí misma. La filosofía aprendió entonces que pensar es también construir, y que construir exige a veces derribar lo evidente.

Sócrates fue el gran punto de inflexión, la bisagra que separa el cosmos del alma. Antes de él, los filósofos miraban las estrellas; después de él, miraron la conciencia. Su acierto fue colosal: la virtud se puede enseñar, la verdad habita en el interior, la vida no examinada no merece ser vivida. Su error fue creer que la razón bastaba para vencer a las pasiones, que saber lo bueno era suficiente para hacerlo. La cicuta que bebió no era razonable; era amarga y definitiva. Platón, su heredero, cometió el más bello de los errores: duplicar el mundo. Inventó un reino de Ideas perfectas, de Caballos en sí, de Justicias que no envejecen, y nos condenó a vivir como sombras que recuerdan vagamente la luz. Fue un error, sí, pero tan fértil, tan sublime, que aún hoy, cuando decimos amor platónico, seguimos habitando su mentira. Aristóteles corrigió a su maestro con la paciencia del biólogo: bajó las ideas a la tierra, las metió dentro de las cosas, las llamó formas. Y con ese gesto inauguró la ciencia, la lógica, la ética como hábito y no como éxtasis. Su error fue creer que todo podía clasificarse, que el mundo era un herbario ordenado, que la naturaleza no daba saltos.

Luego vino el largo paréntesis, la hipnosis medieval, que no fue un error sino un milagro: la filosofía se arrodilló ante la teología, y en esa genuflexión halló una hondura que los griegos no conocieron. Agustín de Hipona hizo del tiempo un problema íntimo: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo, no lo sé. Tomás de Aquino, con una humildad de arquitecto, construyó una catedral de argumentos donde Aristóteles y la Biblia se daban la mano. El error de la escolástica fue creer que la fe necesitaba pruebas; su acierto, obligar a la razón a afilarse contra lo invisible.

Descartes llegó con la duda como quien llega con una espada. Pienso, luego existo, fue el acierto más rotundo y el error más sutil de la modernidad. Acierto: fundar el conocimiento en la certeza del yo, liberar a la razón de toda tutela. Error: escindir el mundo en dos, dejar la materia de un lado y el espíritu del otro, inaugurar un dualismo que aún nos persigue. Spinoza intentó enmendar ese error con una idea tan bella como terrible: Dios es la naturaleza, la naturaleza es Dios, y nosotros somos modos finitos de una sustancia infinita. No hay libre albedrío, pero hay una libertad más alta: comprender que todo es necesario. Leibniz, con sus mónadas sin ventanas, quiso reconciliar lo simple con lo múltiple, y acabó postulando el mejor de los mundos posibles, que Voltaire destrozó con una carcajada y un terremoto. Hume los despertó del sueño dogmático y también nos despertó a todos: la causalidad no es una ley del mundo, es una costumbre de la mente, un hábito de esperar que el sol salga mañana porque ayer también salió.

Kant fue el gran mediador, el que puso límites a la razón para hacerle sitio a la fe, el que distinguió el fenómeno del noúmeno, lo que aparece de lo que es en sí. Su acierto fue poner al sujeto en el centro del conocimiento; su error, dejar lo real para siempre fuera de nuestro alcance, como una patria imposible. Hegel, poseído por una ambición sobrehumana, quiso tragárselo todo en el Espíritu Absoluto: la historia, la naturaleza, el arte, la religión. Todo era dialéctica, tesis, antítesis, síntesis. Fue un acierto comprender que la verdad es proceso, que la contradicción no es un defecto sino un motor. Fue un error creer que el proceso había terminado con él.

Schopenhauer desgarró el velo y encontró debajo la Voluntad: una fuerza ciega, insaciable, que nos empuja a desear lo que nunca tendremos y a aburrirnos cuando lo tenemos. Su acierto fue mirar de frente el sufrimiento; su error, creer que la única salida era la renuncia. Nietzsche tomó esa Voluntad y la transmutó en Voluntad de Poder. Mató a Dios y nos dejó solos con nosotros mismos. Su acierto fue devolvernos la inocencia del devenir, la belleza de la tierra; su error fue subestimar la necesidad humana de arrodillarse. El siglo XX heredó ese cadáver divino y lo lloró de muchas maneras.

