El fenómeno BTS




Me hicieron está pregunta y es pertinente, no la voy a despachar con un desprecio elitista. BTS no es simplemente un grupo musical. Es un sistema de ingeniería emocional a escala industrial, un producto de exportación de un Estado que entendió que la cultura puede ser un arma geopolítica, y un síntoma perfecto de la miseria espiritual que el feudalismo corporativo ha creado en la juventud global.

Analicemos el fenómeno como lo que es: una máquina. No un accidente del mercado, sino una construcción deliberada.



1. El K-pop como Política de Estado: El Caso Corea del Sur


No se puede entender a BTS sin entender el proyecto surcoreano. Tras la Guerra de Corea y la dictadura desarrollista, Corea del Sur se convirtió en un tigre económico. Pero su élite entendió algo que la mayoría de los Estados no entienden: el poder no es solo militar y económico, también es cultural. La ola coreana (Hallyu) no fue un fenómeno espontáneo; fue una estrategia de Estado.

Desde los años 90, el gobierno surcoreano invirtió en la exportación de cultura: cine, televisión, música. Creó ministerios, agencias, subsidios. El K-pop es el producto más refinado de esa estrategia. Las agencias (SM, YG, JYP, HYBE) no son simples discográficas; son fábricas de entrenamiento que seleccionan niños, los entrenan durante años, los moldean como productos, y los lanzan al mercado global con una precisión militar. BTS, con HYBE, es la cúspide de esa máquina.

Corea del Sur entendió que en el mercado global de la Catedral (la unión mancomunada de la nobleza gerencial con la élite cultural), la cultura es un activo estratégico. BTS genera miles de millones de dólares, sí. Pero sobre todo, genera poder blando: una imagen de Corea que vale más que cien embajadas. Es la diplomacia del carisma.


2. BTS como Producto de la Catedral


BTS no desafía a la Catedral; es un producto perfecto de la Catedral. Su mensaje es el mensaje de la Catedral global: "ámate a ti mismo", "no estás solo", "rompe los estereotipos", "sé tu propia identidad". Es el lenguaje de la terapia emocional convertido en mercancía.

La estética de la inclusión: BTS es racialmente ambiguo, estéticamente andrógino, emocionalmente disponible. Su masculinidad es suave, no amenazante. Es la masculinidad que la Catedral puede vender sin culpa. No es el macho violento del rock clásico; es el chico sensible que llora en el escenario y habla de salud mental. Eso lo hace perfecto para la audiencia progresista global. 

La gestión de la ansiedad: BTS no ofrece una salida al sistema; ofrece un consuelo dentro del sistema. Sus canciones hablan de la presión, la soledad, la incertidumbre. Son la banda sonora de una generación aplastada por el credencialismo, la deuda, la precariedad y la falta de sentido. Pero en lugar de canalizar esa rabia contra la estructura, la canalizan hacia adentro: "trabaja en ti mismo, ámate a ti mismo". Es la solución individualista a un problema sistémico. La Catedral lo aprueba.


3. La ARMY: Una Comunidad Sin Territorio, Una Religión Sin Dios


El fandom de BTS (ARMY) es el fenómeno más revelador. No son simples fans; son una comunidad cuasi-religiosa que suple las carencias de una sociedad fragmentada. La Catedral ha destruido las comunidades reales: la familia, la iglesia, el barrio, la nación. En su lugar, ofrece mercancías que simulan comunidad. La ARMY es una de las más exitosas. 

La identidad sustitutiva: Para millones de jóvenes que no tienen pertenencia real, ARMY les da un nombre, un enemigo (los haters), una misión (apoyar al grupo), y una promesa de salvación (el amor de BTS). Es una identidad total que no exige nada y promete todo.

La movilización emocional: ARMY se comporta como una máquina de guerra en redes sociales. Coordina campañas de compra, de votación, de difusión, con una eficiencia que supera a muchos partidos políticos. Es un ejército sin territorio, que se moviliza no por una causa política, sino por la defensa de un producto emocional. Esa energía, si se canalizara hacia un proyecto soberano, sería imparable. Pero está capturada por la mercancía.


4. La Economía del Fandom: Extracción de Valor y Feudalismo Emocional


BTS es una máquina de extracción de valor perfecta. No vende sólo música; vende acceso, identidad, pertenencia. Los fans no compran discos; compran una relación simulada con los artistas. El "contenido" es infinito: conciertos, mercancía, videos, transmisiones en vivo, aplicaciones. Es un flujo constante que mantiene al fan enganchado y pagando.

Eso es feudalismo corporativo aplicado a las emociones. La agencia es el señor feudal. Los artistas son los siervos (hermosos, entrenados, explotados). Los fans son los campesinos que pagan tributo con su atención, su tiempo y su dinero. Y la Catedral lo celebra como "cultura pop". Es el capitalismo de la simulación: la riqueza se genera no produciendo bienes reales, sino vendiendo sentimientos fabricados.


5. El Fenómeno como Síntoma de Decadencia


Un filósofo crítico no puede ver a BTS y aplaudir. Debe ver el síntoma. BTS es el producto de una civilización que ha perdido sus anclas: sin Dios, sin patria, sin familia, sin sentido. Lo que queda es el mercado de la emoción, y BTS es su mercancía más perfecta.

No culpo a los fans. Son víctimas de una estructura que les robó la posibilidad de pertenecer a algo real. La ARMY es una respuesta desesperada a la soledad. Pero es una respuesta equivocada, porque no construye soberanía; construye dependencia.


La cultura no es inocente. Es un campo de batalla. Si no se construyen estructuras de pertenencia reales, las masas se entregarán a cualquier mercancía que les prometa consuelo. BTS es un espejo: muestra el vacío que la Catedral ha creado y que no puede llenar.



La barbarie de la reflexión o el retorno de la barbarie

La barbarie de la reflexión (o el retorno de la barbarie)

Figura humana con engranajes en la cabeza sosteniendo una esfera
 La razón instrumental nos aleja de la creación humana, convirtiendo la reflexión en una nueva forma de barbarie.

“La razón sin el entendimiento no es nada;
el entendimiento sin la razón es algo”

GWF Hegel

A Don Asdrubal Aguiar

Existe una forma de barbarie que no nace de la ausencia de conocimiento sino, más bien, de su precipitación, una vez escindidas theoria y praxis, y colocada esta última más cerca de la techné que de la poiesis. No se trata, en consecuencia, de la barbarie del bestione, ese semi-hombre, machete en mano, todavía ajeno y distante al conocimiento -preso en la fertilidad de sus mitos y fantasías-, sino aquella que aparece con los “ataques cinéticos”, cabe decir, cuando el entendimiento ha llegado a alcanzar una extraordinaria capacidad de abstracción, al punto de perder la facultad de reconocer su responsabilidad en lo que ha hecho. Entonces, la reflexión deja de ser el movimiento mediante el cual la conciencia regresa sobre su propia actividad para convertirse en una operación que puede justificarse a sí misma mientras permanece externa e indiferente frente a sus consecuencias.

Vico había previsto la posibilidad de semejante malabarismo. Lo caracterizó bajo el nombre de barbarie della riflessione. Porque no se trata de un retorno mecánico de la sociedad a la condición primitiva. Lo que Vico designa como ricorso no implica un simple retroceso hacia estadios históricos “ya superados”, como si la historia pudiera desandar mecánicamente sus pasos. La barbarie retorna cuando la civilización, después de haber desarrollado las más elevadas formas reflexivas, pierde la condición sustancial de la actividad que las produjo, o en otros términos, cuando sustancia y sujeto dejan de reconocerse mutuamente. Entonces, los términos se invierten y cristalizan. El entendimiento asume el puesto de la razón mientras que la actividad sensitiva humana -la praxis- se vuelve ajena en sí misma. Y así, el entendimiento comienza a conocer cada vez más el cómo hacer algo sin preguntarse por el qué hace o por el por qué lo hace. Al desmembrarse lo concreto, lo que con-crece, solo resta lugar para las abstracciones.

Nicolás Maquiavelo ya había observado que la praxis -a la que llama Virtù- funda el concepto. De hecho, a partir de su argumentación, lo político deja de flotar sobre la realidad como una idea normativa exterior -como un “castillo sobre las nubes”- para devenir realtà effettuale de las cosas, permanente y continua compenetración de la actividad sensitiva humana y la real y efectiva objetividad del mundo. No como las cosas deberían ser, sino tal y como son.

Más tarde, Giordano Bruno comprendió que la praxis, en tanto que lo determina, es lo que transforma y hace concrecer al concepto. El universo infinito bruniano ya no puede ser comprendido como un orden cerrado y acabado, al que la inteligencia simplemente se debe adecuar. El concepto mismo cobra vida y su Spaccio entra en movimiento cuando la realidad que lo sostiene se transforma. Pero por si fuera poco, Spinoza coloca las premisas para elevar a sistema de la verdad la necesidad de la recíproca adecuación -la adequatio- de las ideas y las cosas, de tal manera que la praxis, como actividad subjetivamente objetiva, pueda ejercer el regressus al concepto tanto como el concepto puede hacerlo en relación con la praxis. Después de estas contribuciones de Maquiavelo, Bruno y Spinoza, el intelligere deja de ser la mera contemplación exterior de una sustancia inmóvil para devenir actividad de la misma realidad sustancial en el proceso inagotable de hacerse inteligibilidad. Después de ellos, todas as determinaciones necesarias para el surgimiento de la Scienza Nuova viquiana crecen y concrecen.

