Educación estética y formación cultural para la libertad

Educación estética y formación cultural para la libertad

“La tarea del arte consiste en hacer sensible la verdad”
GWF Hegel
Instalación artística de cintas de colores estilo Jesús Soto representando el juego estético
La experiencia estética como formación para la libertad según Schiller y Hegel.

La pregunta acerca de la efectiva realización de la libertad no interroga por un tema específicamente jurídico-político ni por un problema exclusivamente moral. Es, ante todo, un problema que remite a la formación histórica y cultural del sujeto. Este es el argumento de fondo que atraviesa el itinerario de las Cartas sobre la educación estética del hombre, de Friedrich Schiller, escritas a la luz de su ambigua impresión sobre la Revolución Francesa: por un lado, el entusiasmo ante la conquista de la emancipación política y, por el otro, la profunda decepción frente a su deriva violenta. El diagnóstico del médico, poeta y filósofo es de una extraordinaria claridad y sorprendente vigencia: no basta con decretar e instituir la libertad, es necesario formar sujetos capaces de vivirla.

Schiller percibe que la modernidad ha producido una peligrosa escisión -una Trennung- entre las formas enunciativas de la libertad y la vida concreta de los individuos. Un Estado puede declararse formalmente libre, aunque su ser social se encuentre interiormente desgarrada. Una república no fracasa por déficit de leyes sino por insuficiencia de formación. Y es en este punto en el que la educación estética aparece (erscheint) no como un simple ornamento cultural, sino como la necesaria mediación de ética, política y sociedad.

Es indudable la influencia del viejo Kant en Schiller, y hasta se podría afirmar su inevitabilidad. De hecho, el autor de las Cartas comparte el núcleo de la ética kantiana: la libertad como autonomía y la dignidad del sujeto racional. No obstante, introduce una objeción decisiva desde el punto de vista histórico y educativo. La moral kantiana exige que el sujeto actúe por deber, incluso contra sus inclinaciones sensibles. Esta exigencia garantiza la “pureza” de la ley moral, pero deja abierto un problema de factura esencial: ¿cómo formar sujetos que no tengan que padecer la ley como una imposición externa o como una suerte de sacrificio permanente?

Pero la crítica de Schiller no termina necesariamente en la negación de la doctrina moral kantiana sino, más bien, en su complementación histórica. Una ética que permanece en el plano de las abstracciones normativas corre el riesgo de producir individuos obedientes, alineados, pero no auténticamente libres. Con ello la virtud se convierte en tensión, no en reconciliación. Y de allí la necesidad de una instancia mediadora, capaz de preparar al sujeto para la libertad moral sin auto-represión o violencia interior. Schiller encuentra esta mediación, justamente, en la educación estética. La experiencia de la belleza comporta la posibilidad de un tipo de relación con las formas que no es coercitiva: la razón no domina despóticamente a la sensibilidad, ni la sensibilidad disuelve las formas propias de la racionalidad. La estética aparece, en consecuencia, como el umbral formativo de la moral, no como su sustituto.

La teoría schilleriana de los impulsos -el impulso sensible, el impulso formal y el impulso de juego- expresa una concepción profundamente contemporánea del ser social. El Spieltrieb, o “impulso de juego”, no designa una actividad trivial sino la experiencia en la que el hombre es, simultáneamente, sensible y racional, determinado y libre. En el juego estético (das ästhetische Spiel), el sujeto aprende a habitar la forma como expresión de su propia vida. “El hombre -dice Schiller- solo juega cuando es hombre, y solo es plenamente hombre cuando juega”, porque en su concepción del juego los individuos no están dominados ni por el instinto natural ni por la rigidez moral, sino que pueden actuar consciente y libremente. El juego, para Schiller, es el consenso por medio de lo bello, de lo estético, la libre y desinteresada armonía entre la sensibilidad y la razón.

El Maestro Jesús Soto diseñaba laberintos cinéticos para que los niños los penetraran y jugaran en su interior, entre centenares de cintas multicolores. Como se comprenderá, esta experiencia tiene consecuencias éticas y políticas de largo alcance. La educación estética forma individuos capaces de reconocerse en las formas propias de la ley común sin por ello tener que perder su singularidad. De este modo, Schiller concibe el Ethos republicano como una armonía que no suprime las diferencias sino que las integra en una unidad viva. No se trata de la uniformidad ni de la atomización, sino de la unidad diferenciada entre individuo y sociedad. La idea de República, para Schiller, no es solo una estructura institucional sino un modo de vida, una manera de ser. Y esa forma de vida no puede sostenerse sin una formación cultural que haya logrado reconciliar la naturaleza y la razón en los sujetos. Por eso, la educación estética es el camino hacia la libertad política.

En este punto, la afinidad con Hegel es profunda. Si Schiller subraya la mediación estética, Hegel desarrollará la intuición schilleriana en una teoría de carácter sistemático: la idea de la Eticidad (Sittlichkeit). La libertad no se realiza en la conciencia individual aislada sino en las formas objetivas del espíritu: en las instituciones, en las prácticas sociales y las costumbres históricas. No obstante, la determinación estética no desaparece en Hegel. El arte cumple una función históricamente decisiva: hacer sensible la verdad del espíritu y reconciliar al individuo con el mundo que él mismo ha producido. Y, en este sentido, la educación estética schilleriana puede leerse como una anticipación a la idea hegeliana, según la cual la libertad solo es real cuando se encarna -se hace concreta- históricamente. La diferencia es clara: Schiller confía en la estética como una mediación privilegiada, mientras que Hegel la integra en el despliegue más amplio de la razón histórica. Pero ambos coinciden en un punto decisivo: no hay libertad sin formación cultural, y no hay formación cultural ajena -ab extra- a la historicidad.

A partir de aquí, la lectura de Schiller coincide plenamente con el historicismo filosófico. La conciencia no se forma en el vacío sino en el conjunto de las prácticas sociales. El sujeto es un resultado histórico, no una abstracción moral. La educación estética, comprendida desde esta perspectiva, aparece como un momento temprano -aunque decisivo- de la filosofía de la praxis, porque no se trata de contemplar la belleza sino de formar capacidades sensibles, imaginativas y éticas que hacen posible la relación no alienada con el mundo social. La escisión, el desgarramiento denunciado por Schiller entre razón y vida, reaparece en Hegel y en el joven Marx como alienación, cabe decir, como la separación del sujeto respecto de las formas objetivas de su propia actividad. Desde este ángulo, la libertad no es un atributo interior ni un mero estatuto jurídico sino una relación histórica-concreta entre los hombres y las condiciones sociales que ellos mismos son capaces de crear. La formación del sujeto es inseparable de la forma histórica que adopta la libertad en una determinada sociedad.

La actualidad de Schiller reside en haber comprendido que la libertad moderna fracasa cuando se reduce a mera ley o a moralidad abstracta. Sin educación estética no hay ethos republicano; sin ethos republicano, la república es vacía. Kant aporta la forma moral de la libertad. Hegel, su encarnación histórica; el joven Marx, su producción práctica. Schiller ocupa el digno lugar de mediador: muestra que la libertad debe aprenderse, y que ese aprendizaje comienza en la formación sensible del sujeto. La historia de la libertad es inseparable de la historia de la formación de la humanidad. La educación estética no es un lujo cultural: es la condición histórica necesaria para la posibilidad de la libertad vivida, compartida e históricamente sostenida.

La herida del concepto: violencia, identidad y dialéctica negativa en Adorno

La herida del concepto

“El concepto es la herida que padece lo no idéntico”
T.W. Adorno
Estatua clásica fracturada representando la herida del concepto en la filosofía de Adorno
La filosofía como cura negativa ante la violencia de la identidad conceptual.

Una de los enunciados más densos y, a la vez, fascinantes del pensamiento de T.W. Adorno es aquel que define la tarea principal de la filosofía como el intento de “curar las heridas que ella misma se inflige”. Esa formulación paradójica -o más bien, abiertamente dialéctica-, condensa el núcleo central de la que, tal vez, sea su obra más importante: la Dialéctica negativa. Es la conciencia de que cuando el pensamiento deviene concepto, en su afán por presentarse como conocimiento verdadero, científico y universal, necesita forzar y ejercer violencia sobre lo que pretende exhibir como absoluto, de modo que la tarea de la crítica filosófica consiste, precisamente, en no olvidar esa agresión sino en denunciar la herida abierta y curarla, dejando constancia de la violencia con la que actúa el entendimiento abstracto. Se trata de una problemática que Adorno recibe de la tradición idealista alemana, y especialmente de Hegel, pero que reformula desde una experiencia histórica radicalmente distinta: la de una sociedad mundial sometida por la cosificación, el dominio de la ratio técnica y la consecuente catástrofe de los totalitarismos. El modelo positivista de racionalidad es el campo de concentración, el Helicoide del pensamiento. La filosofía, en este contexto, ya no puede presentarse como la reconciliación alcanzada por el concepto consigo mismo sino como la crítica permanente que el pensamiento ejerce sobre sí mismo.

