23 de noviembre de 2015



La falsa humildad

Artículo enviado para su publicación por el Autor

Falsa humildad por Eleutheria Lekona / @theriako.

Alguna vez escribí en Eleutheria sobre la humildad, lo recuerdo perfecto. [1] Y siempre lo hice sin ser nunca específica con este término. Si acaso valdría la pena decir que no era difícil deducir por contexto el recurso a una especie de humildad metafísica.

Quisiera sin embargo con este pequeño apunte dilucidar el concepto a partir de, quizás, la pura experiencia personal. Aclaro de entrada que quien esto escribe probablemente no sea una persona humilde —precisamente porque es humana y tiene errores— y que no aspira a serlo porque entre otras cosas considera que la humildad mal entendida es uno de los valores cristianos más nocivos para el sujeto social. Y no solamente porque impida al sujeto dar pleno cauce a la parte activa de su voluntad, sino porque en general la humildad está basada en una moral del resentimiento. [2] Si el sujeto humilde se contentara con asumir su posición metafísica efímera y cambiante —su segura muerte— como, supongo, la asumimos todos, y desde esa posición se asumiera en semejanza con los demás, como supongo también ocurre a todos, hasta allí estaría bien. Pero no es así, porque ocurre a menudo que el sujeto supuestamente humilde exige al otro el reconocimiento público y permanente, no ya de esta posición de quiebre, sino de una especie de obligación que lo mandataría a no dar nunca señales del menor atisbo capaz de colocarle en la situación de un sujeto no humilde. De manera que generalmente no tolera a quienes, a pesar de compartir también ese reconocimiento básico de la existencia y asumirse mortales y frágiles, muestren —en aparente paradoja según su definición— autonomía y seguridad en sus juicios, en sus actos o en su comportamiento. Diría que hay dos tipos de humildad. La del verdadero humilde, que no exige ni reprocha ni pretende enseñar la humildad a nadie y multiplica la libertad del otro y le deja ser en su entera humanidad —y creo que en eso residiría verdaderamente la humildad—, además de reconocerse permanente aprendiz, etcétera, y la del falso humilde, obsesionado con el intolerante, el soberbio, el arrogante, etcétera. La humildad para ser congruente no debería impacientarse con la arrogancia. Ahora bien, este falso humilde se concebiría a sí mismo humilde y se arrogaría por esto mismo la misión de dar lecciones a los otros. ¿En qué basaría su humildad? No tengo la más remota idea, pero no es improbable que alguna situación —o algún hecho— le impelan a creer que él sí que es humilde y que por eso puede y debe juzgar a quienes él considera no lo son, tildándolos de arrogantes, soberbios, desubicados, etcétera. A esta forma de la humildad por supuesto yo no la quiero. La humildad como la poesía son dos de esas materias humanas de las que no es posible decir mucho pero que cuando se lo hace, y se lo hace con la finalidad de moralizar o imponer canon, entonces pierden buena parte de su vigor, de su sustancia y de su sentido. La verdad es que personalmente no me interesaría no pasar por arrogante ni por soberbia a la percepción de quienes te lean desde preconceptos y prejuicios y te atribuyan intenciones sin tomarse la molestia de preguntar si realmente las tienes. Y mucho menos todavía me interesaría serlo como exigencia. En general, cuando sustituimos el juicio psicológico por la interpretación, nos perdemos de la oportunidad de conocer esencialmente a los otros. No es lo mismo describir la forma de ser de una persona y establecer con claridad un juicio sobre ella —o un desacuerdo—, que pretender hacer deducciones de su carácter o su personalidad a partir de cosas más bien incomprensibles para nosotros. Cuando no entendemos algo es mejor preguntar y no solo suponer, según creo.


¿Qué sería la humildad entonces? Sería, como escribía hace un par de meses, el reconocimiento pleno de nuestra posición metafísica cambiante, de nuestra fragilidad y de todo aquello que nos asimila al universo: la materia inorgánica misma, los mares, las piedras, las personas y los otros seres vivos. Pero más que humildad, yo le llamaría orientación, e incluso sugeriría que esta orientación no es permanente sino mutable, relativa y precaria. A veces podemos poseerla, a veces, se nos escapa. También diría que no sería una forma de ser manifiesta sino latente y que no es algo que pueda reconocerse en todas nuestras acciones. Sería una actitud metafísica y bastante menos una actitud moral. En general, por otra parte, no creo en la humildad. O más claramente, no creo en la falsa humildad aquí descrita. Atribuirse humildad sería un síntoma de una básica falta de humildad. Supuesta la disyuntiva, preferiría incluso la arrogancia y la soberbia a la falsa humildad, exigente, impositiva y sancionadora.

Por lo demás, no me interesa ser humilde en el sentido falso. La humildad del falso sentido exige obligaciones de las que probablemente no seamos ni siquiera capaces. En lo personal, creo no estar dotada para ello y quizás no pueda estarlo nunca. Asumo mi precariedad.

NOTAS

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[1] Me refiero aquí a La ciudad de Eleutheria, mi primer blog personal: http://la-ciudad-de-eleutheria.blogspot.com/2013/01/amar-la-filosofia-y-el-proyecto-de-la.html
[2] Un poco en alusión a la moral del resentimiento cristiano como la caracterizó Nietzsche en su Genealogía de la moral, aunque desarrollado este apunte y este punto de vista con independencia absoluta de aquellas consideraciones.
[3] Multiplicar la libertad del otro. Palabras transformadas que me vinieron de Rilke: "Sólo existe una culpa: el no multiplicar la libertad de lo amado por toda la libertad de la que uno es capaz."

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