El Regressus que deriva de la Emendatio spinoziana consiste, precisamente, en ese movimiento: el re-tornar de la actividad de la conciencia a las causas de su propia actividad. Por eso mismo, no hay Regressus sin desgarramiento. Para poder regresar, es preciso comprender que la inmediatez que aparece como “ley eterna”, como algo inamovible, requiere ser sorprendido en su apariencia y compelido a reconocerse como un momento cosificado y extrañado de la actividad de la cual resulta. El problema comienza justo cuando el desgarramiento es puesto y fijado. Y entonces, inevitablemente, el concepto deja de regresar a la praxis y la praxis deja de reconocerse en el concepto. La reflexión invierte las imágenes. De ahí que el entendimiento pueda multiplicar al infinito -como los fractales- sus conexiones, sus categorías, sus sistemas de clasificación, sus procedimientos de cálculo. Pero cuanto más refinada se vuelve su capacidad operatoria, más se aleja de la verdad de la condición civil, cabe decir: de la Eticidad. No por casualidad, Spinoza escribió una metafísica que lleva por título: Ethica.

Este proceso que comienza con Maquiavelo y conduce directamente a Vico -¡y a Hegel!- configura, por cierto, los elementos fundamentales de la crítica hecha por Adorno y Horkheimer a la razón instrumental, esa forma particular de racionalidad de las sociedades industriales avanzadas en la cual el conocimiento se define por su capacidad de disponer de medios para alcanzar fines previamente establecidos, mientras la interrogación acerca de dichos fines queda fuera de la adecuación de lo real y lo racional. Así, la racionalidad instrumental se vuelve eficiente en la medida en que deja de preguntarse por lo que produce su eficiencia, sea “super inteligencia”, “oro de sangre”, gas o petróleo como “botín de guerra”.

No se trata de que la razón se haya vuelto irracional, como señalan los teóricos de la posmodernidad. Aparte de la acuciante necesidad de no confundir razón con entendimiento y de la exigencia de denunciar la usurpación hecha por éste de aquella bajo la figura de la racionalidad instrumental, se trata, más bien, de que mediante procedimientos perfectamente racionalizados inevitablemente se termina produciendo barbarie, al punto de convertirla en la más prominente de las mercancías de la gigantesca industria contemporánea, incluyendo la cultural. La civilización ya no necesita abandonar la instrumentalización de la razón para regresar a la barbarie: es ella quien la produce desde sus propias entrañas.

Este es el punto neurálgico del concepto viquiano de barbarie ritornata que, según él, se habría iniciado con el cogito cartesiano y su sustitución de la razón por “el método” y las “reglas”. Solo que ahora, como resultado de su pasmoso desarrollo exponencial, su condición civil puede disponer de estadísticas, instrumentos de medición, instituciones, tecnologías, especialistas, cálculos, sistemas administrativos y lenguajes algorítmicos altamente sofisticados, mucho más de lo que hubiese llegado a imaginar Descartes. La ratio technica está, incluso, en condiciones de producir “episodios” reflexivos permanentes sobre sí misma. El escenario está listo para la desaparición de la idea de Nación. Todo lo cual se traduce, en términos reales, en la confirmación del hecho de que la barbarie -unas veces bajo la forma del Big brother y otras bajo la de Un mundo feliz- hace tiempo dejó de ser lo contrario de la civilización para transformarse en su legítima heredera. En alguna parte, Federico Engels escribió, no sin razón, que el proletariado alemán era el legítimo heredero de la filosofía clásica alemana. Pues bien, mutatis mutandi, cabe la paráfrasis: la barbarie de la reflexión, autocrática y totalitaria que acompaña al pórtico del presente siglo, es la hija legítima del desbordamiento de la racionalidad instrumental.

La civilización contemporánea lleva en sus entrañas aquello que se había propuesto superar. El progreso tecnológico no garantiza el progreso humano porque la tecnología puede perfeccionar indefinidamente la masificación de sus medios mientras permanezca intacta la separación del hacer y su concepto. Las formas absolutistas y despóticas presentes en este torcido comienzo de siglo encuentran su justificación a la sombra de semejante construcción de las estructuras económicas y sociales.

Por eso la barbarie de la reflexión no es la ausencia de conocimiento, aunque sí de saber. Como se ha indicado, se trata de la reflexión convertida en sustituto del pensar como hacer y del hacer como pensar, de aquella asombrosa adecuación especulativa de Kosmos y Polis que no solo caracterizó al mundo clásico antiguo, sino también al Renacimiento. Con su ruptura, el pensamiento deja de ser una actividad mediante la cual la realidad se transforma para terminar siendo un tipo de técnica que administra las representaciones de la realidad. En una expresión, el pensamiento deja de pensar. Y cuendo no es reducido a una teología positiva, termina siendo una experta en administración y contabilidad. La conciencia contempla su propia impotencia, la describe, la interpreta, explica sus cómo y sus qué, e incluso, hasta puede llegar a indignarse ante ella. Pero la abstracción (lo separado) termina ocupando el lugar de la creación.

Tal vez, a la luz de estas consideraciones, se pueda llegar a comprender por qué la razón en sentido enfático es un Spaccio, como lo llama Bruno. Es decir, una forma de hacer circular, de distribuir o de espaciar -precisamente, de spacciare-, los signos de la bestia triunfante que pueden incluso llegar a reemplazar la cosa misma. La inversión es completa. Lo que debía ser mediación ha sido puesto como fin y lo que debía iluminar el derecho y la libertad termina sustituyéndolos. Así, pues, lo que debía ser conciencia de la creación humana es literalmente devorado por la maquinaria de reproducción de lo existente.

La barbarie ha retornado como resultado de una civilización manipulada que terminó por ser incapaz de asumir las consecuencias de sus propias incapacidades de comprensión. Y en este sentido, barbarie della riflessione significa que los hombres no solo han sido directa o indirectamente obligados a renunciar al pensamiento, sino que, además, han sido premeditadamente conducidos a renunciar a la recíproca adequatio de pensar y hacer, convenciéndolos de que sólo se trata de una ilusión. Y es que, quizá, el mayor peligro de la civilización no consista en la desaparición de la razón, sino en la escisión del Verum y el Factum. Porque cuando la razón ya no se reconoce como resultado de la actividad humana se convierte en el instrumento de aquello que pretendía superar.

Urano devorando a sus hijos




Hay una experiencia límite en la clínica psicoanalítica que no se deja atrapar por las categorías habituales del sufrimiento neurótico. No es la angustia de perder algo, ni el duelo por un objeto amado, ni siquiera el temor a la castración. Es algo más radical, más perturbador, más difícil de nombrar. Lacan le dio un nombre preciso: la falta de la falta. Es el momento en que el Otro se presenta sin agujero, sin falta, sin deseo. El momento en que el sujeto queda cara a cara con un goce que no lo deja ser.


Este fenómeno no es una invención teórica. Tiene una de sus expresiones más antiguas y más brutales en el mito griego de Urano, el dios del cielo, que devoraba a sus hijos para impedir que nacieran. La conexión entre ambos (el concepto lacaniano y el mito), no es una analogía forzada. Es una homología estructural. Urano es la figura mítica de la falta de falta. Su goce devorador es el mismo que, en la clínica contemporánea, encontramos en las psicosis, en las manías, en las angustias extremas, y también, de un modo más sutil, en las formas modernas de alienación.


El mito: Urano y la retención del ser


Urano y Gea engendran hijos. Pero Urano no los deja nacer. Los retiene en el vientre de Gea. Los devora antes de que vean la luz. ¿Por qué? La respuesta mítica es simple: porque teme ser destronado. Pero la lectura psicoanalítica va más allá. Urano no teme a sus hijos como rivales. Los teme como sujetos. No quiere que existan como seres separados, con deseo propio. Quiere retenerlos en el goce absoluto de la no-separación.

Urano no es un padre castrado. Es un padre que no ha renunciado a nada. No hay falta en él. No hay ley que lo limite. Su goce es total, y ese goce es el que impide que sus hijos se constituyan como sujetos. Los hijos no pueden nacer porque no hay espacio para ellos. El Otro lo ocupa todo.

Gea, la madre, es la que sufre. Su vientre es el lugar de la retención, pero también el lugar desde donde se trama la liberación. Ella pide a sus hijos que la venguen. Y uno de ellos, Cronos, acepta. Con una hoz, corta los genitales de Urano. El acto es violento, pero simbólico. La castración de Urano no es una simple venganza: es la introducción de la falta en el Otro. Es el acto que permite que los hijos nazcan.



La falta de la falta: cuando el Otro no está barrado


En la enseñanza de Lacan, el Otro, el gran Otro, el lugar del lenguaje, de la ley, de la cultura, está barrado. No es completo. Tiene un agujero. Ese agujero es lo que llamamos la falta. El deseo del sujeto nace de esa falta. El sujeto desea porque el Otro no le da la respuesta, porque el Otro no tiene el objeto que lo completa. La falta es la condición del deseo.

Pero hay experiencias en las que esa falta falta. El Otro se presenta como completo, sin agujero, sin deseo. No hay intervalo entre el sujeto y el Otro. No hay espacio para la pregunta, para la duda, para el deseo. El sujeto queda devorado por el goce del Otro. Esa es la falta de falta.

Clínicamente, la falta de falta se manifiesta de varias maneras. En la psicosis, el Otro no está mediado por la ley simbólica. El sujeto queda expuesto a un goce invasor, sin defensa. En la manía, el sujeto intenta llenar el vacío con una actividad frenética, pero el vacío no es falta: es un agujero real que no puede simbolizarse. En ciertas formas de angustia extrema, el sujeto siente que el Otro lo mira, lo goza, lo devora. No hay falta que lo proteja.


El sujeto contemporáneo y el goce sin falta


La falta de falta no es sólo una categoría clínica. Es también un diagnóstico de época. El discurso capitalista, en su versión contemporánea, produce un Otro que no tiene falta. Nos dice: "Todo se puede comprar. Todo se puede gozar. No hay límite. No hay castración." El mercado nos ofrece objetos para llenar el vacío, pero el vacío no se llena. Y cuanto más se intenta, más se profundiza.

El sujeto contemporáneo está capturado en una lógica que le promete completitud pero le entrega alienación. Los famosos, los influencers, los que lo tienen todo, a menudo son los más devorados. No porque tengan demasiado, sino porque han cedido su deseo a la mirada del Otro. Son el objeto a de la multitud, pero no son sujetos de su propio deseo. Su goce no es suyo. Es el goce del Otro. 