En su Dialéctica negativa, Adorno parte de una constatación fundamental: pensar es identificar, pero toda identificación implica una reducción. El concepto subsume lo singular bajo lo universal, tritura y compacta lo no idéntico bajo lo idéntico. Para poder ejercer su dominio, el concepto lesiona, lacera, mutila. Y esta operación, tan necesaria como vital para el predominio del entendimiento abstracto, es, a la vez, una expresión abierta y directa de la violencia dictatorial y totalitaria, porque, como dice Adorno, “el concepto es siempre menos que aquello que subsume”.

De hecho, lo que el concepto no logra captar -lo excedente, lo particular, lo irreductible- queda como un remanente o excedente: es la negatividad, lo no integrado. Y justo aquí se produce la herida: el pensamiento objetivado hiere a su objeto al forzarlo a entrar en una forma que no le cabe, que no le es plenamente adecuada. Contra la tradición metafísica teologal, que concibe esta reducción como una mediación legítima y finalmente superable, Adorno insiste en que la no-identidad no puede ser anulada sin residuo. La herida -lo que sangra- no cicatriza definitivamente. Pretender lo contrario —como ocurre en los “sistemas cerrados”— equivale a ejercer una segunda violencia: la intentio de ocultar o borrar el daño producido por el propio concepto.

En este punto, Adorno considera que la zanja abierta por Hegel todavía requiere de una mayor profundización. Para la dialéctica hegeliana, la negatividad es un momento necesario y determinante que conquista su verdad en el reconocimiento de la superación que conserva (Aufhebung). Pero con ello -sostiene Adorno- la herida del concepto queda integrada al entendimiento que se proyecta y refleja como totalidad. La razón parece haberse reconciliado consigo misma y con lo real, y el señor y el siervo parecen reconocerse. Pero la dialéctica negativa se construye explícitamente contra esta clausura reconciliadora y exige su traspaso. Adorno no rechaza la dialéctica de Hegel, pero la despoja de su ilusión afirmativa, de su inquebrantable “final feliz”. La negatividad ya no es -como lo pudo haber sido en tiempos de Hegel- un momento transitorio sino una dimensión constitutiva, inmanente, que no debe ser superada sino sostenida.

Y, en tal sentido, la filosofía ya no puede prometer curaciones plenas o definitivas. Su tarea es más modesta, aunque tal vez, más exigente: se trata de mantener vivo el punctum dollens, el recuerdo de las heridas sufridas, de cuyas cicatrices resurgen nuevas lesiones. La verdadera cura es la permanente función crítica de la autoconciencia. En una expresión, se trata de impedir que el pensamiento se tranquilice en identidades falsas. La famosa fórmula de Adorno: “pensar contra el pensamiento”, apunta exactamente a este propósito, es decir, que el concepto debe volverse contra sí mismo, reconocer sus límites, su historicidad y su complicidad con las formas de dominación. Cuando Adorno afirma que “la filosofía intenta curar las heridas que ella misma inflige”, no hace referencia a una forma de restauración armoniosa, sino a una curación negativa, sustancialmente distinta de cualquier reconciliación instrumentalmente prefigurada. La cura -The Cure- consiste, pues, en hacer consciente la violencia del concepto, en resistir ante la tentación de cerrar el sistema, en dar voz a lo no idéntico dentro del propio pensamiento.

La filosofía se convierte así en una práctica de autorrestricción reflexiva. No renuncia ni al concepto ni a la unidad —lo que sería imposible para ella—, pero renuncia a la ilusión de que el concepto y la unidad puedan agotar la realidad efectiva y la multiplicidad. Las heridas no son defectos accidentales del pensamiento sino los signos de su honestidad. Solo un pensamiento que reconoce el daño que es capaz de causar puede aspirar a una forma de verdad no ideológica, capaz de trascender el huero balbuceo de las llamadas “narrativas”. La radicalidad de Adorno reside en que esta problemática no es una cuestión epistemológica o gnoseológica. La herida del concepto refleja una fisura onto-histórica, real y efectiva: la de una sociedad organizada según el principio de “identidad y no-contradicción”, el Tertium non datur, o del intercambio equivalente y la racionalidad instrumental. La violencia conceptual es inseparable de la violencia social y política. El pensamiento que reduce lo singular a lo intercambiable reproduce, a nivel teórico, la lógica de una sociedad que reduce los individuos a funciones. Por ello, la Dialéctica negativa no es solo una crítica del conocimiento -de eso que hoy tan pomposamente se autodesigna como “epistemología”-, sino una crítica de la realidad social contemporánea. Mantener abierto el recuerdo del calvario de las heridas del pensamiento es una forma de resistencia frente a la clausura ideológica del mundo administrado.

En última instancia, la herida que la filosofía no debe ocultar es la del desconsuelo. Adorno insiste en que el sufrimiento tiene derecho a ser expresado, y que todo “juego adelantado”, toda reconciliación prematura, traiciona a las víctimas de la historia. Por eso, la filosofía asume una función ética negativa: no redimir, no justificar, no totalizar. Pensar se convierte en un acto de escepticismo antiguo y de memoria crítica, en la negativa de transformar el dolor en olvido. La Dialéctica negativa se sitúa en el punto en el que la filosofía reconoce sus fallas sin renunciar a su responsabilidad: es verdad que no puede sanar el mundo, pero puede impedir que las heridas sean maquilladas en nombre de una falsa totalidad detrás de la cual se ocultan los totalitarismos.

La imagen adorniana de la filosofía expresa una concepción profundamente contemporánea y, quizá por eso, trágica del pensamiento. El concepto hiere porque no puede no herir. La filosofía cura solo en la medida en que no oculta sus heridas, porque ellas la convierten en el principio crítico del presente. Frente a la tradición de la reconciliación y los happy ends, Adorno propone una filosofía que niega las identidades abstractas y valora el pathos y la negatividad irreductible de la realidad. En ello reside su fuerza. Su pensamiento no promete sanaciones definitivas, pero ofrece la resistencia necesaria para que las heridas no se transformen en trofeos de la ideología, en la necrópolis de la cultura.

¿Si los fantasmas se comprobaran, qué preguntas y problemas filosóficos surgirían?


La confirmación de la existencia de fantasmas tendría un cambio radical en la filosofía, pues implicaría la verificación empírica de entidades que hasta ahora se ubican en el terreno de lo mítico o lo sobrenatural. Este hecho nos obligaría a replantear supuestos fundamentales sobre la naturaleza de la realidad, la relación entre vida y muerte, la identidad personal y los límites del conocimiento humano.

 


Podemos fundamentar la inferencia en dos pilares de la filosofía como lo es la METAFÍSICA Y ONTOLOGÍA

Metafísica: Se ocupa de lo que es en cuanto es, del ser como totalidad, de lo universal. Los fantasmas entran en esta categoría. 

Ontología:  Estudia los entes y modos específicos de ser. Esto seria un poco complejo en definir, pero con base en Aristóteles hasta Heidegger, un "ente" es simplemente "aquello que es" o "lo que tiene ser". Todo lo que de alguna manera es, es un ente.  Por lo tanto, bajo esta definición: Sí, un fantasma, por el mero hecho de ser (de existir de alguna manera, aunque sea como aparición), sería considerado un ente. (Esto en la forma clásica) Un ente es aquello que es, en cualquier modo, lo corpóreo y lo incorpóreo, lo actual y lo potencial, lo visible y lo invisible.

Ahora visto desde la ontología   actual tiene categorías para distintos modos de ser:

  1. Entes materiales (una mesa, un cuerpo humano): Existen en el espacio y el tiempo, son medibles y obedecen a las leyes de la física.
  2. Entes abstractos (un número, una idea): Existen, pero no en el espacio-tiempo. No son físicos.
  3. Entes ficticios (Sherlock Holmes): Existen como conceptos en la mente cultural, pero no tienen una existencia independiente.

Aquí sucede algo muy interesante si queremos encuadrar su naturaleza en la ontología actual: no encajan del todo en las categorías actuales.

  1. No son materiales, porque no tienen cuerpo físico estable.
  2. No son abstractos, porque se manifiestan empíricamente.
  3. No serían ficticios, porque su existencia sería independiente de la mente humana.

Entonces habría que pensar una cuarta categoría ontológica, algo así como Entes fenoménico-energéticos: Aquellos que no son plenamente materiales ni abstractos, pero que tienen modos de aparecer e interactuar en el espacio-tiempo sin ser reducibles a lo físico convencional.  Solo por darle cierto nombre provisional. (La ontología no exige cuerpo, sino modo de ser. Y si ese modo incluye interacción, presencia o efecto, entonces estamos ante un ente que merece ser clasificado, estudiado y comprendido dentro del marco ontológico.)

