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La condición histórica del exilio y los judíos del siglo XXI

Los judíos del siglo XXI

Maleta antigua abandonada en una estación de tren vacía representando el exilio y la diáspora venezolana
El exilio transforma la figura del extranjero en una condición histórica permanente, donde el regreso deja de ser una elección.

Cuando se habla de regreso necesariamente se está hablando de volver. Hay regresos que comienzan cuando ya no es posible volver al lugar del que se partió. Un desplazado lleva consigo el peso del mundo que ha perdido mientras reconstruye su inteligibilidad. El regreso no es solo una cuestión de geografía: es esencialmente una cuestión histórica. Un regressus es un re-tornar sobre lo vivido, un intento de comprensión de aquello que, mientras se vivía, permanecía oculto bajo la apariencia de lo cotidiano. No todo el que se ve obligado a dejar su tierra puede volver. Pero no todo el que se va tiene la posibilidad de decidir dónde vivir. Y esta parece ser la experiencia más desconcertante y dolorosa de la diáspora venezolana del presente.

Más de nueve millones de venezolanos viven hoy fuera del país. No todos se fueron por las mismas razones, ni todos conservan la misma relación con Venezuela. Algunos desean regresar. Otros no. Algunos esperan que las condiciones políticas cambien para hacerlo. Otros han reconstruido sus vidas lejos de su patria. Pero existe algo que los marca, más allá de sus deseos individuales: muchos no pueden decidir libremente dónde tendrán que continuar sus vidas. Unos no pueden regresar, porque las condiciones políticas o económicas que provocaron su salida permanecen intactas. Otros, que tienen razones para temer la persecución, no pueden ser devueltos sin poner en riesgo la propia existencia. Y otros están siendo expulsados de los países donde habían conseguido rehacer sus vidas. La paradoja es cruel: los que se fueron porque no podían quedarse descubren que tampoco pueden decidir libremente dónde establecerse.

Hannah Arendt comprendió como pocos esta condición. En Nosotros, los refugiados, compuesto desde su propia experiencia del exilio, no presenta al refugiado como una simple víctima de las circunstancias ni como alguien que se ha trasladado de un territorio a otro. El refugiado constituye una nueva figura histórica: la de aquel que ha perdido el lugar jurídico-político desde el cual podía aparecer ante los demás como alguien. No basta con tener derechos abstractamente reconocidos. Es necesario pertenecer a una comunidad política capaz de reconocer efectivamente a sus ciudadanos.

De ahí proviene una de las intuiciones más estremecedoras de Arendt: el problema del refugiado no consiste únicamente en haber perdido determinados derechos, sino en haber perdido aquello que hace posible tener derechos. El refugiado queda suspendido en un espacio intermedio: ya no pertenece al mundo que abandonó, pero tampoco pertenece plenamente al mundo que lo recibe. Al igual que los judíos, los venezolanos conocen demasiado bien esta experiencia. Se trata de una semejanza histórica que no puede ser ignorada. Es evidente que hablar del venezolano desplazado no es lo mismo que hablar del judío europeo perseguido por el nazismo. La Shoá, el Holocausto, constituye una singularidad histórica que no necesita analogías fáciles para revelar su horror. Sería irresponsable establecer una equivalencia entre ambas experiencias. Pero reconocer la diferencia no impide advertir las semejanzas. Y esta última se halla en la condición histórica que adquiere un pueblo cuando la dispersión deja de ser una circunstancia individual para convertirse en una forma colectiva de existencia.

Durante siglos, ser judío significó, entre otras cosas, vivir en la diáspora: conservar su lengua, sus costumbres, sus vínculos y el recuerdo común lejos del propio territorio. La expulsión, la persecución y el rechazo convirtieron al extraño en una condición histórica. El pueblo judío podía integrarse, trabajar, hablar la lengua del país de acogida y participar de su vida cotidiana, pero la experiencia de haber sido humillado y expulsado una y otra vez se transformó en una constante de su historia. Algo de esa estructura histórica ha vuelto a aparecer hoy día, bajo otras determinaciones. No porque los venezolanos no sean judíos (aunque los hay). No porque sus tragedias sean equivalentes. No por causa de su religión o de sus tradiciones, sino porque una parte del mundo contemporáneo se ha empeñado en revivir el prejuicio del hombre “puro”, ario o gentil, para quien la figura del strange deja de ser una condición transitoria para devenir “el enemigo”, el causante principal de sus desgracias.