Esto es Urano devorando a sus hijos. El Otro que no deja ser. El Otro que no tiene falta. El Otro que goza en lugar de desear.


La castración como liberación


La lección del mito no es que la castración sea una tragedia. Es que la castración es una liberación. Cuando Cronos corta los genitales de Urano, no sólo comete un acto de violencia. Introduce la falta en el Otro. Abre el espacio para que los hijos nazcan. Para que el sujeto se constituya. Para que el deseo sea posible.

La castración, en psicoanálisis, no es la amenaza de perder el falo. Es el reconocimiento de que el Otro no lo tiene. Es la aceptación de que no hay garantía, de que no hay respuesta, de que el Otro está tan barrado como el sujeto. Esa aceptación, aunque duela, es la única salida. 

El sujeto que puede reconocer la falta del Otro deja de ser devorado. No porque el Otro desaparezca, sino porque el sujeto deja de pedirle al Otro que lo complete. Deja de esperar que el Otro tenga la respuesta. Y en ese gesto, se libera.


Conclusión: habitar la falta


La falta de falta es el infierno del sujeto capturado por un goce sin mediación. Es Urano devorando a sus hijos. Es el Otro sin agujero, sin ley, sin deseo. Pero también es una advertencia: sin falta, no hay sujeto. Sin castración, no hay deseo. Sin agujero, no hay palabra.

La salida no es eliminar el Otro. No es matar a Urano. La salida es reconocer que el Otro también falta. Que el Otro no es completo. Que hay un agujero en su goce. Y ese agujero, aunque parezca una herida, es la puerta por donde el sujeto puede escapar.

La cura no es llenar la falta. Es habitarla. Es aprender a vivir con el agujero, sin pedirle al Otro que lo tape. Es aceptar que el deseo no tiene objeto, que el amor no tiene garantía, que la vida no tiene sentido último. Y aun así, desear. Aun así, amar. Aun así, vivir.

Urano devoraba a sus hijos porque no podía soportar la falta. Nosotros, en cambio, podemos aprender a soportarla. No porque seamos más fuertes, sino porque hemos entendido que la falta no es una maldición. Es la condición de nuestra libertad.

Ex-paña o el regocijo frente al ocaso: un análisis de la unidad y la diferencia

Paisaje conceptual de España al atardecer representando la unión armónica de sus distintas identidades culturales
La unidad no destruye la diversidad, sino que necesita de ella para concrecer y superar la abstracción.
Ex-paña o el regocijo frente al ocaso

A mis queridos amigos, José Luis Villacañas
y Alexandre Carrodeguas

Nunca imaginó monsieur Prósper Mérimée, apasionado descifrador de misterios esotéricos, que terminaría por develar el más íntimo de los misterios españoles. No han sido pocas las veces que se descubren maravillas por accidente. Y tal vez ese sea el caso de quien, casi por instinto, solía hurgar bajo el fango de los extremos polares de la geografía europea -Rusia y España- como fuentes predilectas de su inspiración. A veces lo que se oculta termina siendo lo más evidente. Cuando se remueven las cenizas dejadas por la historia suelen regresar aquellos asuntos que nunca llegaron a resolverse del todo. No regresan, sin embargo, como regresan las cosas que se repiten. Regresan transformados, bajo nuevas figuras, reclamando una conciencia capaz de comprender aquello que en otro momento apenas podía ser soportado. Este pareciera ser el caso del reino de España y de su persistente dificultad para conciliar la unidad política con la diversidad histórica y cultural de sus regiones.

Catalanes, vascos, gallegos, valencianos y otros pueblos de España han desarrollado identidades lingüísticas, culturales e históricas de extraordinaria riqueza. Pero en lugar de comprenderse como determinaciones concretas de una totalidad que los trasciende, la diferencia se convierte en fundamento de una ideología de separación absoluta. Entonces aparece, cual estribillo, ese aut-aut que resulta tan sospechoso para la inteligencia: o España como unidad homogénea o las regiones como unidades políticas independientes. O la nación, o sus partes. O la unidad, o la diversidad.

Se trata, por cierto, de la lógica del entendimiento abstracto. De hecho, el Verstand -precisamente, el entendimiento- profesa la fascinación por fijar las determinaciones, separarlas y convertirlas en alternativas excluyentes. Y es comprensible que una cultura que hizo de la teología filosofante su morada durante siglos tenga al entendimiento abstracto como su presupuesto esencial. Y es que donde hay una relación viva, el Verstand introduce la frontera de lo muerto; donde hay diferencias que se determinan recíprocamente, sentencia incompatibilidades. Por eso mismo, tal vez no convenga preguntarse si España deba desaparecer para que existan Cataluña, Euskadi, Galicia o Valencia, o si sus diferencias deban ser sofocadas para que España pueda conservarse unida. Más bien, la cuestión de fondo parece ser esta: ¿cómo puede la unidad hacerse más concreta mediante el libre desarrollo de las diferencias?

La Constitución española contiene, al menos en su formulación, una respuesta significativa. En su artículo segundo, afirma simultáneamente la «indisoluble unidad» de la nación española y el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones, junto con la solidaridad entre todas ellas. No se trata, en consecuencia, de elegir entre unidad o autonomía, sino de saber articularlas. La autonomía no tiene que ser entendida como el primer paso hacia la desaparición de la unidad, del mismo modo que la unidad no puede confundirse con el abrazo mortal que sofoca las diferencias.

La dificultad aparece cuando la diferencia necesita convertirse en separación para poder auto-afirmarse. Pero una identidad que solo puede conservarse negando al otro termina convirtiéndose en una identidad empobrecida. Lo que conduce a una quaestio todavía más preocupante: su relación con “el extraño”. El otro es concebido como una amenaza, como aquel que viene a alterar una identidad supuestamente acabada, en lugar de ser comprendido como aquello mediante lo cual dicha identidad se determina y transforma. La primera posibilidad conduce al claustro teologal; la segunda a la realidad efectual de las cosas.

El miedo al otro es, en última instancia, miedo a la transformación de sí mismo. Por eso las ideologías que absolutizan la identidad —sean nacionales, regionales, étnicas o culturales— pueden terminar encontrando un terreno común con formas más radicales de exclusión. No porque todo nacionalismo sea fascista, ni porque todo movimiento separatista pueda ser reducido a esa categoría, sino porque existe una estructura compartida cuando la diferencia deja de ser una determinación de la convivencia y pasa a convertirse en una frontera absoluta entre el «nosotros» y el «ellos». El extraño deja entonces de ser aquel con quien se establece una relación y comienza a ser aquello de lo cual hay que defenderse.

La historia no se alimenta de identidades inmóviles. Vive de intercambios, conflictos, apropiaciones, traducciones, mestizajes, desplazamientos. Una cultura crece cuando entra en relación con aquello que no es inmediatamente ella misma. Incluso puede afirmarse que el otro forma parte de la constitución del sí mismo. Y es que un sí mismo que pretende existir sin alteridad termina descubriendo que se ha convertido en una abstracción.

Quizá como nunca antes, en este punto la palabra «concrecimiento» resulte ser tan sugerente. Porque con-crecer quiere decir: crecer-con los otros, crecer-mediante-los-otros. No hay concreción ahí donde cada diferencia pretende aislarse de las demás. La concreción comienza cuando las diferencias entran en relación y, sin dejar de ser diferentes, producen una nueva totalidad. España ofrece, en este sentido, una experiencia histórica particularmente compleja. Fue capaz de proyectarse mucho más allá de la península hasta convertirse en aquel imperio sobre el cual, según la célebre expresión, no se ponía el sol. Y sin embargo, parece haber desarrollado, a lo largo de su historia moderna y contemporánea, una extraña inclinación por el ocaso, la derrota y la fractura. No se trata de afirmar la existencia de un «inconsciente español» autodestructivo —una afirmación quizá demasiado fácil para una historia demasiado compleja—, sino de reconocer una persistente tentación cultural que tiende a convertir el sentimiento de la derrota en una forma de autocomprensión compasiva.

La Carmen de Mérimée -¡y Bizet!- define con maestría la clave estética de esta figura de la experiencia de la conciencia española, porque en la configuración de su trama la libertad de la protagonista y la intención de opresión de Don José se encuentran inseparablemente ligadas a una existencia que avanza inevitablemente hacia la tragedia. Y algo similar está presente en la literatura del desastre, en la conciencia de la generación del '98 y en otras representaciones estético-literarias de la conciencia española que parecen haber encontrado en la derrota una forma particularmente intensa de autocomprensión. Como si en ocasiones la conciencia española hubiese sentido una extraña fascinación por las tonalidades crepusculares. La paradoja parece haber terminado por convertirse en el fundamento de su programa político, dado que la conciencia de la diferencia exige, para poder afirmarse, la destrucción de aquello dentro de lo cual esa diferencia ha llegado históricamente a existir. En esa misma dirección, la América hispana es el dolor punzante de las heridas de Carmen, especialmente en el caso de Venezuela, apuñalada por la espalda, moribunda, arrojada sobre el estiércol del diablo.

Y sin embargo, existe otra posibilidad: ni la implosión del reino ni la uniformidad del Estado. Ni la desaparición de las regiones ni la fragmentación de la nación. Se trata del fortalecimiento de las partes a objeto de fortalecer el todo. Una España capaz de reconocer en sus regiones la riqueza de la diversidad de sus comunidades históricas, culturales y políticas, dotadas de una autonomía cada vez más con-creciente, sin por ello convertir la autonomía en negación de la totalidad.

La figura de la antigua polis griega es una figura sugestiva. No como modelo que deba ser copiado —la historia no admite semejantes regresiones—, sino como recuerdo de que la unidad política puede coexistir con una extraordinaria determinación de sus partes. Las antiguas ciudades-Estado o incluso ciertas repúblicas italianas del Renacimiento, como Florencia, muestran que la intensidad de una comunidad particular no tiene por qué significar la negación inmediata de toda forma superior de relación.

