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| El debate sobre la necesidad de una nueva ética como base para la verdadera libertad de la sociedad. |
“..Una ética”
En 1796, tres jóvenes pensadores alemanes formularon una pregunta que aún sigue siendo incómoda: ¿cómo debe estar constituido un mundo para ser libre? Esos tres jóvenes se llamaban Hegel, Hölderlin y Schelling, y compartían por entonces la convicción de que la crisis orgánica padecida por su tiempo exigía algo más que una forma de conocimiento convencional. Europa había entrado en una ruptura histórica de grandes proporciones y el viejo orden político y social comenzaba a perder la capacidad de conferir sentido a la vida común. La respuesta de estos tres jóvenes filósofos fue tan audaz como reveladora: antes que una nueva teoría del Estado, antes que una nueva doctrina política, era imprescindible comenzar por la recomposición del Ethos.
El texto en cuestión es conocido como el Primer programa del Idealismo alemán o, desde su publicación por Franz Rosenzweig en 1917, como el Programa más antiguo del Idealismo alemán. Su autoría ha sido largamente discutida: el manuscrito está escrito por Hegel, pero su contenido remite estrechamente a las ideas que por entonces compartían los tres jóvenes amigos, formados en el seminario de Tubinga. En todo caso, la cuestión acerca de quién elaboró las ideas o de quién sostuvo la pluma importa menos que la constelación conceptual de la cual el Program representa una auténtico planisferio.
Tenían poco más de veinte años. Europa atravesaba la conmoción abierta por la Revolución francesa y el viejo orden se deshacía a pedazos bajo la presión de nuevas ideas de libertad, razón y autonomía. El joven Idealismo alemán no limitó a interpretar la ruptura. Más bien, se dedicó a pensar lo que podría comenzar después del abismo. Por eso el texto comienza con una exhortación que no deja de sorprender: «..una ética». No una constitución, ni un programa económico, ni una nueva teoría del Estado, sino una ética. No se trata de una exigencia accidental. Porque el problema que el texto se propone resolver traspasa los límites de la mera la conciencia individual. La libertad no puede permanecer como una convicción interior, estoica: tiene que hacerse mundo, forma de vida, costumbre, cultura, institución, educación. Tiene que convertirse en realidad efectiva, es decir, en realización.
Una sociedad puede reconstruir los edificios derrumbados, resolver el problema de los servicios públicos, redactar leyes, modificar instituciones y sustituir gobernantes. Y sin embargo, puede seguir siendo incapaz de reconstruirse a sí misma. La crisis no consiste solamente en que determinadas instituciones o poderes públicos hayan dejado de funcionar. Consiste esencialmente en el debilitamiento del terreno espiritual sobre el cual la sociedad llega a reconocerse como mundo común. Es ahí donde comienza la corrupción de un pueblo. Tal parece ser el problema de fondo que Venezuela tendrá que afrontar si quiere pasar de la reparación de sus ruinas a la auténtica reconstrucción. La pregunta, entonces, trasciende los límites de quién llegará a ocupar el poder o de cómo se reorganizará el Estado. Se trata de una cuestión más radical: ¿qué tipo de sociedad debe constituirse para que la libertad vuelva a ser una experiencia efectiva de la vida común?
El término alemán que permite precisar esta cuestión es Sittlichkeit, que significa eticidad. No se trata de la moralidad, entendida como un conjunto de reglas que cada individuo debe observar privadamente. La eticidad comporta algo mucho más extenso: las formas objetivas de convivencia solidaria en las cuales las personas aprenden a ser libres porque participan de instituciones, costumbres, vínculos, saberes y responsabilidades compartidas. Una sociedad no posee eticidad porque sus ciudadanos conozcan muchas leyes, reglamentos o normas. Se posee eticidad cuando esas normas han adquirido realidad efectiva en las formas cotidianas de vida. De ahí que la pregunta por Venezuela no pueda limitarse a la simple recuperación de sus instituciones políticas. Es necesario preguntarse por las formas de vida que contribuyan a que las instituciones vuelvan a ser habitadas por ciudadanos y no por gansters.
