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De las sociedades líquidas a las evasivas: Habermas y Bauman

Personas caminando desenfocadas representando la falta de civismo en las sociedades evasivas
La transición hacia unas sociedades evasivas nos ha despojado del compromiso ciudadano y de la defensa del bien común.
De las sociedades líquidas a las sociedades evasivas

Hace apenas un mes de la muerte de Habermas. No seré yo quien venga a descubrir sus enormes aportaciones al desarrollo del pensamiento social, en occidente. Ni a exponer su profundo legado que permitió la construcción de la actual Unión Europea, tan desdibujada hoy en el crisol de la actualidad mundial. Grandes especialistas en el pensamiento social se han encargado de expresar su importante obra, de señalar su incuestionable valor en el panorama de la Europa común, incluso de reivindicarlo en esta crisis absurda del orden mundial, sin precedentes desde hace siglos.

Habermas, a quien hace ya demasiados años -en mi etapa de estudiante-, pude oír en una de sus conferencias en la Universidad Complutense de Madrid, encontró la herramienta para solventar los principales problemas de las sociedades pluriculturales que, desde los años 70, comenzaron a constituirse en Europa. Ante el conflicto que provocaban las prácticas de las más diversas costumbres de quienes compartían un mismo espacio social, Habermas propuso como solución la ética dialógica: la ética del diálogo. También conocida como la racionalidad comunicativa: porque fundamentaba la resolución de esos conflictos desde la aplicación de un diálogo racional, honesto, primando siempre el encontrar un acuerdo (por pequeño que fuese), antes que la imposición de la solución por una de las partes.

Habermas, nos hizo entender que el pluralismo cultural no debe ser la causa del aislamiento de las minorías, sino el inicio de una posible y necesaria convivencia. Y así es como la Unión Europea se ha ido construyendo: acogiendo y conjugando los más dispares intereses de sus países miembros, o a migrantes y refugiados que fueron llegando, encontrado la manera de articular sus peculiaridades para enfocar el esfuerzo de unos y de otros hacia un objetivo común.

Sin embargo, como le ocurre a todo sistema, a toda teoría o cuerpo doctrinal, las anomalías no tardaron en aparecer. En este caso, el mecanismo estrella de la ética dialógica comenzó a producir efectos cada vez más perniciosos. Se trata de la estrategia del acuerdo de mínimos. Como todo conflicto se soluciona desde el diálogo honesto entre sus afectados, en el que se debe olvidar los intereses propios de las partes para enfangarse en encontrar aquellos que realmente pueden llegar a compartir, la mejor manera de conseguirlo era llegando a acuerdos que no exigieran demasiado a sus partes. Habermas nos educó en el acuerdo de mínimos: se puede solventar un conflicto que atora puntualmente la convivencia, evitando generar tensiones sociales y continuar conviviendo en un mismo espacio social, aunque se defiendan intereses y costumbres muy diversas.

Una gran estrategia de resolución de conflictos, efectiva durante décadas, pero que en su seno encerraba la semilla de la discordia. Porque tales acuerdos de mínimos, para que aumentaran en su eficacia, tuvieron que disminuir en su exigencia a las partes afectadas por el conflicto. La consecuencia fue que, obviamente, tras el acuerdo, cada uno de los afectados e intervinientes en él, respetaban lo convenido; se comprometían a cumplir con lo acordado -que es algo mínimo-, pero arrogándose el derecho de no hacerlo respecto de aquello que no se había tratado en el pacto cerrado, y que siempre se refería a aspectos mucho más voluminosos que el fruto de lo negociado.

Década a década, este mecanismo de resolución de problemas se fue convirtiendo en el generador de un nuevo conflicto: ¿qué hacer ante estas situaciones en las que, quienes pactan un acuerdo de mínimos para solventar conflictos sociales cumplen con él, pero no prestan atención a todas otras consideraciones que afectan a la vida en común, y que no se han recogido en lo convenido? La solución: nuevos acuerdos de mínimos. Y, así, las sociedades occidentales se han visto abocadas a un efecto Sísifo. Lo que los ha llevado a iniciar el siglo XXI con un enquiste, cada vez más pronunciado, de los problemas propios de las relaciones intersubjetivas.