Quizá sea necesario inteligir, una vez más, una política en la que las regiones puedan llegar a ser, en cierto sentido, pequeñas «repúblicas florentinas»: comunidades intensamente determinadas, capaces de desarrollar su propia lengua, cultura, instituciones y formas de vida, precisamente porque pertenecen a una totalidad que no se propone asfixiarlas.

La cuestión no consiste en escoger entre Estado y región, entre España y Cataluña o Galicia, entre unidad y diversidad. Esa elección forma parte del reino de las abstracciones. La cuestión consiste en superar esa oposición conservando sus términos y transformando sus relaciones. Hegel lo llamaba Aufhebung, que quiere decir superar conservando. Y de eso se trata, porque la unidad que destruye la diversidad es vacía y la diversidad que destruye la unidad es ciega. La unidad necesita de la diferencia para concrecer; la diferencia necesita de la unidad para superar la abstracción.

España no tiene que elegir entre la unidad y la diversidad: tiene que hacer un esfuerzo para producir la unidad mediante la diversidad y la diversidad mediante la unidad. Tal vez el futuro político de los Estados nacionales no consista en desaparecer ni en encerrarse sobre sí mismos. Tal vez consista en transformarse: conservar la unidad política al tiempo de multiplicar las formas concretas de autonomía, participación y autodeterminación cultural. Después de todo, una vieja y noble nación una puede llegar a encontrar una nueva forma de existencia histórica: no en la negación de sus partes, ni en la ruptura con ellas, sino en el descubrimiento de que sólo una unidad capaz de dejar crecer libremente sus diferencias puede llegar a ser una unidad efectivamente concreta.


La desaparición de la obra






Hay una pregunta que ya no se puede formular: ¿Qué es el arte? No porque sea difícil, sino porque presupone que el arte tiene una esencia. Y la esencia es un simulacro de la era de la profundidad. Es lo que pensaría Jean Baudrillard: El arte no tiene esencia. Tiene historia, tiene mercado, tiene instituciones, tiene discursos. Pero no tiene ser. O mejor: su ser es un efecto de superficie. Su ser es un simulacro. Y los simulacros no se definen: se juegan. 

El siguiente texto pretende ver el arte, analizarlo, desde la difícil óptica del citado filosofo, el filósofo del simulacro: Jean Baudrillard.


Durante siglos, el arte tuvo un referente. El arte imitaba la naturaleza. El arte representaba lo bello. El arte expresaba lo sublime. El arte revelaba la verdad. El cuadro remitía al paisaje. La escultura remitía al cuerpo. La música remitía al alma. La poesía remitía a los dioses. Había un original: Dios, la naturaleza, la idea, el yo. El arte era una copia. Una copia noble, una copia sagrada, pero copia al fin. El artista era un artesano de la representación. Su obra era un puente entre lo visible y lo invisible. Su genio era una deuda con el más allá.

Después, con la modernidad, el arte se emancipó. Ya no quiso copiar. Quiso crear. Ya no quiso representar. Quiso presentar. Ya no quiso revelar. Quiso provocar. La vanguardia rompió con el referente. El cubismo descompuso el rostro. El dadaísmo escupió sobre el museo. El surrealismo exploró el inconsciente. El arte abstracto eliminó el objeto. La obra ya no remitía a nada. O eso creía. Porque en realidad, la vanguardia seguía creyendo en algo: en la novedad, en la ruptura, en la subversión, en la verdad del arte. El artista de vanguardia era un profeta. Denunciaba la alienación. Anunciaba la liberación. Creía que el arte podía cambiar la vida. Todavía había un referente: la revolución, el deseo, lo real.

Hoy ya no. Hoy el arte ha entrado en el tercer orden de simulacros. Ya no copia. Ya no crea. Produce. Produce signos que remiten a otros signos. Produce imágenes que remiten a otras imágenes. Produce obras que remiten a otras obras. El arte contemporáneo no representa nada. No expresa nada. No revela nada. Se exhibe. Se cita. Se recicla. Se parodia. Se vende. El arte se ha convertido en un género del mercado. En una marca. En un signo de distinción. En un activo financiero. En una experiencia. En un contenido. En un evento. En un Espectáculo.

Piensa en el museo. El museo ya no es un templo. Es un centro comercial. Un parque temático. Un espacio de consumo. Allí no se contempla: se circula. No se admira: se fotografía. No se interpreta: se comparte. La obra ya no es un objeto: es una imagen. Y la imagen no remite a la obra. Remite a otras imágenes. A Instagram. A TikTok. Al catálogo. A la tienda. Al selfi. El arte se ha vuelto una experiencia para ser consumida. Y como toda experiencia de consumo, se agota en el acto mismo de consumirla. La obra desaparece en su reproducción. La obra desaparece en su difusión. La obra desaparece en su comunicación. La obra ya no está en el museo: está en la red. Y en la red, todo es simulacro.

Piensa en el artista. El artista ya no es un genio. Es un productor. Un empresario de sí mismo. Un gestor de marca. Un influencer. Un creador de contenido. El artista contemporáneo no sufre. No se angustia. No busca la verdad. No rompe con nada. Se adapta. Se promociona. Se expone. Se vende. El artista ya no es un marginal: es un profesional. Ya no es un profeta: es un proveedor. Ya no es un revolucionario: es un emprendedor. El arte se ha convertido en una carrera. Y la carrera se mide en visibilidad, en seguidores, en premios, en ferias, en bienales, en subastas. El artista ya no crea obras: crea audiencias. Y las audiencias no buscan verdad: buscan entretenimiento. Buscan emoción. Buscan experiencia. Buscan vértigo.

Piensa en el espectador. El espectador ya no contempla. Consume. No interpreta. Reacciona. No busca sentido. Busca impacto. No quiere ser transformado. Quiere ser entretenido. El espectador contemporáneo no va al museo a pensar. Va a ver. A ver y ser visto. A fotografiar y ser fotografiado. A compartir y ser compartido. El arte se ha vuelto una forma de comunicación. Y la comunicación no busca la verdad: busca la conexión. Busca el like. Busca el comentario. Busca el share. El espectador ya no es un sujeto: es un terminal. Un nodo. Un punto en la red. Y en la red, todo es simulacro.

Entonces, ¿qué es el arte? El arte es lo que se llama arte. Y lo que se llama arte es un efecto del discurso. Del museo. Del mercado. De la crítica. De la academia. De los medios. De las redes. No hay arte sin institución. No hay arte sin discurso. No hay arte sin simulacro. El arte no es una esencia: es una producción. No es una verdad: es un régimen. No es una obra: es un signo. Y el signo no remite a nada. Remite a otros signos. El arte es el juego de los signos cuando ya no tienen que significar.

Pero cuidado. No digo que el arte haya muerto. Digo que ha desaparecido. Y la desaparición no es una muerte. Es una transformación. El arte ya no está en la obra. Está en su difusión. Está en su reproducción. Está en su comunicación. Está en su consumo. El arte se ha vuelto ubicuo. Y lo ubicuo ya no tiene lugar. Lo ubicuo ya no tiene aura. Lo ubicuo ya no tiene original. El arte está en todas partes. Y por eso ya no está en ninguna. El arte se ha vuelto un simulacro. Y el simulacro no se contempla: se juega.

¿Es esto una catástrofe? No. Es una oportunidad. Si el arte ya no tiene esencia, entonces todo puede ser arte. Si el arte ya no tiene original, entonces todo es copia. Si el arte ya no tiene verdad, entonces todo es ficción. Y en ese juego, en esa copia, en esa ficción, hay una libertad nueva. La libertad de no tener que ser arte. La libertad de no tener que ser obra. La libertad de no tener que ser verdad. La libertad de jugar con los signos. De seducir con las imágenes. De producir simulacros. Sin creer en ellos. Sin aferrarse a ellos. Sin morir por ellos.

El arte, entonces, no es una cosa. Es un juego. Un juego con los signos. Un juego con las apariencias. Un juego con los simulacros. Y el que juega bien no busca la verdad. Busca el vértigo. No busca la belleza. Busca la intensidad. No busca la eternidad. Busca el instante. El arte es el vértigo de la superficie. Es la seducción de la imagen. Es el simulacro de la obra. Y en ese juego, en ese vértigo, en esa seducción, el arte se juega. Sin red. Sin garantías. Sin excusas. Sólo el juego. Sólo la superficie. Sólo el simulacro.


Silicon Valley y ética en las guerras de hoy

Dron militar sobrevolando una zona de conflicto guiado por algoritmos informáticos
La tecnología de vanguardia aplicada a los conflictos bélicos plantea urgentes dilemas éticos sobre la responsabilidad moral de sus creadores.

Al siglo XX se le califica como el más corto de la historia, porque se considera que tiene su inicio con la primera guerra mundial, y que finaliza con la caída del Muro de Berlín. Es evidente que su final se vio marcado por este acontecimiento sorpresivo, entre otras cosas porque trajo como consecuencia inmediata el desmoronamiento de la Unión Soviética. Pero, ¿por qué a la Gran Guerra se la señala como su inicio?

Hasta ese momento, las guerras que se libraban eran de tipo napoleónico. Se acordaba una fecha y se pactaba un lugar concreto donde los ejércitos pudieran luchar abiertamente. Esto cambió con la Gran Guerra, que fue la que inauguró la industrialización del conflicto: los avances técnicos comenzaron a ser utilizados como instrumentos bélicos.

A día de hoy, transcurrido ya el primer cuarto del siglo XXI, la guerra se ha vuelto a ver transformada por el espectacular desarrollo de la tecnología. Aunque ahora esta viene impulsada por empresas de tecnología de vanguardia junto a las grandes tecnológicas (Big Tech), procedentes del conocido como Silicon Valley. Es habitual escuchar en las noticias cómo se producen ataques informáticos con los que desestabilizar, espiar y hasta sabotear estructuras críticas del enemigo; lanzar noticias falsas para manipular la opinión; o conseguir alterar sus sistemas defensivos, incluso los mercados financieros. Y todo ello, sin la necesidad de utilizar las armas convencionales.