Husserl quiso volver a las cosas mismas, suspender los prejuicios, describir la conciencia tal como se da. La fenomenología fue un acierto: el mundo es mundo para mí, vivido, intencional. Pero el error fue creer que había un yo puro que pudiera contemplar sin manchar. Heidegger, su discípulo infiel, cambió la pregunta: no qué es el ser, sino qué significa ser. El Dasein, ese ente que somos, es proyecto, es tiempo, es arrojado a la muerte. Su acierto fue devolver la filosofía a la finitud, a la angustia, al cuidado. Su error fue el silencio, y luego la palabra equivocada en el momento más oscuro.

Sartre radicalizó la libertad: estamos condenados a ella, no hay excusas, no hay esencias previas. Esa lucidez fue un acierto; pero su error fue no ver que la libertad absoluta puede ser un peso insoportable, y que a veces el refugio en los determinismos es una forma de piedad. Camus miró el absurdo sin pestañear y decidió imaginar a Sísifo feliz. Fue un acierto poético, pero un error lógico, y precisamente en esa imposibilidad reside su belleza.

Y luego llegaron los que desconfiaron del edificio entero. Wittgenstein, con su escalera que se tira tras haber subido, mostró que muchos problemas filosóficos no son problemas, sino nudos del lenguaje. Su acierto fue curativo; su error, creer que la filosofía podía curarse del todo. Deleuze, con su rizoma, sus devenires, sus desterritorializaciones, quiso liberar el pensamiento de la identidad, de la representación, de la jerarquía. Su acierto fue afirmar la diferencia, la multiplicidad, la vida como flujo creador. Su error fue quizá el de todos los profetas: creer que el desierto florecerá solo porque lo deseamos. Derrida, con su différance, su deconstrucción, su escritura que nunca alcanza la presencia plena, nos mostró que todo texto se desborda, que todo centro se descentra, que toda verdad es huella y no origen. Su acierto fue desenmascarar las jerarquías que se disfrazan de naturaleza. Su error fue, a veces, volverse él mismo una jerarquía indescifrable.


La filosofía, vista desde lejos, es una conversación de veintiséis siglos entre personas que no se ponen de acuerdo. Es un diálogo de sordos geniales, una torre de Babel donde cada cual habla su propia lengua y sin embargo, milagrosamente, algo se entiende. Sus aciertos son las preguntas, no las respuestas. Sus errores son sus respuestas, que siempre llegan demasiado pronto o demasiado tarde. Pero sin esos errores no habría aciertos: la refutación es la forma filosófica del amor, y cada pensador muere para que otro nazca.

Lo más humano de la filosofía es que no sirve para nada y sirve para todo. No calma el hambre, pero da razones para comer o para ayunar. No evita la muerte, pero enseña a mirarla sin tanto miedo. Lo más general de la filosofía es que habla del ser, de la nada, del tiempo, de la verdad, palabras que nos pertenecen a todos porque a nadie pertenecen. Lo más particular es que cada filósofo ha vertido en sus libros su propia sangre, su insomnio, su herida, su amor. No hay sistema sin biografía. Detrás de la Crítica de la Razón Pura está el señor Kant, hipocondríaco y metódico, que nunca se alejó de Königsberg. Detrás del Zaratustra está el solitario de Sils-Maria, bailando desnudo y abrazando caballos.

Por eso la filosofía es familiar y a la vez ajena. Nos habla de lo que somos, pero con palabras que no son las nuestras. Nos promete sabiduría, pero nos entrega perplejidad. Nos tienta con la verdad, pero nos deja solo su búsqueda. Quizás en eso consista su secreto: la filosofía no es un saber, sino un modo de habitar la ignorancia. La ignorancia de Tales, que se cayó en un pozo por mirar las estrellas. La ignorancia de Sócrates, que sabía que no sabía. La ignorancia de todos nosotros, que seguimos preguntando, que seguimos leyendo, que seguimos buscando, no porque esperemos respuesta, sino porque la pregunta, solo la pregunta, nos hace un poco más vivos y un poco más humanos.

Manifiesto de la herida fecunda






(Para los que aún pueden sentir el filo)


1. Diagnóstico del presente


Vivimos en la época del gran encapsulamiento. Nunca ha habido tanta conexión técnica y tanta desconexión vital. Los flujos circulan a velocidad infinita, pero siempre vuelven al mismo embudo: el de la mercancía, la deuda, el rendimiento. Nuestros cuerpos son segmentados hasta el hueso: trabajo aquí, consumo allá, ocio programado, sueño vigilado. Las almas son medidas por algoritmos que saben de nosotros más que nosotros mismos. Y sin embargo… algo se resiste. Algo pica, raspa, duele. Eso que duele es la herida. No la herida como falta, sino como exceso. Como esa parte de nosotros que no entra en ningún casillero, que no se deja codificar, que sigue siendo intensidad cuando todo nos empuja a la inercia.


