Síguenos por email

Popular Posts

Archivos de publicación

Buscar

El Hipeirón de Hölderlin

“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. F. Hölderlin.


“¡Que cambie todo a fondo! ¡Que de las raíces de la humanidad surja el nuevo mundo! ¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos!”. Son palabras importantes, escritas por el gran poeta alemán Friedrich Hölderlin y puestas en boca del personaje central de la que, tal vez, sea su obra mayor, el Hyperión. Palabras, sin duda, dignas de evocación, en momentos cruciales, decisivos. Momentos en los cuales una sociedad entera, humillada en su dignidad y arrojada hasta el foso de la miseria, decide, finalmente, alzar su voz y, elevando sus brazos, voltea la mirada desde las profundidades de la caverna, desde la prisión en la se encuentra desde hace más de veinte años, para iniciar el viaje de regreso hacia el encuentro con la libertad. Palabras y momentos que son, a la vez, una denuncia de los gatopardismos y de las medianías, mientras que exhortan a reiniciar el difícil viaje, a objeto de “superar y conservar” el propio recorrido, si es que, en esta oportunidad, se quieren hacer las cosas bien, correcta y concretamente.

Ubicado entre la schilleriana educación estética y la experiencia de la conciencia hegeliana, el Hyperión representa la necesaria determinación del concepto hacia la comprensión de su historicidad. No por casualidad, en la mitología clásica Hyperión es el dios de la observación. Hijo del cielo y de la tierra, padre del sol, de la luna y de todo nuevo amanecer, es “el titán que camina en las alturas, el que todo lo ve y el que da orden al mundo”. La obra lleva como subtítulo El eremita en Grecia. No será necesario insistir en el hecho de que Grecia es el punto de origen de la civilización occidental y, en consecuencia, de la idea de libertad. Pero llama la atención la presencia del eremita –o ermitaño–, del humilde maestro que, no sin paciencia y constancia, consagra su vida al estudio profundo, con razonable reserva y sigilo. Es el que reconoce, el que sabe –porque ha observado y recorrido– el camino, la vía regia que conviene seguir, la aletheia, lo que se desoculta como resultado del “reencuentro con nosotros mismos”. Se trata de quien lleva adelante la difícil empresa de reconstruir, desde el presente, el empedrado calvario del espíritu. Remontarse hasta los orígenes, tomar el pulso de su devenir, de sus aciertos y errores, para poder así comprender el presente. He ahí la belleza y el bien de los cuales deriva el sentido y significado de la libertad. Porque la libertad no es un regalo de la fortuna, sino la decidida conquista de la inteligencia y de la voluntad.

De la cabal comprensión de las propias raíces puede surgir un nuevo mundo, una nueva sociedad, un nuevo ethos. En la obra de Hölderlin se funden la poesía, la filosofía y la política con la historia. Hyperión emprende el viaje de regreso a su Grecia natal, al referente de sus orígenes, a objeto de reencontrarse consigo mismo y poder así “salvar el vacío mundo del presente”. El eremita le cuenta a Belarmino –símbolo del modo de pensar de su tiempo– su historia; le va recordando, paso a paso, cada obstáculo, cada develamiento, cada victoria y cada nueva caída. No le cuenta el pasado cual simple espectador, sino que con el pasado revive cada momento, se lo reapropia. Así como todo hombre que ha alcanzado el esplendor de la madurez siente la necesidad de voltear la mirada para hacer un balance de su vida, del mismo modo la conciencia tiene la necesidad de volver atrás para hacer las cuentas con las diversas etapas por las que ha tenido que pasar para poder llegar al aquí y al ahora. Algo, siempre, va quedando. La experiencia deja a su paso arrugas y cicatrices, pero no hay experiencia inútil. Toda experiencia es un viaje, una prueba, que va liberando al sujeto de sus errores. Y mientras más hondo se penetra en los recuerdos más firme se hace el retorno, el reencuentro con el sí mismo, y con más intensidad se reafirma la existencia que lo transforma en un ser completo y concreto. Solo entonces el sujeto objetivado se conserva y supera. Hyperión representa ese sujeto-objeto, la actio mentis: “Hay algo en nosotros, esa ambición irresistible a la totalidad, que como el Titán del Etna brota enojado desde las profundidades de nuestro ser”.

El país necesita repensarse para poder reconstruirse. Si bien es cierto que “no hay vuelta atrás”, que el actual régimen de terror y corrupción, que ha desencadenado la peor de las miserias –¡la del espíritu!– da sus últimas bocanadas de fétido aliento tiránico, no menos cierto es el hecho de que ha llegado el momento indicado para un cambio profundo de la vida cultural. Es tiempo de revisión y ajuste. La pars destruens, que por años ha sido el estandarte de una porción significativa de la idiosincrasia nacional –esa pretensión insensata de querer permanecer indefinidamente en la adolescencia que caracteriza al niño rico con calcetines rotos–, tiene por fuerza que dar paso a la pars construens que lo cambie todo a fondo, como exige el poeta. Las bajas pasiones de la tiranía despótica se fueron diseminando y alojando, por años, en la población más vulnerable –la menos cultivada– del mismo modo como las células malignas se van esparciendo por el organismo y lo van enfermando hasta la metástasis. El populismo es eso: una célula madre cancerosa, invasiva y agresiva, que rápidamente se introduce en el tejido sano para infectarlo y corromperlo.

Querer insistir en el modelo de una sociedad, aunque técnicamente capacitada, carente de educación estética, de formación cultural; en una sociedad dispuesta a prestar atención al canto de las sirenas del pequeño caudillo que se lleva por dentro, dándole rienda suelta a los instintos primitivos; en una sociedad que espera recibirlo todo sin el menor esfuerzo, convencida de que naturalmente todo lo merece; o que cree poder exigir bienestar y riqueza sin producir ni lo uno ni la otra. Ese es el modelo de sociedad en el que no solo no habrá cambios significativos sino fracaso. No habrá ni viaje de retorno ni revisión del propio recorrido. No será esa la sociedad a la que convoca Hyperión. Será una ineptocracia, mas no la sociedad educada, próspera y libre que el tiempo exige.

@jrherreraucv

EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE EN HEIDEGGER




Hoy nos topamos con uno de los pensadores más relevantes del s.XX: Martín Heidegger (1889-1976). Una rock star de la filosofía acusada de mantener relaciones con su alumna Hannah Arendt y de apoyar supuestamente al nazismo. Pero como siempre digo, ama a la obra y no a su autor. Nos centraremos en una de mis obras favoritas “El origen de la obra de arte”. Este ensayo fue leído por Heidegger en conferencias y publicado posteriormente en 1952. Siendo un análisis profundo de la obra de arte, escrito con un lenguaje a ratos complejo y casi místico.

Para el alemán la obra de arte tiene una importancia excepcional ya que es gracias a su contemplación que acontece la verdad. Ahí es nada. La verdad en sentido griego, como “aletheia” como desocultación de lo oculto. Desvelar el secreto.
Veamos como narra Heidegger el camino fenomenológico hacia la verdad. Es un camino sinuoso, pero intentaré que resulte lo más cómodo posible. Dicho camino tiene varias paradas:

1)      La cosidad de la obra de arte
2)      Los zapatos de Van Gogh
3)      La obra de arte establece mundo
4)      La obra de arte hace tierra
5)      La lucha entre mundo y tierra
6)      La verdad y el arte

La obra de arte como cosa

En un inicio olisqueamos la obra de arte desde su posición innegable de cosa. Ya que ni la más elevada de las experiencias estéticas puede librarse de la cosidad de la obra, ya que ésta viene impuesta por el material propio de cada obra de arte. ¿Qué tipo de cosa es la obra de arte? Está claro que no es una cosa cotidiana como lo es una piedra. La obra trasciende y reclama a un “otro” (una observadora) con el que está íntimamente relacionado. Aquí observamos a la obra como un ente simbólico y alegórico, que va más allá de la mera cosa. La piedra es siempre piedra la mires o no, en cambio la obra de arte necesita la contemplación del otro para ser obra de arte.