La diáspora venezolana constituye uno de los casos más visibles de esta nueva condición. El venezolano que abandonó su país tuvo que aprender a vivir fuera de casa, reconstruir sus vínculos, reinventar sus oficios, aprender otras costumbres y demostrar continuamente que merecía estar allí, donde había decidido estar. Tuvo que explicar su procedencia, justificar su presencia, acreditar su honradez, demostrar su capacidad de trabajo y, muchas veces, desmentir los prejuicios asociados con su nacionalidad. Espontáneamente debió convertirse en extranjero vigilante de sí mismo.

Pero en distintos lugares, el venezolano que logró rehacer su vida de pronto quedó sometido a la incertidumbre de la expulsión. Ya no se trataba de la vieja figura del extranjero que debe integrarse, sino de alguien que puede ser obligado a abandonar el lugar donde construyó su nueva residencia y, en determinados casos, ser enviado de regreso a un país donde teme ser perseguido, encarcelado o en el que no encuentra las condiciones materiales para reconstruir su vida. Y, por si fuese poco, la deportación hacia terceros países introduce una figura premeditadamente cruel. El hombre que no puede regresar a su país de origen puede ser enviado a un país con el que no posee vínculos. En 2026, se han documentado deportaciones desde los Estados Unidos hacia terceros países, y los venezolanos constituyen una proporción particularmente significativa de esas expulsiones.

El mapa de la diáspora comienza a adquirir una dimensión absurda: quien huyó de Venezuela puede terminar en El Salvador, en Liberia o en cualquier otro territorio. El exiliado deja de ser alguien que vive fuera de su país para convertirse en alguien a quien tampoco se le permite decidir cuál será su destino. La condición de la diáspora no solo consiste en estar lejos de su patria. Consiste en experimentar la ruptura del vínculo espontáneo entre hombre, territorio, comunidad y pertenencia. El extranjero ya no es únicamente quien vive en otro lugar: es aquel cuya pertenencia puede ser puesta en permanente cuestionamiento. Es por eso que el problema del regreso adquiere un significado distinto. El judío de la diáspora tuvo durante siglos que vivir con la paradoja de pertenecer a una historia sin disponer de un territorio político propio. El venezolano del siglo XXI comienza a experimentar, bajo condiciones históricas enteramente diferentes, una paradoja semejante: pertenecer a un país al que no puede regresar y vivir en países que pueden decidir que tampoco puede permanecer en ellos.

Regressus no significa el deseo en abstracto de volver a Venezuela. Es, más bien, el movimiento reconstructivo mediante el cual el desplazado vuelve sobre aquello que perdió para intentar comprender y superar. La distancia convierte la experiencia en problema. Lo que desde adentro parecía natural -la lengua, la calle, los afectos, las instituciones, los hábitos, la vida cotidiana- aparece desde afuera como algo que amerita ser comprendido. El exiliado descubre la paradoja: sólo después de perder su mundo comienza verdaderamente a contemplarlo. Gris sobre gris. Este es un descubrimiento que no tiene por qué producir nostalgia. Tampoco exige el regreso de todos. Porque también el que no quiere volver está atravesado por la historia de aquello que ha dejado atrás. Puede incluso querer olvidarlo, pero el mundo perdido continuará actuando en él. Un país no desaparece cuando se abandona su territorio. Permanece en las imágenes, las palabras, las costumbres, los afectos, las formas de relacionarse, los recuerdos familiares y los sueños, las maneras de comprender la autoridad, el trabajo, la amistad, la política. En fin, en el amor Dei intellectualis. El desplazado lleva consigo mucho más que un pasaporte: lleva consigo una forma histórica de ser. Regressus no significa, pues, el simple deseo de regresar a Venezuela. Significa volver sobre aquello que ha hecho posible ser quien se es.

