No considero que ser continental o analítico solucionen los problemas de nuestros tiempos. Ambas filosofías son, en este punto de la historia, dos alas del mismo pájaro amoral, dos feudos académicos que compiten por el mismo botín de prestigio y fondos estatales, mientras la civilización que dicen estudiar se desmorona. Rechazo la clasificación filosófica de hecho, ya sus tiempos de estudio pasaron mientras siguen estancándose en juegos de niños. Pero entiendo su utilidad. Si me obligara yo mismo a mapearme, lo haría como un filósofo de sistemas políticos con herramientas de ambos lados y lealtad a ninguno. Lo haría como un filosofo que hace que la vida viva a través de mí. Si tuviera que mapearme sería el más absoluto y estricto ignorante.
Lo Continental: La Oscuridad como Fraude.
La tradición continental, la de Hegel, Heidegger, Lacan, Derrida, Foucault, es la gran proveedora de munición retórica para los poderes banqueros e intelectuales, de ahora en adelante no los separaremos. Su vicio capital es la oscuridad deliberada elevada a método. El continental típico escribe en un dialecto privado del alemán o del francés, intraducible, deliberadamente hermético, que requiere una casta sacerdotal de iniciados para ser "interpretado".
¿El resultado? Un juego de significantes autorreferencial que no busca la verdad, sino la construcción de un feudo académico. El continental no prueba; sugiere. No argumenta; despliega. Su estándar de calidad no es la verificabilidad, sino la profundidad aparente y la capacidad de generar discípulos que escriban tesis sobre sus aforismos. No lo niego. Podríamos hablar por años de Lacan y no aburrirnos jamás, pero la política y la filosofía no se vive sin el ahora.
Mi rechazo a esta tradición como argumento político-filosófico es visceral. He leído sus textos. Sé que detrás de la niebla hay, a veces, ideas potentes (Gramsci, Schmitt). Pero el método es una perversión. La filosofía no es poesía ni esoterismo. Si no se puede decir lo que se piensa en una prosa clara y contrastable, es porque probablemente no se piensa nada con claridad, o porque el objetivo no es la verdad sino el poder. El estilo filosófico de hoy debería ser literario y contundente; aspirar a la claridad quirúrgica, no al enigma.
Contra el Analítico: La Estupidez Rigurosa
La tradición analítica, la de Frege, Russell, el primer Wittgenstein, Quine, Bungee, y su actual degeneración en la filosofía de la mente y el lenguaje, comete el pecado opuesto pero igualmente mortal. Su vicio es la precisión estéril y el desprecio por la realidad política e histórica.
El analítico típico se pasa 40 años discutiendo sobre el problema de la referencia en los mundos posibles o sobre si un zombi filosófico puede tener qualia. Desarrolla una maquinaria lógica imponente para analizar problemas microscópicos que no le importan a nadie fuera de su departamento. Su estándar de calidad es el rigor formal, pero aplicado a premisas ridículamente estrechas y ajenas a la condición humana.
Esta tradición, con su culto a la lógica y su miedo a la historia, es la cómplice perfecta del status quo. Mientras el filósofo analítico discute la semántica del libre albedrío, el Banco y la Universidad destruyen la libertad real con regulaciones y diezmos inflacionarios. El analítico es inofensivo, y por eso es bienvenido. No amenaza a nadie con sus silogismos sobre el gato de Schrödinger. Se ha vuelto irrelevante por elección.
El método filosófico actual toma del analítico la exigencia de claridad conceptual y estructura lógica. El análisis del estado, del feudalismo corporativo, del diezmo inflacionario, es un modelo. Se descompone la realidad en componentes, se define términos con precisión, se identifica mecanismos causales, y se deduce consecuencias. Eso es filosofía conceptual, no mera especulación. Y es la vía que veo posible.
La Tercera Vía:
La tradición real no está en los departamentos de filosofía. El objeto de estudio no debería ser los qualia ni el ser-en-el-mundo. La filosofía política debería ver al gobierno como tecnología. ¿Cómo se estructura un sistema operativo soberano que produzca orden, paz y prosperidad? ¿Qué patologías surgen cuando el software tiene bucles de retroalimentación perversos (Democracia + Banco Central + Universidad capturada)? ¿Cómo se hackea y se reescribe ese código?
Para esto, se podrían usar herramientas del continente, y herramientas analíticas (definiciones operativas, modelos de incentivos, ingeniería de sistemas). Pero el criterio último de verdad no es ni la profundidad hermenéutica ni el rigor lógico por sí mismos. Es su eficacia en la realidad. ¿Describe mi modelo el funcionamiento real del poder mejor que los modelos del statu quo? ¿Predice sus movimientos? ¿Permite diseñar una alternativa viable? Esas son preguntas. No las de un filósofo académico. Si no las de un filósofo de a pie que observa la problemática desde la calle, porque está introducido y arrojado a ella. Y porque en cierta manera, hace política sin ser un político.
Así que, si se necesita una etiqueta, olvidémosla como olvidamos los bucles del filósofo continental o del analítico. Hacer lo contrario es como preguntarle a un cirujano si es homeópata o alópata cuando lo que está haciendo es esterilizar el instrumental. La clasificación en sí misma es un síntoma de la enfermedad que se intenta diagnosticar.
Desde
el desarrollo de la mecánica cuántica en el siglo XX, diversos filósofos
y físicos han sostenido que fenómenos como la superposición cuántica obligan
a abandonar los principios fundamentales de la lógica clásica, particularmente
el principio del tercero excluido, según el cual toda proposición debe ser
necesariamente verdadera o falsa. Conviene precisar, desde el inicio, que
una proposición no es un ente ontológico: es una entidad lingüística que
describe o representa un estado de cosas, pero suele confundirse que están en
la misma categoría.
La
interpretación de algunos físicos y filósofos de la ciencia sostiene que, dado
que un electrón puede encontrarse simultáneamente en dos estados aparentemente
incompatibles, la lógica clásica "falla",porque la proposición
correspondiente no sería ni verdadera ni falsa, sino que describiría un estado
intermedio.
La
tesis de este artículo se centra en identificar y examinar esa confusión: la
que traslada propiedades del plano ontológico de los fenómenos físicos
al plano lógico de las proposiciones que los describen.
El error
categorial
Uno de los
errores más frecuentes en la filosofía de la física consiste en trasladar
propiedades pertenecientes a los sistemas físicos hacia principios propios de
la lógica formal.
Durante
los debates entre Bohr y Einstein, y posteriormente en los trabajos de Birkhoff
y von Neumann sobre lógica cuántica, surgió la idea de que la superposición
obligaba a abandonar la lógica clásica. El argumento suele presentarse de la
siguiente manera:
Un electrón puede encontrarse en
superposición entre dos estados.
El principio del tercero excluido
exige que toda proposición sea verdadera o falsa.
Luego, la superposición refuta el
tercero excluido.
Sin embargo,
esta conclusión presupone que un estado físico y una proposición lógica
pertenecen al mismo nivel de análisis, cuando en realidad corresponden a
categorías filosóficas distintas.
La
superposición cuántica
es un estado físico descrito por el formalismo matemático de la mecánica
cuántica. El principio del tercero excluido, en cambio, es una ley lógica
que regula la estructura formal de las proposiciones. Confundir ambos
niveles constituye un error categorial.
Ontología y
lógica: dos planos diferentes
La mecánica
cuántica estudia el comportamiento de los sistemas físicos. La lógica formal
estudia la estructura de los razonamientos que formulamos acerca de esos
sistemas.
La
lógica no determina cómo se comporta un electrón, ni establece qué propiedades
físicas posee una partícula subatómica. Su función consiste en evaluar la
coherencia formal de las proposiciones y de las inferencias que construimos
sobre dichos fenómenos.
En otras
palabras, la física responde preguntas como:
¿Cómo
evoluciona un sistema cuántico?
¿Qué predice la
función de onda?
¿Qué resultados
pueden obtenerse en una medición?
La lógica, en
cambio, responde preguntas completamente distintas:
¿La conclusión
se sigue de las premisas?
¿Existe
contradicción formal?
¿La inferencia
es válida?
Por ello,
afirmar que un fenómeno físico refuta directamente un principio lógico supone
atribuir a la lógica una función descriptiva de la realidad que no le
corresponde.
La
superposición no constituye un tercer valor lógico
Desde la
perspectiva de la lógica clásica, la superposición cuántica no representa un
tercer valor lógico situado entre lo verdadero y lo falso.
Lo
que existe es un estado físico cuya descripción requiere un formalismo
matemático diferente del utilizado por la física clásica. La dificultad aparece
cuando se intenta traducir directamente ese formalismo a proposiciones
simplificadas del lenguaje ordinario, como:
"El
electrón está aquí"
o "El electrón no está aquí."
La
mecánica cuántica muestra que estas formulaciones pueden resultar insuficientes
para describir el sistema antes de la medición. Pero la insuficiencia
descriptiva de una proposición no implica, por sí sola, la falsedad de los
principios lógicos que regulan las inferencias entre proposiciones.
La
física puede exigir nuevos modelos conceptuales para describir la realidad; la
lógica determina únicamente si esos modelos se desarrollan mediante inferencias
formalmente válidas.
Conclusión
La
superposición cuántica no constituye, por sí misma, una refutación del
principio del tercero excluido ni de la lógica clásica en general. Lo que
existe es un error categorial:
se trasladan propiedades pertenecientes al plano ontológico de los
sistemas físicos al plano lógico de las proposiciones. La mecánica
cuántica modifica nuestra comprensión del comportamiento de la materia; la
lógica evalúa la validez de las inferencias mediante las cuales describimos ese
comportamiento.