Es por eso que la educación no puede seguir siendo comprendida como la abstracta adquisición de destrezas para ingresar al mercado laboral -aunque, sin duda, también se requieran profesionales, científicos, técnicos y trabajadores, de especialistas altamente calificados. Se trata de algo anterior y probablemente más profundo: ¿qué tipo de educación se requiere en una sociedad que tiene que volver a aprender a ser una sociedad? Un asunto, como se podrá observar, de naturaleza muy concreta: el depauperado sistema educativo venezolano subsiste bajo una fuerte presión acumulada por años: déficit de matrícula, resultados de aprendizaje insuficientes, profesores mal pagados y mal tratados, lo que genera escasez de profesores bien formados. Un diagnóstico publicado en 2026 estima que alrededor de 1,5 millones de niños permanecían fuera de la escuela a comienzos de 2024. Además la infraestructura educativa se halla en ruinas. El reciente make-up que intenta mostrar la recuperación de las edificaciones de la educación superior, oculta el agotamiento sistemático de un cuerpo profesoral que -a pesar de todo- se niega a renunciar a la enseñanza, la investigación y la extensión académicas.
En todo caso, se trata de comprender el problema como un asunto que trasciende lo meramente administrativo. Una escuela destruida se puede reconstruir. Una universidad puede recuperar sus laboratorios. Una biblioteca se puede volver a llenar de libros. Pero es mucho más difícil reconstruir aquello que hacía de la escuela una escuela o de la universidad una universidad: una experiencia de formación humana. Educar no solo significa transmitir información. Significa introducir a quien llega al mundo en la comprensión del mundo que es, además, la comprensión de sí mismo. Una formación y capacitación integrales que le permiten comprender y superar.
El Programa de aquellos tres jóvenes alemanes sigue siendo un reto, una provocación para el presente. Su horizonte no es el de la ética individual. Su proyecto avanza desde la comprensión de la naturaleza hasta la historia, el arte, la religión y la vida colectiva. En sus páginas, además, se hace presente la necesidad de una nueva mitología, capaz de hacer que las ideas filosóficas no permanezcan encerradas en la cabeza de unos pocos, sino que adquieran forma sensible y puedan convertirse en patrimonio de la ciudadanía. Pero no se trata de la prefabricación de mitos políticos, sino de que la sociedad vuelva a disponer de imágenes, símbolos, conocimientos y relatos capaces de expresar aquello que se tiene en común. Eso es lo que significa educación en sentido enfático.
Más allá de la instrucción o de la racionalidad técnica, la educación comprendida como Bildung, tiene que volver a ocupar el lugar central de cualquier proyecto serio de reconstrucción. No como capítulo subordinado a la economía, ni como ornamento cultural de un programa político, sino como condición de posibilidad de la vida pública.
La barbarie no comienza donde desaparecen las instituciones. Comienza donde las instituciones continúan existiendo, pero dejan de producir formación, confianza, transparencia, responsabilidad y sentido de pertenencia. Las leyes podrán seguir escritas, pero pierden sentido cuando dejan de constituir eticidad. La universidad puede conservar su nombre a pesar de haber perdido su Paideia. La escuela puede permanecer abierta: solo que ha dejado de ser el centro de gravitación del Ethos.
El Program permite comprender que reconstruir no significa regresar al punto desde donde comenzó la destrucción, ni en restaurar mecánicamente las formas anteriores de vida. La verdadera reconstrucción consiste en producir algo capaz de superar lo que hizo posible la ruina. Y fue por eso que aquellos tres jóvenes filósofos comenzaron por la ética, porque comprendieron que ninguna transformación política se puede sostener sin transformar las formas de vida. Venezuela tiene pendiente esta tarea. Es verdad que se tienen que reconstruir los servicios básicos, las carreteras, los hospitales, las escuelas, las universidades y los organismos públicos. Pero es imprescindible reconstruir las condiciones espirituales que permitan que los espacios ciudadanos vuelvan a ser lugares de encuentro, conocimiento y responsabilidad compartida.
Hace más de dos siglos, tres jóvenes pensadores se hicieron una pregunta fundamental frente a un mundo que comenzaba a resquebrajarse. No podían saber qué formas asumiría la historia que tenían por delante. Pero comprendieron algo que sigue siendo decisivo: cuando una época llega a un punto de ruptura, no basta con cambiar sus instituciones. Corresponde preguntarse por el ser humano que hay que formar y por el mundo en el que pueda reconocerse libre. Ese es el auténtico comienzo. No en el poder de las formas políticas, sino en el de la formación de un ser social capaz de habitar la libertad.

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