La historia no vuelve como vuelve una rueda. Vuelve transformada, bajo otras circunstancias y con otros protagonistas. Quizá por eso resulte tan inquietante contemplar hoy la aparición de nuevas diásporas, nuevos extranjeros y nuevas formas de expulsión. Lo que se creía definitivamente superado reaparece bajo otras figuras. Si bien el venezolano de la diáspora no es el judío de la historia europea, puede experimentar algo que la historia judía conoció durante siglos: la expulsión no termina necesariamente cuando se cruza una frontera. A veces comienza ahí.

En tiempos de xenofobia, los venezolanos experimentan una condición histórica que recuerda, bajo otras determinaciones, algunas de las injusticias que durante siglos sufriera el pueblo judío. Ambos pueblos se han esparcido por el mundo, conservan su lengua, su religión, sus costumbres y sus recuerdos. Reconstruyen sus comunidades lejos de la patria, aunque su relación con la tierra abandonada permanece abierta, aun habiendo tenido que rehacer sus vidas. Quizá la tragedia del exilio no consista en la imposibilidad de volver, sino en el hecho de que el regreso pueda dejar de ser una decisión propia. Al final, el regressus es el movimiento del espíritu de un pueblo que intenta comprender la causa de la experiencia que lo ha despojado de su derecho a tener un lugar en el mundo.

EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE EN HEIDEGGER


Heidegger


Hoy nos topamos con uno de los pensadores más relevantes del s.XX: Martín Heidegger (1889-1976). Una rock star de la filosofía acusada de mantener relaciones con su alumna Hannah Arendt y de apoyar supuestamente al nazismo. Pero como siempre digo, ama a la obra y no a su autor. Nos centraremos en una de mis obras favoritas “El origen de la obra de arte”. Este ensayo fue leído por Heidegger en conferencias y publicado posteriormente en 1952. Siendo un análisis profundo de la obra de arte, escrito con un lenguaje a ratos complejo y casi místico.

Para el alemán la obra de arte tiene una importancia excepcional ya que es gracias a su contemplación que acontece la verdad. Ahí es nada. La verdad en sentido griego, como “aletheia” como desocultación de lo oculto. Desvelar el secreto.
Veamos como narra Heidegger el camino fenomenológico hacia la verdad. Es un camino sinuoso, pero intentaré que resulte lo más cómodo posible. Dicho camino tiene varias paradas:

1)      La cosidad de la obra de arte
2)      Los zapatos de Van Gogh
3)      La obra de arte establece mundo
4)      La obra de arte hace tierra
5)      La lucha entre mundo y tierra
6)      La verdad y el arte

La obra de arte como cosa

En un inicio olisqueamos la obra de arte desde su posición innegable de cosa. Ya que ni la más elevada de las experiencias estéticas puede librarse de la cosidad de la obra, ya que ésta viene impuesta por el material propio de cada obra de arte. ¿Qué tipo de cosa es la obra de arte? Está claro que no es una cosa cotidiana como lo es una piedra. La obra trasciende y reclama a un “otro” (una observadora) con el que está íntimamente relacionado. Aquí observamos a la obra como un ente simbólico y alegórico, que va más allá de la mera cosa. La piedra es siempre piedra la mires o no, en cambio la obra de arte necesita la contemplación del otro para ser obra de arte.

Los zapatos de Van Gogh


Ya situados en la obra de arte y con los motores encendidos nos adentramos en el pensamiento de Heidegger a través de un cuadro de Van Gogh que representa los zapatos usados de una campesina.
En el cuadro solo vemos un par de zapatos de labriega y nada más. No observamos un espacio determinado o trozos de tierra adheridos a su suela y aún así nos traslada inevitablemente a la fatiga del trabajo, a los surcos de la tierra labrada, a la soledad del camino bajo las suelas y a todo el contexto que ha rodeado a las botas de la labriega. Y aquí reside lo extraordinario de la obra de arte, nos abre la posibilidad de mirar por una mirilla un lugar y tiempo determinado y las cosas que suceden en éste.