Los zapatos de Van Gogh


Ya situados en la obra de arte y con los motores encendidos nos adentramos en el pensamiento de Heidegger a través de un cuadro de Van Gogh que representa los zapatos usados de una campesina.
En el cuadro solo vemos un par de zapatos de labriega y nada más. No observamos un espacio determinado o trozos de tierra adheridos a su suela y aún así nos traslada inevitablemente a la fatiga del trabajo, a los surcos de la tierra labrada, a la soledad del camino bajo las suelas y a todo el contexto que ha rodeado a las botas de la labriega. Y aquí reside lo extraordinario de la obra de arte, nos abre la posibilidad de mirar por una mirilla un lugar y tiempo determinado y las cosas que suceden en éste.

¿Qué sucede en la obra de Van Gogh? Para Heidegger En la obra se nos presentan los zapatos de labriega tal y como son, por ello gracias a la obra acontece la verdad. Ante tal gigantesca afirmación cabe preguntarse:
¿Cómo llega el arte a la verdad? ¿Cómo se instaura esta verdad en la obra?
Como hemos visto la obra de arte establece un mundo pero también hace tierra.

La obra de arte establece un mundo

Seguimos con la apertura de la obra de arte. De la misma manera que Van Gogh nos abre el mundo de la campesina, el templo griego, como obra de arte arquitectónica, nos abre la historia del pueblo griego. Cuando presenciamos el templo tenemos acceso a esa mirilla que nos muestra el curso y el destino de un grupo de personas en una época pasada. El recinto sagrado nos lleva a sus creencias y rituales, relacionados con el nacimiento y la muerte, la felicidad y la desdicha, la victoria y la ruina.

El templo griego al ser obra de arte nos abre un mundo que a su vez nos devuelve a la tierra, lugar donde lo nacido se alberga. Aquí viene la siguiente vuelta de tuerca, el retorno a la tierra.

La obra de arte hace tierra

Lo que nosotros llamamos naturaleza, Heidegger lo llama tierra, en el sentido metafórico o mitológico tradicional de “la madre tierra”, que engendra y alimenta a todos sus seres y luego los recoge en su seno. Para Heidegger la tierra solo se abre como es ella misma, es decir, esencialmente infranqueable, siempre irracional. La esencia de la tierra es ocultarse de si misma y hacer tierra quiere decir hacer patente dicha ocultación.

Recapitulando, ya son dos los rasgos esenciales de la obra de arte: establecimiento de un mundo y hechura de la tierra. Es decir la obra de arte establece un mundo de relaciones que muestra el momento histórico de un pueblo y la vez hace tierra, es decir nos muestra el ser propio de la tierra, la ocultación.

Lucha mundo y tierra
                                         
La apertura de un mundo que se nos muestra y la hechura de una tierra que se delata como opaca e inaccesible, genera irremediablemente una lucha que según Heidegger, es la que dota de unidad a la obra y le confiere su reposo. Esta lucha es el pegamento que unifica la obra.

La verdad y el arte

Esta es ya la última parada. En esta lucha mundo-tierra de la obra de arte, donde la verdad acontece. La lucha da unidad a la obra, y a su vez, al contemplar la obra se nos hace manifiesta la opacidad de la tierra y el mundo que se abre. Se nos manifiesta la verdad. La obra de arte nos arranca de nuestro estado de confort y nos planta la verdad en la cara mediante su contemplación. Gracias a la contemplación de la obra de arte la verdad acontece.

Llegados al final del camino y al margen de creer o no que en la obra de arte hallamos la verdad, solo puedo sentirme afortunada por poder ir en busca de una obra de arte. Por ser un sujeto capaz de contemplar una obra de arte.

Crítica del "Ethos Paisa”

Horizontes 1913
Francisco Antonio Cano 





Los griegos antiguamente utilizaron la palabra Ethos (Ἧθος) principalmente para significar una morada, refiriéndose a la naturaleza, ahora bien, esta naturaleza era considerada en su forma cultural. Así, el término significó también "costumbre", "personalidad","conducta", "hábito", "temperamento", "modo de vivir" o "modo de ser"; por lo que la Ética o el Ethos pueden ser considerados como un discurso sobre la manera y estilo de vida de una colectividad humana configurada en su relación con un espacio geográficamente determinado.

Heráclito, como el primero en hacer una Antropología filosófica, decía que Ἧθος ἀνθρώπος δαίμων (DK. 119) indicando con ello que la cultura es el destino inevitable del ser humano. Esto no quería indicar que en el ser humano existía un automatismo cultural, por el contrario, la construcción histórica del ser humano, es un proceso de continua Estructuración y, ruptura de Estructuras, ya que se constituye en su afectación con el mundo; estando en el mundo, en su interacción con la tierra, se construyó el ser humano a sí mismo; es decir, que nunca permanecemos en un "modo de vivir" , ya que somos y no somos un determinado "modo de ser" y al mismo tiempo seguimos siendo una Unidad identitaria. De ese manera, el ser humano y el mundo sólo pueden adquirir justificación ontológica en su mutua implicación.

Quiénes somos los "Paisas"? A la luz de los hechos ocurridos alrededor del proyecto Hidroeléctrito de HidroItuango y el caso de la muerte del cantante Legarda y el "socio" fletero en la ciudad de Medellín, además del recrudecimiento del Uribismo como cultura política nacional, quisiéramos hacer un comentario, que permita una una revisión de lo que se denomina como Ethos Paisa, desde un acercamiento Dialéctico, es decir, buscando encontrar las contradicciones inmanentes del "acontecimiento" como un "registro" de la Cultura y las huellas de ésta sobre el territorio y así ascender y recorrer el camino del Espíritu Paisa en su devenir.


La Formación de una Cultura


La relación del ser humano con la Naturaleza, la relación del mundo y la experiencia humana de él (Emoción), constituye la esencia, tanto de una comunidad política, como del carácter de un individuo en particular, convirtiéndose así en el fenómeno más fundamental para analizar, pues, en él, está lo concreto y lo abstracto del universal, el éter que Hegel denomino Espíritu y Marx Trabajo Social. Es evidente que existe una estrecha relación entre la vida y la tierra, es decir, entre la apropiación del ser humano del mundo y la experiencia que se hace de él. La cultura “paisa” es el resultado de la relación que tiene el sujeto y su entorno natural, pues, observar el fenómeno “paisa” es ir hacia la configuración de su cultura y las huellas dejadas por ésta sobre la tierra; del mismo modo, la formación de la cultura "paisa" es  la formación de un "mito" fundacional. Como todo grupo humano, "los paisas" han construido de sí mismo un relato como cosmovisión global del universo y el mundo.

Alrededor de la sociedad y cultura "paisa" se han elaborado interpretaciones brillantes, en términos teoréticos y de contenido historiográfico. Desde las enunciaciones de Tulio Ospina Vásquez (el Oidor Mon Velarde, Regenerador de Antioquia) y los trabajos fundacionales de James Parsons (La Colonialización antioqueña en el occidente de Colombia), las recientes aproximaciones de los académicos Juan Camilo Escobar Villegas y Adolfo León Maya Salazar (Siglos de Conexiones no de Aislamientos 2013)[1], los clásicos análisis de Soledad Acosta de Samper sobre los orígenes judíos de los antioqueños y el trabajo de Alberto Mayor Mora sobre la ética del trabajo y el desarrollo de la industria en Antioquia, hasta -no se puede dejar de mencionar acá- la aproximación del Historiador Jaime Londoño de la universidad del Valle (El modelo de colonización antioqueña de James Parsons: Un balance historiográfico 2002) que recoge el debate en torno a la cultura "paisa", entre muchos otros estudios arqueológicos, genéticos, antropológicos y floclóricos recientes alrededor de esta formación de Ethos. Todos estos estudios evidencian la complejidad y riqueza de ese grupo humano.

Sin embargo, es posible establecer una genealogía, una arqueología de la idiosincrasia "paisa", del Ethos Paisa, ya que el sujeto humano se establece en su relación con el espacio geográfico en el que se encuentra, a partir de él configura modalidades para experimentar el mundo y su relación con los demás seres humanos, configurando de ese modo, un determinado Ethos cultural, un determinado carácter psicológico e identidad.