PARA NO DESENTONAR Y CAMBIAR ABRUPTAMENTE A OTRA ÁREA FILOSÓFICA, COMENZAREMOS A DESARROLLAR LA ONTOLÓGICA.

El Problema de la Persistencia: Si me encuentro con el fantasma de mi abuelo, ¿estoy realmente ante mi abuelo? La filosofía de la identidad personal debate qué nos hace la misma persona a través del tiempo: la continuidad corporal (imposible), la continuidad psicológica (¿conserva todos sus recuerdos y rasgos?), o la continuidad de la conciencia. Un fantasma pondría a prueba estas teorías de forma extrema. Si el fantasma tiene lagunas de memoria o ha cambiado su personalidad, ¿sigue siendo la misma persona? (o al menos tiene la misma esencia)

De igual forma podemos inferir ciertas preguntas ontológicas; si los fantasmas tienen cavidad filosófica seria un nuevo tipo de ente que nos hace generar ciertas interrogantes.

¿Qué estatuto ontológico tienen? ¿son personas, residuos energéticos, nuevas formas de ser?

¿Poseen identidad personal (la misma que tenían en vida) o son simples proyecciones impersonales?

¿Se encuentran dentro de la categoría de seres vivos o constituyen un género distinto, no reducible ni a lo biológico ni a lo mineral?

¿Pueden ser sujetos de derechos morales o solo objetos de estudio?

¿Están hecho de una energía que desconocemos? (material o inmaterial o algo intermedio)

Si es material, ¿qué tipo de material seria? (Uno diferente al material que conocemos, es evidente.)

Pero si lo clasificamos como inmaterial (sin ningún sustrato físico) y aun así puede interactuar con el mundo material, se rompe el principio de causalidad tal como lo entendemos.

¿Si es un tipo de energía intermedia como la clasificamos o determinamos?

¿Cómo puede algo que no es físico causar un cambio en lo físico? Esto reactivaría con fuerza el dualismo mente-cuerpo y sugeriría que existe un "plano ontológico" no físico que puede interactuar con el nuestro. Sería un nuevo modo de ser: el "ente inmaterial interactuante", UNA CATEGORÍA QUE LA CIENCIA Y LA FILOSOFÍA MODERNAS HAN DESCARTADO EN GRAN MEDIDA.

                                                     DESDE LA EPISTIMOLOGIA

La epistemología clásica, no nos da cavidad y nulifica el axioma (fantasmas) “Sin verificación intersubjetiva e instrumental, solo tenemos anécdotas psicológicas". Se clasificaría como un "estado psicológico peculiar", no como un acceso cognitivo a un hecho nuevo. Sería como considerar a un daltónico un experto en colores.

Ahora LA EPISTEMOLOGÍA NO CONSENSUADA nos da una apertura, aunque no todos perciban al fantasma, se podría buscar correlaciones objetivas en los sensitivos: patrones genéricos y únicos, respuestas fisiológicas consistentes (cambios en la conductancia de la piel, ritmo cardíaco) ante el mismo estímulo ambiental, o coincidencias históricas verificables que el sensitivo no podría saber.

En este sentido no se definiría solo por lo medible por todos, sino por que produce efectos consistentes y explicables en sistemas perceptivos adecuadamente "sintonizados" y en el ambiente. Se pasaría de una epistemología de lo públicamente accesible a una de lo consistentemente interactuable.

Entonces surgirían preguntas epistemológicas para justificar el axioma fantasma;

¿Cómo podríamos conocer y estudiar a los fantasmas de manera confiable?

 ¿Qué métodos serían válidos?

¿Qué papel jugarían la ciencia y la experiencia subjetiva en la validación de su existencia?

¿Cómo se resolverían los problemas de sesgo o error en la percepción de los fantasmas?

El  "AXIOMA FANTASMA" se justificaría no por testimonios, sino por su capacidad de integrarse en una red causal explicativa. La epistemología no consensuada no diría "los fantasmas existen", sino algo más profundo: "Existe una clase de interacciones ambiente-cerebro-conciencia, aún no mapeada, que produce de forma consistente experiencias con atributos fantasmales, y hemos desarrollado métodos para estudiar el fenómeno. (El axioma final no es concluyente)

Si ya estamos en el campo epistemológico que produce argumentaciones acerca de las condiciones, límites y justificaciones del conocimiento. Sería interesante tomar en cuenta Descartes en  la mediación de los sentidos en la construcción de la realidad. Donde los sentidos pueden engañarnos y estamos condicionados por nuestros sentidos al comprender la realidad a pequeña o gran escala, así como animales que pueden ver colores que nosotros no podemos percibir, puede existir personas con sentidos mas desarrollados que otros y estos si pueden percibir estas energías.  Si el conocimiento de los fantasmas depende de una capacidad perceptual minoritaria (los "sensitivos"), entonces tenemos un tipo de conocimiento que no es público. Esto rompe el principio fundamental de la ciencia moderna y gran parte de la epistemología que la evidencia debe ser, en principio, accesible a cualquier observador competente.

Entonces la realidad no se nos presenta de una sola manera, sino a través de múltiples "interfaces" sensoriales que son productos evolutivos específicos.

Por ejemplo:

Un murciélago "conoce" el mundo a través del sonar (ecolocalización). Su realidad fenoménica es radicalmente distinta a la nuestra. Un sensitivo sería, en esta analogía, un "murciélago humano” alguien cuyo sistema perceptivo está "sintonizado" a rangos de estímulo que para la mayoría son ruido de fondo.

No hay un "observador ideal" universal. Hay diferentes interfaces de acceso a la realidad. Nuestra ciencia actual es la ciencia construida por y para la interface sensorial humana promedio.

La objetividad dejaría de significar "independiente de todo observador". En un mundo con perceptores de interfaces distintas, eso es otro problema. Confundir limites particulares biológicos con los limites de un sistema de valoración. En caso contrario cometemos el error que Kant anticipó. No conocemos las cosas "en sí mismas" (noúmeno), solo las cosas tal como se nos aparecen (fenómeno), tras ser procesadas por las estructuras a priori de nuestra mente (espacio, tiempo y las categorías del entendimiento, como causalidad y sustancia).

Si el conocimiento de los fantasmas depende de una minoría, la ciencia no debe descartar el fenómeno, sino evolucionar su sistema de validación para que la "interfaz minoritaria" sea traducible a la "interfaz común".

¿Cómo validar un fenómeno que solo es accesible a través de una
perceptiva" minoritaria?

DESDE LA LOGICA

Si la abordamos desde la lógica de primer orden esta te preguntan
( Lógica formal);

¿Qué propiedades tienen?

¿Qué relaciones mantienen con el mundo físico?

¿Qué predicados los definen?

Al no poder establecer axiomas precisos, la lógica de primer orden invalida automáticamente el intento de formalizar su existencia.

Pero aquí viene un ERROR LÓGICO INFORMAL al usar la frase, LOS FANTASMAS NO EXISTEN PORQUE NO HAY EVIDENCIA, se tipifica la falacia ad ignorantiam. Es tan falaz como "Los fantasmas existen porque no puedes probar que no". Ambos transfieren la carga de la prueba de manera incorrecta.

El verdadero desafío, entonces, no es usar la lógica para probar o refutar fantasmas, sino construir un marco lógico que pueda manejar fenómenos difusos, dependientes del observador y epistémicamente inaccesibles de forma directa.

Esto es interesante porque la ciencia invalida automáticamente los fantasmas por "falta de evidencia" no solo comete una falacia (ad ignorantiam), sino que cae en un error categorial más profundo: está aplicando el cuadro teórico de lo material-consensuado a un fenómeno que, de existir, pertenecería por definición a un cuadro teórico distinto (lo fenoménico-no-consensuado). Es como usar una red para pescar y declarar que el viento no existe porque no lo puedes atrapar.

(Los sistemas científicos actuales) han cometido el error de confundir el límite de su interfaz con el límite de la realidad. Han decretado que lo que no es intersubjetivamente público o instrumentalmente denso no tiene derecho a la existencia ontológica. El "Axioma Fantasma" actúa como la anomalía que quiebra esta clausura.

                                                  DESDE LA METAFÍSICA

Esta postura filosófica el axioma fantasma es una pregunta legítimamente filosófica metafísica, porque se infiere un ente, lo que hace que no se encuadre un filosofismo.

Desde el plano de la existencia preguntaría;

¿Qué SON? (El Problema de la Naturaleza) La metafísica se vería forzada a crear una nueva categoría ontológica. No serían ni sustancias materiales puras (como una roca) ni mentes puras sino un híbrido:

¿En qué DIMENSIÓN existen? (El Problema de la Ubicación) Aquí, las hipótesis son aún más especulativas y profundas:

No en una "dimensión paralela" fantástica, sino en un régimen de la realidad que nuestra física actual no modela: el dominio de lo no-local, lo potencial y lo informacional. Podrían existir como superposiciones en el campo cuántico del vacío o como estructuras en la geometría del espacio-tiempo (como ecos  continuos), accesibles solo bajo estados específicos de acoplamiento cerebro-entorno. (Esto implicaría que el universo tiene capas ontológicas integradas, no separadas. La materia y la conciencia serían los extremos de un espectro, y los fantasmas ocuparían una zona intermedia.)