En
consecuencia, el electrón nunca "rompió" el principio del tercero
excluido. Lo que mostró fue la necesidad de elaborar modelos conceptuales más
precisos para representar ciertos estados físicos. La lógica no estudia
electrones; estudia las proposiciones que formulamos acerca de ellos. Confundir
ambos niveles constituye un error categorial que ha alimentado una
interpretación filosófica discutible sobre la relación entre la mecánica
cuántica y la lógica clásica.
Desproporcionalidad: El congreso, liderando un estado
soberano, versus Silicon Valley.
La crítica es hacia la oligarquía gerencial que usa la
retórica "anticapitalista" de la justicia social para demoler a la
clase media y crear una masa de siervos dependientes.
La era capitalista real
murió a principios del siglo XX. Lo que vino después fue una era
burocrático-progresista, financiada por la emisión monetaria sin respaldo y
legitimada por una prensa de alquiler.
El capitalismo, en realidad, no es el enemigo, el enemigo es
el capital y todas sus variantes parasitarias. En el feudalismo medieval, la
tierra era la fuente de riqueza, y se otorgaba como feudo a cambio de lealtad
militar. En nuestra forma económica, la riqueza se genera mediante el
privilegio estatal, no mediante la competencia. No es la tierra, sino un marco
regulatorio, una patente, un derecho de propiedad intelectual o una barrera de
entrada administrativa. Google no es rico porque compita en un mercado de
búsquedas, sino porque su monopolio es el feudo de facto otorgado y protegido
por el Estado administrativo. El señor feudal moderno no exige tropas; exige
adhesión ideológica.
El gran capital rinde pleitesía adoptando los dogmas del
Environmental, Social, and Governance (ESG). Una corporación que se desvíe del
dogma es excomulgada, "cancelada" y sus privilegios regulatorios
revocados. La sociedad no es una meritocracia abierta, sino un sistema de
castas con movilidad controlada. Por ejemplo: El Clero Catedralicio,
Universidades, Medios de Comunicación, Burocracias de Recursos Humanos y ONG.
Su función es definir la realidad, la moral y el lenguaje permitido. Su
producto es la legitimidad. Por otro lado, la Nobleza Corporativa: las grandes
tecnológicas, el Complejo Financiero, La Industria Farmacéutica y Los Contratistas
Militares. No producen riqueza ex nihilo; extraen rentas mediante privilegios
de propiedad intelectual, acceso asimétrico al crédito del banco central y
contratos gubernamentales. Un CEO de una Big Tech es funcionalmente un duque.
Los Siervos y los Villanos, la masa de la población, dividida en dos subclases:
El siervo dependiente: Mantenido con subsidios y transferencias directas, atado
a su circunstancia, despolitizado y aplacado con entretenimiento de masas y
retórica de opresión. El villano productivo: El pequeño empresario, el
profesional independiente, el trabajador cualificado que aún posee algún medio
de producción mental o material; este es el campesino libre medieval. Sostiene
el sistema con impuestos y regulaciones sofocantes, y es constantemente
amenazado y expropiado por los otros dos estamentos.
La ley no es un código fijo. Es una interpretación fluida,
continua y expansiva por parte de un sacerdocio (los jueces y burócratas), que
legisla desde el estrado (derecho creativo) y emite bulas regulatorias (fallos
de agencias como la EPA o la SEC). Para la nobleza corporativa, La Ley es un
arma para aplastar competidores. Para el villano (contribuyente), es un riesgo
existencial inescrutable.
El dinero fiduciario, gestionado por el Banco Central, es el
mecanismo de extracción de rentas más eficiente jamás creado. La expansión
cuantitativa es un diezmo que se cobra silenciosamente a todos los tenedores de
moneda, pero los beneficios se canalizan directamente a la nobleza financiera
(los que están más cerca de la imprenta), inflando sus activos mientras se
destruye el poder adquisitivo del Tercer Estado. No es un error; es una
característica del sistema.
Así como el rey medieval dependía de sus nobles para formar
ejércitos, el Estado Moderno externaliza funciones críticas. No sólo la guerra,
sino la vigilancia y la censura. Las grandes tecnológicas no son empresas
privadas neutrales; son feudos militares del clero, encargados de vigilar el
discurso (la nueva herejía) y ejecutar la excomunión digital (desplataformar)
sin juicio público. El feudalismo corporativo es una oligarquía bicéfala de
gerentes y mandarines que ha reemplazado la soberanía nacional y la competencia
de mercado por un sistema de extracción de rentas legitimado por un falso
igualitarismo moral.
El poder está fusionado con la propiedad de una manera que
hace irrelevante la distinción entre Estado y Mercado. No es socialismo, porque
los medios de producción están nominalmente en manos privadas. No es
capitalismo, porque esas manos dependen del favor del Estado, no del
consumidor. Es el statu quo. Es la realidad que el ritual electoral te pide que
ignores cada cuatro años.
El ingreso del rentista financiero (El Burgués), proviene de
la intermediación eficiente del capital. Presta, invierte y asegura en función
de cálculos de riesgo y retorno fríos. Su mundo es el de la aritmética, el
contrato y la señal de precios. Para él, una idea vale cero hasta que genera un
flujo de caja descontable. Su incentivo es la previsibilidad y el respeto
absoluto por la propiedad privada y el derecho de acreedores. La riqueza de la
intelectualidad que viene de un mercado libre es escasa, proviene más bien de
su "capital cultural". Escriben, enseñan, critican. Su moneda es el
prestigio, la credencial y la influencia sobre las mentes jóvenes. Su incentivo
es deconstruir, cuestionar, proponer utopías y elevar su estatus moral por encima
del "vulgar" hombre de negocios (generalmente, visto como
"liberal"). La intelectualidad genuina siempre muerde la mano del
burgués, porque denunciar el materialismo es su producto principal. En un
mercado libre, el financista ve al intelectual como un vendedor de humo
potencialmente peligroso para el orden contractual. Mientras el intelectual ve
al financista como un filisteo con la sensibilidad de una roca. Su relación
natural es de desprecio mutuo y vigilancia recelosa. El Banco financia, por
ejemplo, fábricas y ferrocarriles. Su consejo son ingenieros, contables y
abogados. No contrata poetas. Un error de cálculo lo lleva a la quiebra. Su
responsabilidad es fiduciaria, no moral. La Universidad forma a los hijos de la
burguesía en los clásicos, pero se mantiene como una torre de marfil. Sus
profesores son pobres, respetados e impotentes. Critican el industrialismo,
añoran lo pastoral, escriben poesía. Nadie en Wall Street les pregunta su
opinión sobre una fusión corporativa, ni a ellos se les ocurriría darla. Su
desprecio es un lujo que la burguesía tolera porque no amenaza su poder. Esta
separación es una salvaguarda. El intelectual mantiene la cultura, inculca
virtud y proporciona una brújula estética. El financiero mantiene la eficiencia
material. No se fusionan porque sus fines son divergentes: la verdad o la
belleza versus el beneficio.
El Estado abandona el patrón oro, así se corrompe al
rentista. Crea un Banco Central todopoderoso y empieza a imprimir dinero. De
repente, el financiero ya no gana dinero sirviendo al ahorrador y al
empresario, sino estando cerca de la imprenta. Su habilidad ya no es evaluar
riesgo, sino hacer lobby. Necesita una coartada intelectual que justifique
moralmente su parasitismo inflacionario. La izquierda cultural se la
proporciona.
El Estado inyecta subsidios masivos a la educación superior,
corrompiendo a la intelectualidad, y convirtiendo la universidad en una
burocracia mastodóntica. Los intelectuales ya no son pobres ni están aislados;
son un ejército de funcionarios administrativos que necesitan una justificación
para su nueva riqueza y poder. La izquierda política les da el enemigo (el
capitalismo malvado) y el rentista les da la financiación a través de
fundaciones y contratos de consultoría "woke". La fusión es un pacto
faústico; el banco de inversión paga al departamento de humanidades para que
diga que el dinero fiduciario es "justicia social". El departamento
de humanidades otorga al banquero un certificado de virtud que ningún contrato
comercial podría darle jamás. El rentista obtiene blindaje moral; el
intelectual obtiene poder material. Por eso, en un sistema de libre mercado
auténtico estarían separadas la intelectualidad del sistema financiero. El
capitalista real no necesita que un profesor le diga que es bueno; necesita que
el cliente compre su producto. El intelectual real no necesita que un banquero
le financie; necesita que su libro sea leído. La unión de ambos, forzada por el
Estado hacia abajo: gobernaciones, municipalidades, sindicatos, es la
definición misma de la oligarquía gerencial que hoy nos asfixia.
La filosofía nos exige ser agentes activos de la historia en lugar de refugiarnos pasivamente en la resignación estoica.
“La verdad del estoicismo está en el escepticismo”
G.W.F. Hegel
Pocas concepciones filosóficas han gozado de un prestigio tan prolongado como el que ha tenido el estoicismo. Desde la primera gran crisis sufrida por la Antigüedad clásica hasta la actual industria cultural en redes, dedicada al negocio de la autoayuda, la Estoa -como también se le conoce- ha sido presentada como la escuela de la fortaleza interior, de la serenidad, del dominio y el control de sí mismo. Sus máximas reaparecen una y otra vez bajo nuevos formatos: aceptar lo inevitable, concentrarse exclusivamente en aquello que depende de uno mismo, permanecer imperturbable frente a las vicisitudes del mundo. Y es que, para la Estoa, la resignación recibe el nombre de sabiduría, y la adaptación es concebida como libertad. Y no es por mera casualidad, porque a esta doctrina también se le conoce como la “libertad de la autoconciencia”.