2. Crítica de los falsos afueras


Durante décadas nos vendieron líneas de fuga prefabricadas: la revolución que nunca llega, la espiritualidad de supermercado, la rebeldía embotellada en botellas de marketing. El narcotráfico, la guerra, el suicidio. También ellos son presentados como fugas, pero son trampas. No hay afuera del capitalismo, dicen unos. No hay afuera, punto, dicen otros. Pues bien: si no hay afuera, que lo haya aquí. Que la fuga sea inmanente. Que la grieta se abra en el pavimento mismo del sistema, no en un más allá imaginario. La tarea no es irse del mundo, sino hacer que el mundo se vuelva inhabitable para sus propios amos.


3. El cuerpo sin órganos como territorio de insurrección


No queremos cuerpos sanos. Queremos cuerpos intensivos. El cuerpo sin órganos no es un ideal: es una práctica cotidiana. Se construye cada vez que usamos una parte del cuerpo contra su función asignada: los ojos para llorar sin motivo, las manos para acariciar sin intercambio, la boca para cantar palabras que no venden nada. El CsO es una máquina de guerra contra el organismo social, contra la segmentariedad, contra el trabajo como deuda. Quien protege sin esperar nada a cambio ya está operando en CsO. Quien crea sin pedir permiso ya está desterritorializando.


4. La meseta como modo de organización


Abajo las jerarquías, las pirámides, los árboles. Arriba el rizoma. No queremos partidos con programa, ni sindicatos con burocracia, ni asambleas que reproducen el poder en espejo. Queremos mesetas: regiones de intensidad donde se conectan saberes, afectos, gestos. Un taller de escritura con una huerta comunal. Una red de cuidados mutuos con una imprenta clandestina. Un archivo de memorias heridas con un estudio de danza. Todo puede conectarse con todo, no por eclecticismo, sino por necesidad. Porque el capitalismo separa; nosotros unimos. Porque el Estado fragmenta; nosotros rizomamos.


5. El cuidado sin Bestand como virtud central


La política del siglo XXI no será del honor, ni del deber, ni de la utilidad. Será del cuidado. Pero cuidado sin fondo, sin reserva, sin cálculo. Cuidado como técnica del cuerpo sin órganos: dar sin esperar retorno, proteger sin poseer, acompañar sin dirigir. Se aprende cuidando, y se cuida aprendiendo. No hay manual, no hay protocolo, no hay aplicación. Hay el gesto que surge de la herida compartida. Por eso nuestro manifiesto no proclama derechos sino intensidades: derecho a ser frágil, derecho a no ser productivo, derecho a la desobediencia del deseo.


6. El trabajo que deviene creación


No aboliremos el trabajo, porque el trabajo puede ser fiesta. Aboliremos el trabajo como mercancía. Separaremos la actividad creadora del valor de cambio. Todo trabajo que no produce intensidad es trabajo muerto; todo trabajo que no conecta con otros cuerpos es trabajo vacío. Por eso apoyamos las ocupaciones de fábricas para convertirlas en laboratorios artísticos, las huelgas que exigen tiempo para la vida, las cooperativas que miden su éxito por la alegría de sus miembros y no por el beneficio de sus accionistas. El pleno empleo no es meta: el pleno deseo, sí.


7. Contra el sujeto propietario: hacia la propiedad de los encuentros


Hemos sido educados en el fetichismo del sujeto: mi cuerpo, mi conciencia, mi obra, mi amor. Esa lógica conduce al orgullo, la envidia, la guerra de todos contra todos. Propugnamos una inversión radical: lo que importa no son los sujetos sino los entre. El encuentro es la unidad política elemental. Una amistad que dura años es más relevante que cualquier declaración de principios. Un grupo que se reúne para leer poesía y llorar juntos es más subversivo que un comité central. Por eso nos importa menos quién habla y más qué circula entre quienes hablan. La firma del manifiesto es colectiva, porque la autoría es siempre un robo. Lo escribió la herida, no yo.


