Abrumados (Tristitia)

La bruma es una atmósfera nebulosa, imprecisa, en la que reina la ausencia de claridad y vivacidad. En medio de ella, todo se vuelve caótico, se enturbian los sentidos, la mente se confunde y solo prospera la sensación de angustia y desesperación. Los a-brumados son aquellos que han sido sometidos a penosos esfuerzos, a sufrimientos y a su consecuente desorientación mental.
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Bruma espesa


Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv 

La bruma es una atmósfera nebulosa, imprecisa, en la que reina la ausencia de claridad y vivacidad. En medio de ella, todo se vuelve caótico, se enturbian los sentidos, la mente se confunde y solo prospera la sensación de angustia y desesperación. Los a-brumados son aquellos que han sido sometidos a penosos esfuerzos, a sufrimientos y a su consecuente desorientación mental.




Un determinado régimen político puede llegar a ser muy brumoso para la población. En él –o, en todo caso, con él– las figuras parecen estar poseídas por un tinte desconocido, gaseoso, turbio, grisáceo, en fin, triste. Las imágenes se distorsionan, se difuminan, se hacen opacas; pierden la vivacidad, la precisión de sus contornos, el colorido. Eso se puede constatar fácilmente, por ejemplo, en la “estética” que se transmite de continuo en ciertos canales de televisión del Estado. La opacidad de las escenas, parecen estar cargadas de una humareda de carbón que brota del pavimento por el que se transita. El rojo o el verde oliva predominantes se vuelven tóxicos: enferman. Premeditadamente, y no sin alevosía, la cultura impuesta por un determinado régimen puede llegar a ser, en efecto, abrumadora.




    


    

En una carta, escrita a Jarig Jelles, Baruch Spinoza le comenta que le había “caído” en sus manos “un librito” titulado Homo Politicus, del que ya, antes de leerlo, había escuchado grandes elogios. “Lo he hojeado –dice– y me di cuenta de que es el libro más pernicioso que los hombres hayan podido concebir o imaginar. Para el autor, constituyen el sumo bien los honores y las riquezas, a los que adapta su doctrina y muestra el método para llegar a ello, a saber: hacia adentro, rechazando toda religión, hacia afuera, profesando aquella que le sirva más para su propio provecho; luego, no guardar fidelidad a nadie, sino en la medida en que sea ventajoso para uno. Por lo que atañe a lo demás: el simular, el prometer y no cumplir lo prometido, el mentir, el perjurar y muchas otras acciones semejantes, son acciones dignas de alabanza. Cuando leí esto –concluye el filósofo holandés– se me ocurrió escribir un pequeño libro contra este autor, en el que mostraría la condición inquieta y miserable de los que son ambiciosos de honores y riquezas, y demostraría que un estado con insaciable ambición de honores y riquezas debe perecer y ha perecido”. Hay veces que las bajas pasiones encuentran en la bruma su mejor aliada.

Fue el mismo Spinoza quien, por cierto, construyó, en su Ethica, una teoría de las pasiones humanas. “A medida que los hombres están animados unos contra otros por la envidia o por cualquier afección de odio –afirma–, son contrarios entre sí, y tanto más son de temer cuanto su poder es más grande que el de los demás individuos”. No obstante, “los corazones no se vencen por medio de las armas, sino con amor y generosidad”. Por más abrumados que puedan hallarse los pobladores de una nación, ante el dominio miserable de un régimen que ha hecho de “el librito” su modo de gobernar, ni las más potentes armas podrán vencer su deseo de ser libres, como tampoco su decisión de recuperar el progreso y bienestar que les fuera arrebatado. El amor es más fuerte que el miedo.

La tristitia –la tristeza propiamente dicha– es aquella pasión que termina retrotrayendo la potencia del ser, lo deteriora, lo disminuye, lo limita, lo abruma. Con ella, y como resultado de las afecciones y del ciego deseo, solo se llega a la menor perfección posible. Solo individuos llenos de rencor o resentimiento –por cierto, individuos supersticiosos– pueden ser capaces de promover pasiones tristes, y admitir como “bueno” lo que genera tristeza y como “malo” lo que proporciona alegría. Hacer largas colas para recibir a modo de limosna un pollo y un paquete de jabón, sería algo “bueno”, algo que nos hace ser “felices”. Tener dinero suficiente para poder cubrir las necesidades de la vida con decencia –lo que, de acuerdo con ciertos personajes, equivale a “ser rico”–, sería “malo”. Como diría nuestro pensador en su Ethica, solo un envidioso puede deleitarse con la impotencia, las penurias y hasta el hambre de los demás. No obstante, ese mismo envidioso, teniendo seguramente en cuenta aquel “librito”, aquel Homo politicus, al que se refería Spinoza, se aprovecha de los cuantiosos recursos financieros con los que hasta hace poco contaba su pueblo para amasar groseras fortunas, cuentas milmillonarias y propiedades de todo género, a costa de la miseria y del dolor que gusta vender como un sacerdocio, un acto de devoción y de sacrificio a la patria: como algo “bueno”.




    


    

Los abrumados por causa de la severidad de la peor de las crisis orgánica que haya sufrido el país, en medio de una situación que ha reducido a uno de los países más prósperos y felices del mundo a la condición de indigencia, inanición y miseria; en medio del desmembramiento de sus familias, del miedo o, más bien, del terror frente a una sociedad civil que se halla a merced de la más cruel de las violencias y, con ella, de toda clase de hamponato; de niños recién nacidos y de enfermos que mueren, como si se tratara de “cifras”, por falta de insumos médicos mínimos; un país al que se le arrebatara su prosperidad para ponerla al servicio de “eso” que Marx definiera como el “lumpanato”, o sea: “La putrefacción pasiva de los estratos más bajos de la vieja sociedad”, que “por sus mismas condiciones de vida, está presto a dejarse comprar y a ponerse al servicio de las intrigas más reaccionarias”. Ese país, el país de los abrumados, finalmente se cansó, se hartó, no puede más con la bruma confusa y sórdida. Un buen pueblo fue vilmente engañado. Se le hizo creer que conquistaría “el buen vivir”, sin necesidad de trabajar, ni de formarse, ni de prepararse para tiempos difíciles; se le anunció la llegada de la “suprema felicidad”, garantizada por las “reservas de petróleo más grandes del universo”. Entretanto, se iban saqueando –¡y aún se saquean!– las arcas de lo que antes fuera el “más bello secreto de los caribes”, al tiempo de destruir por completo el aparato productivo de la sociedad, nada menos que su ser social. Ya es tarde para “recoger el agua derramada”. Ya la densidad de la bruma comienza a desvanecerse, irremediablemente. Es tiempo de Laetitia: de alegría.
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