Y sin embargo, justo ahí donde la certeza sensible supone haber encontrado las mayores virtudes y verdades estoicas, la filosofía se ve en la necesidad de poner al descubierto los límites que el propio estoicismo -quizá sin saberlo- se ha fijado. Porque la grandeza de la filosofía no consiste en reconciliar prematuramente al individuo con la realidad, sino en comprender que la propia constitución de la realidad -la Wirklichkeit- está, de modo inevitable, atravesada por contradicciones que reclaman no solo ser pensadas, sino comprendidas y superadas. En esto consiste su oficio, pues, como se sabe, el pensamiento filosófico tiene sus orígenes en la vindicación de la negación. Solo que no se trata de una negación indeterminada, abstracta, caprichosa o meramente destructiva, sino de aquella fuerza espiritual que es capaz de reconocer el hecho de que la inmediatez no agota la realidad efectiva, la “realidad de verdad”.
El estoicismo representa el primer gran intento sistemático por trasladar el conflicto histórico hacia el interior de la consciencia individual. De hecho, cuando los individuos se sienten incapaces de modificar el orden de las cosas, se ven en la necesidad de aprender a modificar su actitud frente al mundo. Por eso, donde las viejas estructuras políticas y sociales permanecen intactas, la libertad queda reducida al gobierno de las propias representaciones, y el universo puede continuar siendo injusto: sólo basta con aprender a no sufrir por ello.
No deja de ser significativo el hecho de que semejante pensamiento comenzó a alcanzar gran popularidad cuando las antiguas ciudades-Estado griegas iban perdiendo su autonomía política y los individuos empezaban a experimentar impotencia frente al peso abrumador del poder imperial. Cuando el curso de la historia parece haber llegado a su fin, la libertad termina refugiándose en la interioridad. En sus escritos juveniles, Hegel, no sin ironía, define la pérdida de la unidad orgánica y su consecuente pasaje a la mera ficción reflexiva citando las Escrituras: “El que no cabe en el cielo de los cielos, se encierra en el claustro de María”. Eso es el estoicismo.
Es evidente que toda retirada tiene un precio ético-político y conceptual. Ahí donde el sujeto se ve en la necesidad de renunciar al compromiso de transformar el mundo, resulta inevitable terminar adaptándose a él. La serenidad se convierte lentamente en conformidad. La sabiduría degenera en resignación. La libertad acaba confundida con la capacidad de soportar el peso de aquello que ya no se intenta modificar.
También en la Fenomenología del espíritu, Hegel observa que el modelo de libertad que proponen los estoicos es el modelo propio de la libertad abstracta. Es verdad que con la Estoa el pensamiento descubre la independencia interior, sea “sentado en el trono o atado con cadenas”. Pero lo hace al precio de abandonar la riqueza concreta de su existencia histórica, social y política. El sujeto permanece libre únicamente porque ha vaciado de contenido efectivo -has put in the trash can!- su relación con el mundo. La conciencia encuentra refugio en sí misma en el preciso instante en el que ha dejado de reconocerse como protagonista de la historia.
Tampoco es casual que las formas contemporáneas del estoicismo reaparezcan, por cierto, en sociedades atravesadas por profundas crisis económicas, sociales, políticas y culturales. La referencia no solo involucra a los eventuales Estados “51”. La grandeza de una sociedad no reside en el tamaño de su territorio. Millones de personas reciben a diario la invitación para controlar sus emociones, gestionar la ansiedad, aceptar la incertidumbre y fortalecer su resiliencia. Todo ello puede poseer un indudable valor psicológico. Pero cuando estas exhortaciones sustituyen la comprensión de las causas objetivas del malestar, la terapia termina funcionando como una extraordinaria pedagogía de la adaptación al sojuzgamiento. Un film venezolano de 1978, escrito por Rodolfo Santana, dirigido por Mauricio Walerstein y protagonizado por Simón Díaz, lleva por título: “la empresa perdona un momento de locura”.
Así, pues, el propósito de la Estoa no consiste en la transformación de las condiciones que producen la angustia, sino en aprender a convivir con ellas. Y si, como afirma Benedetto Croce, la filosofía es “la afirmación de que la vida y la realidad son historia y nada más que historia”, entonces, su tarea esencial comienza exactamente donde termina la resignación. Porque pensar significa descubrir que la realidad no constituye un destino inmutable sino el resultado histórico de la actividad humana. Lo que ha sido hecho puede ser re-hecho; lo que existe porque ha llegado a ser puede también dejar de ser. La historia no es el escenario donde los hombres representan un papel previamente escrito: es la obra que ellos mismos producen, incluso cuando todavía ignoran que son sus autores. Verum et factum convertuntur, dice Vico.
Por eso mismo, la negación constituye el verdadero principio de toda libertad. Negar no significa, como ya se ha indicado, destruir el mundo, sino rechazar los supuestos de una aparente “naturalidad” de las cosas. La negación rompe el hechizo -y el hastío- del hábito revestido de verdad. Pone en crisis, pues, la ilusión según la cual las instituciones, las relaciones sociales o las formas de poder son tan naturales como las montañas o los mares. Cuando la conciencia descubre que todo orden histórico ha sido objetivamente producido, descubre simultáneamente la posibilidad objetiva de transformarlo. Ésta es, tal vez, la mayor lección dejada por Spinoza, Vico, Hegel y Marx. El espíritu no habita fuera de la historia. La razón no contempla el mundo desde una altura inalcanzable. Pensar es participar en el movimiento mismo mediante el cual la realidad se hace y se des-hace constantemente, Immerwieder.
Quizá por eso, la serena quietud del ser parmenídico no constituya la virtud suprema del pensamiento. Mucho más fecunda resulta ser la inquietud del devenir heraclíteo. Aunque es justo reconocer que ambas determinaciones son términos opuestos correlativos y que, en tal sentido, cada una es determinante para la otra. Pero ahí donde la conciencia permanece tranquila o indiferente frente a la injusticia, se inicia el proceso de autoextinción del pensamiento. Y, a la inversa, ahí donde el espíritu experimenta la contradicción como una herida abierta, inicia auténtica y verdaderamente la filosofía. En estos tiempos, la Estoa ha devenido ideología, y con ello ha reafirmado su condición de conciencia infeliz que debe soportar el mundo. Su historia es la historia del nacimiento de la interioridad como respuesta a la desaparición del Ethos ciudadano. Pero más allá de la oferta -del “dos por uno”- que enseña a soportar el peso de la existencia, signada por la figura de Sísifo, la filosofía tiene la obligación de revelarse como el esfuerzo de comprensión de una vida que puede dejar de ser el ritornelo de la obstinación.
Presentación de las clases magistrales sobre identidad, estoicismo y deconstrucción.
El programa anual de filosofía aplicada combina psicología, estoicismo y análisis de poder. Su objetivo principal es ofrecer herramientas prácticas para recuperar la autenticidad frente al ruido moderno. Las sesiones combinan exposición teórica con debates confidenciales para fomentar el pensamiento crítico y evitar la manipulación algorítmica.
Esteban Higueras Galán, Jonatan Alzuru y José Rafael Herrera presentan un programa diseñado para ser una herramienta práctica. El objetivo es cuestionar la identidad, entender el carácter y analizar las estructuras de poder que intentan anular al individuo.
El primer bloque se centra en la psicología, abordando la personalidad mediante la deconstrucción. Se utilizará el marco filosófico de Baruch Spinoza para identificar sentimientos, rescatando el concepto de conatus. El propósito es ofrecer una herramienta frente a problemas contemporáneos como el narcisismo, funcionando como una terapia guiada para aprender a pensar por cuenta propia.
Segundo trimestre: el oficio de vivir y el estoicismo
El segundo trimestre se enfocará en el "oficio de vivir", estudiando a autores como Séneca y Marco Aurelio. Se analizará cómo los antiguos concebían la vida como una obra de arte, utilizando textos originales de Cicerón para desarrollar la inquietud, el conocimiento y el cuidado de sí, elementos esenciales para el autogobierno.
Tercer trimestre: estructuras de poder y modernidad
El bloque final analizará la modernidad y las estructuras de poder contemporáneas. Se estudiarán pensadores como Nicolás Maquiavelo, Giordano Bruno y Baruch Spinoza para demostrar los mecanismos de manipulación política y social, permitiendo a los estudiantes ejercer una disidencia real.
Como columna vertebral del programa, se imparten 9 clases magistrales transversales conjuntas a un ritmo de una sesión al mes. En este espacio, que funciona como un recorrido integral de iniciación, los conceptos dialogan de forma interdisciplinar, uniendo las tres perspectivas del claustro (psicología, ética y política). Es el entorno donde el marco teórico aterriza definitivamente en los conflictos vitales del alumno, acompañándolo en la construcción de un criterio propio frente al consumo pasivo de ideas prefabricadas.
Contexto científico y crítica a la cultura digital
El curso se vincula con los descubrimientos neurobiológicos de Antonio Damasio sobre los afectos de Spinoza. Se critica la cultura del estoicismo superficial de internet y se advierte sobre la manipulación algorítmica, como el caso de Cambridge Analytica, donde las redes manipularon a sujetos a gran escala.
Metodología de las sesiones y logística
Las sesiones en directo incluyen 60 minutos de exposición y 30 minutos de debate abierto a puerta cerrada, sin grabación. Se busca evitar la formación pasiva, permitiendo que los estudiantes formulen preguntas en tiempo real para fomentar la interacción.