¿Cómo FUNCIONAN? (El Problema de la Interacción)

Su mera interacción (mover objetos, causar frío) forzaría una revisión de las leyes físicas:

Se postularía una "física de transición" o una "termodinámica de sistemas informacionales abiertos". No violarían la conservación de la energía, sino que canalizarían energía ambiental de baja entropía (calor, campos) para manifestarse, de manera similar a como un tornado se auto-organiza a partir de un gradiente térmico.

 ¿Qué los PROVOCA? (El Problema de la Etiología y la Teleología)

Esta es la pregunta más trascendente. Su existencia apuntaría a que:

La conciencia es un fundamento, no un derivado. La muerte corporal no sería la aniquilación de la conciencia, sino su transformación a un estado de menor acoplamiento material.

El universo tiene una "memoria" a los eventos intensos (trauma, emoción extrema, unión fuerte) podrían "imprimirse" en el tejido de la realidad, creando un patrón residual que ciertas mentes pueden leer. Existiría una finalidad o un orden cósmico. Su persistencia a menudo ligada a asuntos pendientes sugeriría que el universo no es causalmente ciego, sino que permite la persistencia de intencionalidades e identidades más allá de la muerte, en un esquema que reconcilia el libre albedrío con un orden finalísimo.

La metafísica no se limita a negar o afirmar la existencia de fantasmas, sino que los interpreta como posibles modos de ser que no encajan en las categorías clásicas. Podrían ser entidades energéticas de otro tipo, manifestaciones de niveles de existencia aún no comprendidos, y su relación con las leyes naturales implicaría expandir la noción de causalidad y dimensión.

Una vez que se han expuesto ciertas posturas filosóficas (Al menos desde mi perspectiva improvisada) no intentamos invalidar la ciencia, o sistemas robustos, si no recordarle que es menester no confundir el límite de sus sistemas con el ilimite de los posible.

Ahora si se llegara presentar el cambio de paradigma del axioma fantasma, no probarían lo sobrenatural, sino algo más radical: Que nuestras categorías ontológicas, epistemológicas y causales actuales son incompletas. Reconocer estos límites y que a veces somos precipitados en nuestros resultados por  lo ambiguo de un tema, no conlleva que: LA CIENCIA  PIERDA AUTORIDAD NI PRESGIO-TODO LO CONTRARIO- GANA PROFUNDIDAD”

 "Adrian Valencia"

 

 

 


Herder y la educación para la humanidad: formación histórica y libertad

Herder y la educación para la humanidad

“Herder fue uno de los primeros en concebir el espíritu de un pueblo como un todo vivo, animado por una misma alma”.

G.W.F. HEGEL


Retrato clásico de Johann Gottfried Herder
Herder y la educación como formación de la humanidad

En tiempos de estandarización cultural, de tecnocratización instructivista, de depauperación del lenguaje y, en última instancia, de una cada vez mayor pobreza espiritual, resulta pertinente volver la mirada hacia una de las contribuciones más fecundas del humanismo moderno: el ensayo sobre la Filosofía de la historia para la educación de la humanidad, de Johann Gottfried Herder, publicado en 1784 y 1791. No se trata de un ejercicio erudito ni de un sentimiento de nostalgia por las formas de la metodología ilustrada sino, más bien, de una auténtica concepción histórico-filosófica que se propone dar cuenta de la causa principal de las crisis orgánicas sufridas por las sociedades, a saber: la desestimación de la educación.

Herder concibe la educación a la luz de un principio fundamental: la humanidad no es un dato natural ni una abstracción moral sino una conquista histórica. No se nace humano en sentido pleno: se llega a serlo mediante un proceso de formación (Bildung) que se despliega en el tiempo, en la lengua, en las costumbres, en la memoria colectiva y en las formas de vida compartidas. Todo lo cual se resume en una expresión: Ethos. La labor de Educar para la humanidad no es, en consecuencia, el mecanismo de transmisión de un repertorio de normas universales abstractas sino la formación y con-formación de sujetos capaces de reconocerse como agentes históricos de un mundo que ellos mismos producen. Solo así se llega a conquistar la autentica ciudadanía.

Se trata de una tesis aparentemente simple que, no obstante, comporta una ruptura decisiva con el racionalismo y el empirismo dominantes en su tiempo, doctrinas que, además, sustentaron buena parte de las tesis de la Ilustración y, más tarde, de la fe positivista. Frente a la idea de “lo dado naturalmente” o de la razón universal desarraigada de la experiencia histórica, Herder afirma que el ser humano es, ante todo, un ser situado, es decir, sensible, lingüístico, afectivo y esencialmente histórico. La educación no puede reducirse a la mera instrucción técnica ni a los hueros esquemas del adoctrinamiento moral. Educar es un proceso orgánico para el cultivo de las potencialidades humanas en su contexto vital. Un argumento que, por cierto, tiene en Vico su mayor antecedente y en Hegel su mayor y más acabada expresión filosófica.

De hecho, la afinidad de Herder con la concepción historicista de la filosofía resulta evidente. La humanidad no se realiza fuera de la historia ni por encima de ella, sino en, con y a través de la praxis histórica concreta. Cada época, cada pueblo, cada forma cultural, aporta una figura singular de lo humano. No existe un modelo único de civilización ni una vía privilegiada hacia la plenitud. Existen múltiples caminos, laberintos, galeras históricas que, en su diversidad, van configurando el rostro diverso, múltiple y plural que va con-formando la unidad concreta del espíritu humano.

Uno de los aportes más decisivos de Herder es el hecho de haber situado el lenguaje en el centro del proceso educativo. El lenguaje no es un simple medio de comunicación: es el espacio originario donde se forma la conciencia histórico-concreta. En la lengua se sedimentan las experiencias de un pueblo, su relación con la naturaleza, su sensibilidad moral y su imaginación simbólica. Educar para la humanidad implica, por tanto, educar en y para la lengua viva de una comunidad, no para encerrarse en ella sino para compenetrarse desde ella con otros pueblos, con otras culturas.

Se trata, además, de una concepción profundamente antidogmática y anticolonial del humanismo. La humanidad no se impone desde un centro que se arroga el monopolio de la razón, sino que se reconoce en la pluralidad de las culturas. La tarea educativa no consiste en homogeneizar sino en formar la capacidad -más que de entender- de comprender, traducir y dialogar. La verdadera universalidad no es abstracta: es el resultado de un trabajo histórico de mediación de las diferencias.

Pero la idea herderiana de Humanität no se agota en la dimensión de la Kultur. Comprende, de igual modo, un núcleo ético-político irrenunciable: educar para la humanidad es formar la capacidad de simpatía, de reconocimiento del otro, como semejante en la diferencia. No se trata de una moralidad formal, en sentido kantiano, sino de una ética encarnada en la experiencia histórica, en la que sentimiento y razón se articulan en la historicidad del Verum-Factum. La educación es, en este sentido, inseparable de la formación del juicio y de la responsabilidad. No hay, por tanto, un “pensamiento crítico”, porque tal cosa no pasa de ser una cacofonía, una innecesaria adjetivación, una redundancia y, en último término, una tautología. No hay manera de que el pensamiento, en sentido enfático, no sea crítico en y para sí mismo.

A la luz de la perspectiva herderiana, la educación aparece como una praxis histórica fundamental, como el medio en virtud del cual la humanidad se reproduce y se transforma. No hay humanidad sin transmisión, pero tampoco sin creación. Cada generación recibe un legado que no puede limitarse a conservar, por lo que tiene que ser reelaborado sobre la base de sus propias condiciones históricas. La educación es, así, el lugar donde se entrecruzan la tradición y la novedad, la memoria y el proyecto, la conservación y la superación.

Este es un aspecto que resulta especialmente relevante para la reconstrucción de la educación en sociedades marcadas por un profundo desgarramiento, esas que terminan en la pérdida de sentido y la fragmentación social. Cuando la educación se reduce al simple entrenamiento instrumental para el mercado laboral o a la mera gestión de las competencias técnicas, entonces pierde su dimensión humanizadora. Instruir no es lo mismo que educar. Herder advierte que educar implica formar sujetos capaces de comprender su tiempo y de intervenir en él. No basta con los ejecutores de las funciones metódicas predefinidas.