Habermas nos proporcionó durante décadas la solución a esas situaciones conflictivas que comenzaron a vivirse en las sociedades pluriculturales. Una propuesta que debemos alabarle y agradecerle. Pero, como ya nos mostró Thomas Kuhn en sus reflexiones sobre las revoluciones científicas: todo paradigma debe mantenerse hasta que los problemas que pretende resolver son más que las soluciones que aporta. En la trayectoria del primer cuarto de siglo XXI transcurrido, es palpable para todo ciudadano comprobar cómo el civismo se ha ido vaciando de contenido. Cómo las sociedades (entiéndase barrios, pueblos, poblaciones, capitales o estados), han olvidado paulatinamente la defensa del bien común, primando en ellos únicamente el de los intereses más particulares.

Ante tal situación, el sociólogo Zygmunt Bauman ofrece una nueva interpretación: en el año 2000 lanza su concepto de sociedades líquidas. Con él quiere recoger lo que considera que es su esencia: es tal la complejidad de las comunidades humanas, en las que las personas luchan denodadamente ante las situaciones más diversas por conseguir su desarrollo personal, que nos hemos visto abocados a vivir de una manera cada vez más individualista. Así, debemos aceptar que toda resolución de los conflictos sociales es temporal, momentánea, incierta, y siempre negociable. Si nada es estable, si los acuerdos no pueden ser de máximos porque los conflictos sociales se evitan desde los mínimos acordados, aceptemos que las sociedades son líquidas. El ciudadano debe aprender a fluir: a defender sus propios intereses dentro de la tupida red que conforma los de todos los que conviven en sociedad, e interactuar lo imprescindible con ellos para no alterar el desarrollo de la consecución de los intereses particulares de cada uno. Las sociedades occidentales, así, se caracterizan hoy por un fuerte individualismo.

Somos meros consumidores de bienes y servicios, sin compromiso alguno con su mantenimiento ni con el resto de usuarios. La sociedad clínex comienza a extenderse. La obsolescencia pasa de ser una manera de entender la durabilidad de los electrodomésticos, a explicar las relaciones humanas. La ciudad pasa a ser concebida como un mero habitáculo, un lugar por el que se pasa, vaciándola de las diferentes responsabilidades que -como ciudadanos- sus habitantes habían tenido respecto a ellas. El civismo (de civis), el urbanismo (de urbis) se han visto despojados de su significado. Hoy, en las sociedades occidentales, los ciudadanos no conviven, sino que simplemente sobre-viven: basan sus relaciones intersubjetivas en la mera defensa de sus intereses personales, evitando inmiscuirse y responsabilizarse.

Mis lecturas de Bauman me han llevado a la conclusión de que, su propuesta de las sociedades líquidas, en realidad, obedecen más a aquel dicho de D. Quijote: «peor es meneallo, amigo Sancho», que al pretender buscarles una solución. Su pensamiento no tiene la intención de sanear un problema de convivencia en las sociedades occidentales actuales proponiendo una solución alternativa, al modo de un cirujano; sino, simplemente, la de dar un diagnóstico convincente para que el enfermo acepte pacientemente su enfermedad mortal. Bauman nos condena a continuar sobreviviendo en unas sociedades carentes de civismos, donde la civitas, la urbe, ha pasado a ser considerada como mero receptáculo de un complejo entramado de intereses personales, que es preferible “no meneallo” para evitar problemas supuestamente mayores.

La propuesta de Bauman la interpreto como una actitud de conformismo para conservar las relaciones intersubjetivas, al menos en su más mínima expresión. Esto nos condiciona a vivir en sociedades, no ya líquidas, sino evasivas: lo que supone la antesala de la aniquilación del bien común. Avances de ello lo encontramos, por ejemplo, en la manera de considerar la emigración en los diferentes países occidentales. El otro es visto como un enemigo, un contrincante, alguien que puede quitarme lo que me corresponde, ese o esos que me acechan, y nunca como con quienes puedo cocrear ámbitos comunes de interacción y desarrollo. Sociedades evasivas son estas en las que vivimos hoy en día en occidente: donde sus habitantes evitan cualquier tipo de compromiso y responsabilidad. Apáticos ante sucesos que acontecen a nuestro alrededor. Desinteresados e indiferentes respecto de los asuntos comunes. Pasivos ante situaciones problemáticas que no nos afecten directamente.

Sin embargo, como filósofo, ofrezco una solución: dotemos de nuevo de contenido al concepto de civismo. Recobremos la defensa de las condiciones de esa sociabilidad que, desde que el ser humano comenzó a erguirse, le ha permitido desarrollarse y permanecer como especie. Reivindiquemos sin pudor al otro: porque sin los otros, no existe el yo: ni a nivel biológico, ni a nivel social.