Sobre el territorio de las cordilleras andinas central y occidental, entre el litoral caribe y la llanura del pacifico, cruzado por los ríos Magdalena, Sinú, Atrato y el - todavía superviviente- río Cauca, con una variabilidad climática que va entre templado, tropical hasta el clima de páramo; un territorio entre montañas, valles y llanuras, de trovadores y leyendas populares, donde tiene origen esta civilización. Cuando James Parsons se acerca al fenómeno de los antioqueños, lo primero con que se encuentra es con un sujeto unido a la tierra por la emoción. Este norteamericano, partiendo del condicionamiento geográfico de la montaña, se preguntó por el desarrollo de la cultura Antioqueña en su implicación con este ecosistema que se le presentaba adverso, pero con el que se afianzó como un pueblo prospero, pujante, productivo, que lideró el proceso industrial del país a principios del siglo XX. Parsosns (1949) descubrió que en medio de la vegetación del territorio antioqueño, las personas que lo habitaban se autodenominaban “Montañeros”, afirmando que la montaña, expresada en la vivencia del Sentimiento de montañero, es el articulador de Naturaleza y la cultura.

Ahora, la articulación de esta Cultura con la geografía natural, ha pasado por una gran historia:





Elaboración propia



El problema y fenómeno de la tierra en Colombia tiene sus orígenes desde el descubrimiento de América. Los españoles trajeron la Razón y la Civilización, dejando una huella y marca de sangre en el despojo de tierras de las indias. Es así, que el problema de la violencia en Colombia es un problema fundamentalmente histórico, adquiriendo ese rasgo de historicidad al tener sus bases fundamentales en el problema de la Tierra y las formaciones culturales dejadas por este proceso. Los problemas de desigualdad y pobreza del campo, las relaciones de poder, el fenómeno de la violencia en el país, que tiene en las zonas rurales el lugar predilecto de abastecimiento de sangre (Y muerte), pueden ser leídos por medio de las emociones y psicología de los antioqueños, mostrando así, la importancia de la reflexión de las emociones, de la subjetividad en la vida pública de las comunidades humanas. Los problemas de la ilustración, tenencia de la tierra y violencia (socio-política) están ligados unos a otros y conforman la dialéctica entre cultura y la naturaleza de la civilización Antioqueña.

Sobre el origen de los "paisas", se na dicho que en su mayoría es un pueblo y cultura que desarrolla con un núcleo semita. Sin embargo, dada la historia misma del desarrollo de la civilización antioqueña, debemos considerar que en su mayor medida, esta hipótesis es más bien un mito. Por otro lado, se han realizados estudios genéticos para determinar las características objetivas (Raciales!) de los antioqueños. Se llega a decir que un 79% es europeo, un 16 % amerindio y un 6% africano. Interesante explicación; ahora, este tipo de enfoques nos llevan a considerar una supremacía étnica y una inferiorización de los elementos raizales, indigena y africanos, en un claro enfoque eurocéntrico de nuestro origen. Antes de la llegada de los españoles a nuestras tierras, existieron una diversidad de etnias desde los tiempos ancestrales, hecho que demuestra que el aislamiento del "componente genético" es efecto del mestizaje bárbaro, que asesino y expropio a los pueblos originarios de sus territorios.

Entre 1514 y 1890, tenemos la construcción de otro núcleo, precisamente aquel que dará lugar a esa característica "estructura mental" del "paisa", su iconografía, gastronomía y formas de dominar la naturaleza. Este núcleo se construye sobre la base del proceso de choque entre Civilización y barbarie, siendo dinamizada por el proceso de colonización llevado a cabo en el territorio latinoamericano como un todo. En 1680 terminaría esa primera colonización, que se caracteriza por un proceso de dominación del territorio vía exterminio de los pueblos originarios. A partir de allí se viene la segunda colonización de ibéricos españoles, llegando al territorio, vascos , castellanos, gallegos, árabes y judíos conversos que huían del extermino en Europa. La diversidad de esta configuración, mezcla una variedad de núcleos culturales, amerindio, europeo, árabe, judío sefardí, africano, guardando dentro de sí, la historia misma de la construcción de la modernidad, de la interconexión entre los pueblos y culturas.

Se construyeron las ciudades de Santa Fé de Antioquia, San Lorenzo y luego la Villa de nuestra señora de la Candelaria, resonando como un eco heroico en la historia los nombres de don Gaspar de Rodas, Sebastían de Belarcazar y Jorge Robledo, que no solamente se erigieron sobre los antiguos dominios de los caciques Nutibara y Bitagi, el valle de San Antonio, el valle de San Nicolas y el valle de la Aburrá, sino que además acallaron la "Multiplicidad de los Versos", su voz en la historia. Se desplegó una vida social que transitó entre la sociedad hidalga, la sociedad criolla, hasta llegar a la forma de vida burguesa en finales del XIX e inicios del siglo XX.

Las relaciones sociales impuestas por el proceso de colonización construyeron un “Yo conquisto” en el centro de la formación de la subjetividad. No solo se conquistan lo que está más allá del horizonte, sino que se trataba fundamentalmente de la conquista de una cultura, de un modelo civilizatorio (el moderno colonial-blanco heteropatriarcal occidental) sobre las formas de sociabilidad amerindias. Toda fundación de un poblado, implicaba la muerte y futura extinción de un pueblo originario, así como el dominio de la naturaleza. El espíritu aventurero y emprendedor del “paisa” lleva la marca de la barbarie en su interior. El egocentrismo y la megalomanía característica de esta formación de Ethos es el reflejo arquetípico (inconsciente) del ego conquiro (“Yo conquisto”)[2] que considera la supremacía de sujeto sobre lo Otro, el indígena y la naturaleza, objetivados para la dominación "paisa" del territorio. El establecimiento de un modelo sobre lo humano como parámetro, que implicó un ejercicio de esquematización de la realidad.

El problema no es tanto el encuentro entre un “Yo” y un “Otro”, sino la construcción de un Nosotros”, “Occidentales”, ante todo "Paisas", como manera de encubrir su barbarie, al aniquilar al “Vosotros”, los demás modos de «Registro» de lo real. Todo río se desarrolla sobre un cause espacial, por lo que entender la historia como totalidad, implica precisamente considerar la sistematicidad del «acontecer», el hecho de su simultaneidad y no-simultaneidad al mismo tiempo en un espacio global de formación, que en este caso es el de la Modernidad. Como en los demás pueblos colonizados, las tierras fueron expropiadas y, si las comunidades no fueron exterminadas, fueron esclavizadas y puestas al servicio de mecanismo de aumento de la tasa de ganancia, de la explotación y la acumulación originaria del capital.

El inicio de siglo XIX, es la configuración de un Estado Moderno y legítimo en el país, teniendo como uno los pilares de ese proceso, la consolidación de un régimen racional ilustrado de tenencia de la Tierra para la comunidad política representada en los poderes y mecanismos concretos del Estado, como la titulación y control de terrenos baldíos. Durante la transición del siglo XIX al siglo XX, en Colombia se fue consolidando un régimen agrario, una estructura agraria, que presentaba alta concentración de la tierra, pero aun así, seguían existiendo grandes extensiones de territorios sin asignar, por lo que se desencadenó un proceso de apropiación de tierras, "constituyéndose en una verdadera pesca donde se feriaron las mejores tierras disponibles, reforzando la república señorial” (Machado, 2009: 51). Durante esta "feria de baldíos", se desarrolló lo que muchos historiadores y sociólogos denominan como la Colonización Antioqueña, uno de los procesos sociodemográficos, socioeconómicos y sociopolíticos más enigmáticos y fundamentales para revisar el problema de la vida y construcción ethos paisa.

La Interpretación de la Colonización Antioqueña


Cuando J. Parsons estudia la colonización antioqueña, lo hace poniendo énfasis en la "actitud psicológica innovadora" orientada al logro y al desarrollo de la industria. Por influjo de esa forma geográfica, sufrió el pueblo antioqueño de un aislamiento que desde épocas coloniales, los ubicaba en un punto estratégico en el que la influencia de la corona, o santa fe, era casi nula. Primariamente, el "paisa" se dedicó al oro que rápidamente fue escaseando debido a la rápida y feroz extracción. También, dice Parsons, que la forma geográfica imposibilito en un inicio la creación de bastos campos poblacionales en razón a las pendientes de las montañas, que hacia difícil casi imposible algún asentamiento humano. Aun así, el "paisa" aprendió a cultivar la tierra y a vivir en las pendientes, configurándose el mito de la pujanza y destreza de los antioqueños. Como lo expresa Parsosns (1949:106):

“En las nuevas tierras volcánicas del sur y al oeste, la naturaleza profundamente quebrada de la región, el orgullo de los cultivadores de café y el espíritu de autonomía libre e independiente se combinaron para producir este caso rarísimo de una sociedad democrática de pequeños propietarios, en un continente dominado por un latifundismo latino tradicional (...)”



