27 de abril de 2011



Heine Heinrich en prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha

Publicado por: Esteban Higueras Galán / @HGEsteban

 He dicho que Cervantes no pasó de ser un simple soldado, pero como hasta en esa posición subordinada llegó a distinguirse y su gran jefe, don Juan de Austria, hubo de fijarse en él, recibió, cuando se disponía a regresar a España desde Italia, certificados de alabanza dirigidos al rey en los le se recomendaba muy expresamente su ascenso. Y cuando los corsarios argelinos, que lo apresaron en el mar Mediterráneo, vieron la carta, lo tuvieron por una persona de gran alcurnia y exigieron por lo un elevado rescate, lo que impidió a su familia, pese a sacrificios y esfuerzos, comprar su libertad, quedando así el pobre poeta tanto más tiempo y con tan más grande martirio en el cautiverio. Y de este modo, hasta el reconocimiento de su superioridad se convirtió para él en fuente de infelicidad, por lo que hasta el final de sus días, la diosa Fortuna, esa mujer cruel, se burló de él, ya que no podía perdonarle al genio el haber alcanzado sin su protección honor y gloria.

Pero la infelicidad del genio ¿es siempre solamente la obra de la casualidad ciega o surge necesariamente de su propia naturaleza interna y del contexto que lo rodea? ¿Entra en lucha su alma con la realidad o es la cruda realidad la que emprende un desigual combate con su alma hidalga?

La sociedad es una república. Cuando el individuo aislado trata de elevarse por encima de ella, la mayoría lo rechaza mediante el ridículo y la difamación. A nadie le es permitido ser más virtuoso y más inteligente que los demás. Pero quien destaca, por el poder invencible de su genio, por sobre la medida trivial de la comunidad, ha de sufrir el ostracismo por parte de la comunidad, la que le persigue con el escarnio inclemente y la difamación, obligándole a retirarse a la soledad de sus pensamientos.
Y es que la sociedad es republicana por su esencia. Toda grandeza le es odiosa, tanto la espiritual como la material. Esta última se apoya, por lo común, sobre la primera más de lo que se sospecha comúnmente. A esta opinión tuvimos que llegar poco después de la revolución de julio, cuando el espíritu del republicanismo se manifestó en todas las relaciones sociales. Los laureles de un gran poeta les resultaban tan odiosos a nuestros republicanos como la púrpura de un gran rey. Quisieron acabar también con las diferencias intelectuales entre los hombres, considerando propiedad común burguesa todos los pensamientos que surgían del territorio estatal, por lo que no les quedó más remedio que decretar la igualdad en el estilo. Y de hecho, un estilo pulido fue condenado como algo aristocrático, y muchas veces tuvimos que oír la afirmación de que un demócrata auténtico ha de escribir como el pueblo: llanamente y perfectamente mal. La mayoría de las personas lograron esto con gran facilidad, pero no a cada quien le es dado el escribir mal, sobre todo cuando uno se ha acostumbrado a la pureza del estilo, y esto conducía inmediatamente a la sentencia: Ese es un aristócrata, un amante de las formas, un amigo de las artes, un enemigo del pueblo.» Con certeza que eran honrados en su opinión, al igual que san Jerónimo, quien consideraba pecado el tener un buen estilo, disciplinándose a conciencia por ello.

Al igual que no encontramos alusiones anticatólicas en el Quijote, tampoco las hay antiabsolutistas. Algunos críticos, que pretenden intuir cosas por el estilo, se hallan equivocados. Cervantes fue hijo de la escuela que hasta idealizaba poéticamente la obediencia incondicional al soberano. Y este soberano fue rey de España en una época en la que Su Majestad brillaba en el mundo entero. El simple soldado se sentía envuelto en los rayos luminosos de aquella majestad y sacrificaba gustosamente su libertad individual por la satisfacción del orgullo nacional castellano.