La existencia pura frente a la fragmentación del ser y las nuevas identidades

Figura central nítida entre una multitud difuminada que representa la existencia humana inalterable frente a las etiquetas.
La existencia humana prevalece ontológicamente por encima de las fragmentaciones identitarias contemporáneas.

Yo existo, tú existes, él existe. Las personas existen, han estado allí desde el inicio de nuestra civilización. Somos personas. Existimos. Unas personas han amado la poesía, otras han inventado los números, otras han inventado la rueda, otras más han divisado los mares. Pero las personas, en general, están allí. Su estatuto ontológico ha variado a lo largo de los siglos pero no así su realidad. Las personas existen. Son. Somos. Existimos. Cada una con nuestro amor, nuestros impulsos y nuestros particulares matices. Unas personas son más extrovertidas que otras, otras se ensimisman más. Pero ninguna de ellas no elige ser ni carece de personalidad. Las personas están allí y con el advenimiento del cogito cartesiano como subjectum nuestra centralidad es inconstituible. Categórica.

Ahora bien, la época en la que nos situamos, operó por otra parte en nuestros estilos de vida un proceso de inversión hasta ahora insólito en el que el ser —una posibilidad metafísica— descansa sobre el hacer —una posibilidad física o manual—, es decir, nuestro fundamento ontológico constitutivo es tecnológico y, como sabemos ya, en ello radica, en parte, el desequilibrio de nuestra época, pues aparecemos cosificados ante, sobre y delante de los otros. No obstante, las personas están allí y han estado. Estuvieron con los griegos con sus máscaras, estuvieron durante la edad media con su amor cortesano y su deseo mimético, lo estuvieron en nuestros pueblos mesoamericanos a través de sus icnocuícatl y lo siguen estando hoy en plena crisis civilizatoria. El colectivo de las personas es. Existe. Está allí, autónomo, tangible, y puede caracterizarse.

¿Qué ha hecho, sin embargo, que hoy aparezcan nuevos colectivos reivindicando nuevas identidades? ¿Es esta una nueva fragmentación del ser?

Desde una perspectiva vitalista, estas reivindicaciones identitarias cesarían. El problema quizá estriba más bien en que no hemos valorado la vida en su plenitud, en que la abstracción de la vida y su palpitar en nuestros organismos apenas es audible. Estos problemas identitarios que hoy se difunden con profusión en los medios de información, no son en el fondo más que pseudoproblemas, y a la base de su formulación no hay más que una comprensión superficial de las cosas, por no decir, simplista. Banal. Sirve, desde mi óptica, al oportunismo político en que en momentos de contienda electoral, por ejemplo, privilegian unas agendas sobre otras, instrumentalizando así las problemáticas de cada colectivo.

Veo entonces un sentido utilitarista, además.

Me pregunto si es necesaria una reivindicación identitaria de las situaciones individuales o no individuales para valorar la vida en su simpleza y me pregunto también cómo hacer para que una reivindicación identitaria del ser y del hacer no sea necesariamente una reivindicación separatista. ¿Es posible? El último siglo nos enseñó ya la clase de experiencias a las que las reivindicaciones separatistas —por lo regular identitarias en su origen— suelen llevar. Se ha tratado hasta la fecha de conflictos belicistas, de bombas y de catástrofes, de allí su iniquidad y de allí esta inquietud.

Las personas solo somos personas. Estamos allí, existimos. Sin etiquetas. Y lo confieso, es extraño que a más de invariablemente tener que estar asimilados al colectivo de las personas, ahora tengamos también que estar asimilados a otros colectivos dependiendo de nuestras características físicas, preferencias, orientaciones, tipologías o personalidades; un día hasta quizás el contorno o morfología de nuestra cara cuente para ser valorados. Desde la perspectiva de una mentalidad liberal ¿no debería quedar esto reducido al ámbito de lo privado? En lo personal creo que, cuando se trata de reivindicaciones sociales, nuestras reivindicaciones tendrían que ver más con la vida en sí y la dignidad de las personas en general y no necesariamente con las características, orientaciones o preferencias en particular de éstas. La vida en sí misma basta sin las etiquetas. Etiquetas o identidades que en algún nivel se coimplican y significan lo mismo: yo existes, tú existo, él existimos.

Incluso la reivindicación heideggeriana del ser debería movernos a sospechas de vez en vez. Existimos, nada más. Como accidente.