Transcripción completa de la presentación
Ah, no estabas grabando, ¿no? Hola, muy buenas. Bueno, pues aquí estamos. José Rafael, Jonathan, queremos presentar qué aprendizaje queremos, qué tipo de clases vamos a dar a las personas, ¿no?, a esos alumnos. Era una diapositiva que la voy a enseñar ahora. La defensa personal intelectual, digamos, este esta clase, estos cursos son para personas que quieren aprender, que quieren defenderse del mundo. Eh, es filosofía aplicada. Eh, bueno, eh, voy a la primera, el primer trimestre tengo yo seis clases y se va a centrar en psicología. Es decir, vamos a hablar de personalidad y de identidad. Cuando se habla de personalidad en psicología, lo que se refiere es a las formas de defenderte contra el otro, a las formas de eh filtrar la realidad, esa percepción y cómo te defiendes de un contexto social, de la personalidad del otro, de lo que quiere esa persona, de lo que quieres tú. Bueno, y al final la personalidad es algo que son comportamientos que se dan en el ámbito social y que puede hacerte, eh, adicto a una serie de comportamientos por condicionamiento que te generan adicciones, distintos tipos de adicciones. La identidad, la identidad tiene que ver con la filosofía, con las palabras. La identidad tiene que ver con qué piensas tú de cierta idea, qué idea tienes, qué creencia tienes sobre algo y cómo eso te define. Es decir, la personalidad y la identidad tienen que unirse para tener un sentido. Ahí entraría la filosofía dentro del comportamiento, digamos. Bien, de esto va ir un poco mi curso. Eh, eh, va de cómo, cómo, cómo ser auténtico, cómo, cómo generar esa identidad. Hm. ¿Y cómo lo voy a hacer? Pues eh fijándome sobre todo, como sabéis, en Espinosa y en esas emociones de Espinosa, vamos a encontrar eh unos sentimientos, una forma de identificar esos sentimientos que a través de nuestra personalidad llegamos a comprender cosas que están más allá de nosotros, a poder percibirlas de forma distinta, adueñarnos de esas cosas. Llegamos a ser aptos para la filosofía, para comprender. Mi curso se centra sobre todo en estas dos ideas de forma muy general: en identidad y personalidad. ¿Vale? Eh, llego aquí a la deconstrucción, este concepto, esta idea tan de los filósofos franceses, ¿no?, que es la necesidad de ir a lo más simple, ir a lo más concreto, ir a la afección, a lo primero que te afecta, a esa imagen, a esa emoción compleja, ir haciéndola cada vez más pequeña y más simple. Eso se consigue con estos sentimientos, con las explicaciones de los seis sentimientos que ya después os mostraré. Separando el vehículo del comportamiento del ser filosófico. Vale, aquí en esta diapositiva se parte un poco de lo que es la personalidad y lo que es la identidad, el conatus, ¿no? La fuerza vital. Aquí, aquí en esta psicología, en mi punto de vista y en este marco, eh rescato un poco el conatus de Espinosa y se deja ver más claro todo lo que el psicoanálisis no ha sabido mostrar con este de las pulsiones y con esta forma más abstracta y poco concreta. Bueno, y la percepción es el sujeto de Averroes. Esto que es el principio de la inmanencia, cuando la psicología se separa del resto de ciencias. Es importante fijarnos en ese punto. Bueno, y durante el curso se desarrolla también para dar seguridad en la forma de percibir que existe y apoyar unas ideas con otras. Básicamente, este curso viene como respuesta a que yo trabajo de psicólogo y trato problemas de personalidad en terapia, en psicoterapia, y el problema de personalidad más acuciante hoy en día es el narcisismo, se puede decir, la forma de alterar, la forma de percibir propia por creencia. Eh, bueno, y además es algo que está, pues, en todos lados, está, eh, en redes sociales, en películas; es decir, la cultura premia un poco ese comportamiento. Así, aquí están los seis sentimientos que muestro también en mi libro Terapia Espinosa y que aquí se van a trabajar de una forma más práctica, casi como una terapia grupal en la que es guiada por mí, guiándonos por una serie de conceptos de ideas y que tú después podrás aplicar a tu propio pensamiento y a tu comportamiento. Además, como sabemos, hay 30 minutos de clase no grabada para generar ese debate y esa interacción, ese aprendizaje en el que se pueden intercambiar ideas y que también en el programa anual, para las personas que se acojan al programa premium anual con el certificado, pues a esas personas también se les va a la evaluación esos 30 minutos. Bueno, aquí acabo mi presentación. Eh, le dejo, le paso el turno a Jonathan, ¿te parece, Jonathan? Bueno, eh, la psicología, como estaba planteando Esteban, tiene su fundamento en la filosofía y precisamente uno de los asuntos que vamos a leer es una carta que escribió Cicerón a su hijo que, eh, se le colocó el nombre de Los oficios, así se llama, donde la carta es una una larga carta que es un tomo, pues, eh, de unas 600 páginas, una cosa así. Eh, la carta es él mostrándole aquellas cosas que él considera que en la academia no se las puede enseñar un filósofo, sino alguien que lo conoce. Así le dice: "Porque te conozco, es que te puedo decir estos asuntos". Y fundamentalmente, Michel Foucault, al estudiar a Cicerón, a CNECA, ha colocado como tres puntos importantes eh eh para el abordaje de Cicerón. ¿Y qué es la inquietud? Hay que inquietarse, conocerse y cuidarse. Esos tres elementos, la inquietud, el conocimiento y el cuidado de sí, tienen la función de gobernarse a sí mismos para gobernar a los otros. Cuando estoy hablando de gobierno, piensen ustedes que el padre, la madre gobierna una familia. Eh, en el trabajo tú tomas decisiones, gobiernas, ¿qué tipo de gobierno ejerces? En nuestras sociedades tenemos gobierno que solemos ver, pero no vernos a nosotros. Aquí el punto es cómo vernos. La filosofía va a dar un conjunto de herramientas y piensen ustedes la importancia de las corrientes filosóficas del mundo antiguo, sobre todo voy a hablar del romano, que tu ciudad europea está articulada con una arquitectura, con obras de arte, con una ingeniería antigua de los romanos. Y piensen que el Imperio Romano era todo lo que es hoy día Europa, el norte de África y parte de Asia. Bueno, como esos señores gobernaron por varios siglos, por lo menos desde el siglo I hasta el siglo I. Es decir, es la estructura política más sólida de la historia occidental. 400 años gobernando. Justamente esos gobernantes, fíjense ustedes, eh no escribieron un tratado de arquitectura, no escribieron un tratado de estética de escultura, no escribieron un tratado de religión, no escribieron un tratado político y sin embargo, se dio un desarrollo político, un desarrollo en términos estructurales de la ciudad, en términos del comercio. Y los que estudian derecho, recuerden que vieron derecho romano, pero ellos no teorizaron sobre el derecho. Su formación fue a través de cartas individualmente, pero que tenía un efecto político y social muchísimo más contundente que los griegos, porque los griegos elaboraron una teoría, pero jamás ejercieron un gobierno los filósofos. En cambio, tenemos, por ejemplo, a un gran emperador como Marco Aurelio, que es uno de los emperadores que va a retomar Maquiavelo. Y Maquiavelo, cuando escribe El príncipe, utiliza la misma estructura que los estoicos, que los epicúreos, que los neoplatónicos. ¿Cuál es esa estructura? Que Maquiavelo va narrando cómo es el ejercicio del poder y termina con unas máximas de acción. Y cuando termina con unas máximas, cuando le presenta Maquiavelo, cuando presenta su texto, que se lo dice: "Bueno, te estoy donando mi experiencia individual y también lo que he estudiado". Allí perfectamente se conecta este proceso con la política y esa estructura Nietzsche le llama la vida como una obra de arte. De eso tratará y leeremos no libros, eh, de interpretaciones, le veremos a los propios autores. Es sí. Y bueno, yo creo que el curso que me corresponde a mí es un curso que deriva de estas concepciones de las cuales Jonathan Alzuru ha dado pista, ha dado, digamos, una reflexión, porque todo lo que a continuación sigue comienza a desarrollarse después de esa fructífera época del Imperio Romano, cuando una vez que cae el imperio, una vez que comienza el mundo medieval, viene una progresiva reconstrucción de la vida y particularmente del ejercicio de la libertad. Entonces, hay, por supuesto, una especie de confrontación, eh un clima, un ambiente de divergencia entre lo viejo, que está fundamentalmente eh conformado por la tradición religiosa, por la teología, y lo nuevo, lo que está comenzando a nacer, y eso nuevo eh en buena medida tiene no solamente mucho de estoico, sino esencialmente de escéptico. Y les voy a decir una cosa fundamental que dice Hegel en la Fenomenología del espíritu. Dice que la verdad del estoicismo está en el escepticismo y ese concepto es lo que anima, lo que a mi juicio transforma en malditos a tres de los más grandes filósofos de la época del Renacimiento: a Nicolás Maquiavelo, a Giordano Bruno y a Baruch Espinosa, que cierra prácticamente el ciclo del Renacimiento y abre una nueva etapa en la historia del pensamiento filosófico. Pero no es posible el desarrollo de esas tres etapas sin verlas, sin concebirlas en unidad, en una cierta relación, en un cierto tejido que justifica, a mi juicio, la idea de que hayan sido concebidos como filósofos peligrosos, como filósofos, digamos, de los cuales valdría la pena separarse; habría que pensar poco en ellos porque estaban en contra de la tradición, en contra, digamos, de las máximas teológico-religiosas en sentido positivo, y esto los hacía, los convertía en unos tipos verdaderamente subversivos. Y por eso, en el caso de Maquiavelo, queda sometido a torturas. Eh, imagínense ustedes las torturas a las que fue sometido Maquiavelo, que luego fue exiliado. Eh, en el caso de Giordano Bruno, bueno, fue conducido a la hoguera, fue quemado por su eh conceptos fundamentales, ¿no? Por su confrontación con el espíritu de la teología medieval. Y en el caso, por supuesto, de Espinoza, fue excomulgado y fue maldito, fue objeto de una doble maldición, porque primero lo maldijo su propia iglesia, la iglesia judía, y luego lo maldijo la religión cristiana, el cristianismo, el protestantismo, etc. Entonces, es una cosa que vale mucho la pena investigar y tener presente para saber la historia de estos tres grandes pensadores que condujeron en buena medida a lo que podríamos definir como el espíritu de la modernidad. Y bueno, de eso trata un poco nuestro curso. Y fíjense que de alguna manera las tres visiones que aquí van a tener ustedes eh es una visión eh que tiene una, digamos, un seguimiento, tiene una conducción, un hilo conductor eh y bueno, bien vale la pena, digamos, el esfuerzo para tener una visión de conjunto de eh lo que vamos a desarrollar. Así que los invitamos muy cordialmente a que se inscriban en nuestros cursos. Muy bien. Eh, es un curso en el que llevamos trabajando ya un año. Hace un año que empezamos a poner las primeras.