Hay un descubrimiento fundamental que menciona Fals Borda en su texto “Entre los Paisas” (2005), guiado por las premisas de sus maestros de la Universidad de Florida, dice que los antioqueños han sido el único pueblo en nuestro subcontinente latinoamericano que ha logrado un desarrollo estructural desde bajo, es decir Endógeno. Para él, el Ethos desarrollado a finales del XIX y principios del veinte es una configuración sui generis. Acá, sigue, indirectamente la tesis de J. Parsons (1949) según la cual, desde el comienzo, la sociedad "paisa" estuvo aislados del resto de la nueva Granada por barreras montañosas y selvas pluviales; marginalidad en la que permaneció hasta bien entrado el siglo XX.

Dice Fals Borda (2005) que históricamente es posible ubicar un núcleo central, en donde se puede encontrar los elementos más representativos de este Ethos Suis Generis. Este núcleo central, son los grupos ancestrales de Antioquia, que incluía aquellos grupos humanos marginales, que laboraban en montes, valles y ríos que durante la Colonia y la Primera República fueron explotados y oprimidos en distintas formas. Un caldo de cultivo humano de diversa composición. En primer lugar y como los más antiguos, los indígenas en sus pequeños resguardos (como los pantágoras, supías, ituangos, peques, guamocóes, Tahamíes Katios, etc.). En segundo lugar, están los negros independientes, libres o en sus palenques (como en Buriticá, San Andrés, San Pedro, Guarne, etc.) cuyos valores bullían con el sentimiento de la libertad. En tercer lugar, Ubica Fals Borda a los campesinos españoles pobres. Estos grupos configuran un Ethos que en su interior lleva un socialismo Raizal. Los sentimientos característicos del "paisa" seria así para Fals Borda (2005): la solidaridad, el respeto por la tierra, la vida y la libertad y la lucha contra la opresión. Eran para él los "paisas" de la República, naturalmente receptivos del socialismo utópico y humanista, como de buscando siempre una sociedad democrática e igualitaria de pequeños y medianos propietarios en la zona.

Ahora bien, el panorama si es tan rosa? la dinámica coyuntural refleja otra cosa.

Como lo señala muy bien el profesor Jaime Londoño en su escrito “El Modelo de la Colonización antioqueña de James Parsons: Un Balance Historiográfico” (2002), la apropiación pasiva del modelo de colonización que trajo el autor norteamericano, llevó a la reproducción de un supuesto devenir "rosa" en los albores del Ethos paisa. Si se considera el fundamento olvidado y encubierto en la obra de J. Parsons sobre la colonización antioqueña, se podrá observar que por un lado, lejos de estar aislada, la cultura "paisa" interactuo con muchos lugares y regiones del país y del extranjero; mientras que por el otro, es posible no ver un tal desarrollo igualitario en la configuración de la estructura de propiedad de la tierra.

Lo que hizo Parsons fue igualar los conceptos de Frontera y Colonización, dejando implícitamente esta operación. Su modelo interpretativo queda reducido entonces al estudio de las rutas seguidas por los antioqueños en los procesos de ocupación de las zonas baldías situadas en los márgenes de los poblamientos coloniales (Londoño, 2002). Lo que siempre pretendió Parsons, fue analizar la ocupación de nuevas tierras por parte de los antioqueños, y aun con las críticas que el propio Londoño le dirige, dice que el modelo de Parsons, es lógico y responde a su mismo objetivo. Es importante considerar, como lo hizo J. Parsons – seguido por Fals Borda- el proceso y causas por las que opera el proceso por el cual un grupo humano se apropia de un espacio vacío, que trate de integrarlo a él (al Conglomerado), su consecuente puesta en exploración y el carácter emocional de la sociedad que emerge de este proceso.

Por otra parte, la tesis del "Socialismo Raizal paisa", queda en entredicho cuando vemos las relaciones que se establecen entre la mentalidad de las élites antioqueñas, el emprendimiento y la ética del trabajo tan a fin al espíritu del capitalismo característica de los "paisas". Según Alberto Mayor Mora, la racionalidad de la cultura paisa, curiosamente mezclada con un catolicismo del trabajo, a la manera que lo vio Max Weber para el proceso europeo, la relación entre una ética del trabajo religiosamente construida y un espíritu capitalista, trajo consigo el progreso de la industrialización y de la modernización para Antioquia y el país. El empuje colonizador sigue una ética del carácter vinculada a la racionalización del trabajo productivo a efecto del establecimiento de las relaciones de producción de tipo capitalista, que sustentan el modo de vida emprendedor, innovador y del pragmatismo como valores propiamente "paisas".

Es sobre este panorama de evolución de las fuerzas productivas que a finales del siglo XIX, surge de entre algunos miembros de la élite política, comercial e intelectual, la idea de la creación de una “sociedad” que Concibiera el espacio en su globalidad; que direccionará y planificará el crecimiento urbano que se percibía como desordenado e ineficiente, a la vez que se constituía un órgano que centralizará las políticas de modernización. Es en este lapso de tiempo, se puede firmar que se produce un punto de inflexión en el que se transpone el desarrollo de lo agrario hacia lo industrial. Suceden grandes procesos de migración del campo a la ciudad; se crea la posibilidad de entrada a capitales extranjeros, del mismo modo que se desarrollan las condiciones objetivas que permiten el desarrollo de la técnica, elemento indispensable para la consolidación de una industria. Se construye el pujante complejo industrial "paisa", Empresas como Coltejer, Fabricato y Tejicondor y en 1955 se "organiza el Establecimiento Público Autónomo encargado de la administración de los servicios públicos de Energía Eléctrica, Acueducto, Alcantarillado y Teléfonos"[3] conocido hoy como el consorcio empresarial EPM, como insignia de ese Ethos empresarial.
Aparece en el Ethos paisa una interrelación entre ética del trabajo y la racionalización de la vida económica y social. Entre 1890 y 1970 se construye ese "mito" del "paisa" pujante, trabajador, innovador y empresario, un aventurero del capital, que significó esta nueva colonización paisa, marcada por la bandera de la industrialización y el progreso, propios de la ética capitalista, que posee en su interior la Constelación social Latifundista, de manera más marcada que una Ética socialista raizal como creyera Fals Borda.



El surgimiento del Carácter Afirmativo de la Violencia


En Antioquia (y en la ciudad de Medellín) se desarrolla una sociedad y cultura violenta. Cuando se revisan las estadísticas de homicidios en la región antioqueña o en la ciudad de Medellín en comparativo con otras regiones y ciudades latinoamericanas o del mundo, es evidente notar que la ciudad ha vivido grandes procesos de re-configuración social y política producto de innumerables enfrentamientos entre diferentes grupos armados (Nieto, 2005). El proceso de modernización y de urbanización de la región, estuvo marcado por un fuerte proceso de industrialización (iniciado entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX) en sus inicios, para luego entrar en un proceso de des-industrialización, que dio entrada a un aumento de la economía ilegal, siendo la violencia uno de los focos fundamentales en el desarrollo económico y político. .