De ahí que la Educación para la humanidad se revele como el fundamento de una concepción crítica e histórica de las sociedades abiertas, libres, auténticamente democráticas. Y si bien Herder no describe en su ensayo el mundo tal como es, lo orienta a la acción de lo que puede y debe necesariamente llegar a ser. Porque la humanidad como tal no está garantizada por ningún progreso automático, y porque la libre voluntad es una tarea siempre inacabada, expuesta al fracaso e, incluso, a la barbarie y la regresión. Precisamente por eso, la educación constituye el principio ético-político más profundo del quehacer social, dado que forma y con-formación las condiciones de posibilidad de una vida histórica digna, conscientemente conducida por auténticos ciudadanos.

Es verdad que Herder no ofrece un sistema acabado ni un programa pedagógico detallado. Ofrece, más bien, una exhortación filosófica que concibe la educación como la praxis histórica esencial de toda humanización. En esto reside su vigencia. En un mundo que oscila entre el tecnicismo sin alma y el moralismo vacío, entre el culto por lo privado y el pensamiento débil, el ensayo de Herder invita a recuperar una concepción de la educación como formación integral del ser humano en su historicidad. Educar para la humanidad es, pues, educar para la libertad, entendida no como una entelequia metafísica sino como la capacidad de hacerse responsables del propio destino. En esta tarea, su filosofía no prescribe recetas, pero sí ilumina el sentido de la actio mentis. Quizá por eso, el eco de la voz de Herder no retumbe en el presente como una voz del pasado, sino como un interlocutor indispensable de un tiempo que ha sido aprehendido con el pensamiento.

La filosofía necesita tiempo.

El tiempo fluido de la filosofía.


Por qué la vida, por qué la muerte, por qué nosotros, por qué el sistema… Y no es fácil dar con la respuesta correcta y final. Desde esa novedosa profundidad que de pronto les ha surgido, miran hacia la Filosofía esperando una salida digna a sus dudas existenciales. Pero la Filosofía es una maestra exigente, que no da respuestas fáciles ni pistas evidentes. Para ella, primero debes ser digno merecedor de alguna ayuda. No tiene sentido apurar el horno si la mezcla de harina con los demás ingredientes para hacer pan aún no están amasados. 
En otras palabras, no puedes esperar que, mágicamente, te den respuesta desde una disciplina si tú mismo te has mantenido ajeno a su estudio. No es fácil volverse filósofo de verdad en un dos por tres. 
Distanciarse para pensar con objetividad puede referirse no solo a una distancia temporal o física, sino a buscar una perspectiva desde donde poder realizar un planteamiento racional objetivo. Y esa mirada escrutadora no puede obtenerse de un día para otro. Mucho menos si queremos una respuesta que dé sentido a lo que ocurre, a nuestras vidas…

Que alguien nos salve

Por otro lado, se alzan voces pidiendo un Estado más fuerte, que impida este o aquel levantamiento individualista y caótico. Anhelan el advenimiento de un poder superior que haga retroceder el desorden y se imponga por la fuerza, dando estabilidad y asegure crecimiento económico.
Parece que siempre es más fácil esperar que otro haga lo correcto y se imponga con dureza. Un otro que siempre me libere de mi libertad para elegir responsablemente. Un otro que podrá decirnos qué es lo correcto y para dónde debemos encaminar nuestros pasos.
A fin de cuentas, ese tipo de actitud solo nos mantiene en una especie de infantilismo intelectual.

Dilemas y problemas

Los problemas son situaciones que nos complican, pero que tienen solución. Se trata de soluciones racionales (cuesta discutirlas o ponerlas en duda), universales (para todos la misma y no hay más). Es decir, casi se trata de un cálculo, como cuando no sabemos el resultado de una ecuación. Una vez que calculamos obtenemos una solución definitiva.
Los dilemas, por otro lado, también son situaciones que nos complican, pero no tienen solución, y solo cabe enfrentarlos. Por ejemplo, te piden matrimonio y debes tomar una decisión al respecto. No es un problema, pues no hay una solución racional e indiscutible que todos acepten. No hay cálculo posible. Debes decidir qué hacer, y cualquier elección que tomes puede ser cuestionada. Además, nunca sabrás si fue la mejor alternativa, pues una vez que tomes tu camino no habrá vuelta atrás (Si das el sí, puedes divorciarte, a la larga, pero tu estado civil no volverá a ser el de soltero). La razón solo sirve para entender el dilema, pero deberemos decidir en base a otras cosas: gustos, intereses, valores, miedos, prejuicios, ignorancia…
Sería muy bueno poder tener un problema llamado pandemia, porque la razón nos bastaría para solucionarlo. Pero estamos frente a un dilema enorme, que nos obligará a decidir qué hacer…sin tener las cosas muy claras nunca.

La fuerza del eslogan (Chile cambió)

Pensar por uno mismo implica también aprender a poner en duda la enorme parafernalia informativa que nos impacta cada día, sobre todo cuando el periodismo insiste en volver farándula hasta las noticias de carácter científico.
Uno puede entender que existe buena intención tras el famoso Chile cambió, pero de ahí a creer que eso es verdad hay alguna distancia, y tratar de demostrarlo sí que lleva esfuerzo. Quizás el peso de ese tipo de ideas tiene que ver con la emoción que nos provoca, es decir, con un cierto grado de impulso que nos mueve a creer, a soñar, pero no más que eso. Y las emociones fluyen con demasiada facilidad hacia rumbos inciertos, donde incluso la violencia puede mucho más que un argumento racional.
Baste con recordar cómo surgen las batallas virtuales en Twitter, donde la distancia que nos ofrece una pantalla nos mantiene libres de responsabilidad y respeto por el prójimo que recibe nuestros descargos emocionales. Nadie se hace cargo de ese descontrol, y cualquier causa lleva a cientos o miles de personas a levantar banderas de lucha que permanecerán levantadas hasta que dejen de ser trending topic.
Parece que tendemos a desaparecer como individuos libres en ese escenario virtual. Nos sentimos livianos, atemporales sin la carga de presencia real, pero eso no es más que evasión. 
Volver a ser nosotros mismos, volver a nuestro centro, a ser protagonistas de nuestra vidas, ésa es la tarea fundamental para iniciar un camino filosófico. 

Tiempos líquidos

La fluidez del agua es nuestro modelo actual, según Bauman. Este sociólogo polaco afirma que nuestros tiempos ya no son de verdades estables y sólidas. Como ejemplo simple pensemos en la renovación permanente de nuestros celulares, que se convierten en materia de desecho a los pocos meses de comprados. 
Vivimos tiempos de rupturas. Todo lo que tenemos es cambiante y con fecha de caducidad no muy lejana, en comparación con las estructuras fijas del pasado. Quizás esa volatilidad nos mantiene ansiosos y expectantes. Quizás por eso lo que menos hacemos es detenernos a pensar: No queremos perder tiempo, ni un minuto que pueda servirnos para hacer algo más útil. Quizás por eso no nos conocemos a nosotros mismos, y ése es el centro de todo este asunto, no el virus ni la posibilidad real de morir por su contagio.
No podemos huir de nosotros mismos, pero podemos intentarlo, podemos hacer grandes esfuerzos por llenar nuestras vidas con cosas, relaciones insatisfactorias, deudas, y un gran etcétera. Quizás así pretendemos darle algo de solidez a nuestra existencia huidiza, que tiende a fluir sin control, como un agua demasiado superficial, que nos lleva hacia horizontes inciertos ¿Podremos detener ese fluir incesante? ¿Depende de nosotros, de nuestras decisiones o solo podemos reaccionar a un sistema que nos domina? 
No se trata de un problema, evidentemente. 

Pensar en el límite

El filósofo chileno Jorge Millas dijo que hacer Filosofía es pensar en el límite, porque “el auténtico saber del mundo se apoya en la experiencia, pero justo para rebasarla". Es decir, cuando llegamos a un límite nos vemos obligados a pensar, por nosotros mismos, qué haremos de ahí en adelante. Ese límite puede ser, por ejemplo, nuestra propia ignorancia respecto a qué hacer ahora; también puede ser nuestra desesperación. El asunto es que somos nosotros, cada una y cada uno, los convocados a buscar una salida, un camino nuevo, una ruta que nos libere. En pocas palabras, tenemos que inventar una forma de ser que sea auténtica, por y para nosotros mismos. 
Como me dijo una amiga psicóloga nadie libera a nadie porque cada uno es libre de hacerlo.  Me gustó mucho esa paradoja. Tiene todo lo necesario para hacernos pensar un rato y ver qué sale de ese encuentro con nosotros mismos. Quizás nos volvamos algo filósofos, a fin de cuentas.