Las primeras ideas para montarlo, cómo unirnos, ¿no?
Bueno, el psicológico, lo que tiene que ver conmigo está demostrado muy bien. Últimamente, Antonio Damasio, por ejemplo, que es un neurobiólogo portugués, hizo un libro hace ya años, ¿no?, sobre Espinosa y demostrando que la teoría de Espinosa de que eh tiene un correlato neurobiológico, de que toda idea se corresponde con un cuerpo, con un movimiento de un cuerpo, con algo neurológico. Bueno, hay cada vez más experimentos neurocientíficos en el campo de la psicología que llegan a estas suposiciones, a que los afectos que definió Espinosa, eh, bueno, pues son válidos. Hoy mi curso se basa en eso, en esa parte de la deconstrucción para que podamos ser conscientes de qué nos afecta, cómo nos sentimos, para volver a experimentar de una forma racional, lógica y vivida, ¿vale? Entonces ahí se va a dar esa estructura, la estructura de la de construcción, ¿no? Eh, también estamos en un mundo hoy en el que el estoicismo está en todos lados, o sea, no el estoicismo que acaba de explicar Jonathan y eso y esa forma práctica en la que se forman, eh, que se basan sus cursos, sino esa cultura del estoicismo que hay por internet, que suelen ser frases hechas.
Jonathan, te veo, te veo ahora mismo escribiendo algo, pero es sobre eso, sobre eso para tu curso, o sea, ahí une esa falsa percepción estoica que tenemos hoy. Eh, pretende hacerse auténtica después de mi curso de psicología de construcción. Eh, di si quieres decir algo, dilo.
No se te escucha, Jonathan. No se te oye. El micrófono lo has quitado. Ahí va. Yo quería decir lo siguiente. Eh, si ustedes han visto el documental Nada es privado, uno de los problemas que allí ese documental relata es una experiencia que todos vivimos en la vida cotidiana. ¿Qué relata el documental? Un hecho real. De la empresa Cambridge Analytica, eh, cómo utilizaron los me gustas de Facebook para manipular las elecciones, cómo eh utilizaron los me gustas de Facebook para generar, como experimento social, que los monjes, piensen ustedes, los monjes budistas, es decir, unos sujetos que tienen una práctica sumamente pacífica, se transformaran en sujetos violentos contra los musulmanes y esto generó un genocidio en Myanmar. Eh, cuando estudió la ONU ese caso, uno de los factores fundamentales que descubren es que las redes sociales manipulaban a los sujetos. Y cuando ustedes vean el documental, nada es privado; verán que esa manipulación es sumamente estudiada. Es decir, eh, hay un artículo científico que elaboraron los científicos psicólogos de Cambridge, donde muestran que pueden determinar la personalidad heterosexual, la religión, si tiene problemas afectivos o no con el 80% de exactitud con respecto a un test psicológico. Hicieron un muestreo de más de 15 casos. ¿Por qué te estoy diciendo esto? Te lo estoy diciendo porque tú frente a la pantalla estás siendo esclavo sin saber de las redes; por lo tanto, este curso desde distintas perspectivas te va a dar la posibilidad de tener una distancia con respecto a esas redes, a esa manipulación global, a esa manipulación. ¿Cómo te puedes distanciar? Ahora, eh, esto no es una receta mágica, no se trata de fáciles formas, formas fáciles de aplicar. Como lo pueden ver, voy a arrancar con el que me conoció José Rafael Herrera, que me va a complementar. Sí, sí, uno lee el texto de Maquiavelo, que es considerado como el padre de la política moderna; Maquiavelo da un conjunto de recomendaciones para cómo preservar y acrecentar el poder, pero le dice una cosa fundamental al príncipe. Mire, compañero, en tiempos de paz es cuando usted más tiene que practicar, es decir, tienes que es un ejercicio constante. Ahora, para comprender de qué trata el ejercicio, bueno, hay que leer a los autores, porque no es una receta, más bien arranca, como bien dijo José Rafael Herrera, de una posición escéptica. ¿En qué sentido? ¿Quién soy? Que esa interrogación de sí, ¿quién soy? Eso rápidamente el que me está escuchando puede decir: "Yo soy A B Bueno, le muestro rápidamente. Usted cuando está en una iglesia se comporta de una manera, frente a sus hijos se comporta de otra, frente a la institución educativa se comporta de otra. En las redes sociales, una práctica cotidiana es ponernos máscara y comportarnos de otra manera. es decir, ¿quién es usted? Esa es una interrogación, esa es la inquietud y esa es una práctica, el conocimiento es una práctica de indagación de sí y del entorno. Por eso no hay separación entre el gen democrático, que es mi vida familiar y mi vida interior, y la relación con los otros, con la polis. Es decir, cuando te están dando un curso de autoayuda con los estoicos, están obviando el contexto sociopolítico en que te estás encontrando. Yo arranqué con el contexto, pero también vamos a abordar los contextos particulares. Jonathan es especialista; ha escrito dos libros sobre estoicismo. Así es, Jonathan. Y sabe muy bien de lo que habla en este estudio que se queda en la autoayuda, ¿no? Justo el curso de Jonathan va después del mío, que trata ese sentimiento individual y le da más contexto a Jonathan en el contexto social que se va mezclando. Llega y llega José Rafael en el tercer trimestre. Así es. Sí. Yo estoy totalmente de acuerdo con lo que afirma Jonathan y pienso que se trata justamente de eso, de que estas perspectivas contemporáneas, eh sobre todo en función de las redes, manipulan lo que realmente es el estoicismo y lo colocan de una manera bastante paupérrima, diría yo, bastante superficial y con el único objetivo de ganar algún dinero en beneficio propio y en perjuicio de la gente inocente. Bueno, pues yo creo que se trata de hacerle comprender a muchos profesionales, incluso porque me he dado cuenta de que hay muchos profesionales médicos, sobre todo, eh, que están asumiendo el estoicismo como una doctrina, pero no como una filosofía, no como una forma de pensar, no como una forma de comprender. Y eso es precisamente lo que nosotros tratamos o vamos a tratar. De eh, digamos, eh transmitirle a las personas que trabajan o que piensan inscribirse en este curso con nosotros, ¿no? Muy bien, muchas gracias. Estamos con muchas ganas de empezar, eh, y queremos sobre todo que este curso sea práctico. Hay una hora de teoría en la que vamos a presentar diapositivas cada uno dependiendo de las clases y después va a haber media hora de charla y es ahí donde está la mezcla, donde la otra persona ha podido escucharnos, ha podido pensar por sí misma, puede chatear en directo mientras vamos haciendo la presentación durante esa primera hora en un chat que no se verá, que aparece aquí la pregunta para nosotros y la podemos ir leyendo. Y después, a final de clase, pues se va a debatir; ya no se graba esa sesión, esa última media hora, y ahí se graba, se habla a puerta cerrada para que se dé un aprendizaje mucho más íntimo y queremos, pues, que sea ojalá auténtico. Eso es lo que es nuestro deseo en este curso. Queremos hacer algo a donde no llega la inteligencia artificial y es a sentir y a pensar y a darle un orden a eso mismo que sea bueno, básicamente bueno para nosotros, bueno para la sociedad y para todos entre sí. Bueno, por mi parte, ahí queda la presentación. Este saludo a todos. Saludos. Bueno, un gran abrazo y bienvenidos a nuestro curso.
“El entendimiento abstracto separa lo que en la
realidad concreta constituye una totalidad”
G.W.F. Hegel
La naturaleza produce el fenómeno físico; la historia y la desigualdad producen la catástrofe humana.
Las imágenes de pueblos sepultados por deslizamientos de tierra, ciudades devastadas por terremotos o comunidades enteras arrastradas por deslaves o inundaciones recorren el mundo con vertiginosa y sorprendente inmediatez. La reacción, por cierto, no menos inmediata suele ser, siempre, más o menos la misma: “la naturaleza ha vuelto a ensañarse con los seres humanos” o, cosa similar, “es un castigo divino”. Y sin embargo, esa aparente evidencia oculta una problemática mucho más profunda. Concluido el momento de la devastación material, quizá sea necesario avanzar hacia un nuevo momento: el de abandonar las presuposiciones y abrir la posibilidad de interrogarse por una expresión que se repite una y otra vez, con harta frecuencia y casi mecánicamente, y que, precisamente por ello, termina ocultando lo que debería revelar. Y es que, cuando las cosas son examinadas más detenidamente, sine ira et studio, tanto desde la perspectiva ontológica como desde el punto de vista de los estudios histórico-sociales, se logra obtener la sorprendente conclusión de que, efectivamente, la naturaleza no produce las catástrofes y nada sabe de ellas.