La violencia en el departamento y en la ciudad de Medellín en particular, tiene su puntos más álgidos entre 80 y los años 2000, en donde se viven fuertes procesos de transformación de la confrontación armada, en los que la vida urbana se ve gravemente afectada.La violencia política en el país venia recrudeciéndose cada vez más, hasta tal punto que los grupos insurgentes y los contra-insurgentes, toman la decisión de trasladar el conflicto del contexto rural hacia el contexto urbano. Durante 1980 a 1995, el narcotráfico logró consolidar redes de producción, circulación, venta y consumo de drogas, dirigido fundamentalmente por Pablo Escobar y el Cartel de Medellín. La violencia tiene su emergencia en la ciudad, mezclándose y modificando las lógicas de la violencia política (Global) que se estaba llevando a cabo en el país, con las lógicas propias de la violencia social de los territorios locales. Durante la decada de los 80´s e inicios de los 90´s la figura de Pablo Escobar empieza a ganar legitimidad a partir de obras sociales y de resolver los problemas inmediatos para la comunidad marginalizada; pero por otra parte organizaba grupos que en su mayoria estaban conformado por jóvenes que tuvo mayor apogeo en la zona nororiental como es nombrado por Restrepo en su libro “Las vueltas dela oficina de Envigado”, estos grupos eran conocidos como galladas. Estos grupos permitieron llevar a cabo la Guerra que Escobar se había propuesto contra el Estado ademas de integrarse a diferentes actividades del narcotráfico, el control territorial, entre otros. La agudización del narcotráfico, la desigualdad social y poca intervención estatal transversalizaba el desarrollo de la vida social. 
El ambiente social que se comenzó a desarrollar en cada uno de las regiones y en los barrios de la ciudad de Medellín, y en el departamento como un todo, estaba marcado de esa manera por diferentes expresiones de la violencia que se veían por todos lados y esferas de la cotidianidad.
El panorama se caracterizaba por un ambiente de violencia generalizada en los ámbitos: territoriales, políticos, personales, de ajustes de cuentas, etc ; y durante tres periodos específicos a lo largo de la década de los 90´s y principios de los 2000: de 1990- 1993 primó la violencia asociada al narcotráfico y a otras actividades ilícitas organizadas, de 1994-1998 primó la violencia por reivindicación económica o del honor personal y el periodo de 1999 – 2002 estuvo definido por el escenario de la violencia territorial y paramilitar [4].

Los "paisas" con todo esa jovialidad que nos caracteriza, realizamos verdaderos carnavales sangrientos, a los que llamamos genericamente como masacres del "el Aro", "de Ituango", del "Retiro", .... la lista es muy grande; cambiamos el hacha que nuestros mayores nos dejaron por herencia por la moderna y eficaz moto-sierra, cortando todo obstáculo que se impusiera a nuestra a nuestro emprendimiento:




"Solo que nosotros no matamos por obligación, sino por gusto, o mejor dicho, por disgusto, por desesperación del mundo. Por eso matar nos proporciona cierta diversión. ¿No le ha divertido a usted nunca matar?Herman Hesse_ El Lobo Estepario




La economía del narcotráfico sustentada en grupos paramilitares, no sólo comenzó a ser central en el desarrollo del mercado, penetrando fuertemente en las esferas institucionales, sino que construyó un "estilo particular de vida", un modo de subjetivación, híbrido al proceso de construcción cultural que se venía ta gestando desde 1514.Entre los años 80 y la actualidad, se conformó un estilo particular de vida, en el que las representaciones que producen por los sujetos sociales, están dadas por su contacto con el medio simbólico en el que se encuentran; medio que impone el imperativo de conseguir dinero, ya que el dinero es la posibilidad de conseguir lo imposible, siendo la violencia el medio de conseguirlo o aproximarse a él. El carácter afirmativo de la violencia (CAI) es precisamente eso, el aparecer de la violencia mientras se oculta en todas las otras formas de socialización que caracterizan el Ethos paisa contemporaneo.

En términos muy generales, para describir esta nueva  formación cultural  "Narco-paramilitar" o CAI, hay que decir que es la manera en que un individuo busca sus aspiraciones en la vida, en las que necesariamente se implica el desconocimiento completo del Otro, o mejor dicho, se le reconoce en tanto se le busca rebajarle y aniquilarle por medios violentos. Por qué ocurre esto?; por qué se afirma en su carácter la violencia? Según nos parece, la violencia se afirma cada vez más en su carácter en la medida en que las exigencias del estilo de vida moderno, la posicionan como uno de los medios más eficientes para llegar a tener la posibilidad de conseguir lo imposible y engrandecer al "ego". En la vida de los sujetos, a partir de las exigencias de una forma de vida capitalista, la violencia se consolida como una forma de socialización y se afirma en su carácter, siendo un rasgo central de la subjetividad "paisa", en su "estructura psicológica". 

La identidad cultural de los "paisas", sus maneras de interacción con el otro, guardan una estrecha relación con la vida capitalista y el conflicto que en ella se genera. Es necesario revisar la relación existente entre la vida moderna, la forma de interacción que la violencia que vivió y se vive en Antioquia y el país, para determinar su contribución y mediación en la configuración en la dinámicas y construcción de estilo de vida adscrito al Ethos paisa. 

¿Ser o No-Ser Paisa?

Lo que hoy conocemos como Ethos paisa es la síntesis de ese proceso histórico. La ambivalencia entre su carácter aguerrido, su solidariad, su ingenio, su interés por el trabajo, su capacidad jovial, su picardía, en contraste con su relativismo moral, el narcisimo, su afán por el dominio y la ganancia, demuestran el choque entre estos Núcleos ético miticos [5] que construyen su idiosincrasia. El amor por la tierra que lo vio nacer, contrasta con su huella dejada en la naturaleza, pues ahora sí que es cierto el aforismo del fulano de Éfesos, el Río, después que lo tocaron las manos paisas, no volverá a ser el mismo. Ese pueblo ha dejado grandes simbolos nacionales, como don Pedro Justo Berrio, Heladio Velez, Pedro Nel Gémez, Carlos E. Restrpo, Estanislao Zuleta, Porfirio Barba Jacob, Maria Cano, Demora y Gonzalo Arango, Juanes, Botero, Son Bata,  Legarda.... Pero también ha construido verdaderos "engendros", Pablo Escobar, los Castaño, el  narcotrafico y, más recientemente, el "Uribismo". De ahí, el "amor y odio" a los "paisas" por parte de todos los colombianos. 
Cómo despojarse del Ethos paisa? El fulano salió de Éfeso, se enfrentó a una muerte por hidropecia para, por auto-destierro, criticar a un pueblo que no escuchaba al λογος. Por más lejos que este un "paisa",  y por mucho que reniegue de su propio origen, siempre añora un "aguerdientico", para no olvidar de dónde surge su propio ímpetu, ese trago que manifiesta este dulce-amargor de nuestra historia; como dijese Nietzsche "Somos como un río que que vuelve a su origen por las vías de sus afluentes". La Cultura, como esa morada del ser humano, es el destino inevitable de la experiencia en- el- mundo. El problema no es entonces "Ser-paisa", sino el "modo de ser" que quiere imponer como modelo absoluto de los valores de ese grupo humano. Habrá que despojarse de ese "mito" y re-hacer la historia de nosotros mismos.




Trabajos Citados:



Borda, F. (2005). Entre los Paisas: Reconociendo su misión en la Historia. (11 de noviembre de 2005 Tesis para el Título Honoris Causa, Paraninfo, Edificio de San Ignacio, Medellín, Ed.).

Londoño, J.  (2002).El Modelo de Colonización Paisa de James Parsons: Un balance historiográfico, 7, 187–226.

Machado, A. (2009). Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia D e la colonia a la creación del Frente Nacional.
Mora Mayor, A. "Etica, trabajo y productividad en Antioquia" En: Colombia 1984. ed:Tercer Mundo ISBN: v. 1 pags. 550.
Nieto, J. R. (2005). “Conflicto, Violencia y Guerra en Colombia: El caso de Medellín”.U de A.


 Parsons, James. The Antioqueño Colonization in Western Colombia. Berkeley: Universidad de California, 1949.

_________________________
[1] Los trabajos de estos dos académicos, inspirados por la conmemoración de los 200 años de independencia de Antioquia, aseguran que esta región lejos de estas aislada del mundo y del contexto nacional, se configuro a partir de toda una red de global de relaciones con el resto del país, Latinoamérica, los Estados Unidos, el continente Europeo y africano, dejando en entredicho una de las tesis fundamentales de Parsons y Tulio Ospina, según la cual el condicionamiento geográfico montañoso constituyó un elemento de aislamiento de la región frente al contexto general del territorio Colombiano y del mundo.
[2] Para una descripción de este concepto de "ego conquiro" revisar: Dussel, E. "El Encubrimiento del Otro".
[3] Acuerdo 58 de 6 de Agosto de 1955. Consejo de Medellín.
[4] Ver: Libro "Medellín entre la muerte y la vida. Escenarios de homicidios, 1990-2002" (clara Suarez Rodríguez, Carlos Giraldo Giraldo, Héctor García García, María López López, Marleny Cardona Acevedo, Carolina Corcho Mejía, Carlos Posada Rendon) Grupo de investigación en violencia urbana de la UdeA y U de EAFIT, Estudios políticos No. 26 Medellin Enero- Junio 2005.
[5] Con este concepto P. Ricoeur expresa el complejo de valores y de actitudes valorizantes, como acciones correctivas sobre la experiencia de vida, del mismo modo que el conjunto de imágenes -imagos- símbolos que constituyen las representaciones básicas de un pueblo. Ver: Ricoeur, P. Civilización Universal y Culturas Nacionales (1961). En: Ricoeur, P. Ética y Cultura. Ed. Prmeter. 2010, pp. 48-51.