La fuerza ontológica de la música, tragedia y acontecimiento

La necesidad que subyace a un estudio de lo ontológico de la música parte de la posibilidad de lo sonoro. Lo sonoro en cuanto a una de las posibilidades de que los sentidos puedan captar lo que suena o lo que no suena, el silencio. La verdad de la música no solo está en el sonar, sino también en todo el sentido que envuelve a la cosa sonante y al perceptor. En la música se da esta totalidad que nos viene dada por los sentidos y que no podemos entender como mero lenguaje que relaciona a un significante con un significado, al modo saussureano, sino que es necesaria una transformación que dote de sentido a este modelo teórico. La música es más que lenguaje de intersubjetividades o una comunidad de hablantes que se relacionan mediante signos. Su falta de contenido lingüístico procede de su vacua capacidad de decir una cosa como predicado con contenidos semánticos. Lo que suena musicalmente va acorde con lo que no significa cosa alguna y con lo que simplemente suena y cuando suena, un instante sin excepción de silencios. La filosofía habla de un saber que navega en la pregunta esencial, en un silencio que se le antoja como primigenio. La música de la filosofía es la escucha de un interior, de algo que se levanta calladamente por un sentido que nos viene dado por los sentidos. Por ello, la filosofía de la música necesita del viaje en primera persona al desierto y a un mundo ontológico que, hoy en día, poco interesa. Lo que tiene de música la filosofía tiene su origen en la lectura en silencio, por unas brechas y realidades fisuradas del lenguaje que le son más propias que todo lo decible semánticamente. Así es que la pregunta por el ser sigue siendo la pregunta por la música, porque el lenguaje deambula silencioso. El silencio, en cambio, adelanta y atrasa la pregunta confundiendo a los hombres en un lenguaje único y especializado. Este lenguaje único se especializa con el arte de pretender no ser nunca un silencio que lo contiene. El nacimiento de las lenguas especializadas nunca podrá olvidar el silencio que las rodea, la invocación musical de la existencia. La pregunta deviene callada en el rodeo de las lenguas especializadas, pero como pregunta que es: se oculta y se revela en las mismas, no le es ajena..

Representación abstracta de la música como acontecimiento trágico y temporal
La música como vibración ontológica en el tiempo del acontecimiento.



    Lo trágico del tiempo en la música

    La música se dirige al mundo como el medio-sin-fin de un vibrar que construye de manera eterna un producto siempre por determinar. La canción que puede hacerse en la esfera ontológica del trabajo es una vibración o alteración física de un material que es, a la vez, una línea trazada como un «sin nunca acabar». La melodía puede retomar más caminos siempre, aun que sea silenciada en un determinado momento para celebrar su acontecimiento. Así, siempre va a haber algo irracional en el curso de la música, es decir, una manera indeterminada de pensar su recorrido y, por su puesto, su fin. La música tiene un componente que se relaciona directamente con el tiempo, a los hombres nos viene dado a través de la intuición. Esta intuición no se predetermina por una asociación de ideas o de postulados, sino que más bien es un descarrilamiento o asociación laxa que permite la comprensión de la música como pathos o como rítmica natural. Para pensar este nunca-acabar de la música y esta intuición es preciso rescatar el concepto de la oportunidad, i. e., Kairós. La música tiene de natural la forma del tiempo de lo oportuno, Kairós es quien encarna la figura griega de esta concepción temporal que roza con lo eterno. En la intuición se busca también la inscripción en el silencio que deja el pasar de las cosas, por ello la intuición es una espera constante en la plena temporalidad. La música no siempre es un orden de sonidos que se producen laboriosamente, lleva consigo un durar que se inscribe en lo que ya está siempre huyendo de lo que suena. Está viva en el tiempo, es tiempo, y le resbala a todo presente. Le es oportuna, es kairológica. Así es que Kairós se pinta en la mitología griega como a un anciano calvo que tiene un rulo de pelo y cuando lo quieres coger se te escapa, siempre por los pelos. Esta oportunidad que se escapa es la mejor manera de pensar la forma de intuición a la que se vierte el sonar del ritmo musical. Pensar la música desde la ontología sólo es posible desde dentro de esta oportunidad de ser sonada en el devenir, algo que puede ser y no ser a la vez, entregada a tal silencio. Este binomio de música y silencio se indiferencia cuando hablamos de la cualidad ontológica de la temporalidad. De forma cierta, cuando hablamos del tiempo, todo el ser queda en indistinción para formar una sucesión de acontecimientos que conviven de manera trágica1 por las latitudes del destino o el mandato de las Moiras. Con esto, cabría explicar por qué el tiempo de la música es más bien trágico y, en consecuencia, por qué non va hacia una solución posible. El tiempo del ser es trágico, se quiera o no, huye del concepto cronológico de las horas, los días, los minutos, los segundos, etc. Siendo ya trágico todo el tiempo que rodea nuestro mundo, sería impensable pensar la música fuera de ello, fuera de la tragedia kairológica. Pues bien, sorprendentemente el gesto de la vida corriente en la música (en su trabajo, en su hacerse como esfuerzo) implica la existencia de un presente eterno, que va y viene a la oportunidad de un ser que vive el destino sin «tender hacia» sino «tender en». Se hace inmanente a una fuerza de labor que no cesa nunca, vive incluso como pensamiento y no necesita ser ente para ser emergida. Esto es el destino, i. e., el carácter global del ser música, que es el tiempo. Para entender este concepto de la música debemos retrotraernos al marco del pensamiento deleuziano (1989: 204); en él dilucidará un arma bien afilada para tratar la música en su noción temporal. Traeríamos aquí, para empezar, la paradoja estoica que afirma el destino pero niega la necesidad. No hay fin, como venimos repitiendo, los sonidos se azotan en una tendencia «cíclica», hacia ese «morderse la cola» o, para decirlo en términos más grecolatinos, de estructura urobórica. Esta vieja temática del retorno «cíclico» no inmediato de las cosas subraya la predominancia del destino frente a las necesidades cuantitativas de medición temporal. Este sentido trágico ofrece una comprensión de la música que nos lleva a imaginar la música en sus adentros, más bien como oportunidad que como un tipo de progresiones aritméticas o de algún cuadro metafísico de inteligibles. No hay más que lo que se escucha en todo momento, la voz del tiempo, fuera de debates representacionales y dialécticos. La cuestión ontológica de la música es impensable sin reconsiderar lo trágico frente a esta visión actual y dominante de progreso técnico heredada de la modernidad. Mientras que el progreso está inscrito en una dialéctica de solución de problemas y de espera de un futuro mejor y cargado de felicidad, la visión de lo trágico nos desvela la aporía de un pensamiento que no va hacia una idea de bien ni de mal, sino de un devenir que entremezcla ambos y que despierta el síntoma más terrenal y carnal de la tragedia. La música no ofrece solución alguna, quizás es más bien una problemática o riesgo que corre el destino. En el tiempo musical no hay una solución del tipo judeocristiana —de salvación—, o marxista —de libertad de clases—, más que «irse hacia», ella misma está ya «en», arrojada al tiempo que no espera sino que acontece.