En efecto, cada vez que una montaña se derrumba, un río se desborda de su cauce o la tierra se sacude con violencia, la reacción suele ser la misma: “ha ocurrido una catástrofe natural”. La expresión parece tan evidente que casi nadie se detiene a pensar en ella. Pero solo basta examinarla con cierto detenimiento para advertir que encierra una de las mayores mistificaciones del presente. Los terremotos forman parte de la dinámica del planeta. Los volcanes existen desde mucho tiempo antes de que apareciera el ser humano. Las lluvias torrenciales, los huracanes, las sequías y los deslizamientos de tierra obedecen a procesos propios de la geología, de la climatología o de la hidrología. Ninguno de ellos constituye, por sí mismo, un evento catastrófico. La montaña no lamenta el desprendimiento de sus laderas; el río no experimenta como una desgracia el desbordamiento de sus aguas; la corteza terrestre no sufre cuando las placas tectónicas liberan la energía acumulada durante siglos. La verdadera tragedia comienza allí donde esos procesos naturales irrumpen sobre el mundo construido por los seres humanos.
No son las montañas las que mueren bajo un alud. Son las personas. No son los edificios los que experimentan “temor y temblor” ante un terremoto. Son quienes los habitan. No es la naturaleza la que pierde sus bienes, sus recuerdos, sus proyectos de vida o sus seres queridos. Todo ello pertenece exclusivamente al ámbito de la historia.
Quizá convenga, entonces, invertir el modo habitual de formular el problema. Lo que suele llamarse “desastre natural” es, en realidad, la manifestación de una vulnerabilidad histórica. La diferencia puede parecer meramente terminológica, pero, ciertamente, no lo es. Constituye un cambio radical de perspectivas. Un terremoto de magnitudes semejantes puede ocasionar unos pocos muertos en Japón y decenas de miles en otro país. La explicación no reside en el movimiento de las placas tectónicas. Reside en la calidad de las construcciones, en la existencia de normas rigurosas de ingeniería, en los sistemas de alerta temprana, en la educación ciudadana, en la planificación urbana y en la capacidad de las instituciones públicas para anticipar y responder a la emergencia.
La naturaleza produce el fenómeno físico. La historia produce la catástrofe y la consecuente tragedia. Lo mismo ocurre con las inundaciones. El agua sigue el curso que la gravedad le impone. O como decían los antiguos caraqueños, habitantes de las faldas majestuosas de El Ávila: “el agua siempre vuelve a su cauce”. Pero cuando los cauces naturales han sido ocupados por asentamientos improvisados, cuando los drenajes jamás fueron construidos o permanecen abandonados, cuando la corrupción convierte las obras públicas en simples negocios privados, cuando la planificación cede su lugar a la improvisación, la lluvia deja de ser un episodio meteorológico para convertirse en una auténtica tragedia humana. En rigor, no es el río el que mata. Matan décadas de irresponsabilidad acumulada.
Este “giro copernicano” de perspectiva obliga a revisar la manera como se distribuyen las responsabilidades. Mientras el desastre sea atribuido exclusivamente a la naturaleza, los responsables históricos desaparecen del horizonte. La fatalidad reemplaza a la política. La geología sustituye a la administración pública. El azar ocupa el lugar de la planificación. El lenguaje mismo termina absolviendo aquello que debería someterse al juicio de la sociedad. No deja de resultar significativo que las comunidades más pobres sean, casi siempre, las más expuestas a estos llamados “desastres naturales”. No porque la naturaleza ejerza algún tipo de discriminación social, sino porque la pobreza obliga a ocupar quebradas, laderas inestables, márgenes de los ríos o zonas donde jamás debieron levantarse viviendas. La desigualdad no crea el fenómeno geológico, pero sí determina quiénes cargarán con sus consecuencias. En una expresión, las catástrofes son, esencialmente, sociales y, por esa misma razón, son políticas.
Cada sociedad decide -consciente o inconscientemente- cuánto invierte en políticas de prevención, cuánto protege sus ecosistemas, cuánto fortalece sus instituciones técnicas o cuánto privilegia o no la inversión en conocimiento. Cada una de esas decisiones permanece invisible durante años, hasta que la naturaleza actúa conforme a sus propias leyes y deja al descubierto el modelo de facitura histórica que los humanos han decidido producir. Vico sostiene que el mundo de la naturaleza ha sido hecho por Dios, mientras que el mundo civil ha sido hecho por los hombres. De ahí se deriva una consecuencia extraordinaria: lo que los hombres hacen, es lo que pueden comprender y transformar. Dos siglos después, Hegel afirmará que el espíritu sólo llega a conocerse en las obras que él mismo produce. No existe historia sin responsabilidad.
Quizá haya llegado el momento de aplicar esa enseñanza a nuestro modo de comprender las tragedias contemporáneas. Ninguna sociedad puede impedir que tiemble la tierra o que llueva con intensidad. Lo que sí puede impedir es que esos fenómenos se conviertan en escenarios de muerte, destrucción y abandono. La naturaleza no redacta códigos de construcción. No decide dónde se levantan las ciudades. No elimina los organismos científicos. No desvía los recursos destinados a obras públicas. No destruye la educación ni convierte la planificación en propaganda.
La naturaleza existe conforme a sus propias leyes; la historia es el ámbito de la praxis, de la libertad y de la responsabilidad. Mientras la primera acontece, la segunda puede llegar a producir catástrofes. Confundir ambos órdenes equivale a naturalizar lo que pertenece al mundo de las decisiones humanas. Allí donde el entendimiento abstracto sólo ve un fenómeno geológico, la razón histórica descubre una compleja trama de mediaciones sociales, políticas, económicas y culturales que explican por qué un mismo acontecimiento físico produce consecuencias radicalmente distintas según la sociedad en la que ocurre.
Es verdad que la naturaleza se manifiesta. Pero lo que aparece bajo esa manifestación es la historia. Por eso Hegel comprendió que la verdad nunca reside en la inmediatez, sino en las mediaciones que la constituyen. Lo verdaderamente concreto no es el fenómeno aislado, sino el conjunto de las relaciones que lo hacen inteligible. Por eso las llamadas “catástrofes naturales” exigen ser pensadas desde la totalidad concreta. Sólo entonces dejan de ser simples episodios de geología para convertirse en acontecimientos de la historia.
Las catástrofes no acontecen en la primera naturaleza, que sigue obedeciendo a sus propias leyes, sino en la “segunda naturaleza” -en el mundo histórico de las instituciones, las ciudades, las técnicas y las relaciones sociales-, que los seres humanos han construido y de cuya conservación son responsables.
La Madre no es una persona. Es la primera geografía. El
continente del cual el infante es expulsado. El primer Otro absoluto,
todo-poderoso, que tiene, o cree que tiene, el objeto que calma la necesidad. La Madre es el campo de batalla del deseo. Su falta, es lo que crea la falta en el
niño, no porque la Madre no esté presente necesariamente, sino porque el deseo sobre
la falta es insondable. Su ausencia o su presencia es lo que introduce la ley,
aunque sea de manera imperfecta. Su pecho es el primer objeto perdido. La Madre
es la primera puerta al reino del lenguaje y al infierno del goce. La Madre es
el Otro primordial. El primer espejo, la primera ley, el primer objeto perdido.
De cómo el sujeto negocie ese territorio, dependerá su estructura psíquica.
El padre no es el progenitor. Es el Nombre. La función que prohíbe
el goce absoluto con la madre. El que introduce la diferencia: No eres todo
para ella… y al hacerlo, abre el espacio para el deseo. El Padre permite
ordenar el mundo caótico del deseo materno. Pero, el Padre siempre está en
falta. Su función es simbólica, pero debe ser encarnada por un ser real que
inevitablemente fracasa. Esa falla es crucial, es lo que permite al hijo
encontrar su propia ley, su propia versión del Nombre. El Padre es el operador
de la castración simbólica, de la aceptación de un límite: La renuncia a ser el
Todo para la madre, para poder ser un sujeto deseante en el mundo de los Otros.
La ley del Padre es lo que permite sobrevivir sin ser tragado por el deseo de la
Madre.
El Hermano Mayor es el primer semejante. El primer Otro que
no es la madre pero que ocupa el mismo lugar de su deseo. Es el intruso que
vino antes, el que ya tiene un nombre en la constelación familiar. La hermandad
es el lugar de identificación y rivalidad feroz, es el campo de entrenamiento
para el complejo de Edipo. ¿Cómo compartir el amor del Otro, con un igual que
es, sin embargo, radicalmente diferente por haber llegado antes? El Hermano
Mayor es un doble imaginario. Un espejo que devuelve no la completud ideal,
sino una imagen de lo que se podría ser, porque él llegó primero. Es el agente
que introduce la diferencia y la jerarquía en el mundo narcisista del niño. Es
el depositario de los ideales familiares, o el chivo expiatorio de sus
fracasos. Su posición determina la del hermano menor: ¿Será el rebelde? ¿El eterno
seguidor? ¿El superador? El fantasma del menor a menudo se teje como respuesta
a lo percibido como déficit o exceso del mayor. El Hermano Mayor es el prójimo
primordial. El que enseña, a golpes de realidad, que el amor del Otro es
limitado, que hay que competir por los significantes, y que la identidad se
construye tanto con él (imitándolo), como contra él (diferenciándose).