De la mente

“Los necios se vuelven juiciosos ante los daños sufridos; pero las personas avispadas siguen siendo necias por más daños que sufran”. G.W.F. Hegel

Educación de mente.

No son pocos quienes han intentado establecer, desde los más diversos ángulos del conocimiento humano, el significado preciso de la palabra “mente”, a fin de dar respuesta a la pregunta: ¿qué es eso a lo que se denomina la mente? Filósofos y teólogos, psicólogos y sociólogos, médicos y juristas, biólogos e informáticos, en las más variadas épocas y bajo el predominio de los más diversos presupuestos o puntos de vista históricos, conceptuales y culturales, la han intentado definir y han pretendido dar de ella una explicación definitiva o, por lo menos, lo suficientemente satisfactoria. Por supuesto, siempre y cuando la respuesta seleccionada venga asistida por la certaza sobre la cosa, es decir, por “eso” a lo que se acostumbra llamar 'los hechos'.


El problema es que, como decía Vico, la certeza no es lo mismo que la verdad, aunque la verdad no pueda prescindir del imbricado sendero de las certrzas. Y, en efecto, la verdad sin la certeza sería vacía. Pero conviene advertir que la certeza sin la verdad estaría ciega. Solo que para el entendimiento reflexivo tales consideraciones no resultan importantes, porque la prepotencia que se ha enseñoreado del presente no es práctica. Es, más bien, esencialmente pragmática, que no es lo mismo. “Cosas vereis, Sancho”, afirmaba un hidalgo caballero manchego. Infelices son los tiempos condenados por sus propias impotencias. Que no quepa duda: la prepotencia es, siempre, una forma -versátil, sin duda, pero a la larga, inútil- de ocultamiento de la ignorancia. Para muestra bastará un Diosdado. Quien, por cierto , en los últimos días ha pasado de ser un bestión espeluznante a un demonio de Tazmania, en formato Warner Bros, sorprendido en su estupidez por el tío Conejo. Como apuntaba Hegel, “la simple reflexión consiste en el temor de profundizar en la cosa. La reflexión pasa por encima de la cosa y retorna a sí”. Decía Platón que “las cosas bellas son difíciles”. Y no se refería, por cierto, a eso que los venezolanos acosumbramos llamar 'corotos' o 'peroles', sino a las cosas en el sentido de la reo griega -o de la res latina-, que significa “hablar con fluidez”, “debatir”, “llevar la causa”. De manera que, como afirma Aristóteles, “las cosas abren a los hombres el camino para proseguir la investigación”. Cosa, pues, no como referencia al objeto inmediato o sensible (ding), sino como aquellas cosas realmente importantes (sache), lo suficientemente importantes como para causar la afección de todos.


Cabe, pues, la posibilidad de que uno de estos delgados hilos o filamentos -filum-, derivados de las anteriores consideraciones, permita conducir al núcleo de la tupida raíz que alimenta el arbol del presente venezolano, y particularmente de lo que se concibe como su mente. Porque, ahora que, precisamente, la cosa -no ding sino sache- ha comenzado a mostrar, de un modo evidente, los inequívocos signos del inminente cambio político necesario, resulta menester contribuir, de un modo decidido e irrevocable, a que se produzca un cambio profundo e igualmente necesario en su mentalidad . Parafraseándo la conocida expresión de Spinoza: el orden y la conexión de las cosas es idéntico al orden y la conexión de la mente.


Es verdad que, después de que Descartes la sometiera, le extrajera hasta la última gota de sangre histórica y le pusiera “reglas”, a objeto de “direccionarla”, la mente se hizo término sin sustancia, un término cada vez más laxo y, en ese mismo sentido, poco riguroso, ya que, como todo lo que manipula el entendimiento reflexivo, comenzó a presentar un corpus teorético curtido, agrietado y pustulento, plagado de múltiples prejuicios y presuposiciones. Que si es paralela o distinta a la cosa; que si tiene existencia propia y estatuto ontológico; que si en ella opera la “retroalimentación de los sistemas materiales”; que si se trata de una “experiencia subjetiva creada por la actividad cerebral con el fin de producir un punto de referencia para el movimiento”; que si es un “conjunto de mecanismos de computación específicos e independientes”; que si el “esquema de la estructura elemental del conocimiento”, etc. La “mente concreta”, la “mente práctica”, la “mente abstracta”. En fin, se trata de una infinita sumatoria de certezas sin concreción, mas no de la verdad.


De nuevo, la filología manifiesta toda la fuerza de su historicidad: en sus orígenes mente (mens) significa estrictamente pensar. Pero pensar significa juzgar. El juicio es el pensamiento en actividad, es decir, juzgar es producir, hacer. Por eso mismo, la verdad se identifica con lo que se hace: Verum ipsum factum. Los cambios que ocurren en la historia, como dice Vico, tienen su origen en la mente, en el pensamiento. Y si la historia encuentra sus fundamentos en la comprensión de la mente su estudio resulta de factura esencial y precede al estudio de todas las formas de conocimiento. Y sin embargo, agrega Vico, no es posible comprender la mente sin comprender la historia, dado que en ella se encuentran, efectivamente, las expresiones concretas de la mente, sus ideas y valores. La sociedad es la objetivación del pensamiento, pero el pensamiento es la objetivación de la sociedad. No es posible suspender la cosa y presentarla como algo independiente de la mente. Y no será posible modificar sustancialmente las cosas en Venezuela sin modificar sustancialmente la mentalidad del venezolano.

Toca la hora de una profunda reforma intelectual y moral. Es el tiempo propicio para iniciar la transformación educativa. La tiranía no es sólo una forma de gobierno especial: es el resultado de una sociedad que la ha asumido como su forma de pensar y de ser. La violenta barbarie, la malandritud, sólo puede ser superada una vez que cambie todo a fondo, cuando desde los hogares, las instituciones educativas y los espacios públicos reine el espíritu de la civilidad. La riqueza material se inicia con la superación de la pobreza espiritual. Cambiar el país radicalmente comienza con el cambio de la mente.

La hazaña de la libertad.

Antonio Machado, todo pasa y todo queda.
Antonio Machado, todo pasa y todo queda.


El tiempo de Dios no es ni perfecto ni imperfecto, como se suele creer en estos tiempos de desgarramiento, minado de temores y esperanzas. La perfección de la sustancia sólo puede ser idea concreta, real identidad de lo subjetivo y lo objetivo, de lo universal y lo particular, o identidad de finito e infinito, cabe decir: de los términos contrapuestos. Cuando la perfección -que es unidad de lo uno y lo múltiple- es abstraída desde uno de los extremos de la oposición, deriva identidad formal, concepto vacío, ratio kantiana. Es la carne que ha sido escindida de la osamenta por los instrumentos del entendimiento reflexivo. Puesta frente a lo finito, aparece como la nada de lo finito mismo, en tanto lado negativo de la perfección. Puesta como realidad inmediata, aparece como lo infinito positivo, no subjetivo, no productivo, sino como objeto y producto, como la nada indeterminada en la pureza de su identidad. Así, y precisamente por ello, se manifiesta como la pura contraposición. Teología filosofante, de un lado. Positivismo rampante, del otro. En realidad, frases hechas, consignas altisonantes y rimbombantes. Pero, en el fondo, ninguna de estas determinaciones de la perfección -por más perfecta o imperfectamente que sea representada la divinamente profana temporalidad- está en capacidad de definir, de modo concreto, ni al tiempo ni a Dios ni a la perfección, simplemente porque adolesce de eso que el divino Spinoza -¡y vaya que si era divino!- llamaba el Infinito actu, la unidad de la unidad y de la multiplicidad de las determinaciones. La temporalidad, devenida historia de carne y hueso, es la hazaña de la Libertad.

