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Leonardo da Vinci y la poética del saber: Una visión de Karl Jaspers

Leonardo o la poética del saber

Retrato artístico de Leonardo da Vinci fusionado con bocetos de geometría y anatomía renacentista.
Leonardo da Vinci: Símbolo de la razón creadora y la poética del saber según Karl Jaspers.


Karl Jaspers escribió un bello ensayo sobre Leonardo da Vinci. En dicho ensayo, el pensador alemán no presenta al artista florentino solo como un genio del Renacimiento, sino como una de las figuras ejemplares del espíritu humano. Su interés por Leonardo se inscribe en la serie de retratos filosóficos que Jaspers dedica a las personalidades paradigmáticas del pensamiento y de la creación. En cada una de ellas, busca descubrir una forma de existencia que encarne una posibilidad esencial del ser humano. Leonardo representa, en esa galería, la figura del hombre que -como dice Vico- conoce haciendo, aquel en quien el impulso del saber se convierte en creación, en la formación de la invención y de la educación estética.

Para Jaspers, Leonardo no es un pensador sistemático ni un filósofo en sentido escolástico. Más bien es un filósofo in der Praktischen, la encarnación del espíritu de un mundo que ha logrado identificar el saber y el ser como hacer. De hecho, su pensamiento no se expresa en tratados doctrinales, sino en la correlación de la mirada científica y de la visión artística. Es saber que no se separara de la vida. Es dialéctica en estado puro: la forma de la existencia y la existencia de la forma. La verdad no se alcanza ni por la deducción ni por la autoridad, sino por la pregunta que indaga directamente al ser. De ahí su fe en la observación, en la experiencia y en la experimentación como caminos de acceso a lo real. Y sin embargo, su comprensión de la experiencia no se limita al mero registro empírico; es, ante todo, un ejercicio de creación interior, una reconstrucción racional y estética del universo.

Según Jaspers, el deseo por saber, inmanente al ser humano, tiene una doble raíz: la necesidad de comprender y la necesidad de crear. Leonardo representa la unidad de ambas dimensiones. En él, el pensar y el hacer son inescindibles. Sus cuadernos de estudio —llenos de diseños anatómicos, estudios de óptica, proyectos mecánicos y reflexiones sobre el vuelo o el agua— no son simples notas de investigación, son a la vez expresiones de la Actio mentis, en la que cada dibujo es, al mismo tiempo, un análisis y una revelación. Jaspers subraya el hecho de que, en Leonardo, la razón se hace visible: el pensamiento asume la forma sensible, y el arte deviene expresión del saber. Así, su filosofía es una estética del intelligere y un logos de la imaginación. Y en este sentido, cabe afirmar que, antes de Kant, ya Leonardo había puesto en práctica la imaginación trascendental proclamada en la Crítica de la razón pura.

La originalidad de Leonardo consiste en haber concebido la realidad como un todo orgánico, vivo, dinámico, regido por sus propias leyes, que el hombre puede reconocer si aprende a mirar con profundidad. Parte, ciertamente, de la observación empírica, pero no se detiene en ella: busca captar la estructura y el ritmo del mundo. Para Jaspers, este impulso hacia la comprensión del todo pone de relieve la presencia de una metafísica implícita, centrada en la convicción de que el cosmos es inteligible y de que existe una adecuación, una dialéctica de razón humana y orden de la naturaleza. En esto, por cierto, coincide con el ideal del homo universalis, propio del Renacimiento, aunque lo supera en la medida en que su búsqueda no persigue la construcción de una Enciclopedia del saber, sino la unidad viviente de espíritu y mundo.

Jaspers interpreta la figura de Leonardo como una “forma de existencia límite”, en la que se manifiesta tanto la grandeza como la tragedia del saber humano. Su grandeza radica en la ilimitada apertura al conocimiento, en el afán por comprender todas las cosas desde su principio interno. Su tragedia, en cambio, reside en la imposibilidad de concluir dicha empresa: la infinitud del mundo excede toda inteligencia finita. Leonardo muere sin haber terminado, rodeado de esbozos, de proyectos y cuadernos que testimonian una búsqueda incesante en un río sin fin. En esta tensión entre el infinito y lo inacabado, Jaspers ve la expresión más pura del espíritu moderno: el saber como camino interminable, como creación siempre renovada que no logra llevar a término su objeto definitivo.