El Hermano Menor es el llegado después. El que encuentra el
lugar ya ocupado. Su drama no es la prohibición sino la preexistencia de otro que
ya tiene un derecho adquirido sobre el amor de la madre. Es el eterno
comparado. Su yo ideal se construye sobre la imagen del hermano mayor, pero
también contra ella. “Yo seré todo lo que él no es” o “seré exactamente como él
es”, son las dos caras de la misma identificación envenenada. Para el inconsciente,
el hermano menor es a menudo el sustituto de un deseo no realizado de los padres.
Quizás el mayor fue el hijo del amor, y el menor, el hijo de la rutina. O
viceversa. Esta fantasía marca su lugar en la economía del deseo familiar.
Clinicamente, el Hermano Menor puede quedar atrapado en la lógica del deseo del
Otro: ¿Qué tiene mi madre/padre que yo sea, dado que ya tienen a mi hermano? Su
deseo propio puede nacer como una reacción (ser lo contrario), o como una
imitación perfeccionada (superarlo). Rara vez es algo autónomo. El hermano
menor es la prueba viviente de que el amor del Otro no es infinito, y de que el
sujeto debe tallar su deseo en el espacio ya marcado por las huellas de otro.
Su lucha no es contra “la ley del padre”, sino contra el fantasma de haber
llegado demasiado tarde al banquete del amor.
El diagnóstico puede ser una máscara. Pero la máscara no tiene por qué ser una trampa. Puede ser un ensayo. El sujeto se prueba el diagnóstico, ve cómo le queda, y luego puede decidir si se lo quita. Eso, justo eso, es la libertad. No deje que el sistema le ponga la máscara. Póngala usted mismo. Y cuando quiera, quítesela. Eso no es una falta de diagnóstico. Es una ética del sujeto. Nuestro deseo no es enteramente nuestro; está formado por el deseo del Otro, por su falta, por sus significantes. Pero esa presencia no es un consuelo. Es una intrusión. El Otro no está ahí para aliviar nuestra soledad, sino para recordarnos que no somos completos. Lo que somos siempre habla de los que nos antecedieron.
La negación como motor del pensamiento y principio del devenir frente a la positividad hegemónica.
“Yo no soy uno de los que están implicados en la lucha;
soy ambos combatientes; soy la lucha misma. Yo soy el
fuego y el agua que se tocan, y el contacto mismo”.
G.W.F Hegel
Pocas expresiones despiertan tanta desconfianza en la actualidad como la palabra negación. De hecho, se la asocia automáticamente con el pesimismo, la toxicidad, el fracaso o, incluso, la destrucción. Todo lo contrario ocurre con lo positivo, con la positividad, un término que parece haberse convertido en el nuevo ideal de los tiempos. De hecho, para el presente, ser positivo significa exaltar el bienestar, motivar la serenidad, promover una existencia reconciliada consigo misma, libre de conflictos y contradicciones. Por eso, el éxito editorial de las diversas versiones contemporáneas del estoicismo constituye quizá el síntoma más visible de esta aspiración. Y sin embargo, conviene recordar que la filosofía comienza, justamente, donde lo que aparece como lo más evidente -como una “certeza absoluta”- deja de serlo.
Hace aproximadamente unos dos siglos, en un ensayo dedicado al escepticismo antiguo, el joven Hegel desarrolló una intuición que, poco tiempo después, terminaría por transformarse en el fundamento de toda obra. Una intuición que fue el resultado de sus estudios del pensamiento de Spinoza, y que terminaría por convertirse en uno de los principios más fecundos de la filosofía contemporánea: Omnis determinatio est negatio. Toda determinación es una negación.
No se trata de un simple juego de palabras. Determinar significa fijar límites. Como ya lo había advertido la filosofía clásica antigua, decir lo que una cosa es significa, necesariamente, decir aquello que no es. Toda afirmación comporta una negación. Toda identidad lleva inscrita una diferencia. La negación no aparece después de lo positivo, como si se tratara de un desafortunado accidente de la realidad. Más bien, la constituye desde su propio origen. Es lo que la hace posible, porque, en efecto, ahí donde existe una determinación, inevitablemente existe una negación.
Esta sencilla observación basta para desmontar una de las ilusiones más frecuentes y persistentes del presente, cabe decir, la creencia según la cual la vida consiste en conservar lo positivo y eliminar lo negativo. Semejante representación “lógica” supone que ambos momentos existen separados y que bastaría con suprimir al uno para preservar intacto al otro. Pero nada resulta más ajeno a la lógica ontológicamente concebida. No es verdad que la realidad esté dividida entre un “lado bueno” y un “lado malo”. Lo que aparece como plenamente afirmado contiene ya, en sí, la negación que habrá de transformarlo. La semilla contiene al árbol que se desarrollará negándola. La positividad absoluta no existe. Sólo existe para el entendimiento abstracto, incapaz de reconocer que toda determinación lleva en sí el principio de su propio devenir.
Ésta es precisamente la grandeza filosófica del escepticismo antiguo, tal como Hegel lo comprendió en su ensayo juvenil. Durante siglos, el escepticismo fue considerado como la doctrina de la duda o de la incertidumbre. No obstante, su verdadero significado consiste en algo muy distinto. El escéptico no niega por el simple placer de negar, como enseñan los manuales. La negación no es un capricho. Ni pretende instalarse en la esterilidad del relativismo empirista. Su tarea consiste en dejar que cada determinación revele el límite que ella misma contiene. La negación no es una operación arbitraria del sujeto, sino el movimiento interno de la cosa.
Por eso el escepticismo representa un momento determinante y necesario de toda filosofía. El concepto de negación del escepticismo antiguo, no destruye la verdad. En todo caso, destruye la ilusión de que alguna determinación finita pueda presentarse como definitiva e infinita. Y es que donde el entendimiento cree haber alcanzado una certeza absoluta, el escepticismo descubre que esa certeza sólo es posible al precio de ocultar la contradicción que la sostiene. Quizá sea por eso que el pensamiento de Hegel sigue teniendo una sorprendente actualidad.
Sin embargo, la muy influyente -y en muchos sentidos hegemónica- cultura positivista contemporánea, parece haber emprendido una verdadera cruzada contra toda posible forma de negatividad. Se multiplican las exhortaciones para “llegar a pensar” positivamente, a preservar la calma, a administrar las emociones, a protegerse de los conflictos. La serenidad deja de ser una virtud para convertirse en una obligación, en un mandato, como si la libertad consistiera en permanecer inmune frente a las contradicciones de la existencia. El problema es que las contradicciones no desaparecen porque se las ignore o se las oculte. Más bien, bajo la superficialidad de la burda apariencia positiva, la contradicción sigue actuando, sigue creciendo y se sigue profundizando. Un ejemplo de tal ignorancia y ocultamiento es la insistente -y cínica- afirmación de que todo un país -indignado y muy sufrido- no para de bailar y celebrar en las calles, o quizá entre sus escombros.
La doctrina positivista se empeña, no sin vehemencia ciega, en no reconocer la contradicción social y objetivamente manifiesta, por lo que prefiere catalogarla como una patología individual, una ansiedad privada, una frustración o fracaso personal, o un “brote psicótico”. No acepta que no ha podido superar la inevitable inmanencia de la negatividad. Simplemente, insiste en ocultarlo bajo la lógica del maniqueísmo y del lenguaje del bienestar. Spinoza propuso comprender las cosas sine ira et studio: sin ira y con objetividad. No porque la filosofía deba renunciar a la pasión por la verdad -“nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”, afirmaba Hegel-, sino porque el pensamiento sólo alcanza su libertad cuando comprende que las cosas son el resultado manifiesto de su propia necesidad. Hegel prolonga esta enseñanza hasta una consecuencia inesperada: comprender significa acompañar el movimiento mediante el cual cada determinación revela su propia insuficiencia y se transforma en otra. Con ello, la negación deja entonces de ser concebida como una privación para venir a ser el principio mismo del devenir.
Ésta es la razón por la cual la filosofía, desde sus orígenes, ha elogiado la negación. Por el contrario, se mantiene atenta -cual búho de Minerva- frente a la positividad, fuente de sus mayores dolores de cabeza, dado que de continuo suele presentarse como la verdad perpetua y definitiva, mediante el ocultamiento de los límites que la constituyen. Nada hay más abstracto que una identidad incapaz de negarse a sí misma. Nada más ajeno a la vida del espíritu que una serenidad comprada al precio de reprimir la contradicción.
Tal vez por eso convenga volver hoy la mirada hacia el escepticismo antiguo, el de Pirrón o el de Sexto Empírico. No para tanto para el “aprender a dudar de todo” que se le atribuye a Descartes, sino para aprender algo mucho más difícil: a reconocer que toda determinación lleva en sí el impulso de su propia superación. La negación no constituye el fracaso de la realidad. Más bien, ella es la condición de su movimiento.
Sólo el entendimiento abstracto insiste en buscar refugio detrás de las lápidas de mármol del cementerio de las certezas. Siguiendo a Kant y a Fichte, Hegel demostró que la razón sabe que toda positividad es, de suyo, una negación determinada, y que únicamente gracias a ella el ser deja de ser una abstracción para concrecer -crecer-con- su devenir. Acaso sea ésta una de las enseñanzas más profundas dadas por Hegel. No hay que temerle a la negación. Hay que temerle, más bien, a la hegemonía de la positividad que, bajo la apariencia del bienestar y la serenidad, termina por hacer de la vida una cadena de montaje, una ciega repetición de sí misma. La paz de los sepulcros: eso es la compra y venta de la ideología de lo abstractamente positivo. Porque ahí donde desaparece la negación no comienza la felicidad. Comienza, silenciosamente, la muerte del pensamiento y, con ella, la muerte de la libertad.