8. La angustia como potencia


No le tememos a la angustia. La angustia no es enfermedad, es el precio de la desterritorialización. Es lo que sentimos cuando los códigos se rompen y todavía no hemos construido otros. Es el vértigo del deseo sin objeto. La angustia no se cura con ansiolíticos ni con autoayuda ni con trabajo. Se habita, se atraviesa, se comparte. Por eso nuestras asambleas no empiezan con un orden del día sino con una pregunta: ¿qué te duele hoy? La respuesta abre la sesión. Porque de las heridas, bien administradas, brota el futuro.


9. Llamado a la experimentación


No prometemos paraíso. Prometemos intensidad. No garantizamos victoria. Garantizamos lucha. El enemigo es gigantesco: capital financiero, Estados vigilantes, subjetividades colonizadas. Pero también nosotros somos muchos, más de los que las estadísticas dicen. Estamos en las depresiones que no se calman con pastillas, en los amores que no caben en el matrimonio, en los trabajos que hacemos a escondidas del patrón, en los sueños que no le contamos al terapeuta. Solo falta un gesto, una palabra, una mano tendida. Este manifiesto es ese gesto.


10. Final abierto


No hay punto final. Hay puntos de fuga que se multiplican. Alguien leerá esto y lo encontrará confuso. Otro lo encontrará obvio. Lo importante no es el texto, es lo que ocurre entre el texto y su lector, entre el lector y otro lector, entre ese otro y su vecino. La política no es aplicable, es experimentable. Así que experimentemos. Juntémonos en cualquier lugar, a cualquier hora. Hablemos de lo que duele, de lo que alegra, de lo que aún no sabemos hacer. Esa conversación será la célula del nuevo mundo. No un mundo ideal, no un mundo puro. Un mundo herido, sí. Pero un mundo donde la herida sea el umbral de lo posible.


Firmado: la avispa, la orquídea, el rizoma, la meseta, el cuerpo sin órganos, las líneas de fuga, y usted que lee... porque ya es parte de lo que viene.

Cuando lo real es, no soy


Cuando lo real es, no soy.


El misterio es un lujo que el sujeto no puede permitirse, porque el sujeto solamente puede actuar en lo simbólico. Con esto en mente, sólo nos podemos mover a través del plano de las ficciones, por ello su importancia. No es que lo inventado pueda representar la realidad, pero es con lo único que se puede trabajar. Escribo sobre todo tipo de ficciones, pero hay ficciones más reales que otras, aunque nunca puedan ingresar en el territorio de lo real; es que lo inventado desde los primigenios gritos, proviene desde un acercamiento más genuino con lo real. Y si, lo real seguirá apareciendo, pero lo constitutivo de la estructura de nuestro ser fue nuestro primer roce con este abismo; no podemos ser otro sujeto, ya somos este. Esto no involucra que los individuos no puedan cambiar, pero sólo pueden cambiar a través de la variabilidad de sus propios significantes. 


La ficción correcta es la que le permita convivir con sus muertos sin matar su deseo, la que lo haga disfrutar de su goce particular, pero que no lo destruya, porque su deseo nunca ha sido suyo, su deseo siempre ha sido el deseo del Otro. Todo goce destruye, y le destruyó. 

Creer que el deseo nos pertenece es enfermedad, saber que no nos pertenece es una especie de liberación, de exorcismo del fantasma, es un segundo de sanación. Pero cuidado, conocerse es una guerra permanente (soy un campo de batalla decía Nietzsche), el inconsciente encontrará otras maneras, nuevas maneras, de hacerle caer en la repetición, es ésta la enfermedad y la sanación (Hermetismo). Esta guerra no es una guerra abierta, es una guerra de guerrillas en donde sus lapsus volverán cuando les plazca. La vida de las personas está estructurada como una neurosis para no enfrentarse a otros tipos de deseos desconocidos, y así evitar la pregunta más aterradora: ¿Qué sería de mí si fuera feliz? Usted es la neurosis. 


El psicoanálisis no busca sanar la neurosis, ya que sin ella se acaba el individuo, lo que busca es transformar su economía, para que no se haga bucle, sino un laberinto con una salida posible, un puente en el estrecho de un abismo. Este cambio en la gestión de las energías comunicantes puede ser capaz de transformar al sintomático y volverle potencialmente una persona sana. Que las palabras no tropiecen, que no se estanquen y se pudran, que se pueda decir algo nuevo con respecto a usted mismo, algo original y liberador. Misma neurosis, distinta economía, de la repetición mortífera a la variación creativa. Este es el único milagro. 