El núcleo filosófico que Jaspers descubre en Leonardo puede formularse así: conocer es hacer y hacer es conocer. El conocimiento no consiste en el reflejo pasivo de la realidad, sino en el re-conocimiento, esto es, en la reconstrucción activa, en la praxis continua. El artista-científico no se limita a observar el mundo, sino que lo re-crea, transformando el caos de lo dado en una -siempre nueva- figura inteligible. En este sentido, el saber, para Leonardo, es esencialmente productividad: actividad sensitiva humana, la poiesis del pensamiento. De ahí que para Jaspers la ciencia, para Leonardo, sea inseparable del arte. Ambos brotan del mismo impulso de comprensión creadora, del mismo deseo de captar la armonía invisible que sostiene a un mundo en constante devenir .

Esta filosofía implícita de Leonardo, según Jaspers, expresa una ética del conocimiento. Saber no es dominar ni poseer, sino participar activamente en el proceso creador del mundo. La curiosidad infinita de Leonardo —esa que lo lleva a estudiar el vuelo de los pájaros, el curso del agua o la anatomía del cuerpo humano— no responde ni a la razón instrumental ni al poder político o económico, sino al asombro ante el ser. Por eso su investigación es también una forma de reverencia: el conocimiento como acto de amor hacia la realidad.

Leonardo, para Jaspers, es un símbolo de la razón creadora que caracteriza a la condición humana. Su vida y su obra muestran que el hombre no está hecho para recibir verdades acabadas, sino para producirlas en un diálogo permanente con el mundo. El conocimiento, entendido así, no se opone a la libertad, sino que la realiza: el hombre se hace libre al comprender porque al comprender es crear, superar y conservar. De este modo, la figura de Leonardo anticipa la visión historicista del saber: el pensamiento como expresión de la vida y la vida como objetivación de la autoconciencia.

El legado filosófico de Leonardo no reside tanto en sus descubrimientos técnicos o en sus teorías, sino en su actitud frente al saber. Su inquietud, su curiosidad sin reposo, su fe en la experiencia y en la razón, expresan la esencia del espíritu de Occidente: la no resignación ante lo dado, la confianza en la capacidad humana de penetrar lo prohibido, lo sagrado, aun sabiendo que el misterio no cesará, que nunca se disolverá por completo. Leonardo encarna la forma más alta del saber: aquella que une la rigurosidad con la poesía, la ciencia con el arte, la observación con la creación en un mismo acto libertario, irreverente.

Para Jaspers, Leonardo es la metáfora del hombre como ser social que conoce creando y crea conociendo, la conciencia que es capaz de transformar el mundo mientras lo comprende. En su figura se unen la lucidez del científico, la sensibilidad del artista y la interioridad del filósofo. Por eso mismo, su vida no fue solo una serie de invenciones, sino una experiencia metafísica: el intento infinito de hacer visible la verdad del universo a la luz de la forma viva de la creación humana.

Spinoza y la Certeza: Por qué la Verdad es Norma de Sí Misma (Ética II, 41-43)

PROPOSICIÓN XLI

El conocimiento del primer género es la única causa de la falsedad; en cambio, el del segundo y el tercero es verdadero necesariamente.

Demostración: Hemos dicho en el Escolio anterior que al primer género de conocimiento pertenecen todas aquellas ideas que son inadecuadas y confusas, y, de esta suerte (por la Proposición 35 de esta Parte), este conocimiento es la única causa de la falsedad. Además, hemos dicho que al conoci­miento del segundo y tercer género pertenecen las que son adecuadas; y, de este modo (por la Proposición 34 de esta Parte), es verdadero necesariamente. Q.E.D.

Representación abstracta de la luz de la razón disipando la oscuridad de la ignorancia según la filosofía de Spinoza.

PROPOSICIÓN XLII

El conocimiento del segundo y tercer género, y no el del primero, nos enseña a distinguir lo verdadero de lo falso.

Demostración: Esta Proposición es evidente por sí misma. En efecto: quien sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso debe tener una idea adecuada de lo verdadero y lo falso, esto es (por el Escolio 2 de la Proposición 40 de esta Parte), conocer lo verdadero y lo falso por el segundo o el tercer género de conocimiento.