También es muy reciente, pero muy extendida por su eficacia y bajo coste, el uso de drones para la vigilancia, o como precisa herramienta de ataque y defensa. Estas incorporaciones de la tecnología al mundo de la guerra conllevan para un filósofo interesantes cuestiones desde el ámbito de la ética.

Hasta el momento, todo armamento era considerado como un instrumento, por lo que la responsabilidad moral de su uso recaía en quien lo utilizaba o manejaba. Y, al tratarse del ejército, ámbito en el que las acciones vienen provocadas por órdenes que se rigen siguiendo una estructura vertical de obediencia, los responsables últimos siempre eran los mandos más altos de quienes había partido la orden.

Sin embargo, la evolución tecnológica actual, introduciendo el amplio universo de la informática en el diseño de nuevas armas e instrumentos bélicos, desde el desarrollo de software y sistemas, de la IA y el tratamiento de los big data o tecnologías emergentes y especializadas -por ejemplo-, nos lleva a replantearnos esa perspectiva ética.

Porque, este tipo de armamento tiene una peculiaridad con respecto al tradicional: no solamente son utilizados por un soldado, sino que están preparados para evaluar la situación concreta, analizarla desde los datos que tienen incorporados, y proponer otras alternativas como objetivo. Incluso automáticamente pueden alterar su trayectoria, cambiando la amplitud de los mal llamados “daños colaterales”. No se trata de una tecnología que toma decisiones desde la reflexión, pero sí que tienen un margen (a veces pequeño, otras veces mayor) de rectificación y corrección que no siempre tienen ni pueden ser comprobado por el soldado que lo utiliza.

Teniendo presente la configuración de esta recientísima tecnología bélica, que se está propagando por el resto de países para incorporarla a sus arsenales tradicionales, la pregunta desde la ética es clara: ¿quién es el agente moral responsable de sus consecuencias?

Imaginemos un dron con un software que le permite elegir estrellarse en el lugar más crítico de unas instalaciones. Sin embargo, en ese momento ahí hay civiles de diferentes edades que no tienen nada que ver con el conflicto. El dron, siguiendo las instrucciones de su software, cumple su misión destruyendo partes sensibles de esas instalaciones, pero matando a los civiles.

El dron cumple su misión precisa dirigido por el software. Un software que previamente fue programado por técnicos especializados. Técnicos que han seguido las instrucciones de unos ingenieros que lo han diseñado, perteneciendo todos a una gran empresa tecnológica. Esta tiene la dirección bajo el mando de una persona: un CEO; que se ve asesorado por un Consejo de Administración y, probablemente, un Consejo Técnico. Pero que debe rendir cuentas a la Junta General de Accionistas: auténticos dueños de la empresa.

Ante esta situación, que actualmente se produce cada vez que este tipo de tecnología bélica acaba con muertes y destrucciones de terceros, ¿quién es el responsable moral?

Desde las diferentes teorías éticas tradicionales, podríamos apelar al bien mayor que conlleva un mal menor, del utilitarismo. Al rechazo frontal por parte de la ética deontológica. A revisar las diferentes virtudes (justicia, compasión, valor, prudencia) que se han tenido presente para llevar a cabo tal acción. O, incluso, a la “ius in bello” actualizada hoy por el derecho internacional, y que hunde sus raíces en la escolástica medieval.

Sin embargo, el ejemplo encierra una problemática mayor porque, ante hechos como el descrito, no aparece un sujeto ejecutor claro y preciso. No existe una asunción de responsabilidades por parte del causante del suceso, en tanto que es imposible identificarlo. Por lo que el problema ético se agudiza, ya que la responsabilidad moral de la acción queda diluida.

Ante esta encrucijada a la que nos enfrentamos desde la filosofía práctica, las Silicon Valley, Big Tech y demás tecnológicas de vanguardia, tienden a responder reactualizando su propio argumentario para adecuarlo al ámbito de la moral: ese software consigue reducir la imprecisión de las decisiones de un soldado (del rango que sea), porque este siempre estará condicionado por emociones y sentimientos diferentes como el miedo, el estrés, el apego, la desafección, la piedad, el dolor, la ternura,… Mientras que el software programado posee la capacidad de analizar los más diversos escenarios desde los más dispares ámbitos, y lo consigue en microsegundos: de lo que se deduce que tomará, de las opciones programadas, la más eficaz con el menor daño colateral.

Si partimos de la lógica interna de estas empresas, su razonamiento tiene sentido. Pero, si lo admitimos tal cual, conseguimos reducir las decisiones morales a un mero porcentaje probabilístico: un parco utilitarismo envuelto en tecnología puntera. Estaríamos aceptando que los daños colaterales tienen menos valor que los objetivos militares, aunque entre aquellos aparezcan victimas humanas. Una tesis que no nos es extraña, porque se viene aplicando cotidianamente en las guerras vigentes hoy: por ejemplo, este es la justificación de muchas de las crueles acciones militares del Estado de Israel sobre los palestinos.

Además, siguiendo con el ejemplo, los altos mandos militares podrían exculparse apelando a que no estuvo en sus manos controlar la “reconfiguración del objetivo”: ya que viene predeterminada por el software que lo controla. O, más aún, que no tienen los conocimientos ni los elementos necesarios para anular esa acción, sujeta a directrices de un algoritmo previamente diseñado.

Propongo, desde la filosofía práctica, que es el momento de exigir las responsabilidades oportunas ante este tipo de acciones. Y no solamente a los Jefes de Estado y altos mandos de los ejércitos (que las ordenan y consienten): sino, también, a los responsables de esas empresas tecnológicas que, teniendo conocimiento de su aplicación y posibles tremendos efectos sin intervención de otras voluntades, los introducen en la industria bélica y fomentan su desarrollo.

No se puede juzgar a un algoritmo ni a un software. Sin embargo, en tanto que esta novedosa tecnología militar ya no es neutral, ni dependiente totalmente de las intenciones de los soldados que las usan, considero una exigencia ética pedir responsabilidades penales a los dueños y/o dirigentes de esas empresas (CEOS). Incluso a cada miembro de sus Juntas Generales de Accionistas: por apoyar el desarrollo de una tecnología a la que no se la limita en su aplicación contra personas ajenas a los propios conflictos bélicos, con la intención de generar el mayor rendimiento económico. Todo ello, claro está, cuando el Tribunal Penal Internacional de La Haya recobre su reconocimiento, y aplique sus funciones.

El poder, la ira y la tiranía en la filosofía de Séneca

Escultura de mármol de Séneca contrastando con una gran sombra que simboliza la ira y la tiranía
El verdadero poder reside en el autogobierno interior, no en la imposición de la ira.

Séneca, de ira, II, 1-3

Los entusiastas apologetas de la certeza sensible y del sentido común suelen identificar poder con grandeza, y hasta prescriben que el mando sobre los demás es la via regia para conquistar el empoderamiento de sí mismo. Y sin embargo, no existe mayor esclavitud que la de quien no puede gobernar sus propias pasiones. Maquiavelo y Spinoza los caracterizaban como “i tristi”, es decir, los tristes. Y es que, en efecto, son como almas en pena. El poder exterior del ególatra puede parecer inmenso, pero debajo de la opulencia se oculta el abismo de la pobreza interior que su ilimitada incapacidad, su estallido violento y su soberbia, tarde o temprano, ponen al descubierto. Hace casi dos mil años, Lucio Anneo Séneca supo comprender esta terrible paradoja.

Séneca nació en la España tutelada por Roma, cuatro años antes de la era cristiana. Provenía de una familia acomodada que muy pronto lo enviaría a Roma, donde recibió una extraordinaria formación filosófica. Su vida transcurrió muy cerca del poder imperial, desde donde pudo observar el reverso de la medalla. Acusado de adulterio y enviado al exilio en Córcega durante los primeros años del reinado de Claudio, regresó a Roma para convertirse en el preceptor del joven Nerón y, más tarde, en uno de sus principales consejeros. Pero el filósofo que había formado al futuro emperador terminó siendo su víctima: fue acusado de participar en la conspiración de Pisón, y recibió la orden de quitarse la vida en el año 65.

Una de sus obras fundamentales lleva por título De Ira. Se trata de un breve tratado compuesto por tres libros en los que la ira aparece no como una simple emoción pasajera, sino como una pasión capaz de trastornar el juicio y someter al individuo. Séneca no se limita a aconsejar moderación. Quiere comprender qué sucede cuando esa afección se apodera de sus víctimas para convertirlas en sus instrumentos. No se trata, pues, de cómo evitar la cólera, sino de cómo impedir que los individuos terminen siendo gobernados por eso que creen poder gobernar.

El iracundo suele imaginar que la violencia manifiesta su fortaleza. Pero la violencia puede ser, más bien, la exteriorización de su profunda impotencia. Quien necesita imponer constantemente su voluntad mediante amenazas, insultos, humillaciones o castigos revela carecer de lo que constituye la verdadera autoridad: la capacidad de autogobierno. Y es que hay individuos que, habiendo conquistado el poder sobre los demás, no logran conquistar el control de sí mismos.

El poderoso iracundo parece dominar porque todos a su alrededor le obedecen; pero cuanto más depende de su ira para sostener esa obediencia, menos libre se vuelve. No puede existir sin enemigos. Necesita fabricar continuamente aquello contra lo cual habrá de combatir. El adversario deja de ser una circunstancia política y se transforma en una necesidad patológica. Sin enemigos, el tirano corre el riesgo de encontrarse consigo mismo, que es, sin duda, el encuentro al que más teme.

Séneca sabía que la ira no es una forma superior de energía. Es una pasión que puede apoderarse de la razón y hacer que el individuo confunda la satisfacción inmediata de su furia con la realización de su voluntad. Por eso el problema político de la ira es un problema antropológico: un hombre incapaz de gobernarse a sí mismo difícilmente puede gobernar una comunidad sin convertirla en la extensión de sus propios traumas.