    El ritmo cotidiano del acontecimiento

    Así bien, tal como intentamos esclarecer en el párrafo anterior, la música sólo puede ser pensada en el plano ontológico del acontecimiento, de la red inseparable de sucesos posibles que establecen lo que no está escrito con anterioridad, lo que irrumpe. Hablamos de música como un término de lo cotidiano que recorre nuestros días en la antesala del concierto con el sonido mundano. Esos silencios y esa rítmica del trabajo piensan la música de una forma modal y abierta al peligro. La procedencia y emergencia de la música vienen dadas en ese plano de vibración cotidiana y de vivencia social o individual. La música que puede sonar o escucharse directamente por un tipo de phoné que la vibre. Así pues, la música va más allá de esa visión empirista del experimento, es decir, los conciertos, las tocadas y los auditorios. Este «arte de museo» es insuficiente para comprender el ser temporal por excelencia. Esta manera fijista de comprensión nos llevaría a decir que la música es un ente más, cosa con la que intentamos lidiar, para avanzar en algo que tiende a un resultado final, la proyección musical del arte. Cosa distinta ocurre al ver la relación que nos une con el ritmo musical, un vínculo temporal y ontológico que incluye todas las interpretaciones posibles y en el cual no podemos sino dejarnos llevar por el mismo. Por ello, para avanzar en un sentido más expresivo e impersonal de la música tenemos que agarrarnos al in ille tempore, como si se tratase de una estructura laberíntica de nuestro inconsciente; eso que hace circular algo musical que, a veces, no se distingue del silencio, del pensamiento, de las rumiaciones propias, de la tarea del trabajo del campo, del desayuno, de la ducha, del latido cardíaco y de las formas diversas de presentación ontológica en la vida misma que todos podemos reconocer. Ante este retorno circular del tiempo, idea nuclear para la inscripción de la música en un ser tanto definido como temporal, vamos a interpretar el sentido de la música de un modo semejante a una circunvolución inconsciente que permanece en muchos modos de ser. Esto quiere decir que la idea de ser temporal de la música orbita en el reencuentro con lo brutal de la vida, lo inesperado que no se sospecha. Esto es el acontecimiento: el choque con lo que no está dicho de antemano, pero que toca sufrir; lo instantáneo y la sorpresa que no deja contemplarse a priori. Su irrupción kairológica presenta una perplejidad inocente ante la que el músico debe mostrarse, cuanto menos, intuitivo. Esta idea heideggeriana de la Ereignis se observa en la imagen del destino y furor del momento de la música. La emergencia de lo musical se vuelca en el acontecimiento. Porque la historia ya no se desarrolla hacia una solución o síntesis de algún conflicto (proceso dialéctico), sino que es un conjunto de devenir que, cada día, nos recuerda que el ser es un advenimiento o acontecimiento. La fuerza del acontecimiento es innegable, desvela que el ser es aporético, ya que nunca se puede esperar su modo de efectuarse, su resurgir otro. El acontecimiento está inscrito en las guerras, miasmas y cambios de todos los tiempos. En la música comprende aquello que es inefable, aquello que cambia en modo de una vibración, una sensación que supera nuestro estar ahí para transportarnos a un estar allá. Esto es, un devenir que es ahora y siempre. Para entender el concepto que utilizamos de acontecimiento, vamos a remitirnos a Deleuze, quien amplía el concepto de emergencia heideggeriana en un acontecimiento de carácter impersonal, preindividual y neutro: hay en el momento presente de la efectuación, aquel en el que el acontecimiento se encarna en un estado de cosas, un individuo, una persona, aquel que se designa diciendo: venga, ha llegado el momento; y el futuro y el pasado del acontecimiento no se juzgan sino en función de este presente definitivo, desde el punto de vista de aquel que lo encarna (1989: 182). Así pues, esto se podría entender sin tener que preguntar cuál es el sentido de un acontecimiento, puesto que el acontecimiento es el propio sentido. En todo acontecimiento realmente está «el momento presente de efectuación». Un acontecimiento que es instante impersonal y que se desdobla en un todavía futuro y ya-pasado. Este instante móvil que nos obliga a querer eso «suceda como suceda» o «venga como venga», y que en tal movilidad inesperada aparece el sonido como una manera instantánea y repetida que labra lo musical. El acontecimiento postula una existencia o una revolución musical (Deleuze y Tiqqun, 2012) que está siempre-ya por venir. Su tarea es preindividual y libre de las limitaciones que imponen los estados de cosas necesarias: «El acontecimiento es la identidad de la forma y el vacío. El acontecimiento no es el objeto en tanto que designado, sino el objeto como expresado o expresable, nunca presente, sino siempre ya pasado o aún por venir» (Deleuze, 1989: 168). Por tanto, la música ocurre como un acontecimiento singular, pero, temporalmente hablando, se arraiga en un sustrato arcaico intemporal (identidad de forma y vacío). Lo grueso de pensar la música es pensarla en función de arcaísmos que vuelven a ser retomados en el presente, vividos de una manera singular y cualitativa, i. e., transhistórica. Sobre esto último, podemos imaginar la cantidad de momentos en los que la música suscita un tipo de acontecimiento brutal, cualitativo, intensificante, inesperado, sorprendente e impersonal, no de forma representacional o hegeliana sino desde el prisma de un ser trágico y posmetafísico que inaugura la realidad de un nuevo ritmo. Tal es la música, en su acaecer, un devenir o acontecimiento de intrusión. Una intrusión que se hace con fuerza y violencia. El tiempo lleva consigo esta agresividad, eo ipso, una imposición del acontecimiento que llena a los hombres de angustia y vitalismo a la vez. Como vivencia es, más que nada, una condición de querer la vida y de amar por un instante oportuno, un amor fati nietzscheano que hace que las cosas del destino no sólo sean fortuitas, sino aceptadas y amadas como tales. En el fondo de este amor siempre hay una pulsión heavy metal, por así decir; una angustia ontológica que ama y odia al acontecimiento. Deleuze llama a este tipo de instinto de muerte la grieta (1989: 370). Bajo el ruido pasmoso de nuestros instintos, la grieta prosigue y se transmite silenciosamente, nota a nota, oído a oído. Lo que nos dice el concepto de la grieta es aquello que nos acerca a la Muerte, el Instinto de Muerte. Los instintos gustan de hablar, de musicar, de hacer ruidos y bullir; no pueden cubrir ese silencio tan profundo, ni ocultar aquello de dónde salen y a lo que vuelven. La música padece este instinto en relación al retorno de lo trágico y a la insospechabilidad del acontecimiento. El bardo que siempre acompañaba la historia con su suave rasgueo melódico y con una base rítmica que esconde esa angustia de violencia/amor, en el rap, en el blues, en el swing, en el jazz, etc. Por decirlo de alguna manera, esta homeopatización de la expresión musical es el síntoma más notorio de la ética de un acontecimiento. Podemos pensar en muchos ejemplos, como los presos de sistemas penitenciarios, hombres y mujeres que se derriten con las baladas de amor, afroamericanos emigrantes que tocan blues y jazz, y de tantos nostálgicos viajeros o trovadores que cantan su cercanía con la muerte en frente. La tragedia de nuestros tiempos se formula en la música como acontecimiento. El instante eterno y brusco despierta esa muerta, que en la música se temporaliza en acontecimiento. Artículo enviado por Mon Búa Soneira. Contacto: mon.bua.soneira@gmail.com

    Bibliografía

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    El pánico ante lo real

     


    El pánico es lo real, que irrumpe sin la mediación del fantasma. El cuerpo hablando en puro goce sin sentido. Un significante que no significa, solo aterra. El pánico no es psíquico, es psicosomático puro, el sujeto queda desalojado, y lo que habla es el organismo en su puro miedo a su propia finitud. Las crisis gritan lo que el síntoma susurra. No hay escapatoria porque la jaula es u propio sistema nervioso, y la llave se perdió en un lugar que nunca se podrá recordar. El pánico es un mensaje escrito en el código del sistema límbico. No lo lea. Sobrevívalo.

    El goce es siempre un enigma, incluso para quién lo experimenta. No se reduce el deseo a una patología o a una falta de amor propio. En realidad, el deseo podría ser muchas cosas. Lo importante no es el acto en sí, sino qué función cumple en su economía libidinal. ¿es un limite que lo constituye? ¿Una forma de sentir existir? ¿una manera de localizar un dolor que de otro modo sería difuso y aún más insoportable? Todos estos parámetros pueden explicar el comportamiento sadomasoquista que cualquier individuo en cualquier área.

    Las formas de capitalismo que han nacido descubrieron brillantemente, en base a estudios filosóficos y antropológicos, que el objeto no está en el consumo, sino en el ritual. Es un significante que no significa, es lo real disfrazado de símbolo, un golpe sin sonido. En la psicosis es el significante primordial rechazado, que retorna desde lo real como alucinación. En la neurosis es el ombligo del sueño, ese punto que resiste toda interpretación. Por eso todo recuerdo de pánico duele tanto, porque es la presencia de una ausencia que se niega a ser significada. El testigo mudo de que el lenguaje tiene límites, y que nosotros vivimos en ellos. Por ello el goce es el nombre que le damos a nuestra relación imposible con lo real. Pero lo real mismo es más antiguo que el goce. Es el hueso del mundo sobre el que el goce, ese exceso de vida que duele, se engancha.

    Lo real es indiferente, no le importamos. El goce en cambio nos implica demasiado. Es la manera en que nuestro cuerpo, ese pedazo de real que somos, intenta inscribirse en lo simbólico y fracasa, y de ese fracaso extrae una satisfacción enloquecida. Lo real es el abismo, el goce es el vértigo que sentimos al asomarnos. Y el síntoma es la barandilla torcida que construimos para poder asomarnos sin caernos del todo. Así que lo real es lo que hace posible y a la vez imposible todo goce.

    Por ello solo existen identificaciones que el sujeto usa para representarse en el teatro de Otro. El anima y el animus son ejemplos de ello, Jung los miraba como complementos, aunque perfectamente pueden ser sólo mascaras que le ayudaran a rechazar en algún sentido lo incontrolable. Pero cuidado, la promesa de estar completo es la trampa más antigua. Esto es el estadio del espejo, la escena fundacional. El momento en que el infante, fragmentado, descoordinado, ve su imagen reflejada unificada, y esa ficción de totalidad lo seduce para siempre. Ahí nace el yo como alienación primordial, que es ese otro allí en el espejo, más coherente, más entero que lo que el infante siente ser. Identificación jubilosa y trágica. De ahí toda su vida irá tras una imagen ideal, la Gestalt perfecta que nunca coincidirá con su experiencia vivida de deseo, de falta, de cuerpo en pedazos. Esto significa que el estadio del espejo no termina nunca. El sujeto sigue identificándose con imágenes prestadas, nuestro éxito, nuestra mascara social, nuestro “quien creemos ser”. Y esa identificación es la fuente de toda rivalidad imaginaria, de todo amor al prójimo como a uno mismo. Con esto es importante decir que la concepción especular es alienante pero también fundante (Marxismo), porque sin esta identificación primera con la imagen del otro nunca se accedería al orden simbólico, se quedaría en lo real del cuerpo en pedazos, en un grito sin dirección. Lo trágico es, entonces, no la alienación inicial, sino creer que se puede algún día recuperar lo que perdimos. Porque no perdimos nada que tuviéramos, perdimos la posibilidad de no estar alienados y esa posibilidad es ya imposible.