No busque un amo. La dialéctica del amo y del esclavo se manifiesta en el inconsciente. No busque ser alguien, busque ser usted. En este proceso vivirá el encuentro con su verdadero deseo, no rehúya de él, es lo único verdadero que tiene en este mundo, pero debe enfrentarse a su imposibilidad y descomponerlo para que siga funcionando en síntomas menos dañinos. Elija usted los objetos de destrucción, no debe permitir que éstos le elijan a usted. Supongo que este es el único secreto. Todo lo sintomático que le afecte realmente en la conclusión de su deseo debe desnudarse hasta poder vislumbrar la falta, llorar frente a ella; es la brújula hacia la única posibilidad de vida plena, de vida autentica. Que el mar de la vida no hunda su barco, elija usted la forma de naufragar. Es la única libertad. 


Pero mostrarse dueño de significantes no es la solución, es solamente un camino. Se debe reconocer que esto también es una ficción, por lo tanto no se puede habitar. Se puede habitar la pregunta, lo que hace más llevadero el peso del mundo. Cuando encuentre el abismo de su falla no intente taparla, debe dejar que ésta respire. Cree puentes, haga sus estructuras, pero sepa que la rasgadura no se zurce, es el lugar desde donde producir el lenguaje genuino.


 Sepa esto de antemano: Usted es una falla. Usted es una falta. 


Se debe reconocer que estar enfermo de una manera particular, fue la oportunidad que nos dio la realidad para no morir, la enfermedad no es una enemiga, fue una solución imperfecta que encontró nuestra mente, y que se guardó en el inconsciente para no desaparecer ante lo real. Ergo, se trata de curar el síntoma entendiendo para qué era necesario. Ame la roca, la elección de tener que empujarla antes de ser aplastado es la única que le pertenece, dado que esa fue la condición para existir. Los imposibles son los verdaderos deseos, los deseos que se pueden cumplir no pertenecen al orden sanatorio, pertenecen al orden de la repetición y el equívoco. Los deseos que nos mantienen a salvo son los que no se pueden cumplir, dado que el propio sujeto no se pudo cumplir a si mismo. El deseo que lo desea a usted es el verdadero deseo. 

No hay que hacer algo con la falta, es lograr que la falta haga algo por usted, para desear, para crear, para vivir.

“Viajes astrales” ¿Mito esotérico o problema filosófico real? Una reflexión onto-metafísica filosófica.

 

Esta introspección aborda el fenómeno conocido como ‘viaje astral’, entendido como la separación de la conciencia respecto del cuerpo físico. Lejos de reducirlo a una creencia sin fundamento, exploraremos cómo puede ser abordado desde las categorías ontológicas y metafísicas.


Esta introspección aborda el fenómeno conocido como ‘viaje astral’, entendido como la separación de la conciencia respecto del cuerpo físico. Lejos de reducirlo a una creencia sin fundamento, exploraremos cómo puede ser abordado desde las categorías ontológicas y metafísicas.

El fenómeno de los viajes astrales puede plantearse desde dos pilares fundamentales de la filosofía: La metafísica y la ontología.
La metafísica se encarga de estudiar la naturaleza del ser, mientras que la ontología se ocupa del ente, es decir, de lo que “es” en su manifestación material.

El concepto de un viaje astral genera unas interrogantesLa idea de que la conciencia pueda separarse del cuerpo físico, plantea un problema ontológico, ya que involucra al cuerpo como ente verificable (lo material), pero también metafísico, porque implica la existencia de un alma o conciencia inmaterial(el ser) cuya naturaleza escapa a lo empíricamente comprobable.

En este sentido, el viaje astral se ubica en la intersección entre el ente (cuerpo) y el ser (conciencia), lo que lo convierte en una cuestión filosófica legítima, no en una simple especulación esotérica.

Lejos de ser un caso de filosofismo, es decir, una PSEUDO-PREGUNTA sin contenido filosófico real, la interrogante sobre los viajes astrales apela directamente a dos categorías fundamentales del pensamiento: La ontología, al interrogarse sobre la naturaleza del cuerpo como ente verificable, y la metafísica, al preguntarse por la posibilidad de una conciencia que trascienda el cuerpo físico, es decir, por la existencia del ser en su dimensión inmaterial.

