2 de julio de 2012



El arte en el sistema dialéctico hegeliano

Publicado por: Raquel Cascales
El arte en el sistema dialéctico hegeliano

En este artículo y en los que le seguirán pretendo mostrar el lugar que ocupa el arte en el sistema dialéctico hegeliano, cómo es considerado como parte del pasado y cómo esta tesis da lugar a lo que se denomina hoy en día "muerte del arte".


En la Enciclopedia Hegel establece una jerarquía entre las ciencias según el desarrollo de conciencia que alcanza a cada una. Así establece el estatuto de la lógica, la naturaleza, la psicología, la filosofía política o la ética. El lugar que ocupa el arte en este sistema es como primera expresión del Espíritu absoluto, es decir, del espíritu infinito y libre. A esta manifestación le sigue la religión y, en último lugar, por encima de todo, encontramos la filosofía.

Por tanto, cuando Hegel investiga la verdad del arte en las Lecciones de estética, lo hace desde la filosofía y, desde esta última expresión del espíritu, la expresión artística aparece como superada, es decir, como pasado: “Ya no tenemos una necesidad absoluta de exponer un contenido en la forma del arte. El arte, por el lado de su suprema destinación, es para nosotros un pasado”[1].

Hegel considera que el arte es expresión externa y sensible del espíritu absoluto por lo que considera que debe ocupar el primer “momento” de su manifestación. Todas las determinaciones finitas no son sino “momentos” de lo Infinito. El Infinito es, pues, el Todo o la Totalidad de lo real. Esta manifestación al ser parcial tendrá que combinarse con la expresión interna del espíritu: la Religión, en la que la verdad se da bajo forma de representación. Ambas serán asumidas, es decir, superadas pero conservadas, en la síntesis, en el culmen de la dialéctica hegeliana: la Filosofía, en la que verdad se da bajo forma de pensamiento.

En continuidad con este esquema, Hegel considera el arte como la primera manifestación del concepto absoluto. El arte muestra una conformidad sensible entre la idea y la realidad en la cual es expresada. Se trata del modo de aparecer de la idea en lo bello. Lo bello revela la verdad de la misma particularidad sensible o material. Lo sensible es presentado de tal manera en el arte que revela su propio concepto, lo cual supone la toma de conciencia del carácter parcial o limitado de lo sensible y su percepción mediante la afirmación de este carácter parcial o negativo. Es decir, en el arte el espíritu sobrepasa la naturaleza, puesto que en la obra la presencia del espíritu es consciente y no, como en la naturaleza, simple exterioridad sensible. En este sentido puede decirse que la obra de arte es la verdad de la realidad sensible, porque en el arte se muestra la libertad del espíritu[2].

Las vacaciones de Hegel. Magritte
 La cuestión está en caer en la cuenta de que el arte presenta lo sensible como apariencia. La apariencia, a su vez, es la verdad de lo sensible como particular. Por tanto, la representación artística expresa la moralidad de la subjetividad en la medida en que presenta dicha subjetividad nada más que como falsedad o engaño.

En todo ello se advierte el carácter reflexivo del arte como apunta Inciarte: “El carácter reflexivo del arte moderno, a diferencia del arte tradicional, fue proféticamente anticipado por Hegel ya mucho antes de que apareciera en el curso de la historia. Hegel llega a hablar incluso del fin del arte como aquello que había colmado antes nuestras más altas aspiraciones espirituales. Implícito en ese diagnóstico queda el hecho de que el arte ya había sustituido antes a la religión en ese lugar privilegiado. Y así como en la jerarquía de los intereses de la humanidad el arte sustituyó en el Renacimiento de hecho a la religión, así la filosofía sustituiría pronto a su vez al arte; de manera que lo que se convertiría en el futuro en la cuestión más viva con respecto al arte sería la pregunta sobre lo que sea el arte. Hasta aquí la profecía de Hegel”[3]. En otros artículos espero mostrar cómo hay posturas que manifiestan precisamente lo contrario, es decir, que es el arte el que se ha vuelto filosófico. 

Volviendo a Hegel, la perfección del arte depende del grado de coherencia entre la idea y su expresión formal. De la diferente proporción entre la idea y la forma en la cual se realiza surgen tres tipos diferentes de arte. En primer lugar, cuando la idea es en sí misma indefinida se da el arte simbólico, lo simbólico (lo oriental), que procura compensar su expresión imperfecta puesto que conjuga un contenido pequeño con estructuras colosales. Aunque más bien habría que decir que para Hegel no sería arte verdadero, pues no procede de la autodeterminación del espíritu. En la segunda forma, en lo clásico, la idea de humanidad encuentra una representación sensible más adecuada, es el único estadio en el que la expresión es perfecta puesto que es consciente de lo absoluto presente en lo humano. Esta forma se da principalmente en el mundo griego y cuando se desvanece desaparece con él.

En la tercera forma, el arte romántico (que es el arte de la Edad Media para Hegel), de nuevo vuelve a aparecer un desequilibrio, esta vez por un exceso de contenido respecto a la forma, hay más espiritualidad que sensibilidad. Por ello, Hegel considera que la mejor forma de expresión para este exceso de contenido, de espiritualidad, es la religión. 

Con este breve resumen se ha visto cómo el arte queda en el pasado una vez es superado por la religión. Queda por ver cómo es tratado una vez se alcanza la filosofía, pero eso ya forma parte de otro artículo.



[1] Hegel, G.W.F., Lecciones de estética, Barcelona, Península, 1987, p. 17
[2] Por esta razón, lo bello en el arte es belleza generada por el espíritu, por tanto participa de este, a diferencia de lo bello natural que, por tanto, no será digno de una investigación estética. La necesidad de belleza artística está fundada en la impureza, en la falta de conciencia de sí que tiene lo natural para expresar el desarrollo libre de la vida, sobre todo de la vida libre del espíritu.
[3] Inciarte, F., “La situación actual del arte” en Breve teoría de la España moderna, Pamplona, Eunsa, 2001, p. 131.
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