Hay gobernantes que poseen ejércitos, riquezas, palacios y aparatos enteros de propaganda. No obstante, padecen de una profunda miseria interior. Su indigencia no se mide por lo que poseen, sino por lo que necesitan convertir en botín de guerra para sentirse grandes. Necesitan humillar para sentirse superiores, atemorizar para sentirse fuertes. Pero sobre todo, necesitan mentir, porque la realidad contradice una y otra vez la imagen que han construido de sí mismos.

La séptima Proposición de la segunda parte de la Ethica de Spinoza contiene una resonancia infinita: no existen dos órdenes separados, como si la realidad pudiera organizarse por un lado y las ideas por el otro. Entre la existencia y las formas de la conciencia existe un Ordo et conectio que permite comprender cómo determinadas formas de vida acaban produciendo determinadas formas de pensamiento y cómo determinadas pasiones acaban objetivándose en determinadas relaciones sociales.

La pobreza interior no permanece encerrada en el individuo: deviene pobreza de toda la sociedad. Cuando quien gobierna es incapaz de distinguir autoridad de violencia, prudencia de cobardía, inteligencia de astucia y grandeza de soberbia, la sociedad comienza a padecer las confusiones del gobernante. Las instituciones se degradan porque son sustituidas por la voluntad del jerarca. La ley se vuelve instrumento de castigo. La política degenera en persecución y atropello. La palabra pública pierde su función racional y se degrada a jerga de rufianes.

En el fondo, no se trata de una cuestión racial, cultural o geográfica. El bárbaro retrocede desde la civilidad hacia el dominio inmediato de la fuerza. Es aquel para quien la razón constituye un obstáculo, el diálogo una forma de debilidad y el límite una ofensa. El bárbaro no comprende el poder como responsabilidad histórica, sino como propiedad personal. Por eso el gánster puede ocupar un palacio sin convertirse en estadista. El estadista necesita comprender la realidad porque gobierna un estado de cosas que no ha creado y que no puede someter enteramente a su voluntad. El gánster solo necesita que los otros crean que su voluntad es irresistible. El primero reconoce sus límites; el segundo los interpreta como objetos de su osadía. El primero necesita instituciones; el segundo necesita subordinados. El primero sabe que el poder pasa; el segundo convierte su existencia en el destino del mundo.

La soberbia del ignorante posee una característica particularmente trágica: no sabe que lo que considera una demostración de su grandeza es la prueba viva de su miseria. El auténtico hombre fuerte no necesita proclamar su fuerza constantemente. Quien posee autoridad no necesita convertir cada discrepancia en amenaza. Quien comprende la realidad no necesita destruirla para demostrar que existe. La inteligencia del poder consiste en saber que ninguna voluntad individual puede abolir las consecuencias de sus propios actos.

El bárbaro vive de espaldas a las consecuencias. Cree que cada peñero ultimado aumenta su poder. En realidad, solo aumenta su aislamiento. Cree que cada institución sometida fortalece su autoridad, pero solo destruye las condiciones que posibilitan esa autoridad. Cree que cada humillación infligida confirma su grandeza, pero solo revela cuánto depende de la humillación ajena para sostenerse.

La violencia de quien ha prometido poner fin a la violencia, confirma los vicios de su circularidad y la circularidad de sus vicios. Quien pretende someter a todos acaba siendo sometido: la ira -núcleo de su prepotencia- deviene su amo. El problema de la ira no consiste únicamente en que pueda hacer daño a los demás. Su tragedia es que desfigura a quien la padece. El iracundo termina organizando su existencia alrededor de aquello que detesta. Su enemigo ocupa su pensamiento, su lenguaje, sus decisiones, sus días y sus noches. La víctima llegar a desaparecer de su presencia, pero permanece instalada en su conciencia como condición de su miserable vida. La peor esclavitud es aquella en la que el hombre ya no puede vivir sino bajo el dominio de sus propias pasiones.

Séneca conoció la proximidad del poder y terminó siendo destruido por él. Sabía que ningún poder exterior garantiza la libertad interior. Al final, no es libre quien puede hacer lo que le da la gana, sino quien no necesita convertirse en esclavo de lo que quiere. El tirano puede parecer un gigante. Pero la magnitud de su poder no modifica la pequeñez de su alma. Podrá levantar muros, multiplicar sus armas, rodearse de aduladores y obligar a millones a escuchar su voz. Pero será inútil: serán más densos sus miedos, más profundos sus odios, más espeso el desprecio de sí mismo.

El apocalipsis sexual

 





Sí, el apocalipsis sexual ya ha ocurrido. No como un cataclismo estridente, sino como una disolución silenciosa. La sexualidad, ese territorio que creíamos el último bastión de lo real, de lo carnal, de lo irreductible, ha sido absorbida por la lógica de la simulación. Lo que hoy llamamos sexo es un cadáver exquisito, un cadáver que se exhibe en pantallas infinitas, un cadáver que se ha convertido en su propia representación pornográfica. La pregunta no es si vivimos en el apocalipsis sexual, sino cómo hemos llegado a confundir su espectro con la vida.


La sexualidad moderna se había convertido en un mecanismo, en una función orgánica centrada en el orgasmo, en una economía de la descarga . Esta sexualidad mecánica, esta "sexualidad de producción", es la que ha estallado por saturación. Hemos pasado de una cultura de la represión a una cultura de la producción sexual, y en esa producción incesante, el sexo ha perdido su secreto, su ritual, su poder de seducción. Foucault creyó que al hablar de sexo, al confesarlo, lo liberábamos. Yo sostengo lo contrario: al hacerlo hablar hasta la extenuación, lo hemos hecho desaparecer . La prueba de esta desaparición es la pornografía. Su proliferación explosiva no es un signo de vitalidad sexual, sino la señal de que el sexo ya no está en ninguna parte . La pornografía es la obscenidad de lo real, el intento desesperado de dar acceso inmediato al acto sexual, sin filtros, sin mediación. Pero al eliminar toda pantalla, toda apariencia, toda seducción, solo nos ofrece un simulacro, una copia de una copia, la puesta en escena de una fantasía que no tiene original .


Así, la pornografía no es la verdad del sexo, sino su hiperrealidad. Es el grado cero de lo real, un realismo más real que lo real, donde el deseo es codificado, exhibido y consumido como cualquier otra mercancía . En este régimen de la imagen, el cuerpo es puesto en exhibición y se convierte en un fetiche, en un signo que remite a otros signos, nunca a una experiencia íntima o a un deseo propio . El cuerpo ya no es carne, es una superficie de inscripción de códigos, un phallus exchange standard que gobierna la sexualidad actual, incluida su supuesta revolución . La liberación sexual que tanto celebramos no fue más que una vuelta más en la espiral de la producción y del consumo. El deseo se ha vuelto un imperativo, una obligación de disfrutar, y en esa obligación, se ha agotado.


Este es el apocalipsis: no el fin del mundo, sino el fin de la ilusión de un mundo real. La sexualidad ha sido reemplazada por una hiperrealidad sexual, un estado de hipersexualismo y pansexualismo que se despliega en los entornos cibernéticos, donde el deseo es codificado y el cuerpo es dominado . La simulación ha eliminado la frontera entre lo real y lo virtual, y en ese espacio inmaterial, la sexualidad se convierte en un entretenimiento instantáneo, lúdico y seductor, pero también en una forma de control . Las tecnologías MUD (Múltiple Uso de Dominios) socavan el concepto de Yo, lo descentralizan y lo llevan hacia identidades cambiantes que no conocen obstáculos ni carencias . En este ciberespacio, la sexualidad ya no es un encuentro con el otro, sino una performance solitaria, una interacción con algoritmos que simulan deseo.


Entonces, ¿qué queda? La seducción. No como una técnica de conquista, sino como un juego de apariencias, como un poder de atracción y fascinación que subvierte la sexualidad mecánica y la realidad en general . La seducción es lo contrario de la producción. No busca la verdad, ni la satisfacción, ni la descarga. Juega con los signos, con los rituales, con las apariencias. Es el vértigo de lo superficial, el placer de la superficie. En un mundo donde todo es obsceno, donde todo está a la vista, la seducción reintroduce el secreto, la ausencia, el juego. La seducción es la única estrategia fatal: no oponer realidad a la imagen, sino otra imagen más fuerte, más vertiginosa, más seductora.


Pero la seducción también ha sido corrompida en un mundo de deseos fabricados y satisfacciones prefabricadas . La publicidad, la moda, la política, todo seduce, pero de una manera vacía, sin el poder de subversión que tenía el ritual antiguo. La seducción se ha convertido en una técnica de marketing, en una herramienta del sistema. Y sin embargo, es la única salida. No podemos volver a una sexualidad "auténtica" porque esa autenticidad nunca existió. El sexo siempre fue un montaje, un simulacro, un efecto de discursos y prácticas . Lo que llamamos sexualidad no es una esencia natural, sino una construcción histórica, una producción de poder y saber.


El apocalipsis sexual, entonces, no es un evento futuro, sino una condición presente. Vivimos después de la orgía, en la resaca de una liberación que nos dejó exhaustos. Como pregunta Dominic Pettman, ¿qué se hace después de la orgía? . La respuesta es: nada. O más bien, la nada. La indiferencia. La simulación. Pero en esa nada, en esa indiferencia, hay una oportunidad. La seducción, el juego, la apariencia, el simulacro aceptado como tal, pueden ser una forma de resistencia. No la resistencia heroica de la verdad contra el poder, sino la resistencia irónica del vértigo, del juego, de la reversibilidad. La única forma de sobrevivir al apocalipsis sexual es no creer en él, jugar con sus ruinas, seducir a la seducción misma.

IA para el submundo




La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de laboratorio para convertirse en una presencia cotidiana. Ya no pertenece sólo a los campus universitarios ni a los parques tecnológicos de las grandes corporaciones. Se ha deslizado, silenciosa, hacia todos los rincones de la vida social, incluidos aquellos que el discurso oficial prefiere no ver: el comercio informal, la economía de la calle, los mercados que no figuran en las estadísticas, los saberes que no se acreditan con títulos. A ese espacio, por falta de un término mejor, se le llama submundo. Y la pregunta no es si la IA llegará a él, sino cómo lo transformará cuando lo haga.