EL PROBLEMA FUNDAMENTAL RADICA EN QUE, SI BIEN EL ENTE CORPORAL ES VERIFICABLE EMPÍRICAMENTE, LA EXISTENCIA DEL VIAJE ASTRAL COMO FENÓMENO OBJETIVO NO LO ES. Esta imposibilidad de comprobación ha llevado a muchos a relegar la cuestión al perímetro de la experiencia subjetiva, más que al de una realidad ontológicamente constatable. Sin embargo, la posibilidad misma del viaje astral pertenece a la esfera de la metafísica, del mismo modo que lo hacen nociones como el alma o la existencia de Dios: SU VALOR FILOSÓFICO NO RESIDE EN SU VERIFICABILIDAD EMPÍRICA, SINO EN QUE PLANTEAN INTERROGANTES SOBRE LAS CONDICIONES DE POSIBILIDAD DEL SER.

Alejado de ser un simple producto de la especulación esotérica, se trata de una pregunta metafísica legítima, en la medida en que se reflexiona sobre la relación entre lo material y lo inmaterial. EL CUERPO PERTENECE AL ÁMBITO DE LA ONTOLOGÍA: Constituye un ente físicamente verificable, está sujeto a las categorías del espacio, tiempo y causalidad.

EL ALMA, EN CAMBIO, SE INSCRIBE DENTRO DE LA METAFÍSICA: Ya que su existencia no puede ser constatada empíricamente, pero plantea una interrogación válida y profunda sobre la estructura última de la realidad.
Ambos “CUERPO Y ALMA” remiten a distintos planos del ser, y por ello, toda reflexión que los vincule, como ocurre con la hipótesis del viaje astral, requiere necesariamente una mirada onto-metafísica, que contemple tanto lo material como lo inmaterial.

UNA VEZ DEFINIDO ESTO, EXISTEN CIERTAS INTERROGANTES.

Si la conciencia pudiera separarse del cuerpo en un viaje astral, significaría que el “yo” o la sustancia pensante tiene una existencia independiente, lo que tocaría temas como:

Si la conciencia se separa del cuerpo. ¿El “yo” se identifica con la mente, con el alma o con una síntesis entre ambos?

¿Puede la conciencia existir sin el cuerpo?

¿La conciencia extracorporal implica inmortalidad del alma?

¿Si la conciencia sobrevive sin el cuerpo, entonces podría sobrevivir también a la muerte?

¿Cuánto tiempo puede estar la conciencia fuera del cuerpo sin existir consecuencias en él?

¿La conciencia fuera del cuerpo percibe el tiempo de la misma manera?

 Estas podrían ser unas interrogantes (No necesariamente son todas las preguntas, pero de forma provisional serían una apertura)   

LO INTERESANTE DE ESTA PREGUNTA FILOSÓFICA ES QUE SE TENDRÍA QUE GENERAR UNA TERCERA CATEGORÍA, ANTE LOS DEBATES CLÁSICOS FILOSÓFICOS ENTRE CUERPO Y MENTE.

Como ejemplo, y tradicionalmente, Descartes propuso una dualidad en la que la res extensa (el cuerpo) y la res cogitans (la mente o conciencia) se presentan como dos sustancias distintas, pero complementarias. Sin embargo, la hipótesis del viaje astral sugiere que la conciencia podría, en cierto sentido, desprenderse y desplazarse independientemente del cuerpo físico, lo que va más allá de la mera separación cartesiana.

Se podría proponer una conciencia Extra-Corporal que va más allá del dualismo cartesiano. Donde están intrínsecamente vinculados, aunque sean sustancias distintas. El viaje astral plantea la posibilidad de una movilidad de la conciencia que trasciende esta conexión, sugiriendo que el “yo” o la sustancia pensante puede existir en un ámbito que no depende de la presencia física.

Esta dimensión Intermedia O tercera categoría: Implica que existe un nivel de realidad en el cual la experiencia subjetiva no se reduce simplemente a la función cerebral. En este sentido, podríamos hablar de una conciencia extracorporal que opera en un plano que trasciende el dualismo clásico. Si la conciencia puede existir sin el cuerpo, se reconfigura la idea de identidad personal. El “yo” se entendería no solo como un producto de la actividad cerebral, sino como una entidad capaz de operar en una dimensión que trasciende lo físico.

Es importante definir que el fenómeno del viaje astral se aborda únicamente desde la perspectiva ontológica y metafísica, sin apoyarse en la lógica formal ni en la ciencia empírica, dado que estos marcos teóricos son incompatibles por sus distintas naturalezas. No obstante, ello no invalida que se trate de una pregunta genuinamente filosófica y de un problema real dentro del ámbito del pensamiento filosófico.

 Adrián Valencia