La ilusión del “pensamiento crítico”
“La idea de un método fijo o de una teoría fija de la racionalidad descansa
sobre una concepción excesivamente ingenua del hombre y de su entorno social”
P.K. Feyerabend, Contra el método
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| El pensamiento auténtico es inmanente y no depende de la aplicación de métodos rígidos. |
Entre los lugares comunes más difundidos de la cultura contemporánea se encuentra la exaltación del llamado “pensamiento crítico”. Universidades, instituciones educativas, organismos internacionales, programas de formación profesional y hasta las redes sociales, repiten cual estribillo la necesidad de formar individuos dotados de dicho pensamiento. Una expresión que, de hecho, se ha convertido en una suerte de contraseña intelectual cuya sola mención parece conferir prestigio y legitimidad a cualquier proyecto educacional. Y sin embargo, rara vez se interroga por el significado conceptual de semejante formulación. Y quizá, precisamente, allí radique su mayor debilidad.
Uno de los textos más importantes escritos por el joven Hegel, publicado en 1802 en el Kritisches Journal der Philosophie bajo el título de “Sobre la esencia de la crítica filosófica”, ofrece elementos de extraordinaria actualidad para poder abordar y comprender la cuestión que aquí se plantea. A pesar de haber sido escrito hace más de dos siglos, este ensayo permite advertir una dificultad que sigue acompañando al discurso contemporáneo: la tendencia a concebir la actividad crítica como una facultad separada del pensamiento mismo, como una especie de instrumento exterior destinado a evaluar contenidos previamente dados.
Lo que Hegel pone en cuestión es, justamente, semejante exterioridad. La crítica filosófica, sostiene Hegel, no puede constituirse como una suerte de tribunal situado por encima de la filosofía. Si existiera semejante instancia, habría que preguntarse inmediatamente quién juzga al juez y desde qué fundamento lo hace. La pretensión de una crítica exterior conduce inevitablemente a una regresión infinita o, peor aún, al dogmatismo de una autoridad que se arroga el derecho de determinar desde afuera las condiciones de la verdad. La crítica no es un ab extra, un procedimiento añadido al pensamiento. No es ni una técnica ni un instrumento. No es ni una metodología ni una operación suplementaria que se ejerce sobre contenidos previamente constituidos. La crítica es inmanente al movimiento mismo del pensamiento.
Por eso mismo, la expresión “pensamiento crítico” resulta equívoca, porque sugiere la existencia de un pensamiento que, además de pensar, comporta la crítica como un aditivo, una especie de añadido, algo que se le agrega al pensamiento para transmitirle cualidades de las que carece el pensamiento mismo. Empero, como se podrá comprender, semejante formulación introduce una separación artificial entre el pensamiento y la crítica. Si el pensamiento necesita volverse crítico para alcanzar la verdad, entonces habría que admitir la existencia de una modalidad previa de pensamiento que no lo es. Sin embargo, para Hegel, el pensamiento auténtico, el pensamiento propiamente dicho, ya contiene en sí mismo el momento constitutivo de la crítica. Y es que pensar significa precisamente eso: diluir lo rígido, la dureza de lo que se da por inmutable, lo que ha sido puesto y fijado, los prejuicios y presupuestos. En una expresión: hacer que lo que se ha vuelto estático recupere la fluidez. Confrontar las propias determinaciones, descubrir sus límites, atravesar sus contradicciones, producir nuevas configuraciones conceptuales: esp quiere decir pensar. La crítica no constituye ningún agregado del pensamiento porque la crítica es, ni más ni menos, el material del que está hecho el pensamiento.
Es por eso que el ensayo de 1802 puede leerse, además, como una crítica anticipada de toda concepción metodológica de la filosofía. Es por cierto el argumento central del ensayo de Paul Karl Feyerabend, Contra el método, de 1975, quien no fue, por cierto, un seguidor del pensamiento hegeliano. Pero, más allá de las diferencias, el concepto central consiste en afirmar que cuando la crítica se transforma en método, deja de ser crítica. Se convierte en una serie de procedimientos abstractos aplicados mecánicamente sobre contenidos externos. La reflexión queda, entonces, reducida a un conjunto de reglas formales cuya validez se supone independiente de aquello que pretenden examinar.
La consecuencia de esta transformación es la aparición de un espejismo, una inversión especular, que es característica de la modernidad, aquello que el Maestro Giulio Pagallo denunciaba como “la ilusión del método”. La observación recuerda inevitablemente las reflexiones de Spinoza en el Tratado de la Reforma del Entendimiento. Allí aparece el célebre ejemplo del “martillo del martillo”: así como los instrumentos materiales son producidos mediante otros instrumentos previamente elaborados, el entendimiento genera sus propios medios e instrumentos de conocimiento para garantizar confianza y seguridad al momento de conocer. Por eso, la ficción consiste en suponer que el método precede a la verdad, y que la verdad surge del método. Pero la verdad es que para Hegel -como para Aristóteles o Spinoza- el pensamiento produce sus propios criterios en el desarrollo de su actividad. No existe un conjunto de normas exteriores capaces de garantizar de antemano el acceso a la verdad. La verdad no es el resultado de la correcta aplicación de un determinado procedimiento o “protocolo”, sino del movimiento mediante el cual el contenido se despliega y se comprende a sí mismo. Se equivoca quien cree que puede aprender a nadar fuera del agua.
Por eso mismo, la filosofía no posee un método en el sentido habitual -mecánico o esquemático- del término. La única metodología que posee la filosofía es la filosofía misma, porque el único criterio que posee el pensamiento es el pensamiento mismo. El tribunal de la razón es la propia razón. Esta tesis adquiere una importancia particular en una época obsesionada por la producción de los “protocolos”, las metodologías, los indicadores, las tendencias algorítmicas y los dispositivos de validación. Con frecuencia se supone que la calidad del pensamiento depende de la adopción de ciertas técnicas previamente establecidas. Se enseñan procedimientos para pensar “críticamente” y aprehender la verdad, como si la crítica fuera una habilidad separable del acto mismo de pensar. Pero justamente allí aparece la paradoja: cuando la crítica se transforma en técnica deja de ser crítica. Cuando es presentada como un conjunto de reglas aplicables desde fuera pierde aquello que constituye su autenticidad, su esencialidad. Así pues, la crítica no consiste en aplicar esquemas preexistentes a una realidad dada. Consiste en seguir el movimiento inmanente, constitutivo de las cosas, permitiendo que sus propias determinaciones revelen sus posibilidades y sus límites.
Tal vez por eso resulte necesario recuperar hoy la lección contenida en aquel ensayo juvenil de Hegel. Lo que allí se encuentra no es una teoría de la crítica, sino la crítica -el juicio- que hace la idea misma de una crítica exterior al pensamiento. No se trata de “enseñar a pensar críticamente” como si se tratara de la rigurosa aplicación de una receta. Se trata de comprender que el pensamiento, cuando es verdaderamente pensamiento, es, de suyo, crítico. La fórmula contemporánea del “pensamiento crítico” termina revelando su carácter contradictorio. Supone una escisión entre pensamiento y crítica que sólo puede surgir desde la perspectiva del entendimiento abstracto. La filosofía muestra, por el contrario, que ambos momentos constituyen una unidad inseparable. La crítica no es, pues, ni un atributo ni un modo del pensamiento, sino el centro mismo de la sustancia del pensamiento.

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