Conviene deshacer un malentendido. El submundo no es el infierno. Es, más bien, la sombra del orden formal: un conjunto de prácticas, redes y economías que existen en los intersticios de la legalidad, a veces rozándola, a veces desafiándola. Ahí viven millones de personas que no son criminales, aunque el sistema las etiquete como informales, evasores o marginales. Son vendedores, artesanos, transportistas, prestamistas, reparadores, cuidadores. Gente que resuelve problemas concretos sin pasar por el papeleo, sin pedir permisos, sin esperar al Estado. Gente que, en muchos casos, no tiene otra opción.

La IA, en ese contexto, es una herramienta ambivalente. Por un lado, ofrece capacidades que antes estaban reservadas a las élites. Un comerciante callejero con un teléfono básico puede, hoy, usar un modelo de lenguaje para redactar un contrato, calcular un margen, analizar una ruta de reparto o incluso aprender un oficio. Las barreras de entrada al conocimiento se han derrumbado. El muchacho que vende en una feria y estudia matemáticas por su cuenta ya no está solo: tiene a un tutor incansable en el bolsillo. Eso es, en potencia, una democratización radical del saber. Una fisura en el monopolio de las instituciones educativas y de las credenciales.

Pero no hay que ser ingenuo. La misma tecnología que empodera también puede vigilar. Los algoritmos de reconocimiento facial, los sistemas de puntuación social, las bases de datos interconectadas, todo eso ya se usa para rastrear, clasificar y excluir. El Estado y las corporaciones ven en la IA una forma de controlar a los que están fuera del redil. Para el vendedor informal, cada transacción digital deja una huella; cada dato es una soga. La informalidad, que antes era un refugio de privacidad, se está volviendo un espacio cada vez más visible, más medible, más gobernable. La paradoja es cruel: la misma herramienta que le permite aprender le arrebata el anonimato.

Aquí es donde el submundo se vuelve un laboratorio involuntario. Porque en los márgenes, la relación con la tecnología es más cruda, menos disimulada. El que vive al día no tiene tiempo para abstracciones: adopta lo que funciona y desecha lo que no. Si la IA le sirve para sobrevivir, la usará. Si lo pone en riesgo, aprenderá a evitarla. Esa actitud pragmática, desprovista de ideología, es quizás la única respuesta sensata ante una tecnología que avanza sin preguntar.

La dimensión filosófica del asunto no es menor. La IA obliga a repensar qué significa ser un sujeto en los márgenes. Durante siglos, el marginado se definió por su exclusión: no tener acceso a la palabra pública, al crédito, a la ley. La IA, en teoría, le da una voz nueva. Pero esa voz es mediada, traducida, optimizada. ¿Hasta qué punto es suya? ¿Hasta qué punto el vendedor que usa un generador de texto se expresa a sí mismo? ¿O solo reproduce un discurso aprendido? Lacan hablaba del sujeto como efecto del lenguaje. La IA es un lenguaje nuevo, y sus efectos apenas comienzan a sentirse.

El peligro mayor no es que la IA domine a los humanos, sino que los humanos se olviden de sí mismos al usarla. El submundo, que siempre ha vivido de la identidad, del cara a cara, del rumor y la lealtad, puede perder su último territorio si cede a la lógica del algoritmo. La confianza no se programa. La calle no se digitaliza sin resistir. Y la resistencia, hoy, no pasa por rechazar la tecnología, sino por usarla sin entregarse a ella.

Termino con una imagen. Un hombre camina por la calle, comercio ambulante. Lleva mercancía en una mochila y un teléfono en el bolsillo. En el teléfono, un modelo de lenguaje le recuerda los precios, le sugiere rutas, le traduce un mensaje. El hombre no es más rico que ayer. Pero sabe algo que el sistema no quiere que sepa: que la herramienta es suya, no del dueño del servidor. Que el conocimiento, una vez liberado, no se puede confiscar. Y que, en el fondo, el verdadero submundo no es un lugar, sino una actitud: la de negarse a ser sólo un dato.


La IA no salvará a los de abajo. Pero puede ser un arma. Depende de la mano que la empuñe. Y en la calle, las manos callosas ya están aprendiendo.

Antes de salvar la naturaleza: David Abram y la crisis de percepción

Persona en un bosque tocando un árbol, simbolizando la filosofía de David Abram sobre la percepción.
La crisis ecológica es, antes que nada, una crisis de percepción y escucha.

Antes de salvar la naturaleza

Parte I. David Abram y el mundo que habíamos dejado de escuchar

Hay momentos en que una civilización comienza a sospechar que el problema no está solamente en aquello que hace, sino en la manera en que ha aprendido a Habitar. Quizá hoy es uno de ellos.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la crisis ecológica era solo un problema de contaminación, de emisiones, de petróleo, de deforestación, de consumo excesivo. Y, por supuesto, todo eso está ocurriendo. Pero detrás de cada una de esas acciones existe una determinada manera de comprender el mundo. Antes de convertir un bosque en madera, tenemos que haber aprendido a verlo como madera. Antes de transformar un río en una fuente de energía, tenemos que haber dejado de verlo como río y comenzar a verlo como recurso. Antes de considerar a nuestro propio cuerpo una máquina que debe funcionar sin interrupciones para auto explotarse, tenemos que haber olvidado que el cuerpo pertenece a la tierra.

Quizás la crisis ecológica sea, antes que nada, una crisis de percepción. Aunque suene contraintuitivo, hemos dejado de saber dónde estamos. No sabemos dónde estamos parados.

Esto no lo digo como frase metafórica. Estamos aquí, sobre la tierra, respirando un aire que no fabricamos, bebiendo un agua que no inventamos, alimentándonos de organismos que no diseñamos, caminando sobre un suelo cuya existencia precede por millones de años a la nuestra. Sin embargo, hemos construido una imagen de nosotros mismos como si fuéramos seres separados de todo aquello.

Un yo frente al mundo. Un sujeto frente a los objetos. Una conciencia que observa una naturaleza exterior. Y sobre esa –aparente- pequeña separación conceptual hemos levantado una civilización entera.

David Abram resulta particularmente importante para volver a mirar este problema. Su filosofía no parte de una teoría abstracta sobre la naturaleza, sino de algo mucho más elemental: la experiencia de estar vivos y de percibir. Tengo en mis manos Devenir animal, en el Abram nos conduce hacia una experiencia del mundo en la que nuestros sentidos dejan de ser meras ventanas por las que observamos una realidad exterior y vuelven a ser órganos de participación, esto hace que no estemos mirando el mundo desde fuera., sino que estamos dentro.

Esta afirmación parece sencilla. Sin embargo, si la tomáramos realmente en serio, cambiarían muchas cosas.

Hemos aprendido a hablar de “la naturaleza” como si nosotros no formáramos parte de ella, me resulta curioso. La frase recurrente es: Estamos en la naturaleza” y no: “somos la naturaleza”

Decimos que debemos proteger la naturaleza, como si la naturaleza estuviera allá afuera y nosotros acá adentro. Hablamos de “medio ambiente”, como si viviéramos en el centro de algo que nos rodea. Incluso utilizamos expresiones como “recursos naturales”, convirtiendo árboles, ríos, minerales, animales y territorios en aquello que está disponible para nuestro uso. Esta manera de hablar y percibir nos conduce a una contradicción elemental.

Cuando destruimos un bosque, no estamos destruyendo algo completamente exterior a nosotros. Alteramos el aire que respiramos, el agua que bebemos, los suelos que sostienen nuestros alimentos, los ciclos de los que depende nuestra propia existencia. La naturaleza no es nuestro ambiente. Es nuestra condición. Lo que hacemos a la naturaleza, lo hacemos a nosotros mismos.

Abram ayuda a recuperar esta evidencia mediante una fenomenología profundamente corporal. El mundo no aparece ante nosotros como una colección de objetos muertos. Antes de que podamos nombrarlo, clasificarlo o medirlo, ya estamos afectados por él. El frío nos toca. La luz nos transforma. El viento modifica nuestra piel. Un olor puede devolvernos inesperadamente a un lugar de la infancia. El sonido de una determinada lluvia cambia la manera en que habitamos una habitación. Un bosque no es solamente aquello que vemos. Es aquello que nos envuelve, nos altera, nos orienta, nos hace sentir. Hay algo en la percepción que precede a la explicación. Y quizás ahí comienza el regreso.

Porque una de las características de la modernidad ha sido precisamente la progresiva sustitución de la experiencia por la representación. Ya no necesitamos estar ante el árbol para conocerlo. Podemos convertirlo en una fotografía, una cifra, una categoría botánica, un volumen de madera potencialmente explotable. El árbol ha dejado de ser aquello que encontramos. Se ha convertido en información.

La objetivación del mundo ha sido una de las grandes conquistas de la ciencia moderna. Obviamente no se trata de negarla. Gracias a ella hemos comprendido innumerables procesos y hemos desarrollado herramientas capaces de transformar radicalmente nuestra existencia. El problema aparece cuando una forma de conocimiento termina convirtiéndose en la única forma posible de relación, esto nos lleva a confundir conocer con dominar, controlar, y no respetar.

Hoy pensamos que lo que puede ser medido parece más real que aquello que solamente puede ser sentido. Lo cuantificable adquiere mayor legitimidad que lo vivido. Un territorio vale por sus minerales, un bosque por sus toneladas de madera, una persona por su productividad, un cuerpo por sus indicadores. Y lentamente comenzamos a habitar un mundo en el que todo tiene que justificar su existencia mediante una utilidad. También nosotros.