“La muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque estoy involucrado en la humanidad; y por lo
tanto, no preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti”. John Donne, Meditación XVII, 1624
El malestar moderno: ¿anomalía individual o contradicción social?
Toda época produce las formas de consuelo que le son necesarias para no tener que pensar en las contradicciones que ella misma engendra. No deja de ser paradójico que justamente en una época que se proclama como la más científica de la historia, proliferen con inusitada fuerza los nuevos mercaderes de la esperanza. Cambian los nombres, cambian los lenguajes y cambian los instrumentos, pero permanece inalterada la promesa de aliviar la incertidumbre, de disipar el miedo, de ofrecer un método seguro para alcanzar la serenidad. Donde antiguamente hablaban los oráculos, hoy hablan los protocolos; donde antes se consultaban los augurios, hoy se consultan manuales, algoritmos conductuales, técnicas de motivación, programas de bienestar emocional y recetas para alcanzar la felicidad. El antiguo sacerdote le cedió su lugar al coach especialista, al entrenador emocional, al terapeuta de turno. Solo que la estructura permanece sorprendentemente intacta.
No se trata, desde luego, de negar el valor que pueda tener la psicología clínica o la psiquiatría, cuando se enfrentan a patologías que requieren atención profesional. Una crítica indiscriminada sería tan injusto como filosóficamente improcedente. El problema real comienza cuando una parte considerable de la psicología contemporánea deja de interrogar por el origen histórico del sufrimiento para concentrarse en la administración técnica de sus síntomas. En este deslizamiento ocurre una transformación decisiva: el malestar deja de ser comprendido como expresión de una realidad histórica contradictoria para convertirse en una anomalía personal, susceptible de “sanación”. Un cambio que no es simplemente metodológico, dado que representa la renuncia de la psicología a sus propios orígenes filosóficos.
De hecho, mientras la antigua reflexión sobre el alma formaba parte de la filosofía, el problema consistía en comprender la unidad viva del individuo, la sociedad, la historia y el mundo. El alma no aparecía como un objeto aislado que pudiera manipularse mediante técnicas especializadas, sino como una instancia inherente a la totalidad del Ethos. Pero al constituirse en ciencia independiente bajo los presupuestos de la modernidad, la psicología aceptó también la visión que la modernidad le ofrecía: la separación de sujeto y objeto, de individuo y sociedad, de conciencia y realidad histórica. A partir de entonces dejó de pensar el espíritu para dedicarse a la administración de conductas. Y fue ahí donde comenzó a transformarse, muchas veces sin advertirlo, en uno de los instrumentos favoritos del entendimiento abstracto. Porque el entendimiento necesita clasificar, separar, cuantificar, protocolizar. Sólo puede operar fijando, poniendo, a pesar de que la realidad permanezca en movimiento. Su ideal es la sustitución de la complejidad por el esquema y la contradicción por el procedimiento. Donde el pensamiento descubre procesos históricos, el entendimiento encuentra variables; donde la filosofía encuentra mediaciones, el protocolo encuentra indicadores; donde la razón reconoce la negatividad, el manual prescribe técnicas de adaptación. Semejante operación suele ser presentada bajo el prestigioso sticker de “científica”.
Tal vez convenga recordar una vieja advertencia de Vico: los divinari, aquellos antiguos administradores de los oráculos, no obtenían su autoridad porque conocieran el porvenir, sino porque ofrecían certezas ahí donde reinaba la incertidumbre. Su función consistía en domesticar el miedo. No resulta difícil advertir que muchas de las modernas industrias de la autoayuda reproducen exactamente la misma estrategia. No les interesa la verdad, sino la venta de confort. No se trata de comprender el mundo, sino de soportarlo. Es un gran negocio: una inmensa industria dedicada a comercializar la esperanza.
Spinoza comprendió la lógica de este artificio. Los dogmas -afirmaba- prosperan donde el miedo sustituye al conocimiento. La dominación no solo necesita la fuerza. Necesita administrar las pasiones. Una vez que el temor ocupa el lugar del pensamiento, la obediencia aparece espontáneamente como virtud. La psicología positiva, el inmenso mercado del bienestar emocional y buena parte de la cultura contemporánea de la autoayuda participan, con frecuencia, de esta misma inversión. Ahí donde existen problemas públicos se ofrecen soluciones privadas; donde existen conflictos sociales se prescriben ejercicios individuales; donde la realidad exige transformaciones profundas se recomienda resiliencia. El sujeto termina siendo responsabilizado de sus padecimientos, a pesar de que no pocas veces es la víctima de los intereses del poder.
Y así, la represión, la pobreza, el exilio, la incertidumbre permanente, la violencia cotidiana, la destrucción institucional, etc., dejan de aparecer como contradicciones objetivas para convertirse en estados emocionales que requieren entrenamiento, medicación o intervención terapéutica. La sociedad permanece intacta; el individuo es quien debe corregirse y “sanarse” para adaptarse a ella. Por eso no sorprende que semejante perspectiva encuentre un aliado formidable en la expansión de la industria farmacológica. Es mucho más sencillo medicar el sufrimiento que interrogar por las condiciones históricas que lo producen. La ansiedad, la angustia, la desesperanza, dejan de ser interpretadas como experiencias humanas inseparables de determinadas circunstancias históricas para transformarse en desórdenes susceptibles de regulación química. No se cuestiona el mundo; se regula al individuo. Es, dependiendo del ángulo desde el que se le perciba, 1984 o Un mundo feliz.
En momentos de catástrofe colectiva, como los que atraviesa Venezuela, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Allí donde una sociedad entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan inevitablemente quienes ofrecen fórmulas para conservar el optimismo, administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento. Porque pensar nunca ha consistido en evadir las dificultades. Pensar significa precisamente atravesarlas para poder superarlas. La libertad no nace de la supresión del conflicto, sino de su comprensión. Allí donde todo malestar debe ser inmediatamente neutralizado, desaparece la posibilidad de que el espíritu descubra en la crisis el comienzo mismo de su recomposición. Comprender es superar.
Quizá el mayor fraude de nuestro tiempo no consista en la difusión de errores manifiestos, sino en algo mucho más sutil: en la sustitución de la verdad por la certeza. Ahí donde la filosofía interrogaba por el sentido de la existencia, se ofertan procedimientos para administrar la adaptación. Donde el espíritu era concebido como historia viva, aparece el individuo aislado que debe aprender a funcionar correctamente. La administración del alma ha terminado por ocupar el lugar del pensamiento. En una época saturada de métodos e instructivos para vivir mejor, resulta cada vez más difícil poder comprender el mundo de la razón y la razón del mundo.
En momentos de catástrofe colectiva, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Cuando una sociedad entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan quienes ofrecen fórmulas magistrales para conservar el optimismo, administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento.
Sin duda, es difícil. Pero las cosas bellas son difíciles. La cuestión decisiva consiste en comprender que el pensar no es una técnica de adaptación. El pensamiento no existe para reconciliar al individuo con un mundo que permanece inmutable, sino para descubrir que tanto el individuo como el mundo constituyen un mismo proceso histórico. Esa es la diferencia entre el entendimiento (Verstand) y la razón (Vernunft). El primero fija las determinaciones, separa, clasifica y las convierte en objetos susceptibles de manipulación. La segunda descubre el movimiento interno de las determinaciones, reconoce sus contradicciones y comprende que toda realidad es, en sí misma, devenir. Mientras el entendimiento administra lo existente, la razón revela su historicidad.
Sin duda, la psicología positiva ha encontrado en el entendimiento abstracto su fundamento más sólido. Al separar al sujeto de su realidad social, convierte el sufrimiento en propiedad privada. Lo que caracteriza a una época aparece como un desorden individual; lo que constituye una contradicción social termina siendo interpretado como un déficit emocional. La historia desaparece detrás del diagnóstico y el conflicto objetivo se disuelve en protocolo terapéutico.
Las consecuencias son, cuando menos, significativas. El individuo ya no comparece ante la crisis sociedad como sujeto de transformación, sino como objeto de intervención. Debe ser corregido, entrenado, medicado o motivado para restablecer su capacidad de adaptación. La contradicción deja de ser el motor del desarrollo del espíritu para convertirse en un síntoma que conviene neutralizar lo más pronto. Y donde el pensamiento encontraba el comienzo de la libertad, la técnica detecta anomalías que deben ser administradas. Toda techné presupone una determinada comprensión del ser. No existe técnica alguna que sea filosóficamente inocente. La pretendida neutralidad científica oculta, en realidad, una decisión ontológica: considerar al individuo como una entidad separada del ser social que lo constituye. Y así, bajo la égida positivista, la psicología dejó de ser una investigación acerca del espíritu para convertirse en un dispositivo destinado a gestionar conductas. Es el triunfo cultural de la modernidad.
La diferencia entre una técnica de adaptación y la filosofía consiste en que la primera procura acomodar al individuo al mundo existente, mientras que la segunda comprende que el individuo no es una sustancia aislada, sino un momento del devenir histórico, un modo inmanente de la realidad. Pensar no significa administrar el sufrimiento: significa reconocer en él la expresión de un mundo que reclama ser comprendido para poder ser transformado. No se piensa para sobrevivir a la historia. Se piensa porque el pensamiento, siendo resultado, es el punto de partida en el que la historia comienza a transformarse a sí misma.