La grandeza política de España en aquel tiempo no pudo menos que contribuir a elevar y a ampliar el sentir de un escritor. También en el espíritu de un poeta español no se ponía el sol, al igual que en el imperio de Carlos V. Los combates sangrientos contra los moriscos habían terminado, y al igual que después de una tormenta suelen esparcir las flores sus más embriagadores perfumes, así florece siempre la poesía, en su expresión más excelsa, tras una guerra civil. Podemos apreciar el mismo fenómeno en la Inglaterra de la reina Isabel II, y al mismo tiempo que en España, surgía allí un movimiento poético que nos lleva a comparaciones asombrosas. Allí vemos a Shakespeare, y aquí a Cervantes, en lo más glorioso de ese movimiento.
Al igual que los poetas españoles bajo los Austria, tienen también los ingleses bajo Isabel II un cierto aire familiar, y ni Shakespeare ni Cervantes pueden pretender originalidad, tal como hoy la concebimos. No se diferencian en modo alguno de sus contemporáneos por sentimientos y pensamientos especiales, ni por una peculiar fuerza de expresión, sino solamente por su mayor profundidad, por sus cualidades de sensibilidad, ternura y fuerza más desarrolladas. Sus escritos se adentran más en el éter de la poesía.
Pero ambos poetas no eran sólo lo más florido de su tiempo, eran también las raíces del futuro. Y así como hemos de ver en Shakespeare el fundador del posterior arte dramático, mediante la influencia de sus obras, en Alemania y la Francia actual, por ejemplo, así hemos de venerar en Cervantes al fundador de la novela moderna. Y al particular me permito algunas observaciones ligeras.


La novela antigua, la llamada novela de caballerías, surge de la poesía medieval; fue al principio un arreglo en prosa de aquellos poemas épicos cuyos héroes encontramos en los círculos legendarios de Carlomagno y del santo Grial; el argumento estaba siempre basado en aventuras caballerescas. Era la novela de la nobleza, y los personajes que en ella aparecían eran o bien productos fantásticos de la fantasía o caballeros de lanza y espada; por ninguna parte encontramos rastro alguno del pueblo. Cervantes, con su Quijote, derrocó esas novelas de caballería. Pero al escribir una sátira, que acababa con las viejas novelas, nos ofrecía el paradigma de un nuevo arte poético, que llamamos novela moderna. Es así como actúan siempre los grandes poetas; al destruir lo viejo, fundan al mismo tiempo algo nuevo. No niegan nunca sin afirmar algo. Cervantes funda la novela moderna al introducir en la novela de caballerías la descripción fiel de las clases bajas, al mezclar en ella la vida del pueblo. La tendencia a describir la conducta del populacho más bajo y de la hez más despreciable de la sociedad no sólo se encuentra en Cervantes, sino en todos sus literatos contemporáneos; y al igual que entre los poetas, la observamos también entre los pintores de la España de entonces; un Murillo, que le quita al cielo sus colores más sagrados, para pintar a sus hermosas madonas, nos muestra también con el mismo amor los más sucios fenómenos de esta tierra.


Fue quizás la admiración del arte por el arte lo que hizo que ese español ilustre sintiese a veces por la imagen fiel de un niño pordiosero que se quita los piojos el mismo placer que por la reproducción de una virgen excelsa. O fue quizás el acicate del contraste lo que movió a los más altos nobles, a un cortesano refinado como Quevedo o a un ministro poderoso como Mendoza, a escribir sus novelas de pícaros y pordioseros; pretendían quizás salirse de la monotonía del medio en que vivía su clase, valiéndose de la fantasía para trasladarse a esferas de vida totalmente opuestas; necesidad esta que podemos apreciar en más de un escritor alemán, que llena sus novelas con descripciones del alto mundo que sólo coge por héroes a condes y barones. En Cervantes no encontramos todavía esa orientación parcial de describir lo innoble de manera aislada; él mezcla únicamente lo ideal con lo común, lo uno está al servicio del ensombrecimiento o de la iluminación de lo otro, el elemento noble es ahí tan poderoso como el popular. Ese elemento noble, caballeresco y aristocrático desaparece totalmente, sin embargo, en las novelas de los autores ingleses, los primeros en imitar a Cervantes y los que lo han tenido siempre como ejemplo hasta el día de hoy.


Lectura del prólogo de Heine Heinrich en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha.
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