¿Qué sucede en la obra de Van Gogh? Para Heidegger En la obra se nos presentan los zapatos de labriega tal y como son, por ello gracias a la obra acontece la verdad. Ante tal gigantesca afirmación cabe preguntarse:
¿Cómo llega el arte a la verdad? ¿Cómo se instaura esta verdad en la obra?
Como hemos visto la obra de arte establece un mundo pero también hace tierra.

La obra de arte establece un mundo

Seguimos con la apertura de la obra de arte. De la misma manera que Van Gogh nos abre el mundo de la campesina, el templo griego, como obra de arte arquitectónica, nos abre la historia del pueblo griego. Cuando presenciamos el templo tenemos acceso a esa mirilla que nos muestra el curso y el destino de un grupo de personas en una época pasada. El recinto sagrado nos lleva a sus creencias y rituales, relacionados con el nacimiento y la muerte, la felicidad y la desdicha, la victoria y la ruina.

El templo griego al ser obra de arte nos abre un mundo que a su vez nos devuelve a la tierra, lugar donde lo nacido se alberga. Aquí viene la siguiente vuelta de tuerca, el retorno a la tierra.

La obra de arte hace tierra

Lo que nosotros llamamos naturaleza, Heidegger lo llama tierra, en el sentido metafórico o mitológico tradicional de “la madre tierra”, que engendra y alimenta a todos sus seres y luego los recoge en su seno. Para Heidegger la tierra solo se abre como es ella misma, es decir, esencialmente infranqueable, siempre irracional. La esencia de la tierra es ocultarse de si misma y hacer tierra quiere decir hacer patente dicha ocultación.

Recapitulando, ya son dos los rasgos esenciales de la obra de arte: establecimiento de un mundo y hechura de la tierra. Es decir la obra de arte establece un mundo de relaciones que muestra el momento histórico de un pueblo y la vez hace tierra, es decir nos muestra el ser propio de la tierra, la ocultación.

Lucha mundo y tierra
                                         
La apertura de un mundo que se nos muestra y la hechura de una tierra que se delata como opaca e inaccesible, genera irremediablemente una lucha que según Heidegger, es la que dota de unidad a la obra y le confiere su reposo. Esta lucha es el pegamento que unifica la obra.

La verdad y el arte

Esta es ya la última parada. En esta lucha mundo-tierra de la obra de arte, donde la verdad acontece. La lucha da unidad a la obra, y a su vez, al contemplar la obra se nos hace manifiesta la opacidad de la tierra y el mundo que se abre. Se nos manifiesta la verdad. La obra de arte nos arranca de nuestro estado de confort y nos planta la verdad en la cara mediante su contemplación. Gracias a la contemplación de la obra de arte la verdad acontece.

Llegados al final del camino y al margen de creer o no que en la obra de arte hallamos la verdad, solo puedo sentirme afortunada por poder ir en busca de una obra de arte. Por ser un sujeto capaz de contemplar una obra de arte.

La culpa y la historia

La culpa como vía de sanación

Es tal vez uno de los sentimientos menos valorados en la vida del hombre, aunque sea el mismo hecho de sentir culpa lo que forja nuestra condición humana. ¿Dioses o bestias son los hombres? quizás este viejo sentimiento tenga algo que decir. 


"juicios"