El sujeto de rendimiento -como diría el filósofo Byung Chul Han- se encuentra atrapado en esta lógica. Debe producir, mejorar, optimizarse, mantenerse joven, cuidar su rendimiento, administrar sus emociones, gestionar su tiempo, aumentar sus capacidades. Incluso el descanso comienza a convertirse en una técnica para volver a producir, y así es como el cuerpo ya no es solamente nuestro cuerpo. Es un proyecto. Todo lo es.

Es probable que por eso el agotamiento contemporáneo no sea solamente cansancio. Es la experiencia de haber convertido nuestra propia vida en una tarea interminable de administración.

Byung-Chul Han ha descrito con precisión esta transformación del sujeto disciplinado (M. Foucault) en sujeto del rendimiento (Han). Ya no necesitamos necesariamente que alguien nos obligue. Nos obligamos nosotros mismos. Pero hay algo anterior a esta explotación de nosotros mismos, que el filósofo no toma tan en cuenta. Existe una determinada imagen del individuo. La imagen de alguien que puede existir independientemente de aquello que lo rodea. Y aquí Abram vuelve a ser importante. Porque su propuesta nos obliga a regresar al cuerpo. A la parte sensible.

Durante siglos hemos tratado el cuerpo como aquello que posee la conciencia, la frase que lo grafica es: “Yo tengo un cuerpo”. Pero quizás esta misma frase ya contenga un problema. Pensémoslo así: cuando respiramos, ¿quién respira? ¿Dónde termina el cuerpo y comienza el mundo? ¿Dónde termina el rio y empieza la montaña? El aire entra en nosotros y luego sale. Lo que hace unos segundos estaba afuera ahora forma parte de nuestra sangre. Lo que estaba en un árbol puede terminar dentro de nuestros pulmones. El agua que bebemos ha circulado antes por nubes, ríos, suelos, plantas y organismos innumerables, ahora esto no significa que no exista una especie de frontera corporal, pero ella no es una muralla., es mucho más parecida a una membrana, y la característica de una membrana es que no separa absolutamente sino más bien, regula intercambios.

Quizás esta sea una imagen más adecuada para comprender nuestra existencia: no somos fortalezas individuales, sino organismos abiertos. Los científicos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela ya hablaron de esto.

Respiramos el mundo, observamos el mundo, escuchamos el mundo. Cuando miramos es el mundo el que mira a través de nosotros. Somos afectados por el mundo. Y también lo afectamos, nosotros somos el mundo.

En este sentido, la idea del cuerpo como lugar donde ocurre la gran separación comienza a desmoronarse. Podemos creer intelectualmente que somos individuos independientes, pero en el fondo el cuerpo sabe otra cosa. El cuerpo sabe que es aire, tierra, fuego, agua, espacio. Que es una ficción la autonomía absoluta; lo que tenemos es intercambio, relación, interdependencia

Aquí aparece una palabra que se ha vuelto cada vez más importante para mí: escuchar. Hace algún tiempo leí por ahí, que el ser humano estando en el vientre materno, y mucho antes que los sentidos se desarrollen ya escucha, y que los moribundos antes justamente de su muerte, el último sentido que se apaga es el oído. Para el filósofo Heidegger este tema no fue ajeno. Escuchar no es simplemente recibir sonidos. Podemos escuchar sin oír y oír sin escuchar. Escuchar implica permitir que algo nos afecte.

Cuando escuchamos verdaderamente, dejamos durante un momento de imponer nuestra propia forma sobre aquello que aparece. El otro puede decir algo que modifique lo que pensábamos. El paisaje puede interrumpir nuestro recorrido. El cuerpo puede decirnos que estamos cansados aunque nuestra agenda diga que debemos continuar. Escuchar no es juzgar. Escuchar es aceptar que no somos completamente soberanos. Por eso la escucha tiene una dimensión política.

En la actualidad tendemos solo a escuchar aquello que confirma nuestras propias ideas, y así vivimos encerrados en nosotros mismos. Nos convertimos en una sociedad que es incapaz de escuchar a quienes sufren, a los territorios afectados, a los animales, a las generaciones futuras, y termina convirtiendo su propia incapacidad perceptiva en una forma de violencia. La crisis ecológica indudablemente es una crisis de escucha.

Hemos aprendido a escuchar y depositar nuestra atención solamente en aquello que puede traducirse en cifras, las emisiones, el crecimiento, el PIB, la productividad, los indicadores. Pero existen cosas que un territorio puede decirnos y que no caben fácilmente en una tabla.

Un río contaminado no solamente pierde calidad química, pierde una historia, pierde relaciones. Cambia los hábitos de quienes viven junto a él, cambia el paisaje, cambia la memoria. La destrucción ecológica no es únicamente una suma de daños medibles. Es también una pérdida de mundo. Es nuestra propia perdida.

Abram utiliza una expresión especialmente fecunda: el mundo más-que-humano. No se trata simplemente de incluir animales, plantas y montañas en una lista de seres que debemos respetar, se trata de algo más radical. En el fondo significa cuestionar la idea de que el mundo humano sea el centro desde el cual todo lo demás adquiere significado, el canto de un pájaro no necesita convertirse en “recurso acústico” para tener importancia, un río no necesita producir electricidad para poseer valor, un bosque no necesita ser útil para nuestra economía para tener derecho a existir, esto nos coloca ante una pregunta incómoda: ¿qué ocurre si dejamos de pensar que todo existe para nosotros? Es probable que así el mundo recupere su espesor y las cosas vuelvan a tener presencia, La tierra deje de ser mera superficie, el bosque deje de ser paisaje, el animal deje de ser objeto, el cuerpo deje de ser máquina. Y nosotros mismos dejemos de ser empresarios de nuestra propia existencia.

Es aquí donde aparece el Tao, no porque David Abram sea simplemente un pensador taoísta occidental. No lo es, y sería una simplificación convertirlo en eso. Creo que su importancia está en otra parte. Desde mi punto de vista, Abram nos permite reconocer, desde la fenomenología occidental contemporánea, una experiencia que el pensamiento taoísta había expresado de otro modo muchos siglos atrás: la dificultad de separar al ser humano del proceso del mundo. El Tao no es una cosa situada detrás de las cosas. No es un dios que gobierna desde afuera. No es una sustancia que podamos poseer intelectualmente. Es el camino, el curso, el proceso de lo real. Es la observación y la escucha de los ciclos de la naturaleza, nosotros estamos ocurriendo dentro de ese proceso. El río no “sigue el Tao” porque conozca una doctrina, un concepto, una definición. El árbol no necesita ser un experto en el Tao Te Ching para crecer, así mismo el cuerpo no necesita una teoría para respirar. La vida simplemente acontece . Y nosotros somos una de sus formas. Tal vez la sabiduría taoísta comience precisamente cuando dejamos de exigirle a la realidad que se comporte según nuestros planes. El Tao no es aquello que podemos controlar. Es aquello con lo que aprendemos a entrar en correspondencia. No funciona por clasificaciones, se diría que la afinidad le corresponde.

Pero aquí debemos tener cuidado. Hablar de un “regreso al Tao” podría hacernos pensar en una nostalgia romántica por un pasado perdido. Ni que hablar de volver a una China antigua. Que nadie se confunda, esto no significa de ninguna manera abandonar la ciencia, la tecnología o irse a vivir a los cerros.

No necesitamos convertirnos imaginariamente en habitantes de una aldea taoísta para recuperar una relación diferente con el mundo.

La vuelta del Tao puede ocurrir aquí. En la ciudad en que se transita a diario, en un cuerpo saturado de tanta exigencia, en una persona que vuelve a caminar sin auriculares y descubre que la calle tiene sonidos, en alguien que mira un árbol sin preguntarse inmediatamente para qué sirve, en quien comienza a notar que su respiración no es completamente individual y que pertenece a algo más amplio, en quien descubre que la contemplación no es perder tiempo, en quien comprende que cuidar el cuerpo no consiste únicamente en hacerlo rendir más, sino en aprender a escucharlo. De esta manera la vuelta del Tao no sería entonces una importación cultural, sino una transformación de nuestra manera de estar.

Es probable que una de las preguntas más profundas de nuestro tiempo sea ésta: ¿qué pasaría si dejáramos de relacionarnos con todo como si fuera algo que debemos dominar? Creo que la naturaleza no puede ser conquistada sin destruir aquello que nos sostiene., el cuerpo no puede ser conquistado sin agotarlo, el tiempo no puede ser conquistado., la muerte no puede ser conquistada. Quienes nos rodean tampoco. Quizá ser sabio sea tan sencillo como reconocer esto.

La modernidad ha construido buena parte de su potencia sobre la idea de superar límites. Y gracias a ello hemos conseguido cosas extraordinarias. Pero ahora nos encontramos con una paradoja: nuestra capacidad de dominar el mundo ha crecido mucho más rápido que nuestra capacidad de comprender las consecuencias de esa dominación. Hoy podemos hacer mucho, pero quizás no sabemos todavía cuándo dejar de hacer, y aquí el Tao comienza a adquirir una actualidad inesperada. Porque una de sus enseñanzas más difíciles no consiste en hacer menos por pereza, sino en aprender a actuar sin violentar el curso de las cosas. De ninguna manera se trata de retirarse del mundo, sino más bien de entrar en relación con todo cuanto nos rodea de otra manera. Tal vez eso sea lo que el filósofo D. Abram nos ayuda a recordar. Para cambiar el mundo necesitamos volver a sentirlo. Antes de salvar la naturaleza necesitamos dejar de imaginar que estamos fuera de ella. Junto con hablar de una nueva política necesitamos recuperar una nueva percepción. Y quizás antes de preguntarnos teóricamente qué debemos hacer, deberíamos aprender nuevamente a escuchar. Porque el Tao puede estar regresando. Pero quizás no importa si viene o no viene de Oriente. Quizás es algo que estaba aquí todo el tiempo, debajo del ruido, en el cuerpo, en la respiración, en el movimiento del agua, en la inteligencia silenciosa de las plantas, en la tierra que pisamos sin sentir. Esperando que dejáramos, por un instante, de teorizar sobre el mundo para volver a escucharlo.