Lo que sí parece ser inobjetable es que la sustancia, que se reconoce en sí y para sí misma como sujeto, no pocas veces actúa por caminos insospechados y hasta, podría decirse, misteriosos o cuando menos sorprendentes. Del Libro del Eclesiastés -cuya traducción al español, por cierto, sería el Libro del Asambleísta- es esta frase: “los caminos de Dios son misteriosos como la senda del viento, o como la forma en que el espíritu humano se infunde en el cuerpo del niño aún en el vientre materno”. Su autor se hace llamar Qohéleth, que significa “el representante de la Asamblea”, un tribuno de la legítima Asamblea del pueblo que, hastiado de las creencias dominantes bajo las cuales habían sido sometidas las mayorías, decide tomar la palabra y actuar en consecuencia. Lutero lo llama -no sin razón- “el orador”. Decía Vico que la historia de la humanidad se diferencia de la historia de la naturaleza porque los hombres hacen la una y no la otra. Las cosas en la historia cambian de continuo en virtud, precisamente, del empeño de la libre voluntad. Como bien dice el poeta: “todo pasa y todo queda”. Y es que la exigencia del cese de la usurpasión de una determinada tiranía quizá sea, si no el principal, por lo menos uno de los motivos esenciales del desarrollo histórico de la civilización humana.

El tiempo del ignorante conduce directamente a la perfección del mal. Un puñado de militares mediocres y de civiles fracasados, movidos por el resentimiento social, la sed de venganza y una curiosa mezcla de prejuicios y presuposiciones doctrinarias, tomadas de una mortaja remendada, hirieron gravemente a la que, hasta entonces, fuera reconocida como la democracia más antigua de latinoamérica y el país más pujante de la región. A la larga, se hicieron del poder con la ayuda de una élite económica y política aventurera e irresponsable, gustosa de vitorear a un fantoche parlanchín, zamarro y embaucador, convertido en César todopoderoso. Los mochos -dice el adagio popular- se juntan para rascarse. Veinte años y un poco más han pasado. El balance es desolador: destruyeron y corrompieron todas las instituciones del Estado, el poder judicial, el poder electoral, la Fiscalía y la Contraloría, así como la administración pública, la red de salud, las instituciones educativas, las universidades, las empresas del Estado. Desarticularon y corrompieron hasta la metástasis a las fuerzas armadas, hoy convertirlas en un cuerpo de mercenarios. Transformaron los organismos de seguridad del Estado en una pandilla del cartel, que terminó por secuestrar y aterrorizar a la población. Entre tanto, y a medida que destruían el aparato productivo, se dedicaron a enriqueserce con los dineros del Estado y transmutar el territorio nacional en un puerto seguro para la distribución de narcóticos y en un aliviadero seguro para grupos terroristas de toda calaña, desde el Hezbollah hasta las Farc y el Eln, además de entregarles en bandeja de plata el control del país a un Estado forajido como lo es el cubano. Las dramáticas consecuencias no tienen precedente en la historia venezolana. La miseria material y espiritual cunde como la plaga. La gente tiene hambre, las patologías se multiplican, los pacientes mueren por falta de asistencia médica o por la casi total carestía de medicamentos. La deserción educativa, a todos los niveles, es espantosa. Reina la inseguridad ciudadana en calles oscuras y mugrientas. Los servicios públicos -agua, aseo, luz, gas, transporte, telefonía, vialidad- apenas funcionan y cada vez más se incrementa el deterioro. Por si no bastara, no existe Estado de Derecho y la prensa está amordazada. El terror reina aún a sus anchas.

Venezuela ha tocado fondo, ciertamente. Pero justo cuando se pensaba que todo estaba perdido, desde el fondo del pantano se ha vuelto a levantar para luchar por la Libertad. Los caminos de Dios son, sin duda, misteriosos. Hoy se encuentra Venezuela en las calles, retando a la tiranía. Decidida y sin retorno, lucha por ponerle fin a la maldición populista. La troja se le ha descompuesto al cartel. Están acorralados y la comunidad internacional ya los conoce bien. Están solos, a solas, y con el sol sobre sus espaldas. Esta será sin duda una lucha dura y difícil contra la opresión del sujeto y del objeto. Pero será una lucha histórica, una -siempre antigua y siempre inédita- hazaña de la Libertad.

José Rafael Herrera

@jrherreraucv

Superfectación


Por José Rafael Herrera @jrherreraucv.

Superfetación


La superfectación es una extraña palabra, tan extraña como su significado. No obstante, y a pesar de su condición extraordinaria, su uso tanto en las ciencias médicas -especialmente en obstetricia como en el campo de la zoología, no es del todo infrecuente. No así en el de la lógica simbólica o, por extensión, en el de aquellas disciplinas que han hecho del silogismo aristotélico su fundamento natural, su punto de partida. Pone fin de la discusión. O llueve o no llueve. No se puede ser o estar y no ser y no estar en el mismo espacio y al mismo tiempo. Y, sin embargo, la superfectación, a pesar de las precisas indicaciones aristotélicas, comporta la posibilidad cierta de que, por ejemplo, una mujer quede embarazada estando ya embarazada, a pesar de que cuando se produce la fecundación de un óvulo como dice la reseña en cuestión-, “se inicia una cascada hormonal, cuyo objetivo es impedir que sigan madurando nuevos óvulos y que se produzcan nuevas fecundaciones”. Pero -y es que tanto en la vida como en la filosofía siempre hay un terrible pero- “en ocasiones acaban anidando en el útero varios fetos en distinto estado de desarrollo. Así, la zoologa Kathleen Röllig, del Instituto Leibniz, en Berlín, ha descubierto con ecografías que las liebres preñadas pueden sufrir un segundo embarazo”. Durante su época de apareamiento, en marzo, las liebres macho boxean entre sí por el amor de las hembras. Se dice que pierden por completo “la cordura”. El estar “loco como una liebre de marzo”, es una conocida metáfora popular.


Unas cuantas liebres de marzo han terminado 'boxeando' sobre el fértil terreno de la lógica aristotélica, generando a la larga peligrosas superfectaciones que, poco tiempo después, terminan en empreñamientos de doble factura, curiosas epifanías, Janos o 'vuelvan caras', cuyas insolvencias materiales y espirituales terminan produciendo esos extraños freakies que, tarde o temprano, ponen en peligro el buen nombre de la civilización humana. No cabe duda: tipos como Hitler o Stalin, como Mao o Kim Il Sun, como Fidel o Chávez, son el resultado de tan curiosas experiencias, de esos extraordinarios fenómenos que reciben el nombre en cuestión. Y no son pocos los casos tanto en las ciencias sociales como en las ciencias políticas. La obra de unos cuantos filósofos adolesce de esta engorrosa condición. Especialmente la de aquellos que gozan de mayor popularidad. Ya lo decía Sartre en relación con una obra como el Manifiesto de Marx: se trataba, en su opinión, de “la vulgarización de un pensamiento”. Y es que -para no tener que atravesar las aguas del insufrible barruntar posmoderno en relación con Nietzsche- bastará con señalar que cuando Marx postula la actividad sensitiva humana la praxis- como núcleo central de su filosofía, con ello, a fortiori, está declarando la bancarrota del materialismo. Pero si Marx -según lo que oficialmente sostienen los apologetas de la franquicia- es un materialista, entonces inevitablemente le pone fin a la actividad sensitiva humana como centro motor de su pensamiento. Más aún, cuando la filosofía ejerce su función como legítima teoría crítica de la sociedad, con ello desecha la vana manía de pretender predecir el futuro. Pero cuando ésta se dedica a predecir el porvenir, con ello cesa su función como teoría crítica y, por ende, como filosofía en sentido estricto. Una concepción filosófica no es, y no puede ser, una doctrina, una fe, un dogma, una ideología. Mientras la filosofía se esfuerza por denunciar -more geometrico demostrata, diría Spinoza- la irracionalidad, la injusticia o la decadencia de una determinada formación cultural, las llamadas doctrinas procuran sembrar esperanzas en un mundo construido, según la conocida expresión maquiaveliana, “sobre las nubes”, garantizando con ello su propio beneficio y preservación. Cuenta un entrañable amigo de siempre que, durante sus años de “formación” ideológica en la Juventud Comunista, Pedro Ortega Díaz les decía, no sin severidad enfática: “el marxismo no es un dogma.. ¡Repitan conmigo..!”. Por supuesto, Lenin lo superaba con creces: según su ortodoxa opinión, “el marxismo es una ciencia exacta”. Pero, en todo caso, el así lamado “socialismo del siglo XXI” es, en relación con sus figuras precedentes, la superfectación de una superfectación. Y, por cierto, nada de esto tiene que ver con el pensamiento dialéctico. En primer lugar, porque no es pensamiento sino representación. En segundo lugar, porque no es dialéctica sino fe positiva, tomada de la más momificada versión del entendimiento abstracto. Así, pues, Heinz Dieterich, es el padre de la creatura de ese llamado “nuevo proyecto histórico” que consiste en apuntalar una sarta de recetas acerca del cómo se debe implementar un régimen socialista: el “desarrollismo democrático”, la “economía de equivalencias”, la “democracia participativa y protagónica”, la organización de los “colectivos de base” , la construcción del “Bloque Regional de Poder”, como garante de la integración económica de los “Estados progresistas” latinoamericanos, así como del “Bloque Regional de Poder Popular”, suerte de coordinadora continental de los movimientos sociales en apoyo al “proceso revolucionario”. En fin, su propuesta puede resumirse en una simple consigna: “liberalismo sin capitalismo; socialismo sin estatismo”. Por fortuna, the dream is over, como diría Lenon.