    El pánico tiene sus raíces del hecho de que toda relación es ya un problema. La armonía entonces sólo puede ser factible como armonía de mascaras y no de goce, porque en una relación ningún goce es igual a otro. En este abismo la cura es construir un puente frágil, sabiendo que el puente nunca será territorio, sólo un cruce provisional entre dos extranjeros.

    Conocer cómo fue engañado, no es para desenmascarar una verdad ultima. Es para ganar libertad dentro del engaño. El único piso que hay es el lenguaje, el mar de significantes sobre el que construimos balsas temporales llamadas “yo”, “identidad”, “verdad”. La balsa no es tierra firme, pero evita que nos ahoguemos. Cuando sienta pánico, mírese en el acto de nombrar su hambre. Ahí en ese gesto esta todo lo que puede ser. Un animal que habla. Un vacío que desea. Una ficción que al saberlo se vuelve, casi, autentica.   

    La herida del espíritu: dolor y dialéctica en Hegel y Marx

    La herida del espíritu

    “El espíritu es, esencialmente, el resultado de sí mismo”

    G.W.F. Hegel
    Ilustración conceptual del dolor en Hegel y la alienación en Marx con grieta luminosa
     La negatividad como motor de la historia: del espíritu a la materia.

    En la filosofía de Hegel el dolor ocupa un lugar, sin duda, importante, aunque no llegue a adoptar la forma de una teoría explícita de los sentimientos. No es una experiencia meramente psicológica ni un estado interior privilegiado de la subjetividad, como en el caso del romanticismo, sino una figura de la negatividad que atraviesa el movimiento del espíritu. El dolor es la vivencia concreta de la Trennung: la experiencia sensible de la contradicción entre lo que es y lo que debe llegar a ser. Y es por eso que, en Hegel, el dolor no es un accidente del o en el proceso histórico, sino uno de sus momentos necesarios y determinantes, aunque no sea su verdad última.

    Como ya se ha sugerido, esta concepción se distancia radicalmente de la sensibilidad romántica. Para el romanticismo, el dolor tiende a absolutizarse como experiencia interior, como marca de autenticidad o como refugio de una subjetividad herida frente a un mundo hostil. Una actitud que en la Fenomenología del espíritu recibe el nombre de la conciencia desventurada o el subjetivismo piadoso. Pero para Hegel, por el contrario, el dolor no ennoblece por sí mismo ni confiere verdad alguna. Su sentido no reside en la intensidad de la vivencia, sino en su función mediadora dentro del proceso de formación (Bildung) del espíritu. El dolor no es un valor sino un síntoma.

    En la Fenomenología del espíritu, el movimiento del saber avanza únicamente en la medida en que la conciencia se enfrenta a la negatividad de sus propias certezas. Hegel insiste en que el espíritu no progresa evitando el desgarramiento, sino confrontándolo y atravesándolo. En un célebre pasaje fenomenológico afirma que “la vida del espíritu no es la que huye de la muerte y se mantiene pura de la devastación, sino la que soporta la muerte y se conserva en ella”: “Das Leben des Geistes ist nicht das Leben, das sich vor dem Tode scheut und von der Verwüstung rein bewahrt, sondern das ihn erträgt und sich in ihm erhält”.

    El dolor es, precisamente, la forma vivida de ese “soportar”. Es la experiencia de la pérdida de sentido inmediato, de la quiebra de una forma de conciencia que ya no puede sostenerse. De allí que Hegel hable del “trabajo de lo negativo” (die Arbeit des Negativen), una expresión con la que designa al proceso mediante el cual el espíritu se forma atravesando la experiencia de la negación: “Este trabajo de lo negativo es la fuerza motriz del sí mismo”.

    Por cierto, el momento en el que esta experiencia se vuelve más explícita es en el de la conciencia desdichada. Allí, el sujeto se vive desgarrado entre un ideal absoluto y su existencia finita, entre lo que reconoce como verdadero y lo que efectivamente es. El dolor surge, justamente, de esa escisión. Pero Hegel es enfático: esta figura no representa una reconciliación, sino una forma histórica de alienación espiritual. La conciencia desdichada sufre porque aún no ha encontrado la mediación que le permita superar la separación entre el sí mismo y el mundo.

    Y en este punto se hace visible una tesis central: el dolor no es la verdad del espíritu sino el signo de que la verdad aún no ha sido alcanzada. Allí donde el romanticismo tiende a sacralizar la herida, Hegel ve una tarea inconclusa. El sufrimiento señala un límite, una insuficiencia, el agotamiento de una figura histórica de la vida espiritual. Por eso, el dolor es index de su historicidad, ya que muestra que una forma de vida ha dejado de ser racional. Esta idea se articula con otra tesis decisiva para Hegel: “Lo verdadero es el todo” (“Das Wahre ist das Ganze”).

    El dolor es parte constitutiva del proceso, pero no es el resultado. Es el precio necesario de la mediación, no su culminación. No hay reconciliación inmediata ni superación sin la fuerza de lo negativo. El espíritu sólo se reconcilia consigo mismo después de haber atravesado el desgarramiento. Pero esa reconciliación no consiste en aceptar sin más el dolor, sino en superarlo (Aufheben) mediante una forma superior de libertad.

    Es justo aquí donde Hegel traza su criterio de demarcación con el romanticismo. Mientras éste convierte el dolor en una suerte de capital moral o estético, Hegel lo concibe como un momento esencial, pero que debe ser superado. El sufrimiento que no se eleva al concepto deviene enfermedad que queda atrapada en la inmediatez que se repite sin producir libertad. Sólo cuando lo negativo es comprendido y superado deviene praxis fecunda.

    Este planteamiento abre el camino hacia una lectura, en clave histórica, que será radicalizada por el joven Marx. En los Manuscritos económico-filosóficos, de 1844, Marx retoma críticamente la herencia hegeliana y traduce la negatividad espiritual en términos histórico-concretos bajo el concepto de alienación (Entfremdung). El dolor ya no aparece sólo como un movimiento de la experiencia de la conciencia, sino como una vivencia concreta de una realidad social escindida.

    Marx describe cómo el trabajador se ve separado del producto de su trabajo, de su propia actividad, de su esencia genérica y de los otros hombres. Esa separación no es meramente objetiva: se vive como sufrimiento. El trabajo alienado produce una existencia desgarrada, en la que el sujeto no se reconoce en el mundo que produce. El dolor deja de ser un problema interior para revelarse como síntoma de una contradicción histórica objetiva. En este punto, la afinidad con Hegel se hace evidente, aunque también su ruptura. Ahí donde Hegel sitúa el dolor en el proceso de formación del espíritu, Marx lo reinscribe en las “condiciones materiales de existencia”. Y sin embargo, ambos pensadores coinciden en algo esencial: el sufrimiento no es un destino ontológicamente abstracto ni una prueba moral, sino el efecto de una forma de vida históricamente no reconciliada. Y es, precisamente por eso, que puede ser superado mediante la transformación de las condiciones que lo generan.

    Desde esta perspectiva, el dolor no es algo que deba ser celebrado ni interiorizado, sino comprendido como núcleo de la negatividad histórica. En Hegel, esa negatividad impulsa el movimiento del concepto; en Marx, la crítica radical de la sociedad existente. En ambos, el dolor señala la ausencia de libertad y, al hacerlo, abre la posibilidad de su superación práctica. Pensar el dolor, dialécticamente, implica una exigencia ética y política. No se trata de justificar retrospectivamente el sufrimiento, sino de negarse a sacralizarlo. La reconciliación —en el caso Hegel— y la emancipación —en el de Marx— no consiste en soportar indefinidamente la herida, sino en producir un mundo en el que esa herida pueda cerrarse y dejar de sangrar.

    En tiempos en los que el dolor vuelve a ser estetizado o privatizado, recuperar esta lección resulta urgente. El dolor es real, pero no es sagrado. Es la huella de una contradicción histórica que exige ser conservada y superada simultáneamente, a un tiempo. Esa es, quizá, la enseñanza más profunda que une a Hegel con Marx: el sufrimiento sólo encuentra su verdad cuando deja de ser un fin y se convierte en un impulso hacia la libertad. Decía Adorno que “la filosofía consiste en el esfuerzo del concepto por curar las heridas que necesariamente inflige el propio concepto”. Así también con el espíritu, toda vez que el pensamiento hiere y cura a la vez. Sin duda, este dolor y esta vergüenza pasarán, a condición de que su recuerdo nunca jamás sea olvidado.