La culpa es esencial en la vida del individuo y en la misma civilización, sin la cual la libertad no podría existir. En bastantes círculos políticos se tiende a hablar mucho de derechos, pero poco de responsabilidades (por razones obvias), olvidando algo vital: una de las responsabilidades olvidadas del ser humano es desarrollar la culpa como un sentir que lo lleve a ser mejor. Sin la culpa no tenemos la dirección adecuada en nuestras vidas para ser capaces de rectificar nuestros errores, sin la culpa no podemos reconocer nuestra propia humanidad, sin la culpa no hay corrección y perdemos el timón para hacer de este mundo un mundo un poco mejor. Hannah Arendt, cuando citó los juicios de Eichmann en la banalidad de mal resumió perfectamente esto; el hombre puede ser malo fácilmente, lo radical en el hombre son los actos buenos: el sacrificio y la solidaridad; sólo se puede ser radical siendo bueno, todo lo malo es superficial y se extiende como un hongo, lo malo no puede ser profundo, y es por eso que el mal es tan peligroso. Cuando la culpa no está en nuestras vidas, perdemos la capacidad de juzgar nuestros propios actos, y si no podemos juzgarlos no podemos ser imparciales, perdemos libertad porque la libertad no vive en la ignorancia, esa ignorancia que aquejaba precisamente a Eichmann en su juicio, y lo que lo llevó a decir que él sólo cumplía órdenes sin el menor complejo de culpa.

Quizás uno de los relatos más descarnados sea el de Jean Améry, el cual narra y examina el sentimiento de culpa en su libro “más allá de la culpa y la expiación”, dónde nos lleva a pensar en aquella culpa que no se debe marchar del corazón humano, pero que tampoco sirve de mucho ante la víctima, ante los mismos hechos que separan por un abismo a la víctima del victimario; entendiendo que Auschwitz no es una singularidad en la historia, sino que Auschwitz es la realidad, Auschwitz es la condición humana. Al respecto Amery dice algo desolador: “en mi brazo izquierdo tengo un dígito de seis números, los cuales dicen más de la condición humana que todo el Talmud y la Torá juntos”.

No quiero presentar la culpa como ese sentimiento que sólo viene a amargar nuestras vidas, impidiendo en parte el correcto desarrollo de nuestra felicidad. Esta culpa no tiene que ver con la libertad, de hecho, quizás no debamos llamarle culpa en este artículo, sino resentimiento hacia nosotros; éste es un sentimiento crónico que se puede tornar peligroso y que no imprime para nada en la vida el sentido de acción, sino más bien el sentido de destrucción. La culpa sin cambio es estéril y vana, pero sin culpa no hay cambio.

La culpa viene del otro diría lacan, y se llaman tradiciones, sin las cuales no podríamos haber construido lo que hoy en día llamamos sociedad. En la sociedad tiene que haber complejo de culpa, complejo de culpa por Hiroshima, complejo de culpa por el racismo, complejo de culpa por no ser una sociedad feliz; gracias a la culpa como sociedad podemos rectificarnos, el pueblo alemán aprendió mucho de sus culpas, aun asumiendo que el nazismo no fue responsabilidad del “pueblo alemán” sino de personas concretas. Las tradiciones se forman desde las masas las cuales tienden a ser más espontáneas con sus sentimientos de culpa, Antonio Porchia decía: “Lleve cada uno su culpa y no habrá culpables”. Precisamente el sentimiento de culpa, aunque no nos exima, nos libera.

La culpa es el pilar del cristianismo, sin el sentimiento de culpa no se puede ser salvo. Quizás el cristianismo tuvo la brillantez de darse cuenta que los individuos también se mueven por sus culpas, aunque no todos con el mismo vigor. La culpa pagó indulgencias, y demostró que es peligroso hacer creer al hombre que está perdonado por todos sus pecados. El sentimiento de culpa llevó a sus personajes al cambio, ¿qué mejor libro puede ilustrar sobre ese sentimiento que en el libro de Job? Partiendo de la culpa dios nos perdona, dice la biblia, quizás, aunque seamos ateos la misma culpa hará que nuestro "súper yo" se perdone, ya que es lo más cercano a un dios.

Este artículo no pretende ser esperanzador con la culpa, quizás ésta nunca nos abandone, pero que bien si no nos abandona por la gratificante consecuencia de llegar a ser mejores cada día. Quizás más de alguien se pregunte cómo controlar la culpa, personalmente considero que la mejor manera de controlarla es precisamente utilizarla, los sentimientos son herramientas si podemos encontrar su porqué, por lo tanto la culpa se controla de una sola manera: cambiando.