Sin más fundamentación que la presuposición y el dar por sentado, y tomando como referencia
immobile a esa especie de alter ego de Marx superfectado por la fértil imaginación del fanatismo materialista soviético, el novísimo socialismo del siglo XXI, fecundado por Dieterich, dejó de ser un legajo de sublimes -y ociosas- fantasías para terminar, puesto en las manos del Galáctico de las estepas -¡esa liebre de marzo!-, en el más vetusto de los stalinismos. Decía Hegel que los sueños más sublimes de la revolución francesa terminaron en la pesadilla de la guillotina. Sí: “sublime, terriblemente sublime . Pero no bellamente humano”, escribe Hegel. Dieterich afirma que el Galáctico desvió el camino magistralmente trazado por él. Doctor Frankenstein se niega a asumir las consecuencias del desastre de su monstruosa creación, de su “legado”. Hay que ser irresponsable en la vida para no asumir las consecuencias de lo que, si no se ha pensado, por lo menos se ha dicho.

El mal y su perdón


Perdonar el mal.

Por José Rafael Herrera - @jrherreraucv


La cultura contemporánea muestra una profunda herida en medio de lo que suele representarse como “la comunidad”. Pueblo, patria, socialismo, son términos que, frente al creciente sentido de la condición individual, lucen su peor momento. La figura de un “mundo inmaculado” que, como dice Hegel, “no mancha ninguna escisión”, comporta el devenir quieto de una de las potencias de dicha escisión sobre la otra. Por lo cual, cada lado, cada extremo de ella, mantiene y produce por sí misma la otra. Dos esencias que se dividen en su realidad y que mantienen una oposición que es, “más bien, la confirmación de la una por la otra y, allí donde entran en contacto de un modo inmediato como esencias reales, su término medio y su elemento son la compenetración inmediata de ellas”. Pero, a diferencia de un mundo inmaculado, este mundo de hoy ha dejado por mucho de serlo. Como señala Adorno, después de Auschwitz resulta imposible escribir poemas. El mundo como “modelo”, un mundo idílico, quieto como una foto, es un concepto puesto por la reflexión del entendimiento, es un mundo vacío, abstracto, muerto. Podría decirse que es el mundo ideal de las destempladas fantasías de cierto chofer de Metrobús o de cierto gorilita iracundo, no de un auténtico estadista del presente. Como tampoco hay un modelo eterno, una suerte de topus hyperuranios del 23 de Enero.

La tragedia Antígona, de Sófocles, le ha hecho comprender a Hegel que ella “trastorna la organización quieta y el movimiento estable del mundo ético”, y que “lo que en este se manifiesta como orden y coincidencia de sus dos esencias, una de las cuales confirma y completa la otra, pasa a ser con la acción un tránsito de dos contrapuestos, en el que cada uno se demuestra más bien como la anulación de sí mismo y del otro que como su confirmación. Terrible destino que devora en la sima de su simplicidad tanto la ley divina como la humana”. Los simas –conviene recordarlo– son pozos profundos, abismales, que se forman a partir de una pequeña fisura o grieta en el terreno, y que termina comunicando la superficie con múltiples cavernas y corrientes subterráneas. No pocas veces se puede poner en evidencia el hecho de que lo que se designa bajo el nombre de “suelo común” es, en realidad, el lugar de las mayores diferencias, el locus de lo irreconciliable. No hay salida: hacer es transgredir. Quien actúa –y toda acción comporta caracteres éticos, con independencia del valor axiológico que las formas de la cultura le asigne– inevitablemente está destinado a introducir un desdoblamiento, un “ponerse para sí” y, con ello, un poner frente a sí una realidad que le resulta diferente de sí, externa, ajena. Pero es justamente en virtud de dicha acción que se obtiene una renovada condición ética. Quien actúa construye y, con ello, pone de relieve su específica peculiaridad: “Porque sufrimos reconocemos que hemos errado”. No hay “comunidad” sin que haya el suficiente oxígeno para que los individuos puedan respirar libremente. La idea de toda posible comunidad, en el presente, necesita ser rediseñada en profundidad, superada y conservada a un tiempo.

El camino indicado para tal rediseño no puede consistir, a la manera del cómplice, en voltear la mirada ante las crueldades cometidas. Sería históricamente imperdonable un nuevo “aquí no ha pasado nada”. Quien ha actuado y transgredido no puede estar exento de culpa. No hay –y no puede haber– un “como me dé la gana” a los fines de la reconstrucción de la etcidad. Quien ha asesinado, quien ha sometido y pisoteado los derechos más elementales de los individuos; quien ha saqueado las arcas públicas para enriquecerse, y robando a los más necesitados, a los más humildes la posibilidad de satisfacer sus necesidades primarias y, con ello, su dignidad; quien ha convertido las instituciones públicas en castillos de arena frente a una voraz marejada populista, en nombre de “la comunidad”, “la patria”, “el socialismo” o vaya usted a saber en nombre de qué bochinche; quien ha quebrado las piernas y brazos al aparato productivo de la otrora nación –hoy inexistente–, no puede no asumir su responsabilidad ante la justicia. Amnistía no significa “borrón y cuenta nueva”. La reconstrucción de una sociedad de individuos libres se sustenta en la creación de instituciones sólidas y de prestigio, orgánicamente unidas con la vida ciudadana, pero, sobre todo, en la más patente presencia de la justicia. El macondismo tiene que ser finalmente remontado, a objeto de que termine de una vez la fiesta de los carnavales infinitos. Se acerca la hora del miércoles de ceniza del espíritu.

No se trata de no dar cabida al perdón. El reconocimiento de las diferencias, el derecho de disentir, es la necesidad más importante y la mayor de las garantías para el desarrollo coherente de las complejas democracias contemporáneas. No hay comunidad de verdad si no existe respeto por la infinita multiplicidad de lo diverso. Lo decía Maquiavelo: la época dorada de la Roma republicana fue la de la mayor manifestación de sus diferencias y la del respeto de las oposiciones. Pero la reconciliación no se decreta, no es una ley formal, abstracta. Los conflictos no se desvanecen por el simple hecho de hacerse la vista gorda. Por el contrario, se incrementan y se reproducen como la maleza. El perdón solo puede entrar en escena allá donde los intereses finitos ya no pueden remontarse ni negarse, cuando toca el momento histórico de restablecer la auténtica comunidad concreta. El perdón se manifiesta en los límites del reconocimiento de la moralidad y del derecho, como el intento firme de la voluntad colectiva por mantener el restablecimiento del orden de las ideas y de las cosas.

La totalidad es mucho más que la simple sumatoria de sus partes. El perdón solo puede ser el resultado del reconocimiento de la complejidad de la vida moral adecuado al cumplimiento de las leyes. Hay perdón si hay juicio y condena. Solo de ese modo se puede responder ante los límites que permean las acciones humanas y, en tal sentido, se trata de la única posibilidad cierta de una reconciliación exitosa.