PROPOSICIÓN XLIII

Quien tiene una idea verdadera, sabe al mismo tiempo que tiene una idea verdadera, y no puede dudar de la verdad de eso que conoce.

Demostración: Una idea verdadera en nosotros es aquella que, en Dios, es adecuada, en cuanto Dios se explica por la naturaleza del alma humana (por el Corolario de la Proposi­ción 11 de esta Parte). Supongamos, pues, que se da en Dios, en cuanto se explica por la naturaleza del alma humana, la idea adecuada A. De esta idea debe darse también, necesariamente, una idea de Dios, referida a Dios del mismo modo que la idea A (por la Proposición 20 de esta Parte, cuya Demostración es universal). Ahora bien, se supone que la idea A está referida a Dios en cuanto que se explica por la naturaleza del alma humana; luego la idea de la idea A debe estar referida a Dios del mismo modo, es decir, que esa idea adecuada de la idea A se dará en la misma alma que posee la idea adecuada A; por tanto, quien tiene una idea adecuada, o sea (por la Proposición 34 de esta Parte), quien conoce verdaderamente una cosa, debe tener al mismo tiempo una idea adecuada de su conoci­miento, o sea, un conocimiento verdadero; dicho de otro modo (como es manifiesto de por sí), debe al mismo tiempo estar cierto de ello. Q.E.D.1

Escolio: En el Escolio de la Proposición 21 de esta Parte he explicado qué es «la idea de la idea»; pero debe notarse que la Proposición anterior es lo bastante evidente por sí sola. Pues nadie que tenga una idea verdadera ignora que la idea verdadera implica una certeza suma; y pues tener una idea verdadera no significa sino que se conoce una cosa perfecta­mente, o sea, del mejor modo posible, y nadie puede dudar de ello, a no ser que piense que una idea es algo mudo como una pintura sobre un lienzo, y no un modo del pensar, a saber, el hecho mismo de entender, pregunto entonces: ¿quién puede saber que entiende una cosa, a no ser que la entienda previamente? Esto es: ¿quién puede saber que tiene certeza acerca de una cosa, si previamente no la tiene? Y, en fin: ¿qué puede haber más claro y cierto, como norma de verdad, que la idea verdadera? Ciertamente, la verdad es norma de sí misma y de lo falso, al modo como la luz se revela a sí misma y revela las tinieblas. Y, con esto, creo haber respondido a las siguien­tes cuestiones, a saber: si la idea verdadera se distingue de la falsa sólo, según se dice, en la medida en que se adecúa a aquello de lo que es idea, entonces ¿la idea verdadera no tiene mayor realidad o perfección que la falsa (ya que se distinguen sólo por una denominación extrínseca), y, por tanto, tampoco un hombre que tiene ideas verdaderas aventa­ja a quien las tiene sólo falsas? Además, ¿de dónde proviene que los hombres tengan ideas falsas ? Y, por último, ¿ en virtud de qué puede alguien saber que tiene ideas que se adecúan a aquello de lo que son ideas? Como digo, creo que he respondido ya a estas cuestiones. Por lo que atañe a la diferencia entre idea verdadera y falsa, consta por la Proposi­ción 35 de esta Parte que están en la misma relación que el ser y el no-ser. En cuanto a las causas de la falsedad, las he mostrado muy claramente desde la Proposición 19 hasta la 35 con su Escolio. Por ellas se ve también en qué se diferencia un hombre que tiene ideas verdaderas de otro que no las tiene más que falsas. Y por lo que atañe a lo último, a saber, cómo puede un hombre conocer que tiene una idea que se adecúa a aquello de lo que es idea, acabo de mostrar más que suficientemente que ello surge del solo hecho de que efectiva­mente la tiene, o sea, surge de que la verdad es norma de sí misma. Añádase a ello que nuestra alma, en cuanto percibe verdaderamente las cosas, es una parte del entendimiento infinito de Dios (
por el Corolario de la Proposición 11 de esta Parte
); y, por tanto, es tan necesario que sean verdaderas las ideas claras y distintas del alma como que lo sean las ideas de Dios.